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martes, 7 de septiembre de 2010

MARÍA LUISA ARTECONA DE THOMPSON - EL CANTO A OSCURAS (POEMARIO, 1986) / Versión digital: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES.


EL CANTO A OSCURAS
Autora: MARÍA LUISA
(Enlace a la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Edición digital: Alicante :
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2002
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Alcándara, 1986.
.

a la memoria de mis padres,
Guillermo y María,vivos
en el corazóny en el recuerdo
a mis hijos y nietos.
.
EL CANTO A OSCURAS
(1950-1954)
I
Sin otra luz ni guíasino la que en el corazón ardió
San Juan de la Cruz

MIEDO

Qué miedo estar sola con las soledades.
Miedo de las tardes que se escapan lilas
dejando la sombra de ocultos olvidos
que aprietan los dedos como anillos de oro.

Qué miedo al recuerdo de pasados días
destrozan sabores de estos versos negros
que de estar sin luces respiran ahogados
hilillos de cera de cirios oscuros.

Qué miedo da el alma de túnica leve
surgiendo tan sola como sus tristezas
de túneles largos sin puestas ni auroras.

Qué miedo al olvido -sonido de muerte-.
Qué miedo a esa losa de mármol tan fría
con la que los hombres nos entierran vivos.
.
FINAL DE LUZ

Me han vestido de luz,
entre las sombras,
después del vaso amargo.
Detrás,
la sutileza del recuerdo
cada vez más profundo,
más lejano.
Final de soledad
en este yermo salobre
-tristísimo-
más allá del alma.
Cierzo en la plenitud
de los rosales,
que de sangrientos pétalos
se extinguieron
en brazos amarillos.

IMÁGENES DE AMOR

Corta el fuego quién sabe
qué pisada de pájaros.
Y en invisible imagen
todo
se vuelve hasta el cenit.
Quién sabe qué colores
de misteriosas alas
van destiñendo el fuego
en su roja pasión.

Y el crepitar de leños
en estas tus paredes
desgranan las torturas
del viento gemidor.
Qué sendero de manos
soledosas y extrañas
trabajan con el fuego
la fuerza de talar.
Qué alto poder de hechizos
arrebatan los ojos
que iluminan las llamas
de interno resplandor.
Cómo se va la vida
transparente y sencilla,
andarse sin fronteras
con sus bienes de amor.
Qué dádiva encantada
vuelve a crear el árbol
que extinguido en el fuego
se ordena germinar.

Señales de esperanzas
que nuestras ilusiones
se traen en las noches
de nuestra soledad.
Tempestades del alma
que sin fe no son almas
y con fe se prolongan
hasta la eternidad.

Fue corpulento el árbol
de la vida pasada,
soberbio, enaltecido
de paisaje y verdor,
y luego de su lucha
con los filos del fuego
hasta un ave en sus alas
lo puede remontar.
Eres así, alma mía;
cuando el amor te viste
humildemente altiva
pareces renacer
y te llena ese anhelo
de divina grandeza
que alberga en uno solo
toda la humanidad.

TEOGONÍA DE LA PRIMAVERA

Vertical,
profunda,
misteriosa,
retorna primavera
en el glosario nuevo
de la rosa;
en la quemante sangre
de las vides,
por el mismo cristal
de aquel ensueño.

Alféizares de sol
triunfan
sobre la pálida muerte del otoño
mientras la melancolía
de los astros
se tuerce
en llamarada alegre.

Sueña la flor, el cáliz
y la alondra;
sueña la savia fecundante
esencia;
sueña la tierra
su eternal concierto
en un surco de pétalos y granos
y su entraña radiosa
palpitante rompe
la verde senda
de algún árbol.

Azahar
y jazmín
y firmamento
consumen néctar
de la misma carne,
desolada,
antigua.
.
OTROS POEMAS

TIEMPO DEL ÁRBOL

No era el árbol.
Pero la brisa, sí, y el ave
y la plegaria del ave;
y la doctrina del fruto
y el ritual de las mariposas
amarillas.
No era el árbol.
Pero el campanario, sí, de las corolas
y la tierra para el descenso de las flores
y la raíz de las lluvias
y el motivo de las sombras
y el brazo verde en la llovizna.
No era el árbol.
Pero la nube, sí, y el viento
y la voz, el cuerpo y el alma del viento
y los miembros para el ansia del agua
y las entrañas para el deseo del sol
y el camino de alas transparentes.
No era el árbol.
Pero la luna, sí, y las aristas
multiformes de su luz metálica
y la vida en la carne de la fruta
y el instante de las manos
y el sosiego de alguna nostalgia.
No era el árbol.
Pero la tempestad, sí, y el tiempo
y el alba y el crepúsculo
y el hacedor del paisaje
y lo visible de las cosas terrestres
que antes fueron para ser él.
No era el árbol.
Pero la exaltación, sí, de lo pequeño
y el prodigio de la hierba a sus pies
y las puertas de la aurora adamascada
y el fin de la oscuridad;
y tal vez la intimidad de la estrella rosada.
No era el árbol.
Pero el hecho, sí, entre tantos hechos
y la atracción de los recuerdos
y el otoño, el invierno y el estío
y el cáliz de la serenidad
y los inquietos intersticios del cielo.
No era el árbol.
Pero la leyenda, sí, para evocar
la memoria de otros árboles
y de lo que no está en ellos
y tampoco en nosotros
y ha de caer en tiempo inmemorial.

La leyenda del árbol.
No es el árbol.
Nada más.
Es el tiempo inmemorial.

1950

LA CUADRILLA DEL HACHERO

I
Anoche anduvo la luna sobre sus ancas verdosas.
Anoche anduvo el invierno, chacal de encendidas fauces,
buscando en los territorios de sus frutos verdinosos
la canción de la guadaña del hachero.

Anoche como candelas tiritaban sus ramajes,
y en mi garganta de vidrio se trizaban los recuerdos.
Sentí el frío pavoroso de la luna a medianoche;
sentí las manos crispadas a lo largo de los miembros.
Sentí la savia del árbol en el tronco de mi vida
y el viento trayendo copos de endurecidas heladas
a la umbrosa soledad de mi linaje.

Sorbo a sorbo fui bebiendo el brebaje de su sal
y de su angustia.
Hueso a hueso fui partiendo si encontraba
su fragancia de guayabo en los estíos.

Yo no sabía por qué me estaba doliendo tanto;
cuando el fragor de mi lucha tropezó con la leyenda
de su cuna y de mi cuna, en la memoria:
vinimos creciendo juntos.
Fragancias de primavera dio en el marfil de sus flores
y en mi vida la otoñada blanco sudario vertía.
Partos de tierra y de entraña, hicimos juntos
la vida.

De letal presentimiento.
Como el cirio que proyecta la plegaria del creyente,
descendí pálidamente a los vértices finales
de su noche de candelas.

La señal definitiva de su Cruz y mi Calvario
rasgó el signo amortajado de la noche
milenaria.

II
La cuadrilla del hachero, despertaba
en el bostezo displicente de la niebla madrugada.
Por la lomada desierta se fue perdiendo el lucero.
Su apagada voz hendía la intemperie a cuchillazos.
El corazón recogía en sus aldabas de luto,
la herida. Siempre la herida.
Vinimos creciendo juntos.

El primer diálogo ronco se fue enredando entre ellos.
Cayó rabioso el invierno sobre sus cuerpos fornidos.
Ensayaron las miradas un relámpago acerado.
Cuatro músculos cayeron en las esquinas de adobe
y al punto cuatro centellas desde sus hombros brillaron.

Muerte al monte.
En la picada
rezaba el alba cinco horas.

Un paso sobre otro paso hicieron crujir escarchas.
Muchos lamentos partían desde las puertas del rancho.
Larga fue la desvelada sin el fuego, aquella noche.
Y han partido cuatro hombres a ensañarse
con los árboles; a traer desde los montes
la justicia a sus sordos desamparos.
A saciarse con el fuego que es la sangre
de los árboles.
A matarlos con la ira del invierno
remordido en la espesura de sus carnes
de silencio.

Fueron cuatro voluntades.
Cuatro golpes que crecieron a millares.
Cuatro torsos obedientes a la hechura
del acero.

Surgían a borbotones los crujidos en el monte.
Iban muriendo la vida de los árboles tremendos
y naciendo los recuerdos en las hachas relucientes
por las brasas del martirio.

Uno a uno.

Se les mojaban las manos
con el sudor de la luna congelada.
Los pobres frutos rodaron llorosos sobre los llanos.
Ni para el ave cansada sería la pulpa fresca.
Ni las ramillas flexibles cumbre de nidos alados.
Ni la lluvia retorcida del otoño
ya estaría en la caricia de la corteza rugosa.
Ni ya el ancho viento libre tajaría las espaldas
de las hojas movedizas.
Ni el murmullo.
Ni las sombras.
Ni las cuitas con la estrella fugitiva
de las tardes.
Y los paisajes sin gritos
no llegaban a las almas
del metal, ni del hachero.

En el círculo verdoso cayó el rapto
de la cruz de cuatro hachas.
Y la vida fue partiendo hacia remotas
claridades intangibles.
Hacia noches más piadosas para el hombre,
renegrido por la mies en decadencia
de la tierra fratricida.
Hoy los árboles pagaron el tributo
de su paz desierta y muda.

III
Cuando invernales tañían las campanas
en el ángelus,
cesaron las cuatro luchas de los brazos desnudados.

Se maniataron los troncos como fuerzas
en presidio.
Cuatro aceros regresaron a las seis
a la morada.

El camino desandado se hizo apenas
leve queja de rosales despoblados
de vibrantes mariposas.
Jugó el hacha hundir la tierra y levantarse
sin castigos.
Más.
De pronto.
La presencia de otro árbol se detuvo
en la cuadrilla del hachero.

El siniestro cuadrilátero metálico
destrozó en el poderío de la tarde jadeante
las estrofas de otro daño, para el tronco
que a mi vida se había prendido tanto.

Cayó al pie de mis tristezas sobrehumanas
el despojo del guayabo.
Y otra vez la soledad volvió a sentirse,
soberana de mi cal y de mis ramas.

El pesar que yo sentía, no podría ser salvado
por la mano de los hombres.
El corazón no podría detener el hacha impía
de la sórdida justicia.

En la noche de otra luna,
llama ardida de invernales resonancias,
quedé en Dios para el milagro de mi angosta
desventura renacida.

IV
Tiempo anduvo el bosque entero
dando fuegos y alegrías
a la pobre descendencia del hachero.
Con la luz de las hogueras relucían
cenitales los añiles de los frisos,
noche a noche
en la cabaña.
Los sucesos misteriosos de las ánimas
en pena,
fosforecían semblantes de la rueda
campesina.
Y los casos del pombero,
del luisón
y de la yeta,
forzaban la celosía de los ojos
entreabiertos para ahuyentar
el pasaje del temor
en la conciencia.

Entre el fuego y la leyenda,
fue creciendo la hora púber
de una infanta en el deseo.

Era el celo solapado de sus dueños
montaraces.
Era el sueño de lo intacto en el germen
pedregoso del leñero.

V
Al rescoldo de las noches,
el guayabo se iba dando en la bondad
de sus destrozos.
Una fue para el sostén de algún cansancio
labrantío, su reposo.
Otra fue, en el hospedaje, la almohada
de un ensueño mendicante.

Noche a noche.
Relojes fueron cayendo sobre el tiempo
como huellas.
Lo mismo que huellas frescas sobre viejas.

Un día de primavera que por el campo llamaba
la esencia de los guayabos y el pincel
de los lapachos;
andando por esas tierras con la tristeza
apretada, como un anillo de bodas
en la cintura del dedo.
De paso,
por la lomada que enciende el sol
del ocaso,
se dio el supremo milagro
que en mi anhelo acariciara.

Y quise exprimir los cerros entre mis manos
cansadas, de ese crepúsculo rojo
que los dejaba en el aire, temblando,
como granadas.

VI
Tranquera espaciosa y fuerte.
Señal de casa guardada.
La cabaña del hachero
y el guardián de guayabo.

De este lado el campo inmenso.
Verde.
Guapo y remozado;
allí el corazón valiente
del primer enamorado
y el cantar de la guitarra
con su estatura de hombre.

Del otro el suelo partido
con otras tierras ajenas,
mansedumbre de pastadas
y reguero de mosquetas
hasta el linde de la casa.
Y las ancas del guayabo,
todo luna en la tranquera,
con dos ojazos de fuego,
dos hachones encendidos
de la hija del hachero.

Entre metal y guayabo
se ató el corazón de ambos.

VII
Largando se fue la tarde tras el lucero velado,

con mi canción trashumante:
fue tarde, pero
no hay pena
que su dicha
no se traiga.

Ni corazón altanero
que el tiempo
madure manso.

Ni cicatriz
de algún hacha
que el alma buena
no cambie.

Si al fin,
en la vida todo,
su premio o castigo
alcanza.
.

Enlace al ÍNDICE del poemario El canto a oscuras en la BIBLIOTECA VIRTAL MIGUEL DE CERVANTES
El canto a oscuras (1950-1954): Miedo / Poema para tus manos / Final de luz / Imágenes de amor / Teogonía de la primavera / En silencio / Sed / Santalucías / Espacio desolado / Espigas negras
Otros poemas: La oferta / Tiempo del árbol / La cuadrilla del hachero / Elegía del árbol fenecido / Lo gris / El facón / Ahora / De un extraño decir / Tiempo de la misma soledad / Retrato de la casa paterna / Meditación junto a la cuna de Federico García Lorca / El signo / Diálogo uno / Ya es tiempo / Banderas / Asombro / Alegría / Pequeñez / Una vez
.
Enlace al CATÁLOGO POR AUTORES
del portal LITERATURA PARAGUAYA
de la BIBLIOTECA VIRTAL MIGUEL DE CERVANTES

sábado, 21 de agosto de 2010

MARÍA LUISA ARTECONA DE THOMPSON - EL SUEÑO HEROICO (POESÍA) / Fuente: VOCES FEMENINAS EN LA POESÍA PARAGUAYA. Edición de JOSEFINA PLÁ.


EL SUEÑO HEROICO
Poesía de
MARÍA LUISA ARTECONA DE THOMPSON
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE ARTES del
www.portalguarani.com )
.
EL SUEÑO HEROICO
En los estrados de la tarde en marcha,
he de surcar los mares de tu gloria
como si fueses hijo de mi entraña,
capitán de la noche de los Andes.

Miro empaparse el horizonte rojo
con la lava inmortal de tus memorias;
corre el girón de tu bandera libre
desde la estrella al árbol de la tarde;
y crece la raíz de tu bravura
en el vértice voraz de historia y alma.

Se despliegan las páginas sublimes
de tu diestra de hombre y de guerrero.

Corazón de aguerridas vestiduras
ensalzaron el salmo de tu nombre.
Cumbre de espada y espada siempre en cumbre,
eres la flama de estas patrias nuevas.

Sangre de veneradas madres puras
llevaste entre tus huesos libertarios,
y esos hijos labraron con su esencia
el fecundo trigal americano.

Cadencia de tus honras,
fue el pan divino de la gesta nueva.

Cayó a tus ojos el fatigado lirio
de la espada de aceros enemigos;
y así el raudal crujiente de tus huestes
cruzó la viril Esparta de los llanos
y transformó en muros las montañas.

Libertador: la suma de los nombres
donde se sacia el grito portentoso
de la anhelante ambrosía del hombre;
iluminada libertad gloriosa
que se encarnó en tu entraña
de roble y oro, de esperanza y canto.

Libertador, la llama de tu escudo
flamea en ondulante pendón de espiga sana;
no hay verbo que se encumbre más allá
de tu gloria, ni imagen peregrina
que recrudezca la estirpe de tus mandos.

Sólo el espíritu fuerte de dilecta armonía
transpasa la ultratumba de los entes mortales;
tu escudo es el compendio de la inmortal hartura
que ansía el hombre nuevo, pretérito y futuro.

Viril Libertador del cielo de estos mundos
donde se espeja el caudaloso azul del firmamento,
que en la quietud del valle calca el agua
y en la altura del árbol labra su himno
de inmarcesibles tardes nacaradas.

Desde allí miro alzarse tu estatura,
jamás inmensa como en esta hora
de opresoras cadenas y dolores.

Es perentorio el grito de tu espada,
Simón, el Cirineo que empuñó tras la cruz
americana, el angustioso instante de otro Cristo,
llama de tierra y sol de meridiano.

Vibra tu nombre ya en la sacra esfera
de la tierra fecunda y promisoria;
te enarbolan ciudades y estatuarias
sin que ningún extraño dogma impuro
se atreva a derribar el pendón puro
de la verdad que con tu ardor fundiste.

Heroísmo, firmeza y sentimiento,
fe en el poder de la justicia exacta,
nivelaron los mares de tu sangre
con diadema de cíclopes ignotos.

Tiempo augusto y lozano de la hazaña,
tu mano en alto sólo besa el aura
donde el alma inmortal en Dios existe.

La estrella vésper de tu añeja espada
-sabor de sangre y eslabón de amores-
se descuelga del cielo por las tardes,
mendicante del pecho de un guerrero.

Apenas la potestad del pensamiento
puede rozar tu historia en cuerpo y alma.

Ni tan sólo la hondura del poema.
Ni tan sólo el espíritu de sus formas.
Ni el ánfora del sol,
ni el plenilunio,
ni la amapola,
ni su sombra, en vano.
Ni el vértigo sin cuerpo,
ni la intangible claridad del agua
donde derrama el viento sus campanas.

Ni el nombre.

Sólo estás en la estela libertaria
que el mar ensaya para asir la estrella.
.
(De GRITO EN LOS ANDES, 1964)


.
Fuente:
VOCES FEMENINAS EN LA POESÍA PARAGUAYA.
Edición de JOSEFINA PLÁ.
Colección Poesía, 7
© Josefina Plá.
Alcándara Editora.
Se acabó de imprimir el 28 de setiembre de 1982
en los talleres gráficos de Editora Litocolor ,
Asunción, Paraguay (162 pp.).
.
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de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.

jueves, 19 de agosto de 2010

MARÍA LUISA ARTECONA DE THOMPSON - ELEGÍA DEL ÁRBOL FENECIDO Y POESÍAS / Fuente: EL CANTO A OSCURAS (POEMARIO, 1986)


POESÍAS DE
EL CANTO A OSCURAS
Autora:
MARÍA LUISA
ARTECONA DE THOMPSON
(Enlace a la GALERÍA DE LETRAS del
.
Elegía del árbol fenecido

Ya no vendrá la luna por las noches
entre la escarapela de las hojas.
Ni el ocaso ha de empañarse
con la alegoría de pájaros cansados.
Las estaciones reinarán en el vacío.
El sol rodará sus despedidas
en follajes elípticos.
Sin el árbol, el río será un intento
de emociones caducas.
Habrán de someterse cien años de experiencia
en el trajín del patio.
Se tejerán recuerdos del pasado
con luminosidad de historias
presenciales.
Revivirán los árboles ya muertos.
Cantarán los gorjeos olvidados.
Se escuchará crujir entre hojas secas
pisadas fraternales por los frutos.
Caminarán las siestas de verano
con la vivacidad de horas pasadas
y voces se alzarán. Aquellas voces
tan amadas aún hoy en sus silencios,
cuando la nítida infancia acariciaba
los vagos sueños de imposibles rosas.

Este gigante verde ya era viejo
y acortezado de sabias experiencias.
Era una inmensa ancianidad de honduras;
una dulce piedad de sufrimientos.
Él vio partir las cosas bienamadas.
Lejos de él velaron ataúdes.
Oyó el quejido leve de las cunas.
Fue el aya fiel de estos oscuros amos
que lo miran de hachazos fenecido.
Sólo la gratitud de las tristezas
que nos causan sus últimos descensos.
Sólo pena de lágrimas inertes
en su obligada muerte sin retorno.
Vivió un siglo de luz y se nos muere,
el verde antepasado, bajo el hacha.

En esta soledad amoratada
que roba al cielo su joyel de hojas,
la luna rondará como un sudario
en los sucesos de su inexistencia.
La fría madrugada de relentes
en presencia caerá de su partida
y los senderos de entonces, más nítidos
de sol, recogerán la cruel meditación
del que ha partido.

Fue una larga agonía de ramaje,
de pesado arrastrar por el camino.
Luego un tramo de luz en las hogueras
hacia el epílogo gris de las cenizas.
En lo profundo de la realidad acontecida
el elegíaco llanto de las penas
que del viejo gigante fenecido
hizo el motivo de su propia pena.
.
1952
.
Lo gris
.
Mi alma es hermana del cielo gris
y de las hojas secas
Juan Ramón Jiménez

.
Amo lo gris.
El plenilunio exacto
de la niebla sutil.
Hay algo melancólico,
indefinido y leve
en la dulzura del dolor así.

Amo lo gris
porque tras él espero
la forma iridiscente
de la felicidad.
En este nostalgioso cortejo
de penurias, sostengo la alegría
de mis heridos pies,
que sólo han encontrado
jazmines ya dolientes
y alguna que otra altura
de redención,
de luz.

Amo lo gris.
En el paisaje oculto
de la risa fugaz
hay algo de fragancias
magnólicas y errantes
que dibuja en los vientos
la transparencia gris.

Amo en lo gris
un cuento de la vida,
orfebre de soledosa
vastedad.
Pinar profundo.
Retorcidas ramas.
Alas que sueñan así
la inmensidad.

Amo en lo gris
el fondo de las aguas
donde se esconde la pasión
del coral.
La terneza de algas.
La sed del mismo vuelo
en procura insaciable
de la lumbre inmortal.

Amo en lo gris
el luminoso marco de las cosas.
El diálogo infinito
del invisible ser.
La amada luna ausente
de las noches veladas
por ese signo oculto
de lo insondable gris.

La angustia que sumerge
sus manos ateridas
en ese mar oscuro
sin conocer el fin,
fue en busca de la estrella
y a veces fue la piedra;
quiso en sí las espinas
y se le dio el dulzor.

La mano de la angustia
tiene falanges grises.
Diez centinelas duros
sobre el reloj de cal.

Los diamantes son grises.
Las esmeraldas grises,
y el brillo que deslumbra
les damos en la lucha
de ansiar en nuestro cielo
la rosa venturosa
que viene de lo gris.

Amo lo gris
talvez porque a mis ojos
dieron color de la fruta total,
que sabe dar al tiempo
de la dicha su esencia
y al tiempo de la pena
sus lágrimas de miel.

Amo en lo gris
indefinidamente,
la llovizna, la niebla,
la arboleda sin sol,
que atesoran en torno
de cosas olvidadas
todo ese mundo tierno
que me hace amar lo gris.

Amo lo gris
indefinidamente,
y soy apenas, creo,
un estuche pequeño de grises
terciopelos
que aprieta el rojo exacto
de la vida que bebe
su propio corazón.
.
1953
.
El facón

De luna helada
es tu facón, arriero,
que se aprieta
al calor de tu cintura;
con él se rompe
la corteza dura,
la fruta agreste
que tu sed convida;
con él tiembla
el amor si la enramada
en Santa Fe y guitarra
se desviste.

Si la noche se cruza
en tu camino
sobre las ancas negras
de tu potro,
es su fulgor
candela y compañía
que te despoja el miedo
de algún pora.
Facón de historia
y de leyenda pura
que con valor cruzó
la Guerra Grande
y estremeció de horror
los cañadones
de la guerra chaqueña.
Estrella de la siembra
y la ventura,
cuando la paz
te arrime,
junto al fogón
que deshilacha
el caso
o presiente
al fulgor de la alborada
la serenata dulce
de la amada.

Facón que enrieda
en su metal desnudo,
el símbolo viviente
de una raza
cobre y ceniza
y luz
en lontananza.
.
1954
.
Ahora

Una infinita, dulce y dorada tristeza
puebla los dinteles de la tarde.
Y el alma, a flor de alma,
transida de alegría bebe
la voz de todos sus recuerdos.
Amados. Siempre amados y presentes.

Un inefable y místico anhelo
vibra en el cáliz casi ya nocturno.
Desbordan las corolas sus recintos
hasta el borde del corazón sereno.

Las formas del crepúsculo se yerguen
hasta la estrella de la noche en marcha.
Y sobre el breve temario de la tierra,
amando está mi corazón el rostro puro
de su gran Destino.
.
1960
.
De un extraño decir

Sufrir en la palabra cuesta poco,
es apenas la queja en melodía
que al viento da la voz.
Si en lo profundo no lo lleva el alma,
¿qué nos vale decir el sufro yo?

Cuesta poco decirlo en la palabra
y borrarlo después con una acción,
cual si no hubiere sobre el gran camino
justicia que cercene la impiedad.

Es en vano ante Dios lo más amargo
para romper la Fe que se nos dio.
No es en ofrendas de gentil espada

que se desgaja el árbol del dolor;
ni es el mentir los satisfechos goces
la inconmovible cifra del sufrir.
.
1960
.
Tiempo de la misma soledad

Qué dulce penetrar la edad primera,
ahora que estamos hechos de palabras y números;
vamos entrando hacia ella como cántaros frescos
con nuestras gredas duras de amargor y tormentos.
Dulce el encuentro nuevo de ascender
por el recuerdo de ese niño que fuimos
para alcanzar -apenas en intentos-
las brasas de aquel sol del tiempo antiguo.

Ahora es cuando emerge la niñez de la vida,
ahora que se comprende el misterio de las cosas sencillas.
Aún nos dura el minuto con sus pepitas de oro.
Aún el terrón de sal se viste de diamante.
Vuelve a surgir la vida por los brazos cansados,
hay un secreto anhelo de algún lugar del mundo,
horizonte remoto donde encuentre las manos
de aquella niña en fuga con la única flor
de la ilusión primera.

De pronto. Una mañana al mirar a lo lejos,
me sonrió en el tumulto de la calle asfaltada
y hoy sé que si el amor que amo ya no estará
a mi lado,
hay una sombra clara tan llena de palabras,
hay un cielo que copia la forma de los pájaros,
hay una flor distinta que es mi única amiga,
tiempo de soledad. Paloma y agua.
.
1962
.
Retrato de la casa paterna

El patio

Desde aquel tronco azul
la casa vela,
la sombra, sombra
de los verdes mangos
y la tenue pisada
de los pájaros
sobre la tierra limpia
de su patio.
Una fusilería de azahares
hiere la casa con metal fragante
y se puebla toda de nostalgias.
Allí en el sitio de un jardín pujante,
corolas amarillas y mostazas,
reía un viejo jazminero blanco,
devocionario azul de atardeceres,
donde la estrella de su carne blanca
se hizo la eterna novia de las aves.
Allá fue el sitio de una fronda inquieta,
donde la luna derramó sus mares
y las copiosas lluvias del verano
grabaron cicatriz en su corteza.
Hombro hacia el sur en otro tiempo ufano,
junio ofrecía el encanto frutal del aguacate.
Y allí también el murallón vecino,
torre de asalto de aventuras niñas,
guardó el encanto de la voz prohibida
de los adustos padres de la casa.
Troya a caballo con su Elena púber,
cuatro guerreros se lanzaban prestos
sobre el patio callado, en siesta clara,
para solaz de una amistad sin tregua:
Guillermina, Teresa, Jorge, Antonio,
abecedarios de aquel tiempo viejo,
armaduras del genio y de la risa.
Bajo el abierto cielo de sus noches
hacia la conjunción del puñal del marino
concluye la vasta sinfonía de aquel mandarinal
de orfebrería, con su perenne cuita de arboleda,
en el grito borrado de la brisa.
En los oscuros ángulos tirita la infantina cadencia
de algún mito con sus yva jarýi, con sus pomberos
y su sonaja cándida de «entierros».
Por aquí mariscales de epopeya cruzan en un corcel
apocalíptico, con sus seres de azul cortesanía,
duplicando el misterio de la endiablada grey
de los muchachos.

Galería

Trece columnas llevan desde sus dulces años
el reloj de su arena transitoria, y hay una mano
inmaterial que rompe la adusta cruz madura
de la rota ilusión de los amores con que soñaron
nuestros cortos años, y hoy en la piedra
han esculpido el rostro para dañarnos con su rosa herida.
La galería amable de la casa pone su nota de leyenda
cuando la admiración del transeúnte le ilumina su rostro
placentero con la frase gentil de algún requiebro.

Los padres

Algo de Nazareth tiene la estancia
desde el sagrado nombre de María,
letra que reza el nombre de mi madre,
dolor en el recuerdo de su ausencia.
Y aquel padre sereno, bendecido por extraña bondad,
dejó también la casa bienamada, allí dejó los hijos
que le lloran de amor sus cien costados.
Y aquella abuela casi sin palabras,
aquella viejecita, hilo de un lirio
inmaculado intenso, la que partió en silencio
un mes de mayo para aromar el alto campanario
de los recuerdos de su antiguo pueblo.
Su voz está escondida en un remanso claro
de la tierra, asida a los diáfanos ángelus
del pueblo, diluyéndose bajo el húmedo taladro
de la lluvia, cada vez hueso, hueso y hueso,
polvo, nada o viento, flor, cañaveral alado,
resina, miel o granada.
Y en su casita de barro, San Luis, patrono santo,
vela su noche enlutada sin las falanges cansadas
de la abuelita Raimunda.

El aljibe

Afuera la luna inalterable pasea entre resedas
y violetas moradas, mientras camina el aljibe
su cordillera cromada de henchidos malvones rojos,
anaranjados y blancos.
La silenciosa roldana mira su cielo de agua,
su oscura esfera de hierro ha enmudecido sus voces;
ya no hay canciones ni manos. Un tiempo nuevo ha llegado.

Los hijos

Setiembre gira su cielo. Claro cielo de setiembre
para recibir al niño que ya se llegó a la casa,
luz que se enciende en las manos y es un regalo divino.
Un encendido enero la casa verde palpita entre
las ensortijadas hebras de una cabeza de niño.
Un atardecer de mayo, María La Inmaculada,
deja en mis brazos la niña a la que tanto esperaba.
Y hacia un diciembre de pesebres claros, donde la flor
de coco dormita junto a mansas bestezuelas de barro,
mis carnes dieron un sueño de pupilas azules
y cachetes dorados. Cuatro nombres para el tiempo
de la espiga y la mies.
Y un solo corazón para amar el esplendor de Dios.
.
Fuente:
EL CANTO A OSCURAS
Autora:
MARÍA LUISA
ARTECONA DE THOMPSON
Edición digital: Alicante :
BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES, 2002
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción
(Paraguay), Alcándara, 1986.
.
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martes, 22 de junio de 2010

MARÍA LUISA ARTECONA DE THOMPSON - EL LAPACHO, EL ÁRBOL SONORO y MUÃ / Fuente : POETAS Y POETISAS DEL “TERRITORIO ESMERALDA” de DELIA PICAGUÁ BORDÓN.


EL LAPACHO,
EL ÁRBOL SONORO y MUÃ
Poesías de
MARÍA LUISA ARTECONA DE THOMPSON
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
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.
EL LAPACHO
Este lapacho fuerte
centinela encendido,
tiene su corazón
siempre risueño
porque su sombra cuida
la frescura del rancho
y entres sus fuertes flores
cantan algunos nidos.

Este lapacho fuerte,
símbolo de mi tierra,
silencioso y perenne
palpita en el paisaje,
y viste con la estrella
primera de la tarde,
muselinas de sueño
entre la brisa nácar.

El otoño lo envuelve
con su llovizna suave,
para calmar el fuego
de todos los veranos.

Y el lapacho sonríe
como un niño dormido
a quien un ángel blanco
le canta en los oídos.

EL ÁRBOL SONORO
Se ha puesto el árbol sonoro
de tanta avecilla inquieta.
Cuando despierta las frutas
por el sol acariciadas,
su corazón vegetal
será un manojo de música.

Su floración amarilla
vibrará hecha de arpegios
entre las manos del viento
que mecerá su follaje.

La canción del árbol verde
correrá con su plegaria
de plumajes y de nidos
hasta que vuelva la noche
con su lunar encendido
por la fiesta de las aves
cerca del alba rosada.

Correrá el árbol sonoro
con su garganta encendida
mientras nos deja en el alma
moneditas de alegría.

MUÃ
Con su levita negra
y sus faroles el tronco
muã recorre el tronco
de los árboles verdes.

Verde el campo
verde la ronda
verde la luna
con sus fantasmas
entre las sombras.

Muã... Muã... Muã...
los niños lo persiguen
entre la ronda y la luna
verde el campo
verde la ronda
verde la luna
con sus fantasmas
entre las sombras.

Muã sobre la mano morena
Muã olor de arcilla
sobre la hierba.
Muã predice la suerte,
mago con su levita
negra
y sus linternas
verdes.

Muã... Muã... Muã...
canta la voz suave
del campo verde.

Muã... Muã... Muã...
mago de la campiña
grita la suerte.

Verde el campo
verde la ronda
mago de la campiña
voz de la suerte.
.
Autora: DELIA PICAGUÁ BORDÓN.
Asunción-Paraguay, noviembre 2009.
.
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lunes, 17 de mayo de 2010

MARÍA LUISA ARTECONA DE THOMPSON - ASOMBRO y MIEDO / Fuente: POESÍA PARAGUAYA DE AYER Y HOY - TOMO I. Autora: TERESA MÉNDEZ-FAITH.

ASOMBRO y MIEDO
Poesías de:
MARÍA LUISA ARTECONA DE THOMPSON
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

.
ASOMBRO
En un tiempo sin nombre descubrí
entre las manos,
puestas sobre el espejo cotidiano -cristal y celosía
de los años-, esta opulencia de cabellos blancos.
Calladamente, como besos hurtados a un amor
fugaz de adolescencia, se me fueron los años.
¿Adónde fue la rosa nacarada de la dulce inocencia?
La voz que entretejía en el aire el contorno
de las hermosas palabras. Madre. Amor. Cielo.
Las inmaculadas puertas que se abrían
sobre el jardín de los encantamientos.
Los gritos estridentes de la infancia
y los sollozos por aquellas nadas.
El albo traje de las comuniones con sus estampas
y sus letras de oro.
Los espacios del tiempo repartidos en las jornadas
diáfanas, de unas siempre llamadas vacaciones.
Y los rostros. Los nombres. Las edades
que quedaron por siempre en la retina
con sus gestos de asombro y maravilla.
Todo ocurre de pronto tan de prisa,
que al querer atrapar entre las manos
las sinuosas líneas de un juguete,
las falanges responden torpemente
y vibra en ellas un temblor ligero
que más sabe de pan que de caricias.
Indefectiblemente es el otoño,
donde la brisa corre diferente
y hay recuerdos amargos que hoy se visten de fiesta.
Este manojo de cabellos blancos
señala un puerto de barcos encallados
con quietos pescadores a la espera
de la ofrenda del agua en cada hora.
Pero un secreto ensueño envuelve todo,
porque la vida se ha tornado blanca.
Es como regresar a alguna aldea
donde la magia del amor perdura,
y de cada derrota, sin pensarlo,
fabrica un duende de color de nieve
que juega a los castillos en las sienes.
Esta opulencia de cabellos blancos
es simplemente asombro.
.
1981
.
MIEDO
Qué miedo estar sola con las soledades.
Miedo de las tardes que se escapan lilas
dejando la sombra de ocultos olvidos
que aprietan los dedos como anillos de oro.

Qué miedo al recuerdo de pasados días
destrozan sabores de estos versos negros
que de estar sin luces respiran ahogados
hilillos de cera de cirios oscuros.

Qué miedo da el alma de túnica leve
surgiendo tan sola como sus tristezas
de túneles largos sin puestas ni auroras.

Qué miedo al olvido -sonido de muerte-.
Qué miedo a esa losa de mármol tan fría
con la que los hombres nos entierran vivos.
.
(De: El canto a oscuras, 1986)
.
TOMO I
Autora: TERESA MÉNDEZ-FAITH
Intercontinental Editora, 1995
Ilustraciones:
Enrique Collar
Asunción-Paraguay, 362 páginas
.
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martes, 13 de abril de 2010

MARÍA LUISA ARTECONA DE THOMPSON - AMANDÁU (GRANIZO) / Fuente: NARRATIVA PARAGUAYA DE AYER Y DE HOY - TOMO I (A-L) de TERESA MÉNDEZ-FAITH

CUENTO de
MARÍA LUISA
ARTECONA DE THOMPSON
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
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AMANDÁU (GRANIZO)
.
Era el tiempo en que Tupã (2) repartía sus dones a la naturaleza. Dio al reino vegetal el sol y el agua para que las plantas brotasen abundantes y lozanas. Con el verdor de las hojas, el colorido de las flores y de los frutos, los paisajes se pondrían más bellos.
El agua de los ríos y de las fuentes era el espejo de la hermosa naturaleza.
Entre los vegetales creó plantas de todas las especies. Arboles corpulentos, hierbecillas frágiles, dándole también la canción de las aves y el murmullo de las hojas. Así pintó este mundo que observamos con tanta alegría.
Un día llamó a Y (3), genio de la lluvia, personificado en un joven de largos cabellos negroazulados y profundos ojos grises.
-Hermoso príncipe que reinas soberano sobre uno de los elementos -le dijo Tupã-, hace tiempo que no visitas la región de los cerros de Ybytyruzú. Allí, los pobladores no consumen el producto de la tierra porque les hace falta tus beneficios.
-¡Oh gran Tupã! -respondió Y-. Tengo motivos para esta venganza, púes tu sabes que son mis enemigos la pereza y la desidia de esos pobladores.
-Comprendo tus razones, pero no olvides que estás destinado al bien de la tierra. Yvy (4) da frutos; tú habrás de ser generoso con ella.
-Convocaré a todos mis vasallos. El esplendor sea siempre tu morada, gran Tupã.
Dichas estas últimas palabras, el genio de las aguas desapareció para dar cumplimiento a su promesa.
A poco, montados en el frío viento invernal y oleadas de ventiscas, llegaron los grises habitantes del espacio, dominados por la voz del genio de las aguas.
Fueron tomando sitio en derredor del trono, Ama (5), Amangy (6), Amandayvi (7) y sus hijos.
Desde su trono, Y les manifestó el objeto de esa asamblea. A lo lejos se dejó oír un trueno profundo. Aravera (8) hacía su protesta.
Todos estuvieron conformes con manifestar que cuantas veces habían prodigado el bien de la lluvia en aquellos lugares, los habían encontrado sin sementeras, con los bosques empobrecidos, pues los indios se servían de la buena madera para hacer fogatas con que desentumecerse en los días de invierno o cocinar la carne de los animales que se procuraban con poco esfuerzo, ya que en la caza eran diestros y ligeros.
También Ama se negó a obedecer, creyendo que Y aceptaría su protesta, pues hacía tiempo que la amaba con la misma pasión con que la tierra seca bebe la lluvia después de la sequía.
Pero aquel príncipe hubo de hacer justicia y castigó la soberbia de Ama, diciéndole:
-Tú sabes que eres para Yvy el supremo bien. Cuando a ella llegas, te reciben alborozados los corazones humanos. Pero yo haré que el labriego, la bestia, las aves, desprecien tu endurecido corazón. Haré que él sea de roca cristalina y cuantas veces llores de tristeza, tus lágrimas caigan como castigo sobre las débiles criaturas de la naturaleza.
Y desde aquel día cayó sobre Yvy el corazón de Ama, convertido en pequeños cristales que destruyen los sembrados. Pero como el amor busca siempre el milagro, hizo Y que Amandáu se convirtiera también en la delicia de los niños.
El castigo de Ama fue perdonado, porque al tocar su corazón de cristal los labios de un niño, su tristeza se volvió alegría después de aquel beso purísimo que no era otra cosa que el amor de aquel hermoso príncipe.
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De: La Flor del Maíz: Calendario Escolar Paraguayo
(Asunción: Centro Editorial Paraguayo S. R. L., 1991)
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(1) Amandáu: Granizo
(2) Tupã: Dios
(3) Y: Agua
(4) Yvy: Tierra
(5) Ama (pron. «Amá»): Lluvia
(6) Amangy: Chubasco, racha de lluvia
(7) Amandayvi: Llovizna
(8) Aravera (pron. «Araverá»): Relámpago.
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Fuente:
NARRATIVA PARAGUAYA DE AYER Y DE HOY - TOMO I (A-L)
Autora:
TERESA MÉNDEZ-FAITH
Ilustraciones: CATITA ZELAYA EL-MASRI
Intercontinental Editora,
Asunción-Paraguay 1999. 433 páginas.
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