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sábado, 28 de agosto de 2010

YULA RIQUELME DE MOLINAS - EL ÚLTIMO ACTO (CUENTO) / Fuente: SIN RENCOR. CUENTOS SOBRE LA GUERRA DEL CHACO - TALLER CUENTO BREVE (2001).


EL ÚLTIMO ACTO
Cuento de
YULA RIQUELME DE MOLINAS
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

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EL ÚLTIMO ACTO
El cielo umbrío de la medianoche vuelca tinieblas por la ventana. Tieso en el sillón de cuero, apoyados los codos en su escritorio, los puños prietos en las mejillas, el ceño fruncido, tensa la actitud, el capitán reflexiona... La habitación de paredes encaladas y techumbre muy alta convoca recuerdos. Cercado en su despacho por pianos y fotografías de la guerra que pasó, Pedro Altamirano pretende escapar a su idea fija. Sabe que el infierno quedó atrás y sin embargo, aun retumba en su cabeza el silbido de las balas. El humo azul de las explosiones permanece clavado en sus ojos. El vaho de la pólvora se pegó a su nariz y hasta el pan casero huele a cartuchos de artillería. Corre setiembre de 1935. En junio se firmó la Paz del Chaco. Es hora de que sus sentidos recuperen la normalidad. Aunque luego de tres años de combate, de lidiar al frente de sus tropas defendiendo la bandera, el territorio, los ideales..., se le hace imposible soslayar los infortunios de la guerra. Y claro, después de asumir que a treinta mil soldados se les apagó la vida en el campo de batalla, no puede retomar el cauce de su tranquilidad. No encuentra la paz verdadera, pese a haberla vitoreado por las calles de Asunción, en el desfile de la Victoria. Si, el capitán Altamirano condujo su regimiento al compas de sonoros clarines y a la sombra de cañones en virtuoso silencio. Es cierto que la muchedumbre aplaudió con entusiasmo. Pero el dolor colectivo que lo acompañó en el otro tiempo cercano todavía, se encarga de ponerle riendas a su felicidad. Además, le influye negativamente el último acto que vivió en el Chaco. Rememorar aquella ceremonia inconclusa no le ayuda, le hace dudar... Conste que María Teresa comprende sus dificultades y aparte de infundirle aliento, se esmera en los quehaceres domésticos: echa lumbre en el fogón, sazona los platos hasta alcanzar el sabor exacto de su deleite, entibia las sabanas conyugales. ¡María Teresa es digna esposa de un guerrero! Tampono tiene queja de sus compatriotas. El pueblo paraguayo aclama los laureles de la reconquista. En los países vecinos emiten elogiosos comentarios. El presidente Ayala premió su bravura: fue condecorado y ascendido. La gloria y la fama deberían proporcionarle satisfacción, reposo; y eso no ocurre. Aunque él se brindó a la patria por entero, se le niega la suerte de una paz interior. El desencuentro lo perturba. No da con su estrella. La misma que le prodigaba energía en el fragor de las contiendas, en las trincheras bien camufladas, en el cruce pertinaz de los disparos... O acaso, con su espectro mágico, su estrella aplacaba la arena calurosa, los labios sedientos; refrescaba el rancho de paja, el pastizal reseco. No regresó a la capital mientras duró la guerra. El rancho y los combates fueron el único paisaje; se adueñaron de sus días irremediablemente. Entregó sus fuerzas a la defensa del Chaco. Pero acabó la guerra y ahora, es preciso tomar el compromiso de su propio rescate. Como despertando de un mal sueño, Pedro se desmorona en el sillón de cuero. Trata de relajarse. Lo consigue en pocos minutos. Saca su agenda de la gaveta del escritorio, moja la pluma en el tintero, copia con letra uniforme: "Cita con el futuro". No es la primera vez que apunta esa frase. La tiene escrita con insistencia en su libreta de anotaciones. Representa sus votos con el destino, con el devenir impostergable. Aproxima el cuadernillo al quinqué. Deletrea las palabras. Las lee con detenimiento. Relee. Analiza el tenor de la expresión. Confía en su lucidez y tantea proyectar el futuro. Más algo falta para dar por cumplido aquel ciclo; para cerrar el pasado. Pareciera que la guerra le sigue sangrando por dentro, por las cicatrices indelebles que dejan las batallas. Y el repique imaginario de las ametralladoras (se?) vuelve obsesivo... Si, existe algo pendiente... En eso, escucha con certeza el aldabón de la puerta principal. Estalla en la noche mansa. Una y otra vez, madera y bronce redoblan. Pedro se incorpora con el farol en la mano. Parsimoniosamente, camina hasta la puerta. La abre. No hay nadie. Esta por retirarse, cuando descubre a sus pies, junto al rellano de la escalera, un minúsculo paquete liado en papel de seda. Se inclina. Lo recoge. Se mantiene comedido en sus acciones. Le gana la indiferencia y no desata la cinta que con los colores de la bandera boliviana enlaza el objeto de escaso tamaño. Lo ubica por inercia en el cajón del escritorio. Justo en el sitio donde antes de la guerra colocaba su medalla milagrosa de la Virgen de Caacupé. El santo cariz de la coincidencia rompe su apatía y recuerda un episodio que actualmente lo visita en caprichosa repetición: apenas firmado el Armisticio, él se despidió con especial afecto de un prisionero boliviano. Fue emotiva la ceremonia por el carácter singular de la misma: a pesar de la paradoja, ambos entablaron una increíble relación de camaradería en pleno Chaco. El boliviano había permanecido dentro del cuartel paraguayo guardando reclusión circunstancial. Cuando se conoció el "cese al fuego", los dos militares celebraron la concordia y se estrecharon efusivamente. Al desprender el abrazo, en prueba de amistad, a modo de alianza, Altamirano le ofrendó al extranjero su medalla milagrosa de la Patrona del Paraguay. El boliviano aceptó la joya con la promesa de una retribución que por motivos anónimos se estaba demorando. Así entonces, la consumación del último acto continuaba pendiente... A esta altura de sus recuerdos, en medio de la atmósfera sombría que rodea el aposento, a Pedro le surge una sospecha. Decide averiguar el contenido del diminuto envoltorio que le enviaron. Busca en el recoveco donde lo había dejado un rato antes. Lo rescata. Corta la cinta. Rasga el papel. Libera de su estuche el objeto. Es una moneda de oro con el escudo de Bolivia por un lado y en su reverso, el valor y la fecha de su flamante aparición. Dentro de la caja, en tarjeta personal, van los saludos del ex prisionero. Este detalle cortés, aparenta ser de simple formalidad. Sin embargo, en la mira del capitán, adquiere la significación de un símbolo: ¡Su estrella fulgura en la ventana! Para Pedro Altamirano, finaliza el último acto de la Guerra del Chaco.
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YULA RIQUELME DE MOLINAS
Asunción, 23 de enero /2001.
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Fuente:
SIN RENCOR
TALLER CUENTO BREVE
Dirección: HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ
Edición al cuidado de
MANUEL RIVAROLA MERNES y
LUCY MENDONÇA DE SPINZI
Asunción - Paraguay
Octubre 2001. (166 pp.)
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Enlace recomendado:
(Espacio del Taller Cuento Breve,
donde encontrará mayores datos
del taller y otras publicaciones en la
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martes, 13 de abril de 2010

YULA RIQUELME DE MOLINAS - PASO AL OLVIDO / Fuente: NARRATIVA PARAGUAYA (1980 - 1990) Autores MARIA ELENA VILLAGRA y GUIDO RODRIGUEZ ALCALA.

CUENTO de
YULA RIQUELME DE MOLINAS
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PASO AL OLVIDO
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¡Suceden cosas raras en este sitio! No entiendo con qué fin me invitaron. ¡Esto parece una casa de locos! Aquí nadie ha notado mi presencia. Solamente la mucama. Hace un rato quise saludar a esa señora copetuda que pasó cerca de mí con mucha prisa. Era la patrona, supongo, porque iba peripuesta de arriba abajo, con flores en la cabeza, largos faldones de raso y chinelas doradas. Ante mi gesto de cortesía, no se inmutó y su boca muy roja, apenas se movió en una mueca inexpresiva. Y después apareció el otro. El anciano militar, con las botas de caña alta llenas de polvo y grietas. Caminaba resbalando el paso en leve cojera y ni siquiera me miró cuando le hice una gentil reverencia. Luego, se me acercó la chica cimbreante. No entiendo cómo no tenía frío, si yo me estaba congelando con tanto mármol a mis pies. Sin embargo ella, plena de sonrisas, transitaba descalza y en prendas interiores de color de rosa. Provocativa y sin pudor exhibía su cuerpo. Me preguntó la hora con la incertidumbre reflejada en sus ojos vacíos. Yo observé mi reloj, pero cuando levanté la mirada, la vi de espaldas, alejándose. Coqueta se contorsionaba como si algún ritmo fogoso la conmocionara. Y tuve que pensar en las bailarinas del Moulin Rouge, en el cancán, en Toulouse Lautrec... Los recuerdos se me descolgaban entre las cortinas como marionetas agonizando... Mientras, el desfile de personajes estrafalarios proseguía en el salón. Claro que esto es una casa de locos! Lo que no comprendo es para qué me invitaron, si no van a atenderme tal cual yo lo merezco! Aparte de la amable mucama vestida de blanco y almidonada, ninguno más se molestó en congraciarse conmigo. Estoy de visita aquí y no encendieron la chimenea. No sé cómo pueden ser anfitriones tan desatentos. No me convidaron con nada. ¡Ni un sólo cigarrillo! Tengo ganas de fumar. Lástima que olvidé el paquete en la otra cartera. ¿Dónde dejé la otra cartera? ¿En París o en la casa de Juan? No, en París no pudo ser. ¿Cuánto hace que vinimos de Francia mi esposo y yo? ¡Cómo es ingrata la vida! No bastó nuestro cariño. Tuvimos que separarnos al llegar. Se lo llevaron aquellos hombres. "Hay mucho trabajo en la frontera", dijeron. "Allí brota el dinero, se hace fortuna fácil". Eso alcanzó para que Marcel se decidiese. Se fue. Y en menos de un año, murió. Juan y su mujer no supieron comprender mi angustia. Era mis únicos amigos y no aceptaban mi dolor. Entonces, empezó la comedia. "te estamos ayudando", decían, y me obligaban a comer huevos crudos y a tomar pastillas para el olvido. Pretendían que yo me tranquilizase. Que no pensara en la ausencia de Marcel. ¡Trataban de aturdirme con maniobras extravagantes, y lo conseguían! Me volvían loca con sus disturbios: Concertábamos citas inútiles con señores antipáticos. Y todos los días me leían cartas de parientes de Francia. Eran cartas inventadas. ¡Estoy segura! Las firmaban seres desconocidos, a los cuales yo identificaba con lejanos protagonistas de los cuentos que me narraron cuando niña. Seres ambiguos, como en los cuadros surrealistas del Museo del Louvre. Allí me conoció Marcel. Yo estaba rodeada de mis alumnos. Daba clases de pintura en medio de tanta gente! Y ahora estoy sola. Todos pasan de largo... Veo que se aproxima la mucama y río con alboroto. Necesito inspirar simpatía. Busco que ella se detenga a mi lado y converse conmigo. Ya lo tengo aquí. Me toca con ternura. Apresa una de mis manos y paseamos juntas. ¡Qué bien me siento! Por fin alguien me quiere como solamente me quería Marcel. ¿Por qué lo mataron? El era bueno. Estoy convencida de su inocencia. El jamás se metería en negocios truculentos. La sangre lo impresionaba como a mí. Intento recordar aquella vez... Sí, en ese tiempo que se inicia después de los colores, vislumbro a Marcel. ¿Cerca o lejos? No sé donde... Pero sé que tenía una herida y que su sangre chorreaba gota a gota.. Marcel se esfuma... Se esfumaba... Luego, emergió pálido como los cirios que titilaban frente a mi virgencita de Lourdes. ¿Dónde quedó el lienzo de la Virgen? ¿Dónde mis pinturas? ¿Y mi paleta de colores? ¿Y mis pantuflas azules? Tengo mucho frío en los pies. Tiemblo y la mira de reojo a mi compañera. Quiero soltarme de su mano y cerrar todas las ventanas. Pero ésta no es mi casa. ¿Cuánto hace que yo no tengo casa? En París, las paredes de mi departamento de la calle de Rívoli, eran de matices cálidos y no tan altas y frías como las de este corredor interminable. ¿Adónde varios? La mujer de la bata blanca es cariñosa, pero tampoco me habla y avanza muy lentamente. Yo quiero llegar a alguna parte. Estoy exhausta y desmemoriada. Ya olvidé cuantos meses hace que no duermo en mi cama. ¿Desde que Marcel viajó? No, desde antes. O un poco después... No sé... Después Marcel murió en una redada policial. "Comerciaba con sangre humana", dijeron. "Agotaba niños". ¿Hay niños descoloridos más allá de las ventanas? ¡Qué horror! ¡Qué calumnia! ¡Marcel desangrando niños! No obstante, Juan opinó que sí. Que eso era posible. Que Marcel había cambiado desde cuando se unió a aquella gente. Y que era probable que mereciera esa muerte. Que no tenía perdón todo cuanto hizo y que por ello, estaría revolcándose en los infiernos. Tengo que orar por el alma de Marcel ¿Dónde está la Virgen? Voy a encender... ¿Qué es lo que debo encender? Ah, sí. Un cigarrillo. El tabaco me hace bien. Me tranquiliza. Estoy nerviosa. Lo sé porque me tiemblan las manos. Aquí hace mucho frío. Estoy tiritando de frío. Siento que se derrama mi sangre a borbotones. Ya me acabo... Este pasillo helado tendría que acabar en alguna habitación abrigada. ¿Por qué nunca llegamos? Quisiera preguntar a gritos, pero temo romper el silencio de esta mucama tan servicial. Sin embargo afuera, hay ruido de voces y risas. Retumban en mi cabeza locas carcajadas. Me gustaría bajar hasta el jardín. Aspiro el aroma de capullos en flor y de césped mojado. ¿Llueve tal vez? En París, Marcel y yo paseábamos por las Tullerías bajo la lluvia menuda de noviembre. Juan me dijo ayer que debía abrir el paraguas porque estaba lloviendo y yo no le obedecí. Nunca más obedeceré a Juan ni a su esposa. Ellos no son familiares míos. Antes eran amigos. Antes, cuando no calumniaban a Marcel y no me perseguían con sus cuidados hipócritas. Me voy a volver loca si no me dejan en paz! Menos mal que fui invitada a esta casa. Así dejaré de vivir con ellos. Confío en que mis problemas se podrán resolver en este sitio. Aunque la verdad, es que sólo me crucé con gente rara desde que puse aquí los pies. ¿Tengo los pies ateridos o no tengo pies? No los siento. Los busco sobre el piso. Las baldosas ajedrezadas me proponen un acertijo de ilusión óptica: las casillas negras se hacen a un lado. Veo un niño exangüe. Es todo blanco. Su rostro doliente es de harina. Es un niño Pierrot y me llama. No lo quiero seguir. Debo tener cuidado con mis pies. Los pasos se me arrastran. Me encuentro pesada. ¡Tengo tanto sueño! Tambaleo... La mucama se da cuenta y se detiene. Me mira fijamente a los ojos, pero no me habla. Tampoco sonríe. Me molesta su actitud. De un tirón me suelto. La tomo de sorpresa y dando tumbos, escapo! Hay una escalera de caracol al final del pasillo. Entre giros me dejo llevar... Abajo veo el patio de murallas altas hasta el cielo. Abajo... Cada vez más abajo hay caras y caras y caras empolvadas, ¡vacías de color! Me da vueltas la cabeza. Los niños anémicos juegan a la ronda. Todo gira... Pero ya no tengo sueño... Con cada vuelta voy ganando fuerzas. El vértigo me violenta... Grito desesperadamente y me desangro. ¡He perdido toda la sangre! Tengo frío. Voy a morir. Convulsiono... La dama de la bata almidonada está junto a mí. Solícita me abriga con una camisa bien estrecha. Me la sujeta por detrás con energía. Me envuelve... Estoy envuelta en los brazos de Marcel y olvido...

Autores MARIA ELENA VILLAGRA y
GUIDO RODRIGUEZ ALCALA.
EDITORIAL DON BOSCO,
PEN CLUB DEL PARAGUAY.
Asunción – Paraguay, 1992 (150 páginas).
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viernes, 2 de abril de 2010

YULA RIQUELME DE MOLINAS - BAZAR DE CUENTOS / Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES


BAZAR DE CUENTOS
Autora: YULA RIQUELME DE MOLINAS
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
Edición digital:
Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2000
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Arandura, 1995.

El señor de la loma


* Altanera. Con las puertas y ventanas desplegadas para que el sol y los vientos se acomodasen a sus anchas en cada recoveco, en cada milímetro de piedra y cal, se erguía la casa de la loma. Sus techos elevados echaban sombras ligeras en los aposentos. Desde las esquinas ventosas, la hojarasca se levantaba formando remolinos y después, traqueteaba enloquecida sobre las baldosas quebradas. No había nadie más. Sólo el señor de la loma tendido en su cama de barrotes de palo santo. Callado, ausente descansaba... Y el susurro de las palabras antiguas se detenía detrás de los armarios, como jugando a las escondidas con el transcurso del tiempo... Las ratas cruzaban la alcoba de rincón a rincón. El silencio entonces, era un queso rancio, ¡duro de roer! Nada más que algún postigo insolente golpeteaba en su quicio de vez en cuando. Aquel parecía ser el único ruido en la casa alta. Pero a ningún vecino del bajo asombraba esa apatía, porque el inquilino era hombre discreto, de poca resonancia. Sin alboroto se instaló en la casa. Había arrendado y pagado por dos años enteros y allí habitaba desde la primavera pasada. Un día a la semana hacía las compras en el almacén del pueblo. No sabía una jota de español y con señas se las arreglaba. Rubicundo, desgarbado, interminablemente largo, venía y se iba despacito, arrastrando sus botas pesadas de viejo montaraz. No tenía amigos, ni visitas, ni perro que ladre en su nombre. De modo que, dentro de la casa, su vida discurría en la más completa soledad... Mientras por fuera, el bullicio de los trinos ensordecía al vecindario. Los niños tumbaban con sus hondas la infinitud de pájaros moradores de la loma. Rodaban a millares las aves cuesta abajo y el olor de la muerte bullía en las cunetas. Por eso, la pestilencia no llamaba la atención. Era costumbre de los caminantes, taparse las narices al paso vicioso del aire en los contornos. Y en la prisa por eludir la tufarada, apenas de refilón avistaban los muros encalados de la casa alta. En ese mismo tranco se sucedieron los meses... Los soles del tórrido verano calcitrante. El otoño, en plan conciliatorio de armonías... Y llegó el invierno gris de escarchas y tormentas en la loma. La casa altiva, grande, blanca, profundamente quieta, se ofrecía traspasada de abandono. Invadieron en tropel su intimidad de nido. Desde lejos, un aroma de capullos en flor les dio la pista, y siguieron la estela provocativa, intensa... Pasaron por la sala. Allí encontraron el plano destapado y una partitura de Schubert en su atril. Siguieron adelante. En el comedor, encima de la mesa, verdeaban en un plato blanco restos de salsa enmohecida. El vino seco se endurecía en la copa retinta. La frutera de porcelana se había partido en mil pedazos sobre el mantel saturado de inmundicias. Y de entre los despojos, algunas ratas panzonas se dieron a la fuga precipitadamente. El asco no los detuvo y continuaron la marcha... Buscando recuperar el rastro del perfume sugestivo, la muchedumbre se puso a escudriñar detrás de las telarañas. Deshojados en el piso del escritorio, vieron los cuadernos ilegibles, de letras borrosas por culpa de la lluvia que se coló en abril. Y apoyadas en el buró de las patas francesas, se olvidaban las Rimas de Bécquer cubiertas de polvo... Ya de vuelta al corredor sin fondo, se toparon con las escaleras. Ascendió la comparsa sigilosamente. Uno a uno los peldaños fueron dejados atrás. Por fin, de pie en las alturas de la casa de la loma, descubrieron que el jazminero fragante se metió en la alcoba. El lecho florecido en los barrotes les entregó la ofrenda que guardaba para ellos: Tendido cuan largo era, dormía su sueño eterno, descarnado, solitario, el esqueleto del inquilino.

Como Judas

* El pabilo encendido bailoteaba en los restos del sebo líquido. La vela se había agotado en el candelero. Su llama agonizante, apenas proyectaba un fantasmal hilillo de luz que caía justo sobre la madre y el niño. La respiración acompasada de Rafaela denotaba un sueño tranquilo, profundo... En el cuartucho solamente estaban visibles los dos. Ignacio era más bien una sombra furtiva que la oscuridad amparaba... Con sigilo se acercó a su hijo. Los dedos callosos se extendieron para la caricia. A los tropezones se movían sobre la piel recién estrenada. Desde el fondo de la médula le subió un cosquilleo, una sensación absurda que le puso la carne de gallina y sobrevino un espasmo, dos... Entonces, comprendió que estaba muerto de miedo y sacó las manos del canasto. Después, se volvió y tambaleando, anduvo de espaldas a la cama; por eso no pudo ver los ojos brillantes de Rafaela. Pisaba con la punta de los pies para que no lo escuchasen -al filo del adobe carcomido- los que se amontonaban en la pieza contigua. Como un ladrón escapó de allí. De entre esa gente que no le había comunicado el nacimiento de su hijo. Ignacio tenía una idea muy clara de la situación: Él era el padre de la criatura y punto. Ahora querían hacerlo de lado. ¡Eso sí que no! Él se lo llevaría consigo en cualquier momento. A escondidas, a las malas, o ¡cómo fuese! Hoy había fallado porque la bebida le volvió torpe los pasos y le aplacó la bravura. La próxima será sin tragos, se propuso y cruzó el patio a los temblequeos. Miró las estrellas que titilaban encima del campo abierto. Va a helar, dedujo y se estremeció. Tenía mucho frío. Los perros, sin embargo, deambulaban campantes por el rancherío. Le hicieron fiesta de colas y de lamidas. Él no era extraño en esos lares y lo acompañaron hasta el camino. Ignacio se alejó arrastrando su borrachera. Nunca tomaba más de la cuenta pero esa vez, apuró un vaso y otro y otro... Los había ido sumando para ganar coraje. Y le restaron firmeza. Menos mal que su juicio le respondía a las mil maravillas: Él era consciente de que se retiraba con los brazos vacíos y hasta podía, sin vacilaciones, apostar a que regresaría lo antes posible. ¡A eso estaba dispuesto! ¡Se robaría el niño si las cosas no mejoraban pronto! Fue lo último que pensó antes de quedar desplomado en el catre. Se arrebujó en su poncho, dejando afuera los pies curtidos por el tráfago en la tierra. Roncó. Al poco rato, el coro de los gallos hizo su ronda de poste en poste... Ignacio se levantó embotado. No había dormido ni dos horas corridas. Rumbeó hacía el pozo. Deseaba reavivarse con el agua escarchada de la palangana. Metió la cara de golpe y se puso a tiritar. La resaca se irá con el mate, se ilusionó. Y el mate bien caliente, lo despabiló en unas cuantas chupadas. A continuación, salió disparando hacia el cañaveral. Era día de cobranza y prefería complacer al patrón desde temprano. Mientras se diligenciaba con su tabaco a medio enrollar, oteó el horizonte gris, lluvioso. Se encogió de hombros ante el mal tiempo y se dijo: Hoy me pagarán con un buen caballo; todo será más fácil. Podré solucionar el asunto y... Ahí le vino a la mente su fracaso en la madrugada. Pateó una piedra que ni se movió. El zapatón crujió y los dedos le dolieron. ¡Carajo!, gimió. ¡Ave María Purísima!, se santiguó la vieja que pasaba en una carreta cargada de leña. Él la miró meditabundo: Va para la ciudad con toda esa leña, supuso. Claro, los platudos encienden sus chimeneas. Nosotros nos arreglamos con un brasero y basta. Está apretando duro el invierno en estos días. Y es sólo el principio, se quejó. Por contraste, le vino a la memoria la fiesta de primavera: Rafaela se había vestido de voladones blancos bajo el cielo cálido. Aromaban sus cabellos ramillete de jazmines. Ese 21 de setiembre lo pasaron bailando en la pista del club Atlético «Sol del Chaco». Floripones de papel chifón y banderitas multicolores flameaban en el aire. Lugareños y vecinos de otras compañías, alborotados invadieron las instalaciones. Por su parte, las señoras de la comisión organizadora sacaban cuentas entusiasmadas: Al fin la capilla de San Onofre se iba a terminar. Y no se terminó, reconoció Ignacio. El romance de ellos sí. Se acabó sin justificativos ni despedidas... Y pensar que después del baile, aquella misma noche, él la llevó al rancho de la abuela. No estaba la abuela. Había ido de velorio. Tenían para los dos todo el tiempo del mundo. Hicieron el amor por primera vez... Ignacio suspiró y su aliento se congeló en el aire. El ventarrón le entumecía las manos y tiró el cigarro antes de encenderlo. Se acurrucó bajo el poncho. Siguió andando... Bordeó el estero. A la orilla, una cigüeña se inclinaba cazando peces con el pico. Recordó a Rafaela embarazada. Espero a la cigüeña, le había dicho meses atrás. Él, distraído como de costumbre, no la entendió. Rafaela tuvo que aclarárselo detalladamente. Bueno, él era así. Un poco rudo. No se andaba con tonterías de la capital. Rafaela, por el contrario, tenía en Asunción una madrina, una patrona o algo parecido. Era una mujer rubia, despampanante, que la solía llevar largas temporadas... Retornaba más linda que nunca; con vestidos de lujo, aros, perfumes y todas esas cosas que usaban las señoritas asuncenas. Tanto, que dos años atrás, en Semana Santa justamente, trajo colgada al cuello una espléndida medalla de oro. De un lado sonreía la Virgen, y del otro, se leía «Carlos». Él jamás supo quién era el tal Carlos. Rafaela encontró la joya en la Plaza Uruguaya. Al menos, esa fue su versión. Ignacio no receló. Ella, toda la vida había sido una chica respetuosa y novia suya únicamente. Aunque con el embarazo, comenzó a cambiar. Su abuela le dijo que a todas les pasaba lo mismo. Que se volvían ariscas con el papá de la criatura. Por eso él no se preocupó demasiado cuando a Rafaela le dio por ponerse antipática. Ignacio no dudaba que fuesen ciertas las palabras de su abuela; pero él se acordaba muy bien, de cómo y cuándo empezaron los cambios... ¡Y le traía mala espina! Fue un domingo por la siesta. Él se encontraba almorzando en casa de Rafaela. Los dos charlaban felices y hacían proyectos para la llegada del hijo. Incluso, esa misma mañana habían hablado de casamiento. Estaban terminando de comer cuando escucharon el ruido de un vehículo. Es don Elías, el turco. El único valiente que se atreve a desvencijar su camioncito en las picadas y recovecos, pensaron todos. Y todos se equivocaron. Era un señor desconocido al volante de su poderosa camioneta 4 x 4. Los hombres, las mujeres, los niños, los perros y hasta las gallinas, salieron a saludarlo, menos Rafaela. Y el forastero la buscaba a ella, precisamente. El padre lo hizo entrar y llamó a su hija. Rafaela se fue acercando pasito a paso... Erguida y pálida, intentaba acomodar las manos sobre su vientre hinchado. Al verla, el señor elegante se mostró confuso y pidió permiso para hablar a solas con ella. Se sentaron debajo de la parra. Ignacio se entretuvo pelando maní en la cocina. La conversación con el visitante se prolongó hasta la tardecita. Él se aburrió de esperar a su novia y se marchó para no seguir haciendo el tonto. No es que fuese a desconfiar de Rafaela a estas alturas, pero le daba vergüenza, delante de los demás, el hecho de que ella lo hubiera olvidado por completo. Y sí, a partir de entonces, Rafaela cambió. Eso nadie se lo sacaba de la cabeza. Para colmo, no le dio ninguna explicación respecto al señor distinguido y ya no aceptó que tocaran el tema del casamiento. Su abuela juraba que eran meras coincidencias. Él no se convencía... Y sucedió lo peor. La semana pasada nació su hijo y nadie le avisó. Él se enteró en el almacén, de pura casualidad. No, si Rafaela se portaba muy rara en este último tiempo. Cuando él le hablaba en serio, ella le respondía con alguna pavada sin ton ni son. Insistía con eso de que el hijo era de ella y que él no se metiera. Los partos son cosas de mujeres y los hijos también, repetía con frecuencia. Es mejor que te ocupes de tu trabajo; yo me arreglo sola, no te necesito, aseguraba. Las relaciones se mantenían tirantes. Ignacio ya no sabía a qué atenerse y se le fueron madurando las amarguras mientras cortaba el azúcar a machetazo limpio. Si todo continuaba igual, él terminaría robándose al chico. ¡No y no!, renegó al cabo de la jornada: Con la ayuda de Dios saldremos a flote. La presencia del niño pondrá las cosas en su sitio. De repente, renacían sus esperanzas y se echaba a soñar... Por eso, ahora que regresaba del cañaveral, resolvió hacerle a Rafaela una pasadita montado en su caballo alazán. Ella iba a alegrarse de verlo cabalgando... ¡Esa fue siempre su mayor ambición! Al galope se aproximaba a la aldea. La ventolera sacudía los cocoteros y espantaba los malos designios. Llegó. Era víspera de San Juan. En el patio de la futura iglesia ya se habían puesto en movimiento los preparativos de la celebración... Un dejo de placer le entibió la sangre al evocar aquella otra fiesta... Hacía exactamente nueve meses del baile de primavera... La consecuencia es de carne y huesos, presumió y se detuvo a mirar los arreglos. En esa oportunidad, también la comisión pro-capilla se hacía cargo de todo. En el fondo se instalaron las fogatas, la cantina, y el palo enjabonado. El cuerpo de Judas se balanceaba pendiendo del campanario. Estaba relleno de cohetes, bombas, paja y trapo. Rafaela y él, invariablemente participaban juntos de los festejos de San Juan. Cada 23 de Junio, ellos se pegaban un atracón de comidas típicas, bailaban y se divertían con los juegos hasta la quema de Judas... Ahí nomás se decidió. Invitaría a Rafaela. Con el caballo nuevo, la iría a recoger. Seguramente ella lo esperaba... Ignacio se apresuró ante la perspectiva y picó espuelas. Doblando un recodo, alcanzó a divisar el rancho de su novia y la camioneta 4 x 4 estacionada enfrente. El frío intenso amorataba la tarde y sus esperanzas. Retrocedió, detuvo su caballo y quedó pasmado: La puerta se había abierto y Rafaela avanzaba con el niño hecho un lío pequeño en el mantón azul. Detrás, el señor copetudo del otro domingo, transportaba en ambas manos los bolsos que Rafaela solía llevar y traer en sus viajes a Asunción. Los tres subieron a la camioneta. A los gritos salió a despedirlos la parentela. Agazapado en el polvo que levantaban aquellas ruedas feroces, Ignacio oyó con el alma en un hilo las palabras determinantes: Chau, Rafaela y Carlitos. Hasta luego, señor Carlos.

Algo raro...

* Diana acabó el postre y se dispuso a marchar. Pidió permiso y apresuradamente se levantó de la mesa sin esperar autorización. Por ahora, esta escena se repetía con frecuencia. Diana evitaba dar tiempo a que su padre se enfrascara en las recomendaciones de siempre: Fijate muy bien con quién salís. Que sea un buen muchacho, de familia decente como nosotros. Que te respete. Sí, de entrada hay que hacerse respetar. Eso es lo primero, decía infaliblemente papá. Y Diana estaba hasta la coronilla de tantos consejos. ¡Hacía diez años que escuchaba lo mismo! La semana pasada había cumplido los veinticinco. Fue el día de la gran pelea con su madre. Después de mucho suplicar sin resultado positivo, mamá le prohibió terminantemente que lo siguiera viendo a Juan José. Olvidalo por favor. Ese hombre no es para vos. No pisa nuestra casa. No habla con tu papá. Se nota a la legua que anda en algo raro... No mira a los ojos cuando saluda. Ese es un mal síntoma. Diana. Si sos una chica inteligente, ¿por qué no admitís que es peligroso salir con un tipo de esos? Me asusta tu inconciencia. Ese aire alocado no va contigo. ¡Te prohíbo que lo vuelvas a ver!, gimió por último la madre, ante el gesto displicente de su hija. Diana se rió de las palabras angustiadas de doña Isabel. Salió dando un portazo. Le rompía los nervios esa costumbre que sus padres tenían de meterse en su vida. Ella era mayor de edad y muy dueña de sus actos. La sarta de disparates que mamá argumentaba eran propios de razonamientos arcaicos, sin valor de puro viejos... Maldita la hora en que se lo presentó a Juan José. Por casualidad coincidieron en una confitería de Villa Morra y de allí, doña Isabel lo había encontrado algunas veces más rondando el barrio. Le faltaba la suficiente intimidad para juzgarlo y sin embargo, metía la cuchara dale que dale... Aunque lo peor de todo era la amenaza de advertírselo a su padre. Ahí sí que la cosa tomaría un cariz peliagudo. Si mamá era puritana y anticuada, papá se le atrasaba por siglo y medio. También, a más de violento, don Heriberto se mostraba muy difícil de entrar en razón. Cuando algo se le metía en la cabeza... «Agarrate, Diana, que a testarudo nadie le gana». Por eso, lo mejor era evitar cualquier roce que lo pusiera en acción. Claro, su mayor problema representaba el aspecto económico. Como no le alcanzaba el sueldo para tomarse la libertad de vivir lejos de sus padres, ¡se los tenía que aguantar con todas sus chocheras! Y en el Banco no le daban el ascenso. Ya iban para cuatro los años de antigüedad, y su puesto de cajera se mantenía inamovible. Solamente los hombres prosperaban allí. Hasta el ascensorista pasó a ser auxiliar de cuentas corrientes en carrera meteórica. Menos mal que Juan José disponía de buenos ingresos y pronto se iban a casar. Por supuesto, calladitos y sin comentarios... A Juanjo le encantaban los idilios misteriosos y a Diana le convenía que así fuese, ya que de enterarse, su padre armaría un escándalo descomunal. Don Heriberto creía todavía en los príncipes azules y confiado, aguardaba uno a la medida de su hija menor. En tanto, a sus espaldas, la pareja andaba a la búsqueda de algún departamento o chalet para alquilar. Sólo que a Diana no le resultaba muy claro el gusto de su novio. Los dos se pasaban visitando casas, casitas y caserones sin acertar con la idea que Juan José tenía del asunto. O quedaban muy lejos del centro o muy cerca de mamá o muy grandes para dos o muy chicos para el precio. En fin, no se ponían de acuerdo y por causa de eso, la boda se aplazaba indefinidamente... Si no estuviese convencida de las buenas intenciones de su prometido, Diana pensaría que se la estaban dando largas a propósito. Pero si algo impremeditado había en Juan José, era su tremenda indecisión. ¿El motivo? Un percance interior que no saltaba a la luz... Otra cosa que se presentaba bastante oscura respecto a Juanjo, parecía ser la cuestión esa de los tres hijos varones que tenía por ahí... Juan José juraba que las madres eran ricachonas y medio viejas. Que nunca pidieron colaboración para el mantenimiento de las criaturas. Y que muy por el contrario, con la paternidad se había beneficiado él. Es más, también aseguraba que fueron hijos por encargo, sin que el amor hubiese tomado parte. Algo así, como que lo vieron a Juan José hecho un toro semental de raza pura, y lo contrataron para preñar a dos hembras decadentes, aunque en celo y con mucha plata. Desde luego, cada una por su lado y en el turno previsto. Esto, de seguro, los padres de Diana no lo entenderían, ya que ella, a duras penas, lo había ido asimilando a lo largo y a lo ancho de su noviazgo. Hoy, mal que le pese, las dos ex de Juan José, continuaban siendo una espinilla dolorosa para la emancipada Diana. Sobre todo, en los momentos en que las tenía delante. Y eso ocurría más a menudo de lo necesario. De un tiempo a esta parte, ambas mujeres los invitaban a comer inevitablemente los domingos al mediodía. Se reunían en un restaurant copetudo a la una en punto. Jamás faltaba ninguno de los personajes del sainete: Los niños gemelos, el nene de ocho años, sus respectivas madres rollizas y enjoyadas, y ellos: Diana y Juan José. Esta mañana por ejemplo, Diana iba un poco retrasada. Había tomado la precaución de almorzar en su casa antes de partir hacia el singular encuentro. Es que se le revolvía el estómago cada vez que tragaba en presencia de aquellas damas paquetonas y jactanciosas que le recomendaban, como a una pobre idiota, que se casara rapidito con Juan José. Un muchacho buenísimo y acomodado. Candidato especial para las que no tenían dónde caerse muertas. Las dos ricachonas aportarían el dinero preciso. No había problema, ellas eran empresarias, estancieras o cosa por el estilo. A Juan José te lo vamos a entregar forradito y satisfecho, prometían indefectiblemente. Todos envidiarán nuestra suerte, debida quizá, a las dotes reproductivas de Juan José, pensaba atormentada Diana, mientras se dirigía a la famosa cita dominguera, sudando y trotando bajo el sol. Ya sólo faltaba doblar la esquina y en breves instantes, irremediablemente fluctuaría en el cotorreo de esas dos mujeres mayores que a toda costa tratarían de convencerla a que cargara con el bulto. Por lo visto, las dos pretendían sacárselo de encima lo más pronto posible al mentado Juanjo. Si mamá la viera en ese trance, se pondría más triste aún. Su madre sufría horrores por su culpa. La depresión la iba minando y hasta se la notaba desmejorada físicamente. Los ojos llorosos de doña Isabel se habían alzado para detenerla hacía menos de una hora, allá en la mesa familiar, pero calló acobardada. Tenía comprobado sobradamente que la lucha era inútil. Sin embargo se equivocó. La súplica silenciosa se había adueñado del tiempo reflexivo de su hija y allí quedó socavando... socavando... ¡Ganaste mamá!, exclamó Diana en un arrebato criterioso y repentino. Ya no me quiero casar con Juan José y su corte sofocante de viejas en apuro. Entonces, dio media vuelta y, buscando la sombra de los naranjos en flor, deshizo el camino y le puso la cruz al gigoló.

El reino de Manuela

* «El Colibrí» era un boliche de mala muerte. Dudé antes de entrar. Sin ninguna confianza me abrí paso entre los flecos de la cortina plástica. El tufo alcoholizado me dio en las narices. Aspiré hondo y me interné en medio de dos hileras de mesas escasamente iluminadas. Manteles de cuadros mugrientos jugaban a las escondidas con un rayo de sol empecinado. ¿Es éste el reino de Manuela?, me pregunté al cabo de la desilusión. Sin más trámites, decidí averiguarlo. Me respondieron que Manuela estaba ocupada. La voy a esperar, anuncié con voz resuelta al hombrecillo de barba puntiaguda y pinta de sátiro que se apoyaba en el mostrador. Soy el Dr. Morales, aclaré. Me sentía orgulloso con el doctorado. No era para menos: Traía yo mi título de allende los mares y tras no pocos sacrificios. Elegí la silla mejor equilibrada y me senté. Como de la galera, surgió ante mí la moza de senos robustos. Le pedí un café. No servimos café, dijo llena de sonrisas. Puede ser un whisky o cualquier otra bebida, agregó. Acepté el whisky y de paso, quise saber de Manuela. Está trabajando, me contestó. Luego, hizo un gesto que para ella debió de haber sido muy elocuente y que sin embargo, a mí me dejó en las nubes. La miré retirarse. Movía las caderas con exageración. El petiso del mostrador le guiñó un ojo. Los dos rieron de falsete. Me puse nervioso. De nuevo vacilaba... y descargué mis tensiones tamborileando fuertemente los dedos contra un inmundo cenicero de propaganda: Siete letras azules escribían «Cinzano» sobre el fondo de lata niquelada. Picaduras de cigarro se metieron entre mis uñas pulcras. Aparté la mano. La servilleta de papel iba y venía frotando las impurezas. De pronto, resplandecieron algunos focos pelados que se descolgaban del techo. Finalizada la operación alumbrado, el petiso regresó a su puesto de vigía y se dedicó a hojear una revista con cara de aburrido. Yo también traté de hallar un pasatiempo y me entretuve leyendo mensajes de amor en las paredes. Casi todos estaban plagados de groseras alusiones. Me sentía cada vez más incómodo. ¿Dónde diablos había ido yo a parar? ¿Con qué clase de gente se relacionaba Manuela? Intentando definirla, traje a mi memoria aquella media mañana luminosa y febril en la que nos conocimos. Fue en el centro, una semana atrás. Completamente abstraído, salía yo del Banco de Asunción y ella, de las tiendas de Martel. Tropezamos en plena calle Palma. Le ofrecí mil disculpas. Manuela las admitió con timidez. Era una linda pelirroja, joven, de modales graciosos. Vestía pantalones de jean ajustados y blusa de seda blanca. La observé de pies a cabeza y la encontré encantadora. La invité sin pensarlo dos veces. Quizá, con el propósito de aliviarle el golpazo que se llevara por culpa de mi despiste. Tengo un compromiso, se excusó sin molestarse conmigo. Al contrario, me pasó una tarjetita de color de rosa y me pidió amablemente que la visitara en otro momento. Taconeando se alejó... Permanecí en suspenso un buen rato. Cuando reaccioné de Manuela ya no quedaba ni rastro. Entonces, acomodé en mi portafolios la transferencia de Roma y me dirigí al Episcopado. Sólo por la noche volví a recordarla. Fue en ocasión de revisar los bolsillos de mi saco antes de guardarlo. Allí me topé con la tarjeta. Bar «El Colibrí», Anexo Alojamiento, leí debajo del nombre de Manuela. Y más abajo aún: Montevideo y Playa. Es por los alrededores del puerto, pensé un poco sorprendido, considerando que Manuela tenía el aire de una señorita de barrio residencial. De todos modos, como ella me impresionó gratamente, hice la promesa de ir a saludarla un día cualquiera. No es importante el lugar sino la persona, había reconocido en aquella oportunidad. Y ahora estoy aquí, tratando de compaginar el asunto... Es cierto que no hay borrachines a la vista. Aunque claro, todavía es temprano. Apenas está empezando a oscurecer y evidentemente, es éste un local nocturno. ¿Será Manuela, hija del barbudo? No. No creo que de ese tipo asqueroso haya nacido alguien tan ideal como Manuela. El tintineo de los hielos interrumpió mis cavilaciones. La muchacha exuberante plantó el vaso de whisky en mi mesa y se sentó a mi lado. ¿No te da lo mismo que yo te acompañe?, indagó coquetuela y descarada. Manuelita tiene para rato con el sargento Benítez. A ese gordo no se lo contenta fácilmente, opinó muy en conocimiento del tema... De golpe y porrazo cayó el telón. El fin de las conjeturas me llegó precipitado. Tanto, que no lo asimilé sino hasta después de cerrar la boca de estúpido que le puse a la mujerzuela. En eso, escuché un vozarrón y estruendosas carcajadas provenientes de lo alto de la escalera. Alcé la mirada y aguardé a que se hicieran visibles los que causaban tamaño alboroto. Primero, apareció Manuela luciendo una falda roja de mínima hechura. Sus pícaros ojos se encendieron de alegría al descubrirme y de inmediato avanzó hacia mí. Sin medir las consecuencias, me levanté yo a recibirla. El militar había quedado con la palabra en la boca y los brazos vacíos. Enfurecido, exigía atenciones. El petiso no bajaba la guardia y logró controlar la situación. Acudió en su ayuda la vigorosa camarera y juntos, haciendo gala de oficio y experiencia, lo sacaron a la calle sin mayores problemas. Manuela y yo respiramos agradecidos. Enseguida, ella me tomó de las manos y me condujo hasta su pieza... Nos sentamos en la cama de sábanas revueltas. De pliegue en pliegue se contaban historias de otros placeres... Aborté la náusea en mi garganta y el cielo de yeso carcomido se derrumbó a mis pies. Manuela, ajena a todas mis angustias, me desprendía el cuellito almidonado, desabotonaba mi camisa, deslizaba mis pantalones... El aroma a lavanda en desodorante ambiental trataba de confundirme sin éxito. Con desesperación buscaba yo el incienso de mis letanías. El reino fragante de mi Dios... Manuela besaba mis labios, mi pecho, mi vientre... Sus cabellos colorados me incendiaban la piel. La frescura penumbrosa de mi celda era olvido, era distancia... Cada vez más ancha... Más honda... Me entregué. Manuela hizo lo suyo y yo también. Después, ella me dijo: Espero no haberlo defraudado, padre Morales.

La dama de los anillos

* La ventolera cerró de un golpazo la puerta. El corazón me bajó a los talones y allí se puso a palpitar como loco. Por esas cosas de la vida, tenía yo delante el retrato de cuerpo entero de la bisabuela de Zoraida. El aire juvenil en sus galas de «Dama Antigua» me había desconcertado y sin embargo, ya conocía su historia... Recostada al descuido en la poltrona rococó, ella se miraba las manos de finísimos dedos cubiertos de anillos. De un vistazo conté quince. Iban encaramados los unos a los otros. El cálculo lo hice al vuelo. Más bien por lógica. Claro, únicamente el meñique derecho lucía una cinta ancha de oro macizo y limpio. En los demás, centelleaban las pedrerías sobre ambos guantes de terciopelo negro. Al fin lograba yo contemplarla a gusto, con sus bucles de niña vieja, su infinidad de anillos, sus encajes, su secreto... Una vez asentado el asombro, tomé verdadera conciencia del propósito que me llevara hasta la Dama de los Anillos: Pretendía yo enumerar seriamente las sortijas. Misión imposible, por la mescolanza de líneas y colores en el lienzo, o por el nerviosismo propio del caso. Me sentí impotente. Si hasta la fecha no me invitaron a este cuarto, no vislumbraba otra oportunidad con mayores perspectivas. La estancia en cuestión, se situaba en el ala prohibida. Hoy tampoco permitían el paso. Sólo, que me tomé la libertad en ausencia de los dueños de casa. La mucama me había escoltado hasta la salita de estudios y era de suponer que allí aguardaría yo el regreso de Zoraida. En cambio, reconocí que parecía ser ese, el momento propicio para visitar la zona indebida. De manera que aquí estaba, con el Jesús en la boca, pero disfrutando a más y mejor de la situación. ¡A mi juego me llamaron si de cálculos se trataba! El número de anillos y su escondido paradero, era un desafío tentador... Mi alumna Zoraida solía hablarme, aunque poco, de aquella colección de anillos que la juvenil bisabuela había formado a lo largo de su corta existencia. Incluso, en una vaga e incierta promesa, se ofreció a enseñarme el cuadro en cuanto quedáramos a solas, quizá alguna siesta... La veda también corre para mí, me informó a modo de excusa. Entonces, ¿cuándo otra ocasión semejante? Ahora, ni siquiera estaba Zoraida. De seguro aquella coyuntura no volvería a presentarse. Y yo, que no acertaba con el resultado de mis cuentas... En eso, la misma ráfaga fría que minutos atrás cerrara la puerta, me tocó en la nuca. Despacio me volví. Quería saber quién había llegado a hacerme compañía. Para mi sorpresa, a nadie encontré. ¿De dónde podía venir la brisa en una habitación cerrada? La bocaza negra del hogar de piedra y ornamentos herrumbrosos me sopló la respuesta: Un remolino de cenizas giraba de refilón sobre el piso de la chimenea. Me acerqué. Ya casi en la garganta, brasas diminutas, lanzaban todavía chispas ligeras. Alguien estuvo aquí, deduje y pensé en las palabras de Zoraida. Ella afirmaba que tras la muerte de su bisabuela, este lugar había sido clausurado definitivamente. Ni siquiera la servidumbre accede a su limpieza, se quejaba. Y debía de ser cierto. El polvo acumulado en el fastuoso mobiliario y su perfecto acuerdo con los adornos magníficos debajo de las telarañas, así lo indicaban. Esta demostración sepulta de opulencia, me recordaba a las tumbas de otras épocas. Aquellas, en las que se enterraba a los muertos junto con sus riquezas. Para completar la idea de mausoleo, había flores frescas en los conos del piano, en el aguamanil del tocador, en los jarrones de porcelana. Y en consecuencia, un penetrante aroma de jazmines de El Cabo dando vueltas en torno... Evoqué a Zoraida en esa fragancia: Durante las siestas de mucho calor, ella prefería el parque. Nos instalábamos para la clase al lado del jazminero, a la sombra de una pérgola florida. Desde allí se veían los ventanales de este cuarto. Zoraida, a menudo, se ponía a mirarlos con tristeza y enseguida, tras un leve suspiro, retornaba a la rutina de nuestra lección de matemáticas. Desde el primer momento comprendí que Zoraida trataba de no evidenciar su apego al ala prohibida. Era notorio que de mí se cuidaba. Raras veces permanecía absorta más de lo prudente. En circunstancias como esas, yo despejaba sin tregua ecuaciones interminables... ¡Jamás osé interrumpir sus coloquios espirituales con la bisabuela! Ese es el Santuario de la Dama de los Anillos, me contó una tarde Zoraida, entre avergonzada y orgullosa, después de haberla yo pescado en trance. No se sabe exactamente el número de anillos, agregó. Ahí fue donde me impuse la tarea de averiguar la cantidad correcta de sortijas, como si ese fuera el ejercicio más importante que tuviésemos en carpeta. Mientras, mi alumna, suelta al fin de la lengua, seguía narrando: Ella, mi bisabuela murió a la mañana siguiente de acabar el retrato. Se extinguió sin remedio cumplido el compromiso. La habían estado pintando a lo extenso de dos años. Diariamente posaba sin protestar. Apenas un ratito, porque sufría de males incurables que la iban debilitando... Dicen que en el último tiempo, una aureola iridiscente circundaba su transparencia, como si la muerte ya se la hubiera llevado y su figura frágil fuese un espectro de paso... Sólo sus manos, mariposas negras ricamente enjoyadas, le daban consistencia real a la hora insobornable de la sesión de pintura. Por lo demás, la bisabuela se esfumaba... Y para colmo, también sus anillos se habían hecho humo al término de su vida. Con el asunto del dolor y los lamentos se armó un alboroto singular y los funerales acabaron por convertirse en un vertedero de lágrimas. A la postre, se olvidaron de la bisabuela y todos lloraban por los anillos y su inesperada desaparición. Inútiles fueron los trámites y las investigaciones al respecto. Nada se descubrió y por ende, la cifra misteriosa permanecía cautiva en los vericuetos del pasado... La voz de Zoraida se me escapaba entre las sortijas y los encajes... Hice un esfuerzo. Desde el fondo de mis pensamientos, con su perfume exuberante, enlazó las dos escenas el jazmín de El Cabo. Pero empezaba a marearme... Caminé hasta una de las ventanas. La abriría para respirar el aire puro. Corrí las pesadas cortinas de damasco y me topé con tapias en lugar de cristales. Me ahogaba... Busqué a la Dama de los Anillos intentando urgente explicación. Me pareció que la velada sonrisa de sus labios se iba pronunciando... Tanto, que al segundo creí entreverle los dientes. Un hilillo de sudor helado se me resbalaba hacia el suelo, seguido de algunos escalofríos y la necesidad imperiosa de abandonar el Santuario. A pesar de ello, con tremendo impulso, caí en el mismo sillón Luis XV que usara la bisabuela de Zoraida para el retrato. Me hundí profundamente entre los almohadones y sentí que un objeto duro y conciso se movía en medio de las plumas. La curiosidad pudo más que el miedo y metí a los empujones la mano en una orilla descosida. Saqué el cofrecito. Conté los anillos. Eran quince en total. No me equivoqué. Los números siempre habían sido mi fuerte.

Enlace al ÍNDIDE de la versión digital del libro Bazar de cuentos en la BIBLIOTECA VIRTAL MIGUEL DE CERVANTES
  • El señor de la loma / Como Judas / Algo raro... / El reino de Manuela / La dama de los anillos / La madre Flora / La bolsa de papas / Tiempos de amor en el jardín / El entierro / Herederos a la suerte / Un presente griego / La última noche de reyes / Eusebio / Cavilaciones de alcoba / El piano / Alguna vez, José / Las cosas de Efraín / El lancero de la reina / Un domingo diferente / Piel de novia / El pañuelo / Las alas del guerrero

Enlace al espacio de YULA RIQUELME DE MOLINAS

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lunes, 15 de febrero de 2010

PUERTA. Autora: YULA RIQUELME DE MOLINAS - Prólogo: NEIDA DE MENDONÇA / Edición digital: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.


PUERTA
Autora: YULA
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
Edición digital: Alicante :
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2000
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Imprenta Omega, 1994.

En nombre de mi esposo,
hijos
y nietos.
POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS...
* «Viejas como el miedo, las ficciones fantásticas son anteriores a las letras. Los aparecidos pueblan todas las literaturas: están en el Zendavesta, en la Biblia, en Homero, en Las Mil y una Noches. Tal vez los primeros especialistas en el género fueron los chinos».
En América la literatura fantástica aparece de manera definida en el Siglo XIX. Curiosamente, en el Paraguay la mayoría de los narradores escribe novelas y cuentos realistas, aun cuando nuestros relatos orales y nuestra mitología están llenos de extraños personajes y de aparecidos de ambulantes por selvas vírgenes o durante siestas de sol calcinante, enceguecedor. Hubiera sido natural que ese rico folklore influyera en nuestra imaginación y lógico sería que los escritores le sacaran provecho a sus raíces, a sus fuentes, estando, como están, al alcance de la fantasía. Causa extrañeza este hecho, teniendo en cuenta, por otra parte, la influencia de escritores como Poe, Kafka, Borges, Cortázar, Bioy Casares, Arreola, H. G. Wells y muchos otros autores de ficciones fantásticas. Lo cierto es que no son historias fáciles de escribir y, al contrario de lo que cree el común de los lectores, no son formas de evasión sino la búsqueda de una realidad más profunda.
* Yula Riquelme de Molinas enfrentó estos y muchos otros desafíos cuando escribió su sobrecogedora novela PUERTA; organizada en diecinueve capítulos titulados de modo poco frecuente en la actualidad. La obra gira en torno al deseo (¿obsesión?) del narrador-protagonista, cuyo nombre desconocemos, de cambiar su oficio, sus circunstancias, su vida misma. Son visiones de trasmundos en los que la creadora yuxtapone lo real a situaciones oníricas y fantásticas. Por contraste, el resultado es excelente.
* El protagonista sin nombre y de sexo igualmente desconocido -casi hasta el final de la novela- intenta bloquear ultrajes, sentimientos de culpa, propósitos de redención, haciendo un viaje por tiempos y espacios alterados. Va encontrándose con escenarios y criaturas sobrenaturales, engendrados por alucinantes cavilaciones que transmutan sueños y realidades.
* ¿Todos los espectros de la obra nacen y viven sólo en la mente delirante de ese ser humano sin nombre? ¿Son tal vez el fruto de una conciencia crítica, cercada inexorablemente por una vida denigrante? ¿O pierde el tino porque se enfrenta a un futuro incierto, desconocido...? ¿Acaso es explicable que personajes fantásticos y cotidianos estén reunidos, vida y muerte amalgamadas? Cada lector deberá encontrar su propia respuesta, mientras respira una atmósfera densa, por momentos asfixiante. Yula se nos revela maestra en este recurso difícil de resolver. En el último capítulo, titulado «De mí», utiliza eficazmente la sorpresa. Sorpresa mitigada por la sutil preparación que nos hace la autora en los capítulos anteriores.
* Yula Riquelme de Molinas escribió una novela llena de puertas que se abren y cierran y por las que nos introduce con persuasión hacia mundos donde no caben las ostentaciones verbales. Utiliza frases cortas, expresiones ambiguas, descripciones detalladas. El lenguaje preciso es, sin embargo, rico. Equilibra de este modo su pródiga y envidiable imaginación. El estilo viene a ser el resultado de una vocación clásica cautivadoramente traspasada de fantasía.
* PUERTA es un libro tumultuoso, fascinante, lleno de peripecias. Difícilmente nadie abandone su lectura antes del final. No debe sorprendemos, pues la autora ya ha dado pruebas de incuestionable talento. Basta recordar que entre los años 1987 y 1993 obtuvo diez premios nacionales e internacionales de cuento y poesía. Publicó un libro de poemas titulado «Los moradores del vértice» (1976). Sus relatos figuran en antologías, diarios y revistas.
* Esta primera novela de Yula Riquelme de Molinas es un notable y ejemplar aporte a la literatura paraguaya. Creemos que de ahora en más otros escritores entrarán por la PUERTA de las difíciles ficciones fantásticas. No sólo son expresiones de deseo, son también predicciones.
NEIDA DE MENDONÇA - Asunción, febrero de 1994
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DE LA PUERTA
. Caía la tarde cuando con pasos precipitados llegué a la esquina. La misma donde un poco después empezaría a cambiar mi vida. Por fuerza tuve que detenerme a esperar la oportuna señal del semáforo. Mientras con absoluto desinterés, echaba un vistazo al jardín que se extendía a mi costado. Entonces aquello empezó: Sin motivo, mi atención quedó atrapada en un montón de florecillas silvestres. Decididamente provocativas y muy fecundas, ellas me llamaban desde cualquier rincón. El césped estaba exuberante, crecido; así como la tupida vegetación del parque. Todo reverdecía en definitivo abandono. Yo comprobé que ese mundo salvaje y vigoroso había conseguido sacudir mi indiferencia. De pronto, una arrogante escalinata de mármol muy gastado, sabe Dios por cuántas pisadas ilustres, condujo mis ojos hasta la puerta principal. Era una puerta antiestética, ¡de mal gusto! Como si eso fuese poco; modesta, carente de estilo. Parecía nueva. Se la notaba pintada con aceite barato. En su plana superficie sobresalía un moderno picaporte de acero inoxidable. Resultaba ofensivo el contraste que ofrecía la puerta incrustada en las paredes de aquella mansión antigua, construida evidentemente en el siglo pasado. El pórtico semejaba un feo parche en una cara linda, más todavía, teniéndose en cuenta la rica arquitectura que ostentaba la casa. Exhibía signos de remodelación en su fachada frontal, sin embargo, eso no justificaba la falta de armonía. ¿Quiénes la habitarán?, me pregunté. A la caza de alguna respuesta, corrí a investigar perdido el control. Salvé el jardín en dos zancadas: Sin aliento, me encontré de pie frente a la puerta. Accioné el picaporte; aquella cedió feliz de la vida. Al punto me metí dentro. Sin más ni más, me puse a encender las luces. Mi vista abarcó -del otro lado del inmenso y vacío vestíbulo- un salón de amplias proporciones, amueblado apenas. Austero en exceso. La sobriedad del entorno consiguió que yo me imaginara participando de una ceremonia monacal. Sentí frío, y ese olor característico de las habitaciones cerradas durante bastante tiempo. Deduje que allí nadie vivía: Una espesa capa de polvo se amontonaba sobre todas las cosas; aun así, la pintura se veía flamante y los muebles también. La sensación de estar en una casa abandonada, lejos de atemorizarme, azuzó mi curiosidad y me obligó a seguir avanzando... Sin vacilaciones me dirigí hacia una puerta interior. La abrí. Detrás encontré un ancho y misterioso pasillo que se prolongaba indefinidamente... Por primera vez, tuve la certeza de estar invadiendo un sitio prohibido. Fue por eso quizá, por lo que me filtré con precaución en el cuarto de la izquierda. Allí las luces estaban encendidas. Yo me distraje contemplando una espectacular estantería de madera noble, oscura; abarrotada hasta el techo con libros muy viejos, de esmerada encuadernación artesanal. Intenté acercarme. La atmósfera enrarecida me lo impidió. Descubrí algo alarmante: Contra la pared, en ángulo, había una cama, sobre ella, un hombre con los ojos cerrados. Al notar su presencia, quise huir, pero me detuvo la sorpresa, causada por la dificultad de conciliar esa regia biblioteca repleta de valiosos ejemplares, con el humilde lecho de hierro oxidado y otros bártulos de ordinaria factura, que allí coexistían. No obstante, como el hombre dormía plácidamente, parecía inofensivo. Yo recuperé la confianza y sorteando esa abigarrada variedad de cosas, me dispuse a trasponer la puerta más cercana. Volví a encontrarme con una pieza semejante a la anterior. En ella abundaba la misma mezcla de muebles e idéntico desorden. O quizá peor, porque superpuestos los trastos, mantenían el equilibrio, no sé por causa de qué fenómeno. Mi asombro iba en aumento: Allí también encontré camas ocupadas. Había tres, cada una con su respectivo inquilino. Debo saludar al amo de casa, resolví instintivamente y pasé a la habitación posterior. Esta no se diferenciaba de las ya visitadas. Aunque iba perdiendo fuerza la soltura que en un principio me permitió irrumpir en la vieja mansión, algo desconocido luchaba en mí con el descabellado propósito de sostener el primer impulso. Sin embargo eran muchos los insólitos acontecimientos y empecé a titubear... Después, cuando acepté que había cometido el más grande error de mi vida, quise salir corriendo. No pude hacerlo, porque me fue imposible descubrir el camino que me llevara a deshacer lo andado. Así, peregrinando entre escaleras tortuosas que subían o bajaban en caprichoso revuelo, fui pasando de un cuarto a otro, todos ellos idénticos en la rara contraposición de objetos y personas. Había perdido las esperanzas cuando imprevistamente, al abrir otra de las múltiples puertas que surgían a mi paso, me encontré afuera. Sentí que una atracción ineludible me obligaba a seguir adelante. Y a pesar de que el exterior no era ni mucho menos, aquel frondoso jardín que había admirado a mi llegada, respiré con alivio. Aunque se me cortó el aliento en el trayecto y a duras penas absorbí un aire espeso, caliente. Entonces, trastabillando, avancé con cautela. El patio se mostraba agresivo pero tentador... Era un tenebroso agujero destechado, sujeto a la misma regla estrafalaria. Allí se sobreponían desperdicios y ornamentos de toda índole. Tropezando con cajones, botellas vacías o sugestivas estatuas de mármol, llegué hasta un muro que limitaba la propiedad. Haciendo uso de cuanto armatoste me fue posible acumular, subí. Cuando mis manos tocaron el borde, me impulsé hacia arriba con mucha expectativa. Estaba escrito que ése no era el final. Del otro lado se ensanchaba un abismo inacabable. ¡Nada alcancé a descubrir!, y fue allí donde recordé que por controlar mi entorno, no había mirado hacia el cielo en ningún momento. Con pánico lo busqué, por supuesto, ¡no estaba! Mi vista se elevó sin límite alguno. No pude dar con nada que lo identificase. En procura de la fórmula que me indicara por fin la salida de este mundo alucinante, descendí y retorné a la casa. ¿Qué otra cosa me quedaba por hacer? Adentro continuaría persiguiendo esa bendita puerta de calle celosamente escondida. Cuando puse los pies bajo techo, un tropel de figuras silenciosas desbarató mis ilusiones: Descubrí con sorpresa que el panorama había variado por completo. Los que dormían cuando salí al patio, ahora estaban levantados; cada uno realizaba diversas actividades dentro de un marco excéntrico. ¿Cuál de ellos sería el amo de casa? Todos se movían aceleradamente; ensimismados en sus tareas cotidianas. Esto no resultaba sencillo, menos aún, comprensible. Los personajes que se entrecruzaban eran absorbidos por las paredes, se superponían sin interrupción y traspasaban sin ninguna dificultad todo obstáculo que surgía en su camino. Sus vestidos eran distintos entre sí, en lo que a moda se refiere. En cuanto a época y calidad, no existía relación alguna. Tampoco en lo concerniente a sus faenas y actitudes. Cada uno iba a lo suyo sin la menor preocupación de lo que ocurría en derredor. Me era imposible reaccionar. ¡Qué interpretación podía darse a esta serie de hechos extraordinarios? Cada cosa en su momento, ya vendrán las explicaciones cuando menos las espere, me dije, tratando de superar el mal rato. Fue por eso tal vez, por lo que en medio de la confusión, conseguí darme cuenta de que las horas pasaron con toda prisa: La luz del día se iba filtrando por las ventanas, se desparramaba en libertad, proporcionando a la casa un aspecto delirante. Hice un cálculo mental del tiempo que llevaba transcurrido, y pude recordar que la noche apenas caía cuando llegué a la casa. Entonces, si pasaron más de doce horas, ¿cómo yo no sentía el peso de aquella velada? ¿Sería posible que...? Un enjambre de niños interrumpió mis reflexiones. Estos atravesaron mi cuerpo como si yo fuese un fantasma. ¿Serían ellos los que carecían de materia? No sabía qué actitud asumir. Puedo asegurar que en ese momento dudé de mi propia existencia. Con recelo espié por los cuatro costados buscando una respuesta. Todo se me complicó... Nada había que pudiera servirme de contacto con la realidad: Los extraños seres continuaban invadiendo los cuartos y corredores; lo más llamativo era la marcada diferencia en sus indumentarias. Unos lucían atuendos muy lujosos, de época bastante anterior a la actual. Otros, no menos distinguidos, se aproximaban a nuestra moda de hoy. También noté que muchos, ¿la mayoría?, vestían con relativa modestia. La parquedad de sus túnicas, hizo que yo los relacionara de inmediato con alguna congregación paupérrima y arcaica. Por supuesto, ante aquellos dispares estilos, no pude menos que apreciar una diferente dimensión de tiempo, incompatible con esta circunstancia. Otra cosa que no dejaba de sorprenderme, era la intensa actividad que ellos desplegaban al unísono, en cualquiera de los espacios que mi vista recorría. Se superponían en aparente sincronización de movimientos, y la evidencia de que actuaban sin enterarse de la situación del otro, aparecía como lo más sugestivo. Este conglomerado de imágenes era absorbente... Tanto, que yo también empecé a trajinar por las habitaciones integrando la masa, sin ninguna coordinación de mi parte. Luego de pasar un buen rato en ese estado, recuperé mi voluntad y afanosamente busqué de nuevo la salida. Esta vez con la intención de acceder a ella por medio de los singulares personajes. Entonces descubrí que aquellos no me oían, no me veían. ¿Quiénes eran? ¿Qué cosa representaban con sus vestiduras incompatibles y ese extraño acontecer fuera de toda lógica? ¿Cuál sería el secreto? ¿Dónde se ocultaba el amo de casa? Ante estas incógnitas, me sentí impotente y mis pretensiones de escapar a tanto desatino, se esfumaron de a poco entre las rancias paredes de la mansión.
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DEL AMO DE CASA
. De súbito, un adolescente, casi un niño todavía... me tendió su mano y sonrió con malicia. Vestía como en las viejas fotografías y la expresión de sus ojos se revelaba perversa. Sin embargo, era alguien que se aproximó a mí y yo no podía elegir. Con temor evité el roce de sus dedos. ¡Solamente el hecho de imaginar su contacto me produjo escalofríos! El chico pareció no prestarle atención a mis reacciones y empezó a dar pasos acelerados. Yo resbalaba detrás, pero lo seguía obediente, intentando vencer el miedo para mantener la calma. Caminábamos uno tras otro, dejando de lado muebles y gentes. No le volví a ver el rostro cínico y su espalda, aunque estrecha, conformaba mi único panorama. Delgado, cimbreante, se deslizaba con prisa. ¿Acudía a una cita preconcebida? ¿Era su destino tan incierto como el mío? Yo deseaba con ansias que su intención fuese salir a la calle. Bruscamente se detuvo ante una puerta cerrada. Noté que no la había visto en mi recorrido anterior. Tomando coraje, traté de acercarme hasta donde me permitía mi aprensión: Pausadamente tiró el picaporte, la antigua puerta de dos hojas se abrió sin hacer ruido. Comprobé que el silencio desde un principio había sido completo. El jovenzuelo se dio vuelta, me miró fijamente a los ojos, volvió a sonreír. Ahora, con ironía, con acentuada burla. Y fingiendo un ademán caballeroso, me ofreció el paso. Intolerable fue el desencanto al notar que frente a mí aparecía otra puerta de menor tamaño, perfectamente cerrada. Quise protestar en voz alta. No se escucharon mis palabras: ¡Tampoco yo podía hablar en ese sitio! Y mientras luchaba con mi impotencia, el amo de casa descorrió el cerrojo de la otra puerta. Esta cedió de igual forma que la anterior: ¡calladamente! La misma operación fue repetida varias veces con otras tantas puertas de diversos materiales, modelos y matices, hasta que llegué a acostumbrarme y adquirí el valor necesario para responder a la sonrisa cruel de mi diabólico anfitrión: Haciendo gala de una valentía inesperada, me encargué de abrir la puerta de turno, suponiendo que todo eso, era sólo un juego de niños. Allí, donde yo esperaba encontrar sin duda una puerta más, surgió el vacío aterrador. Mi vista se extendió sin barreras; en amplitud interminable... Si daba un paso al frente, ¡abordaría el infinito! Con prisa, retrocedí de un salto y miré angustiosamente a mi compañero. Este parecía observar mi actitud desde una lejana dimensión. Estaba esfumándose..., ¡casi irreconocible! Había perdido sus colores naturales. Era apenas una nebulosa gris con apariencia de ser humano. No me fue posible encontrarle los ojos malvados ni la sonrisa burlona. Únicamente pude notar que hacía un gesto extravagante, una inclinación versallesca, al descubrir su mano derecha en la parte central de su cuerpo semi borroso. Y desapareció. Por un momento, fue nula mi capacidad de razonar. Pero reaccioné enseguida. Yo no podía permanecer en ese estado de inacción. Tenía que hacer un esfuerzo, intentar algo que me ayudase a huir. Con el ánimo recuperado, empecé a cerrar una a una las puertas que habíamos abierto y regresé por el mismo camino que nos condujo a ese lugar. En el trayecto, pensé que el condenado muchacho era mi única salvación. ¡Debo encontrarlo!, decidí, y me dispuse a dar con él. Cuando eso ocurra de alguna manera me va a oír. Gritaré para demostrarle autoridad. «Nada de juegos», iba a ser la consigna. Él debería creer que yo no lo temía. Mientras así reflexionaba, iban surgiendo a mi paso todos los fantásticos moradores de la casa. Sabía que con ellos era insostenible una conversación. No actuaban como seres independientes, yo desconocía la extraña virtud que me los mostraba visibles. Pero al muchacho pude individualizarlo. Eso le daba importancia. ¡Él tenía que ser el amo! ¿Dónde se ocultaba? Intenté hallarlo sin éxito. Tuve que admitir que se había ido... Tras este fracaso, tomé conciencia de que no contaba con ayuda alguna, y me dispuse a pasar revista mental, pormenorizada a la casa. Abrigaba la esperanza de encontrar por lo menos una pista que me indicara la salida. Con los cinco sentidos puestos en la empresa, hice el recorrido imaginario por orden de aparición: Allí estaba el jardín exuberante. Después, aquella rústica puerta de calle. El vestíbulo vacío. El salón escueto, sacramental, aunque manteniendo visos reales, como único exponente en toda la mansión. ¿Por qué? ¿Cuál era la diferencia que lo desmembraba? ¡Basta de análisis!, me dije y visité con el pensamiento esa especie de rica biblioteca con aspecto de dormitorio que, mucho me había sorprendido de entrada. Deduje que ésa era la clave: ¡Allí tenía que llegar! La realidad no estaba lejos de ese aposento. Mi objetivo sería desde ahora, dar con aquel cuarto. Comencé a buscarlo atentamente. La confusión era posible, porque si todas las habitaciones poseían similares características, no resultaría tarea fácil hallar justamente ésa. Me cerré a todas las demás sensaciones y, con el fervor que despertaba en mí el ansia de huir, conseguí mi propósito. Luego de largas expediciones por ese territorio fascinante, espectral, llegué a la biblioteca y la descubrí intacta. Dócilmente abierta a mis ojos, ¡la encontré al fin! Los magníficos libros que fueron mi tentación cuando aún no sabía la extraña experiencia que me tocaría vivir en esa casa, continuaban inamovibles. Herméticos, alineados con esmero, ellos constituían el único detalle que conservaba su armonía en la pieza salpicada de trastos. Una atmósfera impenetrable los guardaba... ¿De quién? ¿Por qué? Nadie despejaría esta incógnita. ¡No todavía! Así lo comprendí, como si desde el fondo de los siglos, alguien me hablara... Y a partir de ese instante, ya no tuve ningún problema. Incluso la puerta que daba al corredor estaba totalmente abierta, así como yo la había dejado. Fui hasta el salón. En él nada original sucedía, sólo corroboré que era de construcción nueva. El vaho penetrante de la humedad al mezclarse con los olores de cal y pintura fresca, me resultaba insoportable. Tal vez, porque yo venía de un lugar donde el sentido del olfato era innecesario. El contraste hizo que me tapase las narices. Avancé con paso veloz. Iba pisando residuos de cemento en los mosaicos: Mis zapatos chirriaron con sonido desapacible. Algunos sillones fraileros con sus rígidos respaldos de barrotes torneados ocupaban los rincones; había también unas cuantas mesas de madera tosca, coherentemente situadas. Esta normal distribución me llenó de confianza. Sin pensarlo dos veces, crucé el vestíbulo y con toda tranquilidad abrí la puerta. Una vez en la calle, mis ojos atentos observaron los pormenores de nuestro mundo cotidiano: Transeúntes, automóviles, luces en las esquinas, en las ventanas de los edificios, en los carteles callejeros, en las estrellas del cielo... ¿Luces? ¿Estrellas? ¿Cómo, si había amanecido sólo un momento antes que yo saliera? ¡La noche no pudo llegar así, de improviso! ¿Qué sucedía? ¿Es que aún no acabaron los desbarajustes? Completamente fuera de mí, me acerqué a un hombre que pasaba, le pregunté la hora. No sé con qué actitud despavorida lo habré sorprendido, porque me miró cortésmente, para luego modificar su expresión. Después, como contagiado de mis temores, balbuceó unas palabras que no entendí, para proseguir su camino poco menos que corriendo. ¿Acaso leyó en mi rostro la experiencia que me tocó vivir? Otra vez tambaleaba mi razón. ¡Basta!, ahora debo aceptar que todo quedó atrás definitivamente. Es preciso hablar con alguien ya mismo. Saber por lo menos la hora exacta. En plena calle todo se presentaba con visos reales. ¡Claro! Si lo que sucedió dentro de la casa escapaba a lo natural, lo más lógico sería que el tiempo afuera no hubiese variado tanto. Quizá solamente transcurrieron minutos, o por lo menos el lapso que se emplea en atravesar de punta a punta una vivienda cualquiera, además de establecer por educación, un trato breve con el amo de casa. Acababa de sacar esos resultados, cuando pasé otra persona que no se hizo problemas para contestarme. Es temprano, fue lo primero que pensé al obtener respuesta. Comprendí por eso, que empezaba a recuperar la calma. No me asustó comprobar que en la casa, tanto la dimensión de tiempo como la de espacio, eran otras. ¡Absolutamente diferentes! Bueno, ¡a seguir andando!, exclamé optimista. Nada había que temer en medio de la vereda llena de personas cabales, de ruidos, de aromas... Pero una sensación extraña. Un interés ajeno a mi voluntad, hacía que yo quisiese continuar complicándome con lo mismo. Porque en lugar de cruzar la avenida y alejarme de todo, seguía de pie en la acera, tratando de vislumbrar por detrás de las ventanas lo que ocurría dentro de la casa. Quería saber. No me conformaba sin explicaciones. (¿Fue algo que se ofreció a mis ojos por una circunstancia especial o sucedía que esos seres espectrales moraban constantemente allí?) Sin pensar en otra cosa que no fuese mi enorme deseo de descifrar la incógnita, volví a cruzar el jardín, comencé a inspeccionar la mansión: Atisbaba ansiosamente por entre las rendijas de las persianas. La oscuridad era intensa, nada pude entrever. Menos aún, hallar indicios de sus misteriosos pobladores. Acepté el fracaso sólo por el momento. Había decidido regresar a la mañana siguiente para comprobar mis apreciaciones a la luz del día. Caminando despacito, me alejé entre las horribles estantiguas que danzaban con las sombras de los árboles. Parecían títeres desmadejados. Un resplandor fosforescente ponía marco a sus figuras. Pensé que al menos en este caso, yo debería tener por seguro que todo era producto de mi resentida imaginación. Tan resentida, que no pude conciliar el sueño durante esa noche que se me consumió en vigilia.
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DE LA CASA
. Afortunadamente me levanté con nuevos bríos. Tras unos sorbos de buen café saboreado al paso, partí con destino a la casa. Me planté frente a la puerta. Permanecí en suspenso. Dudaba entre si dedicarme a espiar por las ventanas o penetrar directamente. No niego que sentía temor, pero mi curiosidad era tan grande que aplacaba otras sensaciones. Pretendí abrir la puerta. Esta, contrariamente a su hospitalidad del día anterior, se mantuvo firme, cerrada. ¡Ni a los empujones cedió! No me acobardé, me quedaban las ventanas. Algo veré desde afuera, supuse y me abrí paso entre las margaritas rozagantes y las malezas del jardín. Me entretuve en el parque deambulando por el costado accesible de la casa. Era muy temprano. Gracias a eso, no me topé con nadie a quien llamase la atención mi comportamiento por demás extraño. Resultaba exagerada la altura de los balcones, sólo en puntas de pie se podía vichear. Las persianas estaban desvencijadas y pude, así, mirar entre algunas tablillas que faltaban. Mi asombro iba en aumento mientras recorría con los ojos desorbitados las habitaciones desnudas: ¡Ni muebles ni gente, nada, nadie! Luego vi el patio interior a través del último cuarto. Se asomaba limpio, con sus pérgolas vacías y sus arriates de arena expuestos al sol. De todos modos, en el salón principal nada había variado. Este no participaba del extravagante juego, ¿o no era un juego? Su austera prestancia se ofrecía sin modificaciones. Los amplios vitrales descubiertos lo mostraban a simple vista. También el frondoso jardín donde ahora me encontraba, mantenía su irresistible encanto de ayer por la tarde. Mi desconcierto crecía a pasos agigantados. ¿Cómo catalogar lo ocurrido? ¿Qué significado darle? Al parecer, todo había terminado. De modo que, si no estaba allí la respuesta, lo prudente sería abandonar el lugar y olvidar para siempre aquellos absurdos acontecimientos. No resultaba fácil iniciar la retirada. Crucé la calle con la intención de alejarme. En la acera opuesta cambié de idea: Me propuse investigar la menor anormalidad que fuese capaz de sugerirme algo. Los minutos pasaban sin que nada se mostrase diferente a las costumbres de cualquier barrio residencial desplazando lánguidamente sus primeras horas del día: Niños escolares. Los suficientes automóviles. Algunos perros ladrando detrás de los portones. Dos mucamas apoyadas en sus escobas en plena charla matinal. Caballeros de traje y corbata rumbo al trabajo. Un vendedor de periódicos. Y yo. Yo, al acecho... ¡Estoy perdiendo el tiempo!, recapacité. En mi reloj las manecillas me señalaron las ocho en punto de la mañana. Si continuaba en esa estúpida actitud de espera, mi cita se malograría. ¡A buena hora!, sonreí. Total, no tengo ganas de eso... De súbito, sentí que un sistema de atracción desconocido, poderoso; proyectaba sus ondas sobre mí. Apaciblemente, sin ofrecer resistencia, fui otra vez hacia la puerta. No tuve necesidad de abrirla, ésta me esperaba desplegada y acogedora. Pasé al interior. Como de costumbre, no había nadie allí. Sólo el inhóspito y gran salón con aires de monasterio. Sin entretenerme, lo dejé atrás. Abrí la puerta que me interesaba. No me distraje, avancé... Sonó un golpe seco a mis espaldas. Como despertando de un profundo sueño, giré en busca del ruido. El eco descabellado hacía su ronda entre las nebulosas de mi cerebro. ¿Qué causa lo hizo posible en ese lugar que, justamente, se destacaba por su aterrador silencio? Por lo visto no existían reglas en aquel sitio. Las cosas sucederían cuando menos se las esperase: Recostado en la puerta clausurada, el chico se balanceaba con gesto socarrón. ¿Deseas asustarme?, le pregunté con la voz calmada. No tienes necesidad de cerrar la puerta; continué en el mismo tono. Yo me siento a gusto aquí. ¡Por eso he vuelto! Al oír mi última frase él me miró con sorna y haciendo un ademán sobrador, me dio a entender que si yo había regresado, no era por mi gusto sino por el suyo. ¿Retornó el silencio?, quise saber. Lo que tengas que decir, dímelo con palabras. Tus modales me resultan desagradables, nada hospitalarios. ¿No piensas que si eres tú quien me trae a esta casa, deberías hacer un esfuerzo y mostrarte un poco más amable conmigo? Nada respondió. Desoyendo mis reproches se dejó tragar por los tablones de la puerta. Mi soledad era espantosa pero bienvenida. No existía un sólo indicio de la presencia de los otros personajes. Como ya conocía el camino circulé por los pasillos interiores, husmeando dentro de las habitaciones vacías, sin falso respeto. Una autonomía que no lograba descifrar, me permitió adueñarme de la situación: Me encargué de abrir todas las puertas y ventanas, para que el aire y el sol se metiesen a su entero capricho en cada cuarto. Me había entregado de lleno a mi tarea de ventilación cuando de pronto percibí que alguien, desde el exterior, contemplaba mis movimientos. ¿Qué respondería yo, si acaso quisiera conocer el motivo de mi presencia en esa casa que no era la mía? La sensación tomó cuerpo. Me acerqué a una de las ventanas para constatar mis sospechas. No vi a nadie y con la tranquilidad recuperada abandoné el balcón, retrocediendo de espaldas, sin dejar de mirar el maravilloso paisaje que acababa de descubrir. Era un magnífico parque que se extendía al otro costado de la casa, en el ala interna. Una larga y blanca muralla lo separaba de la humilde casita vecina. Este jardín era inmenso, muy cuidado. Lleno de flores primorosas, fuentes de mármol, estatuas, árboles y..., ¡lo vi! Sí, allá estaba. En la copa del árbol más elevado. De pie, sobre una plataforma de madera, su inconfundible figura se recortaba entre el follaje. Mientras, con una de sus manos recogía las ramas; con la otra, me llamaba riendo, provocativo. Era él. Sólo ese infernal adolescente podía causarme tantos sobresaltos. ¿Qué nombre tendría? ¿Llegaría alguna vez a conocerlo de verdad? Buscando respuestas, decidí acceder a su invitación y fui hacia él. Cuando alcancé los pies del árbol, ya mi anfitrión estaba en tierra. No lo vi bajar. No sé cómo lo hizo. Sólo recuerdo que usó apenas el tiempo que se gasta en repasar con la mirada esa distancia. Debo aceptarlo así, me impuse como una obligación. Si todo en él era sorprendente, irreal, lo indicado sería admitirlo sin juzgarlo. Yo tenía que evitar a toda costa la angustia que su desatinada presencia me causaba. De modo que lo recibí a mi lado, con afecto, y lo miré de frente: Vestía un traje de terciopelo negro. ¡Privilegiado en su apostura! No podía hacerme a la idea de relacionarlo con cualquiera de los jovencitos que yo solía tratar. Indudablemente perteneció a otra época. ¿A cuál? Primorosas puntillas bordeaban la pechera y los puños de su alba camisa. Los pantalones caían hasta media pierna y se rozaban con las tensas y también blanquísimas medias de seda. Al llegar a sus zapatos, noté que éstos eran de renegrido charol. No hubo palabras de por medio. Otra vez me ofreció su mano..., que no acepté. Nada más que un segundo después, cuando quise darme cuenta, estaba ascendiendo con él, rumbo a la copa del árbol. De alguna forma habíamos subido, aunque nunca podría explicarme cómo. Porque si para su descenso empleó un tiempo ínfimo, todo lo contrario ocurrió en el trayecto de la elevación. Íbamos aterradoramente despacio, con una lentitud horrible, inacabable... Tenía yo la vaga impresión de que estábamos en un ascensor, (esto, por encontrar alguna semejanza) ya que mis pies no se posaban en nada ni mis ojos divisaban vallas que se le interpusiesen... Sentía que luchábamos contra una fuerza casi infranqueable, a la que sin embargo, conseguíamos vencer. Lo más extraordinario era mi indiscutible seguridad de estar viajando horizontalmente. Cosa inaudita, puesto que nos dirigíamos hacia arriba. Abruptamente, la agotadora expedición terminó y los dos quedamos exhaustos. Imaginé que habíamos retrocedido en el tiempo. Tal vez no me equivocaba... Ese calor asfixiante, gracias al cual llegué a sospechar que estábamos encerrados en alguna caja de blindadas paredes, había cedido el paso a una brisa fresca, muy agradable. Y mientras mi extenuado cuerpo reposaba tendido sobre los tablones, yo trataba desesperadamente de sobreponerme. ¡Hojas y más hojas salían a mi encuentro! Por donde mirase, sólo verde espesura... Mi acompañante, quien desde el mismo instante en que tomáramos contacto con aquella plataforma, habíase mostrado inerte, comenzó a cobrar vida. Su recuperación, aunque lenta en un principio, culminó cuando éste, enérgicamente se puso de pie y apartando con ambas manos un sector del tupido follaje, me señaló con arrogancia la casa. Sí, allá abajo estaba la casa abierta de par en par... ¡Con sus salones recargados de bellos atavíos! ¡Cuánto movimiento en el jardín! Una gran muchedumbre de aspecto servicial se afanaba en la decoración del parque. Usaban globos brillantes y guirnaldas de vistosos colores. Comprendí que preparaban una fiesta porque todos andaban deprisa, atareados con los últimos retoques. La casa resplandecía por sus cuatro costados, la tarde empezaba a declinar. Sería por consiguiente, una celebración nocturna. Entonces, pude comprender las galas de mi anfitrión, su atuendo refinado, su apostura. Lo que no entendí, era la marcada diferencia que existía entre esta casa y la que yo conocía. Algo saltaba a la vista: Ambas eran la misma. Solamente que a ésta se la veía distinta por donde se la mirase. El jardín lucía mucho más importante, ¡magnífico! Tenía como ornamento principal un par de suntuosas fuentes de mármol, en cuyo interior, sendos surtidores copiaban la silueta de alguna diosa: Silenciosos chorros de agua cristalina se derramaban eternamente... No faltaban rosales a los pies de cada balcón ni setos de ligustro dibujando complicados laberintos. Y más estatuas: Una gallarda colección de esculturas en tamaño natural, semejaba una jauría de perros dispuestos a la caza... Desde arriba, cada detalle se me ofrecía con claridad. Hasta pude distinguir un minúsculo portón incrustado en la pared lindera, el cual, aparentemente, hacía de nexo con la casita de al lado. Debe de ser la vivienda de la servidumbre, supuse, y seguí observando con meticulosa atención. Había olvidado por completo cualquier otra cosa que no fuese la casa y sus contornos. Y sufrí, porque supe que, con el correr del tiempo, toda aquella belleza se iría perdiendo...
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* De la puerta / Del amo de casa / De la casa / Del otro tiempo / De Nicolás / De las confidencias / De las «Excursiones» / De Felisa / De la biblioteca / Del infinito / De la soledad / De Federico / De la visión / De la Candelaria / Del juego / De la Fotobiogena / De los maestros / De los manuscritos / De mí.
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del portal LITERATURA PARAGUAYA
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PALABRAS EN JUEGO. Autora: YULA RIQUELME DE MOLINAS / Edición digital: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

PALABRAS EN JUEGO
Autora: YULA
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
Edición digital: Alicante :
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Arandura Editorial, 2000.


Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido

ciertamente no habrá cesado el rito.
Como el otro, este juego es infinito.

JORGE LUIS BORGES

A mis nietos.
* Entre los cuentos breves de este libro, hay uno bastante largo que, a pesar de sus incursiones en nuestro fin de milenio, tiene algún toque de leyenda, de saga. Me refiero al que se llama «Aventuras de un monaguillo descarriado». El relato abarca toda una vida, aunque la acción transcurre en una sola noche. Aludiendo al mismo personaje, incluí cuatro pequeñas anécdotas que se desprenden de dicho cuento y que van insertas de manera independiente.
* Cuando empecé a preparar el libro, me surgió la idea de combinar. Entonces, me zambullí entre mis apuntes y me dispuse a la selección. Por un lado, escogí diez cuentos tradicionales que tocan diversos temas. Por el otro, los cinco que narran exclusivamente las andanzas del monaguillo. Ya con el material a punto, comencé a trabajar en la estructura general, en la distribución de espacios... El tiempo pasó entre uno y otro detalle y así, «PALABRAS EN JUEGO» llegó a la imprenta. Y a tus manos. - Y.R.M.
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CANDILEJAS
. Clara Luz nació predestinada. Con el sello fatal de lo irremediable. Con el signo inequívoco de la estrella fugaz... Justo en el momento en que su madre la echó al mundo, el sol del mediodía se apagó por completo. La esfera de fuego se convirtió en una mancha oscura y rodó por las calles su sombra violácea. Se metió en la casa furtivamente. Y se amorataron la alcoba, las sábanas, la niña... El color azulino en la piel de la recién nacida, movilizó a la comadrona con la urgencia de un caso complicado. A los apurones, le soltó el cordón umbilical. La niña, lívida, parecía muerta. ¿Estará muerta?, dudó la mujer al no escuchar sus latidos en el corazón. Y se largó a gritar llamando a cualquiera. En medio de la incertidumbre y el susto, pidió agua caliente, frazadas, fogón, un médico de inmediato y temerosa, calló la fatídica sospecha. Cada cual hizo lo que le mandaba su conciencia. La abuela, por si ocurriese lo peor, la bautizó con el agua del socorro. El padre le puso de nombre Clara Luz: «para ahuyentar los espíritus de las tinieblas», explicó. El chiquilín de los mandados voló a buscar al doctor. La sirvienta se vino con dos mantas de oveja, una jofaina lanzando humo y después, aventó las leñas de la salamandra junto al canasto de puntillas y almidón en los voladones. La madre gemía acurrucada, frágil, en pacífica actitud. Su impotencia la cubría de olvido. ¡Ni se fijaban en ella! El cuidado, el desvelo, se lo prodigaban a Clara Luz. La partera no la desatendía un segundo. En ese mismo instante, sostenía a la niña en el aire. Agarrada de los pies, la impulsaba en agitado vaivén y le daba palmaditas enérgicas para que llorase, ¡y no lloraba! Entonces, la tendieron arriba de un almohadón y allí permaneció inmóvil, tan blanda como el cojín de plumas. No respondía y su público la contemplaba expectante. La noticia había circulado por el vecindario con la velocidad que se imprime a los episodios curiosos. Nadie podía predecir las consecuencias de un alumbramiento en eclipse de sol. La mera intención de analizar el riesgo de aquel percance, originaba el caos. Lógicamente, se hacían apuestas, surgían polémicas. Y no faltaron los vaticinios calamitosos, las proposiciones disparatadas... Y fue ahí cuando el padre, en su desesperación, apuntando un reflector de cien bujías se lo enfocó en el rostro. Clarita sonrió al conjuro de las luminarias. Abrió los ojos enormes y a todos devolvió la mirada. La mirada desenvuelta de Clara Luz asombró a la muchedumbre que llenaba la habitación. Levantó las manitas azules en gesto de saludo general. La concurrencia ovacionó frenéticamente el portento. Clara Luz movió la cabeza de aquí para allá y repitió la sonrisa, ahora, consentida, vivaz: ¡había ganado el primer aplauso de su vida! Y llegó el médico. Con la premura de la circunstancia y a la vista de los vecinos, la auscultó en detalle. Al cabo del examen, ordenó que no molestasen a la niña y que despejaran la pieza sin demora. Aguardó a que se cumpliesen sus instrucciones y luego dijo a los familiares: es una chica sana, no corre ningún peligro, ese tonto prejuicio en contra de los eclipses de sol y el mal agüero que traen consigo, es nada más que habladuría popular, sin fundamento científico. Mientras así opinaba, escribía en su recetario las indicaciones concernientes. Entregó la hoja a la madre, la felicitó y se marchó a través de la siesta oscurecida. Pero los eclipses no son eternos y el sol volvió a brillar a su debido tiempo. La penumbra morada se fue del cuarto y Clarita se puso tan blanca, como el ombliguero de gasa que se lo anudaron a la cintura para darle su baño inicial. La comadrona se arremangó el guardapolvo y a medias, introdujo a la niña en la palangana. Por la pendiente fugitiva de su espalda, las aguas corrieron precipitadas y también los años... De un salto, Clara Luz abandonó la tina y envolvió su cuerpo desnudo, sensual, en la toalla de felpa y listones de raso. Flexionó sus largas piernas haciendo piruetas sobre la alfombra peluda. Sacudió con donaire sus cabellos muy cortos. La coronaban pequeños caracoles negros. Ella hundió sus dedos entre los rizos mojados y se frotó las sienes para borrarse la idea fija... Sin detener sus activos movimientos, Clara Luz dejó caer la toalla. Cesaron los masajes y destapó el frasco de aceites esenciales. Se lo derramó en la palma de su mano derecha. Las gotas aromadas impregnaron el ámbito. Ella aspiró en repentino éxtasis y suavemente, acarició su piel, se la untó con el bálsamo perfumado de rosa y canela. Buscaba aflojar sus tensiones, serenarse. Era día de estreno y a Clara Luz la dominaba su inquietud. A pesar de todos sus triunfos, la primera función siempre le producía ansiedad. Un testarudo presentimiento la colmaba de angustia. Le anunciaba un fracaso inminente... Y conste que sólo aplausos había cosechado desde que pisó las tablas. No obstante, una horrible pesadilla la perseguía... Su pálpito le anunciaba que, al término de una esplendorosa noche de estreno, dejaría el teatro avergonzada. Se veía escapando de la crítica severa de sus espectadores. Transitaba un callejón desconocido, sombrío, mortecino... ¡Sin candilejas! ¿Cuándo, cómo y por qué? Ésa era la gran incógnita de Clara Luz. Aunque tal vez, ella se engañaba y sería lento el declive... Eso podría suceder. Pero su visión le mostraba un brusco desenlace. Sumida en sus conjeturas, vistió unos pantalones sencillos, camisa de muselina, zapatos informales y a cara lavada, marchó rumbo al teatro. Colgado al hombro llevaba un bolso con los bártulos y cosméticos de costumbre. Llegó temprano. Quería pasar por el vestuario sin prisa. Tenía que retirar el traje de época y los accesorios que usaría esa noche. Como había decidido probárselos meticulosamente, era necesario contar con minutos a favor. Se metió en la garganta del coliseo. La ropería ocupaba un salón profundo y angosto. Escasas lamparillas lo iluminaban. Su particular aspecto infundía una mezcla de respeto y miedo. Clara Luz se armó de valor y avanzó... Una legión de personajes descabezados la recibió. Ellos se formaban en línea recta y estáticos, permanecían en sus armazones de madera, trapo y aserrín. Ella los fue saludando de uno en uno, hasta toparse con la dama vestida de terciopelo y mantón veneciano. Lo desnudó al maniquí y se llevó las prendas a su camerino. Cerró con llave la puerta. De lo contrario, la invadirían sus amigos de la farándula, los muchachos de la prensa, algún directivo de otra compañía con locuaz oferta e infaliblemente, su séquito de admiradores... Le gustaba ser halagada, ¿por qué no?, aunque en situaciones como ésa, añoraba el silencio de un claustro. Ella necesitaba estar sola antes de entrar a escena. Por eso no admitía asistentes, ni peluqueros y afines. Clara Luz prefería, en persona, controlar sus vestidos, su maquillaje, sus adornos... Sin interferencias deseaba repasar concienzudamente el libreto, declamar su parlamento en voz alta, entregarse en cuerpo y alma al contacto íntimo con el personaje a ser interpretado. Y por supuesto, la soledad también era la fórmula ideal para librar su batalla diaria contra el signo maldito. Cuando con mayor frecuencia lo enfrentara, lograría quizá la victoria. A eso estaba dispuesta. Y se preparaba para eso. Ella sabía de su nacimiento en eclipse de sol. Y esperaba el devenir del ocaso. Sin embargo, segura declaraba que no se resignaría a perder su condición de estrella, su fama adquirida laboriosamente. ¡Si es necesario empezaré de nuevo! ¡Quince años de actuación no se tiran porque sí, al cesto de los desperdicios!, exclamó enardecida. ¿Qué haría en un futuro sin candilejas? ¿Qué haría?... De pronto, unos toques de nudillo en la puerta la llamaron a escena. Se miró a su espejo con marquesina de luces, se retocó la falda, el corpiño ajustado, el manto, y ciertos bucles rebeldes que asomaban del rodete postizo. Desalojó el camarín. En el pasillo desierto retumbaron las suelas de sus botines de utilería. Llegó. Ensayó un ademán virtuoso y salió a representar a Desdémona, la mujer de Otelo. Las candilejas proyectaban sus rayos incandescentes en el proscenio. El telón de pana rojo escarlata se replegaba en frunces de punta a punta. La luna de papel se columpiaba entre las bambalinas. Clara Luz se movía a sus anchas sobre el tablado. Su lucha cobraba fuerza en cada gesto, en cada palabra... Acabó el último acto. El auditorio se agitó en vítores y ovaciones. Ella respiró con alivio. Una vez más, había superado el estreno y en este caso concreto, la furia asesina del Mercader de Venecia, el marido celoso de la fiel Desdémona. Estaba satisfecha, logró compenetrarse al máximo con la heroína de Shakespeare. La sangre le hervía a borbotones. Un tifón caliente se alborotaba en sus venas a punto de estallar. Podía sentirse orgullosa de sí misma, pero, ¿hasta cuándo?, se preguntó. Aún no es el tiempo, dedujo y complacida, se inclinó ante su público para agradecer los aplausos. Se inclinó, se inclinó un poco más todavía. Sí, ¡hasta besar las tablas! Las candilejas comenzaron a eclipsarse... La rueda del destino giraba impasible hacia adelante... Después, la recogieron del suelo. Blanda, azul, sin latido.
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LAS PRIMAS
. Una sabía barrer, la otra planchar, la otra guisar, la otra fregar... y todas, sabían abrir la puerta para ir a bailar. Menos Rosario. A ella le carcomía la amargura desde que una semana antes de la boda, su querido Abelardo se marchó con Guillermina. En el joyero quedaron ocultos el cintillo de compromiso y la alianza de oro. Envuelto en papel azul y bolitas de naftalina, envejecía sin estreno el vestido de novia. Rosario se había prestado al engaño como una tonta y quizá por eso, nunca logró superarlo. Era la más linda entre las primas y fue la primera en conseguir novio. Un novio serio, de serias intenciones. Con mucha seriedad lo aprobaron en serie. Todos de acuerdo. Pero la monotonía doméstica se desmoronó de improviso: cual ráfaga incandescente, surgió Guillermina en la casona gris. Con sus caderas movedizas y su picardía, sacudió el aire santo en los corredores. Y tras meriendas en el parque y tertulias en la terraza, se hizo con el amor de Abelardo. Nadie lo notó, hasta que sobrevino la fuga. Guillermina era la prima del campo y con ese cartel, se había ganado la confianza familiar. Dejó el pueblo con el supuesto deseo de estudiar en la ciudad. La parentela en pleno la recibió complacida. Las primas le ofrecieron el ropero, los tíos el bolsillo... Y se metió en la rutina de los Blasco y Núñez, sin avisar que portaba el germen de la tragedia. Rosario simpatizó con Guillermina, la tomó bajo su tutela y la hospedó en su alcoba. A la muerte de sus padres, Rosario había heredado el lecho matrimonial de los difuntos. De manera que compartió con la prima del campo, su cama, su espacio... La casona sumaba numerosas habitaciones, aunque la mayoría, repleta de muebles desvencijados. Por gracia o desgracia de su orfandad, contaba Rosario con aposento propio. Las primas restantes, que eran cuatro señoritas en edad de merecer, no tenían más remedio que acomodarse en la pieza que sobraba en el ala izquierda. Del lado derecho, vivían los tíos, las tías, el gato de angora, un poeta romántico de dudoso parentesco y aspecto delirante, y la pequeña bisabuela que parecía de juguete, por su blancura de talco, su pelo de algodón, su delantal de muñeca. Estos personajes de varietés copaban el escenario de los Blasco y Núñez. Guillermina se les agregó una mañana, cuando estaban desayunando plácidamente. Entró por la puerta de servicio y todos pensaron que era la mucama nueva. Traía consigo una valija de cartón y un bolso deshilachado. Las primas ni la miraron. Con pocas ganas, la tía Clotilde se levantó de la mesa, la aferró del hombro y se la llevó al cuarto del fondo. Por el camino, Guillermina le corrigió el desliz. La tía pidió disculpas y regresaron al comedor. La presentó en voz alta para llamar la atención. Rosario tomó la iniciativa y le dio la bienvenida. Los demás la imitaron y al minuto, se aclaró el malentendido. Así, de golpe, irrumpió Guillermina en la vida cotidiana de los Blasco y Núñez. Las primas, solidarias, se pusieron en campaña para adaptarla al medio, al modo y a la moda. Teresa blandió las tijeras y le cortó las trenzas. Juliana le subió el ruedo de la falda. Fernanda le depiló las piernas y también las cejas en forma de medialuna. Sofía le pintó la cara con sus coloretes. Rosario la calzó con sandalias de tacones y la condujo a la sala para que Abelardo la conociera. Abelardo abrió los ojos, la boca, los brazos... Y abrió igualmente el corazón, pero de esta abertura, ni una palabra, ni un solo gesto. Y la fortuna cerró el cerco. Y en el huerto apacible de la casona, la fruta del manzano empezó a lucir para el futuro consorte. La pobre Rosario, al cabo de la jornada, quedó peripuesta y sin novio a un pasito del altar. Ésa fue la catástrofe que ocurrió después. Después de que pasaran dos meses en dulce armonía las primas y Guillermina. Durante ese tiempo, ni un falsete hubo que hiciera presagiar la traición de Abelardo. El novio se portaba maravillosamente. Aparecía con más frecuencia, más temprano, más desenvuelto, más obsequioso, más perfumado. En fin, cada hora que transcurría, más y más aumentaba el cariño de Rosario por Abelardo. Y claro, con tantas demostraciones, ¿cómo no sentirse halagada una futura esposa? Rosario, con entusiasmo, iba a la modista, al peluquero, a la florería, a la iglesia... Se probaba los tules, el peinado. Ordenaba el ramo, las amonestaciones. Al trote circulaba de aquí para allá y al prometido lo atendía Guillermina, que para eso era la prima mimada de Rosario. Y le usaba el peine y los ruleros en la maraña de su melena. Y bueno, Guillermina, por servicial se merecía estas concesiones. Jamás descuidaba los gustos del pretendiente. Una torta de chocolate o un refresco de naranja con mucho hielo y muchas sonrisas, hacían las delicias del paladar; a la vez que el traqueteo sensual de sus caderas, caldeaba de inmediato la sangre de Abelardo. Los tíos, que cierta «experiencia» tenían, alguna cuestión intuyeron, al ver a la prima del campo actuar como cabaretera y reír como descocada, mientras cumplía el cometido de entretener al primo político. No obstante, callaron al respecto porque el casamiento estaba próximo y se les antojaba muy justo que Abelardo se fuera despidiendo de la vida de soltero con el mayor provecho. En esas reflexiones andaban, siempre que Rosario llegaba a la casa. Distraída, sin dar la menor importancia a los infieles, ella cruzaba el parque entonando la marcha nupcial. Guillermina y Abelardo interrumpían el coloquio y la miraban pasar con el temor de la culpa. Sin embargo, a Rosario se la notaba tranquila: Abelardo gozaba de grata compañía, mediante el aporte generoso de Guillermina. Y fue así cómo los estudios de la prima del campo tuvieron que posponerse para luego de la ceremonia religiosa. Permanentemente, Guillermina se diligenciaba con el pedido de la novia: evitar que el futuro marido se aburriese. En tanto, Rosario se encargaba de activar los preparativos. Esta complicada faena requería dedicación, empeño; incluso favores... Guillermina había aparecido en el momento exacto. Rosario, ignorando el peligro, dejó en poder de la farsante a su idolatrado Abelardo. El tropezón era inevitable, teniendo en cuenta los apremios y la falta de ayuda que por huérfana, soportaba la novia. Asimismo, el corto plazo para la boda exigía premura. Y sí, la fecha se acercaba. Y Abelardo se alejaba... Ninguno se percató de que una siesta, cuando Rosario y el gato echaban un sueñito y las primas se habían ido al colegio, Guillermina atravesó el jardín con su maleta de cartón. Abelardo la aguardaba a la vuelta de la calle. Tomados de la mano partieron con rumbo desconocido. La bisabuela fue la única que los vio marchar, mientras su blancura de talco se derretía bajo el sol. Justo ese lunes, Rosario había exagerado con el ajetreo. Cayó rendida de cansancio. Se durmió. Y sin querer, dejó a la anciana plantada en la terraza. Sentadita en su silla de ruedas, la bisabuela controlaba el vecindario con sus binóculos de carey. Eso le permitió ser testigo de la terrible humillación de su familia. Apenas despertó Rosario, la bisabuela se apresuró a contarle la historia. Rosario la escuchó con el pensamiento en otra parte: hacía tiempo que la vieja decía pavadas solamente. Y regresaron las primas del colegio. Y los tíos de la oficina. Las tías, que habían salido de compras, acudieron con retraso y cargadas de paquetes. Y Abelardo no llegaba. Guillermina tampoco. Rosario se acordó de la bisabuela y le pidió que repitiera su versión. La anciana, perdida en el laberinto de su memoria, le relató un percance de juventud y se largó a llorar desconsoladamente. Secaba sus lágrimas con su delantal de muñeca. A Rosario le asaltó una duda y se fue directo a su alcoba. Buscó la valija de Guillermina y demás pertenencias. Nada encontró. El vacío aterrador le iba señalando la magnitud del ultraje. Llamó a las primas con gran alboroto. Fernanda, Juliana, Teresa y Sofía se plegaron al escándalo y lanzaron gritos indignados. También el poeta romanticón se unió a las primas. Con su más puro estilo melodramático, a grandes voces, declamó un soneto para el olvido. Rosario enmudeció de golpe y acusó el impacto. No se volvió a mencionar el asunto. La rutina de los Blasco y Núñez siguió adelante. Las primas terminaron sus estudios y continuaron alternando con la escoba y el jabón, la plancha y las cacerolas. Cada sábado por la noche, pintarrajeadas y maduritas, abrían la puerta para ir a bailar, menos Rosario.
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EL SEÑOR DE LA FARMACIA
. Domingo en Buenos Aires. Agosto ventoso. Mediodía sin sol. La señora vaciló. Miró atrás. Miró su reloj de pulsera. Miró las hojas secas que revoloteaban en el sendero de la plaza. Pero no miró hacia el costado derecho. Por allí pasaba, en ese preciso instante, el señor de la farmacia. Ella lo había visto avanzar desde lejos. Y se impresionó como una chiquilina tonta. Y lo evitó a propósito. Él iba distraído y ni cuenta se dio. De lo contrario, se hubiese detenido a saludarla, charlarían... ¿O no? Le contestó su propio silencio. En realidad, desconocía la versión doméstica del farmacéutico. Por primera vez lo había encontrado fuera de su entorno medicinal y para colmo, ¡a una hora imprevista! Se desconcertó. El episodio no cabía en la mente de la señora solitaria, propensa a divagar... A lo ancho de sus sueños, ella forjaba proyectos de a dos. Quería huir de su soledad. Y claro, en la supuesta compañía del señor de la farmacia, ensayaba diversas escenas. Sin embargo, nunca en la plaza, con ventarrón y palomas de fondo. Sus personajes actuaban dentro de la farmacia. Él, con guardapolvo largo, blanco, impoluto, rodeado de ampollas y jeringas de vidrio aséptico, tubos y botellitas de amplio espectro. Ella, blusa de seda, tacones altos, labios rojos, perfume de sándalo. Nadie más que ellos. La hora indicada: muy tempranito por la mañana. Definitivamente, el encuentro a destiempo la sorprendió. Y fue entonces cuando vaciló. Y se ruborizó. A menudo se complicaba con su timidez. La inseguridad le restaba soltura. Por esa razón, sus improvisados coqueteos con el señor de la farmacia habían caído siempre en rotundo fracaso: ¡él no se daba por aludido! Pese a que con sospechosa frecuencia, desde que se mudó a ese barrio, la señora hacía sus compras de remedios y afines o cualquier otro objeto de dudoso provecho en la botica de la esquina. Y curiosamente, ni los repetidos ensayos la animaban a utilizar sus encantos. Con cuentagotas la señora administraba al boticario una dosis mínima de gracia. Por lo visto, ineficaz. No obstante, ella se retiraba de la farmacia emocionada, en plena turbulencia el corazón. Luego, atravesaba la plaza y la calle y se metía en su edificio, en su departamento del séptimo piso. Se sacaba el vestido, los zapatos, las medias. Se dejaba las ligas de encaje, la ropa interior. Y ante el espejo, examinaba con inquietud su cuerpo avejentado, su línea casi perdida. Inevitablemente se comparaba con el señor de la farmacia. Lo recordaba pulcro en exceso. Flaco, alto, con un solemne resplandor en sus gafas de armazón de oro. Ella no era capaz de sostenerle la mirada y confusa, ponía los ojos en los escaparates. Señalaba un rollo de venda elástica, unas tijeras quirúrgicas, un frasco de aspirinas y sin preguntar el precio, compraba. A los apurones, pagaba. Y las cosas iban de mal en peor: además de todos sus defectos, a la señora le resultaba imposible dominar el deseo... Por supuesto, en presencia del farmacéutico, era cuando menos lo conseguía. Al verlo así, ajeno, remoto, abismado en su ambiente sanitario, se descontrolaba. Con el gesto altivo y el porte impecable, moviendo las manos como si fuese en cámara lenta sobre el mostrador, el señor de la farmacia empaquetaba el pedido de la señora. A ella le atacaba una urgencia singular cada vez que se le aproximaban los puños almidonados de la bata blanquísima, el anillo esplendoroso, las uñas de punta roma extremadamente limpias. Y en la cumbre de su ofuscación ideaba una escena de amor ardiente, pero en el momento del gran apogeo, los dedos estériles rozaban su piel... Entonces, en medio de aquella higiene desmesurada, se le aplacaba la fiebre y suspendía el juego. No aguantaba la farsa y se iba. Así pasaron los meses. Se cumplieron seis. Nada cambió con el cruce fugaz del señor y la señora en la plaza. En apariencia, todo lo echó a perder el desconcierto. Y aunque era evidente que el encuentro fue un toque de vigor, una fuerza que podría ayudarle a superar sus problemas, ella no lo aceptaba todavía... Y se precipitaron los acontecimientos: esa misma noche, a las nueve, la señora regresaba del centro. Había ido al cine, sola como todos los domingos. Ya en Palermo, subió las escaleras y abandonó el subterráneo. Se plantó en la esquina. La farmacia de puertas cerradas la recibió oscura, silenciosa. Únicamente, se filtraba por las rendijas el olor característico que la delataba: cápsulas de vitaminas del complejo B, alcohol rectificado, linimento, jarabe de eucalipto y también, ¿por qué no?, la colonia de lavanda inglesa que usaba el farmacéutico. Aquellos efluvios la inundaban de una nostalgia inexplicable. Aspiró desolada en la penumbra. Las dos vidrieras paralelas arrojaban una suave claridad. El reflejo iluminaba apenas la placa verde, circular, y la cruz blanca con el nombre de la farmacia en su interior. La señora se sentía triste sin saber por qué. Para eludir sus pesares caminó hasta el kiosco, eligió una revista y entró en la plaza. Llegó hasta el farol más radiante, se sentó en su banco de costumbre, hojeó la revista. En la segunda página vio el anuncio publicitario de un medicamento. Y se acordó del señor de la farmacia. Y trató de adivinar dónde estaba cuando no estaba en la farmacia. El enigma la sofocó. Se quitó los guantes, los metió en la cartera. Tuvo frío, escondió las manos en los bolsillos de su tapado gris. Añoró el calor del mediodía cercano. Quiso revivir el encuentro prodigioso, corregir su estupidez. ¡Era imposible! Se levantó resignada, anduvo un trecho y salió de la plaza. Atravesó la avenida. Indecisa, sacó las llaves, guardó las llaves. Esquivó su edificio y se corrió una puerta más allá para tomar café en el boliche de al lado. Empujó los cristales de vaivén y se integró al humo, a la bohemia, al tango de la guardia vieja que lloraba en el bandoneón. Vacía, sin prisa, sin ilusiones, se acomodó junto a la ventana. Cruzó las piernas y con un pie siguió el compás arrabalero. Sufrió de soledad. Los arpegios rebotaban en las paredes y el eco multiplicaba el llanto de las madreselvas. El mármol baldío de la mesita acentuaba su desamparo. La señora hizo lo justo para ahuyentar las penas, pero tropezó con todos sus errores. El desaliento ganaba terreno... Con desesperación evocó al señor de la farmacia. Su silueta respetada, inalcanzable, se perdía a lo lejos... Le dolió la distancia. Una honda melancolía la iba acorralando... Se puso en guardia. Distendió el ceño. No permitiría que más arrugas invadieran su cara y su alma. Le agregó bastante azúcar al café y lo revolvió cuidadosamente. Bebió. Se le endulzaron los pensamientos. Su amargura cedió. Un suspiro prolongado se dejó escuchar. Ahora, ella se reanimaba observando a través del ventanal. Intentó ponerse a tono con los que paseaban tranquilos por el bulevar. Con los cinco sentidos bien dispuestos ordenó sus asuntos amorosos y en calma, se organizó para la mañana del lunes. Muy temprano visitaría al boticario. Y se cumplirían sus sueños. Con gusto se lanzó a planificar su entrada gloriosa en la farmacia. Aunque surgió el problema inevitable: de golpe, el ánimo se le vino abajo. Se amilanó. Comenzó a dudar: se le hacía difícil predecir la respuesta del farmacéutico a sus requerimientos. La incertidumbre había regresado. De modo que pagó el café y se fue a dormir. No consiguió dormir. Leyó, fumó, sufrió, lloró... No se acostó ni se cambió. El alba la sorprendió en el balcón. Aún lucía su atuendo de la noche anterior. Los canarios trinaban con alborozo en la jaula de bambú. Mientras, la señora vertía lágrimas de impotencia entre geranios y verdolagas. Desorientada, se cuestionaba su absurda postura. No era para menos. ¡Por fin el señor de la farmacia había salido de su ámbito purificado! Ella pudo localizarlo en la plaza como a cualquier vecino, desprovisto del alcanfor, el bactericida, los antisépticos y sin embargo, no lograba recuperarse. El temor a lo desconocido la angustiaba. Tenía que descorrer la estantería de las penicilinas, el tónico, las píldoras, las tabletas de calcio y después, explorar la trastienda, el revés del boticario. ¿Acaso a la señora le importaba el mundo más allá de la farmacia? ¡No! ¿O sí? Confundida, se apoyaba en la baranda y deslizaba sus pupilas brillantes sobre el asfalto. Los escasos automóviles circulaban con sus faros encendidos. Se presentaba un amanecer de cielo nublado, de aire tormentoso. De repente, tuvo ganas de envolverse en los nubarrones, de rodar cuesta abajo... Dobló la cintura sobre la baranda. Se inclinó peligrosamente. Su propio instinto la arrancó del borde y la tendió de espaldas en la cama. Vestida y calzada, se derrumbó como una marioneta cuando cae el telón. La consumían sus miedos. Pero de a poco se fue apaciguando y entonces, recordó al detalle su encuentro en la plaza con el señor de la farmacia. Y al cabo de atar cabos, descubrió que el boticario era un hombre común y corriente. Que sin el guardapolvo inmaculado se lo notaba patilargo, deslucido, con alguna panza y manchas en la camisa. A la vista quedaba su ajetreo de varón maduro. Y tenía el rostro sumiso, la mirada simple, el gesto indefenso, la orfandad a ras de piel. La señora lo aceptó conmovida y esta vez no vaciló. Miró de frente y sin titubeos, salió rumbo a la conquista del señor de la farmacia.
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MONAGUILLO SE DIVIERTE
. Aquel inolvidable mes de mayo, para festejar el cumpleaños de la Independencia de la Patria, inauguraron en la vecindad un parque de diversiones. Según la opinión de los adultos, de dudosa procedencia. Decían que la precaria calidad del equipamiento ponía en tela de juicio la marcha de sus maquinarias. Además, lo menospreciaban porque la ubicación que había elegido no resultaba ser precisamente la adecuada: se asentaba en una desembocadura de calles abierta a los cuatro vientos. De modo que campeaba en el lugar una ventolera desagradable. Y para no quedarse cortos, criticaban la exigua variedad de entretenimientos. Sin embargo, la suma de tantos defectos, no le restaba atractivo a nuestros ojos infantiles. Y más, teniendo en cuenta que el espectáculo de un parque de diversiones, funcionando en el barrio por primera vez, resultaba ser novedad deslumbradora y tentación que no cesa... Desde que lo vimos, rutilante en aquella esquina, con sus bombillas de luces intermitentes y la rueda de Chicago gira que gira contra el cielo estrellado, nosotros no tuvimos reposo. Día y noche, suplicábamos que nos llevaran a conocerlo. El abuelo Gaspar decidió complacernos al cabo de una semana de letanías. Y el domingo a la tardecita, la jubilosa comparsa enfiló rumbo al objetivo de nuestros sueños. Íbamos los siete monaguillos de la gesta del Ángel, el abuelo Gaspar y la negra Eusebia. El tío Roque y el gato, quedaron en casa haciendo la guardia. Llegamos. En total desacuerdo, cada uno quiso tirar por su lado. El abuelo se puso nervioso y nos amenazó con el regreso inmediato. La negra, para solucionar el conflicto, estableció una suerte de programa improvisado. Por riguroso turno lo cumplimos: el gusano loco, el carrusel de los autitos, el látigo... La rueda de Chicago y la Montaña rusa, ¡no! Terminantemente, dijo el abuelo que no. ¡Que no era para niños! Protestando, las pasamos por alto. Y le tocó el turno al tren fantasma. Mis hermanos miraron el túnel tenebroso que se abría en la gruta de cartón. Aprensivos, retrocedieron unos pasos. Me reí en sus narices burlonamente. Se avergonzaron. Después, algo dudosos, aceptaron subir. Tomé la delantera y retiré los boletos con prisa. Temía que ellos se acobardaran y que nuestra aventura se cortara en ese punto. Mediante mi rápida actuación, pronto estuvimos listos para el viaje. Los vagones del supuesto trencito constaban de asientos dobles y encontrados. Cuatro pasajeros cabían a la vez. Mi hermana Lucía se acomodó a mi lado y se tomó fuertemente de mi mano. Los demás hicieron lo propio. El tren pitó, carraspeó y partió. De sopetón entramos en la boca oscura de la caverna. Alaridos de ultratumba nos dieron la bienvenida y en una curva del sinuoso trayecto, un féretro se destapó de golpe: el muerto que lo ocupaba se levantó. La gente gritó despavorida y mis hermanos también. Lucía se apretó a mí y suspiró acongojada. En eso, una tela de araña nos envolvió en sus redes pegajosas... Al compás de fogonazos esporádicos, se perfilaban a la vera del camino princesas descabezadas, animales monstruosos, dragones echando fuego... El olor infernal del azufre quemado hizo una ronda ligera y se fue. Las apariciones oscilaban con ritmo pendular en los recovecos de la cueva maldita. Y al final de la senda, cuando todos (menos yo) desesperaban por emerger a la luz, un esqueleto con quijada fosforescente y guadaña de doble filo, dedicó una reverencia y un adiós a los componentes de la travesía. Y salimos al exterior. Los brazos del abuelo Gaspar y de la negra Eusebia resultaron pequeños para el consuelo que buscaban mis hermanos. Disimuladamente, me aparté del grupo sensiblero y me acerqué a la boletería. Compré un billete para dar otra vuelta en el tren fantasma.
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MONAGUILLO EN EL INFIERNO
. Los siete monaguillos de la gesta del Ángel emprendimos una sigilosa expedición. El destino era el refugio de malandrines que se había instalado en la periferia del vecindario. Al lugar lo llamaban «Añá Reta'i». Según Eusebia, esas palabras querían decir más o menos, «Pueblucho del Diablo». Nuestra niñera Eusebia era traductora oficial de la familia. Ella tuvo que hacer de intérprete, porque el tío Roque había prohibido terminantemente que habláramos en guaraní. Hay que preservar el español de los antepasados, argumentaba con ganas de imponer su voluntad. El asunto a veces nos traía problema, aunque no tanto, puesto que en los casos de emergencia, Eusebia funcionaba como una experta conocedora. Jamás hubiésemos sabido del «Pueblucho del Diablo», si no fuera porque la niñera nos habló del sitio y desató nuestra curiosidad: ese infierno chico tiene fama de reunir a sujetos de la peor calaña; no queda muy lejos de aquí, aseguraba. Tienen que portarse bien, o pido la colaboración de los bandidos para recuperar el orden en esta casa, amenazaba. Su propósito, sin duda, era asustarnos, pero consiguió el efecto contrario: no cejamos hasta metemos dentro del mentado infierno. Varias noches desveladas pasamos para desarrollar el plan. Al detalle programamos la visita y un buen día, cruzamos la mismísima puerta del pueblucho. Descendimos los peldaños de grava curtida en prudencial silencio. Examinamos la zona con mucha cautela. Todo parecía estar velado por una nube oscura, de humo caliente, irrespirable. Su entorno lo demarcaban protuberancias sombrías, húmedas de fango y ceniza. El ámbito esparcía los vapores del averno. «Añá Reta'i» se hundía en la tierra como una zanja abierta a tajo de machete. Entre vuelta y vuelta de un sendero embrollado surgían las taperas de cartón, trapo y tablas. Recuerdo que esa siesta irrepetible, discretamente, nos habíamos escapado luego de almorzar. En cinco minutos accedimos a los dominios de Satanás. Allí estaban en plena puchereada y un olor nauseabundo emanaba de los platos. El caldo espeso, de color indefinido, borboteaba en la olla de hierro. Sobre el brasero destartalado se hamacaba peligrosamente el cacharro. Una jauría de perros famélicos rondaba el banquete. Echaban saliva con la lengua afuera y apretaban el rabo sarnoso entre las piernas. Yo le pregunté a una vieja decrépita qué comían. Ella me dijo escuetamente: bofe. Después, lanzó un escupitajo retinto a mis pies, se rió a carcajadas y se llevó a la boca una cuchara enorme con el viscoso alimento. Eso apenas era el principio y el panorama se presentaba deprimente. Uno de mis hermanos se largó a vomitar y al punto, quiso desistir de la aventura. Lo miramos desaprobando su cobardía. Tuvo que aguantarse y continuar. De ahí en más, en algo se complicó la cosa, pero seguimos adelante con entusiasmo. A diestra y siniestra, sorteábamos criaturas desnudas de la cintura para abajo: sentadas en el barro, dejaban el trasero a disposición de las lombrices. Hombres sucios, barbudos, dormían la mona atravesados en cualquier parte. De pronto, escuchamos un griterío descomunal y hacia allí nos dirigimos. Metidas en una especie de ring improvisado, vimos a dos mujeres corpulentas, de carne fofa y morena. Ambas se liaban en una lucha patética. De acuerdo con los comentarios de esa gente, ellas se disputaban el mismo concubino. A puro arañazos se arrancaban los vestidos rotosos, mugrientos; vociferaban palabras obscenas, se soltaban los pelos a puñados, se pateaban en la boca y se echaban los pocos dientes que les quedaban. Sangraban a chorro por las narices, por las heridas. Aquello era un caos total y de repente, mi hermano, el de las náuseas, cayó redondo al piso. Lo levantamos pálido, sin signos de resistencia: ¡se nos había desmayado en plena función! Estaba claro que allí terminaba nuestra aventura. Cabizbajos, abandonamos el infierno.
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CONFESIÓN DE MONAGUILLO
. Por la siesta, mis hermanos preferían jugar sosegadamente a los trompos, al canje de figuritas... Siempre en el patio del fondo, respetando a los mayores y su mandato insobornable: teníamos prohibido salir a la calle o correr en horas de la digestión. Pero si me dejaban elegir a mí, la cosa se ponía brava: los invitaba a practicar un juego salvaje al que llamé «La mano en la Trampa». Me había inspirado en la leyenda que rondaba nuestro barrio con ese mismo nombre. Un brutal asesinato se había consumado, nadie sabía cuándo, en los confines de una propiedad cercana a la iglesia. Se contaba que todo empezó con la disputa de dos empleados de las oficinas que allí funcionaban. Era gente que trabajaba en la administración de una empresa adinerada. El problema surgió cuando uno de los contadores comenzó a sacar mal las cuentas y a inflar sus bolsillos. El otro lo descubrió y lo amenazó con denunciarlo. Nada lerdo el ladrón, se deshizo de su compañero apenas pudo: lo mató y escondió el cadáver. Pero la prisa y el nerviosismo lo traicionaron. Justo allí se iniciaba la parte que yo había seleccionado para el juego: El caso fue que una mañana, muy temprano, el jardinero hacía la limpieza diaria. En unas de las idas y venidas del rastrillo, éste quedó atrapado en una mano que brotaba de la tierra. El hombre pensó en alguna raíz caprichosa y se inclinó para segarla. El pavor lo dejó quieto y mudo: unos dedos de carne y hueso se enredaban entre los filamentos metálicos. Sólo reaccionó cuando consiguió destrabar el rastrillo y también su lengua. Gritó desaforadamente pidiendo auxilio y en pleno, el personal de la oficina acudió al sitio. La mano afuera hizo de trampa, y el homicidio quedó así descubierto. Los monaguillos de la gesta del Ángel escenificábamos con lujo de detalles aquel terrorífico hallazgo. Para eso, habíamos elegido un guante de cuero color de piel que se guardaba en un arcón detrás del armario. Lo llenábamos de algodón y le cosíamos el puño. Una vez que al guante lo teníamos armado, por turno lo enterrábamos a medias: uno de nosotros se encargaba de buscar el lugar apropiado, y los demás, esperábamos de espaldas que la mano fuese escondida y el escenario dispuesto. A la orden de «¡listo, busquen!», se iniciaba la acción. El primero que daba con el guante era el vencedor, y al minuto se convertía en asesino; entonces, debía enterrar de vuelta la mano... Aunque parecía muy simple el juego, distaba de serlo, porque yo preparaba la escena con un clima denso, saturado de pistas venidas al caso. Para el efecto, fabricaba un espía o un detective con el fin de interpretar los indicios. Generalmente, escogía a mi única hermana para el papel de espía. Ella disimulaba su apariencia de niña simple, con una mantilla española de ricos bordados, botines de charol y un casquete azul marino que había sido de la abuela. Todas las prendas que usábamos para la ocasión se guardaban en la misma caja, detrás del ropero. A la hora de los disfraces, trasladábamos aquel baúl hasta el fondo del patio y lo metíamos en el cuarto de las herramientas. Así entonces, el pequeño habitáculo se convertía en camarín. Y empezaban las caracterizaciones. El anticuado sombrerito dejaba caer sobre la cara de Lucía una tupida redecilla que le cubría el rostro. El detective, por su lado, se empeñaba en el arte de transformarse. Éste podía ser cualquiera de nosotros y surgía de un sorteo previo. Usaba pipa, lupa y capote, al puro estilo de Sherlock Holmes. A continuación, inspirado en el cuello retorcido de las aves que la cocinera mataba para el almuerzo, yo asaltaba el gallinero y cazaba un pollo gordo. Luego de soltarle el cogote, lo dejaba desangrar colgado del mango, cabeza abajo. Después, lo arrastraba de las patas a lo largo y a lo ancho del patio, dejando un reguero de sangre a modo de pista siniestra para nuestro juego. A esta altura de la comedia, alguno de mis hermanos pretendía suavizar el argumento y hacía desaparecer de escena el pollo sacrificado. Yo lo acusaba de maricón, lo expulsaba de inmediato, y el juego continuaba hasta las últimas consecuencias. Era cierto que mis gestiones resultaban en exceso truculentas y que los monaguillos de la gesta del Ángel teníamos que confesar el pecado los domingos en misa de once, pero nadie me quitaba el extraño placer que yo sentía, cuando consagraba mis siestas al juego salvaje.
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* Candilejas / Las primas / El señor de la farmacia / María de las Mercedes / Cuento en blanco / El milagro de azúcar / ¿Te acordás Facundo? / El trapecio / La doña de los gatos / El vuelo y la pluma / Aventuras de un monaguillo descarriado / Monaguillo a la medianoche / Monaguillo se divierte / Monaguillo en el infierno / Confesión de monaguillo.
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