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sábado, 23 de enero de 2010

EL CUARTO BALAZO Autor: BERNARDO NERI FARINA / Tercera Mención Concurso de Cuentos "ELENA AMMATUNA" 2009

EL CUARTO BALAZO
Seudónimo: TESTANOVA
Tercera Mención Concurso de Cuentos
"ELENA AMMATUNA" 2009
Autor:
BERNARDO NERI FARINA
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
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** Tengo más años que un siglo. Algunas veces pienso que la muerte se olvidó de mí y me dejó viviendo en esta inercia sedosa, en esta extrema vejez en la que el tiempo es una lenta marcha hacia ninguna parte.
** Mi pasado es cada vez más constante en mi exagerado presente. Vivir en la senectud es caminar en círculos sin acercarse mucho a ese horizonte vago que es el futuro. Me es difícil avanzar. Entonces, retrocedo a mi infancia, allá por el mil novecientos, desde donde observo a este siglo XXI en el que la gente se comunica más, se entiende menos y se queja de la inseguridad.
** Desde esta centuria bisoña oteo el camino que hollé en tantas décadas. Ser desmesuradamente viejo me permite ver la vida desde dos perspectivas.
** Mi mente se introduce en laberintos inacabables. Oigo sonidos familiares, conversaciones sordinadas, risas, llantos. Truenos, cañonazos, el letal recado de las armas automáticas. Todo parece tan real. La crueldad de los barrotes, el alarido en el suplicio, las voces de mando, las órdenes fatales. El tren que pita al irse. El estrépito. El grito. El silencio atronador que sucede al horror.
** Nací en una Asunción pasmada de pobreza a finales del siglo XIX. Una ciudad terrosa, de olores rancios que venían de lejos, de taperas erectas en el yuyal.
** Asunción andaba al compás cadencioso de los bueyes famélicos. Era un transitar impreciso, como el de quien tantea el terreno para no pisar en falso. Vacilante, como el de quien tuviera inyectada en sus talones la pereza interminable de la derrota. Asunción, la aldea derrotada en aquella Guerra Grande cuyos ecos no cesaban.
** Las calles eran sendas de soledad intermitente. Trochas hostiles para los pies sólo cubiertos con la cruda piel de la plantilla, blindaje de costra callosa ante el filo de las piedras y el espoleo de las espinas.
** Esas calles sostenían el elástico andar de las mujeres, cuyos cuerpos menudos se esfumaban en sus enaguas de reflejos deslucidos. Con sus rebozos negros sobre el pelo enmarañado, contenido y continente eran un todo indiviso. Mujeres. Hijas bastardas ellas. Bastardas de guerra, procreadoras de bastardos de paz.
** Pero la paz tampoco germinaba entre esos sobrevivientes atizados por una violencia que latigaba a la mansedumbre. La calma sufría la permanente irrupción de rudezas viriles. De estallidos de hombres que veían en el conflicto la razón de su entidad y el corolario irremediable de su ocio. A la guerra con los enemigos del exterior sucedieron las guerras internas que instalaron la miseria material y moral. Y expandieron el luto como banderas desplegadas al galope de los caballos ante la descarga fatídica de la fusilería.
** Yo fui hijo bastardo. No conocí a mi padre. Ni me hizo falta. Mi madre me dio el cobijo que yo necesitaba. Me alimentó y me abrigó en aquella casa de paredes francesas cuya tripa de picanillas asomaba entre las úlceras expuestas del adobe. Era su única posesión. Mi abuela la había ocupado a su regreso del peregrinar de las Residentas. Y nadie le reclamó nada después.
** Era una construcción rústica pero sólida. Unos horcones macizos sostenían el techo de paja sabiamente entramada. Jamás goteó dentro en las tormentas. Nuestro rancho servía de refugio a los vecinos cuando la tempestad se abatía con una furia que hacía trepidar de miedo. En esos momentos, mi madre echaba trocitos de palma sagrada y reseca sobre el brasero y entre el humo picante rezaba el Bendito y alabado, lanzando potentes clamores al espacio. Las vecinas guarecidas la secundaban en su vociferante oración.
** Los más pequeños, acurrucados en los catres, nos tapábamos los oídos cuando el destello vivaz del cielo anunciaba el inmediato detonar del trueno. El susto y la curiosidad nos mantenían atentos. Yo vigilaba las reacciones de mis vecinitos. No les permitía ni llorar por temor ni reírse por lo que fuere. Todos debíamos permanecer callados. Así lo quería yo sin saber siquiera por qué.
** No logro recordar cómo me separé de mamá. Ni su muerte, ni cuándo me fui de aquella casa en la que mi niñez se vistió con la felicidad posible. Es raro.
** Entre brumas se me viene la imagen del capitán Odón Samudio, seguidor del coronel Chirife en la revolución del 22, quien me enroló en las filas levantiscas.
** Y estremecido por el tableteo de una ametralladora, vuelvo a sentir el dolor caliente de aquel balazo en Ka'i Puente, hasta donde habíamos llegado tras ser derrotados en Asunción. Y la fiebre. Y el delirio en la agonía. Y aquel enfermero oriundo de la asuncena loma San Jerónimo que me decía que viviría; que si me reponía mi existencia sería muy larga.
** Me recuperé ya con la revolución perdida. Con nuestro jefe, el coronel Adolfo Chirife, muerto en Ytakyry de una enfermedad que le afectó los pulmones.
** Con el gobierno constitucional de Eligio Ayala vino un tiempo de calma. Trabajé como asistente de un acopiador de frutos del país con quien aprendí el arte del regateo. Junté un capital y yo también me hice acopiador y exportador.
** Durante la guerra del Chaco me asignaron a la Comisión de Comercio que trabajaba con la Junta de Aprovisionamiento. En el 36, con la revolución de Smith que puso en la presidencia al coronel Rafael Franco, caí en desgracia. Me acusaron de liberal y confiscaron mis bienes. Sobreviví apenas con un almacén en Loma Cachinga, donde recalaban bohemios y conspiradores. Mi instinto de comerciante hizo que luego del contragolpe de agosto del 37, ya sin el acoso del Gobierno, volviera a acumular algún dinero.
** Ya cuarentón me casé con Gregoria, hija de Eugenio Narváez, el español que atendía un almacén muy bien surtido frente al puerto.
** El 7 de marzo del 47 volví a ver la mueca de la muerte. A las 10 de la mañana estaba yo para renovar mis documentos en Identificaciones de la Policía, cuando civiles armados irrumpieron baleando. Dos oficiales cayeron. Vi rodar a un anciano azotado por una ráfaga. Otro civil, Giménez Gamón, con quien me hallaba conversando, murió en el instante en que una bayoneta le traspasó el pecho. Ahí padecí de nuevo la punzada ardiente de un balazo. Desperté no sé cuántos días después en el Hospital Militar. Gregoria me contó luego que el médico que me operó le dijo que yo resistiría a la herida. Su marido podrá vivir todo lo que quiera, fue lo que escuchó mi esposa.
** En el 47 no tuve problemas porque varios caudillos pynandí eran de mi barrio; clientes a quienes fiaba mortadela, galleta y caña.
** En tiempos de Stroessner fui apresado y torturado. Me acusaron de epifanista por haber conversado alguna vez con Epifanio Méndez Fleitas. Me liberaron gracias a unos amigos colorados acreedores de antiguos favores de mi parte.
** Para rehacerme financieramente me dediqué al contrabando desde Clorinda a donde viajaba diariamente en una canoa bamboleante. Varias veces sufrimos mis compañeros y yo el acoso de los gendarmes argentinos. En mi último viaje, advertí otra vez el ardor de un proyectil. Un gendarme me había enfocado en su mira. No falló. Sentí que se me astillaban los huesos del hombro. Don Pedrina, el canoero, amplificó sus músculos y su bote atravesó ágil los sinuosos penachos del agua rumbo a Varadero. En el Hospital de Clínicas me devolvieron a la vida.
** Historias. La inseguridad entre mil albures. Tantas vicisitudes se me agolpan en la mente.
** De nuevo me llegan voces nítidas. Inmóvil, tal como gasto el tiempo aquí en mi cuarto mirando sin ver a través de la ventana, oigo llantos, gritos, disparos, alaridos. Todo me parece tan real. La puerta. El estrépito. Aquellos hombres que irrumpen.
** -Qué hacemos con este viejo.
** -Sacudile un tiro.
** El comisario Flores miró a su alrededor con espanto. Los asaltantes habían actuado con una ferocidad descomunal. Mataron a la empleada doméstica, a la dueña de casa, a otra mujer que estaba de visita y al abuelo. Un anciano al que el oficial reconoció como quien había aparecido días atrás en un artículo periodístico que le dedicaron por sus 105 años de edad. "Pareciera que la muerte se olvidó de mí", recordó Flores que declaró el viejo tras narrar que cruzó el centenario pese a que en tres ocasiones otros tantos balazos le pusieron al borde de la frontera final. Ahora, el cuarto balazo había sido letal.
** El oficial abrió su agenda y, vislumbrando que la tragedia originaría una nueva andanada de quejas de la gente por la inseguridad reinante en los últimos tiempos, escribió, previo a consignar los datos, la fecha de la masacre: 2 de setiembre del 2003.
Fuente: PREMIO “ELENA AMMATUNA” DE CUENTO CORTO 2009 (3ª EDICIÓN). De esta edición © Lazos de Cultura Elena Ammatuna © Arandurã Editorial. Asunción-Paraguay, 2009

PERDIDOS Autor: JUAN DE URRAZA / Segunda Mención Concurso de Cuentos "ELENA AMMATUNA" 2009

PERDIDOS
Seudónimo: HOPPER
Segunda Mención Concurso de Cuentos
"ELENA AMMATUNA" 2009
Autor:
JUAN DE URRAZA
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )


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** Mike e Ivanna surcaban la autopista en su camioneta rumbo a la playa, buscando pasar un fin de semana tranquilos, lejos del ruido de la gran ciudad, junto con sus dos hijos: Mike Jr., de 7 años, y Erika, de apenas unos meses de edad, la cual dormía cómodamente en su baby seat.
** Habían partido dos horas atrás, pero aún les esperaba un largo recorrido. Junior, por su parte, daba signos de impaciencia, preguntan do cada dos minutos si ya faltaba poco tiempo, por qué no llegaban aún, si podían comprar algo para tomar, si podían parar para hacer pipí.
** -¡Antes de salir te llevé al baño y no quisiste hacer nada! -lo regañó la madre-. ¡Ahora te aguantás!
** El niño entonces se puso a llorar encaprichado.
** -¡Quiero parar! ¡Quiero hacer pipí! ¡Pipí! - gritó mientras pateaba el asiento del conductor con fuerza.
** -¡Si no te callas ahora mismo te enviaré a casa de nuevo en un taxi! -le gritó el padre, disgustado, carente de paciencia, y volteando hacia el niño con el rostro severo.
** Al volver la mirada al frente, se encontró con un camión que iba a baja velocidad y que había cambiado de carril, ya, prácticamente sobre ellos. Erika y Junior gritaron asustados, y él apenas logró realizar una maniobra hacia la derecha, rozando el enorme vehículo, y pasando entre otros dos automóviles casi de milagro. Su hijo y esposa lloraban del susto, sintiendo que les faltaba la respiración. Él necesitó unos momentos para calmarse y aclarar las ideas, espantando el susto de su mente.
** -¿Ves lo que pasa? -le espetó seguidamente al crío-. ¡Cállate hasta que lleguemos a una gasolinera!
** El niño simplemente se mantuvo en silencio, así como la madre. Cada uno se quedó pensando, casi contemplativo, respecto a lo poco que les faltó para morir allí mismo. El padre pensó que era en parte su culpa, por distraerse, en parte responsabilidad del camión, por cambiar de carril sin señalizar su intención, y en parte de su hijo, que estaba insoportable... De todos modos, nadie volvió a emitir palabra hasta que encontraron un desvío y bajaron a una estación de servicio un poco más adelante, al costado de la carretera.
** Estacionaron el vehículo junto al expendedor de combustible. El padre se bajó, aún nervioso, y se dispuso a llenar el tanque. La madre acompañó a Junior rumbo a la tienda.
** -Bueno, vamos al baño de una vez. -le dijo.
** -Pero yo ya no tengo ganas... -murmuró el niño-. De repente se me fueron.
** -¡No me importa! -le respondió la madre-. De todos modos harás pis, ya que tanto pediste ¡O si no empezarás de nuevo a molestar cuando nos subamos al carro!
** El padre terminó de cargar combustible, y se fue con intención de pagar en la caja, dentro del local. Abrió la puerta, y escuchó detrás suyo el grito de su esposa:
** -¡Mike! ¿Tú llevaste a Erika contigo?
** Él volteó: -No, no la saqué del auto -le respondió.
** -¡Ella no está aquí! -se alarmó la madre, gritando desde el vehículo-. ¡No está!
** -¡No es posible! -exclamó el padre, regresando-. Yo estuve todo el tiempo junto al vehículo, y nadie se acercó a él, es imposible que la hayan tomado, a pocos pasos de distancia de mí.
** -¡Mira! -Le mostró la esposa el interior del auto, con el baby seat vacío.
** Mike levantó la mirada, y no vio a nadie en los alrededores. Sólo estaba el cuidador de la gasolinera, que se hallaba dentro de la tienda. Del otro lado de la ruta había un hotel, muy venido a menos, y un viejo semidormido en la puerta, recostado sobre una reposera.
** El hombre corrió adentro de la tienda a preguntar al personal si había visto algo desde la ventana. Éste lo miró pero no emitió palabra. Sólo se quedó por unos segundos observándolo de frente, resopló, y luego bajó de nuevo la mirada hacia el periódico que estaba leyendo. Ni siquiera se preocupó en cobrarle por la gasolina, así que Mike simplemente lanzó el dinero sobre el mostrador sin decir más y se retiró.
** Por su parte, la madre vio que un grupo de personas, aparentemente una familia, venía caminando por el costado de la ruta. La madre cargaba a una niña entre sus brazos. La imagen era muy extraña, casi irreal, puesto que se los veía muy bien vestidos, limpios, y sin embargo venían caminando por ese descampado, a pesar del polvo y del calor. Le hizo recordar un poco a su familia... Una extraña similaridad...
** -¿Le habrá sucedido algo a su vehículo y están buscando auxilio? -pensó ella. Esperó un poco más, y cuando estuvieron suficientemente cerca, les habló.
** -Les pido disculpas, -les dijo- pero mi bebé ha desaparecido de nuestro auto. No sabemos cómo sucedió, ni quién se lo llevó. Está perdido. ¿No vieron ustedes algo o alguien sospechoso pasar por la ruta?
** El padre de la otra familia la miró sorprendido, como si no esperara ser interrogado o interrumpido en su deambular.
** -No lo sé -se limitó a decir-. ¿Hace cuánto tiempo está perdida su hija?
** -Hace unos minutos. ¡Debe estar muy cerca!
** -Entiendo... -murmuró-. Nosotros estamos perdidos desde hace siete meses... Así que imagínese... -respondió crípticamente-. No creo que podamos ayudarlos. Es mejor que sigamos nuestro camino.
** La familia simplemente siguió adelante, tal cual vino, hasta desaparecer en el horizonte. Mike en el entretiempo regresó junto a su mujer. Le explicó que el tendero no fue de utilidad. Ella le contó respecto al extraño encuentro que tuvo, pero que tampoco sirvió de nada. Así que decidieron hablar con el anciano sentado del otro lado de la calle. Tomaron a Junior de la mano y la cruzaron corriendo.
** Allí, semidormido en una reposera, se encontraba el viejo. Visto de cerca, el hotel parecía abandonado, con las ventanas tapiadas, vidrios rotos, polvo por todos lados... Parecía llevar así bastante tiempo.
** -Señor, espero nos disculpe -le habló Mike-. ¡Pero nuestra hija ha desaparecido del automóvil frente a nuestras narices, y no podemos encontrarla! ¿Usted no vio nada desde aquí?
** El viejo abrió los ojos, sobresaltado.
** - ¡Oh, visitantes! exclamó ¿Desean una habitación? ¡Tengo vacancias! ¡Pueden elegir la habitación que más les guste! ¡Hace bastante tiempo que nadie me acompaña!
** - No, no -insistió Ivanna-. Estamos buscando a nuestra hija... ¿Usted no vio nada?
** -No, nada de nada -luego oteó hacia el vehículo estacionado del otro lado de la ruta-. Pero puedo asegurarles que nadie se acercó a su auto, nadie tocó nada.
** -¡No puede ser! -insistió la mujer-. Erika aún no camina, y no es capaz de sacarse el seguro del asiento por sí misma. Alguien debe haberla tomado.
** -¿Están seguros? -sonrió el anciano-. Tal vez ella no se haya ido a ninguna parte, sino que ustedes la dejaron atrás. Tal vez ella no esté perdida, sino que ustedes son los perdidos...
** Los tres, incluyendo al niño pequeño, se quedaron con una gran incógnita en la cabeza, pasmados, intentando comprender al anciano. Luego éste continuó.
** -Han llegado al lugar perfecto para descansar, olvidar las angustias, y recuperar la memoria, o descubrir lo que realmente son y el camino que les toca seguir. Pasen, pasen -insistió.
** -¡Pero éste lugar está abandonado! -le reclamó Mike-. ¿Qué está diciendo?
** -No importa su aspecto. -le discutió-. Éste es el mejor sitio para descansar, en compañía de otros en su misma situación.
** -¡No! -gritó la esposa-. ¡Tenemos que recuperar a nuestra hija! ¡Además aquí no hay nadie, viejo loco!
** -Parece que aún no entienden -pensó el anciano en voz alta-. Tal vez ella ya no pueda ser reclamada... Retornen por donde vinieron, con su vehículo, y les garantizo que encontrarán a su hija, y sus respuestas. Yo los estaré esperando por si regresan.
** Mike e Ivanna, cada vez más confundidos, sólo atinaron a desandar camino, tal cual les indicó el hombre... Esperando ver algo, una señal, puesto que no tenía ningún sentido lo ocurrido...
** Así anduvieron unos kilómetros, hasta que se encontraron con patrullas, bomberos, y ambulancias en la autopista. Su automóvil se hallaba incrustado detrás de un camión, y sus cuerpos estaban siendo removidos por los bomberos.
** Erika se hallaba en brazos de uno de ellos, aparentemente sana y salva... Estaban muertos, ahora lo sabían. Desolados, perdidos, ignorados, permanecieron quietos, detenidos, en medio de la ruta. Los vehículos pasaban a través suyo como si no existieran, como si no los vieran. Luego de bastante tiempo, cuando todo se calmó, dieron media vuelta y regresaron al hotel junto al viejo, para descansar.
Fuente: PREMIO “ELENA AMMATUNA” DE CUENTO CORTO 2009 (3ª EDICIÓN). De esta edición © Lazos de Cultura Elena Ammatuna © Arandurã Editorial. Asunción-Paraguay, 2009

DESDE EL BALCÓN Autor: RAÚL SILVA ALONSO / Primera Mención Concurso de Cuentos "ELENA AMMATUNA" 2009

DESDE EL BALCÓN
Seudónimo: RAFA
Primera Mención Concurso de Cuentos
"ELENA AMMATUNA" 2009
Autor:
RAÚL SILVA ALONSO
(Enlace a datos biográficos y obras
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www.portalguarani.com )

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** Ubicado en tres metros salientes del resto de la casa, en una segunda planta, cubierto por un techo de tejas sostenido por la gracia de madera de una cabriada, mira al norte.
** Durante todo el día soportaba estoicamente el fuego del sol. A despecho de esa cruel exposición, disfrutaba de la belleza de los amaneceres, apenas velado por la copa del enorme árbol del baldío, a su derecha.
** Al comenzar la mañana, gozaba con las cambiantes formas y colores de pequeñas nubes, como un rebaño de ovejas en desbandada, o semejantes a los restos de una formidable explosión.
** Sin embargo al declinar la tarde, nada se le oponía al espectáculo de ese sol moribundo, que aún luego de hundirse tras los cerros, no se rendía ocultando formas y colores.
** Demoraba en apagarse, mudando las tonalidades del firmamento desde un pálido azul, a un rosa violáceo, decididamente violeta luego, ya adornado con la primera estrella de la tarde y sospechado de oscuridad.
** A veces, cúmulos y nimbos, todavía orlados de oro sus contornos, iban naufragando rápidamente en la negrura salpicada de lejanos puntos brillantes como poetas olvidados hace tiempo.
** Tal vez animada por las barandillas de hierro protegiendo tres lados, una planta trepadora decidió hacerle compañía y mitigar su soledad, alegrándole eventualmente con el estremecimiento de sus hojas.
** No fue tarea fácil.
** Más de un año, repetidos intentos, caídas y desmayos, pasaron hasta que un gajo más audaz consiguió encaramarse a su reja. Tampoco a partir de entonces fue todo cómodamente hacedero. No. La naturaleza tiene su ritmo. Pero, ciertamente, cada día avanzaba un poco, milímetro a milímetro.
** Luego, tomando coraje, fue soltando brotes a un lado y otro, y pronto sus ramas fueron cubriendo toda la barandilla de uno de los costados, primero discretamente, luego ya sin ningún pudor.
** No sé qué instinto o arrepentida ocurrencia de las hormigas, salvaron sus hojas de ser totalmente devoradas, cuando los insectos las vieron especialmente apetitosas y atacaron con gran entusiasmo. En cuestión de días las pequeñas mordidas semicirculares eclipsaron la verde alegría que acompañaba su crecimiento.
** Se repuso de la devastación y nuevamente se pobló de tiernas hojuelas, de un verde pálido al principio, hasta afirmar su verdor. Había llegado hasta allí, no se daría por vencida.
** El balcón estaba contento. Las radiaciones del sol ya no quemaban, solamente entibiaban sus baldosas blancas, penetrando por algún resquicio del ramaje que había prosperado en las rejas. Un importante brazo solar, especialmente osado consiguió filtrarse entre el follaje del árbol vecino, pretendiendo imponer su presencia y calor en el lugar. Vanos intentos. La enredadera era un verdadero bastión defendiendo la nueva intimidad y agradable temperatura de ahora. Nada podía aquel intruso desconsiderado, excepto cuando un viento compasivo, apartando suavemente ramas tiernas, le permitía breves ingresos.
** Tampoco sé cómo ni cuándo ocurrió. Tal vez habrá sido una noche de luna lujuriante, tal vez por la permanente convivencia, tal vez por ese ininterrumpido contacto, cuando se enamoraron.
** El balcón, ante la imposibilidad de hacer nada, sólo se brindó a la enredadera. Ésta, más audaz, más mundana o simplemente fiel a su condición femenina, fue envolviendo al balcón, prodigándosele con flores de delicado aroma, casi con cierto engreimiento.
** Pocos saben cuánto, lo inanimado, y los animales desde luego -los seres alados sobre todo-, comprenden estas cuestiones. Lo cual explica que ahora el balcón sea visitado por abejas, mariposas, picaflores y palomas, todo género de aves, quienes siquiera de paso, hacen un alto en sus vuelos como para dar un saludo.
** Es triste pensar también cómo, para algunas, el balcón llega a ser una trampa mortal y en él acaban violenta y sangrientamente. Engañadas por el reflejo del cielo en el vidrio polarizado, puerta de acceso a una habitación, quieren hacer, atolondradamente, la travesura de un fugaz vuelo rasante atravesando su extensión, y...
** No sé en qué terminará el idilio del balcón y la enredadera.
** Yo los observo todos los días y me alegra su felicidad. En medio de la fea realidad de los tubos de suero, los caños corrugados del balón de oxígeno, el siniestro aparato insertado en mi tráquea, la sonda nasogástrica y demás artilugios propios de mi estado, es una secreta alegría ésta de la enredadera y el balcón.
** Y me la prodigan todos los días desde allí, hasta el colchón de agua de mi cama de cuadripléjico.
Fuente: PREMIO “ELENA AMMATUNA” DE CUENTO CORTO 2009 (3ª EDICIÓN). De esta edición © Lazos de Cultura Elena Ammatuna © Arandurã Editorial. Asunción-Paraguay, 2009

EL EFECTO TARTINI Autor: CHESTER SWANN / Segundo Premio Concurso de Cuentos "ELENA AMMATUNA" 2009


EL EFECTO TARTINI
Seudónimo: PHILANDER MELOT
Segundo Premio Concurso de Cuentos
"ELENA AMMATUNA" 2009
Autor:
CHESTER SWANN
(Enlace a datos biográficos y obras
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** Nada es más cara para este servidor que la música instrumental, compuesta y ejecutada por grandes maestros del violín, que han trazado surcos profundos en la historia de la música barroca. Lamentablemente nunca he podido oír los "Trinos del Diablo" interpretada por su propio autor. Primero, por una razón de contemporaneidad, y, también porque en su tiempo no existían registros sonoros -ni siquiera en anacrónica pasta de 78 rpm- que pudieran aliviar mi extemporánea curiosidad insatisfecha. Sólo sus inmortales partituras escritas lo han sobrevivido. Pero... ¿De qué le valdrían a un lego en cuestiones musicales?
** Conocía esa dramática y electrizante música, por haberla escuchado muchas veces -en grabaciones, claro está- a través de grandes intérpretes contemporáneos, como Henri Temianka, Jascha Heifetz, Isaac Stern, Yitzak Perlmann, Pinchas Zuckermann y otros maestros que no recuerdo ahora; incluso con el in-comparable brillo tímbrico de un auténtico Stradivarius del siglo XVII.
** Y con más sinrazón fui capaz de desear con esa vehemencia casi demente oír esos trinos de las manos del autor, aunque casi cuatro siglos me separaban del barroco Tartini; algo que la razón mía -quizá no ajena a un capricho personal-, se negaba a admitir.
** Noche tras noche, en medio de mis duermevelas febriles, imaginaba a un violinista ensombrecido, velado por mis delirios de entre sueños, interpretar esa prodigiosa pieza de dificultad técnica, insalvable para mis torpes ma-nos. Aunque seguía conservando la perspicacia auditiva repiqueteando en mi mente, casi de memoria. Ni supe si el mismísimo ángel caído me tentaba -con esos deseos casi furibundos de derribar las invisibles murallas del tiempo- para estar con mi adorado Tartini y con la locura creadora que lo inspiró entonces.
** Pero esa locura iba siendo mía. Mía hasta los huesos... hasta el corazón. Me estaba poseyendo en forma obsesiva, al punto de mantenerme semidespierto en largas noches, en las que imaginaba al inmortal violinista ejecutando su pieza con esa destreza magistral que debió tener en vida.
** Los trémolos, cadencias, scherzos y vibratos venían hacia mí -melómano impenitente y músico frustrado devenido en vendedor de seguros-, como incitándome a abandonar mi corporeidad soñolienta para atravesar las barreras espacio-temporales que me separaban del genial compositor e intérprete.
** Realmente, pese a mis delirios de entresueños, ignoraba hasta qué punto podían producirse esas maravillosas ondas sonoras que me envolvían hasta arrastrarme más allá de la locura... desde un modesto gramófono portátil. Mas tampoco intentaba salir de esa obsesión que me inundaba, día tras día, noche tras noche sin solución de continuidad.
** Así pasaron dos años, mientras decaía el interés por mi trabajo al punto de ponerme al borde del despido por bajo rendimiento. Decidí hacer un esfuerzo para superarlo y tornar a mi profesión con ahínco a fin de recuperar la lucidez a fuerza de redoblar mis actividades... y olvidar a Tartini y sus "Trinos del Diablo". '¡Ah! ¡Pero es más fácil escalar hasta la luna en bicicleta, de acuerdo con los resultados de mis experiencias! Al menos para un melómano empedernido y músico fracasado... como yo.
** Cuando parecía que me estaba librando de esas cadenas demenciales de la diabólica música de Tartini, fue que sucedió aquello.
** Tras haber recuperado la confianza de la empresa para la que trabajaba, decidí mudarme a otro barrio, quizá pensando que el cambio de aire y de vecindario obraría balsámicamente en mí. Pero la obsesión de oír al propio Tartini proseguía -aún sabiendo yo que tal cosa era tan imposible como contemplar mis propias orejas sin espejos. Cierto día, una suerte de voluntad "ajena" a mí me condujo hasta... un apartado montepío asunceno.
** Realmente no supe qué haría allí una vez que entré, ante la mirada desconfiada del dependiente. Tal vez éste estaba acostumbrado a que los parroquianos llevaran consigo algún aparato o prenda a empeñar ¡qué sé yo! Pero apenas hube puesto pie en el negocio, mis ojos fueron hacia un viejo estuche de violín que ornaba equívocamente el cambalache aquél.
** Una voz, a la que no reconocí como mía, salió de mi boca para preguntar por el instrumento que, con toda seguridad contendría el estuche de marras, bastante deteriorado por otra parte.
** -Cien mil guaraníes, con el violín -dijo disimulando un bostezo el dependiente-. Pero probablemente el instrumento necesite algunos arreglos como verá usted. Y, veo que el estuche está un poco ajado, pero con un buen artesano...
** Así diciendo bajó el estuche y me lo presentó sobre el astroso mostrador, que seguramente también imploraba un lustre restaurador que le devolviera pretéritas glorias.
** Abrí con mal disimulada ansiedad el estuche y, efectivamente, guardaba en su interior un viejo violín sin cuerdas y con el arco carente de crin, pero aún intacto y lustroso. No me pareció nada caro el precio y lo aboné sin regateos. Pareciera que una fuerza misteriosa me empujaba y guiaba con mando a distancia, por lo que apresuradamente abandoné el montepío sin estar aún seguro de mis propias intenciones.
** Recién en mi casa pude explorar el instrumento con más detenimiento y... ¡era un Stradivarius legítimo fechado en 1607, que debería valer al menos un millón y medio de dólares, en Sotheby's o en cualquier rematadora londinense de postín!
** La impresión me dejó patitieso y aletargado por un par de horas, hasta que decidí mandar restaurar el arco y encordar el dichoso violín que, quisiera creer, de manera misteriosa llegó a mis manos. Tal vez la ignorancia del vendedor o del rematador público que lo hizo llegar como vulgar cachivache al montepío tuvieran algo que ver. Pero "alguien" me había empujado para sacarlo de allí. Y ese alguien seguía poseyendo mi voluntad. En ese momento me percaté de que me estaba convirtiendo en otra persona, con todo y fuera de voluntad.
** Resolví guardar el secreto, mandando restaurar estuche y arco y tomar luego clases de música, con el afán inconfeso de hacer sonar ese maravilloso instrumento que por alguna fortuita razón llegara a mis manos. Entonces dediqué mi tiempo libre a un conservatorio, costoso pero práctico.
** La primera etapa de teoría y solfeo -acompañada de un conocido método de aprendizaje rápido japonés-, me facilitaron la asimilación de los secretos del instrumento. Mantuve en íntimo secreto la posesión de ese tesoro artesanal, cual si en ello me fuera la vida. Pero valió la pena.
** Antes de un año ya podía hacerlo sonar con cierta torpeza, pero con sentimiento casi sobrenatural. Para mí, modesto vendedor de seguros, estaba claro que no lograría ser un concertino ni mucho menos; pero estaba decidido a ser el más destacado dilettante del conservatorio, costase lo que costase.
** Al segundo año ya los maestros se fijaban en mi peculiar manera de ejecutar el pequeño Stradivarius, aunque sin saber que lo era... y auténtico. De todos modos, en mi casa me pasaba largas horas, robadas al sueño, ejecutando difíciles partituras sin acceder al pedido de mis maestros de dar alguno que otro concierto con mis condiscípulos en algún teatro corno solían acostumbrar.
** Rehusé hacerlo, más que nada porque sólo quería tocar para mí mismo. Para experimentar ese divino éxtasis de quien ama al arte por el arte. No por lo pecuniario, ni por la fama fugaz de un músico de salón. Febrilmente practicaba con la tozudez y tenacidad de quien se sabe dueño de un poderoso secreto alquímico que transmuta lo basto en algo precioso... y esa ajena voluntad seguía allí, poseyéndome, aunque no a pesar mío. Pero las consecuencias de tal entrega desenfrenada a mi nueva afición no dejarían de hacerse sentir.
** A los tres años de estudios, la falta de sueño y la mezquina alimentación que me dispensaba a destiempo, fueron haciendo estragos en mí al punto de ser despedido por abandonar mis tareas de vendedor de seguros y descuidar mi aspecto personal. Pero nada me importaba ya, sino seguir insistiendo en buscar las huellas de Tartini hasta en mis escasos períodos de sueños entrecortados y vigilias entredormidas.
** Una noche en que cabeceaba -agotado y al borde del colapso físico- en mi modesta sala en un diván raído, el propio Tartini pareció materializarse en la pared, viniendo hacia mí con una sonrisa sarcástica, ofreciéndome su propio instrumento en tanto que mi ingrávido cuerpo se iba desmaterializando mientras iba a su encuentro... hasta que me sentí preso en un tiempo congelado mientras interpretaba los "Trinos del Diablo" en un maravilloso Stradivarius con una habilidad sobrehumana... y ya no quise despertar de ese maravilloso sueño.
** Algunas sombras difusas y grises, que de tanto en tanto acuden donde estoy ahora, me cuentan de un tal Martini, vendedor de seguros, que mora al otro lado del tiempo entre la lucidez y la locura. Cuentan que es un melómano dilettante y adora la música barroca... pero era incapaz de tomar un arco o pulsar una cuerda malamente afinada, aunque insistía tercamente en hacerlo sin descanso, ajetreando viejas partituras noche tras noche, con un Stradivarius auténtico que adquiriera a precio de ganga.
** Me río de todo ello, mientras ejecuto infatigablemente esa melodía interminable, con el aureolado lauro de la locura ciñendo mi frente. Ahora, esa voluntad a la que creía ajena, me pertenece... y para siempre.
Fuente: PREMIO “ELENA AMMATUNA” DE CUENTO CORTO 2009 (3ª EDICIÓN). De esta edición © Lazos de Cultura Elena Ammatuna © Arandurã Editorial. Asunción-Paraguay, 2009

LA KOMBI. Autor: HUGO VILLALBA GRAY / Primer Premio Concurso de Cuentos "ELENA AMMATUNA" 2009

LA KOMBI
Primer Premio Concurso de Cuentos
"ELENA AMMATUNA" 2009
Autor: HUGO VILLALBA GRAY
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
** Ya casi amanecía cuando Ignacio despertó sobresaltado por una pesadilla en la que le cortaban la cabeza, aquel día en que tenían que detonar la bomba. Por instinto, se palpó a la altura de la cintura en busca del .38 Special. Estaba ahí, entre su cadera y el borde de la hamaca. En el sopor del sobresalto, sintió la boca seca y una sensación de desconcierto. Había dormido en la hamaca de poyui, bajo el plácido alero de la casa campestre donde llevaba algunos días desde que vino para el atentado. La ansiedad de terminar con el trabajo lo mantuvo desvelado aquella noche. Sólo varias horas después de haberse tirado en la hamaca había logrado dormirse. Fue entonces cuando tuvo el mal sueño.
** Médico al fin, afecto a las ciencias, odiaba las supersticiones. Por eso esquivó las premoniciones de la pesadilla, donde lo decapitaban por expresa orden del dictador. Soñó que había caído preso en acciones desconcertantes e inverosímiles. Embretado en un callejón por un grupo de hombres de traje negro, golpeado hasta la inconsciencia, lo habían arrojado al suelo. Uno de ellos, que parecía el jefe de la banda, lo levantó del cuello de la camisa. En la nitidez de la pesadilla, Ignacio percibió incluso el fétido aliento del matón y escuchó con claridad su voz ronca maltratada por el tabaco y el alcohol: "¿Ya no te acordás de mi?".
** Pero para el doctor Ignacio Uriburu, "simple especialista en huesos", como gustaba definirse, los sueños eran una actividad mental que sucedía mientras uno duerme. Nada más. ** Superado el aturdimiento de la pesadilla, volvió a arrellanarse en la hamaca, las manos en la nuca a manera de almohada, los pies en el suelo de lado a lado, meciéndose de manera lenta y acompasada. Vio cómo el incipiente sol que emergía, abrillantaba las hojas de las plantas aún bañadas de rocío. Pintaba lindo el día para la tarea. Todo había sido planificado. Esta vez, no podían fallar. Pensó en Roberto y en Julián. Ya estarán en camino, calculó. Ellos estaban refugiados en Areguá, en casas separadas.
** El dulce aroma del cocido de alguna casa vecina, lo puso nostálgico. El cocido de azúcar quemada tiene esas virtudes. Comprendió que estaba sintiendo más bien nostalgia de las nostalgias. De cuando por casualidad, en el exilio, sentía el aroma inconfundible de azúcar quemada sobre la yerba mate. Seguro que era algún compatriota. Qué cosa más rica. Cocido con chipitas. Lo mejor del café con leche con medialunas en los cafés de Buenos Aires, le parecía poca cosa frente al cocido. El penetrante aroma le removió todas sus nostalgias, todos sus dolores. Ya falta poco para terminar con el destierro, se dijo. No solo con el suyo, sino con los destierros. Una vez terminado el trabajo, volveremos para siempre a tomar cocido hasta el hartazgo. Pero, claro, se recordó: no debemos volver a fallar...
** Hizo un repaso mental de las tareas. El tirano, por nada del mundo cambiaba su itinerario. Por lo tanto, la calle debía ser -y era- la misma: Eligio Ayala, entre Antequera y México. Frente a la Plaza Uruguaya, al costado del ferrocarril. La kombi con la bomba dentro, estacionada bien cerca de México, donde era necesario aminorar la marcha porque la calle se hacía estrecha. Y al pasar a su lado el Caprice Classic negro del tirano, un estruendo. Y se acababa la historia de 20 años de tiranía, presos políticos, torturas y desapariciones. Adiós dictadura, hasta luego represión, final de la odisea.
** Nadie sospecharía nunca que en un simple canasto de chipas estaría el detonador. Doña Hermelinda, meses antes empezó a vender chipas en la plaza Uruguaya. Su silenciosa pero amable figura ya formaba parte del paisaje cotidiano de la plaza. Se hizo de amigos. Como del barrendero municipal que, incluso ya accedió al favor de deber por unas chipas, "hasta que cobremos a fin de mes". Hermelinda llegó a bromear con sus camaradas sobre su función de chipera.
** -Chipas Ña Herme: Una explosión de sabor.
** Roberto y Julián habían celebrado el chiste. Ignacio, prudente, comedido, serio, había aceptado el humor con una sonrisa leve y cortante. Sus camaradas lo sabían disciplinado en extremo, que aunque no era malhumorado, no se dejaba llevar nunca por la informalidad. Es un poco aburrido, decían de él.
** En los dos intentos fallidos, todos estuvieron pendientes de la reacción de Ignacio, que no aceptaba errores. Tenía una sentencia harto conocida por todos: esto no es un juego de niños. Es un acto revolucionario. Pero la verdad, no hubo errores en los intentos fracasados. Una perversa sucesión de casualidades había impedido que terminaran con la historia del tirano. La primera vez, el Caprice negro pasó demasiado rápido. Y en la segunda, increíble, hasta se detuvo cerca de la kombi. Pero una inesperada aglomeración de gente en la esquina, les hizo desistir de la detonación: La cosa era contra el tirano. Los inocentes no tienen por qué pagar por los pecadores:
** Estaban seguros que nada de eso volvería a ocurrir. Para no llamar la atención, habían esperado con prudencia entre cada intento. La misma kombi, la misma esquina, habrían levantado innecesarias sospechas a los pyragues del dictador.
** Ignacio se puso en pie. Ya amanecía por completo. Acomodó el Smith & Wesson bajo el cinturón. Fue al baño, se lavó la cara y al mirarse al espejo, sonrió. Tenía la barba de tres días que Emilia odiaba. Emilia. Bella, fraterna y compañera. Aguardando en el exilio, junto a los críos.
** Salió para el lugar acordado donde debía esperar a Roberto y Julián, que venían a buscarlo en un Volkswagen escarabajo. Llegaron en seguida. Se sentó en el asiento del acompañante y saludó con amabilidad a Roberto, al volante. Julián, desde el asiento trasero, le tocó el hombro como todo gesto de saludo. Ambos, tenían una admiración enorme por Ignacio.
** ¿Cuánto de lo que se decía de él era cierto? Se mencionaba como verídico que planeó secuestrar un avión bimotor de transporte militar. El objetivo, según los informes de la dictadura, era que pensaba llegar con el avión hasta Montevideo, donde había una cumbre presidencial. Su deseo era llamar la atención del mundo sobre la dictadura de su país. Pero el plan fue abortado, ya que los servicios de inteligencia del dictador, lo descubrieron.
** De lo que no había discusión, es que había protagonizado una de las huidas de prisión más espectaculares de aquellos tiempos. Después de meses de estar preso en una comisaría, se escapó por un túnel que junto a otros compañeros de celda, cavaron con paciencia de eremitas. Dejó en ridículo a los gorilas. Más aún, con la esquela que dejó, dirigida directamente al tirano. Lo trató de gringo loco. Le dijo que no pensaba estar de por vida preso y que volvería por él: "Solo tu muerte hará libre al pueblo paraguayo", le escribió. Cuentan que, al leer la esquela de Ignacio, el gringo loco se puso de pie, pegó un grito y descargó su furia con los puños sobre su escritorio. "Quiero su cabeza aquí", dijo. Fue desde entonces el hombre más buscado por los sicarios del tirano.
** El escarabajo viboreó por un sendero perforado de zanjas, torció por una calle improvisada en medio de un baldío donde había que sortear un par de desafiantes cocoteros. A través del vaho mañanero se percibía un aire con olor alfalfa y a estiércol de los tambos cercanos. En minutos, entraban a la ruta que conduce al aeropuerto de Luque pero enfilaron en sentido contrario hacia Asunción. Ya la gente estaba en las paradas de colectivos, dispuesta para la jornada del día. Para el frente, los árboles de la avenida España, los eucaliptales de Ñu Guazú, pasaje del perfil remoto hacia la ciudad que tanto amaban Ignacio y Emilia.
** Se habían conocido siendo estudiantes de medicina y llevaban casi 15 años de casados. Compartían el amor, los hijos y los sueños. A veces Ignacio sentía culpas por arrastrarla a ella y a los tres chicos en su cruzada libertaria, huyendo de pueblo en pueblo, de país en país. Pero, un par de horas más, y se acaba la historia de las huidas, se prometió una vez más.
** En 20 minutos, ya estaban ingresando al centro de Asunción. Como estaba establecido, al llegar a Eligio Ayala, se bajó primero Ignacio. Aunque confiaban ciegamente que los servicios de inteligencia de la dictadura estaban profundamente dormidos en este caso, para despistar, hizo un entramado de cuadras para llegar hasta la Plaza Uruguaya donde debían coincidir todos, aunque a distancia prudencial. La kombi había permanecido oculta en el taller de un contacto, desde donde otro compañero debía retirarla. Tras estacionar en el lugar indicado, el cuarto hombre iría a la plaza y, simulando una compra de chipas, entregar con disimulo el control remoto que Hermelinda depositaría en el canasto.
** Julián debía bajar un poco más cerca de la plaza y caminar hasta la parada de colectivos de enfrente, desde donde debía marcar la venida del Caprice negro. Roberto debía dejar el auto cerca y luego ir a la plaza, a distancia prudencial de Hermelinda e Ignacio. Tenían que esperar que Julián bostezara y se desperezara en la parada: Era la señal convenida. Ignacio y Roberto, entonces, debían acercarse a Hermelinda. Julián, atento para distraer a algún imprevisto comprador de chipas, si fuera necesario. Ignacio accionaría el detonador.
** A esa hora, la Plaza Uruguaya era ya un vocinglerío de barrenderos municipales, vendedores de café y cocido, pancheros, quinieleros, algunas que otras mujeres de la noche resucitando de la fanfarria de sus amores baratos, lustrabotas; la romería cotidiana de una plaza ebria de verde, una plaza ferviente y bulliciosa.
** Cuando Ignacio llegó, divisó la kombi en la esquina. Hacia el centro de la plaza, vio a Hermelinda, que con una leve reverencia le indicaba que todo estaba en orden. Se fijó, por las dudas, que cerca de la kombi no hubiera gente, como la vez anterior. Y no había. La kombi estaba sola. Adentro, la carga mortal esperaba su momento de gloria. Eran 20 kilos de trotyl, capaz de volar un edificio, con una onda expansiva que arrojaría a su paso un refuerzo de balines de acero, bulones, tuercas, colocados en la masa del explosivo. La fabricaron con instrucción de unos compañeros argentinos, que la usaban con frecuencia en la lucha de su país. Le llamaban mina vietnamita.
** Miró el reloj. Faltaban escasos tres o cuatro minutos. Sonrió: Era inminente el fin de todas las pesadillas. Como las de anoche, en la que lo decapitaban para entregar su cabeza al mismísimo tirano. Sabía de las intenciones. Lo decapitarían con una navaja y luego entregarían su cabeza al dictador. Ignacio estaba al tanto de la orden: "Quiero su cabeza aquí". “Te vas a joder, gringo hijo de puta", pensó. Sabía que estaban cerquita del fin.
** En eso vieron que Julián bostezaba y se desperezaba. En pocos segundos más, oyeron la raquítica sirena de las dos únicas motos que iban siempre delante del Caprice negro. Se acercaron a Hermelinda que de espaldas a la calle Eligio Ayala, miraba hacia el interior de la plaza. Ignacio y Roberto, mirando hacia la calle de la bomba, de manera a ver con exactitud el momento en que se acercara a la kombi y calcular la detonación como para que la explosión le diera de lleno al auto del tirano. En instantes, ahí estaba el miserable hijo de puta, pasando lento en su arrogancia asesina, sentado en el asiento trasero del auto, con su eterno sombrero de fieltro negro. El gringo miró hacia la plaza en algún momento e Ignacio creyó que lo miraba a él. Pero de inmediato, el dictador volvió a mirar hacia delante.
** Ignacio hurgó entre las chipas, tomó el control y fijó el pulgar sobre el botón de detonación. Nadie más se acercó a ellos, ningún transeúnte cerca de la kombi. El único inocente, aunque Ignacio dudaba de que lo fuera, sería el chofer. Un mártir de la liberación, pensó. Fueron segundos interminables. Como nunca, el auto del tirano iba a paso de tortuga, de manera que esos 80 o 100 metros de extensión hasta la esquina, parecían eternos. Pero llegó el momento y el doctor Ignacio Uriburu no lo dudó un momento. Apretó el botón.
** Sintió el click, acompañado de un estremecimiento. Un helor se le coló en el pecho, le recorrió los pulmones y le bañó el corazón. Le pareció sentir una extraña vibración de todos los árboles de la plaza. Pero sintió que las piernas no le respondían cuando vio que el Caprice negro pasó cerca de la kombi como si nada, sorteó unos rieles de tranvía a su paso y se perdió cubierto por la arquitectura de la cuadra. La bomba de 20 kilos de trotyl, la mina vietnamita de la esperanza, había fallado.
** Hermelinda, Ignacio y Roberto, se miraron desconcertados. Julián los miraba desde lejos, petrificado. Ignacio clavó sus ojos en los de Hermelinda como buscando una respuesta. Ella no la tenía y se lo dijo en guaraní a manera de pregunta: mba'e pío pea.
** Ignacio, atormentado, caminó hasta la breve escalinata de la plaza, mirando hacia la kombi, impotente. Roberto buscó un banco vacío, se sentó y encendió un Benson and Hedges. Julián, aturdido, los miraba, sólo los miraba. No había nada que hacer.
** Cada uno en su mundo de ensimismamiento y en rincones diferentes de la plaza, pasaron quién sabe cuánto tiempo en silencio, hasta que se fueron yendo de a uno. Menos Ignacio. El manual de procedimientos era muy claro. Había que esperar la noche para reunirse, revisar los hechos, analizar los errores, planear el futuro. ¿El futuro? Ahora se lo veía demasiado lejano.
** Por de pronto, Roberto deberá avisar al compañero encargado de la kombi, para guardarla de nuevo, mientras se buscaba ayuda para intentar encontrar la falla del explosivo. En eso pensaba Ignacio cuando por fin se levantó a caminar, sin saber bien a dónde ir.
** Bajó por México, pasó frente a la fachada en diagonal del ferrocarril y cuando llegaba a la calle que conduce al bajo sintió que le estiraban del hombro. De un golpe lo tiraron contra la pared y lo embretaron. Quiso buscar el Special que tenía en la espalda, cuando una patada en el bajo vientre lo dejó sin aliento.
** Alguien lo desarmó. Eran tres tipos a los que creyó haber visto ya en la plaza. Sintió un temblor en el alma cuando el más grande, que llevaba un sombrero parecido al del tirano, lo apretó del pecho y le dijo: "¿Ya no te acordás de mi?"
Fuente: PREMIO “ELENA AMMATUNA” DE CUENTO CORTO 2009 (3ª EDICIÓN). De esta edición © Lazos de Cultura Elena Ammatuna © Arandurã Editorial. Asunción-Paraguay, 2009

PREMIO “ELENA AMMATUNA” DE CUENTO CORTO / LAZOS DE CULTURA ELENA AMMATUNA

PREMIO
“ELENA AMMATUNA”
DE CUENTO CORTO
2009
(3ª EDICIÓN)
De esta edición
© Lazos de Cultura Elena Ammatuna
© Arandurã Editorial
Asunción-Paraguay, 2009
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LAZOS DE CULTURA ELENA AMMATUNA
** Es una institución sin fines de lucro que tiene como objetivo principal fomentar y promover todo tipo de actividades de carácter cultural y artístico, en todas sus manifestaciones.
** La Comisión Directiva está integrada por sus Miembros Fundadores: Miguel Ángel González Erico, Alaida González Ammatuna, Elena González Ammatuna, Isabel González Ammatuna y Noemí Báez
** Elena Ammatuna Valdovinos nació en Asunción el 12 de junio de 1942 y falleció el 1º de noviembre de 2006. Concertista de Piano, Licenciada en Letras, y Máster en Gestión Cultural, fue Directora del Instituto Municipal de Arte en 1997 y Directora General de Cultura de la Municipalidad de Asunción en 1999, editó su libro "DIALOGAR EN CULTURA" en el 2004.
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ÍNDICE
Primer Premio: La Kombi por Hugo Vigray
Segundo Premio: El Efecto Tartini por Celso Aurelio Brizuela (Chester Swann)
Primera Mención: Desde el balcón por Raúl Silva Alonso
Segunda Mención: Perdidos por Juan de Urraza
Tercera Mención: El cuarto balazo por Bernardo Neri Farina
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PREMIO "ELENA AMMATUNA"
DE CUENTO CORTO 3ra: EDICIÓN 2009
VEREDICTO DEL JURADO
** En la ciudad de Asunción a los 3 días del mes de octubre de 2009, en la residencia del Dr. Rubén Bareiro Saguier se reúne el Jurado del concurso de Cuentos "Elena Ammatuna". Componen dicho Jurado el nombrado Dr. Rubén Bareiro Saguier y las señoras Susy Delgado y Dirma Pardo Carugati.
** El Jurado deja constancia que luego de varias reuniones previas a la presente, y tras deliberaciones y consideraciones sobre el material estudiando -la totalidad de 185 textos- llega a la siguiente conclusión:
1ER. PREMIO: cuento LA KOMBI, presentado con el seudónimo de Che Pio "por tratar un tema de nuestro pasado cercano con gran riqueza de elementos: un clima sostenido, un ritmo bien llevado y presenta un contenido muy válido con fuertes visos de realidad y un final logrado".
2DO. PREMIO: cuento "EL EFECTO TARTINI" con el seudónimo Philander Melot "es un cuento culto cuya trama se desarrolla en el mundo de la música, con buena utilización del misterio y del lenguaje literario".
1RA. MENCIÓN: cuento "DESDE EL BALCÓN", con el seudónimo Rafa.
2DA. MENCIÓN: cuento "PERDIDOS", con el seu-dónimo Hopper.
3RA. MENCIÓN: cuento "EL CUARTO BALAZO", con el seudónimo Testanova.
Firman en prueba de conformidad los Miembros del Jurado:
Rubén Bareiro Saguier ; Susy Delgado y Dirma Pardo Carugati
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Lazos de Cultura Elena Ammatuna
http://lazosdecultura.blogspot.com ;
lazosdecultura@yahoo.com
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Organización y Coordinación General:
Miguel A. González Erico;
Alaida González Ammatuna;
Noemí Báez Massi
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Comité Organizador:
Elena González Ammatuna ;
María Isabel González Ammatuna y
Cayetano Quattrocchi
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Diseño y Publicidad:
Diego González Torales
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Logo Institucional:
Violeta Doldán
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Asesoría Jurídica:
Abogada Marta Lidia Ammatuna
Escribana Elvira Vega
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