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lunes, 14 de noviembre de 2011

BENJAMÍN FERNÁNDEZ BOGADO - MEDIOS, DEMOCRACIA Y ACCESO A LA INFORMACIÓN PÚBLICA / Revista dominical ABC COLOR, 13 de Noviembre de 2011





MEDIOS, DEMOCRACIA Y ACCESO A LA INFORMACIÓN PÚBLICA.
Artículo de




Recuperar el sentido de la plaza pública, escenario en el que se discutía, se presentaban opciones, se conversaba y se ponía en tela de juicio las afirmaciones de quien hacía uso de la palabra, es la gran tarea que nos corresponde a los comunicadores. La plaza pública debe ser la página de un diario o revista, un programa radial presentado con altura y con dignidad, y una televisión responsable que no tema mostrar la realidad del país al que sirve y no servir a los intereses políticos que tratan de esconder ese país real. Una televisión que estimule la cultura y no la subcultura, que no tema ampliar su horizonte de compromiso con las necesidades de sociedades desmovilizadas por el miedo y la apatía.


Esa misma plaza pública tiene hoy en Internet a un nuevo referente, es como un espacio que se suma a los ya existentes y que reclama periodistas que lo usen de forma ordenada, crítica e inteligente al servicio de una ciudadanía que pueda escoger de forma informada las mejores opciones para el país. Con Internet, todos somos un poco periodistas, pero si no sabemos procesar la información, la terminaremos de convertir en una Torre de Babel muy distante de las ventajas potenciales que ofrece su uso.  

Reconstruir el espacio de la plaza pública no es una tarea fácil. Dividir y fraccionar a los colectivos supone ventajas a los grupos de intereses encaminados hacia ese fin, pero a la larga acaba con los ciudadanos, que se convierten en sujetos de campañas proselitistas cuyas propagandas son encomendadas a los mismos agentes que venden un detergente como un congresista o una gaseosa como un presidente. Los consumidores pasivos de las ofertas publicitarias deberían ser despertados por los comunicadores, aquellos que exploren más allá de los eslóganes, y que tengan la audacia y el coraje de exponer a los políticos tal como son y no como ellos quisieran que se les conociera.  

Ante tanta oferta de información, hoy, el ciudadano vive lo que algunos estudiosos llaman muy bien “la ansiedad informativa”, y se preguntan: ¿qué hacer cuando demasiada información no le sirve al ciudadano para tomar mejores decisiones? La cantidad debe ir acompañada de la calidad. Y en eso, los periodistas tenemos la obligación de ayudar a digerir esa oferta publicitaria con que es bombardeado todos los días el ciudadano medio. Prepararnos para enfrentar el reto de un tiempo de descreimientos y dudas es consolidar la necesidad de reformular el concepto de la plaza pública abandonado por los políticos y, muchas veces, por la misma prensa. Es curioso, en ese sentido, cómo la tendencia es que haya más medios pequeños y ninguno con capacidad de aglutinar a la gente en torno a él. Ya pasaron los años en que las familias se reunían frente a una radio o delante del televisor; ahora vamos a los ordenadores personales, en que cada cual elige lo que quiere y a su medida. Esta es una realidad latente en sociedades desarrolladas y, por qué no, también en las nuestras, con la diferencia de que en nuestros países los que pueden acceder a eso constituyen una minoría frente a una multitud que vive muy lejos aún de las ventajas que supone ese medio de comunicación.  

El problema de la democracia es un problema de calidad, de gestión. Hay un notable rechazo hacia los gobiernos que no hacen; a los líderes que mienten y a los partidos que no administran los cargos de forma diligente. La ciudadanía lo reconoce, por eso cada día cuesta más ganarse su voto. Es curioso cómo el descreimiento hacia los políticos y hacia la política es directamente proporcional a los gastos de campaña. Cada vez es más costoso ser electo en elecciones democráticas, lo que desalienta a ingresar a la política a quienes carecen de recursos. Y la explicación es simple: cuando la gente no cree, se debe gastar más en publicidad para convencerla. Si tuviera buena información y un grado de participación mayor, menor sería lo que los políticos gastarían para convencer a electorados renuentes a participar si no tienen de por medio algún incentivo económico el día de los comicios, como es el caso en algunos países de nuestro continente.  

Hay también un rechazo a la prensa partidista o sectaria que nutre sus espacios con la versión de un sector de poder en detrimento de la información para el ciudadano. No es raro ver sus resultados en la poca circulación de algunos periódicos muchas veces subvencionados por los partidos en el poder, que sirven solo a quien le paga y a no sus electores, como debiera ser.  

La palabra responsabilidad viene de la expresión latina: res (cosa) pondere (valorar); solo es responsable aquel que valora, que pondera, que le da un sitio importante a su tarea o al concepto que la representa. Ser responsable con la libertad y con la democracia implica para los comunicadores trabajar para exponer los temas ciudadanos en la agenda de la discusión y recuperar a través de ellos el concepto de la plaza pública hoy abandonada, fragmentada y desconocida para muchos. Ser periodista en un tiempo de cambios, en el que lo conocido no sirve como servía y en el que al tiempo que se destruyen instituciones o conceptos nacen otros que son también sujetos de cambios y destrucciones, no es una tarea fácil. Y lo es aún peor en sitios en los que la ausencia de libertad es asumida con fatalismo cultural.  

Ante esto, cabría refundar el concepto de la plaza pública; volver a aglutinar en el debate a las voces que tengan algo que decirnos y no a las que solo repiten los eslóganes políticos que les han dado como tarea proclamar; huir de esa polémica estéril que todos los días intenta ahogar la discusión de los temas importantes; hacer que el escándalo de hoy no sea sepultado por el escándalo de mañana, sin que medie la acción de la justicia o de otras instituciones para sancionar a los protagonistas de los mismos.  

El periodista no debe convertirse en mero difusor de la agenda que los políticos oportunistas quieren colocar en el imaginario popular, sino desmenuzar la idea y el concepto, y cotejarlos con la realidad para que el ciudadano tome la decisión de manera informada y pueda crear, a través de ello, una comunidad sólida que respalde la democracia y dé sentido a la libertad.  

Enfrentar el descreimiento ciudadano con un periodismo más responsable es también una forma de supervivencia de un oficio que requiere, hoy que más nunca, los rigores de cualquier profesional. Vivimos en un tiempo en cambio, de dudas, tribulaciones y angustias. Y en medio de eso, descreemos muchas veces de nuestras propias fuerzas, buscamos evasivas y, en el camino, queremos justificar la inacción.  

Hoy, el periodista debe ser un activo agente de cambio, de interpretación, de lucidez ante una realidad cambiante, y, sobre todo, debe asumir con responsabilidad la tarea de salvar a la política de un mercantilismo que la agota, y rescatar a la prensa de su función rectora que estimule al ciudadano a volverse partícipe activo de la construcción de su comunidad. Si es posible hacerlo en medio de las perturbaciones y obscuridad, aún mayor será el beneficio para el país y más fuerte y entregada al servicio estará la prensa; ya no jugando a ser un poder, sino a controlar, auscultar y denunciar al poder político que está, al igual que la prensa, para el servicio de todos.  

Si logramos rescatar para la prensa ese espacio de vitalidad y de participación con el ciudadano informado, también tendremos mejores políticos y la política no será nunca conjugable con lo turbio, lo obsceno ni lo degradante. Tendremos más interesados en ingresar a ella y dejará de ser el lado fácil de la coerción y el chantaje de grupos de intereses que siempre buscan volverla un rehén para sus ambiciones crematísticas.  

También habremos recuperado la plaza pública para el ciudadano y cada uno de los medios jugará un rol de catalizador de intereses particulares en provecho de objetivos comunes. El periodista interpretará los hechos libre de extorsiones, pero no exento de conflictos que definen muchas veces este oficio fascinante; y el ciudadano verá, por fin, que la comunicación no es otra cosa que la prolongación de su comunidad que vive en democracia. Hacerlo pronto y rápido es también una cuestión de supervivencia del propio sistema democrático que ambicionamos, y una muestra de capacidad de adaptación a los cambios tecnológicos que deben enriquecernos en participación y no deprimirnos en ansiedades y miedos individuales.  

Superar las dudas y preconceptos o la necesidad de madurar cívicamente en democracia.

Nuestros esquemas mentales, estructurados sobre la base de que las leyes por sí solas cambien el pensamiento de la gente, no alcanzan para explicar por qué América Latina, con tantas normas, no haya podido crecer ni desarrollarse en un mundo competitivo que está mirando nuevas formas de organización, en el que la tecnología y la información todavía resultan hoy más fáciles de acceder y de crear comunidades de ciudadanos que entiendan su rol dentro de la construcción democrática. Debemos hacer normas que pongan a los ciudadanos en primer lugar. Es preciso, tras una discusión amplia, que desde lo jurídico se logre entender que nadie más que el individuo informado es el que logra comprender el significado de la democracia y está dispuesto, con su participación, a darle sentido y valor. Es importante considerar que escribir normas de acceso a la información pública que se alejen de los ciudadanos, aunque hayan sido escritas en su nombre, llevan consigo posibilidades más cercanas del fracaso.  

El retorno a los ciudadanos debe marcar la línea de discusión en los países que han aprobado normas en esa dirección; y en las que se encuentran en proceso de redactarlas, debe servir para una reflexión más madura y seria que evite que los periodistas, la prensa o el poder del Estado se apropien de normativas que en realidad solo les brindan a ellos una mayor dosis de insumos. Esto evitaría que los rumores maledicentes, y muchas veces sin fundamentos, sean justificados porque no tienen la información oficial en torno a los hechos que comentan.  

Nuestras democracias necesitan tanto medios serios y creíbles como gobiernos transparentes que proyecten en la ciudadanía niveles de confianza que permitan construir escenarios posibles en un mundo que mira con perplejidad los cambios y anhela, en especial, que la prensa oriente con una crítica sana y una información responsable el rumbo a seguir.  

No es un momento fácil ni para los periodistas ni para la norma. Por lo general, vivimos un tiempo de descreimiento y de dudas. En ese marco, escribir normas sobre ámbitos de la información debe significar un nuevo pacto entre los grandes actores sociales para rescatar el rol de ciudadanía, tan vital a las democracias como la información a los medios de prensa. Es imperioso ver las normas desde esa concepción, encontrando los mecanismos que hagan que se vuelva a establecer el vínculo de confianza roto entre gobiernos y ciudadanos o entre leyes y ciudadanía. Las leyes deben constituir la antesala de un pacto serio que construya puentes entre los ciudadanos y sus instituciones. Debe llevar a los gobiernos a mirar su compromiso desde una perspectiva distinta, que encuentre en la transparencia un mecanismo que ahuyente a los corruptos y sus miles de estrategias de desacreditar a las democracias y, consiguientemente, pueda rescatar a la prensa de un rol anodino y secundario, donde lo “light” y banal ha sobrepasado, en muchos casos, a la información analizada y presentada de manera clara que permita entender lo que pasa y saber las razones correctivas que aplicar.  

Los periodistas, juristas y actores democráticos, en general, deben rescatar al ciudadano de esta perpleja manera de observar hechos que no comprende, de modo que los niveles de participación tan bajos en nuestra democracia puedan revertirse, produciendo a su paso un abaratamiento de los mismos costos de campaña y promoviendo liderazgos alternativos a la corporación de los partidos que en muchos países ha dejado al pueblo sin opciones.  

Una información, entendida como patrimonio público, es una apuesta al desarrollo, que espera que tanto juristas como periodistas le den densidad para que el ciudadano vuelva a creer; primero, en su capacidad de actor democrático y, por consiguiente, en el sistema democrático, al rescatarlo de esa reducción simplista y distante de que él solo sirve para unos cuantos avivados y pícaros que lucraran en su nombre a partir de elecciones o de medias verdades.  

En una sociedad democrática, es necesario y es una obligación tener asegurado jurídicamente el derecho a la información. Pero esto no es suficiente. Se requiere, además, que el ejercicio del derecho a saber suponga una coincidencia razonable entre los hechos efectivamente acaecidos y lo que se publica o se difunde. El asunto, a simple vista, puede parecer sencillo. No lo es. Antes bien, resulta sinuoso y complicado. En principio, conviene puntualizar que la información se ha convertido en una herramienta indispensable para el ejercicio de gobierno y para la toma pública de decisiones colectivas por sus propias características inmanentes. No hay nada tan valioso como trascendente para el ciudadano como aquella información que le permita expresar su compromiso cívico y su participación en la democracia. Contrariamente, nada perjudica tanto como el hecho distorsionado, adulterado u ocultado.

13 de Noviembre de 2011
Fuente: Revista dominical ABC COLOR
Fuente digital : www.abc.com.py


martes, 6 de septiembre de 2011

BENJAMÍN FERNÁNDEZ BOGADO - LA PATRIA URGENTE, PALABRAS SOBRE EL BICENTENARIO / Artículo publicado en el diario ULTIMA HORA el domingo 8 de mayo de 2011.




LA PATRIA URGENTE


(Artículo publicado en el diario
ULTIMA HORA
el domingo 8 de mayo de 2011)

Hemos tenido momentos heroicos en estos 200 años. No pudieron con nosotros ni las dictaduras ni la Guerra Grande ni las revoluciones ni los saqueos, menos aún los corruptos, los incapaces o los inmorales.
No acabaron con nuestras reservas; ellas viven en el corazón de un pueblo sencillo al que creen que le han despojado de su dignidad porque han comprado su silencio. Es hora de patear la silla, de observarla caída y de levantarla para que la postración de este pueblo nunca más tenga a alguien que lo mancille y lo degrade.
Requerimos ponernos de pie y creer en nosotros mismos, recuperar en un acto heroico el sentido de la palabra independencia, aprender a ser libres sin temores, sin resquemores, sin pedidos de disculpas permanentes… necesitamos el orgullo de Francia, el pragmatismo de Carlos Antonio López o Caballero, la honestidad de Eligio Ayala, la inteligencia militar de Estigarribia, el coraje del coronel Franco en Campo Vía y la tozuda voluntad del general Garay quien, con más de 70 años, comandó una parte del ejército triunfante en los cañadones de Yrendague. Necesitamos la sensibilidad de Flores, la estética de Ortiz Guerrero, el simbolismo de los niños mártires de Acosta Ñu, el genio creador de Agustín Barrios, el trabajo de los inmigrantes, el compromiso de millones de buenos paraguayos que todos los días creen que cada amanecer les trae una oportunidad de vivir mejor y de proyectarse en sus hijos y nietos, porque el Paraguay es nuestra tarea, nuestro destino, nuestra vida y compromiso.
No hay otro lugar mejor para crear oportunidades, pero no lo haremos si no logramos entender con claridad que independencia es vida, no muerte; libertad es responsabilidad, no dispendio; patria es compromiso no discurso y que esta nación no está condenada ni al infortunio y menos aún al olvido.
Pongamos los paraguayos nuestra mejor inteligencia, aquella que alumbra y nutre. Hagamos algo que nos cuesta enormemente: convocar a los mejores como si estuviéramos en guerra, pero no contra enemigos militares, sino contra la ignorancia, la pobreza, la corrupción o la inseguridad. De esta no salimos solos, pero tampoco en alianzas que solo buscan posibilidades crematísticas para los aliados y desgracia para sus seguidores.
No olvidemos la historia, pero enamorémonos del futuro. Hagamos que sea él el que nos sacuda, nos mueva, nos movilice en un proyecto común, donde cada paraguayo asuma el compromiso de dejar en mejores condiciones este país que recibimos.
Abracemos la educación con la mayor pasión posible; promovamos y premiemos a los capaces, invirtamos más y mejor… hagamos que el esfuerzo de nuestros hombres y mujeres reconstruyan instituciones que hoy crujen por el abandono, la falta de cimiento y la ausencia de techos.


PALABRAS SOBRE EL BICENTENARIO EN EVENTO DE LA COOPERATIVA UNIVERSITARIA

El sábado 7 de mayo de 2011 a la noche ante una multitud convocada por dicha entidad solidaria, BENJAMÍN FERNÁNDEZ BOGADO dio las palabras referenciales sobre el bicentenario y la trascendencia de la fecha para el Paraguay. Resaltó la necesidad de poner sobre relieve la gran tarea de las mujeres paraguayas durante la guerra del Chaco alimentando al ejército en campaña. Su participación fue rubricada con sonoros aplausos.


Registro: Setiembre 2011


domingo, 18 de abril de 2010

BENJAMÍN FERNÁNDEZ BOGADO, FERNANDO PISTILLI, JOSÉ MARÍA IBAÑEZ - DEL AMANECER / Prólogo: MARIO RAMOS-REYES (KANSAS CITY)


CERCA DEL AMANECER
Poetas:
HUGO FERNANDO ESTIGARRIBIA GUTIÉRREZ ,
NELSON ALCIDES MORA RODAS ,
Diseño de tapa: ANY UGHELLY
Diagramación y armado: Gilberto Riveros Arce
Corrección: Feliciano Peña Páez
Año 2001,
Intercontinental Editora,
Asunción-Paraguay.
A MANERA DE PRÓLOGO
“...nadie sabía orientarse mentalmente;(...)
se subvertían las concepciones y creencias conocidas, y
el ciudadano sencillo sentía que todo estaba ya pasado
de moda. Si alguien hablaba de virtud, la respuesta era:
todo depende de lo que entiendas por virtud...”
H. D. KITTO
.
¿Cuál sería la salida a la crisis actual? ¿Existe alguna alternativa al sentimiento de desesperanza que agobia a nuestro pueblo? Altos niveles de desempleo y subempleo, ausencia de liderazgo, corrupción generalizada se repiten con monótona terquedad. Y la postergación de las soluciones a los problemas más urgentes como única respuesta. Obreros y campesinos, estudiantes y empresarios hacen oír su voz de preocupación y protesta hacia una coyuntura que parece intolerable. Hace unos días, la prensa se hacía eco de la angustia de veteranos de la guerra del Chaco donde no hacían sino reiterar el deseo de la mayoría de los paraguayos: soluciones ya, no más retórica vacía; propuestas concretas, no más populismo. La gente se ha cansado de tantas rencillas políticas; está harta de promesas incumplidas.
No caben dudas. Nos encontramos empantanados en una profunda crisis; que señala a un tiempo que parece desintegrarse produciendo vacío y desasosiego. Una crisis que es, debe advertirse, no sólo de carácter político o económico, sino, por debajo de todo ello, una crisis de convicciones fundamentales sobre lo que la ciudadanía creía era la democracia: una mejor forma de vida. Y está siendo desilusionada. La sacudida no es para menos, la ansiedad posee sus razones...
Pero no entraña sólo eso. La circunstancia es más delicada aún. Para aquellas generaciones que crecieron y lucharon contra el autoritarismo infame y, sobre todo, para aquellos jóvenes que dieron su vida por la democracia ante la reciente amenaza fascista, todo un sistema de creencias está en juego. Si la democracia nos pone en esta situación crítica, sin darnos una respuesta satisfactoria, ¿deberíamos entonces dar razón a la nostalgia? ¿A aquello contra lo cual luchamos y que pretende que todo tiempo pasado fue mejor? Nada es más ajeno a la verdad. Yo soy un convencido de que la democracia como forma de gobierno y de vida es infinitamente mejor que cualquier dictadura o sistema presuntamente mesiánico. A pesar de todo.
Y aquí están estas reflexiones rigurosas, lúcida mirada de intelectuales compatriotas que Cerca del Amanecer muestran y reafirman, creo yo, aquella convicción: una democracia, políticamente estable, económicamente eficiente y, sobre todo, moralmente saludable es el mejor antídoto contra el peligro de recaídas autoritarias, la mejor ruta hacia la plenitud de un desarrollo humano integral y sustentable. Dicho camino democrático no es, no obstante –y lo experimentamos día a día-, fácil ni automático. Exige marchas y contramarchas, pensamiento y reflexión, acción y compromiso. Tampoco será perfecto el producto final, pues permitirá siempre un ir más allá.
Pero ese poder ir más allá es precisamente lo que hace fascinante la travesía. Es el gran desafío –como diría la tradición que nos viene de los griegos- de hace que los gobernantes sean “elegidos, no por su linaje ni su fuerza, sino por su capacidad y virtud”. Así, la democracia es una ruta de profundización, de lucha contra nuestros límites, hacia lo que nuestro ser puede llegar a ser en libertad. En es peregrinar debo insistir en recordar que hay noches, algunas de luna llena, otras de tormenta, pero también amaneceres de soles brillantes. Un amanecer de ese tipo –uno nuevo- es el que nos anuncian los autores de este libro.
Este texto, como sugiere una leída atenta a través de sus páginas, Cerca del Amanecer aspira a ser un nuevo comienzo para nuestro país a inicios del tercer milenio. Instila esperanzas, provoca el debate honesto, abre las puertas de la mirada reflexiva y autocrítica a cuestiones relevantes, más allá de las insulsas e inútiles rencillas politiqueras de las que el pueblo está cansado. Con una tesis, reiterada y lúcida, se topará el lector cuando lo tenga entre sus manos: la crisis de nuestra democracia no es meramente formal, institucional o jurídico-política, sino algo más: es espiritual, mental; es cultural, nace de la descomposición de una realidad más profunda, brota como sangre de una herida lacerante en nuestro ethos moral. Y exige un ir más allá del mero politicismo, demanda la elaboración de utopías, el juego libre de los sueños.
Así, el análisis y las propuestas de Benjamín Fernández Bogado, Hugo Estigarribia Gutiérrez, José María Ibáñez, Nelson Mora y Fernando Pistilli, desde distintas experiencias de vida y circunstancias profesionales, apuntan hacia esa idea central: crisis de inteligencia, orfandad de liderazgo, ausencia de responsabilidad moral, carencia de visión para realizar una nueva utopía...Cerca del Amanecer. Como que la memoria de aquello que el helenista Kitto nos cuenta de los años de crisis democrática de la antigüedad griega se hubiera reencarnado fatídicamente entre nosotros. Un tiempo –aquél y también el nuestro- en donde “...nadie sabía orientarse mentalmente” y “las concepciones y creencias conocidas” eran socavadas, lo que hacía que “el ciudadano sencillo sintiera que todo estaba ya pasado de moda y, si alguien hablaba de virtud, reaccionara diciendo: todo depende de lo que entiendas por virtud”. ¡Ahh, nuestro trágico cambalache politiquero!
¿Cuál es la tarea inmediata, cuál nuestro compromiso? ¿Un nuevo edificio jurídico, cambio de estructuras sociales? ¿Algún nuevo modelo de Estado? Todos esos temas el lector encontrará en este libro que debe ser, espero, una herramienta indispensable para abrir un diálogo sereno pero apasionado, crítico pero constructivo, actual pero abierto hacia el futuro de nuestro país. Es que “el país necesita convocar a sus mejores talentos y conversar sobre algunos de estos temas de forma más profunda”, nos señala de manera lúcida Benjamín Fernández Bogado; pues “los medios requieren de gerentes y operadores más resueltos a entender la complejidad del cambio y la responsabilidad individual en el mismo. Eso no se delega y si se espera que los demás lo hagan por nosotros, estamos seguros que todo continuará igual y empeorando”.
Los mejores ciudadanos que hagan de su preparación para la cosa pública un apostolado. Como señala Hugo Estigarribia: “Un médico pasa siete años de estudio a tiempo completo de estudios y pasantías y luego se le exigen varios años más para convertirse en especialista. Sin embargo, la transformación social y otros campos políticos son mucho más complejos que la medicina. Si pensamos un poco y no nos permitimos caer en los hábitos convencionales, no tenemos más remedio que asombrarnos por el hecho de que a los políticos y altos funcionarios del gobierno no se les exija un largo entrenamiento y aprendizaje, por lo menos al igual que los médicos”.
La cuestión, entonces, “no es cómo – afirma en el mismo sentido Ibáñez-, sino con quiénes”. “La crisis que vivimos es, ante todo, una crisis moral e intelectual y no por razones económicas; nuestra crisis socioeconómica es una consecuencia de nuestra crisis de liderazgo y de inteligencia en nuestras élites. Los paraguayos estamos desmoralizados porque no confiamos en nuestras élites de dirigentes e, incluso, cada vez menos en nosotros mismos...”. Y Nelson Mora no es menos categórico al respecto. Es que “el nombramiento de los funcionarios en razón de motivos clientelistas – nos advierte- tiene importantes consecuencias en términos de legitimidad y eficacia, pues quien dirige al funcionario y lo controla no es su superior jerárquico, sino su superior político”.
Nos hemos quedado huérfanos de una visión de futuro. Pero son justamente esos: los momentos, tiempos de crisis, cuando se necesitan líderes de inteligencia clara y sobre todo con capacidad organizativa para anunciar el nuevo amanecer. Esa es la dimensión que el lector no debe perder de vista al leer este texto. Nuestra crisis puede generar, paradójicamente, una reacción positiva. Hacer peregrina nuestra conciencia de vagabundos. Crisis significa también momento decisivo de replantear las cosas, no sólo desenlace y declinación, sino el “ver” el nuevo amanecer.
Es que, se pregunta Fernando Pistilli, “¿por qué es malo soñar y ser idealista? ¿Qué nos ofrece la democracia¿ ¿Cuál es el país alternativo, alegre y desafiante, frente al autoritario, gris pero seguro? No respondimos esas preguntas y allí reside para mí la responsabilidad de los intelectuales en Paraguay, de no diseñar utopías. Preferimos que nuestras diferencias nos separen, a que nuestras afinidades nos unan. El costo fue caro. Dos oportunidades pasaron. Muchas otras pasarán, si los que “pensamos” no encontramos en las ideas soluciones y sólo seguimos buscando huesos perdidos. Devolvamos a las palabras su sentido, descentralización, potenciar las identidades locales; integración, un espacio para nuestra cultura; universidad, pluralidad, política, participación, democracia, la mejor forma de vida; futuro, desafío. Diseñemos utopías”.
Capacidad y preparación, diálogo y compromiso, repensar el camino, inventar nuevos liderazgos, imaginar el futuro, serán entonces los ingredientes principales de ese nuevo amanecer que nos predicen los autores. Todo ello apuntando, estaría por demás recalcar, hacia un verdadero cambio, a hacer lo que la democracia pueda y deba ser: virtud y arte de encuentro humano, descubrimiento de nuestra común dignidad de peregrinos hacia el bien común. Peregrinos, exactamente, no vagabundos. El vagabundo solo deambula sin rumbo. El peregrino, en cambio, a pesar de la dificultad de la travesía, sabe dónde ir y está consciente de cuál es su destino.
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Una época en crisis posibilita entonces que un pueblo reflexione......
Se trata de un texto, finalmente, para leerlo con detenimiento y pasión, optimismo y celeridad, propia en un país que necesita urgentemente redescubrir la grandeza del camino comenzado en 1989. Que no sea más el país al que alguna vez lo bautizara Eusebio Ayala como aquel en donde “te perdonan todo, menos el talento”, sino al contrario: un país donde se premien la capacidad, la honestidad y la eficiencia y se castiguen la corrupción, la delincuencia, la indiferencia hacia las injusticias sociales. Sólo así la democracia será lo que debe ser: ¿Sería ello acaso pedir la utopía? Bueno ¡y qué...! Es nuestro deber el soñar ya –al decir de los autores- Cerca del Amanecer, antes de que sea demasiado tarde.
MARIO RAMOS-REYES
Kansas City, junio 2001
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Amplio resumen de autores y obras
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