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sábado, 27 de noviembre de 2010

AUGUSTO ROA BASTOS - VIGILIA DEL ALMIRANTE (NOVELA) - Introducción: LOS TRES NARRADORES DE LA VIGILIA - ANTONIO CARMONA / Editorial SERVILIBRO, 2008.



VIGILIA DEL ALMIRANTE
Novela de
COLECCIÓN ROA BASTOS Nº 6
© HEREDEROS DE AUGUSTO ROA BASTOS
Editorial SERVILIBRO
25 de Mayo Esq. México
Telefax: (595-21) 444 770
Plaza Uruguaya, Asunción - Paraguay
Dirección editorial: Vidalia Sánchez
Glosario: Antonio Carmona
Diseño de tapa : Bertha Jerusewich
Diagramación : Mirta Roa Mascheroni
Corrección: Augusto González
Edición: 2.000 Ejemplares
Asunción, noviembre de 2008
Hecho el depósito que marca la ley N° 1328/98
Asunción - Paraguay,
Noviembre de 2008 (346 páginas)


CONTRATAPA: Esta es una obra polifónica donde se entrecruzan el héroe y el antihéroe, el medioevo y el modernismo, la cristiandad y la apetencia del oro, el poder y el no poder, la violencia y la ternura, el amor y el odio, la miseria y la gloria enclavados eternamente sobre los maderos de la dialéctica. En fin, la historia del hombre de siempre, escrito con una maestría poética extraordinaria.
La novela aparentemente se desarrolla, en la mayor parte, en los días previos al descubrimiento en los que Colón es acosado por la desesperación y el temor a la muerte de sus marinos amotinados. Es como si en este corto tiempo se concentrara toda la vida vivida y por vivir de este marino hecho por la sola tenacidad de estar absolutamente cierto de ser el ser providencial que ha de descubrir la nueva ruta. Es como si la proximidad de la muerte lo volviera traslúcido a interpretar los enigmas de su propia vida. El pasado y el futuro se confunden y se entrelazan en un solo torbellino capaz de arrastrarlo al fondo del mar o a la cúspide de la gloria o a la del infortunio.


Voy perdiendo mi ser mientras me voy humanando.
Guyravera, Chamán guaraní



NOTA DEL AUTOR
Éste es un relato de ficción impura, o mixta, oscilante entre la realidad de la fábula y la fábula de la historia. Su visión y cosmovisión son las de un "mestizo de dos mundos", de dos historias que se contradicen y se niegan. Es por tanto una obra heterodoxa, ahistórica, acaso anti-histórica, anti-maniquea, lejos de la parodia y del pastiche, del anatema y de la hagiografía.
Quiere este texto recuperarla carnadura del hombre común, oscuramente genial, que produjo sin saberlo, sin proponérselo, sin presentirlo siquiera, el mayor acontecimiento cosmográfico y cultural registrado en dos milenios de historia de la humanidad. Este hombre enigmático, tozudo, desmemoriado, para todo lo que no fuera su obsesión, nos dejó su ausencia, su olvido. La historia le robó su nombre. Necesitó quinientos años para nacer como mito.
Podemos contar en lengua de hoy su historia adivinada; una de las tantas de posible invención sobre el puñado de sombra vagamente humana que quedó del Almirante; imaginar su presencia en presente; o mejor aún, en el no tiempo, libremente, con amor-odio filial, con humor, con ironía, con el desenfado cimarrón del criollo, cuyo estigma virtual son la huella del parricidio y del incesto, su idolatría del poder, su heredada vocación etnocida y colonial, su alma dúplice.
Tanto las coincidencias como las discordancias, los anacronismos, inexactitudes y transgresiones con relación a los textos canónicos, son deliberados pero no arbitrarios ni caprichosos. Para la ficción no hay textos establecidos
Después de todo, un autor de historias fingidas escribe el libro que quiere leer y que no encuentra en ninguna parte; ese libro que sólo puede leer una vez en el momento en que lo escribe, ese libro que casi siempre no oculta sino un trasfondo secreto de su propia vida; el libro irrepetible que surge, cada vez, en el punto exacto de confluencia entre la experiencia individual y la colectiva, en la piedra de toque de un personaje arquetípico.
Es su solo derecho. Su relativa justificación.
A. R. B.


Estoy ausente porque soy el narrador.
Sólo el relato es real.
Tú eres el que escribe y es escrito.

El libro de las preguntas
Edmond Jabés



INTRODUCCIÓN
LOS TRES NARRADORES DE LA VIGILIA
Tres son los narradores que nos cuentan la "VIGILIA DEL ALMIRANTE": el mismo CRISTÓBAL COLÓN, en primera persona, narrando las peripecias del viaje, desde que le surgió el sueño de llegar a "LAS INDIAS", juntando datos y cartas de navegación: el narrador, AUGUSTO ROA BASTOS, que convoca a algunos testigos para historiar la historia no oficial del descubrimiento, "el mayor acontecimiento cosmográfico y cultural registrado en dos milenios de historia de la humanidad"; y los cronistas de Indias.
Roa nos da el indicio en las Partes I, Cuenta el Almirante, VIII, Cuentan los cronistas, y X, Cuenta el narrador. El lector podrá descubrir que hay tres formas de narrar, tres hablas diferentes que corresponden a las diferentes voces de los que cuentan: la de Colón, que utiliza ciertas formas sintácticas y muchos términos de la época; la de los cronistas que es más contemporánea, aunque mechada con el estilo de algunos de los historiadores que contaron la historia de aquellos tiempos, principalmente Fray Bartolomé de las Casas, "amigo y biógrafo" de Colón; y, por último, la del narrador, actual y muy desenfadada, combinada con diálogos de gran sentido irónico, haciendo referencias a personajes de nuestra época.
Así que el lector tendrá que acostumbrarse a saltar de tiempos y de hablas, en un apasionante ejercicio de descubrimiento de nuestra lengua, como de contraste de la historia; desde las visiones antiguas de los primeros narradores, miradas desde el viejo mundo hacia la "magia" del nuevo que les maravilla y desconcierta, hasta las interpretaciones de nuestro tiempo, miradas críticas desde el actual nuevo mundo hacia la salvaje conquista en los salvajes parajes del nuevo mundo, con la cruz y la espada aliadas y contrapuestas.
Roa le hace decir a Colón: "Hay miles y miles de millones de estrellas en el cielo de la noche. Algo quieren decir, algo dicen, en un lenguaje desconocido e indescifrable. Es el libro más inmenso que se ha escrito desde la creación."
De la misma manera, él reúne los millones de signos que hay en la constelación de una lengua, los millones de hablas que cuentan una misma historia, en este caso la del Almirante y la del parto que surgió de ese alucinante viaje, de esa pesadilla despierta que hizo redonda la tierra y "descubrió" y "encubrió", en las propias palabras de Roa, el "nuevo mundo".
Tal vez sólo en "Yo El Supremo", Roa logra la multiplicación de voces y de historias para contar una sola historia. Sólo que en "Vigilia del Almirante" el relato parece sólo uno por su fascinante continuidad, por la naturalidad de los cambios de narraciones y de voces.
Atrapados en un océano de sargazos pestilentes, las carabelas y los tripulantes observan atónitos a los pájaros que vuelan hacia atrás, a mitad de camino, en una simbólica imagen de la relación entre dos mundos que se acercan y nunca terminan de juntarse. Colón y Roa se unen a todas las otras voces y nos cuentan la apasionante historia de un viaje que transformó y trastocó la historia de la humanidad.



PARTE I
CUENTA EL ALMIRANTE
Toda la tarde se oyeron pasar pájaros. Se los oía gritar roncamente entre los jirones de niebla. Contra la mancha roja del poniente se los podía ver entreverados en oscuro remolino volando hacia atrás para engañar al viento. Cruzan nubes bajas cargadas de agua, oliendo a muela podrida de mal tiempo. El mar de hojas color de oro verde cantárida se espesa en torno a tres cascarones desvelados y los empuja hacia atrás, a contracorriente.
De pronto ha cesado el viento. El cerco de los pájaros sigue pasando siempre de cola al revés, mancha luminosa enganchada a la desaparecida luz solar. A veces el arco se descompone en dos rayas oscuras formando el número siete como un rasgón en la sombra del tiempo, en el astroso trasero del cielo. Luego los pájaros desaparecen.
El mar se mueve apenas bajo el pesado mar de hierbas. Ni una brizna de viento y las naves al garete desde hace tres días, varadas en medio del oscuro colchón de vegetales en putrefacción. El mar en su calma mortal se ha convertido en estercolero de plantas acuáticas. Nadie puede calcular la extensión, la densidad, la profundidad de esta inmensa capa fósil de materia viviente. La fatalidad ha levantado este segundo mar encima del otro para cortarnos dos veces el camino. Su imaginación es capaz de inventar a cada paso nuevas dificultades. No van a amilanarme. Voy tan seguro de mí, tan centrada el alma en su eje, que no puedo detenerme a pensar lo peor donde otros imaginan que ya se están hundiendo. Siempre hay un camino mientras existe un pequeño deseo de delirio. Llevo encendida en mí la candela lejana.
Los hombres contemplan aplastados el mar de algas montado sobre el mar de fondo. Desde el castillo de popa les grito: "¡Mirad el cielo!... ¡Pasan pájaros!..." Nadie se mueve ni oye nada, salvo el cólico de la cólera revolviéndose en sus estómagos. Ni el vuelo de los pájaros ni el inmenso islote mucilaginoso que nos cerca, señal segura de costas cercanas, avientan su miedo. Creen que trato de seguir alucinándolos con embelecos. Sacar voces desde el vientre. Sonidos, fuegos fatuos, centellas voladoras, agujas de marear fijadas con una oblea de cera indicando falsas derrotas. Cuenta falsa de leguas, cada día reducida a la mitad. No pararemos de retroceder hasta llegar a cero.
El espacio infinito ha empezado a poner sus huevos en el ánimo de la gente. Hay que aliviar su angustia. Sé lo que les pasa a estos hombres. No es gente de mar. En su mayor parte es carne de presidio, frutos de horca caídos fuera de lugar, fuera de estación. Lloran como niños cuando se sienten destetados de lo conocido. Hay que engañarlos para su bien con la leche del buen juicio. Infelices don nadies que se han lanzado contra su voluntad a descubrir un mundo que no saben si existe.
A falta de acción, la angustia está ahí, áspera y turbia, potente como un cuchillo. La acción es el efecto de la angustia y la suprime. Si no hay acción la muerte es inexorable. Los desorejados y desnarigados son los que más la sienten, la oyen y la huelen. Su mutilación tiene para ellos el peso de la tierra y del mar. Es inútil que el ciego quiera ver el sol. Tengo la sensación de que la sangre, no las lágrimas, les corre de los ojos y se les desliza por fuera sobre la piel.
Las cosas no son como las vemos y sentimos sino como queremos que sean vistas, sentidas y hechas. No hay engaño en el engaño sino verdad que desea ocultar su nombre. O como lo dice finamente en latín mi amigo Pedro Mártir: el innato e inextirpable instinto humano de querer ocultar siempre algo de la verdad. Sólo mirándolas del revés se ven bien las cosas de este mundo, diría después con gracia el Gracián. Sólo avanzando hacia atrás se puede llegar al futuro. El tiempo también es esférico. No se debe deleznar lo deleznable.
Viene el maestre Juan de la Cosa, ex propietario del galeón gallego que nos aposenta. Trae cara de pocos amigos. Voltea la inmensa melena hacia las algas y me interpela con un gesto, "¿Y ahora qué?", echándome a la cara su aliento almizclado. No querrá usted, le digo, que despellejemos a mano las cortaderas del mar. Más fácil sería raparle a usted su pilosa corona. Tampoco hay viento y si viene va a caer fiero. Vea, don Juan, ahora no podemos avanzar ni volver. Ya no podemos elegir. Aquí acamparemos hasta el día del Juicio Final. Lo dicho. Ocupe su puesto. Coma usted ese plancton hasta hartarse si tiene hambre. Fíjese usted, qué abundancia. Es alimenticio. Cuide su ex barco y su propio pellejo que también pronto dejará de pertenecerle. Se va el contramaestre inflando joroba de humillado. Lanza de paso sin dirección, sin intención, una pedorreta torva e indignada. Pero es a mí a quien viene dirigido el cuesco de retrocarga en medio de la pestilencia general.
Cierra de golpe la noche. Noche noche, sin cielo, sin estrellas. En la oscuridad se ven brillar en los ojos de los amotinados el miedo, la condenación, el odio. Duras sombras petrificadas sus siluetas. El vuelo de las aves no hace más que erizar la rebelión a contrapelo. Alguien ríe fuerte y barbota: ¡Sí... pájaros que vuelan arreculados por la tormenta! ¡Y nosotros, peor que ellos!... ¡Arreculados por un orate hacia la muerte!...
Razón le sobra al barbián. Vamos hacia atrás, al revés, empujados por la vasta pradera flotante en la que desovan anguilas enormes como serpientes. Se ven en la penumbra los racimos de huevos rojos como ascuas, los reptiles entrelazados en una inmensa cabellera de Medusa. Troncos de guaduas y de palmeras flotan a la deriva. No seria extraño que un bosque de bambúes y palmas reales creciera de pronto en la isla gelatinosa remedando un oasis. Las aletas triangulares de algún tiburón rayan la superficie del mar óseo. Ni el más mísero soplo de viento que reanime las velas y barra el hedor que nos ahoga.
Estamos entrando en el futuro de espaldas, a reculones. Y así nos va. En los últimos tres días no hemos hecho más que veinte leguas en un día natural y otro artificial. Desde que topamos con el infinito prado maloliente, hemos retrocedido otras diez leguas en diez días artificiales contados de sol a sol y otros diez días naturales contados de mediodía a mediodía. Hay que sumar a ellos los siete días y noches naturales en los que las naves están clavadas en su propia sombra sobre el pudridero. Desde la Isla de Hierro hasta aquí, antes de encallar en el tremedal de los sargazos, hemos navegado veinte y siete días. Pese al retraso hemos ganado sin embargo dos tercios de día de calendario. Tal vez no alcancemos a ver otra salida de sol. Los tres cuartos de día que hemos adelantado merced a los serviciales alisios, al rumbo rectísimo marcado por el Piloto, de nada nos servirán. El mar de hierba está anclado en las naves, al acecho para tragarnos.
En este viaje no cuentan meses ni años, leguas ni desengaños, días naturales ni artificiales. Un solo día hecho de innumerables días no basta para finar un viaje de imposible fin. La mitad de la noche es demasiado larga. Cinco siglos son demasiado cortos para saber si hemos llegado. Acorde con la inmovilidad de las naves, con el ansia mortal de nuestras ánimas, habría que contar las singladuras por milenios. La mitad de uno me bastaría para salir del anonimato.
He traído los títulos de don, de almirante, de visorrey, de adelantado, de gobernador general. Soy el primer grande extranjero de España. Fuera de España, naturalmente. Aun cuando los títulos sean falsos o estén en suspenso. En estos páramos infinitos no significan nada. Son la zanahoria colgada delante del hocico del jamelgo.
Me los darán cuando descubra las tierras. Si no las descubro tendré que comerme los títulos y las algas.
No he salido aún del anonimato. No he salido aún de la placenta capitular. No soy hasta ahora más que el feto de un descubridor encerrado en una botella. Nadie la arrojará al mar sin orillas. Nadie recogerá el mensaje. Nadie lo entendería por excesivo, por insignificante. He entrado en otro anonimato mayor. Antesala del anonimato absoluto. Sin embargo esas tierras están ahí, al alcance de las manos. Las agujas no mienten. Los moribundos tampoco. El Piloto no pudo mentirme cuando ya se moría. Salvo que la vida y la muerte sean una sola mentira.
Con la cabeza sobre mi almohada de agonizante, en la desconchada habitación de mi eremitorio en Valladolid, contemplo con ojos de ahogado este viaje al infinito que resume todos mis viajes, mi destino de noches y días en peregrinación. Es una luz sesgada, comida de sombras, como la del caleidoscopio del signore Vittorio, en la escuelita de Nervi. O la luz que no da luz como la candela lejana. Lo real y lo irreal cambian continuamente de lugar. Por momentos se mezclan y engañan. Nos vuelven seres ficticios que creen que no lo son. Recordar es retroceder, desnacer, meter la cabeza en el útero materno, a contravida.
El giro circular del tiempo transcurre a contratiempo. La rotación de los años tenuemente retrocede. El universo es divisible en grados de latitudes y longitudes, de cero a lo peor. Es infinito porque es circular. Gira sobre sí mismo dando la sensación de que recula. Pero sólo su sombra es la que vemos retroceder. Rotaciones entrelazadas en las que los polos del mundo se besan las espaldas. Los pájaros volando hacia atrás, el Mar de los sargazos remontando a contracorriente de los alisios, ponen su rúbrica por lo alto y por lo bajo en este general retroceso. El mundo da muchas vueltas. Tendremos que esperar el giro de una vuelta completa.
En estos casos no sirve de mucho recordar. El pasado remonta sobre sí mismo y da al ánima, a la memoria, incluso al estado cadavérico del cuerpo, la menguada ilusión de una resurrección. Así resucitan de sus muertes diarias hacia el ocaso las personas provectas. Les ilusiona ver morir al sol más débil, menos longevo y memorioso que sus viejas existencias, obsesionadas por la idea de sobrevivirse un día más.
Junto a mí está el desnarigado Juan Zumbado, el chinchorrero. Le han cortado la nariz por robo de unos pocos maravedís. Tiene por lo menos 70 años. Se le mueve sobre la testa rapada una capa de piojos duros, apretados y prensados como chinches. Se rasca la cabeza, olvidado de sí. Sus movimientos están congelados. Es una congelación de la médula, una entera falta de circulación de la vida. Ya está muerto el chinchorrero. Pero él cree que sigue estando vivo porque recuerda su vida pasada en el vertiginoso turbión de imágenes igual al que ve brotar de su propia asfixia el que se va ahogando. No hablo yo de las muertes idiotas de todo el mundo. Estoy hablando de un sufrimiento frío y sin imágenes como el que recorre el bastón de hierro que me atraviesa y me sostiene.
Hago girar el globo de Behaim que sigue punto por punto las indicaciones de la carta y del mapa de Toscanelli. Don Martín y don Paolo parecen haberse puesto de acuerdo. La ruta del Piloto es la misma, salvo algunos nombres distintos que no serían de lengua china sino de algunos dialectos regionales. La única diferencia inquietante entre las indicaciones del florentino y las del Piloto es la distancia. Éste habla de 750 leguas al poniente de las Islas Afortunadas. La carta de Toscanelli, de 1000 leguas. Hay una línea rectísima, la del Trópico de Cáncer, en 24 grados de latitud norte. Están marcadas, primero, las Antyllas. Luego, las Siete Ciudades, fundadas por los obispos navegantes. Aparece también esa misteriosa isla del Brasil que algún portugués metió de contrabando en esas cartas del tiempo de Lepe. Luego el archipiélago de las Once Mil Vírgenes, atravesado por el Piloto y sus náufragos, en la entrada de las Indias, a 750 leguas de las Canarias. El rumbo exacto marcado por el Piloto. La diferencia de 200 a 300 leguas puede ser un error de cálculo de este último.
Más al oeste, la enorme isla de Cipango, y más al oeste todavía, ya en plena China, la tierra firme de Cathay en la cual señorea el Gran Khan, Rey de Reyes. Allá los templos y las casas reales tienen tejados de oro. Cuarta al sudlesteueste, las ciudades de Mangi, Quinsai y Zaitón, todas las cuales están descritas en los libros de Marco Polo. Es como si ahora las estuviera yo viendo palpitar a lo lejos.
Estudio la carta del cielo. Hay eclipse. El sol está en Libra y la luna en Ariete. Hubiera preferido que estuvieran en Gémino y en Virgo. Estamos atravesando los últimos fuegos del equinoccio. A través de estos fuegos, en el hemisferio norte, los irlandeses hacen pasar a los animales y hombres estériles. A veces recobran éstos su potencia genésica o mueren de espantosas calenturas.
A nosotros nos está reservada la conflagración glacial, el fuego funeral, al otro lado del mundo. ¿No es la mejor prueba de que la tierra en cierto modo es redonda? No tan redonda sin embargo. Más parecida a una pera que a una naranja. Al seno de una mujer, precisó discretamente Plinio el Viejo antes de caer, presa de su insaciable curiosidad de lo natural, en el cráter del Vesubio, hijo hermafrodita de Vulcano, llamado el Mulo herculano.
Sus deyecciones devolvieron, siglos después, una de las sandalias de Plinio. El cuero convertido en pesado bronce. La otra, en forma de un pie de piedra. El pie de Plinio, tallado en cinabrio por el fuego, con el pulgar y el índice torcidos hacía arriba, formando la V de la victoria. Magra devolución de lo que fue un grande hombre. En lugar de las sandalias mineralizadas hubiera sido mejor que el Mulo hubiese devuelto algunas circunvoluciones del privilegiado cerebro; aunque no fueran más que los testículos del naturalista, vaciados en oro. En la entraña del oro siempre hay fuego. El oro mismo es fuego. El ascua luminosa del mediodía transforma el mercurio del sol en oro central. Su nadir, la miseria y la muerte.
En el útero en llamas de la bestia vulcana, perennemente en celo, brama el fuego central. Ya quisiera para mí esa tumba y esa lápida para retornar al calidum innatum, ya que no he de tenerlas en los abismos del mar. El fuego está en todas partes. Como cocinero en un barco negrero de Guinea he visto salir fuego del estómago de ciertos pájaros al abrirlos en canal. Y esos que están volando hacia atrás sobre el mar de Sargazos despiden una fina estela de humo tornasolado que sale por sus picos mientras reculan velozmente a la vez luminosos y oscuros. Un arco de saetas que vuelven a la cuerda del arco que las disparó.


PARTE II
CUESTIONES NÁUTICAS
La Estrella Polar se oculta tras la bruma. No aparece en el limbo del astrolabio. Escondida en la trituración nebulosa que empareja el alba con la noche, no me deja tomar la altura. No la contemplaré más. En este punto del hemisferio, la Polar no deja ver ya su luz astral. Otras constelaciones la han reemplazado. Sólo muestra una mancha vagamente luminosa entre la alidada y las tablillas de cobre de las pínulas. La nebulosa de Andrómeda me hace un guiño furtivo. Ah, si tuviera con ella una hija le pondría su nombre sobre la pila bautismal. La irritable y hermosa Casiopea de ojos verdosos y rubia cabellera me vuelve la espalda de dibujo perfecto, la comba de sus mórbidas nalgas, su perfil de medalla. En otro tiempo, coqueteaba conmigo. Allá ella. Sólo siento nostalgia de la Estrella Polar. La "tramontana" no es el punto refulgente sobre el Ártico en torno al cual gira el eje del cielo, como se cree. La Polar tiene su propio eje y vive en su propio cielo. Y cuando sale de su casa cierra todas sus puertas.
En parte alguna del mundo la noche y el día son exactamente iguales. Para mí, en todo tiempo y lugar, la noche es más inmensa que el día. La parte en sombras del cosmos es la medianoche primordial. Se agranda sin pausa a medida que el universo se expande. El pensamiento no puede recorrerlo en toda su extensión porque el universo no tiene extensión. Es infinitísimo. Sólo Dios puede rodearlo con sus brazos puesto que fue El quien lo creó.
En mis tiempos de grumete, espiaba la aparición de la Estrella Polar sobre el horizonte. La contemplaba a través de un agujero hecho en mi gorro dé hule por el defecto de un ojo que se me dañó y cambió de color a raíz de un lance de corsarios en Túnez. En el último cuarto de la noche, cuando la aurora comienza a ahuyentar los astros y la luz diurna barre las luminarias nocturnas, ella sube más alto aún, hasta 15° sobre el horizonte. Íngrima y sola, reina soberana del alba, antes de dar su lugar a Venus, la de los brazos quebrados y sexo resplandeciente, ornado de vello galáctico.
Con el gorro sobre la cara la contemplaba por el agujero y notaba que había cambiado de lugar, que estaba aún más hermosa. Siempre por encima del horizonte. Su brillo matutino tiene el color azulado del hielo. Me sentía lleno de adoración por ella. Me llamaban el "estrellero loco". Y la verdad es que sigo siendo un lunático de las estrellas y llegaré sin duda a ser un cuerdo estrellado. No alcanzaré sin embargo a ser sepultado bajo la Cruz del Sur con el epitafio, elegido por mí: "Está aquí el peregrino. / Equivocó el camino..."
Hay miles y miles de millones de estrellas en el cielo de la noche. Algo quieren decir, algo dicen, en un lenguaje desconocido e indescifrable. Es el libro más inmenso que se ha escrito desde la creación. Es el Libro verdaderamente sagrado pues lo escribió el mismo Dios. Las palabras de las estrellas están claramente impresas en el firmamento. Acaso mi nombre está escrito en una constelación invisible todavía. Alguna vez levantaré la vista y leeré la palabra.
La calor aprieta. La Polar, invisible, habrá subido por lo menos a 30°. En Sevilla, en este tiempo, se elevará a 36°. En los bosques se oye cantar al ruiseñor. Es la época en que las antiguas Hespérides hacían su agosto. Ya no existen los famosos jardines en los que el rey Héspero cultivaba sus manzanas de oro. Hércules arrancó los manzanos después de dar muerte a los siete grifones que los custodiaban, cumpliendo el undécimo trabajo. A las manzanas de oro sucedieron los malatos como frutos de castigo, caídos de las Escrituras.
Leprosos celtíberos iban en peregrinación a curarse a los fabulosos reinos del rey Héspero, miles de años antes de que se abriera en los campos del norte la estela de Santiago Apóstol. Había que verlos degollar a las tortugas gigantes bañándose con el torrente de su sangre. Millares y millares de esos galápagos antediluvianos dormitan entre los arrecifes calientes como si no hicieran más que aguardar el sacrificio purificador de los lázaros. Regresarán éstos, curados, portando grandes carapachos como petos y sombreros del mejor carey del mundo. He visto a curas y hasta a canónigos de Huelva, de Cádiz y de Córdoba, llevar tejas inmensas fabricadas con este material que refracta el sol sobre sus cabezas en aureolas tornasoladas. Ya les traeré yo tejas de oro.
Una indicación preciosa del Piloto. Me dijo que en estas latitudes, cuando la Osa Mayor se esconde bajo el polo ártico, las Guardas se ponen en el cielo de los caribes. El Piloto entendió caníbales. Gracias a este saber, dijo, mis hombres se salvaron de ser devorados en la isla donde ellos viven en medio de montículos de esqueletos y calaveras. Utilizan los cráneos como escudillas y adornan con ellos sus chozas. Son bravos y decididos, dijo. Tienen colmillos de tigres. No son monstruos. Son seres lunares, hermosos como tigres que han dejado de ser hombres, decía el Piloto con los ojos cerrados. Huyen dando alaridos al primer tiro de mosquetes y lombardas. El olor de la pólvora es para ellos el olor de la muerte. Siniestros (obsceni) llamó el poeta Virgilio a estos seres bestiales comparándolos con las Harpías del Hades, comedoras de niños. En una aldea de antropófagos, en Zambia, vi hasta qué punto de crueldad pueden llegar estos tenebrosos comedores de carne humana.
No puedo medir la altura pero tampoco las horas. La clepsidra y el reloj de arena marcan dos tiempos diferentes. Esto desde que zarpamos de La Gomera donde La Pinta tuvo que detenerse para remediar la rotura del timón. Hubo que cambiar las velas latinas y hacerlas redondas. Al zarpar de la Isla de Hierro la Santa María perdió un ancla y hubimos de reforzar los calafates. Desde la partida de Palos la nao capitana hacía agua. Claramente delatóse la mano de los saboteadores.
La navegación ha comenzado con mal pie. Tal un vapor de invisibles miasmas, sobre las carabelas flota el enojo de la gente de Palos aún aquí, a setecientas leguas. Ese embrujo desparrama en el aire un olor de impureza y catástrofe. Armadores, comerciantes, marineros y el mismo pueblo de las rúas y puertos no pudieron soportar en silencio la humillación de la sentencia real. Les puso sangre en el ojo el mandato de los Reyes que les ha obligado a entregarme los navíos y a contribuir con pesadas cargas al aparejo de la escuadra en pago de la deuda de tributos que la ciudad tiene atrasada con la Corona.
La provisión real ordenó a la letra: "Vos mandamos que tengáis aderezadas y puestas a punto las dichas carabelas armadas, antes de treinta días cabales, como sois obligados por esta sentencia, y las pongáis a disposición del Almirante de toda la armada que abrirá camino por la mar océana hacia las Yndias Orientales..." Luego, la puntilla aleve al pundonor palermo: "Bien sabéis como por algunas cosas hechas y cometidas por vosotros en deservicio nuestro, fuisteis condenados a nos servir dos meses con dichos navíos, armados a vuestra costa y expensas..."
La inquina de palenses y portuenses contra mí subió al punto rojo de una rebelión Fuenteovejuna. Temía yo que pudiesen asesinarme en cualquier momento en alguna oscura callejuela. Desde un balcón, una noche ventosa, me arrojaron flores. Las flores cayeron sobre mí con su pesado tiesto de mármol. Por poco me deja sin sesos. Sólo alcanzó a descalabrarme el pie gotoso.
En el puerto de Palos, en el puerto de Santa María, en Sevilla, en Huelva y en Cádiz, se hallaba siempre reunida una multitud vociferante. Como cien años después sucederá en las villas forales de Castilla, palermos, onubenses, porteños, gaditanos, sanluqueños y hasta vizcaínos han levantado en cadena varios alzamientos comuneros en defensa de sus fueros. Lo que en tierra andaluza y en pleno Medioevo resulta un poco desaforado. Y yo soy el chivo expiatorio.
Bañado de rojo y amarillo subía yo a mi propia nave capitana, en medio de rechiflas e insultos cada vez más soeces. Tiroteábanme con huevos y hortalizas y hasta con piedras. Debo a los hermanos Pinzón, a los Niño, a Juan de la Cosa, que la armada haya podido partir. Ellos mismos se encargaron lo formar la tripulación y hasta de la compra de bastimentos y lo armas.
Martín Alonso Pinzón, además de proveer su propia carabela, aportó un lote de treinta fogueados marineros paleños que le obedecen como a su patrón absoluto. No bastaban. El Martín Alonso persuadió al gobernador de Sevilla para liberar a setenta presos, de los que abarrotaban las cárceles de la provincia. Trajo veinte asesinos condenados a la horca. El mismo los eligió entre los más vigorosos y de condenas más largas. Únicamente no pudo enganchar a los prisioneros de Dios, condenados al fuego por los Tribunales de la Inquisición.
Hay varios desorejados y desnarigados por penas menores. Esas mutilaciones mutilan la disciplina en las naves. ¿Puede una nao capitana navegar desorejada, desnarigada?
"Irán encerrados -le dijo el Martín Alonso al gobernador- en una cárcel flotante más segura que ésta de piedra. El mar infinito atará su cadena a estos forzados. Si no encontramos las tierras que al genovés se le antoja que va a descubrir, los condenados volverán a sus celdas, a sus duelos y quebrantos, a su novia de dos palos. Por un tiempo ahorrará usted su comida, la pestilencia de sus personas".
El propio Martín Alonso y sus dos hermanos se alistaron on la expedición contra el clamor de sus familias y del populacho. No lo han hecho seguramente por la sola virtud de la generosidad. La ambición ha movido a los siete capitanes a someterse a mis órdenes. La codicia del oro, mi experiencia de navegante que ninguno de ellos puede emular, el mandato y el apoyo real que ninguno de ellos ha podido conseguir, son los acicates que los han reducido a no ser más que obedientes marineros de una empresa descubridora que a ellos les parece imposible.
Lo imposible no existe. Lo imposible no es sino la cadena de posibles que no ha empezado a cumplirse todavía. Después, lo que sucede es lo que nadie ha esperado, me sopló fray Juan Pérez a través de la rejilla del confesionario cuando le referí bajo puridad de sacramento el secreto que me confió el Piloto.  ¡Cuánta verdad mi querido amigo, mi venerado confesor! Y fray Antonio de Marchena a quien también revelé el secreto bajo sigilo de sacramento: A veces lo que se encuentra es lo que no se buscaba, hijo mío, musitó el fraile astrólogo. Nada de esto empecé a que los sueños se cumplan. Con la fe en Dios, hay que guardar siempre encendido un poco de delirio en lo más secreto del corazón. ¡Gracias, fray Juan, gracias, fray Antonio! ¡Qué bien me habéis comprendido!... Sólo existe lo posible. Mi posible no me abandonará jamás.
Acaso les debo a mis capitanes el éxito en la formación de la armada. Ahora se rebelan porque no encontramos las Indias. Pero si las encontramos también se rebelarán y me traicionarán. La ambición horada las piedras y las conciencias. Entretanto son acreedores a mi transitoria gratitud. Lo que no impedirá que los trate con mano de hierro. Sobre todo a este tunante de Martín Alonso Pinzón. Se cree el patrón absoluto de la empresa. Va como capitán de La Pinta y lleva a Cristóbal Quintero como contramaestre. La Niña, propiedad de Juan Niño, en la que éste va de contramaestre, lleva como capitán a Vicente Yáñez, hermano mellizo de Martín, y a los siete hermanos Niño. Peralonso Niño es muy niño todavía. Va como en una cuna. Con lo que la carabela niña más se parece a un buque-escuela de párvulos que al bajel de una escuadra descubridora con tripulación carcelaria.
Lo malo no es esto. Lo malo es la caterva de gente proterva que los Pinzones me han metido en los barcos. Hombres de no fiar ni confiar en un tomín. Los tengo en la alcuza del ojo. Hube de aceptarlo todo con tal de hacerme a la mar. A falta de otra cosa, por lo menos tienen buenos brazos, caras patibularias, siniestros corazones. Después de todo no son más que hombres. Y el hombre es la substancia más maleable y deleznable que existe. Depende de lo que se haga con ellos en una situación determinada. Los héroes se diferencian muy poco de los criminales. A veces éstos son más héroes y los héroes más criminales.
He guardado como escudero y mozo de cámara a Bartolomé Torres, el asesino del pregonero de Palos.
Esmirriado, patizambo, contrahecho. Cara y voz de eunuco. Vi en sus ojos la lumbre de la lealtad y del humor andaluces. Estos son permanentes, raciales, connaturales. Una cuchillada de sangre puede ser casual. No es el hombre el asesino sino el demonio que le habita. Y si el demonio es hembra, dos veces peor.
-¿Quieres ser mi escudero? - preguntéle.
- ¡Para eso he nacido, Señor Almirante! - dijo al punto con una voz que le salía de cualquier parte menos por la boca torcida de labios leporinos.
-Harás en la nao el trabajo del pregonero que asesinaste. Pagarás así tu crimen - le espeté clavándole los ojos.
-No hubo malicia, Señor Almirante - dijo echando los suyos al suelo-. Fue por un asunto de mujeres...
-No te he preguntado nada -cortéle para siempre al cuitado su propensión a las cuitas personales-. De aquí a aquí... -tracé una distancia imprecisable, infranqueable, de superior a inferior. El arco de la mano proyectó su ariete contra la boca confianzuda.
-¡Arredro vaya! -dijo en un silbo respetuoso la desencuadernada persona escupiendo en un chorro de sangre el único diente que le quedaba.
-De ti depende que el nudo corredizo no te ciña el pescuezo.
-Lo que su merced mande, Señor Almirante. Yo, a sus órdenes, derecho y arrecho como un palo, sabe usté, de la mejor madera... -murmuró cabizbajo royéndose los dedos cubiertos de verrugas y tiñéndolas de sangre como si fuera reventándolas una por una.
-¿Crees en Dios, Nuestro Señor?
-¡Como en el sol que nos alumbra, Señor Almirante! -dijo desde el milagro interior que le iluminaba el rostro corrugado. -No alumbra hoy el sol que dices.
-Nuestro Señor Dios tampoco se nos muestra todos los días de guardar. ¡Por El estoy vivo y El me ha puesto al servicio de su merced!
Le hice pregonero de la nao capitana. Si ahora le matan no será por un asunto de mujeres. Canta las horas, canta las leguas, cuida la arena del reloj, el agua del hidrante, lava mis llagas, me trae el caldo de almejas, prepara como un experto herbolario la emulsión de licopodio y azufre que alimenta mi fuego central, transmite mis órdenes, recoge para mí hasta el último chisme de la tripulación. La pequeña garduña con cara de hombre, cargada de movimiento y energía, cumple sus quehaceres con una eficacia de ultramundo. "Lo más sagrado para mí es cumplir sus órdenes con la más fina voluntad", dice el mequetrefe saltando sobre las piernas estevadas.
La atmósfera hostil se agravó después de partir de las Canarias. Debo pensar también en el maleficio de aquellas matriarcas de vida airada del puerto de Palos cuyos nombres llevaban puestos los barcos. Hay una conseja sobre esto. No en balde lo primero que hice fue mandar que borrasen en la proa de la nao capitana el nombre de La Gallega, de tufo celestinesco. Mandé cambiarlo por el santo nombre de la Virgen María, Madre de Dios. A ella consagro toda mi devoción después de la Serenísima Reina, mi protectora.
El vizcaíno Juan de la Cosa me tiene referida la historia picaresca de su galeón en el que va no como propietario sino como contramaestre a mis órdenes. Ha querido humillarme con la fama picante de la meretriz del puerto, cuyo nombre llevaba su barco. ¡Mirad La Gallega, decían por gracejo viendo la nave, va de virgen y santa! Por la gente común sé que el nombre primitivo de La Gallega le vino de haber sido construida en Galicia. Pero es que la meretriz también era de Galicia.
Pese a su pierna tullida, gozaba en el oficio fama de juglaresa. En la venta del Rocío siempre tenía a su alrededor un corro de hombres a los que alucinaba prometiéndoles inauditos placeres. Cuentan que una vez se desnudó hasta la cintura para mostrarles cómo la distorsión de la pierna rígida prolongaba los goces del amor a extremos inconcebibles. Los marineros aullaban de lujuria. La Gallega los ahuyentaba a latigazos tal la sacerdotisa de un templo. Luego, enviaba a sus pupilas, larguiruchas y famélicas, a hacer el trabajo en las casas bajas del Lucero Andaluz, de las que ellas era la Madre abadesa.
Los Pinzones y los Niños se negaron a reemplazar los de La Pinta y La Niña. Alegaron que más valían nombres de personas de carne y hueso, los de aquellas mujeres garbosas conocidas por ellos, honra y gozo de los hombres del puerto, que apelativos inventados como amuletos de salvación. Todo esto sin otro afán que llevarme la contra en los pequeños detalles.


ÍNDICE
Nota del Autor
 Introducción
Parte I - Cuenta el Almirante
Parte II- Cuestiones, náuticas 
Parte III- Del libro de navegación
Parte IV - Frontera
 Parte V - Los pájaros profetas 
Parte VI - El oro que cagó el moro
 Parte VII - Un Júpiter con marmita
Parte VIII- Cuentan los cronistas - El Piloto Desconocido
Parte IX - ¿Existió el Piloto, desconocido? 
Parte X - Cuenta el narrador - Plaçe a Sus Altezas
 Parte XI -A gran señor todo honor
 Parte XII - Bienvenido, Job
Parte XIII - Hacia el Oriente 
Parte XIV - Cuenta el Almirante - Secretos del deseo
Parte XV - Secretos de la arena 
Parte XVI - El pezón de la pera 
Parte XVII - La Reina alférez 
Parte XVIII - Cábala
Parte XIX - El náufrago
Parte XX - El cortesano
Parte XXI - (Fragmentos de una biografía apócrifa)
Parte XXII -Amadises, Palmerines y Esplandianes
Parte XXIII - Cuenta el narrador - El marinero Tifis
Parte XXIV - Memorias desmemoriadas
Parte XXV - El Caballero de la Triste Figura 
Parte XXVI - Libro de las Memorias 
Parte XXVII - Cuenta el Almirante
Parte XXVIII - Plática de mesana 
Parte XXIX - Cuarto intermedio
Parte XXX - El visionario
Parte XXXI - El pájaro sagrado
Parte XXXII - Castrar el sol
Parte XXXIII - Libro de las Profecías
Parte XXXIV - Cuenta el narrador
Parte XXXV - Medida por medida
Parte XXXVI - Visión del Paraíso Terrenal
Parte XXXVII - Cuenta el Almirante
Parte XXXVIII - Ganancias y pérdidas
Parte XXXIX - La candela lejana
Parte XL - Sábado 13 de octubre - Cuenta el Almirante
Parte XLI - Natura naturans
Parte XLII - Ite misa est
Parte XLIII - Los gentiles Avaporú
Parte XLIV - Visita real
Parte XLV - Cuenta el narrador - El Memorial perdido
Parte XLVI - Descubrimiento = encubrimiento
XLVII - De naufragios y alianzas
Parte XLVIII - Cuenta el ermitaño 263
Parte XLIX - Retorno al límite
Parte L - Fin de jornada
Parte LI - Postrera peregrinación
Parte LII - El Almirante se despide 
Parte LIII - Las cuentas claras
Reconocimientos / Glosario



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viernes, 26 de noviembre de 2010

AUGUSTO ROA BASTOS - CUENTOS COMPLETOS – TOMO II - Prólogo ANTONIO CARMONA (Texto del cuento: PIRULI) / Editorial El País, Editorial Servilibro, 2007



CUENTOS COMPLETOS – TOMO II
Cuentos de
Prólogo: ANTONIO CARMONA
Edición Homenaje a los 90 años de su nacimiento el 13 de junio de 1917
Fundación Augusto Roa Bastos
Diario Última Hora,
Editorial Servilibro, Tel.: 595 21 444.770
 Editorial El País, Asunción 2007 

**/**
ÍNDICE DE CUENTOS:  
GALOPA EN DOS TIEMPOS // EL KARAGUA // PIRULI // ESOS ROSTROS OSCUROS // LA ROGATIVA // LA GRAN SOLUCIÓN // EL PRISIONERO // LA TUMBA VIVA // EL TRUENO ENTRE LAS HOJAS
**/**

TODOS LOS CUENTOS, EL CUENTO
PRÓLOGO
El TRUENO ENTRE LAS HOJAS comienza con el cuento Carpincheros: "La primera noche que Margaret vio a los carpincheros fue la noche de San Juan.
"Por el río bajaban flotando llameantes islotes. Las fogatas brotaban del agua misma. A través de ellas aparecieron los carpincheros."
La niña rubia "gringa" "exiliada" del exterior al mágico mundo del entorno del ingenio azucarero, en el monte, al borde del río. Es el mismo Roa, como él reconoció, el niño gringo que viene de Asunción a la selva, de la civilización al mundo salvaje.
El conjunto de cuentos se cierra con el que da nombre al volumen, casi en el mismo escenario, los mismos protagonistas: el río que pasa frente al ingenio, los carpincheros y Margaret, desaparecida en el primer cuento tras huir con los carpincheros, sólo que ya no es una niña:
"...al borde del camino de agua que era el camino de ella. Su oído aprendió a distinguir el paso de los carpincheros y a ubicar el cachiveo negro en el que la muchacha del río bogaba mirando hacia el rancho del pasero.
"Ella. Yasý-Mörötí."
"La luna blanca amada que de mí te alejas/ Con ojos distantes.", "sus cabellos parecían bañados de luna, como el azúcar."
No es casual que el libro comience y termine con una misma historia que atraviesa los otros quince cuentos, con el temario que marcará la obra de Roa: el río, los indios libres que navegan en contraste con los que están presos en el ingenio azucarero, la Guerra del Chaco, las guerras civiles, las magias del monte y sus augurios agoreros, las fugas, los prisioneros, los exiliados del exterior y del interior, los perseguidos y los perseguidores; el choque de los dos Paraguays que se encuentran y desencuentran a lo largo de la historia, el choque de las dos lenguas en que hablan los dos países, mestizándose mutuamente.
En su primer cuento, Lucha hasta el alba, ya están el Dr. Francia y el destino, la represión y los cuchillos, pero no es casual que no lo haya incluido en El trueno..., porque ahí crea su paisaje, su aldea, su pueblo mágico y terriblemente real, su Manorá que va a perdurar en toda su obra.
Como William Faulkner su Yoknapatawpha, como después o casi en simultáneo, Gabriel García Márquez su Macondo, Roa crea el mundo de su narrativa, el tema que nos decía Roland Barthes es el único que tiene un gran escritor y sobre el que desarrolla sus variaciones. La pequeña aldea sufriente que crece en la narrativa hasta proyectarse y existir en el universo.
Si bien El trueno ... es un libro de cuentos, legible cada uno como un todo, Roa nos pone la clave del final y del principio del libro con dos historias que parecen diferentes, pero que son la misma, principio y fin, atravesando muchas otras historias que son parte de su propia historia, una biografía tan auténtica como fingida en la ficción, en la que hay retazos tan reconocibles en las entrevistas en las que cuenta sus recuerdos, como en El Señor Obispo, el tío con el que se educó y que marcó su óptica de predecesor de la Iglesia de los Pueblos, del Hijo de Hombre nacido en el monte, de una mítica y una literatura comprometida con el sufrimiento y la rebelión.
Es casi la misma estructura que se convierte en novela, en un relato grande. En Hijo de Hombre, en el que ya campea la novela, pero también conjunto de relatos, de historias distintas, pero que se entrecruzan y se desvían para volver a encontrarse, como en un laberinto de selvas y de ríos que atrapa a todos los protagonistas, condenándolos a vivir la misma historia, aunque sean muchas historias, solidarios o enemigos en los distintos recodos de los caminos que confluyen y se bifurcan.
Leyendo bien El Trueno... es casi una novela, conjunto de historias recurrentes más o menos hilvanadas en una, coro de muchas voces pero que hablan casi de un mismo tema, variaciones de la lucha de un pueblo cuyos protagonistas son héroes cuando se encuentran en una guerra de todos, como criminales y víctimas de tantas otras guerras internas y mezquinas. Como leyendo bien Hijo de Hombre es una novela compuesta de muchos cuentos, es el gran cuento de muchos narradores
Es una historia y muchas, porque nos narra el Paraguay profundo, con todas las superficies que lo encubren, cuando se despierta y cuando lo reprimen, con las voces de los reprimidos y de los represores.
Es lo que Roa estaba escribiendo como una sola obra, El libro de los Pueblos, de los pueblos que habitamos el Paraguay y Paraquaria, la gran provincia del Plata, la República de los Guaraníes, la república guaraní mestizada.
Cuenta todas las historias con todas las voces, parafraseando a Julio Cortazar, todos los cuentos, El Cuento.


PIRULÍ  (CUENTO)

** Pirulíí. . . ! -grita la mujer hacia el rancho, sin dejar de meter meter entre los dientes del trapiche los trozos de caña dulce que va sacando de una pila. Al agacharse, el humo del cigarro se mezcla al vapor del rocío.
** -¡Pirulíí..., Pirulíí... ! ¡Eyú puée... ! -vuelve a gritar Eleuteria por el costado de la boca, urgiendo a alguien que tarda en aparecer. Sus manos viborean junto a las muelas cilíndricas reponiéndoles su mascada de hinchados canutos que caen del otro lado en bagazo planchado, casi seco. El mosto gotea espeso y fragante de los cilindros de madera que gimen una vez a cada vuelta con un gemido cadencioso y soñoliento de eje de carreta, al girar el malacate del que tira un matunguito apelechado y rengo.
** En la espuma rosada del amanecer que aún tiene coágulos de noche al borde de la islita boscosa, la mujer y el caballo se mueven como las figuras de un sueño que poco a poco van adquiriendo consistencia y realidad. El chillido del trapiche sube y baja como un hueso roído bajo la piel de rumores píos y mugidos que los gallos hilvanan de rojos cornetazos, uno tras otro, cada vez más remotos. El horizonte invisible empieza a moler luz como el trapiche de Eleuteria muele la caña de la "cochesa", en la menuda zafra doméstica.
** Las ollas negras se van llenando lentamente. El caldo verde y espumoso atrae las lechiguanas del monte que zumban ávidas y mareadas en el olor azucarado. De las ollas o del bagazo van al lomo del caballejo cuyo cuero sarnoso, comida de uras y yatebús, se estremece al contacto de las trompetillas aladas. Mosto y keresa, pus y miel, humo, luz y vapor, movimientos, recuerdos, sonidos, hacen mezclados el espeso jarabe de la mañana que araña más que el tabaco la garganta de Eleuteria, Crisanto Alvarenga viudaré, que le dicen.
** -¡Pirulíí...! ¡Mita'í tepotí...! -vuelve a llamar roncamente más feliz que irritada contra el crío dormilón.
** -¡Ya voy, mamaíta...!
** El rostro atezado de Eleuteria sonríe en secreto. En la puerta del rancho aparece por fin un mita'í flaco y desnudo, con las greñas duras y las facciones aún adormiladas. Bajo la capa de sueño que se está resquebrajando, la carita de comadreja de Pirulí es hermosa y terrible. Por su boca díscola ya empieza a manar la sonrisa como un tajo de sol sobre un guijarro limpio y cobrizo de arroyo. Bajo la piel oscura ya está despertando también el diablito naranjero.
** -¡Ajhátame, mamaíta!
** Eleuteria no vuelve el rostro. Sabe que su hijo se está acabando de vestir en la puerta del rancho. Primero se ha enfundado el pantaloncito lleno de remiendos. Se ata el cinto de cuero trenzado del que cuelga la jondita de goma con horqueta de guavirá. Luego se viste la blusa, enorme porque fue del finado. Eleuteria le achicó un poco las costuras, pero se olvidó de las mangas. Pirulí se las arrolla alrededor de los brazos. Mientras sus dedos trabajan con los pliegues sucios y rotosos, en los bolsillos cantan las bolitas de vidrio y un poco más sordamente los bodoques de barro colorado cocidos al sol, a cada uno de los cuales Pirulí encomendará certeramente en el cuero de su jondita la muerte de un chochí o de un havíakorochiré. Sí, che karaí-kuéra. Ese ko e'rni muchachito, ahí donde lo ven u'tedes, cabezudo pero lindo-porä, como un ta'angá hecho de cera de mbá'í pochy, retrato vivo y chiquito de mi pobre Crisanto, que en pá rnanté de'canse. Hay que ver las canas invernices que le saca. Moscas de ceniza entre el cabello oscuro. Le quebranta a cada paso hasta los huesos del alma, pero lo quiere, lo quiere más que a su vida, porque sólo se quiere en este mundo lo que se paga con dolor de corazón.
** -¡Guá, mamaíta!
** Eleuteria, tomada de improviso por el cariñoso empujón del chico, casi mete la mano en el trapiche.
** -Mita'í tepotí! Ya me asutate otra vé, demoño tie'y...
** -E'á, mamaíta. ¡Guá!, te dije nomá nikó. Vo'ko te asutá debarte voí.
** -Güeno, quedáte aquí, atendé el trapiche. Vi'a traer leòa para hacer el eíta.
** -Sí, mamaíta.
** Eleuteria toma el machete Barcelona y se interna en el montecito, brillante el hierro afilado herido por la luz, oscura ella con el trapo floreado atado a la cabeza, el cuerpo enjuto, aún joven, casto ahora a fuerza por la ausencia de su hombre muerto de una mala puñalada, aunque no muerto del todo porque está creciendo, viviendo de nuevo en este cachorro levantisco que tanto se le parece, que ha heredado su inclinación irresistible a desafiarlo todo, a burlarse de todo con un coraje feroz y sonriente.
** Pirulí mete en el trapiche una caña tras otra. Ve gotear el mosto verde. Bebe uno o dos tragos en el hueco de sus manos. Ve caer el bagazo blanco del otro lado. Ve volar las lechiguanas ahítas con sus vientrecitos de seda negra, preñados de azúcar, a punto de estallar. El andar giratorio y rengo del matungo atado al palo del malacate, le da sueño. Bosteza. Se aburre. Por hacer algo levanta del suelo un macizo garrote y lo introduce en el trapiche en lagar de la caña. El caballejo ciego y apelechado encorva el espinazo, estira por encima de sus fuerzas, pero no puede. El trapiche pesa ahora más que la bordalesa de miel que suele llevar al pueblo tirando del carrito, pesa más que el arado, se ha vuelto pesado como el mundo. Los rodillos se atascan en el garrote. Es imposible levantar un tranco más, la mitad de un medio tranco siquiera. Pirulí frunce los labios vagamente satisfecho y retira el garrote de la muela. El caballejo fatigado espera con las verijas sumidas y palpitantes por el esfuerzo, derramando una diarrea flemosa y sanguinolenta.
** -¡Néike., cabayú tepotí! ¡Vamooo, puee...!
** El matunguito no oye, no se mueve. Entonces, Pirulí desenreda del cinto su jondita y le dispara ye-mborayú- jhape dos bodocazos seguidos que explotan en el anca de la bestia sumisa. Su espinazo vuelve a curvarse en el estirón. Reanuda su marcha renga y cansina. El lamento del trapiche vuelve a oírse. Por afinar la puntería, ensaya dos nuevos tiros; esta vez los bodoques estallan en polvo rojizo en las orejas del matungo, cuyos bordes empiezan a sangrar para delicia de los tábanos. El caballo tuerce la cabeza hacia el chico sentado en cuclillas junto al trapiche.
** -¿Por qué, Pirulí? ¿Por qué? -parecen preguntar sus ojos muertos y húmedos.
** -¡Jliooo..., jho'ooo..., vamooo, cabayú! -grita Pirulí por toda respuesta.
** La marcha circular continúa. Continúa el Intermitente lamento del trapiche. Es una carreta que anda fija en un punto, pisando caña, chorreando mosto en las ollas negras bajo el aire maravillosamente límpido de la mañana.
** Pían los pájaros. Pirulí se aburre. Quisiera ser Pombero, llora, Luisón, algún monstruo del que todos disparasen. Quisiera hacer algo terrible que justificara este vago ensueño. Pero el sol empieza a brillar. El corazón dulcemente siniestro del chico se arruga para adentro, en la penumbra de sus doce años indómitos.
** Pirulí recuerda sus aventuras. Analiza despectivamente cada una de ellas. Casi todas le parecen tontas, pueriles.
** -Mita'í rembiapó, sudor de perro debarte... -piensa descontento.
** Una sola le produce cierta complacencia: la del kuriyú. Hacía de esto tres o cuatro meses.
** El fue quien buscando una vaca encontró la enorme víbora a orillas del bañado, sumida en el sopor de la digestión, después ele haberse tragado un ternerito. Sabía que las boas en este estado son inofensivas. Pirulí pensó que no se le presentaría nunca otra oportunidad semejante y se animó. Se apeó del matungo y con el machete degolló a la víbora, casi asfixiado por el temor y la felicidad. Después convocó a consejo de guerra a los demás miembros de su pandilla, de la que era el jefe indiscutido, y les expuso su plan. Todos aceptaron la empresa poseídos de una exaltación sin nombre.
** La kuriyú, que medía no menos de veinte varas, fue asegurada con lazos. Pirulí ató los extremos a la cincha del matungo y así arrastraron a la víbora muerta a lo largo de casi media legua hasta dejarla sobre las vías del ferrocarril en el brusco recodo que forman al salir del Corte Maciel, un terreno boscoso y en pendiente donde la locomotora no podría frenar de golpe. Pirulí había calculado todos los detalles.
** El tren de pasajeros pasaba por allí a la caída de la tarde. La gran locomotora negra coronada de humo y arrastrando fragosamente sus vagones iluminados, siempre había constituido una tentación demasiado fuerte para Pirulí y los suyos. En ese gran monstruo de hierro, de fuego y de rumor viajaba el misterio, lo desconocido, lo prohibido, lo que ellos nunca conocerían. En las ventanillas con luz que pasaban velozmente unas tras otras como ráfagas de una pesadilla coloreada veían caras humanas; las veían reírse y moverse felices, como si se burlaran de ellos que sólo tenían su selva, su estero, sus sabandijas, su desarrapada y miserable libertad en la que estaban cautivos.
** Esta vez les tocaba a ellos; se vengarían del monstruo de hierro al que habían puesto en su camino un monstruo de carne y de sangre. Se escondieron en la maleza para ver la lucha. Y lo que vieron no defraudó sus esperanzas.
** Cuando el tren arrolló a la kuriyú, la rolliza cola escamosa y anillada se levantó como disparada por un resorte y chicoteó en los costados de los vagones proyectando chorros oscuros y hediondos a través de las ventanillas iluminadas. El terror agarrotó en la garganta de los pasajeros un solo y largo grito de angustia, de espanto, de muerte. No parecía un clamor humano, sino un chillido de bestias heridas. Pirulí y sus secuaces se estremecieron en sus escondrijos. Sus ojos brillaban como luciérnagas inmóviles y horrorizados entre la maciega. Vieron que muchos pasajeros se arrojaban por las ventanillas. Los más quedaron aplastados contra el suelo. Unos pocos huyeron despavoridos a campo traviesa, renqueando, chillando enronquecidamente sus pedidos de socorro. Uno se hincó al borde de la vía, entre los pedazos descuartizados de la víbora y empezó a rezar sollozando y golpeándose el pecho. La locomotora también pitaba desesperadamente, y sus metálicos alaridos hacían aún más pavorosa la escena. Las ruedas patinaron por la pendiente sobre los restos viscosos de la kuriyú.
** Pirulí y sus compinches no vieron más porque huyeron de allí como apereáes disparando del fuego. Todo el pueblo vino a ver el accidente. Ellos, no. Ya lo habían visto y estaban satisfechos.
** Pirulí sonríe soñadoramente. Ojalá pudiera volver a hacer alguna vez algo parecido.
** -¡Jhojhohóóó, cabayáúú...! ¡Vamooo, pue...! -los bodoques siguen estallando intermitentemente como burbujas rojizas sobre el apelechado lomo del matungo.
** Las muelas cilíndricas giran secas. Su lamento entretanto se ha hecho más agudo. Pirulí se ha olvidado de alimentar el trapiche. Ha estado volando lejos de allí con su imaginación de pequeño pájaro sanguinario. De pronto se da cuenta de su olvido, de su negligencia. Siente por anticipado los chicotazos de la madre. Ella es implacable con sus faltas. Y su chicote de ysypó-po'í entra hasta los huesos. Pirulí recuerda el castigo que mereció por la aventura de la kuriyá cuando Karumbé'í, el traidor de la pandilla, acosado por la guasca del padrastro, los delató. Eleuteria le pegó a su hijo hasta que se le durmieron los brazos. Pirulí se toca las cicatrices de la zurra y el recuerdo de dolor le vuelve a latir en las sienes como la picadura de dos rojas avispas enfurecidas.
** Eleuteria viene saliendo del rnontecito con su hato de leña sobre la cabeza. Pirulí necesita encontrar algo pronto para disculparse, para desviar el justo enojo de la madre que él se imagina cómo caerá sobre él. Cierra los ojos. Araña en su interior. No encuentra nada, ¡nada! Ah, sí, encuentra algo. Se remueve un instante dentro de la blusa elásticamente y se lanza contra los rodillos del trapiche que empiezan a comer uno de sus brazos.
** -¡Mamááá..., mamááá...! ¡Che yagarrá cono la trapiche...! ¡Mamááá...! ¡Ayáyáian, marnaítaaa...!
** Los gritos de Pirulí son desgarradores. Las lechiguanas revuelan asustadas. El matungo sigue su marcha renga, sin oír, tirando del palo del malacate. Las terribles muelas cilíndricas siguen mascando el brazo de Pirulí. Ya lo tienen devorado hasta el codo. Eleuteria arroja su atado de leña, arroja el machete y se precipita desalada hacia el caballo para detenerlo. Lo detiene. El lamento del trapiche cesa. Pero siguen los gritos de Pirulí y de su madre, de dolor los de él, de espanto los de ella.
** -¡Pirulí..., che memby...! ¡Por el amor de Dió...! ¡Socorro, gente huéra... ! ¡Trapiche cooyagarrá che memby-pe... !
** Eleuteria hace girar en sentido contrario al caballejo. Prácticamente lo arrastra del bozal. Su fuerza es idéntica a su desesperación. Los rodillos van devolviendo poco a poco su mascada humana. El brazo de Pirulí va saliendo del trapiche convertido en bagazo hasta la mitad. Pirulí ha quedado extrañamente tranquilo. No llora, no se retuerce. Recobra su brazo en actitud reflexiva. Se diría que ya no siente dolor alguno. Los cilindros están apenas húmedos. Y el caldo verde y espumoso no ha perdido su color en las ollas negras que están debajo.
** -¡Che memby...! ¡Pobrecito, m'hijo...! ¡Cómo pikó te descuidate...! ¡Y e`el brazo derecho... tu bracito derecho, m'hijo, che Dió Santo...!
** La desesperación de Eleuteria va tomando matices sombríos. Abarca el pasado y el futuro sobre el filo del momento terrible. Ve a su hijo lisiado para siempre. Se arrodilla delante de él y va a tomar el brazo herido como algo sagrado. La pobre mujer tiembla en todo el cuerpo. Es una hoja estremecida por el vendaval interior que destroza sus nervios. El pañuelo floreado se le ha caído de la cabeza y sus cabellos negros se han llenado ele repentinas moscas de ceniza. Caen lacios y parados sobre su cara lívida. Pirulí está impasible, casi sonriente, concentrado en su pensamiento. Eleuteria toma por fin el brazo triturado y seco. La manga flota vacía en sus manos. No hay humedad de sangre, no hay pedacitos de huesos ni jirones de carne. Nada. Sólo la tela seca y vacía.
** Entonces Pirulí, como congraciándose, saca el brazo entero, intacto, que lo tenía metido dentro de la blusa, entre el cinto y la piel, y se lo extiende a su madre.
** -Aquí e'etá, mamaíta, mi brazo. Para engañarle un poco norná ko hice...
** Ciega, trémula, jadeante, bruscamente transformada, Eleuteria grita agachándose:
** -¡Mita’í tepotí…! ¡Hijo del diablo…! ¡Aña… aña…!
** Levanta el garrote del suelo y descarga un gran golpe sobre la cabeza de Pirulí, que cae sin un grito y queda inerte a los pies de Eleuteria.



ENLACE  RECOMENDADO:
CUENTOS COMPLETOS – TOMO III

por AUGUSTO ROA BASTOS

Prólogo JOSÉ PÉREZ REYES
Edición Homenaje a los 90 años de su nacimiento el 13 de junio de 1917
© Fundación Augusto Roa Bastos
Diario Última Hora ** Editorial El País, Asunción 2007 (157 páginas)
Ilustración de tapa: OLGA BLINDER

jueves, 4 de marzo de 2010

CONCIERTO DE CUENTOS. Autor: CÉSAR GONZÁLEZ PÁEZ - Prólogo: UN CONCIERTO DE DESCONCIERTOS por ANTONIO CARMONA / Texto: EL PUEBLO MELODÍA.


CONCIERTO DE CUENTOS
Autor: CÉSAR GONZÁLEZ PÁEZ
(Enlace adatos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Tapa: ROBERTO GOIRIZ
Editorial El Lector,
Asunción-Paraguay
1997 (121 páginas)

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PRÓLOGO
UN CONCIERTO DE DESCONCIERTOS

** El personaje del cuento "DONES" reflexiona sobre su destino, expulsado del paraíso y condenado a la existencia: "Simplemente se deshicieron de mí y me destinaron a permanecer en este lado del mundo que llamamos de un modo irresponsable-realidad."
** IONESCO podría coincidir plenamente con esta definición tan absurdamente clara. La irrealidad real o la realidad irreal es uno de los espacios cuyos senderos se cruzan, se enlazan y se bifurcan de tal forma que instauran el laberinto de la ficción, del absurdo, en el que cualquiera se pierde o se encuentra. En ese arte de encontrar y desencontrarse consiste el arte del narrador de pequeñas ficciones.
** Al contrario que la música, con su matemática de do-re-mí concertados, el cuento debe tener algo de desconcierto, de maravillosa cajita de Pandora. Un cuento es una puerta que uno abre esperando encontrar algo que no es habitual, más que la sorpresa, el asombro.
** Al abrir cada una de las puertas que nos ofrece este libro, estoy seguro de que el lector coincidirá conmigo en que reina el asombro.
** Un personaje se juega con un espejo, en un insólito duelo, recuperar su propio rostro. Otro deja que la vida se le vaya tras un pájaro irreal.
** Cito sólo algunos de los muchos desconciertos que conforman este "CONCIERTO DE CUENTOS". CONCIERTO DE DESCONCIERTOS. Cada uno trabajado artesanalmente; unos cincelados con un pincel, otros con un estilete y algunos con cuchillo, pero ninguno con un hacha.
** Son cuentos económicos, sin mucha retórica, con gran ahorro de palabras, pero ricos en asombros, en maravillación. Es como el libro que abre la puerta de uno de los relatos, un libro de artes invisibles que actúa sobre la equívoca realidad. Sobre las realidades mágicas que fosforecen fantasmagóricas desde la chata cotidianidad.
** Tal vez el lector caiga, al igual que yo, en un principio, en la trampa de pensar que son relatos borgianos. Lo son solamente en que la realidad, la verdadera, la que descifran los libros escritos en clave de magia, se empecina en parecer borgiana. La otra es la que irresponsablemente llamamos realidad.
ANTONIO CARMONA

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EL PUEBLO MELODÍA
** El sonido de esta lluvia que empieza a caer, suena como una melodía. Se lo escucha crecer despacio entre las copas de los árboles y se ensancha luego con los instrumentos del viento.
** Esto me hace recordar a un pueblo cuya musicalidad lo llevó a ser la capital de los sonidos agradables para terminar siendo una leyenda que sólo se escucha cuando hay lloviznas como estas.
** Desde lejos se anunciaba y podía ser escuchada sin mucho esfuerzo, era una composición musical suave y nítida que se colaba en el paisaje campesino. A medida que uno se acercaba al caserío la melodía se dejaba oír con más intensidad, como si estuvieran festejando el día de la independencia. El recién llegado quedaba asombrado cuando al ingresar a la calle principal comprobaba que ésta estaba vacía, como si los músicos que ejecutaban los instrumentos fueran invisibles.
** Cuando se recorría las calles de tierra, a pesar de la soledad, el sonido seguía presente. ¿Acaso tocaban profesores en escenarios remotos?
** Era el Pueblo Melodía -ya poco importa en qué región se encuentra; la geografía nos puede jugar una suerte de broma si no estamos donde queremos estar.
** Sucede que ese pueblerío ya no existe más, se lo fue desmantelando como los viejos asentamientos de los buscadores de oro. Cuando se acabó la diversión, todos se fueron mudando poco a poco. Sólo los viejos cuentan por las noches cómo habían sucedido verdaderamente las cosas, pero la leyenda se les fije disolviendo de la boca primero y de la memoria después.
** Se tiró por tierra algo que podría haber cambiado la naturaleza de la humanidad por otra más aceptable: la armonía.
** Todo comenzó con una pequeña idea, que son las que ruedan después con más fuerza. Y empezó en el salón de actos de la pequeña municipalidad. Estaba sentado un señor que era el propietario del proyecto, quien ante unos funcionarios ingenuos, expuso la gran idea. Partiendo de la base de que en una orquesta sinfónica intervienen instrumentos de diversa sonoridad, algunos muy disímiles entre sí, no quitaba que suenen armónicamente. Ese es uno de los milagros de la música. Todo esto lo explicaba en un croquis escrito en un pizarrón.
** Luego de esta breve introducción señaló que si se amalgaban todos los ruidos que se producían en la calle, se debía obtener necesariamente un resultado similar al de una agrupación musical. El intendente, que ya había visto muchos locos en la ciudad, decidió que éste por lo menos no era peligroso y que la idea no dejaba de ser simpática corno plan turístico. El proyecto fue aprobado y nadie protestó porque no tenían la menor idea a dónde se llegaría con todo eso.
** El decreto sobre el orden de los ruidos pareció al principio excéntrico, ordenaba que los automóviles estuvieran provistos de caños de escape que sonaran a instrumentos de viento, las motos seguirían la tónica con otra escala y los vendedores ambulantes pasaron a gritar sus productos como barítonos. De modo que el bullicio general comenzó desordenado pero a medida que avanzaba el ensayo de los días, se comenzó a escuchar algo que parecía música.
** Muchas personas agradecieron que la polución sonora hubiese disminuido. La nota predominante partía en el correr del agua, a su tintinear acompañaban las bocinas, seguían las campanas y los árboles dejaban pasar por sus hojas una suave cadencia. El público entusiasmado fue creciendo con la idea, se adecuaron los ruidos de modo que imperaba el clima de la canción reinante. Se logró que los herreros martillasen corno timbales, un toque de trombón anunciaba al recolector de basura, los cascos de los caballos parecían cascabeles. No había gritos sino notas musicales. Hasta los ojos de las muchachas parecían tener un color pentagramado. Eu ese lugar parecía que los sonidos cotidianos se hubiesen programado para entrar en la partitura, en orden melódico ascendente.
** En la plaza principal y única se erigió una estatua hueca que simulaba una especie de flauta enorme. Por sus orificios, cuando la brisa se colaba producía un sonido muy tranquilizador. El proyecto no terminaba allí, unos viejos eucaliptos fueron podados por un experto jardinero, de modo que cuando el viento soplaba se podía escuchar una especie de coro. Estos altos árboles parecía batutas dirigiendo la melodía del mundo, parecían altos vigilantes que susurraban secretas canciones en la noche.
** El tema de conversación se hizo más culto porque todos los parroquianos hablaban de compositores y música clásica; rivalizaban entre sí por sus conocimientos y se sabe que, secretamente, algunos comenzaron a componer. No porque esto fuera censurable, sino por una timidez propia de campesinos. Las calles comenzaron a tener nombres de músicos ilustres como Paganini, Brahms, Chopin, Mangoré, Villalobos, sin descartar a ninguno.
** Es necesario aclarar que la música que se escuchaba no era siempre la misma, dependía del supremo director, el viento. La brisa común de los días de semana nada tenía que ver con las siete campanas que se sumaban los domingos. Hasta parecía que los animales se habían adherido a la orquestación con oportunos mugidos y balidos. Se logró, por fin, crear una gran orquesta compuesta por objetos cotidianos.
** La melodía era más estridente los días laborables, empezaba con los pequeños sonidos del artesano, el de la plata y el martillo. Luego crecía con el monocorde tictac de los relojes. Más tarde seguía el tintinear de las monedas, de modo que el ambiente en los bancos y las casas de cambio se volvió aceptable. Las fábricas comenzaron a llamar a sus operarios no con una histérica sirena, sino con sonidos que desprendían unos tubos que sonaban como órganos, eclesiásticos y celestiales.
** Hay gente que cree que la música sólo debe escucharse los sábados por la noche y que su misión es simplemente justificar que un hombre abrace a una mujer. Por eso los pueblos vecinos comenzaron a quejarse, como cualquier ciudadano que no lo dejan dormir de noche. Para algunos la música es un género que conduce al caos, la vagancia y los malos hábitos. No repararon que los trenes llegaban a horario, que el índice de mortalidad había disminuido, que se reportaban menos delitos. Sólo insistieron en que la música los desvelaba.
** Los funcionarios del Pueblo Melodía labraron un informe de modo que todos sacaran provecho de esta inventiva, pero se encontraron con una frialdad política. Les recibieron el expediente "para estudio", según dijeron, pero antes tomaron la medida cautelar de desordenar los sonidos que se convirtieron en ruidos. Todo con la intención de que las cosas siguieran "como fueron siempre y como hacemos todos".
** Con esa orden de no innovar finalmente triunfaron en sus pretensiones. Basta que alguien tenga un idea para que otros, drogados por la rutina, no quieran cambiar nada. La melodía fue encerrada en un club social donde pina orquesta tropical convocaba a las parejas trasnochadas.
** Hoy el Pueblo Melodía es solamente el tema de un cuento, ese experimento duerme un sueño de eterna burocracia. Este proyecto podría haber acabado con los motores que se encienden por vanidad, con las fábricas que interrumpen el sueño con sus aullidos mecánicos. Sólo fue permitido el desvelo de quienes se anestesian con la cachaca del tedio.
** Sé todas estas cosas porque un viejo me las contó: "Se apagó el reír transparente del agua. A veces se extrañan los domingos en que la canción imperaba y oxigenaba el alma colectiva -me dijo- y créame que por entonces las cosas parecían suspendidas en el aire por la magia de la música. Las mujeres dicen que por entonces se amaba de un modo distinto y que ese éxtasis desapareció también".
"Sólo nos queda una orquesta dispersa en el tiempo, sin embargo hasta ahora pueden escucharse en el pueblo retazos de aquella melodía. Suena como un papel polvoriento que se arrastra impulsado por el viento. Se debe prestar mucha atención, suena muy débil y con tonalidad melancólica, parece triste de no poder adueñarse del paisaje nuevamente".
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MITOS Y LEYENDAS DEL SEÑOR OJO DE PEZ
** Un buen día el señor Ojo de Pez desarticuló su vida en partes iguales para poder encontrar en dónde había una falla. Porque si bien tenía en el trabajo asistencia perfecta, gozaba de buena salud, tenía amigos y una novia, para él las cosas no marchaban bien. No estaba conforme. Al menos así lo sentía últimamente. Hizo una estricta revisión de su vida y mientras iba de aquí para allá, columpiándose en los recuerdos de la infancia a la adultez, se dio cuenta que era como "una golondrina sin estaciones" y haciendo gala de su apellido se sentía "Fuera del agua". Hasta ese punto lo había atrapado la rutina.
** El señor Ojo de Pez, en adelante Ojo para nosotros, era un hombre sencillo, de clase asedia, que vivía una vida que lo conducía sólo a la muerte. Los vecinos ya lo tenían "caratulado", con esas sentencias que solamente pueden provenir de la cintura popular: "Ojo de Pez va ensayando de viejo para cuando sea anciano". Esa frase en boca de los parroquianos no quería significar `'hombre prevenido vale por dos", sino "mira cómo desperdicia el hilo del carretel".
** Nadie se había percatado de que Ojo de Pez era una persona muy especial -como quisiéramos ser todos- y no se lo apreciaba como un ser inteligente. Cuando en ronda de amigos él aportaba un dato interesante a la conversación, ellos le decían: "Ojo, qué memoria que tenés" y no "qué despierto que sos", para ellos no era un ser humano sino un banco de datos.
** Cuando pensó en su novia, reconoció que no tenía nada que reprocharle, porque estaba diseñada para ser la señora de Pez -que por otra parte es más original que ser la mujer López-. No era ni linda, ni fea, pero lo que no le terminaba de gustar en ella era su anticipada abnegación por el anonimato. Sabía que lo quería bien y no exigía demasiado. Amaba a Ojo como si se hubiese metido a monja.
** Después de todo ya tendría tiempo para enamorarse apasionadamente o de desilusionarse definitivamente. Pero para entonces él sabía lo que pensaba la muchacha, vendrían los hijos y ese detalle del amor carecería de importancia.
** Así estaba reflexionando sobre su vida cuando imprevistamente dio un puñetazo sobre la mesa haciendo saltar las tazas de café que compartía con unos amigos. Dijo económicamente "¡basta!" y se marchó del lugar como si alguien lo persiguiera.
** Es que Ojo de Pez tenía ideales que en nada armonizaban con el destino gris que llevaba. Hasta se descubrió una vena poética cuando se dijo "cambiaré mi vida, la moneda está en el aire, la suerte está echada. No se puede volver atrás". Y frases como estas para darse ánimos: "Hoy mismo comenzaré a recuperar mi libertad y no veré a Lucila jamás". Su conciencia había hablado.
** Al día siguiente de su flamante actitud pagó la pensión a pesar de los ruegos de la propietaria que le tenía aprecio como inquilino pues pagaba la renta con puntualidad; pero Ojo de Pez no atendió a razones tan mezquinas, había decidido darle un curso imprevisto y definitivo a su vida. De modo que valija en mano salió a la calle como un buzo que se sumerge en un mar desconocido y deslumbrante a la vez.
** ¿De su novia? Había que poner distancia. No consideró oportuno despedirse, ya le llegaría una carta con las palabras apropiadas que siempre son mejores cuando provienen de la reflexión. Por otra parte sabía que ella podía ser el detonante que detuviera la sabia, decisión de ser libre.
** De su bolsillo extrajo un papel en donde había anotado las actividades que cumplía rutinariamente y que ahora le fastidiaban: "Lunes, indeciso y desabrido, anochecía con los amigos en el bar de siempre. Martes, invariablemente al cine en su opción económica. Miércoles de ceniza, novia puntual y discretos arrumacos en el zaguán. Jueves, cena vegetariana con los padres de ella y conversación planificada. Viernes, caminata por el centro y café otra vez. Sábado, baile y pizza. El domingo se resumía en una sola palabra: televisión. Saldo de la semana, cero a la izquierda." Se dio cuenta de que estaba conmovido de haber reaccionado ante la estúpida vida que llevaba.
** "No debo dar un paso en falso -se ordenó Ojo de Pez, que conocía también sus flaquezas-, si la rutina me agarra de nuevo, seguro que no me suelta más."
** Y así, obsesionado por lo imprevisto, siguió caminando sin fijarse por dónde iba, los lugares para él parecían diferentes. ¿Caras? No había nadie conocido, todos eran fantasmas en procesión porque él se sentía distinto. Su vida estaba ahora desbocada y le excitaba pensar, aún con sus tempranas canas, que el futuro estaba repleto de aventuras. tampoco era cuestión de andar corriendo como un loco por ahí, había que organizarse, consultar vuelos de aviones, reservar pasajes; en fin, sacarle jugo a la vida.
** Entró a un bar y se hundió en agradables proyectos que le demandarían el resto de su vida. En eso estaba cuando vio a su novia que se aproximaba y le decía familiarmente: "Siempre vos tan puntual", mientras se sentaba a su lado, como una sombra.

EPÍLOGO
** Un día te levantas y están todos los libros desordenados, algunos en el piso, otros sobre la mesa, abiertos en una página cualquiera. Y las hojas en blanco delatan que ha sido larga la velada y febril la búsqueda nocturna.
** Y tú allí, en medio de la habitación, no encuentras una sola idea para ponerte. Porque te han dicho que escribas, que llenes una carilla, que termines tu cuento, que te animes en poesía, que comiences una novela...
** Antes de que sea tarde, antes de que sea nunca.
** Pero en esta mañana, de esta vida de escritor que elegiste (o que te eligió), estás desnudo de ideas y nadie viene a asistirte en donde querías lucirte. Nadie vendrá a salvarte.
** Te has perdido del mundo por querer tocar el tema y tu pulso se entretiene en pequeños garabatos. La idea faltó a la cita: "Lo siento, no tengo tema". Y temes no tener nada porque te has extraviado en lo que querías decir. Desde este día eres un vagabundo que no encuentra su casa, eres un hueso que ha perdido su carne.
** No eras tema para ti mismo, eras argumento para los otros, ¿no te parece gracioso? Y todo porque una mañana te levantaste con una letra cambiada y no hay moldes para palabras en una vida que no viviste. Jamás podrás inventarlas sin sufrirlas como propias.
** Pero te sientes inquieto porque, a pesar de tu jornada vacía, hay otro precipicio que conmueve, que te impulsa y te lanza a su abismo decisivo.

PROGRAMA
SOLISTA: CÉSAR GONZÁLEZ PAÉZ
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UN CONCIERTO DE DESCONCIERTOS - PRÓLOGO DE ANTONIO CARMOA
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EL PUEBLO MELODÍA (ANDANTE CANTABILE-PASTORAL)
EL INTENDENTE DEL CIELO (ANDANTINO)
UN INDICIO MÁS (ADAGIO)
EXTRAÍDO DE UN SUEÑO (ROMANCE)
UN ÁNGEL EN LA JAULA (ANGELUS)
LAZOS DE AMISTAD (ALEGRETTO)
ENVIONES CORTOS (MAESTOSO)
BAJO EL SOL (PASTORAL)
POR FAVOR, NO COPIAR (RONDÓ)
EL PUENTE (SONATINA)
DONES (ANGELUS)
DUQUE DE GUAYABA (FANFARRIA)
UNA SORPRESA EN LA PLAZA (ADAGIO)
LOS ZAPATOS DEL DOMINGO (ANDANTE FINALE)
PEQUEÑO DISCURSO PARA DORMIR INOCENTES (ARRULLO CAPRICHOSO)
MÁS ALLÁ DE LA CIENCIA (VIVACE NON TROPPO)
DOBLE PROTECCIÓN (ANDAMTE CAPRICHOSO)
AJEDREZ BAJO LA LLUVIA (SCHERZO)
SOY BUENO (VIVACE)
UNO EN GEOGRAFÍA (ALLEGRO MODCERATTO)
EL CUENTO MÁS BREVE DEL MUNDO (VALS DEL SEGUNDO)
FONDO ALIMENTARIO INTERNACIONAL (ALLEGRO CAPRICLIOSO)
SIETE SEGUNDOS (FANFARRIA)
VIÑETA (MEZZO ALEGRE)
MITOS Y LEYENDAS DEL SEÑOR OJO DE PEZ (ALLEGRO NO MOLTO)
SERENATA UMBILICAL (CANTATA- ALLEGRO)
EL LIBRO DE LAS ARTES INVISIBLES (LARGO E PIANÍSIMO SEMPRE)
GUITARRA TRINCHERA (ANDANTE CANTÁBILE)
ESTA NOCHE SE COME BIEN (SUITE)
SI TE VAS DE CASA (ANDANTE)
UN SEÑOR ABURRIDO LLAMADO LUNES (PIANÍSSIMO)
AGUA COTIDIANA (ALLEGRO)
SOLAMENTE HE REZADO UNA PEQUEÑA PLEGARIA (ANGELUS)
QUE UN CARAMELO NO TE SALE LA BOCA (PIANÍSSIMO)
TE DEBO UNA DISCULPA (ANDANTINO)
EL PROFESOR DE MATEMÁTICAS (FANFARRIA)
SE NECESITA SONRISA PARA CREMA DENTAL (ALLEGRO)
LOS CENICIENTOS (PIANÍSSIMO)
DELICIAS CONYUGALES (PIANO LÚCIDO)
ENCUENTRO CASUAL CON SIGMUND FREUD (BREVE SOONATINA)
CONTRACUENTO (FINALE PIANOFORTE)
EPÍLOGO.
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