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martes, 14 de septiembre de 2010

MILIA GAYOSO - UN SUEÑO EN LA VENTANA (25 RELATOS BREVES) / Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES.


UN SUEÑO EN LA VENTANA (25 RELATOS BREVES)
Obras MILIA GAYOSO
(Enlace a datos y obras publicadas
en la GALERÍA DE LETRAS del
Editado por Intercontinental Editora
/ Editorial Don Bosco,
Asunción-Paraguay, 1991.
Edición digital:
BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES.

EL ALETEO DE LAS MARIPOSAS
Él le había contado que todas las cosas tienen un color, algunos más lindos que otros, pero que absolutamente todo, aun las cosas tristes, le habían copiado el color a las flores. Las flores... esas cositas aterciopeladas y olorosas que solía tocar y oler. Él le había enseñado a caminar sin miedo, moviendo alegremente el bastoncito hacia la derecha o a la izquierda, buscando obstáculos o haciéndola girar en el aire cuando quería demostrar que podía andar sin tener que utilizarlo y no llevarse los objetos por delante.
Le hizo sentir que ella no era diferente a las demás personas, que podía también inspirar amor y sentirlo..., tanto, que a veces parecía que le iba a estallar el corazón. Le habló de la forma de todas las cosas y fue aprendiendo todo aquello que durante veinte años no supo, porque en su casa siempre estaban muy ocupados trabajando. No había tiempo para enseñarle a diferenciar la forma del pétalo de una margarita del de una rosa, nunca se sentaron a leerle un poema o un cuento, ni le hablaron de los diferentes colores del mar.
Cuando apareció él, dejó de sentarse durante horas en el patio sin ocuparse de nada, solo, mirando sin ver y comenzó a interesarse hasta en las mínimas cosas. Él le consiguió varios libros escritos en braille, le grabó cassettes con hermosas canciones, le llevaba a la orilla del río para que aspirara con el olor a «aromitas» que venía del norte y escuchara el chac, chac dulce de las olas al chocar contra las piedras de la orilla. Él le quitó el velo que le impedía ver el lado bueno de todo... y entre ruidos de olas despeñadas, piar de garzas y olor a culantrillo, le develó el secreto del amor más allá de las caricias.
Pero como la felicidad es sólo rayos calentitos de sol entre días de lluvia, le contó que iría a estudiar a otro país, que era inevitable porque le dieron una beca solicitada mucho antes de conocerla. Trató de consolarla prometiéndole una carta cada quince días y su amor y pensamiento todas las horas del día. Le enseñó a sentir el aleteo de las mariposas amarillas a su alrededor. «¿Para qué?», le preguntó ella, completamente triste. «Para que te avisen que viene una carta mía en camino».
Y volvió a su rutina de ayudar a lavar cubiertos, arreglar su cama, releer sus pocos libros y esperar cartas. Se sentaba durante horas en el jardín ansiando escuchar los aleteos. Cuando llegó la primera carta su alegría se convirtió en desazón porque no sabía a quién pedir que se la leyera. Sentía vergüenza de sus hermanos y de su madre, entonces se lo pidió a la vecinita adolescente, pero luego a la hora de contestarla fue peor, porque él no leía en braille y no quería un intermediario para escribirle en escritura normal. No habían previsto este problema. Entonces grabaron sus pensamientos, y en vez de cartas, se enviaban cassettes.
Con o sin aleteo previo de mariposas pálidas, recibió noticias de él durante un año, luego, hacia enero del año entrante, la ciudad se vio invadida por miles de mariposas y ya no llegaron los cassettes ni cartas. Hacia marzo, no quedaron mariposas ni esperanzas.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Volvía del almacén de la otra cuadra cuando tropezó con alguien. «Disculpe» -dijo-, apuntando su bastón hacia la derecha... Él le tomó las manos y le contó que una pequeñísima mariposa lila iba delante de ella, aleteando con todas sus fuerzas para avisarle que él se estaba acercando.

ESPERAMOS...
Hacía mucho calor. Llovió un poco, después salió el sol, volvió a llover. Luego cuando escampó, arregló su camisa dentro del pantalón y salió. Un arco iris enorme le saludó en la calle, un arco de colores intensos, mucho amarillo, verde limón, naranja, un poco de azul y lila, y rosa muy paliducho al final de la hilera.
Se olvidó de cambiarse los zapatos y salió con las chancletas gastadas que tenían bigotes en las puntas, de tan viejas. Cruzó con precaución las calles sorteando los charcos, las pequeñas correntadas, los agujeros en el pavimento, las piedras que sobresalían, las ramas arrastradas por el agua. Subió a un micro y casi peleó con el chofer, que no quería cobrarle medio pasaje sino que pasaje entero.
«Su libreta, su libreta», le gritó completamente ofuscado el hombre. «No permita que el calor lo haga salirse de sus casilla», le dijo don Tomás, mientras sacaba de su billetera su carné de excombatiente.
Se acomodó en el último asiento para que le resulte más fácil el descenso. Por las calles sólo caminaban los perros y alguna que otra vaca con manchones oscuros. La gente hace la siesta todavía, pensó. Un grupo de chiquilines alborotadores subió al vehículo y rompió la tranquilidad con sus risotadas y palabras de grueso calibre, sin importarles que muchas personas mayores estuvieran cerca. En el grupo estaban dos niñas con dos shorts pequeñísimos que mostraban sus piernas en su totalidad y el comienzo de los glúteos redonditos. «Qué bárbaro», pensó don Tomás, «la juventud está perdiendo la cabeza», y pensó en sus nietas y no quiso imaginarse que dentro de tres o cuatro años quizás se pondrían ropas tan pequeñas y provocativas como ésas.
El chofer les aulló a los jovenzuelos que no hicieran tanto bochinche y los amenazó con bajarlos del colectivo. Las calles del centro tenían un poco más de movimiento, las puertas y las persianas de los negocios estaban cerradas y los letreros descansaban, de vacaciones. Se preparó para bajar, tocó el timbre una cuadra y media antes para que el ogro del volante parara en la esquina, pero de todos modos le hizo pasar media cuadra.
Caminó hacia la casa de su hija, y sonrió pensando en que al entrar en el portón las criaturas saldrían corriendo a su encuentro y le llenarían de besos.
Sólo lo recibió el perro, Poroto, cariñoso como un niño que se le enredó entre las piernas. Tuvo ganas de llorar, la casa estaba toda cerrada. Se sentó en una silla, agotado. Miró hacia la puerta y vio un papel, una hoja de cuaderno. Se acercó a leer: «Papá, esperanos, fuimos a comprar pan y dulce para la merienda...»
.
CON CARA DE PAYASO TRISTE
Se le corrió la media exactamente sobre la rodilla. Una uña sin limar fue la causa del agujerito que se extendió hacia norte y sur. Con fastidio buscó otro par en el cajón de la ropa interior. Encontró las de color marrón, azul y verde oscuro, pero ninguna negra. Desparramó todas las bombachas en la búsqueda, pero no dio con ninguna, entonces buscó entre las cosas de su hija y encontró una muy hermosa, la media de salir de Margarita, con mariposas de alas brillantes a los costados. «Voy a comprarle otra», pensó Mercedes mientras se la colocaba con cuidado para no estropearla. Le quedaba un poco ajustada.
Se puso el vestido gris con voladitos en el escote. Alguna vez alguien, un hombre dulce y amable, le había dicho que ese vestido la dejaba más delgada y joven, por eso se lo ponía a menudo, para verse mejor y con la esperanza de que lo volvería a encontrar para que le repita esos piropos. Se había olvidado de un detalle. Se bajó las medias hasta la media pierna y se puso talco, atrás y adelante, su bombacha azul adquirió una tonalidad más clara y una de las mariposas de la media se llenó de puntitos blancos. Se perfumó abundantemente, con el perfume que compraba de una proveedora a domicilio. «Ésta es una marca famosa», le había dicho la última vez, pero una compañera le advirtió que aquello era una falsificación. Pero de todos modos tenía muy lindo olor y duraba casi toda la noche, aunque a veces de tanta mezcla con varios cuerpos, varios aromas y sudores, su olor ya no era su olor sino el conjunto de aromas ajenos, resumidos todos en un olor extraño que le costaba sacarse por la mañana.
Con paciencia se sentó frente al espejo y distribuyó manchones rojos en ambas mejillas, se pasó delineador por los labios como había visto que hacen algunas mujeres, pero el resultado no le agradó y lo uniformó todo con un rojo intenso. Mezcló azul y verde para los párpados. Con mucho cuidado, pero no se veía bonita. A veces, antes de salir, se miraba una y otra vez en el espejo y sonreía satisfecha reconociendo que aún a su edad tenía una cara llamativa, pero en ese momento se vio fea, mal pintada, con cara de payaso triste.
No se dio cuenta de que estaba caminando descalza con las medias. Eligió el zapato rojo porque los voladitos de su vestido estaban ribeteados de ese color y con los años, copiando de otras mujeres fue aprendiendo a combinar la ropa, aunque a veces no lo lograba, o no le importaba, «cada uno tiene su tipo diferente» solía decir cuando otras compañeras le hablaban de la cantidad de chicas nuevas que poblaban las calles, con unas minifaldas tan cortitas que a algunas apenas les cubrían las nalgas. Mercedes no podía competir con ellas y ponerse un vestido así, porque se le verían las varices y la enorme quemadura sobre la rodilla derecha. La quemadura que le había hecho un gringo maniático que prendió diez velas en los bordes de la cama mientras...
Se quitó los ruleros y los mechones saltaron hacia sus hombros. Mechones mestizos: medio negros, medio rojizos, medio amarillentos. Miró el reloj, eran casi las siete de la tarde, más o menos en quince o veinte minutos Margarita volvería del colegio con ganas de devorarse medio litro de café con leche y un pan entero. Dejó sus cabellos a medio peinar y fue a ver si había pan o galleta en la cocina. Después continuó peinándose con esmero y se roció perfume en medio de la cabeza, hacia la nuca, en la frente, «para oler como una reina», dijo mientras controlaba su «pinta» frente al espejo.
Eligió cuatro anillos de fantasía, uno de ellos con piedra verde, «una feroz esmeralda», dijo con humor y se puso unos aros redondos de plástico color rojo.
Tardaba de propósito, esperando a Margarita, quería verla antes de salir, a pesar de que a su hija no le agradaba en absoluto encontrarla «con su pinta de campaña» como le decía entre broma y reproche. «Un año más mi amor y dejo, busco otra cosa», le había prometido tiempo atrás, pero no cumplía. «Un día va a verte un amigo y no sabré dónde meter la cara cuando me lo diga», le rezongaba su hija.
Se arregló un mechón rebelde frente al espejito del baño. Definitivamente, tenía cara de payaso triste, pintarrajeada y angustiada. No queda lo mismo para Margarita.

UN VIERNES DE MAÑANA
Doña María solía cantar alegres canciones en la pequeña cocina. Vivía en un inquilinato, donde su reino se reducía a una pieza y otra aún más pequeña que servía como cocina, comedor y lugar para guardar los trastos, que ella tenía a montones.
Era morena, de cabellos ensortijados poblados de numerosas canas. Tenía un carácter jovial, le gustaba conversar, reunirse con los demás inquilinos, pero la gente en general le huía porque exhalaba un tufo insoportable.
Los que la conocían de antaño contaron que vivía allí desde hacía cuarenta años atrás, llegó de España con su primer marido y se instalaron en esa pieza. Diez años después enviudó y volvió a casarse enseguida. Por aquella época ella era una mujer hermosa, de aspecto cuidado, pero años después volvió a enviudar, entonces se descuidó por completo.
Vivía sola, con un gato negro con quien se pasaba horas conversando. Le hablaba al animal como si éste fuera a entenderle, le reprochaba constantemente que orinara sobre el piso de madera y no en la caja de cartón con aserrín que le preparaba. La pieza de doña María era un misterio, siempre tenía la puerta y la enorme persiana cerradas, y sólo se percibía un poco de luz por las rendijas. Solamente otra señora española que tenía casi el mismo tiempo que ella en el inquilinato solía contar que tenía hermosos muebles, finas joyas. Pero algunos comentaban que seguramente sus sábanas estaban duras como una lona de tanta mugre.
Los jueves, un olor insoportable salía de la pieza de doña María, y todos los demás inquilinos se tapaban la nariz cuando pasaban cerca, pero no le decían nada porque conocían el origen de tal olor desagradable. En dos enormes tachos, sobre sus calentadores, hervía todo tipo de menudencias de vaca, para alimentar a veinticuatro perros, protegidos suyos. Tales animales vivían con una anciana amiga y una vez a la semana doña María salía cargada con dos enormes bolsones en los cuales llevaba bofe, corazón o riñón hervido, además de galletas duras que compraba en los almacenes. Nadie sabía de dónde sacaba el dinero para mantenerse y comprar la comida para sus perros, entonces se conjeturaba que tal vez fuera vendiendo sus joyas de a poco, o que su anterior marido le haya dejado dinero en el banco. Lo cierto es que, aunque doña María no cuidaba su aspecto exterior, sí cuidaba su alimentación, y jamás dejaba de comer galletitas de hojaldre con su mate de la mañana, y solía preparar aromáticos bifes que compartía con su gato.
Una vez estuvo sin salir tres días de su pieza, entonces tres vecinos forzaron su puerta y entraron a verla, la encontraron con fiebre y delirando, sobre su colchón húmedo de orín. Trajeron un médico para atenderla y cuando estuvo mejor, una de las vecinas la llevó al baño y munida de jabón y esponja, la bañó como a un bebé, le cambió la ropa y las sábanas y le barrió la habitación.
Los muebles de su pieza, la cama, la araña, correspondían a la habitación de una princesa. Una larga cortina de terciopelo rojo, ennegrecido por el tiempo, cubría casi toda una pared, y todo estaba extrañamente ordenado, nada fuera de lugar. Los aparadores y el ropero estaban llenos de hermosos vestidos que no usaba desde mucho tiempo atrás.
Sanó. Continuó hirviendo bofe los jueves y peleando con su gato, amenazándole de que le iba a cortar la cabeza y ponérselo en un florero por orinar en el piso. Continuó comiendo galletitas con el mate y canturreando mientras ofrecía un sandwich de queso a la vecina que nunca le aceptaba comida alguna.
Muchísimos jueves después, un viernes de mañana, se escuchó llorar al gato dentro de la pieza, la vecina española golpeó la persiana, pero doña María no abría, entonces pidió ayuda para forzar la cerradura.
Vestida con un vestido de lana verde, doña María dormía. En su rostro blanco, se veían perfectamente los surcos negros y las manchas.
A un costado de la cama estaban los dos bolsones con comida, y uno de ellos ya había sido asaltado por el gato, que sentía mucha hambre.

LA CASA VACÍA
Eloísa se despertó a las tres. Cuando sacó el brazo de entre las mantas sintió un frío intenso que la obligó a taparse nuevamente hasta la cabeza, remoloneó un ratito sobre la almohada, pero haciendo un esfuerzo se levantó de golpe sin pensarlo, porque de lo contrario se le iba a hacer muy tarde. Se colocó un sacón viejo sobre el camisón y fue directo a la cocina, puso agua para el cocido y acomodó tres tazas sobre el mantel raído de la pequeña mesa.
Mientras hervía el agua fue al baño a asearse y a ponerse la ropa para salir. Una vez que estuvo preparada fue a controlar el agua que aún no hervía, entonces entró despacio a la piecita donde dormían sus dos hijos, les tapó mejor y arregló sobre una silla los guardapolvos blancos y los abrigos de ambos, colocó las bufandas y los saquitos al lado de las carteras para que los niños no se olvidaran de ponérselos antes de ir a la escuela.
Fue a la cocina a preparar el cocido. Mientras lo cargaba en el termo tomó una taza, parada, porque se le hacía tarde. Puso la bolsa de galleta en medio de la mesa junto al termo y las tazas, revisó la heladera para asegurarse de que quedara carne para la comida. Tapó a su compañero y tomando sus bolsones y su monedero se enfrentó al viento helado del amanecer.
Llegó al mercado cuando sus compañeras se estaban instalando en sus puestos, ocupó su lugar y comenzó a sacar una a una sus mercaderías; las medias finas de mujer y las de hombre, las blancas para la escuela, los bikinis, los guantes de lana, las bufandas suaves. Mientras hacía todo eso, las manos se le helaban por efecto del viento y pensaba en Lorenzo que dormía tranquilo mientras ella se deslomaba trabajando en el mercado y luego en la casa al volver por la noche. Pensó en Lorenzo que siempre tenía una excusa para salir de cada trabajo que conseguía y chuparse en caña el dinero que ella solía dejar para que se prepare la comida. Muchas veces volvía a la casa y la nena le decía que no merendaron porque se acabó el azúcar o la galleta y no había plata en la cajita donde ella solía dejar para los gastos del día.
La vendedora de pulóveres y toallas le ofreció mate y le contó que los precios en Clorinda habían subido, con respecto al jueves pasado en que fue a traer mercaderías. Eloísa la escuchaba pero tampoco dejaba de pensar en su familia y en sus cuentas; en tres días más vencía la cuota del televisor, el gas estaba por acabarse, Joelito no tenía zapatos para la escuela y Marta necesitaba un pulóver nuevo para salir y ella misma necesitaba... de todo.
Pensó en Lorenzo que por la noche le había pedido treinta mil guaraníes para pagar una deuda de juego, prometiendo que iba a conseguir trabajo esa misma semana y que le iba a devolver, y hasta se puso exageradamente cariñoso para que ella cediera. Eloísa le dijo que no tenía plata, pero que si vendía bien se lo iba a dar al día siguiente.
A eso de las nueve de la mañana llovió. Las vendedoras aguantaron el agua como pudieron y el frío se hizo más sensible aún. A la hora de la comida Eloísa pensó en los niños, y deseó que Lorenzo haya salido realmente a buscar trabajo. A las ocho de la noche volvió a su casa, cansada y desilusionada por lo poco que había vendido.
Cuando abrió la puerta se encontró con los niños llorando. Joel tenía la cara lastimada y Marta trataba de curarlo con un trapo mojado en alcohol. Antes de preguntar lo ocurrido, fijó los ojos en la habitación, todo estaba vacío. Faltaban los muebles, la heladera, la...
«Lorenzo llevó todo lo que había», le dijo Martita, «y como Joel le quiso impedir que vaciara la casa, le dio una buena paliza», le explicó. Eloísa miró en la habitación y encontró sus ropas tiradas por el suelo, porque hasta el pequeño ropero había llevado.

SE CAYÓ EN LA RENDIJA
Cuando volvió del mercado notó que algo había ocurrido en su ausencia. Fue a la cocina a acomodar las verduras y la carne en la heladera, los paquetes de fideos en el estante y el café en el frasco de vidrio. «Adela, quiero hablarte», escuchó la voz de su patrona, «Adela, se perdió el anillo del señor y como no entró otra persona en la casa durante una semana, creemos que fuiste vos, así es que devolvelo por las buenas porque de lo contrario...». «Pe... Pero yo no fui señora, se lo juro, para qué quiero un anillo, yo no fui», balbuceó confusa y asustada.
«Lo único que te digo es que lo devuelvas por las buenas o te mandamos al Buen Pastor para que te pudras, tenés medio día para pensarlo», y dicho esto la dejó sola, estrujando una papa con las manos. Se sentó en una silla y tomándose la cabeza entre las manos se puso a llorar silenciosamente. «Yo no toqué nada, tengo que tranquilizarme, tengo que tranquilizarme», se repitió varias veces. Sacó fuerzas y continuó con su tarea, arregló las cosas y puso el agua en la cacerola, para la comida. Terminó de limpiar la casa, hizo el almuerzo y cuando estaba todo servido lo anunció a los patrones. No hubo charla en la mesa, sólo caras largas e indirectas.
Como estaba recién casada y vivía a tres cuadras, le daban permiso para ir a su casa durante una hora por la siesta para almorzar con su marido. Pero no pudo comer, apenas lo vio comenzó a llorar y entre sollozo y sollozo le contó que le acusaron de un robo que no cometió. Cuando regresó a las tres de la tarde todo parecía más tranquilo y tuvo la esperanza de que si bien no aparecía el anillo se olvidaran del incidente. No volvieron a decirle nada durante el día y cuando volvió a su casa a las nueve de la noche se sintió más aliviada.
Al día siguiente los patrones salieron temprano, como a las ocho, antes de irse la patrona le encargó que preparara temprano el almuerzo y que lavara toda la ropa, además de baldear el patio y repasar toda la casa. A las once y media de la mañana entró el jardinero a la cocina y le dijo que preguntaban por ella. «Nde reka hikuai caperucitape» , le recalcó.
Apenas le dejaron sacarse el delantal mojado y agarrar su monedero. La sentaron entre dos oficiales y ante sus preguntas insistentes y su llanto le contestaron que la acusaron de un robo. Llenaron unos papeles con sus datos y la destinaron a una celda. Era viernes, Adela pensó en su marido, en sus padres que estaban lejos, en la injusticia que estaban cometiendo con ella. «No es cierto, no es cierto, no es cierto», le repitió una y otra vez a la policía que le tomó los datos y le dijo que iba a quedar presa. «Yo no robé nada, nada, pero si apenas era un anillito barato, ha de estar por ahí, yo no robé nada». A nadie le importó. Se puso a llorar sentada sobre la estrecha cama en su jaula triste.
No permitieron a sus familiares que la vieran, porque era fin de semana, por esto, por lo otro. No comió durante tres días, no tuvo ganas ni fuerzas. Recién el lunes pudo ver a su marido y a una señora con quien había trabajado durante ocho años que fue a visitarla, enterada de su situación. Con su poco dinero pudieron pagar a un abogado, que logró liberarla.
Una semana después, golpearon a la puerta de su humilde piecita de alquiler. Era su ex patrona. «Adela, quiero hablarte un ratito», le dijo, sonriente, como si nada hubiera pasado. Ella no supo si cerrarle la puerta en la cara o salir corriendo. «Adela, quiero decirte que encontramos el anillo, había sido que se cayó en la rendija de la cabecera de la cama».
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LA TRES CUERPOS EN EL ASFALTO
Se lo llevaron a rastras. «¿Cuál ha de ser su nombre?», les escuchó preguntarse a los hombres que vestidos con el mismo uniforme continuaron hablando de él durante todo el trayecto: «Tiene mucho olor, es un degenerado por andar semidesnudo mostrando sus partes, no puede continuar suelto molestando a toda la gente, hay que internarlo en el hospital». Por fin pararon en un lugar, lo hicieron descender a empujones y lo encerraron en una celda. Unas horas después le deslizaron un plato de comida que devoró en minutos, un poco con la cuchara, otro poco con las manos.
Cuando se había echado sobre el catre para dormir sintió que una mano lo sacudía. Sin entender por qué, se encontró de nuevo en la calle. No reconoció el lugar, no era su zona de siempre. Lo dejaron en otra parte. No había tantos autos, tanta gente, tantos restos de frutas semipodridas, tantos trozos de pan amontonados cerca de la alcantarilla. Se rascó la cabeza coronada por una melena larga y hedionda; se rascó la barba, tan larga y sucia como sus cabellos. De pronto, le venían a la memoria algunos retazos, como fotos, de cosas que no entendía: él y otras personas vestidos con guardapolvos blancos rodeando a alguien acostado, algunos cuchillitos en sus manos, o de pronto la cara de una mujer y de dos niños que corrían detrás de un perrito peludo.
Sonreía a la gente con quien se cruzaba, pero todos le huían. Nadie respondió a su sonrisa. Se acomodó el pantalón abierto por delante y se sentó en el primer lugar que encontró, pero vino un señor amable y le dijo que se fuera de allí, que ése no era lugar para sentarse porque le podía pasar un auto encima, y vio que muchos de ellos venían hacia él y tuvo miedo, se aferró al brazo del desconocido que trató de tranquilizarlo y lo llevó hacia otra parte. «Cerrate el pantalón, compañero», le dijo, pero él no podía: tenía entorpecidas las manos. Entonces lo ayudó a arreglarse y lo dejó sentado en la vereda, viendo pasar los colectivos llenos de gente colgada de las puertas.
Cuando sintió hambre vagó durante varias cuadras buscando algo que comer en el piso. Caminó mirando el suelo, entonces tropezó con varias personas que le recriminaron por no atender por donde andaba. Cansado de buscar se sentó nuevamente en la vereda a esperar, entonces vio, al otro de la calle, varios pollos que giraban uno tras otro, uno tras otro, interminablemente. Se levantó y fue directo hacia los mismos, queriendo calmar su hambre. Entró al bar y fue hacia su objetivo agarrando uno de los pollos con las manos. Gritó de dolor, estaba muy caliente. Cuando se entretuvo friccionándose las manos, sintió que alguien lo sacudía con fuerza y lo sacaba a empujones del lugar.
Apretó sus manos contra la pared para intentar mitigar el dolor. Volvió a vagar sin rumbo determinado, y vio a lo lejos el puente sobre la calle, entonces se dio cuenta que estaba por llegar a su lugar de siempre. Encontró manzanas podridas amontonadas en pequeños basurales y las comió con ganas, deleitándose con cada trozo negruzco. Llevó tres manzanas, un pedazo de pan y buscó un lugar donde acomodarse para dormir.
Se tendió boca arriba sobre un montón de césped al lado de una casilla. De a poco comenzaron a aparecer las estrellas y en su cabeza se agolparon imágenes suyas con el guardapolvo blanco y tres cuerpos ensangrentados sobre el asfalto: de una mujer hermosa y dos niños que lo llamaban papá.
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EL REFUGIO
Aún hoy, el baño sigue siendo para Nara un lugar de sosiego. Allí piensa, lee el diario o el capítulo de algún libro; allí llora, se desahoga, allí sueña. Cuando era niña solía encerrarse durante horas en el baño a fin de huir de los problemas. Vivió algunos años en Buenos Aires, en una casa de inquilinato en donde los dos únicos baños se compartían entre la docena de departamentos y generalmente uno de los dos estaba ocupado por ella durante largo tiempo.
¿Qué hacía allí durante lapsos interminables? Nada. Simplemente bajaba la tapa del inodoro y se sentaba encima: los codos sobre las rodillas y la cara entre las manos esperando que pase la tormenta. Una de las inquilinas, doña Dominga, española y temperamental pero de gran corazón, fue quien influyó muchísimo en su formación porque le daba consejos. La pileta de lavar ropa, también compartida, se encontraba al lado de la puerta de la buena señora, entonces mientras Nara lavaba la ropa, doña Dominga sermoneaba todas las mañanas: «Haz esto, aquello no se hace, esto debe ser así o de aquella manera».
Hablaban, discutían sobre diferentes puntos sobre el amor, la amistad o la moralidad. Doña Dominga le hablaba de su niñez en un enorme viñedo en su lejana España, de los hombres con pies enormes que pisaban la uva, de las bondades del vino para darle brillo a los cabellos, del recuerdo de su madre, del marido muerto muy joven, de los años duros para sacar adelante la crianza de sus dos hijos varones. Uno de ellos estaba casado, el otro, con más de cuarenta años vivía con ella. A Nara le gustaba escuchar la historia de Cervando: él había tenido parálisis infantil y le practicaron una operación exitosa para que caminara bien, pero al abandonar el hospital, cuando cruzaban una plaza, un niño que jugaba lo lastimó con su pelota. Todo fue inútil, no lo pudieron recurar y él quedó rengo.
Día a día, doña Dominga le sermoneaba sobre lo incorrecto de pasar encerrada tanto tiempo en el baño cuando los demás tenían que estar esperando para entrar, pero no todo era sermón, porque entre plagueo y plagueo le preparaba enormes sandwiches que la gula de los diez años de Nara devoraba en dos minutos.
Cuando llegaba el momento del encierro en el baño, doña Dominga le golpeaba la puerta y le gritaba que no era la única que necesitaba el baño. Esto ocurrió durante bastante tiempo, hasta que un día relacionó los gritos, los ruidos y los golpes con los escapes de la niña: Nara se encerraba en el baño cuando su mamá y su padrastro se peleaban.
Entonces nunca más la apuró a salir, a abandonar su refugio, sólo le decía: «Quedate tranquila, nena, vamos a usar el otro baño»
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LOS MANCHONES
«Uno, dos, tres. ¿Lo mojo o no lo mojo?». Flaviana apretó contra su pecho el enorme oso de peluche y lo acunó como si fuera un niño. «Se va a deformar y va a quedar peor que ahora», pensó mientras diluía el jabón en polvo dentro de la pileta. Uno, dos, tres. Al apretar al oso cerraba en ese abrazo un montón de recuerdos atesorados durante años... veinte años, para ser más precisos.
Con un fondo de música de calesita y fiesta patronal, le volvían a la mente imágenes pasadas y queridas. Como tantas veces en su memoria, se volvió a ver vestida con una ropa alegre, llena de guardas y encajes, luciendo su alegría de la mano de Mario. Fue durante la fiesta patronal. Por la mañana habían asistido juntos a la misa y a la procesión, después fueron al parque donde se habían instalado la calesita, los juegos de azar y los vendedores de muñecos de barro y de fantasía.
Había también un puesto de tiro al blanco con hermosos premios para los ganadores. Apenas vio el oso lo quiso para sí y Mario tuvo que gastar todo lo que tenía para alquilar las flechitas con qué intentar llegar al centro del arco, hasta que lo consiguió y pudo ganar para ella el oso amarillo con manchones lilas. «Los osos de verdad no son de este color», le había dicho muerto de risa, pero precisamente por eso le gustaba tanto, porque era un oso diferente a todos los demás.
Cuando acabó su permiso, Mario volvió al trabajo como marinero de un barco, pero prometió volver para las fiestas, y para eso sólo faltaban dos meses. Flaviana guardó con amor su oso y sus ilusiones y se consolaba abrazándolo cuando lo extrañaba demasiado. Cada quince días recibía cartas, y en cada una le enviaba algún pétalo o una flor pequeña. «Una margarita de Puerto Rosario para mi rosa», decía a veces, o bien «Una flor de camalote para la reina del río», y Flaviana se sentía una verdadera reina, amada y recordada todo el tiempo.
Un anochecer estaba cosiendo sus zapatillas en el corredor cuando llegó don Ernesto, el papá de Mario. Cuando lo vio se dio cuenta de que algo había ocurrido. Se paró frente a ella y no pudo hablar, la abrazó con fuerza y lloró desconsoladamente. «Se cayó al agua y no lo encuentran», le dijo, con la voz entrecortada por el llanto, «se cayó al agua y todavía no flotó...». Creyó que iba a volverse loca del dolor. Se encerró en su pieza durante días, tuvieron que obligarla a comer. Acurrucada en su cama con el oso en los brazos dejaba pasar las horas esperando que alguien viniera a decirle que no fue Mario quien cayó al agua, sino que un bulto cualquiera y que él había aparecido en otro puerto, que no había muerto sino que se demoró recogiendo alguna flor silvestre para ella.
Pero jamás apareció, ni siquiera encontraron el cadáver. Muchos dijeron que la hélice pudo haberlo triturado, entonces los peces...: No volvió a sonreír en muchísimos años. Ya no quiso estudiar, ni comer, ni vivir. Se convirtió en una muñeca de trapo que rondaba las esquinas para releer las cartas en la penumbra y esparcir los pétalos marchitos sobre la cama.
El oso estaba muy sucio. Movió las manos dentro del agua para que el jabón hiciera espuma. Uno, dos tres: introdujo al juguete lentamente y con el peso del agua su volumen aumentó. Lo fregó una y otra vez hasta sacarle toda la tierra acumulada y lo colgó de las orejas en el alambre del patio. Sentada en una silla vio cómo se iba secando de a poquito, y observó con tristeza que las manchas lilas desaparecieron para dar lugar a manchones marrones tan oscuros y tristes como los de su corazón.
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EL PANTEÓN 87
Bajó del colectivo en la puerta del cementerio. Junto a la florista dudó entre una docena de margaritas o un ramo de rosas pálidas a medio abrir, con tallos cortos y muchas espinas. Se decidió por estas últimas. Recorrió el largo pasillo y el ruido de sus tacos retumbó en el campo santo molestando la quietud de la siesta.
Hacia el fondo, un albañil terminaba presuroso un panteón, seguramente el habitante llegaría en unas horas, para compartir con esos miles el lugar donde quedan dormidos los últimos sueños.
El sol de las dos de la tarde le quemaba la piel y hacía brotar gotitas por los poros. Frente a un panteón enorme, una anciana de luto sentada en una silleta, acomodaba jarrones con viejas flores de plástico mientras algunas lágrimas enormes y silenciosas salpicaban el piso. Se perdió en un laberinto de tumbas, cruces y grupos de malezas, le costó encontrar el panteón. «La tercera hilera después de la calle principal, el panteón 87, está pintado de amarillo y siempre tiene flores frescas y parece un lugar alegre en medio de tanta tristeza», le había dicho su madre.
Allí estaba. Recién pintado, con veredita y dos manchones de flores bien cuidadas en los costados. En el frente, a un lado de la puerta, una foto y una placa dorada que rezaba: «De tu esposa y tus hijos», volvió a repetir mientras un nudo enorme en la garganta se desató produciendo un llanto ruidoso.
Sacó las flores del florero y anque estaban frescas las reemplazó por las rosas pálidas. Miró a través del vidrio, estaba, el cajón tapado con un cobertor blanco bordado y lleno de encajes. Y adentro él, su padre, quizás ya apenas huesos, apenas un montón de ropa hechas añicos y huesos descarnados.
Cuando empezó a enfermar le habían escrito varias veces «papá quiere verte, papá quiere verte», pero no acudió al llamado, estaba demasiado ocupada con su éxito de bailarina en una discoteca europea. «Papá quiere verte», había dicho la última carta que recibió antes de aquella en la que le contaron que había muerto llamándola repetidas veces.
Y no vino, ni siquiera cuando murió. Ni para las misas, ni las novenas, ni en el primer aniversario. Sólo ahora, diez años después, y encontró a su madre ya cansada y vieja, a sus hermanos muy rencorosos y dolidos con ella. Por eso cuando pidió que alguien le acompañe al cementerio todos se negaron, ni siquiera le quisieron explicar la ubicación. Sólo su madre la recibió como siempre y la acogió con afecto.
No supo en qué momento se encontró hablándole, pidiéndole perdón por no haber venido cuando aún vivía, o aunque sea para traerle flores antes de que su cuerpo se marchitara del todo. Le conto de esos años lejos, creyéndose feliz sin necesitar de nadie, ganando mucho dinero, recibiendo el aplauso y la admiración de los hombres y de vez en cuando el amor un poco duradero de alguno. «¿Me vas a perdonar?», le repetía una y otra vez, «tenés que perdonarme para que sea realmente feliz».
«No tiene que llorar tanto, señorita», le dijo un nene con un balde de agua en la mano, «le va a perdonar porque ese señor es bueno, por eso ha de ser que todas las semanas vienen todos sus hijos a verle». El nene con el balde se alejó y queriendo ayudarla, la hizo sentir más culpable. «Vienen todos sus hijos a verle», repitió.
Cuando iba a marcharse notó que las rosas se abrieron completamente.
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ENLACE AL ÍNDICE DE "UN SUEÑO EN LA VENTANA (25 RELATOS BREVES)" EN LA BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES.
*. El aleteo de las mariposas / Esperanos... / Con cara de payaso triste / Un viernes de mañana / La casa vacía / Guardame el sol / La decisión / Noventa poemas / Marcadores de colores / De nuevo la oscuridad / Las campanillas me abrazarán / La diferencia / Nubia / De tanto soñar / Un rato más / Los ruidos y las plantas / El mismo miedo / Un sueño en la ventana / Con sabor a muerte / Su amiga preferida / Se cayó en la rendija / Tres cuerpos en el asfalto / El refugio / Los manchones / El panteón 87.
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MILIA GAYOSO - LA PERVERSIDAD DE LA LENGUA / Publicado en el diario La Nación, el 11 de Setiembre del 2010.


LA PERVERSIDAD DE LA LENGUA
Artículo de
(Enlace a datos biográficos y obras
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Publicado en el diario La Nación,
el 11 de Setiembre del 2010.

Una prima exuberante, que vive en Ciudad del Este, suele decir que lo suyo no es exceso de gordura, sino de “gostosura”. Ella utiliza una derivación de la palabra portuguesa gostoso/a para definir su gran peso, buen humor y alta autoestima.
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Conozco a muchas “gorditas” felices y maravillosas, que además de ser excelentes personas, brillan en sus respectivos quehaceres. Toda mi vida, aún cuando pesaba 57 kilos, me molestó la gente que menosprecia a quienes pesan más de lo que se denomina normal o recomendable. Y ahora que estoy en la lista de las “rellenitas”, me saca chispas escuchar alguna grosería despectiva.
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Si usted es asidua a los tés, despedidas de solteras, baby showers, lanzamientos, reuniones, etc., conocerá de varias personas, hombres y mujeres, pero especialmente mujeres, que no tienen empacho en decirle a su prójima: “'¡Qué gorda estás!”, “Pero vos estás más gorda...”, o cosas por el estilo. Olvidando que todos los seres humanos podemos echar mano al don de la gentileza. No cuesta nada hacerle sentir bien a los otros con una frase amable, como: !Qué linda estás!, o te sienta bien ese vestido o esa corbata.
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Sin embargo, la senadora Zulma Gómez, olvidó la buena educación, al lanzar una frase tan despreciativa hacia la ministra de Salud. Molesta porque Esperanza Martínez no está de acuerdo con la posibilidad de volver a dejar vía libre a los fumadores que nos matan lentamente a los que no fumamos (además de ir reservando su lugar en el cementerio, ellos mismos), no tuvo mejor idea que decir que es una obesa, entre otras linduras. ¿Qué quiere? Es una ministra de Salud, y no de “insalud”, lógicamente debe defender la vida saludable con todos los argumentos posibles. Si se sintió ofendida, por alguna expresión de la médica, su chabacana crítica no es el mejor argumento para defenderse.
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Hay que reconocer que además de deslenguada, es muy pagada de sí misma. Porque la señora Zulma no es Miss Universo, precisamente, y ni aunque lo fuera. Su actitud deja una muy mala imagen de una mujer que, no sólo, no está considerando el bienestar de sus conciudadanos, siendo ella una Parlamentaria, sino que además se burla de sus pares femeninas que no lucen ese escultural cuerpo que ella cree tener. La felicito porque se “produce”, hace dieta, pilates y yoga nepalés, para estar delgada, pero no debe humillar a nadie diferente a ella.
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Yo sigo reivindicando el derecho a tener un talle XL, o XXL, y ser feliz con una misma. Es hermoso que el espejo te devuelva esa imagen que sólo sea el envoltorio de la belleza interior. Lo importante está dentro de cada uno, la esencia del ser humano es lo que hace la diferencia para ser mejores o peores personas,
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Doña Zulma debería enterarse y recordar que en el mundo hay talentosas mujeres que no caben en un talle 42, y en Paraguay la lista es inmensa. Que lo digan sino damas como Lizza Bogado, Diana Barboza, Mina Feliciángeli, Lita Pérez Cáceres, Alicia Guerra , Gloria Rubin y miles de paraguayas que dejan huellas por su trabajo o su testimonio de vida.
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Registro: Setiembre 2010
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martes, 6 de julio de 2010

MILIA GAYOSO MANZUR - CANCIONES SIN SENTIDO (Cuento de "RONDA EN LAS OLAS") / Fuente: epa-escritoras.blogspot.com

CANCIONES SIN SENTIDO
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
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CANCIONES SIN SENTIDO
Muchos me contaron que yo vagaba con ella por todos los lugares. Se nos vio por todas partes, juntas; el mercado, las avenidas, la terminal, a la salida de los cines... Dicen que ella siempre iba andrajosa, descalza, la mirada perdida, la sonrisa sin causa.
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Cuando yo era un bebé ella me cargaba a su cintura o sobre su cuello y dicen que muchas veces yo lloraba de hambre porque como ella no se alimentaba, no tenía leche para amamantarme. Cuando ya fui un poco más grande chupaba durante horas algún trozo de cáscara de naranja o cualquier otra cosa que me daban por ahí.
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Algunas veces vivíamos en el hospital. Me cuentan que por lo menos allí las dos comíamos un poco mejor que cuando vagábamos por las calles, a ella no le gustaba estar en el hospital, quería estar libre, caminar, que no la encerraran.
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Cuentan que fue una chica feliz, que vino de la campaña para trabajar en una casa de familia, pero allí la maltrataban, le daban poca comida, trabajaba en exceso, dormía poco y tenía nostalgias. Trabajó tres años en diferentes lugares, uno peor que otro, la trataban como si fuera una esclava.
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Los domingos tenía ganas de salir a pasear pero no la dejaban, se quedaba a limpiar todo lo que ensuciaban las visitas.
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Un día se fue al mercado a comprar verduras y no volvió, se extravió por los recovecos del camino, colgó el bolso del brazo y vagó sin rumbo. Se fue ensuciando lentamente su vestido, se gastaron sus zapatos, se le ensució el cabello y su cara morena se manchó del jugo de las naranjas que comía y del piso sucio que utilizaba como cama por las noches. Se sumó a los habitantes sin rumbo de la ciudad, compartió trozos de tortillas o el calor de una manta agujereada de algún mendigo o de otra mujer enajenada.
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En una de esas noches, en la oscuridad de las esquinas, alguien la poseyó salvajemente. Su vientre se volvió mi hogar y fui parte de ella misma. Me dijeron que entonces algunas personas la internaron en el hospital y cuando nací ella me miraba sin entender muy bien lo que había ocurrido. Como el portón estaba abierto, nos fuimos a explorar la vida. A veces nos volvían a traer y otra vez ella me cargaba y salíamos de nuevo.
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Me dicen que ella me quería, que me daba mil besos y me acunaba entre sus brazos sucios, me cantaba canciones que ni ella conocía. Eran canciones dulces aunque no tuvieran sentido.
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Después, nos separaron. Personas preocupadas por mí me sacaron de sus brazos, me llevaron a un hogar infantil y a ella la dejaron vagando por las calles. Yo guardaba recuerdos de su cara sonriente, pero crecí con prisa y dejé de pensar en ella. Pero en estos días, de compras por la calle, vi a una anciana harapienta, que reía sin causa, entonces descubrí en sus facciones ajadas la forma de mi cara, mis ojos, mi sonrisa. Ella miró hacia mí y salió corriendo, y se perdió entre la gente. La seguí cuatro cuadras y no pude alcanzarla. Pero la buscaré.
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Quiero sentarme a su lado para que me cante canciones sin sentido.
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De: "Ronda en las olas"
Registro: Julio 2010.
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lunes, 7 de junio de 2010

MILIA GAYOSO MANZUR - RONDA EN LAS OLAS (Prólogo: NILA LÓPEZ) / Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES


Autora: MILIA GAYOSO MANZUR
Edición digital: Alicante :
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Ñanduti Vive ;
Intercontinental Editora, 1990.
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** Corría el año 1962. En Villa Hayes nacía Milia Gayoso. La niña creció escuchando durante horas el canto de las aves y consustanciándose con los modelos de vida de sus compueblanos. Cuando cumplió nueve años, a la orilla del río, se sentaba a «inventar» cuentos.
** El tiempo pasó. Cuando cursaba el cuarto grado, (en la Argentina) era la escribiente por encargo: «Hacé otra poesía por el día de la madre, para el acto cultural del colegio...».
** Otros ámbitos mudaron su vida. La morena simpática aprendió los secretos del pueblo, desde sus más gastadas raíces, se armó de premoniciones, y sin importarle lo formal, escribió a borbotones.
** Sus primeras publicaciones aparecieron en la revista universitaria Turu, editada por los estudiantes de periodismo de la Universidad Nacional, de la que es egresada como Licenciada en Ciencias de la Comunicación.
** De aquí para allá, fue recogiendo leyendas y hechos concretos, creciendo con los sufrimientos de sus conciudadanos, observando tenazmente nuestra realidad, recogiendo sus compases más sutiles.
** Continuó escribiendo en el suplemento femenino del diario Hoy. ¿Historias reales? ¿Cuentos? ¿Crónicas costumbristas? Inútil sería tratar de encasillarlas dentro de un género literario.
** Pareciera que con el correr de la pluma (o de las teclas de la computadora), Milia hubiera intentado un ensayo sobre las verdades callejeras, las más diminutas, las más simples y triviales: nuestro color, nuestro aroma.
** Sintiendo en carne viva las penurias de seres marginales, su prosa parece detenerse interminablemente en descripciones del dolor ajeno, tal vez porque le costaba conciliar el sueño, cada noche, después de una jornada de auténtica convivencia con los otros -por lo demás, sería esa intranquilidad del sueño que tienen la mayoría de las personas honradas.
** Porque la honradez no se limita a la rectitud de la conducta, a la ausencia de hurto y otros comportamientos poco éticos, sino a la solidaridad con los demás, a la que mueve a la acción para transformar nuestros males en bienes, al margen de sensiblerías.
** Por eso la narrativa de Milia es un gran fresco de las luchas de anónimos personajes paraguayos, hombres, mujeres y niños que acarrean sus atados de melancolías, frustraciones, nostalgias.
** Ella sabe enfocar con jubilosa sencillez esos temas de la vida elemental, conociendo muy bien los giros de la fraseología paraguaya, quizás sin detenerse demasiado en aspectos estilísticos. De repente, hasta sentimos que los cuentos -por definirlos de alguna manera- pierden su característica de ficción.
** Aquí están amontonados los duelos populares, los interrogantes del porvenir, en un sonoro dibujo de circunstancias variadas que, de una u otra manera, a casi todos nos toca experimentar.
Estamos todos nosotros en sus historias, con nuestra ropa doméstica y múltiple, con nuestros dolores e inseguridades, con nuestros dramas habituales... No hay victorias fáciles.
** Y en este gran coro de la gente que es retratada sin máscaras, se levanta la voz de la autora rebelándose ante el sufrimiento humano, ante las injusticias.
** No es una realidad que se expresa porque sí, encerrándose en la anécdota. No es la realidad como es, sino su propia sustancia, la escondida, la que está detrás de la parte adjetiva de los fenómenos cotidianos, que de tanto transitarlos, ya no los percibimos, hijos como somos de hábitos y rutinas aprendidas.
** Sin alardes, sin seguir modas literarias, escueta, sencillamente, sin recetas, desde su camino de papel, Milia se acerca a los seres condenados por su propio destino, a los pobres del mundo, a los tristes que no saben ya dónde guardar sus sueños malheridos.
** Y a partir de estas voces supremas de los personajes, podemos ver las carencias de nuestra colectividad, lo que nos humilla.
** Es cierto que a ratos este aluvión de desdichas o de patética emotividad nos hace dejar a un lado tanta palabra húmeda. Pero... queda una duda. Retomamos la lectura en ese punto exacto de la trama que es más comunicante en sus engranajes, diría yo, impensados por la autora, espontáneos. Tampoco se puede negar que en estos desahogos, productos del contacto permanente con el sufrimiento del hermano, hay siempre como fondo una esperanza, una sugerencia de que es posible limpiar ese tape po'i del no ser al ser.
** Como dijera Guillén alguna vez, aquí se unen «el mismo canto y el mismo cuento». A partir de estas narraciones se puede aprender más que en los libros de los historiadores y economistas profesionales, porque la de Milia es una prosa plena de certidumbres, eco directo de lo que sucede cada día en cada esquina.
** Y lo repito: es muy importante que una joven rescate del olvido al que siempre han estado condenados, esos minuciosos quehaceres populares urbanos, contemporáneos, inadvertidos debido a su repetición sistemática.
** Espero que los protagonistas de los argumentos de Milia sean también sus lectores: toda esa gente que no tiene lugar para el descanso, y que en los elementos prácticos que emplea la escritora, en sus sabias combinaciones de recursos literarios -hijas de su arandu ka'aty-, en sus imágenes dispersas y fuertes, se entreguen a su ternura desbordada. Que sus mejores interlocutores sean los miles y miles que ella ha dibujado en este libro desigual, testimonial, invadido de antihéroes, y que, estoy segura, dejará huellas que darán paso a nuevas aventuras de la palabra. - NILA LÓPEZ
**/**
EN PEDAZOS
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** Herminia esperó su turno. Había tres mujeres delante de ella, tres mujeres en situación idéntica, para hacer lo mismo. Dos conversaban entre sí, una le decía a la otra que estaba casi de tres meses y que tenía miedo de morir. La tercera se mantenía silenciosa, cabizbaja, encerrada en sí misma. Eran las tres de la tarde y estaba allí desde la una, no quiso llegar antes para no esperar tanto, para no sufrir mientras le llegaba su turno.
** No quiso tocarse el vientre, no quiso pensar que allí dentro latía algo minúsculo que formaba parte de sí misma, algo diminuto que con el tiempo podía llegar a ser una personita con mirada traviesa y sonrisa contagiante. Las dos mujeres conversaban animadamente, «es la cuarta vez que hago», decía una y la otra le contestó que era su segunda vez, pero que ahora le pasó demasiado el tiempo porque no pudo conseguir la plata, «hepy etereí coanga», decía mientras volvía a contar el dinero que tenía dentro del monedero.
** «¿Cómo hará para matarle?», pensaba Herminia. Ella tenía muy poco conocimiento sobre esas cosas, muchas veces escuchó conversar a algunas amigas sobre eso pero nadie había ahondado en detalles, sólo decían que se «quitó» y punto.
** La tercera mujer tenía la mirada triste, era joven, como de veinte años como ella, estaba bien vestida, «será una oficinista», pensó. Comparó su pollera barata con la de la chica, comparó su sandalia roja gastada con el zapato blanco todo cerrado de la otra. Las otras mujeres estaban sencillamente vestidas, no parecían mujeres de la calle, sino simples y normales como ella.
** Se abrió la puerta. Salió la que había entrado antes, pálida, demacrada, con los ojos hundidos y apagados. La doctora sonrió a las cuatro e invitó a pasar a la que seguía, le tocó a la chica triste, ésta miró hacia las demás y entró con cara de animal que va al matadero. Las otras dos se quedaron cuchicheando y comentaron que esa pobre mujer estaba muerta de miedo, a lo mejor es la primera vez, o tal vez no quería matar a su criatura, decían.
** Herminia las miró, le costaba creer que ambas ya lo habían hecho muchas veces y estaban allí tranquilamente y no pensaban en esa cosita que iban a eliminar, una de ellas dijo que tenía miedo de morir, pero no mencionó que no quería matarlo. Herminia no quería matar al bebé, y durante muchas noches pensó en la situación, en la posibilidad de tenerlo, de enfrentarse a todo con tal de que viva, pero al final primó la inseguridad de encontrarse sola, el temor a perder el trabajo, a no tener con qué mantenerlo, a lo que iba a decir su familia, a todo.
** Habló de su problema sólo con dos amigas, y ambas coincidieron en que la solución era ésa y ninguna otra.
** De repente se animó. «¿Cómo hace la doctora para matarlo y sacarlo de allí?», les preguntó a las dos mujeres. «Sencillo», le dijo una. «Lo saca en pedazos después de matarlo con la inyección». Se quedó helada, «en pedazos», pensó. Lo imaginó apenas un bultito pero herido y cercenado, sin defensa, sin posibilidad de dar un último latido cuando la aguja comenzara a pinchar su vena, lo imaginó chiquito con un montón de travesuras guardadas dentro de su pequeñez, travesuras que a su par irían creciendo con el tiempo.
** «En pedazos», pensó Herminia, y una lágrima gruesa se deslizó despacio por el canal formado entre su pómulo y la nariz. Miró a las dos mujeres que la observaban silenciosas. «¿No querés hacer?», le preguntó la más gorda, la que lo había hecho ya varias veces, «no vas a sentir nada porque te anestesia», le dijo, pero Herminia ya no escuchó nada porque se levantó y salió a la calle dejando su turno libre para la siguiente.


CANCIONES SIN SENTIDO

** Muchos me contaron que yo vagaba con ella por todos los lugares. Se nos vio por todas partes, juntas; el mercado, las avenidas, la terminal, a la salida de los cines... Dicen que ella siempre iba andrajosa, descalza, la mirada perdida, la sonrisa sin causa.
** Cuando yo era un bebé ella me cargaba a su cintura o sobre su cuello y dicen que muchas veces yo lloraba de hambre porque como ella no se alimentaba, no tenía leche para amamantarme. Cuando ya fui un poco más grande chupaba durante horas algún trozo de cáscara de naranja o cualquier otra cosa que me daban por ahí.
** Algunas veces vivíamos en el hospital. Me cuentan que por lo menos allí las dos comíamos un poco mejor que cuando vagábamos por las calles, a ella no le gustaba estar en el hospital, quería estar libre, caminar, que no la encerraran.
** Cuentan que fue una chica feliz, que vino de la campaña para trabajar en una casa de familia, pero allí la maltrataban, le daban poca comida, trabajaba en exceso, dormía poco y tenía nostalgias. Trabajó tres años en diferentes lugares, uno peor que otro, la trataban como si fuera una esclava.
** Los domingos tenía ganas de salir a pasear pero no la dejaban, se quedaba a limpiar todo lo que ensuciaban las visitas.
** Un día se fue al mercado a comprar verduras y no volvió, se extravió por los recovecos del camino, colgó el bolso del brazo y vagó sin rumbo. Se fue ensuciando lentamente su vestido, se gastaron sus zapatos, se le ensució el cabello y su cara morena se manchó del jugo de las naranjas que comía y del piso sucio que utilizaba como cama por las noches. Se sumó a los habitantes sin rumbo de la ciudad, compartió trozos de tortillas o el calor de una manta agujereada de algún mendigo o de otra mujer enajenada.
** En una de esas noches, en la oscuridad de las esquinas, alguien la poseyó salvajemente. Su vientre se volvió mi hogar y fui parte de ella misma. Me dijeron que entonces algunas personas la internaron en el hospital y cuando nací ella me miraba sin entender muy bien lo que había ocurrido. Como el portón estaba abierto, nos fuimos a explorar la vida. A veces nos volvían a traer y otra vez ella me cargaba y salíamos de nuevo.
** Me dicen que ella me quería, que me daba mil besos y me acunaba entre sus brazos sucios, me cantaba canciones que ni ella conocía. Eran canciones dulces aunque no tuvieran sentido.
** Después, nos separaron. Personas preocupadas por mí me sacaron de sus brazos, me llevaron a un hogar infantil y a ella la dejaron vagando por las calles. Yo guardaba recuerdos de su cara sonriente, pero crecí con prisa y dejé de pensar en ella. Pero en estos días, de compras por la calle, vi a una anciana harapienta, que reía sin causa, entonces descubrí en sus facciones ajadas la forma de mi cara, mis ojos, mi sonrisa. Ella miró hacia mí y salió corriendo, se perdió entre la gente. La seguí cuatro cuadras y no pude alcanzarla, pero la buscaré. Quiero sentarme a su lado para que me cante canciones sin sentido.


UNA IMAGEN TRISTE

** Tuve que fingir, no hubo más remedio. Me puse un luto completo desde los zapatos hasta la cabeza, me puse medias negras a pesar del calor, me quité los aros con coral y me puse una perla, me até el cabello con un trozo de la gabardina que sobró de la pollera y lloré.
** Dos días duró la farsa, desde que murió hasta después del entierro. Al velorio vinieron sus familiares y sus amigos, con ellos disimulé, tuve que llorar, poner cara triste y desvalida, con mis familiares no fue necesario porque ellos conocían mi suplicio. Me inventé una imagen de viuda triste para las apariencias, porque no podía mostrar la cara contenta, no podía ponerme un vestido floreado, pintarme como para ir a una fiesta y decirles a todos que por primera vez en quince años me sentía feliz. No quiero imaginar la cara de la gente si hubiera hecho eso, hubieran dicho que era una mala mujer, que sólo esperaba su muerte para darme a la vida libertina, que él era un pobre hombre, buen marido, trabajador y ejemplar que siempre me dio todos los gustos y aguantó mis infidelidades, ni más ni menos.
** Este vestido negro me sofoca. Pensar que tengo que llevarlo puesto por lo menos hasta que termine la novena, yo quería hacer un triduo de misas, pero mi suegra insistió con la novena y encima en mi casa, pero creo que el alma de ése no se salva ni con mil novenas seguidas. Voy a empaquetar toda su ropa y voy a regalarla a cualquiera, no quiero en esta casa ni siquiera un pañuelo que le haya pertenecido, nada que le recuerde, nada que me recuerde esos años de tristeza.
** Cuando sean las siete y comience a llegar la gente tendré que ponerme otra vez la careta de sentida y seguir fingiendo un poco más. Nadie imagina que debajo de mi aparente dolor existe un alivio inmenso, una suerte de liberación inexplicable, unas ganas nacientes de empezar una vida nueva, en la que yo sea una verdadera persona y no una esclava, una autómata que se movía por toda la casa limpiando, lavando y preparando la comida que luego él me tiraba por la cara cuando no le gustaba. No quiero volver a ser el objeto sobre quien descargaba toda su furia y su frustración cuando no le salían bien las casas que ideaba su mente enferma. No quiero volver a sentir en mi cara su aliento a alcohol, cuando por las noches me obligaba a estar con él.
** Esa gente que me pasa la mano y me da los pésames no se imagina mis años de tormento, tiempo de golpes e insultos, días de no poder despertar con un proyecto alegre o noches en vela sin poder conciliar el sueño. Sólo algunas vecinas me dan un leve apretón en el brazo y me dicen con los ojos que me comprenden, porque seguramente, más de una vez han escuchado mi llanto o me han oído suplicarle que ya no le castigara a nuestro pequeño, o que dejara de golpearme tan brutalmente como lo hacía. Sólo ellas me comprenden, porque hay más de una soportando lo que yo pasé.
** Cuando acabe esta novena, no me importa lo que digan, voy a ponerme un vestido alegre y voy a salir a buscar un trabajo, y mi hijito y yo nos mudaremos para intentar encontrar una sonrisa en todas las cosas.
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ESTÁ MUY OSCURO LA PIEZA
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** Te estoy llamando, Aurora, ¿acaso no me escuchás?, hace como una hora que te grito, que te llamo. ¿Dónde te has metido?, tengo frío, no siento los dedos del pie izquierdo, me duele en medio de la cabeza, me duelen las rodillas...
** Seguramente estás ya otra vez en el portón afilando con cualquier soldadito que pasa o mirando esa novela que no entiendo o con la radio como en fiesta patronal. Pasame la frazada, ésa con dos tigres que me regalaron en mi cumpleaños, o ¿era en el día de la madre? Quiero ir al baño, Aurora, ¿dónde estás?
** Pero... me parece que no me escuchás, ¿hablo despacio o no hablo?, creo que te estoy llamando solo con la mente, con el pensamiento, siento dura la mandíbula, no puedo hablar, me ahogo...
** Me ahogo de vieja, me ahogo en la tristeza. Aurora, no me mires así con tanta pena. Cuántos años hace que estás conmigo, ¿cuántos años tenés?; tu cara es como de criatura, regordeta y morena, pero no me gusta tu cabello tan lacio y negro, parecés una maká recién levantada, no te parecés a mi Isabel que tiene el cabello siempre enrulado y brillante, especialmente cuando va a irse a una de esas fiestas elegantes con su marido. Isabel siempre está hermosa y bien vestida y perfumada y tiene muchas amigas y siempre salía en el diario, en fotos en colores, no sé ahora, porque hace mucho que yo no miro los diarios y ella siempre viaja y da todita la vuelta al mundo y antes me enviaba postales con playas largas y blancas, llenas de gente, iglesias enormes y a veces escribía cosas cariñosas: mamá me acordé de vos y te envío ésta; con esa su letra llena de firuletes que la alargaban demasiado.
** Aurora, ¿dónde estará Isabel ahora?, la quiero ver, la extraño, hace demasiado tiempo que no me visita, que no me da un beso, ha de ser ya otra vez ese ogro de su marido que siempre la tiene ocupada de fiesta en fiesta y por eso no tiene tiempo de visitarme. Vos Aurora no vayas a dejarme, por favor, no me importa que afiles todo el día y no limpies nada y que nunca vengas enseguida cuando te llamo, porque aunque sea estás por ahí y me gusta escuchar cuando hacés ruido y así no tengo miedo de esta soledad que cada día es más completa.
** ¿Te acordás que antes venía ña Carmen a jugar conmigo baraja?, ¿por qué no viene más, o será que también le duelen las rodillas y no puede caminar o será que se mudó y no quiso despedirse para entristecerme?
** Yo tampoco puedo caminar pero tengo esta silla de ruedas toda acolchada, tan linda, que me compró Isabel y mi ropa llena de encajes y tengo lindos zapatos, pero para qué si ya no puedo salir ni a la vereda.
** Isa dijo que un día me iba a sacar a pasear por la ciudad con las criaturas, y estoy esperando, pero no les manda ni a mis nietitos a verme y yo quiero salir un poco para ver el color de las cosas nuevas antes de que mis ojos bajen la cortina. Quiero ponerme uno de esos zapatos que me compró mi hija no sé dónde, pero seguro que va a hacerme doler los pies porque nunca me los puse todavía, para qué si de la pieza no salgo, a no ser que me los ponga para ir al patio, bajo el mango cuando vos amanecés servicial y me paseás un poco con la silla, y a veces hasta conversás un poco conmigo.
** Aurora, prendé la luz porque está demasiado oscuro en la pieza, no sé si ya es de noche o va caer tormenta, o mis ojos ven cada vez menos. Tengo frío, Aurora, siento como que estoy mojada...
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HACE FRÍO PARA COBRAR
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** Tengo frío. Cómo quiero volver a casa y tomar un tazón caliente de cocido con galleta y acostarme a dormir. Pero no puedo, apenas tengo seiscientos guaraníes y ya es tarde.
** Voy a probar sobre Azara, a lo mejor ésos que salen de su colegio cuera o de la facultá me dan algo, algunos son maloitereí, cuando me acerco a pedirles cien-í para comprar pan me dicen: «Andate a trabajar che ra-á», y yo tengo ganas de contestarles «y este ningo es mi trabajo nde vyro», ¿qué mbae pico creen , que da gusto andar por la calle con este frío? en pantaloncito shalai por donde entra todo el viento, con camisita sin botón, sin champiún, ni zapatilla japoneza aunque sea y con un hambre bárbaro. Tengo más hambre que los siete enanitos juntos.
** Allá en la otra cuadra está cruzando un grupo de chicas con cuadernos, voy a pedirles a ellas, las mujeres son más buenas, algunas hasta me acarician mi cabeza sucia y me preguntan dónde vivo y por qué pido limosna, ¿y por qué pico va a ser?, porque tengo hambre ningo, porque tengo hambre y porque en casa me exigen que tengo que llevar aunque sea mil guaraní por día, porque si llevo menos, shaque cinto , encima con el frío que hace duele itereí ligar.
** Ya hubiera completado ochocientos, pero tenía tanta hambre y esas empanadas que vende ña Agripina tenían tan lindo olor que compré dos luego. Ella es buena y me rebaja cincuenta guaraníes cada empanada y encima me regala un pancito porque dice que hay que almuerzar bien porque me voy a denutrir, dice. No sé qué quiere decir dentrar, pero ha de ser que me puedo morir, y bueno, mejor eso, ya nda igustoveima mbaevé.
** Allá viene un señor pintón, «señor qué hora tené», «no tené cien-í para mi empanada», «dálena, cien-í nomás quiero», «gracias karaí». Uf, le tuve que seguir media cuadra para convencerle, pero me dio, seteciento ma hina.
** Bruja pandilla, ninguna de esa estudiante me dio ni un guaraní, encima peteí se rió y dijo quien pa a ella le da para su pasaje, qué me importa, que camine como yo. Yo camino todo el día, me levanto tempranito, tomo mi cocido, a veces solo porque no hay galleta y empiezo a recorrer. No me limpio ni nada porque mi mamá dice que así es mejor, que me van a tener lástima y me van a dar más plata, pero a veces tengo vergüenza, porque hay muchos mitaí limpito que van de la mano de su mamá y yo ando como un cure-í por la calle pidiendo dinero, shaquecó nadie quiere dar plata, cada día hay más cure-í como yo también, y si somos muchos si que menos vamos a poder juntar.
** Algunas mitacuñaí vienen luego con su hermanito llorón por su cintura, entonces esas ligan más plata porque la gente siente pena por el mitaícito . Me parece que voy a conseguir un hermanito gua-ú que sea livianito para traerle upa, porque mis hermanitos cuera ya tienen cuatro años para arriba y no se les puede andar alzando cuadras y cuadras. Si no, le voy a pedir a mamá que haga otro mita-í, pero mita-í, porque no voy a andar trayendo una mitacuña-í shió conmigo.
** ¡Ah!, qué suerte, una rubia linda me dio otro cien, ochociento a completá compañero. Quiroité entrar en ese bar y comprar una hamburguesa grande como un plato y comer yo solito, una hamburguesa con queso, lechuguita, carne, huevito, pan feroz, para mi añoité . ¡Ah, me da todo piel de gallina y mi estómago habla como un loro! Un día de estos junto mil y me doy el gusto, no importa que después llegue a casa y ligue quinientos cintarazos. Doscientos nomás ya me falta, voy a seguir pidiendo porque hace demasiado frío para cobrar esta noche.
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ENLACE AL ÍNDICE DE "RONDA DE OLAS" EN LA BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES
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  • En pedazos // Canciones sin sentido // Una imagen triste // Está muy oscuro en la pieza // Hace frío para cobrar // Ronda en las olas // Para espantar las sombras // Tiene el corazón noble // Sólo la misma edad // Tus montecitos de callos // Para ensayar sonrisas // Luces en el jardín // El collar de perlas // El motivo // Mientras espera // Buena noticia // La injusticia // Como una golondrina en el tejado // Tomate // Como las flores de lapacho // Concierto de trinos para Melissa // La vuelta solitaria // Tenía una remera amarilla.

miércoles, 14 de abril de 2010

MILIA GAYOSO MANZUR - UN SUEÑO EN LA VENTANA y EN PEDAZOS / Fuente: NARRATIVA PARAGUAYA (1980 - 1990) de MARIA VILLAGRA y GUIDO RODRÍGUEZ-ALCALÁ


CUENTOS de
MILIA GAYOSO
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
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UN SUEÑO EN LA VENTANA
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Afuera la lluvia caía sin parar. Ella trataba de mirar a través del vidrio empañado de la ventanilla del ómnibus, miraba hacia la izquierda, seria y pensativa. La niña tenía los cabellos lacios, cortos y desparejos; cortados a la tijera a la buena de Dios por manos que de peluquería seguramente sabían muy poco; su blusita lila con hilachas, su carita manchada con imagen somnoliente. La niña soñaba.
De pronto, sus dedos se deslizaron sobre el vidrio empañado y trazaron dos líneas cruzadas, grandes; un rato después completó la palabra: el nombre de una artista famosa. Sólo eso escribió y se quedó mirando su obra. Se dio vuelta y notó que la observaba y se sonrojó; quiso borrar la huella que la delataba, tal vez porque imaginó que la pillé infraganti en pleno sueño de no ser una nena tan humilde y haraposa, que la pillé chiquita y levantándose de madrugada para trabajar, con tan poco tiempo para jugar y soñar que no era ella sino otra con una vida mucho menos complicada, mucho menos difícil, con tan poco tiempo para ser una verdadera niña.
Miré hacia otro lado para que ella pensara que no le daba importancia a lo que hacía, entonces dibujó otros palitos cruzados cerca del nombre; unos palitos cruzados y juntitos que a mí me parecieron estrellas. Volvió a mirarme, le sonreí y me correspondió. Llevada por mi propia fantasía, soñé también para ella un porvenir mejor del que tal vez le esperara. Soñé para ella sueños dulces sobre almohadas limpias, sueños hasta las seis y media o siete de la mañana para ir luego a la escuela y no hasta las tres o cuatro de la madrugada solamente.
Continuó mirando a través del vidrio y me pregunté qué representaba esa palabra, ese nombre, para ella. Quizás sólo pensaba en su artista favorita y la imaginaba bailando y cantando rodeada de tantísimo lujo o tal vez quería creer por un momento que ella no era esa nena llamada ¿Juana? ¿Ramonita? sino una hermosa niña-adolescente que cantaba y reía todo el tiempo porque no le dolía ni faltaba nada.
Su abuelita le dio un sacudón y le dijo que se preparara para bajar. Quise pedirle que no borrara sus estrellitas del vidrio, que las dejara iluminando ese viejo colectivo del interior hasta que el calor las fuera derritiendo y se deslizaran como gotitas hasta el piso. Y las dejó, dibujando en la ventana. Se pararon las dos, arreglaron sus cosas y bolsones de arpillera llenos de no sé qué. Primero bajó la abuelita y ella fue pasando los bolsones enormes uno a uno y, antes de bajar, se quitó sus zapatitos para que el agua no los estropeara más de lo que ya estaban. Se bajaron cerca del Mercado de Abasto con todo su cargamento de cosas para vender... y la nena con su cargamento de sueños y sus poquitos años.
Allí las recibió el asfalto resbaladizo y la lluvia. Luego, ese auto, las poco ágiles piernas de su abuelita... Tiró sus bultos y corrió a atenderla, intentando, entre sollozos y desesperación, que volviera a hablarle.
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(De Un sueño en la ventana)
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EN PEDAZOS
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Herminia esperó su turno. Había tres mujeres delante de ella, tres mujeres en situación idéntica, para hacer lo mismo. Dos conversaban entre sí, una le decía a la otra que estaba casi de tres meses y que tenía miedo de morir. La tercera se mantenía silenciosa, cabizbaja, encerrada en sí misma. Eran las tres de la tarde y estaba allí desde la una, no quiso llegar antes para no esperar tanto, para no sufrir mientras le llegaba su turno.
No quiso tocarse el vientre, no quiso pensar que allí dentro latía algo minúsculo que formaba parte de sí misma, algo diminuto que con el tiempo podía llegar a ser una personita con mirada traviesa y sonrisa contagiarte. Las dos mujeres conversaban animadamente, "es la cuarta vez que hago", decía una y la otra le contestó que era su segunda vez, pero que ahora le pasó demasiado el tiempo porque no pudo conseguir la plata, "hepy etereí coanga", decía mientras volvía a contar el dinero que tenía dentro del monedero.
“¿Cómo hará, para matarle?", pensaba Herminia.. Ella tenía muy poco conocimiento sobre esas cosas, muchas veces escuchó conversar a algunas amigas sobre eso pero nadie había ahondado en detalles, sólo decían que se "quitó" y punto.
La tercera mujer tenía la mirada triste, era joven, como de veinte años como ella, estaba bien vestida. "Será una oficinista", pensó. Comparó su pollera barata con la de la chica, comparó su sandalia roja gastada con el zapato blanco todo cerrado de la otra. Las otras mujeres estaban sencillamente vestidas, no parecían mujeres de la calle, sino simples y normales como ella.
Se abrió la puerta. Salió la que habían entrado antes, pálida, demacrada, con los ojos hundidos y apagados. La doctora sonrió a las cuatro e invitó a pasar a la que seguía; le tocó a la chica triste, ésta miró hacia las demás y entró con cara de animal que va al matadero. Las otras dos se quedaron cuchicheando y comentaron que esa pobre mujer estaba muerta de miedo; a lo mejor es la primera vez, o tal vez no quería matar a su criatura, decían.
Herminia los miró; le costaba creer que ambas ya lo habían hecho muchas veces y estaban allí tranquilamente y no pensaban en esa cosita que iban a eliminar. Una de ellas dijo que tenía miedo de morir, pero no mencionó que no quería matarlo. Herminia no quería matar al bebé, y durante muchas noches pensó en la situación, en la posibilidad de tenerlo, de enfrentarse a todo con tal de que viva, pero al final primó la inseguridad de encontrarse sola, el temor a perder el trabajo, a no tener con que mantenerlo, a lo que iba a decir su familia, a todo.
Habló de su problema sólo con dos amigas y ambas coincidieron en que la solución era esa y ninguna otra.
De repente se animó. ¿Cómo hace la doctora para matarlo y sacarlo de allí?, les preguntó a las dos mujeres. "Sencillo", le dijo una. "Lo saca en pedazos después de matarlo con la inyección". Se quedó helada... "en pedazos", pensó. Lo imagino apenas un bultito pero herido y cercenado, sin defensa, sin posibilidad de dar un último latido cuando la aguja comenzara a pinchar su vena; lo imaginó chiquito con un montón de travesuras guardadas dentro de su pequeñez, travesuras que a su par irían creciendo con el tiempo.
"En pedazos", pensó Herminia, y una lágrima gruesa se deslizó despacio por el canal formado entre su pómulo y la nariz. Miró las dos mujeres que la observaban silenciosas. "¿No querés hacer?", le preguntó la más gorda, la que lo había hecho ya varias veces, "no vas a sentir nada porque te anestesia", le dijo, pero Herminia ya no escuchó nada porque se levantó y salió a la calle dejando su turno libre para la siguiente.
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(De Ronda en las olas).
Autores: MARIA ELENA VILLAGRA y
GUIDO RODRIGUEZ ALCALA.
EDITORIAL DON BOSCO,
PEN CLUB DEL PARAGUAY.
Asunción – Paraguay, 1992 (150 páginas).
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Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.

viernes, 26 de marzo de 2010

MILIA GAYOSO MANZUR - MICRO CUENTOS PARA SOÑAR EN COLORES - Prólogo: GLADYS CARMAGNOLA / Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES.

MICRO CUENTOS PARA SOÑAR EN COLORES
Autora:
MILIA GAYOSO MANZUR
Editorial Arandurã,
Asunción-Paraguay 1999
Edición digital:
** Nació en Villa Hayes (Paraguay), el 30 de mayo de 1962. En ese lugar vivió hasta los 9 años, época en que comenzó a crear sus primeros relatos orales. Luego residió en Buenos Aires (Argentina), hasta los 15 años; allí bosquejó sus primeros escritos.
** De nuevo en Paraguay, estudió Periodismo en la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción; publicó sus primeros artículos en la revista universitaria TURU y en el suplemento femenino del Diario Hoy.
** Actualmente se desempeña como redactora del Suplemento Eva del Diario La Nación.
** Milia Gayoso Manzur es miembro de la Sociedad de Escritores del Paraguay, de Escritoras Paraguayas Asociadas y del Pen Club del Paraguay.
**/**
20 MICRO CUENTOS SIN PRÓLOGO
** Sabemos que ningún libro necesita lo que llamamos prólogo. Es lo primero que quiero decir a quien lea esta página, única prescindible, del libro que Milia Gayoso escribió, seguro, para sus tres maripositas, y que hoy comparte contigo, conmigo... para que no sólo sus hijas sean dichosas.
** ¡Qué suerte la mía! Gracias a este libro de Milia, he vuelto a recordar cuánto me encantaba que mi abuela, riendo siempre, me contara cuentos como sólo ella sabía. Por eso sé que la mágica manera de contar cuentos Julio, que menciona Milia en su dedicatoria, quedará en el corazón de sus niñas durante mucho tiempo, y que alguna vez, ya grandes, ellas rememorarán esas historias, esos relatos, que revivirán o intensificarán su felicidad, que las ayudarán a seguir soñando durante toda su vida, en blanco y negro, o en colores. Así de importantes y trascendentes son estas cuestiones en apariencia tan nimias y pasajeras.
** Eso sucederá, naturalmente, con estos cuentos de Milia Gayoso, porque el valor de la literatura destinada a la niñez es inconmensurable. Y estas historias, cercanas a la necesidad de las criaturas, con argumentos sencillos y profundos, inocentes y creativos, tiernos y creíbles, con desenlaces accesibles, sin rimbombancias ni puerilidades, cuyos personajes pueden ser los seres con los que convivimos cada día, hallarán, sin duda, por eso mismo, su lugar, merecido, en el corazón de sus lectores y lectoras, que encontrarán en muchas de ellas una moraleja como en las fábulas, y en todas, la muestra de cuanto el talento de una generosa y talentosa escritora y periodista puede entregarnos. Joven aún, puede ella seguir contribuyendo en calidad y cantidad a la todavía breve lista de obras paraguayas para la niñez.
** Esto me lo han confirmado el alboroto de los colibríes que le dieron la bienvenida cuando Milia llegó a casa, y la sonrisa dichosa, la avidez de los ojos y el interés de la voz de un niño de siete años, muy querido, al pedirme hoy: «Por favor, ahora el siguiente», a medida que leíamos los Micro cuentos para soñar en colores, de Milia Gayoso.
** Como he dicho al comienzo, los libros no necesitan prólogo. Y éste, menos que otros. De modo que no llevará ninguno. Demos, simplemente, leyéndolos y contándolos, una cariñosa bienvenida a estos Micro cuentos para soñar en colores, de Milia Gayoso. Y soñemos, no importa en qué color. - GLADYS CARMAGNOLA, 7 de agosto de 1999
**/**
UN OSO LLAMADO LUISITO
(A Johana, Tania y Luis David Candrea )
** En una pequeña ciudad llamada Kinoto vivía una familia de osos. Mamá Carla, papá Luis y el pequeño Luisito eran muy felices. Sólo que el pequeñín era bastante desobediente y rezongón.
** Al osito le encantaba escaparse a la calle. Todos los días su mamá le encargaba que no llegara solo más allá de la esquina, que no saliera a la calle, que no la cruzara solo, que no hablara con extraños, que no subiera al auto de ninguna persona que pasara por allí y que él no conociera.
** Una tarde, Luisito tenía muchas ganas de pasear, pero su mami estaba ocupada lavando las ropas. Entonces, desobedeciendo sus órdenes, salió a la calle. Se fue a la esquina a mirar, caminó un poquito hasta la plaza, otro poquito y otro poquito. Le llamó la atención una avenida llena de árboles altos y muy hermosos.
** Caminó y caminó hasta llegar al final del camino. Luego comenzó a oscurecer y se dio cuenta que estaba perdido. Había muchos árboles a su alrededor. Se puso muy oscuro y llovió repentinamente.
** Luisito perdió el rumbo y se sentó a llorar. Lloró despacito sentado sobre una piedra. De pronto escuchó un alegre silbido hacia uno de los costados, miró y vio a un perrito que venía tarareando una canción, con una bolsa en la mano derecha y un paraguas en la izquierda.
** Era Perrín, que volvía del almacén. «¿Por qué llorás osito lindo?», le dijo el simpático perrito. «Es que estoy perdido, no sé cómo volver a mi casa», le contestó el atribulado osito. «No te preocupes, amigo, podés quedarte esta noche en mi casa y mañana mi papá y yo te ayudaremos a encontrar tu casita», lo alentó.
** Luisito y Perrín se fueron a la casita de éste. La misma estaba ubicada en el corazón del bosque. Perrín le contó a sus papis lo que le había ocurrido a su nuevo amiguito y ellos dijeron que lo cuidarían esa noche.
** Mamá perrita le dio una ducha tibia a Luisito y le preparó una sopa caliente. Luego, el osito que era tan comilón comió casi toda la comida de los hermanitos de Perrín. Todos lo miraban encantados porque era muy simpático. Durmió en el suelo sobre varias mantas.
** Por la mañana, después de desayunar, la familia de Perrín en pleno salió a buscar la casa de Luisito. Cuando estaban saliendo del camino de la arboleda, vieron a los desesperados padres de Luisito correr hacia ellos.
** El osito se echó en brazos de sus padres y juró que nunca más desobedecería las órdenes de ambos. Carla y Luis agradecieron a los padres de Perrín por haber cuidado a su hijito y prometieron ir a visitarlos el siguiente domingo.
** Luisito volvió a su casa, muy agarradito de las manos de sus papis.
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LUISITO EN EL JARDÍN DE INFANTES
(A los compañeritos de Jardín año 1998,
y a los compañeritos de Pre-escolar año 1999 de Vanessa).
** Sus papis pensaron que enviándolo a un jardín de infantes, Luisito aprendería a comportarse mejor: a compartir sus cosas, a ser más obediente y que le ayudaría a utilizar bien su enorme exceso de energía. ¡Bah!, fiesta total en la cabeza del osito. No durmió en toda la noche imaginando lo mucho que «cabezudearía» en su escuela. Durante mucho tiempo soñó con ir a esa preciosa escuelita.
** Cada vez que pasaba por allí, la muralla blanca con mariposas pintadas lo atraía como un imán. Cuando llegó el gran día en que traspasó la puerta verde de hierro, tomadito de la mano de papá y mamá, sintió que su corazón galopaba como un pony.
** Por ser el primer día, llevó muchísimas cosas para merendar: manzanas, galletitas, yogur, sandwiches. Se lo comió todo solito. Durante toda la noche comentó en su casa lo bien que lo había pasado; habló de sus nuevos amiguitos, de su profe, la gatita Vilma; de la calesita, el tobogán, de las ruedas en hilera, de la... En realidad no hizo falta que contara que jugó muchísimo: la suciedad de su ropa lo delataba.
** Cada día, Luisito crecía más y más. Demasiado para un osito de cuatro años. Y cada día llevaba más cosas para merendar. Una tarde, cuando la profe anunció la hora de la merienda, Luisito sacó sobre su mesita su enorme provisión de alimentos. Cuando estaba por morder su empanada, se le acercó su compañero Fito, el osito hormiguero, quien le pidió un pedazo.
** -¿Mi empanada? -le preguntó Luisito.
** -Por favor -dijo Fito-, tengo mucha hambre y no traje nada porque mi mami no tenía dinero para mi merienda.
** -¡Qué me importa! -le contestó Luisito-. Esto es para mí solito, no te voy a convidar.
** La ardilla Anita lo miró asombrada sin entender cómo podía ser tan egoísta. Le reprochó su conducta e invitó a Fito a compartir su paquete de galletitas. Luisito continuó devorando impávido su enorme provisión.
** Días después, cuando la profe dio permiso para que los animalitos consuman sus alimentos, Luisito comprobó horrorizado que su mochila estaba vacía. ¿Dónde estaban las dos manzanas, los tres yogures, el sandwich de jamón y queso, la pera de agua, las dos bananas, dónde...? Entonces notó que su mochila tenía un enorme agujero y se dio cuenta que por allí se fueron cayendo las cosas. Se puso a llorar desconsoladamente y le pidió a Joaquín, el ciervito, que le invitara un pedazo de su alfajor.
** -Claro que no te voy a invitar, osito hambriento -le dijo-. Vos jamás le invitás a nadie.
** Luisito lloró de hambre. La profesora le dio su sandwich, pero aquello no era suficiente para él. Fue entonces que Anita se acercó a su sillita y le ofreció su yogur y le pidió a todos los compañeritos que le dieran algo, para que Luisito aprendiera a compartir y a valorar a sus amiguitos. Todos le hicieron caso a la ardillita.
** De vuelta a su casa, Luisito le contó a su mamá lo sucedido. Al día siguiente, el osito llegó al Jardín de Infantes Mariposita sin merienda. Esto les llamó la atención a todos sus compañeritos. Sin embargo, a la hora de merendar, llegaron los padres de Luisito con paquetes de golosinas, galletitas y jugos para todos.
** Juntaron todas las mesitas del aula y formaron una gran mesa. Allí pusieron todas las meriendas y los alimentos traídos por mamá y papá oso. ¿Qué festejaron? La hermosa amistad de todos los compañeritos de ese jardín de infantes.
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LUISITO EN EL PARQUE DE DIVERSIONES
(Para Celeste Candrea Contreras)
** Llegó un enorme parque de diversiones a la ciudad donde vivía Luisito. Por supuesto, él estaba preparadísimo para ir a divertirse. Su papá le prometió llevarlo el domingo siguiente si es que esa semana se portaba bien en la escuela, porque era bastante inquieto.
** Luisito se portó como el más obediente de los ositos. No le tironeó la cola a ningún compañerito, no le hizo zancadillas a las ositas ni a las conejas, se fue al almacén sin protestar, hizo sus deberes, lo ayudó a su papá a regar el jardín y todas las tardes guardaba su bicicleta después de jugar.
** Entonces llegó el gran día. Luisito y sus papis se fueron al parque. El osito tomó helados, comió panchos, se dio varias vueltas en la calesita, se asustó en el tren fantasma, se paseó con su papá en la montaña rusa... pero no lo dejaron subirse a la rueda gigante. Se sintió muy desilusionado.
** Rogó y rogó pero no lo dejaron. Entonces le pidió a su papá que lo dejara mirar por un rato, mientras ellos continuaban recorriendo. Con la recomendación de que no se moviera del lugar donde lo dejaban, le permitieron quedarse a observar.
** Uno, dos, tres, cuatro, cinco vueltas. Luisito miraba extasiado cómo la enorme rueda giraba y giraba con un montón de niños y animalitos gritando de alegría. Metió las manos en los bolsillos y sintió algo: era un billete. Lo miró y sonrió.
** Compró su boleto. El cuidador lo ayudó a subir. Eligió una silla para él solito. Cuando la rueda comenzó a girar se puso a cantar su canción favorita. Giró y giró, pero de pronto, la rueda se quedó parada. Se había cortado la corriente eléctrica. Luisito se quedó en la parte más alta de la rueda.
** Un rato, dos ratos, otro rato más. El osito se asustó. Los niños de las otras sillas comenzaron a llorar y él también. Primero despacito, después más intensamente. Luego ya gritó: «¡Papá, mamá, socorro...!», gritó tanto que sus padres lo escucharon desde donde estaban.
** «Ese osito desobediente me va a escuchar», dijo muy enojado papá oso. «Mi pobre Luisito», murmuró sollozando su mamá. Cuando Luisito vio a sus papis cerca de la base de la rueda se sintió más tranquilo.
** Por fin, cuando volvió la electricidad, la rueda comenzó a girar de nuevo. Y Luisito se bajó. Su mamá lo abrazó muy fuerte y su papá también, pero después le dio un tirón de orejas por desobediente.
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PODRÁ LEER INTEGRAMENTE EL LIBRO EN LA BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES
** ÍNDICE:
o Cielito
o
La orquesta de animalitos
o
El ratón violinista
o
La tortuga de colores
o
Toto Michifús y el ángel de la guarda
o
Sin manchitas
o
Rita, la rana caprichosa
o
Jessica
o
Taormina
o
La hormiguita Josefina
o
Puntos suspensivos
o
Nino, el carpincho feliz
o
Nara, una mojarrita en apuros
o
Un zorrino diferente
o
Una remera para Lucrecia
o
Tarde de lluvia
o
Cuando el sol quiere morir
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