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jueves, 2 de septiembre de 2010

STELLA M. BLANCO SÁNCHEZ DE SAGUIER - LA FANTÁSTICA AMIGA (CUENTO) / Fuente: EL SÉPTIMO LIBRO. TALLER CUENTO BREVE, 1999.


LA FANTÁSTICA AMIGA
Cuento de
STELLA M. BLANCO SÁNCHEZ DE SAGUIER
(Enlace a datos biográficos y obras
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www.portalguarani.com )

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LA FANTÁSTICA AMIGA
Volvía del trabajo, eran las tres de la tarde, se habían cumplido las ocho horas reglamentarias de ese día,- será que me encontraré con mi amiga, ojalá! así tengo asiento seguro, ella siempre que puede por supuesto, me guarda el lugar de al lado, éstos ómnibus llevan a esa hora mucha gente, cuando a mí me toca subir generalmente, ya no me siento.

Esa mi amiga es formidable, ella me dice: tómalo todo con calma, no te maltrates, no te estropees, porque entonces no podrás cumplir con esas cosas que tanto querés hacer, con todo eso que es tan importante para vos.

Ella es profesora en la Facultad, así como a mí me hubiera gustado ser, pero en fin, mi mamá la pobre nunca tuvo plata para mandarme a estudiar porque tuve que trabajar desde chica para entre las dos mantenernos, con sacrificio hice toda la primaria y era buena alumna, buenísima, todo aprendía, una lástima, hubiera sido como mi amiga, a la pinta que sabe ella y por suerte para mí que pude encontrarla en mi camino.

Estoy ahora ya pagando mi casita, ella me indicó lo que tenía que hacer para sacar un subsidio, se llama así, una especie de crédito, parece, una parte me da el Estado y la otra sí que tengo que pagar en largas cuotas a un Banco, qué sé yo, hasta ahora no entiendo bien cómo es ese asunto, pero ya estoy en la tercera cuota y ya estoy adentro de mi casa. Ojalá que pueda llegar a terminar de pagar porque en doce años luego es, pero bueno la única manera que yo puedo y si la salud no me falla no hay otro problema, mi casita está en San Lorenzo. Mi amiga todavía no se fue a conocer, pero no tiene casi tiempo la pobre, trabaja mucho, y ella me dice hay que trabajar todo el día, es mucho mejor por supuesto trabajar en lo que a uno le gusta, claro a mí no es que me gusta mucho mi actividad pero otra cosa luego qué voy a poder hacer, ahora estoy estudiando por las noches, ella me presta algunos libros, coleccioné esos fascículos sí, digo bien, fascículos que salían en el diario sobre un curso de computación, leo con mi amiga y todo, ella me explica cómo puede, yo llevo esas hojas en el ómnibus y allí estudiamos, pero a mí me cuesta un poco entender y además no tengo pues la computadora, pero ya le dije a ella que voy a procurar hacer un poco de ahorro, todavía no sé cómo, pero ya voy a poder y pago en cuotas y veo dónde ir a estudiar mejor, porque me dice mi amiga, yo te doy las nociones generales pero tenés que profundizar, me repite y me repite que tengo que esforzarme, la única forma de llegar, es tan formidable, me alienta, me da impulso, porque hay veces que ya no quiero seguir, me rindo y ella me levanta otra vez. Mi amiga dice: El saber no ocupa lugar, pero el no saber pone al que no sabe en su lugar. Es muy cierto pensé yo y de ese lugar lo que quiero salir, por eso para mí el aprender ocupa en mi persona una gran parte y me dice ella: vas sintiendo una gran satisfacción, sobre todo espiritual y no creas que te va a salir gratis, que va ser fácil, no, vas a pagarlo cada hora cada día.

Le cuento a mamá todo lo que esta profesora me dice y hace por mí y mamá no me cree, y me dice: pero vos tenés Margarita una imaginación muy grande siempre fuiste así, de criatura jugabas y te ibas lejos con tus fantasías, claro eras criatura, pero ahora ya sos grande y continuás siendo tan fantasiosa como antes. Sueno así son las mamás, lo que sí que yo con mis fantasías ya tengo mi casita y ahora si mi amiga no me abandona, voy a tener una computadora, y ya me quedaré más en la casa, para poder disfrutarla, porque o si no para que lo que yo tanto quería, si no voy a poder sacarle provecho y también estar más con mi mamá que ya está viejita, de repente se me va ir y yo no la voy a ver más. Así que señores les dije yo a mis patrones: Margarita dentro de un mes se va, eso luego yo ya combiné con mi amiga, qué pucha trabajando toda mi vida, ya tengo más de cuarenta años y ahora a pasarla bien con esa mi computadora y ese mi estudio que ella me consiguió con la beca, ya estoy bien. Yo le agradezco tanto a mi amiga, a mi mamá también y de noche le agradezco a Dios.

Con cuidado Margarita, no te apures al subir esas escaleras del ómnibus, son altas y el chofer ocupado en cobrar, dar vuelto, atender la puerta de atrás que bajen todos para cerrar de nuevo y el tránsito luz roja, luz verde, tocan bocinas, se escuchan voces nerviosas, un grito que se ahoga, corre gente en la vereda, el ómnibus frena de nuevo, bajan todos apurados, ayudan a la persona caída en el asfalto, entre la vereda y el ómnibus y las fantasías vuelan desordenadas, suben y bajan, inquietas, afligidas, muy preocupadas van en ayuda de Margarita, claro que sí, Margarita vivirá por que su fantástica amiga así lo quiere.
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Fuente:
EL SÉPTIMO LIBRO
TALLER CUENTO BREVE
Dirección:
Edición al cuidado de
Imprenta ALMIRALL
Asunción - Paraguay1999 (207 páginas)
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Enlace recomendado:
TALLER CUENTO BREVE
(Espacio del Taller Cuento Breve,
donde encontrará mayores datos
del taller y otras publicaciones en la
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viernes, 27 de agosto de 2010

STELLA BLANCO DE SAGUIER - EL RESCATE (CUENTO) / Fuente: SIN RENCOR. CUENTOS SOBRE LA GUERRA DEL CHACO - TALLER CUENTO BREVE (2001).


EL RESCATE
Cuento de
STELLA BLANCO DE SAGUIER
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

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EL RESCATE
Fue una guerra cruenta y devastadora, todos lo sabemos, pero lo que no sabíamos es que María dejó escrita la historia vivida por ella en esa contienda.

Ella paso más de un año en el frente. Llego allí como voluntaria de la Cruz Roja, iba en busca de alguien. Dos años habían transcurrido desde que se ausento Eulogio para alistarse en el ejército, y luego no supo nada más de él. Se aferraba a esperanzas efímeras que le hacían pensar: "Si algo malo le hubiera pasado, ya me lo habrían comunicado"

La Sanidad, en donde ella se desempeñaba como enfermera, era un lugar de escenas escalofriantes. Todo lo que allí se vivía era desgarrador: el sufrimiento de los heridos, esos combatientes tan jóvenes, con poco o nada de experiencia de vida, que se encontraban así de golpe con ese infierno.

Con una compueblana de Villarrica, se dieron valor y ahora estaban casi en el frente de combate; ¡pero que importaba, si ella sabía que podía encontrarlo, lo sabía, claro que lo sabía!

Transcurrían los días y a pesar del empeño que ella ponía, no conseguía obtener más datos sobre él, pero María, estoica como era, no pensaba resignarse y seguiría allí hasta encontrarlo.

Siempre sonriente y agradable, adelante María! le decían sus esperanzas, ¡nada de quejas, ni lamentos, debes concluir tu misión! En los últimos días de ese frío mes, cuando se libro la gran batalla, los paraguayos tuvieron que replegarse, dejando muchos prisioneros en poder del enemigo. Además, llegaron a la sanidad un buen número de heridos a quienes María indagó. Uno de ellos le aseguro haber escuchado el nombre de Eulogio Martínez en el parte diario del oficial al leer la lista de capturados paraguayos. ¿Sería posible?, se le agrandaron las esperanzas y fueron ellas las que la indujeron a seguir. ¡María no te desanimes, María vuelve a informarte, María indaga a esos otros muchachos que acaban de llegar!

Efectivamente, también habían llegado dos prisioneros bolivianos muy jóvenes, con unas heridas por donde parecía escapárseles la vida, con ausencia total de cariño y protección, estaban ahora al cuidado de ella. Compasiva, los curó y saco poco a poco de esa agonía, de esa angustia, y supo ocupar el lugar materno que en esos momentos les era tan importante.

El agradecimiento de esos jóvenes no se hizo esperar y le dieron a quien cuido de ellos, toda la información necesaria para rescatar al cautivo.

¡Sí, ella ya no tenía dudas! El estaba preso y en consecuencia, vivo, ¡sí, vivo! Y esa larga espera atormentada se transformo en intensa alegría.

A través de ellos se entero de que el campamento enemigo estaba muy próximo. Los dos guardias que se apostaban de noche a vigilar, acostumbraban a beber bastante para atenuar el horror de la guerra y la mayoría de las veces se quedaban dormidos. Le aseguraron a María que podían pasar sin que ellos se dieran cuenta, si actuaban muy silenciosamente. ¿Cómo se despertaban a tiempo para que no fueran castigados?. Por supuesto, al insinuarse el alba, el canto de tantas aves, pequeñas y grandes hacían de infalible y ecológico despertador.

Este era el momento tan esperado, debía hacerlo ahora o nunca. ¿Acaso tenía ella la seguridad de que fuera el enemigo a permanecer allí por largo tiempo? ¿Acaso ellos antes de retirarse no podrían ordenar fusilamientos?
Esa noche María y su amiga Amalia, con quien ya lo había conversado, emprendieron la travesía.

Ellas también, como el ejército, tenían sus planes de ataque, aunque con otra estrategia. María volvió a repasar la operación rescate parte por parte y Amalia, animada, iba aceptándolo todo, contagiada con el optimismo de su amiga. ¿Cómo no ayudarla? Esperaron a que la noche se hiciera bien negra y vestidas de oscuro y aguantando el miedo, se adentraron en la picada del bosque. Caminaban y caminaban rasguñándose las piernas, los brazos y hasta la cara. Seguían y seguían, nada las detenía, adelante, siempre derecho, como le habían dicho a María, y rápido; todo tenía que ser con urgencia para que el amanecer no las alcanzara. Luego de avanzar por horas al fin vieron unas luces que al acercarse se hicieron más brillantes, además, empezaron a vislumbrar las carpas del campamento. Un estremecedor silencio se había apoderado de todo ese espacio.

Susurrando, dijo Amalia: Estos ya deben ser bolivianos. Shss..., le dijo María, sígueme y no hables, pueden escucharnos. Ambas temblaban, apenas podían agarrarse de las manos, pero seguían tal cual lo planeado.

Efectivamente, dos guardias custodiaban el campamento, todo coincidía, hasta la carpa de los prisioneros marcada con una cruz amarilla que relampagueaba con las llamas de la gran fogata. ¡Era como estar entre la tierra y el purgatorio!

¿Iban a poder realmente pasar sin que los guardias las sintieran? Ahora la sangre congelada de María paralizo sus piernas y en vez de caminar volaba silenciosa y efectiva. Todo coincidía, los guardias estaban dormidos y pudieron así pasar inadvertidas. Fue en ese momento cuando entraron en la carpa de la cruz amarilla, no se veía nada. Eulogio... Eulogio... en voz muy queda repetía María y a modo de contestación muy suave se escucho un largo sollozo.

Ambas mujeres lo ayudaron a caminar y rápido, sí, muy rápido se salieron para huir a través del bosque. Sintieron que los perseguían, por lo menos eso le pareció a María en su delirio, pero los tres ya se alejaban velozmente por la misma selva. El rescatado iba agarrado por ambas mujeres que, con agilidad sobrenatural, lo llevaban y, así rigurosamente continuaron el viaje.

Ahora se escuchaban cantos de pájaros. María sintió que le advertían la llegada del amanecer y que debían apurarse; pensó que todo se echaría a perder si la luz del día los alcanzaba, estaban aun en territorio enemigo, eso creía ella.

¡Alto ahí! Y el disparo que siguió los paralizó, una corriente eléctrica recorrió todo el cuerpo de María. No, no y no, se dijo, ¿Cómo era posible que al final los agarraran?

¿¡Quien vive!? De nuevo se escuchó. ¡Soy María! dijo gritando desgarradoramente a modo de salvación. ¡Por Dios, no maten a mi hijo! Luego se desplomó, sus fuerzas se habían agotado, era el fin, pero también el fin del rescate, ¡estaban en territorio paraguayo!
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STELLA BLANCO DE SAGUIER
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Fuente:
SIN RENCOR
CUENTOS SOBRE LA GUERRA DEL CHACO
TALLER CUENTO BREVE
Dirección:
HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ
Edición al cuidado de
MANUEL RIVAROLA MERNES y
LUCY MENDONÇA DE SPINZI
Asunción - Paraguay
Octubre 2001. (166 pp.)
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Enlace recomendado:
TALLER CUENTO BREVE
(Espacio del Taller Cuento Breve,
donde encontrará mayores datos
del taller y otras publicaciones en la
GALERÍA DE LETRAS del
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jueves, 26 de agosto de 2010

TALLER CUENTO BREVE - POR SIEMPRE CUENTOS / COORDINACIÓN: DIRMA PARDO CARUGATI , STELLA MARIS BLANCO SÁNCHEZ DE SAGUIER - ASUNCIÓN 2005


POR SIEMPRE CUENTOS
TALLER CUENTO BREVE
Coordinación :
DIRMA PARDO CARUGATI ,
STELLA MARIS BLANCO SÁNCHEZ DE SAGUIER
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Edición a cargo de:
DIRMA PARDO CARUGATI
Editorial Arandurã ,
Telefax : (595 21) 214295.
www.arandura.pyglobal.com
Asunción-Paraguay
Octubre 2005 (179 páginas)

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ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN

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*. CARMEN BÁEZ GONZALEZ : DESDE EL ALGODONAL / AVENTURA EN LA SIESTA

*. MARIA IRMA BETZEL : KULATA JOVÁI / ESPEJOS

*. STELLA BLANCO SANCHEZ DE SAGUIER : EL MUNDO QUE PISAMOS / EN EL PUEBLO DE ARECUTACUA

*. NEIDA BONNET DE MENDONÇA : LÍNEA DE FUGA / LA BALANZA

*. MARÍA LUISA BOSIO : LAS TORRES / LAS JOYAS

*. STELLA MARIS COSCIA DE MARTINO : EL HIJO DE LA DISCORDIA / LA BORDADORA

*. CARMEN ESCUDERO DE RIERA : EL MISMO CIELO / CON HANS EN EL SUR

*. MAYBELL LEBRÓN : DESVARIO / TÚ O YO

*. LUCY MENDONÇA DE SPINZI : MALA ESPINA / RUPTURA

*. GLORIA PAIVA : CLASE DE COMPUTACIÓN / EL GALLO VIEJO

*. DIRMA PARDO CARUGATI : INGRATITUD / NUESTROS AÑOS FELICES

*. MARGARITA PRIETO YEGROS : GUANTES BLANCOS RUTEROS / CONSULTORIO SENTIMENTAL

*. MANUEL RIVAROLA MERNES : EL ÚLTIMO ESLABÓN.


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INTRODUCCIÓN
El presente es el noveno libro del Taller Cuento Breve. Como en ediciones anteriores, sus integrantes han reunido algunas de las narraciones escritas, leídas y comentadas en las tertulias semanales. La selección es de los propios autores.

El Taller Cuento Breve fue fundado en 1982 y desde entonces hasta el año 2000 fue dirigido por el Dr. Hugo Rodríguez-Alcalá. En la actualidad, el grupo de participantes que lo compone -algunos desde los primeros tiempos y otros de incorporación más reciente- continúa reuniéndose con la coordinación de las señoras Dirma Pardo de Carugati y Stella Maris Blanco Sánchez de Saguier.
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martes, 24 de agosto de 2010

STELLA BLANCO SÁNCHEZ DE SAGUIER - EL MUNDO QUE PISAMOS (CUENTO) / Fuente: POR SIEMPRE CUENTOS. TALLER CUENTO BREVE (2005)


EL MUNDO QUE PISAMOS
Cuento de
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del

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EL MUNDO QUE PISAMOS
-Mi rey, buenas tardes, cómo estás, no te olvides de mi, mira todo lo que tengo especial para vos, vení, vení que te muestro para que creas lo que te digo.

-Sí, sí, ya veo (supe enseguida que a la vuelta me iba a quedar), tengo que entrar primero aquí y luego vengo, gracias.

Simpática, agradable, suave y eficaz, procuraba con un cierto espíritu de sacrificio y un gran toque de madurez atraer a los clientes que iban y venían recorriendo esos negocios que se hallaban cerca del puerto.

Era tan cierto todo lo que sucedía en esos alrededores, pero tan real y sin embargo siempre me ocurría lo mismo, caminaba por esas veredas como si fueran de nube y todo me parecía suspendido en un espacio al que accedía mediante la complicidad de mi amiga la vendedora de frutas.

-Vení, hoy te voy a mostrar lo que te traje, esto es para vos nomas. Aquí hay seis manzanas pero yo te doy estas dos más, ¿te gusta?

-Son hermosas, hermosas frutas, Inés. ¿De dónde las compras?

-Mi rey, me rebusco, me cuesta conseguir las lindas porque me quieren cobrar mucho y así yo ya no puedo ganar y de repente viene tiempo feo, llueve y yo me pongo debajo de estos techitos pero la fruta se queda ahí, se tiene que ver siempre; así solamente la gente se acuerda y se vende, luego algunas se ponen feas y yo ya pierdo, ¿te das cuenta? Y te digo más mi amigo, hoy toco el despertador como siempre a las cuatro de la mañana, y no me podía levantar y yo pensaba si estaba enferma o qué y después me acorde pues que anoche festejamos con el Paulo su nuevo empleo y todos sus vecinos estuvieron también, pucha que estuvo bien, hasta Ña Chona que es tan pleitista bailo y estuvo contando chistes y todo.

Sabes, que el Paulo es mi amigo también, pero de hace rato y le hace trabajar a mis dos hijos, ese de diez años y el de ocho, ellos están contentos porque él les da las ropas de mecánico, les mando hacer, porque son delgados y medio chiquitos los dos. Pero mira mi amigo yo estoy así un poco más tranquila; ellos están aprendiendo de mecánicos y de noche se van a la escuela, algunas veces no quieren irse pero yo me pongo dura, no transo, porque o si no después como van a leer y saber todas esas cosas nuevas que vienen ahora, ellos no pueden dejar de saber la computadora, te imaginá si van a ser vendedores otra vez.

Ahora estoy preocupada, esa mi casita tiene una feroz rajadura, tengo que mandar arreglar, la mano de obra seguramente he de conseguir de algún amigo de Paulo, pero los materiales están caros, vos que sos tan entendido y que sabes tanto decir las cosas porque, aunque no me creas, yo te suelo leer aquí nomás mientras espero a mis clientes me presta el diariero, a la pinta que decís bien las cosas, eso de darnos instrucción para hacer mejor nuestro trabajo, eso me gusto, sos vale sí que, porque de repente alguna autoridad se puede enojar contigo, ayepa ¿o no? Decime mi amigo ¿que lo que puedo hacer antes que se caiga mi pieza?

Así yo accedía a ese mundo palpitante, activo, feroz, pero al mismo tiempo insospechado, misterioso.

Esperé y cuando fue preciso mi cámara fotografió varias veces.

-Hoy yo te llevo en auto a comprar tus frutas, tengo tiempo y quiero ayudarte-. Ella se rio como inocente, pero solo como sabía de las travesuras de mi imaginación y así se constituía en mi gran cómplice, trataba de aislarse de su entorno para oírme mejor, pero toda ella estaba llena de esos ruidos, de esas voces cargosas, voces que ella trataba de revertirlas en su beneficio, preguntando y enterándose principalmente de aquello que ocurría en el país.

Llegamos a la frontera, dando la despedida a esa tarde ahora toda rosada. La retuve en mis ojos y eso me ayudo fundamentalmente a no rehusar el espectáculo grotesco observado allí. Cajones vacios diseminados aquí y allá, obstruyendo el camino, restos de frutas podridas, papeles y cartones sucios esparcidos que subían y bajaban constantemente estorbando al agradable vientecillo del lugar. Algunos se me acercaron, los esquive para no llenarme de tanto asco.

Estábamos a orillas del rio, sentí un fresco agradable y todo podría haber sido distinto y placentero, pero la realidad golpeaba y golpeaba aún más el afán de lucro de esos hombres de frontera, atropellando toda la naturaleza, me dolía y me rebelaba ante el abuso y la prepotencia a la condición de inferioridad de todas esas personas, en su mayoría pobres mujeres.

Mi amiga iba y venía del coche al gran mostrador donde se hacían las transacciones; en cada viaje ayudada por un chico traía un cajón y en cada ida al mostrador la veía hablar, gesticular, discutir, en un momento dado hasta luego a dar un golpetazo sobre la mesa y en una de esas vueltas me dijo "yo a ese lo voy a pegar", y estuvo a punto de hacerlo; yo también quise reaccionar, pero no debía ¡no podía!; debía terminar mi trabajo. Mi cámara estaba enloquecida, no paraba, enfocaba y enfocaba las escenas y las fotografiaba. Finalmente las operaciones comerciales terminaron. Abrí la valijera y ayude a subir la mercadería en silencio y con apuro, todo estaba muy tenso, debíamos volver lo antes posible.

Ya entrada la noche guardamos las frutas en unos depósitos cerca del Puerto, allí permanecerían hasta la mañana siguiente, cuando mi amiga las sacara y las pondrá en los canastos de venta.

Tres o cuatro flashes se produjeron de nuevo y otras escenas quedaron grabadas.
En los días siguientes trabaje intensamente, revele fotos, ordene y corregí papeles, conseguí más datos y me puse a escribir con empeño, quería hacerlo en un tono confidencial para que el contenido fuera profundo, concientizador y al mismo tiempo pulcro y refinado y así encontré más urgente y cercano el recuerdo de mi viaje a la frontera, eso ayudo a esmerarme y forzar mis energías, y al final quede contento, puse todo el material en poder de la redacción del diario.

Luego me aleje del país por una semana, quería aflojarme, sacarme el disgusto, ese disgusto por la humanidad, anhelaba estar solo, yo pertenecía a la dureza pero ahora después de esta experiencia era como una roca que vacilaba en sus cimientos.

Pasaron los días y regrese a la urbe moderna, había dejado de soñar con mundos que en la realidad no encontraría y volví al mundo que mis pies tocaban; así descubrí que es fascinante lo sencillo y directo, que ese otro mundo buscado, por estar lejos, no lo encontraría. Entonces mis pasos más tranquilos iniciaron su nueva andadura.

Al día siguiente sábado, me encamine hacia el Puerto. Mi amiga se hallaba ausente, había dejado un mensaje y la dirección de Paulo, me decía que estuviera sin falta a las 20:00, la cita era urgente. Toda la tarde medité, no me sentía aun con fuerzas para enfrentar algo, pero luego, nada pudo impedirme que fuera así y me fui.

Me costó encontrar el barrio y más aun la dirección, pero llegue. Una algarabía reinaba en el vecindario, no me atrevía a preguntar, solo me di cuenta de lo que ocurría en lo de Paulo cuando vi empapeladas las Paredes externas e internas con hojas y mas hojas de diarios con las fotos en colores que yo le había sacado a mi amiga, estaban esplendidas, no podía creerlo. ¡Cómo era posible!

Toda la prensa y la televisión estaba allí, pero a ella, a mi amiga no la encontraba.

Un hombre robusto y morocho al verme empezó a gritar: "¡Este es el autor! ¡Este es el autor!". Era Paulo, sentí que mis piernas se aflojaban, pronto y allí mismo me senté, se acercaron y con silla y todo me llevaron en andas hasta una tarima, alguien ahora me abrazaba muy fuerte, un olor penetrante a perfume me llegó, y observó que ella tenía un peinado de peluquería, un vestido de fiesta y tacones! ¡Cómo iba a encontrar a mi amiga si estaba irreconocible! "Sí, soy yo", me dijo en medio de fogonazos y luces potentes.

-Estoy así porque me pusieron maquillaje las chicas de la televisión. Te cuento, mi amigo, ya estuvieron mucha gente, con regalos y ayudas, ya tengo para arreglar mi casita y dicen que voy a ser dueña de la microempresa y me van a hacer estudiar y todo, y me van a comprar los libros, ¡que me decís, mi amigo, que lo que podés decirme!

Yo en verdad nada podía responder, era imposible aguantarse la emoción, la dicha. Sólo alcance a mirarla, cuando sentí que por entre mis balbucientes labios, se me escapaba el alma.
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Fuente:
POR SIEMPRE CUENTOS
TALLER CUENTO BREVE
Coordinación :
Editorial Arandurã ,
www.arandura.pyglobal.com
Asunción-Paraguay
Octubre 2005 (179 páginas)
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lunes, 16 de agosto de 2010

STELLA M. BLANCO SÁNCHEZ DE SAGUIER - LAS HUELLAS DEL SILENCIO (CUENTO) / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - VEINTITRES CUENTOS DE TALLER (1988).


LAS HUELLAS DEL SILENCIO
Cuento de
STELLA M. BLANCO SÁNCHEZ DE SAGUIER
(ENLACE A DATOS BIOGRÁFICOS Y OBRAS
EN LA GALERÍA DE LETRAS DEL
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LAS HUELLAS DEL SILENCIO
Vivía yo entonces con mi abuela, en una zona muy céntrica, a cinco cuadras del puerto y a una del tranvía; extrañaba mi casa que habíamos dejado por esa revolución.

Mi padre estaba preso; mi madre, detrás de él, recorriendo distintos lugares para saber adónde lo habían llevado. Lo trasladaban continuamente, de una prisión a otra.

Mamá decía: -Sólo hay un lugar donde rogaré que no lo dejen-. Y ese lugar era la cárcel. No sé si llegó hasta allí, nunca quise saberlo. Recordaba que, tres meses atrás, habíamos visto por entre los balaustres de nuestra muralla, cómo a lo largo de las veredas, se desplazaba la tropa. Aquellos soldaditos me recordaron a los de plomo, con los que jugaban mis hermanos: rígidos, duros, pegando pequeños saltitos, iban tragándose la calle.

Me sentí como perturbada espectadora ubicada en un gran teatro al aire libre, donde después de levantarse el telón y representarse la primera escena, me llegaba un desajustado cambio de tiempo, haciéndome pasar del calor al frío y del frío al calor. Los ojos se me llenaron de esas ruidosas caricaturas que fueron largos ecos durante muchos años.

Cerré los ojos, los abrí de nuevo; miré y miré hacia adentro, me pareció que tres manchas esfumadas ocupaban la pared, me sacudí y entonces reconocí a mis hermanos: Juan, José y Esteban se habían quedado pegados allí de tanto mirar.

Vino mi abuela y me desprendió del lugar. Yo era mujer y debía obedecerla; los varones continuaron, y recuerdo que pensé: ¿Por qué no seré yo también varón? Las niñas debíamos siembre portarnos mejor, no podíamos ver, ni escuchar muchas cosas; no podíamos conversar ni dialogar mucho con los varones, pues la mayoría de las cosas eran sólo para ellos.

Mis hermanos creían en eso, porque a ellos también les habían enseñado así, y me lo decían constantemente, como si yo valiera menos.

Pero cuando papá hacía la diferencia y me trataba de reina, yo lo adoraba; y es que yo lo admiraba, no solamente por eso; él sabía de todo y en él estaba toda mi inspiración y sabiduría. Hasta jugar a las bolitas sabía; elegíamos los carozos de coco seco, los mejores y más pesados, porque esos iban más alto y debían llegar hasta el No, siete.

¡Qué felicidad esa, jugar con papá y ahora él estaba preso!

Los días siguientes fueron de encierro. Cuando los disparos se hacían más intensos y las corridas de soldados en la calle terminaban en chasquidos y un ¡"altoo"! ya estábamos todos debajo de las camas. Ese era un juego nuevo y me gustaba.

Abuela fue la que nos enseñó y ella era la mejor jugadora.

De noche casi siempre debíamos alumbrarnos con velas. Se nos hacía difícil conseguirlas; no podíamos salir a comprarlas y ni sabíamos si había algo en el almacén. Nunca supe cómo mi abuela se ingenió para hacerlas en casa, tampoco cómo se las arregló para darnos de comer todo ese tiempo.

La cocina estaba al fondo y para llegar a ella había que recorrer mucho; pues esta casa tenía las piezas de dos en dos, avanzando una tras otra en un largo espacio; por eso me parecía un gran juego de descanso donde cada salto lo frenábamos en cada pieza y todo bajo techo. Era la primera vez que lo jugábamos así y nos divertía.

Ahora no sentíamos el vientecito fresco que siempre llegaba cuando jugábamos en la vereda, tampoco podíamos mezclar los pies con el rayado de tiza y las cansadas hojas callejeras que compartían calladamente con nosotros. El contacto con la naturaleza era casi nulo. Nuestros juegos eran todos dentro de la casa y los días caminaban con pasos lentos, agobiados por el apretado y largo camino que parecía interminable. Fue entonces cuando se me ocurrió escribir, ¿por qué no?, de esa manera me quedaría tranquila, me alejaría de ese estrecho tiempo y me acercaría al libre espacio.

Los juegos para mí se habían agotado. Mis hermanos, sin embargo, seguían dando vueltas en ese ingenuo y pequeño mundo, intercambiando fantasías y realidades.

Descubrí así, de pronto y con inmenso placer, a unas nuevas amigas: las palabras; las palabras escritas en mis cuadernos de colegio que ya no usaría ese año. Me conmovió que esas palabras fueran mis fieles y comprensivas compañeras. Nacían en mis hojas de cuaderno y crecían y se multiplicaban vertiginosamente cuando vertiginoso era también el momento.

Esas palabras desparramadas en las hojas de papel, componían un placentero espacio como criaturas esparcidas y alegres jugando en esa mi plaza tan querida y, al mismo tiempo, tan lejana de los domingos con mi padre.

¿Dónde estaban esos domingos y sobre todo dónde estaba mi padre?. Esas mis amigas, las palabras, no podían responderme, pero jugaban conmigo, saltaban, subían, bajaba, chocaban unas con otras haciendo piruetas de payasos y reían para hacerme reír.

Pasamos muchos encierros juntas y siempre sentí en ellas ese incondicional apoyo que me costaba encontrar en las personas. Me concedían gratamente su espacio y ese espacio estaba lleno de aire puro, de aire limpio de malicias, sin odios, sin rencores.

En las noches de combates ensordecedores ensayábamos graciosos ejercicios de pasar de arriba a debajo de las camas. Era allí donde más buscaba a esas mis amigas las palabras. Entonces prendía mi vela, abría el cuaderno, el lápiz y luego... ¡qué maravilla! estaban allí, llenas de vida, acompañándome y hablando desde el cuaderno interminablemente y en silencio por supuesto, pero tan entretenidas y maravillosas, que todo el entorno quedaba aplastado por la fuerza de esa imaginación que escribía sin tiempo ni espacio, llevándome a lugares insospechados de calma y de dicha.

Cuando la tranquilidad volvía, la vela, se apagaba, el cuaderno se cerraba, las letras se dormían y todo quedaba en silencio.

Al despertar, ya fuera de día o de noche, nos contábamos para ver si faltaba alguno. Después de cada descarga podían haber llegado extraviadamente cualquiera de aquellos proyectiles hasta alguno de los nuestros.

La hija menor de mi abuela, mi tía, vivía también con nosotros, y ella era la encargada de contarnos. Cuando mamá se refería a ella, hablando con otras personas decía:

-Mi hermana la soltera- no sé por qué, si tenía sólo veinte años. Ella se llamaba Adela y era nuestro contacto con los mayores. Mi tía sabía cómo transformar nuestras pequeñas y, al mismo tiempo, osadas inquietudes en apacibles figuras para así ya diluidas, hacerlas llegar a los grandes. Naturalmente de esa manera se facilitaban las concesiones.

Ocurría algo importante con tía y era que nos daba la cuota diaria de esa alegría que hacía tiempo se hallaba escondida y que tanto nos costaba encontrarla. Ella sabía cómo sacar a la alegría de su escondite, sólo un poco cada día. No podía excederse porque capaz que se acababa y: ¡era tan importante para nosotros ese alimento!. Por eso, a mi tía la queríamos mucho. Al llegar la noche, íbamos con ella al dormitorio y prendíamos la radio. A esa hora la escuchábamos mejor, sobre todo porque las emisoras que buscábamos eran extranjeras, las de nuestro país, creo, no funcionaban. Las radios de los países vecinos salían clarísimas y nos llegaba desde allá lo que ocurría en nuestro país. Esto resultaba casi cómico pero era así, porque las pocas informaciones que podíamos obtener aquí estaban distorsionadas. De esa manera todos pegados a la radio, como zánganos alrededor del panal, nos disponíamos a recibir la miel. En verdad esas informaciones eran nuestra miel porque alimentaban muestras incógnitas y nos ubicaban en el momento preciso de las circunstancias, de allí en más, calculábamos cuanto esperaríamos de nuevo para volver a lo normal. Mi abuela, por su parte, también hacía sus cálculos para aprovisionarse con más o con menos alimentos. Tía tampoco escapaba a la zozobra de ese momento, pues el novio había estado combatiendo y era aviador militar, sabíamos que la Aviación estaba entre los vencidos y muchos de ellos se habían refugiado en los países vecinos, pero otros fueron silenciados en las fronteras. ¿Cómo podía saber tía si uno de ellos no era él? Aunque ella no demostraba su preocupación, yo la conocía y sabía que por dentro la destrozaban sus temores.

¡Eramos esclavos de esa tirana revolución!

Mamá llegaba cada tanto, pero era tan poco lo que estaba con nosotros y tanto lo que nosotros queríamos que estuviera, que yo sentía, en esos momentos de despedida, lo mismo que cuando tomaba mis remedios: un sabor amargo y penetrante.

Mis hermanos menores se portaban muy cargosos con mamá, lo preguntaban todo, aunque después poco a poco, parece, se olvidaron de papá. Pero yo, que tenía unos años más, había aprendido, en ese tiempo, que no debíamos molestar, que las cosas que ocurrían eran sólo de los mayores y éramos nosotros pequeños espectadores moviéndonos por debajo, como estorbos que a menudo se enredaban en las piernas nerviosas y apuradas de ese momento. Así fue como aprendí a ver; escuchar y callar.

Pero las preguntas se fueron acumulando, tanto, que llegué a creer que el recipiente estallaría y sólo mucho más tarde me dí cuenta de lo mucho que una horma pequeña puede apretar hasta el mañana.

Y... bueno, así de simples fueron esos tiempos y así también simplemente crecí durante la revolución, pero... había aprendido a vivir callada.
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STELLA M. BLANCO SÁNCHEZ DE SAGUIER
(Premio en el Concurso Nacional de Cuentos
organizado por el Diario Ultima Hora)
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Fuente:
VEINTITRES CUENTOS DE TALLER
TALLER CUENTO BREVE
Dirección:
HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ
Talleres GráficosEDICIONES Y ARTE S.R.L.,
Asunción-Paraguay
1988 (136 páginas).
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lunes, 9 de agosto de 2010

STELLA BLANCO SÁNCHEZ DE SAGUIER - EL ADIÓS DE UNA REINA / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - QUERIENDO CONTAR CUENTOS (1985).


EL ADIÓS DE UNA REINA
Cuento de
STELLA BLANCO SÁNCHEZ DE SAGUIER
(Enlace a datos biográficos y obras
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EL ADIÓS DE UNA REINA
Miró en torno suyo. Allí estaban los presentes: Todo lo que ella quiso, y todo lo que ella pidió, además de todo lo que Salomón le dió. La reina- se volvía, regresaba a su tierra con sus criados.

Recordó el día de su llegada, los camellos de la caravana que portaban la flor de la vainilla, la cúrcuma rojiza, el cardamomo, la feliz alcaravea, el comino, las pimientas y el azafrán. ¡Cuántos rubíes, esmeraldas y diamantes de Kabir! y todo el oro...

Aquel primer día perfumado de sándalo en el aire vibrante de arpas y salterios, fue el día en que la reina había bendecido al Jehová de Salomón por este Rey de derecho y dé justicia puesto en el trono de Israel. Fue el día en que llamó bienaventurados a sus siervos, por estar frente a Salomón y escuchar su sabiduría.

Aquel día habían contemplado por primera vez sus ojos, el cedro y el oro labrados que cubrían el Templo de Salomón. Luego de atravesar las puertas de olivo, se había quedado prendada de los dos querubines, con sus alas extendidas sobre el arca del pacto de Jehová. Estaban cubiertos de oro los querubines de talante divibrante: los cedros, las palmeras, el olivo y los botones no. Y la naturaleza estaba presente en el templo relumde flores, convertidos en oro para el holocausto y las ofrendas.

La reina de Saba había contemplado deslumbrada el poderío del rey. Su corazón se había conmovido con las respuestas de Salomón, cuando al llegar, él la condujera a la casa del bosque del Líbano y ella le había hecho las preguntas que en su corazón guardaba.

Mucho tenía ella que preguntar porqué el cielo y toda la tierra cabían en su corazón. Fue así como Salomón le habló de los majestuosos cedros, del arrastrado hisopo que agita entre las peñas su olorosa mata, de las aves, reptiles y peces.

Ella quiso saber del sueño en que, Dios le había entregado su sabiduría, porque él, el Rey Salomón, el hijo de David, había pedido corazón entendido para discernir entre lo bueno y lo malo, para poder, gobernar ese pueblo tan grande. ¿Y la nube? - aquella misteriosa nube?, que llenó la casa de Jehová. Quizás Jehová habitase en la oscuridad. Quizá... ¿Es verdad, -preguntaba la reina- que Dios morará sobre la tierra? Pues he aquí que los cielos de los cielos, no lo pueden contener... Cuanto menos, entonces, esto que tú has edificado. La reina obtuvo deleite de la Sabiduría de Salomón. Hoy mira en torno suyo envuelta aún en el perfume de sándalo que brota de todas partes, acariciada por la suavísima música de arpas y salterios, dejando pasa siempre la casa del bosque -cuánta felicidad puede también una casa albergar- y hoy ya no tiene preguntas en su corazón. En su lugar, comprende que la sabiduría máxima de un corazón entendido, es conocerse a sí mismo.

Es un trabajo individual, que nadie puede darnos, ni siquiera el mismo Jehová.

Ella siente un cambio, una evolución espiritual y vislumbra que Salomón por más rey y poderoso que sea no ha llegado a la concreción total y real de ese corazón entendido; que no lo puede recibir en profundidad sin antes trabajarlo. Y ya en su regreso la reina mira esos tesoros que Salomón le obsequiara y los vé palidecer.

Mira el desierto árido e interminable así como sería el conocimiento de sí misma.
STELLA M. BLANCO SÁNCHEZ DE SAGUIER
TALLER CUENTO BREVE
Imprenta-Editorial
Casa América,
Asunción-Paraguay1985 (172 páginas).
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STELLA BLANCO SÁNCHEZ DE SAGUIER - LIBERACIÓN / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - QUERIENDO CONTAR CUENTOS (1985).


LIBERACIÓN
Cuento de
STELLA BLANCO SÁNCHEZ DE SAGUIER
(Enlace a datos biográficos y obras
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LIBERACIÓN
Aquel día el Destino mostró el pantanal al acosado. Había él dejado atrás, en vertiginoso desfile, los últimos bosques. Ahora llegaba, a las tierras bajas y húmedas y se internaba corriendo en ellas como si fueran un jardín de delicias.

Le dolía la herida del cuello; tenía rasguños en los brazos y el pecho dolorido, hinchado. Conservaba aún la pistola con que había disparado al policía en el enfrentamiento fatal para éste, el pasado lunes. Las aguas se abrían bajo los pies desnudos del perseguido. A veces se tendía a descansar sobre una hierba quemada y áspera, en la margen del pantano. A veces algunos achaparrados arbustos le brindaban sombra y resguardo. Suave y secretamente, con asombrosa agilidad, fue saltando por sobre las laxas cercas de aquella indefinida tierra, mezcla de espejos grises y de pajas afiladas. Nadie comprendería porqué se sentía libre, nadie podría entenderlo.

Hallándose cercado por infinitos policías y perros amaestrados bajo un cielo surcado de helicópteros, él se sentía libre.

Acababa de huir su compañero y jefe hacia algún lugar del estero, no lejos de la casa abandonada, situada junto a la vía férrea, en el kilómetro cuarenta. A pesar de los vuelos rasantes, a pesar de las patrullas, a pesar de las intimaciones del Comisario de Patiño y del último conscripto avistado junto al almacén, decidió que ya no se rendiría. Las cosas habían ido demasiado lejos, lo sabía.; pero el aire que respiraba todavía era un aire de libertad. No se sentía acosado. Ahora él, estaba libre. Libre quizá para morir. Advirtió que estrechaban cada vez más el cerco en torno a su cuerpo lleno de fuego y fatiga; que ya eso tenía que ser el fin. Y por eso mismo había gritado a los que se perfilaban en la mañana gris, que él no iría a entregarse.

Cuando muriese y las aguas piadosas lo cubrieran, se sentiría igual que ahora. Calmosamente siguió moviéndose, sin rumbo ya, por el estero, a veces la pis tola, que esgrimía su mano derecha, desaparecía bajo el agua, oscura. ¡Qué alivio!. El Jefe, el Jefe de la Banda, se había escapado de las fuerzas del orden y, al escaparse su angustia había desaparecido. Los hombres que lo acosaban con armas automáticas, los terribles perros ladradores, los helicópteros que asordecían el cielo, no importaban. No le perturbaban los disparos cada vez más próximos que perforaban furiosos los cristales del pantanal.

La verdadera persecución había terminado con la fuga del JEFE; esa persecución, la del hombre malvado y atroz, ésa, había sido la maldición de su vida.. De él, durante tanto tiempo, no había podido escapar, ni aún aquella vez en que arrepentido, había vuelto a su casa, habiendo obtenido el perdón de sus padres. El JEFE lo había acechado día tras día hasta volverlo a arrastrar hacia una existencia criminal peor que la anterior. Ahora aquella existencia le parecía una pesadilla lejana. Contempló durante un rato, detenido en el fango frío, el paisaje triste; lo contempló sin miedo y sin odio. Pensó que el Mal mismo ya había desaparecido. Un ruido de aguas golpeadas y voces roncas lo volvió a la, realidad.

-Eyú che piari -gritó en respuesta a esta última intimación.

Cuando llegaron hasta él, ya no respiraba. Tenía una herida en la mitad del pecho. El rostro todavía adolescente iba palideciendo plácidamente.
STELLA BLANCO SÁNCHEZ DE SAGUIER
TALLER CUENTO BREVEDirección:
Imprenta-Editorial
Casa América,
Asunción-Paraguay1985 (172 páginas).
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martes, 3 de agosto de 2010

STELLA BLANCO SÁNCHEZ DE SAGUIER - SECUELA Y ALIENTO / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - 19 TRABAJOS (1984).


SECUELA Y ALIENTO
Cuento de
STELLA BLANCO SÁNCHEZ DE SAGUIER
(Enlace a datos biográficos y obras
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SECUELA Y ALIENTO
El lánguido y deslucido sol palidecía el paisaje en el amanecer de aquel domingo de setiembre.

Un perfil esbelto de muchacha, recostado al tronco añoso de un cedro, se dibujaba en la frondosa y húmeda arboleda.

La cabellera negra enmarcaba suave el rostro perfecto, en donde aparecía dibujado un rictus de dolor. En verdad este rostro reflejaba todo el sentimiento de pesar que su alma poseía.

Era tiempo de guerra y esa guerra maldita se había llevado a sus dos hermanos. Respiró hondo y absorbió toda la pureza del aire amanecido, esto le dió ánimo y pudo apreciar las cosas bellas de esa naturaleza que la rodeaba y se sintió contagiada de bienestar y optimismo; llevada por ese impulso, sin darse cuenta había traspasado los límites de esa estancia.

Era la de Pascual Granda, hombre de buena estampa y firme como el yunque; huérfano de muy joven, había tenido una existencia penosa. Ahora regresado de la guerra con Bolivia, donde había sido herido gravemente en Cañada del Carmen, se estaba de nuevo readaptando a la apacible rutina de antes.

Este era el momento en que su espíritu se hallaba templado en cuarenta años que le habían enseñado a rescatar lo bueno y lo bello de la vida.

Anna, muchacha del lugar, en verdad a Pascual lo conocía desde niña, cuántas veces lo había escuchado hablar con sus hermanos y cuántas lo había admirado; sus palabras poseían tanta elocuencia, que uno quedaba gratamente atrapado en ellas. Además era alegre y espontáneo y eso hacía que a su lado todos se sintieran cómodos y contentos.

Con estos gratos recuerdos a Anna, se le olvidaron un poco sus penas. Estaba ya muy cerca de la casona blanca de Pascual, marcada por columnas y corredores que a la vez se hallaban protegidos por majestuosos árboles. El conjunto así, daba una armoniosa combinación de formas y colores.

En ese momento, Anna sintió algo punzante en el pecho, era su tenaz y dolorosa pena que volvía, y dijo casi gritando: - ¡La guerra, esa interminable y sangrienta guerra!-, como rebelándose por su infortunio. -Mis hermanos ya nunca más volverán-.

Pascual, que todas las mañanas, muy temprano acostumbraba recorrer su establecimiento, la escuchó y fingiendo ignorancia de lo acontecido, se acercó y la invitó a conversar. Se ubicaron en uno de los corredores de la casa. Anna se sentó y luego Pascual lo hizo lentamente en su favorito sillón de esterillas, la contempló y esperó que hablara.

-Son dos años de recuerdos tan amargos-. -¡Dígame Pascual, qué clase de mundo es éste, cómo se justifica esta guerra atroz e inútil, por qué en plena juventud han muerto mis hermanos?-.

Pascual, aspirando profundamente el cigarrillo, meditó una respuesta y dijo: -Mira, querida Anna, muchas tristezas pasastes, muchas todavía las vas a pasar, pero no pienses que la vida es siempre triste, olvida y vé adelante, que mucho hay por hacer.

El corredor era amplio y sus columnas macizas proyectaban una sombra grata y además, pintadas de blanco, otorgaban completa tranquilidad. Ahora Anna, recorría el corredor mientras le hablaba a Pascual, cuando terminó de hacerlo se sintió mucho mejor y más aliviada, se lo manifestó y luego se despidieron con la promesa de que Pascual la visitaría en los próximos días.

Esos diálogos se fueron repitiendo en el transcurso de muchos meses, Pascual la alentaba con sus buenos consejos, pero era difícil sacarle esa pertinaz amargura y no podía ella continuar con ese estado de ánimo; había que hallar una pronta solución.

Esa solución vino no mucho tiempo después.

En el mes de junio se firmaba la paz entre Paraguay Bolivia. Radiante rompió ese día y en la casa de Pascual todos lo festejaron; abrazos y gritos que reflejaban una felicidad inmensa. Los moradores del lugar comenzaron a llegar a la casona para enterarse de le acontecido, Anna también lo hizo, y al trasponer el portal corrió hasta acercarse al grupo, como queriendo sacudir su alma y absorber toda la felicidad que pudiera y llenarse de bienestar. Pascual la observaba, pues temía sus reacciones, pensaba que en cualquier momento podían aflorar en ella sus recuerdos, al ver en esa gente tanta alegría y en su interior tanta ausencia sin igual.

Entonces, Pascual haciéndose el muy osado, salió al patio y les dijo que él compartía con todos ellos este momento de felicidad, pero, que ahora también ya era tiempo de ponerse a planificar el futuro y empezarlo cuanto antes. Esas y muchas cosas más de profundo y sentido contenido les fue diciendo Pascual; pero temía que la gente y entre ellas especialmente Anna, no lo hubieran comprendido; sin embargo, vió en todos satisfacción y en Anna vio una transformación, y un nuevo rostro. Realmente no podía saber si era su imaginación, o su inmenso deseo de que fuera así, lo que le llevaba a creer en esa renovación.

Sin embargo Anna había cambiado y ahora, con absoluta precisión, ella sabía que toda esa melancolía que le había estado haciendo tanto daño se iba en suavidad borrando para transformarse en entera claridad. Ahora podía razonar sobre la inutilidad del lamento y podía darse cuenta que mucha de esa pena que le costó eliminar se debió principalmente al haber estado compadeciéndose de sí misma y sintió también que todo ello terminaba.

Estaba tan alegre como nunca, que debía contárselo a alguien, apuró sus pasos y se encontró junto a Pascual que ya la estaba esperando.
Dirección: HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ
Asunción – Paraguay 1984 (139 páginas).
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STELLA BLANCO SÁNCHEZ DE SAGUIER - VIENTO SUR / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - 19 TRABAJOS (1984).


VIENTO SUR
Por STELLA BLANCO SÁNCHEZ DE SAGUIER
(Enlace a datos biográficos y obras
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VIENTO SUR
Nuestra historia transcurre en un apacible y atrayente barrio de la ciudad. Sus calles son limpias y delineadas por frondosos árboles que dan protección y frescura a los vecinos.
Matías, primer personaje nuestro, hombre singular, de vasta cultura y vecino antiguo del lugar, posee como un don natural, el de captar con suma facilidad los sentimientos y posturas de la gente que frecuenta. El poder llegar a conocer verdaderamente a los amigos, constituye para él un goce muy especial, sobre todo porque ello alimenta ese cierto excentricismo que él posee sin siquiera sospecharlo.
En tantos años que lleva de vivir en aquel barrio, Matías ha tenido oportunidad de saber de mucha gente y toda muy interesante, por cierto.
Mas, ocurre ahora que, los vecinos ya son muy conocidos por Matías y aquellos nuevos, que en alguna oportunidad han vivido allí, no fueron del agrado de él como para que le atrajeran.
Y, como si todo hubiera estado dispuesto para que nuestro amigo tenga oportunidad de demostrar sus cualidades, se produce un hecho singular, algo muy especial, como Matías lo consideraría más tarde: aparecen en su vida Juan y María.
Los empieza a tratar y así, haciendo gala de sus dones se pregunta: -¿Será que en esta pareja hay un entendimiento perfecto como lo aparentan?-, -Más bien pienso que tal cosa no es real-
-Veo en ella, en su profunda mirada, el reflejo de una gran pena-.
La llaman Doña María y es muy joven aún. El, Don Juan Reinoso, que de su aspecto de soberbia y señorío, diría más bien Matías: -No es tal-. Sí, porque lleva apenas un frágil atavío que sirve en algo para cubrir lo intrincado de su ser, éste está en verdad formado en dura lucha contra la adversidad; adversidad también porque nunca recibió ni siquiera minucias de humanidad.
Nada, y sólo rudas y ásperas experiencias que se transformaron en odios y rencores.
Don Juan esto lo transmite a través de su mirada, de sus gestos, de su hablar, y más aún cuando está en confianza. Consecuentemente a quien más se lo transfiere es a María. Ella no sabe como disponerse con estos problemas, pues su carácter no la ayuda, es tímida y sumamente sensible. Matías se da cuenta de ésto y dice: -¿Cómo no ha podido despojarse de tanta sensibilidad, cómo no la ha podido cambiar por dureza, por valentía, para que todo ese pesar no la entorpezca?-.
No, su sensibilidad no ha cambiado, piensa Ma-tías que María necesita una ayuda para vencer esa extremada sensibilidad que la imposibilita de poder llegar a soluciones mejores, tanto con relación a su mismo sentir, como al entendimiento con Juan. Matías quiere ayudarla, quizás pueda hablar con Don Juan y advertirle de esto. Mas no se atreve, le parece que Don Juan no lo entendería y quizás se disguste por la intromisión de él. Cómo hacer, se dará tiempo para pensar en alguna solución.
Mientras, María buscando aliviarse recurre a sus libros que son para ella consuelo y desahogo de su sentir.
Siempre le ha gustado leer y escribir y cree que haciéndolo con más frecuencia logrará satisfacciones.
Viendo esto Matías piensa: -¿Será que sólo escribiendo y leyendo llegará realmente a la mejor solución?-. -Más bien creo que eso, sólo es una evasión-.
El tiempo fue madurando y ella siguió escribiendo con entusiasmo, hasta que, de pronto, la presencia de Juan y María se hizo prolongado silencio, nada se supo de ellos.
Matías que había ido viviendo paso a paso esta historia y que la había sentido como parte de la suya: se encontró de pronto vacío y pensó que el tiempo se le había ido y no había podido darle a María una plena solución.
Transcurría el mes de junio, el viento sur emitía las hojas de los árboles como mensajeras del invierno que ya se venía. Habían tenido un verano largo y pe sado, Matías esperaba con ansias el invierno; siempre le había gustado el frío de su país, era templado y reconfortante y ahora más que nunca lo necesitaba, pues su espíritu se hallaba acongojado y eso no podía ser, él tan dispuesto y optimista, cómo era posible que se le fuera la alegría, de ninguna manera, pensó. Abrió el ventanal, llovía, y el viento sur le penetró fresco en el cuerpo, se sintió recuperado, lleno de vida. Era notable aquello, se dijo, siempre ese viento le producía el mismo efecto en su ánimo y qué bien le venía, se sentía renovado y eso es lo que quería. Fue a cerrar el ventanal cuando, de pronto lo vió, sí, era Don Juan, apareciendo en la esquina de enfrente. Fue a su encuentro y lo invitó a entrar. El ambiente era tibio y acogedor y ello contribuía a que ambos se sintieran cómodos. Entonces habló Matías: -¿Qué ha pasado Don Juan?-. -No los hemos vuelto a ver-.
-Mira, querido Matías, fui a llevar a María a una ciudad lejana y ella se ha quedado allá. Fue un adiós feliz, sin resabios ni amarguras, con entendimiento mutuo, yo he vuelto tranquilo y ella también lo está allá, escribiendo cada vez con más ahínco y entusiasmo, pues en verdad es lo que siempre le ha gustado. Sus libros y sus escritos la llenan plenamente, hasta el punto de sentirse feliz.
Qué más había por hacer, pensó Matías, esta vez sus dones de captación no habían estado del todo acertados ni felices; y entonces se levantó, abrió de nuevo el ventanal, buscaba una vez más ese aliento que le daba el viento sur.
Dirección: HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ
Asunción – Paraguay 1984 (139 páginas).
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