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viernes, 19 de noviembre de 2010

ELVIO ROMERO - EL SOL BAJO LAS RAÍCES 1952 – 1955 (POEMARIO) - EPÍLOGO: GONZALO ZUBIZARRETA-UGARTE / Alcándara Editora, Colección Poesía, Nº 23 - 1984.



EL SOL BAJO LAS RAÍCES 1952 – 1955
Poemario de ELVIO ROMERO
Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
Colección Poesía, Nº 23
Segunda edición
Versión Corregida
© de esta edición Elvio Romero
Alcándara Editora
Edición al cuidado de C.V.M., M.E.V.M. y M.A.F.
Diseño gráfico: Miguel Ángel Fernández
Viñeta: Carlos Colombino
Tiraje de 750 ejemplares
Inscripción solicitada a la Agencia Española del ISBN
Hecho el depósito que establece la Ley 94
Se acabó de imprimir el 30 de mayo de 1984
en los talleres gráficos de Editora Litocolor
Asunción, Paraguay (118 páginas)


ELVIO ROMERO, nacido en Yegros en 1926, es sin disputa el poeta paraguayo mejor conocido fuera del país. Una eficacia bifronte sostiene esa preeminencia: por una parte, su escritura asume de modo tan visceral las tristezas, las batallas, el martirio y la esperanza de la propia tierra, que termina por identificarse, semántica y conceptualmente, con los años imborrables y el espacio trágico del Paraguay contemporáneo. Pero tal integración no constituye un énfasis, ni siquiera una repetición; al contrario, ELVIO trabaja el camino de su poesía con el riguroso amor de un antiguo baqueano que recorriese los montes y los días discerniendo huellas y penumbras, perfumes y silencios. Y así la otra excelencia de nuestro escritor: sus versos nos castigan el rostro y aumentan el alma con el aire profundo de la auténtica Poesía.
ALCANDARA da las gracias al querido amigo que desde el exilio nos alcanzara los originales de EL SOL BAJO LAS RAICES, cuya primera edición -hace tiempo agotada- selló Losada en 1956. Además, la publicación de hoy se enriquece con la palabra de un gran americano, MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS, quien, en lo alto de su ausencia, abre el volumen con precisa admiración, y la de GONZALO ZUBIZARRETA-UGARTE, seguramente el mayor y más claro estudioso de la obra del poeta, como lo certifica el Epílogo elaborado para la ocasión. Falta declarar la explicable satisfacción de la editora, por tratarse del primer libro de ELVIO ROMERO que nace a la luz de su patria, después de casi cuarenta años de militancia en el fragor de la poesía.


 


PRESENTACIÓN
Lo que caracteriza la poesía de Elvio Romero es su sabor a tierra, a madera, a agua, a sol, el rigor con que trata sus temas, no abandonándose ni un solo momento a la facilidad del verso, y el querer interpretar el drama de su país joyoso de naturaleza y triste de existencia, como muchos de nuestros países. Pocas voces americanas tan hondas y fieles al hombre y sus problemas, y por eso universal. Poesía invadida, llamo yo a esta poesía. Poesía invadida por la vida, por el juego y el fuego de la vida. Pero no la vida como la concibe el europeo, chato siempre ante nuestro mundo maravilloso y mágico, sino como la concebimos nosotros. Elvio Romero, como todos los auténticos poetas de América, no tiene que poblar un mundo vació con su imaginación. Ese mundo ya existe. Interpretarlo es su papel. Lo real es lo poético en América, no lo imaginado o ficticio. Y por eso se nos queda tanta geografía dispersa en flores, en astros, en piedras, en aves, cuando leemos los poemas de este inspirado poeta paraguayo. Por los intersticios de tanto prodigio como va cantando, se escapa el dolor de los pueblos, gemido y protesta, pero también esperanza y fe. Pero estos sentimientos y pensamientos nacidos del paisaje que se torna lúcido y que por momentos llegan a ser opresores, son rotos por el poeta que les "nombra". Romper el encantamiento "nombrándolos" es el arte de Elvio Romero, el encantamiento natural, ya que son transpuestos a sus poemas en el logro de otro encanto, el de la poesía, el sobrenatural. Sobre la naturaleza van sus versos arrastrando raíces de sangre viva, de vértigo, contraste y metamorfosis. Lo formal, si cuenta, cuenta poco en poetas en que hay una tempestad atronadora, en los cuales lo que se dice se expande y al expandirse crea o recrea, del mundo nuevo, su vibración auténtica.
(1956)
MIGUEL ANGEL ASTURIAS


EL HIJO DE LA TIERRA
Si me toca volver, si me tocara
volver a lo hondo, al haz de los rastrojos,
a lo hondo triste que encendió mis ojos,
a lo hondo cruento que labró mi cara;

si a mi propio nacer volviera para
remodelar mis raíces y despojos,
y tocando ese erial de fuegos rojos
mi propio origen, fuerte, me tallara:

volvería a cumplir el mismo rito,
volvería a cantar del mismo modo,
volvería a esplender el mismo nombre.

Pues arbolando siempre el mismo grito,
la misma luz transformaría todo,
¡la misma luz coronaría a un hombre!


EL CUERPO DE MADERA
Tienes, patria, las manos de madera,
todo el herido cuerpo de madera,
     madera y resplandor;
el sudor como lluvia de madera,
de madera los huesos, de madera
     dispuesta a resonar.

     De madera la sangre
     (¡chaparrón de madera!).

     De madera los ojos
     (cristal de la madera).

     De madera los gestos
     (sesgos de la madera).

¡Forestal capitán de la madera!

Te hicieron con guitarras de madera,
cajas de percusiones de madera
     se rompen a tu andar,
tu mismo andar es playa de madera,
playa para las olas de madera,
     de madera y calor.

     De madera las uñas
     (filos de la madera).

     De madera los ojos,
     de madera.

Y fibra y capitán de la madera,
     ¡de madera el amor!

Por eso tienes, patria, de madera
el puño vesperal, de una madera
     difícil de quebrar,
la más clara esperanza de madera,
de madera encendida, y de madera
     ¡tu duro corazón!


LAS RAÍCES
De abajo,
desde abajo,
¡de allá abajo venimos!

De allá,
de las praderas,
de la más honda piedra, de la lluvia,
del revés de la lluvia;
del viento disparado en leguas tórridas,
del aire aquerenciado en leña y humos,
desde el punto inicial
de una raíz gloriosa, de allá,
¡de allá adentro venimos!

Aquí hay hombres que salen
de una dura corteza
(y son madera),
de aguas e inundaciones
(y son de agua),
de agricultura y riego
(y son semillas),
y hay hombres que son tierra,
que arrastran en la piel tierra adherida,
que tienen piel de tierra,
que tienen tierra en el costado, tierra
que les hornea el pecho,
que son tierra
¡que tierra son para encender la tierra!

¡Venimos desde abajo!
¿De muy abajo? ¿Acaso
desde el filón caliente de la sangre,
desde el fondo ardoroso de las lágrimas
o desde el mismo origen del sudor?
¿Desde el sudor venimos?
¿Venimos ya desde el sudor acaso?

¡Mirad nuestras banderas!,
mirad que vienen de la agricultura,
de muy adentro estas raíces
que deliran aquí, que trepan por nosotros,
que a nosotros adhieren savia y lluvias,
que aprietan nuestras venas,
que amarran nuestras manos,
que nos devuelven siempre
al tirón ancestral de nuestra sangre,
que nos habían,
que nos recuerdan que de allá venimos.

Venimos desde abajo.
¿De muy abajo? ¿Acaso
como el enigma puro de una flor luminosa
besada desde el fondo por labios milagrosos,
cada vez más de abajo,
de a lo largo del polvo de las hojas?
-¿somos raíces?-
cada vez más atados a la tierra,
¿cada vez más atados a las raíces?

¡Mirad nuestras banderas,
mirad que vienen de la agricultura,
desde la inmensa noche,
desde el día!,
¡desde el punto inicial
de una raíz gloriosa!
¡Temed que puedan encender la tierra,
 mirad que vienen desde muy abajo!


EL SANTERO
Lacú, cara de miel, cabello cano,
temblándole, jadeante, la camisa,
fabrica santos, leve la sonrisa,
barcino guante de sudor la mano.

Trabaja en palos. Y al tallarlos tanto,
con calor de melcocha por la frente,
lo llama por allí la buena gente:
"Lacú, cara de miel, cara de santo".

Modela efigies rojas de madera,
pálidos santos de color de luna,
y le suenan los dedos como en una
llanura fatigante y forastera.

Cuando está airado, talla entre avatares,
y cuando alegre, hasta el taller se alegra,
se le envuelve la sangre en noche negra
si se le llena el alma de pesares.

Tales son sus desvelos; son tan fijos
sus labores, sus vértigos, sus sueños,
y es tanta la pasión de sus empeños
que tiene el rostro de sus propios hijos.

Lacú mira el vivir, sigue a la gente,
ante las vidas simples se emociona,
siente latir un gesto y lo aprisiona,
lo fija todo en su labor paciente.

De allí que cuando miran los vecinos
las figuras de palo en sus altares,
se ven, tal como son en sus hogares,
tal como son, jirones de caminos.

Para probar mejor lo que origina
dentro del puño como fuelle ardiendo,
se amarra al brazo enérgico un estruendo
de escopeta o cuchillo o carabina.

Si labra un santo, firme y despiadado
baña el cincel de fuego y agavilla
la gubia con cendal de maravilla,
fragor de tierra, semillar y arado.

Y si es santa, despierto en nuevo brío,
le da un soplo final mágico y sabio:
con flor de pacholí le pinta el labio,
las lágrimas, con gotas de rocío.

Y tanto se parece a sus criaturas
que él mismo es ya raíz, árbol, madera,
palpitación terrestre y verdadera
de cortezas con sol por vestiduras.

Trabaja en palos. Y al tallarlos tanto
con calor de melcocha por la frente,
lo llama por allí la buena gente:
"Lacú, cara de miel, cara de santo".


CARA TALLADA
Fregado por la tierra en tal medida,
de tal manera a su tirón atado,
tengo cara de campo, cara herida
     de semilla y sembrado.

Tanto me inunda su dolor de arcilla,
de roja arena y de surgente clara,
que hasta la propia tierra se arrodilla
     madrugando en mi cara.

Cara de región grave y de llanura
encandecida, sorprendida, arada;
cara de cicatriz, tajante y dura,
     pura y crucificada.

Tengo cara de pasto amaneciente,
de sol brillante en cuesta semillera,
cara de pan llevando ponla frente
     la activa primavera.

Cara de grumo gris que al aire acuño,
cara de pana o paño de bandera,
cara rebelde levantando el puòo
     de greda tempranera.

Con visaje sombrío, tengo oscura
cara de cárcel si a mi patria ofenden,
si con golpes le ultrajan la cintura,
     la encadenan y venden.

Cara de sombras pongo si me sabe
a sal el polvo que a mi patria embiste,
cara de sombras que ya apenas cabe
     sobre su mapa triste.

¡Y qué cara de alegre adolescencia
si irrumpen en pasión sus viejos ríos,
cara encendida, cara con presencia
     de muchachos bravíos!

Cara de sangre, cara antigua para
fecundar el fulgor que al sol avanza,
cara labrada por las lluvias, cara
     de rama y de esperanza.

Cara de soplo matinal, de hondura,
cara de pala en tierra verdadera,
cara tallada en viva agricultura,
cara de sol, de pan, de sementera.


ESCRITO EN OTOÑO
Madre mía, es la noche;
la airosa noche, madre, la noche de un otoño
que prolonga su triste joyel por los guayabos;
la noche sola, ufana, el distraído
silbo de la penumbra en las palmeras; ella, inmensa
aguardadora de la voz de tu hijo,
la que ha de verme humano como siempre a tus ojos,
inclinado al brasero de tu regazo inmenso.

Aquí estoy, madre mía, solo otra vez contigo,
todos oídos al claro temblor de tus palabras,
todo recogimiento junto al aromo tibio
de tu profundo corazón; así, contigo, en esta noche
en que te veo a solas, a solas con las cosas
que tú y yo recogimos a través de los días
nutridos de luz roja;
aquí estoy, madre mía, descubierta la frente
y con el mismo gesto caminante
que a tu cobijo urdía los sueños que conoces.

Llego hasta ti, en la noche,
con leve paso tardo de criatura que ensaya
agrupar en un puño todo el amor del mundo.
¿Que si apenas sonrío? ¡Cuántas, cuántas
deshabitadas noches labraron mi silencio!
- ¡noches que arrebataron de mis ojos al niño
que hubiera yo querido perder sólo en la muerte!-,
me dejaron visajes taciturnos,
revolar de mirada pensativa, insistente
melancólica arena entre los labios,
la misma mueca amarga de muchacho perdido
por los montes ayer, cazando estrellas.

He elegido este otoño
para rendirte cuenta de mis actos,
y tú me selecciones las perlas de la alforja,
diciéndote: he cumplido,
diciéndote que nunca desajusté mis pasos
de esos caminos rectos como el tronco de un árbol,
que nunca estos mis labios se apartaron del agua
generosa del cántaro más puro,
que prolongué en mi sangre la verdad de tu sangre,
que custodié con alma la lámpara que un día
pusiste entre mis manos, señalándome un norte
de sencilla conducta ante la vida.

Debo decirte a ti, junto al sendero
de claridad lunar, pequeña madre mía:
yo no he bebido nunca el vino adulterado
de las alevosías,
no embadurné la boca por los odres sombríos,
no conjuré divinidades falsas;
quise poblar el mundo de opulentos graneros,
soñé para los hombres los frutos capitales,
busqué trazarles rumbos sin duras peripecias,
busqué prenderles alas,
y llegar a este término de acogerme a tu pecho,
ganado el galardón de hablarte a solas.

A solas, madre mía, ante el otoño
-gran sonajero de murmurio y tiemblos-,
a solas, sin que nadie me escuche ni te escuche,
nombrándote a los míos; a los míos, a aquellos
que posaron la palma de la mano en mis hombros,
los que nos fueron fieles en la dicha y la pena,
y que hubieran querido, como yo, en esta noche,
cantar en ti a la madre de todos sus desvelos.

Guarda tú las reliquias:
de los antepasados; guárdalas; madre mía,
guárdalas en el hondo zarzal de tus recuerdos,
cúbrelas de silencio, que se arrumben los cofres
en el gris meridiano de nuestro patio humilde,
y que en tu mano vuelvan las bujías
nuevamente a alumbrar los aposentos.

Acógeme, entretanto,
tiéndeme a tu costado, en las almohadas
como antaño otra vez, como en los días
de copiosa quietud, de gestos, de palabras
que asistieron también con su inocencia
a toda la creación del universo.


LA COPA DE LA PAZ (BRÍNDIS)
¡Alcemos esta copa, mis amigos! ¡Que suene
en nuestras manos firmes su prestigiosa lumbre
y, exprima un zumo vivo de azul viñatería;
que su profunda y clara transparencia se llene
de resonancias hondas, y se encienda y alumbre
nuestras tierras ardientes con su mensajería!

Alcemos esta copa, la más antigua y pura
copa de temblor claro que la patria elabora
-copa del corazón, de terracota altiva-,
copa de paz que ofrece con cándida hermosura,
copa labrada en hornos de semilla sonora,
al ras de una llanura candente y encendida.

Bebamos de esta copa paraguaya, ofrecida
por estas manos rudas, por los callados hijos
de la selva, el quebracho, la terrestre dureza;
copa de bordes tibios, de arcilla conmovida,
con el cuenco inclinado al horizonte, fijos
sus nuevos manantiales por cauces de pureza.

Con esta copa sola podrá secarse el llanto,
tejerse un hondo nido de amor a las parejas
de pájaros, que afirman su vuelo entre las luces;
con esta copa sola derrotarse al espanto,
lavar nuestros senderos de vértigos y rejas
librando a su habitante de cárceles y cruces.

Que el árbol tenga paz. Que el árbol fuerte tenga
tranquilas sus raíces, de esplendores ilesos,
que nada hiera el fondo de su hondura severa;
que en paz la tierra dura le aliente y le sostenga,
que el aire en paz le alhaje con pétalos y besos
sosteniéndole el viento la rama duradera.

¡Alcemos esta copa, sea la bienvenida
al merecer por siempre nuestra fe y alabanza;
que pechos leñadores sostengan su armonía;
alcemos esta copa prohijando a la vida,
alcemos esta copa de infinita esperanza,
esta copa sedienta de luz y de alegría!


COLOR DEL ALBA
Para el hombre que trabaja
y en los montes deja el jugo,
se enciende un alba de yugo,
cuchillo, caña y baraja.

Decoración de las parras,
campos, casas y viñedos,
sol y música en los dedos,
el alba de las guitarras.

Si es muda ceniza, cobre
que no brilla ni resuena,
triste, vendida y ajena,
es alba de gente pobre.

Fulgor de un hacha violenta
que al pueblo arroja de bruces,
sembrando el suelo de cruces,
¡alba de sangre y de afrenta!

Revienta salvas de vinos,
de horror en su laberinto,
puñal sangrante en el cinto
si es un alba de asesinos.

Herrumbrando los llaveros
sobre los hombres dormidos,
frior de rifles tendidos,
¡alba de los carceleros!

Capitán de resplandores
que echa flores y claveles,
vino puro en los manteles
¡el alba de los cantores!

Alba destilada en rachas
de perfumados jazmines,
alba de amorosas crines:
¡el alba de las muchachas!

Y hay hombres que entre los dientes
llevan albas de emociones,
albas de hermosas canciones,
¡albas de los combatientes!


LÁPIDA PARA LOS ARTISTAS
QUE TRAICIONARON AL PUEBLO
Debo hablar de vosotros, de vosotros que en venta
dejáis hasta el humilde cristal de una mirada
-apartando los ojos del farol que alumbramos-,
que enarboláis por pluma la pluma que no inventa,
por honor la humillante reverencia a una espada,
por divisa la pobre moneda de los amos.

Estáis en vuestro sitio. Ya habéis tenido cita
con las sombras falaces que amaba vuestro pecho;
ya entregásteis el Árbol que cubrió la primera
morada de la sangre: la tierra que se habita;
ya habéis herido el aire, que se tumba deshecho
por donde traficásteis también la primavera.

Triste oficio ha ordenado la sombra a vuestras manos:
destinar a un retablo de farsa a la esperanza,
subastando las hierbas, las pasiones, los nombres:
abrir todas las puertas de casa a los tiranos,
presumir que el dinero puede alcanzar o alcanza
las delicadas cumbres del sueño de los hombres.

¡Lejos estáis del alba! Vuestras frentes desiertas
no conocen el suelto poderío del viento,
ni vuestros pies el claro fragor del mediodía
robusteciendo el ala de las mieses abiertas;
de sequía en sequía, sois el abatimiento
que ignora el sorpresivo temblor de la alegría.

No sabéis que la tierra lleva el tenaz empeño
de alimentar sus predios con fervor conquistado
luego de ensangrentarse con luchas y avatares;
lleváis puñales negros de rencor en el ceño,
lleváis entre los dientes el dinero logrado
a fuer de haber vendido las arpas populares.

¡Las arpas populares! Allí están, encendidas,
con el cordaje a punto y en pie de llamaradas,
buscando manos que hablen con voz de varonía;
allí están, largo a largo, resonancias hendidas
en los bravíos cauces del mañana, entregadas
a la faena hermosa de arder con rebeldía.

No era para vosotros la vestidura ardiente
del canto que dirige sus flechas a la vida
con prodigioso vuelo de cuchillo y de riego;
no era para vosotros el panal transparente
de resina y milagro, de miel enardecida
que en la boca llevamos, con vocación de fuego.

¡Habitad el silencio! Ya tendréis otra suerte
mientras inauguremos la fiesta en los senderos,
y palpitantes arpas en el telar del viento
nos hablen de otra vida adolescente y fuerte,
¡y cumplan sus jornadas los varones señeros,
por donde el sol bautiza su nuevo nacimiento!


ABRID EL PECHO AL CORAZÓN
Abrid el pecho al corazón, hermanos,
que el corazón se encienda a cada hora,
que se cubra de sol dando a la aurora
la misma claridad que a vuestras manos.

Que el corazón trabaje, que sonría
saliendo humildemente a ser un hombre,
que tenga en su destino un nuevo nombre,
un nuevo signo en el umbral del día.

Dejadle ser un árbol; que resuene
por dentro como grano en sembradura,
fruto resplandeciente que madura
la amanecida unción de lo que viene.

Dejadle ser un hombre, simplemente,
con vocación de pámpano y arado,
sobre su propia luz atrincherado,
grano de surco, amigo de la gente.

Que pueda el corazón ser lo que quiera,
preñado vientre o llama enardecida,
fertilizante avena de la vida,
color de naranjal de una pradera.

Venablo hiriente, cerbatana, lanza
zigzagueante en el alcor del cielo,
resplandor avizor llevando en vuelo
la progenie de pan de la esperanza.

Dejadle hacer al corazón, que cante
con un collar de fuego en la garganta,
como un brillante soplo que levanta
vuestra triste raíz de arena errante.

Que pueda el corazón ser lo que quiera,
un hombre enamorado simplemente,
¡pero un hombre de pueblo, sonriente,
que aprendió a fecundar su sementera!


LOS HOMBRES
Los moradores de estas tierras duras
     llevan cuchillos,
amasijan sus puños yendo al monte,
del monte bajan con centella y brillos.

Los moradores de estas tierras duras
     son de madera,
de la madera arrancan su alegría,
a la madera van con su tristeza.

Los moradores de estas tierras duras
     tienen guitarras,
con su guitarra suben por las cuestas,
con su guitarra hasta la tierra bajan.

Los moradores de estas tierras duras
     llevan fusiles,
suben al hombro fogaradas de oro,
quemaduras metálicas y firmes.

Los moradores de estas tierras duras
     hierros trasudan,
hierros afilan para sus puñales,
para el bélico afán de la cintura.

     Y siempre
el torvo ceño ante el candil foguean,
     avanzan
con sus ásperos torsos de madera,
     escalan
con briosa pasión las rojas cuestas,
     y ahora
ante el muro de sombra al que se acercan,
con sus guitarras cantan y protestan,
y con el puño en alto ante las rejas,
en el momento aciago en que golpean,
comienza a amanecer
     ¡y arden y sueñan!


MACHETE
Aquí quiero clavarte,
recio varón, en una
crispación temblorosa
sobre la tierra dura
aquí, para que puebles
de coraje y de altura
las fragorosas fuentes
del corazón, y asumas
los gestos varoniles
que los hombres procuran.

Aquí hace falta siempre
que la sangre consuma
calladas combustiones
de enérgica hermosura,
pues por los pobres yermos
la vida tiene puntas
de arado que ara surcos
de negras desventuras,
y a todo un pueblo hieren
con puñado de púas,
le asogan entre cruces
y de bruces lo insultan
y le rompen los huesos
con clavo y ligaduras.

Por eso es que quisiera
tenerte adonde zumban
los sofocantes sesgos
calientes de la lluvia,
por esos sitios rojos
donde los puños buscan
tenerte entre fulgores
de revuelta y de lucha,
que así, lavado el filo
de herrumbres y de arrugas,
desarraigues de golpe
las malezas desnudas,
la vieja servidumbre
de la comarca enjuta,
cuyo temblor vasallo
no hierve ni fecunda.

¡Contempla nuestras manos,
tiéndelas, una a una,
libres por fin, unidas,
como banderas puras!
¡Qué grano jubiloso
no saldrá de la hondura,
haciendo estallar, frescas,
las cosechas futuras,
en tanto un haz triunfante
de racimos, prorrumpa
con un dichoso idioma
de amor y de ternura!

¡Qué no será ya nuestro,
si todo se inaugura
junto a un sol victorioso,
testigo de estas luchas;
qué no será ya nuestro,
si sólo con las súbitas
claves de los preanuncios
la vida nos alumbra;
si todo el porvenir
se emociona en las rutas
por dónde vas rompiendo
las alimañas rudas!

Todo saldrá a tu paso,
como alguien que saluda,
y hasta la tierra misma
te habrá de abrir su cuna,
la tierra, entera y virgen,
de pertenencia tuya.


¡VEDLOS PARTIR!
¡Vedlos partir! Unos rompen
con sueños las noches claras,
otros van con embozados
lutos  de piedra en la espalda,
bocas de negros visajes
que no resuenan ni cantan;
aquéllos son la creación,
éstos; las cenizas magras,
para unos se enciende el sol,
para los otros, se apaga.

Algunos van por la vida
como arados por fragancias,
varones que a flor de piel
respiran la luz del alba,
firmes como airosa espuma,
tiernos en la encrucijada,
descifradores de un haz
de antiguo trébol que sangra
radiantes mensajerías,
señales para mañana.

Pero hay hombres que no llevan
sino estériles guadañas,
ecos de vacío pozo,
noches de vacía trama,
manos que no acariciaron
cabelleras de muchachas,
besos que nunca iluminan
ni fecundan las estancias,
torsos que no se foguean
con afán de abrir la marcha.

Fuegos altos llevan unos,
como otros no llevan nada.
Estos marchan enlutados
y con la boca cerrada,
con eclipses en la piel,
cubiertos de arena pálida,
pájaros que al remontar
el vuelo pierden las alas
y en los atajos que acechan
se oscurecen y rezagan.

Vigor de lumbre en la vida,
contemplar a los que marchan
resueltos, reconocibles
por el monto de sus ansias,
que en los crepúsculos sueñan,
que en los mediodías cantan,
con labios que alimentaron
las decididas palabras.

Unos cargan en los hombros
sus briosas llamaradas;
los otros, yertas y frías
ramazones y marañas,
y siempre al saber por cuál
sendero los dos avanzan,
para unos se enciende el sol,
para los otros se apaga.


EPÍLOGO
De todas las vocaciones poéticas, ELVIO ROMERO es la más fervorosa que ha producido, hasta ahora, el Paraguay. Es asimismo -juntamente con Augusto Roa Bastos y Gabriel Casaccia en la narración- el escritor paraguayo cuya obra ha tenido más difusión fuera del país, hecho que le da un relieve especial a aquélla, dado la sistemática ignorancia, de nuestra literatura en el exterior.
Nace el poeta, en 1926, en Yegros, pueblo del sur del país; es allí, en Encarnación y Ñu Porâ -este último otro pueblito situado en las proximidades de la frontera con el Brasil- donde pasa los primeros años de su vida. La niñez campesina de Romero cobra enorme significación en cuanto a su destino poético. Ya en el exilio, su obra no consiste, en gran parte, sino en la evocación de la naturaleza del Paraguay, a cuyas primeras revelaciones asiste con ojos deslumbrados: "Yegros -dice el escritor- ha sido y es para mí el rilkeano país de la infancia, el de las sorpresas y el de los imborrables encantamientos". 1
El acervo estilístico de Romero es, en líneas generales, el de toda una época, y lo utiliza con la asimilación necesaria para transfigurar su expresión e imantarla de una fuerza primigenia y personal.
Tierra antropomórfica es la del poeta; cruel y mezquina como los hombres, oficiante de los más despiadados holocaustos en un rito que parece inacabable. Pero también como ellos, a un mismo tiempo, generosa y solidaria. La Simiente -personalizada-brota de la imaginación de Romero con una aureola jubilosa y triunfal y se instala, como un paradigma, entre los hombres:

Una dura Simiente, valerosa,
inmensa y clara,
como un destello azul sobre los montes,
densa, sobresaltada,
ríe como un muchacho por los valles,
ríe por las ventanas,
con sus dedos va a abrir, segura y fresca,
la rumorosa flor de la mañana.

Vertiginoso polen de alegría,
de juventud, avanza,
trae un pan en las labios, nos promete
una dulce morada,
de sus hombros descarga los murmullos
por las hierbas.
                  Y avanza

De todas las constantes que tipifican el lenguaje de Romero, la más característica es la reiteración. Toda su poesía, tanto en el significante como en el significado, constituye una vibrante acumulación reiterativa. El poeta se sirve de ella en sus diversas variantes -estribillo, sintagmas no progresivos, anáfora, correlación y paralelismo- como un martilleo que, aunque casi siempre resuena en una dimensión social, a veces deja también oír sus ecos en otra en la que está implicada la condición humana con toda su contradictoria complejidad.
Al estudiar esta fórmula estilística del poeta, se advierte de inmediato la concurrencia simultánea de dos o más tipos de reiteración en un mismo poema. El ejemplo que se muestra seguidamente, exhibe, además de anaforismo, la reiteración correlativa de los elementos de una serie sintagmática no progresiva:
(Al) De allá,
(A2) de las praderas,
(A3) de la más honda piedra, (A4) de la lluvia,
(A5) del revés de la lluvia,
(A6) del viento disparado en lenguas tórridas,
(A7) del aire aquerenciado en (B1) leña y (B2) humos,
(A8) desde el punto inicial
una raíz gloriosa,
(A9) de allá,
(A10) ¡de allá adentro venimos!

"Allá" se repite dos veces y "lluvia", una. "Viento" progresa en su correlativo "aire"; y el adjetivo "tórridas", en los sustantivos "leña" y "humos". La trayectoria en que se sucede la serie de sintagmas no progresivos es casi vertical; sólo se interrumpe brevemente en la unidad A7 que se bifurca en B1 y B2.
La patria de Romero adquiere entidad física por medio de un fruto de la tierra -la madera-, y tiene cualidades antropomórficas: lucha y sufre, ama y sueña como el hombre, quien a su vez no es otra cosa sino una cifra telúrica:

Tienes, patria, las manos de madera,
todo el herido cuerpo de madera,
     madera y resplandor;
el sudor como lluvia de madera,
de madera los huesos, de madera
     dispuesta a resonar.

     De madera la sangre
     (chaparrón de madera).

     De madera los ojos
     (cristal de la madera).

     De madera los gestos
     (sesgos de la madera).

¡Forestal capitán de la madera!

Te hicieron con guitarras de madera,
cajas de percusiones de madera
     se rompen a tu andar,
tu mismo andar es playa de madera,
playa para las olas de madera,
     de madera y calor.

     De madera las uñas
     (filos de la madera).

     De madera los ojos,
     de madera.

Y fibra y capitán de la madera,
     ¡de madera el amor!

Por eso tienes, patria, de madera
el puño vesperal, de una madera
     difícil de quebrar,
la más clara esperanza de madera,
de madera encendida, y de madera
     ¡tu duro corazón!

Debe repararse en que la utilización de la anáfora y de la correlación produce en el poema que se acaba de transcribir la representación de ese mundo tan propio del escritor, dominado por la naturaleza, en el que se localizan las vivencias profundas de su infancia. El sustantivo "madera" aparece nada menos que veinte y ocho veces a lo largo de la composición, y, exceptuando una ocasión, siempre está introducido por la preposición "de". Además se puede ver en ella una lujuriante arborescencia de correlaciones: "manos" progresa en "cuerpo" "huesos" y "puño", mientras que "sudor" avanza en "lluvia", "sangre" y "chaparrón". Otros elementos registran, por su parte, una progresión correlativa de un solo grado: "ojos", en "cristal"; "gestos", en "sesgos"; "uñas", en "filos". Pero aún no termina aquí esta densa red correlativa, ya que se pueden señalar otros desplazamientos del mismo carácter como "guitarras" que avanza en "cajas de percusiones" y "playa", en "olas". Por lo demás, el mismo núcleo de la anáfora se halla reiterado con el adjetivo "forestal". Resultaría difícil encontrar en toda la obra de Romero un poema en el que no se recurra a alguna variante repetitiva, pues es el recurso más relevante de su lenguaje, el medio por el cual insufla a la palabra de una connotación que transciende su contenido habitual.
En las líneas siguientes, adviértase la poderosa plasticidad de una imagen lograda a través de la anáfora.

Sujeto a palos en cruz,
un hombre, quieto,
sobre dos palos en cruz,
con sogas entre los huesos.

Y abajo el viento.

Acaso atada mi tierra
como un tamborón de cuero
sobre dos palos en cruz.

Y enfrente el viento.

¡Toda la patria en el suelo
sobre dos palos en cruz!

¡Y encima el viento!

La reiteración del "viento", en tres niveles, establece la representación del "hombre" -quien es "tierra" y "patria" a la vez agonizando en un pasado-presente de crucifixión:

Y encima el viento
                         Y enfrente el viento
              hombre
Y abajo el viento

El humanitarismo de la inspiración de Romero se basa en la irreductible integración de hombre y paisaje. Es en el seno de su tierra -sometida por él a un constante proceso de transmutación dramática- donde intuye, desde niño, los símbolos de su poesía. Lo que asimila de los poetas a quienes más admira -y lo que recibe también de su ideología- sólo opera como estímulo para la expresión inevitable de una experiencia que se le arraiga feroz-mente en la memoria.
ALCANDARA se congratula de haber recibido, de manos del poeta, esta versión corregida de EL SOL BAJO LAS RAÍCES. El propósito de esta Editora -dar a conocer de una manera orgánica la poesía paraguaya- no se cumpliría en plenitud sin la publicación de un poemario de Elvio Romero.
Asunción, 19 de mayo de 1984
1.- Ver Hugo Rodríguez-Alcalá, "Elvio Romero, poeta del campo", en Literatura paraguaya y otros ensayos, p. 213.


INDICE : Presentación,
*. El hijo de la tierra, // El cuerpo de madera, // Las raíces, // El santero, // Todo creció en el valle, // Aguafuerte, // Valeriano Méndez llega a los obrajes, // Cara tallada, // Conversando con José Asunción Flores, // El cegador de alondras, // Guitarra, // Escrito en otoño, // La copa de la paz, // La pala, // Color del alba, // Guardamontes y botas, // Lápida para los artistas que traicionaron al pueblo, // Pequeña canción, // Abrid el pecho al corazón, // Los hombres, // Las intrépidas lanzas, // Nana en el alba buena, // Otras fogatas, // Un hombre, // Elegía, // Poema, // Machete, // La guitarra pueblera, // ¡Vedlos partir!, // Aquí y allá, // Chaco, // ¡A ver, muchacho!, // El amo de los feudos, // ¿Quién va?, // ¡Es tu deber, soldado!, // Estad atentos siempre, // La simiente
*. Elegía al polvo guatemalteco Tenías, Guatemala, I, II, III,  IV, V, VI, VII, VIII, Ruego al polvo guatemalteco,
EPÍLOGO.

ENLACE A OTRA OBRA DE ELVIO ROMERO:
CANTAR DE CAMINANTE
Autor: ELVIO ROMERO
Editorial El Lector,
Director Editorial: Pablo León Burián,
Texto de contratapa: Ariel Romero
Edición al cuidado de:
BERNARDO NERI FARINA
Ilustración: Le Semeur – Vicent Van Gogh
Diseño de tapa:
Ariel Romero, Jorge Altamira.
Asunción-Paraguay (93 páginas)


viernes, 2 de julio de 2010

ELVIO ROMERO - POESÍAS COMPLETAS TOMO I y II / BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES (LIBRO DIGITAL 100%)



(PDF 363 Kbytes)
Retrato Romántico de Rafael Alberti
y una carta de Gabriela Mistral
Edición digital:
Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2009
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),

Alcándara, [1990].





(PDF 1.477 Kbytes)
presentación de Miguel Ángel Asturias
y un poema de Nicolás Guillén
Edición digital:
Alicante :
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2009
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Alcándara, [1990].


TOMO II
Presentación - MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS
Poema de NICOLÁS GUILLÉN (1958)
Un relámpago herido (1963 - 1966);
Los Innombrables (1959 - 1973);
Destierro y atardecer (1962 - 1975);
Libro de la Migración (Yby - Ñomimbyré) (1958 - 1964);

lunes, 31 de mayo de 2010

ELVIO ROMERO - EL SANTERO y EL CUERPO DE MADERA (Poesías) / Fuente: TRILCE - UNA REVISTA DE POESÍA - TERCERA ÉPOCA N° 25 /ABRIL 2009.



EL SANTERO
y EL CUERPO DE MADERA
ELVIO ROMERO
(1926 – 2004)
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

.
EL SANTERO
Lacú, cara de miel, cabello cano,
temblándole, jadeante, la camisa,
fabrica santos, leve la sonrisa,
barcino guante de sudor la mano.

Trabaja en palos. Y al tallarlos tanto,
con calor de melcocha por la frente,
lo llama por allí la buena gente:
"Lacú, cara de miel, cara de santo".

Modela efigies rojas de madera,
pálidos santos de color de luna,
y le suenan los dedos como en una
llanura fatigante y forastera,

Cuando está airado, talla entre avatares,
y cuando alegre, hasta el taller se alegra,
se le envuelve la sangre en noche negra
si se le llena el alma de pesares.

Tales son sus desvelos; son tan fijos
sus labores, sus vértigos, sus sueños,
y es tanta la pasión de sus empeños
que tiene el rostro de sus propios hijos.

Lacú mira el vivir, sigue a la gente,
ante las vidas simples se emociona,
siente latir un gesto y lo aprisiona,
lo fija todo en su labor paciente.
De allí que cuando miran los vecinos
las figuras de palo en sus altares,
se ven, tal como son en sus hogares,
tal como son, jirones de caminos.
Para probar mejor lo que origina
dentro del puño como fuelle ardiendo,
se amarra al brazo enérgico un estruendo
de escopeta o cuchillo o carabina.

Si labra un santo, firme y despiadado
baña el cincel de fuego y agavilla
la gubia con cendal de maravilla,
fragor de tierra, semillar y arado.

Y si es santa, despierto en nuevo brío,
le da un soplo final mágico y sabio:
con flor de pacholí le pinta el labio,
las lágrimas, con gotas de rocío.

Y tanto se parece a sus criaturas
que él mismo es ya raíz, árbol, madera,
palpitación terrestre y verdadera
de cortezas con sol por vestiduras.

Trabaja en palos. Y al tallarlos tanto
con calor de melcocha por la frente,
lo llama por allí la buena gente:
"Lacú, cara de miel, cara de santo".

EL CUERPO DE MADERA
Tienes, patria, las manos de madera,
todo el herido cuerpo de madera,
….. madera y resplandor;
el sudor como lluvia de madera,
de madera los huesos, de madera
….. dispuesta a resonar.

….. De madera la sangre
….. (chaparrón de madera!)

….. De madera los ojos
….. (cristal de la madera).

….. De madera los gestos
….. (sesgos de la madera).

¡Forestal capitán de la madera!

Te hicieron con guitarras de madera,
cajas de percusiones de madera
….. se rompen a tu andar,
tu mismo andar es playa de madera,
playa para las olas de madera,
de madera y calor.

De madera las uñas
(filos de la madera).

De madera los ojos,
de madera.

Y fibra y capitán de la madera,
….. ¡de madera el amor!

Por eso tienes, patria, de madera
el puño vesperal, de una madera
….. difícil de quebrar,
la más clara esperanza de madera,
de madera encendida, y de madera
….. ¡tu duro corazón!

.
Fuente:
CREACIÓN Y REFLEXIÓN
TERCERA ÉPOCA N° 25 /ABRIL 2009
Director : OMAR LARA
Organizado por JACOBO RAUSKIN,
Portada: ENRIQUE CAREAGA,
Asunción – Paraguay 2009
.
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jueves, 20 de mayo de 2010

ELVIO ROMERO - INVITACION, EL HIJO DE LA TIERRA y CON ESTAS MISMAS MANOS / Fuente: POESÍA PARAGUAYA DE AYER Y HOY - T. I. Autora: TERESA MÉNDEZ-FAITH.


INVITACION, EL HIJO DE LA TIERRA y
CON ESTAS MISMAS MANOS...
Poesías de: ELVIO ROMERO
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

.
INVITACION
Hoy te invito a un retorno por la patria, no sea
que el tiempo desdibuje su rostro ciegamente
de nuestro rostro, y siga su fuego en nuestra frente
como un lejano leño que sólo el viento orea.

Ocupemos sus llanos, sus montes, como asiento,
reconquistados hijos de su caliente albura,
ganados por el hondo perfil de su estatura,
quemados por su luna, bañados por su aliento.

Que yo te busque siempre por aquella hondonada
y halle tu imagen firme junto a su imagen pura,
que puedas encontrarme junto a su vestidura
y así me reconozcas sobre su arena honrada.

Un hacha y un cuchillo junto a la patria brillan,
un hacha que ha tallado su hosca fisonomía,
un cuchillo esplendente que siempre desafía,
y que erguidos por siempre no se herrumbran ni astillan.

Miremos a esos hombres que por un vericueto
de sombras sobrellevan su penosa madera,
que arrastran en silencio su vida madruguera
y de inclemencia heridos conversan en secreto.

Mira sus fuertes bosques, los enhiestos pelajes
de troncos enlutados que al calor se deslíen,
esas secas raíces que de tristeza ríen,
el dolor guarecido por sus ciegos ramajes.

Mira sus densos ríos, sus helechos abiertos
al rayo calcinante que hiere su cintura,
esos ríos cargados de inmensa desventura
al devolver, temblando, por las noches sus muertos.

Mira la patria ardiendo, mira cruzar sus fondos
varones indomables que alimentan su lucha.
Triste es la patria ahora, su soledad es mucha.
La patria es triste ahora, sus dolores son hondos.

Hoy llevamos pedazos de su diadema herida,
su impulso culminante, su iluminado riego.
¡Que reconozca siempre su fuego en nuestro fuego,
su fuerza en nuestra fuerza, su vida en nuestra vida!
.
(De: De cara al corazón, 1961)
.
EL HIJO DE LA TIERRA
Si me toca volver, si me tocara
volver a lo hondo, al haz de los rastrojos,
a lo hondo triste que encendió mis ojos,
a lo hondo cruento que labró mi cara;
si a mi propio nacer volviera para
remodelar mis raíces y despojos,
y tocando ese erial de fuegos rojos
mi propio origen, fuerte, me tallara:

volvería a cumplir el mismo rito,
volvería a cantar del mismo modo,
volvería a esplender el mismo nombre.

Pues arbolando siempre el mismo grito,
la misma luz transformaría todo,
¡la misma luz coronaría a un hombre!
.
(De: El sol bajo las raíces: 1952-1955, 1984)
.
CON ESTAS MISMAS MANOS...
Con estas mismas manos, tenaces herramientas
que aguzan tenazmente sus fabulosas llamas,
que con sus diez calientes martillos constelados
yerguen antorchas frescas de semilla labrada,
hemos de abrir caminos a las constelaciones
para que un día bajen a besar las escarchas,
a inaugurar un sitio de sencilla hermosura
donde edificaremos con luz las nuevas casas.

Con estas mismas manos que no siempre pudieron
detener su torrente de soledad amarga,
el turbulento río de las venas purpúreas
que en un telar perenne de vida se crispaban
cuando el dolor tendía sus mantones sangrientos,
cuando la noche oscura colmaba las mañanas,
¿cómo no abrir un hito de dulzura y laureles
para el suspiro tenue de las nuevas muchachas?

Con su férrea materia de incorruptible liquen
una profunda tierra labraremos mañana,
donde apetezca el rayo puntas de fortaleza
y apaciguadamente repose en las guitarras,
donde el claror sidéreo de las Siete Cabrillas
arroje polvaredas de luz en las comarcas,
hasta que el aire ciego, clavel de maravillas,
tenga voz de cristales donde un niño descansa.

Estas dos talladuras de quebrachos fluviales,
de ingente piedra y monte y opulencia clara,
que anhelan el linaje secreto de los hombres
proclamando el austero señorío del alba,
habrán de ser pacientes custodios del sagrado
y minucioso germen que inaugura su magia
sobre el troquel radiante de los hechos futuros,
sobre el crisol humilde de la nueva esperanza.

No tendrán para entonces sus poderosos cauces
menesterosas sombras ni surgentes de lágrimas,
viejo rencor nocturno congelándole el hilo
del fervor calcinado que irá hasta sus espadas;
no han de tener raíces de temblor compungido,
no han de tener rumores de sangre castigada,
no han de tener recuerdos de linaje ultrajado,
¡no han de tener ramajes de vida triturada!

Con estos dos metales fundidos que las hondas
noches carbonizadas y el mediodía abrasan,
con estos dos tizones de fuego saludable
con implacables chispas de herrería golpeada,
grávidos de energía como cántaros hechos
en vieja alfarería de tierras hacinadas,
habrán de abrirse rutas jóvenes de aventuras
-con el honor a cuestas-, ¡ganada la batalla!
Autora: TERESA MÉNDEZ-FAITH
Intercontinental Editora, 1995
Ilustraciones: Enrique Collar
Asunción-Paraguay, 362 páginas
.
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lunes, 29 de marzo de 2010

ELVIO ROMERO - EL POETA Y SUS ENCRUCIJADAS / Fuente: EL POETA Y SUS ENCRUCIJADAS. Por ELVIO ROMERO.


EL POETA Y SUS ENCRUCIJADAS
Autor: ELVIO ROMERO
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
. Habrá que imaginar a una persona, a un simple mortal, renovando el mito creador de la especie, sobre un papel en blanco, tratando de aprehender allí la espiritualidad de las cosas, el bullente empuje de sus ensoñaciones que serán sometidas a revisión, hasta que queden fijadas en ese blanco cuadrilátero en donde se juega todo su destino. Allí comienza y termina su faena, su nacimiento y su agonía; de su esfuerzo y su pasión dependerán su triunfo o su derrota. Se le ha dado esa vocación de un modo enigmático, porque mientras miles de otros seres traman su itinerario vital con una posesión práctica de las cosas materiales, él va a fiar su suerte, su vida entera, a los resultados alógicos de su imaginación. Hay un escalofriante misterio en el origen de esa vocación, ya que es inexplicable todavía cómo se engendra y cómo perdura a través de toda una existencia, sin que pueda torcerla evento alguno. Ni el castigo de la pobreza, ni su exclusión de los círculos áulicos de una sociedad utilitaria, ni el rechazo que se levanta a su alrededor, ni las catástrofes de la negatividad que lo censuran, consiguen amilanarle y hacerle renunciar a esa música interior que lo exalta y tiraniza.
Es un oficio -si así puede llamarse- extraño el suyo, enteramente ajeno a la comprensión del hombre corriente, ya que vivirá en perpetuo asombro en pos de lo desconocido, de una palabra, de un sonido que mitigue la desesperación de su búsqueda. Descubre, diariamente, un nuevo mundo. Parado en una calle, empujado por los transeúntes, o en un recoleto sitio que escogió para meditar, o en el bullicio de los bares, o en un rincón donde los rumores no le alcanzan, en mitad de la noche o de las madrugadas, un impulso incomprensible y súbito lo arroja al vértigo de la creación, en un obnubilado y ciego arrebato que termina despedazando su razón y su equilibrio. Y así, entre la inmovilidad y la acción, transcurre la existencia de esa criatura escogida por el candor, para dar de beber a su prójimo las aguas inusuales del estremecimiento.
Un universo mágico todos los días, ése es su afán. Y en ese afán consumirá sus energías todas, porque quien esté alcanzado de veras por ese rayo impreciso que soliviante su alma, estará quemado para siempre. Ningún consejo, ninguna insinuación servirá nunca, nunca y a nadie, para hacerle desistir de ese camino.
Recordemos que Rubén Darío, a quien se le requirió un consejo en ese sentido, respondió, tranquilo y lúcido: "Yo no aconsejo nada. Aquel que lleva su fuego en el pecho, que soporte la quemadura". Soportar la quemadura. Ni más ni menos. En el firmamento de la hoja en blanco se librará su jornada; el fin del mundo está allí, más allá de los mapas, donde el océano se vuelca en un infinito universo hirviente. Como los Argonautas, se arrojará a un fantástico viaje, riesgoso y lleno de amenazas, a una región de abismos y tormentas, donde hay pájaros radiantes y cetáceos fosfóricos, islas y prodigios, y además, por sobre todas las cosas, el resplandor intenso del corazón humano, todas sus pasiones, todos sus delirios. Lo que antaño fue la meta de los audaces, Cipango, el Oriente, los jardines de perlas, las tierras encantadas, la malaguita y el marfil, el oro y las especias, son poca cosa para él en comparación con el iris de una palabra, con la magnificencia de una sílaba, con la maravilla de un verso conquistado. Como aquéllos, los argonautas, a veces sentirá temblar la tierra bajo sus pies, y el viaje le resultará mucho más arduo de lo previsto. Sentirá que las estrellas le extravían el rumbo, que lo acecha el desvelo por haber oído un llamado misterioso a medianoche, que en la vida se le fueron cerrando los caminos de la dicha, y cuando ya el desaliento parece apoderarse de su alma y está a punto de abandonar la empresa, el rayo súbito de un momento único, el de la inspiración, le ofrecerá el bálsamo de una idea feliz, de una palabra milagrosamente encontrada; el hallazgo, en fin, de un verso que enardecerá su corazón y el desvalido sentirá que le bulle otra vez la sangre, que el pulso se le afirma de nuevo, que la canción brota renovada de sus labios ardientes, y con los ojos enfebrecidos y con la boca sonriente se dispondrá a explorar las aguas inquietantes, la noche inexplicable poblada de sonidos.
En esta persecución formidable de lo casi inasible, el creador puede sufrir alteraciones visibles en su equilibrio. Rimbaud afirmaba tener "los sentidos desarreglados"; Bécquer, el inefable Bécquer, no sabía ya cuál era la realidad y cuál el sueño en su existencia. Le sucede al creador lo que a un hombre perdido en la selva, confundido el rumbo en las picadas, y viendo una alucinante superposición de colores y rumores, y todo como un engaño de la naturaleza inmensa que le cubre, que parece desviar y esconder la salida que está allí, a un paso, mediante esa mágica operación de multiplicar hasta el infinito sus propias potencias.
El hombre es entonces menos que un insecto, atrapado en el desconcierto y en la fiebre. Atrapado está, sin duda. La razón, en muchos casos, zozobra y se despedaza. En mi país y en otras partes, hemos visto a esas criaturas cautivadas por el demonio de la ilusión, caminando por los pueblos perdidos, recitando versos como sonámbulos o contemplando la vida estando fuera de la vida. Se les enrevesaron las cosas; un rumor espantoso los arrojó a la demencia y están ya sordos y con el alma muerta. Sin embargo, musitan su canción deshilvanada. En estas zonas yermas fluye aún el manantial de repente. En la obnubilación fulguran los relámpagos que todavía se prolongan en una creación incesante. El cuadro es patético y a la vez sublime, feroz e inexplicable. Recuerdo un solo caso americano, el del nicaragüense Alfonso Cortés, a quien durante sus ataques de locura encadenaban a la viga en una habitación familiar, que ya con el juicio perdido escribió extraños poemas que perduran y perdurarán para siempre. 25 años los pasó en el Manicomio de Managua, poseído todavía por el milagro el gran Alfonso, y solamente después, ya anciano, la poesía lo abandonó.
Este cerebro, el del poeta, no descansa jamás. Pueden sucederse los días y las noches sin que encuentre reposo. Todo será sacrificado a esa duermevela: el sosiego de las cosas simples y hasta el amor. Porque, aunque parezca paradójico, cruel e inhumano, hasta los disfrutes del amor caen marchitos ante la presencia abrumadora de la ideación imaginaria. ¿Qué resta entonces por inmolar en aras de esa pasión? Nada quedará, definitivamente. Es que, de veras hay una dicotomía entre el ensueño y la realidad, y no hay posibilidad de conciliar esos extremos antagónicos. El disturbio de la ensoñación y el equilibrio están reñidos por siempre y para siempre. Todo artista conoce eso desde los más remotos tiempos. La fantasía y lo terrenal han entablado una batalla a muerte. O lo primero o lo segundo. Y aquel que escoge lo primero, presiente que su destino se cumplirá de manera muy distinta al de los demás, que habrá un hilo roto en el indispensable enlace entre la realidad y sus ensueños, entre lo cotidiano y su fantasía.
Querría uno, a veces, preguntarse: ¿necesita el creador un ámbito favorable donde desenvolver sus facultades? ¿Tal vez un "cuarto propio" que una escritora inglesa requería? ¿Acaso una mesa? ¿Una cómoda silla? ¿Cuáles son sus requerimientos?
Psicólogos y ahondadores de la conducta humana, han rastreado en ese misterio, tratando de penetrar en las motivaciones que desata la inspiración (ese instante de tensión única y fecunda) y terminaron declarando su impotencia en el rastreo. ¿Nada necesita entonces del demiurgo para su vigilia fértil? ¿Una biblioteca, un silencio propicio a la meditación, un recoleto retiro? La pregunta quedará siempre sin respuesta, porque nadie ha podido imaginar siquiera cuál es esa necesidad. Un papelito a veces, estrujado en un bolsillo, puede llevar los gérmenes de una obra genial, el soplo inicial de una tempestad que se desatará no se sabe cuándo, no se sabe dónde. Fue anotado ese germen, acaso solamente una palabra, eso sí, dictado por una fuerza interior que resplandeció de pronto, casi sin aviso, colándose en medio del trajín de la vida. ¿Pero es así realmente? Tampoco puede afirmarse eso de manera absoluta, pues ya se sabe que hubo poetas en quienes la creación significó un suplicio, un esfuerzo inaudito, una siembra meticulosa de la voluntad, en tanto se dio en otros como un acto casi feliz, fácil, displicente. Obras hay, como "La divina comedia", que han sido concebidas como un fresco fantástico por la inteligencia, sin que ninguna de sus partes esté librada al azar y donde la poesía fluye en un orden perfecto. Lo mismo puede decirse del "Fausto" de Goethe, donde la pasión y el equilibrio están organizados con la lucidez apolínea de una mente que nada, ni el fuego de la creación misma, desequilibró jamás. Mientras en Rimbaud se daba la creación como un acto de total desgarramiento, no podríamos imaginarnos a Federico García Lorca bañado en lágrimas al gestar su prodigioso "Romancero gitano", sino más bien con el rostro arrebolado por la gracia. Así, pues, ¿qué se necesita para crear? Por suerte, y para mayor prestigio de la poesía, nuestra pregunta también estalla en el vacío y no hay eco que la responda.
Miles son los que, en todos los tiempos, intentaron esta magia; en cada sitio del mundo están los desvelados, los que persiguen sin descanso, sin tregua el deslumbramiento. Y sin embargo, pocos son los elegidos, los visitados por ese hechizados efluvio que rompe la crisálida, los que dejan una palabra válida a los hombres de su tiempo y de los venideros tiempos. De esa legión de apasionados que cubre el mundo entero, muchos acaban también desalentados como si un viento helado les sosegara la frente; algunos desisten a mitad de camino, los hay que de pronto pierden el fervor juvenil, su capacidad del ensueño y se arrojan a una fría práctica de los menesteres de la vida; otros siguen sin fin y vanamente, aunque ya se les escapó la posibilidad del triunfo; los hay que se derrumban -como hemos visto- con la razón deshecha en el afán delirante; millones yacen, impotentes, bajo una polvareda de olvido. Y está el que sigue sin detenerse, a pesar de todo y contra todos, el que presiente la llegada de su hora, invicto aunque le cerque el desamparo, sin prestar atención a una posible caída, los ojos arrebatados y ardientes, los labios secos con sed devoradora siempre. Aquéllos, los que han cambiado de estrella en mitad de camino, tienen los ojos marchitos, nostálgicos, a pesar de todo, del edén sin compensaciones que les ofreció la poesía, éstos, los perseverantes, tienen el alma de un tamaño distinto, porque en ella se alojan la ilusión y la fe, la adolescencia intacta y la esperanza, "todopoderosa esperanza" que dijo nuestro Ortiz Guerrero, impulsora de todas las apetencias del hombre.
Pero no debe extrañarnos que alguien desfallezca a mitad de camino. Encontrar en el laberinto inextricable del idioma una suerte de lenguaje para sí mismo, hacerse de un bagaje propio, conseguir que una palabra sea reconocible como de su pertenencia, ¿puede imaginarse mayor osadía, ambición semejante?
Sin embargo, la batalla es ésa: hallar el alfiler perdido en las arenas del desierto. Y hay, dijimos, quienes no se arredran ante las dificultades, y no se arredran porque su acto es, en cierto modo, un acto irracional. No cuentan con procedimientos codificados del pasado que les sirvan; no les son útiles las teorías rígidas ni frígidas que les ayuden en la búsqueda; contarán solamente con su intuición o su "pálpito", según decimos nosotros, con lo que extraigan de sí mismos, en un proceso de vivisección, completamente inconsciente, de sus sensaciones. La lógica les sirve de poco, la "cochina lógica" que decía Unamuno, pues con ese instrumento no avanzarán mucho tampoco. Y tanto es así, que los grandes teóricos de la literatura (que también son miles), aquellos que analizan todos los estilos y lo saben todo, muy rara vez, producen una página original, una imagen memorable, una secuencia estremecida. Si la lógica tampoco les es provechosa ¿entonces qué? Es lo que no sabremos jamás, lo que nunca será descifrado, el secreto cuya revelación está vedada.
Y es preciso tener conciencia de ese esfuerzo titánico; de ese esfuerzo como de cacería, donde pueden agotarse las energías todas, desfallecer los ánimos, caer a pedazos la voluntad más firme.
Porque de veras se trata de una cacería, de una asechanza insomne en la selva del idioma: buscar una palabra, un signo que se ajuste al fulgor del pensamiento, perseguir un sonido diferente, los matices de una expresión desconocida, el candor de un giro feliz.
Como el cazador, deben aguzarse los sentidos, estarse atento al más leve rumor y, sobre todo, saber esperar, con la respiración contenida, la sorpresiva aparición de la presa; habrá que emplear la cautela, el sigilo y presentir la aparición de ese instante irrepetible que no debe desperdiciarse. Edgar Poe esperó años para hallar la palabra justa que completara el verso imaginado. Otros hay que anhelan ese conocimiento, con los ojos desorbitados, en una vigilia pavorosa. Otros desesperan de ver cumplidos sus anhelos. “La adusta perfección jamás se entrega", dijo Darío; y lo dijo él, que parecía poseer todas las claves, todas las llaves, todos los secretos. Y sin embargo, es así. La insatisfacción es un síntoma de que no se alcanzó la meta. Y se sigue acechando, en el ardiente atajo. No hay duda que es asombrosa esa tenacidad. La obsesión de la página bien escrita puede abarcar años en la vida de un hombre y puede suceder, como en la mayoría de los casos, que se llegue al final del camino sin conseguirlo. Su presa es el idioma, repito. El más insignificante léxico será el blanco de su persecución, de su infatigable olfateo, de su asedio sin fin. Sus conceptos necesitan del ropaje adecuado para que su labor se excite en una victoria pasajera, porque su victoria siempre será pasajera de acuerdo con esa imaginación suya que, ante el regocijo de un hallazgo, está ya en pos de la conquista de otro hallazgo. Y así siempre, una y otra vez, en la cacería interminable.
Con obra cumplida, Pablo Neruda, después de un vasto tormento y una labor radiante, clama en su poema Oceana: "Y si hay alguna lágrima perdida en el idioma / déjala que resbale hasta mi copa", como pretendiendo descifrar los secretos finales de ese tembloroso mar que tanto conoce. Y es ese mismo Neruda el que había expresado ya su más hondo anhelo:
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Diccionario, una mano
de tus mil manos, una
de tus mil esmeraldas,
una
sola
gota
de tus vertientes virginales,
un grano
de tus
magnánimos graneros
en el momento
justo
a mis labios conduce,
al hilo de mi pluma,
a mi tintero.
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Otro gran poeta, que venía de los desastres de la Guerra Civil Española, Rafael Alberti, al llegar a América, donde su obra se henchiría de otros aires, pidió también:
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Que cuando califique de verde al monte, al prado,
repitiéndole al cielo su azul como a la mar,
mi corazón se sienta recién inaugurado,
y mi lengua el inédito asombro de crear.
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Y ese estar con el corazón "recién inaugurado", sintiendo el "inédito asombro de crear" es lo que nos da la medida de la ambición ilimitada.
¿Cómo ven a este cazador -llamémosle así- sus contemporáneos, sus familiares, sus amigos? ¿Qué es, en el círculo de sus íntimos, este ser en cuyo cerebro se agita un universo fantástico, este insensato que supone posible modificar el mundo por la sola y mágica operación de la sensibilidad y del ensueño?
"Cambiar la vida" -clamaba Rimbaud. ¡Cambiar la vida! Tiene encanto, desde luego, esa inocencia; fascinante esa pureza; pero la realidad está ahí, concreta y peligrosa. El espíritu creador también, ardiendo al rojo vivo; pero la realidad reclama de los mortales el cometido práctico que las necesidades de vivir exigen y es entonces cuando el entusiasta del ensueño puede terminar destrozado y con las alas rotas.
La incomprensión, sin duda, se cierne sobre su cabeza. Pero nada, ni la indiferencia ni las reprimendas, conseguirán torcer su rumbo. Seguirá con su capacidad de asombro y alegría, preservando su imperio secreto, sublimando los sentidos hasta alcanzar la libertad suprema, en permanente desacuerdo con lo real. Y es a este hombre, interiormente libre, a quien hay que enrostrar su idealismo como un pecado, como transgresión a las reglas establecidas, a las convenciones de una sociedad teñida de materialismo cerril.
Su audacia debe ser castigada, hay que hacerle mirar el suelo en vez de las alturas, reducir su ascensión, aplacar su exaltación, someterle al implacable yugo de lo prosaico. Le dirán de todo. Le llamarán, por fin, peyorativamente "poeta", como una befa o un escarnio, propalando su incapacidad en el frío y lógico quehacer de vivir. Marcado y señalado, se cumplirá su peregrinaje entre dificilísimos escollos.
¿Cómo se lo ve, entonces? Baudelaire, con los excesos de su imaginación enfebrecida, propone un cuadro terrible, al referir el espanto de una madre al engendrar a un poeta, como expiación de sus pecados. "Pobre irrisión", lo llama ella, "árbol macilento" "monstruo encogido". A pesar de la execración materna, en ese poema sombrío, el maldito
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.........con el sol se extasía
…………………….. .
y juega con el viento, charla tonel celaje,
y se embriaga, cantando camino de la cruz,
el Espíritu síguelo en su peregrinaje
y llora al verlo alegre cual pájaro en la luz.
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ya que, sabiendo que es el dolor "la nobleza suprema", sabe también que tendrá, al fin, una diadema "resplandeciente y clara", hecha "de lumbre pura".
No sin emoción suelo recordar una tierna página de la elegía andaluza de Juan Ramón Jiménez, donde se lo ve montando en su Platero, trajeado de negro, con su "barba nazarena", según dice, escuchando gritar a los chiquillos "¡El loco! ¡El loco!" sin que eso le impida recibir "esa serenidad armoniosa y divina que vive en el sinfín del horizonte". Y es que, en verdad, ese loco subido en su borrico, recibía en sus ojos "la placidez sin nombre" despreocupado de cómo le vieran, ajeno a la apreciación de los seres corrientes, completamente dueño de su aventura, de llevar en la mano, como dice, "el sol de cada aurora". Y es que, sin duda, el que lleva en la mano "el sol de cada aurora", bien puede desoír el improperio pasajero. De algún modo, el alma del poeta está siempre fulgurando en las alturas.
¿Cómo sería el mundo sin ese loco? Habría que imaginar un mundo seco y sin melodías, un mundo donde ya nadie sepa musitar un suspiro de amor, donde a nadie estremezcan ya las interrogaciones profundas que se formula el hombre en su camino; en donde estén los ojos cegados para la contemplación y la celebración de la belleza, donde ya no se diferencien la alegría de la tristeza, donde -envueltos por la fría razón- los seres prescindan de la ilusión que nos anima en los innumerables instantes de la vida. Habría que imaginar ese mundo, vacío de toda belleza, para comprender la herencia, colmada de agitaciones, que nos han dejado, a través de los siglos, estos hombres extraños, que con la radiación del Verbo perfeccionaron nuestros conocimientos del corazón humano, que nos enseñaron a escuchar el latido de nuestro propio pecho, la conmiseración hacia las desdichas ajenas y propias, la aprehensión del aliento vital que sostiene nuestra existencia.
A sus contemporáneos no siempre les resulta fácil comprender esta religión basada en la inquietud y los nervios candentes. No es el éxito, al fin y al cabo, el acicate del creador. La obra, muchas veces, queda allí, inédita, girando en una polvareda incierta. No creo, desde luego, que a los verdaderos demiurgos, absolutamente seguros del rumbo que eligieron, les interese más que la perduración de su obra, el efímero prestigio que se teje a su alrededor, en vida. Ellos apuntan, en realidad, al por-venir, con inequívoca certitud. "Seré famoso hacia el 1900", aseguró Stendhal, cuando nadie se percataba del peso de su obra.
Otros, hasta llegaron a menospreciar ese triunfo. Quién puede olvidar aquella escena, entre conmovedora y patética, cuando Rubén Darío, recién llegado a París, se le acercó a Verlaine y no atinó sino a decir, tímido ante el poeta genial:
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-Maestro, la gloria...
recibiendo esta respuesta increíble:
-¿La gloria? ¡Merde!
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Bécquer no vio jamás impresas sus "Rimas", aunque en el futuro resplandecieron después en millones de manos, en millones de corazones enamorados. Sabido es que las publicó un amigo, luego de su muerte. Y un grande entre los más grandes, Baudelaire, jamás tuvo lectores. La escena aquella, inolvidable, del poeta leyendo sus versos en una sala vacía, en Bruselas, habla de su desamparo con elocuencia terrible.
El poeta no tendrá reposo, soliviantado por la pasión, por el fuego interior que lo consume. Extrae su riqueza de una napa profunda y solitaria, donde la energía es engendrada por sí misma. Solo ante su sombra y su destino, el creador succiona el mundo y lo fructifica. Porque los sentimientos que expresa, la infinita gama de las pasiones que estremece su obra, ¿son únicamente suyos o están recogidos de cuanto hierve a su alrededor, es decir, de otros seres y otras vidas?
Sin duda, el poeta Shakespeare no pudo haber pasado en su existencia todas las peripecias de las criaturas que su imaginación engendraba; su tiempo físico no le alcanzaría para tantas metamorfosis. Y es así mismo; cada poeta siendo un hombre es al mismo tiempo varios hombres, varias miradas, distintos seres. Una sola experiencia es pobre para nutrir una obra de arte; únicamente en la medida en que un poeta es capaz de succionar otras experiencias puede ofrecer una tensión que se traspase a otros seres que la recojan como suyas. La trama se urde sobre la base de una memoria y de otras memorias. Encierra una presencia humana múltiple. La poesía sería entonces como una urna mnemónica de múltiples estremecimientos imprecisos. El eje, sin embargo, es individual e intransferible, es decir, única la vivencia. Y en esa paradoja reside su enigma y su resplandor. Ya que, después de todo, tendiendo hacia lo eterno, es un hecho circunstancial, una materia iluminada por un hecho fugaz, por un momento pasajero que no volverá a aparecer.
Aquí, entre nosotros, en nuestro vasto mundo americano, el poeta debe caminar sobre senderos llenos de peripecias, dificultades, incógnitas. Mientras en otras latitudes, la cultura vigente tiene la continuación de siglos, las tradiciones artísticas están detrás de cada línea escrita y los poetas están sostenidos por esos pilares sólidos, los nuestros deben fijarse pautas sobre un terreno donde todo está por desbrozarse. Sabe, por ejemplo, que el idioma, al atravesar el mar, siendo el mismo de los escritores clásicos que frecuentó en sus lecturas, no es el mismo idioma al enraizarse en nuevas tierras; sabe que debe explorar una zona de especiales características, un universo de emociones que requiere un específico molde donde volcarse. Ese idioma, incorporado por el conquistador, sufrirá, en la traspolación, la influencia del ser autóctono, adquiriendo un sello peculiar acorde con el aire, con la psicología, con ese no se sabe qué de cada pueblo, tomando también, como el rostro de los hombres, fisonomía nueva -por decirlo así- en su transmigración a otros ámbitos. No es lo mismo el léxico en España que en nuestro continente. Y aún en nuestro continente, no mantiene la misma uniformidad, según se pertenezca a ésta o aquella región. Porque el ser de aquí o de allá, de las ásperas cumbres o los llanos fértiles, no es en vano; se es de un sitio y se pertenece a sus circunstancias, a sus peripecias sociales, a sus colores. Cada palabra, en zona arbórea o en riberas fluviales, tiene una connotación diferente, algo así como un soplo detrás del soplo, una expresión recóndita y oculta más allá de la expresión aparente.
La palabra adquirió, por obra de una misteriosa metamorfosis, un sentido distinto en su viaje a nuestras tierras. Y aquí mismo, al fijarse en ámbitos geográficos distintos, sobre culturas pasadas también dispares, ajustó sus significaciones de acuerdo al terreno que invadía. Encontró aquí un prodigioso mundo al que tuvo que enfrentarse, a situaciones nuevas que debió descifrar y nombrar, a ecos que escuchar, a un arco iris cuyo esplendor medir.
Se es poeta americano en tanto los versos estén invadidos por esa fragancia original con que el idioma se impregnó y por la visión de la vida que tiene, distinta del europeo. Porque el idioma que hemos recibido, a fuerza de afincarse en nuestras comarcas, adquirió un encantamiento disímil al del tronco común.
Cada zona de pradera, de lluvias, de selvas, de montañas, de bullicio o de silencio, consiguió impregnar al lenguaje de particularidades, y hasta de extrañas connotaciones. Sufre cambios de colina en colina, y ese "Sí, señor" del hombre andino, con inflexiones de inclinación al gamonal, no es igual al "Sí, señor" del de los campos abiertos del sur, donde hay una afirmación orgullosa. Y es que, como los alimentos que adquieren otros sabores por el efluvio de elementos terrígenos distintos, el idioma se carga de una emoción diferente en la diversidad maravillosa de nuestras tierras. Nuestra múltiple literatura nace de esa diversidad y de esas mutaciones. El sentir del creador pone lo demás, su modo de ver la vida, el grado de sus pasiones, las raíces de su temperamento. La poesía americana está adherida a las circunstancias locales, libre ya de las obsecuencias de la imitación. Ya se habló mucho del "color local" para extendernos sobre el tópico, aunque el criterio en sí tenga validez absoluta. Ya nada hay que agregar al concepto del canto recibiendo los estremecimientos de la tierra que lo sustenta, en una simbiosis de fecunda riqueza.
En esa forma de bucear en vetas originales, en la identificación más honda con lo nuestro, el poeta encontrará nuevamente adversarios: aquellos que viven con el oído tapado a las sinfonías autóctonas, puestos los ojos en Europa, en otro continente, como si la cultura toda proviniese solamente de allá. Tiempos hubo de negación para las cosas nuestras, de prosternación servil ante lo ajeno y lejano, en simiesco gesto de imitación. Fue difícil imponer lo vernáculo, el jugo y la fragancia de nuestras frutas, el sabor del mosto refrescante. Al comienzo pareció extraño manejar cuestiones que concernían a nuestro inmediato existir: el indio ignorado, las desdichas de nuestros paisanos, es decir, los dolores que antes estaban vedados mencionar. Y con ello, un tono de posesión de nuestros problemas y toma de posición también. Porque a medida que esas cuestiones llegaron a nuestra poesía, los poetas se acercaron más a los asuntos de su país. Y comenzó la revalorización de lo olvidado y la necesidad de su rescate. Y se halló frente a fuerzas primarias que necesitaba des-brozar, en un campo en que todo, aparentemente dispuesto de modo uniforme, era desigual. Ese campo, es, reitero, nuestro extenso mundo americano. Nuestros países están conglomerados bajo el pendón de un mismo idioma, con la excepción ya conocida del Brasil, Guayana, etcétera.
¿Es así realmente? Durante mucho tiempo se habló, se sigue hablando, de la búsqueda de nuestra expresión. ¿Se trata de la expresión propia de nuestro continente, aún desconocido? Esa búsqueda, ya en los albores de nuestra literatura, se resolvió en seguras vetas de originalidad. Sarmiento, para citar sólo a uno, con sus rugidos, nos ofrece un tono insoslayablemente propio y nuestro. Este escritor no es de España, seguro, cuando rasga audazmente el velo de los preceptos establecidos; dice lo que piensa, y al no pensar como los otros, escribe de otra manera, aún con el desaliño del mundo contradictorio y en erupción al que pertenece. Y aquí está el germen de algo nuevo. Al pensar de otra manera, escribe también de otra manera. En el estilo del pensar está lo nuevo. Y la cuestión se nos descubre de una forma no tan difícil como se creía: cada uno de nuestros países, dado su modo de ser, su historia, su naturaleza, tiene un estilo de pensar. Y es en la aprehensión de ese estilo donde se libra la batalla de nuestro poeta. Cierto es que él, tratando de hallar un matiz original, o, si se prefiere, nutrir su obra de una sustancia raigal suya, autóctona, no se cierra a las influencias de otras culturas, pues sabe que todo encerramiento será mortal para sus propósitos. Sabe qué en la elaboración de una cultura mundialmente válida, hecha de mil fragmentos, pero con una unidad espiritual que corresponda al nivel de elevación del hombre según la época en que se está, no puede prescindirse de la contribución de todos. Abrirá las ventanas a la atmósfera de todas las culturas, para no caer en esos regionalismos falsos, de cartón piedra, que nos quieren hacer creer que en su zona transcurrió el génesis. Tiende, pues, la mirada hacia el universo todo, pero sin despegar sus pies de los orígenes, y consigue así el ensamblamiento de lo local con lo universal asimilando ya aquel consejo sabio de Tolstoi: "Pinta tu aldea y pintarás el mundo". Y escribiendo en su aldea, con la sensibilidad de su tiempo, escribe para sus contemporáneos.
Vive preso de una coartada: o sus prójimos o el aislamiento.
¿Cómo apartar sus pasos de los demás, de su gente, so pena de vivir como una planta desenraizada?
Los tiempos cambian y la canción también. No le sirve el instrumento rígido que emplearon sus predecesores, porque su conexión con el temblor humano renovado, le exige la innovación en sus procedimientos. Así sucedió con Whitman, desbordado por la aspiración de una más ancha fraternidad entre los hombres, democrático y genial. La renovación conceptual provoca la renovación formal. Las palabras adquieren, en su canto, un nuevo significado. Tiempos nuevos lo reclaman. Su poesía, al tomar contacto vivaz con los seres y los conflictos de su época, se vuelve más y más, como lo ha sido siempre, un arte de circunstancias. ¿Cómo? ¿La poesía un arte de circunstancias? Así lo hemos expuesto en otra ocasión. No reiteraré esos conceptos. Diré, eso sí, que si cambiante es el mundo, que de no repetirse un solo minuto en la vida de un hombre, que si todo lo que nos rodea sufre una alteración permanente, y que si la poesía es una aprehensión de los momentos fugitivos tanto de las ocasiones como de la emoción del creador, ¿quién puede dudar entonces que sería, en sus momentos de mayor esplendidez, un arte de pasajeras circunstancias?
Vemos entonces al poeta, en estos turbulentos años, vinculado a su comunidad como lo estuvo en otros siglos, recobrando un rol perdido. Inmerso en el ciclo histórico que le toca vivir, vuelve a llevar un signo inconfundible de predestinación en la frente, como cuando, en remotas épocas, en tanto el mito y la leyenda se entretejían, apareció su antecesor como el augur y el iniciado en las perplejidades de su gente, con poderes mágicos y resplandecientes. Orfeo no solamente podía atraer a los hombres con su lira y su música, sino también a los elementos de la naturaleza, árboles y rocas, en una prodigiosa convocatoria. El vaticinador ayudó a los Argonautas, con sus mágicos poderes, en difíciles travesías; fecundó la vida civil, oficiando de sacerdote en el templo de Apolo y ejerciendo la profecía. Por fin, de ese modo se convirtió Orfeo en la voz oracular de su comunidad. Desde entonces, adelantado y vaticinador, rapsodia o bardo, profeta o pregonero, juglar errante o cantor alrededor de un fuego, el poeta es un intérprete de los anhelos hondos que el corazón humano guarda en sus latidos; y si sabe auscultar en los meandros de la condición humana, sabrá también prestar oídos al clamor de las multitudes, porque el canto no está hecho para limitarse a una sola melodía, sino para abrir sus cauces a todos los estremecimientos, a todas las tempestades.
Su encarnizada brega acerca un soplo fecundo a las colectividades que emplean su misma habla. Sin la la-bor del poeta, nuestro lenguaje estaría soterrado o estratificado, porque cada hallazgo suyo, cada logro, cada avance, es un aporte a la ampliación del acervo lingüístico de la comunidad a que pertenece, porque el idioma se enriquece según se desarrolle la cultura, donde juega él un relevante papel. Nuestro idioma americano, siempre de prosapia peninsular pero ya oreado en otra atmósfera, ¿tendría acaso el esplendor que tiene sin los magníficos escritores que le dieron precisión y sonoridad, flexibilidad y brillo? Sin esos poetas y prosistas, Martí o Sarmiento, Rubén Darío y Montalvo, Miguel Ángel Asturias y Vallejo, Gabriela Mistral o Neruda, ¿habría perfeccionado su fosforescencia, la música terrígena que conserva en sus sílabas? Si es verdad que han recogido del seno del pueblo sus materiales primarios, los han devuelto transformados en oro milagroso y radiante, ensanchando además su poder de fabulación. Hay algo magnífico en esa hazaña, en esa convivencia con el entorno y la evocación, recogiendo y ofreciendo, en una sucesión interminable, y conduciendo al espíritu a sus más altas cimas, en un intercambio de riquezas mutuas. Cuando Machado afirma: "Escribir para el pueblo, qué más quisiera yo", entendía perfectamente que lo suyo contribuía a la elevación idiomática de ese mismo pueblo y se elevaba él también.
En estos años, años cambiantes, de espera, de esperanzas, en que todas las estrellas parecen estar prendidas en el cielo, en que la poesía anuncia con señales claras lo que vendrá, está sin duda menos solo el creador; mucho menos solo, porque el tono de su voz resuena en un auditorio que lo acoge con estremecida atención. Al fin y al cabo, su palabra comunica a los humanos una buena nueva. Los tiempos han cambiado, los frutos se renuevan como en ciclos de fecundación. Está acompañado ahora, porque en todas las latitudes del planeta surgen acentos más o menos parecidos al suyo, acentos que también señalan el advenimiento de la renovación que los hombres anhelan. Se instaura entonces un invisible reino de fraternidad, de quienes encienden lejanas luces de amor en las tinieblas. Los semejantes se reconocen a distancia y se estrechan la mano por sobre las fronteras. Y eso hace que se mitigue su orfandad, al sentir que, al asumir nuevamente su misión de profecía, las semillas que va arrojando, no caen en suelo yermo.
Ya no es solamente el poeta díscolo e incorregible. Se permite ahora erigirse en paladín de la justicia, al augurar de nuevo -como en el pasado-lo que el futuro traerá a los hombres. Y sonríe otra vez, poseído por la fermentación del ímpetu, desdeñando los tradicionales valores que los seres conservadores santifican: la comodidad sistemática, la seguridad, la estabilidad de sus bienes materiales. Él, que parecía estar envuelto en una dolorosa constricción, levanta la voz ahora, y nunca la renovación y su canto se llenan de júbilo inesperado. Recupera, entonces, su perdido rol y vuelve a ser, como ya lo señalamos, voz oracular de su comunidad. Tantea en la oscuridad y avanza. Su fábula es ahora visionaria, y esto mismo, una vez más, concita la desconfianza de los preservadores del Orden. Porque hay siempre un Orden, un Poder Rector, que está atento a sus pasos, un Ojo Vigilante que de todos modos acompaña su labor; son los Notarios y Jueces que preservan, bajo siete llaves, las tablas de la ley, de la moral y de las costumbres. Y al encolerizar, con su rebeldía y su fe profética, a ese Poder Rector, se intentará de nuevo separarlo de la sociedad con mano de hierro. Nuevamente será castigado, como castigados fueron, en pasados siglos, sus pares en la audacia y el arrebato. Hay mil maneras de castigarlos, someterlos a la proscripción y al hambre en algunos casos, apartarlos directamente de la comunidad expulsándolos del paraíso. Y es que hay que impedir que se le escuche, hay que lograr que su palabra se ahogue en un salón vacío, que el viento apacigüe los ecos de su verbo. El ostracismo también servirá para acallarlo, para que nunca nadie repita su nombre, para que sea olvidada su canción para siempre.
Alguna vez habrá que hacer la crónica de los poetas proscriptos, desarraigados, desterrados; de aquellos que sufrieron el más pavoroso de los castigos, desde Ovidio a Nazín Hikmet, que ya todos conocen.
Tiempos hay también en que su acción, su cantar mismo, no despierta tantas sorpresas; tiempos supuestamente calmos en que los cambios sociales bruscos sufren un compás de espera. La vida social transcurre, al parecer, entre aguas sosegadas no hay fuerzas visibles que amenacen resquebrajar su moral, su economía, sus costumbres. El poeta replegado en sí mismo, podrá merecer la dádiva de la tolerancia y la complacencia; podrá hasta recibir alguna migaja del festín de la vida regalada; más aún, es probable que se lo trate con privilegio y cortesía. Un halo de espiritualismo envuelve su figura. Pero los años de calma, en la historia, duran menos que un parpadeo. Se intranquilizan las calles y las almas. Un viento ardiente parece soplar sobre el mundo y el sosiego estalla como el cristal. Su seguro olfato, su sensibilidad se aguzan de nuevo y mira alrededor. Fanático de su libre albedrío, el poeta no se somete. Al fin y al cabo, a lo largo de las centurias demostró poseer una altivez envidiable, una capacidad de independencia, irritante para los amos. Recuerdo ahora -y no es el único ejemplo que se podría poner, desde luego- a ese genio levantisco y temerario, al caballero don Francisco de Quevedo y Villegas, el gran Quevedo, a secas, que en su protesta airada contra los males de su tiempo, arrojó al rostro del Poder Rector estas palabras de fuego:
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No he de callar, por más que con el dedo,
ya tocando la boca o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.
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Palabras que le costaron la reclusión, el deterioro físico y la pronta aniquilación.
El Dante también juzgaba dura -según sus propias palabras- "la subida de la escalera de los amos". Miles de ejemplos podrían darse de estas conductas indóciles, desde el viejo Esquilo, ya retirado a Sicilia, que no quiso habitar el palacio de su protector Hierón, que tuvo también a Píndaro a su servicio, para no caer en obligadas complacencias, hasta quienes en nuestro mundo contemporáneo no estaban dispuestos a callarse, como Miguel Hernández, aunque el precio de su indocilidad fuese la cárcel y la muerte.
Unido otra vez al ciclo histórico que le toca vivir, vuelve a ser el Vaticinador, el Augur de los acontecimientos que advienen. Nadie le negará ese sitio precursor en la mesiánica tarea de vislumbrar el porvenir entre la ceniza de lo que se agrieta y fenece, lúcido observador de la claridad que sube de entre los intersticios de la penumbra. En su laboriosa soledad, con el oído atento a los rumores activos, habrá rescatado su más honda palabra, sus fábulas, sus mitos, porque habrá hallado también el amor y la comprensión de los hombres. Y su soledad se habrá poblado con el calor de esa comprensión, de esa fraternidad de su gente que ya no lo verá como una extraña planta del fondo de los patios, sino como intérprete de sus afanes, de sus quehaceres, de todas sus esperanzas. Su palabra será en cierto modo la palabra de todos, y su desvelada persecución del sonido, la eufonía y la sílaba ya no serán un acto atormentado, sino una labor parecida a la de los otros hombres que se verán verdecidos, ellos también en la conjunción de los esfuerzos victoriosos. Y podrá repetir, con no disimulado orgullo, lo que un poeta paraguayo, un poeta entero y ejemplar, Hérib Campos Cervera, dijo en los años tristes de su destierro, dirigiéndose a su patria:
Yo sé que estoy llevando tu raíz y tu Suma
sobre la cordillera de mis hombros.
Todavía inmersos en el sufrimiento, en una sociedad cruel que los margina, conjeturando sobre el curso final de sus vidas, algunos poetas quisieron unir la atmósfera poética en que vivieron con otra atmósfera, igualmente poética, que correspondería a su muerte. Parecería que todos han pagado un alto precio por musitar su canción. Cuando Rainer María Rilke afirmó que cada poeta tiene su muerte propia, seguramente habrá imaginado no sólo su muerte, tan singular y tan rilkeana, sino la muerte de otros poetas, en el singular estilo que corresponde a su destino. No sé por qué se nos ocurre la visión de un fenecimiento huérfano, desvalido, inadvertido por los demás mortales, el que les toca: sería una muerte que llega como para recordar a un inocente que debe dejarse ya de tantas inocencias.
Antonio Machado presintió exactamente cómo iba a morir, con años de antelación, cuando no había signo alguno del desastre que lo condujo, solitario y pobre, al recatado rincón donde, por fin, descansó. Su autorretrato consigna esa premonición:
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Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo, ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.
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Raúl González Tuñón, en una singular prefiguración de la suya, dejó este conmovedor y patético cuadro de la caída de un ángel:
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Sin un céntimo, solo, tal como vino al mundo,
murió al fin en la plaza, frente a la inquieta feria.
Velaron el cadáver del dulce vagabundo
dos musas, la esperanza y la miseria.
……………………….. .
……………………….. .
Los que le vieron dicen que murió como un niño.
Para él fue la muerte como el último asombro.
Tenía una estrella muerta sobre el pecho vencido,
y un pájaro en el hombro.
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Finalmente, otro poeta, Conrado Nalé Roxlo, labró este epitafio digno de recordación:
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Yace aquí, como ha vivido,
en soledad decorosa.
Su gloria cabe en la rosa
que ninguno le ha traído.
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¡Que ninguno le ha traído! Las rosas vendrán después. Mientras tanto, la faena será dura, porque al gestar el calidoscópico universo donde han de calmar los hombres su sosiego, su alma habrá estallado, como estalla el rocío, entre las hierbas, al filo del amanecer.

Fuente: EL POETA Y SUS ENCRUCIJADAS. Por ELVIO ROMERO. Editorial El Lector, Asunción-Paraguay 2002 (170 páginas).
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