Recomendados

Mostrando entradas con la etiqueta ANDRÉS COLMÁN GUTIÉRREZ. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ANDRÉS COLMÁN GUTIÉRREZ. Mostrar todas las entradas

miércoles, 21 de abril de 2010

ANDRÉS COLMÁN GUTIÉRREZ - EL ÚLTIMO VUELO DEL PÁJARO CAMPANA / Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES




EL ÚLTIMO VUELO DEL PÁJARO CAMPANA
Editorial El Lector,
Asunción-Paraguay 1995
Edición digital:

**/**


«... este país misterioso y simple,
elemental como el fuego y como el agua,
por momentos melodioso o crepitante,
poseído casi todo el tiempo por estallidos de furia
o por las depresiones del desconsuelo.
Un país condenado al suplicio de la esperanza,
con su gente que vive como en castigo
en uno de los más hermosos
y apacibles lugares de la tierra;
de esos que se llevan su lugar a otro lugar
y se esconden en un recodo de la historia».
AUGUSTO ROA BASTOS,
Una isla rodeada de tierra.
**/**

A doña Nilda y en memoria de don Chiíto,
los dos seres maravillosos
que me dieron y me enseñaron la vida.

**

- I -
** ¿Qué carajo han hecho con mi país? se preguntaba Claudia Villasanti, veía desfilar la tierra desnuda y herida por la ventanilla de la camioneta, a casi cien kilómetros por hora. Una brisa ardiente, como de fuego, jugueteaba con su larga cabellera dorada. Le costaba reconocerse en ese desolado paisaje de desiertos calcinados y campos dormidos, asfixiada por la densa polvareda que penetraba hasta la profundidad de sus pensamientos. De vez en cuando, entre la niebla roja emergían rostros oscuros, fugaces. Mujeres cargadas de hijos que miraban con ojos de miedo desde los matorrales. El resto era una abrumadora sensación de ausencia, vacío y soledad.
** Puños crispados en el volante, la vista fija en los pozos del camino, Roberto Vázquez manejaba con aire absorto, con un cigarrillo entre los labios. Colgada del cuello llevaba la cámara fotográfica, lista para disparar, como si en cualquier momento, en medio de la nada, pudiera estallar algo indefinido que se convertiría en su pasaje hacia la gloria, un viaje a la inmortalidad a través de una certera diapositiva a color.
** ¿Cuánto hemos recorrido a través de este territorio de sombras?, se preguntaba Claudia. ¿Horas o siglos? ¿Mundos o kilómetros? En realidad había transcurrido apenas un día desde que El Oso Rodríguez, jefe de redacción de La Mañana, los llamó a su despacho y les encargó el reportaje para el suplemento dominical.
** -El brujo se llama Ecumenario y, por lo que cuentan, tiene 132 años de edad -les dijo, sin alzar la vista del papel que vomitaba la máquina del fax-. Vive en la colonia Yryvucai, en la Frontera Seca de Canindeyú. Dicen que adivina el futuro, saca gusanos por la boca y cura hasta el Sida con brebajes y oraciones. En fin, vayan a ver que hay de cierto en todo este asunto. Y si es un maldito charlatán... ¡denúncienlo!
** Claudia se puso feliz de que le dieran algo más interesante que escribir sobre mendigos sin hogar y basurales en la ciudad. Tenía 19 años, segundo curso de Ciencias de la Comunicación en la Católica, el pelo dorado revuelto y verdes ojos soñadores. Era bonita, rebelde y simpática. Incluso redactaba con cierto talento. Su único defecto era creer que el mundo se dividía entre buenos y malos, y que todos los problemas de la vida podían arreglarse con unas cuantas cuartillas borroneadas con la suficiente dosis de rabia y emoción. Roberto, en cambio, ya orillaba los cuarenta y había sido golpeado en tantas batallas periodísticas que de buen grado hubiera preferido quedarse en casa, tumbado en la hamaca, con una cervecita helada frente al televisor, pero las cuotas del Colegio de las niñas no le permitían despreciar los pagos de viático y horas extras por los viajes al interior.
** La rama de un árbol golpeó contra el parabrisas y el impacto los sobresaltó. El camino de tierra roja había desaparecido y ahora Roberto conducía la camioneta por un denso pastizal, esquivando vacas y tacurúes, hasta que una cortina de selva les cerró definitivamente el paso.
** -Aquí se termina el mundo -dijo el fotógrafo con voz cansada. Apagó el motor y se dejó caer contra el respaldo del asiento.
** Un silencio profundo empezó a crecer hasta volverse aterrador. Claudia buscó el papel donde El Oso les había dibujado un mapa surrealista y lo sacudió con las manos, levantando una pequeña nube de polvo. Lo dio vueltas por todos los costados, pero ni la selva, ni las vacas, ni los tacurúes figuraban en él.
** -¡Qué mbóre! -dijo, y no pudo evitar que se le quebrara un poco la voz-. Parece que erramos el camino...
** -No -respondió Roberto, mientras bostezaba-. Allí está el tronco con la calavera, pero no veo ninguna picada para entrar al monte.
** La muchacha miró hacia adelante y vio un cráneo de vaca incrustado entre las ramas de un árbol reseco. Un oscuro presagio le enturbió el alma.
** -¿Qué hora es?
** -Son las cinco menos veinte. En una hora más va a oscurecer.
** -¿Por qué no le preguntamos otra vez a algún poblador?
** -El último ser humano viviente quedó a varios kilómetros.
** -Pero... alguien tiene que andar por aquí. ¿No tienen dueños estas tierras abandonadas?
** -Esto es la Frontera Seca, querida. Aquí todo pertenece a los brasileños... Pero ellos viven en sus enormes mansiones de Río de Janeiro o Sao Paulo. Desde allá manejan sus fazendas por control remoto.
** -Entonces... ¿me podés decir qué carajo estamos haciendo aquí?
** -¡Ah... a mí no me preguntes! Fuiste vos la que quiso venir a hacer el reportaje.
** La muchacha hizo una mueca de dolor y con una fuerte palmada aplastó un enorme mbariguí que se había posado en su hombro derecho.

** Contempló asqueada su mano manchada por la sangre y las vísceras del insecto. Sintió que sus tripas se aflojaban.
** -Tengo ganas de ir al baño.
** -Allí tenés el monte, inmenso, todo para vos...
** -¡Wákala! ¿No será peligroso?
** -Más peligrosos son esos excusados de los ranchos campesinos. Podés encontrar hasta un Alien entre la mierda.
** Claudia descendió con pasos dudosos. Un viento suave le acarició la cara. El sol empezaba a acunarse entre los árboles y el cielo parecía pintado como para una fiesta de cumpleaños infantil. El calor comenzaba a bajar y eso le gustó, pero el vasto paisaje desierto seguía causándole una sensación de angustia que no conseguía explicar. Caminó hacia unos arbustos, a la entrada del monte. Miró hacia todos los lados, pero lo único que vio fue un taguató melancólico parado sobre un poste. Se ocultó entre la maleza, se desprendió el cinturón y se bajó los pantalones. Se sentó en cuclillas. Las hojas áridas le arañaban la piel. Cerró los ojos y disfrutó del placer de vaciarse sobre la tierra calcinada, envuelta en los vapores de sus propios líquidos. De pronto le asaltó la certera sensación de estar siendo observada. Giró la cabeza y pegó un grito de terror.
** Como a tres metros de distancia, detrás de unas enormes hojas de guembé, asomaba un rostro moreno, manchado con rayas de pintura blanca. Unas plumas verdes de loro le caían sobre el largo pelo negro. Tenía la piel desnuda y brillosa, un arco y varias flechas en la mano. Sonreía con aire siniestro, como un caníbal salvaje escapado de una película de Tarzán.
** La muchacha se incorporó aterrada, sin prenderse la ropa, y retrocedió lentamente hacia un árbol de urunde'y. Algo viscoso y tibio empezó a acariciarle la espalda. Se dio la vuelta, temiendo lo peor, y se encontró con una enorme víbora que colgaba de una rama.
** Roberto escuchó los alaridos y sacudió la cabeza para desperezarse. Miró a través del parabrisas y vio que Claudia salía corriendo de la espesura, con los pantalones desprendidos, mientras gritaba:
** -¡Socorro, Roberto! ¡Una tribu de salvajes! ¡Nos atacan!
** Detrás de ella corría el indio, con las flechas y la víbora.
** El fotógrafo abrió la guantera y sacó un revólver calibre 38. Se tiró del vehículo como en las películas policiales y apuntó hacia adelante. Disparó hacia cualquier parte y sintió que su brazo se sacudía como alcanzado por una descarga eléctrica.

** El indio se detuvo en seco y levantó las manos, dejando caer las flechas y la víbora.
** -¿Estás loco? ¡No dispares, boludo! ¿Qué querés hacer...? ¿Matarme?
** Roberto se arrodilló en el pastizal y aferró el arma con las dos manos, como había visto hacer muchas veces a Don Johnson en Miami Vice. Claudia se parapetó detrás de él, con la respiración agitada. Su pantalón seguía desprendido, dejando ver una pequeña bombachita roja y unos muslos blancos como leche. El indio la miró con deseo. La chica se ruborizó y se arregló la ropa.
Sin dejar de apuntarlo, Roberto se levantó y comenzó a acercarse. El indio llevaba el torso desnudo pero estaba vestido con unos jeans bastante nuevos que exhibían el sello Lee Cooper. Calzaba zapatillas Adidas, de un blanco inmaculado, como si estuviera en plena pista del Caracol Dance Club.
** -¡No te muevas! -ordenó el fotógrafo-. ¿Dónde está la víbora?
** -Allí, en el pasto. ¡Cuidado... estás a punto de pisarla!
** Roberto pegó un salto y otro tiro se perdió entre los árboles. La víbora sacó la cabeza entre los arbustos y lo miró con curiosidad. Después giró el cuerpo y se deslizó hacia los pies del indio, quien le tendió la mano y dejó que trepara, enroscándose por el brazo.
** -Pobrecita... ¡Te han asustado!
Roberto retrocedió unos pasos hacia la camioneta y volvió a apuntarlo con el revólver. Parecía que el arma le pesaba mucho.
** -¡No la sueltes...! -gritó, señalando a la víbora, en un tono que sonaba más a súplica que a orden.
** -¡Claro que no! -respondió el indio-. Con lo que me costó agarrarla.
** El fotógrafo miró con desconfianza hacia el monte, pero sólo alcanzó a divisar las hojas mecidas por el viento...
** -¿Dónde está el resto de la tribu?
** -¿Tribu? ¿Qué te creés...? ¿Que estamos en el África?
** -¿Qué pasó con los demás indios?
** -Viajaron ayer a Ciudad del Este para traer ordenadores y videograbadoras. Es lo que más compran los brasileños...
** -Vos no parecés un salvaje. ¿Por qué llevás la pintura y las plumas?
** -Les gusta a los turistas.

** -¿Y por qué atacaste a la chica en el monte?
** -¿Atacarla? Yo sólo quería venderle la víbora y las flechas...
** Claudia lanzó otro grito e hizo una mueca de rechazo. Roberto se asustó y casi disparó de nuevo.
** -¡Está bien, está bien...! -dijo el indio, con gesto apaciguador. Si no quieren, no importa... Los turistas brasileños pagan en dólares por una yarará como esta.
** -¿No es venenosa?
** -Mucho menos que la lengua del Gordo Benítez.
** Claudia dejó escapar una risita nerviosa. Roberto guardó la pistola en la cintura. Llamó al indio con un gesto amistoso.
** -Está bien. Acercate. ¿Cómo te llamás?
** -Mi nombre indígena es Guyrá Caigue. Pero los paraguayos me dicen Willy.
** -Ya veo. Suena más folclórico, ¿no? A lo mejor, podés ayudarnos. ¿Conocés a un brujo indio llamado Ecumenario?
** -Claro. Es mi papá. Pero no lo llamen brujo, porque no le gusta. Prefiere que le digan «médico naturalista».
** -¿Dónde vive?
** -Allí, al otro lado de ese monte.
** -Pero... ¿cómo se llega? No hay camino.
** -También... sólo a ustedes se les ocurre venir por el lado paraguayo. Antes había una picada, pero desde que los brasileños construyeron la autopista, ya nadie viene por aquí. Hay que cruzar la frontera, ir hasta la ciudad de Amizade y desde allí se llega por el asfalto hasta la puerta misma de nuestra casa. Ahora... si no les molesta caminar, pueden dejar la camioneta aquí. Cruzando el monte, llegaremos en menos de una hora, antes de que se vaya la luz del sol.
** -De acuerdo -dijo Roberto, con aire de alivio-. Vamos.
** Caminaban unos tras otros por un estrecho sendero abierto en medio del monte. Los últimos rayos del sol se filtraban como lluvias doradas entre los árboles. El indio iba adelante, con la víbora enrollada por el cuello como si fuera una bufanda y Claudia trataba de mantener una prudente distancia. Roberto iba detrás, con el enorme maletín fotográfico colgado del hombro, deteniéndose a cada rato para retratar a las bandadas de mariposas amarillas que jugaban distraídamente entre los ysypó.
** -Perdoname que te pregunte algo -dijo de pronto la periodista, con cierta vergüenza-. Parecés un muchacho muy inteligente. ¿Por qué andás semidesnudo por el monte, asustando a la gente?
Willy tardó un largo silencio en responder, como si le hubiera sorprendido la pregunta.
** -Estudié Ingeniería en Curitiba. El mismo día en que terminé la Facultad, un profesor me consiguió un contrato para trabajar como jefe de Mantenimiento en la represa de Itaipú. Llegué al Cantero de Obras y me presenté al encargado de Recursos Humanos. El tipo me miró la cara, leyó los papeles que yo llevaba en la carpeta y empezó a romperlos uno por uno. Después me dijo que hubo un gran malentendido y que ya no necesitaban peones. Que me iban a avisar cuando hubiera una vacancia para limpiar las letrinas.
** -¡Qué hijo de puta...! ¿Y vos qué hiciste?
** -Como él rompió mis papeles, entonces yo le rompí la cara de un sopapo. Llegaron varios guardias de seguridad, me dieron una feroz paliza y luego me tiraron al río Paraná desde el vertedero. Salí flotando cerca del Puente de la Amistad.
** -¿No los denunciaste?
** -En el Tribunal de Puerto Stroessner no me quiso recibir ni la empleada doméstica del secretario del juez. En Asunción, en el INDI, prometieron investigar el caso. Hasta ahora estoy esperando que lo hagan.
** -¿Cuando pasó eso?
** -Hace siete años, todavía durante la dictadura.
** -¿Y después no probaste trabajar en otro lugar?
** -¿Creés que sería diferente?
** -Bueno, la puta... -Claudia dudó antes de agregan- ahora hay democracia.
Willy se detuvo y encaró a la muchacha.
** -Mirá bien el color de mi piel... Ustedes, los paraguayos, vivieron bajo una dictadura durante 35 años y se creen que han batido un récord. Pero nosotros llevamos ya más de cinco siglos...

** Llegaron hasta un pequeño arroyito que se deslizaba sobre un lecho de piedras con un murmullo musical. Claudia se sentó en un tronco cruzado sobre el cauce a modo de puente, se quitó las sandalias y sumergió sus pies en el agua. Sintió una oleada de placer y tuvo ganas de quedarse allí para siempre, olvidada de todo.
** Roberto sonrió y le tomó varias fotos, se mojó el rostro y la cabeza, pero al ver que pasaba el tiempo y empezaba a oscurecer, trató de levantar a la muchacha. Ella se resistió. Forcejearon un rato, hasta que Claudia cayó sentada al agua. Willy los observaba, impasible, recostado contra un árbol, mientras acariciaba a la víbora. La periodista se levantó, fingiendo enojo, con la ropa toda mojada. Roberto trató de ayudarla, pero ella lo rechazó con un gesto. Se pusieron a caminar de nuevo detrás del indio.
** -Estás ensopada. ¿No tenés frío? -le preguntó Willy.
** -No. -respondió ella, divertida-. Al contrario. Me siento renovada.
** -Cuando lleguemos a casa te podés secar y cambiarte. Mi hermana te va a prestar ropa seca.
** -Gracias, no te preocupes. Decime, ¿cómo es tu papá? ¿Es verdad que tiene poderes mágicos?
** -Él es un Avá Payé, un chamán, el último Caraí Arandu entre los Mbya Guaraní. Tiene el poder para curar enfermedades del cuerpo y del alma. Conoce las propiedades curativas de más de mil variedades de plantas medicinales, pero lamentablemente ese conocimiento se va a ir con él cuando se muera...
** -Pero... vos sos inteligente. -intervino Roberto, que ahora caminaba casi al lado de Claudia- ¿Por qué no grabás todo lo que él sabe y después editás un libro? No sólo estarías rescatando la cultura de tu pueblo. Además puede ser un buen negocio. Esa clase de textos tiene gran demanda...
** -Es imposible -dijo Willy, con cierta amargura-. La sabiduría de los Avá Payé solo puede transmitirse entre los elegidos. Son personas predestinadas, que nacen con una marca en la espalda. Lastimosamente, en mi pueblo ya no hay elegidos. El último, Romualdo, un joven que iba a ser el sucesor de mi papá, fue asesinado por los militares en la reserva de Ygatimí, porque descubrió que estaban llevando un contrabando de madera al Brasil.
** ¿Y no hay posibilidad de que aparezca otro... elegido?
** -No sé... Cada día somos menos sobre la tierra. Y los pocos que quedan ya no quieren ser indios. Mi papá aún tiene esperanzas de que alguien aparezca. Por eso se resiste a morir. En noviembre va a cumplir 133 años de edad. Hace rato ya que llegó su hora, pero él le hace trampas a la muerte.
** -¡No puede ser! -exclamó Roberto-. Que querés que te diga, pero eso me huele a una gran bola...
** Claudia le pegó un codazo en las costillas a su compañero y lo miró con reproche.
** -Pídanle que les muestre su certificado de nacimiento -dijo Willy-. Allí está escrito claramente que nació en Villa San Isidro de Curuguaty, el 12 de noviembre de 1851. Tiene la firma del mismo don Carlos Antonio López, que era el presidente en esa época.
** -¿Y tu papá se ha de prestar a una entrevista? -preguntó Claudia.
** -Sí. A no ser que se encuentre en algún trance místico, él suele ser muy sociable. Tal vez no le guste que le tomen muchas fotografías...
** -¿Por qué? ¿Tiene miedo de que las fotos le roben el alma, como a la mayoría de los indios?
** -No, no. Lo que pasa es que él prefiere el vídeo. Le gusta verse retratado en colores, con sonido y en movimiento. Las fotos no tienen vida, dice. Hace poco vinieron a entrevistarlo unos reporteros de la Rede Globo, de Río de Janeiro, y luego le mandaron una copia del material. Se pasó varios días mirándolo y matándose de risa de sí mismo. En eso parece un niño.
** La luz del sol casi ya no penetraba entre el follaje y se hacía cada vez más difícil apreciar los contornos del camino. Claudia caminaba tropezándose entre las ramas que emergían del suelo y en una oportunidad perdió el equilibrio. El indio la sostuvo con una mano antes de que cayera al suelo. La víbora aprovechó para lamerle el rostro a la muchacha. Ella pegó un alarido.
** -¿Falta mucho para llegar? -preguntó Roberto-. Ya me duelen las entrepiernas de tanto caminar...
** -No. Ya llegamos. Es allí, después de esa arribada.
** Desembocaron en lo alto de una ladera, una especie de mirador natural desde donde se divisaba un verde y extenso valle. El sol acababa de ocultarse detrás de los cerros y un vasto mar de fuego llameaba en el horizonte. El aire era tan transparente que golpeaba la vista.
** Abajo, dos carreteras corrían juntitas, como disputando una eterna carrera a ninguna parte. Una de ellas era de asfalto reluciente, sembrada de carteles, luces y señales coloridas, por donde los vehículos se entrecruzaban a gran velocidad. La otra era de tierra roja, salpicada de charcos. Un terco y solitario camión cargado con rollos de madera ascendía roncamente por una empinada cuesta. En medio había un gran espacio baldío, cubierto de vegetación.
** -Es la Frontera Seca -explicó Willy-. La ruta asfaltada es la que construyeron los brasileños. El camino de tierra pertenece a los paraguayos.
** -¿Y el espacio del medio...? -preguntó Claudia.
** -Es la Tierra de Nadie, también conocida como El Rincón de los Muertos, porque allí suelen amanecer tendidos algunos cuerpos dejados por los «yagunsos», víctimas de ajustes de cuentas entre los mafiosos.
** -¡Nde rayóre! -exclamó la muchacha- Lindo lugar para quedarse a vivir.
** -Te parecerá tonto, pero a mí me parece uno de los lugares más bellos del Paraguay. Un poco más arriba está el Cerro Guazú, la cumbre sagrada que mis hermanos Pai Tavyterá consideran el Corazón del Mundo, el Centro del Universo. El lugar mágico donde fueron creados el primer hombre y la primera mujer.
** -¿Y la violencia? ¿No te preocupa?
** -Una vez que te acostumbrás, se te vuelve parte de la vida cotidiana, como el tereré de todas las mañanas.
** El eco de un estallido llegó desde alguna parte lejana. Claudia vio que el camión con rollos había acabado de subir la cuesta y ahora se desviaba del camino, internándose en la enmarañada vegetación de la Tierra de Nadie. El ruido del motor se detuvo y las opacas luces se apagaron.
** -Va a esperar que haya un poco más de oscuridad para cruzar la carretera -explicó Willy-. Así se van llevando nuestros montes.
** -Se están llevando el país, poco a poco -dijo Claudia, con aire de tristeza-. Tu casa, ¿dónde queda?
** -Allí abajo, ¿ves? Detrás de ese naranjal... Vamos, el camino va derechito hasta nuestra chacra.
** Empezaron a descender por un estrecho sendero de pedregullos hasta alcanzar un tupido mandiocal. A medida en que se acercaban, Claudia fue divisando las edificaciones. Primero un largo galpón con paredes de adobe y techo de paja que casi llegaba hasta el suelo. Era una construcción de estilo primitivo, con una forma parecida a las chozas indígenas guaraníes que ilustraban los libros de antropología. Sólo que esta sostenía encima el esqueleto metálico de una antena parabólica.
** Más allá había un tosco edificio con paredes de ladrillos y techo de zinc, mirando hacia la carretera. Colgado de la fachada, un colorido cartel de neón proclamaba:
.
DON ECUMENARIO
Médico naturalista.
Predicciones, conjuros, curaciones, exorcismo.
.
** Una jauría de perros flacuchentos salió a recibirlos con un coro de ladridos. Claudia buscó protección tras las espaldas del fotógrafo, pero Willy hizo un gesto con la mano y los perros se detuvieron en seco y se callaron de golpe. Luego se acostaron en el suelo y comenzaron a sollozar quedamente, como si acabaran de enterarse de una noticia muy triste.
** Oscurecía cuando llegaron hasta el frente de la casa, donde dos jóvenes, indígenas estaban sentados bajo el letrero de neón, bebiendo latas de cerveza Ohlsson's. Uno de ellos era de piel oscura, flaco y pequeño, con aspecto de cuervo. El otro era corpulento y atlético, de tez blanca y larga, cabellera color castaño. A Claudia le pareció una versión subdesarrollada del Kevin Costner que había visto en «Danza con Lobos».
** -¡Hola muchachos! -saludó Willy-. ¿Está mi padre en casa?
** -Sí, pero ya cerró el consultorio -respondió el Cuervo-. Se puso un poco mal esta tarde y dijo que por hoy ya no iba a atender a nadie.
** -Ellos son periodistas. Quieren hacerle una entrevista.
** -Va a ser difícil -comentó Kevin Costner, mientras quitaba otra cerveza de una conservadora-, el viejo entró en un trance místico de esos que le suelen durar largo rato.
** -¡Mierda, justo hoy! Voy a ver si puedo hablar con él. Decile a mi hermana que le consiga ropa seca a esta muchacha.
** Willy depositó a la víbora en el suelo y se dirigió al gran galpón del fondo. Cuando abrió la puerta, Claudia advirtió que desde el interior brotaba el resplandor de una fogata. Kevin Costner les pidió que aguarden un rato y entró a la casa. El Cuervo les invitó a sentarse en unos sillones de cuerdas de nylon y les ofreció cerveza.
.
Enlace a El último vuelo del pájaro campana en BIBLIOTECA VIRTUAL CERVANTES
.
Visite la GALERÍA DE LETRAS
del PORTALGUARANI.COM
Amplio resumen de autores y obras
de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.

jueves, 11 de febrero de 2010

EL PAÍS EN UNA PLAZA. LA NOVELA DEL MARZO PARAGUAYO. Autor: ANDRÉS COLMÁN GUTIÉRREZ.


EL PAÍS EN UNA PLAZA
LA NOVELA DEL MARZO PARAGUAYO
©
ANDRÉS COLMÁN GUTIÉRREZ
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
© De esta edición: 2004,
Editorial El Lector
Director Editorial: Pablo León Burian
Diseño de Tapa:
JUAN MORENO
Asunción-Paraguay
2004 (pp.175)


"¿El país soñado solo puede construirse en una plaza, convertida en Isla de la Utopía durante seis días? ¿Solo ante un enemigo común podemos unirnos y hacer cosas grandiosas? ¿Somos incapaces de llegar un poco más allá? ¿Estamos condenados a acariciar el paraíso con la punta de los dedos, para luego caer de nuevo en el infortunio?".
En marzo de 1999, el vicepresidente Luis María Argaña es asesinado en las calles de Asunción, provocando una reacción popular sin precedentes, que desencadena la masacre de jóvenes manifestantes en la plaza del Congreso y la caída del gobierno de Raúl Cubas y del general Lino Oviedo.
El país en una plaza reconstruye la heroica, trágica y desafortunada gesta ciudadana del Marzo Paraguayo, desde la perspectiva de Rafael Bastos, un maduro y escéptico periodista que intenta mantenerse como observador neutral, hasta que conoce a Mariana Mendelson, adolescente e idealista manifestante "carapintada", con quien inicia una conflictiva y desigual historia de amor en medio de la resistencia cívica, las conspiraciones políticas, la represión y la muerte. El país en una plaza es la segunda novela de Andrés Colmán Gutiérrez, donde se entremezclan el drama y la aventura, el amor y la tragedia, el humor y la ternura, la crítica y la sátira, la realidad y la ficción, confirmando una vez más su calidad narrativa y su expresivo aporte a la nueva literatura paraguaya.

A la memoria de los mártires de la plaza:
Henry Díaz Bernal
Manfred Stark
Armando Espinoza
Víctor Hugo Molas
José Miguel Zarza
Cristóbal Espínola
Tomás Rojas
Arnaldo Paredes
Dedicado a la batichiquita Andrea Soledad
.

-1-
** La llamada telefónica parecía hecha desde la Luna, o desde algún otro lugar tanto o más lejano.
-Crack... wssshhh... ¿Hola...? ¿Rafa...? ¿Me... wssshh... crick... crick ...chando?
** Desde el otro lado del auricular, la voz de Fulgencio Mendieta, director de la revista Ñangapiry News, sonaba como tul rayado disco de acetato en un viejo fonógrafo a cuerdas. Es como suena regularmente, pero esta vez muchísimo peor.
-¡Sí, Mendieta, te escucho...! Como la mierda, pero te escucho. ¿Qué carajo querés? ¿No habíamos quedado en que no me ibas a hinchar las pelotas durante mis vacaciones?
-Wssshhh... no te enojes, querido... Wssshhh.... cruck ...sito que regreses... crack ...mente ...crick ...mataron a... crick... wsshhh... aña.
** Se me encendió una luz de alarma. Si Mendieta me llama «querido», es porque algo tan grave como el fin del mundo se ha desencadenado.
-¡No te entiendo, Mendieta! ¿A quién decís que mataron...?
-¡Al ...wssshhh ...gaña...! Wssshhh... crick... cruck... nir ahora mismo... cnick. ¡Asesinaron al vicepresidente...!
** Quedé helado, con el tubo del teléfono petrificado en la mano.
** La operadora de la pequeña y única central telefónica, que me había hecho buscar por todo el pueblo para pasarme la llamada, dejó de pintarse las uñas y me miró sorprendida por encima de sus gruesos anteojos.
-¿Qué pasa, señor Bastos? ¿Alguna mala noticia...?
** En la calle principal, desolada y polvorienta de Yhú, el viento cálido de la mañana formaba remolinos amarillos que giraban y giraban sin parar, como un presagio de Apocalipsis.
-2-
** Nunca me gustó que me interrumpan las vacaciones, pero esta vez no tuve más remedio que recorrer 231 kilómetros en poco más de dos horas. Si se considera que un tramo de 50 kilómetros fue a través de un olvidado y casi inexistente camino de tierra para salir al asfalto de la ruta II, en Caaguazú, se podría decir que fue un verdadero récord. Llegué a Asunción al mediodía de ese mismo martes 23 de marzo de 1999, luego de sortear tres barreras de control policial.
** Durante el trayecto, la radio del auto se encargó de ponerme más o menos al tanto de lo sucedido. Cerca de las 8:36 de la mañana, en una calle de la capital, tres hombres armados interceptaron la camioneta del vicepresidente de la República, Luis María Argaña, y los mataron a tiros a él y a un guardaespaldas. El chofer se salvó milagrosamente, aunque estaba muy mal herido. Los asesinos habían desaparecido, luego de incendiar el auto utilizado en el atentado, un Fiat Tempra color verde oscuro, a pocas cuadras del lugar.
** El cuerpo de Argaña fue llevado al Sanatorio Americano, donde los médicos confirmaron su fallecimiento. En pocos minutos, centenares de personas se congregaron frente al centro sanitario, acusando a gritos al presidente Raúl Cubas y al general Lino Oviedo de ser los responsables directos del crimen. Un reducido grupo de seguidores del vicepresidente asesinado inició una marcha de protesta desde el sanatorio hasta la esquina del Palacio de Gobierno, exigiendo la renuncia de Cubas y el encarcelamiento de Oviedo. Cuando llegué a la capital, los manifestantes seguían allí, contenidos por una numerosa dotación de policías antimotines, con una creciente adhesión de ciudadanos indignados, al borde de un estallido de mayor violencia.
** Tal como estaban las cosas, era lógico esperar que un magnicidio como ése incendiara el país. Luis María Argaña era el último gran caudillo del Partido Colorado, organización política que gobernaba el Paraguay desde más de medio siglo, la mayor parte bajo el signo de férreas dictaduras. Además, Argaña mantenía una encarnizada rivalidad con el presidente Cubas, y sobre todo con su sombra detrás del trono, el general Lino Oviedo. Este había sido condenado a diez años de cárcel por un controvertido Tribunal Militar, acusado de dirigir un intento de golpe de Estado contra el anterior presidente, Juan Carlos Wasmosy, en abril de 1996. A tres días de asumir la presidencia, en agosto de 1998, Cubas le había conmutado la pena y había ordenado su salida de prisión, a través de un arbitrario decreto que luego fue desautorizado por la Corte Suprema de Justicia.
** Ni Cubas ni Oviedo se dieron por enterados de que estaban violando la Constitución y siguieron con su festival de locuras, en un creciente clima de hostilidad y violencia, que tenía su epicentro en un pedido de juicio político presentado contra el mandatario en la Cámara de Diputados, y que debía ser tratado el 7 de abril. Así estaban las cosas cuando se produjo el asesinato de Argaña.
** En realidad, esta era mi visión superficial de los hechos. No soy un experto en temas políticos, ni mucho menos; por eso me extrañaba que Mendieta se tomara el trabajo de interrumpir mis vacaciones y convocarme con tanta urgencia. Ñangapiry News era un influyente magazine de actualidad, y si bien publicaba estupendos análisis de coyuntura política, a mí nunca me habían incluido en el equipo que los realizaba. Mi especialidad eran los reportajes de investigación, las crónicas de viajes, las notas de color, alguna que otra entrevista a famosos y mucho material considerado liviano, light o hasta frívolo por los autodesignados «intelectuales progresistas» del gremio periodístico.
** Cuando llegué a la redacción, después de devorar un sándwich de lomito en un bar cercano, encontré a la plana mayor de la revista en la sala de reuniones, con caras de generales de ejército en combate.
-¡Miren... llegó el periodista estrella! -fue el saludo de Gloria Rodríguez, jefa de la sección política.
-¡A buena hora! -disparó José María Riveros, el antipático analista económico-. Sólo a un despistado se le ocurre salir de vacaciones en momentos en que el país está al borde del abismo.
-Y sólo a unos despistados se les ocurre matar al vice-presidente justo cuando yo estoy de vacaciones -contesté, pero ninguno sonrió siquiera ante el pésimo chiste.
-Rafa, sentate por favor... -ordenó Mendieta-. Gracias por haber venido tan rápido. Realmente necesitamos la máxima ayuda de todos. Estamos preparando una edición especial que debe salir a la calle esta misma noche. Además, nos llueven pedidos de las más grandes revistas del mundo. Time, Nesweek, Paris Match, Veja, Noticias, Veintiuno, Proceso, Cambio... todos quieren que les preparemos reportajes exclusivos. ¡Así que... a trabajar!
-¿Y qué le vas a pedir a tu super reportero recién llegado de las elegantes playas de... cómo se llama ese famoso lugar... Yhú? -preguntó Riveros, con su inaguantable fanfarronería-. ¿Que haga una serie de entrevistas a los famosos? ¿Algo así como «Dónde estaba usted cuando mataron al vicepresidente»?
** Ya me preparaba para saltarle encima, cuando Mendieta me contuvo con tul gesto.
-Por favor, chicos... al menos por esta vez mantengan la argelería de lado. Rafa, casi todos los campos de información ya están cubiertos, pero quiero que vos te metas entre los manifestantes y mantengas tus sentidos de sabueso en alerta. Tengo versiones de que algunos podrían ser manipulados para asumir actitudes extremistas, que sólo agravarían aún más la situación. Quiero que uses toda tu experiencia de investigador, que te pegues a los talones de los más sospechosos. Ganate su confianza. Seguilos a sol y a sombra. Registrá todo lo que hacen. Me temo que van a ocurrir cosas mucho más graves y quiero que uno de mis mejores reporteros esté allí adentro para contarlo.
-¿Tus versiones mencionan a alguien en particular? - le pregunté.
-Los sospechosos de siempre: parlamentarios, políticos, sindicalistas, dirigentes campesinos, sendos-revolucionarios de izquierda. No olvides que en este momento hay unos diez mil manifestantes que vinieron para la marcha campesina y se están juntando en las plazas frente al Congreso. Si se unen con los que están ahora armando quilombo en la esquina del Palacio, puede ocurrir cualquier cosa.
-Okey, jefe. Ya entendí. ¿Llevo algún fotógrafo?
-Hay como una docena trabajando en el lugar. Si querés que tomen alguna foto en especial, le pedís a cualquiera. Pero prefiero que trabajes solo, inadvertido, como es tu estilo. Y ahora, andate. Me avisás cualquier novedad.
** Es lo que me gusta de Fulgencio Mendieta: con él nunca se pierde tiempo. Hice un inexpresivo gesto de saludo a todos y abandoné la sala. Pasé por mi oficina y recogí una mochila, en la cual guardé un micrograbador, pilas y casetes de repuesto, un block de notas y varios bolígrafos, además de una pequeña radio a transistor portátil con audífono. Desconecté el cargador del teléfono celular, que nuevamente estaba con la batería al tope. Me calcé un quepis del Club Guaraní en la cabeza. Del cajón del escritorio saqué el revólver Taurus calibre 38, le puse balas, lo envolví con un paño y lo metí en el doble fondo de la mochila.
Por las dudas.
-3-
** Debo ser sincero: nunca me gustaron las movilizaciones políticas, aun por la mejor causa que fueran. Siempre sostuve que, por más buenas intenciones que tengan los manifestantes, al final son otros los que se benefician y uno siempre acaba haciendo de idiota útil, carne de cañón ante las represiones, todo para que unos cuantos oportunistas obtengan cargos o compensaciones. Por sostener cosas así, en el ambiente periodístico me consideraban cínico, frívolo, descomprometido, reportero ligth, derechoso, etc.; todo lo cual siempre me importó tres carajos.
** Pero esa tarde del martes 23 de marzo, cuando me acerqué a la esquina de las calles El Paraguayo Independiente y Juan E. O'Leary, junto al Palacio de Gobierno, donde aproximadamente un centenar de personas gritaban improperios contra el presidente Cubas y el general Oviedo; ante una muralla de policías erizados de armas, hubo algo que me conmovió.
** Ella estaba allí, sentada en la vereda, a un costado de los manifestantes, construyendo afanosamente pequeñas flechas con papel reciclado de oficina. Era morocha, flaquita, adolescente aún, 16 ó 17 años de edad a lo sumo. Vestía unos pantalones jeans desteñidos y una remera blanca, con letras toscas en el pecho que decían: «Dictadura nunca más». Tenía pintura en las dos mejillas, los colores rojo, blanco y azul de la bandera nacional, que bailaban cada vez que ella sonreía y dejaba ver sus encantadores hoyuelos. Además llevaba una bandera de tela atada al cuello, sobre la espalda, a manera de capa.
** No pude resistir la curiosidad y me acerqué, al ver que escribía algo con un grueso marcador rojo en las flechas de papel.
-¿Qué hacés...? -le pregunté.
** Me miró, divertida, y me regaló una sonrisa. Los hoyuelos color bandera iluminaron la tarde.
-Escribo consignas. «Juicio político a Cubas». «Cárcel a Oviedo». «Dictadura nunca más». Después voy a arrojar las flechas sobre las cabezas de los policías. Ya que nosotros no podemos pasar, al menos las flechas pasarán. Alguien las va a leer del otro lado y seguramente se pondrá a pensar...
-«Dictadura, nunca más». ¿Qué sabés vos...? ¡Sos una pendejita! No tenés idea de todo lo que pasó en esa época.
-Por eso... No quiero sufrir lo mismo que sufrieron ustedes, los lekas. Y ahora, ¿me permitís? Tengo que ir a tirar mis flechas.
-¿Sabés qué...? Con esa bandera atada a modo de capa te parecés a Batman.
-¿A Batman...? ¡Andá a cagar! ¡Que machista de mierda que sos! En todo caso, a Batichica...
-Sí, tenés razón. A Batichica. A una Batichica tricolor.
-Está mejor. Y ahora, disculpame. Es tul privilegio conversar con un periodista famoso, pero me tengo que ir a tirar mis flechas...
-¡Ey..! Esperá. ¿Como supiste que soy..?.
-Te reconocí enseguida, señor Rafael Bastos. En el cole me tocó hacer un trabajo práctico sobre tu último libro. Me gusta cómo escribís, aunque no estoy para nada de acuerdo con tu forma de pensar. Además... si vos no crees en nada de estas cosas, ¿qué mierda estás haciendo aquí? Disculpame, me tengo que ir...
-¡Ey..!
** Quise detenerla, pero fue imposible. Me regaló otra fugaz sonrisa de hoyuelos color bandera y se perdió en medio de la multitud, con sus flechas de papel.
-4-
Robusto el cuerpooo... la frente siempre erguüüida alegres
vaaaamos... en pos de tu pendóoon y en tu loor... sube oh patria
tan querüüida de nuestro ámoooor...
la más férvida cancióoon...

** Las voces sonaban roncas y desafinadas, pero al me-nos expresaban bastante rabia y emoción. Aunque yo estaba francamente podrido de escuchar una y otra vez la misma canción cursi que siempre se cantaba en todas las manifestaciones. Supuestamente «Patria Querida» era el gran himno paraguayo, pero pocos sabían que sus rebuscados versos habían sido escritos por un viejo cura sanjosiano sobre la misma melodía de la marcha francesa «Madelón». Claro que si entonaran nuestro verdadero Himno Nacional, sonaría aun mucho más espantoso.
** Los manifestantes no hacían más que cantar y gritar consignas, en forma bastante caótica, ante la gruesa fila de policías antimotines, popularmente conocidos como «cascos azules», que formaban con sus escudos -una barrera infranqueable.
** En pocos minutos hice un reconocimiento del terreno y un diagnóstico de la situación. Si bien había muchos partidarios de Reconciliación Colorada, el grupo político fundado por Argaña, también estaban miembros de otros sectores, partidos de oposición, organizaciones de izquierda, movimientos sociales, agrupaciones religiosas y numerosas personas que no formaban parte de ninguna nucleación. Todos parecían bastante indignados y confundidos, y no se notaba una dirigencia establecida, ni claridad de propósitos.
** Aquello era un río revuelto donde varios líderes intentaban pescar, sin mucho éxito. Un diputado liberal trató de hacer un discurso, trepado sobre un ventanal, pero fue abucheado por la multitud y tuvo que bajarse de prisa, ante una lluvia de cascotes. Lo mismo le pasó al dirigente de una central de trabajadores. Por si acaso, nadie más volvió a intentar discursear durante el resto de la tarde.
** Claudia Villasanti, una colega periodista del diario La Mañana, se acercó a saludarme y me contó que, horas antes, frente al sanatorio donde estaba el cadáver de Argaña, la multitud había corrido a patadas por igual al edecán de la Presidencia de la República como a los principales líderes opositores del Partido Liberal y del Partido Encuentro Nacional, cuando se acercaron a dar sus pésames a los familiares, porque todos ellos habían mantenido una postura cómplice ante las arbitrariedades del gobierno oviedista.
** Los que parecían despertar simpatía y credibilidad entre los manifestantes eran los de Jóvenes por la Democracia, un movimiento formado hacía menos de dos meses. Los chicos habían sido prácticamente los Únicos en movilizarse ante el desacato del presidente Cubas al mandato de la Corte Suprema de Justicia, realizando caravanas, mitines relámpagos y hasta misas en la Catedral, exigiendo el juicio político al mandatario y la vuelta a prisión del controvertido militar. Fueron precisamente ellos los que esa mañana, luego del asesinato de Argaña, propusieron realizar una marcha desde el sanatorio hasta el Palacio de Gobierno. Cuando comenzaron a caminar, a eso de las 11:30, eran solamente doce personas, pero a lo largo de las casi cuarenta cuadras se fue sumando más gente, hasta llegar a una verdadera multitud.
-¿Qué va a pasar ahora? -le pregunté a Joaquina Romero, una de las dirigentes de Jóvenes por la Democracia, que intentaba poner algún tipo de orden en medio del caos.
** Yo la conocía desde el primer intento golpista del general Lino Oviedo en abril de 1996, cuando ella formaba parte del grupo de jóvenes «carapintadas» que durante casi una semana permanecieron apostados frente al Congreso, en defensa de la institucionalidad.
-La idea es quedarnos aquí todo el tiempo que sea necesario, hasta lograr la renuncia del presidente y la prisión de Oviedo -respondió.
-¿Y si ordenan que la policía disperse a los manifestantes a garrotazos?
** Joaquina me miró con una sonrisa divertida.
-Viejo, ya hemos ligado tantos palos en este país, que podemos aguantar perfectamente unos golpecitos más. Sintonicé la radio para tratar de enterarme de lo que estaba pasando. Las fronteras del país estaban cerradas. El ministro del Interior había presentado su renuncia y en su reemplazo el presidente acababa de nombrar a su propio hermano, el capitán retirado Raúl Cubas, un respetado dirigente colorado, paradójicamente ex aliado de Argaña y crítico de Oviedo. El capitán ya había sido ministro de Industria en el gabinete de su hermano, pero justamente había renunciado el mismo día en que Raúl firmó su cuestionado decreto para liberar al militar golpista.
** En el solitario despacho del viejo Palacio de López, el presidente enfrentó a su hermano con mirada adusta. -Carlos, la situación que vive el país es muy grave -le dijo-. Te pido que olvidemos nuestras diferencias y que me ayudes. Quiero que dirijas personalmente la investigación del asesinato de Argaña.
** Carlos Cubas observó a su hermano con cautela. Lo vio envejecido y desolado, y tuvo la impresión de que el sillón presidencial le quedaba más grande que nunca. El capitán era un viejo y experimentado político. Raúl nunca lo fue. Había sido corredor de rally, ingeniero civil de profesión, dueño de varias empresas. Ocupaba la presidencia por un azar de la política, ya que se había embarcado como segundo de Lino Oviedo en el delirante proyecto electoral del mesiánico general, quien se comparaba públicamente con Jesucristo y basaba su campaña en promesas de que cada paraguayo tendría varias mujeres, que los ladrones serían ejecutados públicamente en sillas eléctricas, y que los campesinos al fin podrían pasearse descalzos y vestidos de ao po'i por el Palacio de Gobierno. Cuando Oviedo fue inhabilitado como candidato, debido a la condena judicial, Cubas ocupó su lugar y conquistó la presidencia con el juramento de que, apenas asumiera el mando, liberaría inmediatamente a Oviedo. Ahora parecía arrepentido de su temeridad.
-¿Querés que investigue el asesinato de Argaña... sea quien sea el responsable? -le preguntó Carlos Cubas, con cautela.
-Sea quien sea -respondió Raúl Cubas.
-¿Aunque el responsable pueda ser tu querido amigo... el general Oviedo? -insistió Carlos Cubas.
-Sea quien sea -repitió el presidente.
-5-
** La noche empezaba a caer. En la esquina del Palacio de Gobierno, con Claudia Villasanti estábamos escuchando por radio la noticia del nuevo nombramiento del ministro Cubas, cuando de pronto ella me tomó del brazo y me señaló con alarma hacia el gentío. Un movimiento de remolino empezó a formarse en medio de la compacta multitud. Varios manifestantes empezaron a correr, profiriendo gritos.
-¡Cuidado...! ¡Los policías están atacando!
** Al abrirse un espacio entre la masa humana, pude ver que los cascos azules abandonaban su formación y avanzaban con actitud decidida, protegidos detrás de sus escudos, con sus garrotes levantados. Algunos comenzaron a propinar golpes sobre las cabezas más cercanas, sin ningún tipo de contemplación. Pude ver claramente cuando un joven carapintada de torso desnudo quedó atrapado en tul portal y un policía le asestó un seco garrotazo en la cabeza, arrancándole un hilo de sangre, que empezó a chorrearle sobre el cuerpo. El chico cayó tendido sobre la acera. La bandera roja, blanca y azul que llevaba pintada en el pecho empezó a volverse toda roja, paradójicamente el mismo color político de Argaña, Cubas y Oviedo.
** Un camión hidrante avanzó desde el fondo, arrojando potentes chorros de agua contra los manifestantes. Tomé a la asustada Claudia Villasanti de la mano y traté de buscar refugio en los jardines del Palacio. Un casco azul me paró en seco y me apuntó con su garrote. Le puse mi credencial ante las narices y le grité:
-¡Déjenos pasar! ¡Somos periodistas...!
** El casco azul me tomó de la manga de la camisa y me empujó hacia el otro lado de la barrera policial. Rápidamente me arrojé con Claudia bajo unos arbustos, sobre el verde y mullido césped del jardín presidencial. Noté que varias flechitas de papel estaban esparcidas en el suelo, pintadas con las candorosas consignas de Batichica. Recogí una y la guardé en el bolsillo.
** Claudia extrajo una cámara fotográfica de su bolso y se puso a tomar fotos de la represión. Muy cerca nuestro, un policía empezó a disparar granadas de gas lacrimógeno sobre la multitud. Una de ellas, aún sin explotar, fue atrapada en el aire por un rubio gigante y barbudo que estaba entre los manifestantes, quien con su fuerza descomunal lo envió de vuelta al centro mismo del grupo de policías, mientras les dedicaba insultos en alemán. La granada explotó ante los ojos sorprendidos de los represores, quienes empezaron a toser y a aullar como condenados.
** Una niebla espesa y picante llenó el aire y nos hizo llorar a todos. Quise decirle algo a Claudia, pero no me salieron las palabras porque me ardía la garganta, así que la tomé del brazo y la arrastré de nuevo hacia los manifestantes, en busca de algún lugar más seguro. Todos corrían hacia cualquier lado, en medio de una endiablada confusión y no sólo había que esquivar los garrotazos de los policías, las nubes de gas y los chorros de agua, sino también las piedras que arrojaban algunos jóvenes carapintadas desde el otro lado. Una de ellas me golpeó en la rodilla derecha. Sentí un agudo dolor, como un choque eléctrico que se esparcía por todas partes.
-¡Vamos, Rafa...! ¡Los manifestantes están corriendo hacia las plazas del Congreso! -me gritó Claudia, rescatada por otro grupo de periodistas.
** Intenté seguirla, pero una fuerte punzada en la rodilla me hizo perder el equilibrio y caí de bruces sobre el pavimento. Sentí que varios pies pasaban encima mío, algunos chocaban contra mi cuerpo, otros me pisaban dolorosamente. Una granada de gas explotó muy cerca, la niebla blanca y picante me envolvió, y de pronto lo vi todo nublado. Me sentí sofocado, trataba de respirar desesperadamente, pero no había aire, sólo llamaradas de fuego ardiente. En ese momento percibí que alguien trataba de levantarme con dificultad y me recostaba contra la pared, mientras aplicaba un trapo húmedo sobre mis narices. El fuego se detuvo y una bocanada de aire fresco, aunque con fuerte olor a vinagre, empezó a acariciar mis pulmones. Me refregué los ojos y entonces la reconocí, con su capa de bandera a la espalda, aunque un pañuelo verde le cubría casi toda la cara, por debajo de los ojos, ocultando sus hermosos hoyuelos.
-Hola, periodista cínico.
-Hola... Bati.. chica... ¿Qué... hacés aquí?
-Eso mismo te había preguntado yo antes. Tomá, atate este pañuelo al rostro, igual que yo.
-¿Para qué...? ¿Para jugar a... los guerrilleros... zapatistas?
-¡Andá a cagar! ¡No seas boludo! ¡Se nota que estás out...! ¡No sabés nada! Es un pañuelo empapado en sal, agua y vinagre. Sirve como máscara artesanal, para filtrar los efectos del gas lacrimógeno. Esperá, te ayudo.
** Me ató el pañuelo sobre la nariz y aunque me sentí ridículo, enseguida empecé a respirar mejor. Alrededor, los policías seguían persiguiendo a los manifestantes. Al vernos allí, recostados en el piso, un oficial se detuvo, nos observó detenidamente durante un largo instante con su garrote en la mano y luego decidió que quizás no valía la pena gastar sus golpes en un cuerpo tan estropeado como el mío. Siguió su camino en busca de mejores víctimas. Nunca me gustaron los tahachí, pero ése me cayó particularmente simpático.
-¡Vamos...! ¡Tenemos que ir a la plaza del Congreso! Intenté levantarme, pero el dolor me recorrió todo el cuerpo. Traté de aguantar y conseguí pararme con su ayuda. Apoyada en ella dimos pasos y me sentí mejor.
-¡Podés caminar, o te consigo una silla de ruedas? -me preguntó.
-Creo que podré sobrevivir. ¿Me pasarías mi mochila, por favor?
** Ella recogió el bolso del suelo. Lo abrí. Por suerte nada se había estropeado. Lo cerré de nuevo y me lo colgué a la espalda. Empezamos a caminar las dos cuadras que separaban al Palacio de Gobierno de los edificios del Congreso Nacional.
** Ya era noche cerrada. A pocos metros había una lucha campal entre policías y manifestantes. Grupos de jóvenes carapintadas habían logrado formar barricadas con restos de madera y neumáticos incendiados en una esquina, y se defendían a pedrada limpia. A la distancia estallaban más fogonazos, fugaces resplandores dorados en medio de una espesa nube de humo negro y de blanco gas lacrimógeno, sobre un fondo sonoro de explosiones, sirenas, gritos, órdenes, cánticos y consignas.
** Sentí la curiosa sensación de encontrarme en otro tiempo y en otro lugar, como si la apacible y colonial Nuestra Señora de la Asunción, madre de ciudades, se hubiera convertido de pronto en un remedio de otras urbes casi siempre tan lejanas y terribles como Sarajevo, Kabul o Bagdad.
-6- (…)
.
Amplio resumen de autores y obras
de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.