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sábado, 16 de octubre de 2010

MARGARITA PRIETO YEGROS - CUENTOS CHAQUEÑOS - Introducción: LITA PÉREZ CÁCERES - Comentario: ESTEBAN BEDOYA / Editorial y Librería SERVILIBRO, Junio 2009.



CUENTOS CHAQUEÑOS
Cuentos de
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
Editorial y Librería SERVILIBRO
Telefax: (595-21) 444 770
Dirección editorial: VIDALIA SÁNCHEZ
Diseño de Portada: OSCAR PINEDA
Diagramación de interior: BERTHA JERUSEWICH
Edición: 1.000 ejemplares
Edición al cuidado del autor
Asunción - Paraguay
Junio 2009 (70 páginas)



ÍNDICE
INTRODUCCIÓN de LITA PÉREZ CÁCERES
L. LUGAR DE CACERÍA / 2. POMBERO BOLÍ / 3. LA MADRINA DE GUERRA / 4. LA NOCHE DEL PORA  5. BRANKA / 6. LOS PYTA JOVAI / 7. LA ZORRA Y EL NIÑO / 8. YALVE SANGA /  9. EL CENTINELA Y EL KURUPÍ / 10. EL BARRIO SANTA CECILIA / 11. LA MISIÓN SANTA TERESITA / 12. PASO MBOI / 13. LA VENGANZA DE LA SERPIENTE.

INTRODUCCIÓN
Margarita Prieto Yegros, escritora, historiadora y por sobre otros títulos: Docente, se propone con este volumen de cuentos sobre la Región Occidental del Paraguay, develar el misterio del Chaco. Nunca más oportuna la aparición de su libro, cuando grandes titulares nos enteran que la belleza y la diversidad del ecosistema chaqueño está a punto de desaparecer por la acción depredadora de personas ambiciosas, que no piensan en el planeta que heredarán sus hijos y sus nietos y que el daño que causan hoy también repercutirá en la calidad de vida de sus descendientes.
Los cuentos de Margarita tienen el encanto de la frescura, la discreción en la prosa escueta y directa, que invita a saber más, a investigar más, porque el anzuelo de estas narraciones produce una curiosidad intensa. Muchos paraguayos ignoran todo sobre ese inmenso territorio recuperado durante la guerra del 32 al 35. Los citadinos, sumergidos en el tráfago de bocinas, preocupaciones, manifestaciones, aumentos e inflación, no pensamos en la belleza del Chaco, no recordamos esas hazañas bélicas que nos dieron derecho a la posesión de tan rico suelo y somos incapaces de maravillarnos ante el canto de los pájaros que nos acompañan y observan nuestros afanes desde los árboles donde moran.
Chacu es una voz quechua que significa zona de cacería informa Margarita Prieto Yegros y desde esa narración inicial, ella, que conoce muy bien la región, nos guía por los cañadones donde se libraron batallas importantes peleadas por gente anónima, los paraguayos o pilas, como los llamaban los bolivianos. Mucha superficie de esa región está sembrada y fertilizada con la sangre de héroes que abandonaron las capueras y llegaron hasta esas desérticas zonas para defender una heredad codiciada desde mucho antes.
La autora rescata la personalidad de un poeta y músico como Darío Gómez Serrato, que también luchó en la guerra con otros camaradas y luego fue director de una banda integrada por indígenas, en el Barrio Santa Cecilia de la ciudad de Mariscal Estigarribia. Este no es un dato menor, porque los paraguayos llevaron su música y el guaraní para reforzar su identidad y con ese aporte se sintieron en su casa, sabían que luchaban en su territorio y no lo cedieron porque esos conocimientos redoblaban su coraje. Desde el Maestro Herminio Giménez al menos conocido de los integrantes de la banda formada, durante la guerra, pasando por Gómez Serrato, todos hicieron su parte y muy importante, porque, como las madrinas de guerra, los músicos se ocuparon del bienestar espiritual de los soldados. Los sones de la música de nuestra patria insuflaban valor a los combatientes y el resultado está a la vista.
En tiempos de paz son otras las asechanzas que atormentan a los chaqueños, a sus primeros habitantes, los indígenas. Los cuentos de Margarita referidos al tema del desconocimiento entre paraguayos y las etnias que poblaban la región occidental reflejan cabalmente el mundo de la ignorancia y de la superstición. Por fortuna, hoy se fueron abriendo las compuertas mentales y comprendemos mejor a nuestros semejantes, los indígenas, que se han visto obligados a abandonar el Chaco para mendigar en nuestras calles. Prieto Yegros cuenta de aquel tiempo pasado, cuando nos temíamos mutuamente.
En el haber de cada individuo, con el paso del tiempo, los conocimientos ocupan gran parte de su riqueza intangible. En el caso de esta escritora, aún no ha dicho todo lo que sabe, aún no ha escrito todo lo que debe. Por eso aguardamos otras obras suyas con mucha ansiedad, son necesarias para borrar años de indiferencia y de desvalorización de lo nuestro. Y la felicitamos por este importante volumen de cuentos.
LITA PÉREZ CÁCERES - Lambaré, 15 de marzo de 2009.


CUENTOS DEL CHACO
Leer los relatos de Margarita Prieto Yegros, produce nostalgia, aquella que se alimenta con recuerdos de la infancia. Todavía habita en mí, la atracción mágica que me causaba observar el territorio chaqueño, desde una terraza asunceña próxima al río Paraguay. En ese mirador habilitado en horas de la siesta, esperaba el momento culmine de descubrir las siluetas de los indios moros cruzando el río para atacar Asunción. Yo no era el responsable de mis temores, solo víctima de advertencias sobre la peligrosidad de los indios chaqueños; temor que se fue propagando de boca en boca y generación tras generación, seguramente desde tiempos de la colonia. Hoy, estoy casi seguro, que ningún niño duerme con miedo ante la amenaza de invasión de los Moros. Tampoco despierta pánico una excursión escolar a las colonias menonitas, seguramente hoy día, los niños no temen ser atrapados por una Kuriyú, o mordidos por una Mboi Chini, tampoco es usual como hace algunos años, ver a los veteranos de la Guerra del Chaco, recorriendo el centro capitalino vestidos con su verde olivo. Son muchas las vivencias y los relatos que les faltan a los paraguayos más jóvenes, y son los relatos costumbristas los que forjan el sentido de pertenencia a una comunidad, nuestra cultura popular está forjada en las vivencias de nuestros mayores, y debemos preservarla, ya que a más cultura, más país.
Con los Cuentos Chaqueños de Margarita Prieto Yegros, se logra rescatar parte de nuestro rico patrimonio transmitido en forma oral, dándole una proyección amplia a través de su propuesta literaria. Seguramente al leer los cuentos, en muchos niños y no tan niños brotará la fantasía y la curiosidad de conocer el Chaco; ese estímulo es el combustible, la energía renovable más sana con la que se puede alimentar una sociedad. Por eso, no resta más que agradecer a Margarita Prieto Yegros por su excelente trabajo, sustentado en ricas descripciones que logran cautivar al lector.


CUENTOS DE MARGARITA PRIETO YEGROS

LUGAR DE CACERÍA
Dos amigos conversaban en el patio de un hospedaje sombreado por panzudos árboles de Samu'u y esbeltos Quebrachos; cerca del Cruce de los Pioneros, ubicado en el Chaco Central.

-¿Por qué te gusta tanto el Chaco?-
-Porque soy chaqueño-.
-Yo creía que eras español-.
- Mi papá fue español y vino contratado por una empresa explotadora de tanino. Se casó con mi mamá paraguaya con quien vivió toda su vida en el Chaco.
Aquí nacimos mis hermanos y yo-.
Interrumpió la conversación el paso de una bandada de vocingleras cotorras.
- Esos pájaros se van seguramente a buscar comida en las chacras de las colonias menonitas-.
- Como las palomas-.
- Son muy perjudiciales; por eso ayer se publicó el permiso para cazarlas y ya comienza el turismo de la cacería. Desde épocas inmemorables hubo cacería en el Chaco. Sus primitivos habitantes le llamaban a este lugar Chacú que en idioma indígena significa "lugar de cacería". También se le apodó "Región del Quebracho" porque de ese árbol se extrae el tanino -
- ¡Qué mucho sabes del Chaco!-
- Es mi hábitat y debo conocerlo para estimarlo y protegerlo. Entre sus riquezas tiene 5000 clases de plantas-. En ese momento cruzó el patio un enorme Ñandú de largas patas y emplumadas alas.
- Tengo alas y no vuelo, he'i Ñandú - comentó el hombre chaqueño, y agregó:- Sin embargo existen 400 especies de aves chaqueñas voladoras-.
- ¡Nde!- ¿Tantas hay?-
- Sí, y algunas no se encuentran en otra parte del mundo.-
Al ocultarse el sol los amigos se dirigieron al comedor del hospedaje donde cenaron a la luz de las velas, en un apacible ambiente de campamento.
- Mañana visitaremos el zoológico- anunció el amigo lugareño.
- Prefiero salir de cacería para hacer honor al nombre de Chaco- terció el visitante al dirigirse a su cuarto.


POMBERO BOLI

"El Pombero es un duende nocturno, bajo, peludo sutil.
Remeda a las aves, las serpientes se enroscan a su paso
y las fieras huyen de él presas de terror sagrado"
NATALICIO GONZÁLEZ (paraguayo)


El futuro fortín Toledo, era un sitio ralo, accesible por todos lados que lucía en el centro un solitario árbol de guayacán, con sus ramas extendidas como brazos y un tronco envejecido por más de cien años de soledad chaqueña.
A principios de 1931, el teniente paraguayo Rafael Cristaldo fue encargado de edificar los ranchos de adobe y paja para hospedar a la tropa y los oficiales.
El teniente llegó al lugar acompañado por veinte adolescentes, todos campesinos sin oficio definido, a quienes se debía enseñar de todo.
Pese al esfuerzo de acarrear el agua desde el fortín Corrales, pronto los ranchos fueron tomando forma a espaldas del enhiesto guayacán. Durante la construcción, para evitar el ataque de serpientes y alacranes, los hombres pernoctaban en hamacas colgadas de postes de quebracho.
Cada noche, las sombras se colmaban de extraños ruidos que angustiaban a los soldados con la imaginación de seres misteriosos.
Cuando el sol asomaba sus primeros rayos, comenzaban los comentarios:
- El Pombero, petiso y moreno, se paseó silbando entre nuestras hamacas durante la noche.
- El Pombero me tocó los pies cuando dormía-
-El Pombero fuma cigarrillo y alumbra como luciérnaga-
El inteligente y enérgico Teniente Cristaldo, a la hora de la formación, amonestaba a la tropa:
- ¡Basta de cuentos de Pomberos!-
-¡Los Pomberos no existen!-
- ¡Prohibido inventar historias de Pomberos!-
No obstante, ante la posibilidad de que algún boliviano disfrazado de Pombero se hubiese aventurado en el campamento paraguayo, el oficial decidió realizar una patrulla de reconocimiento con cinco fusileros a pie.
Comenzaron por caminar hacia el fortín Corrales y, minutos después de iniciada la marcha, encontraron en un atajo, huellas de zapatones extraños. Se agacharon a observarlas y a pocos pasos de ellos descubrieron "virutas frescas" al costado de un corpulento quebracho sobre cuyo tronco, el Teniente encontró escrito a punta de cuchillo:
"Saludo cordialmente a los camaradas pilas del fortín Toledo. Capitán Ustares". (4.1.3.1)
Estupefacto y abochornado en su condición de oficial paraguayo ocupante del lugar, el Teniente Cristaldo permaneció inclinado y en silencio largo rato. Después, regresó a Toledo con los cinco fusileros.
En el fortín comentó con la tropa la novedad y preparó una celada para capturar a los espías bolivianos que merodeaban en los alrededores de Toledo.
Planearon dormir en el pajonal cercano, fuera de las habitaciones cuyas puertas dejaron abiertas.
Apenas anocheció, los paraguayos se mimetizaron en el pajonal decididos a esperar el avance de los espías bolivianos. Estos no se hicieron esperar y con las sombras de la noche, llegaron formados en sigilosa fila india, imaginando que los paraguayos se habían mudado al fortín Corrales.
A la medianoche, el Teniente Cristaldo rompió el silencio disparando varios tiros al aire y gritando: "¡Tiren los fusiles al suelo!
¡Qué nadie se mueva! ¡Ríndase Capitán Ustares!"

Así cayeron prisioneros siete soldados bolivianos y el menudo Capitán que resultó ser el famoso patrullero boliviano Víctor Ustares, apodado por los paraguayos "Pombero Bolí".
Al término del enfrentamiento, el Capitán Ustares le pidió al teniente Cristaldo la devolución de su pistola. El oficial paraguayo se la devolvió, en un gesto de cortesía, sin balas, aunque vio que en el fondo de la canana tenía varias de reserva.
Después, ordenó a un sargento que condujera al Capitán, a través de un oscuro pasillo, hasta una habitación con candado y guardias a la puerta.
-¡Por fin terminamos con la historia de los pomberos!-dijo para sí el teniente mientras se dirigía a su cuarto. Allí estuvo largo rato a pie junto a su catre de campaña, pensando que era ridículo trancar la puerta, única ventilación de esa rústica habitación.
Evocando las leyendas de pomberos narradas por sus abuelas sintió esa molestosa sensación que en su infancia le recorría el cuerpo dejándolo desvelado cuando la puerta no se cerraba.
Finalmente decidió dormir con la puerta cerrada y apagó la luz.
Lo despertó a media noche un sargento para informarle a gritos que el Pombero Boli se había ido a través de la puerta candadeada, sin que nadie se animase a detenerlo.



EL CENTINELA Y EL KURUPI

"En el hondón de nuestro denso espíritu
Existe un sedimento guaranítico
Y una capa española... "
(ELOY FARIÑA NÚÑEZ)


Ezequiel González era un mocetón oriundo de las Misiones; de esbelta silueta, ojos azules y mirada inteligente, de movimientos rápidos y bruscos. Pertenecía a la "clase 63" y había llegado desde su valle al cuartel con un grupo de jóvenes vecinos, todos agricultores.
Pasó la inspección médica sin problemas y con visible orgullo recibió la indumentaria de soldado; pantalón y blusa verde olivo, zapatones negros y cinturón con hebilla en la que se destacaba el monograma del Ejército Paraguayo.
Después de uniformarse en la cuadra, se fue con los demás conscriptos, precedidos por el sargento, a cocidear en el "rancho". Entre empujones, comentarios y risas, se ubicaron ante el humeante tacho de cocido. El aroma de la yerba mate tostada con el azúcar impregnaba el ambiente.
El soldado antiguo, de mirada torva y gestos ampulosos, fue sirviéndoles el reconfortable brebaje, acompañado de voluminosas galletas cuarteleras.
El sargento les indicó que se sentaran en las sillas construidas de troncos, ubicadas bajo umbrosos quebrachos. Allí, entre sorbos y bocados, menudearon las anécdotas y quien más quien menos hizo gala y alarde de su virilidad.
Ezequiel permaneció callado. No habló, no dijo nada. Las únicas mujeres de su vida eran su madre soltera y su abuela; con ellas compartía la rutina diaria, el cultivo de la chacra, el cuidado de los animales y el secreto que por ahora le preocupaba.
Quemándose los labios con el jarro de aluminio que contenía el cocido, Ezequiel evocó contrariado cómo ambas mujeres intentaron disuadirlo de acudir al cuartel, incapaces de comprender las burlas que su grupo de amigos destinaba a los que no cumplían el servicio militar.
- Mi hijo querido, la tristeza me va a matar si te pasa algo - repetía la madre diariamente.
A su vez, la abuela clamaba: - Mi corazón se va a destrozar si te vas al cuartel. ¡No te vayas, mi rey! ¡No te vayas!
La potente voz del teniente, responsable de la compañía; lo sacó de su ensimismamiento.

- ¡Trooopa, a formaaar!
Todos de un salto se pusieron de pie.

El oficial correctamente uniformado, con sable al cinto y la altivez que da el hábito del mando, recorrió con larga y fría mirada la silenciosa fila. Retrocedió algunos pasos, como para tomar impulso, y con voz estentórea ordenó formar el cuadro.
Los cabos y el sargento, con gestos rápidos y nerviosos, ubicaron a cada pelotón en los lados de la figura ordenada. Pasaron días, semanas, meses.
Ezequiel se convirtió en aventajado alumno de las clases de instrucción militar.
Pronto le confiaron el puesto de "imaginaria", responsable de vigilar la cuadra mientras la tropa dormía. Más tarde integró la patrulla encargada de la recorrida por los puestos de guardia del cuartel, hasta que cierto día su nombre apareció en la lista de centinelas.
Y así, en una fría y estrellada noche de invierno, tomó el relevo de las doce, en un puesto ubicado al borde de un caraguatal.
- No salgas de la garita. Parece que va a caer la helada-le dijo el sargento.
Al principio Ezequiel saltiteó para no dejarse entumecer por el frío, pero después apeló al rito ancestral del "Yepe'e" prendiendo fuego con las ramas secas que el "número" anterior había amontonado en un rincón. Mirando el fuego y escuchando su crepitar, se acordó del fogón de su rancho y se sorprendió a sí mismo riéndose de su abuela y de su madre. Fue entonces cuando se sintió mareado y la vista se le tornó borrosa.
-¡No! ¿Por qué justamente hoy y aquí? - se preguntó al reconocer los temidos síntomas.
Sin desprenderse del fusil, que tenía la bayoneta calada, salió de la garita y se sentó sobre una piedra, con la esperanza de que lo despejara el frío nocturno.

Al escuchar un prolongado silbido proveniente del monte tuvo miedo e intentó regresar a la garita, pero la primera convulsión lo dobló había atrás primero, hacia delante después, en tanto los espumarajos se escurrían por las comisuras de los labios apretados en grotesco rictus.
Los soldados de relevo lo encontraron inconsciente, con las manos y la cara tajeadas. Sin perder un segundo, lo llevaron a la enfermería alzándolo de los pies y de los brazos. Ni el cabo ni el sargento que llegó a la carrera, ni el oficial de guardia podían explicarse lo sucedido.
Al despertarse, Ezequiel, consternado, le dijo al teniente que comandaba su grupo: - El Kurupí, cuando vio el fuego de la garita, pensó que yo iba a quemar el monte, entonces se enojó demasiado y retándome mucho me ató con su lazo largo y negro arrastrándome por todo el caraguatal hasta que me desmayé.-
La explicación de Ezequiel corrió como pólvora en reguero, y nadie en el cuartel dudó de que lo había atacado el mitológico duende de los guaraníes, protector de los bosques y raptor de jóvenes y doncellas. Hasta el propio comandante de la agrupación, destacado oficial de carrera, graduado en el extranjero, al encontrarse con la directora de la escuela del lugar, comentó: -¿Se enteró, profesora, de lo que el Kurupí le hizo a uno de los soldados a mi cargo?
- No, capitán, no me enteré. ¿Qué pasó?
- Durante la noche, el Kurupí le ató a ese soldado de pies a cabeza con su largo falo y lo arrastró por el "caraguataty", enojado porque prendió fuego cerca del bosque.

- Así luego suele hacer cuando se enoja - respondió ella, como si en realidad alguna vez lo hubiese visto al velludo, retacón y fecundo duende nocturno llamado Kurupí.
Solamente el médico de guardia, al completar la ficha del soldado internado en la enfermería, escribió en silencio, con letra casi ilegible: Ataque de epilepsia.


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lunes, 5 de julio de 2010

LITA PÉREZ CÁCERES - CARTAS DE AMOR Y OTROS CUENTOS / Texto de cuentos: QUERIDO MIGUEL, EL CUARTO DE LA PASIÓN y EXPULSADOS.


CARTAS DE AMOR Y OTROS CUENTOS
Cuentos de
LITA PÉREZ CÁCERES
(Enlace a datos biográficos y obras
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www.portalguarani.com )
Pérez Cáceres, Lita, 2010
Cartas de amor y otros cuentos / Lita Pérez Cáceres;
Asunción: Fausto S.A., 107 p. ; 22x15 cm.
ISBN: 978-99953-79-44-5
8 Literatura paraguaya - Cuentos / Narrativa
© Publicado por Fausto S.A.
bajo el sello de Fausto Ediciones
Ilustración de tapa: FEDERICO CABALLERO
Diseño y diagramación: María del Carmen Cabrera
Corrección: Alberto Núñez
Dirección Editorial: Nilda Díaz de García
Primera Edición impresa en Paraguay:
Julio, 2010
ISBN: 978-99953-79-44-5

FAUSTO EDICIONES
Eligio Ayala 1060 e/Brasil y EE. UU.
Tel. (595-21) 221 996 /
faustocultural@gmail.com
Asunción - Paraguay


"El amor de los hombres es el mundo
y el mundo de las mujeres es el amor"
Anónimo


Es un libro de amor y desamor, con historias que reviven momentos. El lector se identifica con los relatos, fantasea y se inspira, porque el amor siempre está vigente, se renueva con cada pareja. Estas cartas hacen sentir y soñar igual que los personajes que las escriben.
Las misivas pudieron haber sido escritas, están firmadas por mujeres, mujeres apasionadas. Dos de ellas pretenden ser quienes cautivaron el amor de grandes personajes, como Pablo Neruda y Julián de la Herrería. Los cuentos de este volumen siguen el estilo acostumbrado de Lita Pérez Cáceres, contienen humor, ironía y mucha imaginación.
Hoy, cuando basta un mensaje de texto, cuando se ha pedido el encanto de la espera, el suspenso amoroso en el que permanecen los enamorados; hoy en tiempos del amor express; virtual, cibernética, tácito; en estos días de amantes temerosos de entregarse por completo... hoy ya no se escriben cartas de amor.
Con CARTAS DE AMOR Y OTROS CUENTOS la autora da una prueba más de sensibilidad y de creatividad.
Y, si las cartas de amor que vienen del pasado estremecen el presente, los cuentos no son menos interesantes. En resumen, se trata de un libro que merece ser leído.

ÍNDICE : Querido Miguel / Hasta nunca, Pablo / Los poderes del amor / Adiós Pedro / Feliz viaje / Lejos del paraíso / El cuarto de la pasión / Hotel Piscis / Fraternidad / Expulsados / El secreto de Sara Quinlan / Por la salud de mamá / Gardel y yo / Feliz cumpleaños


QUERIDO MIGUEL
Asunción, 15 de agosto de 2oo8
Querido mío:
Sé que te extrañará recibir esta carta, y hasta adivino tu expresión. Si nos vemos todos los días, a todas horas, si no nos despegamos el uno del otro desde hace 6 meses, desde que llegamos aquí, a esta ciudad que no termino de sentirla mía... Pero así son las cosas, mi bien. "¿Para qué me escribirá?", te estarás preguntando.
Tantas veces quiero hablarte tranquila, serena, quiero que mis palabras te calmen, te sanen... pero ellas se amontonan en mi garganta y no las dejo pasar... Sé que vendrán acompañadas de lágrimas y que también, subrepticiamente, arrastrándose, llegarán los reproches, las recriminaciones. Me conozco, puedo ofenderte, y no quiero hacerlo; por eso decidí escribirte.
Ay, mi amor, te quiero tanto que me duele el alma. Por eso te dejé con tu hermana; por eso hoy no me quedé para bañarte, ni te vestí con tu pijama limpio. Ahora mismo no veo lo que te escribo porque estoy llorando torrencialmente. Recuerdo que anoche, tomadas las manos, semidormidos, después que terminó tu acceso de tos y cuando te tranquilizaste, te sacaste la mascarilla de oxígeno y me dijiste: "Belén, vamos a casarnos, quiero casarme contigo, sos la mujer de mi vida".
¡Sí! -te respondí casi gritando-. ¡Sí!, me muero por casarme contigo.
Hace 25 años que espero esa declaración; hace 25 años que vivimos juntos; hace 25 años que me siento como la mujer de tu vida, pero nunca me lo habías dicho. En ese momento creí morir de alegría y ya no pude dormir más. Me limité a contemplar tu sueño o casi sueño, desde la otra cama. Hice tantos planes, Miguel, tantos. Imaginaba que volvíamos juntos a la casa, que todo volvía a ser como siempre, que me retabas por algo que te había enojado y después me sonreías hasta la última arruguita de tus estrenados 70 años. Me veía bailando un vals en tus brazos, siempre me dijiste que soy muy romántica, ¿pero qué clase de boda puede haber sin un baile de los desposados? Me ilusioné con tanta felicidad que hasta me prometí que no habría reproches si ibas a casa de la otra. No me hubiese importado porque es propio de vos prodigarte; sólo que yo tenía, en ese sueño de felicidad, el rol protagónico. Nadie iba a disputarme tu amor, tu amor verdadero; el resto es xixica, como decía Vadinho en aquella película.
Y de pronto, embelesada como estaba, noté que tu mano derecha buscaba algo. Si, recorría a tientas la sábana, esa mano traidora, buscando el celular. Miré tu rostro y me di cuenta de que era un movimiento involuntario y, por eso mismo, más terrible. Ni siquiera en la inconsciencia la borrabas de tu vida. En tu mente, en algún rincón, oculto y agazapado, estaba el recuerdo de esa mujer. ¡Por qué mi Dios! ¿Por qué esto ahora?, cuando yo pensé que ya todo pertenecía al pasado. Fue en ese momento cuando me prometí no quejarme nunca más. Si Dios te devolvía a mí, entero, saludable, alegre y conquistador como siempre, nunca más tendría celos, nunca más.
A veces soy razonable, Miguel, y si el propósito lo merece, mucho más prudente yo sería. Como cuando nos unimos, en esos días, yo creí tocar el cielo con las manos. Tu segunda esposa te había abandonado y me invitaste a vivir contigo. Al fin, me dije, ocuparé su lugar. Sí, lo ocupé en la cocina y en su lecho, pero nunca me sentí segura de haberla desplazado de tu corazón... hasta anoche, cuando me propusiste matrimonio. Parecía una chiquilina, quería contarle a todo el mundo que íbamos a casarnos... Al entrar la enfermera para tomarte la presión, la temperatura y para preguntarme cómo habías pasado la noche luego de la crisis, me desconcerté. ¿Hablaría ella de la crisis de amor que te acometió? No, se refería a esa falta de aire, a ese ahogo que te impedía respirar bien. Cuando le conté que mejoraste y que nos casaríamos apenas salieras del hospital, me miró con tristeza, con lástima; me dijo que deberíamos casarnos allí mismo: "No espere tanto, señora" -me recomendó.
Comprendí que no estabas nada bien y me arrodillé a rezarte, así como te rezo cada noche cuando no me ves. Como San Miguel es tan poderoso y llevás su nombre te rezo a vos:
.
"Curate pronto, amor de mi vida.
Volvé a ser como antes, sanate,
sanate, Miguel, mi amor.
Te ruego, te suplico que te repongas,
que recobres la salud, que sonrías a la vida,
que camines, hermoso, a mi lado.
Poderoso y apuesto Miguel, no te
marches de mi lado. El cielo puede esperar
pero yo no, Miguel adorado.
Por los clavos de Cristo, por sus llagas;
por el dolor de su madre, por su corona
de espinas y por la resurrección de la carne,
resucitá vos también".
.
Cuando rezo voy tocándote: primero, la frente, para borrar los malos recuerdos; las mejillas, para borrar las huellas de otros besos; los labios para que sólo pronuncies palabras de amor para mí. Te ordeno que te sanes para siempre de tus males y acaricio tu corazón para desocuparlo, para que quede limpio y fresco, así como está el mío, para recibirnos mutuamente en ellos.
También prometí, Miguel, que cuando vuelvas al hogar encontrarás tu sillón preferido, junto a la lámpara, con tus pantuflas y los periódicos del día. Y sobre la mesita habrá una bandeja con tu whisky preferido, la hielera y el vaso más bello. Todo será un homenaje de bienvenida y para toda la vida.
No tendrás que preocuparte si olvidaste algunas cosas... Me dijo el médico que cuando vuelven en sí algunos enfermos que han pasado por tu experiencia, olvidan detalles de la vida anterior. Allí voy a estar yo, para guiarte, para mostrarte las jaulas de los canarios que ahora sienten tu ausencia y que cantarán al verte. Te llevaré al dormitorio y voy a contarte, como si no lo supieras, que pintamos las paredes de color celeste y unas nubecita blancas, porque creíamos estar en el cielo. Y voy a cocinar tu plato preferido: vori-vori de gallina casera.
Y cuando en plena noche me digas que vas a salir un rato, yo responderé, tranquila, sin alterarme: "No olvides tus llaves".
Me hiciste muy feliz, Miguel, mi nombre en tu boca, como tanto tiempo atrás, pidiéndome en matrimonio; fueron pocas horas pero valieron la pena. Al amanecer, apenas despuntaba la mañanita, al volver de tomar una ducha, no te encontré en el cuarto. Corrí a preguntar adónde te habían llevado y tuve que insistir mucho para saber que habías pasado a terapia intensiva. El médico te había encontrado ya en coma. Ahora estoy afuera de esa sala tenebrosa donde sólo dejan entrar a los parientes no más que unos minutos. ¿Ahora entendés por qué te escribo...? No podés faltar a tu promesa, estamos comprometidos; te perdonaría todo, menos que me abandones para marcharte a un "lugar donde no podría seguirte... ¡Curate, Miguel!
Te quiero,
Belén

EL CUARTO DE LA PASIÓN
Hacíamos el amor en los altos del viejo mercado, en una habitación grande, sombreada, con persianas rotas y un cielo raso de tela desde donde unos querubines desteñidos nos espiaban. Cuentan que antes el cuarto había sido una de las dependencias de la mansión que ya no podía distinguirse. En ruinas y perdida su elegancia, los vendedores avanzaron, las habitaciones fueron alquiladas, los corredores ocupados y subarrendados por gente menuda y amarilla, de ojos estirados y sonrisas prestas, que se arreglaban en cualquier rincón. El dueño del cuarto era un coreano delgadito que conocía las necesidades humanas y había acondicionado su vivienda en el pasillo, en apenas un metro cuadrado que le alcanzaba para tender su estera por las noches y le servía por la mañana para colocar sus cajones con joyas misteriosas traídas desde su país. Una vez me dijo que estaba ahorrando para pagar el pasaje de su mujer y de sus hijas "yo, muy solo, muy solo, no mujer ahora" expresó en su media lengua. Me pareció que envidiaba nuestra felicidad.
El cuarto conservaba rastros de su antiguo destino, el color beige de sus paredes y el diseño de sus ventanas con vidrios biselados y bordes curvos me hacía sentir como una gran dama. Yo subía la escalera tratando de no ser vista por las marchantes que se ubicaban en los primeros peldaños y me ofrecían yuyos, porotos, tomates, cigarros. Una, más joven y avispada, me tendió un sobre dorado e insistió en que me detuviera para hablar con ella.
-Es para el amor -me dijo.
-¿Qué es?
-Un polvo mágico para que nunca dejes de tener ganas de amar.
Lo compré, pero dudaba de que alguna vez tuviera esa desgracia, ganas siempre me sobraban.
Abrí la puerta de dos hojas y entré, como de costumbre llegaba primero. Frente a la cama, la tina de latón tenía el agua tibia y perfumada. ¿Cómo la desagotaría el dueño? A veces, por las noches, cuando no podía dormir pensaba en eso, en esa enorme tina y me preguntaba siempre lo mismo. Pero nunca le pregunté a él.
La luz de la tarde entraba por las celosías, el ruido de los motores, los gritos de los vendedores de rifas y de quinielas clandestinas aturdían el polvo que flotaba en colores y cuyas partículas se veían atravesando el haz de luz. Yo me desvestía lentamente, me sacaba una a una las prendas de ama de casa hacendosa, tiraba los zapatos en un rincón y el bolso con las compras también, me soltaba el cabello y me sumergía en el agua, rodeada de espuma. El aroma de las sales se confundía con el de las frutas en descomposición, el fuerte olor a detritus y a desechos de los seres humanos que vivían día a día en esa zona caliente del mercado de Pettirossi.
Antonio aprovechaba la cercanía de su cuartel para escaparse a la hora de la siesta, en la que todos bajan sus defensas. Llegaba ansioso, subiendo los escalones de dos en dos. Las nuestras eran tardes de amor robado, gozosas y placenteras, muy pecadoras.
A las tres y media escuchamos los primeros disparos y Antonio se sentó para distinguir mejor qué sucedía, muy sobresaltado. Tomó su ropa y comenzó a vestirse.
-¿Qué pasa? ¿Por qué te vas ya?
-Eso fue un tiro, Elena, tengo que volver al cuartel. Hay rumores de golpe.
-¿Golpe? ¿Qué es eso?
Nunca pudo explicarme, el estruendo de la explosión nos dejó mudos, las ventanas arrojaron trozos de vidrio como armas hacia todos rincones del cuarto que, de pronto, había perdido su encanto. Antonio se puso el cinturón con la cartuchera, sacó el arma para revisarla, me miró, se acercó y me dijo adiós luego de besarme por última vez. Salió corriendo.
Cuando él se fue tuve noción de los gritos y las corridas. Como música de fondo se escuchaban disparos y el tronar de los cañones, la casa temblaba y la araña se mecía desde el techo sujetada por una cadena que en ese momento no me importó si era segura o no. Me vestí con movimientos lentos, como una sonámbula, sabía que algo se había roto para siempre, que esas horas de amor no volverían. De aquella tarde recuerdo con precisión la despedida de Antonio, todavía conservo el sabor de su beso en mis labios.
Me di cuenta de que estaba ya en mi casa, sin saber cómo llegué hasta allí. Mi esposo creyó que estaba muy mal por el susto y no me pidió explicaciones, me sacó el bolso de las manos y me llevó hasta la cama sin que cruzáramos una palabra, mi hijita estaba en la casa de la abuela y los dos pasamos la noche tensos, despiertos, escuchando disparos, gritos, corridas en las calles. Pude llorar al amanecer y esas lágrimas que bajaban silenciosas eran el adiós a un amor que me había hecho muy feliz. Al salir el sol volvió la energía eléctrica y mi esposo encendió la radio. Escuchó que ya todo había pasado, que la paz reinaba nuevamente en toda la república.
-Dicen que no hubo muertos -me explicó, yo sabía que Antonio estaba muerto sin remedio, pero no podía decírselo-. ¿Cómo te sentís ahora?
-Ya estoy bien, no te preocupes por mí, voy a buscar a la nena apenas desayune.
-No, no te veo bien todavía, además no sabemos si es verdad lo que dicen en la radio. Rosita está mejor en casa de mamá, acostate y descansá, yo voy a salir un momento para ver qué pasa.
Todo estaba bien, los rebeldes habían sido rechazados y la normalidad y el silencio de la paz comprada volvieron a regir las vidas de los ciudadanos que preferían no inmiscuirse en política porque podía ser una actividad muy peligrosa.
Volví a la casa después de un año, la tentación era muy fuerte. Necesitaba subir nuevamente a ese cuarto, descansar en aquella cama y bañarme en la tina para echar de mi vida el fantasma de Antonio, un fantasma ingrato que nunca había regresado para decirme que estaba bien en el más allá.
Nada había cambiado, quizás había más gente en el jardín polvoriento y caliente. En el corredor, el coreano me recibió con sonrisas y gestos de agrado. Le pregunté si podía subir otra vez hasta la habitación y me respondió que no estaba preparada.
-Mañana sí, mañana preparo todo para señora. Yo abrir y limpiar. Mañana, mañana.
Esa promesa me pareció una rama fuerte de la que podía sujetarme. Sabía que el viento de la vida me arrastraba a su antojo y la esperanza de volver al escenario de aquel amor, de entrar nuevamente a ese cuarto donde el placer me había hecho tan feliz, bastaba para hacerme sentir viva otra vez.
Al día siguiente, después de recorrer los puestos de verduras de la calle Battilana, de comprar flores en la parte de atrás de la feria Aragón, de probarme una blusa con volantes en un comercio de Santo Domingo, tuve el valor para volver al cuarto de la pasión.
En el primer peldaño de la escalera, de mármol gastado y sucio, se encontraba la misma marchante con otro sobre dorado, que compré para repetir todo, tal como lo había hecho aquella tarde. El coreano me esperaba en la puerta del primer piso y no quiso aceptar el dinero que le pasé.
Entré. El ambiente era el mismo, las persianas cerradas, las sábanas limpias, la tina con agua tibia, en la mesita de luz una jarra de plata de bello diseño con una copa al lado, me ofrecía agua fresca. Recordé el sobre, serví el agua, vertí el polvo y bebí. Me desvestí y entré a la bañera lentamente, cerré los ojos y descansé. Estaba esperando que Antonio llegara, como antes. Estaba esperando un milagro. Tenía tanta fe.
Las caricias llegaron tan suaves, tan leves que parecían celestiales, hacía un año que no me acariciaban así. Unas manos sabias para el amor recorrieron mi cuerpo y me lavaron de todas las miserias que me habían cubierto en ese tiempo. Después, unos brazos fuertes me llevaron hasta el lecho. Yo no abría los ojos, temía que la ilusión se desvaneciera. Hicimos el amor con ansias, con tanto deseo acumulado, con toques diferentes, exóticos. Después dormí.
Al despertar él estaba a mi lado, mirándome oblicuamente, con temor a ser rechazado. No nos dijimos nada. Me vestí y salí. Él sabía que yo volvería todos los miércoles, yo sabía que él tendría todo preparado. Él sabía que ya no estaría más sólo y yo sabía que el polvo del sobre dorado era eficaz.

EXPULSADOS
Cuando estábamos en el Paraíso no había notado cuánto me gustaba el verde, sí... porque aquello era el Paraíso. Hoy la ausencia de colores me pone melancólica y no puedo cumplir con los deberes que me imponen. Hasta la carne de Sebastián me parece cada vez más grisácea y transparente; todos los días creo ver, a través de sus costillas, las paredes de este círculo lleno de ventanas por donde entra una luz monótona, sin variaciones.
Él también está desganado, apático, pero cumple con sus obligaciones aunque cada vez le cuesta más llegar al final. Habla muy poco, al cabo que no tiene necesidad de hacerlo, pasamos juntos todo el día y se nos acabaron los temas.
No es tema el tiempo, siempre igual, en esta torre donde vivimos, acristalados, protegidos de todos los fenómenos celestes que últimamente se habían vuelto tan agresivos; en este recinto no pasa nada. No llueve, no hay sequía, no hay inviernos ni primaveras.
¿Cuánto tiempo hace que estamos encerrados? ¿Cuánto tiempo nos queda? ¿Cuánto nos sobra?
Las únicas interrupciones suceden cuando nos traen las comidas, frías, pulcras, ordenadas en bandejas de titanio, porque hace años que se acabaron los árboles que servían para hacer papel, cartón, para contener pájaros y para lucir flores. El robot, mutante indiferente, golpea la puerta y pasa la bandeja. En ella están discriminados los alimentos, para mí que dejé de ser Eva para convertirme en RPF-016, y para Sebastián, RPM-017.
Hubo una vez, cuando todavía creíamos que esto era la felicidad, la salvación para nosotros, amantes furtivos que podríamos ser legales, hubo una vez, repito, cuando todavía hablábamos, en que Sebas me preguntó el significado de esas letras.
-RPF debe ser reproductora femenina y RPM lo mismo pero masculino, los números serán el orden en el que traen las parejas.
-¿Cómo sabés eso?
-No lo sé, lo intuyo, y gracias a mi intuición es que fuimos elegidos, no lo olvides.
-No, nos eligieron gracias a mi virilidad, a mi potencia, tampoco olvides que me tomaron varias pruebas.
De qué nos sirve ahora tu virilidad Sebastián, quiero preguntarle, pero sé que no debo hacerlo, si pierde su motivación, lo poco que le queda, perderemos también este refugio y ahora ya no podemos volver al edén que hemos despreciado.
Allí todo nos molestaba: que el tránsito era caótico, que los niños mendigos lloriqueasen en los semáforos, que las basuras desbordasen en las veredas. No soportábamos el ruido de los bailes de suburbio, en esas pistas ignotas donde los hombres y las mujeres - se sacudían el cansancio y las frustraciones al compás de cachacas inacabables. Ellos no eran tan quisquillosos, al salir se desahogaban en algún rincón oscuro, en un yuyal, y ese desfogarse animal les permitía seguir aguantando otra semana más. Extraño la música, el silencio que hay aquí encorseta nuestros pensamientos.
Cuando escaseó el agua y se secaron los pastos, la gente comenzó a enloquecer, el asfalto se derretía y lastimaba los pies descalzos de los campesinos y de los obreros que hacían marchas y marchas pidiendo dinero, tierras, casas... No se daban cuenta de que no sirve de nada tener dinero si no hay belleza, y la belleza se había ido al morir los árboles y al agostarse las flores; pedían tierras y ya no tenían semillas para sembrar y la tierra se vengaba volviéndose dura, llena de venenos, arenosa y yerma. Querían casas ¿para qué? Para vivir en un desierto, casas donde el calor se volvía insoportable, casas donde la mesa siempre estaba vacía.
De todo eso huimos, mejor dicho, nos sacaron de lo que creíamos un infierno para traernos a este lugar fuera del tiempo y del espacio. Nos prometieron casa, comida y placer. Nuestra única obligación consiste en procrear, tenemos que crear un hombre nuevo. Sí, nos creímos capaces de hacerlo. ¿Cómo no íbamos a poder? Sebastián y yo éramos muy buenos amantes, gozábamos de la vida y hasta nos gustaba ser creativos en esos momentos tan íntimos. Pero eso acontecía cuando nuestro amor era prohibido, cuando corríamos peligro, cuando robábamos minutos y horas para ir a lugares secretos con el único fin de acariciarnos y de sumergirnos el uno en el otro.

¿Qué pasó con la pasión? Murió, así como fue muriendo la naturaleza. Hoy, que tenemos todo el tiempo del mundo, que no nos preocupan las necesidades materiales, que no estamos cansados por el trabajo, hoy nos quedamos sin ganas. Y así han pasado días y días, o al menos imagino que han pasado. Es difícil saber si es de día o es de noche cuando la luz es siempre artificial y gris, y sigue penetrando por los vidrios de esta torre faro. Pienso que debe ser un faro desde donde se puede observar todo el paisaje, pero los vidrios opacos no nos dejan ver nada. Yo, RPF-016, solo tengo que mirar a RPM-017.
No hace falta que lo ame, mis óvulos deben unirse a su espermatozoide, solo uno basta para que se produzca la fecundación. Pero no pasa nada.
¿Quién poblará el planeta si no logramos tener hijos?
¿Para qué queremos tener hijos si no vamos a vivir en la Tierra donde nosotros crecimos?
Nuestros óvulos y espermatozoides lo han comprendido antes que nosotros y se niegan a unirse. Sebastián aún no lo comprende y yo, por intuición, lo sé sin comprenderlo cabalmente. Me late, me trasciende el conocimiento la corazonada de que pronto saldremos de aquí.
¿Adónde llevarán a los que no cumplen con sus expectativas?
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lunes, 12 de abril de 2010

LITA PÉREZ CÁCERES - MAS ALLA DEL ARCO IRIS / Fuente: NARRATIVA PARAGUAYA (1980 - 1990) - MARIA ELENA VILLAGRA y GUIDO RODRIGUEZ ALCALA.


CUENTO de
LITA PÉREZ CÁCERES
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
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MAS ALLA DEL ARCO IRIS
Vio algo con el rabillo del ojo, pero no le dio importancia y siguió preparando la mayonesa de huevos sintéticos.. Nuevamente percibió un movimiento y color en la ventana pero pensó que era el ocaso automático de las tres de la tarde. Cuando cerró la heladera, el reflejo de algo rojo y redondo le llamó la atención; se decidió a salir al calor abrasador porque tenía que saber qué era, y lo encontró saltando lánguidamente. Era un globo. Común inflado con aire, de color anaranjado oscuro y con algunos adornos celestes. Vaya a saber qué ignotos espacios había cruzado para llegar hasta allí, donde no había ningún otro, ningún cumpleaños, ninguna ronda.
Solveig se quemó los dedos al recoger el cordel y entró sofocada a la casa. El calor era inaguantable. Cerró la puerta de su cocina y al influjo del fresco aire acondicionado, el globo se puso un poco más duro. Lo contempló con asombro y con placer. Adoraba el color y la textura y no podía apartar sus ojos de él. Pensó que pronto llegaría su marido y debía esconderlo. Abrió una de las alacenas vacías y lo encerró en ese nido.
Luego, mecánicamente, preparó la mesa. El mantel blanco y las sillas grises de aluminio y plástico. Platos y cubiertos de material desechable. Los vasos muy transparentes y, en el medio, una jarra con agua. Mientras cubría toda la comida con la salsa incolora, pensaba que era superfluo, pues la carne y la verdura apenas tenían color, pero ese era el deseo de su marido. "Nada tiene que sobresalir, todo debe ser de igual tonalidad", repetía constantemente. Por eso toda la casa era así, de un monótono color plomo, y los alimentos también. Los muebles de la cocina eran claros, los azulejos cruelmente blancos y los artefactos de acero inoxidable.
Si ella hubiera tenido que describir a su marido con tres palabras hubiese elegido: aburrido, gris y pulcro.
Mientras se bañaba y se desinfectaba, por primera vez pensó en sí misma, se describió como una mujer delgada, cansada, ajada. Había nacido hacía treinta y cinco años y podía recordar que sus padres fueron más afables que su esposo. A éste lo había conocido por intermedio de una computadora. Según parecía, era conveniente un matrimonio entre ambos pues tenían importantes afinidades. Los dos eran huérfanos, gustaban de una vida metódica, no querían tener más de dos hijos y adoraban la limpieza. El último fue el factor que decidió a Solveig.
Incineró su ropa interior y descubrió con asombro que estaba cantando; qué raro, nunca lo había hecho antes y hasta sonreía.
Se abrió la puerta de entrada, llegaron su hija, su hijo y Asperg.
- Buenas noches madre.
Buenas noches Solveig.
Esto fue todo, luego pasaron a asearse. Mientras estuvo sola, corrió hasta su secreto: vio al globo saltando juguetón contra el techo y queriendo salir de su prisión.
- ¿Qué pasa? Sonó el vozarrón áspero de Asperg.
Ella perdió el suave rubor de su rostro y sirvió la cena.
-¿Cambiaste las cortinas?, ¿sacudiste las sábanas?, ¿pasaste la aspiradora a los techos? Solveig respondió a todo que sí y era verdad, hacía todos los días lo mismo, pero su esposo necesitaba esos sí, desesperadamente. Dependía de ellos.
Los hijos nunca hablaban, se limitaban a mirarse a escondidas y a intercambiar sonrisas cómplices. A ella le gustaba que fueran así. Aunque los sabía indiferentes, también se daba cuenta de que tenían vida propia. Vida palpitante y ardiente como los animales que habitaban más allá de los canales.
-Te espero en el dormitorio- se despidió él.
-Hasta mañana madre -dijeron Roc y Evie.
Apenas se fueron abrazó el globo. Se hundió en esa onda naranja y cálida. Se vio a sí misma en otra cocina, con sillas de roble oscuro y asientos de paja.
La única luz venía del fuego de chimenea que calentaba el caldero y hacía brotar chispitas en los platos con flores pintadas y en las copas color ámbar. Casi pudo sentir en sus mejillas el roce de los crisantemos dorados que alegraban la mesa desde un florero.
- Solveig - llamó su esposo.
Todo se acabó; lo escondió y, contestando "ya", comenzó con la rutina. Tiró las sobras en el triturador de la pileta, puso los platos y las servilletas de papel en el incinerador, así como los cubiertos. Ya con los guantes esterilizados puestos, recogió los vasos del secador y los guardó. Luego apagó la luz y se encaminó al dormitorio, dejando ese ambiente helado y voraz, como una boca acerada, ansiosa de engullir basura, palabras, sentimientos.
Antes de acostarse chupó una píldora de Orgadiz, para el orgasmo feliz. Desde la primera noche su marido le recitó sus mandamientos: "Todo lo que se acumula es basura, la basura es nociva, y yo, como jefe de limpieza de la ciudad satélite, no puedo tolerar ni una partícula de suciedad en mi vida. De modo que tendremos relaciones sexuales todas las noches, así no se acumularán deseos, ni tensiones, eliminaremos desechos y dormiremos tranquilos y limpios". A veces Solveig pensaba que era un tubo donde entraban y salían los alimentos y nada más. Las sensaciones, las ilusiones, las desdichas no dejaban huellas ni recuerdos en ella.
Cuando por la mañana despertó, recordó que había soñado en colores brillantes. El ruido de los cohetes que despegaban de la base cercana era ensordecedor.
Se vistió y preparó el desayuno, ansiosa, nerviosa. Su mente estaba puesta en la alacena.
Su marido protestó por el color subido de la mermelada y ella prometió no usarla más, mientras los hijos ocultaban sus sonrisas tras las servilletas. Cuando todos partieron, corrió a sacarlo y se puso a jugar como una niña. Saltaba y reía contenta y podía asegurar que era ingrávida y lo acompañaba en su saltos leves y gráciles.
Después lo guardó y limpió la casa tan alegremente que a veces reía sin motivo. No almorzó porque estuvo bañándose en el mar de las olas celestes de su globo. Al mirar de cerca, ella, que nunca lo había visto antes, sintió en sus labios gotas salobres, un viento frío estremeció sus carnes que se habían tornado bronceadas, se mojó los pies y corrió por la arena tibia. El mar tenía todos los colores del universo menos el gris.
Sonó la chicharra del ocaso de las cuatro y salió de su ensueño. Lo guardó. Hizo todo como de costumbre, y cuando quiso despedirse de él, lo encontró achatado y delgado, sólo era una mancha en la blancura del estante. Comprendió que nunca más jugaría con él, se sintió irremediablemente sola.
Entonces, después de tirar todo el frasco de Orgadiz al piso, derramó los desinfectantes que había en la casa, echó un puñado de polvo en cada cama y decoró amorosamente los cuatro platos con hilitos rojos que fue recortando del globo. A medida que lo hacía, sus lágrimas caían vibrantes de furia, de tristeza. Luego se bañó, acariciándose y sintió por primera vez un placer natural. No aprisionó sus largos y sedosos cabellos en la cofia, como acostumbraba. Anduvo caminando desnuda en su cuarto, tan frío tan impersonal. Recordó que Roe había traído algo que recogió de una de esas naves desconocidas que solían llegar. Encontró el paquete tirado en el fondo del placard. Lo abrió y sacó una túnica de seda, que se pegaba a su piel y centelleaba con todos los matices del arco iris. Tenía una fragancia particular, muy penetrante y excitante.
Bajó la escalera descalza y se miró en la puerta metálica. Estaba hermosa, extraña.
Al partir, decidida, levantó la vista hacia el espacio infinito.
La vida la esperaba en cualquiera de esos mundos ovales, luminosos.
Y caminó hacia los canales lejanos.
.
Fuente: NARRATIVA PARAGUAYA (1980 - 1990) - MARIA ELENA VILLAGRA y GUIDO RODRIGUEZ ALCALA. EDITORIAL DON BOSCO, PEN CLUB DEL PARAGUAY. Asunción – Paraguay, 1992 (150 páginas).
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LITA PEREZ CACERES - EL DIOS DEL OLVIDO y TERTULIA LITERARIA / Fuente: NARRATIVA PARAGUAYA DE AYER Y DE HOY TOMO II (M-Z) de TERESA MÉNDEZ-FAITH.


CUENTO de
LITA PEREZ CACERES
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
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EL DIOS DEL OLVIDO
Por fin... Ahí está la casa, la calle... tranquila como siempre, me recibe con un concierto de trinos. El imponente ybyrá-pytá dominando sobre los arbustos y lleno de calandrias y chopis.
Siento la arena tibia entre mis dedos y al llegar al sendero de pasto la frescura traspasa mi piel. Tanto deseé volver, no sé cuánto tiempo pasó, no me importa... lo único valedero es que estoy nuevamente aquí.
No, no ha ocurrido nada, los rosales están pletóricos de flores y las enramadas comienzan a ofrecer sombras. El sol arde todavía y es la mejor hora para contemplarla.
En mi casa, nuestra casa.
Hay algunas malezas osadas, que han crecido más de la cuenta, pero pronto recibirán su merecido. Las persianas están abiertas y rotos los vidrios de la puerta interior. Nada de esa me molesta, es cuestión de pisar con cuidado para no lastimarme.
¿Por qué estoy tan andrajosa y descalza?
La sala triste, silenciosa y desierta. En la mesa, mis amigas las arañas, han tejido un delicado sudario que cubre las tazas caídas.
Amo todo esto, no siento el olor a encierro, ni me molestan los jarrones rotos. Mi figura parece multiplicarse en el espejo quebrado. Tengo que abrir los ventanales y todas las puertas, la luz canta un himno al despejar las tinieblas. Debo ponerme a trabajar enseguida. Ellos volverán cansados y hambrientos.
Este es mi lugar, mi reino. No es necesario tener muchos ingredientes para preparar una rica comida, sólo es imprescindible el amor... así solía decir mi madre. Qué curioso, de pronto descubro que no sé nada de ella. Algunas ideas locas quieren turbar esta hora de bonanza... Recuerdo unos versos que se traen una tristeza pertinaz como la hiedra...
"... el mes sin dioses ha llegado
furiosos vientos atormentan
mi corazón desprevenido.
No hay incienso, ni mirra
ni valioso sacrificio
que puedan impedir que
lo envuelva la tristeza..."
Pero no volveré a permitir que me suceda algo parecido. La escoba me espera en su lugar, voy a comenzar de una vez.
¿Habrán hecho lo mismo las residentas cuando volvieron a sus hogares destrozados y encontraron sus jardines, con inmensos pozos cavados por manos avariciosas...? Pero, ¿por qué estoy pensando en eso? Yo no soy igual a ellas, no he perdido a nadie... ni nada.
………………………………………………*
La noche se hace eterna, mi esposo ha fumado su último cigarrillo hace tiempo y sus suspiros y toses son los pocos sonidos conocidos que me acompañan en la vigilia tensa. Mis hijos han cerrado las puertas y trancado las aberturas, pero el fragor de los disparos, de los vuelos rasantes y de los cañonazos atraviesa las paredes y nos inmoviliza de miedo.
Mi compañero de toda la vida quiere tranquilizarme y trata de hilvanar unas ingenuas mentiras, finjo creerlas. Realmente no tenemos culpa de nada. No hicimos daño a nadie. El no tiene actuación política y su cargo es técnico... pero siento que somos odiados. A veces cuando salimos en el vehículo, pintado ostentosamente de rojo, mis vecinos, los que viven en los ranchos, clavan en nosotros sus miradas hambrientas y heladas.
Si supiera rezar inventaría una oración y también un nuevo dios. Sería el dios del olvido. Le pediría que borre de la memoria de toda esa gente, que ahora grita y festeja, la injusticia, los despojos que han sufrido durante tan largo tiempo. Me pasaría horas implorando para que todo su poder evite que recuerden nuestra indiferencia, nuestra felicidad egoísta. Quizás este dios, de imagen dorada y cubierto de piedras preciosas, sea el indicado para aplacar la furia y la venganza de los desheredados de siempre. De todas formas encenderé una vela en el cuarto de mis hijos... Pero ya no hay tiempo, están llegando, sus pasos llenan el jardín y la galería. Golpean impacientes y rompen los vidrios con las culatas de sus armas…… ………………………………………………*
.
Que pronto oscureció. La noche es cálida y el perfume de los jazmines se hace por momentos enervante. He limpiado lo que he podido y el fuego sagrado del hogar está encendido. Esperaré, tengo tiempo... mucho tiempo. Las llamas, que contemplo distraída, de pronto me recuerdan algo. Sí, ya sé, tenía que encender una vela para que se consuena delante de... ¿delante de quién?
.
De: Segundo Concurso Literario de Cuentos Cortos:
"Vueve Clicquot Ponsardin" (Asunción, 1986)
.
TERTULIA LITERARIA
.
(Todos los personajes de esta historia
son producto de la imaginación
calenturienta de la narradora)
.
He visto al pueblo invadido de amarillo y me pareció que las flores del lapacho se sentían relegadas, pero es mejor que no comente nada. Aparte de haber llegado tarde noto cierta tensión en el ambiente. Moraima me lanzó una mirada asesina ni bien entré y me indicó la silla más alejada. No voy a poder tomar notas porque aquí no llega la luz, pero no me importa ya que el tema de hoy, "Góngora y la construcción áurea", no me interesa demasiado.
El profesor Méndez está en uno de sus mejores días, su mirada brillante y apasionada parece estar contemplando bosques. Tiene un asombroso poder de abstracción, se olvida de todas las que, ávidas como vampiros, absorbemos los resplandores de su intelecto.
Pero pensándolo bien, algunas quieren algo más que su sabiduría. Por ejemplo Moraima, que trata de deslumbrarlo con su vestuario exótico. Hoy, a pesar del calor, tiene una túnica pesada que le deja un hombro descubierto. Larga hasta el suelo, oculta sus piernas demasiado delgadas. En realidad está muy bien conservada y así en la penumbra, parece mucho más joven. Se pintó un lunar en la mejilla y preparó los bocaditos de jamón predilectos del profesor, o sea un ataque a fondo. Pero creo que él está a salvo. Desciende de su nube tan sólo unos instantes para compartir el té con sus alumnas, se coloca una sonrisa multiuso, come con apetito y apenas presta atención a nuestros comentarios. Somos tan inferiores.
Los observo con atención, él está cada vez más consumido y Moraima, atendiéndolo, parece un ave rapaz revoloteando alrededor de su presa.
Ya terminó el recreo y volvemos para escuchar la segunda parte de la clase. Siempre, después de merendar, se corta ese hilo hipnótico con el que lo escuchamos. Sonia y Mabel comienzan a interrumpir y suelen hacer preguntas idiotas, y el broche de oro lo coloca Eugenia discutiendo sobre todo. Pero todavía no llegamos a ese punto.
Me distraigo mirando esta sala llena de trofeos sentimentales. Los tres maridos de Moraima, hace tiempo muertos, nos miran socarronamente desde sus retratos iluminados con delgados tubos fluorescentes. Ahora caigo en que es esa luz grisácea la que contribuye a la tristeza del ambiente. Afuera ya todo está oscuro y los vidrios del ventanal del fondo reflejan la sala. Siempre me intrigó esa parte de la casa. Imaginé que habría un parque bien cuidado o un jardín moderno, pero no pude comprobarlo hasta ahora.
Tengo mucho calor, me falta el aire y quisiera abrir aunque sea una parte de la ventana. Pero es mejor que no me levante, están todas muy concentradas.
Hubo cierto cambio en el rostro del profesor, perdió su palidez habitual y, si no me equivoco, sus dientes no sólo brillan más sino que se le han alargado.
A veces temo por su salud, lleva una vida tan insalubre... por las mañanas trabaja en el correo donde sella incansable los sobres que envían las solteronas a los consultorios sentimentales y los catálogos que reciben los comerciantes. Lamentablemente se reciben muy pocos telegramas en este pueblo. A mediodía almuerza apresuradamente en la pensión de doña Vitriolo y de ahí sale para sumergirse en la biblioteca municipal. Lee, lee y lee hasta que llega la hora de cerrar. Vuelve, cena un arenque y duerme hasta el día siguiente.
Emilia, la bibliotecaria, me contó que ya lleva leídos 378 libros. Al principio los solicitaba por ternas, pero como están clasificados por colores, optó por leerlos todos. Devoró "El Comercio Exterior del Japón", “Historia de la Filatelia en Guyana", "Los amores de Mesalina", "El Manual de la Perfecta Casada" y "Cómo bailar el Mambo en treinta lecciones", entre otros.
Es un erudito, cuando lo contratamos para nuestras reuniones tuvimos realmente un acierto.
Pero esta atmósfera pesada me hace divagar y hace rato que perdí el hilo de su exposición. Hay un detalle que no había advertido antes, hoy no trajo sus botas marrones. Tiene los pies desnudos, cubiertos por un vello espeso y negro muy diferente a los pocos cabellos rubios de su cabeza. Además las uñas de sus manos, pintadas de color turquesa, le quedan muy bien. Ninguna parece haberse dado cuenta de nada. Están como idiotizadas, se acercan demasiado a él, quieren tragárselo.
¡OH, SORPRESA! el profesor alza la voz, se saca los lentes y nos enfrenta con su barba de chivo recién estrenada. Se desviste y una corriente de impudor nos envuelve al contemplar su torso potente y sus patas de macho cabrío. Todas temblamos esperando que elija, pero nos desdeña y taconeando sobre sus pezuñas se dirige al ventanal, lo abre y corre a la floresta donde lo aguarda Sady, la ninfa más joven y hermosa.
.
De: Taller Cuento Breve, Cuentos de mayo y abril
(Asunción: Editorial Don Bosco, 1992. Dirección: Hugo Rodríguez Alcalá)
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Fuente: NARRATIVA PARAGUAYA DE AYER Y DE HOY TOMO II (M-Z)
Autora:
TERESA MÉNDEZ-FAITH ,
Intercontinental Editora, Asunción-Paraguay 1999.
De la página 441 a la 847.
Ilustraciones: CATITA ZELAYA EL-MASRI
Enlace a:
NARRATIVA PARAGUAYA DE AYER Y DE HOY - TOMO I (A-L)
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viernes, 5 de marzo de 2010

LITA PÉREZ CÁCERES - LA PASIÓN DE MIMÍ y LOS DOS JEFES / Fuente: CUENTOS DEL 47 Y DE LA DICTADURA

(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
.
INTERCONTINENTAL Editora,
Asunción-Paraguay 2008. 150 páginas.
Foto de tapa: Grupo de soldados pynandi (pies descalzos)
llegando a Asunción, revolución del año 1947
(Colección Carlos Pérez Cáceres)
**/**

LA PASIÓN DE MIMÍ
.
** Mimí era el nombre de guerra elegido por Mamerta Quiñónez, pupila de Fredesvinda Salas, propietaria de "El Pirata", renombrado prostíbulo de General Díaz y Hernandarias. Mimí no era la más linda ni la más codiciada de las chicas, pero se había hecho famosa por ser la preferida de Francisco Ledesma, el famoso "Pancho" Ledesma, cantor de tangos y guaranias que actuaba en los tugurios más conocidos y que hasta había conseguido un contrato para cantar en el famoso Bar "Victoria", frente al Puerto.
** Mimí adoraba a Pancho, le entregaba dinero, le cocinaba en sus días de franco y lo mimaba como si fuera hijo de residenta. Pancho correspondía a esa veneración con un gran porcentaje de fidelidad. Totalmente fiel no podía ser, se debía a su público, las mujeres se le ofrecían y él lucía su estampa de Carlos Gardel, repartiéndose en besos y lechos, en módicas porciones, porque no quería fallarle a Mimí.
** Se dejaba querer por ella y la quería también a su modo. Nunca hicieron planes, Mimí soñaba con una felicidad doméstica, pero guardaba esos sueños en secreto.
** Cuando, cansados del ejercicio del amor, acostados los dos en el cuarto del peringundín, Pancho le decía que lucharía por triunfar en los escenarios de Buenos Aires, ella lo apoyaba y contribuía a aumentar y a pintar con vívidos colores esos sueños de un porvenir de éxitos. Se veía como la compañera de Pancho, vestida de lamé y visón, sentada en la mesa de algún local famoso, aguardando a que él finalizara su actuación para volver juntos a un hotel muy chic. No le contaba a él lo que ella anhelaba, sabia mujer, no ignoraba que muchas de esas cosas asustan a los hombres más templados.
** Todos esos castillos en el aire se vinieron abajo con la revolución del 47. Una noche de fines de mayo, Pancho llegó al "Pirata" pálido, temblando; preguntó por Mimí y ella abandonó a un cliente para atenderlo.
** -¡Tenés que ayudarme, Mimí! ¡La policía me persigue! -suplicó casi llorando.
** -¿Qué lo que pasó?
** -Mi hermano es uno de los oficiales revolucionarios. La semana pasada me llegó un mensaje de él, que me envió con un conocido nuestro, de allá, de nuestro valle de Piquete kué.
** -¿Y después?
** -Ese tipo me entregó un paquete y me dio una carta de Eladio, mi hermano. Él me pidió que guarde el paquete bien escondido, en mi pieza. Y que no tenía que decir nada a nadie.
** -¿Por qué?
** -Yo no sé por qué, lo que tuve es suerte, porque cuando volvía, esta madrugada antes de llegar a mi pieza, me salió Antonia, una vecina, y me avisó que no vaya a mi casa porque estaba un policía esperando para llevarme preso. Me contó que habían llegado de noche, mientras yo actuaba, y que revisaron todo, que encontraron explosivos y me estaban buscando para que confiese. ¡Ah, mi hermano añá ray! ¡Me comprometió de balde, yo no me meto en política! Estarán por venir acá también, ¡ayudame!
** Mimí salió del cuartito con una llave y dinero.
** -Andate a mi casita de San Antonio, procuró ir caminando ahora mismo, no te tienen que ver llegar, por allí cualquier cara rara llama la atención. Procuró cruzar a Clorinda cuanto antes. Hay muchos que hacen el favor de pasar a los fugitivos por la noche, andate, tomá el camino menos conocido. Escondete de día y salí a buscar quien te pase, pero que sea de noche. Yo me voy a ir a verte cuando estés allá.
** ¡Pobre Mimí! Haciendo honor a su nombre, no le quedó otro remedio que sufrir. No pudo cumplir su promesa. La policía llegó media hora después de la partida de Pancho. Se la llevaron sin más trámites y como no delató a su amante fue entregada a la tropa de conscriptos para que la echaran en gorra. Ella sobrevivió.
** Después tuvo que cocinar y lavar la ropa de todos, servir como mujer por las noches para que los jefes desfogaran en su cuerpito debilitado, el miedo y el odio que sentían ante el arribo de las fuerzas rebeldes, el asco ante las torturas y las muertes en las que se veían envueltos.
** Mimí fue debilitándose, comenzó a toser y cuando el gobierno festejaba el triunfo de la institucionalidad, echaba sangre.
** Las palizas se hicieron más frecuentes y, pese al temor al contagio de su mbaasy poí (tuberculosis), siempre había algún necesitado que la usaba. Murió en diciembre, en una cama del Hospital de Clínicas, sola, abandonada.
** Pancho Ledesma logró escapar y hasta llegó a Buenos Aires, olvidó a Mimí y trabajó en todos los oficios imaginables para tener el consuelo de cantar en un bar del puerto de la capital porteña. Nadie lo aplaudía, su voz había perdido el encanto, el misterio, él había perdido las ganas, le faltaba la veneración de Mimí.
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LOS DOS JEFES
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** Tacuarillas era un pueblo de mala muerte ubicado muy cerca de la ribera del río Paraguay, verdadero paraíso de los contrabandistas que hacían allí sus negocios. En Tacuarillas tenía su almacén de ramos generales Críspulo Martínez. Para decir la verdad, el susodicho Críspulo siempre estaba crispado, de mal humor y sufría de una argelería congénita e incurable.
** Sus clientes pobres no se animaban a pedirle fiado antes de semblantearlo. Una señal de buen humor era encontrarlo sentado en el corredor del frente, aprovechando la sombra de un ingá, tomando tereré y charlando con su concubina, ña Tomasa. Si veían, en cambio, que don Críspulo recorría a grandes pasos ese mismo corredor, con mirada de furia y con el sombrero pirí muy calado..., sus sumisos clientes preferían esperar otro momento más propicio para entrar al negocio y solicitar un poco de yerba, de harina y de aceite con la promesa de pagar al día siguiente. Críspulo y ellos sabían que ese día podía no llegar.
** Cuando se desató la revolución del 47 el almacenero se enteró por unos embarcadizos de la lancha que traía mercado rías y corroboró la noticia con Vicente, marino que guardaba algún contrabando en el galpón que Críspulo mantenía cerrado con candado.
** Todos los vecinos conocían la ideología liberal del almacenero, quien se limitaba a criticar en voz baja, mascullando contra el gobierno. Una noche, en pleno mes de julio, una noche fría -envuelta en una niebla tan cerrada que impedía ver el contorno del caserío-, se escucharon gritos y tiros y corridas de la gente. Nadie salió a mirar, a nadie le importó saber qué pasaba o, más bien, prefirieron atortugarse, esconderse detrás de un caparazón de indiferencia para sobrevivir, así como habían sobrevivido siempre.
** La mañana del día siguiente fue igual a otras, el sol salió y barrió la niebla, el frío del ambiente retrasó la aparición de los madrugadores, pero al cabo de las 7 los primeros en asomarse vieron un destacamento de tres soldados parados frente a la puerta del boliche de Críspulo.
** El más osado, Rojas-tavy, así lo llamaban porque su esposa lo había hecho cornudo desde siempre y él no protestaba, llegó hasta el corredor del almacén.
** -Güen día....
** Los soldados lo enfrentaron y lo apuntaron con sus armas.
** -¡Eaa! Qué lo que pasa, yo vengo a comprar carbón nomás. En ese momento se oyó la voz de Críspulo, con un tono autoritario, que hasta ese momento sus valles nunca habían escuchado.
** -A ese déjenlo pasar, es de confianza.
** Lo primero que notó Rojas-tavy fue que el boliche se había transformado, en su mayor parte, en una oficina con una mesa y unos papeles sobre ella. Detrás del precario escritorio se sentaba Críspulo, tocado con una gorra de capitán o algo similar, y ensayaba a sellar algunos de los papeles que tenía a mano, mojando el sello en la almohadilla y posándolo luego rotundamente, sobre el papel, como un úkase.
** Al ver a Rojas-tauy acercarse al escritorio, Críspulo se levantó y dejó ver una cartuchera cargada con una pistola, que movió de su lugar, de un costado hacia el frente, corno para que Rojas la viera mejor.
** -¿Mbaéiko la ojehúva, don Críspulo? (¿Qué sucede, don Críspulo?)
** -Nada de don Críspulo, ahora soy el Jefe de Plaza de esta ciudad y todos están bajo mis órdenes. ¡Cambiaron, las cosas acá! ¡Ahora me van a conocer esos coloradotes!
** El flamante jefe se paseaba en el exiguo espacio de su boliche frotándose las manos, como si saboreara alguna venganza largo tiempo postergada. Rojas prefirió no decir nada y luego de pagar por un cuarto de yerba se retiró. El miedo no es sonso y había visto una chispa de locura en la mirada del antiguo almacenero.
** Durante el mandato de Críspulo se atropelló la casa del inspector de Impuestos Internos y se incendió un galpón que el hombre tenía en los fondos del patio. La víctima era un solterón que tuvo una disputa con el almacenero y éste aprovechó su jefatura para humillarlo. El inspector fue sacado en ropas menores a la calle y recibió varios cintarazos de parte de los soldados que actuaban bajo las órdenes de Críspulo. Al dueño de otro comercio rival de Críspulo se le obligó a no despachar nada, acusado de ser gubernista.
** Cuando se cumplió una semana de la dictadura de Críspulo, se recibieron noticias de que las tropas del gobierno, que defendían la dictadura de Morínigo, estaban triunfando en todos los frentes y que los revolú huían en desbandada. Críspulo no había querido creer las noticias desalentadoras que le había traído Emerenciana, una señora que le vendía velas de sebo que ella misma hacía. Emerenciana le contó que su nieta tuvo un pasmo porque en Emboscada, donde ella vivía, la niña fue hasta la lagunita para traer agua y vio cadáveres a su alrededor y el agua estaba teñida por la sangre de los muertos que flotaban.
** -¿Maa piko la o manóva? ¿Revolú teca pa gubernista? (¿Quiénes eran los muertos?, ¿revolucionarios o gubernistas?) ** Pese a su incredulidad, Críspulo cerró su almacén-despacho a cal y canto, luego ordenó a los soldados que se larguen. Él mismo comenzó a preparar su escape, el de Tomasa y el de sus hijos.
** Ante esto y enterada de lo sucedido, la gente pensó que sería una buena oportunidad para resarcirse de los desprecios y de las injusticias de Críspulo. Primero se arremolinaron en la calle a comentar las noticias que llegaban. Los ánimos se fueron caldeando, favorecidos por la caña que el rival comercial de Críspulo repartía generosamente. Antes del mediodía, la asamblea vecinal decidió saquear el negocio. Echaron abajo la puerta y, con ruidosos ¡pipus! se repartieron las mercaderías y destrozaron todo lo que pudieron. Ya muy borrachos, decidieron incendiar el local y casi lo lograron hasta que Juan Pirú, un líder colorado, los disuadió y se hizo cargo del negocio y de la vivienda que confiscó con la autoridad que le daba la victoria de su partido.
** Se supo, varios días después, que el fallido Jefe de Plaza se encontraba en la casa de su hermano, en una compañía muy alejada de Tacuarillas. Allí atormentaba con su argelería a sus parientes y a tanto llegó su pya’ro (amargura) que Tomasa tomó a sus hijos y se fue con viento fresco a buscar otro compañero. Desde entonces Críspulo usó todo el tiempo su sombrero, aquel que denotaba su mal humor en esos tiempos de Jefe de Plaza de Tacuarillas.
** La historia de Pedro de Mounier fue muy diferente. Abogado, muy simpático, gustaba de las mujeres, del trago y del juego, entretenimientos muy masculinos. Pedro era descendiente de un colono francés de aquella recordada colonia de Nueva Burdeos, hoy Villa Hayes. Él, gran gozador de la vida, habitaba la villa veraniega de Areguá con su familia, donde era muy apreciado por sus vecinos. ** Durante la guerra civil del 47 un destacamento de revolucionarios pasó también por Areguá, venció sin dificultades a los conscriptos de la comisaría y luego nombraron Jefe de Plaza al abogado Mounier.
** A decir verdad, a Pedro no le cayó muy bien la designación, pero pensó en la seguridad de su familia y prefirió no discutir, él no era ni opositor ni gubernista, él solo quería ser feliz y basta. ** Cuando se produjo el primer conflicto entre una viuda que defendía la honra de su hija contra la lascivia de su vecino, un militar retirado, el Jefe de Plaza, inaugurando lo de la prisión domiciliaria, dictaminó que el militar fuera a sacar piedras del Cerro Köi, durante todo el día. Al terminar la jornada de trabajos forzados, donde dejaba toda su energía, dormía solo en su casa, al cincuentón militar no le quedaban ganas de acosar a ninguna mujer.
** Pedro trató de llegar a un acuerdo con el cura párroco para evitar los conflictos innecesarios y hasta defendió a Niño Mora, el único hijo de madre viuda, Ña Tolentina, cuando los revolú quisieron obligarlo a militar en sus filas.
** El brillante argumento del abogado y Jefe de Plaza fue que el evidente estrabismo (era vizco) de Niño pondría en peligro a sus propios compañeros, porque apuntaría a un blanco pero le daría a otro y hasta podía matar a alguno de esos "héroes" que luchaban por la revolución.
** El Dr. Pedro de Mounier -los vecinos lo ascendieron inmediatamente a doctor cuando vieron que se convirtió en el mandamás de Areguá- trató de ser justo y equilibrado durante el breve tiempo en el que tuvo poder. No molestó a los colorados por el solo hecho de serlo y tampoco hizo gala de su poderío. Cuando todo volvió a la normalidad, o sea, cuando los colorados volvieron a mandar, Mounier también volvió feliz a su rutina y al amor de su familia. Pero antes festejó la paz en el Bar "San Carlos", rodeado de sus admiradores y favorecedores. La caña corrió en su justa medida, aunque muchos recuerdan que el Dr. Mounier regresó tambaleando a su hogar ubicado en la avenida principal.
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