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jueves, 29 de julio de 2010

JOSEFINA PLÁ - LIBROS EN LA ÉPOCA HEROICA (1537 -1600) / Fuente: EL LIBRO EN LA ÉPOCA COLONIAL (ESTUDIOS PARAGUAYOS)


LIBROS EN LA ÉPOCA HEROICA (1537 -1600)
JOSEFINA PLÁ

(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

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LOS LIBROS EN LA ÉPOCA HEROICA (1637 -1600)
Resulta poco plausible -aunque no imposible- suponer que aquellos audaces navegantes -Solís, Gaboto- que antes que el Adelantado de trágico destino pisaron tierras del Plata, emprendieran viaje sin algún libro en la faltriquera que amenizase sus escasos ocios. A este respecto debemos recordar que un somero repaso ,de las listas de conquistadores (Lafuente Machaín) permite estimar en un 20% el número de aquéllos que sabían leer y escribir, amén de aquellos que, como no era infrecuente en la época, sabían leer pero no escribir. Mas sin necesidad de remontarnos tan lejos, y cifiéndonos a la nombrada expedición de Don Pedro, sabemos que en los buques de éste vinieron al Plata (1534) los libros pertenencientes a los Padres Jerónimos y Mercedarios, así como a los clérigos que le acompañaron. Obras de teología, de sermones; catecismos, misales, florilegios. Con ellos habían hecho su entrada en tierras guaraníes las primeras muestras de literatura religiosa. Sin embargo, también habían venido, según parece, con la Armada de Orué, (1539) varios franciscanos (Padres Armenta, Lebrón y otros), que no desembarcaron en el Plata y quedaron en Santa Catalina. Pero como Santa Catalina pertenecía entonces al Paraguay (la provincia del Guairá llegaba hasta el Atlántico, con una dilatada costa) y esos franciscanos habrían traído también, pocos o muchos, sus libros religiosos, justo es anotarlos en su lugar, aunque el provecho de esos libros haya quedado ceñido en forma absoluta al de la pequeña comunidad.
Sabemos que al embarcarse Don Pedro de Mendoza se traía las obras de Erasmo, Petrarca y Virgilio, en amigable compañía. No sabemos si los dejó acá junto con el resto de salud y esperanzas, o si los llevó consigo en su truncado regreso. Pero aunque Don Pedro de Mendoza no llegó a la Asunción; y aunque se llevase sus volúmenes de vuelta, no por eso incluimos menos éstos en el primer contingente de letra impresa profana acá llegado; no debemos olvidar que entonces el Paraguay, era todo el Río de la Plata. Claro que con Don Pedro vinieron otros hidalgos, y con éstos otros libros (que, ellos sí, arribaron a la Asunción del Paraguay junto con los del piadoso equipaje de frailes y clérigos).
Y aquí nos topamos con el hecho capital de los archivos de entonces, abundantemente zarandeado: el de los libros de Juan de Salazar y Espinoza.

El testamento del hidalgo y capitán fundador de Asunción, otorgado el 25 de setiembre de 1557, habla de los volúmenes que formaron el catálogo de su biblioteca, para hoy no muy nutrida, pero preciosa para entonces.
En esa última voluntad, Salazar enumera sus libros "entre sus más preciadas pertenencias". Costa la lista de unos 12 volúmenes, algunos de los cuales no identificables en el documento por haber devorado las polillas, en errado procedimiento de alfabetización, algunos renglones: los identificables son los siguientes.
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*. EPISTOLAS Y EVANGELIOS PARA TODO EL AÑO
*. EPISPOLAS DE SANCT GERONIMO
*. FLORILEGIO SANTO
*. DOCTRINA CRISTIANA
*. EXPOSICION DEL PRIMER SALMO DE DAVID
*. SUMA DE LA DOCTRINA CRISTIANA
*. CAMINO DEL CIELO
*. ARITMÉTICA
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Todos ellos, menos uno, son como se ve, títulos religiosos.
La pequeña y piadosa biblioteca, tal como se nos presenta en el testamento, nos dice del espiritual perfil de estos conquistadores, que al traerse espada, y adarga, no olvidaron de traerse también sustento para sus almas. La lista en efecto bien podemos considerarla como modelo o ejemplo de otras que por ese tiempo y hasta muy adelante se introdujeron; y establecer como regla que en ellos los libros profanos, aún los autorizados, eran siempre los menos, y a menudo ninguno.
Salazar enumera en su testamento varios libros en blanco (de seguro por él mismo mandados confeccionar) formados mediante la encuadernación en pergamino de cierto número de hojas vírgenes. Esos libros en blanco (equivalentes a los cuadernos, las agendas o los dietarlas de hoy) estuvieron evidentemente destinados a consignar en ellos anotaciones de carácter continuado (un diario, relaciones, crónicas). De la afición de Salazar a escribir, y de su propósito de hacerlo, da fe además la relativamente grande cantidad de papel en blanco que dejó a su muerte (figura en su mismo testamento) y que obtuvo un buen precio en la subsiguiente almoneda (como no podía ser menos, dada la ocasión, ya que no eran frecuentes las oportunidades de adquirirlo).
Aquí darnos con el segundo punto que ha hecho siempre interesante en los recuentos de literatura nacional este testamento. Porque en él Salazar menciona "los libros de romance que tengo scribtos" recomendando "que mis hijos se los repartan entre sí". Y de estas frases se ha deducido que Salazar escribía romances; y se le ha llamado "el Capitán poeta".
Pero el testamento de Salazar dice textualmente: "Libros de romance y de mano lectural que tengo scribtos..." Romance, y no romances. Acá Salazar quiso significar simplemente "libros en la lengua corriente o romance" en oposición al latín, idioma, como sabemos aún empleado muy a menudo en libros editados en ese siglo y posteriores. Así lo hemos sostenido más de una vez; es decir, que la opinión antas mencionada es errónea, y que Salazar sólo quiso decir libros escritos en lengua vulgar por oposición a libros en latan. La palabra romance era empleada corrientemente en este sentido en la época en la cual Salazar abandonó la península, e inclusive se siguió empleando en épocas posteriores, y hasta muy tarde, como puede comprobarse en listas de libros enviados a malas durante todo el siglo XVII (e inclusive dentro del XVIII); la expresión "traducido del latín al romance" que figura en muchos libros de la época, sería de por sí sola fehaciente.
Indudablemente que, de tratarse de auténticos romances, esos libros desconocidos nos resultarían más interesantes todavía, por únicos en su género en aquel tiempo y en estas tierras. Pero, verso o prosa, los libros escritos por Salazar -las palabras libros y scribtos de mano lectural no pueden tener aquí sino un sentido: obras manuscritas e inéditas- abren amplio portillo a la curiosidad.
¿Cuál fue el contenido de esos manuscritos? ¿Eran relatos de la conquista en tierras del Plata? ¿Fueron historias de imaginación?
Lo primero, por obvias razones, es mucho más plausible; casi seguro. No habría sido Salazar el único en dejar noticia de lo sucedido en la joven colonia de aquellos años; bien que quizá ninguno de esos escritos (Memorial del Factor Donantes, relato de Fernández de la Torre, carta de Francisco González Paniagua, etc.) y salvando las Memorias de Cabeza de Vaca, merezca literariamente el nombre de libro (1).
La segunda pregunta que se impone, es: ¿Dónde y en qué momento fueron escritos?
¿Los escribió aquí? Esto es más probable, que no que los tuviera escritos antes de venir a América y cargarse con ellos en la talega pensando imprimirlos en estas tierras ... Más lógico pensar que los escribiera durante sus vigilias de conquistador, al resplandor de una hoguera de campamento: o a la luz de un precario candil ,de los que parece se usaron en los primeros tiempos de la conquista; en su rústica morada de Nuestra Señora de la Asunción.
En este caso podría pensarse que los escribió en el período mismo que precedió en su viaje a España, o sea entre 1537 y 1544 (si a ello le dejaron lugar las peripecias cotidianas) y que los llevó a la metrópoli para allí publicarlos, como se hizo con tantos relatos de conquistadores; aunque es también cosa de preguntarse si la forma arrebatada en que hubo de abandonar Asunción en esa coyuntura le dio tiempo para escoger su equipaje.
Pero si los llevó consigo en esa ocasión, sería cosa de preguntarse a su vez porqué no intentó publicarlos; o porqué, si lo intentó, no tuvo éxito; cosa improbable ésta dado el interés que por entonces suscitaba toda historia de las tierras nuevas.
Y entonces se impone suponer, como lo más plausible, que los escribiera ya asentado de nuevo en el Paraguay, ya sin deseos o perspectivas de regreso; en la segunda parte de su vida asuncena, a la sombra de la Casa Fuerte, en sus interminables veladas de desterrado; y que redactó esas páginas sobre el mismo escritorio que en su testamento menciona; soñando alguna vez en verlas en letra de molde en la patria lejana, leídas con avidez en antesalas de la corte, en tinelos, o en escaños de plazas, como se leían otros libros de conquistador, llenos de extraordinarios hechos, de novedades y de maravillas.
Llegados a este punto no podemos menos de pensar con melancolía en el magnífico testimonio de visu del fundador, quien, por ser hombre tan religioso, no podría menos de ser veraz; en los datos preciosos que el actor de tan dramáticas experiencias nos quiso transmitir; para siempre perdidos. Habría sido el testimonio directo del conquistador de los años primigenios (1534-1541) que falta en la historia de esta región (el de Villafañe es harto breve para contarse sino como mera información; y además el lapso y acontecimientos que abarca pertenecen casi exclusivamente a la intrahistoria de campamento). Ello no significa subestimar el valor enorme del testimonio de Schmidl; pero su visión aparece coloreada inevitablemente por su nacionalidad y condición de enrolado al margen de todo otro interés que la aventura.
Aún ausentes esos legajos inapreciables, queda sin embargo, para Solazar, el titulo de dueño de la primera biblioteca paraguaya de la cual dé fe nuestra crónica; y el blasón de, si no el primero, uno de los primeros autores en esta tierra. Pues cualquiera que sea la época en la cual escribió Salazar esos libros, al tener que hacerlo precisa,-mente antes de 15601, él habrá, de encabezar, junto con Cabeza de Vaca, Ulrico Schmidl y Hans Staden -más afortunados, ellos, al sobrevivir sus obras- la lista bibliográfica del acontecer en estas latitudes.

Desde luego, al mencionar los libros que se refieren al Paraguay y que fueron escritos en esa época o un poco más adelante, debemos separar la realización literaria de la gráfica; los escritos, lo fueron, alguno en el país, los más fuera de él; los editados, lo fueron forzosamente fuera del país: unos en idioma extranjero (Ulrico Schmidl) otros en castellano (Cabeza de Vaca, Rui Díaz de Guzmán, Barco Centenera) Algunos, como el de Hans Staden, permanecieron inéditos hasta época reciente.
Considerada en conjunto esta producción sobre aspecto de la conquista y la vida paraguaya durante el siglo XVI, salta a la vista que en su breve lista sólo una obra puede señalarse como muestra bilateral en este plan apreciativo de lo cultural; prueba de la voluntad de ser espiritual del nativo, y lógico testimonio a la vez de la circunstancia en que el autor debió fraguar su cultura, es decir, sus conceptos del mundo y de la vida. Esta obra es LA ARGENTINA, de Rui Díaz de Guzmán.
El análisis de esta obra resultaría por demás interesante en todos sus aspectos: contenido y lenguaje. (No creemos agotado el análisis de este libro con el poco ecuánime que de él hiciera Paul Groussac).
LA ARGENTINA da el módulo de una cultura en gestación donde lo hispánico y lo indígena se conjugan austeramente en busca de una integración espiritual: leerla, nos hace más de lamentar todavía la subsiguiente obscuración de las manifestaciones literarias coloniales.
Algunas noticias más, aquí y allá, aunque muy parcas, se dan, en los archivos, de libros durante esos años. Que los conquistadores, a esas alturas, conquistados ya por la tierra, no por eso dejaban de echar de menos los beneficios conviviales del libro, lo prueban las solicitudes que de éstos hacían a la Metrópoli, en cuanto tenían ocasión de hacerlo.
Más de un libro llegó sin duda en las pocas y sucesivas Armadas desde 1538 a 1575; pero pocos siempre, comparados con la nostálgica sed de espiritual comunión, de los colonos. Con Cabeza de Vaca, en 1540, llegó un lote de libros, con Barco de Centenera, en 1575, otros. Un buen lote aunque de carácter exclusivamente relacionado con su labor debieron traer también los franciscanos llegados en 1575, junto con el mismo Centenera. Pero evidentemente, estas pequeñas transfusiones resultaban insuficientes: Martín de Orué en 1516 manifiesta a la metrópoli, entre las necesidades de estos colonos, la de libros; lo mismo hacen Juan de Salmerón en 1556, Jaime Rasquín en 1557 y Barco de Centenara en 1575.
No serían, repetimos, Mendoza, Salazar y Cabeza de Vaca los únicos de los capitanes hildalgos u hombres de letras aquí llegados que trajesen entre sus bártulos unos cuantos libros. Lógico era que los médicos y "cirujanos de Su Majestad" trajesen su texto de Medicina, y sus textos jurídicos los leguleyos; los escribanos y notarios no se vendrían sin algún libro formulario o de consulta.
Corroborando estas suposiciones, hallamos que con la Armada de Sanabria, en 1555, había llegado el licenciado Fernando de Horta, portador de una biblioteca de Derecho, constante de 87 volúmenes: (número realmente considerable para esa época y más para el lugar) también figuraba en él algún libro menos jurídico, como HISTORIA, GENERAL DEL MUNDO. No debió faltar a los colonos materiales de consulta para los interminables pleitos de la colonia... Más tarde hallamos, muy ocasionalmente algún otro libro de historia. Estos van aumentando, aunque muy poco a poco, a lo largo de los lustros: quizá una estadística minuciosa demostrase que el crecimiento se efectuó a razón de titulo por lustro... Pero los libros profanos propiamente dichos son más raros todavía y más espaciados en ser llegada.
El hecho de que el material profano de lectura durante tantos lustros se haya visto limitado al Derecho y la Historia es posible que haya condicionado, en cierto sutil modo, la disposición de ánimo colectiva hacia estas materias: sabida es la consideración que los estudios de Derecho y de Historia disfrutaban en el consenso general. Estas dos disciplinas constituían en efecto los pivotes sobre los cuales girará significativamente el afán dialéctico local. También gozarán de predicamento los libros de medicina que se dan inclusive hasta en bibliotecas particulares: este uso tal vez explique cómo se hallan hasta hoy libros de medicina en manos de curanderos y payeseros. Y entre los bienes de Juan Porras de Amor, fallecido en 1599, encontramos un "libro de medicina" el cual compró, en dos pesos, en la subsiguiente almoneda, Cristóbal de Medina (2).
Libros de entretenimiento, repitámoslo, pocos. Un testamento de otorgante indescifrable y fecha imprecisa, pero que podemos presumiblemente situar alrededor de 1600, menciona "un pequeño libro de Guzmán.. . " (Suporemos "de Alfarache" pues falta de continuación). Y no hallamos otro indicio sugestivo de regodeos imaginativos, en los centenares de testamentos de la época.
Cuando los jesuitas, ya hacia el fin del siglo, fundan sus Colegios, se barrunta disponen ya de bibliotecas surtidas en cierta medida, pero siempre dentro del área teológica y sus colaterales religiosas y piadosas.
Estos años del siglo XVI que constituyeron la época heroica de la colonia, son pues años de aguda carencia libresca.
Esta carencia marcó sin duda el destino intelectual de las primeras generaciones paraguayas: la sed de saber no tuvo contrapartida, salvo en las disciplinas religiosa y ética, y limitadamente en lo histórico. Poca o ninguna concesión a la fantasía.
Los pocos libros que habían llegarlo con los colonizadores, y los que más tarde en número desconocido pero seguramente no copioso fueron llegando con las siguientes Armadas, debieron ser libros preciosos para los desterrados. En las noches cálidas, a la luz de las velas o de mortecinos candiles, leerían .y volverían a leer, melancólicamente, las páginas que espiritualmente les unían a un ambiente y a un mundo- lejanos y en muchos casos irrecuperables ya, y a través de ellas quedarían irremisiblemente fijados a un mundo ahora ya en profunda transformación.
Tocaba a su fin la primera etapa, la que hemos llamado heroica de la conquista: aquella durante la cual la comunicación con la metrópoli se interrumpió, a veces dramáticamente; animada apenas en un largo aislamiento de 40 años por la llegada de cuatro Armadas y en la cual se dieron un lapso de 10 años y otro de 15 en cuyo transcurso la colonia estuvo sin recibir auxilios de la Península.
Para entonces también surgía Buenos Aires, la ciudad que, desmintiendo por una vez aquello de que "segundas partes nunca fueron buenas" surgía vigorosa y afortunada -de entre los restos del primer Fuerte, a la, vez que con ella se alzaba a la entrada del Río de la Plata, la barrera que en adelante se interpondría -ineluctable designio geopolítico- entre Asunción y sus románticos derechos hegemónicos.
La fundación de Buenos Aires trae consigo a poco andar una activación sensible de las importaciones librescas, aunque el catálogo de éstas, a lo menos el visible, no hubiese experimentado cambio sensible, y continuase limitado a títulos teológicos, piadosos, edificantes y algún libro de historia -no todos eran considerados potables- y tal cual libro técnico. . . en cuanto podía hablarse de técnica en aquel tiempo.
En 1581 fray Francisco de Vitoria complacía, desde España un pedido de Hernando de Zárate, y una Real Cédula de ese mismo año ordenaba, se enviasen libros de texto al Río de la Plata; (Buenos Aires por entonces asentaba sus primeras casas) seguramente cierta cantidad de ellos subirían al Paraguay.
Por ejemplo, Furlong (3) menciona los libros traídos por Damián , Osorio y Blas de Peralta en 1590 y 1592, respectivamente; libros todos ellos de contenido teológico, menos un libro de Luis de Granada, otro de Historia y un "Tratado de la regla del arcabuz".
En 1590, se mencionan ya librerías bonaerenses fundadas antes de esa fecha. Importaciones de las cuales el Paraguay -no hay testimonios, pero el sentido común rige- debió participar en la medida compatible con la situación,
De esos centros de Buenos Aires irradió sin duda a otros puntos (no precisamente todos del Plata) la provisión de libros. A veces esos libros eran, en lo que al Paraguay se refiere, encargados directamente de la metrópoli, como en el caso de los Colegios Jesuíticos de Asunción y Villarrica, o de las propias Reducciones guaraníes, más tarde.
Sin embargo, y además, las librerías de Buenos Aires ejercieron un papel clandestino, cuya importancia no resulta fácil determinar, en la satisfacción de las ansias de lectura de la gente río arriba, sin hablar de otras regiones. Para fines del siglo había ya en Asunción quienes, en forma sea abierta, sea clandestina, comerciaban con libros. Lo prueba el hecho de que una visita fiscalizadora del Gobernador Hernandarias a las tiendas de Asunción en 1592 descubriera, en casa del Capitán Diego Núñez de Prado, "una venta de libros, propiedad de un tal Arias"; entre ellos "una partida de cartillas de aprender a leer". No se da a entender cuáles fuesen los otros libros de contrabando.

Los libros de texto, siquiera, primarios como lo son las cartillas, debieron hacer sentir su necesidad a raíz precisamente del establecimiento de las primeras escuelas elementales en la Colonia. Esto tuvo lugar en fecha temprana: sabemos que el clérigo Juan Gabriel Lezcano instituyó en 1545 una, escuela para los niños hijos de conquistadores. En esta, escuela, las cartillas serían lógicamente necesarias. Ese material didáctico, que de existir ya en esa fecha no pudo ser traído sipo por el buen Pancaldo en 1538 (cosa dudosa,) o por la Armada de Orué en 1541. Si entonces no lo hicieron, no pudo ya llegar sino con las Armadas posteriores a esa fecha, de las cuales la primera fue en 1556 (Armada de Sanabria).
Durante años pues los improvisados maestros de la colonia debieron arreglárselas como pudieron e improvisar métodos que supliesen la ausencia de los preciosos textos. (Esta situación se repetirá muchos años más tarde, en cierta época,, en tiempos de Francia, cuando la falta de libros, unida al incremento de la población escolar, creó circunstancias de apuro a los maestros; algunos de estos solo disponían de una cartilla o catón para enseñar a leer a toda la clase).
Con la llegada de los hijos de Loyola al Paraguay en 1585 debería darse por conclusa esta primera etapa heroica de la enseñanza en la colonia, ya que a partir de esa fecha encontramos en los despachos de viajeros al Plata e incluida en los permisos correspondientes, la licencia para traer libros en cantidad variable: licencia sujeta, a las restricciones de que dan fe las Cédulas citadas en los preliminares, pera cuyo ejercicio había dado, como se ve, margen al contrabando. Por razones de método, sin embargo, fijamos como fecha tope de esa época heroica la fundación del Colegio Jesuítico de Asunción en 1594, por el Padre Alonso Barzana.
Esa orden, esencialmente dedicada a la formación doctrinal y catequística, se encargó de hacer llegar con relativa abundancia libros a esta colonia, como a otros sitios de América; a la vez que los enviaba en mayor número todavía a las Reducciones. Todos estos libros y en especial los últimos, por razones obvias, respondieron siempre en primer lugar a las necesidades de consulta o de labor catequística y adoctrinante; es decir fueron predominantemente de índole teológica, piadosa o edificante. Y, paralelamente, didáctica.
La falta absoluta de documentos nos impide asentar, por otra parte, en qué medida la Orden Franciscana contribuyó, con la introducción de libros, a la cultura de la colonia. La existencia de bibliotecas en las Misiones y pueblos a cargo. Por otra parte, hay indicios, suficientes para presumir que aquí, como en el Plata, los jesuitas fueron intermediarios bien dispuestos para la introducción de libros para las bibliotecas particulares. Estos libros, sin embargo, y como es lógico, serían siempre de carácter piadoso o moralizante; en todo caso, ceñida su lista, en lo que consta a los títulos profanos, a disciplinas austeras, como la historia, o los viajes.

Al entrar el siglo XVII, establecida en cierta medida la continuidad de las comunicaciones con la Metrópoli, a través de Buenos Aires (no hay que olvidar que en este aspecto también esa ciudad sufrió lapsos de comunicación escasa con la metrópoli, aunque le quedó la opción, laboriosa, pero opción al fin y al cabo, de las comunicaciones con el Perú) el movimiento de libros en las colonias (y en el concepto movimiento incluimos no sólo el volumen o número de libros, sino también la diversidad o ampliación de temas o contenidos) ceñido a los envíos del exterior, sigue tropezando con los obstáculos siguientes, herencia del período anterior:
1) Las disposiciones restrictivas de la Corona (tanto las señaladas en el Capítulo I dictadas durante el XVI y siempre vigentes, como las emanadas dentro del XVII y que como es lógico, no dejarían de obrar en esta área);
2) El propio pulso cultural del Paraguay, condicionado por circunstancias de todos conocidas:
a) La pobreza, en general, de los colonos.
b) La escasa población alfabeta.
c) La presión que las Órdenes religiosas, como guías espirituales, ejercían en el pensamiento colonial.
Añadamos las restricciones que el traslado de gente a la metrópoli o de ella experimentó en épocas diversas. Esta incomunicación, como otras medidas restrictivas que afectaron a estas provincias, tuvieron siempre más raigal consecuencia para territorio de por sí aislado como el paraguayo.
Por otra parte, para esa fecha la generación conquistadora, es decir la que aportó su caudal físico y cultural a la cimentación de la colonia, había desaparecido ya casi del todo, antes de terminar el siglo. Ya en 1575, un cronista pinta el cuadro que ofrecía, Asunción a la llegada del viajero: "...un centenar de españoles medio desnudos y largas las barbas blancas, rodeados de seis mil doncellas y más de mil mancebos" (4). Y un poco más tarde, en 1594, alguien dice con sencillez- "...la gente nacida en España se va aquí acabando..."
Esto explica la ausencia absoluta de manifestaciones literarias durante el siglo subsiguiente; excepcián hecha -de las obras que como las de Rui Díaz de Guzmán criollo, y Barco de Centenera, español, habían sido concebidas y gestadas en período anterior. El aporte espiritual no había sedimentado institucionalmente y la "postración paraguaya" señalada en el terreno histórico (económico sobre todo) tuvo su correlativo en una postracción cultural cuya única contrapartida se halla en la actividad desarrollada en las Misiones. Algunas descripciones que hacen viajeros y cronistas acerca de la pobreza de la vida colonial son impresionantes. Actividad cuya cifra dio, desde el principio mismo del XVIII la bibliografía jesuítica local: pero que se mantuvo al margen de la colonia, incomunicada con ella.
Existen sin embargo listas de libros traídos al Plata a partir de 1590 y hasta fin de siglo que permiten completar el esquema del pensamiento colonial durante esos años. Sabemos que Blas de Peralta trajo en 1592: obras de Fray Luis de Granada, LA IMITACION DE CRISTO, y quizá algunas obras de Erasmo. (Los libros de éste gozaron de predicamento durante el siglo XVI, y algunas de ellas, especialmente EL CABALLERO, llegaron a América, en cierto número, hasta su prohibición).
LA CONSOLACION POR LA FILOSOFIA, de Boecio, aparece en varias listas de obras que atravesaron el Atlántico y llegaron a estas playas, así como las obras de San Agustín: LA CIUDAD DE DIOS, sobre todo, y algunos libros de historia griega y romana. Las hallamos ya un peco tardíamente, en bibliotecas laicas paraguayas del último tercio del XVIII. Pero posiblemente llegaron antes a las bibliotecas religiosas.

NOTAS
1-. No contamos tampoco los de Schmidel y Staden por haber sido escritos en otro idioma.
2-. A.N.A., Vol. 694, Sección Testamentos.
3-. FURLONG, Bibliotecas Americanas durante la dominación hispánica, pág. 24.
4-. No hay explicación de estos datos, que sugieren un desequilibrio demográfico de sexos notable.
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Fuente: EL LIBRO EN LA ÉPOCA COLONIAL
Autora: JOSEFINA PLÁ
ESTUDIOS PARAGUAYOS
Revista de la Universidad Católica
“Nuestra Señora de la Asunción”
Vol. VII, Nº 1
Asunción – Paraguay 1979.

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jueves, 6 de mayo de 2010

RAMÓN GIMÉNEZ BENITEZ (Compilador) - 25 POETAS MÚSICOS COMPOSITORES Y CANTORES POPULARES DEL PARAGUAY. / BIBLIOTECA DE ESTUDIOS PARAGUAYOS, Volumen 73


25 POETAS MÚSICOS
COMPOSITORES Y
CANTORES POPULARES
DEL PARAGUAY.
Compilador:
RAMÓN GIMÉNEZ BENITEZ
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com ).
BIBLIOTECA DE ESTUDIOS PARAGUAYOS
Director: José Zanardini
Volumen 73
CEADUC - Centro de Estudios Antropológicos
de la Universidad Católica
"Nuestra Señora de la Asunción"
Independencia Nacional y Comuneros
e-mail:
ceaduc@uca.edu.py - ceaduc@gmail.com
Web:
www.ceaduc.uca.edu.py
ISBN 978-99953-76-09-3
Diseño Gráfico
Esteban M. Brizuela R.
Imprenta Salesiana
Tte. Fariña 1295 c/ Cap. Figari.
Telefax: 595 - 21 - 22 23 03
Asunción, Paraguay
junio, 2009
Impreso en Paraguay - Printed in Paraguay
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PRÓLOGO
En éste dinámico y convulsionado mundo y lamentablemente también en nuestro país vivimos cada vez más proclives a construir murallas en vez de puentes que acercan y unen y vallados donde deberíamos abrir caminos para el fraternal encuentro. Y así es como nos vamos acostumbrando a dialogar cada vez menos.
El ser humano se convierte en número y la familia en isla; el arte transciende con dificultad y el artista no encuentra escenario ni rama donde posarse para cantar hasta que casi milagrosamente a algunos bohemios y soñadores se les ocurre llamarlos, recoger datos, revivir episodios de su existencia y hasta formar un ramillete de palabras para obsequiar a la sociedad con el cálido contenido de nombres de hombres y mujeres, de carne y hueso como nosotros, pero que tuvieron la bendición de una cálida inspiración que, sin hacerlos excepcionales les dio el privilegio de poder ver de manera diferente los paisajes, sentir admiración superlativa por el encanto de ríos, arroyos y selvas y hasta hicieron suyas la magia de convertir en versos rimados, en sones armoniosos y en pentagramas multicolores el sentimiento.
Compositores, poetas e intérpretes -sin saberlo- se hicieron poderosos gestores de la luz y del encanto de la vida.
Sin estos personajes ¡qué pasajero, qué fugaz sería el amor!. ¡Qué pobre dimensión tendría lo bello y cuan escasa ponderación al sentimiento humano!
Nuestro país tiene tantos cultores del canto y del verso, pero pocos valores como RAMON GIMÉNEZ que con férrea voluntad, nobleza y disciplina estén dispuestos a trabajar en compendios como éste para sacar al público e ilustrarlo con episodios, circunstancias y trayectoria de por lo menos 25 artífices de las cadencias y armonías, del romancero decir y de rimadas estrofas. Por eso aplaudimos sin retaceos este esfuerzo. Un libro sobre lo nuestro es sumamente importante y valioso ya que mediante estas páginas hasta podrán hablar los mudos y escuchar los sordos.
Por lo demás, el autor, a quien alguna vez -siendo muy joven- lo vimos llegar hasta la empresa que dirigíamos y que vino para formarse a la sombra de "Dos aladas mensajeras de paz y cordialidad bajo cielos de América" (Zp5 y ZPA5 Radio Encarnación era en aquel entonces una especie de buque insignia del desarrollo regional) sube un peldaño más en la consideración de quienes lo apreciábamos como Locutor, respetado como directivo y admirado por sus primeras bellas poesías.
Su modestia le hizo decirnos que preparó el libro a pesar de sus escasos estudios. Nos trajo al recuerdo lo que escuchamos decir a alguien alguna vez: "Una educación universitaria rara vez perjudica a un hombre si está dispuesto a aprender algo después de graduarse".
A disfrutar de esta conquista, apreciado Ramón Giménez y a tener presente que "los descubridores de defectos nunca mejoran el mundo; solo logran que aparezca peor de lo que es".
ARTEMIO VERA
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PRESENTACIÓN
Compositores del canto popular, poetas del pueblo, músicos y cantores, "peregrinos del tiempo y del espacio", en un número de 25 están aquí, en esta compilación. Compilación en la que hemos pretendido reseñar, la trayectoria artística de cada uno de ellos.
Que sean 25 los que aquí figuren, no significa que no haya muchos más. Ni significa una amenguación valorativa de los ausentes. Tampoco el orden en la disposición de los aquí presentes es por prelación de importancia, ni mucho menos.
Para la realización de este trabajo, hemos recurrido a un archivo personal de notas y sueltos periodísticos, firmados algunos, otros no, aparecidos en diarios y otras publicaciones nacionales, que hemos venido atesorando a lo largo de más de 30 años, cuando cumpliendo con nuestra tarea de Locutor empírico, nos ocupábamos, preferentemente de programas folclóricos con la intención de difundir nuestra música y reseñar, en lo posible, la trayectoria, la vida, el trabajo de nuestros músicos, compositores, poetas y cantores populares.
Al agradecer al Prof. Dr. JOSÉ ZANARDINI, Director de la Biblioteca de Estudios Paraguayos del Centro de Estudios Antropológicos de la Universidad Católica "Nuestra Señora de Asunción" (CEADUC) por la generosidad de esta tan importante casa de altos estudios, al editar este muy modesto trabajo en pro de nuestra música folclórica y sus cultores, dejo expresa constancia de que mi tarea de compilar en este libro 25 semblanzas de hombres y mujeres que mucho hicieron y hacen por nuestra música folclórica, no hubiera sido posible de no obrar en mi poder el resultado de pacientes investigaciones de muchos amantes y defensores de nuestra música y sus cultores, como indudablemente lo fueron Don MIGUEL ÁNGEL RODRÍGUEZ y el dramaturgo RUDI TORGA y lo son aún y ojalá por mucho tiempo, Don SERAFÍN FRANCIA CAMPOS, el periodista RUBÉN ÁLVAREZ y otros anónimos defensores de nuestra Cultura Popular.
Esta obra es de todos ellos y del pueblo paraguayo al que entrego con toda humildad, con el propósito de que permanezcan en la memoria ciudadana los nombres de quienes hicieron méritos para recibir el permanente homenaje de recordación y gratitud.
Encarnación, mayo de 2009
RAMÓN GIMÉNEZ

ÍNDICE
PRÓLOGO - ARTEMIO VERA
PRESENTACIÓN - RAMÓN GIMÉNEZ

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jueves, 22 de abril de 2010

JOSÉ ZANARDINI y WALTER BIEDERMANN - LOS INDÍGENAS DEL PARAGUAY / CONSTITUCIÓN DEL PARAGUAY (CAPÍTULO V: DE LOS PUEBLOS INDÍGENAS)

LOS INDÍGENAS DEL PARAGUAY
Autores: JOSÉ ZANARDINI y
WALTER BIEDERMANN
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
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Biblioteca Paraguaya de Antropología Nº 39
Centro de Estudios Antropológicos
De la Universidad Católica (CEADUC)
Foto de tapa: Museo Etnográfico ANDRÉS BARBERO
Y Guillermo Sequera,
Colección del Centro de Artes Visuales /
Museo del Barro.
Editorial Palo Santo,
Asunción – Paraguay 2001 (pp. 252)
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Gráfico 1:
POBLACIONES INDÍGENAS DEL PARAGUAY
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CONTENIDO
- Agradecimientos
Introducción
- Breve explicación para aprovechar mejor este libro
- Capítulo V de la Constitución de la Rca. del Paraguay sobre los Pueblos Indígenas
- Poblaciones Indígenas del Paraguay
- Comunidades Indígenas del Paraguay
- Distribución según las familias lingüísticas
-Etnohistoria
- Etnia o pueblo Ayoreo
- Etnia o pueblo Ishir
- Etnia o pueblo Nivaclé
- Etnia o pueblo Maká
- Etnia o pueblo Manjui
- Etnia o pueblo Enlhet
- Etnia o pueblo Guaná
- Etnia o pueblo Sanapaná
- Etnia o pueblo Angaité
- Etnia o pueblo Toba Maskoy
- Etnia o pueblo Qom Lik
- Etnia o pueblo Guaraní Occidentales
- Etnia o pueblo Guaraní Nandéva
- Etnia o pueblo Pai Tavyterá
- Etnia o pueblo Mbyá
- Etnia o pueblo Avá Guaraní
- Etnia o pueblo Aché
- Bibliografía utilizada
- Títulos publicados por la Biblioteca Paraguaya de Antropología
- Agradecimientos fotográficos
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Gráfico 2:
COMUNIDADES INDÍGENAS DEL PARAGUAY
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INTRODUCCIÓN
¿Quiénes son los indígenas? Es una pregunta inquietante que, a medida que ahondamos en ella, multiplica sus aristas, convirtiéndose en un tema nacional e internacional de la mayor importancia. La existencia de pueblos indígenas sobrevivientes después de más de quinientos años de contacto con los blancos es ya de por sí un hecho sociológico relevante. ¿Por qué no han desaparecido después de tanta persecución, desprecio, marginación y sufrimiento? ¿Por qué lograron sobrevivir a pesar de habérseles arrebatado sus tierras, sus bienes culturales, religiosos y sociales? ¿Por qué resisten aún hoy ante la avalancha de la globalización y de la homogeneización cultural que parece arrastrar a cada pueblo hacia una supuesta cultura universal? El fantasma de la globalización cultural ha desencadenado a nivel mundial la reacción de intelectuales, filósofos y pensadores, porque está en peligro la originalidad de las diferentes culturas y sistemas de pensamiento. Las culturas se sienten amenazadas y buscan una manera de redefinir sus contenidos, de acuerdo a las pautas de cada nación, aferrándose a "lo propio", "lo genuino", "lo aglutinante" de un pueblo. Se trata de ahondar las raíces en la identidad y en la historia de cada pueblo para buscar el mejor camino de vivir el tercer milenio, fortaleciendo la identidad colectiva de cada pueblo y buscando los canales culturales para "dar y recibir" en un paciente proceso de diálogo intercultural orientado a respetar las diferencias, enriqueciendo así el patrimonio universal de la humanidad.
En Paraguay existe un gran desconocimiento de los diecisiete diferentes pueblos indígenas esparcidos en aproximadamente 400 asentamientos del territorio nacional. Lamentablemente, en muchos sectores de la sociedad nacional, la existencia de pueblos indígenas es considerada una vergüenza y un atraso. El origen de semejante posición hay que buscarlo en los prejuicios atávicos y en la ideología racista que se fueron moldeando a lo largo de los siglos desde el tiempo de la Conquista. En todo este tiempo se ha intentado borrar del mapa a esos pueblos, se ha intentado deculturizarlos y asimilarlos a la cultura nacional para que se transformen y sean como los demás ciudadanos. Se ha puesto en marcha un auténtico proceso de etnocidio que afortunadamente no ha conseguido el objetivo deseado, porque los pueblos indígenas están todavía presentes en el Paraguay: viven, luchan, resisten y, por sobre todo, emergen en la vida nacional con sus peculiaridades, aportando un sinfín de valores que pueden oxigenar a nuestra sociedad, a veces desorientada y sin rumbo.
Este libro, con sus posibles fallas, pretende acercar la cultura de los increíbles mundos indígenas del Paraguay a nuestro mundo, desde la visión de quienes se sienten mejor como activistas de los pueblos indígenas que como escritores, ya que han visto en sus mundos la solución de muchos de los males de la sociedad moderna. La obra ofrece una descripción etnográfica de cada una de las diecisiete etnias o pueblos que aún existen en el Paraguay. A tal efecto, se han utilizado investigaciones ya existentes y se ha elaborado el texto en forma clara y sencilla, para que, sin perder el rigor de la información, sea accesible a todo lector, desde el ama de casa al estudiante, desde la persona de la calle que quiera saber de la vida de los indígenas de su país, hasta el especialista. Hemos tratado de crear un material que enriquezca por igual el bagaje de conocimientos de los paraguayos y de los extranjeros.
El objetivo ha sido reunir en una obra textos y fotografías que muestren las peculiaridades de cada etnia y las diferencias que las distinguen no sólo en lo lingüístico sino, sobre todo, en lo cultural y en lo religioso. La obra aspira a desmitificar la idea de que todos los indígenas que vemos en el país son guaraní y los confunde en un mismo grupo; también, a clarificar la información y a acercar a la cultura de los blancos el fascinante mundo de los últimos hijos de la selva, que con sus cosmovisiones, diferentes a la nuestra, enriquecen nuestro conocimiento y prestigian nuestro acervo cultural. Se trata de un universo distinto que todavía tenemos a mano y que debemos aprovechar, de un mundo que nos brindan con generosidad -más natural, más genuino y puro-, un mundo que nos demuestra, en fin, que tenemos mucho que aprender de ellos.
El Paraguay no puede ni debe prescindir de sus pueblos indígenas. Antes bien, debe crear más espacios culturales y territoriales para promover su presencia en la sociedad nacional y proyectar un Paraguay moderno que se base en la multietnicidad y la multiculturalidad. La misma Constitución Nacional de 1992 reconoce la existencia de los pueblos indígenas como pueblos anteriores a la formación del Estado paraguayo en 1811.
El Presidente Don Carlos Antonio López, al confiscar en 1848 las tierras y los bienes indígenas, estableció inicuas asimetrías sociales que postraron a esos pueblos y les impidieron reivindicar sus derechos territoriales sobre sus tierras ancestrales.
Más allá del importante apoyo, aunque a veces paternalista, brindado a los indígenas por las misiones religiosas de diferentes denominaciones en los tiempos modernos a partir de fines del siglo XIX, recién en la segunda mitad del siglo XX se creó en Paraguay un movimiento indigenista y antropológico capaz de bregar para que las leyes tengan en cuenta los derechos territoriales de los pueblos indígenas. Como feliz resultado de ese proceso se llegó a la promulgación de la Ley 904/81, Estatuto de las Comunidades Indígenas, que permite a éstas exigir legalmente la devolución de parte de su territorio tradicional para reproducir sus sistemas tradicionales de vida y su cultura.
En 1992, tras un trabajo capilar en todas las comunidades indígenas del país, se llegó a incorporar en la nueva Constitución Nacional un capítulo sobre los Pueblos indígenas. Se trata del capítulo V, constituido por seis artículos, que representa una conquista en materia indigenista a nivel continental. Lastimosamente, después de casi diez años de vigencia de la Constitución, constatamos que esos principios están lejos de ser aplicados en nuestro país.
Sin embargo, los pueblos indígenas resisten y viven. Una señal muy prometedora son las nuevas organizaciones indígenas que se están formando en los últimos años. Los indígenas dan señales de querer ser los dueños de su propio destino y tener un peso político propio probablemente independiente de los partidos tradicionales, sin intermediarios culturales-políticos, y apuntando directamente a un poder indígena que defienda sus derechos. Este libro, de alguna manera, trata de remediar en algo el constante avasallamiento al que han sido sometidos su cultura y sus derechos desde que hace 500 años se iniciara la Conquista. Una nota dominante de los pueblos indígenas del Paraguay es la búsqueda de nuevos contenidos culturales. Los rasgos culturales tradicionales descritos en este libro probablemente ni siquiera son conocidos por los miembros jóvenes de la etnia. Está en acción una transfiguración cultural, una apropiación de elementos pertenecientes a otras culturas con el fin de sobrevivir y fortalecerse culturalmente. Así como la diversidad biológica es fundamental para el equilibrio del planeta, la diversidad cultural es necesaria para las sociedades modernas, pues asegura la continuidad y combate los síntomas de decaimiento de las mismas etnias. Ojalá que los paraguayos podamos sentirnos orgullosos de tener pueblos indígenas en nuestra patria y que se pueda conocer quiénes son, ya que son los más humillados y los más despreciados por una sociedad que no les valora como garantía de futuro.
A pesar de todo, nos sentimos optimistas sobre el futuro de los indígenas del Paraguay. Los instrumentos internacionales y la misma Constitución Nacional son sus mejores aliados. Además, existen personas, instituciones públicas y privadas y misiones religiosas que representan un rol muy importante en la defensa del territorio y de su sistema tradicional de vida, conforme a los principios de la autodeterminación y de la autogestión.
La finalidad principal de este libro es la de afirmar que los pueblos indígenas del Paraguay todavía existen y que nos presentan un rostro visible a través de sus múltiples presencias. Son una riqueza histórica y cultural para nuestro país y se convierten en un desafío para la sociedad nacional: que reconozca sus derechos ancestrales y se deje cuestionar en sus modelos de vida por los sanos principios sociales, éticos y políticos que desde siempre han caracterizado a esos pueblos. Su relación con la naturaleza, con el mundo de los espíritus, su profunda sabiduría de vida, sus conocimientos tradicionales de la medicina y de otros sectores del saber y del practicar humano son un aporte invalorable. Mientras las tecnologías modernas envenenan los cursos hídricos, desgastan y erosionan la tierra, destruyen las selvas, que son los pulmones del planeta, contaminan el aire y empujan a la población a un ritmo de vida consumista y estresante, los pueblos indígenas, silenciosa y fielmente, custodian los bienes perennes de la humanidad -los naturales y los espirituales- y son capaces de crear convivencias armónicas y pacíficas. Los autores
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CONSTITUCIÓN DE LA REPÚBLICA DEL PARAGUAY
CAPÍTULO V
DE LOS PUEBLOS INDÍGENAS

Artículo 62 - DE LOS PUEBLOS INDÍGENAS Y GRUPOS ÉTNICOS
Esta Constitución reconoce la existencia de los pueblos indígenas, definidos como grupos de culturas anteriores a la formación y organización del Estado paraguayo.
Artículo 63 - DE LA IDENTIDAD ÉTNICA
Queda reconocido y garantizado el derecho de los pueblos indígenas a preservar y a desarrollar su identidad étnica en el respectivo hábitat. Tienen derecho, asimismo, a aplicar libremente sus sistemas de organización política, social, económica, cultural y religiosa, al igual que la voluntaria sujeción a sus normas consuetudinarias para la regulación de la convivencia interna, siempre que ellas no atenten contra los derechos fundamentales establecidos en esta Constitución. En los conflictos jurisdiccionales se tendrá en cuenta el derecho consuetudinario indígena.
Artículo 64 - DE LA PROPIEDAD COMUNITARIA
Los pueblos indígenas tienen derecho a la propiedad comunitaria de la tierra, en extensión y calidad suficientes para la conservación y el desarrollo de sus formas peculiares de vida. El Estado les proveerá gratuitamente de estas tierras, las cuales serán inembargables, indivisibles, intransferibles, imprescriptibles, no susceptibles de garantizar obligaciones contractuales ni de ser arrendadas; asimismo, estarán exentas de tributo.
Se prohíbe la remoción o traslado de su hábitat sin el expreso consentimiento de los mismos. Artículo 65 - DEL DERECHO A LA PARTICIPACIÓN
Se garantiza a los pueblos indígenas el derecho a participar en la vida económica, social, política y cultural del país, de acuerdo con sus usos consuetudinarios, esta Constitución y las leyes nacionales.
Artículo 66 - DE LA EDUCACIÓN Y LA ASISTENCIA
El Estado respetará las peculiaridades culturales de los pueblos indígenas, especialmente en lo relativo a la educación formal. Se atenderá, además, a su defensa contra la regresión demográfica, la depredación de su hábitat, la contaminación ambiental, la explotación económica y la alienación cultural.
Artículo 67 - DE LA EXONERACIÓN
Los miembros de los pueblos indígenas están exonerados de prestar servicios sociales, civiles o militares, así como de las cargas públicas que establezca la ley.
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Gráfico 3:
DISTRIBUCIÓN HISTÓRICA
DE LAS POBLACIONES INDÍGENAS
SEGÍN LA FAMILIA LINGÜÍTICA
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EL POBLAMIENTO PRIMITIVO DE AMÉRICA
La opinión generalizada de los antropólogos actuales es que el hombre Poleoamericano no es ni autóctono ni originario de este continente. Desde la primera población humana, entonces, ya fue la nuestra una tierra de inmigrantes.
Los autores no están de acuerdo en la datación cronológica de esta penetración humana en América. Algunos hablan de 30000 y otros de 15000 años a.C., posiblemente durante la última glaciación. Los hallazgos arqueológicos demuestran, casi con certeza, que 10000 años a.C. América ya estaba poblada por cazadores especializados o superiores. En cuanto al origen étnico del hombre americano, se han establecido dos escuelas contrapuestas. La llamada "Escuela Americana", liderada por Alex Hrdlicka (1925), basándose en la homogeneidad racial del hombre americano, postula la existencia de sucesivas oleadas migratorias en los períodos inter-glaciales que, a partir de 30000 años a.C., habrían estado penetrando a este continente a través del Estrecho de Bering (convertido entonces en puente entre América y Asia). Los científicos adscriptos a esta Escuela reconocen que las variaciones en la tipología étnica de los antiguos hombres americanos serían consecuencias de la adaptación a nichos y hábitat ecológicos nuevos.
El ser humano de América tendría entonces un homotipo mongoloide, sería originario del Asia y habría llegado solamente por el Estrecho de Bering. La cultura de estos primigenios migrantes habría sido de carácter inferior y semejante y sólo después de su llegada al llamado Nuevo Continente se habrían diferenciado.
Paul Rivet, fundador del Museo del Hombre de París, fue el líder de la llamada "Escuela Europea" o "de las Corrientes Interoceánicas". Publicó en Montreal (1943) su teoría, basándose en la heterogeneidad o pluralidad racial de los antiguos americanos. Éstos habrían llegado al continente no solamente por el Estrecho de Bering, sino por los océanos, que no constituirían vallas, sino rutas abiertas a la migración. Supuso que el arribo de cada corriente se realizó por caminos diferentes, trayendo una variedad racial distinta y siendo portadora, cada una de ellas, de culturas con peculiaridades diversas.

LAS CORRIENTES MIGRATORIAS
Siguiendo la idea de Rivet, varios antropólogos hablan de sucesivas corrientes migratorias que habrían dado origen al poblamiento primitivo de América. Así podemos presentar, en un cuadro esquemático, algunos de los orígenes posibles:
1. FUÉGUIDOS: Se trata de los habitantes primigenios del sur de América (Tierra del Fuego y Patagonia). Procederían de Tasmania y habrían llegado al continente atravesando, según teorías, un corredor de tierra que unía el sur de Australia con la isla de Tasmania, la Antártida, la Tierra del Fuego y el Cono Sur. Esto, teniendo en cuenta que la Antártida presentaba condiciones climáticas mucho más favorables en las épocas interglaciales que en la actualidad.
2. PÁMPIDOS: se habrían afincado originariamente en las grandes llanuras de Norte y Sudamérica. Su origen geográfico los ubica entre las poblaciones australianas y habrían llegado también por vía terrestre. Se supone que sus descendientes más conocidos serían los llamados pieles rojas o plánidos de Norte América y los llamados pampas en América del Sur.
3. LÁGUIDOS: Se habrían ubicado en la región geográfica conocida como el escudo oriental de Brasil, concretamente en Lagoa Santa. Serían originarios de la Melanesia y habrían llegado al continente por vía terrestre.
4. AMAZÓNICOS: Se concentraron originalmente en las cuencas de los grandes ríos americanos: el Amazonas y el Orinoco. Se cree que habrían llegado por vía marítima. Sus descendientes más conocidos serían los jíbaros y guaraní.
5. ÁNDIDOS: procedían del Pacífico Occidental. Se ubicaron en México y en toda la franja de la cordillera de los Andes. De estos grupos habrían provenido los mayas, aztecas e incas.
6. Otros grupos poblacionales habrían sido los ístmicos, que se ubicaron en el istmo centroamericano; los colúmbidos, que se asentaron en el noreste de América del Norte; los esquimales, cuyo hábitat se circunscribió a la zona circumpolar.
La corriente migratoria de los Amazónicos (Proto-Malayos o Proto-Indonesios) es una de las que más nos interesa, pues del mestizaje de ésta con los españoles, se originó la gran mayoría del pueblo paraguayo.
Los Proto Malayos o Proto-indonesios mongoloides son, posiblemente, procedentes del Sureste asiático, Malasia e Indonesia. En América del Sur, se los llama Amazónicos o Brasílidos. Su hábitat general estaba en la Cuenca del Amazonas y se extendía por todo el Brasil, el este de Bolivia, Paraguay, Argentina, la selva peruana y ecuatoriana, Colombia y Venezuela. La Dra. Branislava Susnik les asigna un gran dinamismo migratorio ("eshos del oguata") y un impulso guerrero que les permitió empujar a los láguidos y pámpidos hacia zonas marginales desérticas y de escasos recursos. Al agotarse la tierra, necesitaban transmigrar y disgregarse en innumerables fracciones, buscando siempre tierra virgen para su incipiente horticultura.
En el transcurso de los tiempos se diferenciaron (o tal vez traían ya elementos diferenciales de sus lugares de origen) constituyéndose en grandes conjuntos lingüísticos, étnicos y socio-culturales por los cuales se los clasificó en tres familias: Arawak, Karibe y Tupí-Guarani.
Hacia el 2000 a. de C. se habría producido una catástrofe natural en esa zona del continente americano, que se conoce a partir de estudios realizados recientemente con motivo de la explotación de la selva amazónica. Dichos estudios señalan la existencia de un dramático cambio ecológico en la región al sur del río Amazonas, que dio como resultado la invasión de la ecología de sabana aniquilando prácticamente a la selva tropical. Estas alteraciones obligaron a los pueblos de cultura neolítica a salir a la búsqueda de nuevas tierras que fueran aptas para su tradicional pauta cultural: el cultivo y la caza. Fueron numerosos los pueblos del ámbito original amazónico que iniciaron grandes migraciones, especialmente los pueblos pertenecientes a dos grandes familias lingüísticas: Arawak y Tupí-Guaraní.
A la llegada de los españoles, según la Dra. Súsnik (1982-83), los antiguos Tupí-Guaraní tenían sus límites bien definidos por accidentes naturales. Estos territorios, que albergaban verdaderas naciones, se llamaban "guára". El más conocido era el de los Kario, que abarcaba la costa atlántica desde el norte de la Laguna de los Patos hasta la actual ciudad de Curitiba. Propiamente kario era el guára donde estaba la actual ciudad de Asunción, abarcando el espacio entre el río Manduvirá y el Tebicuary, cuyo límite occidental era el río Paraguay.
El guára de los Tobatí, entre el río Manduvirá y el Jejuí, era el paso de migraciones guaraní a contrafuertes andinos, según las fuentes españolas. Otros guára eran los de los Guarambaré, los Itatí, los Ygañá.
La otra corriente migratoria prehistórica que pobló América, y resulta interesante desde el punto de vista del rastreo del origen de los proto pobladores de la Región Occidental o Chaco del Paraguay, es la de los Pámpidos que habrían llegado desde las llanuras del sur del continente, empujados por sus necesidades de caza y recolección, y serían los actuales pobladores del Chaco llegando posiblemente hasta el Lago Ypacaraí. Son grupos que se diferenciaron siempre cultural, lingüística y racialmente de los Amazónicos y que vivieron en constante enfrentamiento guerrero con éstos.

CLASIFICACIÓN DE LAS POBLACIONES INDÍGENAS ACTUALES DEL PARAGUAY
Existen varios criterios para clasificar a las etnias indígenas. Se aplican criterios raciales, haciendo uso de los caracteres anatómicos de las personas; o se recurre a las teorías migratorias de poblamiento; al criterio de los módulos de subsistencia; o bien al criterio lingüístico.
Por tratarse quizás del criterio más clásico y difundido en el Paraguay, se les clasificó en familias lingüísticas, siguiendo lo que el eminente antropólogo Miguel Chase Sardi, recientemente desaparecido, menciona en su obra "Los indios del Paraguay" (editada conjuntamente con la Dra. Branislava Súsnik, en 1995).
Así encontramos que los Indígenas del Paraguay pueden clasificarse en cinco familias lingüísticas: GUARANÍ, ZAMUCO, MASKOY, MATACO y GUAYCURU. Pertenecen a la familia GUARANÍ las etnias Mbya, Paî Tavyterâ, Ava Guaraní, Aché, Guaraní Ñandéva y Guaraní Occidentales; los ZAMUCO están representados por la etnia Ayoreo e Ishir; los MATACO por los Nivaclé, Maká y Manjui; los MASKOY por las etnias Enlhet, Toba, Angaité, Sanapaná y Guaná y los GUAYCURÚ, representados por la etnia Qom-lik.
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jueves, 4 de febrero de 2010

DE NUESTRAS LENGUAS Y OTROS DISCURSOS. Autor: RUBÉN BAREIRO SAGUIER / Versión digital: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

DE NUESTRAS LENGUAS Y OTROS DISCURSOS
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
Autor: Edición digital: Alicante :
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Biblioteca de Estudios Paraguayos - Volumen 34
Universidad Católica Nuestra Señora de la Asunción, 1990.



ADVERTENCIA
Los trabajos que integran el presente volumen han sido publicados -salvo uno, inédito hasta ahora- en diferentes lugares y circunstancias: en tanto artículos en revistas especializadas o como capítulos de libros. Inclusive uno de ellos: «El derecho a la lengua», fue expuesto en un coloquio internacional dedicado a los nuevos derechos humanos (realizado en la Sorbonne de París, en 1987). Ello explica las coincidencias o reiteraciones que se pueden detectar en varios de los ensayos: se trata -a menudo- de variaciones sobre un mismo tema que, si bien difieren por la formulación, concuerdan en los argumentos de fondo a propósito del tema capital del encuentro cultural -lingüístico en particular propio a las expresiones literarias, u otras, del «continente mestizo», en especial las de la ígnea «isla secreta» que se llama Paraguay. Ese encuentro fecundante es el eje vector de este libro, la pasión que lo anima, el aliento que lo sostiene.
Creo oportuno reunir en un tomo las reflexiones, las cavilaciones, las recapitulaciones sobre el tema evocado que, durante los años de la desgarrada ausencia -apenas física-, constituyeron temas privilegiados de mi quehacer intelectual y, al mismo tiempo, una manera de recuperar, de recomponer a través de la palabra, el perfil de mi tierra, de proyectarla, de volverla presente en otras latitudes. Rubén Bareiro Saguier - Asunción, junio de 1990
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ENCUENTRO DE CULTURAS
* Cultura mestiza por definición histórica, la latinoamericana es resultante de la inserción ibérica inicial -la suplantación progresiva luego- en el tronco multiforme de las culturas amerindias, con el posterior agregado del elemento africano y de los aluviones inmigratorios. Dada la diversidad de componentes, un problema latinoamericano esencial ha sido y sigue siendo encontrar su identidad cultural, situación que refleja la literatura al buscar la apropiación de un lenguaje y la concreción de un contenido en un idioma en cierta medida prestado, y dentro de un contexto político no unificado. La búsqueda se agudiza, y el conflicto se hace evidente, en ciertos momentos críticos de toma de conciencia: la emancipación romántica, el modernismo, la novela social y la literatura de nuestros días.
* Ya la colonia se plantea la disyuntiva: ¿Utilizar la lengua aborigen o la de los conquistadores? Apenas producida la independencia, el problema de la expresión -la «lengua nacional»- se suscita en todo el continente, y persiste hasta nuestros días en la producción literaria.
Concomitante y paralelamente con la preocupación a nivel expresivo surge y se desarrolla la del tema, la del contenido. América es, sin duda, el contorno geográfico del continente nuevo, pero es, además, la «invención de América» hecha por la cultura occidental, invención renovada por los contactos directos como la inmigración, o indirectos como los aportes culturales. De nuevo la disyuntiva. ¿Es más americana la literatura al ocuparse directamente del continente, o puede serlo igualmente sin necesidad de esa referencia?
* Ambos carriles -lingüístico y temático- han de servir como líneas de orientación en este trabajo, siendo ambos elementos, lenguaje y contenido de una literatura, terrenos privilegiados en que se manifiesta en forma más evidente el conflicto resultante del choque de culturas.
1) Dos cuestiones previas
* Antes de entrar a considerarlos, abordaré dos cuestiones previas, comprobaciones que presento a manera de axiomas: 1) la imposición final de la cultura occidental en América; 2) la asunción de la lengua europea como medio de expresión literaria.
* Me he referido a América Latina como lugar privilegiado del encuentro étnico-cultural, pero es preciso determinar la especificidad del proceso, en primer lugar porque el mestizaje y la aculturación no son fenómenos exclusivos de esta parte del mundo; en segundo lugar, porque otras regiones del continente que no han conocido la experiencia intercultural en su forma radical -Estados Unidos, por ejemplo-, se han visto asimismo enfrentadas a problemas en la elaboración de un vehículo expresivo propio para su literatura.
* El primer presupuesto es que, en ambos casos, lo que se impone es la «cultura occidental», vale decir, el conjunto de valores y pautas traídos por los conquistadores. Ahora bien, ¿de qué manera? El exterminio de las poblaciones aborígenes por parte de los ingleses, aboliendo uno de los términos en presencia, eliminó el largo proceso de resistencias y antagonismos en que se vio envuelta la historia iberoamericana. Tal proceso condujo a una síntesis sobredeterminada por una instancia particular: el encuentro de culturas sustancialmente diferentes, sin duda el mayor que se registra en la era cristiana, y el más dramático porque un puñado de europeos, gracias a la superioridad técnica que significaban las armas de fuego, la rueda y los caballos, se impuso a cientos de miles de americanos, muchos de ellos organizados en estados poderosos. Al mismo tiempo, era la cultura racionalista del Renacimiento la que se ponía en contacto con el universo mágico de los indios. La complejidad de esta relación parece explicar el carácter conflictivo propio con que fue vivida la experiencia tendiente a la creación de una identidad cultural latinoamericana.
* El segundo presupuesto, derivado de la imposición de la cultura occidental y cristiana en el nuevo mundo, la utilización del castellano-español o portugués, y a lo más del «idioma nacional», en la expresión literaria, conduce a plantear el problema de la autonomía de las letras latinoamericanas. ¿Hasta dónde no se trata sino de prolongaciones de la literatura metropolitana? ¿Hasta qué punto la latinoamericana existe como una totalidad independiente? La duda surge, primero, porque nuestra literatura se expresa en una lengua que se define por la aposición calificativa de española, término que reviste un contexto histórico-político indudable. La tradición -elemento importante para la definición- nos resulta ajena, como un préstamo. Esto se agrava por la inexistencia de una unidad hispanoamericana, es decir, de un soporte nacional, que sí tiene la literatura española. Cuando leemos a Bello, Darío o Asturias, aparentemente lo hacemos con los mismos puntos de referencia que cuando leemos a Cervantes, Quevedo o Machado. Sin embargo, existe una diferencia representada por la comodidad con que el español se maneja en su lengua y la lucha del hispanoamericano por su expresión. Para resolver el dilema, los críticos han apelado al contenido («nuestra realidad») o al factor lingüístico («nuestra expresión»). En verdad, ambos elementos entran en juego para definir la autonomía. Mariano Morínigo lo demuestra al decir que «la lengua española es el elemento común de ambas literaturas...; no existe una lengua hispanoamericana que como sistema funcione distintamente de la española... Cervantes y Darío escriben un mismo sistema de lengua, la cual lengua, por prioridad, se llama española. Pero éste es el nombre de la lengua, no la lengua misma. En rigor, el sistema no tiene nombre, pero como no funciona en abstracto sino para designar concretamente un mundo, el nombre de la lengua es, primero, convención justificada y luego arraigada». De lo cual se concluye que el sistema, al relacionarse con un universo concreto, va matizándose de acuerdo con «la acomodación al mundo que expresa». De esta manera ambas lenguas, la peninsular y la americana, son sólo matices del mismo sistema, pero matices que revelan experiencias distintas y autónomas. De ahí viene la diversidad de ambas literaturas, unidas por el sistema común y separadas por el matiz, reflejo de universos históricos diferentes. Esta experiencia en el espacio y en el tiempo es el contenido; el matiz, la expresión del mismo.
* Las observaciones de un historiador, Silvio Zavala, vienen a confirmar esta separación entre lo americano y lo peninsular, ya desde la época de la colonia, revelada por la falta de sincronismo en el desarrollo de ambas culturas. Por razones obvias, las corrientes estéticas llegaban más tarde a América, pero no sólo perduraban más que en las metrópolis sino que coexistían con tendencias posteriores, de lo cual resultaba una reinterpretación cultural. Dice Zavala: «Las dificultades en el uso de la terminología (concerniente a estas corrientes) son un indicio de la peculiaridad de las situaciones americanas, que comienza a traslucirse desde el descubrimiento (literatura de Indias diversa de la de España, dificultad de entender al indiano en la metrópoli, otro escenario, cronología y mentalidad nuevas)». A lo que es necesario agregar que, luego de la independencia, los asincronismos son más evidentes y el proceso en general se invierte: el romanticismo llega antes a América (desde Francia) y el modernismo se impone en España una década después de su creación en Hispanoamérica.
2) El problema lingüístico
a) Dos actitudes de España

* El problema lingüístico se plantea durante el coloniaje como una cuestión de política cultural de la Corona española en América. Sin ninguna duda, la implantación del castellano -la suplantación de las lenguas aborígenes- significaba para España un aspecto importante en el proceso de la dominación y una de las bases de la unidad en sus colonias. Ahora bien, la tarea de España en las tierras conquistadas no se limitaba a la colonización sino que se extendía, y en forma muy especial, a la cristianización, a su vez uno de los pilares de la dominación. En consecuencia, los monarcas se preocuparon por la manera más eficaz de realizar este cometido. En esta cuestión, dos actitudes se pusieron de manifiesto. La primera fue asumida por Carlos V (1536) al recomendar, con excelente criterio práctico, que los doctrineros aprendiesen la lengua de los indios para ejercer sus funciones en América. Con matices es la actitud de Felipe II, que se mostró contrario a la suplantación lingüística violenta. Siguiendo esta política, que representa «el triunfo de los teólogos sobre los juristas», en el decir de Ángel Rosenblat, los misioneros se preocuparon por el aprendizaje de las «lenguas generales»; es decir, aquellas que de alguna manera servían de vehículo expresivo en una vasta región. Los campeones de esta campaña de conversión en las lenguas amerindias han sido los jesuitas, quienes a partir de comienzos del siglo XVII invadieron con sus legiones de catequesis los cuatro puntos cardinales del continente. La experiencia más interesante fue realizada en las misiones del Paraguay. Imponiendo el guaraní como lengua única, los jesuitas ayudaron a mantener vivo el idioma de los indios -ya lengua popular en el resto de la provincia-, que hoy sobrevive en el país, constituyendo el único caso de bilingüismo en Hispanoamérica.
* Ahora bien, es preciso tener en cuenta que el aprendizaje de la lengua con fines de catequesis era uno de los instrumentos más eficaces de la penetración político-cultural. Por ello la literatura que se difundía en las lenguas aborígenes era eminentemente religioso-cristiana por su contenido, de servicio (sermones, catecismos, ejemplos, vidas de santos, etc.). No interesaban las tradiciones auténticas de los indios pues se trataba de reemplazar las «supersticiones» indígenas por los principios de la «religión verdadera». En consecuencia, los misioneros se cuidaron de reproducir o transcribir los mitos americanos, y cuando lo hicieron -el caso del Popol Vuh, por ejemplo- se trataba de una difusión escasa, para no interferir la labor misional. La literatura aborigen -que en gran medida era religiosa- se perdió, y lo que pudo ser conservado lo fue gracias a la tradición oral. Es significativo que en el Paraguay, donde los misioneros desarrollaron su máxima empresa cultural en la lengua del país, no se haya transcrito una sola producción de origen indígena bajo el impulso de los padres de la Compañía. Tampoco han sido difundidas las diferentes crónicas hechas por los escritores de los pueblos sojuzgados, seguramente porque daban una versión heterodoxa de los hechos.
* Las necesidades de una estrategia de evangelización conducen a una opción táctica lingüística cuyos resultados son ambivalentes: permanencia de un elemento cultural tan importante como es la lengua y, al mismo tiempo, debilitamiento de la visión del mundo tradicional indígena.
* La actitud pragmática de Carlos V y Felipe II no implicó una renuncia a la imposición del idioma imperial de Castilla, preocupación presente de manera constante en instrucciones y cédulas reales por un lado, en informes y relaciones por el otro. La necesidad de imponerlo aparece a la luz del día con motivo de la expulsión de los jesuitas (1767), y se convierte en coerción legal con la Cédula Real, de Carlos III (1770) -ya hacia fines de la colonia, nótese-, en la que ordena: «que se extingan los diferentes idiomas que se usan en los mismos dominios (América y las Filipinas) y sólo se hable el castellano». De todas maneras, aunque el idioma español se impuso, medidas meramente políticas como la adoptada por Carlos III, no consiguieron detener el proceso de americanización del castellano en el nuevo continente, es decir, la impregnación sufrida por el idioma del conquistador en lo que se refiere a términos, fonemas, construcciones gramaticales, giros, esquemas morfológicos, proceso que venía realizándose desde los orígenes del contacto cultural.
b) El caso particular del Brasil
* El Brasil tuvo una historia particular en lo que concierne a la lengua colonial. Durante mucho tiempo predominó la lingua geral, es decir, el tupí mezclado con un poco de portugués, debido a la escasa densidad del elemento europeo. Hacia mediados del siglo XVIII, la élite colonial blanco-mestiza se afianzó, y gracias a la acción bélica de las bandeiras se fue extendiendo el portugués -se fundaron las academias literarias-y relegando la lingua geral al interior. No obstante, en el litoral se seguía hablando una mezcla de tupí y dialectos africanos.
* La quiebra de la «pureza» idiomática peninsular, tanto en los dominios de España como en el Brasil -ruptura en la que no sólo está presente el habla indígena sino la aportación negra-, tiene mucha importancia en la evolución posterior de la literatura latinoamericana y en gran parte de su actual búsqueda.
* No obstante las transformaciones lingüísticas anotadas, poco es lo que se puede decir acerca de la búsqueda de la expresión literaria americana durante la colonia. La extremada dependencia política y las restricciones culturales (por ejemplo la prohibición de leer «libros de vana profanidad», como las novelas) impidieron la libre expresión de los valores americanos. Se habla del desenfado expresivo de los cronistas, de la reticencia del indiano Ruiz de Alarcón, de Sor Juana, de Valbuena, de Landívar. Pero en todos esos casos la diferencia con la literatura peninsular es difícil de ser verificada, muy sutil si la misma existe. El caso más interesante es el del Inca Garcilaso, mestizo cuyo conflicto de origen se manifiesta en la nostalgia con que da testimonio de su cultura indígena por ascendencia materna. Más claro, al menos por la intención, fue el intento de emancipación -por el estilo y el sentimiento- esbozado a fines del siglo XVIII por la generación minera de la Infidencia, en Brasil.
c) «En busca de nuestra expresión»
* La ruptura lingüística hace crisis y se convierte en programa inmediatamente después de la independencia. En efecto, ya en 1825 se habla de «idioma brasilero», y un poco más tarde en Hispanoamérica, de «idioma nacional» especialmente en Argentina y México. Esta toma de conciencia se opera en dos niveles: el político y el intelectual.
* El primero se manifiesta a través de leyes y reglamentos, y refleja el afán de independencia en todos los planos.
* El segundo nivel es un síntoma más interesante, pues pone de manifiesto la búsqueda de la «independencia nacional», que no podía prescindir del factor expresivo. Un momento culminante es el de la célebre polémica Bello-Sarmiento, en 1842. El primero pasa por conservador frente a la posición progresista de Sarmiento, quien proclama el derecho a incorporar la lengua del pueblo en la elaboración literaria: «La soberanía del pueblo tiene todo su valor y su predominio en el idioma». La misma actitud programática asume José de Alencar en el Brasil. Éste distingue categóricamente entre el dialecto portugués y el brasileño, concluyendo en la superioridad de éste sobre aquél, por la facilidad para inventar palabras, y en la supremacía del «estilo brasilero».
* Matoso Câmara Jr. señala ya en Alencar una característica de la lengua «brasileña», incorporada a la expresión literaria: el uso de las explosivas posvocálicas «como sílaba distinta, de acuerdo con la elocución popular (adevogado, abissolutamente)». Ha sido Casimiro de Abreu -siempre en la apreciación de Matoso- quien, entre los poetas románticos, fue bastante lejos en la utilización de la lengua coloquial.
* La toma de posición de los románticos no pasaba de ser un programa para el futuro, porque tanto Sarmiento como los que en su época y poco después asumían la misma postura -Juan María Gutiérrez, Juan B. Alberdi, J. Montalvo, los mexicanos, que propiciaban la «lengua nacional»- escribían un español castizo, según los cánones académicos. La realización -si así puede llamarse- de ese proyecto se hará por dos vías distintas: una popular, culta la otra.
En el primer aspecto han de ser los escritores «criollistas» los que realizarán parte del programa. Guillermo Prieto en México, con su Musa callejera metida en los recovecos del sentimiento y la expresión populares; y con más fuerza la poesía popular del corrido, al que la música presta alas. En el Río de la Plata los escritores gauchescos -siguiendo las huellas de Hidalgo, el precursor- Ascasubi, Estanislao del Campo y sobre todo José Hernández con su Martín Fierro. El pueblo reconoció su lenguaje en estas obras, que por primera vez utilizan en forma abierta en la obra literaria el habla rural, inculta, orillera. El criollismo representa un golpe al purismo y un intento -inconsciente- de autonomía expresiva. Algunas manifestaciones de la novela regionalista-costumbrista se inscriben en la misma línea de incorporación del habla popular y cotidiana; la mala palabra aventadora.
* Es el movimiento modernista el que habría de realizar, de manera consciente y dentro de una vía culta, la quiebra del purismo lingüístico en la literatura hispanoamericana. Si los criollistas renuevan intuitivamente el idioma, los modernistas lo hacen en plan de elaboración, de búsqueda estética. Mientras que ideológicamente el romanticismo fue antiespañol, el modernismo fue pro francés, y su máximo representante, Rubén Darío, ha aceptado gustoso el calificativo de «galicismo mental» que se ha aplicado a la escuela. El mismo lo dice: «Al penetrar en ciertos secretos de armonía, de matiz, de sugestión que hay en la lengua de Francia fue mi pensamiento descubrirlos en español y aplicarlos...». «Pensando en francés y escribiendo en castellano» construye su libro Azul, cuya publicación indica el punto de partida del modernismo. Veamos los elementos utilizados, siempre en la consideración del autor: «En él aparecen por primera vez en nuestra lengua el 'cuento' parisiense, la adjetivación francesa, el giro galo injertado en el párrafo castellano clásico, la chuchería de Goncourt, la 'câlinerie' erótica de Mendès, el escogimiento verbal de Heredia y hasta su poquito de Coppée». Con estos ingredientes Darío introduce un aire fresco en la adocenada retórica de la poesía hispánica y aporta una renovación fundamental en los medios expresivos: galicismos, giros, idiotismos, esquemas sintácticos del francés. Para Darío mismo los cambios iban lejos y venían de lejos; así nos dice en su lenguaje metafórico: «Aun en lo intelectual, aun en la especialidad de la literatura, el sablazo de San Martín desencuadernó un poco el diccionario, rompió un poco la gramática». Vemos así una aplicación práctica de la ideología expuesta por los románticos latinoamericanos; la ruptura lingüística es de esta manera una prolongación de esa posición teórica.
* España reconoció el valor de la experiencia modernista con la generación del 98, al prolongarla en la península. Era la primera vez que las antiguas colonias imponían patrones culturales a la antigua metrópoli; la dirección de las influencias se había invertido.
* La filiación americana de la renovación modernista no depende de elementos aborígenes, locales o indigenistas. Movimiento esencialmente cosmopolita, refinado, el modernismo renegó de la realidad ambiente -Darío lo expresó así: «detesto la vida y el tiempo que me tocó nacer»-, y si se apeló a esos elementos, fue con el mismo criterio exotista con que se hacía referencia al Oriente o a la antigüedad grecolatina. Sin duda su lenguaje tradujo una profunda realidad de comunicación en Hispanoamérica puesto que sobrevivió largamente al proyecto modernista organizado en escuela.
* La poesía que nace en la misma época en el Brasil está igualmente influida de parnasianismo y de simbolismo, como el modernismo hispanoamericano, pero, a diferencia de éste, no entra en crisis con la lengua literaria peninsular. Aunque los principios de ambas escuelas son importados directamente de Francia -Alberto de Oliveira los lleva a Brasil-, esa literatura no involucra una quiebra expresiva con respecto a la ibérica. Esta ruptura, y violenta, se opera con el movimiento que tuvo el mismo nombre, mas no el mismo contenido estético que su homónimo en lengua castellana. El modernismo brasileño surge en 1922, y equivale a las expresiones de la vanguardia en el resto del continente latinoamericano. El sacudimiento brusco, el intento de revisión radical de valores, proclamados por los modernistas brasileños, no podía dejar de incluir el aspecto lingüístico. La nueva crisis siguió la línea de ruptura romántica, pero como las condiciones habían cambiado -evolución social, económica y cultural del Brasil- su virulencia fue mayor, y también su eficacia. La impugnación se dirigía a elementos básicos de la lengua. Los modernistas rechazaron la dependencia de las normas gramaticales vigentes y pregonaron la adopción de un sistema gramatical brasileño. Muy simpático fue el proyecto de Mario de Andrade, uno de los jefes del movimiento, quien inició la elaboración de una Gramatiquinha brasileira, que tuviera en cuenta la lengua hablada frente a la ortodoxia de la gramática peninsular. «En el centro de este esfuerzo -dice António Cândido- se hallaba el intento de elaboración de un lenguaje literario nuevo, que aprovechase al máximo las posibilidades de libertad de la lengua, dando en muchos casos categoría culta a la sintaxis popular, aproximando el habla común al habla escrita». La presencia explosiva de las búsquedas expresivas, tal como se ve en Macunaima de Mario de Andrade, se explica aún más si se tiene en cuenta la larga dictadura del purismo «clasicista» y académico, cuyo líder fue Rui Barbosa.
* Una fuente importante del lenguaje literario ha sido el habla de las minorías étnicas del país. Los modernistas brasileños volvieron los ojos hacia las culturas indígena y negra, para tomar de aquélla palabras, expresiones; de ésta ritmos, estructuras e imágenes de la expresión, además del elemento lexical.
* La iniciación, en el Brasil, de lo que se conoce en literatura con el nombre de negrismo, coincide con la del equivalente antillano: Luis Palés Matos, Ramón Guirao, Emilio Ballagas, Nicolás Guillén, José Z. Tallet. Refiriéndose al negrismo, René Depestre lo define como «la utilización de elementos rítmicos, de onomatopeyas, de factores sensoriales propios de las literaturas orales de los negros». Se trata de la introducción del «tema negro» a manera de moda literaria. Entre los citados se destaca Nicolás Guillén, quien por el contenido de su obra, que revela su condición mulata, va más allá del negrismo. El valor de esta experiencia aculturativa es señalado por Roger Bastide: «Cuánto más 'auténtica' nos parece... la poesía del cubano Nicolás Guillén, que con tanta brillantez expresa el África viva, pero viva en las encantadas islas de América, uniendo las onomatopeyas y el vocabulario africanos con la jerga de los bajos fondos o el castellano criollizado, los ritmos sonoros de los tambores yorubas con las voluptuosas melodías del Caribe». Bastide considera que «las culturas afroamericanas no sólo no están muertas sino que continúan radiando su influencia e imponiéndose a los blancos».
* El indigenismo literario que surge en la novela hispanoamericana hacia la década del 20 al 30 tuvo desde el punto de vista de la expresión una actitud más timorata y deslavada que el negrismo. En efecto, pese a la ideología de reivindicación del indio, su lenguaje ha seguido siendo el del modernismo, con los matices de la evolución operada por la presencia del realismo-naturalismo. Se emplearon palabras, se mechó la escritura con expresiones más o menos indígenas, pero el criterio de selección en gran medida continuaba orientado por el exotismo modernista. La simpatía por el indio no sobrepasó el cuadro de un interés superficial, desconocedor de los elementos constitutivos reales de su cultura.
* Horacio Quiroga, que no era indigenista sino de extracción modernista, sí supo captar el aliento del guaraní, lengua hablada por la mayoría de los personajes en sus cuentos de la selva misionera. Pero quien hace estallar la lengua narrativa latinoamericana con la carga explosiva que tiene la palabra mítica de los indios, es Miguel Ángel Asturias. Penetrando en la raíz de la cultura maya-quiché, pone en evidencia el valor mágico que tiene el verbo en esa civilización, transformador de todas las cosas. Es más, asumiendo esa función sagrada, trasponiéndola al plano de la creación literaria. Asturias exalta el poder del lenguaje, de un lenguaje que no obedece sino a sus propias leyes. Es la creación por y en la palabra, tal como la conciben las culturas amerindias. La obra de Asturias -y su momento culminante, Hombres de maíz- es el ejemplo más evidente del aporte cultural indígena a la lengua literaria hispanoamericana.
* Otros dos escritores contemporáneos acusaron el mismo impacto que Asturias, aunque de manera más discreta, más subterránea: José María Arguedas y Augusto Roa Bastos. Peruano el primero, su idioma materno fue el quechua; en su obra, recreadora del mundo maravilloso del indio serrano, se expresa en español trasvasado en moldes de la lengua aborigen. Arguedas trata de definir así su instrumento expresivo: «...escribí en un tipo de castellano que es una especie no de mezcla pero sí de estilo, en el cual el espíritu, las características del quechua están bastante vibrantes, están muy claras en el estilo castellano». Mario Vargas Llosa explica mejor este «tipo de castellano»: «La solución residía en encontrar en español un estilo que diera por su sintaxis, su ritmo y aun su vocabulario, el equivalente del idioma del indio». Y señala uno de los procedimientos para conseguir esa equivalencia: «la ruptura sistemática de la sintaxis tradicional, que cede paso a una organización de las palabras dentro de la frase, no de acuerdo a un orden lógico, sino emocional e intuitivo... Las frases de estos (indios) tienen una musicalidad particular, una subterránea ternura que procede de la abundancia de diminutivos y de vocativos, de su ritmo jadeante y quejumbroso, de su expresionismo poético. Se trata de un lenguaje oral y colectivo... Indudablemente, la escritura de Arguedas está lejos de la 'superchería fonética' de los indigenistas tradicionales, y constituye un verdadero caso de aculturación en el plano de la lengua».
* La obra de Augusto Roa Bastos presenta gran similitud con la de Arguedas, en lo que a aculturación lingüística se refiere, aunque resulta más difícil detectar las pruebas, quizá por el largo proceso de convivencia en régimen de bilingüismo entre el castellano y el guaraní. Para todo paraguayo nacido en el campo el guaraní es la lengua materna; existe una vasta zona de sentimientos y sensaciones que se expresan en este idioma. Una atmósfera que viene de las entrañas de la lengua nativa impregna la narrativa de Roa Bastos. Ella se desprende de la reiteración lexical, fraseológica, pero sobre todo de la transformación de los esquemas sintácticos españoles de acuerdo con los modelos del guaraní. En esta prosa (y me refiero especialmente a la primera parte de su libro Moriencia) se da un fenómeno de concentración, de síntesis en el cual el paso de una idea a otra se realiza sin la transición discursiva habitual de las lenguas occidentales. Escasean los elementos de enlace que indican la causalidad, y la relación entre frase y frase es implícita; surge de un contexto marcado por impulsos emocionales más que racionales. Este procedimiento trastrueca las categorías sintácticas del español, confiere a la prosa una textura fragmentaria y al mismo tiempo concentrada, en la cual la metáfora -el guaraní es perifrástico- le presta ductilidad. El empleo de numerosos arcaísmos hispánicos, enquistados en el habla indígena como elementos propios, proporciona gran encanto a la escritura.
Antonio Tovar, en un estudio «historicista» sobre "el dialecto hispano-guaraní del Paraguay", hace un vaticinio sobre «las lenguas que podrían nacer en América». Se funda en la «esperanza de que al menos en rincones actualmente marginales, en esos profundos y riquísimos depósitos de viejas tradiciones, se mantenga libre y actuante esta fecunda fusión de culturas y mezcla de lenguas».
* ¿La pertinencia de tal profesión de fe, se justificaría ya por la presencia de lo que podrían ser los rudimentos de «lenguas futuras» y se constituyen en materia de creación literaria en forma cada vez más evidente en Latinoamérica?
* Un fenómeno de alcances sociales en este sentido es el que se produce con la inmigración, especialmente en el Río de la Plata, o más propiamente en Buenos Aires, y de cuya presencia da testimonio el lenguaje de ciertos escritores de comienzos de siglo (Fray Mocho, Gregorio de Laferrère, Roberto Payró, etc.). Este aluvión, que tanta desazón causó a filólogos hispanos como Américo Castro, cobra toda su fuerza expresiva en la prosa desaliñada y palpitante de Roberto Arlt, y se afirma en la literatura argentina por el camino de lo que se llama el «grupo de Boedo» -ejemplo de literatura populista-, o con poetas como Raúl González Tuñón, pero sobre todo con la poesía popular difundida por el tango, base de una parte de la actual literatura de ese país.
Otro fenómeno, la voluntad actual de realizar la síntesis de casi cinco siglos de existencia cultural conflictiva en una expresión propia, convertida en centro de la preocupación literaria, merece reflexión seria y un análisis que aún queda por hacerse. Nunca la conciencia de tal operación fue tan aguda como en la producción de la generación presente: «vivimos en países donde todo está por decirse, pero también donde está por descubrirse cómo decir ese todo... Si no hay una voluntad de lenguaje en una novela en América Latina, para mí esa novela no existe», declara Carlos Fuentes. La vía parece ser el acercamiento entre la lengua escrita y el habla viva, tarea dificultosa y lenta, como vimos: los románticos realizaron un movimiento contra España (y se limitaron al enunciado programático); los modernistas se acercaron a la cultura francesa (y emprendieron una auténtica revisión de la lengua); los escritores actuales, surgidos hacia 1945, hacen de la renovación lingüística el eje de la creación literaria. Se trata de un proceso de apropiación progresiva por parte de la literatura de un acervo cultural, en última instancia ya existente: la creación colectiva realizada por aportaciones constantes, injertos en el tronco de la lengua patrimonial. La pretendida «degeneración de la lengua» -viejo mito colonialista- se revela así semilla fecundante. Por este camino el discurso literario se impregna de ambigüedad que exige la participación, la complicidad del lector; la obra se convierte así en una creación personal y al mismo tiempo multitudinaria, como es posible ver, sobre todo en la obra de Julio Cortázar, quien obliga a su interlocutor a mantener constantemente la guardia, con su lenguaje ubicuo, de quita y pon, y los múltiples experimentos expresivos que realiza.
* La lengua -aun la literaria- no es una invención caprichosa sino un producto histórico. En este sentido, los escritores últimos, al romper la linealidad del lenguaje, están dando cuenta del momento actual, caracterizado por una mayor complejidad del mundo latinoamericano. Y esto es válido también para el Brasil, en donde, a partir de la radical renovación de los modernistas, la lengua literaria sufrió un proceso semejante al de Hispanoamérica. La ruptura que en esos autores permitió la incorporación del lenguaje cotidiano y del regional explica la aparición de un escritor como Joâo Guimarâes Rosa, que supo universalizar el habla del sertón. Esta región ha sido uno de los últimos reductos de las mezcolanzas del portugués con las lenguas indígenas y africanas. Al sustrato de esa lengua hablada apela Guimarâes Rosa para construir el largo relato-monólogo de Riobaldo («más para oído que para leído») en su Gran sertón: veredas. Habla popular, coloquial, sus posibles limitaciones regionales son rescatadas por la gran habilidad inventiva, por la fuerza poética del novelista, que usa las palabras más como estímulos, incitaciones en movimiento, que como nominaciones fijas.
3) El problema temático
* La literatura es sobre todo lenguaje. Es la razón por la cual se busca la definición de su autonomía esencialmente por el lado de la palabra. Así lo comprendieron los escritores latinoamericanos desde los albores de la independencia; es lo que afirma Pedro Henríquez Ureña al acuñar la frase «busca de nuestra expresión», o los escritores actuales que conciben el lenguaje literario como una transgresión permanente, un «desacato sin tregua». En la trayectoria del lenguaje mestizo, híbrido, mulato, atravesado, roto, corrompido para volver a obtener su pureza original, su fuerza comunicativa, se puede ver el resultado del crisol cultural que es América Latina. Su literatura es un testimonio fehaciente de ello.
a) Una evidencia engañosa
* La temática -segundo expediente elegido para analizar el fenómeno del encuentro de culturas en la literatura latinoamericana- se convierte rápidamente en clave de la definición de lo americano, y, como se ha de ver, en programa de emancipación literaria.
* La evidencia con que se ofrece, o se impone el elemento temático, puede sin embargo resultar engañosa. El tema es como un espejo en el que cualquiera puede mirarse sin que la imagen quede grabada. En este terreno resbaladizo la dificultad reside en la posibilidad de una manipulación ambigua. Por ejemplo, en América Latina, la primera materia de que se nutre la lengua impuesta es el contorno físico. Queda por ver la significación que recubre en cuanto a la filiación ideológica y cultural, el manejo de este elemento.
* El equívoco impregna también la conexión entre el productor y su producto, entre la condición del autor y las características de la obra. En efecto, los primeros en describir la realidad del nuevo continente han sido los propios conquistadores. Durante la colonia se dan casos particulares en los que el europeo exalta las virtudes de la naturaleza y de los aborígenes, mientras el nativo americano -criollo o mestizo-se muestra reticente o adverso a todo lo que atañe a su propio continente. Es lo que ocurrió con Alonso de Ercilla, admirador del arrojo de los araucanos y con Pedro de Oña, criollo chileno cuyo libro Arauco domado ya en el título muestra su posición con respecto a los indígenas de su comarca. Estas situaciones de contradicción se reproducen a lo largo del coloniaje y son el resultado de complejos de origen en una sociedad de clases -o de castas- en que el elemento blanco, producto de la «pureza de sangre», se encontraba en el pináculo de la escala social; pero al mismo tiempo -contradicción suplementaria- era condición que podía ser comprada. En el terreno de las letras la exaltación de lo europeo era el precio pagado por los que no estaban seguros de sus orígenes y querían disimularlos. No en balde gran parte de la literatura colonial está dominada por el auge del barroco, estilo cuyo retorcimiento expresivo y poder de trasmutación metafórica ha permitido a escritores criollos o mestizos expresar sus sentimientos -íntimos o de latente nacionalidad- en forma indirecta, tortuosa a veces. El que menos los oculta es el Inca Garcilaso, el más directo en las alusiones, en las que no esconde su admiración por la civilización sojuzgada de sus antepasados indios. Sin duda los Comentarios reales representan un momento capital en lo que concierne al contenido americano en la literatura colonial. Puede decirse que Garcilaso funda el criterio de creación estética con el tema del nuevo mundo; es el primer intento de valorización de la cultura indígena. No se olvide que la literatura aborigen había sido sistemáticamente marginada, por las razones y de la manera expuestas anteriormente.
* En el Brasil, la expresión del sentimiento nativista es más abierta, desde la prédica de Fray Antonio de Vieira, defensor de los indios y negros, la copla mordaz y popular de Gregorio de Matos -ambos del siglo XVII- hasta la escuela épica del XVIII, ligada a la «infidencia mineira». Sólo que los escritores de la escuela épica -como casi todos en ese siglo- abordan los temas americanos con la óptica deformante de la literatura arcádica. Son épocas de confusión en que el sentimiento «nacional» era muchas veces sostenido por escritores peninsulares, tanto portugueses como españoles. La ambigüedad no se desvanece con el advenimiento de la independencia; muchos autores siguen escribiendo como se hacía durante los siglos anteriores.
* Estos datos no hacen sino confirmar la dificultad, ya planteada, de asir la cuestión a través del tema o contenido. Sin embargo, desde comienzos del siglo XIX hasta nuestros días muchos escritores han enfocado el problema de la autonomía literaria como un «descubrimiento» del continente, una descripción del medio geográfico y social. Por lo demás, cierta crítica ha hecho siempre hincapié en la consideración del elemento telúrico en la definición de nuestra literatura, privilegiando así el aspecto contenidista como sinónimo de «autenticidad». La cuestión asume importancia cuando el enfoque se convierte en programa determinado o refleja una incorporación de elementos aportados por culturas en contacto.
b) El programa de los románticos
La visión de América Latina durante la colonia era, en general, idílica, o en todo caso desinteresada. Cuando no se intercalaban términos, personajes o situaciones de la literatura pastoril europea, se limitaba a la simple descripción, labor de los cronistas, que tampoco eran siempre narradores fieles. Con el advenimiento de la independencia -y antes, en la idea de la emancipación de las élites intelectuales- la visión cambia esencialmente, se vuelve interesada, aunque los temas no varían. En efecto, siguen siendo los mismos que ya habían atraído la atención de tantos autores de los siglos coloniales: la naturaleza americana. Pero existe una diferencia de propósito, la descripción se carga de intenciones. La promoción romántica latinoamericana -especialmente Andrés Bello en la parte hispanohablante, Gonçalves de Magalhâes en Brasil- esboza un programa preciso: a una nueva realidad política debe corresponder una literatura diferente. La independencia política tenía que representar una superación de la colonia, también en el plano de la cultura. ¿Cómo conseguir esta emancipación literaria?. Las respuestas en ambas lenguas no difieren mucho: mediante «la fuerza inspiradora de nuestra naturaleza», dice Gonçalves de Magalhâes y su grupo desde París; el mismo punto de vista, «vuelta a la naturaleza», sostiene un poco antes Andrés Bello desde las páginas de la Biblioteca Americana, que publicaba en Londres con un grupo de emigrados. Pero, ¿de qué naturaleza se trata y cuál es el propósito de esta «vuelta»? Hay dos etapas en este acercamiento. En primer lugar la que Morínigo llama «modalidad activista de la naturaleza de América», período en el que el río, la selva, la montaña cobran vida, se personifican. En la segunda etapa, el hombre aparece, confundido con su contorno, pero al mismo tiempo en pugna con él. Es aquí donde la intención de Bello y la generación romántica se pone de manifiesto: esa naturaleza «sorprendente», digno marco del hombre nuevo americano, es además una fuente potencial de riquezas, el germen de energías aprovechables. En la primera etapa se expresa esa admiración por la naturaleza, la que, además, ya tiene una característica «activa»; en la segunda, el escritor emprende, en la literatura, la conquista de su espacio. En esta idea de voluntad transformadora del hombre americano con respecto a su «maravilloso» medio natural reside el nudo del programa romántico. Sarmiento lo ilustra elocuentemente con la contraposición de los conceptos «civilización» y «barbarie». La posición es perfectamente comprensible dentro del cuadro socio-político y económico de la época: por un lado, el programa consiste en la adaptación a América de la ideología europea de civilización -opuesta a la tradición española, que representaba la colonia; además, con la exclusión expresa del elemento indígena-, aplicada con visión de futuro; por el otro, el programa romántico coincide con el nacimiento de las oligarquías terratenientes criollas -estancias, haciendas, explotaciones forestales, aprovechamiento de la fuerza hidráulica, etc.-, cuya actividad empresarial consiste justamente en la transformación de las bellezas o riquezas naturales en fuentes de producción económica. De la inserción del «programa» en su contorno socio-económico se desprende su contradicción: admiración por la naturaleza con el objeto de transformarla, idea a la que se agrega otro contrasentido, señalado por Morínigo, si se tiene en cuenta que la realidad, la fuerza telúrica se explican en función de una idealidad de los escritores, de sus aspiraciones con respecto al futuro y a la transformación de esa realidad.
En el Brasil, luego de la declaración de principios de Magalhâes y los suyos, le correspondió a la novela, en forma especial, cumplir el programa de nacionalismo literario. Este género intentó una acción sobre la realidad en base a una orientación determinada. A este respecto, refiriéndose al hilo interno que une diferentes obras del romanticismo, António Cândido sostiene que «es menos el impulso espontáneo de describir nuestra realidad que la intención programática, la resolución patriótica de hacerlo», lo que guía a sus autores. E insiste al afirmar que el romanticismo, además de «recurso estético» fue un «proyecto nacionalista», y que casi todos sus integrantes estaban «poseídos de un sentido de misión». José de Alencar fue el máximo exponente de este descubrimiento, pues como dice Cândido, abordó todas las gamas temáticas de la búsqueda: ciudad, campo, selva (indios). La novela brasileña del siglo XIX tiene una evolución diferente a la hispanoamericana. En efecto, la madurez de un escritor como Machado de Assis indica que el Brasil se anticipó al resto del continente en la obtención de una síntesis entre la «savia local» y «los injertos europeos». Su contribución a la «identidad brasileña» aparece integrada en su obra; no presenta el estrépito de la apariencia «americana». Sin embargo, aprovechando a fondo las experiencias de sus predecesores, dio «ejemplo de cómo se hace literatura universal por la profundización de las sugestiones locales... Es el escritor más brasileño que jamás existió, y ciertamente el mayor», afirma la autorizada opinión de A. Cândido.
No existe un caso semejante al de Machado de Assis en la prosa americana de lengua española en el siglo XIX; ni la deslavada novela modernista, ni la narrativa realista-naturalista -hasta 1916, año en que se inicia otro período-, han producido nombres de la altura del autor brasileño. Al contrario, en su afán de dépaysement, el modernismo produjo casos de involución o de regresión, como los de Enrique Larreta y Carlos Reyles, ambos exaltadores del ideal hispánico.
Sea como fuere, el programa de los románticos -literatura de tema y contenido americanos- es una búsqueda de la identidad continental, con un sentido de futuro y una concepción totalizadora de América Latina. En este sentido, el costumbrismo, el regionalismo, con su exaltación de las particularidades locales, contrasta -por la limitación de sus propósitos- con la posición universalista de los antecesores. Más radicalmente opuesta es la postura -ya reaccionaria en la óptica del programa- de los autores pro hispánicos, como los citados Reyles y Larreta, o como Ricardo Palma, que creó el mito virreinal colonialista en la literatura hispanoamericana. Tampoco el indianismo aportó mucho para la empresa «nacionalista»; pese a su intención nativista al pintar al aborigen, cayó en la copia servil de los modelos románticos del «buen salvaje» europeo. No fue sino la expresión, superficial y pasajera, de una moda literaria. En Brasil, sin embargo, el indianismo adquiere un carácter más programático (Iracema es anagrama de América), y calidad en las obras de José de Alencar y de Gonçalves Dias, aquél en la novela, éste en la poesía. «El indianismo representó -dice Candido- una importante fuerza de conciencia nacional».
Por la misma época, la poesía antiesclavista de Castro Alves cayó en la idealización mítica del negro, cuya condición sin embargo constituía un problema real; el indio no era sino una abstracción. No le faltó sinceridad, pero tampoco pudo eludir la ideología humanitarista de su época -la esclavitud como un episodio lamentable en el «drama del destino de la historia»-, y así vio al negro con la óptica grandilocuente y superficial de Víctor Hugo, su maestro.
e) Problemas estéticos y sociales
* El modernismo hispanoamericano, que tanta importancia acordó al nivel expresivo, nada aportó a la cuestión temática -vimos inclusive su involución-; su afán cosmopolita lo condujo a eludir sistemáticamente el medio circundante. Esta posición se explica dentro de la ideología de la época; es el momento en que surgen los grandes centros urbanos, y en que la economía latinoamericana entra en el circuito de los mercados internacionales. El comercio se universaliza y las oligarquías se vuelven cosmopolitas, como la literatura que produce el período. Sin embargo, en un momento dado, los modernistas vuelven sus ojos hacia América (Ariel de Rodó, 1900; Cantos de vida y esperanza de Darío, 1905; Odas seculares de Lugones, 1910). Si nos fijamos en las fechas de publicación, nos damos cuenta de que los tres libros aparecen después que los Estados Unidos hubieron emprendido dos intervenciones en América Latina: Cuba y Puerto Rico (1898), Panamá (1903). Lo que intentan es preservar «los valores espirituales constituidos por su lengua, su nacionalidad, su religión, su tradición», frente a la inquietante presencia norteamericana. Pero no se trata de oposición fundamental, pues la admiración por los Estados Unidos es grande, como bien se puede ver en la primera parte del poema A Roosevelt («los Estados Unidos son potentes y grandes»), y sobre todo en la Salutación al águila, de Darío. Se trataba más bien de una rivalidad «nacional», ante el creciente poderío norteamericano. La posición de los modernistas no tiene, pues, nada que ver con el programa latinoamericanista de la generación anterior, y la visión del continente es superficial, exotista o estetizante (los términos y nombres americanos con que Darío salpica algunos poemas son usados por su riqueza fonética o por la calidad de rareza que podría tener una expresión de origen oriental).
* El programa de «independencia literaria» de los románticos tiene perfecta continuidad en la posición de los escritores surgidos en la segunda década del siglo actual, es decir, a partir de la novela de la Revolución mexicana (1916, año de publicación de Los de abajo). Estos escritores también asumen una postura esencialmente ética y tratan, como los románticos, de buscar la identidad literaria americana por el camino del tema, del contenido. La analogía se detiene en este punto, porque, naturalmente, los tiempos habían cambiado y las ideologías sufrido transformaciones. Para aquéllos las pautas de apoyo eran las del liberalismo político y económico, unidas a la concepción positivista del progreso. Cuando surge la generación de escritores que J. A. Portuondo llama la de «los problemas sociales», la Revolución mexicana estaba en pleno proceso; un tiempo después, la Revolución rusa, y en Hispanoamérica se gestaba la reforma universitaria. Acontecimientos eminentemente políticos que marcaron de manera profunda las obras de ese período, determinando el interés principal de los autores por los temas sociales y especificando el carácter comprometido de esa literatura. Parte de ella se hace bajo el signo de las ideas marxistas, uno de cuyos principales teorizadores era José Carlos Mariátegui. El afán redencionista se acentúa, por lo mismo que el elemento humano está más presente. Además del descubrimiento de la naturaleza -y su transformación- como base de la identidad latinoamericana, se ponen de manifiesto los males sociales, que era necesario remediar -o por lo menos denunciar- así como la condición de la explotación.
* Una cantidad de esta narrativa -la llamada «novela de la tierra»- tiene sin embargo una línea casi idéntica a la del siglo XIX: la admiración ante la naturaleza bravía, que por lo demás hay que reducir para hacerla productiva; el enfrentamiento del hombre con la fuerza arrolladora del medio físico; la oposición de los conceptos de «civilización» y «barbarie» (en Rómulo Gallegos, Alcides Arguedas, José Eustasio Rivera, Mariano Azuela, Horacio Quiroga, para citar solamente algunos nombres de importancia). En todo caso, la mayor parte de esa literatura es decididamente política, denunciadora, reivindicatoria. Entre tanto la situación histórica había cambiado desde los tiempos de la generación romántica. España había dejado de ser el blanco de ataque de los escritores hispanoamericanos. La colonia estaba lejos, y la reconciliación iniciada por los del 98 con los modernistas había sido sellada por los de la generación del 25 y ratificada por la solidaridad de los intelectuales latinoamericanos con la causa republicana cuando la guerra civil. Si se analiza la época en que surge la «generación de los problemas sociales» dentro de un enfoque de homología socio-literaria, es posible comprobar que la misma coincide con un momento agudo de la penetración económica y de las intervenciones armadas en América Latina. Se escribe literatura «antiimperialista» para denunciar esas invasiones o las condiciones miserables en que viven los explotados: en las minas, en las bananeras, en los yacimientos petrolíferos. En las obras aparece con frecuencia creciente el «gringo», pintado como un personaje ávido, grosero, cruel. El inquietante fresco de la explotación del continente mestizo ha sido pintado deprisa, con indignación, con figuras retorcidas, caricaturescas, grotescas, en las que se ha puesto más intención denunciadora y redencionista que voluntad de crear un mundo novelesco.
* Luego del descubrimiento modernista caótico -y en gran medida estético- del país, los novelistas brasileños de la década del 30 cultivaron una narrativa en todo equivalente a la de sus coetáneos hispanoamericanos. Los más importantes son los llamados «novelistas del nordeste»: Graciliano Ramos, José Lins do Rego, Jorge Amado.
* Dentro de la corriente social es interesante destacar la tendencia indigenista, que concierne a nuestro tema de manera especial. La diferencia que la separa de la posición idealizante romántica de los indianistas es el enfoque que proyecta sobre los problemas reales del indio, como elemento marginado en una sociedad clasista. Ya se vio el resultado poco convincente que el indigenismo dio en el plano lingüístico. También como tema adoleció de fallas innegables: su maniqueísmo caricaturesco; la posición eminentemente humanitarista que intentaba defender a los indios de la explotación, condenando simultáneamente con el mismo gesto su cultura, por el proyecto de igualación y de integración en la sociedad «blanca» que el mismo entrañaba. El contrasentido era previsible: el indigenismo se basaba en los criterios etnocentristas clásicos de Occidente. Los autores que superaron esos esquemas -Arguedas, Asturias- son los que ponen de manifiesto las pautas de la cultura indígena mediante una valorización de la vigencia propia que tienen las coordenadas de esas civilizaciones.
* Otra ocasión en que el encuentro cultural problemático como tema se manifiesta en la literatura latinoamericana, ocurre cuando aparece la cuestión negra. Ya vimos el nacimiento del negrismo como vehículo expresivo de ritmos africanos. Posteriormente surge «la negritud», que trata de explicarse la raíz profunda del resultado de ese choque cultural. Este movimiento reprocha al negrismo no haber retenido sino el aspecto superficial y folclórico de la «condición de los negros en América». Pregona una rebeldía capaz de dar cuenta de una «búsqueda de la identificación». La más lograda es la literatura antillana, sobre todo en lengua francesa; en lengua española cabe citar a escritores como Nicolás Guillén y Adalberto Ortiz. La posición ética de la negritud, la ubica en la corriente de los «problemas sociales» en las letras hispanoamericanas.
* En síntesis, la búsqueda de la identidad literaria mediante el cultivo de una novela social y comprometida representa una etapa importante en el proceso de identificación de la realidad social misma. Pero fue una búsqueda en cierta medida falaz. El mismo criterio de «veracidad documental» adoptado engañó, porque presentaba una superficie deformada por la intención redencionista que cada autor puso. En este sentido, es dudoso también el carácter de literatura «sociológica» que se le atribuye. A propósito dice Mariano Morínigo: «la realidad de esta literatura no es realismo sino mensaje, conciencia, estímulo, programa clasificador, impostergable del pragmatismo hispanoamericano: denunciar y combatir». El crítico marxista José Carlos Mariátegui ya había puesto en guardia sobre el peligro de un realismo que aleja de la realidad. Sin mencionar los abusos -cuyas secuelas nefastas persisten aún- a que condujo el intento excluyente de fundarla autenticidad del escritor latinoamericano en el factor telúrico y en la protesta.
* Como se vio al analizar el nivel lingüístico, la aportación del fenómeno inmigratorio ha sido marginal: la mayoría de los inmigrantes era analfabeta, su contribución cultural directa, prácticamente nula. Ahora bien, su presencia en la literatura es registrada en dos etapas. En la primera se da testimonio del desajuste causado en los esquemas de la sociedad argentina tradicional -el surgimiento de la Babel porteña, por ejemplo- motivado por la llegada masiva del elemento extranjero. Esta etapa de literatura reflejo ha producido obras de calidad como las de Payró, Fray Mocho o Florencio Sánchez, quienes se ocuparon del inmigrante. En la segunda etapa la literatura es un producto de la decantación del encuentro, una resultante del conflicto creado por la situación profunda del individuo que no termina de integrarse en su nueva tierra, la nostalgia del origen -irremisiblemente perdido- le sigue carcomiendo la memoria ancestral. A propósito de este tema mal estudiado, quiero evocar una interpretación de Roger Bastide sobre algunos aspectos de la obra borgiana. Esa obra parecería «no conservar nada de las realidades americanas», y ser sólo el producto de «mitos personales». Al hacer el análisis sociológico, Bastide afirma que Borges se identifica con el «jinete que ha desertado la pampa para venir a vivir en la gran ciudad... fundada por el comerciante», no por el campesino. Buenos Aires es «el puerto que apunta al resto del mundo», del cual a su vez es eco por las infinitas contribuciones recibidas. «En ello encontramos, sin duda -continúa diciendo Bastide-, la génesis de otros mitos de Borges: el del libro en el que los hombres no son sino los versículos, las palabras y las letras, como los libros de los mercaderes, en los cuales los individuos se reducen a números; el de la combinación universal, que recuerda la lengua analítica de John Wilkin o el cálculo de Leibniz, y que por su grado de homogeneización de lo concreto nos aproxima más a las matemáticas de los mercaderes». La interpretación es sutil, atrevida y solvente como toda la obra de Roger Bastide. En ella vemos el tema desde su reverso, integrado a manera de conflicto interno en la obra de un gran escritor.
d) La síntesis actual
* Esto nos lleva a considerar el aspecto «contenido» en la concepción y tal como lo transcriben los novelistas que comienzan a publicar hacia 1945. Los actuales escritores latinoamericanos están realizando una síntesis aprovechando los aportes culturales múltiples, las tensiones resultantes de esos encuentros conflictivos, las experiencias anteriores con una voluntad de profundización y de experimentación. De este intento, la visión de la realidad sale enriquecida por el enfoque múltiple. Borges caracterizó el tránsito de una concepción a la otra con una frase irónica y lúcida: «la realidad no es continuamente criolla». Si estos escritores renuncian a la descripción lineal, superficial del medio socio-cultural, a la intención ética explícita, es para abordar en su mayor diversidad y complejidad, en la discontinuidad problemática, contradictoria que reviste, el contorno socio-histórico de un continente subdesarrollado que oscila entre dos polos antagónicos: la revolución y la dependencia total. Por esto la realidad que se trasluce en las obras actuales es mítica, lúdica, alegórica, legendaria o simplemente cotidiana. O como dice elocuentemente Julio Cortázar: «la auténtica realidad es mucho más que el contexto sociohistórico y político..., un dentista peruano y toda la población de Latinoamérica..., cada hombre y los hombres, el hombre agonista, el hombre en la espiral histórica, el homo sapiens y el homo faber y el homo ludens, el erotismo y la responsabilidad social, el trabajo fecundo y el ocio fecundo; y por eso una literatura que merezca su nombre es aquella que incide en el hombre desde todos los ángulos (y no por pertenecer al tercer mundo, solamente o principalmente en el ángulo sociopolítico), que lo exalta, lo incita, lo cambia, lo justifica, lo saca de sus casillas, lo hace más realidad, más hombre...». Y afirmando que la literatura puede no tener un «contenido explícito», agrega: «la novela revolucionaria no es solamente la que tiene un 'contenido' revolucionario sino la que procura revolucionar la novela misma, la forma novela...». Aparece clara la exposición del «contenidismo» y del intento de apertura de ese concepto, hecha por uno de los que están en la tarea.
* El procedimiento aprovecha a menudo los ingredientes culturales de base. Así la presencia temática, subyacente y decantada de los símbolos mitológicos indígenas puede ser detectada en buen número de obras actuales, especialmente entre los mexicanos (Fuentes, Rulfo, Arreola, Yáñez) y en escritores de otros países, como Arguedas y Roa Bastos. No se alude aquí a la utilización directa sino a la transformación literaria, a la adaptación contemporánea -en función del relato- del elemento legendario.
* Así concebido dentro de la óptica expuesta, el tema o contenido puede ser considerado a justo título como un elemento definitorio de la identidad latinoamericana en la literatura, porque es el resultado de las aportaciones culturales más diversas, resultado siempre abierto a nuevas contribuciones.
* La búsqueda es tanto más válida si se considera que esa concepción se manifiesta mediante una expresión formada en el sistema de la lengua patrimonial por las infinitas desgarraduras de los nuevos brotes en el viejo tronco español.
* En ambos casos -lengua y contenido- hemos comprobado que el proceso comienza como una afirmación nacional, a la que sigue una etapa de emulación; finalmente se tiende a encontrar una fórmula original, una síntesis entre los propios elementos y los de afuera.
* Si, como dije, el continente mestizo es síntesis, su literatura es síntesis de América mestiza.
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EL MUNDO INDÍGENA Y LA LITERATURA LATINOAMERICANA
* «Somos guaraníes, descendientes de la raza heroica...». Cuántas veces escuché repetir esta frase en las aulas durante mi niñez. Las maestras la reiteraban a menudo, los libros lo consignaban a la saciedad y los párvulos lo creíamos a pies juntillas. Camino a la escuelita del pueblo, por las calles tapizadas de hierba todavía húmeda por el rocío matinal, mi imaginación infantil se exaltaba con la evocación de las leyendas indígenas aprendidas en los textos, entusiasmo reforzado por algunas canciones populares en boga. Los olores de la tierra, los infinitos resplandores del sol adolescente en las gotas del rocío, en los objetos renacidos proteica y milagrosamente cada amanecer, los interminables pequeños ruidos -pájaros, hojas, mugidos y cacareos- incitaban la fantasía y empujaban a la reelaboración de las escenas «míticas»: la princesa india que se convierte en flor al ser quemada por los «extranjeros», el cacique bravío que es tocado por la gracia divina y se vuelve católico, y otros tantos episodios a propósito de «nuestros antepasados», reelaborados, corregidos mejor, por los formuladores de una cultura que de indígena tenía apenas el nombre y una nostalgia desvaída.
* Sólo años después me he podido percatar de la alienación que implicaba esa clase de construcciones de la representación mental al servicio de una cierta ideología.
* Una de las circunstancias que más contribuía a mantener la ambigüedad era, sin duda, la supervivencia de la lengua guaraní, que no la aprendimos en la escuela -ni siquiera en la casa-, sino en la calle o durante los recreos entre clase y clase. En efecto, la educación se realizaba exclusivamente en español, siendo estrictamente prohibida la utilización del idioma aborigen -bajo amenaza de severas sanciones-, lo cual no nos impedía que traspuesto el umbral del aula, nos pusiéramos a hablar guaraní, saboreándolo con la fruición del fruto prohibido. Además, era el vehículo natural de comunicación entre los párvulos, casi todos de extracción campesina. Mis padres, que hablaban perfectamente el guaraní, nunca me dirigieron la palabra en este idioma, y veían con malos ojos que me expresara en el mismo. Sin embargo, yo sabía que mi padre amaba apasionadamente esa lengua, y que la poseía como un virtuoso, puesto que era un prestigioso caudillo campesino. Este juego entre las interdicciones y el natural aprendizaje, así como la espontánea utilización del idioma indígena fue la primera contradicción constatada. Algo fallaba en la fórmula del «orgullo de ser guaraní» que se nos inculcaba, frente a la forma en que los elementos de la cultura indígena estaban presentes en la realidad cotidiana. En primer lugar la descrita manera subrepticia del aprendizaje de la lengua, como si se tratara de un acto vergonzoso que debíamos ocultar. En segundo lugar, me acuerdo que uno de los insultos más graves entre nosotros era el de «indio». He visto a campesinos con los rasgos evidentes de las imágenes librescas marcadas en el rostro, volverse furiosos al ser motejados con la palabra «infamante». ¿Dónde estaba, pues, nuestro «orgullo guaraní»?
* Por otro lado, la presencia indígena en la literatura era el resultado de esa concepción contradictoria. En efecto, la generación «indigenista» que surge en Paraguay en la segunda década del presente siglo, habla de un indio idealizado y de situaciones falsas creadas por la visión alienada que la colonización había impuesto. Por ejemplo, todos los escritores de ese grupo exaltan al dios Tupâ, una divinidad importante, aunque no la principal del panteón guaraní, que había sido elegido por los misioneros como equivalente del dios cristiano, a fin de dar la idea que querían imponer de éste: todopoderoso, temible y benefactor. El dios supremo creador existía entre los guaraní, pero ninguno de los indigenistas paraguayos fue capaz de acordarle la jerarquía que poseía entre los indígenas, siguiendo por el contrario los criterios de sustitución cultural adoptados por los evangelizadores. El tono de esta literatura colonizada está dado por el poema «India», que acompañado de música consiguió enorme difusión. En el mismo se pinta una india de tarjeta postal («doncella desnuda [...] bella mezcla de dios y pantera»). Es decir, adornada con todos los atributos necesarios para crear la imagen engañosa deseada por los indigenistas en su afán de verse reflejados en la visión extraña, turística. Su autor, Manuel Ortiz Guerrero, poeta popular y progresista, de buena fe era víctima de la ideología alienada de la época. Menos inocente es la actitud de otros indigenistas paraguayos, que utilizaban los tópicos en boga con fines políticos demagógicos.
* Pero del alcance de este proceso condicionador me pude percatar mucho más tarde, cuando hacia 1950 aparecieron los auténticos poemas de los guaraníes. Para comprender esta larga tarea de suplantación colonial, la dilatada ausencia de los textos o de los valores indígenas en la literatura latinoamericana, es preciso volver la mirada hacia atrás, enfocando el problema en el conjunto de las culturas amerindias, pues en todas se plantea de manera más o menos similar.
* La situación de culturas dominadas en que se encuentran las precolombinas, es el resultado de un sostenido proceso de condicionamiento colonial, basado especialmente en el concepto etnocentrista occidental. El problema de fondo se plantea en el momento inicial del encuentro, el choque de dos visiones distintas, casi siempre opuestas del mundo: el mundo mágico, metafórico, poético del indígena americano frente a la concepción racional, dinámica, agresiva del renacimiento europeo. Este encuentro conflictivo, el más dramático de la historia moderna, se resuelve, como es sabido, por la imposición de los valores occidentales.
* A partir de ese momento se crea toda una tradición de juicio, que puede ser caracterizada como mentalidad colonial, según la cual existe «una cultura superior» y otra «inferior». El producto de la primera, el de los dominadores, es considerado «Artes Mayores» o «Bellas Letras», mientras que el de los dominados no pasa de ser «artesanía» o «folclor», al que no se acuerda el estatuto de la obra estética. La expresión del tema indígena, y con mayor razón la de sus valores, conoce serias trabas durante toda la Colonia. Los criollos o españoles nacidos en América sufren de esas restricciones; los mestizos se manifiestan mimetizándose a través del lenguaje y los esquemas del conquistador. En cuanto a los indios, se verá más adelante el caso paradigmático del cacique Huamán Poma de Ayala, para comprender la represión que existía contra sus expresiones.
* La situación señalada ha conducido a la marginación de la literatura indígena, menospreciada estéticamente o considerada como maraña de supersticiones paganas y hato de mentiras diabólicas, por las implicancias religiosas de esa palabra sagrada de los indios.
* La trayectoria de esa marginación reductora ha de ser rastreada a través de elementos como la vigencia -y el aprovechamiento- de las lenguas autóctonas, la conservación o la destrucción de los testimonios literarios, la utilización ambigua de los mismos, hasta encarar el momento en que los valores de las culturas pre-hispánicas adquieren reconocimiento pleno.
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LOS AVATARES DE LAS LENGUAS INDÍGENAS
* La justificación principal de la conquista ha sido siempre religiosa: ganar adeptos para la «fe verdadera»; recuperar las almas extraviadas por la ignorancia, dirigiéndolas hacia la salvación por el camino que conduce al cielo cristiano. La lengua de Castilla -que ya había hecho sus pruebas de hegemonía en las luchas por la supremacía en la península- acompañó todo el proceso de la conquista y la colonia. Instrumento y prueba de la dominación, el primer movimiento natural fue el de la imposición del idioma español-castellano en los dominios del Nuevo Mundo. Así los doctrineros y catequizadores predicaron inicialmente en español, ayudados por los «lenguas», indios que habían aprendido el castellano, y posteriormente por los mestizos. Pronto se hicieron sentir los inconvenientes de la mediación del intérprete. La práctica de los misioneros tendió a la utilización de los idiomas vehiculares, llamados «lenguas generales», por servir de medio de comunicación intertribal (el quechua, el náhuatl, el quiché, el guaraní, etc.), aproximadamente en extensiones correspondientes a las áreas de las culturas predominantes en el momento de la llegada del conquistador. Esta práctica catequizadora se reveló mucho más eficaz, porque el indígena oponía menos resistencia al aprendizaje de los nuevos principios en una lengua autóctona, aunque no fuera la propia, que en un idioma europeo. La praxis se volvió doctrina oficial y adquirió fuerza de ley a través de una Cédula Real, en 1573, de Felipe II. Esta actitud fue ejercitada especialmente por la Compañía de Jesús, robustecida por el fervor apostólico de la misma, con los resultados exitosos bien conocidos en el proceso de la «conquista espiritual» de América. Consecuentemente fueron creadas cátedras de lenguas indígenas en diversos centros del continente, y los misioneros realizaron estudios de las mismas. El auge de las «lenguas generales» contribuyó a afirmar un sentimiento de respeto hacia las culturas indígenas, al demostrar las posibilidades, la validez de los idiomas correspondientes a las más difundidas de entre ellas, aunque como se verá, lo que predominó fue la utilización de las mismas.
* El siglo XVIII marca un cambio radical en la posición señalada. La decadencia del Imperio español necesitaba, posiblemente, de una afirmación compensatoria. Así como durante el auge del poderío hispánico el absolutista Felipe II se permitía una medida liberal, en el momento de la decadencia, el «liberal» Carlos III ordena por Cédula Real de 1770, «que se extingan los diferentes idiomas de que se usan en los dominios del imperio y sólo se hable el castellano». La expulsión de los jesuitas, en 1768, rubricó la medida tendiente a la extirpación de las lenguas aborígenes, al disponer el alejamiento de los campeones de su utilización en el Nuevo Mundo.
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EL DOMINIO GUARANÍ-TUPÍ
* Las consideraciones precedentes ponen en evidencia la importancia de la lengua en las diferentes contingencias históricas y políticas, las que a su vez influyen en la supervivencia y en la difusión -o la marginación- de las literaturas amerindias.
* Analizo en primer lugar el dominio de la cultura guaraní-tupí por una razón práctica: el caso configurado por este área cultural es paradigmático para comprender el proceso de utilización de la lengua aborigen como factor de condicionamiento. Ejemplar asimismo en lo que concierne a la supervivencia del idioma indígena y, al mismo tiempo, a la sistemática marginación de la auténtica literatura producida en la lengua.
* En efecto, como consecuencia de un proceso histórico particular, en la Provincia española que ocupaba gran parte de la América del Sur, Paraguay, el conquistador se convirtió pronto en colono, abandonando los sueños de enriquecimiento rápido. Dos vías paralelas permitieron la conservación de la lengua indígena, el guaraní, como vehículo principal de comunicación. La primera: el mestizaje, practicado en forma general desde los comienzos del encuentro hispano-guaraní. La presencia preponderante de la madre india, encargada de criar al hijo mestizo, contribuyó poderosamente a la continuidad de la lengua. La segunda, las Misiones jesuíticas. La Provincia del Paraguay fue el sitio privilegiado de la experiencia social realizada por la Compañía de Jesús. La misma se realizó en lengua aborigen, único idioma utilizado en las Misiones. Una serie de estudios -gramáticas, diccionarios, vocabularios-, contribuyeron a realizar la descripción y la fijación del guaraní. Pero al mismo tiempo, esos estudios tendían a la utilización de la lengua para los fines de la catequización, de la suplantación cultural. El Padre Antonio Ruiz de Montoya, el más importante estudioso de la lengua, es autor de un libro que elocuentemente se intitula: La conquista espiritual. Ruiz de Montoya fue asimismo inspirador de una literatura en la lengua indígena, pero literatura cristiana, de servicio. El resultado del uso exclusivo del idioma autóctono resulta claro: la enseñanza de los principios de la religión católica, la «fe verdadera», y consecuentemente la suplantación cultural, mediante la exclusión de los temas de las creencias indígenas, las «supersticiones falaces» de los guaraníes. Pero, ¿qué tiene que ver esto con las literaturas aborígenes? Los textos orales indígenas contenían esencialmente temas religiosos. Los grandes poemas cosmogónicos, teogónicos y etiológicos, las oraciones, en síntesis, toda la producción literaria de los guaraníes era de carácter religioso. Pueblo profundamente creyente, su palabra era fundamentalmente mítica, ritual. La marginación de la literatura guaraní auténtica, realizada en forma sistemática por los colonizadores, jesuitas o no, constituyó un acto de etnocidio en el plano literario, tanto más grave que la palabra era para este pueblo el medio privilegiado de su manifestación artística. El seminomadismo les impedía desarrollar otras expresiones, como las artes plásticas. En síntesis, la prohibición realizada con fines de «extirpar las supersticiones», constituyó una verdadera ablación artística, una amputación del producto más elaborado de la cultura guaraní. Y lo más contradictorio es que el proceso se realizó conservando cuidadosamente la lengua, utilizándola para obtener una suplantación cultural.
* ¿Cuál ha sido el resultado de esta empresa reductora? El primero, que en un lapso que dura cuatro siglos no se ha recogido una sola expresión de la literatura tradicional guaraní. El segundo, que la literatura del Paraguay -país en donde el guaraní se conserva como lengua nacional, mayoritaria- se produce dentro de una dicotomía casi irreconciliable; por un lado, la producción culta, marcada por el prestigio del castellano y de la escritura, la letra impresa, y por el otro, una literatura popular, signada por la oralidad, producida en guaraní y a menudo musicada. Y cuando aparece una literatura «indigenista», como la señalada al comienzo, ésta lleva la marca de la mentalidad colonizada.
* ¿Y los textos tradicionales guaraníes? Felizmente la memoria colectiva es pertinaz, tanto más si se trata de perpetuar la palabra sagrada de los antepasados, núcleo, receptáculo y razón de la cultura. Los cantos, conservados en los grupos sobrevivientes, fueron finalmente transcriptos, en 1914, por el etnólogo alemán Kurt Nimuendajú Unkel, quien recogió las leyendas de la creación y del juicio final de los apapokuva-guaraní (publicados primero en traducción alemana, y luego en una exigua edición trilingüe, recién en 1944). Y en 1959, León Cadogan publicó un conjunto muy importante de textos míticos, recogidos en otro grupo guaraní, los mbya.
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Enlace al ÍNDICE del libro De nuestras lenguas y otros discursos en la GALERÍA DE LETRAS en PORTALGUARANI.COM
Advertencia ;
Encuentro de culturas ;
El mundo indígena y la literatura latinoamericana contemporánea ;
Trayectoria y proyección de las lenguas amerindias
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César Vallejo y el mestizaje cultural
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José María Arguedas o la palabra herida
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Horacio Quiroga: La tercera orilla de la frontera
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(El guaraní en la escritura quiroguiana)
Estructura autoritaria y producción literaria en el Paraguay
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La generación nacionalista-indigenista del Paraguay y la cultura guaraní
;
Niveles semánticos de la noción «personaje» en las novelas de Augusto Roa Bastos
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La cara oculta del mito guaraní en Hijo de hombre de Augusto Roa Bastos
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Estratos de la lengua guaraní en la escritura de Augusto Roa Bastos
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Los mitos fundadores guaraníes y su reinterpretación
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El guaraní y su mundo
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El derecho a la lengua
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Alfabetización en lengua materna .