Recomendados

Mostrando entradas con la etiqueta CHESTER SWANN. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta CHESTER SWANN. Mostrar todas las entradas

miércoles, 6 de octubre de 2010

CHESTER SWANN - DE CÓMO UN ALMA BIENAVENTURADA HUYÓ DEL PARAÍSO CELESTIAL (PRIMER PREMIO DEL VI CONCURSO CLUB CENTENARIO 2000)


DE CÓMO UN ALMA BIENAVENTURADA
HUYÓ DEL PARAÍSO CELESTIAL
(PRIMER PREMIO DEL VI CONCURSO CLUB CENTENARIO 2000)
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del

Tomadme por loco si queréis, mas no dudéis de las palabras de este  servidor. No me ofende  profesar  el  desvarío  ni  la poesía contenida en los sutiles suspiros insondables del cosmos  y que aún laten metafísicamente en mi interior.
La santa locura de lo místico me  impulsó  en vida  a la búsqueda de  lo absoluto, obcecándome neciamente en el mal llamado Sendero de la  Bienaventuranza.  Conseguí, tras negármelo todo a mí  mismo por la vida, trasponer las puertas del Paraíso tras mi desencarnación física, pero... ¡a qué precio, amigos!  Me autoflagelé con el  látigo de la templanza, me marginé con las alambradas espinosas  de  una falsa humildad, e inmolé los  goces de  la materia viviente,  en el ara hipócrita  de las virtudes farisaicas.  En  fin, me torturé ¿santamente?  Para poder tener  el dudoso privilegio de integrar la legión de los castísimos bienaventurados. Es decir, de los enemigos de la efímera alegría que endulza —de tanto en tanto y con menguada frecuencia— nuestra azarosa pasantía en el Valle de Lágrimas. 
No negaré la dicha que me produjo mi  ingreso  al  Empíreo tras  la  muerte física. Todo luz, todo claridad;  música angélica de galácticos instrumentos  y espirituales vo­ces de cristalino timbre... ¡al  punto  del hartazgo! La  mistérica y severa paternalidad del viejo  demiurgo Sabaoth nos inspiraba  más  temor  que amor.
Sus hieráticas huestes angélicas, de filosas y flamígeras espadas  y  candentes  alabardas,  no  me hacían sen­tir libre ni  filial hacia el Más Alto. 
Más  bien, sentíame  poseído   por   alguna  pesada  y  omnipotente  burocracia celestial,  si no alimento de ella o algo peor.  
Una perspectiva de eternidad en el paraíso llegó a hacérseme  insufrible hasta las heces. Ciertamente no padecía esas sensaciones corpóreas de sed, hambre, dolor, vacuidad o plenitud.
Tampoco experimentaba la cruda dureza de las expiaciones  a que me sometí en vida física  para poseer la corona de los Elegidos del Señor; pero cierto tufillo de decepción  y  tedio se extendió a lo largo, alto y ancho de mi alma inmortal  —sin cuerpo que la apri­sionara ni mente falaz que la tentase—  y lo luminoso fuese tornando gris y casi opacente, lo musical fue haciéndose ruidoso, lo laxo volvióse  tenso, cual  arco saetario de los Guardianes del Umbral.
En fin, la dicha inicial tornóse en aburrimiento grisáceo ad æternum.
Por otra parte, la inacción beatífica y las  reglamentarias ala­banzas corales al Más Alto, se tornaron irritante y lacayuna  rutina celestial. Sinceramente, no esperaba todo esto cuando anhelaba “la salva­ción eterna”. Como alma bienaventurada no disponía de opciones. Ni si­quiera un tour  por alguno de los purgatorios,  una expedición  explora­toria al submundo del Averno (¡ida y vuelta, por supuesto!) como el divino Dante Alighieri de la mano del poeta Virgilio; o visitas furtivas a la legendaria Gehena bíblica.
Debía, como todos, permanecer entre las almas castas y puras (ergo; aburridas e insulsas) que habían malgastado sus vidas físicas para llegar al  mítico Paraíso Celestial. Fue al darme cuenta de todo ello y razonar sobre lo que me aguardaba por los siglos de los siglos, que decidí meditar el modo de huir de la extrema diestra del Padre;  con todas las consecuencias que ello me deparase.
El Paraíso no tiene  murallas visibles, rejas  ni candados. Pero si difícil es vivir duramente —castigándose con  dolorososcilicios, amargas penitencias y vergonzosas meaculpas—  para ingresar en él,  imposible o poco menos es salir  de allí.
Siglo  tras siglo lo intentaba, mas nadie se daba por enterado de mi hastío y  urgentes deseos de evasión de la Patria Celestial. Ni tan siquiera los ángeles, arcángeles, querubines, serafines, tronos, potestades y archidones de la celestial cohorte jerárquica, redoblaron la férrea y administrativa vigilancia de las puertas intangibles y las inviolables fronteras celestes. Simplemente  me ignoraron  o quizá fingieran hacerlo.
Si por lo menos aquéllo  fuese el  tal “paraíso terrenal”, de sabrosos frutos y colorida  flora ubérrima,  tal vez  me sintiese más a mis anchas, como diría algún grosero marino gallego.  Pero en el universo dimensional de la no-forma, todo es espiritual, metafísico y puro  —tal vez para evitar nuevas incursiones fálicas de la tentadora sierpe de la sabiduría—, previendo el peligro de recaídas y ocultas subversiones con­tra la deidad altanera, feroz y omnipotente, ¡vaya uno a saber! Hasta hubiese deseado profesar el nihilismo  nietzscheano ―o el simple ejercicio de la duda― para ser juzgado por la celeste inquisición y expulsado nuevamente al mundo, o donde quiera que hubiese vida física y materia.
Naturalmente, la comunicación  con  el caluroso Hades era imposible. En cuanto a los limbos purgatorios, estaban  más cerca del mundo terrenal, pero alejados —en años-luz— de nosotros los espíritus bienaventurados  per sæcula sæculórum,  para desgracia mía.
Busqué la compañía de otros espíritus como yo, consumidos por el tedio eternal y cuya efímera existencia física se hubiese carac­terizado por el desapego y la negación de sí mismos. Es decir: santurro­nes, beatos, ciegos devotos del áspero fanatismo del cilicio penitencial y enemigos de la belleza, la alegría, la sabiduría filosófica y el excitante goce de la espe­culación intelectual.
De seguro, estarían tan arrepentidos como este servidor  de haber desperdiciado  sus sentidos y su vida terrenal e irrepetible, persiguiendo exageradas quimeras celestiales y escatológico cual dudoso cielo. Pensé que tal vez me comprendiesen y compartieran  mi hastío.
Encontré ¡oh, desdicha! un alma ¿luminosa?, que en vida fuera monje dominico; ascético, cruel, fanático, apasionado y algo  perverso, como salido de la delirante imaginación del marqués de  Sade.  Ganó éste, su  si­tial  paradisíaco delatando, juzgando y condenando a la hoguera a divertidos herejes, más devotos de la carne y el buen vino que de lo demoníaco o maligno.
Pero cuando supe que su nombre fue sinónimo de torquemadismo cruel, huí de su compañía como de  mortífera peste. ¡Hasta podría haber sido el mismísimo Fray Tomás de Torquemada!
Otra alma que  conocí en las alturas se me reveló como deten­tora, en su vida terrenal, de gloria y  poder  omnímodo como vicario del Señor. Pero sus muy tortuosos métodos de evangelización no gozaban de buena fama.  Habría sido Papa, con el nombre de Rodrigo Borja o Alejandro VI —quien tuvo hijos bastardos e incestuosos y sobrinos criminales—,  siendo él mismo, protervo y falaz. Quizá su tardío arrepentimiento lo trajo —aunque a tientas—  al Paraíso. Tampoco pude relacionarme con tal empedernido bellaco, que bien supiera de epicureísmo antes que de aristotelismo agustiniano ¿Recuerdan a ése, el de Hipona llamado Agustín?  Bueno, ése mismo.
Procuré conocer algunos lúcidos espíritus angélicos desconten­tos, como los que se sublevaran eones atrás contra el demiurgo y engro­saran las huestes subversivas de Luzbel, Lilith y Belial. Tal vez fuesen éstos más permeables —a las ideas libertarias que no libertinas que serpenteaban en mí— y me condujesen a secretos pasadizos de salida. No lo conseguí. Un ángel  de andrógino aspecto de nombre Anaël, casi delató mis pro­pósitos a la jerarquía. Todos los ángeles de dudosa o tibia fidelidad fueron exportados o deportados al Hades, junto con su caudillo rebelde; el luminoso  arcángel Luth Baal.
Los muchos que quedaron  en  el Empíreo eran fidelísimos y fanáticos vasallos del  Más Alto. Incluso éstos, reprobaron mis tí­midas insinuaciones acerca de una liberación.  Si no delataron mis intenciones, sería por la escasa importancia de un alma perdida en el océano beatífico, mas me sometieron a  discreta vigilancia para evitar la propagación de ideales contrarios a los imperantes en la Gloria Celestial.
Me incorporaron —medio forzadamente, justo es reconocerlo— a un coro de Elegidos, donde bien poco pude hacer para lograr mi meta. Hube de entonar salmos, elegías, misereres, alabanzas, oraciones, letanías, endechas, odas, loas, jaculatorias y aleluyas al demiurgo —pese a mi reluctancia a las exégesis gratuitas— sin disponer de tiempo libre para maquinar fugas imposibles. Todas las vías  estaban vedadas  a la evasión tan largamente anhelada.                    
La desesperación que me atenazaba aumentaba  en forma exponencial y geométrica, sin alivio ni respuesta. ¿No habré pretendido la gloria y, por causa de mi vanidad llevado a una suerte de infierno conceptual e incognoscible? No lo sé aún. Apenas tenía respiro entre un salmo y otro. Hasta deliraba creyendo ver desnudas Evas angelicales entre las numerosísimas legiones de almas luminosas que me rodeaban. Mi tensión experimentaba estados rayanos en lo esquizoide, sin alivio posible. Llegué a razonar que mi presencia en ese lugar era más bien producto de algún craso error burocrático de la Jerarquía, que de mi ya olvidada  piedad  terrenal.
Tampoco parecía notar descontento alguno entre las miríadas de espíritus  que me rodeaban hasta casi asfixiar mi angustia. Todos aparentaban estúpidamente eufóricos y horriblemente beatíficos, cual si estuviesen poseídos por alucinógenos alteradores de conciencia. Parecían éstos efectivamente gozar de su servilísimo sometimiento al demiurgo Sabaoth o Ialdabaoth; también conocido como Yah’Veh o simplemente El Señor, para quien en-tonábamos himnos  zalameros y alabatorios y alguno que otro ¡hurra!  cual militantes partidarios ultras,  beodos, retros y  desbocados de alcohol etílico.
Mi desazón continuaba  en ascenso; como los calenturientos deseos que me impulsaban hacia lo fisicarnal, febril e hiperbólico.
Si tuviese corazón acabaría éste por  estallarme de tensión,  sin duda. Llegué a pensar que mi presencia en el Empíreo fuese algo así como una especie de cópula contra natura.
¡No sabéis lo que implica sentirse sapo de otro pozo; como monja en burdel, Lenin en el Escorial; cardenal en el Kremlin o político paraguayo en Harvard! ¡Más desubicado, imposible!
En  vida física supe lo que era  rendir  culto  y fiel  devoción  de  lealtad a inmisericordes tiranos. Si bien, traté de mantenerme apartado de cortesanas pompas,  fui, en ejercicio del oficio clerical —alguna que otra vez—  impelido a besamanos y vasa­llaje y  hasta  a  humillantes  sesiones de Te Deums,  ofrecidos por el príncipe de turno,  agradeciendo a la divinidad por su totalitario poder. Mas, nada comparable a la seráfica y beatífica tiranía de un ser supremo  —o que por lo menos cree serlo—  aduladores y necios fanáticos  mediante.
He visto, en vida terrenal,  a legiones  de sacerdotes  y  purpurados  cometer sacrilegios que, a cualquier infeliz llevarían al patíbulo o la hoguera seglar. He sido testigo de deslices pecaminosos, de insospechables esposas del Señor, amparadas en el secreto de confesión y en su abolengo. Fui  conocedor   de crímenes y asonadas palaciegas en nombre de lo más sacro;  de incestos y aberraciones clericales y laicas, dignas de anatema. Hasta  he firmado bulas y condenas duras   —contra reales o supuestos herejes y relapsos— con lo cual, sobradamente me hubiese correspondido un sitial en el reino de Baal Z'ebuth o en las profundidades  visitadas por el divino Dante. ¡Pero ya era tarde entonces para arrepentirme de todo lo que no hice!
Y heme entonces en las alturas, en el coro de los escogidos,  maldiciendo el tedio  de la pura y  eternal  bienaventuranza de los corderos, o dicho mejor: carneros del Señor. Evidentemente, las Leyes Cósmicas deben tener algunas fallas u omisiones. Reconocí entre las innúmeras almas a tantos pecadores como virtuosos arrepentidos, sublimados por algún craso error del  solemnísimo  aparato de las pompas celestiales, quienes creen aún disfrutar del privilegio de su condición de supina ignorancia y beatitud  y, donde uno, no está seguro de cuál precede a cuál, ni de las supuestas virtudes  de ambas.  Sólo sé, que son mucho más felices los ignorantes o  mediocres que el sabio estoico y el filósofo, curtidos en el dolor y la duda: esa madre sufrida del saber.
¿Qué cómo logré finalmente huir de la bienaventuranza ce­lestial?   Bueno, amigos míos. Me enteré por  infidencias de un  espíritu  pobre  de solemnidad —uno de esos bobos que aspiran a heredar el reino—, de que un grupo de querubes de  inferior jerarquía entre los fieles legionarios divinos, partiría al mundo material en misión de agentes provocadoress,  para tratar de conquistar almas para el demiurgo. ¡Es que los luciferinos cose­chaban conciencias que daba pánico! El demiurgo, Yahvéh-Ialdabaoth —también conocido como el innombrable, Altísimo, Bendito o en griego Tetragrammatón  (Tetragrammatwn, el de los cuatro grafemas)—, es celoso y terrible cuando de almas y  teolatría se trata, y no toleraba disidencias a su culto.
Me ofrecí como fiel voluntario para reencarnar en la Tierra. Si bien, no las tenía todas conmigo y ciertos vigi­lantes dudaban de mis propósitos, logré eludir  los rígidos controles de las alturas siendo  admitido a dicha misión proselitista.
Sólo faltaban unos trámites de personalización acerca de los seres cuya identidad asumiríamos en el llamado “Valle de Lágrimas”, para partir luego a renacer  en el cuerpo de un futuro predicador fundamentalista neotestamentario de fustigante lengua, dudosa moral y  apocalíptica verborragia. ¡Lo que fuese con tal de abandonar el Paraíso!
¿Se darían cuenta de mis intenciones? Es probable que sí, pues el demiurgo es casi omnisciente y era muy probable que adivinara mis sentimientos.
Pero yo estaba seguro de que mi presencia en el Empíreo estaba demás.  Amo demasiado la libertad para gozar  de la celestial prisión y de sometimiento alguno a nadie que no fuese mi propia conciencia.
Mas, para que mi plan saliera bien, era preciso asumir mi calidad de evadido del Reino de los Cielos. Sería  eternamente proscrito, sin acceso a los avernos ni regreso posible al Paraíso celestial. Mi nombre sería puesto en anatema y borrado para siempre de los angélicos registros.
Me tornaría maldito como el mítico Caín, como el legendario Judío Errante, como Baruch de Spinoza, Voltaire, Nietzsche o como las derruidas murallas de Jericó y Jerusalén. Hube de sopesar todas las mínimas posibilidades y asumir las consecuencias de mis afanes libertarios.
Al final, me decidí por la libertad. ¡Y heme aquí, en este planeta, entre vosotros;  condenado por siempre a vivir, morir, renacer  y  re-morir, volviendo a  renacer y a recontra-morir  hasta el final de los tiempos! 
Mas  les puedo asegurar que ha valido la pena.  Nada como el libre albedrío de elegir entre la razón y la sinrazón; entre la esclavitud áurea, o la  subterránea  libertad; entre la implacable justicia y la hipócrita caridad;  entre  ser cínico  fariseo o vil publicano, virgen o Magdalena, opulento o miserable. ¡Todas las vidas y pasares me estarán eternamente permitidos! Hasta podré  ejecutar  los doce trabajos de Hércules e incluso, ejercer el oficio de pecador impenitente o santo irredento, sin temores de ultratumba ¡total, ya estuve allí!  Tiempo es lo que me sobra. 
Han marcado mi frente con el estigma de Caín, por lo que nada ni nadie podrá hacerme daño jamás. ¡Y no se imaginan ustedes las ganas de vivir y la famelitud de sensaciones que llevo conmigo! 
¡Alcáncenme  una guitarra, una copa de vino generoso y que prosiga la fiesta!.



 
Visite la GALERÍA DE LETRAS
del PORTALGUARANI.COM
Amplio resumen de autores y obras
de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.

lunes, 26 de abril de 2010

CHESTER SWANN - ¿QUÉ LE PASARÁ A MI GENTE? (ELOGIO A LOS DESPIERTOS) / Fuente: LAS VOCES DE LA MEMORIA - TOMO II Autor y ©: MARIO RUBÉN ÁLVAREZ


¿QUÉ LE PASARÁ A MI GENTE?
ELOGIO A LOS DESPIERTOS
Letra: CHESTER SWANN
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )


.
En 1986 la dictadura stronista ardía en represiones. No había llegado aún la militancia pero el ruido de sus botas era inconfundible. En el Hospital de Clínicas, con CARLOS FILIZZOLA a la cabeza, la resistencia a la opresión era la receta de cada día. Los médicos y paramédicos habían ido mucho más alla del juramento hipocrático de defender la vida física de las personas para luchar también por uno de sus componentes esenciales, la libertad.
Después de años de terror y barbarie, Stroessner se enfrentaba a una creciente ola de ciudadanos deseosos de poner fin a la extensa noche de la patria. La Asamblea de la Civilidad era uno de los espacios donde diversos sectores sociales y políticos aunaban su inteligencia, su coraje y su capacidad de acción para enfrentar a los esbirros de la oscuridad. Las movilizaciones eran el arma escogida como estrategia de combate.
Esta historia de la resistencia dinámica impresionó a CHESTER SWAN -seudónimo de CELSO AURELIO BRIZUELA, nacido el 28 de julio de 1942 en Charará, llamada hoy Eugenio A. Garay, del Departamento del Guairá-, artista de larga militancia contra la tiranía. El diseñador gráfico, músico y compositor vinculado al rock y, en general a la música contemporánea de raíz urbana, advertía que el largo silencio y el ominoso tiempo de las genuflexiones estaba empezando a desmoronarse.
Las luchas no eran ajenas a la experiencia vital del creador. Muy niño, en su valle, había sido testigo, luego de la guerra civil del '47, de la intolerancia colorada que saqueó el almacén de "ramos generales" de sus padres. Su papá, el Teniente Primero SERVIÁN BRIZUELA, febrerista, jefe de enlace de los revolucionarios, en Itapúa, se refugió en la Argentina. Su familia, pasando por Encarnación, ancló en Posadas primero y después en Apóstoles, Misiones, Argentina.
BRIZUELA, movido por el afán de liberar a su pueblo a toda costa, se embarcó en el MOVIMIENTO 14 DE MAYO. El guerrillero cayó en manos de sus enemigos. Su destino fue la prisión militar de Peña Hermosa. De aquí, usando las artes adquiridas en el camino, huyó. La Argentina fue de nuevo su paradero.
Mientras tanto, con un progenitor indomable, para el joven Celso, que había vuelto al Paraguay en la década del '50, las cosas se complicaron. Vivía en la semiclandestinidad. Por razones de supervivencia, se vio obligado a disfrazar su nombre. Escogió CHESTER, que se le parece a Celso, fonéticamente. Y SWAN, que en inglés quiere decir "cisne", en homenaje a SHAKESPEARE, "el cisne de Stratford-upon-Avon".
En 1986, ya músico hecho y derecho, compuso ¿QUÉ LE PASARÁ A MI GENTE? Los primeros en escucharla fueron los integrantes del GRUPO ÑAMANDÚ que hacían con él un taller de música en Luque. Fueron, precisamente, RICARDO FLECHA, CHONDI PAREDES y sus compañeros de entonces, los que estrenaron esta obra en el Festival MANDU’ARÂ. "Es un ritmo polkeado, con síncopa", dice Chester al catalogar su trabajo, para agregar que hay una fusión rítmica de la polka y el candombe africano.
A pesar de los años transcurridos desde su creación, la obra sigue teniendo una vital actualidad.
Fuente: el autor, CHESTER SWAN.

¿QUÉ LE PASARÁ A MI GENTE?
¿Qué le pasará a mi gente, que la noto diferente,
sacudiéndose el sopor?
Hoy la siento más consciente, como mirando de frente
sin asomos de temor.
¿Qué le pasará a mi gente?
¿Qué le pasará a mi gente, que alza el puño de repente,
desafiándole al dolor?
Hoy la veo más cambiada. No soporta las "tragadas"
ni la cara del traidor.
¿Qué le pasará a mi gente?

¿Qué le pasará a mi gente, que se inquieta fácilmente,
ante el ajeno dolor?
Y se muestra solidaria con la masa proletaria
sin importarle el color.
¿Qué le pasará a mi gente?

¿Qué le pasará a mi gente, que hoy por hoy,
últimamente, le reza al Cristo del Amor?
Redescubre la decencia, luego de la decadencia
del sentido del honor.
¿Qué le pasará a mi gente?

¿Qué le pasará a mi gente? ¡Yergue de nuevo su frente
tras larga genuflexión!
Ya no cree en las mentiras de "patrióticos mesías"
y otros héroes de cartón.
¿Qué le pasará a mi gente?
¿Qué le pasará a mi gente....?
.
Letra y música: Chester Swann
.
HISTORIAS DE CANCIONES
POPULARES PARAGUAYAS
Edición del autor y Julián Navarro Vera
Dibujo y diseño de tapa: GOIRIZ
Editora Litocolor S.R.L.
Asunción-Paraguay 2009.
.
Visite la GALERÍA DE LETRAS
del PORTALGUARANI.COM
Amplio resumen de autores y obras
de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.

lunes, 22 de marzo de 2010

CHESTER SWANN - EL JAGUAR Y EL CAZADOR (Cuento) / Fuente: CORREO SEMANAL del diario ÚLTIMA HORA del día Sábado, 6 de febrero de 2010.


Autor: CHESTER SWANN
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

EL JAGUAR Y EL CAZADOR

.

Kwälapöngi, el cazador nivaklé, olfateó a Köz'Jaät el jaguar. Preparó su arco y su más afilada saeta - ya previamente bendecida por el chamán- , para enfrentar a la astuta fiera cuyas carnes podrían, además de alimentar a él y a su tribu, proporcionarles la astucia y el valor de las que hacía gala en sus rampantes correrías. Kwälapöngi no tenía miedo del astuto felino Köz'Jaät. Más bien respeto y, hasta si se quiere, admiración.

¡Tantas veces lo había visto - por los viboreantes senderos y cañadones- lucir su lasciva musculatura y elástica silueta, en pos de esquiva caza! No. No sentía miedo; pero así tampoco podía evitar que su corazón guerrero tamborileara, cual los telúricos parches de las sagradas cajas que hacían vibrar el vientre de la noche ritual del Chaco Boreal.

Köz'Jaät olfateó con felina impaciencia al esquivo y casquivano viento. P'alha'ä: el-hombre-que-mata-de-lejos, estaba cerca. El inconfundible aroma de sudor y algarrobo lo delataba. "- Si lo llego a cazar - pensó con su astuta lógica- he de adquirir el coraje y la sabiduría de los bípedos-del-brazo-que-vuela-y-mata, mas no debo dejar que me sorprenda.

"Volvió a agitar sus sensibles belfos para asegurarse de la ominosa presencia de su ancestral enemigo disponiéndose a la lucha.

Sabía que P'alha'ä - además de astucia e inteligencia- disponía de armas para prolongar el largo de su brazo y además, de certeza mortal. Pero también estaba seguro de su increíble fuerza y agilidad. En esto aventajaba al cazador y de su astucia dependería que sorprendiese a éste antes de darle oportunidad de arrojar su letal venablo de caña y alecrín templado a fuego y paciencia durante las luengas noches de fogata, chicha, algarrobos e instintos básicos adormecidos.

Kwälapöngi y Köz'Jaät ya se presentían próximos uno del otro, aunque no se divisaran aún. Tensos estaban ambos - como las cuerdas cósmicas que entretejen a las galaxias- , con las fibras musculares a punto de estallar en fragmentos meteóricos.

Su primigenio universo selvático íbase contrayendo, como tratando de absorber a ambos guerreros en sus fauces. Giraban sin pausa por los espinosos cañadones tratando de huir del soplo delator en paroxística danza, como enamorados de la muerte, quien se quedaría con el que se dejase sorprender primero... o con ambos quizá.

La distancia - que los separaba y unía a la vez- disminuía ostentosamente, mientras su alocada coreografía acechante seguía sin pausa entre jadeos, sudores, espasmos y latidos. La microcósmica danza los aproximaba al instante supremo en que uno caería en los brazos o garras del otro inexorablemente. Llegó el punto en que ninguno rehuiría la batalla, ni su destino. La ósmosis los uniría en una suprema comunión alimentaria, en que ambos guerreros se conjugarían en un solo cuerpo y alma. En suma: la ley de la naturaleza en su máxima expresión.

De pronto, como presintiendo el desenlace de tan singular combate, el astuto Köz'Jaät, con un pavoroso salto, ascendió ágilmente a las ramas de un robusto algarrobo. Las alturas son inmejorables para ver sin ser vistos y atacar por sorpresa. Especialmente si el adversario dispone de las extrañas armas arrojadizas que burlan la distancia, y buscan el corazón contrario con filosa decisión y mortífera precisión.

Kwälapöngi ya tenía su aserrada flecha calzada entre el arco y la cuerda. No dudaba de la proximidad de su adversario, ni de la posibilidad de ser, él mismo, presa de su digno oponente. La suerte estaba echada en el lúdico y letal microcosmos chaqueño.

El cazador nivaklé se detuvo un momento para vivisectar el espacio que lo circundaba. Sabía... o presentía que Köz'Jaät acechaba lo suficientemente cerca, aunque no estaba a tiro de ojos. Se apoyó de espaldas en un tronco de algarrobo para evitar ser atacado por retaguardia, mientras tensaba la cuerda del arco. La espinosa y rala vegetación del cañadón le impedía maniobrar con su larga flecha, por lo que debía ser harto precavido. El tiempo se detuvo en una elongada e implacable eternidad de instantes sucesivos, durante el prodigioso salto con que el astuto Köz'Jaät se proyectó sobre él.

Ambos se confundieron en una única materia carnal-espiritual. En un abrazo ritual agónico y protovital. El nivaklé apenas pudo alzar la punta de su saeta al sentir la ominosa sombra caer a raudales sobre su empenachada, testa ornada de viriles atributos plumarios con que proclamaba su viril condición de cazador-guerrero.

Tras varios días de búsqueda, los demás cazadores de la tribu de Kwälapöngi hallaron sus restos, devorados por insectos y buitres junto al esqueleto de un gran jaguar cuyas fauces abiertas tenían una larga flecha, aún no disparada, clavada accidentalmente en su boca y cuya punta llegaba casi hasta donde latieran sus entrañas.

Cuentan los abuelos nivaklé que los inquietos espíritus del cazador y el del jaguar juegan eternamente su alocada danza ritual en los celestiales pagos de Yinkä'öp, tratando de alcanzarse el uno al otro, y así seguirán hasta el final de los tiempos, entrecruzándose inmaterialmente, sin poderse herir jamás, pues se merecen el uno al otro por su valor y pocos valientes escapan del eterno juego del acecho mutuo.

(*) DEL LIBRO NUEVE CUENTOS NUEVOS , ALFAGUARA, 2009. 2º Premio del Concurso Charles Dickens de Cuento Breve 2005.

La esencia del mito en este cuento. Los protagonistas: un cazador nivaklé y su huidiza presa.

Fuente: CORREO SEMANAL del diario ÚLTIMA HORA del día Sábado, 6 de febrero de 2010.

sábado, 23 de enero de 2010

EL EFECTO TARTINI Autor: CHESTER SWANN / Segundo Premio Concurso de Cuentos "ELENA AMMATUNA" 2009


EL EFECTO TARTINI
Seudónimo: PHILANDER MELOT
Segundo Premio Concurso de Cuentos
"ELENA AMMATUNA" 2009
Autor:
CHESTER SWANN
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
.
** Nada es más cara para este servidor que la música instrumental, compuesta y ejecutada por grandes maestros del violín, que han trazado surcos profundos en la historia de la música barroca. Lamentablemente nunca he podido oír los "Trinos del Diablo" interpretada por su propio autor. Primero, por una razón de contemporaneidad, y, también porque en su tiempo no existían registros sonoros -ni siquiera en anacrónica pasta de 78 rpm- que pudieran aliviar mi extemporánea curiosidad insatisfecha. Sólo sus inmortales partituras escritas lo han sobrevivido. Pero... ¿De qué le valdrían a un lego en cuestiones musicales?
** Conocía esa dramática y electrizante música, por haberla escuchado muchas veces -en grabaciones, claro está- a través de grandes intérpretes contemporáneos, como Henri Temianka, Jascha Heifetz, Isaac Stern, Yitzak Perlmann, Pinchas Zuckermann y otros maestros que no recuerdo ahora; incluso con el in-comparable brillo tímbrico de un auténtico Stradivarius del siglo XVII.
** Y con más sinrazón fui capaz de desear con esa vehemencia casi demente oír esos trinos de las manos del autor, aunque casi cuatro siglos me separaban del barroco Tartini; algo que la razón mía -quizá no ajena a un capricho personal-, se negaba a admitir.
** Noche tras noche, en medio de mis duermevelas febriles, imaginaba a un violinista ensombrecido, velado por mis delirios de entre sueños, interpretar esa prodigiosa pieza de dificultad técnica, insalvable para mis torpes ma-nos. Aunque seguía conservando la perspicacia auditiva repiqueteando en mi mente, casi de memoria. Ni supe si el mismísimo ángel caído me tentaba -con esos deseos casi furibundos de derribar las invisibles murallas del tiempo- para estar con mi adorado Tartini y con la locura creadora que lo inspiró entonces.
** Pero esa locura iba siendo mía. Mía hasta los huesos... hasta el corazón. Me estaba poseyendo en forma obsesiva, al punto de mantenerme semidespierto en largas noches, en las que imaginaba al inmortal violinista ejecutando su pieza con esa destreza magistral que debió tener en vida.
** Los trémolos, cadencias, scherzos y vibratos venían hacia mí -melómano impenitente y músico frustrado devenido en vendedor de seguros-, como incitándome a abandonar mi corporeidad soñolienta para atravesar las barreras espacio-temporales que me separaban del genial compositor e intérprete.
** Realmente, pese a mis delirios de entresueños, ignoraba hasta qué punto podían producirse esas maravillosas ondas sonoras que me envolvían hasta arrastrarme más allá de la locura... desde un modesto gramófono portátil. Mas tampoco intentaba salir de esa obsesión que me inundaba, día tras día, noche tras noche sin solución de continuidad.
** Así pasaron dos años, mientras decaía el interés por mi trabajo al punto de ponerme al borde del despido por bajo rendimiento. Decidí hacer un esfuerzo para superarlo y tornar a mi profesión con ahínco a fin de recuperar la lucidez a fuerza de redoblar mis actividades... y olvidar a Tartini y sus "Trinos del Diablo". '¡Ah! ¡Pero es más fácil escalar hasta la luna en bicicleta, de acuerdo con los resultados de mis experiencias! Al menos para un melómano empedernido y músico fracasado... como yo.
** Cuando parecía que me estaba librando de esas cadenas demenciales de la diabólica música de Tartini, fue que sucedió aquello.
** Tras haber recuperado la confianza de la empresa para la que trabajaba, decidí mudarme a otro barrio, quizá pensando que el cambio de aire y de vecindario obraría balsámicamente en mí. Pero la obsesión de oír al propio Tartini proseguía -aún sabiendo yo que tal cosa era tan imposible como contemplar mis propias orejas sin espejos. Cierto día, una suerte de voluntad "ajena" a mí me condujo hasta... un apartado montepío asunceno.
** Realmente no supe qué haría allí una vez que entré, ante la mirada desconfiada del dependiente. Tal vez éste estaba acostumbrado a que los parroquianos llevaran consigo algún aparato o prenda a empeñar ¡qué sé yo! Pero apenas hube puesto pie en el negocio, mis ojos fueron hacia un viejo estuche de violín que ornaba equívocamente el cambalache aquél.
** Una voz, a la que no reconocí como mía, salió de mi boca para preguntar por el instrumento que, con toda seguridad contendría el estuche de marras, bastante deteriorado por otra parte.
** -Cien mil guaraníes, con el violín -dijo disimulando un bostezo el dependiente-. Pero probablemente el instrumento necesite algunos arreglos como verá usted. Y, veo que el estuche está un poco ajado, pero con un buen artesano...
** Así diciendo bajó el estuche y me lo presentó sobre el astroso mostrador, que seguramente también imploraba un lustre restaurador que le devolviera pretéritas glorias.
** Abrí con mal disimulada ansiedad el estuche y, efectivamente, guardaba en su interior un viejo violín sin cuerdas y con el arco carente de crin, pero aún intacto y lustroso. No me pareció nada caro el precio y lo aboné sin regateos. Pareciera que una fuerza misteriosa me empujaba y guiaba con mando a distancia, por lo que apresuradamente abandoné el montepío sin estar aún seguro de mis propias intenciones.
** Recién en mi casa pude explorar el instrumento con más detenimiento y... ¡era un Stradivarius legítimo fechado en 1607, que debería valer al menos un millón y medio de dólares, en Sotheby's o en cualquier rematadora londinense de postín!
** La impresión me dejó patitieso y aletargado por un par de horas, hasta que decidí mandar restaurar el arco y encordar el dichoso violín que, quisiera creer, de manera misteriosa llegó a mis manos. Tal vez la ignorancia del vendedor o del rematador público que lo hizo llegar como vulgar cachivache al montepío tuvieran algo que ver. Pero "alguien" me había empujado para sacarlo de allí. Y ese alguien seguía poseyendo mi voluntad. En ese momento me percaté de que me estaba convirtiendo en otra persona, con todo y fuera de voluntad.
** Resolví guardar el secreto, mandando restaurar estuche y arco y tomar luego clases de música, con el afán inconfeso de hacer sonar ese maravilloso instrumento que por alguna fortuita razón llegara a mis manos. Entonces dediqué mi tiempo libre a un conservatorio, costoso pero práctico.
** La primera etapa de teoría y solfeo -acompañada de un conocido método de aprendizaje rápido japonés-, me facilitaron la asimilación de los secretos del instrumento. Mantuve en íntimo secreto la posesión de ese tesoro artesanal, cual si en ello me fuera la vida. Pero valió la pena.
** Antes de un año ya podía hacerlo sonar con cierta torpeza, pero con sentimiento casi sobrenatural. Para mí, modesto vendedor de seguros, estaba claro que no lograría ser un concertino ni mucho menos; pero estaba decidido a ser el más destacado dilettante del conservatorio, costase lo que costase.
** Al segundo año ya los maestros se fijaban en mi peculiar manera de ejecutar el pequeño Stradivarius, aunque sin saber que lo era... y auténtico. De todos modos, en mi casa me pasaba largas horas, robadas al sueño, ejecutando difíciles partituras sin acceder al pedido de mis maestros de dar alguno que otro concierto con mis condiscípulos en algún teatro corno solían acostumbrar.
** Rehusé hacerlo, más que nada porque sólo quería tocar para mí mismo. Para experimentar ese divino éxtasis de quien ama al arte por el arte. No por lo pecuniario, ni por la fama fugaz de un músico de salón. Febrilmente practicaba con la tozudez y tenacidad de quien se sabe dueño de un poderoso secreto alquímico que transmuta lo basto en algo precioso... y esa ajena voluntad seguía allí, poseyéndome, aunque no a pesar mío. Pero las consecuencias de tal entrega desenfrenada a mi nueva afición no dejarían de hacerse sentir.
** A los tres años de estudios, la falta de sueño y la mezquina alimentación que me dispensaba a destiempo, fueron haciendo estragos en mí al punto de ser despedido por abandonar mis tareas de vendedor de seguros y descuidar mi aspecto personal. Pero nada me importaba ya, sino seguir insistiendo en buscar las huellas de Tartini hasta en mis escasos períodos de sueños entrecortados y vigilias entredormidas.
** Una noche en que cabeceaba -agotado y al borde del colapso físico- en mi modesta sala en un diván raído, el propio Tartini pareció materializarse en la pared, viniendo hacia mí con una sonrisa sarcástica, ofreciéndome su propio instrumento en tanto que mi ingrávido cuerpo se iba desmaterializando mientras iba a su encuentro... hasta que me sentí preso en un tiempo congelado mientras interpretaba los "Trinos del Diablo" en un maravilloso Stradivarius con una habilidad sobrehumana... y ya no quise despertar de ese maravilloso sueño.
** Algunas sombras difusas y grises, que de tanto en tanto acuden donde estoy ahora, me cuentan de un tal Martini, vendedor de seguros, que mora al otro lado del tiempo entre la lucidez y la locura. Cuentan que es un melómano dilettante y adora la música barroca... pero era incapaz de tomar un arco o pulsar una cuerda malamente afinada, aunque insistía tercamente en hacerlo sin descanso, ajetreando viejas partituras noche tras noche, con un Stradivarius auténtico que adquiriera a precio de ganga.
** Me río de todo ello, mientras ejecuto infatigablemente esa melodía interminable, con el aureolado lauro de la locura ciñendo mi frente. Ahora, esa voluntad a la que creía ajena, me pertenece... y para siempre.
Fuente: PREMIO “ELENA AMMATUNA” DE CUENTO CORTO 2009 (3ª EDICIÓN). De esta edición © Lazos de Cultura Elena Ammatuna © Arandurã Editorial. Asunción-Paraguay, 2009