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miércoles, 14 de abril de 2010

ANA IRIS CHAVES DE FERREIRO - FÁBULAS MODERNAS / Fuente: NARRATIVA PARAGUAYA DE AYER Y DE HOY - TOMO I (A-L) de TERESA MÉNDEZ-FAITH.

FÁBULAS de
ANA IRIS
CHAVES DE FERREIRO
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
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LA ARAÑA ESTRUCTURALISTA
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La araña había seguido cursos inferiores y superiores, de varias carreras simultáneamente, optando a distintos títulos que la habilitaban académicamente.
Pero su pasión era el estructuralismo que, a ella, en su afán desarrollista, le servía para divagaciones sumamente elaboradas y artísticas.
Cuando comenzaba una obra se olvidaba del cansancio hasta concluirla. Su paciencia rebasaba ciertos límites haciendo que sus estructuras fueran consideradas fuera de serie.
Un atardecer se propuso terminar para el día siguiente la que sería su obra maestra, aquélla por la cual la recordarían hasta el fin de los siglos: una como catedral sumergida donde las líneas nunca se repetirían sino que formarían una maraòa indescriptible digna de figurar en cualquier Bienal, pero no de las repetitivas.
Estaba ya llegando casi al nivel del piso, en la última etapa de su magnífica creación, cuando un sapo inadaptado, con un vulgarísimo ¡clop! la devoró, al tiempo que destruía su valiosa te Moraleja: Uno propone, Dios dispone y el diablo lo descompone.
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De: Fábulas modernas
(Asunción: Ediciones NAPA, 1983)
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LA ABEJA DROGADICTA
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Una abeja, pobrecita, nacida proletaria ella, desde temprana edad quiso superar las tendencias centrífugas que la destinaban a subalternos menesteres irreversibles.
Trató de morigerar la taxativa rudeza de su sino de obrera con una marcada preferencia hacia néctares vedados, dándose con fruición a libaciones decantadas que de hecho y de derecho le estaban retaceadas.
Pronto fue evidente para todos la suerte de alienación que padecía y, constatadas las motivaciones de su insatisfacción, trataron de minimizar sus alcances integrales. Sin embargo, era ya tarde para hacerle comprender el complejo y peculiar mensaje que hubiera posibilitado la recuperación de su estabilidad emocional.
Creyéndose reina, una tarde cualquiera ingirió dosis masivas del edulcorante de marras y fueron inútiles los esfuerzos realizados para incrementar su volemia activa, acabando, lógicamente, como acaban quienes no saben dominar sus excesos.
Moraleja: Nunca juegues con fuego.
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De: Fábulas modernas
(Asunción: Ediciones NAPA, 1983)
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EL PAVO REAL SOCIALISTA
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Resultaba altamente insultante para los de su clase la actitud del pavo real hacia los desheredados. Es decir, hacia aquellos incapacitados de lucir tanto oro, tanto índigo y pedrería en el ropaje.
El era de sangre real y nada debía tener en común con el populacho; ésta era la opinión de quienes se sentían defraudados por su falta de adhesión a la estirpe, por sus trajines demagógicos.
Pero el pavo real tenía su plan elaborado y gracias a ese marbete socialista fue catapultado a la secretaría general del Partido, luego a la Delegación permanente, para terminar siendo el más joven Jefe de Gobierno de su época.
Moraleja: El que ríe último ríe mejor.
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De: Fábulas modernas
(Asunción: Ediciones NAPA, 1983)
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EL CUERVO ERUDITO
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En la familia de este cuervo se reverenciaba el nombre de Edgar Poe, porque en hermosos versos inmortalizó a un antepasado.
Pero -se decía nuestro cuervo-, ¿qué son los versos de antes, comparados con la poesía nueva, tan llena de sorpresas inesperadas, de interpretaciones diversas, donde el metro, el ritmo y la rima son accesorios sin importancia?
Con la ayuda de siete diccionarios se dedicó a describir su cosmovisión en versos tan prosaicos o en prosa tan poética, como queráis, que enseguida llamó poderosamente la atención de los entendidos y, a poco de salir de la ineditez, se convirtió en el poeta más traducido de su generación.
Moraleja: Cría cuervos y te sacarán la fama.
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De: Fábulas modernas
(Asunción: Ediciones NAPA, 1983)
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EL PATITO EMBUSTERO
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Un patito mentiroso se cayó en lo que parecía un lodazal y, en vez de perder energías pidiendo auxilio, nadó rápidamente lo poco que lo separaba de la orilla y fue junto a papá pato a contarle su aventura. Como era un patito bastante evolucionado, le dijo:
-Papá, allá se está formando un gran charco de petróleo.
- ¡Qué va a ser petróleo! -le respondió la voz de la experiencia.
Será un charco como otro cualquiera.
-Es petróleo -insistió el patito- y uno puede ahogarse si se cae dentro.
- ¡Bah! Es inconcebible que creas en patrañas. Vamos, te demostraré que no lo es y para sacarte el complejo me tiraré a él.
Papá pato buscó unas matas ni muy bajas ni muy altas para lanzarse desde allí y planeó tan estupendamente que cayó justo en el centro del charco. Entonces, nadó y nadó, pero no pudo recuperar la orilla porque era nomás un viscoso pesado petróleo.
Moraleja: En boca del mentiroso lo cierto se hace dudoso.
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De: Fábulas modernas
(Asunción: Ediciones NAPA, 1983)
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Fuente:
NARRATIVA PARAGUAYA DE AYER Y DE HOY - TOMO I (A-L)
Autora:
TERESA MÉNDEZ-FAITH
Ilustraciones: CATITA ZELAYA EL-MASRI
Intercontinental Editora,
Asunción-Paraguay 1999. 433 páginas.
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Amplio resumen de autores y obras
de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.

lunes, 12 de abril de 2010

ANA IRIS CHAVES DE FERREIRO - EL GUERRILLERO / Fuente: CUENTO PARAGUAYO. Selección e introducción: ROQUE VALLEJOS.


CUENTO de
ANA IRIS CHAVES DE FERREIRO
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
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EL GUERRILLERO
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Las balas pasaban fatídicamente silbantes poniendo al descubierto el íntimo miedo de Jorge, ese miedo que existía a despecho de su coraje.
Estaban las balas -cierto-, él lo sabía desde antes, pero ingenuamente creyó que sus ideas serían rebatidas en el amplio y luminoso campo de las ideas.
Las balas silbaban su aire de muerte y Jorge sabía que con la vida terminaría su lucha, su juventud, ese intenso anhelo de convertirse en paladín de los oprimidos.
Durante el día lleno de sol las balas no eran sino silbidos blancos alardeando de imitar el canto de cierto pájaro. Pero de noche se alargaban, se estiraban, retumbaban, y él sabía que arteramente buscaban incrustarse en su carne para tumbarlo boquiabierto al espanto de la luna, para despojarlo de la vida, para que cuando se acercaran los hombres que las habían disparado, ellas, muy ufanas, pudieran decirles: "Aquí está él, cumplimos nuestra misión" y uno no fuera ya entonces sino un despojo maloliente, apenas valioso para los desgarrados sollozos de la propia madre.
¿Pensarían sus compañeros estas mismas cosas? Parecían sin embargo, como Jorge mismo, tan serenos en la lucha, tan fríos en el empeño de llegar al fin. Y ésta era una aventura en la que la consigna no podía ser otra que "adelante, siempre adelante", aún sabiendo, como ya sabían, que la muerte les esperaba sin evasión posible. Sólo la muerte les conservaría su dimensión de hombres porque retroceder era faena de cobardes.
El quiso olvidar por un tiempo el aburrimiento de una vida ordenada; olvidar las materias engorrosas, los exámenes extenuantes, la disciplina familiar y acallar, simultáneamente, la conciencia, que se revolvía a la vista de tanto sufrimiento ajeno. Y dando un adiós momentáneo a su cómoda vida se volvió soldado de una causa grande. Fue así como Jorge y sus compañeros se hicieron guerrilleros y para librar su lucha se internaron en la selva inacabable.
Día tras día fueron comprendiendo que su sed de justicia social no hallaba eco en los indiferentes lugareños, quienes no solamente rehusaron alistarse sino que también se negaron a prestarles ayuda y hasta a venderles los bastimentos que necesitaban. Eran presas del terror, no miedo a las balas o al cuchillo, sino a algo innombrable que les dilataba de espanto los ojos.
Anonadados, se vieron luchando desesperados contra fuerzas muy superiores en número y armamentos; luchaban solos para beneficiar a quienes se mostraban renuentes al usufructo de los probables beneficios. Absurdamente se encontraron empeñados en una cruenta lucha para liberar a quienes no querían ser libres. Y ellos habían abandonado los halagos de una vida placentera avergonzados de poseer las comodidades, las oportunidades que no alcanzaban a tantos compatriotas.
Esta comprobación hizo cundir el desánimo en las filas rebeldes. Y resultó que era tarde para regresar.
Era tarde para enarbolar una bandera que no sería comprendida, que sería recibida con irrisión.
Y entonces sólo les quedó entre las manos el efímero tiempo de morir.
Y al morir, vivaban a la patria, no a la libertad, porque comprendieron demasiado tarde que nadie puede dar la libertad a quien ya no es libre dentro de sí.
Jorge no conseguía apartar de su mente un pensamiento insidioso que venía persiguiéndole: abandonar esa lucha desigual, desigual porque sus ideas debían enfrentarse con un brazo de la fuerza muy alta y muy lejana, que sembraba de cruces el inútil calvario. Persistir en la lucha significaba añadir otros nombres a la ya larga lista de mártires. Jorge, en lo íntimo, y para disculparse de sus pensamientos, se decía que los compañeros desaparecidos tres días antes, habrían seguramente tenido, corno él, idéntico propósito de fuga y que lo hubieron cumplido en su noche de guardia. Y ésta era su propia noche de guardia; le correspondía a Jorge velar por el descanso de los pocos que quedaban: una guardia precaria para un diezmado grupo de rebeldes ya por milagro escapado al cerco implacable de las ametralladoras.
Cumpliendo su misión se paseaba ajeno al dominador silencio de la selva.
"Yo no quiero morir aquí como un perro -pensó Jorge-. Es contrario hasta a las leyes de Dios eso de desaparecer así tan completa-mente, sin dejar rastros como Alberto, como Carlos y Luis y tantos otros cuyas cruces no marcarán su sitio de reposo sino el pequeño espacio de su ausencia".
¿Qué ocurría en realidad con los cuerpos de los compañeros que faltaban?
Pensando estas cosas se paseaba sin otro cielo arriba que las copas de los árboles milenarios que esperaban taciturnos la hora del hacha infame. Volvió sobre sus pasos creyendo haber pasado un sendero desconocido. Lo tomó, y palmo a palmo lo recorrió silenciosamente. Llegó a un gran claro donde tres o cuatro árboles habían sido volteados de cualquier manera. Formando círculo, estaban allí sentados Carlos, Luis, Alberto y otros dos a quienes no reconoció por estar de espaldas.
-¡Carlos, Luis!, ¿qué hacen ahí sentados mientras nosotros los creemos muertos? ¡Sentarse a charlar mientras la vida está en peligro! Fue hacia ellos con gritos de alegría. Recostó la metralleta contra el tronco de un árbol para abrazar a sus amigos y se acuclilló ante Carlos quien, con kepis de lona y un cigarro apagado en los labios, ni se movió siquiera al oírlo.
Unas risotadas que parecían desenredarse de entre las tacuaras y lianas de la selva le aflojaron las rodillas hasta caer de bruces, lleno de pánico, sobre el mullido suelo. Las hojas húmedas se le pegaron a las manos. Buscó su metralleta y se encontró con la mano llena de humus que rezumaban podredumbre.
Miró a Luis: él tenía una gorra calada hasta los ojos y, en la mano derecha, un jarro de lata. En tanto Alberto, con un rictus de malevo novato lo apuntaba con un revólver atado a la mano con hojas de pindó. Y aquel había sido Enrique. Con los ojos virados hacia la inmensa bóveda estaba como tocando una guitarra rota, impasible al trajín de las hormigas que le entraban y salían por la nariz y por la boca.
Jorge se apoyó en Carlos para incorporarse. Y Carlos, informe masa de penurias, cayó pesadamente sobre él arrastrándolo en su caída.
Echó a correr para avisar a sus compañeros que los había encontrado y lo que habían hecho con ellos.
Alguien gritó: "¡Dejálo correr, Comí! ¡No lo mates! Para eso hay tiempo. No ha de estar solo, esperá que salga la manada así nos divertimos... como la vez pasada... ¡No vayas lejos, pituco!"
Y corriendo como una bestia aterrorizada, Jorge desgarró la selva con un largo alarido.
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Fuente: CUENTO PARAGUAYO. Selección e introducción: ROQUE VALLEJOS. Colección: Hacia un País de Lectores (2). Editorial El Lector, Director Editorial: Pablo León Burián, Asesor Editorial: Roque Vallejos, Ilustración de tapa: Juan Moreno, Asunción-Paraguay 2002. 126 pp.
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de la Literatura Paraguaya.
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martes, 16 de febrero de 2010

ANA IRIS CHAVES DE FERREIRO - VAIVÉN (Del libro: CRISANTEMOS COLOR NARANJA) / Fuente: 25 NOMBRES CAPITALES DE LA LITERATURA PARAGUAYA.

CUENTO de
ANA IRIS CHAVES DE FERREIRO
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
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VAIVÉN
(Del libro: CRISANTEMOS COLOR NARANJA)
** La hamaca parecía un pájaro en vuelo, rozando por un momento la tierra, alzándose hasta el cielo, después. Mis hermanos gritaban alborozados y era durante el descenso cuando la estridencia de sus risas llenaba de cristales rotos las tardes tan largas del verano.
** Ellos se hamacaban, ellos gritaban, ellos subían, ellos bajaban, ellos reían y cuando me veían llorar, ni así me la dejaban.
** Decían que yo era chico, que iría a caerme, que ya me hamacaría cuando pasara el tiempo de gatear, cuando fuera grande. Todo ese discurso para no reconocer, sencillamente, que no me la querían prestar, aunque era verdad que la hamaca estaba tan arriba que yo solo no podía llegar hasta ella, por eso, no más, no me subía. Pero ya llegaría mi hora, alguna vez sería, y hasta entonces mi único consuelo era volverme llorando hacia el pasto a recoger uno a uno los pedazos perdidos de sus risas, para armar con ellos un remedo de resignada espera.
** Unos años después yo había crecido, pero también la hamaca, es decir, el árbol donde la hamaca estaba colgada. Me encaramé a él como pude y sentado en la hamaca miré el miserable mundo desde arriba. Entonces descubrí deslumbrado un nuevo universo, galopando vertiginosamente verde bajo mis pies, mientras hacia arriba se desplazaban alocadas volutas blancas que algodonaban sin remedio el azul muy limpio del espacio.
** Un mundo cambiantemente hermoso estrenado al fin con mi risa demorada. Comprendí perfectamente el antiguo egoísmo de mis hermanos. Ellos tuvieron razón: únicamente un imbécil podría deshacerse de esta visión entregándola a otro para que la ajara, para gastarla con sus miradas. Hermoso mundo. Lo contemplé desde más arriba, desde lo alto, más veloz. Desde tan alto que cuando me caí me rompí varios huesos y estuve un siglo en cama pensando solamente en volver a hamacarme. Ya no me dejaban salir al patio. Cuando el sol venía a buscarme hasta mi cama, yo sabía que quería llevarme hasta la hamaca. Pretendía levantarme, pero mi madre redoblaba su vigilancia; ante su terca negativa yo agitaba mis gritos, mis sollozos, mis puños, esa mi desesperada indignación que ni siquiera mi padre podía calmar. Todos estaban en contra mía, aunque debo reconocer la existencia de un aliado en aquellos días llenos de desilusionada impotencia.
** De este amigo recuerdo solamente los gruesos vidrios de sus anteojos y un bigote oscuro sobre su sonrisa aparentemente ajena. Se me acercaba con una jeringa en la mano, para devolverme la hamaca. Si bien al principio su vaivén me resultaba demasiado violento, poco a poco iba convirtiéndose en un balanceo adormecedor. Me hamacaba, me hamacaba hasta cansarme, hasta quedar rendido, hasta no importarme después si despertaba de nuevo en mi cama adonde me había traído no sabía quién.
** Otras veces, la luna entraba a buscarme; mostrándome el camino con su luz de azogue me pedía que saliera en silencio porque la hamaca estaba afuera esperando y cualquier ruido podía hacer aparecer a quienes me prohibían levantarme. Pero como estaban en mi contra, también las cosas aprendieron a odiarme y así, siempre había una silla que tropezaba conmigo o una puerta que chillaba al mirarla. Al oírlo, alguien se apresuraba a encender la luz sin darle tiempo a la luna de despedirse ni a mí para rogarle que tuviera paciencia.
** Una mañana, por fin pude salir. Me fui derecho al patio a buscar la hamaca. La busqué en el viejo naranjo, pero se la habían llevado. Interrogué a gritos a los árboles más altos, pregunté a los arbustos, destrocé los rosales por si la hubieran escondido entre sus espinas y nadie sabía nada. Nadie quiso decirme nada.
** Yo necesitaba encontrarla; quería recuperar en su balanceo aquellos vidrios trizados en las carcajadas de esas tardes lejanas de mi infancia. Necesitaba su vuelo cadencioso para espantar la niebla que pretendía rodearme. Así es que pedí una hamaca. Lloré una hamaca. Imploré una hamaca. Hasta ver una mañana de primavera cómo mi hamaca manchaba de blanco el verde-gris de un joven eucalipto.
** Sentado en la hamaca, arriba, bien arriba otra vez, miraba los codiciosos ojos de mis sobrinos, siempre atentos, disimulando apenas sus deseos de despojarme, de quitarme la hamaca.
** Yo me creía como antaño sus padres, mis hermanos, lo hicieron. Me reía más fuerte al verlos esconder el rostro lloroso en los hombros azules de sus niñeras. Ellos eran demasiado chicos para subirse, ellos podían caerse, ya tendrían ocasión cuando crecieran, cuando dejaran de gatear. Además, la hamaca era solamente mía. Suficiente tenían con mirar cómo mis pies producían ese balanceo cuya conquista logré después de tantos años.
** Me hamacaba riendo y era en el descenso cuando mi risa se tornaba una larga carcajada obligándolos a volverse ansiosos, buscando el regazo de sus madres. Ellas levantaban hasta mí, no esa mirada con la que yo imploraba en el pasado a mis hermanos, sino unos ojos desbordando tantos oscuros pensamientos, difíciles de descifrar desde tan arriba. Apenas clareaba, despertaba yo al sol para que me acompañara en mi ir y volver, subir y bajar del hamaqueo. Más tarde la luna me espiaba y riendo perseguíamos juntos a esos pájaros rabiosos y esas hojas secas que bailaban en el aire amarillo y rosa del amanecer, a esa hora imprecisa en que el sol, pugnando por jugar conmigo perseguía a la luna para alejarla.
** La luna siempre me pedía un poco más de ese tiempo que volaba, también sin remedio, en medio de ese vaivén delicioso. La luna conocía mi debilidad por el sol, ese sol a veces negro, a veces azul, pero siempre preferido. Yo amaba al sol, teñidor de mis piernas extendidas hacia su calor. Yo prefería al sol durmiendo en mi cabeza cuando mi cabeza dormía sin dormir y por eso le dejaba borronear sus absurdos girasoles sobre mi cuerpo en vuelo.
** Me hamacaba con el sol, me hamacaba con la luna. Me hamacaba de mañana, de tarde, de noche, hasta que me olvidé de bajar y mis pies ya no alcanzaron el suelo. De ahí en más, el sol o la luna se turnaron llamando al viento para que me hamacara con su soplo ligero.
** Pero un día también me olvidé de despertar al sol y aprovechó la luna para rodearme, empecinada en que ya no viera ninguna otra luz.
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(Fuente: 25 NOMBRES CAPITALES DE LA LITERATURA PARAGUAYA. Compilación y selección: SUSY DELGADO. Editorial Servilibro, Asunción-Paraguay, 2005 (389 páginas))