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lunes, 6 de septiembre de 2010

BEATRÍZ RODRÍGUEZ ALCALÁ DE GONZÁLEZ ODDONE - ROSA PEÑA (CONFERENCIA) / Fuente: ACADEMIA PARAGUAYA DE LA HISTORIA, 1970.

ROSA PEÑA
Conferencia de
BEATRÍZ RODRÍGUEZ ALCALÁ
DE GONZÁLEZ ODDONE
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
ACADEMIA PARAGUAYA DE LA HISTORIA
Asunción —Paraguay
1970 (30 páginas)



Conferencia pronunciada por la Señora Beatriz Rodríguez Alcalá de González Oddone, el 25 de noviembre de 1970, sobre el tema: ROSA PEÑA, al incorporarse a la Academia Paraguaya de la Historia, como Miembro Correspondiente, en sesión presidida por el titular de dicha Academia Dr. Julio César Chaves. Contestación del Miembro de Número Prof. Dr. R. Antonio Ramos.

CONFERENCIA DE LA SEÑORA
BEATRIZ RODRIGUEZ ALCALA DE GONZALEZ ODDONE


Señor Presidente de la Academia Paraguaya de la Historia

Señores Académicos, Señoras y Señores:

Fácil os será imaginar, la profunda emoción que me embarga hoy, que la Academia Paraguaya de la Historia, abre para mí sus puertas.

Como todos sabéis, señores, pertenezco a esa generación de mujeres que no poseyó las múltiples oportunidades que enriquecen a la joven de nuestros días. La Universidad nos estaba prácticamente vedada, no por la ley escrita, que muchas veces otorga a la mujer derechos que no puede ejercer, sino por criterios anacrónicos -felizmente superados- que consideraban poco decoroso que una señorita o una joven señora, tuvieran acceso al claustro universitario donde forzosamente debían alternar con varones hasta horas avanzadas. Huérfanas de disciplinas académicas, nos vimos forzadas a leer con avidez por cuenta propia, para suplir en parte las deficiencias de un sistema que nos condenaba irresponsablemente a la ignorancia y a la eterna dependencia, que genera la carencia de una profesión que capacite para la lucha por la vida, cuando las circunstancias así lo reclamen.

Por eso, para mí, el gran honor de que hoy soy objeto posee una doble significación: La altísima, de incorporarme a la magna casa de la historia y la tan estimulante del reconocimiento de los señores académicos en mi persona, a los esfuerzos realizados por tantas mujeres, que no obstante los condicionamientos de que fueran víctimas otrora en nuestro ambiente, han logrado romper las barreras de lo exclusivamente doméstico, para incorporarse de una manera u otra, al quehacer cultural, ocupando de hecho, el lugar que por derecho les corresponde en toda sociedad civilizada.

Para mi conferencia de esta tarde he querido elegir a una figura histórica que, no obstante la asombrosa labor que le cupo realizar en la post guerra, permanece en la penumbra.

Me refiero a ROSA PEÑA, a quien con justicia podemos denominar madre de la educación del Paraguay, ya que en la Reconstrucción Nacional -tarea casi exclusivamente femenina, por haber sido la mujer la única sobreviviente de la Hecatombe- tuvo a su cargo la trascendente misión de iluminar las inteligencias con el caudal de su saber, inusitado para la época.

Una escuela y una calle compuesta de 3 cortas cuadras la recuerdan, pero para la gran mayoría es sólo un nombre que se relaciona con la educación. Hablar de ROSA PEÑA no me resulta tarea fácil ya que, no obstante la proverbial cortesía del Dr. Efraím Cardozo y de los Sres. Gill Aguinaga y Pussineri que pusieron sus ricas bibliotecas a mi disposición, no he hallado bibliografía sobre ella. En los textos que la mencionan sólo encontré datos escuetos, biografías estrictas, que hacen referencia a su labor docente, pero distan mucho de presentárnosla en su exacta dimensión de mujer y de maestra. Para comprender a ROSA PEÑA hay que ubicarla dentro del contexto socio cultural en que le tocó actuar. Para aquilatar realmente su obra, debemos considerar los múltiples obstáculos que tuvo que salvar, los arraigados prejuicios y tabúes que le fue preciso ignorar, para trasponer las fronteras hogareñas -límite y bastión de toda actividad femenina de la época- y realizar así su alta vocación culturizadora. A falta de historia escrita, me vi obligada a apelar a la tradición oral, recogiendo anécdotas de sus descendientes y de quienes sin serlo, oyeron hablar de ella y de su labor en sus respectivos hogares, aprendiendo desde niños a admirarla.

Como todos los seres llamados a una alta misión, ROSA PEÑA templó su espíritu en el dolor. Hija de don Manuel Pedro de la Peña y de doña Rosario Guanes, pertenecía a una familia de prosapia ilustre. Nació en Asunción el 30 de Agosto de 1843, quedando huérfana de madre a muy tierna edad. Cuando contaba sólo 17 años, don Pedro de la Peña fue sometido a prisión, a raíz de la delación de un esclavo. Amante como era de la lectura, pidió al dictador Francia que le permitiera leer durante su cautiverio. Por toda respuesta éste, le envió un diccionario y prohibió terminantemente a los guardias, la entrada de cualquier tipo de libro a la cárcel ...

Reducido al diccionario, de la Peña se lo aprendió de memoria; tiempo después sus amigos burlaban la vigilancia, o lo que es más factible, de acuerdo con los carceleros, le hacían llegar textos de derecho y de cultura general, que le permitieron convertirse en experto en Derecho Civil y Administrativo, a lo largo de los 14 años que vivió engrillado. Su madre, doña Josefa Hurtado de Mendoza, no se resignó nunca a lo que consideraba una condena injusta y varias veces, a riesgo de su propia vida, trasgredió la orden de no molestar al Supremo, llegándose hasta él, para exigirle la libertad de su hijo; incluso, en cierta oportunidad, sobornó al centinela y penetró en la celda para curar las heridas que producían los grillos, en los tobillos del joven. Ese arrojo, esa firmeza de carácter, unidos a la marcada vocación intelectual del padre, serían luego las características principales de la ilustre educadora, que no temió causar escándalos farisaicos, para cumplir la misión a que se sentía llamada, en una sociedad, en la que muchos padres, mejor dicho muchas madres, porque no quedaban padres, no querían que sus hijas aprendieran a leer y escribir, para que no pudieran comunicarse con sus novios ... A la muerte de Francia se pensó que los presos políticos serían puestos de inmediato en libertad, pero éstos debieron permanecer doce largos meses más en prisión, a raíz de que Policarpo Patiño, secretario del extinto, se adueñó del poder. Sólo cuando la sublevación de los sargentos Duré y Campos, logró liberar al país de la tiranía y se instauró el Gobierno Consular de don Carlos A. López y Mariano Roque Alonso, pudieron abrirse las mazmorras. En su exaltación, de la Peña, hombre ya de 31 años, compuso un inspirado canto a la libertad, que según don Federico Alonso y otros, se entonó en calidad de Himno Nacional durante muchos años. Hombre de confianza de don Carlos, de quien además era pariente próximo, de la Peña fue consejero y colaborador inmediato suyo, hasta que en 1857, por diferencias ideológicas, emigró a Buenos Aires donde se radicó. Escaso como estaba de dinero, no podía permitirse el lujo de costear los estudios de sus hijos; de ahí que ROSA PEÑA tuviera que educarse en el Colegio de Huérfanas de la Merced, dependiente de la Sociedad de Beneficencia. Fácil es imaginar lo doloroso que le resultaría a una niña de su alcurnia, apelar a la caridad ajena para poder estudiar; pero la triste circunstancia no incidió negativamente en su carácter, sino por el contrario, fue acicate de superación. Terminó la primaria con notas brillantes, lo que impulsó a sus benefactoras a costearle la carrera de magisterio. En esa etapa de su vida fue donde ROSA PEÑA vio delinearse firmemente su augusta vocación, al tocarle en suerte ser alumna de uno de los más grandes maestros de su tiempo, don Domingo Faustino Sarmiento, del año 1864 a 1869, mientras paralelamente ejercía la cátedra en un colegio dependiente de la entidad que la protegía. De inmediato Sarmiento detectó las dotes extraordinarias de su discípula, a quien desde el primer momento favoreció con especial afecto y amistad. Una vez que ROSA PEÑA obtiene el título de profesora, Sarmiento, quien no obstante las múltiples y complejas obligaciones que le impone la Primera Magistratura, atiende personalmente todo lo referente a la instrucción pública, la nombra directora de la Escuela de Niñas de las calles Comercio y Buen Orden. Pero entre tanto, tras cinco años de defensa desesperada, termina la guerra de la Triple Alianza, dejando al Paraguay reducido a ruinas y cenizas. Consciente de su deber de ciudadana, ROSA PEÑA comprende que su lugar no está en la Gran Aldea -¡así se consideraba a Buenos Aires!- donde le aguarda un futuro promisorio; comprende que su Patria la necesita con urgencia; que esa generación de huérfanos desamparados, es un tácito desafío a su magisterio, ya que en el Paraguay no quedan maestros, por haberse inmolados todos, por la defensa.

Ella tiene unos ahorros que ha logrado reunir a costa de privaciones; una pequeña suma, hurtada a su sueldo de Directora y decide emplearla íntegra, en la creación de una escuela de niñas en Asunción, donde formará el primer grupo de educadoras de la post-guerra. Comunica su decisión a su maestro; Sarmiento le responde textualmente -"Pero qué va a hacer en el Paraguay, que es sólo un montón de escombros? Aquí tiene usted un magnífico porvenir"- "Por eso, porque mi país está en ruinas, debo renunciar a las ventajas de mi posición en Buenos Aires, para colaborar en la tarea de reconstruirlo"! dice, y renuncia inmediatamente a su cargo, regresando luego al Paraguay. Su sensibilidad sufre una dura prueba ante el desolador cuadro que se ofrece a sus ojos; ante su país aniquilado; ante la familia definitivamente amputada; pero no es mujer de desperdiciar tiempo en especulaciones negativas y a poco de llegar, emulando a Sarmiento que de su propio peculio abrió la escuelita de San Francisco del Monte de Oro, crea con sus escasos recursos, una escuela para niñas. No pasará mucho tiempo sin que la humilde escuelita de una sola aula se convierta en Escuela Normal de Niñas, la primera del país y reciba subvención del municipio, ya que hasta el 23 de abril de 1872, no se crea el Consejo de Instrucción Pública que será luego el que financiará la educación. El 31 de Enero de 1879 es un gran día para ROSA PEÑA: egresan las primeras preceptoras formadas por ella: Susana Dávalos y Joaquina y Rafaela Machaín.

Muchas otras egresarán más tarde, para difundir los conocimientos que la gran maestra les inculcara, para iniciar la ardua, la penosa labor de formar juventudes aplastadas por la derrota y el infortunio. Instrumento salvífico como fue de la Providencia, ésta guió sabiamente sus pasos para hacer aún más fructífera su misión. Al poco tiempo contrae matrimonio con un hombre honesto, político sincero y patriota, don Juan Gualberto González, quien al ocupar el Ministerio de Instrucción Pública y más tarde la Presidencia de la República, colaborará eficazmente en la tarea educadora de su esposa. A instancias de ésta, se promulga un decreto el 30 de enero de 1884 por el que se crean escuelas de 1ª. clase en los siguientes pueblos: Villarrica, Villa Concepción, Villa del Pilar, Villa de San Pedro, Villa Encarnación, San Lorenzo de Campo Grande, Luque, Itauguá y Paraguarí y de 2ª. clase en Villeta, Humaitá, Caazapá, Itá, Pirayú, Ybycuí, Carapeguá, Santiago, Quiindy, San Estanislao, Villa Florida, Yaguarón, Caraguatay, Jhacanguazú y Caapucú, 24 en total.

24 escuelas de niñas en el interior, que el Paraguay del 70 debe al inagotable celo de ROSA PEÑA. "Honrada sea la memoria de esa ilustre dama, primera institutriz de la infortunada juventud de la post guerra" escribirá años más tarde Cecilio Báez en su "Resúmen de la Historia del Paraguay".

Otro ilustre personaje, paladín de cien combates, el Gral. Bernardino Caballero, correligionario e íntimo amigo del señor González, también facilita y estimula la labor de la esposa de su dilecto colaborador, y con su recio temple de soldado, sabe apreciar las batallas que ésta va ganando a la ignorancia y al derrotismo, que genera en sus habitantes el aniquilamiento de un país.

Pero si ROSA PEÑA cuenta con el apoyo incondicional de su marido, y la comprensión de ese gran amigo de los suyos que es el Gral. Caballero, no por eso es de todos comprendida, y son muchos los que, acostumbrados a ver a la mujer recluida en el hogar, no saben comprender la grandeza de su misión, que la diferencia de las demás mujeres de su época. Para corroborar lo que digo permitidme narrar una anécdota de mi propia familia, que favorece muy poco a ésta, contada en mi hogar, como índice del obscurantismo de la época. Al regresar de la Residenta, una vez terminada la guerra, mi bisabuela, envió a mi abuela, doña Clementina Carísimo, más tarde s e ñ o r a de Lamas, a Paraná, a casa de unos parientes, los Boedo, para que se instruyera, porque ROSA PEÑA aún no había llegado, y no había escuelas en Asunción. Terminada la primaria, mi abuela regresó. Enterada Rosa Peña de su retorno, le ofreció un puesto de preceptora, con un sueldo de 5 $ mensuales. La familia Carísimo Jovellanos, como todas las de la época, se hallaba en la más espantosa indigencia, pero las autoridades de ese gineceo de 19 miembros que formaban mi bisabuela y mis tías y que tenía su reducto en el viejo caserón de la calle de la Ribera, hoy Benjamín Constant, se negaron rotundamente a que mi abuela -15 años floridos-, aceptase el cargo, por considerar indigno de una señorita de su calidad, salir todos los días de la casa. Cinco pesos, eran muchos, para la época, y para las apremiantes necesidades de la familia; las calles a recorrer eran solamente 7, los fondos de la casa de los Carísimo daban a lo que hoy es casa de la Independencia, pero se prefirió sufrir miseria a claudicar en los principios; de lo que se deduce que la actuación de ROSA PEÑA, fue doblemente meritoria.

Pero ella no redujo sus actividades a la instrucción de la juventud, sino las extendió al campo asistencial. Años más tarde, el 30 de marzo de 1885, llega a Asunción la Delegación Uruguaya con los trofeos de guerra, que el gobierno de la Rca. Oriental devuelve al Paraguay. A Rosa Peña le toca presidir, en calidad de maestra, la Comisión de agasajos y ofrece en su domicilio una brillante recepción. Con emotivas palabras, el jefe de la Delegación visitante, deposita en territorio paraguayo los trofeos ganados en lucha injusta y desigual, y entrega a la anfitriona, en nombre de su país, 10.000 $ oro, para paliar en algo, las necesidades de nuestros compatriotas. En la suma donada Rosa Peña ve cristalizarse un viejo anhelo suyo, el de fundar el Asilo Nacional, para acoger a aquellos a quienes la guerra ha dejado en la miseria, y que no pueden valerse por sí mismos. De inmediato pone manos a la obra y logra, en poco tiempo, dar un hogar a esos desamparados que por las noches se refugian, en los atrios de las iglesias, o en los soportales de las viejas casonas, que tanta compasión le inspiran, fundando así la primera institución de ese género en el país.

Dama profundamente piadosa, presta también su ayuda a toda obra pía, debiéndose a su colaboración la construcción del templo de la Encarnación del que es madrina al inaugurarse.
Su amor a la libertad y a la justicia, le exige rendir un homenaje a los gestores de nuestra independencia, y para ello inicia un movimiento que propicia la erección de un grupo escultórico, que perpetúe la memoria de los próceres de mayo, cuya piedra fundamental coloca en la plaza Uruguaya y que ... sólo piedra fundamental sigue siendo hasta ahora. Tras tan exhaustiva labor, que fácilmente supliría a la de una docena de varones, bien pudo retirarse a la vida privada, -dado que un selecto grupo de discípulas suyas continuaba eficazmente su tarea educacional-, y disfrutar de los halagos que le proporcionaba la alta posición política de su marido. Pero no lo hace, y sigue sacrificando horas al descanso, para orientar a las jóvenes maestras a quienes profesa una ternura de madre.

Esa fue ROSA PEÑA, en su aspecto de educadora, de promotora social y de líder revitalizador de una sociedad material y psíquicamente derruida. Pero ¿cómo fue ROSA PEÑA en su faceta netamente femenina, de madre, de esposa y de dama de sociedad? Una de sus únicas ex-alumnas sobrevivientes, doña Carmen Porta Bruguez de Mena, deliciosa ancianita de 96 años, que conserva intactas sus facultades físicas y mentales, me dijo en una larga e interesante charla que mantuve con ella: -"Recuerdo perfectamente a ROSA PEÑA, a pesar de que yo sólo tendría 5 o 6 años cuando fui su alumna. Vivía en los bajos de nuestra actual casa, que entonces era de una sola planta, y parte del edificio lo destinaba a la escuela. Era alta, más bien robusta, de rostro noble y modales suaves, aún cuando sabía ser severa. Peinaba sus cabellos en dos gruesas trenzas y lucía unos cuellos orlados de puntillas, inmaculadamente blancos. Nosotros vivíamos en la casa de a lado, en la actual zapatería Tonsa, y yo a veces me escapaba para ir a mi casa. ROSA PEÑA no me reprendía, pero poco a poco, fue ganándose, mi afecto y confianza, y ya no deseé escabullirme de la escuela. Entonces la actual calle Mcal. Estigarribia se llamaba "Pte. Carnau". Un anónimo cronista escribe en "El Orden" del 7 de febrero de 1924: "Doña Rosa era una dama distinguidísima, poseedora de un extraordinario don de gente, cultísima, a lo que agregaba sólida instrucción y brillante inteligencia. -Durante todo el período presidencial de su esposo, fue ella la que inició, mantuvo y dio tono señorial, a la serie de brillantes reuniones en su gran casa de la calle Pte. Franco esq. Independencia. Ella inició la costumbre de ofrecer cenas y recepciones, en honor de los jefes de misiones extranjeras, con quienes nuestro país necesitaba desesperadamente, concertar acuerdos. En cierta oportunidad, se debió al fino tacto de ROSA PEÑA, que no surgieran desacuerdos con el ministro de Francia, Monsieur Marchand, quien venía con el objeto de cimentar el arraigo de colonos franceses en la colonia "Pte. González. (La casa presidencial era el antiguo Ateneo Paraguayo, que como todos sabemos, había sido propiedad de la Sra. Inocencia López de Barrios).

Tanto en la residencia oficial, como en su casona solariega, ubicada donde se levanta hoy el Colegio de San José, ROSA PEÑA recibe con llaneza y afecto a las innumerables personas que constantemente acuden a ella, en demanda de ayuda material o consejo. A sus cuatro hijos: Laura, Celina, Juan y Juanita, no obstante sus múltiples tareas externas, presta un cuidado, una atención especialísima, y todos los días logra hacerse de tiempo, para mantener con cada uno de ellos, una conversación privada y personal, a lo largo de la cual va plasmado cuidadosamente sus espíritus.

Cuando en 1887, su inolvidable maestro, con quien siempre mantuvo correspondencia, se refugia en nuestro país, ROSA PEÑA tiene la oportunidad de retribuirle el apoyo que éste le había dado en Buenos Aires. Y es en el hogar de los esposos González Peña, donde el gran sanjuanino halla el afecto y la comprensión que le niega su patria. Amante de los niños, Sarmiento encuentra en los hijos del matrimonio amigo, el bálsamo que urgían sus heridas -"Jugaba con nosotros, haciéndonos tropezar con su bastón, lo que nos causaba gran alborozo"- dirá años más tarde, D. Celina González Peña de Calzada, evocando los años felices de su infancia. El prócer, que a más del afecto que profesaba a su ex discípula, sentía por ella una gran admiración, solía decir al marido de ésta, en amable tono de broma -"La Presidenta de la Rca. es D. Rosa, y no Ud., D. Gualberto"-.

Cuando los estudiantes de Asunción le entregaron la bandera de su país, que el autor de "Facundo" recibió diciendo: --"Con la tela de esta bandera secaré las lágrimas de amargura que me han hecho vertir", (Se respetó el original) ROSA PEÑA estaba a su lado, --las casas de ambos lindaban-. Y le acompañó también, sin separarse de su lado, con un amor de hija, en sus últimos momentos, lo que recordará agradecida, muchos años después, su nieta, D. Eugenia Belén Sarmiento, al Dr. Albarracin y a mi propia madre, de quien era amiga.

Cumpliendo el deseo, expresado varias veces por Sarmiento, de ser amortajado con las banderas de Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay, ROSA PEÑA donó llorosa la insignia patria que cubrió su féretro y partió de Asunción en "la caravana mortuoria que bajó el río, acompañada de su esposo que presidía la comisión encargada de entregar a su país los restos del "Maestro de América".

Tras el golpe de estado del ministro de Guerra, Gral. Eguzquiza, que depone a D. Juan Gualberto González de la Primera Magistratura, en Junio de 1894, cuando sólo le faltaban unos meses para terminar el período presidencial, ROSA PEÑA emigra por segunda vez a Buenos Aires, acompañada de su familia.

Pero ya no viviría mucho tiempo, y el 8 de noviembre de 1899, a los 56 años de edad, fallece rodeada de la veneración de los suyos y del respetuoso afecto de un amplio y selecto sector de la sociedad porteña. Con justicia podía decir como el Apóstol: -"He terminado la carrera, he combatido el buen combate; sólo me resta, aguardar la corona inmarcesible que me tienen destinada"-. Un magnífico busto suyo, obra de Querol, se exhibe en el Museo Sarmiento de la calle Cuba 2079, de la ciudad de Buenos Aires, como si se quisiera significar la similitud de las tareas realizadas en sus respectivos países, por los dos grandes educadores. Veintidós años después de su muerte, en 1921, nuestro país reclamará sus restos y el gobierno donará un predio en la Recoleta, para que se le erija un mausoleo. 19 años más tarde, en 1940, el soberbio sepulcro está listo para acoger a su dueña. Es un tierno homenaje de su hija Celina, esposa de ese distinguido hombre de letras que se llamó Rafael Calzada, cuyas memorias en 4 tomos, deleitaron a toda una generación, la de post-guerra y que, lamentablemente, son hoy piezas exóticas en unas pocas bibliotecas del país.

Pero sólo desde 1941, ROSA PEÑA reposa en la tierra que tanto amó y a la que tanto dio dé sí. La urna fue traída por su propia nieta, Sra. Rosa Carvalho de Soares -a cuya gentileza debo en gran parte mis informaciones- y la recibió una comitiva oficial presidida por el Dr. Delmás, entonces ministro de Educación y Culto, quien en un brillante discurso exaltó la personalidad de la extinta.

Una década atrás, el 31 de noviembre de 1930, se inauguraba en la Chacarita una humilde escuela con su nombre, con asistencia del ministro de Justicia y Culto, Dr. Justo Pastor Benítez, del Director Gral. de Escuelas Don Ramón I. Cardozo, y de numerosas ex alumnas suyas, siendo madrina una de ellas, la Sra. D. Emilia Recalde de Recalde. –“Para muchos quizás, no está bien en este humilde lugar el nombre de ROSA PEÑA, la más grande educacionista que tuvo el Paraguay, dijo, ese otro gran maestro paraguayo, Don Ramón I. Cardozo; para mí, la denominación es simbólica, porque ROSA PEÑA prefirió las ruinas humeantes de la patria a las delicias que le ofrecía Buenos Aires, abandonó su grandeza por la miseria de nuestro país destrozado. Pues bien, el simbolismo está aquí: Su nombre tutelará hoy a esta institución y al conjuro de su recuerdo de patricia que amó a los niños, la luz penetrará en las conciencias de los hijos de estos humildes trabajadores"-. La Sra. de Recalde la evocó diciendo: -"ROSA PEÑA no se limitaba a inculcar conocimientos, a instruir; ella iba más lejos, afanándose por modelar el carácter y la moral de los educandos, valiéndose para ello de la palabra y el ejemplo".

Paralelamente a la escuela, se inauguró un merendero para los alumnos, adyacente a la misma, costeado por los vecinos del barrio; era la primera vez que en un establecimiento escolar del país, se habilitaba también una sala de refrigerios. Y era natural que fuese así, porque honrar a ROSA PEÑA sólo como educadora sería injusto, ya que ella no se limitó a instruir juventudes, sino que se preocupó también de rehabilitarlas física y moralmente. Años más tarde la Escuela de la calle Sebastián Gaboto Nº 409, se traslada a su actual local de la calle Brasil Nº 246, donado para el efecto, por su devota hija Celina.

El 12 de marzo de 1942, la HONORABLE JUNTA MUNICIPAL también se adhiere a los homenajes tributados a la insigne educadora, y dicta la Ordenanza 649, Art. 22, B, por la cual se denomina ROSA PEÑA, a la calle abierta en el antiguo solar de los González Peña, entonces correspondiente a la parroquia de San Roque y hoy a la de San José.

En la tarde de mi ingreso a la Academia Paraguaya de la Historia, he querido rendir un homenaje a esa mujer extraordinaria, que encarnó todas las virtudes de nuestra raza, logrando armonizar maravillosamente el idealismo que la devoraba, con la practicidad de sus realizaciones. Mujer que simboliza a todas las heroicas contemporáneas suyas, que obraron el prodigio de reconstruir nuestro país, dignas de ser inmortalizadas por nuestras máximas plumas, para qué el mundo sepa lo que el Paraguay debe a sus mujeres.

Señores: Si mis pobres palabras han logrado arrancar a ROSA PEÑA de la semi penumbra en que se hallaba, me sentiré muy complacida, porque considero deber de ciudadano, honrar a quien, por paraguaya y por hacedora de patria, es justo motivo de orgullo nacional.
Por eso os ruego que me acompañéis a guardar un minuto de silencio, en memoria de esa gran matrona, que de vivir en nuestros días, ocuparía un sitial de privilegio en esta ilustre casa.
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CONTESTACIÓN DEL PROFESOR
MIEMBRO DE NÚMERO DE LA
ACADEMIA PARAGUAYA DE LA HISTORIA
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Una manifestación importante de la vida nacional de los últimos tiempos es la incorporación de la mujer en las actividades culturales. En todo el ámbito de la república la mujer estudia y se preocupa por elevar su nivel intelectual. Los colegios para niñas aumentan cada día porque aumenta también el número de las que quieren estudiar. La Universidad Nacional como la Católica, en sus diversas ramas, cuentan con numerosas mujeres en sus aulas, y, en ciertas Facultades, como la de Filosofía, predomina con gran mayoría el sexo femenino.

Este fenómeno social constituye, sin lugar a dudas, un progreso para el país. Con él se ha roto una tradición basada en "criterios anacrónicos", con lo cual las mujeres, como bien acaba de expresar la flamante académica Beatriz Rodríguez Alcalá de González Oddone, "han logrado romper las barreras de lo exclusivamente doméstico, para incorporarse, de una manera u otra, al quehacer cultural, ocupando de hecho, el lugar que por derecho les corresponde en toda sociedad civilizada".

Es así como Beatriz Rodríguez Alcalá de González Oddone hace vida intelectual. Su vocación le viene por herencia. Sus progenitores don José Rodríguez Alcalá y doña Teresa Lamas Carísimo están estrechamente ligados al desarrollo de nuestra cultura.

Don José era argentino de nacimiento, vino al Paraguay como para regresar, "pero quedó prisionero en las redes sutiles del alma guaraní". En Asunción se incorporó al grupo selecto de los que trabajaban en el campo del espíritu. Escritor y periodista, a su pluma se deben varias e interesantes obras, entre ellas "IGNACIA, que marca el hito inicial de la novela paraguaya contemporánea", como afirma Carlos R. Centurión. También a él se debe la primera ANTOLOGIA PARAGUAYA.

Doña Teresa, descendiente "de una familia ilustre, enraizada en los días de la colonia", sobresalió desde muy joven por sus brillantes condiciones literarias. Publicó TRADICIONES DEL HOGAR en dos tomos. El primer volumen apareció en 1925 y al respecto el citado Centurión dice que es el "primer libro publicado por una mujer paraguaya". En 1955 dio a la estampa LA CASA Y SU SOMBRA con prólogo del eminente escritor Francisco Romero. En estas obras recuerda episodios del pasado en un estilo claro, ameno y elegante, que nos llenan de emoción y de amor por las cosas que fueron. Su personalidad literaria es reconocida elogiosamente en los países de América. Su actuación en la vida cultural y social ha dignificado a la mujer paraguaya.

También Beatriz Rodríguez Alcalá de González Oddone se dedica a la vida cultural. Periodista, como su padre, es colaboradora de los diarios de la capital. Sus artículos son escritos con elevación y se leen con facilidad y placer. Su estilo, sin lugares comunes, es preciso y elegante. Como su madre, tiene una pluma ágil, que sabe transmitir la emoción y captar la belleza. Lectora infatigable, es una animadora entusiasta de los clubes de libros, entidades que en nuestros días contribuyen a enriquecer los conocimientos literarios de la mujer.

Hoy, Beatriz Rodríguez Alcalá de González Oddone, acaba de presentarnos en su magnífica disertación, la benemérita personalidad de Rosa Peña, a quien la enseñanza primaria después de la guerra contra la Triple Alianza le debe los primeros y positivos pasos. De ahí que la flamante académica la llame con justicia "madre de la educación del Paraguay". En medio del ambiente pobre y enrarecido de la época en que le tocó actuar, Rosa Peña se abrió paso, imponiéndose por su elevación espiritual y su amor a la niñez, entonces en su mayor parte desamparada.

No obstante la escasez de datos sobre la vida y la obra de esta mujer extraordinaria, Beatriz Rodríguez Alcalá de González Oddone ha sabido recopilar los que tuvo a su alcance. Gracias a ello podemos apreciar al través de sus palabras las distintas facetas que adornaron la existencia de Rosa Peña.

En primer lugar se destaca la educadora, la propulsora de la instrucción, que no sólo creó con sus medios propios una escuela para niñas sino que a su iniciativa se debió la fundación de 24 escuelas en el interior del país. Este insigne mérito menciona nuestra académica, como uno de los más altos de la ilustre paraguaya.

Luego refiere su matrimonio con Juan Gualberto González, después Presidente de la República, y su amistad con el Gral. Bernardino Caballero. Tanto su matrimonio como la amistad aludida favorecieron la labor patriótica de Rosa Peña.

Pero la actividad de ésta no sólo se concentró a fomentar la educación, Beatriz nos recuerda que Rosa Peña también se dedicó a la ayuda social. A ella se debió la fundación del ASILO NACIONAL, destinado a "acoger a aquellos a quienes la guerra ha dejado en la miseria, y que no pueden valerse por sí mismos". La creación de esta institución es otro de los grandes méritos de Rosa Peña, quien, impulsada, además, por sus sentimientos religiosos, prestó su valiosa colaboración para la construcción del templo de la ENCARNACION, hasta hoy inconcluso.

Movida por "su amor a la libertad y a la justicia", también nos recuerda Beatriz, que Rosa Peña inició un movimiento para erigir un monumento "que perpetúe la memoria de los Próceres de Mayo". La piedra fundamental fue colocada en la Plaza Uruguaya. Pero del monumento sólo quedó la iniciativa de la ilustre dama. También a ella se debieron, nos comenta nuestra distinguida conferenciante, las recepciones y fiestas sociales, ofrecidas al cuerpo diplomático, después del gran vacío dejado por la cruenta guerra contra la Triple Alianza.

Su vida continuó siendo útil a sus semejantes, apoyando a los desamparados, dando consejos a los apocados de espíritu y estimulando con su ejemplo a las educadoras que había formado. De generoso corazón, supo ser grata al Maestro que le había despertado el amor a los niños y a la enseñanza. Acompañó hasta Buenos Aires los restos de Domingo Faustino Sarmiento, cuyo féretro fue cubierto, entre otras banderas, por la paraguaya, donada por su alumna agradecida.

Rosa Peña dejó de existir en la capital argentina, el 8 de noviembre de 1899, pero sus restos descansan en esta ciudad de su nacimiento, en un suntuoso mausoleo del cementerio de la Recoleta.

La posteridad le rindió justicia. Una escuela de nuestra capital ostenta su nombre. ¡Homenaje merecido y digno de una educadora, que, como Rosa Peña, brindó lo mejor de su vida y de su espíritu privilegiado a la enseñanza de la niñez! También una calle lleva su nombre, recordando así a las generaciones la memoria de esta venerable compatriota.

Los historiadores contemporáneos tampoco la olvidaron. Sus juicios son consagratorios. Carlos R. Centurión dice de ella: "Rosa Peña de González fue una sacerdotisa de la enseñanza. Sembró el bien y la cultura con su palabra y con el ejemplo esclarecido de su vida". Efraím Cardozo escribe: "La vida de Rosa Peña fue un dechado de rectitud, altruismo, desinterés y abnegación". Y Pastor Urbieta Rojas, a su vez, dice que Rosa Peña fue "otra portaestandarte, a la que la juventud de la post-guerra de la Triple Alianza debió también, en modo especial, el moldeamiento de su espíritu, en los días de la reconstrucción de una nación destrozada...".

Beatriz Rodríguez Alcalá de González Oddone también rindió justicia a los merecimientos de Rosa Peña en su brillante conferencia, que acabamos de escuchar, destacando la personalidad esclarecida de esta educadora y benefactora de nuestra sociedad. Este homenaje es además un homenaje a la mujer paraguaya de todos los tiempos, heroica, afectuosa, abnegada y bella.
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lunes, 16 de agosto de 2010

BEATRIZ RODRÍGUEZ ALCALÁ - EL MARISCAL DE AMÉRICA / Fuente: REVISTA DEL PEN CLUB DEL PARAGUAY. IV ÉPOCA – Nº 18.


EL MARISCAL DE AMÉRICA
PONENCIA DE
BEATRIZ RODRÍGUEZ ALCALÁ
(ENLACE A DATOS BIOGRÁFICOS Y OBRAS
EN LA GALERÍA DE LETRAS DEL
www.portalguarani.com )
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EL MARISCAL DE AMÉRICA
"MARISCAL JOSÉ FÉLIX ESTIGARRIBIA"
Se dan circunstancias en el devenir de los pueblos que, vistas de cerca, parecieran adversas e incluso funestas. No obstante, habrá de ser la Historia la que dicte, con la justiciera perspectiva del tiempo, el fallo definitivo.
Nos atreveríamos a ratificar lo que ya expresamos una vez, que tal sería el caso del motín inspirado por el inquieto coronel Albino Jara, el 2 de Julio de 1908. Cuartelazo alocado este, que troncharía la gestión del presidente Ferreira, quien realizaba esfuerzos por arrancar a nuestro país de la sima en que lo sumergiera la guerra. Pero, ¿como una expresión de irresponsable insubordinación, en época tan difícil, con todas las secuelas que genero, podríamos considerarla, posteriormente, positiva?
Para entenderlo, hagamos un poco de historia: Eran tiempos aquellos en que gravitaba poderosamente, en el escenario nacional, la brillante juventud de posguerra, denominada luego "generación del 900".
El Destino, cual si quisiera compensar a nuestro país de tanta desdicha e infortunio, se mostró pródigo en dones intelectuales y morales: Cecilio Báez, el mentor del grupo, es, a los 30 años, por su cultura excepcional, todo un maestro; Manuel Domínguez, a los 28 años, es catedrático, parlamentario y periodista consumado, paladín de nuestros derechos en el conflicto chaqueño; Fulgencio R. Moreno, el gran historiador de Asunción y abogado del Chaco, "cuya musa era una cedula real y su oficio doctor en limites", según palabras de Justo Pastor Benítez; Juan E. O'Leary pone su inteligencia privilegiada y su vigorosa y apasionada pluma al servicio de un pueblo abatido y desmoralizado, que pugna por reencontrarse; Manuel Gondra, cuya cultura humanística era tan vasta que sus contemporáneos lo comparaban con Menéndez y Pelayo; Ignacio A. Pane, sociólogo y poeta; Eligio y Eusebio Ayala, que años más tarde habrían de consagrarse como consumados estadistas; Francisco Pérez Acosta, Eugenio A. Garay y otros.
Plumas brillantes todas, republicanas unas, liberales otras, que polemizaban acremente desde las páginas de los periódicos, fustigando o defendiendo al gobierno, según fuera el grupo a que pertenecieran.
Toda esta proficua labor periodística, altamente positiva, como lo son siempre los enfrentamientos ideológicos que ayudan a esclarecer verdades, sumada a las obligadas tertulias de café o del Centro Español, cenáculo entonces de la intelectualidad de la época, inquietaban a los jóvenes militares, muchos de ellos de escasa formación cultural y cívica, incitándoles a actuar, directamente, en política.
Tal sería, entre otros, el caso de Albino Jara, que ya en 1904 participaba en el golpe liberal del general Ferreira, que iba a destituir al presidente Escurra. Cuartelazo este que permitirá al partido triunfante la permanencia, por 32 años consecutivos, en el poder.
Pero a Jara, impulsivo y ambicioso, no le satisface ser uno más del grupo, quiere papeles protagónicos y, para ello, da el golpe del 2 de julio de 1908, al que seguirán otros golpes y contragolpes en 1909, 1911, 1912, que sumirán al país en la anarquía. Muerto Jara, la convulsionada política local gozara de diez años de relativa tregua. Pero Albino Jara, en este ensayo, solo nos interesa como instrumento -¿casual?- del Destino que, ¡al fin!, depararía al país el Hombre capaz de vindicar derechos, recuperar territorios, impunemente usurpados, y transformarnos de pueblo vencido y humillado, ¡en pueblo victorioso y triunfante!
Veinte años tenía el agrónomo José Félix Estigarribia aquel 2 de julio de 1908; veinte años pletóricos de ilusiones e idealismo, pero aún inciertos, inseguros del camino a seguir, pese al diploma que lo acreditaba como el mejor egresado de la Escuela de Agricultura de Trinidad. Como muchos otros jóvenes de su edad, imbuidos de la fuerte campaña antigubernista, se asocia al golpe, creyendo canalizar acertadamente su amor a la Patria, ese sentimiento desinteresado, profundo, que vemos agudizarse en el con el correr de los años, hasta transformarse en obsesión por el problema Chaco.
La suerte está definitivamente echada y Estigarribia va al encuentro de su destino: trocara las tareas rurales por la espada; será soldado, el Soldado que angustiosa, impostergablemente, necesitaría años más tarde el país. Poco después del triunfo jarista de 1908, Estigarribia es subteniente en comisión, pero Jara, que no acepta las directivas del presidente Gondra, el cual insta a los militares a permanecer en los cuarteles, vuelve a levantarse contra el poder constituido, el 17 de enero de 1911, provocando la renuncia de Gondra y se constituye en dictador.
La reacción popular no se hace esperar y muchos de los jóvenes que habían apoyado el golpe de 1908 se resisten a aceptar la dictadura jarista y se enrolan en las filas de un movimiento que intenta restaurar la legalidad. Pero la revolución es vencida y su jefe, Adolfo Riquelme, antiguo camarada de Jara, es asesinado, tras la acción de Estero Bonete.
En este mismo combate, Estigarribia, oficial de las fuerzas presidenciales, es herido en un brazo, el 17 de marzo de 1911, y se ve forzado a recluirse por meses en el Hospital Militar.
El triunfo del coronel Albino Jara no dura mucho; cuatro meses después, la fuerza de la opinión pública, de la que el estudiantado fue factor determinante, vuelve a enfrentarlo y el dictador, pese a su coraje y temeridad, es derrotado, muriendo en Paraguarí a consecuencias de las heridas sufridas en combate, el 15 de mayo de 1912.
En agosto del mismo año, Estigarribia es enviado por el gobierno de Liberato Rojas a estudiar a Chile. Amable manera de sacar del medio a un oficial tildado de jarista. Pero lo que los hombres de gobierno ignoraban era que la dura experiencia vivida lo había signado definitivamente, impulsándolo a hacer un juramento íntimo, al que habrá de ser fiel hasta la muerte: el de no sublevarse jamás y ser siempre leal al poder establecido.
Paso a paso, ya desde su lejana juventud, los acontecimientos lo conducen, templando su espíritu, hasta adquirir la suma de virtudes que habrán de hacer de él el jefe único, indiscutido e indiscutible, que nos conducirá a la Victoria.
En Chile vive experiencias altamente positivas, revistando en las filas del Regimiento "Buin", 1° de Infantería, y adquiere, en la disciplina de un ejército moderno, los conocimientos básicos que ampliara luego en Europa, en las filas de uno de los mejores ejércitos del mundo.
Impresiona vivamente leer, en sus libretas de apuntes de aquellos años de Chile, sus comentarios y acotaciones, hechos diariamente tras asistir a clase, lo que nos da una idea clara de la responsabilidad con que se afanaba en sus estudios.
En 1913 regresa al país y es destinado a la Zona Militar con asiento en Concepción, salvándose de la exclusión que sufren los oficiales jaristas, merced a la intercesión de su jefe, el entonces coronel Schenoni, quien ya advierte en él cualidades poco comunes.
Allí conoce a la que habrá de ser la devota y fiel compañera de su vida, doña Julia Miranda Cueto, de ilustre prosapia, con la que contrae matrimonio el 23 de setiembre de 1916, cuando sólo era un modesto Teniente 1° de Infantería.
Un año más tarde, Estigarribia es ascendido a Capitán; sirve primero en la Segunda Zona de Paraguarí y luego en la Secretaria del Ministerio de Guerra. Posteriormente, en febrero de 1922, será destinado a Villa Hayes en calidad de Comandante del Batallón de Zapadores. Desde aquí comenzara a ascender, verticalmente, la estrella del futuro Conductor del Chaco hasta alcanzar alturas que asombraran a América y al mundo. Entretanto, nuestra política interna sigue sufriendo altibajos de mayor o menor importancia, hasta que el 21 de octubre de 1921 otro golpe de Estado provoca, por segunda vez, la renuncia del presidente Gondra.
Las dos fracciones del liberalismo, que a la sazón constituían la mayoría parlamentaria, tratan de superar la crisis sobre la base de la presidencia del Dr. Eusebio Ayala. Solución transitoria, ya que la violencia volvería a estallar en breve, pero que permite aquilatar las dotes del futuro vencedor del Chaco.
Con el fin de pacificar el país, el Poder Ejecutivo decreta la disolución del Batallón de Guardia cárceles, foco constante de subversión. El encargado de cumplir la orden será el capitán Estigarribia; pero este no se ajusta, estrictamente, a las instrucciones recibidas; por el contrario, se adelanta a la hora prefijada por sus superiores, presentándose, sorpresivamente, a las dos de la madrugada, lo que le permite licenciar a los somnolientos oficiales y desarmar a la tropa, sin disparar un solo tiro.
Esta actitud de responsable independencia del joven capitán coincide perfectamente con la que, muchos años más tarde, el General triunfante del Chaco consignara en sus memorias: "En julio de 1932, estando yo en mi Puesto de Comando, en Casanillo, llegaba a Puerto Casado procedente de Asunción, el jefe de Estado Mayor, con el fin de conferenciar conmigo, pero yo no tenía tiempo que perder y le hice decir que regresara a Asunción, apresurarse la movilización y me mandase un mapa del Chaco. Mi respuesta era, aparentemente, un acto de desobediencia, pero siempre he creído que el subordinado debe proceder de acuerdo con las circunstancias, aunque para ello deba alejarse de la línea de conducta impuesta por el superior jerárquico".
En mayo de 1922, el capitán Estigarribia, integrando las fuerzas legales, al mando del 2º Destacamento, actuara brillantemente en la defensa de nuestra Capital, asediada por el levantamiento militar del coronel Chirife. Posteriormente, su actuación culminara en Carmen del Paraná, donde con 120 hombres, tras atravesar varias leguas de picadas, atacara por la espalda a las fuerzas rebeldes, muy superiores en número y elementos, derrotándolas definitivamente en noviembre de 1922 en Caí Puente, lo que le valdrá el primero de los múltiples ascensos conquistados en combate.
Esta acción habrá de ser siempre de suma importancia para los estudiosos de la técnica operativa de Estigarribia, ya que en ella, por primera vez, este pone en práctica la táctica envolvente del "corralito", que tan espectaculares triunfos le valdrán en el Chaco.
Pacificado el país, el ya mayor Estigarribia es nombrado Director de la Escuela Militar y en 1924 viajara a Europa para perfeccionar sus estudios.
En esos años, decisivos para su carrera militar, ya su obsesión era el Chaco. Lapso en que se empeño a fondo en aquello para lo que se creía llamado y que habrá de merecerle, años más tarde, el justiciero título de Mariscal de América.
Sus días le resultan cortos para aprender todo lo que desea saber; contrata profesores particulares y lee y estudia sin cesar. Asiduo de la Biblioteca Nacional de París, en ella leyó todo lo referente al Paraguay y tomó anotaciones para las carpetas del Estado Mayor. Siempre sostuvo la tesis de que la misión de nuestro Ejército era superior a su mera faz institucional: "Nuestro Ejército -decía- tiene una misión doblemente histórica: salvar el Chaco y reconstruir la Patria".
Entre San Martín y Bolívar, sus preferencias fueron para el primero, por su modestia y mesura. Brillante alumno de la Escuela Superior de Guerra de Francia, egresara de ella con las máximas calificaciones y obtendrá su brevet de Oficial de Estado Mayor. Previamente, habrá servido en el Regimiento de Infantería N° 26, en Nancy, en carácter de Oficial Comandante, y en el Regimiento de Artillería N° 8, en la misma guarnición.
A la generosidad de su esposa, que no dudó en sacrificar dos parcelas de su pequeño campo de Concepción para ayudar a solventar los gastos de la familia en Francia, debe en gran parte Estigarribia el haberse entregado de lleno a sus estudios sin preocupaciones de otra índole. Desde Francia escribía al después coronel Carlos J. Fernández, en respuesta a una carta en la que este le pedía colaboraciones para la Revista Militar de nuestro país: "Yo lamento, de veras, no poder hacer las cosas en la misma forma que los compañeros de Chile; yo debo ocuparme de cosas más elevadas, dada la responsabilidad que se me avecina; debo cuidar ante todo mi preparación especial, de tal manera que este habilitado para desenvolverme ampliamente, con capacidad profesional; cuando regrese al país. Yo voy a prepararme, lo estoy haciendo, en las altas técnicas, lo que no es posible hacer en nuestro país, y prometo que nadie, en igualdad de condiciones, hará más que yo en Europa".
Al futuro Presidente de la Victoria, a la sazón Ministro Plenipotenciario en Washington, le escribía con tristeza, desde Nancy: "Al incorporarme a la vida militar de los oficiales franceses, he notado el vacío inmenso de lo que entre nosotros constituye la alta dirección militar; veo aquí cosas básicas, indispensables por tanto, que jamás se habían insinuado en nuestro país. Los encargados de hacerlo, me refiero a los jefes militares, nunca ni habían hablado de ellas, lo que me conduce a amargas reflexiones; por mi parte, confío poder capacitarme suficientemente a fin de llevar a nuestro Ejercito muchas prácticas útiles y conocimientos necesarios. Lo importante es prepararse para una acción eficaz, cuando la oportunidad llegue". Y luego de varias consideraciones más, altamente significativas, termina: "Estas indiscreciones me las permito con usted, porque mi confianza en su persona no tiene límites y porque espero de su acción futura muchos bienes para nuestro país".
Cuando Estigarribia escribía estas líneas era solo un modesto Mayor de Infantería y nuestro país contaba con prestigiosos generales. ¡Qué secreta intuición, que intima revelación le permitían profetizar de tal manera?
De entre las múltiples y ricas experiencias vividas durante aquellos años de estudios y aprendizaje, unas maniobras realizadas en Marruecos, al mando del mariscal Lyautey, en las que tiene la fortuna de participar, lo enfrentan al desierto, un desierto similar al que tendría que vencer en algunas zonas del Chaco, ajustando a sus condiciones su táctica operativa.
Al despedirlo, en vísperas de regresar al Paraguay, su profesor de Filosofía Militar, mariscal Foch, le augura un alto destino; paradójicamente, vaticinios similares habían hecho muchos anos atrás don Manuel Gondra, erudito y ecuánime, y Albino Jara, irresponsable y arbitrario.
En 1927 se encuentra de nuevo en Paraguay y, a poco de llegar, será ascendido a Teniente Coronel y desempeñará sucesivamente los cargos de Sub-Jefe y Jefe de Estado Mayor, y ejercerá la cátedra de Táctica en la Escuela Militar.
Ya tenemos a nuestro futuro Conductor gravitando firmemente en el ámbito castrense, en aquellos años en que el problema Chaco va acuciando más y más la conciencia nacional.
Mientras los pacificistas soñaban con soluciones jurídicas, Eligio Ayala, que no se engañaba respecto a las intenciones bolivianas, calladamente había enviado emisarios a Europa para adquirir elementos bélicos, cuidando de no endeudar la exigua economía nacional.
En 1928 la política internacional americana parece tomar conciencia del problema Chaco. Noticias alarmantes llegan a nuestra Cancillería; Fulgencio R. Moreno, ministro en Río, informa que el general Montes le había dicho en forma categórica: "El puerto sobre el río o la guerra".
En Washington, la Comisión de Neutrales, integrada por representantes de Estados Unidos de Norteamérica, México, Colombia, Uruguay y Cuba, se aboca al estudio de un pacto de no agresión, mientras en Ginebra la Liga de las Naciones propugnará a la no violencia.
Son pocos en América los que creen en la inminencia de la guerra; solo Bolivia, bajo la firme inspiración de Salamanca, sabe adónde va. Su moderno y bien dotado ejercito lo hace subestimar al nuestro, cuyo parque de guerra había sido seriamente dañado cuando la guerra civil de 1922 a 1923.
Un día, el ya ex Presidente boliviano habría de decir amargamente, refiriéndose a los jefes militares de su país: "Les hemos dado todo lo que han pedido; lo único que no pudimos darles es el talento para conducir una guerra".
Para no alertar a Bolivia, nuestros preparativos bélicos se hacen dentro del mayor secreto, lo que impide informar a la opinion pública que se encrespa violentamente ante la penetración cada vez más agresiva de Bolivia en nuestro territorio.
El incidente de "Vanguardia", en diciembre de 1928, con su secuela de humillaciones para nuestro país que por imposición externa se vio forzado a reconstruir los ranchos bolivianos, caldeara aún más los ánimos.
En 1931 el descontento es tan grande, que ya se habla francamente de revolución. En Campo Grande, el regimiento del entonces mayor Rafael Franco constituye una constante amenaza para el gobierno constitucional del Dr. José P. Guggiari, el cual, por razones de seguridad, dispondrá su traslado al Chaco.
Consciente de la gravedad de la situación, el teniente coronel Estigarribia se ofrece al Ministro de Guerra para solucionar el espinoso asunto, quizá porque en su fuero íntimo dudase de que otro pudiera hacerlo por medios pacíficos.
Con autorización de sus superiores se dirige a Campo Grande y, con la cortesía y firmeza que serían las constantes en su ejercicio del mando, da las órdenes pertinentes, dejando satisfactoriamente resuelta la peligrosa situación. Pero, pese a su corrección, disciplina y contracción al trabajo, Estigarribia no es el favorito de sus jefes, debido a que sus conocimientos tácticos rebasan de los de aquellos que se niegan a respetar sus criterios.
Durante una maniobra en Campo Grande, Estigarribia critica severamente la exposición táctica de un joven capitán, y el general Schenoni, Ministro de Guerra, lo desautoriza.
Herido en su dignidad, Estigarribia pide venia y se retira, lo que le valdrá la remoción de su cargo de Jefe de Estado Mayor.
Este incidente doloroso estuvo a punto de hacerle cambiar de rumbo, pero su destino está marcado; su vocación es demasiado fuerte para dejarse acobardar por la incomprensión; su conciencia sobre el problema Chaco, exacerbadamente aguda y responsable, para dimitir, cuando ya consideraba inminente el desenlace de las sinuosas negociaciones de límites.
En junio de 1931, le ofrecen el comando de la 1º División de Infantería, con asiento en Puerto Casado, quizás con intenciones de alejar a un jefe cuyos criterios, excesivamente firmes, molestan.
Estigarribia, que no ha dejado un solo día de estudiar nuestras posibilidades en caso de guerra, tras meditarlo, acepta. Lo que para muchos significa el ostracismo, para él es la primera etapa de su misión.
Al asumir el mando de la gran unidad, el 18 de junio de 1931, lanza una proclama digna de análisis, por ser una autentica proclama de guerra, cuando muchos, la gran mayoría, todavía se hallaban sumidos en el peligroso nirvana del pacificismo: "Al asumir la grande, honrosa misión de comandar la D.I., además del alto cargo que ejerzo -poco antes había sido nombrado Inspector General del Ejercito- en momentos en que nuevas amenazas se ciernen sobre la patria, hago un llamamiento a todos los comandos a redoblar actividad y energías para la mejor preparación de la victoria.
"Cuento con la lealtad y la ya proverbial abnegación y espíritu de sacrificio de los señores jefes y oficiales, así como del personal de clases y soldados, para la realización de la magna obra". Y, como si exhortara a despertar a las autoridades, concluye diciendo: "Con el profundo convencimiento de que el gobierno nacional y el pueblo integro nos acompañan, con plena fe en nuestro patriotismo, llevaremos nuestros esfuerzos a sus límites extremos, sin desfallecimiento de ninguna clase y lograremos nuestra gran finalidad".
Es ya el jefe que sabe lo que debe hacer y asume, con serenidad y firmeza, responsabilidades. Su plan operativo lo ira elaborando luego, sobre el terreno, tras recorrer concienzudamente cinco veces el Chaco, lo que le ratificara en su tesis de defenderlo atacando al enemigo, y no esperándolo en la costa del río, como tercamente sostendrían luego los altos mandos.
Entre tanto, Bolivia continúa su persistente penetración en el Chaco; la toma de Masamaklay y nuestro fallido intento de recuperarlo son el detonante de la reacción popular que desemboca en el tristemente célebre 23 de octubre, con la matanza de un grupo de estudiantes que va al Palacio en actitud vindicatoria.
El país está al borde del caos y de la anarquía; de no ser por la lealtad del Ejército y la Armada, una nueva guerra civil hubiese dividido la República, en momentos en que Bolivia ultimaba los preparativos para arrebatarnos lo que nos restaba del Chaco.
El 15 de junio de 1932 volverá Bolivia a la agresión, apoderándose de un lugar estratégico: nuestra reserva de agua de la laguna Pitiantuta; la guerra es ya una realidad. Estigarribia pronto se hallara en vísperas de su primera gran batalla: Boquerón, la más sangrienta de la epopeya, para nosotros.
No nos referiremos en detalle a nuestros múltiples triunfos chaqueños, por ser ellos demasiado conocidos de todos. Tan solo deseamos destacar la actitud de Estigarribia en los momentos cruciales de la guerra, en los que se agiganta su talla de Conductor: en Boquerón, prácticamente al inicio de su misión, ya su fe en la victoria y en el elemento humano que comanda se manifiesta inquebrantable: Al escuchar la opinión de uno de sus jefes que, tras numerosos días de encarnizada lucha, aconseja el repliegue por falta de agua, responde firme, serenamente: "De lo que se deduce que el problema es la falta de agua; a solucionarlo pues y, entre tanto, sigamos combatiendo". En la primera batalla de Nanawa, cuando ante la tenacidad de los ataques enemigos comienzan a escasear las municiones y parecería el repliegue la única opción, ordena seguir resistiendo, mientras se organiza el abastecimiento por aire al fortín; ante el implacable asedio a Herrera, su fe en la defensa del mayor Antola permanece imperturbable; en Campo Vía, maniobra que ya lo revela como un estratega consumado, asume personalmente el mando para la culminación de la misma, con los magníficos resultados que se conocen; ante la terrible ofensiva del coronel Toro, que pretende retomar Camacho tras envolver en tres sucesivos cercos a dos de nuestras divisiones, Estigarribia no se arredra y ordena la acción de El Carmen, que parecía irrealizable, después del revés de Strongest.
En esa acción brillante, que por sí sola constituiría un inamovible pedestal de la figura del Conductor, la intuición de Estigarribia, su ilimitada confianza en los comandos y en la tropa, le hacen jugar su última carta, comprometiendo en ella su 8º División, angustiosamente reclamada desde meses atrás por su Unidad madre, el 2º Cuerpo.
Y como si esa gran victoria fuera poco, días después ordena la toma de los pozos de Yrendagüé, exigiendo a su 8a División un esfuerzo que sobrepasaba los límites de lo puramente humano, con el consabido aniquilamiento, en Picuiba, del Cuerpo de Caballería del coronel Toro. En tan tremendas circunstancias, el jefe se mostró siempre sereno, sin altibajos, infundiendo confianza a los suyos. Ubicaba su puesto de comando avanzado en los puntos precisos, lo que le permitía seguir el desarrollo de los acontecimientos y actuar de acuerdo con las situaciones creadas por el oscilar de los combates. Inspeccionaba personalmente las unidades comprometidas en las acciones y su sola presencia bastaba para fortalecer los ánimos y ratificar la fe en la victoria. Sus órdenes y concepciones tácticas eran producto de exhaustivas meditaciones, pero siempre tenían ese toque de audacia que hicieron posible las victorias de El Carmen, Yrendagüé e Ingavi. Fue la antítesis del déspota o del autócrata; en tres años de guerra no firmó una sola orden de fusilamiento y siempre trató con respeto y consideración a sus subordinados, por humildes que fuesen. Pero sabía ser severo, cuando creía que podía menoscabarse su autoridad.
Escuchaba las opiniones de sus colaboradores en lo referente a planes operativos, dejando siempre margen a las iniciativas particulares, pero no cedía un ápice en sus criterios cuando creía estar en lo cierto. En los años que duró la guerra no abandonó un solo día el Chaco, ni tuvo una decima de fiebre, en una geografía inhóspita que ponía a dura prueba las mas recias constituciones físicas.
Su armonía interior se traslucía en su cuerpo sano y vigoroso al que imponía una dieta sobria y equilibrada. En su mesa de Comanchaco estaba prohibido hablar de la guerra y de todo aquello que pudiera resultar desagradable. No era afecto a las bebidas alcohólicas y, parco en el comer, su cena se reducía a un vaso, de leche.
Las largas caminatas que diariamente realizaba ayudaban a mantener su excelente estado de salud. No resulta raro, pues, que sus colaboradores inmediatos recuerden con profundo respeto, afecto y admiración no solo al estratega, sino al hombre. Y lo que más gratifica a quienes, en su condición de paraguayos conscientes de lo que el país le debe, veneran su recuerdo, es la noble rectificación de juicio que han hecho, con la equidad que dan los años, aquellos que un día, acerbamente, le enfrentaron.
Nada más significativo que las palabras del coronel Smith, jefe ejecutivo del golpe de febrero, y de otros implicados, al más tarde general Pampliega, años después del doloroso suceso: "¡Pero estábamos todos locos, Amancio! ¡Mira que destituir a nuestro jefe que nos guió a una victoria que nadie en América, ni nosotros mismos, esperábamos!". O los juicios laudatorios de otros ilustres jefes, activistas de febrero, en mi libro "Testimonios Veteranos".
Pero si Estigarribia fue grande en las victorias, fue aun más grande en los fracasos, en los pocos que tuvimos. Cuando tras el revés de Strongest -el más serio de la guerra-el capitán Isidoro Jara le da el informe, responde serenamente: "Capitán Jara, agradezco y felicito a su escuadrilla. Transmita mi profundo reconocimiento a toda la tripulación que participó en la acción. El capitán Joel Estigarribia hizo lo imposible y pasa como, el mimado de la historia de esta batalla". Ni una palabra, ni un gesto que denote frustración o enojo. El mismo admirable equilibrio, la misma reposada ecuanimidad de siempre.
En medio de la tremenda, alucinante responsabilidad que pesa sobre él, al jefe supremo le resta tiempo para escribir largas, afectuosas cartas a la hija lejana. A fines de julio del 33, le dice entre otras cosas: "Querida hijita: Acabo de recibir con gran satisfacción tu primer trabajo en plata, que me enviaste de obsequio. Estoy sumamente contento del adelanto en tus aprendizajes. Tu obsequio es de un gusto exquisito; lo usare siempre, para tener junto a mí este recuerdo tuyo, que te lo agradezco de todo corazón". Es el mismo padre afectuoso que, desde la cárcel, sin ningún rencor para nadie, le dirá: "Gracielita: estaba preocupado porque no mejorabas de salud, pero ahora estoy tranquilo, porque me dices que sigues mejor y que mamacita se encuentra bien. Las naranjas son muy lindas, muchas gracias". O el marido amante que, Ministro en Washington, en mayo de 1938, escribe a la esposa que no se resigna a las penurias económicas que este sufre: "Julieta de mi corazón: Tu no debes llorar mas, tú has hecho ya demasiado y, además, debemos armamos de coraje, de ese coraje que nunca nos faltó para seguir luchando indefinidamente; nuestro destino es ese; Dios lo ha dispuesto así".
"No debes pedir nada a nadie; todos saben lo que nos pasa, pero se desentienden por tratarse de nosotros. Y así seguirá siendo. Si me permiten ir, yo arreglare todo de modo de poder cumplir mi resolución de no mezclarme en política interna y retirarme, oportunamente, a la vida privada, a un lugar lejano del extranjero. Yo ya no podre vivir tranquilamente en mi país, antes de que transcurran muchos años.
"He adelgazado algo, pero estoy perfectamente de salud. No te preocupes de mi situación, de todos modos esto no va a durar; si no me permiten ir en junio, iré lo mismo, definitivamente, a fin de año. Además, con Pablito hemos encontrado la forma de manejarnos con el dinero que tenemos y que consiste en ir, escondidamente, a comer a un restaurante de última clase. Pero no creas que comemos mal; la comida es excelente, la baratura viene de que cada uno se sirve a sí mismo... Por otro lado, estamos aquí en verano y los diplomáticos ya no hacen fiestas, empiezan a salir al campo y no volverán hasta agosto, lo que hasta esa fecha nos permitirá soportar esta vida; después será absolutamente imposible.
"Ponte alegre; tomemos la vida así. Pienso dedicarte mis Memorias, a ti que me acompañaste y sufriste conmigo, y a nuestra hijita que salvo mi archivo del saqueo que hicieron a nuestra casa...".
Más tarde, en vísperas de uno de sus viajes al Paraguay, le dirá: "Julieta querida: pensaba llevarles, a ti y a nuestra hijita, algún regalo, pero veo que sólo podre llevarles unos pares de medias de nylon...".
Los hechos demostraran después que Estigarribia no pudo cumplir su íntimo deseo de retirarse en paz y mantenerse ajeno a la política; en Asunción amaga de nuevo la anarquía; se cree que el único capaz de conjurarla será el glorioso jefe del Chaco, y Estigarribia, que nunca eludía responsabilidades, por mucho que le pesasen, acepta la Presidencia de la República sin trepidar, con la misma entereza y serenidad con que, el 21 de julio de 1938, asumió la responsabilidad de la firma del tan controvertido Tratado de Paz, Amistad y Límites con Bolivia.
Porque, ¿quién era el más indicado para hacerlo?, ¿quien, como el que fue su Comandante en Jefe, podría conocer las posibilidades de nuestro Ejercito, agotado tras tres años de titánica lucha, profundamente escindido en sus cuadros de jefes y oficiales que, de reiniciarse las hostilidades, se vería forzado a combatir fuera de su hábitat; desafiando los ignotos misterios de la montaña, a cientos de kilómetros de sus bases? Si sumamos a estas circunstancias adversas el hecho de que nuestro país había devuelto a Bolivia 16.825 soldados prisioneros y 349 oficiales y además había vendido a un agente extranjero parte de nuestro material de guerra, se nos hace fácil comprender la suprema renuncia que, ante la intransigencia boliviana, hace el jefe a territorio tan duramente reconquistado, en su afán de dar por terminado el secular litigio con Bolivia y lograr para el país unas fronteras definitivas que asegurasen la paz, esa paz fervientemente deseada por todos.
Dramática encrucijada la suya, en la que el firmar podría significarle la incomprensión e incluso el odio de muchos, de aquellos que no entienden razones, porque solo se dejan llevar por las pasiones políticas, y el no firmar podría acarrear de nuevo la guerra.
Estigarribia no duda y firma, quizá sabiendo en su fuero íntimo que, al hacerlo, se sacrificaba a sí mismo, por la conveniencia del país. Afronta la disyuntiva lacerante, porque tiene conciencia de ser el único con títulos suficientes para hacerlo, el único a quien, apaciguadas las pasiones, nunca se podrá enjuiciar. Porque nadie, de conciencia sana, podrá jamás dudar del patriotismo de quien se esforzó al máximo para conducirnos a la victoria; nadie, de conciencia recta, podrá cuestionar jamás la buena fe y el desinterés de quien vivió y murió desposeído de bienes materiales, pese a haber recuperado para el país la cuarta parte de su territorio; pese a haber sido la figura decisiva, el hombre clave, en momentos en que se definía el ser o no ser del Paraguay.
A cuatro décadas de su muerte, la ciudadanía aun no ha rendido a su Mariscal victorioso el tributo que le debe; urge, impostergablemente, como un deber de justicia y para no quedar ante el mundo como ingratos, que el gobierno y el pueblo todo, unidos en un mismo amor, en una misma gratitud, plasmen en la inmutabilidad del bronce o en la nobleza del mármol la imagen gigante de quien se dio íntegro al país, sin exigir nunca nada.

BIBLIOGRAFÍA

1. Archivo particular del Mariscal José Félix Estigarribia.
2. Archivo particular del Dr. Carlos Pastore.
3. Testimonios de veteranos. Afirmaciones del general (Raimundo Rolón), de la autora de este trabajo.
4. Afirmaciones del coronel Carlos J. Fernández en Testimonios de veteranos.
5. Afirmaciones del general Amancio Pampliega en la misma obra.
6. Estigarribia, el Soldado del Chaco, Justo Pastor Benítez.
7. Estigarribia, el gran desconocido, Graciela E. de Fernández.
8. La defensa del Chaco, Ángel F. Ríos.
9. La epopeya del Chaco, memorias de la Guerra del Chaco, del Mariscal José Félix Estigarribia.

FUENTES

Archivo particular del Mariscal José Félix Estigarribia.
Archivo particular de Carlos A. Pastore.

BIBLIOGRAFÍA SELECTA

- Justo Pastor BENITEZ, Estigarribia: soldado del Chaco, Buenos Aires-Asunción, Librería y Editorial Niza, 1958 (2da. Edic.), 140 pág.
- Graciela FERNANDEZ DE ESTIGARRIBIA, Estigarribia, el gran desconocido, Ed. Carlos Schauman, Asunción. "Ediciones del Cincuentenario de la Guerra del Chaco", 1983 (2a Edic.), 157 pág.
- José Félix ESTIGARRIBIA, La Epopeya del Chaco, Memorias de la Guerra del Chaco. Redacción y anotación de Pablo Max Insfrán, Asunción: Imprenta Nacional 1972, 375 pág.
- Ángel R, RIOS, La Defensa del Chaco: verdades y mentiras de una victoria, presentación de José Fernández Talavera, Asunción. Archivo del Liberalismo, 1989, 450 pág.
- Beatriz RODRIGUEZ-ALCALA, Testimonios veteranos: evocando la Guerra del Chaco, Testimonios del Coronel Carlos J. Fernández; del Gral. Amancio Pampliega; del Gral. Raimundo Rolón. Asunción. Comuneros, 1977, 608 pág.
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Fuente:
IV ÉPOCA – Nº 18
A CENTRE OF INTERNATIONAL PEN
EDICIÓN ESPECIAL
LA FUNCIÓN SOCIAL DE LA LITERATURA
EN EL PARAGUAY
Arandurã Editorial,
Asunción – Paraguay
Julio 2010 (199 páginas).
Amplio resumen de autores y obras
de la Literatura Paraguaya.
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lunes, 8 de marzo de 2010

REVISTA DEL PEN CLUB DEL PARAGUAY. POETAS - ENSAYISTAS - NARRADORES. IV ÉPOCA - Nº 04 / Octubre 2002.

REVISTA DEL PEN CLUB DEL PARAGUAY.
POETAS - ENSAYISTAS - NARRADORES.
IV ÉPOCA - Nº 04 / Octubre 2002,
Editorial Arandurã,
Asunción-Paraguay, 2002 (239 páginas)
.
Enlace al espacio del
en la GALERÍA DE LETRAS del

PALABRAS PRELIMINARES
El PEN Club se fundó en Londres en el año 1921 y de acuerdo a lo expresado por su fundadora, Catharine Amy Dawson Scott, fue con la finalidad de reunir a los escritores para intercambiar ideas sobre temas literarios de actualidad. Su primer presidente, el Premio Nobel John Galsworthy, manifestó que la creación tendía "a la comprensión internacional y la paz". Rápidamente la idea se extendió a otros países, y en la actualidad existen más de 100 centros en el mundo.
** En el punto 4 de los Estatutos del PEN Club se lee "el PEN defiende el principio de la trasmisión sin barreras del pensamiento, dentro de cada nación, así como entre las naciones. Sus miembros se comprometen a oponerse a toda forma de supresión de la libertad de expresión en el país y dentro de la comunidad a la cual pertenecen, así como en el ámbito mundial dondequiera que ello sea posible. El PEN se declara partidario de una prensa libre y se opone a la censura arbitraria en tiempos de paz. Cree que el avance necesario del mundo hacia formas políticas y económicas altamente organizadas hace que la libre crítica de los gobiernos, administraciones e instituciones sea imperativa. Y, puesto que la libertad implica restricción voluntaria, los miembros se comprometen a oponerse a los males de una prensa libre, tales como las publicaciones mendaces, la falsedad deliberada y la distorsión de los hechos con fines políticos y personales".
** El PEN Club del Paraguay se creó, según los datos orales que poseo, dentro de la década del 50, siendo uno de sus fundadores y presidente por muchos años el historiador Julio César Chaves. Desde entonces pasaron por el club numerosos escritores de renombre nacional e internacional, algunos como dirigentes, otros como contertulios de las siempre amenas reuniones que se realizaban en los sitos más variados y extravagantes, si se quiere, como "El Marino", que estaba ubicado en Tte. Fariña y 22 de Septiembre, "El Trigal" de Tacuary casi 25 de Mayo, el "Nick" donde nos refugiábamos a puertas cerradas cuando regía el Edicto.
** También fuimos huéspedes del Circolo Italiano, hasta que lo demolieron y por último la marejada de bohemios se asentó en el bar "San Roque ", que hasta el presente es el punto de referencia del PEN Club del Paraguay.
** Esta vida nómada es la que no permite poseer datos más precisos acerca de la historia de nuestro club en el Paraguay. Lo que sí hay de cierto es que en enero de 1977 se presentó al público el primer número de la revista del PEN Club del Paraguay dedicada a los Poetas, editada por el Fondo Editor Paraguayo; el segundo número los Ensayistas se presentó en abril de 1978, y el número tres los Narradores en diciembre de 1979, estos dos últimos a cargo de Ediciones "Comuneros" y todas ellas bajo la dirección de William Baecker, siendo presidente de la institución el Dr. Alejandro Marín Iglesias.
** En septiembre de 1984 se publicó el cuarto número de la revista, conteniendo trabajos de los poetas, ensayistas y narradores del club. Otros dos números de la revista, que no poseo, aparecieron entre 1988 y 1989.
** Durante los años posteriores decayó la actividad del PEN, hasta que el 7 de junio del año 2000, un grupo de escritores, todos ellos miembros de antiguo del club, decidieron reestructurarlo. Se convocó a una asamblea extraordinaria y se labró el acta correspondiente al reinicio de las actividades. Ocupó la presidencia el poeta Luis María Martínez, secundado por una comisión directiva deseosa por dar nuevos bríos al PEN Club del Paraguay, para lo cual se buscó y se encontró la forma de reiniciar la publicación de nuestra revista, cuyo cuarto número ofrecemos hoy.
** Este trabajo es resultado del entusiasmo de los socios que conforman nuestro club, quienes movidos por su interés en la literatura en general y la paraguaya, en particular, aportaron los trabajos que dan cuerpo a esta antología poco común, pues reúne en sus páginas a Poetas, Ensayistas y Narradores.
** El PEN Club del Paraguay es una asociación de hombres y mujeres que escriben y cuya participación en el quehacer cultural de nuestro país es destacada. La mayoría de sus socios mantiene un ritmo de publicación que hasta resulta sorprendente dadas las circunstancias adversas por la que atraviesa nuestra patria en lo referente a la economía, la cultura, la educación y en especial a la formación axiológica de la juventud.
** Sin embargo, no es nuestra intención reclamar nada en este momento y mucho menos solicitar ayuda. El PEN Club del Paraguay es autosuficiente para llevar a cabo sus emprendimientos, para buscar los recursos que exige la publicación de una obra como ésta que ponemos en manos de nuestros amigos, de las personas anónimas que de un modo silencioso apoyan al escritor paraguayo, en manos de quienes comprenden la necesidad imperativa de sacudir a nuestra sociedad del marasmo en que se encuentra y arrancar a la juventud de ese duermevela pasmado originario de la mediocridad sin esperanzas del entorno en que se desenvuelve, víctima de mezquindades ajenas, de la codicia voraz y el egoísmo destructivo a que nos arrojó el maridaje inescrupuloso de la ignorancia y la ambición.
** Una juventud que no lee es una juventud perdida y una juventud que no piensa está condenada a la aceptación sumisa o interesada de las mentiras del pasado y del presente.
** La literatura le ofrece, en la alternativa de sus variadas formas, la posibilidad de ejercer el derecho al pensamiento y a la crítica. Abre un nuevo surco donde puedan germinar ideas diferentes a las que se manejan a diario y permite al lector cruzar el jardín secreto del autor y descubrir en él las resonancias de sí mismo, identificándose con esa realidad ajena y propia, esa realidad humana y eterna que se encierra en toda obra de arte.
** El PEN Club del Paraguay alberga en su seno a hombres y mujeres disímiles y sin embargo, esta obra que se entrega a la opinión pública es la muestra fehaciente de la armonía que puede existir en medio de la diversidad de ideas, sentimientos, objetivos, sueños y deseos.
** El escritor es esencialmente un ser que sueña. Ni la erudición de un ensayó, ni el vuelo poético, ni la fuerza de un relato escapan a esta condición propia de la creación. Si no se sueña, es poco probable alcanzar la creación.
** Para concluir con este discurso, creo oportuno destacar la vocación del editor, don Cayetano Quattrocchi, quien a través de Arandurã Ediciones acompaña el trabajo creativo de tantos escritores que como nosotros, los componentes del PEN Club del Paraguay, le somos deudores de la posibilidad de ver el nacimiento de un nuevo hijo de la creación literaria, y ello se debe a que Cayetano es también un soñador, como otros, sin duda, sólo que él consigue que los sueños se vuelvan realidad.
AUGUSTO CASOLA Presidente del PEN Club del Paraguay Asunción, octubre de 2002

ÍNDICE
Palabras preliminares
POETAS
ACOSTA. Delfina: Después de mucho saludar / En Paraguay prohibieron
AYALA DE MICHELAGNOLI, Margot: Patria
BAECKER, William: Ese instante / Apenas una lágrima / Juego sin final
BAREIRO SAGUIER, Rubén: Lluvia
CABALLERO FIGÚN, Miguel: La lira perdida
CARMAGNOLA, Gladys: En la fila / ¿Por qué? / Antes de que me vaya / Cáscara
CASARTELLI, Víctor: Recuerdo
CASOLA, Augusto: Lapachos / Tus ojos / Pregunta
CHAVES, Raquel: El corazón de lo real / Tarde cruel / Casi soneto
DELGADO, Susy: Allá van
FERRER, Renée: XIX / IX
GONZÁLEZ CANALE, Aurelio
LÓPEZ Nila: Tiempo, luz, infinito
MARTÍNEZ, Luis María: Mucha España / ¿El Verso, el verso? / Escritor
PISTILLI, Fernando: Amigo / Asunción / Mar muerto / Un café en Jerusalem
RAUSKIN, J.A.: Fin de un verano / El refugio / Noche nuestra / En el idioma de la lluvia
RIVAROLA, Domingo: Remembranzas / Espera

ENSAYISTAS
DE PAULA GOMES, Abelardo: “Los sertones" (os sertões), centenario de un clásico de iberoamerica
KASAMATSU, Emi: Recogiendo silencios, el lenguaje de las mujeres
MARTINEZ, Luis María: Deodoro Roca, Pensador de América
RODRIGUEZ ALCALÁ DE GONZÁLEZ ODDONE, BEATRIZ: Dos Mariscales

NARRADORES
ARGÜELLO, Manuel E.B.: ¿Apenas un sueño?
AYALA DE MICHELAGNOLI, Margot: La casa de la calle Estrella N° 33
BAREIRO SAGUIER, Rubén: De como el tío Emilio ganó la vida perdurable
CASOLA, Augusto: La jarra de limonada
DELGADO, Susy: La canción de la abuela
FERRER, Renée: El ovillo
GONZÁLEZ REAL, Osvaldo: El mesías postergado
PÉREZ CÁCERES, Lita: El secreto de Sara Quinlan
PÉREZ-MARICEVICH, Francisco: El encuentro

.
POETAS
MIGUEL ANGEL CABALLERO FIGÚN
LA LIRA PERDIDA
a la memoria de mi gran amigo
y compañero Raimundo Careaga

Te has ido como un río
a hendir el viento de algún mar profundo.
Nos dejaste el vacío,
tu pensamiento impío
partió para buscar un nuevo mundo.

Mi lira está perdida,
quedó sin la presencia del ensueño.
La música sin vida
con su clave escondida
se desmayó en la claridad del sueño.

Estás tomando un vino
con Marx, con Engels, con el Che Guevara.
Qué raro es el destino
terrible desatino
que tu lumbre en la noche nos restara.

Sonó la guerra un día,
fulminados los soles de Febrero.
Después un
mediodía
tu mano con la mía
encontraron su esencia en el acero.

Tus cenizas, hermano,
han vuelto ya sin odio al alter ego.
El Yvaga profano,
un lirio en cada mano
y un verde eterno que nació en el fuego.

Encontraste en la nada
los confines geométricos del cielo.
Después tu llamarada,
tu centella imantada
atraparon mis sombras en su vuelo.

Me cuesta, compañero
encontrar las palabras del delirio.
Tu verbo está primero
eterno prisionero,
clavel rojo teñido en el martirio.

Por fin tu voz y el viento
rasgando el éter y el amor divino.
Oculto está el momento,
lejos el pensamiento
y muy cerca de ti mi antiguo vino.


AURELIO GONZÁLEZ CANALE
Voy a mantenerme siempre en tu corazón
para nunca volver atrás
me hice un juramento ante Dios
que el paso dado contigo
es para siempre

yo sé de dolores... sé de la vigilia del marinero,
también sé que el barco no siempre
vuelve a las mismas aguas

¡fui por mucho tiempo peregrino del amor!

avivé muchos sueños; alguna vez me dañaron el alma...

te ganaré el corazón para no devolverte más.
Santander (España) 2000
Así son las cosas de la vida
tienen sus estaciones y el invierno llega

pero siempre será primavera
porque en mi corazón... tus cartas,
las servilletas con dedicatorias,
las flores secas dentro de algún libro viejo,
los besos bajo la lluvia...
¡son vidas que hacen a la vida!

y, llega el invierno con su paisaje
algo triste, algo ausente...

pero tú eres mi primavera
porque tus cartas están vivas y perfumadas
debajo de mi almohada.
Las Palmas (España) 2000

Si por el azar de la vida no puedas cumplir tus sueños
yo los voy a despertar en mi vida dando así más corazón a mis sueños

no será fácil...
tus alas son de mar y tus ilusiones, pecho de paloma
y tu abrazo, ¡primavera pura!

¡quién pudiera tener tus ojos y tus labios, manjares de amor!

... en mi vida, tus sueños que ya son mis sueños
San Sebastián (España) 2000

Quiero quererte como tú me quieres
quiero que me quieras como yo te quiero

sin que tú me niegues la ilusión
sin que yo te niegue los sueños
sí, dándome un itinerario de amor seguro
sí, dándote un hogar con muchas ventanas

-¡quiero quererte como tú me quieres
que me quieras como yo te quiero!

-¡ ... sí, brindar, en la noche,
con lágrimas de alegría...
una emoción de ternura, de eternidad!
San Ignacio de Loyola (España) 2000
Para José-Luis Appleyard

Era de mayo,
era mi amigo
y amaba vivir.
Le gustaban tantas cosas,
le gustaba cómo suena un vaso de bon vino,
aunque tomaba vinos malos
encorchados y marcados varias veces,
por eso yo no lo acompañaba.
Odiaba las mañanas y tenía mal carácter
-era poeta-
pero amaba las siestas y las primas.
Veía telenovelas y almorzaba con Mirtha Legrand,
una parte suya siempre quiso actuar.
Amaba las violetas, por su sencillez decía,
aunque yo creo que por las de Madrid
y por Casilda.
Mi madre y Pilar dicen que nunca vieron
manos más bellas.
Monologaba con sus fotos de juventud
de un amor y una playa muy lejanos.
También plantó un árbol y tuvo un hijo.
Le gustaban las rosas y el lazo
a mí sólo me gusta la rosa,
pero eso no nos distanciaba.
Los viernes
las diez como hora
el San Roque, una mesa
los Plá, William, mis padres,
Víctor y sus olvidos,
los amigos recordados,
los cañonazos,
las anécdotas,
su corona rota por ser cerrista,
-¡qué triste nunca me vencía!-
el ciprés,
las palabras,
las palabras siempre
y esa eterna Vagabunda
de silencios compartidos.
Luego un taxi y el lugar
que más tardara en cerrar.
Cada marzo le ganábamos una hora a la vida.
Editamos un libro, ganó un premio y perdimos dinero.

Es febrero,
los periódicos cuentan que murió el poeta,
el poeta está vivo.
Yo les cuento que se me murió mi amigo.

ASUNCIÓN
Me han robado Asunción.
Me han robado su día,
con sus máquinas feroces
me la han quitado,
y sólo quiero
recorrerla en silencio,
doblar sus esquinas
dejarla ser en sus muros
los amantes nocturnos
que buscan transgredir
el ruido hipócrita
de una ciudad que muere
en sus torres nuevas.
Por eso,
la camino de noche
-cuando es mía-
a lo largo y a lo ancho,
la subo, la bajo y la cruzo
siete veces.
Camino
sus veredas irregulares
donde ya no hay naranjos,
donde ya no hay flores
pero siento el olor intenso
-imaginario o imaginado-
de jazmines,
en el asfalto aún tibio
por el sol de temprano.
La voz caminando,
y cuando empieza
a llegar la mañana
parto la Oliva
y me siento entre 14 y 15
a esperar un colectivo,
que también recuerda
la ciudad que amo
y se va quedando
en estos versos
. ya lejanos.

MAR MUERTA
Cálido mar
de sal muerto muerto
de sal.
Cálido mar
que me flotas
te floto
y en mi cuerpo
dibujas,
blancos caminos
antes no vistos.
Cálido mar
aquí a cuatrocientos
metros de otros mares,
Mar -de sal- muerto
yo -de sal- vivo.

ENSAYO
BEATRIZ RODRÍGUEZ ALCALÁ DE GONZÁLEZ ODDONE
DOS MARISCALES
** Nada más apasionante, para quien investiga la historia de un pueblo, que trazar paralelos entre sus figuras cumbres que ayuden a comprender las distintas épocas y circunstancias que, en cierta manera, condicionaron sus respectivas conductas y, por ende, el devenir de la nación, sin olvidar la incidencia que en las mismas pudo haber tenido la índole personal de los protagonistas.
** Basta asomarse a la historia de nuestro país para sufrir de inmediato el fuerte impacto de sus dos mariscales que asignaron etapas cruciales de la vida nacional y encarnaron la defensa.
Anímicamente opuestos entre sí, José Félix Estigarribia comprende desde niño que los logros exigen sacrificio y disciplina. En sus deseos de superación, abandona el humilde hogar paterno de Caraguatay para ingresar a la Escuela de Agricultura de Trinidad, de donde luego egresará ocupando el primer puesto de su promoción.
** La carencia de medios para montar un establecimiento agrícola lo impulsa a proseguir el bachillerato en Asunción. Para ello, deberá ayudarse económicamente con el magro salario de un empleo que desempeña en los tribunales.
** Durante esos años -1906/1908- reside en Trinidad, desde donde viaja diariamente a la capital en el tren de las seis de la mañana.
** Pero esta etapa de su vida es bruscamente interrumpida por la revolución de 1908, a la que nuestro joven estudiante adhiere con todo el fervor de su juventud idealista.
** Y si bien este golpe tiene por secuelas la anarquía y el atraso, podemos afirmar que para el país fue providencial, ya que, merced a él, el futuro vindicador del Chaco y del honor nacional abandonará definitivamente el agro para ingresar al Ejército. Más tarde, cuando el ambicioso coronel Albino Jara deponga de la Primera Magistratura a don Manuel Gondra, y se vea envuelto en nuevas luchas civiles, que le costarán la vida en Paraguarí, Estigarribia, oficial de las fuerzas gubernativas, será herido en Estero Bonete. Posteriormente, tras su recuperación, por orden del Gobierno viajará a Chile para continuar sus estudios.
** La dura experiencia vivida lo incita a hacer un juramento íntimo que habrá de ser norma de toda su vida: el de no sublevarse jamás y ser siempre leal al gobierno establecido.
***
** Por su parte, Francisco Solano López, si bien durante su infancia se vio reducido al ostracismo impuesto por el dictador Francia a su familia, desde muy joven gozó de los halagos de la fortuna y del poder, al ser electo su padre Primer Presidente Constitucional del Paraguay en 1844.
** General de la nación a los diez años de edad, Solano López realiza tiempo después una larga gira por Europa, representando a su egregio padre. El lujo y el confort rodean su vida; se trata con europeos ilustres e incluso tiene acceso a Napoleón III, cuya fuerte personalidad lo impacta vivamente.
** Todo ese boato y refinamiento signarán definitivamente su temperamento apasionado, proclive a la sensualidad. Cuando regrese, no lo hará sin traer consigo los muebles más finos, los adornos más exquisitos. Posteriormente, se hará construir un suntuoso palacio, en una ciudad de casas modestas y arenosas calzadas.
** Tampoco dudará en importar una bella y desprejuiciada amante y la impondrá a una sociedad austera y tradicional, profundamente arraigada a sus principios morales y religiosos, que nunca transigirá de buen grado con ella.
***.
*** Estigarribia también vivió unos años en Europa, pero su vida fue de contracción al estudio y disciplina. Aventajado alumno de la Escuela Superior de Guerra de París, mereció honrosas distinciones de su director, general Hering, y fue recibido en su casa por el Mariscal Foch, quien lo distinguió con su amistad.
** Ya en aquellos años su obsesión era el Chaco; así lo afirma en sus Memorias el capitán José A. Bozzano, que lo visitó en París. Ansioso de aprender, Estigarribia absorbía cultura por todos los poros. A su gran amigo, el hoy coronel Carlos J. Fernández, le escribía: "Yo no creo que valga la pena enviar jefes a Europa para copiar programas de instrucción y hacer crónicas de fiestas. Yo voy a prepararme al máximo, lo estoy haciendo, en las altas técnicas, lo que es imposible hacer en nuestro país; nadie, en igualdad de condiciones, lo prometo, hará en Europa más que yo". El futuro gran estratega se halla en la fragua; de ella saldrá sereno, maduro, seguro de sí, listo para emprender la gran hazaña.
***.
** Francisco Solano López cosechará laureles en la Argentina, interviniendo brillantemente, en 1.859, en un conflicto interno. Años después, su excesiva autovaloración le hará olvidar el tino y la mesura empleados en sus gestiones con Mitre y Urquiza, y declarará la guerra al Brasil y luego a la Argentina, sin detenerse a analizar con calma las consecuencias de su actitud para el progresista país que le legara su padre.
** Es que López, por su temperamento, jamás se hubiese avenido a escribir una historia pequeña; su vida toda estaba signada por el gigantismo. La bebió a grandes sorbos, sin arredrarse ante la prisa que hace más próximo el final.
** Nada en su vida fue pequeño; ni sus amores, ni sus odios, ni la ambición, ni ese orgullo férreo que lo sostuvo hasta el final. Hasta su muerte, fue una muerte a su medida; de haber muerto de muerte natural, el Mariscal de Hierro no sería hoy para su pueblo uno de sus más grandes héroes, símbolo del holocausto de toda una generación, que bien pudo haber hecho suya la antológica frase: "En mi fin está mi comienzo".
***.
** El Mariscal del Chaco, su antítesis humana, es un hombre mesurado y modesto. Nada en él, a primera vista, hace intuir al genio militar que habrá de redimir al país de humillaciones y derrotismo, imprimiendo un cauce nuevo a la vida nacional.
** Su proceder jamás será tributario de impulsos temperamentales; su sabia estrategia tendrá por fundamento la más pura técnica militar; todo lo que haga y decida será siempre el resultado de largas, concienzudas cavilaciones. No es un carismático que enfervoriza las multitudes, pero su brillante conducción se irá ganando el respeto y la adhesión incondicional de su ejército, al que conducirá a una aplastante victoria.
***.
** Francisco Solano López amaba los golpes de audacia, las acciones espectaculares, que a costa de muchas vidas, las más de las veces, sólo lograban pequeños triunfos -la captura de algunas piezas de artillería o una simple bandera enemiga-, que para nada incidían en el resultado final. Ejemplos de ello: el ataque a las fortificaciones de Tuyutí, el 3 de noviembre de 1867, y la batalla de Rubio Ñu, en que fueron inútilmente sacrificados cerca de tres mil niños, cuando tanto pudieron haber dado de sí, posteriormente, en la dura, tremenda etapa de la reconstrucción nacional.
***.
** Estigarribia busca el aniquilamiento de las fuerzas enemigas y no sacrifica estérilmente hombres en gloriosas e inocuas acciones; sus golpes locales son certeros y siempre convergen a un fin. Ataca o contraataca, adaptándose al estilo del contendor; emplea el "corralito", en el que sus comandos y tropas se hicieron expertos, cuando las condiciones del terreno lo permiten. Su lema es "mientras estemos unidos seremos invencibles". No disgrega sus fuerzas; por el contrario, las concentra para sus grandes acciones y logra así triunfos memorables.
** Sabe adentrarse en la psiquis del enemigo y cuando éste no esperaría una reacción de nuestra parte, por la difícil situación de nuestras tropas, lo sorprende violentamente en El Carmen, logrando una de las victorias decisivas de la guerra, al más bajo costo en vidas para nosotros.
** Consecuencia de El Carmen será la asombrosa marcha hacia Yrendagüe y la posterior captura de sus pozos, lo que provocará el aniquilamiento de todo un cuerpo de Ejército enemigo.
** Si los triunfos no lo vuelven eufóricos, tampoco le desmoraliza ni enfurece la derrota. Su calma imperturbable infunde optimismo y confianza a los suyos, impulsándolos a las más arriesgadas acciones.
** Ecuánime, concreto, hábil para elegir a los ejecutores de sus planes en misiones determinadas, da oportunidad a que se le hagan sugerencias, sin dejarse influir por las rivalidades que pueden existir entre sus subalternos. Sus instrucciones, traducidas en órdenes, son concisas, pero dejan margen a las iniciativas de sus subordinados.
** Nada más lejos de él que el autócrata; jamás ejercerá el mando con arbitrariedad ni apelará el terror para hacer valer su autoridad. En tres años de guerra no firmará una sola orden de fusilamiento, y a quienes pretendan que lo haga, les dirá: "¡Pobres muchachos, pasan tantas penurias y miserias que, posiblemente, yo a su edad y en sus circunstancias también hubiese sido desertor!".
** Cuando tras el revés de Strongest el capitán de Aviación Isidro Jara le da el informe, no tiene una sola palabra de reproche para nadie, pese a haber planeado concienzudamente la maniobra que pudo ser brillante, de no haber fracasado sus comandos: "Capitán Jara -dice-, agradezco y felicito a su escuadrilla. Transmita usted mi profundo reconocimiento a toda la tripulación que, participó en la acción; el capitán Joel Estigarribia hizo lo imposible y pasa como el mimado de la historia de esta batalla".
***.
** En circunstancias similares, López declarará traidor al coronel Francisco Martínez, héroe de Humaitá, de Isla Poí y otras acciones; tratará de forzar, por medio de horribles torturas, a su joven esposa a abjurar de él, y al no lograrlo, la hará ejecutar, ingresando así a nuestra historia Juliana Insfrán de Martínez como el más acabado ejemplo de coraje, amor y fidelidad conyugal.
** Suspicaz y desconfiado por su naturaleza, Solano López se sentía acosado por la traición; esta obsesión, agudizada a medida que sus circunstancias se hacen más y más perentorias, costará las vidas de sus hermanos Benigno, del obispo Palacios, de su cuñado el general Barrios, del canciller José Berges, de Pancha Garmendia y de muchos otros, en los tristemente famosos Tribunales de Sangre.
***.
** Patriota hasta la médula, Estigarribia no buscó ventajas materiales en el ejercicio de sus altos cargos. Cuando la muerte lo sorprendió -¡él que al frente de su ejército había recuperado para el país la cuarta parte de su territorio!- no tenía un solo palmo de tierra propia: los pocos bienes de su familia pertenecían a su esposa.
***.
** Finalizada la guerra de la Triple Alianza, Elisa Lynch intentará reivindicar para sí y sus hijos el cuantioso legado de su otrora poderoso amante, en el que se incluían, entre otros muchos bienes, ¡cuatro mil leguas de nuestro devastado territorio...!
***.
** Dos hombres diferentes; dos opuestos destinos. Y el mismo pueblo, valiente y sufrido, que seis décadas más tarde, bajo la conducción de un estratega genial, colmaría de laureles la humillada frente de la Patria.

NARRADORES
MARGOT AYALA DE MICHELAGNOLI
LA CASA DE LA CALLE ESTRELLA N° 33
** La fachada de principio del siglo "art-decor" altas y pesadas puertas en madera esculpida, el llamador, el buzón y los tiradores en bronce, balcones de hierro forjado.
** Quedé largo tiempo embelesada mirándola, desperté del hechizo, me aproximé al picaporte, lo giré temerosa: cedió sin esfuerzos, sorprendida me hallé en medio de un zaguán, donde parecía circular un aire frío, el rumor de la calle se apagó.
** Permanecí quieta en la penumbra porque escuché a través de la puerta que daba a la calzada, ruidos de cascos, al parecer de una carroza... luego reinó el silencio.
** Cuando mis ojos se habituaron a la oscuridad, vi los pisos de mosaicos con arabescos, las paredes revestidas de mayólicas en colores brillantes, el alto techo con rebordes de yeso, y en el cielo raso querubines y guirnaldas.
** Una puerta cancel dejaba pasar la luz a través de unos cristales opacos con iniciales en letra gótica.
** Me introduje a un patio embaldosado, el aljibe de mármol blanco se destacaba desamparado, mientras una enredadera de jazmín nácar surgía como flor exótica entre el espacio de una baldosa rota, y se enroscaba a la roldana temerosa de violar con su aroma vivo, el sitio desolado.
** Triángulo de misterio y silencio rodeaba el entorno; un escalofrío me recorrió; pensé retroceder, y al moverme lo hice hacia adelante...
** Una escalera con peldaños vacilantes nacía en el corredor: me aproximé con pasos dudosos y subí lentamente. Me hallé frente a un "hall" de dimensiones insospechadas; un vitral de forma circular con cristales de diversos colores proyectaba extrañas luces.
** Quedé deslumbrada y pensé azorada que esta misteriosa casa señorial y fuera del tiempo, debió pertenecer a una familia importante; varias habitaciones daban sobre el mismo patio; la quietud era total y las puertas estaban cerradas, dudando golpeé unas y otras; la última la hallé entornada, empujé con cautela y el corazón palpitando; una vez dentro me pareció amigable, el ambiente trajo algo borroso a la memoria.
** Las ventanas altas y agobiantes sin visillos, impersonales y frías, una biblioteca con libros descomunales y polvorientos llamaron mi atención; no por su tamaño sino por sus bordes labrados en bronce. Agucé la mirada y descubrí un lúgubre escritorio, y sentado frente a él a un hombre, que se incorporó al verme y me miró sin sorpresa como si me esperara.
** Era de mediana estatura pobremente trajeado de negro, con distinción en el porte, disculpándose no sé de qué.
** Me observaba con ojos esquivos, vacilantes y sonrisa de caballero antiguo, comprendí en su actitud que algo lo turbaba, traté de disipar su confusión con un saludo que quiso ser cordial.
** Un creciente terror me iba poseyendo y tomando una súbita decisión huí como una exhalación sin despedirme, a mis espaldas escuché un grito angustioso... lo escuché o lo imaginé...
** Ya en la calle, inmersa en la confusión de pensamientos y extraños sucesos, regresé a casa, perdida la noción del tiempo.
** Durante días y días me asoló el vértigo de la pesadilla. Después de unas semanas, ya repuesta del pánico, decidí hacer una nueva incursión a la misteriosa casa de la calle Estrella N° 33.
** Recorrí innumerables veces la cuadra sin hallar rastro, pregunté a antiguos residentes, inútil; entonces recurrí al Registro de Propiedad de la Ciudad de Asunción Antigua, sin respuesta. No logré pista alguna de que hubiera jamás existido una casa en la calle Estrella 33.
** La desnudez insólita de lo sobrenatural me arrinconó hacia las fronteras de lo desconocido. ¿Había realmente orillado la cuarta dimensión insertándome en otro siglo o era la alucinación de una incipiente locura?
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