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lunes, 20 de septiembre de 2010

FÉLIX ÁLVAREZ SÁENZ - MBURUVICHÁ (NOVELA) / Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES.

MBURUVICHÁ
Novela de
FÉLIX ÁLVAREZ SÁENZ
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Edición digital:
BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES, 2002
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Arandurã, 1999.
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HISTORIA DE NICOLÁS PRIMERO, REY DEL PARAGUAY
Y EMPERADOR DE LOS MAMELUCOS


CAPÍTULO PRIMERO
NACIMIENTO DE NICOLÁS RUBIANES
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Nicolás Rubianes, quien, pasando el tiempo y para desgracia de muchos, llegaría a alcanzar las más altas dignidades de este mundo, vio por vez primera la luz en una pequeña aldea de Andalucía llamada Tarantos el año del Señor de 1710. Su padre, un viejo soldado que hablaba con frecuencia de las batallas y de los sitios en los que había participado, carecía por completo de interés por la educación de sus hijos, de modo que se volvieron casi todos flagelo y tormento de su vejez. Nicolás trajo consigo al nacer las más perversas y corrompidas inclinaciones. Sin embargo, como los acontecimientos de su infancia no presentan nada que sea digno de la atención del lector, observaremos sólo que, apenas cumplidos los dieciocho años y por haber intentado asesinar a un vecino, se vio obligado a abandonar su pueblo natal, llevándose de la casa paterna dos pistolas y un anillo de notable valor que había pertenecido a su madre.
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CAPÍTULO SEGUNDO
PILLERÍAS DE RUBIANES
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Huyendo de la justicia, Rubianes se refugió en la famosa ciudad de Sevilla, donde, desde hace siglos, hacen los pícaros de su capa un sayo y ven proclamada su fama en los escritos de los ingenios de la tierra. Apenas llegado a esta bella ciudad, vendió el anillo y las pistolas que la necesidad había vuelto inútiles, pues, siéndole forzoso vivir y careciendo de dinero y de amigos y conocidos que se lo proveyesen, fuerza era que transformara en la alquimia del mercado aquellos recuerdos de su infancia en unos pocos maravedises que, para su desgracia, no engordaron su faltriquera en demasía, ni tardaron meses en consumirse. Cuando se vio finalmente sin recursos, comenzó a frecuentar los juegos públicos y las iglesias. ¿Quién que no haya leído al inmortal Cervantes y no haya conocido el famosísimo patio sevillano de Monipodio podría creer que sus picardías diéronle para vivir casi cuatro años? Todo le salió a pedir de boca, y, así, mientras en los cafés y en los juegos de pelota se comportaba con la desfachatez propia de un perillán, en las iglesias más parecía un ángel que criatura de este mundo.
Pasó el tiempo y, habiendo alcanzado ya la edad de veintidós años, Rubianes, que tenía el porte esbelto, el gesto atractivo y maneras cortesanas y modestas cuando se lo proponía, pensó que debía hacer algo y escapar de la oscura medianía a la que se sentía condenado y en la que no estaba dispuesto a permanecer. Sentíase nuestro aventurero nacido para la aristocracia y con más pergaminos que un rey de bastos, porque siempre había deseado vivir a su antojo y sin más obligaciones que holgar a pierna suelta y satisfacer en todo sus apetitos. Con este objeto, entró como criado en casa de una rica beata. Ésta, ya de tiempo atrás, habíase engolfado en el océano de sus encantos. Habíalo visto a menudo en las iglesias y se había sentido conmovida por aquella piedad que, pareciéndole grande y sincera, veíala acompañada de una espléndida y vigorosa juventud. Se supo después que una alcahueta se había mezclado en esta intriga y que ella había hecho nacer en Rubianes el deseo de entrar al servicio de doña María de la Cupidiscencia.
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CAPÍTULO TERCERO
RUBIANES CRIADO
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No habían pasado ocho días desde que Rubianes entrara como criado al servicio de la beata, cuando ya se notaba que le iba muy bien en su nueva condición. No obedecía las órdenes de doña María. Muy al contrario, usaba con ella de un tono autoritario cuya causa no tardó en revelarse. La casa de la beata se transformó en el lugar de cita de los amigos de Rubianes. Los convidaba insolentemente a comer en casa de su patrona y, lo que es más, la señora de la Cupidiscencia, lejos de encontrar malo semejante proceder, ordenaba a su cocinero que preparara lo que Medelino (éste era su nuevo nombre) juzgara conveniente pedir; que ella tenía sus razones para ello; que aquel joven no era lo que parecía y, en fin y en resumidas cuentas, que era su voluntad y que no toleraba que nadie la contradijera. Sábese bien a qué extremos de intolerancia puede conducir el orgullo, y más a quienes, como los hidalgos españoles, hanse acostumbrado a la arbitrariedad del mando y a imponer su sola voluntad sobre el resto del mundo. Entre tanto, la reputación de la buena señora sufrió cuanto se pueda imaginar el lector avisado, y su honra quedó tan maltratada por la maledicencia como baraja de taberna en manos de un tahúr. Los sevillanos, gentes despiertas y suspicaces, encontraban asaz extraño que una viuda que frisaba los cuarenta bien cumplidos usase de tantas caridades y que un criadillo al que apenas le apuntaba el bozo ejerciera semejante imperio sobre el ánimo de una beata. Por fin las cosas llegaron a tal extremo que en 1733 un hermano de la señora de la Cupidiscencia, coronel de un regimiento de caballería, se vio obligado a viajar a la capital del Betis para echar de la casa al desgraciado y poner fin a semejante escándalo.
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CAPÍTULO CUARTO
RUBIANES ARRIERO
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Obligado a abandonar Sevilla, Rubianes se refugió en un pueblo distante tan sólo cuatro o cinco leguas. Esperaba que los granaderos volvieran a su regimiento para retornar a casa de doña María, pero, sea de despecho, sea de vergüenza a causa del ruido provocado por su aventura, pasados dos o tres meses del alejamiento de Nicolás, murió la señora de la Cupidiscencia, y con ella, las esperanzas que en su casa tenía depositadas el protagonista de nuestra historia. No sabiendo qué partido tomar entonces, uniose a un campesino que contaba con una tropilla de veinte o treinta acémilas con las que transportaba de una ciudad a otra a veces grano y a veces género, según el caso y la oportunidad que se le presentaba. Se hizo, pues, arriero, y no tardó en volverse el más insolente y descarado de cuantos se dedican al oficio. Su mayor talento consistía en declamar ardorosamente contra todas las costumbres establecidas y, como era por naturaleza despierto y vivo, persuadía muy fácilmente a los crédulos campesinos, que lo escuchaban como a un oráculo y aplaudían cuanto peroraba.
Cierto día convenció a sus camaradas para que, en lugar de pagar las gabelas, se guardaran el importe de las mismas y lo destinaran a aligerar el gaznate de los tormentos de la sed a los que el polvo de los caminos los sometía. La proposición hízola en pleno campo, y fue recibida con tal entusiasmo que cuantos estaban allí decidieron armarse al punto de garrotes, diciendo que ésta sería la moneda con la que pagarían a los aduaneros. Nicolás Rubianes fue nombrado alférez y portavoz de aquellos malandrines y designado para que descargase los primeros garrotazos en caso de necesidad.
Cuando los arrieros llegaron a la puerta de Medina Sidonia, los aduaneros, según su costumbre, pidieron los derechos debidos al duque. Uno de ellos se adelantó a registrar las cargas. «Muere, cabrón», le gritó Rubianes, al tiempo que descargaba con su látigo un terrible golpe en la cabeza del infeliz, que, con los sesos fuera y sangrando a borbotones, quedó muerto a sus pies. Los otros aduaneros, testigos del asesinato, gritaron socorro y desenvainaron sus tizonas. Al punto, los arrieros que acompañaban a Rubianes hicieron llover sobre ellos un diluvio de piedras y garrotazos. Los vidrios de la oficina fueron rotos; los registros desgarrados; la caja robada y los guardianes de la puerta obligados a huir.
Rubianes y sus compañeros entraron triunfantes en la ciudad y se jactaron de haber abolido los impuestos. Su primera preocupación fue la de ir a gastar en la fonda los maravedises hurtados de la caja de impuestos. Apenas habían entrado, sin embargo, cuando escucharon que cinco o seis soldados a caballo habían sido mandados para arrestarlos a una legua de la ciudad, cuando retomaran el camino. Esta información desconcertó totalmente a nuestros intrépidos arrieros, y el jefe de tamaña empresa, leyendo en sus rostros el terror que los dominaba, pensó que gente tan villana y asustadiza podía abandonarlo en el peligro y que la cosa más segura era tomar las de Villadiego y apartarse de esa mala situación.
Nada comunicó de esta secreta resolución a sus camaradas. Díjoles, más bien, que quince hombres podían con seis sin grandes trabajos, los tranquilizó y fingió que iba a comprar pistolas de bolsillo para que pudiesen, como decía él, enfrentar al enemigo.
Salió, en efecto, mas para irse a casa de una vieja conocida suya que, a menudo, le había prestado disfraces con los que, de vez en cuando, había dado excelentes golpes en los caminos reales; porque, cuando se hallaba sin trabajo con las mulas, encontraba pretextos para viajar a Medina Sidonia y saquear a los viajeros que se aventuraban por tan malos pasos como suelen ser los caminos reales de Andalucía. En casa de esta encubridora escogió, entre muchos, los hábitos de un franciscano y, bajo su nuevo disfraz, tomó audazmente el camino en el que sabía que estaban apostados los seis soldados a caballo. El oficial que los mandaba, creyendo ver a un religioso, le preguntó si no había visto arrieros en la ruta. «Señor», le respondió Rubianes, «se dice que os han engañado y que esos malhechores hállanse en el camino de Córdoba a punto de arribar a la ciudad».
Engañado por la falsa noticia, el oficial emprendió con su tropa el viaje a Córdoba a todo galope, y se dice que no tomó descanso hasta llegar. Rubianes, viendo que este golpe de astucia le había salido bien, volvió prontamente a Medina Sidonia, informó a los arrieros de cuanto había pasado, les aconsejó volver a sus casas y, por su parte, recondujo las mulas a su patrón, de quien se despidió después de cobrar el sueldo que le correspondía por el honrado trabajo que había realizado. Antes de partir en busca de nuevas aventuras y como magnífico colofón de las que en este punto llegaban a su fin, tomó el cuidado de recibir una bolsita de cuero con casi mil peluconas de un comerciante que buscaba un hombre honrado a quien confiarlas para que llegaran felizmente a su destino. Bajo este ropaje de hombre honrado, Rubianes recibió el encargo, pero se guardó bien de entregar las onzas de oro a su legítimo dueño. Salió, pues, de Medina Sidonia cargando consigo la estima y el dinero de Jaime Hurpinos, quien supo demasiado tarde que Nicolás Rubianes, tras haber asesinado a un alguacil de la justicia, habíase llevado lo más granado de su patrimonio.
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CAPÍTULO QUINTO
RUBIANES EN MÁLAGA
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Después de muchas aventuras, estafas y villanías sin cuento, Nicolás Rubianes llegó al fin a Málaga, puerto de Andalucía y de los más bellos de la región. Pese a que se creía seguro en esta ciudad, juzgó conveniente suprimir el famoso nombre de Rubianes y hacerse llamar de ahora en adelante únicamente Nicolás. Confundido entre tantos forasteros que frecuentan la ciudad y comercian en su puerto, vivió casi diez años no teniendo otros bienes que las peluconas de Hurpinos y su inagotable industria para el mal. Dado a vivir de forma inmoderada y a satisfacer todos sus vicios, al cabo la fortuna que había logrado viose reducida a polvo, y de las bellas onzas de oro que robara al señor Hurpinos sólo le quedaba ya un vago y acariciado recuerdo en su memoria, que no era escasa. Fue un milagro que, habiéndose entregado al juego, subsistiera, como subsistió, tan largo tiempo, que en el oficio de tahúr, para el que Nicolás no parecía especialmente dotado, son pocos, cuando son, los que sobreviven a la miseria. Nicolás era hábil, como ya hemos observado, y prefirió cambiar de vida y no seguir metiéndose en camisa de once varas.
Así que, estando sin blanca, en 1743 resolvió frecuentar las iglesias nuevamente. Como era demasiado conocido en Málaga para hacerse pasar por hombre piadoso, le pareció prudente cambiar de lugar. Pasó de una ciudad a otra y, por fin, se estableció en Zaragoza, donde los jesuitas tienen una bellísima casa.
De nada le sirvió hacerse el chupacirios en esta región, pues, si bien no es cierto lo que, viendo tan sólo la paja en el ojo ajeno, suelen predicar algunos franceses sobre la cicatería aragonesa, no encontró devotas ingenuas ni, menos aún, bolsas fáciles de rapar. Los aragoneses, que gustan de la naturalidad o llaneza, como ellos la llaman, más que de ninguna otra virtud, huyen del trato de todos aquellos que se muestran como no son naturalmente y tienen a gala el despreciar afeites y decoraciones hasta en sus mujeres, que no por ello dejan de ser bellas y muy apreciadas en lo que valen. Y, así, Nicolás halló en Zaragoza a quienes sabían diferenciar el grano de la paja y la piedad verdadera de la impostura a la que él habíase acostumbrado para cazar en coto ajeno.
Rubianes, viendo que el cielo de Aragón era para él de hierro y de bronce y que le podía pasar muy bien que se muriese de hambre, si seguía representando el feo papel de un tragasantos de comedia, determinó, luego de dos años pasados en la más extrema indigencia, abrazar un estado sólido que le asegurase por lo menos un mendrugo de pan que llevarse a la boca y un vestido con que cubrirse. Estaba ya cansado de la vida errante y vagabunda que llevaba desde hacía tiempo. El asunto de Medina Sidonia pesábale, además, en su ánimo amilanado y temía ser arrestado en cualquier momento. La vida de los salteadores de España, que él había leído en sus momentos de ocio en un manuscrito hallado en Zaragoza, habíale conmovido y, como era tan inteligente como malvado y tan puesto en razón para algunas cosas como dispuesto al mal para todas las demás, juzgaba que, viviendo como ellos, bien podría acabar sus días con el cuello que tienen los higos cuando maduran.
Estas decisiones, fortificadas por la cruel necesidad que lo apremiaba, moviéronle a solicitar su ingreso en alguna casa religiosa.
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CAPÍTULO SEXTO
NICOLÁS SE HACE JESUITA
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Nicolás se presentó al rector de los jesuitas para entrar en la Compañía en calidad de hermano. Dijo que sabía cocinar y que además era fuerte y vigoroso y que lo podrían emplear en aquellos menesteres que juzgaran más apropiados. El rector, habiendo puesto al principio alguna dificultad por encontrar que su edad pasaba de lo conveniente, porque a la sazón Nicolás contaba ya treinta y nueve años, juzgó oportuno ponerlo a prueba durante, al menos, tres meses. Concluidos éstos, creyendo notar en él dulzura y modestia y, especialmente, fuerte inclinación hacia la vida religiosa y gran afición a la orden, el padre rector acabó por recibirlo y lo mandó al noviciado. Allí se comportó de tal manera que los padres juzgaron conveniente asegurarse para siempre a un hombre que tan excelentes virtudes mostraba para la vida religiosa. Y así, cuando solicitó pronunciar sus votos, nadie se opuso. Se lo mandó inmediatamente a un colegio de la Compañía, donde se le encargó el cuidado de la despensa. Como ahora tenía dinero en abundancia y como casi no se le pedía cuenta del uso que del mismo hacía, ya que tenía el semblante de un perfecto religioso, todas sus pasiones se reavivaron y él trató de satisfacerlas sin escrúpulos. Se cuidó tan sólo de salvar las apariencias. Como estaba obligado a comprar provisiones, se alejaba a menudo a doce o quince leguas de la ciudad, con el pretexto de buscar mercadería barata. Pasaba por muy ahorrativo y, a pesar de que gastaba quizá más de mil escudos por año en sus placeres, todos estaban convencidos de que los asuntos materiales de la Casa jamás habían sido tan bien administrados. Tan cierto es que hombres, en todo lo demás esclarecidos, pueden ser fácilmente engañados por un malhechor.
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CAPÍTULO SÉPTIMO
EL HERMANO NICOLÁS SE ENAMORA PERDIDAMENTE DE UNA JOVEN ESPAÑOLA
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En sus numerosos viajes tuvo el hermano Nicolás la oportunidad de conocer a una joven de quince o dieciséis años, hija única de un rico comerciante establecido en Huesca. Llamábase ella doña Victoria Fortuny. Una gran modestia se añadía a su rara belleza y, como a todas estas virtudes sumaba el peso de una dote considerable, era solicitada por los jóvenes de las mejores familias de la ciudad.
¿Quién creería que el infame Rubianes, convertido en el hermano Nicolás, osaría convertirse en pretendiente a la honesta belleza de la dama oscense? Se atrevió a ello y, lamentablemente para la hermosa Victoria, con harta fortuna.
Es ahora preciso que nos detengamos y que entremos en los detalles de esta intriga para dar a conocer el perverso carácter de nuestro personaje.
Lo primero que hizo el hermano Nicolás fue alquilar un piso en la vecindad de doña Victoria. Luego, encargó al mejor sastre de la ciudad que le hiciera unos trajes hermosísimos y, como no era conocido en Huesca, ni los ojos de Victoria lo habían visto jamás (que de ello habíase cuidado mucho), trató de ser presentado al señor Fortuny. No tardó en hacerse uno de los mejores amigos de este comerciante, a quien, dado que él mismo era un hombre honesto y valoraba la honradez por encima de cualquiera otra virtud, engañó con su apariencia de probidad.
El hermano Nicolás hízose pasar en esta ocasión por un noble de Andalucía que había vendido su despacho de coronel y una buena parte de su patrimonio con el noble objeto de vivir en la paz y en la honesta comodidad de la vida retirada. Él mismo manifestaba que, de haber hallado en Huesca una persona que le conviniera, habríase establecido de buena gana en Aragón, donde se sentía mucho mejor que en su país nativo.
Como no podía ausentarse más de tres o cuatro días seguidos de la casa de la Compañía, revestíase cuando le era de necesidad hacerlo con los hábitos de San Ignacio y, durante la noche y sin que nadie lo sintiese, partía en secreto de la ciudad donde vivía la encantadora Victoria. Sus viajes y sus ausencias habíanse convertido en un misterio, pero nadie en Huesca sospechó jamás su verdadera naturaleza. Por espacio de unos seis meses continuaron la intriga y el misterio sobre los viajes de Nicolás y, al cabo, éstos produjeron tantas cartas y tantos papeles de toda clase que el buen señor Fortuny, que no profundizaba mucho las cosas, juzgó que Nicolás era un excelente partido para su hija.
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CAPÍTULO OCTAVO
EL HERMANO NICOLÁS SE CASA A LA VISTA DE TODA LA CIUDAD
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El infame seductor osó, a pesar de sus votos, ordenar las amonestaciones de rigor con el nombre de Conde de Emmadés y casarse a la vista de toda una ciudad en la que podía ser reconocido en cualquier momento. ¡A tanto se atreven los malvados!
Vivió con doña Victoria casi un año, es decir, hasta 1752, cuando sus superiores, habiendo sospechado algo equívoco en su conducta, juzgaron oportuno enviarlo a cuarenta leguas de Zaragoza, como portero de un noviciado.
Esta orden de desplazamiento cayó como un rayo sobre el hermano Nicolás, que así veía todos sus proyectos alterados. Porque, pese a que inventaba asuntos apremiantes de continuo para mejor simular sus frecuentes y largas ausencias del lado de Victoria Fortuny, veíala de todos modos dos o tres veces por mes y pasaba algunos días seguidos con ella. Además, se preocupaba de ofrecerle, a costa de los bienes de la Compañía, todo cuanto ella necesitaba. Se veía, pues, obligado a abandonarla para siempre, dejándola en cinta de un varón, que ella dio a luz cinco meses y medio después de su partida.
El hermano Nicolás temía que el misterio se revelara y que él no estuviera seguro en ninguna de las ciudades españolas. En este trance hubiera preferido abandonar para siempre su hábito y su patria y lanzarse a la aventura, pero, como sus manejos empezaron a trascender y él se encontraba sin dinero porque no pudo llevarse consigo la rica dote de doña Victoria Fortuny, solicitó acompañar a los misioneros que partían para las Américas. Juzgábalo el mejor modo de salir con ventura de un trance tan apurado. Se lo permitieron sin mayores dificultades, porque ya se había atraído sobre sí la sospecha y porque siempre se ha considerado que trasladar a Indias a quienes estorban el normal desarrollo de la república en España es el mejor modo de librarse de ellos, y ésta es y ha sido práctica usual de las órdenes religiosas y aun de las instituciones del gobierno. Vense por desgracia en las Américas, gozando de cargos, honores y títulos de muchas campanillas, hombres que en las Españas serían tenidos en menos hasta por los mendigos y los pícaros de cocina y que no hallarían acomodo en oficio alguno que no fuera el de reos y galeotes. Haylos también dignos y entregados al bien, que en todas partes se cuecen habas y en mi tierra a calderadas, como dice el vulgo. En la espera de la salida de los reverendos padres, se le colocó a Nicolás por algunos meses en una Casa, en la que no se le dio ningún empleo.
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CAPÍTULO NOVENO
LA REVUELTA DEL HERMANO NICOLÁS Y OTROS HERMANOS JESUITAS
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A comienzos de 1753 ocurrió que los padres de la Compañía pensaron que sería de todo punto conveniente distinguirse de los hermanos legos dentro inclusive de sus mismas casas. Parecioles sencillo practicar lo que ya era frecuente en Francia y en otros numerosos países entre los jesuitas, es decir, hacer un reglamento que obligara a los hermanos legos a llevar sombrero en forma permanente.
Eran los legos numerosos en la casa en la que se encontraba entonces el hermano Nicolás. Cuando éstos se enteraron de lo que los padres pretendían, hicieron de inmediato una tumultuosa asamblea en la que deliberaron para decidir qué era lo conveniente en unas circunstancias tan delicadas. Las opiniones sobre el partido que debía tomarse estaban divididas. El hermano Nicolás tomó entonces la palabra y declaró que, si alguien quería forzarlos a llevar el fatal sombrero, entonces sería preciso demostrar a los superiores que los hermanos, pese a ser tales, no tenían menos autoridad dentro la Compañía que los sacerdotes y que, si se persistía en una exigencia tan arbitraria y tan poco puesta en razón, entonces sería necesario abandonar la Compañía e incendiar el convento.
Pese a su gran irritación, los hermanos rechazaron esta propuesta por demasiado violenta y buscaron convencer a los padres de que las cosas debían quedar en su lugar. He aquí el expediente que imaginaron para convencerlos.
En primer lugar, cerraron todas las puertas de la casa. Después, interrumpieron el servicio usual. Los legos se negaban a hacer pan y no cocinaban, de manera que los sacerdotes, viéndose reducidos a la condición de hambrientos, habrían corrido gran riesgo de pagar caro el privilegio exclusivo de llevar bonete sobre la cabeza, si el padre rector, un hombre prudente, viendo que los espíritus se caldeaban, no hubiese prometido no cambiar un ápice las normas hasta que el reverendísimo padre general se pronunciara sobre una materia tan grave e importante.
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CAPÍTULO DÉCIMO
EL HERMANO NICOLÁS SE EMBARCA PARA AMÉRICA
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Mientras todo esto sucedía, el señor Fortuny, padre de doña Victoria, que no había visto a su yerno desde hacía casi un año, se informaba por todas partes y escribía a todos sus amigos en todas las ciudades de España en procura de noticias.
Doña Victoria hallábase, por su parte, mortalmente angustiada y no podía disimular las inquietudes que le embargaban. No sabía a qué atribuir la ausencia de aquel a quien ella creía su esposo. Porque hay que observar que este desalmado, aunque sumido en vicios groseros y en fallas sin nombre, supo fingir tan bien ante Victoria que ella creía encontrar en él sólo un esposo atento, fiel y complaciente.
El hermano Nicolás oyó contar su propia historia en Cádiz, ciudad y puerto al que los misioneros se habían trasladado para embarcarse hacia la América del Sur, destino final de todos ellos. Nada quiso saber sobre el hijo que había tenido con doña Victoria Fortuny, que, en lo que se refiere al amor, estaba el protagonista de nuestra historia tan sólo interesado en satisfacer sus apetitos más groseros y sólo miraba y procuraba por sí y para sí mismo. Pese a que él sabía que no sería fácil a la justicia descubrir que todas aquellas cosas le tocaban tan de cerca, no dejó de sentir graves angustias y temores y andaba, mientras estuvieron en Cádiz, mohíno y alicaído, sin comer ni beber y hasta sin decir palabra. Puede decirse que sólo se sintió a sus anchas cuando, ya seguro y en alta mar, vio que la nave en la que viajaba se iba alejando de la costa española hasta que esta última se perdió de vista para siempre. La travesía fue agradable, y los misioneros llegaron a su destino luego de una navegación de tres meses y medio.
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*. Primera parte - Los fantasmas del pasado
*. Segunda parte - Aurea mediocritas
*. Tercera parte - Caraí guazú
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*. Capítulo Primero - Nacimiento de Nicolás Rubianes
*. Capítulo Segundo - Pillerías de Rubianes
*. Capítulo Tercero - Rubianes criado
*. Capítulo Cuarto - Rubianes arriero
*. Capítulo Quinto - Rubianes en Málaga
*. Capítulo Sexto - Nicolás se hace jesuita
*. Capítulo Séptimo - El hermano Nicolás se enamora perdidamente de una joven española
*. Capítulo Octavo - El hermano Nicolás se casa a la vista de toda una ciudad
*. Capítulo Noveno - La revuelta del hermano Nicolás y otros hermanos jesuitas
*. Capítulo Décimo - El hermano Nicolás se embarca para América
*. Capítulo Undécimo - El hermano Nicolás llega a Buenos Aires
*. Capítulo Duodécimo - Revuelta de los indios
*. Capítulo Décimo Tercero - Los misioneros son expulsados de la isla de San Gabriel
*. Capítulo Décimo Cuarto - Nicolás se hace proclamar rey del Paraguay
*. Capítulo Décimo Quinto - Conquistas de Nicolás I
*. Capítulo Décimo Sexto - Combate entre Nicolás I y cuatro reducciones reunidas por el peligro
*. Capítulo Décimo Séptimo - Nicolás I reconocido rey del Paraguay y emperador de los mamelucos
*. Cuarta parte - Mburuvichá Nicolás I
*. Quinta parte - De amor, de locura y de muerte
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de la BIBLIOTECA VIRTAL MIGUEL DE CERVANTES
en el
www.portalguarani.com

FÉLIX ÁLVAREZ SÁENZ - MADRE SACRAMENTO (NOVELA) / Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES.


MADRE SACRAMENTO
Novela de
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
Edición digital:
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Arandurã, 2000.
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a Luci, mi hermanita, a quien tanto debe mi memoria.
a Montserrat, Alexis, Félix y Maite, con amor de padre.
a Vicky, siempre.

Todos quantos vevimos, que en piedes andamos,
siguiere en presson o en lecho yagamos,
todos somos romeros que caminando andamos.
Gonzalo de Berceo


ET AZOFRA FELIX
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Existió alguna vez un tiempo amable. Algunos todavía lo recordamos. Era un tiempo sin ruidos, luminoso, un tiempo en el que el aire copiaba los colores del arco iris cada mañana a la misma hora. Cruzaban los trenes los campos arbolados, y, asomados a sus ventanas, podían los viajeros observar el cruce lento de los postes del telégrafo con el gesto interesado del entomólogo que descubre en la agitación de las alas de una mariquita alguna ley desconocida de la mecánica de los sólidos. En aquel tiempo crecían los trigos en las sementeras bajo la atenta mirada de grajos y de abubillas, y se mecían los chopos al ritmo de unos aires que acompañaban con su son la cantarina melodía de los arroyos. El cielo era un cristal azul al que sólo empañaban las tormentas. Cuando maduraban las espigas, cargaban los labradores las gavillas hasta las eras. Jadeaban las carretas bajo el peso dorado de las mieses, y la canícula obligaba a hombres y a mujeres a desajustar cantillos, desabrochar camisas, mesurar el paso y a tenderse, a la hora de la siesta, a la sombra de una vieja encina, o junto a las ruedas de una galera desenganchada cabe la orilla de un arroyuelo adormilado y seco.
En los largos inviernos de aquel tiempo caía con pausa la nieve en los tejados. Tras los cristales, junto al llar, contemplábamos los niños el ir y venir de los gorriones sobre el blanco sudario de los campos yertos. Los chopos, secos y renegridos por el frío, casi tocaban con sus brazos el cielo plomizo de los atardeceres. Mordía el hielo los cristales de las ventanas, y, en la cocina, mientras las mujeres preparaban la cena o rezaban el rosario musitando avemarías y bajaban los hombres a la pocilga para alimentar a los cerdos con un cocido vulgar de patatas y remolachas, nunca faltaba quien contara alguna historia de los tiempos en que los moros señoreaban las Españas. Desde la mesa camilla, con los pies sobre el brasero, volaba nuestra imaginación hacia los campos soleados de Andalucía, donde alguno de nuestros antepasados, montado sobre su alazán, aniquilaba los ejércitos de la morisma y ganaba, a mayor gloria de su linaje, castillos y plazas fuertes de los que sólo quedaba memoria en los cronicones antiguos.
Era aquel un tiempo feliz y sin relojes. Quienes los tenían usábanlos para adornar con ellos sus muñecas. Sobre la torre de la iglesia una vieja campana anunciaba las horas a los labradores, y, en los días claros, cuando el cielo se abría, un venerable reloj de sol, tallado sobre los sillares del edificio sacro, permitía a los parroquianos acertar con el paso del tiempo. «¡A sosiego!», decían los labradores al volver del campo cargando sobre sus hombros la morisca. «¡A sosiego!», respondían a su saludo las pueblanas que, en las puertas de sus casas, junto a la fuente, o en la solana que estaba al pie de la iglesia, bordaban y conversaban. «¡A sosiego!», acertaban a susurrar los más ancianos, los veteranos de la guerra del noventa y ocho, que, con sus boinas caídas sobre la frente y sus manos de piedra derrumbadas sobre la curva de la cachava, abandonábanse al calor del sol como las lagartijas en los ribazos. «A sosiego» era el saludo de aquellas gentes que aún ignoraban el valor de los relojes.
Recuerdo a nuestro zapatero de Santo Domingo de la Calzada. Venía al comienzo de cada estación. Tomábanos medidas de los pies y, en el autobús de la tarde, sin prisa, volvíase a su pueblo. Días más tarde, regresaba con los zapatos, o con las sandalias que nos había hecho. Vestía siempre un traje de mil rayas y en un bolsillo de su chaleco guardaba, sujeto a una hermosa leontina de oro que brillaba sobre su prominente barriga, un reloj de bolsillo cuya música ejerció durante muchos años una gran influencia sobre mi imaginación. El sastre de Hervías llegaba a nuestra casa en su Lambretta. Recuerdo la marca del vehículo y aún siento a veces sobre mis hombros la mano del sastre marcando la tela con su jaboncillo. Todavía conservo una enorme capa de paño bordeada en su interior de terciopelo que uno de sus mayores, también sastre, cortara y cosiera para mi abuelo Agustín hacia mil ochocientos noventa y tantos. Es una capa de las que ahora ya no pueden fabricarse.
Estos hombres eran artesanos. Hacían las cosas bien y sin apuros. Junto a mi casa tenía su taller un guarnicionero, y con él pasaba yo las largas tardes del verano conversando o, con más frecuencia, admirando su habilidad en el manejo de la lezna. José Luis, el guarnicionero, era de Alesanco, un pueblo vecino. En su taller sentía menos el bochorno que en las calles o en las eras, y, ya al atardecer, cuando el sol de poniente daba paso a la penumbra, amainaba el solano y refrescaba la brisa, salía en busca de mis amigos para jugar al marro o a los «tres navíos en el mar», juegos infantiles que no eran sino la representación estival de los relatos guerreros del invierno.
En aquel tiempo podíamos soñar cada lunes con la película de aventuras del siguiente domingo. A la hora del rosario, cuando don Eliseo Pipaón subía al púlpito con roquete almidonado, comentábamos la más reciente película de Gary Cooper, o la última y emocionante aventura del Guerrero del Antifaz, prototipo del soldado cristiano y español que viaja por el mundo persiguiendo un ideal tan sublime como indescifrable. Todavía hoy, al recordar mis tempranas incursiones en el mundo de lo que entonces llamábamos el tebeo, sigo sin entender tan interminable agonía militar, aquella enconada persecución de su enemigo Alí, paradigma de maldad, y, probablemente, encarnación demoníaca de algunos de los fantasmas que siempre nos han perseguido a los españoles. El Guerrero del Antifaz y el Capitán Trueno fueron, junto a Roberto Alcázar y Pedrín, los héroes invencibles de nuestra infancia franquista. En nuestra ingenuidad, tomábamos siempre partido por la causa equivocada.
En el pórtico de la iglesia, cuando llovía, jugábamos a la pelota. En los días buenos, don Eliseo subía lentamente la cuesta de la iglesia rezando sus horas en el breviario. En el pórtico también jugábamos a las canicas, al pañuelo y al tejo, con monedas de perra gorda. En los atardeceres invernales, después de las clases, vigilábamos desde el pórtico los cepos de cobre que, con algo de pan, habíamos puesto para atrapar gorriones.
Pero nuestro juego favorito era la guerra. Fabricábamos espadas de madera, y yo tenía una Colt 45 de cachas de nácar que, aunque de juguete, imponía respeto entre mis enemigos. Jugábamos en las eras, entre el bálago y la paja, donde más de una vez descubrimos, en las cálidas noches del estío, a las parejas de novios retozando. En este mundo de silencio y calma, en este tiempo de mi infancia pueblerina, el sexo era también amable y silencioso, discreto y calmo.
Era un mundo de bicicletas y de lentos atardeceres de verano, un mundo antiguo. Ahora sé que también era un mundo congelado en el tiempo. Al recordarlo, no puedo, empero, pensar en él sin sentir la atracción que sobre mí sigue ejerciendo. Pese a los años transcurridos, a lecturas y experiencias, nada ha logrado borrar el sentimiento de ternura que me invade cuando me traslado mentalmente hacia aquel mundo sencillo en el que la entrada del cine costaba una peseta y yo era el niño más feliz de la tierra con un revólver de juguete entre mis manos.
Recuerdo a mi tía Marina haciéndonos rezar a Tirso, a Cipriano, a Julián y a mí oraciones interminables en un día de tormenta. Golpeaba el pedrisco los tejados, retumbaban los truenos y cruzaban el cielo los relámpagos mientras mi tía recitaba con voz temblorosa extrañas oraciones tal vez aprendidas en algún texto religioso de pasadas centurias. Invadidos de temor, nosotros repetíamos los padrenuestros y las avemarías que acompañaban las invocaciones de la vieja beata. Con mis hermanas, Ana Teresa y Lucía, repetí en otra ocasión esta experiencia (no sé ahora bien cuál de las dos fue la primera) en el portal de la casa de mi tía Honorata. En ambas ocasiones, los rezos nos protegieron de la muerte: aún estoy vivo para contarlo.
Un día de septiembre de 1952, mi hermana Luci y yo hicimos nuestra primera comunión en el monasterio cisterciense de Cañas. Unos días antes, mi padre me había llevado a Nájera para comprarme el traje. Luci había heredado el suyo de Tere, que sólo tres años antes había cumplido con la misma ceremonia. De los cuatro hermanos, sólo Ángel, el menor, comulgó en Azofra. Tere, Luci y yo lo hicimos en Cañas. Cuando nos tocó el turno a Luci y a mí, bajaron de San Millán de la Cogolla algunos frailes del convento para asistir a la celebración. Ésta coincidía con la ceremonia de votos perpetuos de una hermana de mi madre metida a monja en este monasterio de bernardas. Celebró la misa mi tío Ángel, provincial de los recoletos de San Millán, y fue asistido en este menester por mi tío Constan, carmelita descalzo que, como yo, vive en Lima, y por el padre Boneta, a quien muchos años más tarde volví a encontrar, una tarde de noviembre, en Venezuela.
Cuando recuerdo estas cosas, pienso que he estado la mitad de mi vida metido entre cirios. Mis hijos no han sido bautizados y, naturalmente, no han pasado por ninguna de estas curiosas ceremonias, tan importantes antaño. Ellos prefieren, tal vez con razón, pensar en cosas más actuales. Cuando, dejándome arrastrar por la nostalgia, pongo en mi modesto equipo de sonido la misa de difuntos grabada en el monasterio benedictino de Solesmes o algunos soberbios fragmentos del gregoriano de Silos, mis hijos huyen a sus habitaciones, cierran sus puertas y me dejan solo. Ellos sostienen que ésta es una música insoportablemente triste. Con esta música ha desaparecido, en efecto, un mundo. Quienes aún creemos en la belleza de aquel pasado hemos quedado definitivamente al margen de la historia. Ya ni los católicos entienden las grandiosas creaciones de su cultura. El nuestro es un tiempo de ruido que no soporta la soledad, el silencio, el sosiego, ni el soliloquio.
En aquel mundo de silencio había tiempo para el soliloquio. Pese a todo, había calma. Yo acostumbraba a subir hasta el tercer piso de mi casa y allí, en el rellano de la escalera, sentábame a leer, o me deslizaba por la baranda. Con más frecuencia, sin embargo, abría un viejo baúl e investigaba su contenido. Había en él cosas que el tiempo o la indiferencia de mis padres y mis abuelos habían ido arrinconando como inútiles. Muchos de los objetos allí guardados eran difícilmente definibles, a no ser una espada herrumbrosa y sin filo que, según supe algunos años más tarde, había pertenecido a mi tío Ramón, un viejo gordo y ciego de San Vicente de la Sonsierra que, entregado al vino y a los placeres de la carne, había terminado por arruinarse. Mi abuela Felisa, buena samaritana, lo recogió en su casa para evitar que terminara de mendigo, y, así, su inservible espada de viejo hidalgo acabó sus días en el arcón de los recuerdos de mi infancia.
Había otros muchos objetos, sin embargo, de más difícil identificación y, también, de más antigua data. Había, sobre todo, algunos libros apolillados y muchos papeles antiguos con caracteres indescifrables. En ocasiones, temeroso de que me encontraran mis padres en menesteres de espía, escalaba con alguno de los papeles el alto, último piso de las casas rurales de la región en el que suelen conservarse los alimentos para el invierno. Su nombre se relaciona con esta función alimenticia y no, como podría sospecharse, con su posición en la casa. En el alto, en fin, entre pimientos en conserva, chorizos colgados, salchichones, tiras, jamones, pasas, almendras, nueces, manzanas, guindillas, alcachofas, cardos y otras delicias semejantes, trataba una y otra vez de descifrar el secreto de aquellos papeles. Sin que lo supieran mis padres, cambielos de lugar y, más tarde, terminé también por cambiarlos de casa. Finalmente, cuando yo tendría no más de trece años, logré esconderlos en el alto de la casa de mi abuelo Agustín y, con el tiempo, llegué a olvidarme de que alguna vez hubiesen existido.
No me detendría a hablar de viejos papeles, si ellos no estuvieran directamente relacionados con la historia que deseo contar en este libro y de la que dan testimonio cierto los documentos que menciono. La historia se desarrolla en un mundo aún más silencioso y lejano que el que yo recuerdo haber vivido durante mi infancia en Azofra. Está, no obstante, según sospecho, estrechamente relacionado con él. Algunos de los personajes que se mencionan en ella parecen haber tenido mucho que ver con mi familia paterna, y no es por ello extraño que tales documentos, arrinconados por el tiempo y el olvido, terminaran, como la herrumbrosa espada de mi tío Ramón, en el baúl de los recuerdos familiares.
En noviembre de 1987 viajé a España, visité a los amigos y, cuando ya estaba a punto de volver a Lima, un mes y medio más tarde, decidí, como siempre, viajar a La Rioja. Tengo una hermana que vive en Logroño y dos sobrinos universitarios que se prestaron gustosos a llevarme en su automóvil adonde yo quisiera. Mi intención era recorrer La Rioja Alta y compenetrarme con sus paisajes, pues tenía y tengo en mente el argumento de una novela cuya acción se desarrolla en esas tierras en la segunda mitad del siglo XIV, cuando La Rioja fue escenario privilegiado de las guerras entre don Pedro el Cruel y su hermano, el bastardo don Enrique. Hice algunas visitas que, como la que me llevó hasta la vieja torre del conde de Hervías, cuya esposa me atendió con gentileza, sirvieron para hacerme una mejor composición de lugar. En estos paseos y recorridos, terminamos un día en Azofra en la vieja casa de mi abuelo Agustín. La casa está hoy remozada y sirve para que mi madre, una anciana amable y valerosa, pase en ella los días de verano. Como era invierno, estaba vacía.
Mientras mis sobrinos iban a la bodega de la familia a preparar las cosas para asar, más tarde, unas chuletas al sarmiento y beber algunos vasos del excelente vino de la región, yo aproveché para subir al alto y «enredar», como solía hacerlo cuando era niño. Los objetos eran viejos y tenían demasiado polvo y telarañas. Mi sorpresa fue mayúscula cuando encontré en el mismo lugar en el que los había abandonado hacía tantos años aquellos papeles amarillentos con los que había pasado tantos y tan buenos ratos durante mi infancia imaginando extrañas aventuras en países lejanos. Debo decirlo ahora: yo imaginaba, siendo niño, que esos papeles, para mí indescifrables, encerraban algún maravilloso secreto de otros tiempos.
La imaginación infantil suele ser con frecuencia sorprendente. Javier Alonso, un amigo de Ezcaray que vive en Logroño, no se sorprendió en absoluto cuando, al día siguiente, le conté la historia del hallazgo. Consideró natural que yo supiera desde niño la historia que se contaba en aquellos papeles emborronados con una letra humanística retorcida y difícil, letra de quien acostumbra a encerrar bajo siete llaves sus más recónditos pensamientos. Yo confieso que aún no salgo de mi asombro. El secreto que los papeles, ya descifrados, encerraban no era, empero, maravilloso, como yo de niño había imaginado, sino terrible; pero ya se sabe que en los niños lo maravilloso y lo terrible pueden llegar a confundirse. Esos papeles eran tres cartas dirigidas por fray Antonio de Tejada, superior de los dominicos de Arequipa durante los últimos años del siglo XVII, al cardenal José Sáenz de Marmanillo y Aguirre, ilustre religioso y erudito benedictino que llegó a ser inquisidor general en Roma y editor de la notable Collectio maxima conciliorum Hispaniae, uno de los hitos del pensamiento preilustrado en España. Fray Antonio de Tejada trata frecuentemente de primo al cardenal Sáenz de Aguirre, y yo sospecho, aun cuando no puedo probarlo, que el superior de los dominicos en Arequipa era también miembro de mi familia. No insistiré sobre este asunto, y que cada quien entienda como mejor le parezca mi afición al canto gregoriano y a la liturgia tradicional. Mi condición de ateo no ha borrado en mí el gusto por lo mistérico y lo solemne.
A través de estas cartas se puede reconstruir un asunto criminal ocurrido en Arequipa, Perú, a finales del siglo XVII. Yo he tratado de hacerlo con imparcialidad y -lo confieso- con no escasas (y necesarias, a mi juicio, para llenar los inmensos vacíos que la historia presentaba) dosis de imaginación, despreocupándome por completo del hecho de que estos asuntos hayan podido afectar a mi familia en otras épocas. Al fin y al cabo, aquéllas han sido ya olvidadas por todos, y en estos tiempos de ruido, de computadoras, de misiles y de amenaza ecológica, las pasiones de antaño pueden parecernos a todos un inocente juego de niños. Juego de niños: así es nuestra vida, al fin y al cabo. Nunca sabremos en qué momento termina la diversión y en qué momento comenzarán a sonar las trompetas que anuncien el fin. Hacemos los hombres oídos sordos a demasiadas cosas, y la muerte también puede sonreírnos, sin que lo sepamos, desde la pantalla colorida y brillante de un ordenador. Jamás estaremos seguros de nada. A pesar de todos nuestros crímenes, de nuestros errores y locuras, los hombres, instrumentos de fuerzas ciegas que desconocemos y a las que nombramos con palabras extrañas e inexactas (dios, destino, fatalidad, azar: palabras todas que sólo encierran un misterio mayor), aún seguiremos siendo, durante mucho más tiempo, inocentes. No tenemos ninguna razón valedera para alegrarnos por ello, mas tampoco, ciertamente, para entristecernos.
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CAPÍTULO I
LA SOMBRE DE LA ENCINA
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«Si abro un ojo, volveré a verlo». En la oscuridad de la estancia el aire nocturno pesaba sobre sus espaldas como una plancha de plomo. Se encogió de hombros, se arropó en su frazada de jerga y cerró con fuerza sus ojos hasta que, en medio de la oscuridad, volvió a ver el firmamento estrellado que cada noche a la misma hora sorprendíala con sus colores haciéndole creer que era una rendija a través de la cual el buen Dios le permitía entrever algo de la dicha eterna que reserva a los justos. «Un cielo aburrido», pensó en esta ocasión. «Siempre las mismas estrellas e idénticos colores». Siendo aún niña, descubrió el juego en Lunahuaná, cuando Eloísa, angola como ella, la llevó una noche al pie de un palto donde tenía escondido el esqueleto de un perro que los negros habían descubierto al abrir una zanja junto al arenal que rodeaba la chacra de sus patrones. En la oscuridad, los huesos del perro brillaban de una manera maligna, y Escolástica tuvo miedo, por vez primera, del demonio. Instintivamente, cerró con fuerza sus ojos y vio las estrellas brillando delante de su cara. No los abrió hasta que Eloísa le dijo que había vuelto a enterrar al pie del palto los huesos del animal.
Desde entonces, antes de dormirse, lo hacía siempre. Cuando algún temor embargaba su ánimo, cerraba sus ojos y veía las estrellas. Esta visión maravillosa, cuyo secreto jamás a nadie había revelado, le devolvía el valor perdido. Le aterrorizaban los ruidos nocturnos y las visiones sospechosas. Imaginaba Escolástica que en cada una de estas visiones podía estar la mano del enemigo. «Si abro un ojo, volveré a verlo», se repetía casi en sueños recordando la misteriosa lucecilla que titilaba sobre la pared encalada de su celda, lejos precisamente del crucifijo, más allá de lo que ella consideraba los dominios del Señor. En otras ocasiones le había ocurrido lo mismo. Fascinada por la lucecilla de la pared, terminaba la esclava por adivinar entre las sombras las figuras de hombres y de mujeres que, como en un lienzo pintado, representaban escenas pecaminosas y deshonestas. Tenía este lienzo la virtud de que sus figuras se movieran, y no eran menos deshonestos los movimientos, los gestos y las muecas de las personas representadas que las mismas escenas, poses y desnudeces que Escolástica adivinaba en ellas. Las estrellas, empero, no ejercían ya en su ánimo la influencia de antaño. Algo hervía dentro de ella sin que pudiera controlarlo. Arriesgando su salvación eterna, Escolástica, embargada de terrores infernales, decidió por fin abrir sus ojos.
La visión era terrible y deleitosa al mismo tiempo. Muslos morenos y sudorosos se retorcían y mezclaban. Redondos senos lechosos de monjas españolas y criollas perdíanse entre las enormes manos de los caballeros o en las voraces bocas abiertas de frailes hambrientos y lascivos. Las nalgas oscuras de los esclavos agitábanse sin cesar, las lenguas de las mujeres humedecían sus labios, desorbitábanse los ojos y mordían los dientes hasta sacar sangre de los cuellos de sus víctimas, que no parecían sentir dolor alguno, sino un placer tan grande como el que en ese momento sentía Escolástica al contemplar la escena sobre la pared de su celda de esclava al servicio de una esclava del Señor. La escena parecía pintada por un maestro cuzqueño, como los cuadros que adornaban la iglesia y los claustros del monasterio. Escolástica arrojó lejos la frazada de jerga en la que se envolvía. Un rayo de luna atravesó la estancia, iluminándola. La esclava, sudorosa, se pasó la mano derecha por la frente mojada. La escena había desaparecido.
Su mano derecha se apoyó en la pared encalada. Dejó caer la cabeza sobre el pecho. Las piernas no le obedecían. Por un momento, creyó ver que el suelo se abría bajo sus pies, mas, sin duda, se trataba de una alucinación. Estaba segura de que podría llegar hasta la puerta de su casita, llamar a Escolástica, sacarla de su cama y obligarla a prepararle un mate de coca que la ayudaría a reponerse. «Nada mejor que un mate de coca», pensó. Bien lo sabía. Cuando con su hermano llegó por vez primera hasta Arequipa, no imaginaba que pudieran existir tan altas serranías, ni que la altura pudiera afectarla a ella, nacida y criada entre montañas. El mate de coca la alivió en aquella ocasión de los malestares del soroche, y, desde entonces, siempre tomaba mate de coca cuando algún malestar la incomodaba. «Santo remedio», solía repetir cada vez que abandonaba la jícara vacía, todavía caliente, sobre la mesa.
Faltábanle tan sólo cinco pasos para alcanzar la puerta, y observó la luna en cuarto menguante iluminando la noche arequipeña. Dolíale la cintura y sentía en los muslos un cosquilleo creciente que le iba bajando hasta los pies. Quiso respirar hondo para tomar fuerzas y dar finalmente aquellos cinco pasos que la separaban de su salvación. Pese al difícil trance por el que atravesaba, no pensó en ese momento en confesarse. Casi sin darse cuenta, se dejó caer en el suelo con lentitud, apoyando su mano derecha y su cabeza en la pared. Imaginábase que volvía de nuevo a su infancia, a sus juegos de niña en Ezcaray, cuando, arrinconada por su timidez, sentábase en el poyo de alguna puerta a observar cómo otros niños jugaban al marro o a las canicas. A veces, venía Íñigo, su hermano, y la sacaba de su trance. «Ven conmigo», le decía entonces, y la llevaba a las orillas del Oja para que la acompañara, mientras trataba de capturar bajo las piedras alguna trucha o los excelentes cangrejos de cuyo sabor tanto disfrutaba el muchacho.
Pasaban horas en estos menesteres, y Violante, olvidada de su timidez, gozaba con las historias fantásticas de hadas y de trasgos monstruosos que su hermano le contaba. Aseguraba Íñigo que en los parajes boscosos de aquellas sierras abundaban las lamias y las brujas y que era por ello peligroso aventurarse en los hayedos sin alguien que la acompañara. «Y ¿a quién he de tener para mi guarda que pueda librarme de semejantes males?», preguntábale Violante a su hermanito. «A mí», respondía éste con orgullo. «¿Quién otro acertaría a defenderte?» «Debes tener en cuenta», añadía el mozuelo, «que estos seres, engendros del demonio soportan el valor de los caballeros y que no hay más ni mejor ensalmo que el coraje para poder enfrentarlos». «Y la fe», añadía Violante, satisfecha de haber dado con la respuesta correcta. «Y la fe», repetía entonces Íñigo, bajando la cabeza con una humildad de la que sólo daba muestras en presencia de su hermana.
Violante siempre había sospechado de la fe de Íñigo. Tenía a su tato, como lo llamaba con cariño, por hereje y descreído, mas tan grande era el amor que por él sentía que pasaba por alto lo que, ya de monja, consideraba graves peligros para la salvación de su alma. Para ella la fe lo era todo. Habíala descubierto en Ezcaray, niña aún, cuando con su hermano y con sus primos de Azofra hiciera un viaje hasta la aldea de Urdanta, en la que sus padres poseían algunas heredades. Tenía por entonces Madre Sacramento nueve añitos, hermosas trenzas doradas, un vestidito de volantes y unos ojos enormes y azules que inspiraban al que los miraba amor y confianza hacia su dueña. «Niña Violante», decíanle en el pueblo, y los labradores, al pasar junto a ella, solían descubrirse con respeto.
Más que un viaje fue un paseo. Comenzaba el verano, volaban bajo golondrinas y vencejos, las mieses estaban maduras, apretaba la calor y el dómine decidió, por consejo del alcalde ordinario de la villa, hacer un alto en las tareas escolares. Íñigo había sido el de la idea. Irían temprano hasta Urdanta, comerían allí y, ya en la tarde, acompañados de un aldeano al servicio de sus padres, volverían a Ezcaray antes de que cayera la noche. Íñigo pensaba, además, bañarse desnudo en el Benenguerra, río en el que conocía una poza lo suficientemente profunda para ahogar en ella todo un ejército, como decía exagerando.
Partieron con el alba: Íñigo, Violante, Mariquita y Antonio. Llevaba cada uno su atadito con un pedazo de pan y una más que generosa ración de queso. Sobre los campos de Cirueña se levantaba el sol. Siguieron el viejo camino que bordeaba el Glera, y, mientras no se apartaron de sus orillas pedregosas, Íñigo y Antonio hicieron sopas en el río arrojando chaplas sobre sus aguas casi detenidas. Después, cuando ya el sol comenzaba a calentar sus espaldas, internáronse en un hayedo. La sombra de las hayas dio nuevos ímpetus a los niños, y los cuatro entretuviéronse jugando a las escondidas hasta casi caer rendidos por el cansancio. Con un cortaplumas hízose Íñigo una lanza de punta aguzada y con ella persiguió a Antonio por el bosque sin darle descanso. Las niñas gritaban atemorizadas, y Antonio corría con todas sus fuerzas escapando del peligro. Sorteaba con habilidad las matas de endrinas que crecían junto a los ribazos, pero no pudo evitar finalmente que Íñigo, más ágil y fuerte, lo alcanzara. Antonio cayó sobre la hierba, crecida con las últimas lluvias de primavera, y su primo, imitando los gritos de los salvajes de Indias que tantas veces había escuchado en su imaginación, improvisó una danza guerrera junto al cuerpo del caído. Abundantes gotas de sudor perlaban la frente del enemigo derrotado. Íñigo clavó su lanza en el suelo húmedo y blando del hayedo. Bajo sus pies sentía que respiraba el mundo aquella mañana de los primeros días del verano.
-Se lo contaré a tu padre cuando regresemos -amenazó, casi llorando, la inocente víctima. Las niñas habían dejado de gritar.
-¡Para lo que me importa! -respondió orgulloso el primo mayor, dejándose caer sobre la hierba.
El juego había terminado. Violante miró a su hermanito con gesto de reconvención. Antonio seguía teniendo la respiración agitada y la mirada perdida, y Mariquita, mimosa, se acercó a su hermano y lo besó en la frente. El gesto de la pequeña enterneció al guerrero.
-Ya ha pasado -dijo Íñigo, dándole a Antonio la mano para que se pusiera de pie-. Supongo que ahora me perdonarás.
-Bueno -respondió su primo sin darle importancia.
Los juegos terminaban siempre de la misma manera. Íñigo era fuerte y audaz, con el porte y la estatura de quien está a punto de entrar en la adolescencia, mientras que Antonio, a quien una mala enfermedad en sus primeros años había marcado para siempre, rehuía las acciones de fuerza y los gestos siempre osados del mayor de los de Cellorigo.
-Tú has de ser fraile -decíale éste con cierto desprecio.
-O escribano -respondía su primo, que no veía con malos ojos la posibilidad de emborronar papeles con su firma en el futuro.
Decíalo no tanto por ambición, cuanto por temperamento. Retraído y tímido, Antonio sentíase más inclinado a las tareas de la inteligencia, a la reflexión y al estudio que a las acciones que le obligaban a poner a prueba un valor del que, por naturaleza, carecía. Antonio sólo se sentía realmente seguro en la compañía de su primo y, aun ésta, en no pocas ocasiones, le atemorizaba.
-Otro día me pinto la cara de rojo como un indio -púsose Íñigo de pie de un salto, desclavó su lanza, echósela al hombro e hizo un gesto con su mano izquierda para que lo siguieran. En los bosques de Ezcaray sentíase Íñigo capitán de una expedición que hacía su ingreso en el fabuloso país de las Amazonas. Fueron subiendo, entre las hayas, en dirección a Urdanta.
-No corras tanto -gritó Violante al capitán de la excursión.
Íñigo se detuvo al pie de un risco. Desde ese punto podía contemplarse todo el valle, y un ojo bien entrenado diferenciaba con facilidad, en los días despejados, las torres de Santo Domingo de la Calzada, o adivinaba en lontananza las casas de Valgañón. Hasta allí subía el sordo rumor de las aguas del Oja, que se precipitaban entre las piedras. Más arriba, el San Lorenzo todavía conservaba las nieves del último invierno. Íñigo respiró hondo mientras contemplaba, con satisfacción, el hermoso paisaje que se abría a sus pies. Violante y sus primos lo alcanzaron.
A sus escasos doce años, Íñigo se creía un guerrero capaz de todas las hazañas. Soñaba con llegar a Indias y ganar con la espada alguno de aquellos reinos fabulosos cuya conquista, según creía, quedaba pendiente. Aspiraba a llenar alguna página vacía y no menguada de la historia. Complacíase en pensar que habría Antonio de acompañarlo y se esforzaba en infundir valor a un espíritu apocado y débil con inclinaciones que, en su opinión, eran más propias de las mujeres. Suponía que, si conseguía su propósito, Antonio habría de ser testigo y cronista de sus hazañas. Una pequeña parte de su gloria pasaría así a su indefenso primo. Con los años, Antonio habría de darle, sin embargo, pruebas de una entereza de ánimo que él nunca habría imaginado en un cuerpo tan raquítico.
En realidad, Íñigo adoraba a Antonio, como adoraba a Mariquita, tan mimosa, y, sobre todas las cosas, a Violante. Su hermana podía conseguir de él cuanto quisiera. A veces, obligábale a trepar a los sauces más altos, o a los almendros más espinosos de las huertas de Ezcaray, con el solo (y para él absurdo) objeto de devolver a su nido el huevo de una picaraza o el cuerpecillo raquítico y desplumado de la cría de un ruiseñor. Íñigo no entendía por entonces la afición de su hermana por las avecillas. Él prefería matarlas a pedradas con la honda o con la horqueta, o perseguir a los perros por las callejas del pueblo después de haberles atado al rabo un manojo de bálago encendido que los chamuscara. En cierta ocasión, en una huerta de Zorraquín, encontraron Violante y él un animal extraño y monstruoso: un erizo que, subido a un manzano, cargaba en sus púas con la cosecha. Hízolo caer Íñigo del árbol a pedradas, mas fueron tantos los ruegos de Violante para que perdonara la vida a la alimaña que el muchacho hubo de dejar que se perdiera en una huerta de berzas con las hojas perladas de gotas de rocío. No pudo, en aquel momento, hacer daño alguno a aquel engendro del demonio.
Recordando a sus seres queridos, Madre Sacramento sonrió. Dolíale ahora el pecho y ya no sentía las piernas. Desde el suelo, casi inmóvil, arrastrábase hacia la puerta de su casita. La claridad del cielo anunciaba la aurora. Deseó, en ese momento, que Escolástica apareciera en la puerta y la cargara hasta su cama y que, después, con un mate de coca bien caliente, calmara las angustias mortales que padecía. El cuerpo, tan despreciable y vil, tan ajeno a ella misma, tan extraño a su ser profundo y auténtico, a su alma enamorada, mostraba la crueldad de su poder. Era, en efecto, la cárcel del alma, el encierro material del que ella creía haberse liberado. Eran cadenas sus piernas y su pecho adolorido, que hacían descender, con el peso de su lastre, al alma que volaba al encuentro del esposo celestial. «¡Dios mío!, ¡Dios mío!», repetía Madre Sacramento, tratando de ahogar y de olvidar sus dolores. Su alma había sido creada para volar al encuentro de su señor, para unirse a él, no para atender los innobles reclamos de su cuerpo. Sentía que el mundo y la materia, los groseros enemigos del espíritu, encerrábanla en su cárcel. El vuelo del alma también estaba lastrado por los recuerdos.
Habían desaparecido las deshonestas escenas pintadas en la pared de su celda. Tendida en su cuja, Escolástica se envolvió en su frazada. Sintió una hoguera entre sus piernas y el deseo volcánico de sus senos, que esa noche querían estallar con fuego y con cenizas para cubrir de lava roja la oscura planicie de su pecho. Sintió los pies fríos y dolorosos pinchazos en los flancos. Imaginaba siempre al mismo jinete ajustándole con furia sus espuelas de fierro enmohecido. Carecía de rostro el caballero, mas tenía lengua, dientes y ojos de fuego, rojos como las hogueras que se encienden en las chacras de Lunahuaná cuando anochece. Escolástica sintió esa noche todo su cuerpo: mesó sus cabellos, acarició sus flancos, bebió el néctar del sudor destilado entre los vellos de su pecho, paseó sus manos por su espalda y mordió el cuello de quien esa noche había vuelto, entre sueños, en medio de la oscuridad, como un ladrón, a visitarla. La esclava, envuelta en su frazada de jerga, quedó al fin dormida, con una sonrisa dibujada en sus labios amoratados. En el ventanuco de su celda apuntaron los primeros y pálidos rayos de la aurora.
Cuando se aproximaban a Urdanta, sintió, por vez primera, la llamada del Señor. A orillas del Benenguerra decidieron los primos abrir sus ataditos y hacer una breve colación para recuperar las fuerzas perdidas en el viaje de la mañana. Pan, queso y agua fresca del riachuelo sirvieron a tal fin. Echado sobre la hierba, Íñigo aproximaba su boca a la superficie de las aguas y las sorbía con ruido. Mariquita y Antonio, sentados en la pradera, observaban a su primo. Violante se había arrimado al tronco de una vieja encina y, sentada a su sombra, observaba las casas de la aldea, las vacas pastando, los bosques de abetos que escalaban las alturas y el trajinar de los labradores en los campos. El cielo era azul y el sol se aproximaba a su cenit. Hacía calor, no corría la brisa y el mundo habíase quedado inmóvil, en silencio. Ya no se oían los sorbos ruidosos de su hermano, ni sus gritos de indio salvaje que hacían temblar a su primo Antonio. Los movimientos de los tres habíanse congelado, y, a lo lejos, la niña veía a los labradores quedos y silenciosos, los bueyes parados en el campo con sus carretas, las vacas inmóviles en el pasto y, en las alturas, una luz cada vez más fuerte, insufrible y deliciosa al mismo tiempo, que anulaba con su resplandor la existencia de las cosas de este mundo. Poco a poco fueron desapareciendo de su vista las casas, los animales, las personas, los árboles y las montañas. Desaparecieron las nubes y el suelo, desapareció el prado y desapareció la vieja encina a cuya sombra habíase arrimado. Y todo se redujo al resplandor, se concentró en el resplandor, se hizo resplandor. Y en el centro de aquel resplandor observó Violante que brillaba una luz aún más fuerte y deleitosa, más cegadora y dulce, más dolorosa y placentera, una luz que iba tomando forma en sus contornos, transformándose en la imagen con la que ella tantas veces había soñado, cuya visión deseaba y temía, pero que sabía que habría, alguna vez, de presentársele.
Estaba allí y extendíale su mano derecha. La dulce visión le sonreía.
-¿Adónde me llevas, señor? ¿Adónde quieres que vaya? -preguntó.
La imagen mostraba, abiertos, los estigmas de la pasión. Del costado izquierdo del pecho manábale dulce licor, y, en su frente, una corona de espinas ensangrentadas confería a la visión la majestad de la divina realeza. La niña extendió sus brazos hacia la amada imagen. El ruedo de su túnica estaba tan próximo que casi le acariciaba las mejillas, y los pies ensangrentados del pastor de hombres, tan cercanos a su rostro, exhalaban fluidos misteriosos que embriagaban sus sentidos. Violante, suspensa y amilanada, cual avecilla que está a punto de caer en las garras del azor, no acertaba a separar sus ojos de la imagen, y sus sentidos tan sólo notaban la proximidad del amado, la presencia del ladrón que había venido de noche a llevársela consigo.
Porque para Violante era de noche. Noche oscura y silenciosa, tranquila y sin estrellas, noche plena de delicias, de vida y de sentido. Mirábala el amado con ternura, y la luz de sus ojos acariciábala toda. Solos los dos, y ella guardada en cautiverio suave, encerrada en su castillo, protegida. La imagen sonreía, y en su sonrisa había miel que perfumaba y endulzaba el aire. Violante hubiera querido abrir su pecho, rasgar su corazón para que en él, como en un nido, se refugiara el amado y se quedara para siempre. Nido de tibias plumas. Nido de paloma al que nunca habrían de llegar los fieros halcones.
-Ven a mí -dijo la niña susurrando.
Mas la visión ahora se alejaba, hacíase niebla densa, se oscurecía y esfumaba. El resplandor se debilitaba, y la imagen iba perdiendo de nuevo sus contornos. Con sus brazos extendidos, Violante trataba de asir la visión que escapaba a sus deseos. Y con la visión desaparecieron las llagas regaladas, la dulce sonrisa que de miel la perfumaba, la majestad de las espinas en la cabeza del rey de reyes, del que habría de ser por siempre su verdugo, su amable y amante carcelero. Quedaba, no obstante, su corazón henchido de ternura, sus sentidos regalados, su sonrisa dibujada para siempre. El resplandor se debilitó, y en el cielo volvieron a aparecer nubes algodonosas y blancas, las nieves sobre el San Lorenzo, los verdes pinos en las montañas y las mieses doradas en los campos cercanos al Benenguerra. Volvieron los ojos de Violante a ver los pálidos colores de las cosas, a percibir la forma sin forma de la materia, el correr de los gamos entre las hayas, la sombra de los árboles, el brillo de las aguas del río bañadas de sol. Todo veíalo Violante oscurecido. La noche del tiempo había caído de nuevo sobre ella. La noche del alma, la noche dulce y brillante del espíritu, la noche callada, la noche calma, la noche del amor, con su resplandor hiriente y deleitoso, había henchido su corazón de tal manera que sus ojos ya no distinguían en aquella oscuridad de la materia. Violante había descubierto que el mundo era una realidad prescindible, una oscura re presentación de aquella otra realidad que ella acababa de entrever, de la realidad resplandeciente en la que deseaba vivir para siempre.
Comenzó a notar que algunas cosas se movían: las hojas de la encina acariciadas ahora por la brisa, las aguas del río, rumorosas, las vacas que pastaban en el sotomonte, junto a los campos en los que se movían los labradores con sus bueyes y sus carretas, los cerdos que hozaban en las charcas malolientes, los perros, las personas: niños que jugaban trepándose a los cerezos, mujerucas que iban y venían por las callejuelas de la aldea vestidas con sus faldas negras y sus jubones ajustados, Mariquita, Antonio, Íñigo, que le hablaba y al que ella no escuchaba, porque no oía su voz y sólo veía sus labios en movimiento y sus manos que acariciaban amorosamente su cabeza. Notaba un gesto de preocupación y de miedo en el rostro de Antonio y, en los ojos de su primita, un brillo acuoso que anunciaba la inminencia del llanto. Íñigo tomábale los pulsos y pasábale, una y otra vez, la mano por la frente. Veía todo como en un sueño mudo, silencioso.
Trató de nuevo de arrastrarse, pero sus piernas no le obedecieron. Algunas celdas comenzaban a iluminarse. Imaginaba la llama de los candiles, los suaves trajines de las primeras horas, cuando rompe el alba sobre la ciudad y sus habitantes todavía duermen. Escuchó el golpear de las herraduras de un caballo sobre el empedrado de la calle. «Jinete madrugador», se dijo sin poder evitar que las imágenes del mundo volvieran a su memoria. Sucedíanse ahora como en sueños a una velocidad vertiginosa y confundíanse en una suerte de caos que la angustiaba. Transformábase el rostro de su padre en el de su madre y el de ésta pasaba ser de inmediato el de su tía Leonor. El dulce rostro de doña Ángela de Leiva, abadesa de las bernardas de Cañas, le sonreía a la distancia, pero, de inmediato, éste daba paso al de doña Antonia de Ubago, tan adusto, o al de Jacinto Apellániz, tan lujurioso.
El dolor penetrábale por los flancos hasta el pecho. Sentía que sus sienes latían con gran fuerza y que cada latido era para ella como un mazazo en la cabeza. Quería, pero no podía, olvidar sus flaquezas. Aún estaba su alma atada a este mundo, lastrada por un cuerpo al que ella había herido tantas veces con disciplinas y cilicios, humillado con hambre y sed, desterrado al olvido y a la pobreza. El cuerpo seguía, pese a todo, rebelándose, y el alma no podía ascender, elevarse hasta las últimas gradas de la perfección, hasta el palacio de oro y de diamantes en el que esperaba vivir para siempre con su amado. Hubiera querido abandonarse, dejarse, anonadarse, pero ¿cómo hacerlo cuando el cuerpo le imponía tan ferozmente su existencia, su realidad ineludible, y los recuerdos de antaño la perseguían?
-Ya vuelve en sí -había dicho Íñigo al ver que su hermanita parpadeaba.
Antonio soltó un suspiro de alivio. Mariquita lloraba en silencio, mezclando sus lágrimas con carcajadas nerviosas. El mayor de los de Cellorigo, que mientras duró el desmayo de su hermana ni siquiera había empalidecido, dejó a Violante apoyada contra el tronco de la encina y corrió hacia el río a empapar su pañuelo. Al volver, lo puso en la frente de Violante. Estaba la niña sonriente y feliz y, sin poder evitarlo, abrazó a su hermano y le pidió que entraran cuanto antes a la aldea. Había pasado el mediodía y las sombras comenzaban a alargarse. En las malolientes charcas en las que hozaban los cerdos algunos gorriones se habían detenido, daban pequeños brincos, picoteaban y volaban hasta la rama de algún árbol no lejano, donde volvían a quedarse inmóviles. Los cerdos descansaban echados sobre la inmundicia de sus charcas llenas hasta los bordes de cenaco. En el Benenguerra, algunos patos nadaban y sumergían sus picos en el agua volviendo a salir con sus plumas brillantes y lustrosas. Había un zumbido de moscas en el aire. Íñigo notó en el abrazo que su hermanita estaba bañada en sudor.
-Nos quedaremos un rato más -dijo, como si diera una orden.
-Está bien -accedió su hermana.
Ni Antonio ni Mariquita replicaron. No estaban en posición de hacerlo. En Íñigo la autoridad había nacido con él y en él íbase desarrollando con la naturalidad con la que crecían sus brazos y sus piernas, se ampliaba su pecho o se endurecían sus espaldas. Doña Catalina Foronda, su orgullosa progenitora, solía decir a doña Leonor, su hermana, madre de Antonio y de Mariquita, que Íñigo había heredado el porte y el temperamento de los Leiva, a cuyo tronco pertenecía la rama de los Foronda de Azofra y que había dado miembros tan notables como don Antonio, ilustre soldado, gobernador de Milán y hombre de tantas y tan excelsas virtudes militares que el propio césar Carlos teníalo en su tiempo por un prodigio de la naturaleza. «Mi Íñigo», decía su orgullosa madre, «ha de repetir en este siglo las hazañas que su tío abuelo don Antonio llevara a cabo en el precedente». Doña Leonor, que bebía los aires por sus sobrinos, suspiraba entonces y se limitaba a hacer un gesto con la cabeza.
-Pues mi Antonio ha de ser obispo -añadía, a veces, doña Leonor.
-Por lo menos -confirmaba entusiasta su hermana, que creía que en el menguado cuerpo de su sobrino podía encerrarse toda la sabiduría de este mundo.
Jamás discutían las hermanas por estas pequeñeces y coincidían con frecuencia en la distribución de dones y virtudes entre sus hijos. Doña Leonor venía siempre a Ezcaray a comienzos del verano y volvía a Azofra con sus hijos cuando las noches en septiembre comenzaban a refrescar y los soles acortados anunciaban la proximidad de la vendimia. Mientras miraba a su hermano y a sus primos, que se habían quedado de pronto silenciosos, Violante se acordó de las últimas vendimias pasadas en Azofra. Comían uvas bajo las cepas cargadas de racimos, mientras escuchaban a lo lejos a los vendimiadores andaluces llegados para la cosecha cantando coplas de su tierra. La zarabanda y el gitano, con su ritmo alegre y sus letras atrevidas, la inquietaban, pero expresaban, de una manera rústica y primitiva, una disposición del ánimo al regocijo que a ella, entre las hojas ya amarillentas de las cepas, la embargaba.
-Vámonos a la aldea -insistió Violante.
-Descansemos un poco más -dijo su hermano.
-¿Para qué? Igual habremos de descansar en nuestra casa de Urdanta.
Íñigo fue, en este caso, el primero en obedecer. En Violante la autoridad no se manifestaba en el tono con el que hablaba, sino en la forma suave y susurrante con la que expresaba sus deseos. Algunos minutos más tarde, casi bailando, contentos y ya por completo despreocupados, hicieron su ingreso en Urdanta los cuatro primos. Un mozo de Cilbarrena, que había llegado temprano a la aldea trayendo la noticia de la llegada de los niños, salió a recibirlos con Antón Allende, un mozallón al servicio de los de Cellorigo, aprendiz de todos los oficios, que sentía gran afición por sus pequeños amos, a los que solía narrar misteriosas historias del tiempo de los gentiles, cuando en Ezcaray no funcionaban aún las ferrerías y los diablos y las lamias abundaban en estos bosques. El mozo de Cilbarrena acompañó a los niños hasta la puerta de la casa y, despidiéndose de todos, tomó el camino de Posadas, donde ese día, según le dijo a Antón Allende, tenía que arreglar la rueda de una carreta cuyo eje de madera se había quebrado. El mozo de Cilbarrena era carpintero y llevaba, metidos en unas alforjas que le colgaban de los hombros, las azuelas y los martillos que utilizaba en sus trabajos.
-Ya me habría gustado acompañarte, ya -le dijo a guisa de saludo Antón Allende, mirando con cierta tristeza a sus pequeños amos. Al mocetón le habría gustado hacer ambas cosas: contar cuentos a los muchachos y aprender algo más del oficio de su amigo.
-Otro día será, Antón -respondió el de Cilbarrena, extendiendo su mano en un adiós.
El viajero bordeaba con paso lento el Benenguerra. El calor apretaba, e Íñigo tuvo la impresión de que al carpintero le pesaban demasiado las abarcas. Los chopos estiraban su sombra y las abubillas revoloteaban en los campos cercanos. En el aire zumbaban los mosquitos.
-Podríamos acompañarlo -sugirió Íñigo-. Así nos cuentas tus historias, mientras le ayudas en su faena.
-¿Qué dirá su padre, señorito?
-¿Y qué ha de decir, si no se entera?
Quedaron en que primero comerían lo que la mujer de Antón les había preparado, pero, cuando terminaron, según Antón, ya se había hecho demasiado tarde para alcanzar a su amigo. Los niños también estaban perezosos y no insistieron. Volvieron todos juntos al prado del Benenguerra, donde Violante había tenido su visión. Impulsada por una fuerza misteriosa y llena de temor, la niña fue caminando lentamente hacia la encina solitaria que se alzaba en el centro mismo del descampado. Íñigo y sus primos se sentaron con Antón a la vera del Benenguerra, deseosos de escuchar las historias del aldeano. Disponíase éste a contar a sus pequeños amigos la verdadera historia del gigante Fierabrás, cuando escucharon el grito. Se levantaron como impulsados por un resorte y llegaron, casi juntos, al pie de la encina.
-¡Violante! -Íñigo se inclinó sobre el cuerpo de su hermanita.
Antón Allende la tomó en sus enormes brazos y la acercó a la orilla del Benenguerra. Íñigo volvió a empapar su pañuelo en las aguas heladas del arroyo y mojó con él las sienes y la frente de su hermanita. El mozallón, con toda la delicadeza de la que eran capaces sus rústicos dedos, aflojole las agujetas de su justillo, desabrochó su camisa y le dejó libre su cuello de ataduras. Antonio estaba pálido y temblaba. Sin darse cuenta de lo que hacía, retirose un buen espacio y vomitó sobre las aguas del Benenguerra; después se dejó caer sobre la hierba. Mariquita lloraba, e Íñigo no podía apartar sus ojos del rostro de su hermanita. Hasta el buen Antón, tan acostumbrado a los dolores y miserias por ser pobre, sudaba frío.
-Sería bueno que la colocáramos a la sombra -dijo al darse cuenta de que mantenerla bajo el sol podría ser peligroso.
La cargó con delicadeza hasta la encina. Íñigo iba adelante, señalándole el camino. Avanzaban lentamente. El declinar del sol hacia el poniente había alargado la sombra del viejo árbol. Antonio, algo repuesto, llevando a Mariquita del brazo, seguía al mocetón de Urdanta y a su primo. Cuando éste llegó al pie de la encina, quedó paralizado.
-¡Mira, Antón! -gritó el muchacho.
El aldeano apresuró su paso y, al llegar junto a Íñigo, su rostro se demudó.
-¡Jesús, María y José! -exclamó devoto.
Antonio y Mariquita, al llegar, se persignaron. La niña, sin dejar de llorar, se puso de rodillas. Antón Allende seguía sosteniendo en sus brazos el cuerpecito de Violante, tan delicado.
-Parece hecho por un rayo -comentó-, pero hace tiempo que no hay tormentas.
Al pie de la encina, en el lugar exacto en el que algunas horas antes había estado sentada la niña de los de Cellorigo, había, dibujada, una cruz sobre la hierba. Quemada en su bordes, la hierba que crecía en el interior de la figura era más fresca y más verde que la del resto de la pradera. La mano del hombre no podría haberla trazado con tanta perfección.
-Aquí ha estado sentada mi hermanita -dijo Íñigo-. Quizá si volvemos a sentarla...
Antón depositó con delicadeza el cuerpo de la niña sobre la cruz, púsose de rodillas, santiguose y rezó en voz alta un padrenuestro. Antonio y Mariquita lo imitaron. Íñigo, de pie, no dejaba de vigilar el rostro de su hermana, tratando de descubrir cualquier señal de renovada salud en sus ojos, todavía cerrados, o en sus labios pálidos y sin vida. La expresión de su rostro dábale al muchacho un aspecto de hombre prematuramente envejecido. No lloraba.
Durante muchos años habría de recordar Íñigo aquel momento. Jamás entendió el misterio de la cruz dibujada sobre la hierba, ni por qué, una vez que Violante se hubo repuesto tan completamente como la vez primera, desapareció la cruz tan repentinamente como había aparecido; mas, cuando Madre Sacramento le insistía en la realidad del milagro, Íñigo, sin decir palabra, movía a un lado y otro su cabeza negando esa posibilidad. De existir, según él, los milagros debían tener alguna finalidad, algún sentido transcendente, algo que fuera más allá de una mera demostración de poder y habilidades, una burda representación de magia, como hacían los viejos bululúes en las tabernas. ¿Qué sentido podía tener enfermar a una niña inocente y dulce, desmayarla y dibujar en la hierba una cruz misteriosa que más tarde desaparecía? Si esto era un milagro, habíale dicho Íñigo, estábamos todos, indefensos mortales, en manos de un dios enloquecido y tonto, un ser todopoderoso que juega con sus criaturas con la misma indiferencia y crueldad que los gatos con los ratones, o como acostumbran a hacer los titiriteros con sus muñecos en las ferias y algunos autores con las figuras de los retablos.
No podía explicarse, empero, aquel misterio. «De misterios está llena la vida, sólo ellos le dan sentido e interés», solía repetirse. Madre Sacramento exigíale una y otra vez que creyera, pues sólo con su fe y sus buenas obras habría de encontrar su salvación. Cuando, de vuelta a Ezcaray, iban los cuatro primos con el mozallón de Urdanta y el sol se ponía lentamente más allá de los montes que cercaban el valle por el oeste, Íñigo se sintió por vez primera lleno de una emoción que le impedía hablar y que confundía sus pensamientos. Llevando a su hermanita de la mano, Íñigo fue rezando mentalmente padrenuestros mientras bajaban hacia la villa. Unos días más tarde, sin embargo, se había olvidado del incidente.
Madre Sacramento jamás lo olvidó. Aquel incidente decidió su vida. Sólo pensaba desde entonces en su futura existencia en el convento, sin saber a ciencia cierta en cuál de los cenobios de la región habría de profesar. Jamás se imaginó que lo haría tan lejos, en esta ciudad elevada sobre las más altas montañas que podía imaginarse y cercada de volcanes que algunas veces arrojaban humo por unas bocas abiertas que se comunicaban con el infierno.
La claridad de la aurora hacíase ahora mucho más intensa. Apreciábanse los colores de las casitas de las monjas. En el silencio de la mañana, de algunas de ellas salían los ruidos característicos del trajinar de las primeras horas. Madre Sacramento habíase quedado inmóvil, ovillada en el suelo. Ya no sentía el dolor que unos minutos antes la atormentaba.
Escapaban de su mente los rostros y los recuerdos. Un primer rayo de sol calentábale la espalda y la cabeza. Sentíase como cuando, siendo muy pequeña, se acostaba y recogía hasta hacer suyo el calor de las sábanas a las que una criada había pasado minutos antes un calentador de bronce con brasas de carbón. Tampoco entonces pensaba en nada. Temblaba, simplemente, hasta que entraba en calor. Luego, suavemente, casi sin darse cuenta, pasaba al dulce mundo de los sueños. Cuando escuchó la campana que anunciaba la hora de levantarse, la angola aún estuvo remoloneando un buen rato sobre su cuja. Algunas imágenes habíansele quedado clavadas en su memoria, y no podía desprenderse de ellas sin dolor. El cuerpo gentil del caballero sin rostro entibiaba aún sus piernas gozosas de gacela corredora y su lengua ardiente había dejado en su boca el gusto salobre que excitaba la secreción de humores dulces que ella guardaba como un recuerdo imperecedero. Desde la comisura de sus labios entreabiertos, salvando la barrera de su blanquísima dentadura, deslizábasele la saliva hasta la barbilla, obligándole a pasar de vez en cuando la lengua por los labios para saborear sus excesos. Hallábase Escolástica envuelta en humores, cubierta de líquidos tibios que habían manado durante toda la noche de las profundidades de sus entrañas.
La campana repitió su anuncio, y Escolástica, arrojando lejos de sí la frazada de jerga, sentose en su cama, estiró sus brazos y, desperezándose, terminó por abrazar el aire, imaginando que, contra su pecho, atrapaba las visiones de su sueño. Suspiró largamente y, ya de pie, calzadas sus viejas alpargatas, fue cumpliendo su ritual mañanero sin dejar de pensar, ni por un momento, en las gozosas visiones de la noche. Agolpábansele mientras barría, seguíanle a cada uno de los rincones de su celda, y aun sospechaba la angola en su ingenuidad que se escondían bajo su cuja para, después, sorprenderla. Al disponerse a ordenar su cama, inclinose por un momento por ver si confirmaba sus sospechas. Más tarde, diole una vuelta al colchón de borra, dobló su manta y sacudió la almohada. Como jugando, terminó por apretarla entre sus piernas. Un escalofrío de placer la arrojó al suelo cubierta de sudor. En la entrepierna un nuevo humor ardiente y dulce se deslizaba como se desliza la lava en las quebradas cuando el volcán avienta la candela que guarda en sus entrañas. Por unos instantes quedó sin fuerzas al pie del lecho. Después, con los ojos cerrados, cual si quisiera guardar las imágenes que la habían acompañado, fue poniéndose de pie y, llegándose a una jofaina de barro que estaba sobre la piedra cóncava del batán, echose agua fría en la cara con la intención de apagar el incendio que las imágenes nocturnas habían provocado en su cuerpo. Mientras lo hacía, Escolástica Mi pensó que esa misma mañana tendría que confesarse con fray Domingo de Silos de Santa Clara y hacer el firme propósito de enmendarse.
Terminó de vestirse y, cuando estaba poniéndose su blanca toca frente al espejo, pensó la sierva que resultaba extraño que Madre Sacramento no hubiera requerido hasta entonces sus servicios. «Debe de estar rezando sus horas», pensó. La pequeña celda en la que dormía la angola era una dependencia adosada a la hermosa casa de estilo castellano que el capitán Ortiz de Cellorigo había hecho construir para su hermana en el convento. Comunicábase con ella a través de una pequeña puerta que daba a la cocina, entre cuyos fogones pasaba la sierva la mayor parte del día, no tanto porque la religiosa le exigiera confites, pues la española rechazaba las delicias de la buena mesa, cuanto por no haber encontrado hasta entonces un mejor lugar para pasarla. Despreciaba desde hacía algún tiempo la compañía de las viudas que se alojaban en el monasterio y prefería a las vanidades de las ricachonas los gozos de su imaginación solitaria y libre. Entre los fogones solía la angola pasar y repasar los zurcidos de su ropa, adecentar sábanas y mantelerías que jamás se usaban, limpiar la plata de los cubiertos y, cada día con mayor entusiasmo, cortar y bordar algunas ropas elegantes con las que ella imaginábase vestida cuando, ya libre, saliera del convento a disfrutar los placeres que el mundo reservaba a quienes supieran aprovecharse de sus ventajas.
Era Escolástica, por temperamento, poco dada a rezos y mortificaciones, y su piedad se reducía a algunos actos de contrición y no pocas penitencias hechas por temor a caer en manos del enemigo. Era el convento el peor encierro para la joven esclava, y, pese a que quería realmente a su patrona y a que sufría pensando en que alguna vez habría de separarse de ella, soñaba con verse lejos y para siempre fuera de aquella cárcel en la que todos eran de un mismo sexo y en la que el cuerpo no tenía espacio alguno para su expansión y divertimento.
La campana llamaba a la oración, y cuando, saliendo de su celda, pasó Escolástica a la cocina y desembocó en la sobria pieza de recibir de su patrona, diose cuenta de que los muebles estaban en la misma disposición en la que los dejara la noche anterior. Extrañole sobremanera, pues, si no los toscos sillones castellanos, el reclinatorio que se hallaba al pie del enorme crucifijo era a diario usado por Madre Sacramento, que pasaba horas enteras en éxtasis ante la imagen del crucificado. También estaban fríos los hacherones que, al pie de Cristo, iluminaban la pieza durante toda la jornada. A Escolástica extrañábale encontrarlos casi acabados, sin cera. Tuvo un presentimiento y, caminando de puntillas, asomose con cuidado al dormitorio de la monja. El lecho estaba vacío y, al parecer, no había sido tocado durante toda la noche. Escolástica Mi se estremeció. Abrió la puerta de la casa y salió a la calle. Ovillado junto a la pared y bañado por la luz de la mañana, el cuerpo de Madre Sacramento yacía en el suelo. El grito de la esclava despertó a la ciudad en las primeras horas de la mañana.
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Enlace al ÍNDICE DE MADRE SACRAMENTO en la BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES.


*. Et in azofra Felix

*. Capítulo I - La sombra de la encina
*. Capítulo II - Almendras de Madre de Dios
* Capítulo III - Fiat voluntas tua
*.
Capítulo IV - Fray Antonio de Tejada
*. Capítulo V - El entierro de Juan Lanas
*. Capítulo VI - Nicéforos
*. Capítulo VII - Espinosa de los Monteros
*. Capítulo VIII - De apellido, monje de san Benito
*. Capítulo IX - Doña Encarnación de Ubago
*. Capítulo X - Bibiana
*. Capítulo XI - Escolástica
*. Capítulo XII - Fray Domingo de Silos de Santa Clara
*.
Capítulo XIII - Nuestra Señora del Puy
*. Capítulo XIV - Tabernas y ventorrillos
*. Capítulo XV - Nocturno arequipeño
*. Capítulo XVI - Descensus ad inferos
*. Capítulo XVII - Camino de Santiago
*. Capítulo XVIII - El temor y el deseo
*. Capítulo XIX - Carnem cum sanguine non comedetis
*. Capítulo XX - De Puruchuco a Huachipa
*. Capítulo XXI - Los Ubago de Ezcaray
*. Capítulo XXII - La danza de los fantasmas
*. Capítulo XXIII - Las puras aguas de limar gozando
*. Capítulo XXIV - Campos de soledad
*. Capítulo XXV - El sueño y la vigilia
*. Capítulo XXVI - Aromas de maldad
*. Capítulo XXVII - Historia de Casca
*. Capítulo XXVIII - Teniendo ya mi casa sosegada
*. Capítulo XXIX - Ser sin ser
*. Capítulo XXX - Caro terrea terraque carnea
*. Capítulo XXXI - Tercera y última
*. Capítulo XXXII - Los ríos del paraíso.

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