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lunes, 8 de noviembre de 2010

AMANDA PEDROZO - EL DIABLO POR UN AGUJERO (CUENTOS) - PRÓLOGO: LUIS HERNÁEZ / Editorial y Librería SERVILIBRO, Octubre 2010.



EL DIABLO POR UN AGUJERO
Cuentos de AMANDA PEDROZO
Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
Editorial y Librería SERVILIBRO
25 de Mayo esq. México - Telefax: (595-21) 444 770
Dirección editorial: Vidalia Sánchez
Diagramación de interior: Bertha Jerusewich
Dibujos de interior: Miguel Pencieri
Diseño de tapa: Pedro Meza y Mabel Pedrozo
Armado de tapa y contratapa: Pedro Meza
Foto de contratapa: Jorge Romero
Edición: 500 ejemplares.
Edición al cuidado del autor
Hecho el depósito que marca la Ley N°- 1328/98
Asunción - Paraguay
Octubre 2010 (152 páginas)



PRÓLOGO
Hay veces que alrededor de lo que se narra en un cuento son más las cosas que se dan a entender que las que se dicen. Quiero decir que en los cuentos se presenta la anécdota, se plantea la trama y se formula el desenlace (de la manera que fuese), y con eso se logra una obra completa en sí, pero hay cuentos en los que además de todo eso se percibe un interés del autor que va más allá.
Y ese dar a entender, o ese sugerir, sucede cuando intencionalmente, el escritor provee al lector solamente las pistas que se le ocurren, con el deseo de que sea la elaboración la que le permita a éste arribar al resultado; o sucede cuando por la razón que fuese el escritor no quiere incluir en su texto determinadas palabras o expresiones catre considera que no son bien vistas: o sucede sencillamente cuando el escritor desea solamente desencadenar las ideas de su lector y entonces lo acompaña hasta el borde del precipicio, le expone lo que se observa más allá de la seguridad de la baranda donde se apoya y lo deja solo.
Opino que la escritura de Amanda no es precisamente recatada ni cuidadosamente reprimida por temor a emplear esas ciertas palabras o expresiones mal vistas que aludí antes, sino todo lo contrario. Me queda entonces el convencimiento de que lo que busca con la sugerencia es ese atisbo con un alto componente lúdico de la participación del lector y, sobre todo, el desencadenamiento de las ideas porque las peripecias expuestas en sus cuentos nos dejan entrever lo que quiere hacernos pensar.
La ficción en general, y puntualmente el cuento, exponen una realidad fabulada (nutrida muchas veces con detalles autobiográficos del autor que la nutren sobremanera), que puede transitar los caminos más inesperados sin otra sujeción que la creatividad, o la imaginación, o la valentía maravillosa que es necesaria para exponer los propios pensamientos y compartirlos.
Se me ocurre decirlo al recorrer la rica gama de temas, de tramas y de situaciones que transita Amanda en sus cuentos reunidos en "EL DIABLO POR UN AGUJERO", título que sin duda sugiere ya resonancias profundas.
Con un fingido desorden, que no es tal, Amanda nos cuenta muchas cosas. Y recalco intencionalmente nos cuenta porque aunque en su texto aflora inesperadamente la poesía, por ejemplo, se percibe claramente el alto placer que siente al narrar. Nos cuenta cosas del día a día que aparentemente no son importantes y que sin embargo lo son tanto; historias de príncipes y princesas que lo único que tienen de tales es la juguetona descripción del ambiente; nos expone su visión de realidades que se entroncan en antiquísimas tradiciones de nuestra tradicional civilización (¿acaso muchas madres no le siguen hasta ahora poniendo a su bebé la cintita roja en la muñeca a los ocho días de nacido?). Nos cuenta también unos sabrosos cuentos cortos, cortitos, completos en su sugerencia y muestras de una gran creatividad.
La estrategia que, utilizó al narrar le permite esos desenlaces tan efectivos que hacen que el lector permanezca unos minutos pensando antes de volver la página. Opino que "EL DIABLO POR UN AGUJERO" es un buen libro de cuentos, a la altura de la escritora que conocemos.
Octubre, 2010 .


CUENTOS DE AMANDA


TAHIS O REENCUENTRO
Reconocí a Thais en su cuarta encarnación, es la misma perdedora de almas de siempre, la que estoy condenado a perseguir. A mi favor deberían contarse las veces que sobrevine inútilmente al mundo en cuerpos que no me fueron gratos, y que por suerte llegado a los 33 años (que yo no debía superar por razones de humildad) dejé sin pena ni gloria. De esos cuerpos sólo recuerdo el asco que acepté resignado y al que me sometí yo mismo, por obligación y agradecimiento: los observé hasta que reventaron de podredumbre y los gusanos se comieron mis ojos. Y también de modo que no pudiera olvidar que debía volver, para reencontrar a Thais en alguna vida. (Ya me había perdido una de ellas, ese error cuenta en el infinito donde existo porque aún en mis vidas sucesivas no me es dada la gracia divina del olvido. No a mí) Thais -no me importa si ahora se llama Adelaida y presume de una canción que suena en la radio y que le escribió el cantante extranjero que se enamoró de ella-agrega, siempre casi sin verme, que él está en Venezuela pero que su corazón se quedó con Thais. Observo que ella sigue, como en sus otras vidas, hablando de sí misma en tercera persona. Esta vez, claro, dice Adelaida, pero ella y yo sabemos que es Thais, la única. Sus otros nombres no me impresionan. Ni siquiera el primero.
Sé por adelantado que sólo se ve a sí misma, sé que sólo mi insignificancia le permite contarme del último hombre cuya esposa se mató de dolor allí mismo, frente a Thais.
-La sangre tomó toda la pieza, tuve que mudarme, las otras chicas usan ahora, yo no puedo porque sigo viendo la sangre- dice, y después conozco sus sueños, ella sufre de pesadillas extrañas, es como el paraíso perdido que la espera apenas se duerme, donde una víbora le da placer entrándole por el ombligo para hacerle el amor desde adentro y comérsela después, sacando la cabeza y mirándola con ojos de hombre desde su vagina. (Ninguno me hace. sentir lo que siento en esas pesadillas, me aterro y no quiero despertarme). Thais comienza su hechizo, sé que puedo estar perdido si sigo sus movimientos, si entro en su juego de palabras (¿ya les conté que Thais es la única mujer bella que no necesita el cuerpo para hechizar porque lo hace hablando? Ella es doblemente culpable por eso). Tengo que tener presente las vidas anteriores de Thais que conozco, para no perderme.
-Debo recordar quién soy- pienso en voz alta y ella por primera vez parece verme. Se pone un dedo en la boca, revolea el chicle rosado olor a frutilla en la boca, hace un globo, lo pincha con una uña marrón brillante, escucho ploc y su risa, dobla la masa de goma alrededor de un dedo, la deja pegada por la ventana y pregunta.
-Cómo te llamás.
-Juan
-Juan. Mi novio se llamaba Juan. Me dejó porque creía que yo era virgen, me llevó a vivir con él y pilló que yo tenía la cosa como una palangana. A los hombres que vienen acá les gusta, a él no le gustó y se fue. Me preguntó si tuve más hombres, le dije que no sabía que era tan bobo, si yo vivía aquí cuando me conoció. Pero era un pelotudo, fijate, como mamá era la caficha de la casa, él creía que ella me cuidaba para que ningún hombre me toque.
-Y qué pasó de él.
-Es un bobo, te dije. Se fue, volvió y ahora tiene que pagar para estar conmigo. Le cobro más que a los otros, el doble o el triple, y a veces no le atiendo. Ni le dejo que me bese en la boca, le digo que eso es para mi novio, para nadie más. Le digo nomás para joderle la vida, pero él llora, me coge llorando y después se va. Quiere mirarme cuando me visto. Cuando estoy mala no le dejo, para desquitarme.
Thais me resulta desconocida, casi. Esta vez será más fácil, pienso. Ella perdió la magia, pienso también. Y me pregunto si fallé, pero no. Tiene todas las señales.
Está marcada por mi maestro y por mi enemigo, uno para que yo pueda reconocerla vida tras vida, y el otro, porque no deja presa sin marcar y su marca es de infamia. Como ese lunar rojo, casi una estrella en el vientre. Y la cruz en el puño izquierdo, al dorso.
En su primera vida, contrariamente a lo que se cree, yo había tenido que sobrevivir al maestro. Para dar testimonio, como los otros que no habían sido asesinados.
Algunos de ellos ni siquiera figuran en los manuscritos sagrados. Yo sobreviví al maestro y entonces conocí a Thais, pero no se llamaba así. Es justo decir que por ella perdí la cabeza totalmente. Recién tres siglos después volvería a encontrarla. Entonces aún no tenía como destino buscarla para siempre, ni siquiera había reconocido en ella a Thais la bailarina, la del primer nombre.
La dulce, la perdedora de almas, la que había entregado sus hombres a mi enemigo apenas les robaba la voluntad con un soplo perfumado en la cara, en los ojos, en lasciva imitación de mi maestro y como si los hiciese de nuevo, de barro de sus manos y polvo para el polvo. Thais me había llevado a otro aposento. La miro ahora meterse una uña bajo la otra para limpiarse de algo, decirme esperá papito, llevarse la nariz bajo las axilas para olerse y frotarse un desodorante a bolilla y después mirarme para saber por dónde empezar. Pero es Adelaida. Thais me lleva al aposento rojo y viste velos azules con un cinturón dorado que brilla como todo el cielo. Lleva  el pelo negrísimo recogido en mechones, sostenidos por hebillas de oro y plata.
Su boca que pone a mi alcance es roja y huele a frutilla, como ahora la de Adelaida. Pero Thais, un hombre como yo no está hecho para ceder, sino para resistir. Por eso te pido que me lleves a otro aposento, uno más profundo, más íntimo, más tuyo, quiero conocerte a solas, donde no nos vea ni el reflejo del sol de la tarde, donde no llegue el resplandor de la hoguera de los sacrificios, quiero saber quién eres, entrar en lo tuyo pero allí donde jamás dejas entrar a ningún hombre.
Ella me toma de la mano y me ve a los ojos, ya me considera digno de ser mirado porque no me subo a su magnífico cuerpo enseguida. Como hicieron los otros (a veces secretamente me causan envidia). Se pregunta cosas que no dice, duda un segundo y me hace pasar a otro cuarto.
Más, más todavía, le digo. Hasta que me lleva al último cuarto donde se desprende los velos y canta estremecida de sí misma. La miro hacer, la miro abrir las piernas y en mis oídos siento la carcajada del enemigo, pero le exijo a mi cuerpo más de lo que ella -acostumbrada a la debilidad ajena, no a la propia- le exige al suyo.
Y la curiosidad la pierde. Pregunta quién soy, pero la hago responder primero.
Y le muestro en el infierno - sé abrir esos huecos hacia el reino de mi enemigo, con un solo gesto del corazón, como mi maestro me enseñó a hacer- todos los hombres que ha perdido. Ellos deambulan en el horror del pecado y ella, Thais, impensablemente se arrodilla y llora. Pide perdón a mi Dios, me pide perdón a mí y cuando me voy, se queda todavía llorando. Sé que después irá a la plaza a regalar sus ropajes de lino y seda, sus camas y sus copas repujadas de piedras preciosas, llamará a sus esclavos, les dirá que pueden irse. Ellos, los únicos de la ciudad a quienes no pudo perder porque son eunucos, en noches de luna blanca solían enloquecer de amor imitando a su señora, bailando con las nalgas y la cintura como los juncos en el viento.
Los esclavos nunca entendieron, la vieron despojarse de sus riquezas, y corrieron a buscar lo necesario -agua fresca, odres de vino, manjares, telas preciosas, frutas, incienso y mirra- para que ella siga en la casa. Pidieron todo eso a los hombres que habían estado con su señora y que no podían olvidarla ni con cien mil mujeres.
Cuando Thais me rogó por una penitencia, la más cruel que conociera y le ofrecí el encierro, el hambre y la desnudez en una celda sellada con plomo, de la que sólo yo tenía la llave, y bajó los ojos humildemente, y salió de la casa y del mundo, ellos, los esclavos, lloraron y se sacaron los ojos unos a otros hasta morir.
En su cuarta venida, Thais había descubierto que fue engañada. Su muerte a cuchillazos de hambre, frío y pesadillas sin término fue sólo castigo, no penitencia, porque no le había servido para que Dios la perdone. -Dios es rencoroso, o vos creés acaso que es bueno-dice de repente y me sorprende, habrá leído alguno de mis pensamientos.
-Qué recordás de Tebas- le pregunto, sabiendo que no debo hacerlo.
-Tebas. Dejá de decir pelotudeces. Qué Tebas. Si no querés coger pagás y te vas. No me gustan los que vienen a hablarme de cosas raras, yo no tengo tiempo. Había uno que venía a contarme todo lo que leía. Me pagaba para eso, y no quería que bostece de sueño, eso me costaba, por eso le cobraba caro.
Qué distinta a Thais, casi la añoro aunque estoy obligado a perderla una y otra vez. Yo recogí en el hueco de mi cuello y de mis manos sus lágrimas, la ayudé a cubrirse el cuerpo y sé que mi enemigo resopló en mi oído cuando lo hice, sospeché desde siempre que él también había sido hechizado por Thais.
Pero yo no. Ni siquiera cuando la vi encerrada sola, desnuda y orando. Yo la espiaba, se me culpa de eso, por eso estoy condenado a seguirla dondequiera reverdezca, como una hierba mala. Y como a una hierba mala, cortarla o redimirla de nuevo.
Recuerdo todo eso pero ya Adelaida (reconozco a Thais en su cuarta encarnación) me desprende la bragueta y como sigo sin reaccionar, se palpa a sí misma y me muestra lo que tiene entre las piernas, como en un juego de niños donde cada uno exhibe lo que le toca en suerte, me hace un gesto con la lengua y me desprende el cierre.
Todo eso me hace pensar que esta vez será más fácil vencerla o redimirla (en el contaje del universo da lo mismo). Thais me mira y lentamente, como en aquel último aposento en Tebas, me da la espalda. Agacha la cabeza y se quita la blusa -su último pudor- pienso. Entreveo los hombros y la marca azul de mi señor en su espalda, inconfundible, allí donde empieza la línea de los vellos que entran en sus nalgas como la serpiente que sueña cada noche.
Ella es menos peligrosa ahora, me convenzo. Pero su boca presiona débilmente mi pecho, la oigo decir papito qué bien me hacés, dice algo sobre el hombre, Juan, que en realidad le paga para hacerle por atrás. (El cree, que por allí sólo hago con él, el boludo me pregunta si me duele, yo le digo que sí porque le gusta que le diga eso. Me paga lo que yo quiero, porque él podía tenerme gratis y por amor, y no quiso, por eso tiene que poner más plata. Este hombre, Juan, ha de ser otro boludo. Pero no me importa, yo lo que quiero es que se vaya, quiero bañarme y dormir, qué calor de enero, y éste no reacciona, carajo, encima no me dice Adelaida sino qué se yo, Thais, debe ser un cornudo y se va a pasar la noche diciéndome así y llorando. Seguro su mujer le dejó por celoso y ahora él viene acá a consolarse. Pero si éste no anda en cinco minutos, se acabó la fiesta y que se busque otra).
-Papito, qué querés que te haga- pero ya estaba expandida su piel por todo mi cuerpo y me costaba respirar sin su boca. -Tebas-, vuelvo a decir y noto que ella ya no me escucha o no le importa. No puede ser Thais, razono dejo de razonar, a pesar de la marca azul de mi Señor en su espalda, a la altura de las nalgas que pone frente a mi boca, moviéndose.
Lo último que recuerdo antes de hundirme en su cuerpo -ella recoge mi ansiedad de siglos, como yo recogí su llanto en mis manos en el último aposento donde Thais cayó de rodillas, vencida- es mi propia cabeza e la bandeja, mirando con los ojos muertos al emperador. Tras lo cual, y como ustedes comprenderán, fui yo quien caí de rodillas y le pedí a Dios la gracia del olvido. Pero igual que Thais, fui engañado.
-Tebas, qué vas a saber vos, si lo más lejano que conocés es un pito venezolano -digo mientras le paso un dedo por la estrella roja del vientre.
Adelaida se inclina, se pasa una toalla entre las piernas con una mano, me extiende la otra.
-100 mil, dame la plata y andate. Y pasame mi chicle que dejé en la ventana.
Con sus uñas marrón oscuro. Adelaida estironea el billete, se ríe y me empuja hacia el corredor. -Adiós, pa'i Juan- dice. Cierra la puerta a mi espalda y la escucho cantar una antigua canción tebana.


SHEEREZADE O LA MILÉSIMA NOCHE
Era la milésima noche, la que debía cumplir sin falta para ganarse el perdón del Príncipe, que era lo mismo que conservar la vida y detener el dedo fatídico que había alcanzado a las jóvenes vírgenes más bellas de su pueblo y a su propia hermana. Pero esa noche Sheerezade notó que se le acabaron los cuentos, lo supo con desesperación y certeza cuándo vanamente buscó entre sus recuerdos uno más. el último que le faltaba (o el penúltimo, El nunca había dejado en claro eso pero nadie le preguntó jamás, responder no es algo que atañe a los dueños de la vida y la muerte). La vieja Alima le tendió con la mano derecha el vestido blanquísimo y el velo azul. En la otra sostenía un puñal, en el mango un áspid tallado miraba con sus ojos de rubí cada vez que los dedos nerviosos de la esclava se abrían y cerraban casi sobre la hoja.
-Bien, está bien, Alima. ¿No tendrá piedad de mí El, ni aún faltando sólo una noche? No, no tendrá, no tuvo compasión de mi Hermana. No debo olvidar.
A través de las celosías todavía podía ver el sendero de piedras blancas que llevaba al jardín donde un pájaro cantaba su soledad en una jaula de oro todas las mañanas.
Eso pensó pero esa vez el canto dulcísimo llegó a sus oídos al mismo tiempo que los primeros pétalos oscuros.
-Nadie más que yo puede entender, Alima.
-(Sí, sin duda yo no puedo entender la voz del pájaro de la jaula de oro, me extasía sin remedio igual que a todos los demás, de eso soy culpable pero en cambio, el atiendo tu soledad más que nadie. Tu canto, mi ama, es más silencioso pero lo siento aún si estoy dormida y mi felicidad es mi dolor).
-Y tienes razón, Alima, es mejor elegir la vida, al menos así puedo salvar a mi pueblo y vengara mi hermana. O pierdo todo, la vida, la virtud, la razón, quién sabe.
-(Tus hombros de luna, mi ama, podrán vencer su voluntad esta noche, no importa si aún tienes un cuento para El o si has olvidado el último. No hay labios que pudieran verter veneno en tu vientre, seguramente al tocarte de su boca fluirá la miel cuya fuente sólo guardan en el corazón los hombres del desierto. Y así será como arderán en tus piernas las cerrazones de su angustia, para que puedas vengarte si aún puedes, si no olvidas la cabeza de tu hermana, la misma que sostuviste en tu regazo y que él desgajó como una fruta, aún recuerdas el ruido pastoso en el suelo).
-Mi pobre Alima ¿pretendes morir conmigo, acaso? ¿o este puñal es para vengarme, tal vez? Oye el silencio, es lo que El oirá esta noche, y mi cabeza rodará entonces. Un cuento, uno más... pero ya ves, hasta el pájaro calla y llega mi hora.

La vieja Alima la miró con reverencia y pavor antes de salir del aposento, las antorchas soltaban la noche hacia el valle y convertían el palacio blanco en una sortija que se veía desde todos los caminos que llegaban a la ciudad.
Cuando El apartó la cortina final Sheerezade desceñía de su rostro el velo de seda azul. Con deliberación soltó el raudal de sus cabellos. Lo hizo con la lentitud de una serpiente que termina el hechizo de un golpe filoso. El Príncipe, presa hasta entonces del otro encantamiento, asistía ahora al único que no había previsto. Las demás habían muerto por eso, pensó en ráfagas de lucidez, al verla al fin sin el velo y era como si la luna se desnudase ante sus ojos.
-Mi Señor, si supieras tan bien como yo que has de echar a rodar mi cabeza en el suelo esta noche... ¿me amarías el segundo antes?
-Una noche más, Sheerezade. Sólo tu voz puede conjurar mis fantasmas. Y sólo tu voz puede salvarte.
Y quiso agregar: te suplico (pero los dueños de la vida y la muerte no pronuncian esta frase).
El velo azul tembló en las manos del Príncipe, cúbrete, suspiró, y es el último cuento, para salvarte mi Princesa dijo, aunque quiso decir también: sálvame. Pero Sheerezade dejó caer como agua mansa el vestido (y yo sabía, supe en el momento en que el pájaro entonó su último canto en la jaula de oro, que debía recoger en mi regazo tu cabeza, mi ama, tu hermosa y ligera cabeza cuántas veces reposada en mi seno cuando volvías del jardín seguida por tu hermana y las hijas del Sultán, pálida y sudorosa de tanto jugar y reírte, siempre fuiste la más dulce y dichosa de todas las niñas del Palacio)
-Una sola noche más, Sheerezade, y mis fantasmas serán ahuyentados para siempre, podré entonces amarte. Pero antes de que salga el sol no has de terminar tu relato. Sólo tu voz puede rescatarme y salvarte.
-Mi Señor, deja que mi cuerpo te contenga, ahora el pájaro de la jaula de oro ha sellado las puertas de la memoria con su canto nocturno, pero mi piel recibe como rocío ardiente la avidez de tus ojos.
Sheerezade dejó caer corno una espuma o una flor su vestido, esperando el abrazo o el filo.
Y el dueño de la vida y la muerte hizo un gesto mínimo a la esclava, que esperaba empavorecida tras el tapiz bordado de gemas increíbles.
Tembló un instante el ojo de rubí en las manos de Alima A ella no, mi Señor, toma mi vida por la de ella, dijo. En el segundo siguiente el puñal cortó el aire y la esclava recogía en sus brazos la hermosa y ligera cabeza de su ama. (O ese fue mi pensamiento último, antes de oír la voz melodiosa del pájaro de la jaula de oro y el ruido pastoso de mi propia cabeza en el suelo).


PREMIO NOBEL
El profesor de matemáticas juró tirarse del duodécimo piso del edificio al terminar de contar todos los números conocidos, que parecían tan infinitos. Como se le acabaron, sigue inventando números, para lo cual no tiene más remedio que volverse genio, lo que le acarrea el premio Nobel. Pero desde entonces está tan solo -porque la envidia- que acaricia la idea del suicidio pero ya no puede tirarse del duodécimo piso ni de ningún otro porque descubre que lo suyo no se llama genialidad, sino cobardía.



EL VIAJE
Terminado el congreso de escritores de izquierda, Efraín se tomó el último mate amargo y llamó un taxi. Grandes despedidas y abrazos de camaradería, palmaditas en la espalda los menos íntimos y los organizadores con suspiros de alivio a medida que todos se iban yendo y qué bien salió todo carajo, verdaderamente inmejorable y les felicito. El congreso había cumplido su objetivo, ya estaban todos conscientes de la importancia de fortalecer vínculos entre intelectuales latinoamericanos porque la unión hace la fuerza y de aquí en adelante la palabra la usaremos como misiles, y qué notable tanta coincidencia de ideas. Placer inmenso de haberlos conocido, intercambios de e-mail y la maleta llena de libros con dedicatorias como «hasta la victoria compaòero» intercalados con bolas de medias, una camisa blanca y otra gris, anatómicos y dos tricotas con el frío que hacía y hombre prevenido vale por dos.
Todavía faltaba ubicar la maleta en el portabultos, esperar que le pegaran el ticket al boleto (ASIENTO 28, VENTANILLA) y después de eso, al fin ese espacio tranquilo del viaje (ahora, de vuelta) que le resultaba siempre relajante.
Efraín caminó despacio, entornando un poco los ojos para ver bien y sintió ganas de tirar cohetes al ver arriba, al fin y bajo las maletas, el rectangulito luminoso y verde flúo con el número 28. El caramelo de eucalipto y limón le abría las fosas nasales y la garganta, eso era una garantía de que dormiría bien y no roncaría mucho, no le gustaba molestar a quien viajase al lado. -La consideración no es amabilidad sino coherencia política-solía decir.
Asiento 2.8, ventanilla. Casi saboreó el número, solía disfrutar por anticipado de la tranquilidad del viaje y así también fue esta vez hasta que sintió que algo no encajaba.
Más bien, un trasero ajeno había encajado en el asiento número 28, SU ASIENTO. La señora de cierta edad -sus convicciones de izquierda no le permitían catalogarla directamente de vieja, él sabía que el deterioro físico usual en las clases sociales más desprotegidas acelera la vejez sobre todo en las mujeres- estaba casi hundida en la cubierta gamuzada del asiento, todavía no reclinado. Sin duda, la doña se había equivocado. Pero entonces ella le miró y se dio cuenta (estaba seguro) de que había llegado el dueño del asiento que ocupaba SABIENDO que no era suyo. Enseguida se hizo la desentendida y miró hacia la ventanilla, estiró el bolsón de ropas y pomelos que había colocado a su lado, en el asiento del pasillo. Lo puso bajo sus pies y se dispuso, sin duda, a no volver a mirarle hasta que se decidiera a sentarse sin protestar. Son 20 horas de viaje, consideró rápidamente Efraín, y justamente por eso había elegido cuidadosamente un asiento que estuviera hacia la mitad del ómnibus, ni muy adelante ni muy atrás, arriba para no estar cerca del baño y recibir efluvios indeseables, y claro, del lado de la ventanilla porque sufría de arritmia y sofoco cuando se prendía la calefacción. 20 horas de viaje, pensó de nuevo y entonces dijo:
-Señora, señora, disculpe, ése es el asiento número 28, es mi asiento.
-No, es MI asiento -dijo ella, con una voz que a él le sonó maligna. -No, el de la ventanilla es mío, mire, aquí dice ¿o a usted le vendieron también el mismo número? -No, mi asiento es- éste, el 29 -dijo ella.
-Guarda (sí, llegó a estironear de la manga al hombre que justo iba pasando, verificando los boletos), dígame, el asiento 28 es el de la ventanilla, y la señora tiene el 29, ¿usted le puede decir...
-El 28 es ventanilla, pero si quieren pueden cambiar y ya está, no veo problema -contestó al pasar el guarda (estoy seguro, se puso del lado de ella aunque sabía que yo tenía razón, pensó que la mujer de cierta edad es humilde y yo un hijo de puta que desprecia al proletariado).
-No quiero cambiar mi asiento, yo pedí ventanilla.
La señora de cierta edad suspiró (sí, la clase de suspiros con resignación, como la que arrancan de uno los niños malcriados), se movió y sin salir al pasillo para dejar pasar a Efraín, estiró de nuevo el bolsón de ropas y pomelos, arrastró por el suelo el otro que tenía sobre su falda y se mudó al asiento del pasillo. Los dos hombres del costado -números 30 y 31- le miraron con resentimiento. Sin duda ya le habían marcado a ojo, seguro querían cobrarse en su carne la miseria que traían de nacimiento. Esos eran iguales a la del 29, lado pasillo, pobres pero sin conciencia de clase. No como él. Pasó como pudo sobre y entre las piernas de la mujer de cierta edad, movió un poco el bolsón para poder colocar los pies y decidió olvidarse de todo eso. Tocó con fuerza el cuadradito de goma azul, colocado en el extremo del asiento y sintió el movimiento hacia atrás, otro estirón y la semi-cama estaba lista para las 20 horas de viaje. - ¿Cómo se estira esto? Dónde pie está el botón para recostarse, che karai? -le preguntó de repente ella.
Les juro que tuve la buena intención de mostrarle el cuadradito que debía apretar. Es más, pensé: pobre mujer, no va a tener fuerza para impulsar el asiento, qué me cuesta hacerle el favor. Me puse de costado, me agaché un poco y de repente la señora de cierta edad abrió las piernas. Me sentí morir. De un salto retorné a mi posición anterior, me recosté boqueando para sobrevivir con el escaso aire que me permití absorber desde ese momento con tal de no volver a tragar el desgraciado olor a culo sin lavar.
-No puedo apretar eso desde acá, disculpe, pero toque esta parte, mire -le dije apenas, mostrándole el artefacto de mi lado. Casi sale disparada hasta el techo gamuzado del ómnibus, pero yo tenla buena intención, les juro. Le dio un golpecito nervioso al cuadradito rechinando los dientes pero no dio resultado a la segunda vez, un puñetazo y al instante se catapultó, trac-tras hizo el asiento y a tiempo se detuvo. Esto la va a dejar muda y quieta aunque sea por un rato, pensé. Por un segundo puso esa cara de sorpresa vacuna de los desnucados y, confieso, disfruté plenamente aunque eso sí, tenía la sensación de que algo corno una pequeña rajadura se abría paso en mi cerebro. Igual, por una vez en la vida entendí la alegría demente que solía ver en los ojos de la gente cuando alguien se caía pataplúm al suelo. Pero eso sí, me ordené a mí mismo frenar en ese punto, porque un líder izquierdista como yo, un escritor que acababa de poner su granito de arena para la concientización de las clases oprimidas, no iba a dejarse llevar por primitivos instintos y mucho menos, discriminar a una pobre mujer, no importa si en ese mismo momento se movía desconsideradamente y me daba un golpazo en la nariz con el tufo que le salía de abajo.
Pero yo había recuperado absolutamente el control, esta es la gente por la que luchamos, me dije, dedicándole una sonrisa de costado que, supuse, me había salido como mínimo, cortés. Y me recosté decidido a despertarme al día siguiente, al llegar a la terminal. Me tapé con el capote, me hundí las orejas en la boina y delicadamente me saqué los zapatos, aspirando con gusto el aroma a pies limpios humectados con crema de aloe y desodorizados. Até mis zapatos uno con otro, uniendo los cordones y los apreté con el sostén de pies, no sea que se deslizaran durante el viaje (o me los robaran, no es por nada, pero los pasajeros de los asientos 30 y 31 parecían ex presidiarios y además me odiaban, no es que esté imaginando cosas pero ella, la del 29, tenía la culpa de eso).
Seguidamente, el sopor y el sueño, la velocidad en ruta es como el movimiento de las aguas cuando uno nada o hace el amor en el jacuzzi de un motel, papá Marx me perdone pero el capitalismo tiene sus encantos y además siempre dije que hay que socializar los bienes y los lujos, no la pobreza (verdad camarada, me decía al oído la profesora Deidamia, líder campesina que se sentó a mi lado durante el congreso, y que aparte de ser una de las organizadoras más activas, era tetona. Ay, que no me despierte ahora, no ahora por favor, justo cuando la camarada se saca el corpiño XXGG de un tirón y me pone los pezones a la altura de la boca, dije bien consciente de que dormir era en ese momento un verbo de fragilidad alarmante). Hasta que un codazo en las costillas me despierta a la realidad de la señora de cierta edad a mi lado durmiendo con dificultad respiratoria, acatarrada hasta más no poder, exhalando el aire como un hipopótamo, con la saliva colgándole, el moro cayendo bien erudito y vuelta a sorberlo, una especie de ronquido que era como un silbido trancado. La rajadura en mi mente, dejaba pasar la claridad y ya no podía negar el sentimiento increíblemente clasista y reaccionario que se adueñaba de mí. Odio a esta mujer, admití por fin, cómo la odio.
Efraín intentó dormir de nuevo. Sabía cómo soltar las riendas mentales para que el pensar fuera disperso, no enfocar ninguna idea era la clave para dormir pronto y eso hizo. Lo que se llama, dejar la mente en blanco. Un repentino culazo de la mujer le interrumpió justo cuando retomaba el sueño. Quedó helado. La señora de cierta edad tenía los huesos cansados y cargó todo el peso hacia su lado. La parte alta de su trasero había quedado al descubierto porque el rebozo en ese momento le servía de almohada y la tricota se le había subido demasiado, esas cosas que pasan mientras uno duerme. Efraín pensó que definitivamente no podría dormir, sabiendo que tenía ese trasero de elefante con la pretina sucia de la bombacha a la vista -aún en la penumbra con la única luz del rectangulito verde flúo que parecía luciérnaga, él podía distinguir que era blanca con florecitas rojas- y decidió entonces planear su próximo discurso, el que daría la noche siguiente a su llegada. Pensó que podría simular que improvisaba, no estaría mal, pero cabía la posibilidad de que alguno considerase eso una falta de respeto y dijese después que no le dio importancia al simposio. Entonces, sería mejor escribir todo y leerlo. En ese momento justo, la mujer se removió hacia su lado y lanzó un soberano pedo.
Aflautado, le salió, y la hizo removerse en el asiento, como si se le hubiera roto algo en el espíritu, pero siguió roncando. Efraín se sintió coagulado, ultrajado, violado, dobló la cara como si se tratase de un pañuelo y volteó.
-Por suerte estoy hacia la ventanilla -pensó casi consolado. Y completó, con ese resto de sentido de humor que solía salvarle en las peores circunstancias: y por suerte, ruidoso pero sin olor. Momento exacto en que sintió que el mundo era injusto, que la teoría revolucionaria era una cosa pero que los pedos pedos son (esta puerca come tripas, pensó) y sintió ganas de salir gritando con los brazos abiertos por la ventanilla o de vomitar a voces para echar el suspiro infernal que se había tragado tan desprevenida cuan inmerecidamente.
Sentí de nuevo ese odio absoluto que me proporciona mi sentido del olfato cuando es agredido. Ciertamente, pensé para entretenerme un poco, la nariz es mi órgano más desarrollado, una camarada con quien me acosté una vez intrascendentemente -después de una reunión de sindicato- me dijo riéndose: tu nariz debería ser tu pene y al revés.
Momento en que la doña manoteó en sueños y me enchufó un codazo en el brazo. Ay carajo, pensé, calibrando seriamente la posibilidad de hacerme el dormido y reventarle la pierna de una patada. Pero no, mis convicciones no me permiten.
Este tipo de situaciones requiere medidas de emergencia, calibré segundos antes de colocar el posabrazos en el medio, en ese momento me pareció una salvación, al menos permitía un límite entre mi cuerpo y la pasajera del 29.
Estaba casi contento ya. Tonto, me dije, por no haber hecho eso desde el principio.
Sólo que apenas sintió ella el posabrazos, se inclinó totalmente hacia mi lado y extendió el brazo izquierdo encima. Me quedé más apretado que antes, sin ninguna libertad de movimiento, con la señora de cierta edad más cerca que nunca de mí. Sentía su cuerpo tumbado de mi lado, el capote se me caía de un lado y del otro me estironeaba, no podía ser peor mi situación. La rajadura en mi mente que había dejado pasar la luz de la verdad (la odio) ahora se comprimía peligrosamente, me lanzó un nuevo mensaje clarísimo: que se muera, que choquemos ahora mismo, que me salve yo y se muera esta, si de paso pueden morirse los del 30 y 31, mejor. Pero no, no camarada, eso ni se piensa. Para mi consuelo, como dije, mi situación había llegado al límite y era cuestión de aguantar la otra mitad del viaje.
Efraín se durmió al fin. La penumbra del ómnibus o algo que se movía muellemente a su lado le hizo soñar que le desprendía el corpiño XXGG a la tetona del congreso (con asco se dio cuenta al despertar de que estaba cómodamente reclinado sobre la mujer de al lado, ella había levantado el posabrazos). La tetona, única parte de todo el viaje que no le contó a su señora, Hermelinda, cuando se puso a explicarle porqué le había dicho tan sin querer lo que le dijo, pero era inútil porque no iba a perdonarle jamás y a medida que hablaba sentía que no podía convencerla a ella ni a nadie porque le crecía en el alma ese gran cansancio que sintió desde que subió al ómnibus y vio su asiento, número 28, ocupado por la mujer de cierta edad.
Llegó muerto de cansancio pero con enormes ganas de acostarse al lado de Hermelinda y dormirse apretado a su cuerpo duro, como dos cucharitas en la caja de cubiertos de la cocina, así como le gustaba y aunque no tuvieran que hacer el amor y fue entonces que, al levantarle como siempre el camisón para entrar en contacto con sus nalgas lechosas, vio las florecitas rojas con el fondo blanco y la pretina... la rajadura en su cerebro dejó pasar al fin gloriosamente la frase que había estado queriendo decir durante todo el viaje:
-Vieja de mierda.


ÍNDICE
PRÓLOGO
CUENTOS: TAHIS O REENCUENTRO / MI DULCE NIÑA / SHEEREZADE O LA MILÉSIMA NOCHE / LILITH / NO SÉ SI ME ENTENDÉS / YA LO LLEVAN A ENTERRAR / EL PIANO / PREMIO NOBEL / SECUESTRADOR / LA REINA / EL POEMA PERFECTO / MALA MADRE / ECLÍPSE / EL PRÍNCIPE / GIRASOLES / HAY QUE IR A MISA / LA OTRA / HELADOS / MÚSICA / BABEL / RENACIMIENTO / LA PATRIOTA / EL YACARÉ / LA PIERNA / EL DIABLO POR UN AGUJERO / LA BOA / EL VIAJE EL GATO / EL DESAPARECIDO / LA JOYA DE LA FAMILIA / EL NENE NO QUIERE IR A LA ESCUELA / EL MOJÓN.


ENLACE RECOMENDADO:

MUJERES AL TELÉFONO Y OTROS CUENTOS
Autoras: AMANDA PEDROZO, MABEL PEDROZO
Edición digital:
Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2000
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay), El Lector, 1996.
 

lunes, 19 de julio de 2010

LUIS HERNÁEZ - DONDE LADRÓN NO LLEGA - Presentación: JESÚS RUIZ NESTOSA / Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES


DONDE LADRÓN NO LLEGA
de LUIS HERNÁEZ
Editorial El Lector
(BIBLIOTECA PARAGUAYA),
Asunción-Paraguay, 1996
Tapa: Luis Alberto Boh
Como presentación:
La ficción como reflejo de lo real,
por Jesús Ruiz Nestosa, diciembre de 1995
OBTUVO EL PREMIO LITERARIO ROQUE GAONA 96
Edición digital: Alicante :
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** El relato de este libro está ubicado en los últimos tramos de la expulsión de los jesuitas de todos los territorios del Imperio Español, que concluyó en 1767.-
** DONDE LADRÓN NO LLEGA, no es una novela histórica. Más que buscar una relación pormenorizada de los hechos, Hernáez ha indagado en la vida cotidiana y en los sentimientos más profundos e íntimos de sus personajes buscando desentrañar el valor humano de aquella aventura, el objetivo del autor ha sido captar lisa y llanamente la aventura humana.-
** Luis Hernáez, en su relato no agota las sugerencias de un lugar que posee el misterio, la energía y la fascinación que poseen muy pocos lugares en el mundo. Lo que ha querido hacer es recuperar el sentido de lo cotidiano a través de una anécdota, para lo cual debe vencer un doble obstáculo. Por un lado se enfrenta con todos los inconvenientes de la creación literaria, en cuanto a la construcción de la historia, de una estructura narrativa, de un lenguaje apropiado para narrar las acciones que componen el drama y encontrar las correspondencias literarias de la realidad. Por el otro, se enfrenta a la presencia física, real, tangible, imponente de aquellos vestigios que se han proyectado hasta nuestros días y que pugnan no solo para mantenerse en pie, sino también para lograr su propio espacio incluso dentro de la obra literaria. – JESÚS RUIZ NESTOSA, extracto de LA FICCIÓN COMO REFLEJO DE LO REAL.
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LA FICCIÓN COMO REFLEJO DE LO REAL

** Debo confesar que mientras leía el libro de Luis Hernáez estaba tentado a interrumpir de pronto la lectura y hurgar en mi archivo de fotografías de las Reducciones Jesuíticas de Trinidad para buscar, en aquellas imágenes, la clave de la trama. No lo hice un poco por respeto al autor, otro poco por no romper el sutil suspenso que crea a través de sus páginas y que es mantenido hasta el último momento. Además, de haberlo hecho, no habría logrado descifrar, de manera adelantada, aquella sorpresa que nos guarda y devela en las últimas líneas. Hay que reconocerlo, Hernáez es uno de los pocos escritores de nuestro medio que maneja con habilidad tal elemento.
** Pero, antes de hablar de ello, hay otras cosas más importantes en torno a este relato cuya acción está ubicada en los últimos tramos de esa lenta agonía que concluyó en 1767 con la expulsión de los jesuitas de todos los territorios del Imperio Español.
** En primer término, no es una novela histórica aunque haga referencia a hechos históricos y a personajes que de alguna manera dejaron una huella bien marcada como el caso de Prímoli (el arquitecto de tantos templos), Doménico Zipoli (compositor de las célebres Vísperas Solemnes), Antón Sepp (también músico) y tantos otros. Pero todos son mencionados como de pasada, tal como habrá sido en una sociedad basada en la igualdad con las naturales excepciones de las jerarquías administrativas.
** El autor no tiene ninguna intención de ofrecer una visión del proceso histórico por el cual pasó aquella experiencia tan notable y que aún hoy día sigue despertando la curiosidad y el interés de tantos investigadores. Ni siquiera aventura -a pesar de que la tentación es grande- de ofrecer una interpretación de aquellos «reales motivos» por los cuales Carlos III tomó tan drástica decisión.
** Más que buscar una relación pormenorizada de los hechos, Hernáez ha buscado ir más lejos. Ha indagado en la vida cotidiana y en los sentimientos más profundos e íntimos de sus personajes, buscando desentrañar el valor humano de aquella aventura que terminó de manera tan sorprendente y absurda. O mejor: se extinguió sin guardar proporción con la verdadera escala de su significado.
** Hernáez tampoco participa de la polémica, tan antigua como la historia misma, sobre la relación que tuvieron los jesuitas con los indígenas, el choque cultural, la organización económica y política de aquellos pueblos, etcétera. No es que el autor esté ajeno a la discusión, sino simplemente la aparta porque es evidente que ella no figura en sus planes. Se enfrenta a hechos consumados a los que busca, a través de la ficción, darle su justa dimensión humana. ¿Qué otra cosa puede hacer la literatura? Y, además, ¿no es acaso esta también una manera de escribir historia? Si uno de los objetivos de la Historia es, precisamente, ayudarnos a comprender mejor el destino que corrieron los pueblos, es evidente que el intento de captar la cotidianidad de la vida, con sus grandes y pequeños dramas, es un camino tan válido y efectivo como la relación pormenorizada de cifras, datos, fechas de las grandes batallas que llenan las páginas de tantos libros.
** En otras palabras, el objetivo del autor ha sido captar, lisa y llanamente, la aventura humana. Dicho de esta manera parece un tanto obvio, o una perogrullada. Pero, en realidad, eso que puede ser considerado tan simple, tan elemental y tan próximo, es, sin embargo, lo que se olvida con suma frecuencia. De las Reducciones tenemos decenas de datos sobre su organización política, su organización económica, la presencia de la religión en todos los actos de la vida, la educación, la práctica de las artes, etcétera. Pero nada sabemos de cómo vivían día a día, cómo se levantaba el sol por encima del caserío, cómo se relacionaban entre sí los pobladores de una misión. Tenemos un conocimiento muy científico de aquella experiencia y casi ninguno a nivel humano. Tanto es así que olvidamos con frecuencia -si es que alguna vez lo averiguamos- que las Reducciones tuvieron unos ciento setenta años de vida. Vale decir, es el mismo tiempo que ha transcurrido en nuestro país desde la Independencia Nacional hasta nuestros días.
** Por encima de todas estas consideraciones extraliterarias se encuentra el libro como tal, como obra tautológica, que debe explicarse por sí misma y a través de sí misma, apoyándose única y exclusivamente en sus valores esenciales. Y es aquí donde encontramos la mano del autor, aquella misma que descubrimos en su primera novela: «El destino, el barro y la coneja».
** Para este caso reinventa un lenguaje, una estructura y un discurso diferentes. En su primera novela el lenguaje contenía un flujo de violencia porque del mismo modo eran sus personajes y las situaciones que enfrentaban. En el presente caso su lenguaje se vuelve fluido, claro, sencillo, acorde con un estado de vida que transcurre en un quimérico equilibrio. Sus personajes están sumidos en un grado de pureza e inocencia a pesar de los sentimientos que experimentan y de las pasiones por las cuales se dejan llevar. Hecho que los hace aún más humanos y también más inocentes.
** En cuanto a la estructura, Hernáez apoya su relato en dos extremos temporales: el presente en 1767, meses antes del real decreto de Carlos III, rey de España, y mucho tiempo atrás, en las mismas Reducciones de Trinidad. El hilo conductor será un indígena, Bernardino, quien se encuentra en Asunción, trabajando al servicio de un encomendero, dedicado a explotar el negocio del tabaco.
** El presente y el pasado irán alternando en un juego muy preciso y delicado, ya que de manera casi imperceptible se irán acercando hacia un final por un lado previsible: la expulsión de los jesuitas de todos los territorios españoles de acuerdo a los documentos que todos conocemos, mientras que por el otro los personajes nos llevarán a un desenlace sorpresivo. Es gracias a esto que el interés y el suspenso se mantienen hasta la última página.
** Por último, deseo hacer algunas consideraciones extraliterarias para aquellos lectores que tengan en sus manos este libro y no hayan estado nunca en las ruinas de Trinidad, ubicadas a unos 420 kilómetros al sureste de Asunción (Paraguay).
** Luis Hernáez, en su relato, no agota -felizmente- las sugerencias de un lugar que posee el misterio, la energía y la fascinación que poseen muy pocos lugares en el mundo. Lo que el autor ha querido hacer es recuperar el sentido de lo cotidiano a través de una anécdota, pequeña si consideramos la magnitud de aquella empresa. Y no es trabajo fácil después de haber estado en ese sitio, ya que es allí donde se percibe el tamaño del desafío; la imaginación retrocede y todo intento de recreación de aquella época se inmoviliza.
** Quienes acompañamos, a través de muchos años, las lentas excavaciones que pusieron al descubierto el Templo Mayor y las numerosas Casas de Indios, como el Campanile, el templo pequeño y el cementerio, podemos certificar que, al trasponer los límites de la Reducción, nos encontramos pisando una tierra que fue apisonada por los pies descalzos de miles de indígenas que participaron en una experiencia única dentro de la historia de la humanidad, y que estamos mirando los mismos muros que un día miraron los ojos de Prímoli. Nada de esto puede resultar gratuito.
** En otros términos, el autor debe vencer un doble obstáculo. Por un lado, se enfrenta con todos los inconvenientes de la creación literaria en cuanto a la construcción de una historia, de una estructura narrativa, de un lenguaje apropiado para narrar las acciones que componen el drama y encontrar las correspondencias literarias de la realidad (la real y la inventada) para verterla en los moldes de la obra. Por el otro, se enfrenta a la presencia física, real, tangible, imponente de aquellos vestigios que se han proyectado hasta nuestros días y que pugnan no sólo por mantenerse en pie, sino también para lograr su propio espacio incluso dentro de la obra literaria. Y eso no es trabajo fácil. Pienso que Hernáez no habrá escapado de tales dificultades. Pero felizmente ha logrado lo que se proponía. Y ello puede comprobarlo cualquier lector en las páginas que siguen. - Jesús Ruiz Nestosa - Asunción - diciembre de 1995

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- 1 -
El sol comenzaba a teñir de rojo la inflada panza del nubarrón que flotaba sobre la planicie extendida hacia el este, más allá de la bahía, y encima del agua todavía permanecían jirones de bruma grisácea cuando Bernardino bajó por la barranca trastabillando en la penumbra.
Pisó la arena mojada y un escalofrío recorrió su cuerpo casi desnudo, un chapuzón le libraría del sudor pegajoso de la noche (ahora que ya había salido de su cuerpo el calor que el tabaco le metió adentro en la inmensa barraca) pero agitar el agua le obligaría a caminar buscando otro remanso con peces somnolientos y el hambre comenzaba a apretarle (prefería no ir con su mujer a la cuadra-comedor donde comían el resto de los encomendados).
Se paró un momento en el borde del agua y miró maravillado, como si fuera la primera vez, la extensa amplitud de la bahía que temblaba suavemente como el cuarto trasero de la res recién faenada cuando se la pone a orear, y vio cómo ese plomo gris ceniciento se iba tiñendo de rojo hacia el oriente y cómo comenzaban a resaltar aquí y allá algunas chispitas brillantes reflejando el sol naciente.
Arriba de la barranca el caserío de Asunción lucía adormecido, despertando perezosamente de la noche cálida, abombada por esos misterios cercanos que introducían los siseos del bosque que estaba allí nomás, casi metido entre los muros mohosos, entre los negruzcos techos de paja, perfilando las calles, irrumpiendo golosamente en los patios, y hacia la derecha, emergiendo solitaria y perfilada sobre el fondo del cielo más oscurecido por la cercanía de la luz, la torre del campanario de la Catedral comenzaba a filetearse de sol.
Bernardino extendió el mazo de cañas en la arena y eligió la más afilada, nadie las tenía mejores. Cortaba las tacuaras el primer día de la luna nueva y las dejaba colgando para desangrarlas durante todo el cuarto creciente. Después las calentaba (sin quemarlas, todos lo saben pero pocos pueden hacerlo porque no es fácil), calentarlas, pensó mirándolas con orgullo, hasta que alcancen la dureza para comenzar a afilarlas, recién entonces y no antes, porque afilarlas antes haría que su filo no fuera duradero, o que el peso no estuviera equilibrado.
Bernardino sabía que sus cañas eran perfectas, y que en ellas podía confiar más que en las agujas dobladas que usaban los blancos, cómo no se morían de vergüenza sentados horas y horas como viejas haraganas esperando a que el señor pacú se decidiera a entregarse, ¿cómo no tenían vergüenza?
Subió sobre un tronco que se adentraba en el agua y miró en la superficie calma el reflejo de su cuerpo oscuro, tan diferente a esa carne blanca que parece a punto de derretirse en cualquier momento.
La claridad del día naciente daba una extraña luminosidad a la arena del fondo, el agua de la bahía estaba tranquila y hacia un costado, muy alto en el cielo, vio venir una bandada de loros brillantes de sol en la altura, alborotando el espeso silencio del amanecer con sus gritos destemplados.
Con el rabillo del ojo presintió más que vio un destello plateado que se perdía debajo del tronco y sus nervios se tensaron, con el brazo levantado sujetó la tacuara afiladísima y sintió toda su piel enardecida; ni siquiera respiró durante unos segundos (sus ojos penetrando el agua) va a salir otra vez, va a salir otra vez... Como un rayo bajó su brazo y la tacuara perforó el agua limpiamente y fue a clavarse en el lomo del pacú que comenzó a agitarse desesperado al sentirse herido y que lo estiraban sacándolo del agua, inexorablemente.
Así como por las tardes, asomado en el alto ventanuco de la barraca disfrutaba con gusto la ilusión de libertad, Bernardino saboreó ahora golosamente una alegría tremenda, alegría que estaba por encima del hambre que podría satisfacer, por encima de la tranquilidad de saber qué dar de comer a Salustiana, por encima del orgullo con que la abrazaría después mientras se bañaban juntos en la bahía en tanto, clavado en la tacuara, el pacú gotearía lentamente por su vientre abierto sobre la arena, por encima de muchas otras cosas... En realidad su pecho se agrandó con esa alegría profunda porque se creyó casi dueño del mundo al comprobar, una vez más, que era fuerte, que era poderoso, pero eso, lo sabía muy bien, duraba sólo un momento.
La enorme barraca donde se almacenaba el tabaco estaba asentada casi en el borde de la pendiente de tierra roja tallada por los raudales, a [13] tres manzanas de la Casa Fuerte hacia el este, y desde allí, a través de un ventanuco elevado (hasta donde llegaba todas las tardes trepando por la montaña de fardos amontonados), Bernardino podía ver la boca de la bahía y, más allá, la serpiente plateada del río que dando un recodo se perdía hacia el norte, hasta confundirse con la bruma del horizonte.
La parte sur del río no la podía ver porque la tapaban las casas de la costanera y la iglesia, con sus paredes blancas coronadas por el mohoso techo de tejas y un poco más atrás el Colegio de los Padres, con su patio interior encerrado por murallas altas y que parecía rebosar de naranjos. Las casas de la costanera tendían sus sombreadas galerías para protegerse del despiadado sol del oeste.
Cada atardecer antes de ir a su casa Bernardino trepaba hasta su ventana y desde allí creía respirar con más libertad, alejado de todas las ataduras de abajo. La respiración caliente del vientre de la barraca llegaba hasta él chupado por la ventana y lentamente comenzaba a retirar de su cuerpo el calor del tabaco.
-El tabaco te mete el calor en el cuerpo y no te das cuenta pero las hojas tienen una fiebre que se te contagia -le había dicho Casiano el primer atardecer-. No se siente, y sales al aire fresco y es malo: el calor se queda adentro por mucho tiempo y hay que hacerlo salir despacio, despacio... Nunca te mojes cuando estás caliente de tabaco... Te da pasmo.
-También te hincha las venas -Feliciano, el viejo indio que cada día se veía más viejo y agotado, espantó con un manotazo el enjambre de mosquitos que le rondaba la cara brillante de sudor reflejando la última claridad del sol sobre la bahía- y al poco tiempo te hace temblar.
Bernardino permanecía en su mirador hasta mucho después de haber entrado el sol, cuando comenzaban a borrarse del cielo las últimas manchas rojizas tratando, día a día, de prolongar lo más posible su ilusión de libertad. Este era el único lugar que sentía totalmente suyo, hasta que le descubrieran, pensó más de una vez, hasta tanto.
Y luego bajaba apresurado, asiéndose de los fardos para no caer en la oscuridad y se escurría por el costado, mimetizado entre las sombras, hasta su choza, resistiéndose a la tentación de acercarse a la ventana iluminada del Almacén, al lado de la Tienda del napolitano.
Pocos encomendados quedaban en Asunción y la mayoría de los indios eran ya trabajadores independientes. El sistema había ocasionado muchas injusticias, muchos excesos, pero más de una vez los independientes añoraron los tiempos pasados, enfrentados a su nueva realidad, aunque más libre igualmente dura.
Bernardino no se acercaba más al Almacén porque era el lugar adonde todos iban, decía, para soltar las porquerías que tenían adentro, como el calor del tabaco, sobre el vaso de caña.
Ya una vez había tenido problemas allí, con el negro Jeremías que estaba borracho, el pobre Jeremías, pensó después, que estaba todavía un escalón más abajo que él en el gallinero de Asunción. Las gallinas de arriba se cagan en las de abajo, le había dicho Casiano esa noche cuando a él todavía le latía la cabeza de rabia, el español se caga en la cabeza del criollo y el criollo nos caga a nosotros, entonces por suerte nosotros tenemos a los negros y así podemos cagarle en la cabeza a alguien.
-Lástima que sean tan pocos.
Casiano había expelido el aire en una risa silenciosa y le dijo: no estés tan enojado.
Después de poco más de un mes de estar en lo de don Venancio comenzó a costarse con Salustiana y les dieron una chocita en el borde del barranco.
Salustiana también estaba en la casa en encomienda y clasificaba el tabaco. Mientras trabajaban varias veces Bernardino la tocó haciendo ver que era sin querer y ella solamente sonreía bajando la mirada hasta que una vez, al tocarle los dedos, escuchó las risitas de las otras muchachas y se dio cuenta de que había algo y se animó y le habló.
La noche que la abrazó sintió que se introducía en el mismo ambiente calcinado de la barraca, el olor de la mujer onduló enardecido entre los calores del tabaco y lo enloqueció sorbiéndolo hasta vaciarlo encerrado en la afelpada carne tibia y palpitante.
En la nueva choza lo primero que hizo fue colgar, al lado mismo de la puerta, el rebenquito, «su padre», el único recuerdo que le quedaba de su otra vida, porque el peine de hueso de Rosa ya se había diluido en pequeñas escamas.
-Yo allá solía cantar; José í me acompañaba con el arpa y Rogelio con la guitarra.
-¿Allá?
-En la Reducción, digo.
Con la misma tacuara afilada abrió el vientre del pescado y lo vació, Salustiana se acercó y se bañaron en las aguas calmas, allá arriba la gente comenzaba a moverse y el sol era una pelota anaranjada que comenzaba a subir.
Hacia las cuatro de la tarde del día anterior Bernardino había visto cómo Feliciano vomitaba sangre. Después habían sacado al viejo de la barraca casi a rastras y el caporal separó las hojas manchadas de la sangre y las tiró en un rincón con más pena, había pensado Bernardino, que la que sintió cuando ordenó que llevaran a Feliciano afuera.
Al atardecer no subió hasta su ventana porque no podría sentirse feliz. Cuando llegó a la choza de Feliciano el viejo ya había muerto y la india que vivía con él estaba como adormilada, ausente, como si se hubiera cansado de llorar, como si ya le hubiera alcanzado verdaderamente la garra del dolor y miraba sin ver, dándose cuenta de lo que en realidad le estaba pasando.
-Yo pienso que don Venancio no nos quiere -le dijo a Salustiana esa noche-. Ni siquiera vino a ver qué le pasó a Feliciano.
-El Paí dice que nos quiere. Dice que es como nuestro papá que nos quiere y nos enseña.
Bernardino pensó que no era así pero no tuvo ganas de responder. Sus ojos se fijaron en «su padre» colgado al lado de la puerta, era una mancha alargada, más oscura que la mancha de la pared en penumbras y pensó: con razón aquella vez mamá lo volvió a molestar a «mi padre», por lo visto sabía muy bien lo que encontraría afuera de la Reducción.
-Mamá, hoy estuve hablando con Sinforiano... -le había dicho al volver de los corrales- ¿Sabes lo que dicen de mí por ahí?
Rosa lo había mirado con sus ojos enrojecidos, siempre enrojecidos e irritados, y no había contestado enseguida, ¡ah!, cuánto amaba a ese hijo amado, a ese muchachito hermoso, fuerte y orgulloso que era su hijo, y cuánto le dolía lo que sabía que le iba a decir, claro que sí, una y otra vez ella misma lo había escuchado, Bernardino era el hijo del pecado, así mismo lo decían, hijo del pecado, hijo del pecado, hijo del pecado.
-Yo sé, mi hijo, lo que dicen...
Bernardino se enfureció cuando la vio llorar y ahora lo recordaba, con el corazón retumbándole en el pecho volviéndolo a vivir, y con las entrañas encogidas de rabia.
-¡Me voy a ir de aquí, mamá...! -había gritado enceguecido por el odio- ¡Nadie podrá atajarme aquí!
Y ella había azotado la espalda de su hijo querido con el rebenque de cuero.
Bernardino nunca más volvió a decirle a Rosa que saldría de la Reducción... y no saldría, desde luego, mientras ella viviera, porque jamás la abandonaría: el castigo del Padre Roque era quedarse en Jesús o la exclusión, y Rosa no quería la exclusión, quería quedarse entre los Padres aunque tuviera que pasarse la vida en Jesús tiñendo, aunque su hijo no pudiera pisar jamás Trinidad.
Salustiana había subido un rato antes y el sol comenzaba a remontar en el cielo cuando Bernardino, con la piel inundada de gotitas de agua, subía la barranca hacia las chozas y escuchó el redoble del tambor en la Plaza de Armas, convocando a los vecinos.
Al pasar por la choza de Feliciano miró con curiosidad, un rato antes habían venido para llevar el cuerpo del muerto y ahora el silencio se enseñoreaba de la choza solitaria.
Caminó apresurado por la callejuela del costado de la iglesia, mezclado entre los que iban a la plaza, el tambor seguía sonando con insistencia enervante en tanto el llamado se repetía una y otra vez, una y otra vez.
Don Venancio también se sumó, apurado y abrochándose los últimos botones de la pechera, malditas sean las malditas ocurrencias del señor Gobernador, pensaba, que tan intempestivamente le habían arrancado de su amodorrada rutina matinal.
El pregonero subió a una tarima arrimada al muro de la iglesia y leyó la convocatoria del Gobernador. Bernardino se perdió muchas palabras pero algo pudo entender: pedían voluntarios para ir a una incursión armada hacia el sur.
-¿Hacia el sur...? -preguntó sintiendo que se le humedecía la piel.
Casiano se abrió paso hasta él.
-¿Oíste, Bernardino?
-¿Al sur, dijo?
-Al sur.
-¿Para qué?
-Yo qué sé. Nadie quiere decir nada pero parece que es algo jodido. Anoche en el Almacén el Alférez González estaba borracho y habló mucho, puede ser peligroso, carajo, dijo.
-¿Al sur?
-Vamos a hacerlos correr a esos hijos de puta, dijo.
Pobre Feliciano, pensó ese atardecer Bernardino en su ventana, pobre amigo Feliciano, si el anó hizo la cruz sobre mí ¿por qué te moriste tú?, ni siquiera te pusieron las velas, y recordó la cara de cera de su madre, hecha de ceniza recortada contra la penumbra roja de la Capilla de los Muertos en ese otro mundo lejano.
Debía volver a las Misiones y no podía desaprovechar esta oportunidad: no estaba bien que las cosas quedaran como estaban, debía llegar a Trinidad y corregirlas, de una vez y para siempre.
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- 2 -
Sabía muy bien el Padre Damián cuánto se arriesgaría volviendo a plantear la situación a su viejo Superior, nunca le resultó fácil el trato con él y más difícil sería ahora, habiendo asumido ya el anciano una postura firme pero se compadeció de los jóvenes.
-No lo hagas, Damián -le había dicho el padre José-, y no me digas: pienso que debo hacerlo, porque ya lo sé, todos los Padres, uno por uno, lo pensamos pero... El padre Roque es decidido, es tenaz... y cree firmemente en lo que hace.
-Siempre es posible razonar un poco más.
-Desde luego, querido amigo - no pareció muy convencido-, es posible razonar y razonar, sobre todo cuando no es uno el que debe tomar la decisión. El padre Roque no está apartando un ápice de las normas que...
-Yo también soy de los que piensan que el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado.
-¿Tú también?, ah, Damián, tú también, tu decir humilde me sorprende... -los ojos le brillaron divertidos pero en sus manazas se notó el nerviosismo-. Puedo darme cuenta de que es inútil que insista.
-Lo es, padre.
-Desde un principio lo supe, ¡cuánto te conozco, hijo...!
-Discúlpeme si le incomodo, padre Roque -dijo después-; tal vez no debería hacerlo pero me siento obligado... Creo que es mi obligación interceder por ellos -no puedo decidir si esos ojos de agua ríen, lloran o están muertos, pensó y sintió que el sudor brotaba en su frente-, padre, Jacinto siempre ha sido un buen muchacho, y Rosa...
-Todos estos amados hijos nuestros son buenos, padre Damián, hasta que dejan de serlo.
Percibió la amonestación en la ironía y la tuvo en cuenta, era la caída de la tarde y el sol doraba el pasto de la gran plaza central de Trinidad, toda salpicada de liriecitos blancos.
En la galería sus pasos sonaban asordinados, caminar sobre estas piedras es agradable, recordó que una vez había comentado con entusiasmo el padre Jaime, parece que te comunicaran... (había dudado un momento tratando de dar con la palabra apropiada) una textura, eso mismo, dura o blanda, no importa, diferente. Oh, padre Jaime, pensó apesadumbrado, cómo añoro tu amable presencia, qué diferentes son todas las cosas cuando se las mira con ojos dulcificados por la caridad.
El padre Roque se detuvo un momento antes de abrir la pesada puerta que daba al patio de la casa de los padres, ubicada en una cabecera de la plaza, y se volvió para pasear sus ojos una vez más por la gigantesca mole de la iglesia en construcción, piedra roja enrojecida por el sol del ocaso, que se erguía como un rubí patético ante el fondo verdísimo del monte y el azul del cielo que poco a poco se iba oscureciendo y su rostro, lo pudo notar Damián, se distendió en un gesto de altivez que no alcanzó a dominar.
-Jacinto es un buen tallador, ciertamente -murmuró después, sentado en el sillón de madera frente a su mesa de trabajo mientras Damián se trajinaba con la lámpara de aceite en la habitación que, por no tener ninguna abertura hacia el oeste, estaba ya sumida en espesas sombras-. El mejor que tenemos, sin duda alguna, pero no puedo disculpar una falta tan grande; estas son cosas que debemos cortar de raíz... Él es un hombre casado.
-Lo sé, padre, tiene familia... -no se animó a mirarlo-, pero para ellos todas estas cosas son diferentes...
Roque permaneció un momento silencioso. En Asunción, hacía ya mucho tiempo, tantos años que en él ya no quedaba nada de aquel jovencito huraño que había sido, una vez había recriminado agriamente a su amigo Baltazar Guerrero que no pusiera empeño en cuidar de la salud moral de sus encomendados.
-Los visto bien y los alimento, Roque -caminaban por el fresco patio del Colegio que la Compañía tenía en Asunción y en el aire se percibía el olor del agua de la bahía cercana-. Conmigo están mejor que con muchos de mis vecinos...
Llegaron hasta la verja que rodeaba el patio y asomándose vieron a las lavanderas que golpeaban las ropas en tablones casi sobre el agua y a un grupo de indios jóvenes que sin pudor, a escasos metros de las mujeres, se bañaban desnudos riendo a carcajadas.
-Lo sé, amigo mío -se sentía cansado-. Pero también es cierto que viven en una promiscuidad pecaminosa que no trae ningún bien para sus almas...
-¿Almas? -le había interrumpido Baltazar risueño- ¿La tienen?
Demasiado bien conocía Roque a su amigo para pensar que hablaba en serio pero era una forma de hacerle saber su pensamiento: seres como nosotros... sí, por cierto, pero...
-Quiero pensar, padre Damián, que en verdad no cree eso que están dejando entrever sus palabras... Es como si usted pensara que nuestra labor aquí se reduce a construir templos...
Ahora sí Damián percibió claramente el enojo del anciano y deseó borrar su indiscreción.
-Jacinto es un hombre bueno, padre... La tentación fue más fuerte que él y no pudo vencerla.
La Tentación, pensó Roque entrecerrando los ojos, la negra sombra de la Bestia con sus chirriantes pequeñas patitas de cerdo... la piel se le erizó en la nuca pero alejó las agigantadas sombras de su pensamiento con viveza, su mente estaba con Dios, el que hizo el Cielo y la Tierra, el que debilita los enemigos y los dispersa.
Y después nada, nada más, nada más, se desesperó Damián, como si yo, ni Jacinto, ni nadie existiera...
-No me escuchó, Jacinto... Todo parece indicar que tendréis que salir de aquí...
-Pero ella va a tener un hijo de mí, Paí... ¿cómo va a hacerla ir de aquí ahora que va a tener un hijo? Que me eche a mí, si es tan necesario; yo no voy a permitir que a ella la maltraten.
Damián le miró con pena.
-Recé mucho anoche -estaba debilitado por la larga noche de insomnio y ardiendo de remordimientos que no alcanzaba a explicar con claridad-. Recé también por tu esposa y por tus hijos...
-No entiendo lo que él nos quiere hacer, Paí.
-El hijo que Rosa va a tener es hijo del pecado.
Jacinto dejó el pequeño mazo sobre la piedra rosada que estaba tallando y Damián sintió que se le atenazaba el corazón de tristeza cuando vio rodar por su mejilla curtida una lágrima gorda que bajó arrastrando polvareda rojiza.
-Estas cosas así no andan, Paí... No hay razón para que se nos haga esto... Si yo tengo un hijo con Rosa no es porque no le quiero más a mi esposa, Paí, todos saben eso demasiado bien... A Rosa aquí no le va a faltar nada, si se queda entre nosotros, digo, y a mi hijo tampoco, ¿por qué, entonces, se tiene que ir?
Esa noche en su cuarto Damián se consumía en la desazón, su pecho encendido de rebeldía por momentos, aunque se empeñaba en evitarlo, se hundía en la desesperanza, ¡qué lejos quedaba en la perspectiva de su vida la ingenua seguridad de sus años mozos...! Nunca había dudado de su elección de abrazar la vida misionera pero ahora, ahora... oh Dios, ¿qué es lo que estamos haciendo?, se dijo cerrando fuertemente los ojos y expeliendo el aire ardiente de su pecho.
La impotencia le dolió. Fue un encuentro con la realidad que, en tanto no pensara en ella, creía inexistente. Le dolió tanto o más que el desarraigo: los largos años vividos en este mundo al otro lado del mundo no eran suficientes para alejar las añoranzas: su madre, sus amigos, las angostas calles tortuosas de su pueblecito encaramado en la abrupta ladera de la sierra y el frío, oh, el frío, cuánto añoraba ese aire helado y cristalino, el frío, el frío... Ni siquiera los sufrimientos del viaje, que a tantos otros compañeros habían signado con una marca imborrable, podían igualarse con la profunda tristeza de su desarraigo.
No había sabido qué contestarle a Jacinto esa mañana aunque con claridad recordaba lo que era pertinente decir, la Compañía luchaba por la reivindicación de los indios, seres humanos no inferiores ni diferentes... Su frente se inundó de sudor y el aire se le hizo irrespirable, ¡qué fácil es enviar...!, el sollozo fue casi un bramido en su pecho, id y enseñad, destruid lo que encontréis y diluid los pedazos aventándolos a los cuatro vientos...
Salió a la galería con arcada y se enfrentó a la noche profundísima y cálida, millones de estrellas temblaban en el cielo transparente y el corazón se le hizo un puño en la garganta.
Las casas de los indios, en el otro lado de la gran plaza, eran un abigarrado amontonamiento de sombras perforado solamente por las luces de los faroles de aceite que había en las cabeceras de las largas galerías soportadas por pilares y hermosos arcos tallados.
Los movedizos discos de luz hacían resaltar los arcos de piedra cercanos que, a medida que se iban alejando, se desdibujaban fundiéndose en un abombado plano de sombra.
Las habitaciones de los indios estaban en perfecta quietud, duermen confiados, pensó Damián, duermen entregados a la misericordia de nuestras manos. Una sensación de culpa le atenazó el corazón: no estaba siendo fiel a los compromisos que había asumido, estaba permitiendo que el pensamiento maligno dominara su voluntad, estaba dejándose ganar por la soberbia, por el estúpido orgullo de creerse el único poseedor de la verdad. Cerró los ojos fuertemente sintiendo sus párpados calientes de fiebre y apoyó la frente en la rugosa superficie de piedra de la arcada, necesito creer firmemente que todo lo hacemos por Dios, pensó, porque de otra forma no tendríamos perdón...
-La vida, mi querido Damián, es una serie de otras cosas además de las que vosotros, los pensadores, pensáis... Hay un lado práctico que se os escapa y que nosotros, los viejos vyros, aprendimos con los años de vivirla... -la risa surgió callada del pecho poderoso de José cuando reinició su tarea de pulir la curvada pieza de madera.
-Nunca pensé que fuera un vyro.
-Desde luego, no lo soy. Pero a veces tengo la impresión de que lo piensas...
Damián no quiso contestar porque el buen humor de su amigo casi le resultó afrentoso, lo quisiera o no, el padre José a veces llegaba a escamarlo con su seguridad, con la firmeza de su carácter, con su tremenda fuerza vital, no pierdas el tiempo en cavilaciones inútiles, solía decirle, ¡es tanto lo que tenemos por hacer...!
Salió del taller de carpintería y pensaba dirigirse hacia el templo en obras, donde muchos indios trabajaban levantando los gruesos muros de piedra rosada, pero no se animó. La mampostería de la nave y los pilares estaba apenas insinuada, pero la cabecera había llegado a la altura de la bóveda y los pedreros desbastaban ya la piedra para definir la ornamentación. Entre ellos estaría Jacinto, lo sabía bien, y no tuvo valor para encontrarse con él. Los pedreros trabajaban las piedras que se montaron con la grosura que permitiera desbastarlas para definir las formas primorosas dibujadas por Juan Antonio, su gran amigo, que sucedió al padre Forcada en la conducción de la obra proyectada, muchos años antes, por el Hermano Juan Bautista.
Desde la plaza pudo escuchar la ininterrumpida sucesión de martillazos, algunos livianos y ligeros (de los pulidores), otros pesados y que sonaban lejanos, acompañados por los truenos profundos y retardados que producían los trozos desprendidos al caer en la tierra apisonada, muchos metros más abajo.
Decidió ir directamente a su estudio pero sintió que lo tomaban por el brazo.
-No busques ocupaciones todavía -José tenía aún ceñido el delantal de trabajo sobre la sotana y con el bordillo se secaba el sudor de la frente, a tan temprana hora de la mañana ya sudaba así, copiosamente-. Hablemos ahora un poco más.
-No alcanzo a acallar mis dudas, padre -le dijo después Damián.
-¿Quién te dijo que puedes dudar?
Damián no hizo caso al tono de broma con que su amigo intentó conciliar la conversación.
-Los interrogantes se presentan a toda hora y los relego, los relego una y otra vez hacia el fondo de mis pensamientos: no encuentro nunca el valor para enfrentarlos... Me temo que no quiero saber la respuesta que puedo llegar a dar a mis preguntas...
José dejó en el borde de la pileta de piedra tallada el porongo que había usado para beber. Un hilillo de agua se deslizó marcando un trazo fino de color rosa oscuro sobre las uvas apetitosas entrelazadas por pámpanos sinuosos con granadas y hojas de palmera.
Al irse pacificando la superficie del agua abombó y achicó sus rostros reflejados sobre el fondo del cielo increíblemente azul. José introdujo la punta del dedo y al retirarlo las ondas del agua destrozaron las imágenes superponiéndolas con el cielo, para luego volverlas a presentar mezclándolas, multiplicadas por mil.
-Esto hacemos -indicó la pila con un gesto-. Mira esta imagen que es una, y al mismo tiempo muchas. Es la misma y no lo es. Esta imagen deshecha es la misma pero trabajada, multiplicada por mil, enriquecida... -José sonrió y se encogió de hombros- Y eso es todo.
Damián permaneció silencioso; su malhumor le impidió lucir la galanura que su amigo esperaba.
José suspiró.
-Venimos a modificar sin cambiar, este es un juego de palabras muy hermoso y me agradaría que lo recuerdes. Venimos, te decía, a multiplicar por mil las ansias yacentes en estas almas dándoles de beber las aguas que no se acaban, y eso es lo único que importa. Parece una simpleza pero no lo es. Son cosas que sabemos y vivimos pero que a veces, inesperadamente, se nos escapan, y esto tómalo como una recriminación -tomó al joven por el brazo y lo condujo (¿cómo a un niño?) hacia su estudio, que estaba al lado de la casa de los padres-. Y además de toda esta provechosa enseñanza vas a escuchar un consejo de este viejo que, aunque bromee con eso, lo sabes, no es ningún vyro: no permitas que las dudas lleguen a agobiarte hasta el ahogo. Es un lujo que no podemos permitirnos nosotros, los obreros de Dios.
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lunes, 21 de junio de 2010

LOURDES TALAVERA - AFINIDADES FURTIVAS, RELATOS ENHEBRADOS -Prólogo: LUIS HERNÁEZ/Cuentos: EL DESALOJO, LOS LABERINTOS DEL DOLOR y AFINIDADES FURTIVAS


AFINIDADES FURTIVAS
RELATOS ENHEBRADOS
Por LOURDES TALAVERA
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Idea de tapa: Claudia López
Diagramación: Gilberto Riveros Arce
Corrección: Arnaldo Núñez
Criterio Ediciones,
Asunción-Paraguay 2007 (101 páginas)

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Lourdes Talavera confirma en AFINIDADES FURTIVAS - RELATOS ENHEBRADOS lo que ya apuntó en sus obras de cuentos anteriores, JUNTO A LA VENTANA y ZOOLÓGICO URBANO: su vigor narrativo. Nos revela en sus relatos los arcanos de unas existencias cuyas reacciones son muchas veces incomprensibles, hasta convertir sus personajes en formas dispersas de las representaciones de las conductas. Estos personajes son gente "normal", personas de carne y hueso cuyas vidas han atravesado dificultades. El Ramón de "El desalojo", con su discurso mental en guaraní, se define con frases como " la lucha por la tierra es por la vida". Su voz es la de miles de seres maltratados por las condiciones de su existencia. Y así deambulan y deambulan personajes y personajes por los cuentos de Talavera.
** Y es que la autora pone en danza personajes comunes, desde campesinos hasta el abogado. Un cuento como "LOS LABERINTOS DEL DOLOR", con su estilo policíaco, nos enseña las miserias del ser humano. Las sensaciones del amor, del peligro, de la muerte, de la frustración, de la lucha por la dignidad, aparecen como destellos en estos relatos, cuya mayor importancia radica en su estilo depurado, desprovisto de alambiques que retuercen las historias. Si en algún momento se detecta complejidad argumental es porque procede de las propias situaciones, nunca de la voluntad de la autora.
** AFINIDADES FURTIVAS logrará que los lectores se sientan afines a la literatura. Y no de forma furtiva, sino con una militancia activa a favor de la palabra como medio de comunicación de historias ficticias inspiradas en la realidad. En la observación de la vida. - JOSÉ VICENTE PEIRÓ
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PRÓLOGO
** AFINIDADES FURTIVAS - RELATOS ENHEBRADOS es el título y Lourdes Talavera enhebra en este volumen que pone a nuestro conocimiento una serie de cuentos muy interesantes. Cuando comentamos una obra a veces, como en este caso, resulta un tanto complicado encontrar el calificativo preciso, y corremos el riesgo de que el elegido no refleje la totalidad del pensamiento que deseamos exponer. Quizás interesantes no sea suficientemente claro. Trataré, por lo tanto, de explicarme.
** Hallo en los relatos de Lourdes un denominador común: las dudas acuciantes que genera la existencia, esa vida que nos obliga, al decir de Ortega, a tener que decidir a cada instante. Con una visión incisiva, me atrevería a decir despiadada, la autora expresa el sabor amargo de la constatación de que sin darnos cuenta, día a día tal como gotea el contenido de un vaso perforado, la vida se nos pasa, la existencia se realiza y desapercibidamente, aunque se tuviera todo programado y fueran cosas muy distintas las previstas, la realidad se realiza (y esto es mucho más que un hueco juego de palabras).
** Esas dudas y temores, ese aparentemente fuerte deseo de fijar parámetros y roles en la existencia que por ser compartida exige y otorga protagonismos, los expone la autora recurriendo a una variada sucesión de temas. En efecto, los temas escogidos para estos cuentos enhebrados recorren un amplio espectro (sin dar cabida a la timidez o al temor) y Lourdes los encara abiertamente, quiero decir bien de frente, sin excusas. Con un matiz que deja entrever nublados misterios cuando lo cree conveniente, o con una rudeza desprovista de engañosas suavidades, o con la fresca y llana exposición de lo contado cuando así lo prefiere, nos adentramos en ese mundo de AFINIDADES FURTIVAS en el cual muchas son las historias, muchas las anécdotas, muchas las realidades que la ficción nos presenta, pero sobre ellas campea esa idea que nos permite adentrarnos un poco más en "nuestras interioridades", al decir de aquel entusiasta analista de Octavio Paz cuando analizaba su "otredad".
** No me veo empujado, y me place, a recorrer el trillado camino de la literatura femenina o el matiz profesional que se aprecia en su texto porque opino que cuando lo que analizamos es bueno con tranquilidad podemos hablar, de la literatura que es una, buena o mala, y nada más.
** Estos relatos la autora los enhebra utilizando la narración en primera persona y es muy interesante constatar que sortea felizmente los riesgos y se libra de caer en un intimismo sin sustancia. Pienso que una de las cosas más sabrosas del libro es la habilidad que muestra Lourdes al estructurar esas "primeras personas" tan convincentes, trabajadamente expuestas y que permiten constatar de manera verosímil la dolorosa vulnerabilidad de las personas cuando "la vida se les viene encima", tal como observamos, por ejemplo, en "EN LA SIERRA NIEVA EN NAVIDAD". La resolución del cuento sucede espontáneamente, desapercibidamente, tan desapercibidamente como se le pasa la vida a la protagonista, dejándonos a nosotros, mudos espectadores de esa realidad a la que fuimos convidados, con el sabor entre dulce y amargo de la constatación, sin sobresaltos, del cumplimiento ineludible del paso sin pausa del día a día.
** La estrategia narrativa que Lourdes utiliza exige la plena participación del lector y digo plena participación intencionalmente, porque se sabe que cualquier expresión escrita necesita la comprensión que es un esfuerzo del lector, pero en este caso me refiero a una labor deductiva, sumamente placentera, a un trabajo de interpretación de las pistas y señales que la autora en su texto nos va entregando dosificadamente, como quien no quiere la cosa, armando el universo de ficción. Un ejemplo claro de lo que digo lo tenemos, entre otros, en el cuento "LADRAN LOS PERROS", en el que a partir de lo que la narradora percibió en un principio vamos descubriendo y conociendo la verdad.
** La cuestión se torna mucho más sabrosa cuando nos percatamos de que lo que nosotros supimos en un principio no fue en realidad lo que percibió la narradora sino lo que creyó percibir, y allí la cuestión se enriquece. A partir de entonces comenzamos a conocer a los personajes, sus avatares y, por fin, sabemos lo que pasó.
** Esa misma lúdica propuesta de participación se aprecia en los cuentos que se resuelven con una sugerencia ("LA BÚSQUEDA", por ejemplo), en los que no se incluye la expresión taxativa que facilitaría enormemente la comprensión pero que, sin duda, le restaría esa contundencia que es posible conseguir con el hábil ejercicio del arte que utiliza como herramienta la palabra, la literatura.
** Expuse algunas cosas que me llamaron la atención de este libro que hoy Lourdes nos propone, y quedan en el tintero muchas otras. Me parece muy gratificante que sus relatos se encuadren en la corriente renovadora del cuento emparentado tan estrechamente con el relato, ganando mucha libertad al independizarse de aquella estructura obligatoria de los finales con sorpresa, y etcétera, que, todo parece indicarlo, va quedando relegada. - LUIS HERNÁEZ
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ÍNDICE
Agradecimientos / Dedicatoria / Prólogo
· En la sierra nieva en Navidad / El desalojo / Los laberintos del dolor / La danza de las palomas / Joaquina / Ladran los perros / Afinidades furtivas / A ninguna parte / El encuentro / Regreso al hogar / La búsqueda / Un amor para Tomás.
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EL DESALOJO
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A Tobías
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Los rayos perezosos del sol se colaban entre las ramas de los árboles, el fresco del amanecer era sumamente agradable. Ramón Brítez se acomodo en el asiento del jeep mientras el chofer conducía tranquilo. La espesura del pasto que alimentaba a las vacas, a la vera del camino, le trajo recuerdos de su infancia. La chacra fue el espacio donde tanteó sus primeros pasos, recordó a su madre llevando el tereré rupá (1) a su padre.
Trabajaban denodadamente, el sudor se mezclaba con el polvo; y en la época de la cosecha del algodón, desde el más pequeño al más anciano de la casa se ataban una bolsa a la cintura y colaboraban en la recolección de los blancos copos, que daban una bonanza a la escuálida economía familiar. Ramón completó sus estudios en su comunidad y luego fue a vivir con su tío a la capital; fue un alumno aventajado, por eso, logro ingresar a la academia de policía y a la facultad de derecho. Hoy, a cargo del destacamento norte, estaba conceptuado corno un respetable defensor de la ley, rasgo poco común entre sus camaradas. Chéuerõ ĝuarã, chokokue kuéra imbarete hikuái ko'ápe. (2) -le dice su chofer.
Asiente con la cabeza y sigue ensimismado en sus pensamientos.
La lucha por la tierra es por la vida. La explotación y la proletarización de los campesinos son una realidad en la sociedad actual, había oído concluir a alguien en un análisis sobre el tema, en la televisión. Ekirĩrĩna nde bolche (3), había sentenciado mecánicamente en su mente, en dicha ocasión.
Su padre era un campesino que se identificaba con el trabajo y la tierra que pisaba.
Aquella era para él su seguridad personal y familiar, allí se desarrollaba su relación comunitaria y con el mundo. Cuando los invasores de predios se resistían a abandonar la tierra tomada, se le asemejaba a Ramón una lucha contra la muerte, y por lo tanto a pesar que se rebelaba a aceptar la idea, eso representaba la defensa del derecho fundamental del hombre. Aunque en su fuero interno se resistía a la reflexión de que la reforma agraria es una bandera y un movimiento concreto para el desarrollo de un país agrícola.
De este modo discurrían sus pensamientos al filo de la impensada izquierda; si eres hijo de campesino, cómo renegar de tus orígenes, le reclamaba su conciencia. Su madre siempre comentaba el nacimiento de Ramón. La mayoría de las veces se sentía privilegiado. Solamente había algo que le desagradaba y era integrar la comitiva judicial y efectivizar el abandono de los asentamientos. Mirar cada rostro curtido por el sol le confrontaba con el semblante cubierto de arrugas de su padre y hermanos mayores prematuramente envejecidos. Los niños descalzos y sorbiéndose los mocos formaban parte del paisaje en el invierno. Las mujeres con sus vientres abultados o amamantando a los más pequeños le producían un sentimiento paradójico. Creía que lo que ocurre sólo puede venir de lo que se haya hecho, porque cada quien es responsable de lo que se llama destino; sin embargo, intuía un mundo distinto al que veía para aquellos desheredados en su patria.
Su casa no había sido eso, exactamente, sino un rancho kulata jovái (4), fresco en el verano y abrigado por los leños encendidos en el fogón de la cocina, en el invierno. Su madre se levantaba antes del amanecer para tomar mate con su padre, y luego preparar el desayuno.
Siempre hacendosa, cuidaba de la huerta y del gallinero; también se ocupaba de hacer quesos que luego los vendía en el pueblo, y ayudaba para la compra de las provistas en el almacén de don Dionisio. Él la ayudaba en dichas tareas, y eran momentos donde intercambiaban anécdotas; ella le contó por ejemplo, por qué eligió llamarlo Ramón. La razón era simple y llana: su madre había pedido la intercesión del santo durante el parto. Ha’e oñangareko cherehe (5), decía convencida de su certeza.
El paraje estaba rebosante de cultivos; las plantaciones de mandioca, poroto y maíz evidenciaban la pujanza de la colonia. Sin embargo, los propietarios legítimos habían ganado el litigio, y no les importaban la escuela, el oratorio ni el puesto de salud.
Un malestar aquejaba a Ramón: a su llegada al núcleo de la población, percibió el humo que se levantaba desde el techo del centro comunitario. Sintió un ligero escalofrío cuando vio al fiscal acompañado de las fuerzas especiales. Para amedrentar a los pobladores habían quemado su sitio de reunión. Los líderes deliberaban y no pretendían acatar la orden judicial. Las mujeres y los niños miraban con temor, sin la posibilidad de resistencia ante lo que acontecía. El fiscal se mostraba implacable, instando a los pobladores a Juntar lo más imprescindible de sus cosas y abandonar, de manera pacífica, la colonia y evitar enfrentamientos innecesarios. La tierra es de quien la trabaja. Ésta le pareció a Ramón una sentencia justa, pero sus labios permanecían sellados.
Una mujer que gritaba rompió en llantos que luego parecieron alaridos. El joven maestro pedía: aní1ze pepoko mitãnguérarehe! (6) Era una exigencia para que se respetara a los niños.
Las fuerzas de represión blandían amenazantes sus garrotes y armas, mientras Ramón se contenía para no expresar su descontento e impotencia.
Vio el desalojo de cada uno de los ranchos, y amontonarse a la intemperie las escasas pertenencias de sus dueños.
Le habían comentado que en este asentamiento estaban afincadas más de doscientas cincuenta familias, que al principio sortearon las horas con el vacío de sus estómagos y la inclemencia del clima, debido a la falta de alimentos y la precariedad de su campamento. Cultivaron el suelo como alternativa dé sobrevivencia. Ramón tenía, delante de él, a los niños llorando sin consuelo y a sus madres suplicando una tregua a la violencia. Miró y vio, con ojos incrédulos, el cuadro de la desolación. Por primera vez en su vida, se calificó de sentimental; los años lo estaban ablandando.
Recordó a su madre amamantando a su hermanito, zurciendo sus ropas, dando de comer a las gallinas; ahora experimentaba un dolor interno. Había leído que la nostalgia es una salida a la angustia; estaba asfixiándose, y cerraba sus ojos a una realidad que lo lastimaba. ¿Dónde quedaba en su vida la efímera felicidad? Lo zarandeaba la dramática lucha de la posesión de la tierra como medio de vida y comprendía a esos campesinos, que se resistían y sobreponían a las persistentes amenazas de exterminio, en su afán de no doblegarse a la condena de ser desempleados o proletarios en las crecientes periferias urbanas.
Preso de la ansiedad, se movía de un lado para otro, verificaba cada una de las acciones porque no toleraría el abuso de poder de sus hombres ni los desmanes de los labriegos; deseaba a toda costa que no sucediera ningún desenlace lamentable. Caminaba de aquí para allá. De pronto, se acercó a uno de los ranchos; se asomó al umbral de la puerta, y percibió el aroma a cirio.
En la pieza, divisó un pequeño altar donde resaltaba la imagen de San Ramón, tallada en madera. Una mujer sentada en un rincón tenía prendido a sus senos un pequeño bulto envuelto en harapos.
Cuando Ramón miró al suelo, descubrió una manta extendida y la placenta como una masa veteada en un charco de sangre.
Ella había parido sola a su hijo, en cuclillas; y con la llama de la vela había cercenado el cordón umbilical. A los cuarenta y dos años, sorprendido, él comprendió la magnitud de la devoción que su madre le profesaba a ese santo.
(1)- Colación de media mañana que se ingiere antes de tomar la bebida refrescante llamada tereré, infusión de agua fresca y yerba mate.
(2)- Para mí, aquí los campesinos están fuertes.
(3)- Cállese, bolche.
(4)- Rancho con techo de dos aguas.
(5)- Él cuida de mí.
(6)- ¡No lastimen a los niños!


LOS LABERINTOS DEL DOLOR
Trémula, percibió un fino temblor en su brazo izquierdo. Sintió que se quedaba en blanco. El sudor recorría su delicada piel, una leve humareda le cegaba y sentía una profunda paz. Silvina aspiró una bocanada de aire y se dispuso a jalar sin prisa el dispositivo de la fortuna. La situación simulaba un juego de muñecas rusas, quizá por su característica repetitiva. Su jugada o movimiento estaba comenzando, la probabilidad había sido considerada, pero el posible desenlace se develaría al finalizar la partida. La pérdida o ganancia sucedería cuando todo se terminara; era tan sencillo como declarar un ganador o perdedor.
Silvina Brandoni había participado del levantamiento de un cadáver sin identificación. Estaba en estado de descomposición, llamaba la atención el orificio de la bala sin salida en la cabeza. Unos pescadores lo encontraron en el río y denunciaron el hallazgo, sin demora. Entre periodistas, fotógrafos y policías se desarrolló la investigación, y concluyó que la víctima se había suicidado. La realidad no es precisamente interesante en el ámbito forense; el hecho se había dilucidado fortuitamente, y el azar fue el protagonista principal. Una situación similar sucedió una semana después, en las cercanías de una fábrica abandonada en la periferia de la ciudad. En la madrugada, un hombre que se dirigía a su lugar de trabajo tropezó con un cuerpo que yacía junto a un montículo de basura. Ella, acompañada de la comitiva investigadora, llegó hasta la calle donde estaba el yacente que ya había sido reconocido. Se trataba de un empresario que mediante justas electorales ocupaba una banca en el parlamento.
El tercer caso aconteció en el transcurso del mes, se trataba de un joven y talentoso actor de teatro. En esa oportunidad, la obviedad de los acontecimientos planteó una sospecha y por dicho motivo se decidió profundizar la pesquisa para establecer la relación de los casos entre sí y la causa de las muertes. Silvina fue designada responsable; ella gozaba del respeto de superiores y subordinados, había egresado de la facultad de leyes con máximos honores y continuaba la trayectoria de su difunto padre.
El equipo investigador había considerado que los tres lugares eran equidistantes y los cadáveres aparecieron en el tiempo, simétricamente, con un intervalo de una a dos semanas. Se consideró equivocadamente que se había dilucidado el problema de manera sencilla, atribuyendo los hechos al suicidio. Ahora, se cernía un manto de misterio sobre la investigación. Aquellos hombres tenían en común las visitas a una casa, en las afueras de la capital, y el tipo de lesión mortal; los investigadores consideraron eso como el resultado más relevante de las estratégicas observaciones y los interrogatorios a los que fueron sometidas diversas personas vinculadas a los fallecidos.
Con frecuencia, llegaba a su casa y la sofocaba una infinita racionalidad, lo que le dificultaba reconocer sus emociones; a veces se desconocía y solamente deseaba sentarse en la alfombra y mirar las inmaculadas paredes de la habitación. Generalmente, la ventana entreabierta dejaba pasar la brisa tenue del anochecer; entonces flexionaba la cabeza, las tensiones se disipaban y se perdía en luminosos corredores que la llevaban a ninguna parte. Se cansaba y sus ojos solo veían sombras que venían a ella. No se resistía, su respiración se volvía entrecortada; la opresión en su pecho se tornaba insoportable.
Gritaría, pero los sonidos se disolvían en su garganta. Deambulaba y recorría nuevamente el camino, tanteaba los muros que la detenían y sus fuerzas no eran suficientes para abatirlos, una y otra vez, hasta que percibía sus pies en el suelo. Miraba por todos lados y lo veía allí, con cada una de sus piezas donde correspondía, para mantenerse estático y equilibrado.
Se trataba de un conjunto de espirales, una obra móvil que se erguía impasible sobre un mueble, en la sala de estar. Suspiraba y dejaba que los minutos se perdieran en las horas.
Silvina, en algún momento, comprendió que estaba en conflicto entre sus tentaciones, inteligencia, perspicacia y voluntad. Temía ser desleal consigo misma. Pensaba que debería cuidarse de sus propias fábulas para no caer en una trampa. Tenía coraje, aunque le faltara la tranquilidad del alma por unos instantes; siempre conseguía el dominio de sí misma, sobre todo cuando ensanchaba aquel dédalo de cajas vacías de fósforos que había empezado a armar, siendo adolescente, cuan-do se descontrolaba. Tenía que estar perfectamente ordenado con cada uno de sus componentes en su emplazamiento, para conservar la estructura. Mirarlo en ese estado la llevaba inevitablemente a la sensación de bienestar. Tuvo la esperanza de que el tiempo pudiera borrar las huellas que se impregnaron a sus recuerdos. Contradictoriamente, ansiaba cualquier calamidad y experimentaba avidez, asombro, miedo, aunque luego se abandonaba a una escondida y desordenada alegría.
Así, de esta manera, se ponía a salvo de sí misma. Cuando cometía una falta, ella encontraba la manera de expiarla, para luego dedicarse con silenciosa determinación a transgredir nuevamente las reglas convencionales. Podía tranquilizarse, su acción era inofensiva y no afectaba a terceros, tampoco nadie la descubriría; se sentía fatigada de muchas idas y venidas sin encontrar una salida. Los angostos caminos y el agotamiento la dejaban sin fuerzas como destellos de desánimo. Entonces pensaba que toda su existencia era un laberinto. Sentía un extrañamiento de sí misma, un vaciamiento de aquello que constituía su esencia. La envolvía un halo blanco que la mostraba transparente. El pavor la invadió.
Un mediodía que asemejaba un atardecer, regresó del colegio; la casa desierta la recibió sin ruidos. Subió por la escalera y se detuvo ante el dormitorio de sus padres, en la puerta miró al interior: una única flor en una copa de cristal la saludó. La estancia tenía el raro resplandor de la luz que se reflejaba en el vidrio de las ventanas. Sintió un poco de frío y una repentina tristeza. Dio vueltas y se sentó en la cama, luego llamó: ¡Mamá! La encontró en el cuarto de baño, con los ojos cerrados, en un relajado sueño. Tenía el rostro apacible, pálido, y parecía una muñeca de nácar. Estaba recostada en la bañera, el agua roja como una rosa fulgurante, empezaba a resquebrajarse como si los pétalos se deshicieran con la brisa. Se sentó en el piso, al lado de su madre, y allí la encontraron al día siguiente cuando su padre regresó de viaje.
Aunque le resultaba familiar el ambiente, esa noche impresionaba lúgubre; no había tomado en cuenta este detalle ni a las personas que acudían al casino clandestino. En un juego cada jugador asume ciertas reglas, y las jugadas están determinadas por la decisión personal o el destino; como en la ruleta rusa, cuando de cierta movida pende la vida de alguien. Sabía que sus cajas vacías de fósforos, en la casa, estaban en equili-brio y por eso se tenía confianza, acaso no perdiera, sea cual fuere el desenlace. Solamente la inquietaba que esa jodida gente la dejara a la vera de cualquier calle; sus párpados y los músculos de su cara y cuello estaban tensos. La suerte estaba echada. Cuando su dedo oprimió el gatillo del arma, sonó un seco chasquido que la obligó a abrir los ojos y depositarla sobre la mesa de juego, encima de las cartas. Miró a Bentos, y dijo al retirarse: Allanaremos este local, soy la fiscal encargada del procedimiento.

AFINIDADES FURTIVAS
Lentamente llegaba al local, miraba de reojo, atenta-mente, como si buscara registrar algún detalle que había pasado desapercibido a los demás. Tenía el pelo entrecano y su ropa era pulcra. Un día, al cruzarme con su mirada, me saludó con un leve gesto. La semana siguiente que regresó, fui yo quien lo hizo y me contestó nuevamente sin palabras. A partir de allí nos convertimos en amigos; yo apenas había cumplido doce años, y me resultaba difícil precisar cuántos años podría tener él. Le pregunté su edad y habló sin responderme. Cuando quise conocer su nombre, sonrió y dijo: Jonás.
Lo escuchaba con curiosidad, me agradaba su charla, aunque raramente comprendía el sentido de sus ideas; parecía que en cada conversación me daba señales.
Invariablemente, siempre decía lo mismo; sus palabras eran idénticas y las acompañaba de ademanes inexpresivos. Me hablaba, pero no se dirigía a mí. Impresionaba como si recordara alguna circunstancia particular o simplemente que se estaba refiriendo a otra persona solamente visible para él. Me comentó, un tiempo después, acerca de aquello en que se había iniciado, un día imprevistamente, en la librería del señor Moreno; se quedó mirando un agujero aunque sus ojos se posaron fijamente en un diccionario inglés-alemán. Se interesó vivamente por la combinación de los colores azul, rojo y verde del ejemplar. Lo compró y se lo llevó a su casa. A ese le siguieron otros, porque visitaba asiduamente las librerías del centro de la ciudad; compraba diferentes tipos de diccionarios. Posteriormente, su modo de adquirir fue estilizándose, los buscaba en diversos países y ciudades. Se le amontonaron de aquí para allá en los rincones y por eso tomó la súbita decisión de clasificarlos por los colores predominantes y el tamaño.
Jonás me decía que muchas personas acumulaban cosas en sus hogares, desconociendo cuáles eran sus utilidades. Sin embargo, otras veían con indiferencia y desprecio a quienes se llenaban de trastos inútiles. Él afirmaba que obtenía beneficios de los diccionarios. En esencia, se trataba de una utilidad que estaba más allá del conocimiento y lo llenaba de gozo. De alguna manera, en su colecta se reflejaban aspectos de su personalidad. La enorme cantidad de diccionarios recolectados lo engrandecía y animaba a un desafío que a mí me parecía sumamente misterioso. Cuando se lo comenté a un amigo del colegio, se me rió en la cara: -¡Vaya pavada de colección! -me dijo. Indignado, le refuté que la gente como él no comprendía lo que constituía poseer una colección. Por cierto Jonás, se jactaba de que la estructura de la suya era sencilla, basada principalmente en los colores y en el año de la última edición.
Siempre me gustó despertarme temprano en los días de semana; permanecía en la cama sin moverme, luego me levantaba y miraba al patio por la ventana.
Me fascinaba el pasaje de las sombras a la luz, mientras desfilaban las figuras en el muro de la casa contigua. Después, volvía al lecho por espacio de cinco minutos. Dejaba que me ganara el ensueño y me sumergía en una modorra, en la que navegaba por cientos de segundos; así, en ese amplio mar rescataba una frase o un pensamiento. Poco a poco la energía impregnaba mi cuerpo. Me costaba dejar las sábanas, pero lo hacía por disciplina como me lo había enseñado mi madre.
Toda mi existencia estaba absorbida por las tareas escolares que tanto me fastidiaban. Primero, hacía las de matemática, seguían las de ciencias y sociales y por último las de castellano. Terminarlas rápidamente me daba la oportunidad de disfrutar momentos de ocio, acompañando a mi padre, a quien casi no veía, en la librería.
Cuando Jonás dejaba de hablar, en el ambiente se percibía una cavilación; se quedaba con la mirada extraviada como si estuviera extasiado ante una fotografía invisible para los demás.
En ocasiones yo no había sabido qué hacer, en otras le había ofrecido los diccionarios recién recibidos. Él los examinaba como un experto y confirmaba los datos necesarios para su clasificación. Permanecía corroborándolos con una racionalidad absoluta, en tanto que yo daba vueltas entre los mostradores sin perderlo de vista. Estoy seguro de que cada adquisición nueva le resultaba placentera, no lo comprendí en esos instantes, pero luego de tantos años puedo descifrar ciertos enigmas. Creo que él tenía el cerebro poblado de imaginación y también era agudo en sus apreciaciones. Miraba con especial cuidado los diccionarios. Poseerlos motivó a que se familiarizara con los idiomas, lo que facilitó que se expresara en varios de ellos. A pesar de que algunas palabras se le anudaban en la garganta, persistió con ahínco en ese afán. Pasado unos años, le pareció que la montaña de diccionarios se le caería encima. Debido a eso decidió ocupar la estancia más grande de la casa, los reubicó y reclasificó minuciosamente. Entonces estableció un orden adecuado que lo tranquilizó y disipó su reiterativo temor de que se asfixiaría en una espiral abarrotada de ellos. Recuerdo una ocasión en que apareció y, como de costumbre, evaluó los diccionarios; él estaba en lo suyo, viendo solo aquello que anhelaba visualizar. Repentinamente tomó uno de lomo azul y se lo acercó a los labios. Estampó un sonoro beso sobre la tapa. Sorprendido, llegué junto a él, casi en puntas de pie, en silencio para no importunarlo y retener en mi retina la inusitada alegría de su acto. No necesité preguntar nada, intuía que en el transcurrir de mis días descubriría el significado de esa reacción. Indiscutiblemente, él había obtenido algo funda-mental que lo llenaba de placer por el puro hecho de hallarlo. La gente se preguntará: -¿En qué sueña cuando lo mira? Sencillamente en nada. Porque no se desea un ápice, cuando se tiene lo que uno espera, por encima del deseo.
La luminosidad y el héroe, tal era mi universo; la blancura fantasmagórica y un tiempo de orfandad. Mi espíritu de muchacho quedó hipnotizado por esa visión cercana a un sueño, que se ataba y desataba en mis vigilias para luego desvanecerse sin remedio.
Esa reminiscencia recurrente me produjo el efecto de una ventana abierta que desnuda el cielo ante los ojos del observador. Es como al amanecer, cuando los destellos de luz penetran a la habitación de manera indecisa y vaga; en ese estado me siento inundado de una placentera paz y me tiendo laxamente en el lecho, para adormilarme en el recuerdo que me había brindado un gozo infinito y que conmovió a mi alma.
Es como una pasión saciada que me estremece íntimamente. Mis ojos ven un ordenamiento natural de la claridad al sustituir a las sombras. Miro de manera inconsciente como si siguiera somnoliento o mi mente estuviera totalmente ocupada por ese objeto diferente, exquisito y singular, el cual, aunque parezca inútil, me inspira visiones mágicas, ilimitadas y encantadoras.
La búsqueda en su inicio me da la impresión de estar en el vacío, me siento vulnerable como el junco en la tormenta. Mientras que la felicidad del encuentro está lejos de mi alcance; me siento cautivo de una soledad cargada de angustia. Espero que venga alguna persona, pero no viene.
Desde lo profundo de mi ser anhelo abrazarla; entonces tomo conciencia de que mis brazos están hechos para abrazar y rae invade un fuego insoportable que me quema. ¿Acaso siempre había deseado transformarme en otro? ¿Será que Jamás coincidió con un doble que él intuía, llegaría al límite y que no evitó a veces, revelárselo? Ambos aspiramos al gozoso hallazgo como meta última, y estamos fatalmente obsesionados por franquear el riesgoso umbral de un mundo oscuro, aunque vacilantes entre el miedo y la súplica.
Ante la mesa de un café, donde estoy sentado, presiento una repetición al confrontarme con un insólito sobrecito de azúcar. Siento en mi pecho el nacimiento de una melodía. Es como si cantara dentro de mí, mientras leo las letras impresas en el papel, los dígitos del código de barra, y practico un ritual secreto, quizás antiguo pero sagrado para mí.
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