Recomendados

Mostrando entradas con la etiqueta GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ. Mostrar todas las entradas

viernes, 26 de noviembre de 2010

GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ - EL PELUQUERO FRANCÉS (NOVELA) - PRIMER PREMIO DE NOVELA INÉDITA LIDIA GUANES 2008 / Editorial SERVILIBRO, 2008


EL PELUQUERO FRANCÉS
(PRIMER PREMIO DE NOVELA INÉDITA LIDIA GUANES 2008)
HOLDING DE RADIO /
ATENEO CULTURAL LIDIA GUANES
y Editorial SERVILIBRO,
Asunción-Paraguay, 2008.


**/**

I PREMIO DE NOVELA LIDIA GUANES 2008: El 27 de agosto de 2008, en Asunción (Paraguay), quedó adjudicado el l Premio de Novela Inédita Lidia Guanes, organizado por el Ateneo Lidia Guanes, el Holding de Radio y la Editorial Servilibro.
Como representantes de las entidades organizadoras, estuvieron presentes en el acto, realizado ante la escribana pública Ana Manuela González Ramos, Gloria Giménez Guanes y Eduardo Aznar por el Ateneo Cultural Lidia Guanes; Lidia Rubín por el Holding de Radio y Vidalia Sánchez por Servilibro. Gloria Giménez inició el acto manifestando que la realización del concurso responde al propósito de promover la difusión de la novela y destacar la labor de los creadores en lengua castellana.
El jurado estuvo integrado por los escritores paraguayos Osvaldo González Real y Alcibíades González Delvalle (presentes en el acto), y la escritora residente en España Carmen Posadas, quien hizo llegar su fallo por correo electrónico. Por unanimidad, el jurado concedió el primer premio a la novela El peluquero francés, presentada con el seudónimo de Hernando de Soto. Al abrir la escribana el sobre cerrado, se constató que el autor era Guido Rodríguez Alcalá. El jurado decidió distinguir a la novela por el manejo impecable del idioma y la habilidad para recrear una época de la historia paraguaya cuyo interés transciende los límites nacionales.

**/**

En 1855 llegó al Paraguay Elisa Alicia Lynch, con veinte años y un niño de tres meses en brazos. El padre era el general Francisco Solano López, hijo del Presidente del país y futuro Presidente. Elisa, una bella irlandesa que había conocido la libertad de París, donde conoció a su general, pronto advirtió que corría el riesgo de quedar completamente sometida al poder de la dinastía de los López. En su lucha por conservar la libertad, encontró un amigo y aliado en el peluquero francés Jules Berny, su viejo amigo de París, quien llegó al Paraguay con la esperanza de hacer la América. Por su parte, Berny necesitará la ayuda de Elisa para huir al extranjero con Francisca Garmendia, una valiente joven que rechaza los requiebros del donjuanesco general López. Esta novela histórica, al analizar las pasiones de los personajes, describe también la vida política y social del Paraguay de mediados del siglo XIX.

**/**

CONTENIDO:
·         LLEGADA
·         UNA VIEJA CONOCIDA
·         UN CURIOSO VECINO
·         ALUMNAS DISTINGUIDAS
·         TRABAJOS DE CONTABILIDAD
·         VIAJE RÍO ABAJO
·         LA DAMA DUENDE
·         UNA PROPUESTA ESPECIAL
·         DESPECHO Y CELOS
·         CAMBIO DEL SISTEMA
·         CONGRESO ORDINARIO
·         NUEVO PRESIDENTE
·         BUENOS AIRES DE NUEVO
·         ACLAMADO EN BUENOS AIRES
·         REGRESO


1
LLEGADA
Mis ojos vuelven a la insufrible claridad de la bahía bajo el sol. Luego la luz se convierte en su memoria, en las claridades fugitivas detrás de los párpados, al pasar del encandilamiento del cielo abierto a la penumbra del galpón de la Aduana, una aglomeración de pordioseros y funcionarios no menos pedigüeños. Uno exigía un sello aquí, otro daba una orden allá, un tercero buscando -simulando buscar- enfermedades en los recién llegados, les exigía abrir la boca; cualquiera hallaba falta en los papeles, y todo con la intención de ganarse algunos reales complementarios de sus míseros salarios. Al forastero le recitaban, artículo por artículo, el reglamento policial. Queda prohibido hablar de la política de las Provincias de Abajo, por no importarnos lo que por allí pasa. Queda prohibido andar del bracero por las calles de la capital. No se podrá asistir a ningún baile o diversión sin una licencia previa de la policía. Toda vez que se pase frente a un centinela colocado en cualquier punto del territorio, se le saludará con respeto, porque las armas que empuña representan las armas de la República. No se podrá entrar o salir de la capital sin una licencia de la policía, etc.

Después de haberse leído el reglamento, dos gendarmes se apoderaron del presunto portador de una máquina infernal; tiempo y sufrimiento le llevó al pobre compañero de viaje explicar el propósito del artefacto desconocido. Yo me esperaba un tratamiento semejante, pues en mi equipaje llevaba otro objeto extraño y, para decir verdad, más ofensivo que una inocente cámara fotográfica; válido incluso para atentar desde la distancia contra la vida de algún magnate local. Cargaba con él porque me había comprometido a entregarlo al general López, pero entre el general López y yo se interponían los subordinados, que podían hacerme ver las de Caín antes de llegarse a la entrega. En aquel momento apareció, como un ángel feo, un hombre de mala catadura y buenas intenciones, un sargento con órdenes de protegerme y conducirme por entre los vericuetos burocráticos. Vengo a llevarlo a la casa para usted, etc. Yo entendía a medias su discurso a medias en lengua indígena; los servidores del Gobierno entendían la otra mitad. Aquel fue el sésamo ábrete para franquear la de otro modo infranqueable barrera burocrática, a través de cuyos círculos infernales me condujo el baquiano. De la Aduana a las calles caldeadas por el sol de la siesta (¿cómo sería el verano, si noviembre era así?), y atronada por la música de varias orquestas militares que atacaban las notas musicales como al enemigo. Había mucha gente; nadie dejaba de mirarme desde las esquinas, desde las ventanas, desde los zaguanes, desde los árboles donde se arracimaban los curiosos de ver mejor los preparativos en la Plaza de Gobierno, la antigua Plaza de Armas española encuadrada por los cuarteles, la Catedral, la Casa de Gobierno y el Cabildo, y donde se aprestaba lo necesario para la corrida de toros, el juego de la sortija y el baile popular. Pasado el cuartel de la Policía, me llamó la atención un edificio sorprendente con el piso inferior pintado como imitación de mármol, con dos puertas y doce ventanas; el superior, sostenido por quince pilares rojos con capiteles egipcios (en rigor un cobertizo levantado para darle mayor tamaño al inmueble) tenía barandas verdes sobre la calle y una pared dorada al fondo; para indignación del propietario, los periódicos bonaerenses lo llamaban palacio de un jefe africano. Desde una ventana, una mujer de aspecto campechano arrojaba monedas a una multitud que vitoreaba al dueño de la casa egipcia o africana, según como quisiera vérsela. El malencarado me permitió pasar por en medio de la gente; viendo cómo se abría camino en aquella mar humana, admiré su capacidad para hacerse respetar por el populacho. Llegados a la casa, el conductor me entregó la llave y, con cierta gestualidad de guiñol, comenzó a mostrarme las habitaciones. Para hablar poco o nada, era un perfecto hotelero, si bien me resultaba sorprendente verlo usar una llave o abrir un armario, pues no podía representármelo sino arrojando las boleadoras, aunque resultara injusta esa descalificación de quien me había prestado buenos servicios y, con una perfecta discreción, se retiró tan pronto como le fue posible, dejándome en libertad de ocupar la gran cama de madera tallada, donde caí rendido, exhausto por el viaje comenzado en el puerto de Burdeos y casi terminado catastróficamente frente al de Buenos Aires, que de puerto tiene solamente el nombre, pues ningún abrigo ofrece contra los vientos huracanados capaces de llevarse mar adentro las embarcaciones fondeadas a millas del muelle a causa de la poma profundidad de la rada. Desde Buenos Aires, varios días sobre las aguas terrosas del Paraná, río de curso cambiante donde son frecuentes las varaduras e inevitables los ataques de los insectos de todas las especies y maldades. (Un compañero de viaje, después de una noche especialmente dura, dijo haber recogido media libra de aquellas alimañas en un pañuelo.) Ya en la cama, sentía que algunas sabandijas me habían acompañado hasta el dormitorio, pero preferí dormir a combatirlas.

Me despertaron unos golpes a la puerta. Abrí para encontrarme, tieso como una estatua, al malencarado de la siesta. Con gesto militar, el sargento extendió el brazo para entregarme la nota y quedó en posición de firme mientras yo la leía con dificultad, pues ya había anochecido (¿cuántas horas dormí?). Invitación al teatro. El sargento debía acompañarme. La invitación era buena noticia, pues significaba una distinción, y era mala, pues no me dejaba tiempo para cenar. Olvidando o tratando de olvidar lo segundo, volvía al dormitorio para vestirme cuando escuché el ruido de unos pasos. Sí, alguien caminaba en el patio. ¿Alguien? Sólo distinguí una forma blanca y, como las impresiones del viaje habían afectado mi sensibilidad y me sentía con unas décimas de fiebre, no pude evitar el escalofrío.

Por instinto así una mano del mortero (todas las casas del pueblo tienen su mortero para moler maíz), un arma formidable contra un ladrón e inútil contra un ser sobrenatural. Desistí de los golpes y logré pronunciar algunas frases en un pobre intento de diálogo con la criatura, extraordinaria como criatura de nuestro mundo o de cualquier otro, que se desplazó como sin tocar el suelo hacia las habitaciones del fondo del patio (las destinadas a los esclavos) y se perdió en el aire o en la oscuridad. ¿Desapareció? De nuevo sonaban pasos, pero en el zaguán; nuevo sobresalto.

Fue un alivio reconocer en aquellos otros pasos los del malencarado sargento, quien repetía con voz destemplada, ¡es tarde! La expresión del hombre decía no me muevo de aquí basta que usted me acompañe, órdenes son órdenes; no podía despedirlo ni quería tenerlo de testigo para ningún tipo de encuentro, ni espiritual ni carnal.

Mientras salíamos, involuntariamente recordé la fábula del rey visitado por una criatura terrible, al amanecer transformada en mujer bellísima. ¿No podía depararme una transformación similar aquel encuentro? Lo insólito de la situación me predisponía a las suposiciones fantásticas, mientras el buen sentido decía que la intrusa se había equivocado de casa; sólo en las novelas una joven pierde la cabeza por un desconocido como yo, llegado a la ciudad unas pocas horas atrás. Aun disponiendo del más eficaz filtro de amor, la pinta de mi acompañante hubiera desvirtuado sus efectos mágicos sobre una princesa encantada o mujer de cierta condición, para no perder el buen sentido (por otra parte -pude notarlo- el malencarado tenía un especial ascendiente entre las damas del puerto).

Siguiendo la calle de la Asunción (mi casa quedaba frente al costado sur de la Catedral), podíamos llegar al Teatro Nacional. Sin embargo, en la esquina de Independencia Nacional (a pasos de mi casa), el acompañante me tomó del brazo para hacerme girar a la izquierda, para no pasar por delante del caserón egipcio, domicilio del Supremo, cuya presencia todos trataban de evitar por prudencia, por tradición y por cumplir el reglamento policial, que prohibía pasar por delante, porque en él residía la Autoridad.

Por Independencia Nacional llegamos hasta la calle del Sol, donde enterramos los pies en un montículo de mortero. Don Vicente, dijo el guía. Entendí la casa de don Vicente, señor de suficiente influencia como para levantarla al lado de la residencia del Supremo, privilegio que le concedía el privilegio adicional de ocupar la calle con los materiales de construcción. ¿Podía asistir a la función de gala con los zapatos en tal estado? Nadie ha de notar, dijo el guía, como adivinando mi reticencia a proseguir camino hacia el recién concluido Teatro Nacional, todavía con olor a pintura fresca.

Esa imitación de ópera europea, por imitación me hacía sentir seguro; en su piso de tierra apisonada no desentonaban mis zapatos sucios. Por europea, me hacía sentir necesario; aquellos hijos pródigos de la vieja España necesitaban de la civilización de Europa, una modalidad de vida y pensamiento detenida por la barrera infranqueable de los Pirineos. Un mal teatro era el comienzo del teatro, y con él, de todo lo necesario para una auténtica función de gala, donde mi asistencia podía ser muy útil, por no decir indispensable.

El pueblo, sin cabida física ni legal en el teatro, llenaba las calles circundantes y aguardaba, fascinado, como si le hubieran cedido todos los palcos. Lo sacó de su ensoñación (si la había) la enérgica intervención de la guardia, que se valió de la culata de los fusiles para abrir paso a la carroza del Primer Presidente constitucional de la Nación -mérito debido a que los antecesores habían sido dictadores, cónsules, triunviros o vocales-. La portezuela del vehículo se abrió y su principal ocupante sopesó las dificultades del descenso antes de poner un pie en el estribo y apoyarse en los hombros de los granaderos para aterrizar. Una aclamación saludó su llegada, mientras los soldados presentaban armas y la orquesta iniciaba los acordes del himno a San Carlos, compuesto especialmente para aquella festividad del 4 de noviembre. 4 de noviembre de 1855, para ser más preciso, onomástico de Su Excelencia, por cuya salud hubo Te Deum; en cuyo homenaje se dispararon salvas de artillería, mientras el pueblo participaba en las fiestas comenzadas el día anterior en todo el país, y prolongadas hasta el día siguiente. (Al día siguiente, tuve ocasión de presenciar el curioso juego de la sortija: al galope, los participantes trataban de ensartar en la punta de una lanza el anillo suspendido de un poste mediante un hilo.)

¿Cuántos años cumplía? Sesenta y tres, me respondieron con suficiencia, perdonando la ignorancia por tratarse de un extranjero, pues todo hijo del país tenía la obligación moral de saber la edad de Su Excelencia, así como de callar que aparentaba muchos años más. Los exiliados eran menos respetuosos: lo llamaban el hombre de las blancas bragas por las bragas o calzones de raso blanco al viejo estilo español con que Su Excelencia se hacía ver en público. A veces los panfletos cruzaban la frontera y llegaban a mano del criticado, quien cambió de traje sin terminar por eso con las burlas, por lo demás inofensivas. Indumentaria aparte, al hombre mal vestido se le reconocía el mérito de haber conservado el orden, mientras los demás países americanos eran pasto de la anarquía más desenfrenada.

El Presidente me dirigió una mirada benevolente; no me conocía, pero se me había puesto cerca del Mayor de Plaza, como a un invitado importante y quería conocerme o confirmarlo que ya le habían dicho sobre mí -todo extranjero era una novedad-. De la carroza familiar descendió la mujer a quien al mediodía había visto arrojar monedas al pueblo. Si ella tenía cuarenta años, no los mostraban sus cabellos renegridos, vivo contraste con la blancura de su piel. Se veía pequeña y segura al lado de su corpulento marido; su vestido discreto y bastante a la moda también la distinguía de la elegancia colonial del hombre. Las dos hijas habían heredado los rasgos españoles de la madre, no los indígenas del padre. Por un instante todos permanecieron inmóviles, y yo pensé en un retrato de familia. Una fotografía. Pero Su Excelencia detestaba las fotografías, quizás con razón, porque la veracidad de la imagen podía mostrarlo como un hombre común, e incluso de manera aún menos favorecedora a causa de su excesiva obesidad; de su frente estrecha y mandíbulas de buldog (diversión de las caricaturas de Buenos Aires). Sin esa prueba material, él seguía siendo un hombre sin límites físicos. ¿Quién lo había visto? Cuando pasaba en su carroza, era de rigor que todos se le descubriesen; algunos se arrodillaban y unían las manos en actitud de oración, todos inclinaban la cabeza como al paso del emperador del Japón en el Japón. ¿Quién se atrevería a describirlo como viejo o enfermo? No existían retratos, como no los había del Dictador Supremo, cuya presencia en las calles obligaba a todos a retirarse y cerrar las puertas y ventanas. A diferencia del predecesor, don Carlos no era cruel ni tampoco necesitaba serlo, pues había recibido un país educado en la obediencia y se proponía conservarlo así, sin incurrir en los excesos innecesarios del Finado, porque no tenía ninguna afición a la sangre como el misántropo Francia, quien hizo matar a palos al muchacho que tuvo la desgracia de cruzársele en uno de sus paseos por la ciudad.

La función se inició, siguiendo el programa, con la sinfonía a toda orquesta compuesta para la ocasión por un músico francés no desprovisto de talento, como la generalidad de los franceses residentes en el país. Después apareció en el escenario un hombre de acento español; de hecho, era español y llegó a ser mi buen amigo, una vez superado su resentimiento español hacia lo francés, expresado en comentarios muy tontos, como aquel de que los dramaturgos franceses habían corrompido el gusto del público y rebajado la moral. Don Ildefonso Bermejo era maestro de escuela y director de teatro; la representación de aquella noche era producto de sus esfuerzos, y por eso se permitió exagerar declamando que la inauguración del Primer Coliseo Nacional (nombre oficial de aquella construcción de adobe), marcaba el inicio de una era de gloria para las letras nacionales, etc. Le sucedió en el escenario un niño de unos diez años, quien leyó con bastante dificultad el discurso publicado después en el periódico de Bermejo:

Señor Presidente. Deseábamos un día en que poder atestiguar nuestro reconocimiento de una manera solemne, y nos ha parecido el de San Carlos el más oportuno para verificarlo convenientemente. El aniversario de San Carlos nos trae a la memoria dulces y lisonjeros recuerdos. Es el momento en que damos libre expansión a nuestros corazones, para atestiguar nuestro reconocimiento a la insigne persona que tan desinteresadamente ha tomado a su cargo la ímproba tarea del cuidado de nuestro porvenir. Llegad, compañeros, allí está la insigne individualidad que con mano paternal nos acoge, porque quiere que seamos dignos ciudadanos. Elevemos de consuno nuestros votos al cielo para que, como hasta aquí, continúe siendo nuestra aurora salvadora y el origen de nuestra dicha futura.

En homenaje a la insigne persona, el niño prorrumpió en un hurra, coreado por todos, incluso las damas, como marinos ingleses. Prefiero omitir las expresiones del más absoluto servilismo al hombre del cumpleaños. Sin embargo, ¡cómo quisiera estar de nuevo en aquel galpón iluminado con lámparas de aceite y damas ataviadas con aros descomunales, digno adorno de un pirata del Caribe! No idealizo el pasado, sólo extraño lo perdido con él.

No estuvo mal la representación de El Valle de Andorra, aplaudida por todos, aunque todos tuvieran la atención dirigida hacia una suerte de representación paralela: una mujer distinguida por su porte y traje europeos, por su no sé qué de arrogante, y por el hecho de ocupar sola una luneta, cuando todas las de su sexo estaban acompañadas y custodiadas. Las flores rojas me recordaban a la dama de las camelias, si bien la infractora unía a lo provocativo del atuendo un toque de recato. Digamos una Margarita Gautier casada. Una Gautier auténtica hubiera resultado tan fuera de lugar como un tapir en la avenida de los Campos Elíseos. Casada, sí, ella estaba casada o en una situación similar. ¿Cómo se distingue una soltera de una casada? Con el conocimiento profundo de las mujeres; al amateur no se le pueden dar reglas. Lo digo sin presunción, porque el mío es, ¡hélas!, un conocimiento de carácter predominantemente teórico; proviene de confidencias antes que de experiencias. Agregaré que el aire de casada no lo da tanto el vínculo matrimonial como la posición social y ésta, la nueva posición, era lo notorio en aquella dama de las camelias.

La Margarita trasplantada me echó un vistazo; lo comprendí como entendido. Ella se preguntaba quién era yo. Me reconocía como extranjero, mas no del tipo habitual, pues tipos sólo podía haber dos. Por un lado, el de los ingenieros, médicos, químicos, oficiales de marina, profesores de música y de dibujo; por el otro, el de los artesanos y manobres del astillero, arsenal y otros trabajos públicos (estos últimos por lo general ingleses, vale decir devotos y borrachos los fines de semana). Yo no encajaba en ninguno de los dos grupos, pues mi elegancia resultaba excesiva para un obrero y no tenía el tipo de ingeniero. ¿Nos habíamos conocido? Ella sabía que sí (¿no me he dicho entendido en mujeres?) y trataba de precisar cuándo, cosa algo difícil para una persona un poco miope e incapaz de aceptar una limitación física o mental.

Terminado el acto, la naturaleza me llevó al lugar que llaman excusado, nombre escrito sobre la puerta en su equivalente francés, idioma favorito de quienes lo desconocen, sobre todo en América, donde se lo asocia con la distinción y la perversión, dos características cautivantes.

"No se puede", me explicó mi omnipresente malencarado. "Haga como todo el mundo", me dijo un hombre, que uniendo la palabra al ejemplo me condujo al patio, donde varios árboles hacían las veces de servicio para los caballeros, porque las damas habían monopolizado los vestuarios para cambiarse de ropa para asistir al baile, creando así un serio problema logístico, pues la capacidad del teatro era limitada, y se vio excedida con la llegada del regimiento de esclavas y modistas, que aportaban los trajes de gala y la ayuda necesaria para ponérselos.

Aquella escena pintoresca del traspatio del Teatro Nacional, inconcebible en un teatro francés, no terminaba de asombrarme. El Ministro de Hacienda usaba como percha de su sombrero la rama del árbol contra el que se aliviaba mientras con-versaba con el presidente del Tribunal de Apelaciones. Los jueces, los mismos que ofrecían el baile en homenaje al Jefe del Ejecutivo (y de los demás poderes del Estado), se comportaban de la manera más inconveniente, echando bromas cuyo sentido literal se me escapaba y sin embargo comprendía. ¿Se toma-rían las mismas libertades las damas en el vestuario? No me hubiera sorprendido; en el país subsistía la naturalidad (por llamarle así) de sus aborígenes: en la bahía del puerto, a poca distancia de la Aduana, a la vista de todo el mundo, que no parecía notarlo (exceptuando los extranjeros) hombres y mujeres se bañaban en traje de Adán y Eva. ¿Y qué decir de esas mujeres fumando esos enormes cigarros? Algunas enseñaban a fumar a sus hijos de corta edad; otras los amamantaban en público. Quitada la inocencia, era el paraíso terrenal.

Hubo una agitación cuando una nueva sombra se agregó al grupo. Era el general López, reconocido a pesar de su discreción, pues se ocultó en el lugar más apartado del patio; por lo visto, durante su estadía en Europa, él había aprendido algo del pudor propio de la convivencia civilizada. Ya en condiciones más decorosas, volví a encontrármelo en la sala de baile, que era la misma sala del teatro después de haberse retirado las sillas y humedecido el piso precario por una multitud de esclavos endomingados, descalzos y provistos de baldes de agua, para evitar el polvo y permitirse la entrada de las damas con sus nuevos trajes, mientras los músicos de la orquesta afinaban sus instrumentos sentados en el suelo y un segundo ejército de esclavos preparaba el sitial de honor. Confuso por el ajetreo y temeroso de faltar a alguna regla de la sencilla y complicada cortesía local, buscaba un lugar donde acomodarme cuando, en tono sumamente cortés, el general López me dijo:

"Monsieur Berny, estoy muy contento de verlo aquí. Sé que debió hacer un esfuerzo para venir a la fiesta antes de haber desempacado. ¿Fue muy duro el viaje?".

"Aparte de una tormenta frente a Buenos Aires...". "Bien. Entonces me habrá traído la encomienda". Asentí. "Me la entregará cuando pueda. No hay apuro". El tono decía más bien tengo prisa, estoy impaciente de hacer el experimento. "Mientras tanto, debe divertirse". A un gesto del general, alguien me colocó una copa en la mano. "Beba". No era posible contrariar a un hombre tan cortés y tan imperativo, cuyos modales obsequiosos disimulaban la ferocidad del tigre agazapado para saltar.

No sin elocuencia, aquel hombre jaguar relataba, a un grupo de jóvenes maravillados, la presentación de credenciales; el coche que lo había llevado por calles iluminadas como en pleno día hasta las Tullerías, donde habían encendido grandes fogatas porque hacía mucho frío (pausa para explicar que enero es frío en Francia) y porque el público quería ver las caras de los representantes extranjeros. A los embajadores los recibieron en tina sala más grande que todo el Teatro Nacional, después de haber caminado centenares de varas a través de otras salas igualmente extensas. Uno de los representantes confundió a un ayudante del Emperador con el Emperador. ¿Cómo no confundirse? ¿Todos con charreteras, espuelas de oro, botas nuevas! Los había de todos los colores: los secretarios de verde, los ordenanzas de azul, los chambelanes de rojo. ¿Bella la Emperatriz? Bellísima. Eugenia de Montijo. ¿Habla castellano? ¡Claro, si se llama Eugenia de Montijo!

Por momentos, el general López me pedía confirmar a sus oyentes lo imposible: las salas con espejos en las paredes. ¿Para vestirse? No. ¿Se rompían? No. ¿Por qué en una sala de baile? ¡Ah!, verán qué bien quedan cuando los pongamos en el Club Nacional. (La construcción del Club Nacional se había convertido en prioridad desde el regreso de Francia de la numerosa misión diplomática.) ¿La guerra de Crimea?, preguntó un niño de unos diez años llamado Juan Crisóstomo; tenía una mirada inteligente y había tomado parte en la representación teatral dirigida por el español. El general le acarició la cabeza paternalmente y respondió: aquí hay damas y podrían impresionarse con tanta sangre. Moriré sin saber si el general estuvo en Crimea, aunque dudo de que el Emperador le hubiera confiado varios batallones; todo el mundo se lo creía en Asunción a causa de la foto: el hombre de espaldas debía ser don Pancho; el otro, el Emperador en persona. Nunca he podido ver la foto y, de no haber reconocido en ella al Emperador de los franceses, me hubiera cuidado muy bien de decirlo.

"¡Madame!".

Margarita Gautier se acercaba.

"La señora", explicó el general para que todos lo oyeran y aceptaran, "ha venido para realizar inversiones de capital". Tratándose de una inglesa, lo de capitalista resultaba aceptable; todo se puede esperar de los ingleses, hasta una mujer capitalista y, si el general lo decía, era forzoso creerlo, aunque la capitalista se presentara en el atuendo de tina bailarina de la ópera. "Madame, este señor ha venido para poner su trabajo, su capacidad, al servicio de nuestro país". Esto también para que todos lo oyeran y aceptaran "Entonces puede ser muy útil". Había cierta ironía en la voz. "¿Cómo se ha decidido a venir hasta aquí?".
"Por intermedio del señor Laplace".

"¡Un hombre excelente nuestro cónsul en París! Ha hecho lo posible y lo imposible para estrechar nuestras relaciones con Francia. Por desgracia, entre los franceses llegados hace un tiempo existen cabezas duras, que nos han causado buenos disgustos, y que no ha de ser el caso con el señor Berny".

"Así espero", acotó madame con una dureza no percibida por los ingenuos contertulios.

La conversación terminó porque se acercaba un ujier gritando ¡con permiso! y al mismo tiempo empujando hombres y mujeres. Sonó una música y el Presidente marchó hacia su lugar de honor, el sillón dorado puesto sobre el estrado y bajo el dosel. Se veía contento (siempre está contento en su santo, me explicaron) pero su expresión cambió al reparar en la extranjera, sobresaltada en presencia del Supremo como una acusada en presencia del gran inquisidor; en ambos casos, la sospecha valía como prueba de hechicería o de mal comportamiento. Por suerte había quedado atrás la Edad Media, y la sospechada pudo retirarse del teatro sin, más castigo que la humillación.

El baile comenzó en seguida y yo me repetía aquel lugar común de que el mundo es pequeño, ¡cómo de pequeño será cuando se establezca el telégrafo intercontinental! También me dije París es grande, porque la fiesta aldeana me transportaba a los mejores momentos del Bal Mabille, donde había conocido a la temperamental Mousqueton, a la divina Pomaré, ella con su aire de madona conferido por la tisis; a la Mogador. La influencia de Mabille había difundido por todo el mundo esa música polaca prohibida un tiempo por indecente por la policía parisina: la polca. Naturalmente, debía enterrar en lo más profundo de la conciencia el recuerdo de las visitas de los diplomáticos paraguayos al Mabille y ciertos incidentes picarescos, como la botella arrojada a un agente de policía por la blanca mano de la dama encontrada de nuevo en el Teatro Nacional. Algo de aquello había transcendido, y por eso el Presidente Constitucional se había mostrado tan molesto al verla. Sin duda, Su Excelencia tenía un propósito civilizador: toleraba las mujeres desnudas en el puerto y en los ríos y arroyos del país; para la admisión en ciertos círculos, sin embargo, la conducta y los antecedentes debían ser otros. Yo estaba dispuesto a secundarlo en la tarea europeizadora enseñando a sus paisanas a vestirse, a quitarse esos enormes aros dignos de los piratas del Caribe y, ¡por Dios!, a no untarse los cabellos con grasa para darles brillo.


ENLACE RECOMENDADO:
LEVIATAN ET CETERA
Poesías GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ
Tapa: JULIO GONZÁLEZ
Ediciones NAPA
Serie Poesía – Nº 1 – Junio 1981
Hecho el depósito que marca la Ley
Impreso en Paraguay
EDITORA LITOCOLOR
Mayo 1981
Asunción – Paraguay (pp. 64)


lunes, 16 de agosto de 2010

GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ - ACERCA DE LA NOVELA HISTÓRICA / Fuente: REVISTA DEL PEN CLUB DEL PARAGUAY. IV ÉPOCA – Nº 18.


ACERCA DE LA NOVELA HISTÓRICA
PONENCIA DE
GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ
(ENLACE A DATOS BIOGRÁFICOS Y OBRAS
EN LA GALERÍA DE LETRAS DEL
WWW.PORTALGUARANI.COM )
.
ACERCA DE LA NOVELA HISTÓRICA
Una novela histórica se propone expresar el espíritu de una época. Como ejemplo puede valer IVANHOE, la conocida obra del maestro del género WALTER SCOTT. En las primeras páginas del libro, Scott nos presenta un perro rengo y dos hombres que llevan collares de metal al cuello. El perro renguea porque le han mutilado las patas intencionalmente, para que no pueda cazar en el coto vedado de los señores. Los hombres son dos siervos, y por eso llevan los collares, donde consta quiénes son sus amos. Con estas tres figuras, Scott nos lleva al mundo de la Inglaterra feudal, con todas sus desigualdades y arbitrariedades.

¿Por qué el género creado o desarrollado por Scott tiene hoy tanta vigencia? Porque responde a una necesidad del momento actual. Curiosamente, en este mundo global, mediatizado, informatizado, la abundancia de información se convierte en exceso de información. Los árboles nos impiden ver el bosque. Abrumados por una inmensidad de datos, tratamos de distinguir lo accesorio de lo principal, con el propósito de comprender el momento en que nos toca vivir. Buscamos la historia, que es reflexión sobre lo acontecido; en esa búsqueda, la narrativa histórica nos ayuda a despojarnos de ideas preconcebidas; a ver lo que se nos había escapado; a comprender que el mundo actual no es el único posible, ni necesariamente el mejor.

Tengo el honor de compartir esta mesa redonda con LILY TUCK. Está demás decir que, sin habernos conocido, ambos escribimos sobre una figure histórica. ELISA ALICIA LYNCH, sobre la cual existen opiniones encontradas. ¡Ángel o demonio? Yo decidí evitar esos extremos al comenzar a escribir mi novela EL PELUQUERO FRANCÉS. Me atrevo a decir que la señora Tuck escribió Noticias del Paraguay con el mismo propósito en mente. Pero naturalmente no debo comentar su libro sino el mío.

Y bien, al escribirlo, trate de ponerme en el lugar de una joven de veinte años, Elisa, llegada al Paraguay en 1855. ¿Cómo vio ella Asunción? No pudo dejar de sentir el contraste entre la ciudad-aldea y la cosmopolita París, donde había vivido su adolescencia y primera juventud, después de haber abandonado su nativa Irlanda. Salvando las diferencias, esas dos capitales tenían algo en común: la reforma urbana. Bajo la dirección de su prefecto Haussmann, París experimentaba entonces la remodelación que la convertiría en modelo de varios urbanistas americanos. Asunción se europeizaba, una transformación permitida por la política de apertura de Carlos Antonio López y también por la caída del caudillo bonaerense Juan Manuel de Rosas. Bajo la tutela de López, el Paraguay recibía ingenieros, médicos, arquitectos, músicos y modistos extranjeros. Aquella modernización relativa debía parecer insuficiente a la distinguida Elisa Lynch, convertida en figura pública por su relación con el entonces general Francisco Solano López, el primogénito y sucesor de don Carlos, que por entonces desagradaba al padre, hombre de ideas tradicionalistas.

Otro espectador del escenario asunceno tiene la novela, y es el peluquero francés JULES BERNY, un personaje de ficción, aunque no inverosímil. Por aquellos años había dos peluqueros franceses en Asunción: un señor CASTAIGN, que publicaba anuncios en el Eco del Paraguay, y Jules Henry, registrado en el Archivo Nacional. HENRY, según dice HÉCTOR FRANCISCO DECOUD en su ELISA ALICIA LYNCH DE QUATREFAGES, era amigo de madame Lynch. Estos datos, elaborados por la ficción, se plasmaron en el personaje Jules Berny, parisino chocado por el ambiente provinciano de Asunción.

FRANCISCA GARMENDIA es un personaje histórico del que se sabe poco, exceptuando su muerte a lanzadas en 1869. Una de las anécdotas sobre la trágica vida de Francisca, ya marginada socialmente en 1855 por haber rechazado las proposiciones del general López, es que tuvo un novio francés. Me he permitido suponer que el novio francés fue Berny, quien trató de huir con ella a Buenos Aires, para salvarla del ostracismo y de persecuciones que pudieran anticiparse. El proyecto de fuga, que hubiera acarreado la vendetta del general López, contaba empero con el apoyo de Elisa Lynch, entonces una joven no carente de sentimientos generosos y además deseosa de desembarazarse de una potencial rival en las cambiantes preferencias del general. La fuga no se lleva a cabo y Francisca, años más tarde, engrosara la lista de las personas ejecutadas sumariamente por el mariscal Francisco Solano López.

¿Cómo se vivía en el Paraguay de mediados del siglo XIX? ¿Que podía pensar, que podía sentir, que podía hacer una persona de la época? Estas son preguntas que he tratado de contestar a través de la ficción. Son respuestas personales y tentativas, por razones comprensibles, como la insuficiencia de la documentación existente. Esa insuficiencia no es casual: largas décadas de dictadura han tenido como consecuencia la escritura de una historia apoyada en la destrucción de los documentos que pudieran desmentirla. A la destrucción de la evidencia debe agregarse el insuficiente desarrollo de la investigación. La falta de historia rigurosa, curiosamente, se ve acompañada por una peculiar mitología histórica, presente en la vida cotidiana y tan patente que no necesito explicarla. Con todo, el conocimiento del pasado nos interesa y, a más de la satisfacción que pudiera darnos, nos ayudará a comprender el presente.

.
Fuente:
IV ÉPOCA – Nº 18
A CENTRE OF INTERNATIONAL PEN
EDICIÓN ESPECIAL
LA FUNCIÓN SOCIAL DE LA LITERATURA
EN EL PARAGUAY
Arandurã Editorial,
Asunción – Paraguay
Julio 2010 (199 páginas).
Amplio resumen de autores y obras
de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.

jueves, 15 de julio de 2010

GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ - LEVIATAN ET CETERA (POEMARIO) / EDICIONES NAPA - SERIE POESÍA - Nº 1 - JUNIO 1981.


LEVIATAN ET CETERA
Poesías GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Tapa: JULIO GONZÁLEZ
Ediciones NAPA
Serie Poesía – Nº 1 – Junio 1981
Hecho el depósito que marca la Ley
Impreso en Paraguay
EDITORA LITOCOLOR
Mayo 1981
Asunción – Paraguay (pp. 64)

.
ADVERTENCIA DEL AUTOR
El presente libro es una colección de poesías escritas entre 1976 y 1979 - aproximadamente. La primera parte, LEVIATÁN, alude a la bestia bíblica que ha pasado a ser sinónimo de totalitarismo. La segunda, ET CÉTERA, tiene poca o nula unidad temática, pero quería publicarla. Gracias.

PARTE I
LEVIATAN
.
ARTE POETICA
El dios Apolo llegóseme y me dijo:

"-A ti, el más humilde de mis hijos
te ha cabido la gloria (la tarea)
de enumerar las miles de batallas
del hombre por la vida y su escenario;
pacientemente anota
el paso de la lluvia sobre el aire
el amor de las múltiples mujeres
las generaciones y los barcos
las amapolas rojas y las sangres.

A ti se te encomienda
la guía de teléfono divina
que registre los números oscuros
direcciones remotas y los nombres
de pueblos apagados y suburbios,
las bodas y las muertes sospechosas
en Paraguay, en Chile, en Argentina.

Escucha bien, vate alado,
poeta,
las tablas que te han dado
aquella máquina
para escribir más rápido,
tu corazón sangrando en el crepúsculo
tus lagos, tus mujeres solitarias,
hoy día tienen dueño
-se trate de Olivetti
del lago de Palermo
de Play Boy Magazine.

Definite chamigo, en las praderas
bordadas de asfodelos
en la noble colina del Parnaso
se tira a la derecha o a la izquierda.

LEVIATAN
Los ríos van al mar, pero del viento
se conoce muy poco;
nadie sabe si es heraldo de arcángeles
o escritura de un libro misterioso.
Nadie lo ha visto, pero el hombre sabio
apuesta por su símbolo.

Las tribus más feroces
siguen al Behemoth, encandiladas
por su frente de oro,
por sus ojos de piedra
de estúpido becerro.

"-Comedores de viento -nos han dicho-
de vuestro dios oscuro, ¿ qué se sabe ?
¿ Quién le ha visto los pies ?
Ante los cuernos duros
de nuestro dios se humillan las falanges
de Babilonia y Tiro
y caen sus murallas. El dios potente
de la Nueva Israel es con nosotros.
Suya es la gloria, suyos nuestros ojos
y aún tus ojos necios al mirarle
porque suyo es el culo de tu esposa
y aún tus diversiones semanales.
El nos entrega el mundo
sin requerir el corazón a cambio.
Nuestro señor banquero, fifty-fifty,
reparte las ganancias con nosotros.
Habrá sangre en su altar. Eso lo admito.
Mas homo homini lupus, es preciso
sobrevivir, darle empleo a la gente
en este mundo nuestro
el mejor entre todos los posibles.

Hijo mío, te lo dice este anciano,
no escuches sus palabras
ni sus ofrecimientos de trabajo.
No los sigas en sus orgías insensatas
en los burdeles de Babilonia o de Manhattan.
No ames a las mujeres rojas de Penthouse.
No te arrodilles ante falsos dioses
ni blasfemes con sus coroneles.

Hijo mío, mira a su dios estúpido,
mira al torpe becerro consagrado:
No puede ver, mas ojos no le faltan
no puede caminar, no puede amar
con su callado corazón metálico.
Somos hombres, fabricamos los dioses,
mas somos a su imagen.
Si amas al hombrecillo de oro
se secará tu sangre como el metal
se secará tu lengua
se secarán tus ojos
se secarán tus manos y tu vientre.

Ama al Dios verdadero sin retratos
ni templos ni moradas
porque El no tiene cara
y El es todas las caras. Y El no está.
Búscalo en el silencio.

A veces pasa un ángel
con su carro de fuego, pero el ángel
es apenas su huella
en el espejo cóncavo del viento.
Y el templo es sólo un punto en su escritura.
Y eres templo también,
tú eres el templo.

Vela, hijo mío,
acecha en el silencio
en la noche profunda de tu pecho
la palabra preciosa
que saciará tu impura sed de imágenes.

El llegará. La espera no es estéril.
Es el agua fecunda
con que la lluvia limpia los barbechos
antes de la cosecha.
En tu puro silencio, en tu blasfemia rota
se incuba un hondo canto
que romperá la valla de los siglos
y atravesará las constelaciones
y las comisarías de los hombres
para llegar, volando, de hombre a hombre.

Acepta tu penumbra, tu rabia y tu silencio.
Pasarán largos años, pero un día
podrá llegar el Hombre
su Profeta
su Nuncio prometido.
Sus palabras
serán corno una espada fulgurante
para quemar el aire
y desnudar el alma de las cosas.
Ese día quedarán revelados los pergaminos sabios
que guardan los ancianos de la tribu.

Pero (escúchame) el Hombre
no llevará señal sobre la frente
ni hablará con parábolas;
dirá las cosas simple, claramente,
hablará en las cafeterías y los circos.
El beodo, el colérico, el nigromante falso
no oirán sus palabras
entorpecidos por el vino rojo
de la vid, el rencor y de la magia.

Animará la música dormida
en las rosas oficiales
y en los pechos
de las muchachas vírgenes.
Se elevará su sol resplandeciente
-el de la vida-
más que el sol de Hiroshima.

La negra Ker, la Parca de Quevedo
recibirá patadas en el culo
y todos cantaremos al unísono:
- ¿ Dónde está, oh muerte, dónde, tu victoria ?

(Esto que yo te cuento, hijo querido,
pasó hace mucho tiempo).

Ya la vida me deja.
Es preciso iniciarte., ya eres hombre,
acércate y escucha
mi palabra final:
Ya no es secreto el Símbolo.
Tú puedes ser el Hombre.
Yo puedo ser Elías, San Juan o Juan González.

CEDULA DE IDENTIDAD
¿Por qué no biografía?
La mía, paraguaya,
algún temblor de esteros imantados
por la luna del trópico,
la noche tropical y las mujeres
más hondas que la noche;
por qué no guacamayos luminosos
rojas aves del sueño, caimanes fabulosos
la vacilante luz de los jazmines,
naranjas perfumadas por la noche;
el inventario
fascinante y folklórico
que nos atan al cuello
cada vez que queremos
hablar como nosotros.

Pero no, compañeros,
la luna es siempre la luna
el aire es aire
pero el hombre no es Hombre
algunas veces,
a veces, cuando olvida
su cara en un espejo.

Te agradezco, Abenámar,
tu cortesía aquesta
mas disiento.
Si vine a hablar de mí
frente a vosotros,
si he venido a explicarme
no haré ningún discurso
ni tronaré, patético,
en el podio.
Con toda cortesía
(todo orgullo)
me llevare la mano a los bolsillos
al corazón, al cuello
al calzoncillo
para hallar y enseñar
discretamente
esta raíz oscura e incompleta
que me crece por dentro.

HABLANDO CON LA MADRE PATRIA
Hablando claramente
podríamos decirte
por qué has quedado pálida
al leer las noticias del diario
frente a un hecho
que quizá no es lo básico.

Podríamos decirte en qué la luna
difiere de las lunas del teatro
de tus fiestas paganas u oficiales
o judeocristianas, o simplemente
obscenas e importadas.

¿Alguna vez pensaste para dónde
te han llevado tus pasos?
¿Vuelves a ti después de cada noche
y te miras, y adviertes el cansado
color de tus miradas y tus trajes
y el revuelo insolente de las luces
del carnaval ridículo en que bailas?

Desde lejos te alcanzo para verte
como una dama gorda y recatada
que ha perdido su tiempo en reuniones
y a veces (digo las más) se calla
o llora o va de compras, pero siempre está sola.

Mas déjame decirte que te quiero
con un amor convulso como el odio
con el amor del odio.
Que desde lejos vuelven tus contornos
hasta mí, con tu suma y tus fracciones
tu agonía ridícula, tu corazón en babia.

Pero, ¿cómo decirte lo que eres
si es la sangre un mensaje más intenso
que tu callado río innumerable
y somos sangre y sangre y agua y agua
y respiras conmigo, feto y madre?

A veces es preciso, sin embargo,
utilizar palabras como piedras
para llamar al alma;
te tiro mis palabras como el niño
las tira a la ventana
para dejarte algunas piedras blancas
sobre una piedra negra
o quizá solamente piedras negras.

Oh patria, nombre único
multitud de luceros y de sábanas
oh cáliz de las luces, puerta amarga.
Patria, maldad, mis pantalones largos
mi primera aventura, oh todos mis amigos...
... ¿Los puedes recordar?...
¿Verás a Pocho y Jorge como niños
o durmiendo, tirados en la calle
en un sueño de balas y gendarmes?
¿Pensarás en René? ¿Podrás ver a Juan Carlos
como a un muerto
a quien le van muy chicas cuatro tablas?

Déjame que te cuente. Un día despertamos
(nosotros, los muchachos, la perrada)
"ebrios de fiestas" si así te gusta, o
simplemente un poco empelotados.
Mi madre no me había acostumbrado
a ver la muerte. Un día despertamos
y allí estaba la tipa. No sabía
que se puede morir también de siesta.
Que a las tres o las cuatro de la tarde
llega la camioneta colorada y opama.
Y ves hermano
cómo todo se acaba y nuestras vidas
son ríos literarios
porque en verdad el río de la muerte
o el mar que es el morir es pura fábula
y un día se te acaba y eso es todo.
Y lo peor que nadie te recuerda
y que siguen los bailes
y ayer se fue tu hermano pero estamos
con elección de reina como nada...

Es por algo (te dije) madre patria
que a veces te quedás sobresaltada
cuando un pelo en la sopa, una pavada
(cuando un acto fallido, como dicen
los señores psicólogos)
de golpe te recuerda alguna cosa
que no sabés muy bien y estás tan pálida. . .

. . . Es por algo, te digo, alguna cosa
que conocemos todos. No es por nada.

PARTE II
ET CETERA

Cuando crece la sombra
cuando la tibia noche en torno a ti adelanta
tú floreces y vuelvo a tu mirada
vuelvo a tu boca terca, a tu temblor, tu celo,
vuelvo a tu luz y a tu piel insistente.

Llegas de pie, como una lenta música
como el vestido blanco de la lluvia,
llegas como vestida de estaciones
llegas trayéndome un cierto poniente
una luna perdida, alguna tarde
caída sobre el agua, una mañana,
llegas de golpe con las manos llenas.

Y entonces, ¿dónde estamos
cuando al día enemigo
sigue la noche lenta de los besos,
sigue tu amor, caliente como un templo
de plata incandescente,
la llama demorada de tus ojos,
el impaciente abrazo de los muslos
y tu piel y tus manos, tu cabello
como una noche fresca que me abraza
y somos en silencio, entre sollozos,
entre quietos relámpagos,
entre sueños que vuelven, entre sábanas?

Veré caer el sol como una dura piedra
del corazón amigo de la noche;
las casas serán casas
los árboles los árboles.
Y su luz implacable
ordenará las cosas.
las calles poluídas de automóviles
entregarán su carga de empleados
a cientos de oficinas. Renovarán las máquinas
su canto de sirenas invencibles.
Por todas las esquinas recorridas
me seguirá un ejército de nombres.

MIRANDO EL RIO PARAGUAY
Mis ojos no miraron
más que el poniente estático
de la tarde caída en la mirada
de una novia ya extraña.

Acaso como en sueños
no sabía que el río tiene historia
que en su esplendor, su ocaso, su agonía
bogaron carabelas y piraguas.

Sentí la tarde enorme poseída
de una sola presencia. Ahora vuelvo
a caminar por esa misma orilla
y veo que hasta el aire está poblado.

Discurre el corazón entre perfiles
de acero. Si ha perdido
su inconsistente encanto adolescente
decidme donde estoy. Decidme donde estuve
Discurre el río
con su ominoso cinturón de aceite.

CREPUSCULO
Momento de presencias
cuando crecen las sombras y las bestias
y el corazón, una campana oscura,
golpea desde adentro.

Una tarde que llega
con residuos
de mi forma de ser.

Recobro una mirada
la argentería frágil
de palabras y sueños.

Algo que vuelve acaso
como un barco
bogando por un río inexistente;
como un espejo roto
con el marco
cerrando el agujero
donde se ve la imagen
que niegan los espejos.

MUJERES DEL SUBURBIO
(Chacarita, Asunción)
1
Mujeres, carne oscura
carne tempranamente inaugurada
trabajarla sin término
por el limo del río poluído
por el hombre sin nombre
el hombre sin palabras
que llega pero pasa como el río
dejándote un remanso
de camalotes secos en el alma.
II
Mujeres, Severina
María, Juana, lgnacia, rostros duros
y manos destruidas:
¿Habéis oído acaso de la reina
de aquella Cleopatra
de piel gloriosa, clara
sedosa y delicada como el alba
donde halló trono el hombre
que cambió su corona por sus manos?
III
Rapunzel, lirio blanco
le tiende sus cabellos al amante
y Margarita sueña
y dona Sol pasea por el parque
donde la luna es plata
y el amor estandarte
¡Oh mujeres sutiles cinceladas
por artistas y amantes!
¡Mujeres con brillante y con esclava!
IV
Pero a vosotras, niñas
sin doncellez, mujeres sin amante
¿qué príncipe constante
o, más modestamente, que operario
constante os amaría?
Hay que tender la ropa
coser, lavar, zurcir, fregar el piso
(si hay piso) cada día
darle el pan, la cama y la alegría.
V
En la noche del río
sin ruiseñor ni perla ni jardines
sin duelo ni suspiros
el sueño llega torpe y sin sonido
cayendo como oscura.
piedra en el agua inmóvil.
¿Podéis pensar acaso en otro empeño
más real que el dormir
el corazón sin pena ni sentido?

ESPERA
Dije a mi corazón: No te apresures
si ves el agua muerta del invierno
que se pudre en las hojas,
si ves la nieve adentro y por afuera
señales sin sendero.

Aún tú puedes ver el mar Cantábrico
cuando latía el Can, la pedrería
sin número del cielo. Quedan puertas.
Y has besado muy poco. Todavía
no te viste en tus sueños.

Sabes lo que no sabes; tu saudade
que es proyecto y recuerdo.
Apaga ese tumulto de tus voces
como apagan los cirios en la iglesia
para sentir la oscuridad poblada.

Aprende a amar esa pequeña historia;
tus olvidos, tus sueños incompletos.
Mira que en tus sentinas quedan pasos
todavía sin dueño. Que te llaman
aunque no sepas quien, de más adentro.

HALLAZGO
Como se busca el oro en el escombro
del incendio, en las ruinas del palacio,
yo busco el resplandor de aquel espacio
en el recuerdo, el frío y el asombro.

Porque no estamos ya. Las soledades
que un día compartimos, la esperanza,
la claridad, la luz eso no alcanza.
Somos remotas, tercas realidades.

Amaste la alegría más sencilla
de lo real; la clara maravilla
de vernos y de ser y de abrazarnos.

También te amé pero seguí a mis sueños.
Ya te vas, ya despierto, ya soy dueño
de tu imagen final al separarnos.
Amplio resumen de autores y obras
de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.

martes, 8 de junio de 2010

GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ - DEL NATURALISMO AL PERIODISMO LITERARIO / Fuente: CRONICAS Y ENSAYOS PARAGUAYOS – TOMO II. Autora: TERESA MENDEZ-FAITH.


DEL NATURALISMO
AL PERIODISMO LITERARIO
Ensayo de GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

.
DEL NATURALISMO AL PERIODISMO LITERARIO
Si uno quiere buscar analogías, puede hallarlas entre nuestro compatriota el capitán Napoleón Ortigoza y el capitán francés Dreyfus, que mereció una larga prisión en forma injusta. Asociado al nombre de Dreyfus se encuentra el de Emilio Zola (1840-1902), que inició y obtuvo la rehabilitación del condenado. Zola, maestro del naturalismo literario, es un exponente típico de intelectual comprometido. En realidad, la expresión intelectual comprometido dice menos de lo que se cree; al fin y al cabo, ya Voltaire pertenecía a la especie y no puede negarse que, ya mucho tiempo antes de Voltaire, más de un escritor manifestó su compromiso con alguna determinada postura política. Pero, de todos modos, Zola tuvo un compromiso indiscutible, y este se dio dentro de ciertas líneas fijadas por el naturalismo.
¿Qué se entiende por naturalismo? Para comenzar, una prolongación del realismo. "El realismo", en opinión de uno de sus partidarios, "tiende a la reproducción exacta, completa y sincera del medio social, de la época en que se vive, porque esta orientación de los estudios está justificada por la razón, los servicios de la inteligencia y el interés del público... Esta reproducción deberá ser lo más sencilla posible". A esta definición de realismo, Zola agrega sus lecturas de la Introducción al estudio de la medicina experimental, libro de Claude Bernard, que proponía como método una combinación de observación y experimentación. Zola lee la obra hacia 1879 y, para 1880, lanza toda una teoría de la novela, de la que forma parte la tentativa de aplicar al estudio de los fenómenos morales y sociales los métodos biológicos de Claude Bernard. El propósito es el conocimiento del hombre y de la sociedad. "Cuando los tiempos hayan progresado", dice Zola, "no se requerirá ya sino actuar sobre los individuos y sobre los medios para llegar a un estado social mejor. Ser árbitro del bien y el mal, regular la vida, reglamentar la sociedad, resolver a la larga todos los problemas del socialismo y aportar, sobre todo, bases sólidas a la justicia resolviendo, por la experiencia, los problemas de la criminalidad, ¿no es acaso convertirse en el obrero más útil y más moral del trabajo humano?".
Los propósitos de Zola eran loables, pero es dudoso que su biologismo simplista fuera el instrumento más adecuado para representarse debidamente la realidad social. Es dudoso, además, que la realidad social sea una cosa en sí, aprehensible con aquel o con cualquier otro instrumento. Y, de todos modos, a mediados de 1880, viene la reacción antinaturalista. La propicia el simbolismo y, décadas después, la vanguardia. (A pesar de la reacción, el naturalismo ejerció una gran influencia en la literatura: tanto Dostoievski, Tolstoi, Chejov, Ibsen y otros grandes autores sintieron su influencia, y no olvidemos la huella naturalista presente en la obra de Gabriel Casaccia).
Después de la hegemonía de las escuelas de vanguardia (futurismo, surrealismo, expresionismo, imaginismo), vuelven ciertos conceptos naturalistas, como muestra el artículo de Paul Morand, "El naturalismo" (que nos sirve de base en este escrito). Solo que, en la segunda mitad del siglo XX, las ciencias de moda ya no son las biológicas sino las sociales. Y, además, existe la grabadora, que permite una nueva forma de hacer literatura. Así se hace novelista el sociólogo norteamericano Oscar Lewis, autor de “Los hijos de Sánchez”. Esta obra es el resultado de las conversaciones mantenidas por el autor con los cuatro miembros de una familia mexicana, los Sánchez, con quienes Lewis vivió dos años, grabando lo que le contaban. El resultado fue la novela. ¿Transcripción? Sí, pero la selección pertenece a Lewis, que da nivel literario al material seleccionado. (Tiene sentido comparar el trabajo con el del fotógrafo, que, tomando 'lo que tiene delante de la cámara', puede convertirlo en arte).
Sobre la relación entre su sistema de trabajo y el de los naturalistas, Lewis dice: "En el siglo XIX, cuando las ciencias sociales se hallaban todavía en un estado balbuciente, la tarea de observar y referir los efectos del proceso de industrialización sobre la vida personal y familiar se dejaba en manos de los novelistas, los autores dramáticos, los periodistas y reformadores sociales... El magnetófono, utilizado para registrar los relatos de este libro, ha hecho posible el advenimiento de un nuevo género de realismo social en la literatura".
A este género de "nuevo realismo social" pertenecen numerosas novelas, entre ellas, “A sangre fría” (1966), donde Truman Capote estudia el mundo de los marginales a través de la conducta de dos individuos que, sin motivo, asesinan a toda una familia. Esta es literatura social, ciertamente, pero eso no significa que Capote sea un reformador social. Él es más bien un instrumento de los estratos superiores que estudia a los marginados, para ver qué se puede hacer con esa gente.
Políticamente más radical, Norman Mailer publica en 1979 “La canción del verdugo”, novela periodística que relata la historia de Gary Gillmore, ejecutado por un doble homicidio. No es la primera vez que Mailer incursiona en el tema de la literatura social, aunque su fuerte sea más bien la novela 'común' antes que la novela reportaje, como se ha llamado a la nueva forma.
De cualquier manera, a partir de 1960, se desarrolla un tipo de periodismo que se ha dado en llamar nuevo periodismo, y que tiene como exponentes distinguidos a Tom Wolfe y a Joan Didion. Esta última ha escrito un libro, Salvador, que constituye una crónica periodística de su viaje a El Salvador y, al mismo tiempo, es buena literatura.
Pareciera existir un propósito deliberado de acortar la distancia entre los escritos de ficción ,y los de nonfiction, como se los llama en Estados Unidos. Prueba de la tendencia es que Tracy Kidder obtuvo en 1982 el premio Pulitzer por su libro “The Soul of a New Machine” (el alma de una nueva máquina), que es un largo reportaje sobre la instalación de una moderna computadora en una oficina.
.
De: Guido Rodríguez Alcalá, Borges y otros ensayos
(Asunción: Editorial Don Bosco. 1995), pp. 115-118.
.

Fuente: CRONICAS Y ENSAYOS PARAGUAYOS
DE AYER Y HOY – TOMO II (H-Z)

Autora:
TERESA MENDEZ-FAITH
Ilustraciones: CATITA ZELAYA EL-MASRI
Intercontinental Editora,
Asunción-Paraguay 2009 (427 a 822 páginas)
.
Visite la GALERÍA DE LETRAS
del PORTALGUARANI.COM
Amplio resumen de autores y obras
de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.

viernes, 14 de mayo de 2010

GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ - Curuzu Cadete : cuentos de ayer y de hoy / BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES (LIBRO DIGITAL 100%)



CURUZU CADETE: CUENTOS DE AYER Y DE HOY
Autor: GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ
Edición digital:
Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2000
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Criterio Ediciones, 1990.



** El libro tiene dos partes: «Ayer» (cuentos del pasado) y «Hoy» (cuentos contemporáneos). Hay poco o nada de original en los argumentos, que han sido tomados de libros de historia, reportajes y otros cuentos. El propósito no fue la originalidad sino dar un estilo propio al material ya existente.

AYER
.
LAS DESTINADAS

* Yo lo conozco bien a mi comandante, que no suele hacer esas cosas, pero tiene a los dos soldados encepados, aunque él mismo fue quien los mandó en una comisión, y por eso fue que llegaron tarde a la retreta, pero se olvidó o no les quiso escuchar razones, así que los metió en el cepo a los dos como castigo. Yo no le pienso recordar que no hay infracción, porque no estamos para eso. Estamos para obedecer sin protestar y aguantar un poco el malhumor del comandante, que también se comprende, porque rumor le llegó de que ahora van remontando el río con sus corazas y que piensan desembarcar en el norte para venírsenos encima desde arriba.
* Ese informe le llegó a mi comandante y escuché por casualidad. Escuché pero no dije nada a nadie y ni siquiera saben que escuché. Cuando mi comandante me llamó, de mala cara, me preguntó si no sabía nada. Yo le dije que no y entonces me anotó los nombres y me dijo que fuera para traerlas de Limpio. Nombres que no se pueden ni leer, pero me cuadré y me fui.
* La más vieja... ¿cómo saber cuál es la más vieja, con esas que se ponen tanta ropa? Las de por aquí suelen recoger sus cosechas en enaguas, y a veces ni eso. Al principio se las quiso castigar, pero no había cepo para tantas. ¿Qué hacer si nos falta el algodón? Las dejamos no más trabajar en cueros, pueden andar así en la chacra, pero cuando se presentan a la autoridad tienen que ser decentitas, quizás con vestido ajeno pero decentes. Algunas suelen llevar esos faldones de cuero que comienzan a usar nuestros soldados, pero les gusta más un typoi, aunque sea ajeno. Y con eso o sin nada se ve a la legua cuál es joven, pero con estas dos no hay caso. Tienen demasiadas faldas y sombreros, por eso van desde Limpio a Luque con montado, con caballo bueno que les tira ese carrito que las lleva a las dos.
* Mi comandante las recibe allí con su cara de vinagre.
* -¿Quién dirige la casa? -les pregunta.
* -Ella -dice la más joven (veo ahora que es joven) señalando a su mamá.
* -¿Por qué no salieron del partido? -está gritando.
* -No teníamos orden.
* -¡Tenían que haber salido sin orden, pues!
* Después se calma un poco más mi comandante; él tampoco no sabe bien qué hacer. Le dijeron para evacuar a las otras, pero de las extranjeras no le dijeron nada. No le dieron órdenes de dejarlas ni órdenes de mandarlas para la cordillera.
* Así que duda un poco cuando las dos le preguntan qué van a hacer, y al final les firma un pasaporte, les dice que vayan a prepararse porque tienen que salir mañana para Piribebuy. Las dos se quedan muy tristes y le preguntan qué van a hacer con sus empleados, una chica de quince y un hombre mucho más viejo que yo. Que vayan también, dice mi comandante, y hace el pasaporte para los cuatro. El viejo muy contento, porque solo no sirve para nada; parece que lo tienen en su servicio de ellas de pura lástima...
* Mientras tanto, podemos descansar. La francesa conoce una casa vieja, que ella alquiló una vez, cuando estuvo el Luque. Dice que ha de estar desocupada y así es. Podemos instalarnos cómodamente, las dos mujeres con sus dos criados y yo que las he de acompañar.
* (Dicen que para mañana he de recibir más dos soldados, pero ahora estoy sólo.) Hacen una buena cena y me convidan bien, por suerte, hace más de un día que estoy a naranjas no más. Después comienzo yo a trancar las puertas, no sea que se me vayan a escapar, y también hay demasiado movimiento por la calle. Toda clase de gente. Desde mi ventana veo los arsenaleros llevando como pueden sus máquinas, quieren embarcarlas para Tacuaral, pero no sé si hasta allí van a llegar; son demasiado grandes los fierros esos.
* Con la falta de animales quisieron llevarse los nuestros, y menos mal que los contenté con una mula y nada más, porque sin montados no hacemos nada. Tengo que llevar a las mujeres hasta Piribebuy, pero si perdemos los caballos no hay caso, esas dos no saben andar a pie. Pero si no llegan voy a ser responsable, y entonces me paso sin dormir cuidando la carreta y las provistas y los bichos que tenemos.
* A eso de las once de la noche llega un oficial muy joven y asustado. Con el sombrero en la mano, me pregunta qué clase de gente somos. Yo le contesto que voy acompañando a las dos francesas, y entonces me pregunta si como residentas o destinadas. Yo le contesto que no sé; que me dieron órdenes de llevarlas y que parecen gente de dinero. Entonces el oficial me pide permiso para colgar su hamaca en nuestro corredor y le digo que sí, ¿acaso voy a negarme a un superior? Él, seguramente, piensa que voy llevando gente muy importante, y puede ser. Por lo menos no son creídas; apenas ven que vino el oficial se levantan para servirle mate amargo, pero él quiere usar nuestra agua para lavarse una herida de la pierna llena de gusanos. Yo le recomiendo un poco de sal, y después la criadita le consigue una venda; el oficial está contento. Y nosotros también, porque resulta mejor tener una casa con oficial; últimamente no se respeta más los clases. Oficiales un poco más, pero tampoco se les obedece tanto. El soldado es como el ratón que sabe cuando dejar el barco; antes que el capitán ya se dan cuenta. Nadie les dice nada, incluso se les prohíbe preguntar, pero como los ratones meten su hocico por aquí, por allá, y enseguida saben lo que pasa. Antes que el superior. Y cuando la situación se pone mal son los primeros en rajarse, o en tratar de rajar. Y ahora parece que van haciendo sus cosas lentamente, sin ganas, con ánimo de dejarse agarrar, porque saben que están cerca. Tratan de ir quedando rezagados, disimuladamente, esperando que en cualquier momento los alcancen. Y nosotros nos rabiamos de balde, pero cuando el soldado no quiere, no se puede. Apaleamos a uno o a otro, pero cuando el soldado no quiere, no se puede.
* Y eso es lo que le pasa al pobre alférez. Se levantó bien temprano, a la mañana, llamando a sus soldados por su nombre, pero ni la mitad le respondieron. ¿Y qué va a hacer? Capaz que si se va a buscarlos, cuando vuelve, se le fueron los que ahora están con él. No hay caso. El pobre muchacho está bastante asustado, porque a lo mejor lo van a castigar por eso, van a pensar que no cuida a sus soldados. Pero la verdad es que los soldados quieren irse del barco y entonces estamos de más los sargentos, los oficiales y todo. Y menos mal que tiene con qué entretenerse, porque a lo mejor o si no le entraba en la cabeza dejarnos sin montados. Todo el mundo mezquina los caballos, es lo que más se quiere, porque sirve para montar, para vender, para comer. Al principio nadie pensaba así, pero ahora una res ya se carnea para 400 o 500, incluso se come el cuero, y entonces carne de caballo nunca viene mal -peores cosas se comen.
* Entonces se fue no más el alférez sin saber que hacer y nosotros desayunamos bien (no son yopy las francesas) y después comenzamos a marchar. La mamá en la carreta, porque parece que le agarró la fiebre. La señora a caballo (monta bastante bien) y los soldaditos al costado. Me dieron dos antes de salir y me parece bien; solo desde luego que no podía, metido entre tanta gente. Yo tengo que llevar mi sable desenvainado, por las dudas, porque los soldados van tomando caña por la calle. La criadita se asusta de sus zafadurías, mis soldados se ponen nerviosos por la forma en que nos miran, oigo que un recluta dice, frente a la iglesia, que ya perdimos la guerra. En otros tiempos iba a denunciarle, como es mi deber, pero ahora ya no tengo tiempo y me dijeron bien que cuide a mi partida y nada más.
* Ha de ser así porque me creen viejo. Y la verdad, parezco bastante viejo, pero soy fuerte. Lo único que, como decía mi difunto padre, se me atrasan las cosas. Primero quería ser paí, pero se cerró el Seminario. Cuando se abrió, ya no tenía más ganas. Después, quería ser militar; entré en la Jefatura Política como ayudante, pero el Jefe me tenía siempre en la oficina, por mi buena letra, para que le haga los informes. Y después llegó la guerra, pero muy tarde, y entré como cabo, y me ascienden a sargento ahora que... ahora que se acaba la guerra, porque se acaba. No he de repetir eso por ahí, por supuesto, pero esos soldados que vimos en Luque venían concluídos, y ellos vieron lo que nos pasó en las Lomas Valentinas. Ahora ya ni tienen miedo de decir en público que perdimos; esperan seguramente que en cualquier momento nos capturen los brasileros, como también esperan estas dos señoras, que tratan de andar bien conmigo para ver si las dejo escaparse en vez de conducirlas para donde ellas no quieren. Y mis soldados, ¡ni hablar! Al menor irrespeto les aplico los bastonazos de ordenanza, y ellos saben eso y no abren la boca, pero yo sé también lo que ellos piensan; para algo soy viejo. Viejo pero no tanto como se creen, pero mejor que se lo crean así, con tanta gente mala que anda por allí. Pyragués que reciben ración doble y tienen que justificar su ración doble y entonces inventan historias de la gente inocente, y así terminan mal algunos. Demasiados, más bien. Por eso ya les tengo dicho a mis soldados que voy a cintarear al que hable sin permiso. Nadie va a escucharles nada que por ahí se pueda entender mal; es por su propio bien y el de nosotros todos.
* Y así llegamos tranquilos y sin decir macanas hasta la estación de Areguá, donde nos fuimos a la casa de unos señores Gelly para descansar y mi francesa nos mató una cabra. Nosotros comimos con ganas mientras nos miraban. Parecen moscas. Cuando comienza el asado comienzan a llegar: mujeres, criaturas y hasta ciegos. Yo no sé como hacen los ciegos para llegar hasta el fuego, pero llegan.
* Y allí comienzan todos. Yo tengo un hijo enfermo. Hace días no comemos, che ama. Un poco para mi mamá. Pero si se convida a uno hay que convidar a todos y entonces pasamos hambre todos, con la gran cantidad que va llegando hasta Areguá. Cuando salimos de Luque no eran pocos, pero se nos fueron juntando más en el camino. Gente de todos los partidos, mujeres y criaturas por lo más. También llevan enfermos y hasta inválidos; van en unas hamacas colgadas de tacuaras que llevan sobre los hombros dos o tres. Hay las que llevan sus criaturas sobre el hombro; otros van en carretilla (los más enfermos). También alguno que otro joven con muleta, pero muy pocos, porque los muleteros son los que salieron de los hospitales vivos, y de los hospitales casi siempre se sale muerto. A mí me quisieron cortar la pierna por una zoncera, pero no me dejé; me cuidaron algunas mujeres que me atendieron bien y aquí estoy, caminando, mientras que esos pobres mozos están sin pierna. A mí me dan lástima, pero hay que hacer así: hay que darles una patada como a los perros que se acercan a la mesa porque o sino es peor. A la vieja le molesta un poco cuando pego un grito, pero después se van y ya quedamos tranquilos y podemos hasta preparar un poco de la sobra para el viaje. Al soldado asunceno yo le veo meter un poco de comida en su bolso, y entonces yo lo llamo aparte para hacerle tirar ese pedazo de carne, decirle que no he de tolerar esas desvergüenzas.
* El mitaí tiene mucho miedo, cree que lo voy a castigar. Pero no lo voy a castigar, no es necesario, lo importante es que tenga miedo, porque si le doy dos o tres planazos con el sable a lo mejor le resulta liviano y yo tampoco quiero estropearlo porque lo necesito entero en el viaje.
* Mi soldado tiene miedo; parece que se va a poner a llorar. Yo apresto el sable; le digo que incline el tronco. En eso, la mujer comienza a quejarse. Es una mujer que ya había visto en el camino, lleva sobre la cabeza una pañoleta azul. Me dice que no lo mate, por favor, que el chico apenas tiene sus once años. A mí me da risa, porque no lo pensaba matar, ni siquiera golpear, y le digo que se salvó esta vez gracias a la señora, pero que la señora no lo va a cuidar todo el tiempo como su mamá, y que la próxima vez lo voy a sablear de lo lindo y encima lo voy a partear para que lo lleven a la Mayoría y lo tengan encepado allá; eso sí que lo asusta, porque los mitaí lo tienen mucho miedo al caraí. Recuerdo una vez allá en el campamento, que los reclutas hacían cualquier cosa para no pasar delante de la Mayoría, porque le tenían mucho miedo. Así que le di un buen susto. Y a la señora también le digo que no se meta más con la autoridad y se pone a chillar. Dice que demasiado cerca luego estamos de la Navidad para ser tan malo, que recuerde un poco. Grita y llora y parece que se ríe: debe de estar completamente loca. Esta es una de las que habrá pasado la semana pasada en Lomas Valentinas; dice que muchas se volvieron locas con los cambá que les tiraban bomba sobre bomba y el cabo que les hacía recoger los pedazos para usar como metralla. No sé cómo hizo para venir desde allá, no es de las que sabe andar a pie, tiene los pies todo cortados y los zapatos seguro que los perdió en algún estero y no le han de permitir comprar zapatos nuevos (si es que encuentra) porque va de destinada. Debe ser por eso que está loca, la gente se está poniendo demasiado loca últimamente. A cada rato una que dice que no, que no puede más y que no camina más, que siga el resto caminando, y entonces hay que cintarearla un poco pero a veces ni así; hay que arrastrarla o subirla en una carreta por la fuerza, hasta que se le pase el malhumor. Y tener que caminar cargado y encima arrastrando mujeres es demasiado; suerte que me dieron solamente dos, han de ser personas importantes, porque o sino las mandaban caminando con el resto. Deben ser amigas del cónsul, seguramente, que ahora se fue también a la cordillera para hablar con caraí, porque la orden era que todos, hasta los extranjeros, se muevan. Y el cónsul parece que estaba más tranquilo en la Asunción, quería quedarse, pero al final caraí le dijo le pueden agarrar los enemigos. Así por lo menos comentó mi comandante en Luque; él se divirtió viendo la cara enojada del francés, que no quería irse porque era diplomático, decía, pero al final se fue como los otros, porque nosotros no queremos retobados...
* A él no le van a contestar así no más.
* Lástima que tenga gente mala alrededor; esos son los que nos perjudican a todos. ¡Si caraí supiera! ¿Pero quién se lo va a decir? Uno se llega a la Mayoría para dar un parte cualquiera y ellos le hacen esperar una hora, de puro gusto, y después un oficial le hace decir a uno todo lo que quiere decirle al Gobierno... quizás para asegurarse de que no viene una queja... Y yo no creo que sea de él la historia; él es un hombre muy sencillo. Cuando se pasea por el campamento sin sus oficiales suele hablar con nosotros, nos pregunta qué pasa, y allí le podemos hablar sinceramente, decirle todo lo que queremos y nos escucha. Pero ahora anda muy preocupado, tiene que rezar bastante por todo lo que nos está pasando, no lo vemos más. Y entonces aprovechan los otros, nos castigan de balde, todo por denuncias falsas... Una vez estuve a punto de irme a la Mayoría personalmente, para contarle...
* -¡Neike, pues!
* ¡Pero qué se ha creído!
* Le digo que se vaya y no se va; se queda no más mirándome, como si no entendiera, como si el sargento fuera él. Parece que quiere hacerse cargo de mis soldados, porque se pone a hablar con el asuncenito hasta que me le voy encima y comienza a entender.
* Retrocede mirándome, mirando al soldadito.
* Yo termino por perder la paciencia y les dejo encargado que si vuelve a aparecer por aquí los castigo a los tres, a ella y a los dos reclutas. Les dejo dicho que cuiden bien nuestra provista y nuestros caballos, pero al día siguiente nos falta uno. Por la noche vino un oficial y lo llevó; los dos mitaí demasiado asustados estaban para llamarme antes de entregarle, puede que ni siquiera haya sido oficial.
* ¡Paciencia!
* Por lo menos tengo cocinera, no puedo quejar.
* Mi comandante me mandó para la cordillera sin darme provista y como estaba tan de piré vaí no le quise recordar que tampoco vamos a tener la recompensa que nos habían prometido y por ahora no vamos a oír hablar de patacones durante meses. Menos mal que las dos señoras tienen: comemos de lo que ellas nos dan. Incluso creo que me ofreció dinero, no sé si entendí bien, pero ha de ser que saben por diplomáticas que hace meses no cobramos, pero no les puedo ya aceptar. ¡Vaya a saber si no es una trampa o qué! Puede que me esté tanteando y que después me denuncien, o que se enteren por ahí, o que quieran que las deje ir para la Asunción, para los brasileros que ya están allá... Que las acompañe, porque solas no pueden ir para ningún lado, pero con tantos espías yo no voy a hacer ni aunque me den 100 onzas, no quiero morir ajusticiado. Basta una sospecha para que te arresten y otra para que te hagan lancear. Encima duele con las criaturas que tenemos en el ejército, que no tienen fuerza con la lanza, y te pueden dejar medio rematado, como el que vimos por el camino, que según contaba lancearon ayer y todavía hoy se sigue retorciendo. Así que prudencia, compañero, nada de tonterías. Si nos han de agarrar los brasileros nos agarran no más, y de mí no tienen nada que quejarse, porque las trato bien a estas mujeres que no me van denunciar. Paciencia y a seguir el camino cuando pare de llover; desayunados hemos de andar mejor.
* Pareció que iba a llover todo el día, las dos francesas se preparaban para descansar. Parece que están con fiebre, o se hacen; no sé. Pero a eso de las nueve de la mañana paró la lluvia y tuvimos que avanzar. La villa se convierte en un loquero con el plagueo de las viejas. ¿Cuántas serán? Miles. Llenan los corredores de las casas, llenan los patios, salen de los portones para llenar las calles, quejándose de que van a morir con este barro que no les deja caminar y que por favor, por amor a Dios, las dejen descansar un rato más, por lo menos hasta mediodía, o hasta que baje el agua del estero, que según han contado está crecido como un mar.
* Y, la verdad, creció.
* Llegamos caminando por el barrio sucio; tenemos ganas de volver aunque sea arrastrados cuando vemos el Paso Reventón que se confunde con la laguna de Ypacaraí con tanta agua.
* -Llévelas del otro lado -dice el oficial.
* ¿Dónde está el otro lado? Son leguas de aguas y camalotes y víboras. Pero el oficial no está para discusiones, tiene que cumplir la orden y dice que conozco el pago y tengo que enfilar para el lado del banco que queda a la derecha del puente y que no puedo reconocer con la creciente. Pero parece que acierto porque el remo marca una vara de agua, nada más, y entonces las hago bajarse del bote para subir a los caballos que nos siguieron nadando. Yo voy delante, mostrándoles el paso, pero de tanto en tanto se me pierde el caballo de entre las piernas porque entré en un pozo. No entiendo como el animal aguanta, ahora los caballos ya no tienen fuerza y es muy raro un animal como este, metido hasta la cincha en el estero por tanto tiempo, sin flaquear ni enojarse. El bicho aguanta, fuerte como un tronco, y, al fin puedo dar con el camino que me lleva hasta el puente, cuando ya pensaba que no iba a llegar. Acerté por tanteo, probando y aprendiendo por la fuerza, porque con crecida así no hay vado. Lo único que se puede es encomendarse a Dios y pedir que no te lleve la correntada fuerte del canal y tratar de ganar la otra orilla.
* El oficial sigue creyendo que soy el práctico, sigue creyendo que encontré el camino y trata de seguirlo. Casi me divierto viendo como cae en los pozos, como se desconcierta su gente cuando tratan de hacer lo que hice yo. Nosotros ya estamos cómodos bajo el puente y los criados fueron a buscar leña seca para hacer un mate. La francesa más vieja con un chucho que le suenan los dientes. Debe ser porque el sol salió muy fuerte después de tanta lluvia y fueron horas en el cruce. Por suerte tenemos horas para descansarnos, falta todavía demasiado para que crucen todas. Hemos de acampar seguramente de este lado del Paso Reventón para pasar la noche y entrar recién mañana en Tacuaral. Son todavía demasiadas para pasar por un vado que no existe, donde alguna quedará, pero no la del pañuelo azul, que no se ve del barro, que se viene corriendo a donde estamos, a la sombra del puente.
* Viene gritando como de costumbre, pidiendo que le preste mis soldados. Las dos francesas también me piden por favor que los mande para buscar a la señora que quedó en la correntada. Yo les doy permiso y vamos entre todos para ver lo que se puede hacer.
* Cuando llegamos, ya no es necesario: alguien la agarró del rodete y la trajo a la orilla. Había perdido el pie en alguna parte y no supo nadar, pero la pescaron a tiempo. Después le dieron caña pero no hubo caso: se les murió. Habrá sido del susto, porque cuando la sacaron del agua estaba viva, yo la vi.
* Esa noche pasamos de velorio: la señora en el pasto, bien vestida, con unas pocas velas que el viento apaga y ellas tratan de encender. Alrededor los rezos y las lamentaciones. Todas nos vamos a morir, dicen, ella no es la única. Para qué la guerra, para qué las hacen dejar sus chacras y las arrean como ganado para las cordilleras para morir de hambre allá. El oficial mira, con animo de acariciarlas, pero no se anima a interrumpir los rezos. Además, son demasiadas y demasiado enojadas; no se les puede hacer nada por ahora. Encima quieren que mande por el paí de Tacuaral, pero con esta oscuridad no hay caso; los soldaditos no se quieren ir y nosotros tampoco los queremos obligar, dicen que el espíritu anda suelto.
* Cuando amanece estamos más cansados que nunca, pero la enterramos como debe ser y comenzamos a marchar para la villa, que está irreconocible. Alguien dejó baúles en la estación (a lo mejor creyeron que todavía podían mandar por tren) y los abrieron. La gente corre, no se puede imponer el orden. Parecen hormigas todos juntos, todos encimados, los mismos oficiales meten mano en el reparto, pegan a los soldaditos para quedarse con las joyas. Pasan corriendo, riéndose, gritando, llevándose una manta, una enagua de mujer para mercarla. En el entrevero, y mientras yo me hacía a un lado de la calle para orinar, un sargento se me llevó dos caballos. Yo me enojé de veras y el tipo me dijo que tenía orden de conseguir caballos y si no le daba mis caballos me iba a denunciar. Yo le dije que podemos ir inmediatamente a la Comandancia, los dos para denunciarnos, y entonces se iba a ver quien valía más. El tipo me dijo que no me había visto, que pensó que eran de un particular y que si ya estaban tomados iba a rebuscarse otros caballos. Por lo visto que mentía. Pero al cabo de un tiempo [32] vuelve el desgraciado y con orden escrita. Se lleva mis caballos para el auxilio dejándome uno solo, el que monto yo. ¿Cómo voy a subir las cordilleras con los demás a pie? La más vieja soponcia a cada rato, la hija parece que también está enferma. Así que el único remedio es buscar animales en Caacupé, como le digo a ella y me da los patacones para animales y carretas.
* Aprovechando que tenemos alto en Tacuarales, voy hasta Caacupé. Desde la boca de la picada hasta la villa, son puras gentes y animales muertos. Incluso criaturas. Hay las que no tienen brazo o pierna; deben ser las que llegaron arrastrandose desde Lomas Valentinas, donde los tuvieron varios días bajo el bombardeo de las corazas y el fuego de su fusilería moderna, que larga siete tiros sin necesidad de cargar. Después se les vinieron encima con la caballería riograndense, toda de caballos frescos y hombres sanos. Llegaron a pocos pasos de la Mayoría, dicen que, pero allí les salieron al paso hasta los paralíticos del campamento y los hicieron retroceder. Pero se les vinieron de nuevo a la carga y allí desbarataron nuestro ejército. Se dijo incluso que lo habían muerto (esa fue la noticia que puso tan nervioso a mi comandante en Luque) pero no era cierto. Él, con unos pocos, pudo atravesar el Ypecuá para ganar Caacupé (ahora fue por unos días a Cerro León, pero vuelve enseguida a Caacupé, donde tiene que juntársele la gente de los demás partidos). Yo, sinceramente, cuando salí de Luque, pensé que lo mataron y pienso que mi comandante pensaba igual; recién ahora sé que no está muerto.
* Y no sé qué pensar.
* Me hallo de que no pudieron agarrarlo esos cambá del diablo; nadie quiere que le maten a nuestro Mariscal. Pero también es cierto que la guerra ya dura demasiado y que la gente se queja y así ya no se puede pelear. Cierto es que al soldado nadie le pregunta lo que le gusta ni lo que no le gusta para ordenarle, pero así no se puede. Se puede usar de la ordenanza con rigor pero, cuando todos se van, ¿para qué sirve? Son demasiados ya los amontados, los que se van perdiendo, se van rezagados para desertar cuando pueden... No sé... Puede que el caraí, cuando venga a la villa, les levante un poco la moral. ¿Para qué me he de preocupar? Tengo que obedecer no más y esperar que me pase lo mejor. Ya viví demasiado para preocuparme de una bala que si tiene que alcanzarme me alcanza. Lo único que no quiero es ser ajusticiado, eso no. Pero los espías tampoco me hacen caso y hasta me tratan bien. Me preguntan medio desconfiados para qué la carreta, les digo lo que quiero decirles. Aunque lo único que no hay por la villa son carretas de alquiler. Ni caballos. Y me vuelvo para Tacuaral medio triste, y encima veo al otro que se lleva mis encomendadas.
* A veces también es triste ser viejo, uno tiene que aguantar la insolencia de los jóvenes. El mozo casi pasa sin mirarme, como si no me conociera. Yo le digo que tengo el pase para llevarlas; él dice que vamos a arreglar con el comandante. Sabe que no puede hacer eso, y la verdad es que, si era más joven, le arreglaba las cuentas. Pero no puedo ahora, con mis años, y tengo que seguir no más al sinvergüenza que se consiguió la carreta y animales que no pude conseguir y que se va llevando a mis dos francesas y criados. Los soldaditos no van a hacer nada; están esperando que reaccione yo. Yo les digo que sigan adelante, para Piribebuy, y así seguimos todos juntos, pasamos por Caacupé sin detenemos, las dos mujeres con pañuelos sobre las narices a causa del olor. El sargento joven se pasó riendo, pero ahora comienza a preocuparse. Seguramente, las mujeres le dieron plata y, como consiguió movilidad, se vinieron con él pensando que me había muerto en el camino o qué sé yo. Puede ser. Pero ahora tendrá que explicarle qué significa eso de conducir gente sin el pase. Si quiero perjudicarlo en grande, le digo al superior que los pesqué desertando; ahí va a ver el atorrante. Pero entonces los comprometo a todos, hasta a los soldaditos, y no quiero hacer eso. No quiero que a todos los castiguen. Así que voy a contar lo que pasó no más y que se vea este sargento, no hace falta meter a nadie más en esto.
* Conste que si me pongo estricto puedo hacerlos castigar a todos, que parecen precisados de correctivo. ¿Qué significa eso de ponerse a marchar sin esperarme? ¿Qué significa meter extraños en la partida sin mi permiso? La del pañuelo azul viene en la carreta, tranquilamente. Debe ser muy amiga de las francesas; debe ser gente pudiente y se conocieron en las fiestas que hicieron antes, cuando había tiempo y ganas para bailes. Cuando me vio llegar se puso blanca, me pidió que no la haga bajarse. ¿Y acaso que mando yo?, le dije, ustedes hacen lo que quieren...
* Y ahora que nos vamos acercando a la plaza de Piribebuy comienzan a respetarme de nuevo, porque el encargado soy yo y tendremos que presentarnos al Jefe de la guarnición. Tratan de adularme pero no les hago caso, dejo que sufran un poco más para que aprendan otra vez. ¿Qué voy a denunciar a una mujer sin juicio? La de azul está medio loca: nos ha venido siguiendo desde que nos vimos la primera vez, sabiendo bien lo que puede pasarle si doy parte.
* Antes de llegar a la comandancia la haga bajarse de la carreta, por las dudas, no conviene que nos vean llegar todos juntos.
* Cuando llegamos, todavía faltan muchos por llegar y podemos presentarnos al Superior sin esperar demasiado. Él me pregunta por las dos francesas y le digo lo que sé: que el comandante de Luque tampoco sabía quienes eran y las mandó evacuadas para la cordillera para que el Gobierno disponga como más conviene. ¡Qué problema!, me dice, aquí tampoco tenemos órdenes todavía. Entonces nos ponemos a averiguar mientras ellas dos esperan afuera, y resulta que son esposas de dos franceses fusilados en San Fernando, allá por el mes de agosto. Familia traidora, dice mi mayor.
* Yo recibo mis órdenes de incorporarme a la Guardia de Urbanos de la guarnición en cuanto sea posible y ocuparme de las tres hasta que llegue mi relevo. Tengo que decirles que preparen su viaje, porque se van destinadas a Yhu, y los criados también se van con ellas. (No es para castigar a los criados, sino porque ellos no tienen adonde ir).
* Las tres andan muy juntas, seguro que sabían desde el primer momento que iban destinadas, la de azul también. La de azul seguramente piensa que me engaña, pero ya sé. ¿Para qué amargarla? Tiene que marchar a Yhu dentro de poco, quizás mañana mismo, Dios sabe lo que le espera por allá.
* Hoy puede hacer lo que quiere. La dejo andar sin guardia, incluso, porque a mi soldado de Luque lo tengo de ordenanza a mi servicio y el asunceno no es guardia. Hago como que no veo cuando ella le entrega unos zarcillos de oro al asunceno, cuando se sientan juntos a comer una comida como hace tiempo no veo. No le voy a decir una palabra al mitaí, no conviene que sepan que acabo de enterarme que es su hijo de ella.
**/**
HOY
.
CASAMIENTO DE CONVENIENCIA
* Está insoportable, dice la tía Julia pero esta vez no le importa a María Rosa que la tía Julia la llame insoportable, aunque sabe muy bien que cada vez que la llaman insoportable viene una paliza, antes o después, pero esta vez está dispuesta a seguir con el berrinche y no se deja vestir y el zapatito no le calza porque, al tratar de ponérselo, el botoncito se le va para adentro y le lastima el pie, y eso le viene bien a María Rosa que no está dispuesta a dejarse vestir como su mamá, la Merceditas, que también tendría ganas de patalear como María Rosa, pero que se deja abotonar con aire resignado los miles de botones de un vestido blanco que le queda ajustado a pesar de la reforma, porque viene a ser el vestido que llevó hace tiempo su hermana, también para el casamiento.
* A María Rosa le gustan los casamientos. Allí está la foto en la mesa de la sala. Es la única mesa presentable de la casa, por eso la pusieron en la sala, al lado de un sofá prestado. El marco no llega a ser de plata, pero tiene un trabajo un tanto elaborado, y eso lo convierte en un marco especial. Y la foto es de lo más especial: una mujer joven, que a María Rosa le parece muy linda. Alguna vez vas a ser así, le han dicho a la nena, y ella se imagina de blanco, como la tía Julia de la foto de familia. Es posible que no recuerde la fiesta, pero de tanto representársela recuerda. Recuerda sus zapatos nuevos, los dulces que le dieron, recuerda hasta el color de la torta. Se recuerda mirando la foto donde, con la tía Julia y el novio, aparecen ella y su mamá y su papá. Quiere ser así cuando sea grande, como la mujer del traje largo, pero esta vez está furiosa con la tía Julia y no se deja peinar y llora por cualquier cosa. Está enojada con todo el mundo y es por eso que la tía, pobre, no le da una paliza como se merece porque está insoportable. No es que María Rosa sea tan insoportable; ella solamente se porta mal con la tía Margot. La tía Margot es una mujer muy servicial, en opinión de la familia, pero María Rosa no quiere saber nada de ella. En realidad, no es su tía, pero tiene que llamarla así porque es una señora buena, que siempre se ocupa de vos y no podés ser malcriada ni malagradecida. Y la nena obedece pero, cuando puede, hace de las suyas. Cuando puede, hace pipí en el cine. Cuando puede, derrama el chocolate -un chocolate caliente, demasiado caliente, y que le quemó la boca varias veces, pero la tía Margot se lo sirve para que se vea que le da todos los gustos. ¡Qué paciencia tiene, cómo se ocupa de la nena! Pero la nena entiende más que la familia, acepta lo que los grandes no quieren admitir, no acepta lo que no quiere aceptar. No es mucho lo que puede hacer, pero le queda el derecho a la protesta y sabe aprovecharlo. Lo aprovecharía mejor si, en vez de la tía Julia, la vistiera la tía Margot, pero la tía Margot (¡tan servicial!) se ocupa de vestir a la mamá. La nena quedó en manos de la tía legítima, sabiéndose que, con la otra tía, el escándalo sería mayor.
* Está bien calculado, por supuesto, pero no quiere decir que el berrinche del angelito sea poca cosa. Ya la peinaron dos veces y tuvieron que volver a peinarla, tuvieron que arreglarle el moño, tuvieron que ajustarle, otra vez, el cinto. Agarrada del borde de la mesa de la sala, grita como si la estuvieran matando. Si no tuviera los ojos velados por las lágrimas, podría mirar la foto que le gusta tanto, otra vez, para ver a su papá tan elegante, con su traje azul marino, como ella nunca lo ha visto. Ella lo suele ver de entrecasa, a veces en piyamas, y cuando se trata de visitar a su papá no se resiste y se deja peinar aunque le duelan los tirones del peine y pide que le pongan agua de colonia. Le parece muy divertido esperar, aunque sea al sol, mientras la gente dice ¡qué calor!, y ella casi asfixia a un cachorrito recogido de la calle, besuqueándolo. Tiene que mostrárselo a su papá antes de que crezca, porque los perritos chiquitos son todos lindos, pero cuando crecen pueden ser feos como el perro de al lado. A María Rosa le gustan las filas porque suele haber chicos y entonces ella puede ponerse a jugar tuca'e hasta que su mamá, la Mercedes, le estira los tongos. No suele estirarle los tongos porque sí, pero a veces la mamá está muy nerviosa, como cuando tienen que formar fila bajo el sol. Y no es que la señora sea muy nerviosa, sino que tiene razón. Hay cosas que María Rosa no puede entender, pero al final de la fila hay una mesa, y mientras que ella se queda parada hablando con los nenes, la señora tiene que pasar un momento en la habitación de al lado y, cuando sale, suele estirarle los tongos a María Rosa por cualquier cosa. Eso no le duele mucho, porque enseguida ven a su papá, que se fue al cuartel cuando ella era muy chica y no puede acordarse y que tendrá que pasar un tiempo más en el cuartel antes de volver a la casa, para vivir con ella.
* Eso le contaron a María Rosa y ella cree también que su papá es militar por el anillo que lleva. Todos los militares llevan anillo; ella no distingue entre militar y policía; le parece que los uniformes son iguales. Y, aunque no estén uniformados, cree poder distinguirlos por los anillos. Por eso le tomó simpatía, al principio, al hombre que bajó del auto, un enorme impala que se estacionó frente a la casa. Todo el barrio salió a mirar el auto, que desentonaba en un barrio tan pobre, pero nadie se atrevió a rayarle la pintura, porque sabían de quién era. Sabían, además, otras cosas. Eso porque la casa era del tipo de la construcción culata yoguai: una sucesión de habitaciones, un corredor al costado. Mercedes recibía al hombre en el corredor (no lo hacía pasar en la pieza) y la muralla divisoria era baja, permitiendo fisgar a la vecina de al lado. Entonces podía oír las largas conversaciones de pocas palabras y larguísimos silencios y los gritos de María Rosa que trataba de llamar la atención del visitante, a quien, por el anillo, había considerado militar como su papá. A la nena le parecían divertidas las visitas que ponían tan nerviosa a la mamá, pero terminó poniéndose de más en más insoportable. Es que los chicos, como decía la tía Margot, adivinan todo, y hasta el momento no hay problemas, pero cuando entre en la escuela y los demás nenes le digan la verdad, te podés imaginar, querida...
* Y así la pobre Mercedes, que ya tenía bastantes problemas, tenía que tener también problemas anticipados, como si ya no le bastara con tener que recorrer las oficinas de personajes importantes que le hacían decir que no estaban después de haberle hecho esperar horas y horas. A veces la recibían inmediatamente, pero podía resultar peor, porque entonces comenzaban los comentarios de una mujer tan joven como usted no puede pues estar tan sola y es demasiado linda y las demás proposiciones que Mercedes no aceptaba aunque tenía que hacer milagros para pagar (con atraso) el alquiler de la casa que, más que casa, era rancho, y aunque el dueño no quisiera reconocerlo y se negara a hacer las reparaciones necesarias como terminar con las goteras o reponer la canaleta demasiado vieja que no permitía que corriera el agua que se acumulaba en el techo y que caía más por dentro que por fuera de la casa. Sus bordados y demás trabajitos la ayudaban a medias, porque en el barrio la evitaban todos, aunque no por recibir otro en la casa teniendo marido como decían para justificarse. Nadie se quería meter con la Mercedes y siempre se buscaba algún pretexto. Casi fue una lástima que se casara (por segunda vez) porque así terminaban los pretextos. Una solución conveniente, para los adultos, pero que no convencía para nada a la nena, que pensaba convertirse en el infierno de su nuevo papá.
* Vamos a ver si puede mandar en su casa, decían los vecinos con evidente buen humor, en casa de herrero, cuchillo de palo. Hablaban del hombre del impala y del anillo que a María Rosa le recordó el anillo de su papá. Pasear en auto le había resultado divertido la primera vez, pero enseguida se cansó. Más bien, le siguió gustando, pero era muy terca y, cada vez que el hombre la invitaba a dar una vuelta, ella decía que no, y aunque el paseo pudiese terminar en una heladería, y a la nena te gustasen los helados, que estaban por encima de las posibilidades de la mamá. Así que casamiento de conveniencia para todos, como no se cansaba de repetir la tía Margot, quien, dicho sea de paso, tuvo que ver bastante en el asunto.
* Nadie conocía bien los tejemanejes de la tía Margot, demasiado comadre y servicial solamente por cálculo o por capricho, ni por qué el impala, antes de aparecer frente a la casa de María Rosa por primera vez, había pasado largo tiempo estacionado frente a la casa de la tía Margot. El caso es que la señora participó en el asunto, y eso es lo que María Rosa parecía intuir; daba la impresión de que trataba de vengarse de quien le había robado la mamá, y que le atribuía mayor culpabilidad a la mujer que al hombre. No sin cierta razón, ya que el inspector Benítez (era policía, por eso llevaba un anillo parecido al de los militares, aunque el papá de María Rosa no era militar como ella creía) era un hombre muy tímido cuando no podía mandar. Le había echado el ojo a la Mercedes, que le parecía bien como señora, pero no se atrevía a llegar a la casa, temiendo, con razón, un desprecio. Así se lo explicó a doña Margot, señora que se llevaba bien con la policía y que podía querer a la gente a su manera. A la Merceditas no la quería para eso (había sido intermediaria de relaciones dudosas), sino que le parecía bien que una mujer sola tuviese hombre porque le podía pasar que, como otras, después de hacer rebotar a cuantos se le acercaron con buenas intenciones, terminara casándose por cualquiera, por necesidad. Le pareció muy serio el inspector Benítez, un mozo de intenciones serias y que la podía proteger, ¿cómo iba a andar esa criatura sin papá? Doña Margot tenía experiencia, no era como la pobre Merceditas, demasiado joven, que se creía lo que le decían cuando le decían que una semana más. Si la Mercedes no hacía lo que desde luego no iba a hacer esos señores importantes que le prometían la libertad de su marido nunca lo iban a dejar salir. Iban a dejarlo preso, como tenía que quedar un hombre que no tenía consideración por su familia, ¿cómo se fue a meter en un asunto político tan feo? Pero esto no pensaba decírselo a ella, pobre Mercedes, que se hacía ilusiones esperando que saliera de la cárcel su marido, de un momento a otro, y que perdía su tiempo mientras dejaba pasar una oportunidad así. Hay que tener paciencia, fue el consejo de la comadre. El inspector estaba muy desalentado, pero tenía que esperar, ¿acaso ya no lo había recibido? Lo admitió en la casa después de larga espera, y la visita tenía más de visita de pésames que de relación sentimental, con la nenita malcriada que le saltaba entre las piernas y le arrugaba todo el traje de hilo recién planchado y que tenía que aguantar para quedar bien con la mamá. Hay que tener paciencia. El inspector la tuvo después de la primera visita a la Mercedes, conseguida mediante la insistencia de tía Margot, que le tenía cariño a la Mercedes (la quería, porque o sino la hubiera rehuido, como el resto del barrio, para no comprometerse). Y al cabo de cierto tiempo las visitas fueron más frecuentes y la mamá se mostraba más amable, aunque la chiquilina se portaba cada día peor, y no sabia cómo la iría a sujetar después del casamiento. Casamiento gracias a la intervención de Doña Margot, directora de escuela con una fea fama de alcahueta, que convenció a la Mercedes de que no ganaba nada con despreciar a un hombre que podía vengarse en su marido preso. Las negociaciones fueron largas y la vecina que las oyó las repitió casi literalmente, pero algunas insisten en que Mercedes se casó de apuro (en el fondo le envidian que haya conseguido un marido así). Otras dicen que fue por pura conveniencia y que se olvidó de su pobre marido, que lleva años preso sin proceso.
* Nadie disculpa a la Mercedes, quien tampoco tratará de disculparse contando que habló con su marido, y que al preso le pareció conveniente el matrimonio porque no se sentía capaz de amparar a sus mujeres y una casa sin hombre nunca se respetó en el barrio (merodeadores y ladrones las habían molestado más de una vez). El preso le aconsejó casarse de nuevo, ¿pero cómo iría Mercedes a explicárselo al barrio sin dejar peor a su marido? Podrían perdonarle que perdonara la infidelidad (supuesta) de Mercedes, pero no que la empujara a un nuevo casamiento, aunque no hubiera otro medio. Ella, por su parte, detestaba al inspector Benítez, pero, como él había prometido interceder por el perseguido político (promesa quizás falsa), pensó que hacia lo correcto aceptando la proposición matrimonial.
.
Enlace al ÍNDICE de la versión digital de Curuzu Cadete: cuentos de ayer y de hoy en la BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES
  • El negrito Pilar // Juliana // Las destinadas // Toro pichai // El peluquero // Braulio // Facundo Machaín


Hoy

  • Curuzú Cadete // Las guerrilleras // La pareja Gómez // Condena // Investigación // Fragmentos de las memorias de una sindicalista // Juanchi // Casamiento de conveniencia // Peter // Los vecinos // Fiesta azul.