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martes, 13 de abril de 2010

SANTIAGO TRIAS COLL - LOS DIEZ CAMINOS (Capítulo V: Quinto camino) / Fuente: NARRATIVA PARAGUAYA (1980 - 1990)


CUENTO de
SANTIAGO TRIAS COLL
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
.
LOS DIEZ CAMINOS
Capítulo V: Quinto camino
.
Los primeros vientos del otoño comenzaban a desnudar los bosques de encinas. Todos los años por esas fechas me acercaba a la montaña del Montseny, para contemplar el extraordinario espectáculo de una naturaleza mutante, que abandonaba su frondosidad verdosa para teñirse de sienas dorados.
El rocío de la mañana hacía brillar los helechos y humedecía los líquenes, preservando la vitalidad y frescura de una flora menor, que contrastaba con otra majestuosa pero agonizante y nostálgica.
Una alfombra de hojas secas tapizaba los senderos que conducían a masías y ermitas dispersas por doquier. Allí, los campesinos de siempre preparaban la llegada de las estaciones frías, acopiando troncos de leña y hacinando las mieses en los graneros.
Durante aquel día, únicamente en dos ocasiones crucé algunas palabras con pastores de ovejas, el resto del tiempo anduve solo, pensando en mi próximo viaje a Roma.
Dudaba seriamente de que el padre Pelegrí me reconociera, tras veinticinco años de habernos perdido de vista. El fue el último rector de mi etapa de bachiller en el colegio de Puigcerdá. Por aquella época todos sentíamos un profundo afecto y respeto hacia su persona, su buen carácter y paciencia infinita le distinguían de forma particular. Recordé que esas virtudes poco corrientes llegaron a confundirnos en un principio, porque nos parecía vislumbrar indicios de debilidad, pero no tardamos en comprender su especial estilo de mando y nuestro error. A lo largo de dos años no le oí elevar la voz ni una sola vez, su mirada era más terrible que cualquier reprimenda violenta; incluso en las censuras colectivas apenas abría la boca, sólo barría con sus ojos a los presentes dejándonos sin respiración. Tenía una admirable disposición para acercarse a nosotros, su puerta estaba abierta en todo momento para tratar de cualquier cuestión y, si bien, su actitud excesivamente paternal aburría de vez en cuando, creo que todos llegamos varias veces hasta el despacho de este hombre singular, que reía a carcajadas y manifestaba su cólera en silencio.
No dudé en acudir a él cuando me enteré que ostentaba el cargo de Padre Provincial desde hacía tres años, un alto rango de la orden que le situaba sólo por debajo del Padre General.
Tuve que esperar más de una hora en la antesala antes de que un asistente me invitara a pasar a su despacho. Al entrar me encontré con un hombre notablemente envejecido pero más afable que nunca. A pesar de ir contra mis principios y, quizás por una tradición fuertemente arraigada, intenté besarle la mano, sin embargo, él se adelantó con un efusivo abrazo y una sonrisa entrañable.
Después de una larga charla del pasado y del obligado repaso de ambas vidas durante más de dos décadas, entré en el tema que me había llevado hasta allí...
-Desearía una carta de presentación para visitar al Padre General de la Orden.
-¿Al Padre General?, supongo que sabes que nuestra Sede Generalicia se encuentra en Roma.
-Así es, ya tengo el pasaje aéreo para el vuelo de este sábado.
-Y, ¿qué puede hacer por ti el Padre General?
Se trata de un asunto personal que no tiene vinculación alguna con la Orden. En realidad deseo conocerle para llegar a otra persona.
Con cierto sarcasmo me replicó:
-¿Acaso deseas llegar al Papa?
-No precisamente, pero sí hasta alguien del Vaticano.
Tras un corto silencio me dijo:
-No sé lo que te traes entre manos, pero esta vez has tenido suerte porque puedo ayudarte. El Reverendo Padre es un gran amigo y además compatriota nuestro, estoy seguro que te atenderá de la mejor manera.
Al poco rato me entregó una carta manuscrita con el sobre abierto, yo procedí a cerrarla en su presencia, un gesto protocolario que me agradeció con una sonrisa de satisfacción.
-Veo que no has olvidado nuestras enseñanzas.
-Las cosas buenas no se olvidan nunca, ojalá recordara todas.
Creo que se quedó algo desconcertado, dudando si me refería a fallos de mi memoria o a ciertas cosas malas que olvidar.
-Te deseo un buen viaje y no esperes otros veinticinco años para venir a verme, -añadió.
Si espero tanto tiempo imagino que, los dos, nos encontraríamos antes en el infierno.
De nuevo escuché su célebre carcajada, que no había variado con los años.
-Que Dios te conserve el buen humor y te libere de funestas imaginaciones.
Por el camino de vuelta me entretuve mirando el sobre que me entregó el padre Pelegrí. En el dorso aparecía el emblema escolapio con una referencia de la Casa Provincial y, en el anverso, se leía: R. P. Agustín Villalonga Scholarum Piarum. Via degli Scolopi, 31 - Roma, Italia.
Tal como estaba previsto, aterricé en Roma el sábado 31 de octubre. Tenía un largo domingo por delante para caminar perezosamente por las espléndidas avenidas de la ciudad eterna.
Mi hotel se encontraba relativamente cerca de la plaza Venecia, pero preferí esperar al día siguiente para iniciar mi recorrido. La luz comenzaba a declinar y una llovizna persistente ensombrecía aún más la ciudad, por lo que dediqué mi tiempo a buscar un restaurante para cenar. Acerté a dar con uno muy acogedor.
El domingo amaneció con el cielo encapotado, pero afortunadamente no llovía. Llegué caminando hasta la Plaza Venecia y permanecí más de una hora recorriendo el monumento a Víctor Manuel II. De allí me dirigiría por la vía del Foro Imperial hasta el Coliseo, atravesando el núcleo principal de la antigua Roma. No dejó de sorprenderme la notable concurrencia de turistas en temporada baja. A primeras horas de la tarde regresé por la Vía dei Cerchi hasta el Capitolio. Cuando el guardián de la Pinacoteca Capitolina invitaba a los asistentes a retirarse de los recintos, no salía de mi asombro al comprobar las horas pasadas sin apenas darme cuenta. Las obras de Dosso Dossi, Tintoretto, Veronese, Parmigianino y Guercino, me acompañaron inolvidablemente hasta el final de aquel domingo.
Al anochecer estaba extenuado, había permanecido sin sentarme por más de nueve horas, caminando varios kilómetros.
Eran poco más de las ocho de la mañana del lunes, cuando llegué en taxi a la Sede Generalicia de la Orden Escolapia. No estaba completamente seguro que el Padre Villalonga me recibiera aquel mismo día sin haber concertado una cita previa, pero tenía la esperanza de que las líneas escritas por el Padre Pelegrí, fuesen lo suficientemente cálidas y comunicativas como para no demorar la entrevista.
Las puertas de la casa central de las Escuelas Pías se encontraban abiertas de par en par. Fui recorriendo el amplio vestíbulo que apareció tras el umbral hasta percibir una sotana que corría presurosa hacia un despacho de la planta baja, salí a su paso para preguntarle dónde se encontraban las dependencias del Padre General y me contestó que me informarían en la planta superior. Sentí un gran alivio cuando la hermana me entregó la carta al Padre Villalonga, me anunció que éste me recibiría aquella misma mañana.
Reverendo Padre General.
La besé la mano.
-¿Qué te trae hasta aquí, hijo?
-Ante todo gracias por recibirme, el Padre Pelegrí ya me aseguró que no tendría problema alguno para llegar hasta usted.
-Al parecer, el Padre Pelegrí te tiene un especial aprecio, me comenta en su carta que fuiste su alumno.
-Más concretamente él fue mi rector en los dos últimos años, que pasé, como alumno, en las Escuelas Pías.
-Conozco bien nuestro ex colegio de Puigcerdá, fue una lástima que la Orden dejara de educar en tan entrañable lugar. Ahora es un centro laico.
-Lo sé Padre, no hace mucho estuve por allí.
-Pero dime, supongo que no has venido hasta Roma sólo para verme.
-La verdad es que usted puede ayudarme en algo muy personal, pero antes desearía consultarle algo.
-Te escucho.
-Imagino que, por su proximidad a la administración vaticana, conoce bien sus interioridades.
-Conozco lo que todos conocen, en realidad sólo tengo contactos asiduos con la Sagrada Congregación para Religiosos e Institutos Seculares, de cuya prefectura dependemos.
-¿Sabe acaso quién redacta las alocuciones papales de las catequesis de los miércoles?
-No hay responsables fijos, pero normalmente los principales estilistas se encuentran en la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe.
-¿Conoce al principal responsable?
-El Prefecto que gobierna esta Congregación es Su Eminencia Carlo della Hoya... ¿a qué viene esta pregunta?
-Porque justamente tengo algo que entregarle y supongo que sería imposible que llegara puntualmente si lo hago en persona. ¿Usted le conoce Padre?
-Por supuesto, le veo al menos una vez por semana, además tenemos allí un querido compatriota, filólogo nato, que se encarga de las traducciones hispano-italianas y viceversa. No sé si te suena el nombre de Belarmino Fernández.
-Para ser sincero le diré que no le conozco, pero si me permite, escribiré en este sobre el nombre del destinatario.
De mi portafolios extraje un voluminoso sobre tamaño carta y pedí al Padre Villalonga que me deletreara el nombre de Carlo della Hoya. Una vez escrito en letras mayúsculas, deposité la carta en frente suyo. Luego le dije:
-Este es el servicio que pido al Padre General, entregar en mano esta misiva.
-No tengo inconveniente en hacer de cartero, pero creo que podrías haber encontrado métodos más sencillos.
-No lo interprete como arrogancia si le digo que, algún día, comprenderá lo importante que fue la entrega de este mensaje por su propia mano. De cualquier forma le garantizo que ello no le compromete lo más mínimo.
-Veré lo que puedo hacer por ti.
Consultó con su agenda y procedió a marcar un número telefónico. Al rato se escuchó:
-Quisiera hablar con el Padre Belarmino Fernández un instante después prosiguió- Belarmino, tengo una carta supuestamente confidencial para Su Eminencia Carlo della Hoya, ¿sería posible que llegara a su poder de forma inmediata?... bien, muchas gracias, la encontrarás en la valija diaria que saldrá dentro de una hora de la Orden. No olvides reclamarla en la prefectura de la Congregación para Religiosos e Institutos Seculares, porque el hermano Ismael depositará allí el contenido completo de la valija como de costumbre... Dios te bendiga Belarmino.
-Muchas gracias Padre, no sé cómo agradecérselo.
-Espero que todo esto tenga algún sentido y no se trate de alguna excentricidad, porque te aseguro que sin la firma del Padre Pelegrí no hubiese movido un dedo.
-Sin duda Padre. Ahora, quisiera preguntarle algo más.
-Adelante.
-¿Conoce por casualidad a Monseñor Tondo?
-¿Monseñor Enrico Tondo?, y ¿quién no le conoce?, es uno de los cerebros de la Iglesia, precisamente ahora está aquí en Roma.
-Pensaba que residía en Berna permanentemente.
-Normalmente sí, él es el titular de la Arquidiócesis de la capital suiza, pero hace una semana que anda metido en la prefectura de Asuntos Económicos del departamento de Oficios del Vaticano y no levanta cabeza.
-¿Tiene algún problema?
-Lo ignoro por completo, pero se rumorea que su presencia tiene relación con ciertos intereses que él manejaba y sufrieron un duro golpe en los recientes acontecimientos de la bolsa de Nueva York... ¿Conoces a Monseòor Enrico Tondo?
-No, pero me agradaría conocerle.
-Si pretendes usarle para negocios del mundo, pierdes el tiempo, Monseñor es un soldado de Cristo.
-Nada más lejos de mi intención y mis posibilidades.
-Entonces, ¿por qué te interesas por el?.
-Sólo por pura curiosidad, creo que algún día hablaremos de Monseñor Tondo como alguien brillante, pero muy mal tratado por una circunstancia impuesta que le tocó vivir.
-No te comprendo.
- No es necesario por ahora Padre... si asiste usted a la catequesis del miércoles, tendré mucho gusto en saludarle de nuevo porque allí estaré.
-¿Cuándo regresas a España?
-Es probable que a finales de esta semana o a comienzos de la que viene.
-Bien, si tienes ocasión de ver de nuevo al padre Pelegrí no olvides saludarle de mi parte.
-Lo haré con mucho placer, gracias otra vez Padre.
El contenido de la carta que entregué al Padre Villalonga sería leído por el cardenal Carlo della Hoya en pocos minutos. En una hoja que precedía a cinco folios estaba escrito:

"Se acompaña texto del discurso que Su Santidad debe pronunciar íntegramente en su catequesis del miércoles 4 de noviembre. Su santidad, de forma excepcional, se dirigirá al público desde la ventana de la Logia de las Bendiciones, prescindiendo de la habitual Sala Magna. Su Santidad dispondrá, además, el nombramiento de Monseñor Tocado como Pronuncio Apostólico en Kenya" - Quinta alternativa del padre Bosorn.

Un sol radiante se asomó sobre toda Roma aquel miércoles 4 de noviembre. Las amplias avenidas que conducen a los puentes sobre el Tiber para acceder al Vaticano, denotaban una especial afluencia. Por lo visto, la noticia aparecida el martes comunicando a los fieles que, por expresa voluntad de Su Santidad, el Papa se dirigiría a todos ellos desde la mayor ventana de los intercolumnios, provocó una curiosidad inusual. El acontecimiento era realmente insólito, porque este lugar se reservaba exclusivamente para impartir la bendición "Urbi et Orbi".
Cuando llegué a la vía de la Conciliación, el tráfico ya era denso y en la plaza Pío XII los vehículos eran desviados para no saturar el interior de la plaza de San Pedro.
No quise acercarme demasiado al escenario principal, sino que preferí mezclarme con la masa de gente para observar sus reacciones. Me situé a unos veinte metros del cordón que marcaba el límite de aproximación y allí esperé pacientemente.
A la hora señalada se abrieron de par en par las dos hojas de la ventana de la Logia de las Bendiciones. La figura blanca del Papa despertó vítores y aclamaciones. Después de saludar con los brazos abiertos, comenzó su alocución...
-Carissimi miei:
"Han pasado ya varios años desde que un antecesor nuestro, que ocupó tan dignamente la silla de San Pedro, se dirigiera al mundo para señalar que "Si queremos construir la nueva civilización, los valores esenciales y no meramente accidentales, deben ser la paz auténtica, la ayuda solidaria sin discriminación ni distingos y el desarrollo integral del hombre y los pueblos".
Hoy podemos afirmar que, tras casi una generación, aquellas palabras quedaron en un mero deseo utópico evidenciándose, por el contrario, una regresión en las actitudes de los poderes. El egoísmo en las sociedades opulentas, es, sin duda, un hecho incontestable por la actitud escasamente generosa de las mismas frente a otras sociedades necesitadas. Pero también nos llevaríamos a engaño si pretendemos responsabilizar exclusivamente a los mandatarios visibles de las injusticias y desequilibrios que cotidianamente asolan a los desheredados. Por ello, esta institución secular que es la Iglesia y que muchos tildan de opulenta, retórica y egoísta, desea inaugurar una nueva hora de su historia, con un manifiesto de su mandatario visible".
Súbitamente desaparecieron dos de los cardenales vestidos de rojo que estaban situados a espaldas del papa. Sin duda ya había comenzado el desconcierto entre ellos. Luego de una breve pausa, Su Santidad prosiguió...
"Acabamos de citar a la historia; nadie como ella para denunciar públicamente los errores del pasado que, todavía hoy, pretendemos cubrir con un velo de vergüenza. Por aquel entonces, pocas cosas se escapaban al juicio implacable que narra el decurso de los hechos y, aquellas pocas que se libraron del tribunal de los hombres, están condenadas a ver la luz cuando la sensatez y la vergüenza bien entendida, liberen del tope secreto ciertos legajos que son patrimonio de la cristianidad y de toda la humanidad.
Hoy día la historia se sigue escribiendo, pero debo confesar, con pena, que jamás fue tan enigmática y oculta. Las generaciones nuevas claman por una sinceridad transparente y desde aquí la estamos negando, nos proclamamos verdad y la escondemos, pretendemos ser luz y ofrecemos tinieblas, denunciamos sórdidos intereses y nos embarramos con ellos, condenamos alianzas ocultas y envíamos nuncios que nos representan en secreto".
Detrás mío se encontraba un cura italiano vestido con la sotana tradicional que exclamó con voz entrecortada... ¡Esto no es catequesis, esto es la revolución! Mientras tanto, un grupo de monjas se miraban entre ellas con ojos atónitos. La que parecía ser la Superiora se apresuró a decir... ¡Recen hermanas, recen!, y todas ellas sin excepción comenzaron a movilizar las cuentas de los rosarios que llevaban consigo.
Su Santidad, tuvo que aguardar unos instantes antes de continuar su alocución. Cuando se mitigaron los murmullos, elevó su voz con mayor intensidad...
"Hoy más que nunca, esta Iglesia precisa enderezar sus caminos para dirigirse hacia el rumbo señalado por el Maestro.
Desde aquí hemos castigado duramente a cierta tendencia reaccionaria de nuestra Iglesia, al punto de llegar a un triste cisma.
Desde aquí hemos reprimido con escarnio lo que considerábamos una peligrosa revolución de nuestras tendencias, enseñanzas y costumbres, cual es el caso de la Teología de la Liberación.
Por ello debo confesar sin reservas mentales que nuestra actitud ha demostrado ser la más reaccionaria, sembrando en la candidez de las conciencias de los pueblos unas doctrinas obsoletas que, lejos de solucionar sus tribulaciones, sólo aplacaban su sed de veneración hacia nosotros al tiempo de saciar nuestra sed de ser venerados.
El papa está llamado a ser un sencillo pastor de fieles sinceros pero, en los últimos tiempos, se ha convertido en un ostentoso político captador de masas. Nuestra aspiración, queridos hermanos en Cristo, es llegar más lejos todavía de lo que proclama la Teología de la Libera..."
A pesar de que Su Santidad continuaba hablando, ya nadie podía escuchar su voz porque alguien cortó la megafonía. Yo me quedé inmóvil mirándole hasta el final. Sólo se retiró cuando hubo concluido los tres folios que restaban por leer y cuyas palabras se disolvían en el aire sin llegar a oídos de nadie.
En la plaza de San Pedro se escuchaba toda clase de comentarios, la mayoría de ellos marcadamente conservadores, que denotaban un rechazo a la misiva papal. El más sorprendente de los que me tocó oír fue, tal vez, el de la Superiora de las monjas, quien conminó a todas ellas a una retirada silenciosa orando por la conversión del Papa. Creo que aquella Madre Superiora se llamaba Ana Victoria, me pareció escuchar ese nombre de boca de una joven novicia que le consultó algo. Nunca iba a olvidarme de Ana Victoria, su belleza sin tiempo no era capaz de ocultarse tras un hábito, ni tan siquiera de su actitud beata..
En los días que siguieron al escandaloso acontecimiento, el Santo Padre no apareció en público. Las fuentes oficiales vaticanas alegaron motivos de salud. Mientras tanto, los medios de comunicación dedicaron importantes titulares y extensos artículos especulativos de la insólita alocución del Sumo Pontífice.
La Curia Romana sostuvo reuniones maratonianas todos los días y se especulaba, incluso, con una posible convocatoria del Sacro Colegio Cardenalicio para constituirse en cónclave.
Pero, sin duda, los atribulados cardenales llegaron a la conclusión de que Su Santidad estaba en condiciones de retomar el timón de la Iglesia porque, al fin, apareció en L'Osservatore Romano del lunes 9 de noviembre la noticia esperada. En la primera página se leía: "El Santo padre, tras superar la amarga enfermedad que le aquejaba, asumirá sus sagradas funciones en breve plazo". El anuncio estuvo a cargo de la Secretaría de Estado y lo firmaba Monseñor Causaroli.
Una serie de disposiciones adicionales transitorias llenaban la segunda página del cotidiano, que fue leída con el máximo interés por los seguidores y expertos en cuestiones vaticanas.
Me alarmé sobremanera cuando leí que, por un período indefinido, pero supuestamente breve, las nueve Sagradas Congregaciones que conforman el departamento de "Congregaciones Romanas", serían gobernadas autonomámente por sus prefectos, sin ser precisa la anuencia papal.
Ello significaba que las disposiciones emitidas directamente por el Papa, para renovar la pronunciatura en Kenya y nombrar nuevo arzobispo en Berna, podrían ser revocadas, lo que supondría la trágica pérdida de mi quinta alternativa.
No ignoraba que, tradicionalmente, los obispos eran propuestos por la "Sagrada Congregación para los Obispos" y, las nunciaturas y pronunciaturas, por la "Secretaría de Estado" dado el carácter diplomático de éstas. En el primer caso sería precisa la firma de Su Eminencia el Prefecto Monseñor Pasquale Ducarri y, en el segundo, el Secretario de Estado Monseñor Causaroli.
Sólo cabía la esperanza de que las voluntades y disposiciones del Santo Padre, anteriores al sonado discurso, fueran respetadas.
El jueves día 12, salí temprano del hotel y me encaminé a la compañía aérea para cerrar mi pasaje de vuelta. Era ya una costumbre comprar en el kiosko de la esquina "L'Osservatore Romano"; tal era así que el anciano vendedor de revistas ya me separaba un ejemplar cuando veía que me aproximaba.
En la primera página, solían aparecer de forma breve las audiencias particulares de Su Santidad, además de los nombramientos, renuncias, traslados y promociones de los príncipes de la Iglesia.
El pobre vendedor de revistas se llevó un buen susto cuando escuchó el grito de júbilo que salió de mi garganta... La noticia estaba allí, al pie de la primera página, en la sección de "Nostre informazioni".

" Il Santo Padre ha nominato Pro-Nunzio Apostolico in Kenya il Reverendissimo Monsignore Enrico Tondo, elevando in pari tempo alla sede titolare vescovile di Nairobi".

Inmediatamente después, se leía:

"II Santo Padre ha nominato Arcivescovo di Berna (Svizzera) sua eccellenza Reverendissima Monsignor Guido Santino, trasferendolo dalla Diocesi di Verona".

Tondo fue nombrado Pronuncio en Kenya e, imprevisiblemente, también obispo de su capital. Probablemente su prestigio y brillante carrera, inclinaron al papa a concederle, en adición, la titularidad de la sede episcopal de Nairobi para amortiguar la amargura de un descenso tan brutal.
Tondo, al fin, iba a convivir con unas almas que estuvieron al borde de ser arrancadas de sus cuerpos, de haberse consumado aquel proyecto asesino con el amparo de su cobarde complicidad.
Luego de releer unas cinco veces las dos disposiciones, decidí visitar de nuevo al padre General Agustín Villalonga. Un taxi me llevó hasta la Via degli Scolopi.
-Gracias por recibirme de nuevo Padre.
-Creía que ya te encontrabas en España. Decidí prolongar mi estancia, para seguir de cerca los acontecimientos.
-¿Te refieres a la célebre alocución papal?
-Y a esto también...
Le extendí L'Osservatore Romano, señalándole dónde debía leer.
-¡Esto es asombroso!, no tenía la menor idea de esta disposición. Monseñor Tondo, Pronuncio de un país africano, si no lo leo no lo creo. Por cierto, recuerdo que tenías un especial interés por él, ¿conseguiste conocerle?
-No, Padre, pero sí le agradecería infinitamente que me tuviese al corriente de sus pasos, aunque fuera a través del Padre Pelegrí.
-Todavía no logro comprender lo que te traes entre manos y, mucho menos, la relación de Monseñor Tondo contigo.
-Es una historia larga, pero todo está en orden.
-Como quieras, allá tú con tu secreto. Visitaré en breve a Monseñor antes de su partida y, te anticipo, que mantendré correspondencia con él. Cualquier novedad importante la sabrás a través del Padre Pelegrí.
Estuvimos charlando unos cinco minutos más, antes de despedirnos.
Ya nada me retenía en Roma y regresé a España en el vuelo de ese mismo día.
Tondo se encontraba en una situación de exilio, confinado en un lugar muy lejano de la tenebrosa Asamblea Universal. Había conseguido un paso más, al desmembrar otra cabeza del aparato de Berna y, por qué no, también tuve la oportunidad de golpear suavemente y con mano infantil a una institución que, a mi entender, precisaba de una ligera sacudida.
Pasarían algo más de dos meses, antes que el padre Pelegrí me llamara para anunciarme que tenía un mensaje dirigido a mí de parte del General de la Orden. Tardé pocos minutos en llegar a la Casa Provincial.
Al padre General le hubiese gustado saludarte en persona, pero andaba muy escaso de tiempo y, lamentablemente, no pudo verte.
-Tengo un grato recuerdo de él, es una gran persona.
-Sin duda. Aquí tienes lo que me dejó para ti, es la fotocopia de la última carta escrita por Monseñor Tondo.
-¿Última carta?
-Así es, falleció instantes después de escribirla. Es algo confusa, pero el padre Villalonga consideró que se había comprometido contigo y, por ello, tienes derecho a leerla. No tendrás problema de lengua, está escrita en un castellano perfecto. Monseñor dominaba ocho idiomas.
Fuertemente impresionado, leí la carta en presencia del Padre Pelegrí. Las dos páginas estaban cargadas de consideraciones espirituales, todas ellas profundas pero no dejaban de traslucir la inquietud de un espíritu atribulado. Siempre recordaré el último párrafo...
-"Cuento, padre, con su bendición para que, ahora, que estoy a punto de emigrar no sé a dónde, pueda deshacerme a tiempo de los remordimientos que llenan de tinieblas mi alma ocultando una luz de redención que busco desesperadamente".
.
*** .
.
En los días sucesivos, me tomé un pequeño descanso lejos de todo ambiente clerical. De vez en cuando me venía a la memoria la figura de Ana Victoria, el único recuerdo que me gustó conservar de mi reciente viaje a Roma. La tez pálida, suave y enfermiza de su rostro, me evocaba a cierto personaje de las célebres Sonatas de aquel gran maestro irrepetible de nuestra prosa. Pero yo, por supuesto, nada podía pretender de Ana Victoria, porque no era feo, escasamente católico, aunque sí tremendamente sentimental.
Autores: MARIA ELENA VILLAGRA y
GUIDO RODRIGUEZ ALCALA.
EDITORIAL DON BOSCO,
PEN CLUB DEL PARAGUAY.
Asunción – Paraguay, 1992 (150 páginas).
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jueves, 8 de abril de 2010

SANTIAGO TRIAS COLL - ADRIANA / Fuente: NARRATIVA PARAGUAYA DE AYER Y DE HOY TOMO II (M-Z) de TERESA MÉNDEZ-FAITH


CUENTO de
SANTIAGO TRIAS COLL
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
.
ADRIANA
La pequeña Adriana me anduvo buscando desesperadamente. Durante cinco días no cesaría de indagar sobre mi paradero, preguntando a la gente del barrio hasta lograr encontrarme. Al final, su insólita tenacidad y, sobre todo, la enorme gratitud que sentía hacia mi persona, conseguirían que ambos nos reuniéramos de nuevo. Los encuentros cotidianos antes de perdemos de vista, tuvieron lugar a partir de las primeras fechas de agosto. A lo largo de un mes y medio, día tras día Adriana se presentaba en la misma esquina de la calle Constitución, muy cerca de un restaurante familiar donde yo solía acudir a la hora del almuerzo. Allí su tímida figura esperaba la llegada de mi coche aguardando pacientemente el cruce de nuestras miradas. Cuando esto ocurría, en su boca se dibujaba una tierna sonrisa al tiempo de agitar su mano para saludar. Luego partía al galope desapareciendo hasta el mediodía siguiente. Pero esta rutina se rompería súbitamente a partir de la tragedia que me tocara sufrir cuando me sobrevino el accidente en la ruta Transchaco y el coche quedara hecho añicos tras el impacto con una vaca negra que yacía sobre el asfalto.
Todo empezó un mediodía de frío intenso que trajo consigo un repentino viento Sur. Pienso que aquél fue el día más gélido del año. Las gentes habían desempolvado camperas y abrigos que utilizaban ocasional mente cuando se dejaba sentir en algunas fechas de julio la crudeza del invierno austral paraguayo.
Como de costumbre, mi coche quedó estacionado en una parte de la vereda muy cercana a la entrada del restaurante. Desde el interior del local Jorge ya había percibido el sonido inconfundible del achacoso motor que parecía agonizar bajo el peso del tiempo y de innumerables kilómetros recorridos por malos caminos. Jorge tenía mi mesa preparada, un solo plato y una sola silla, nadie solía acompañarme durante el almuerzo, tan sólo cruzaba de vez en cuando algunas palabras con el dueño, quien solía ponerme al corriente del último chiste que le contaran. Ese día, Guido permanecería tras el mostrador sin acercarse a mi mesa, era la señal evidente de que carecía de algún chiste nuevo.
A través de la puerta acristalada apenas se distinguían algunas imágenes confusas a causa del vaho que empañaba los vidrios. Sin saber por qué, froté uno de esos cristales y pude distinguir por vez primera la figura de una criatura que merodeaba por los alrededores. Jamás olvidaría la crueldad de aquella escena que me tocó vivir desde un confortable ambiente caldeado por varias estufas distribuidas en el local. La pequeña llevaba puesto un vestido mugriento que alguna vez sería blanco, me dio la impresión que la tela debía ser fina y casi translúcida, pero en cualquier caso terriblemente fría. Más tarde, llegaría a saber que Adriana también dormía todas las noches con su único vestido. La seguí unos minutos con la mirada y no tardé en percatarme que caminaba con cierta dificultad cojeando de su pierna derecha. En cada ocasión que un transeúnte pasaba a su lado, le perseguía unos pasos con su mano extendida implorando unas monedas, aunque parecía que la suerte se negaba a favorecerla aquel día, todos seguían su marcha sin apenas reparar en ella. En cierto momento me dirigí a Jorge para preguntarle:
-¿Quién es esa chiquilla?
-No tengo idea, es la primera vez que la veo por aquí.
-Debe estar muerta de frío -añadí.
-Esto habría que decírselo a los padres, ellos son los que largan a las criaturas a la calle para mendigar -replicó el camarero en un tono medio indiferente.
-Parece ser que renguea.
-Creo que tiene una herida en el pie, cuando camina se apoya sobre el talón.
Jorge se alejó para atender a otra mesa que reclamaba más vino, mientras tanto, mis ojos no se apartaban de aquella pequeña infeliz cuya mirada casi ausente se perdía en los rincones de la calle y, en ocasiones, en las nubes que salpicaban el cielo. Varias veces vi cómo se frotaba las mejillas para sacarse algunas lágrimas de frío disolviendo en el rostro la suciedad acumulaba en sus manos, tras Dios sabe cuánto tiempo de no tocar un jabón.
Aquel día no terminaría mi almuerzo. No era la primera vez que sentía un nudo en el estómago, pero jamás como entonces se había manifestado con tal crudeza. Lo cierto es que al despedirme de Guido no tenía intención alguna de interesarme por la niña, aunque en algún momento llegué a pensar en darle monedas sueltas si por ventura se me acercara. Así fue.
-¿Vos tenés plata para mi cuaderno?
Esas fueron las primeras palabras que escuché de Adriana cuando alguien tiraba suavemente de mi pantalón a la altura de la rodilla. Al voltear mi cabeza me encontré con un rostro angelical, la belleza natural de aquella criatura abandonada a su suerte desbordaba lo imaginable. No importaba la mugre que cubría su piel ni la aspereza de sus cabellos ni los dientes malogrados por falta de calcio. A pesar de todo ello, Adriana parecía un ángel sucio caído del cielo. Sus ojos negros como la noche apuntaban a los míos a la espera de una respuesta...
-¿Cómo te llamas? -pregunté, mientras mis manos hurgaban sendos bolsillos de mi abrigo buscando monedas.
-Adriana.
-Y, ¿cuántos años tienes?
- Seis.
-¿Ya vas al colegio?
-No.
En ese instante, y casi involuntariamente, mi vista percibió una notable hinchazón que aparecía en uno de los pies desnudos de Adriana. La pregunta salió sola:
-¿Qué te pasó en el pie?
-No sé... me clavé un cristal... ¿vos tenés plata para mi cuaderno?
-Y, ¿duele mucho?- continuaba cuestionando al tiempo de mostrarle una monedas.
-Sí me duele.
-¿Cuándo te clavaste el cristal?
-No me acuerdo.
Aún disponía de tiempo por delante. En ese día de julio, todavía no se habían agotado las dos horas de rigor que habitualmente transcurrían en una larga sobremesa leyendo de la primera a la última página de un matutino. Aún hoy ignoro la razón del extraño impulso que me arrastrara a tender una mano a la diminuta desconocida. La verdad es que nunca brillé como modelo caritativo ni tampoco era demasiado propenso a dejarme sensibilizar por escenas desgarradoras, pero, aquel día, tomé en mis brazos a la pequeña Adriana y la introduje en el coche sin mediar palabra. Ella no replicaría.
Cinco minutos transcurrieron antes de llegar a "Primeros Auxilios", un centro asistencial gratuito donde iban a parar un buen número de tragedias diarias... La alternativa de una clínica privada, acudiendo en compañía de una criatura inmunda, me provocaba una vergüenza inconfesable. Aquélla era la segunda vez que ponía los pies en tan lúgubre lugar, la primera preferiría guardarla en el olvido. Adriana apenas abrió la boca a lo largo del breve trayecto, tan sólo respondía con parcas palabras a unas preguntas machaconas sobre detalles de su herida. El pie de la niña tenía un aspecto horripilante.
Eran las dos de la tarde. Los bancos de madera apostados en el corredor que precedía a la sala de urgencias, se encontraban repletos de enfermos y familiares quienes aguardaban pacientemente su turno. Anduve buscando algún personaje de bata blanca pero ninguno aparecía. Al fin, doblé mis rodillas y mi boca se puso a la altura de los oídos de Adriana, con voz suave le susurré:
-Espera aquí, mi pequeña, no te muevas, enseguida regreso. Luego, sin pensarlo- dos veces, penetré en la sala de urgencias ante la mirada atónita de aquellos desdichados cargados de resignación y dolor. El espectáculo que me tocó contemplar no era nuevo para mí. Las cuatro camillas de siempre estaban ocupadas por pacientes, si bien, tan sólo dos jóvenes médicos recientemente egresados de la facultad intervenían a heridos casuales suturando cortes y desinfectando sucias lesiones. Me dirigí a uno de ellos, era rubio, aparentemente traslucía bondad:
- ¡Por favor, tengo una urgencia!
-Aquí todos los casos son urgentes -objetó-, pida su turno a la enfermera.
-¿Qué enfermera?
-No sé, búsquela.
Lo que siguió después casi me costaría un serio disgusto. Con voz entrecortada por la rabia, exclamé:
-¡Tengo plata...!, ¡yo puedo pagar...!, ¡necesito atención médica para una criatura...!, ¡es urgente!
El médico rubio sufrió un sobresalto y el apósito que ocultaba una úlcera abierta se precipitó al suelo. Sin duda alguna, yo había sido el causante de aquel percance al importunarle de forma intempestiva....
-¿Ve usted lo que ha conseguido?- se lamentó en voz baja.
-Lo siento... lo siento muchísimo, ha sido mi culpa... pero esa pequeña que está ahí afuera...
Los ojos azules de aquel médico rubio, cuyo nombre no logro evocar, se fijaron por vez primera en ese loco que había invadido abruptamente la sala de urgencias, nada menos que uno de esos santuarios donde siempre deambularon los primeros pasos de aquellos que cumplían su internado, tras haber recibido el flamante título de doctor en medicina. Creo que en algún momento le infundí pena o compasión, algo realmente insólito porque, a pesar de su apariencia imberbe, el joven médico ya había pasado por toda suerte de calamidades y tragedias, alcanzándole sin quererlo ni desearlo una madurez prematura en su profesión. Cuando escuché sus palabras, apenas podía creerlo.
- ¿Es realmente grave?
-Creo que sí.
-Traiga a la pequeña, la atenderé después que termine con esto.
-Gracias doctor.
No me contestó.
Mientras un auxiliar retiraba la sábana manchada del paciente anterior, yo sostenía en mis brazos a una criatura aterrada por el escenario que aparecía ante su vista. Adriana nunca había presenciado hasta entonces una sala de urgencias donde se practicaba todo tipo de curaciones, algo así, debería pensar la pequeña, como un taller donde se reparan las personas que se hicieron daño. En el momento que el auxiliar me indicara que ya podía depositar a la niña sobre la camilla, Adriana se aferró tenazmente a mi cuello rodeándolo con sus brazos. No fue fácil zafarme de ella. El médico comenzó a limpiar la planta del pie con algodones empapados de antiséptico, lentamente iba abriéndose paso entre la mugre hasta que apareció nítidamente la horrible lesión. En momento alguno Adriana separaba su vista de mí, parecía que imploraba socorro y me suplicase que no la lastimaran.
-Esto no es ningún vidrio -afirmó el médico terminantemente.
-¿Qué es entonces? -pregunté.
-Fíjese usted en esta fístula que supura pus.
En este momento, presionó levemente con sus dedos el contorno de la herida y fluyó un humor amarillento.
Adriana soltó un grito de dolor.
-No me cabe duda-apuntó el médico-, se trata de un pique.
-¿Pique?
-Sí, es un parásito de la familia de las pulgas que penetra en el interior de la piel. Si no se trata a tiempo, el pique llega a provocar auténticos desastres. Esta criatura lleva así un mes como mínimo. El parásito ya ha tenido tiempo de reproducirse y formar colonias a su alrededor. De cualquier manera, lo más urgente es detener la infección y aplicar de inmediato la antitetánica.
-¿La va a curar, doctor?
-Por supuesto, abriré y limpiaré lo que queda, aunque no sé lo que voy a encontrar cuando corte.
Sujeté con firmeza la mano derecha de Adriana, ella presionaba la mía con toda la fuerza que sus seis años le permitían. El auxiliar colocó al costado de la camilla una bandeja con instrumental recién esterilizado. El médico seleccionó un escalpelo.
-¿No va a anestesiar, doctor? -cuestioné en voz baja.
-Es innecesario, la parte donde practicaré la incisión está necrosada y es insensible, sólo le dolerá un poco en el momento de limpiar.
-Está bien doctor.
Luego me retiré con el pretexto de ir a comprar los medicamentos que el médico rubio me anotara en una receta. Mi cobardía ante ciertas escenas que se avecinaban, prevaleció sobre la angustia y desesperación que la pequeña Adriana debería soportar cuando la abandonara a su suerte y en manos de extraños.
Al reaparecer en escena, la camilla donde habían intervenido a la niña ya estaba ocupada por otro paciente.
Ella se encontraba sentada en una silla de cuerina esperándome, sus pies no alcanzaban el suelo, su mirada apuntaba al vendaje que envolvía la herida.
-Todo listo -señaló el médico tras inyectar el suero y la vacuna antitetánica en ambas nalgas -. He tenido que hurgar profundamente, pero pienso que la zona ha quedado bien desinfectada. Tráigame a la criatura dentro de tres días para la segunda cura.
-Cómo no, doctor... ¿Cuánto le debo?
-No me debe nada, las curaciones aquí son gratuitas. Los pacientes sólo deben pagar o aportar los medicamentos, esto es todo.
-Pero, doctor... me gustaría recompensar...
-No insista, por favor -me interrumpió-. Y ahora, si me lo permite, tengo muchas cosas que hacer.
El Parque Caballero se mostraba prácticamente desierto. A esa hora, media ciudad todavía dormitaba la siesta y el tiempo se me venía encima, ese día llegaría tarde a mi trabajo. Adriana me iba señalando el camino hacia su casa. Yo conocía los jardines del Parque Caballero, pero jamás me había acercado al conjunto de chozas que se hacinaban en el extremo Este, muy próximas a la ribera de la bahía asuncena.
-Esta es mi casa -indicó al fin Adriana, señalando una minúscula chabola de madera pintada de verde.
La puerta estaba abierta y asomé medio cuerpo en el umbral. Al divisar el interior de la morada de Adriana, se me encogió el corazón. En aquel diminuto espacio tan sólo aparecían tres camastros cubiertos con frazadas de borra, dos de ellos estaban ocupados por cuatro criaturas que dormían profundamente, el tercero y más grande era el lecho de los padres, allí, justamente, se encontraba recostado el cabeza de familia completamente ebrio y con los ojos abiertos.
-¿Es usted el papá de Adriana? -pregunté ingenuamente.
-Regüerupa pirá’piré... (¿Trajiste plata?) –se escuchó del hombre dirigiéndose a su hija e ignorándome por completo.
-Peteí quinientos, papá... (Quinientos guaraníes, papá) -contestó la pequeña.
-Mitacuña'í ate'y... (Chiquilla haragana) -concluyó el padre. Quince minutos después, me despedía de la madre quien parecía no salir de su asombro ante algo que no era demasiado habitual. En este tiempo, le explicaría tres veces consecutivas cómo administrar los antibióticos al tiempo de recordarle la repetición de la antitetánica, la cual debía ser administrada de nuevo a los treinta días.
Salí de la casa con verdaderas ansias de desaparecer de aquel infierno, pretendía llegar a mi coche y esfumarme de un entorno capaz de liquidar anímicamente a cualquiera, pero no lo conseguí... Adriana llegó hasta mí brincando con su pierna izquierda hasta alcanzarme.
-¿Me vas a venir a buscar en tu coche...?
Estas palabras, moduladas con un hechizante tono angelical, llegaron a seducir mi espíritu adormecido con tal intensidad que me desarmaron por completo... luego siguió un entrañable abrazo.
-Sí, mi pequeña, si tus padres están de acuerdo, te recogeré el jueves para que te curen otra vez.
Al tercer día, me presentaría de nuevo en el Parque Caballero para cumplir con Adriana. Ella estaba convencida que acudiría a la cita, tal era así que desde tempranas horas de la mañana permanecería esperándome en la vereda apoyando el peso de su cuerpo sobre la pierna izquierda... de esta forma obedecía la orden del médico rubio, quien le había advertido de no tocar el suelo con su pie lastimado.
El calendario marcaba las primeras fechas de agosto, era un viernes, la herida de Adriana se hallaba virtualmente curada. A partir de entonces los encuentros serían cotidianos, jamás faltaría a la cita que tenía lugar a la hora del almuerzo. Ella, como siempre... "me aguardaría en la esquina opuesta esperando pacientemente el cruce de nuestras miradas, para sonreírme tiernamente y agitar su mano lanzando un saludo antes de partir
Adriana logró encontrarme a partir del quinto día que nos perdiéramos de vista... ese fatídico día de mi accidente en la ruta Transchaco que aconteciera a mediados de setiembre. Desde entonces, ella jamás olvida robar una flor fresca de alguna tumba vecina, para colocarla devotamente sobre la mía a la hora del almuerzo.
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De: Revista Jazmín. Cuentos, N° 5 (Asunción, 1994)
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Fuente: NARRATIVA PARAGUAYA DE AYER Y DE HOY TOMO II (M-Z)
Autora:
TERESA MÉNDEZ-FAITH ,
Intercontinental Editora, Asunción-Paraguay 1999.
De la página 441 a la 847.
Ilustraciones: CATITA ZELAYA EL-MASRI
Enlace a:
NARRATIVA PARAGUAYA DE AYER Y DE HOY - TOMO I (A-L)
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sábado, 30 de enero de 2010

GUSTAVO PRESIDENTE (II) por SANTIAGO TRÍAS COLL (Novela) / Prólogo: RICARDO CABALLERO AQUINO

GUSTAVO PRESIDENTE (II)
por
SANTIAGO TRÍAS COLL
© Santiago Trías Coll
(Enlace con datos biogáficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Ñanduti Vive e Intercontinental Editora,
Asunción-Paraguay 1993 (193 páginas)
Diseño de tapa: Higinio Murdoch

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** En aquel espeluznante testimonio, se detallaba con peculiar realismo los efectos de una gigantesca masa de agua lanzada en una loca carrera que se extendía a lo largo de mil quinientos kilómetros desde la represa de Itaipú hasta su definitiva entrega en el Atlántico.
** Los cien metros de columna de agua liberada, tras las explosión de una carga nuclear equivalente a dos mil toneladas de trinitrotolueno que hizo saltar por los aires los contrafuertes de hormigón de la presa principal, producirían una descomunal ola de más de cincuenta metros que tardaría once minutos en alcanzar las ciudades de Foz de Yguazú, Puerto Presidente Bódeker y Presidente Franco. Las tres urbes quedarían virtualmente borradas del mapa, sucumbiendo trescientas mil almas que se perderían irremediablemente bajo los efectos devastadores de la onda de choque primaria. La virulencia de la ola frontal conservaría su terrorífico poder destructivo en el decurso de los trescientos kilómetros iniciales que transitaban en una configuración hidrográfica de cauce encañonado, aniquilando la totalidad de aldeas ribereñas. Las localidades de Encarnación y Posadas sufrirían las consecuencias de una terrible inundación, perdiéndose más vidas y ocasionando cuantiosísimos daños materiales. A partir de ese enclave, las aguas alcanzarían la zona donde se iniciaba el curso fluvial de planicie, produciéndose un desbordamiento masivo que anegaría millares de hectáreas de cultivo y otras tantas de uso pecuario. Las secuelas de la pavorosa riada que avanzaría imparablemente hasta su desembocadura en el Río de la Plata, irían dejando su sello de destrucción y muerte a lo largo y a lo ancho de su paso por territorio argentino.
** Cuando la imponente crecida arribara a Buenos Aires, donde gran parte de la ciudad había sido evacuada, Gustavo despertó súbitamente dejando escapar su grito.
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PROLOGO
** Lo que hubiera pasado si...
** Entre las preguntas más imbéciles con que se puede importunar a historiadores profesionales, descuella esa donde se le pide que lucubre algunas de las posibilidades si en lugar de ocurrir lo que aconteció, hubiera tenido lugar lo contrario.
** Más, cuando la misma especulación revolotea en la mente de un avezado narrador de ficción, el resultado puede ser un suceso literario y hasta parcialmente histórico.
** No fue otra cosa lo que aconteció con la celebrada primera parte de la novela de Santiago Trías Coll, GUSTAVO PRESIDENTE. El golpe de la Candelaria de 1989, en esa obra ficticia, fracasó y Gustavo Bódeker, el coronel Aeronáutico casado con María Eugenia, sucedió a su propio padre en la etapa de la Segunda Reconstrucción. Gustavo Presidente cometió por entonces un solo craso error. Creyó que un presidente del Paraguay tenía suficiente campo de maniobras en materia política y osó enfrentarse a las potencias internacionales. Le costó el exilio a Curitiba, previo levantamiento cuartelero, esta vez exitoso, del general de Caballería Andrés Gómez de Rodrigo, esposo de doña Nelli y padre de Dolli, Marta y Mirta.
** Es prescindible consultar el Oráculo de Delfos para descubrir en un rápido inventario quién es quién en la novela de Trías Coll. Está Luis María Lagraña, el coronel de Caballería Lino Salcedo y el general Mancete. Los medios de comunicación no están ausentes, Nicolás "Mino" Borini dirige la Red Independiente de Comunicación y, Humberto Manchín, no se despega del micrófono de su Radio AOPO`I.
** Nada permite concluir que Trías Coll se haya propuesto jugar precisamente a las escondidas con sus lectores. La imaginación del escritor más bien enfocó otros aspectos para recabar en lo que él denomina la "contrahistoria".
** Desafiando el cliché hollywoodense en el sentido de que segundas partes "nunca fueron buenas". Trías Coll nos regala ahora GUSTAVO PRESIDENTE II, con un amplio espectro de hechos reales y ficticios de la siempre ebulliente política paraguaya.
** Todos los ingredientes están ahí, elecciones que no eligen nada y donde los protagonistas saben de entrada que no guardan la menor intención de hacer de los comicios un ejercicio en suspenso o "fair play". Aparecen también los ubicuos golpes de Estado, que desde 1936 tienen como ejes a jefes militares insatisfechos con el acaecer político o descontentos con ciertos nombramientos oficiales.
** Y ¿cómo no?, está siempre presente en todos los planes, contra-planes, proyectos y abortos, S.E. el Sr. Embajador del Gran País del Norte. En este caso, el ex asesor presidencial Mr. Dunham. Tanta es la injerencia de Dunham y los suyos en la política paraguaya que, en cierto pasaje de la novela el general Lino Salcedo deja escapar esta muestra de exasperación: "Esos gringos deberían trasladar su oficina al Palacio de López, así todo resultaría más sencillo". Por lo que se sabe, casi cada presidente desde 1936 tuvo ese pensamiento, lo exteriorizara o no.
** No son pocos los que juran que toda la última "transición" no hubiera llegado a destino de no mediar esa injerencia. De modo que la obra de Trías Coll no está tan divorciada de la realidad.
** Lentamente, sin embargo, el relato se aleja de los avatares políticos paraguayos para ingresar francamente en el campo de la novela policial de suspenso. El relato se torna electrizante y el autor logra crear el ambiente necesario para hacer creíble la trama y posible el desenlace.
** Las descripciones son altamente profesionales, siguiendo el consejo de Hemingway en el sentido que el escritor debe conocer íntimamente eso que va a describir y debe ver los detalles que pasarían desapercibidos en mentes menos inquisidoras.
** El español del español Trías Coll es, esperadamente, crocante y se deja leer con toda soltura. La novela fácilmente atraerá lectores por el tema y, sobre todo, porque la trama no decae en momento alguno, con lo que una vez iniciada la lectura, cualquier interrupción será considerada como altamente inamistosa. - RICARDO CABALLERO AQUINO - Setiembre-1993