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martes, 17 de agosto de 2010

ANA JAVALOYES - MUJERES AL VOLANTE (CUENTO) / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - VEINTITRES CUENTOS DE TALLER (1988).


MUJERES AL VOLANTE
Cuentos de
ANA JAVALOYES
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
.
ANA JAVALOYES
Elenita fue a visitar a su amiga María Sofía y se encontró con la novedad de que había comprado un cochecito, de segunda mano, sí, pero precioso. La euforia de María Sofía era grande y pronto transmitió a su amiga la idea de la compra de uno similar.

Elenita pensó que sería muy razonable que se comprara un coche, ya que no podía disponer del de su marido, pues daba la casualidad de que las veces que lo necesitaba él tenía compromisos ineludibles y ella tenía que andar a patitas por todas esas calles de Dios, donde casi a cada paso se encontraba con alguna amiga o conocida muy oronda manejando su coche.

Al volver de la casa de María Sofía traía la decisión de tener su propio vehículo. Esperó pacientemente que Luis terminara de leer el diario, de ver el noticiero y de comer. Cuando ya estuvieron acostados, acurrucándose mimosamente a su lado empezó la operación "coche".

-Mi amor, hoy fui a visitar a María Sofía.
-Que bien. ¿Cómo está ella?
-Regio. Fíjate que se compró un Fiat de segunda mano, pero en muy buenas condiciones.
-¿Sí? ¿Y quién lo va a manejar?
- ¡Ella! ¡Ella por supuesto!
- ¡Pobres transeúntes! Avisame cuando salga a la calle para no ponerme en su camino. Hasta mañana, querida.
-Hasta mañana. Y dijo Elenita para sí: -Mañana no te me escaparás.

Al día siguiente llegó la segunda parte de la operación "Coche". Luis leía el periódico y tomaba su café.

-Luis, tengo que ir al centro.
-Muy bien.- Seguía leyendo.
-Viajar en micro es horrible. Si estás de pie te vas y venís de un lado al otro y si vas sentado tenés la sensación de estar dentro de una batidora.
-¿Y qué pensás? Yo voy a usar el coche toda la mañana y no te lo voy a poder mandar.
-Bueno, hay una solución.
-¿Cuál? Fíjate, se me hizo tarde. Me voy. Hablaremos después-. Y con un fugaz beso la dejó.

Elenita no se desanimó, conocía a su marido, así que se preparó para la tercera arremetida. Se pasó la mañana leyendo los avisos sobre ventas de coches, preguntó algunos precios y los fue anotando. Ya a mediodía reflexionó: -Bueno, yo no entiendo nada de coches, eso dejaré a cargo de Luis. En la mesa no tocó el tema. Sabía que para Luis eran sagradas las horas de la comida y la siesta. Pasó la tarde hablando de coches con sus amigas, para la noche ya tenía bastante conocimientos sobre marcas, tamaños, precios... y sobre manejo.

Al llegar su marido le preparó su trago favorito, le sacó el diario suavemente, se sentó a su lado y le llenó de mimos.

-Algo traés entre manos, mujer. A ver, que es. Desembuchalo.
-Quiero comprarme un coche.
- ¡Por Dios! ¡Me querés traer más problemas! ¡Si vos no manejás ni bicicleta!
-Todas mis amigas tienen coche y manejan y no les pasa nada.
-Bueno. Vamos a ver. Lo pensaré. Y fue a prender el televisor.

Pasaron días y días; Luis no tocaba el tema. Elenita lloró, suplicó y nada. Llegó el día de su cumpleaños y el único regalo que quería recibir era el auto. Se pasó el día llorando porque el gesto amable -y nada más- de su marido ese día fue un beso un poco más efusivo que otros al ir a su oficina. Se pasó la mañana muy triste. A la hora de comer Luis la miraba y sonreía pícaramente. Elenita simulaba no notarlo y amable como siempre compartió la mesa. Al terminar la comida y en vez de ir al dormitorio, su marido la tomó del brazo y la llevó al garage. ¡Y ahí estaba un escarabajo rojo con moño y todo! ¡Y nuevecito! ¡Flamante! -Felicidades, mi amor.

Elenita se sintió en la gloria, ¡ya tenía su coche! Ahora la operación aprendizaje.

-No, ni vos ni tu chofer me van a enseñar. Lo va a hacer María Sofía.
-No y no. Te vas a ir a una escuela de automovilismo-. Su orden fue tajante. Y Elenita se fue a una Escuela de Automovilismo.

El primer día se dio teoría. A Elenita se le formó un merengue en la cabeza con las piezas del coche: que embrague, que acelerador, que freno y que volante y que debía manejar con pies y manos, que no hay que confundir freno con acelerador y que el volante hay que mantenerlo con firmeza. Y todo eso en forma automática. Y luego el motor, el carburador, el radiador, los cilindros, las válvulas... ¡Bah! ¡Cuántas cosas tiene un auto! Pero, ¿para qué ella quería saber nada de motores? Con que ande, ya está bien. El mecánico se arreglaría con el resto.

Cuando tomó el volante por primera vez y tocó la llave, el corazón le latía locamente. -Esté a mi lado, Señor Mendieta, este bicho puede salir disparando cuando yo lo ponga en marcha y apoye el pie en el acelerador.

-No se preocupe, no saldrá disparando. Vamos, gire la llave.

Puso el motor en marcha y apretó un pedal. ¡El coche no anda!

-Claro, usted apretó el freno.

Mudó el pie sobre el acelerador y el coche empezó a andar. -Pase a segunda. ^No! Simultáneamente debe apretar el embrague y hacer el cambio. Bien.

-¿No podríamos ir a un lugar con menos árboles? Estos se me vienen encima.

-Despacio... despacio... No se apresure, mantenga firme el volante, gírelo despacio hacia donde usted va a girar, vaya torciendo de a poco a la derecha, ahora a la izquierda. Así, así. ¡Muy bien! ¡Zas! El coche paró de pronto. ¿Qué le había pasado? ¿Que apretó el freno? ¿Y cómo no iba a apretar si no veía ninguno de los pedales? ¿Acaso tenía ojos en los pies?

-Señora, el pie izquierdo es sólo para apretar el embrague y hacer cambio, en caso contrario no lo debe tener sobre el pedal.

-Ya sé, y el pie derecho es para el acelerador y el freno, pero ¿cuándo y cómo sé yo que estoy apretando uno y no otro? Para eso debo mirar.

-No, señora. Moviendo un poco el pie hacia la derecha tiene el acelerador, cuidado con él, es muy sensible, y debe apretarlo con suavidad y moviendo un poco hacia la izquierda tiene el freno. A ése dele con fuerza cuando se vea en peligro de atropellar algo.

- ¡Uf, qué complicado! Yo no voy a aprender nunca. -Pero... si manejan Marta y Rocío y María Sofía y tantas otras, ¿por qué no he de hacerlo yo? -Sigamos, señor Mendieta.

-Claro, señora. Pero no se apresure. Ponga en punto muerto, golpee suavemente dos veces el acelerador para que pase nafta, ponga el motor en marcha, apriete el embrague y ponga en primera. ¡Muy bien! Andando.

Elenita ya se sintió más segura. Esto iba marchando. Pasó a segunda y tomó el parque por su cuenta. Le pareció que el coche iba muy rápido, frenó bien. Repitió la operación de cambio y escuchó un crac, crac, que movió todo el coche. -¡Por. Dios! ¡qué es esto! Parece que rompí todo el coche.

-Casi, casi, señora. Se olvidó del embrague al hacer el cambio.

Siguiendo por esas hermosas avenidas del parque Elenita no veía ni la belleza que la primavera daba a las flores ni escuchaba el melodioso cantar de las avecillas, algunas de las cuales arrancaban apresuradamente el vuelo cuando ella se acercaba. Elenita, no veía ni oía nada. Tenía la mirada fija en el camino y todos sus pensamientos, nervios y hasta sangre operaban en función del manejo.

A las dos semanas creía que ya tenía dominado a su pequeño coche y se sintió con ánimos de salir a la calle y allá fue... con su instructor.

Era domingo y había pocos coches por la calle, se sintió feliz; raudamente iba por la Avenida Mariscal López... ¡a treinta kilómetros por hora! ¡Qué emoción! Giró hacia Dominicana y siguió derecho unos mil metros, a mitad de cuadra, como la calle se veía despejada paró, giró a la izquierda para retomar el camino, como no pudo dar la vuelta en el espacio que tenía hizo marcha atrás y ¡zas! llevó el trasero del coche contra un árbol. Cuando enderezó el vehículo vio que se le venía encima un viejo y destartalado Mercedita. Giró aquí, giró allá y ¡pum! El guardabarros delantero izquierdo se incrustó en el Mercedita.

-Señora, ese Mercedita venía como una carreta y usted no hizo el vuelteo para enderezar su coche!

-Bueno, yo no manejo más. ¡Nunca más!- y temblaba de rabia y pichadura. No sabía dónde meter la cara, la gente, que sabe Dios de dónde salió tanta en un momento, la miraba y sonreía socarronamente. Escuchó que el chofer del Mercedita, luego de comprobar que su vehículo no sufrió más golpes del que tenía, decía riéndose: -"Mujeres al volante!" Bajó y miró su coche. Se lo veía horrible con el guardabarros destrozado.

-Seguimos, señora. Al motor no le pasó nada. Suba.
-Yo no voy a manejar más, nunca más-. Y se estrujaba las manos de rabia.
-Ahora usted va a subir y vamos a seguir.

Elenita se subió y temblando hizo andar el auto. Pero la seguridad que le daba su instructor le dio confianza y a pesar de la lluvia torrencial que se desencadenó siguió manejando dos horas más.

Cuando volvió a su casa tenía la certeza de que podía manejar como sus amigas. Luis estaba en el living. -Choqué- le dijo- Pero él no demostró extrañeza, sólo comentó: -Las mujeres al volante son una de las plagas del mundo actual. Pero qué le vamos a hacer. Hay que aguantarse... y cuidarse mucho.

Elenita le dio un beso y fue a acostarse y a relajarse luego de la atareadísima mañana al volante.
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ANA JAVALOYES
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TALLER CUENTO BREVE
Dirección:
Talleres Gráficos
EDICIONES Y ARTE S.R.L.,
Asunción-Paraguay 1988 (136 páginas).
.
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ANA JAVALOYES - EL ENEMIGO OLVIDADO (CUENTO) / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - VEINTITRES CUENTOS DE TALLER (1988).


EL ENEMIGO OLVIDADO
Cuentos de
ANA JAVALOYES
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
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EL ENEMIGO OLVIDADO
(GLOSA)

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Tantos años huyendo y esperando
y ahora el enemigo estaba en mi casa.
JORGE LUIS BORGES –
"Episodio del enemigo"
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Yo estaba trabajando en mi libro, el que quería editar a fin de año. Pola, mi perra guardiana, ladró anunciando un forastero. Me asomé a la ventana y ví venir por el angosto sendero de ripio a un hombre que caminaba penosamente, rengueando; con frecuencia se apoyaba en los árboles jadeando al andar, vestía pobremente y tenía unas canas desgreñadas. Me fastidió la visita, me haría perder tiempo, ese tiempo tan precioso para mí en estos momentos. No obstante, pudo más en mí mi natural misericordia y salí a abrirle la puerta. Debe de ser un pordiosero o un forastero extraviado, pensé. Apenas llegado al corredor yo le pasé la mano y le ofrecí una silla. En vez de aceptar el ofrecimiento me tomó fuertemente del brazo con su diestra y con la siniestra se sacó la peluca de anciano y se paró cuán alto era. El viento jugó con una larga cabellera rubia. Me era totalmente desconocido, sus ojos azules se clavaban con odio en los míos.

-No me recuerdas, no. Han pasado muchos años.

Yo tratando de zafarme tuve una vaga idea de un compañero de la escuela primaria, de pelo rubio y ojos azules, a quien llamábamos "El Judío" y a quien hacíamos víctima de nuestras travesuras. El se defendía como fiera, pero como nosotros éramos más, siempre lo dejábamos hecho una lástima. Con frecuencia volvía a su casa con los cuadernos deshojados, algún chichón en la cabeza y hasta creo recordar que por un empujón contra el banco se rompió una pierna. No lo dejábamos jugar a la pelota con nosotros y yo era, casi siempre, el jefe de los vándalos.

-Sí, me parece recordarte. Eres "El Judío".

-Qué bien que me recuerdes. Vengo a tomar venganza de todo lo que me hiciste. Te voy a matar, a matar.

Metió la mano en la cintura y sacó un cuchillo, cuya hoja relució a la luz del sol poniente. Me zafé de él y entré en el cuarto pero no pude cerrar la puerta: él lo impidió con el pie. Mi perra lo tomó de la pierna pero él parecía no sentirlo. Corrí a refugiarme detrás de una mesa pero el hombre con una agilidad felina estuvo a mi lado en el acto, con una patada se desprendió de la perra; yo volví a correr, tomé una silla para defenderme con ella pero perdí pie y caí. El apoyó la punta del cuchillo en mi cuello.

-No tiene razón esta venganza -le dije- Hoy somos adultos, han pasado muchos años y aquello fue inconciencia de chiquillos.

-Sí -me contestó-. Han pasado muchos años pero yo no lo olvidé. Esta renguera se encarga de recordármelo. Y ahora te voy a matar.

-No vas a poder -le dije.

-¿Y quién me lo va a impedir? Sé que estás solo y que nadie va a venir a defenderte.

-Sí, alguien me va a defender.

- ¿Quién?

-Mi perra.

Pola ladró y me despertó.
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ANA JAVALOYES
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TALLER CUENTO BREVE
Dirección:
Talleres Gráficos
EDICIONES Y ARTE S.R.L.,
Asunción-Paraguay 1988 (136 páginas).
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miércoles, 11 de agosto de 2010

ANA JAVALOYES - COMADRE ULA / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - QUERIENDO CONTAR CUENTOS (1985).


COMADRE ULA
Cuento de
ANA JAVALOYES
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
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COMADRE ULA
-¿Te sirvo el mate, Comadre? Mirá, aquí está fresco, vamos a sentarnos. Y te cuento de nuevo cómo es que Cepí cambió tanto. Yo te digo como pasaron los hechos. La verdad misma. Todavía cuando me acuerdo el corazón me palpita y se me pone la piel de gallina. ¿Está bien caliente el mate? Vos sabés cómo era tu compadre Cepí: bandido, borrachín, jugador y mujeriego. Taitá y mamita tenían razón cuando dijeron que no era hombre para casarse con él, pero era porfiado. Yo creo que en esa época él estaba muy enamorado de mí. Me traía serenata cada sábado, esa música y él, esbelto, alto, elegante y la luz cómplice de la luna me volvieron una muchacha enamorada perdidamente que no hizo caso de los consejos de sus padres. Me casé con él. Era mi destino. Vos sabés, comadre que yo a mis 20 años era una linda morena y mirá ahora de 30 cómo estoy. Cepí, interesante con sus anchas, bombachas que yo le bordaba y le hacía comadre Francisca; con un poco de plata en los bolsillos, pronto volvió a las andadas. Se volvió más mujeriego que antes, y más haragán. Cuando nos casamos él ya era un poco remolón para el trabajo pero confiábamos en que cambiaría. No, Comadre, empeoró y se ponía nervioso por cualquier cosa y muy exigente. Desaparecía de casa por días, y hasta por semanas y cuando volvía yo tenía que servirle de lo mejor, en caso contrario me molía a palos. ¿Por qué aguanté, Comadre? Por mis hijos, porque le quería; yo pensaba que mi bondad y mi cariño le harían cambiar, pero más que nada, era mi marido. Y aunque Compadre no es así vos sabés que en eso de castigar todos los hombres son iguales. La única que podía con él era Comadre Francisca, quien cuando le veía muy enfurecido le venía con el arreador y entonces él se calmaba. Comadre le echaba de la casa y él se iba muy ofendido... por unos días y volvía mansito a sacarme el dinero que yo ganaba con los trabajos que hacía en la máquina. Vos sabés, Comadre, que yo trabajo muy bien, que los bombachones y las camisas que hago no tienen comparación. Y Cepí me sacaba toda la plata y se iba a gastar en sus vicios. Un día, quizás mal aconsejada, le hice frente. ¡Para qué! El resultado fue peor. ¿Está bien caliente el mate? Bueno, sigo. Esa tarde vino Cepí más borracho que nunca y luego de casi un mes de ausencia. Yo estaba sola con Carmencita, Comadre Francisca había llevado a Antoñito a la médica porque hacía días que devolvía y estaba con un poco de fiebre. Cepí me pidió plata, yo no tenía ni un peso, no había cobrado aún los últimos trabajos y lo único que había en casa lo di para la atención de mi hijo. El no me creyó y se enojó. Me tomó de las trenzas y me arrastró por el suelo, me pagó, me levantaba y me tiraba una y otra vez. Yo creía que me moría. Al principio grité pero luego, cuando ya no podía ni respirar sólo lloraba y le decía: ¡Basta! ¡Bastar!. De pronto me soltó y se paró frente a mí. Jadeaba. Parecía un animal enfurecido. Los ojos eran dos ascuas endemoniadas, y con una voz sibilante me dijo:

-Voy a disponer de vos. Ya estoy cansado de todos los de esta casa pero más de vos. Voy a llevarte al taperé de los Fleitas y te voy a tirar en ese pozo hondo y abandonado que hay en el patio y donde nadie te va a encontrar jamás.

Traté de huir pero de un salto me tomó de las trenzas y me arrastró fuera de la casa. Yo pedía socorro a gritos, pero en esos parajes tan alejados sólo el llanto de mi hijita que estaba en la cama me respondió. Miré al cielo implorando ayuda. Me llevaba por un caminito abandonado, el sol veíase grande y rojo perdiéndose en el ocaso. Yo iba dejando entre las malezas no sólo jirones de ropa sino de la propia piel. Ya no gritaba sino rezaba al Ángel de la Guarda, le pedía que me salvara, por mis hijos y a Cepí del infierno. Creo que en un momento me desmayé. Lo único que recuerdo es que me iba hundiendo, hundiendo en un pozo, que yo levantaba los brazos y los movía de un lado a otro buscando apoyo y que gritaba y gritaba pero que la voz no me salía y nadie me escuchaba.. A mi lado pasaban rostros que hacían muecas burlonas y no se detenían. Vino una nube rosada que me alzó pero volví a caer, la mano de Cepí me tomó y me levantó, en esa aparece un caballo blanco que echa fuego por los ojos, resopla fuertemente, relincha que da miedo, golpea el suelo con las patas delanteras; de pronto se para sobre sus patas traseras y avanza hacia nosotros. Cepí me tenía tomada de las manos, el caballo avanza y avanza, Cepí, asustado, me larga y se separa de mí, el caballo se interpone entre los dos y ahí se queda. Cepí se queda de un lado del camino y yo del otro. El animal levanta la cabeza y lanza un relincho que mueve toda la tierra. Luego se queda quieto. Cada vez que Cepí o yo hacíamos algún movimiento el caballo lanzaba un fuerte resoplido y golpeaba el suelo con sus patas delanteras.

Cepí me sacudía fuertemente, abrazaba me besaba y arrodillado delante de mí, llorando me pedía perdón. Había, una claridad blanca y muy brillante, en el cielo apenas se veían a unas cuantas estrellas. Del caballo no había rastros. Pero Cepí, en medio de hipos, de llanto y de arrepentimiento me iba contando la presencia del animal igualito a lo que yo había visto... o soñado. Los dos tuvimos la misma experiencia.

Cuando volvimos a casa encontramos a Comadre Francisca desesperada por nuestra ausencia y al ver mi ropa en tan desastroso estado imaginó lo que luego le confirmamos. Su único comentario fue:

-Tu Ángel de la Guarda.

Ya no más mate, Comadre? Bueno. Desde ese día Cepí cambió completamente: trabaja en la chacra, no bebe, no juega, la única mujer soy yo para él; nos vamos todos los domingos a misa y comulgamos juntos. Yo sé, Comadre, que vos también estarás, pensando que fue un sueño, pero... ¿Cómo Cepí soñó igualito, igualito?. ¿Me podés explicar por qué? Espérame un momento, voy a llevar a la cocina la pava y el mate.
ANA JAVALOYES.
TALLER CUENTO BREVE
Dirección:
Imprenta-Editorial
Casa América,
Asunción-Paraguay
1985 (172 páginas).
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de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.

ANA JAVALOYES - MARTA SALVADORES / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - QUERIENDO CONTAR CUENTOS (1985).


MARTA SALVADORES
Cuento de
ANA JAVALOYES
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
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MARTA SALVADORES
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Premio Plaqueta y
Diploma de Honor de la Fundación Givré.
Buenos Aires - Argentina

“Qué fue, quién fue Pedro Salvadores?.
¿Lo encarcelaron el terror, el amor,
la invisible presencia de Buenos Aires y,
finalmente la costumbre?".
Pedro Salvadores - Jorge Luis Borges

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Así de simple como su nombre fue su vida antes de casarse. No tenía muchas ambiciones, sólo las propias de su edad y de su condición de muchacha campesina de allá del norte chaqueño, calcinado por el sol del verano con un eterno norte que cubría de polvo colorado cuanto había en el pequeño pueblo. De su rancho no salía sino para ir a traer agua, jamás a una fiesta; eso sí, los domingos bien temprano iba para el pueblo vecino adonde acudía a misa. Era muy devota. Un día su padre decidió venden todo y se vinieron a desafiar a la gran ciudad. Al principio se sintió un poco perdida, pero sus 18 años florecientes hicieron que pronto se adaptara. Estaba en la edad del amor y soñaba con su príncipe azul.

Al atardecer acostumbraba asomarse al balcón de su casa; y estaba horas mirando pasar a la gente. Una tarde lo vid. Si, ése era su príncipe azul, ese mozo ves tido de militar, alto, delgado y gallardo que entraba en la casa vecina. Un día y otro y otro pasaron sin que notara la Presencia de María. Pero una tarde, quizá atraído por la, mirada magnética de la moza el joven la miró y quedó prendado de esos ojos negros y brillantes que lo miraban, Pedro Salvadores se acercó tímidamente pero pronto la juventud y la símpatía de ambos los llevó a un amor profundo. Las visitas se sucedieron. Hablaban de todo: de sus padres, de su Chaco caluroso, de política. Supo que él peleó contra Rosas, que soòaba con tenerlo un día apretado del cuello pidiendo la misericordia que el Tirano no tenía con sus enemigos políticos. El noviazgo fue corto. Quedaron a vivir en la casa del joven, un antiguo caserón de paredes anchas, ventanas grandes, con rejas y techo alto. Los cuartos eran enormes y la cocina importante. Esta cocina tenía debajo un sótano que servía para guardar cosas viejas, nunca María se animó a bajar a él temiendo encontrarse con ratas y como les tenía miedo puso encima una vieja alfombra que cubría la tapa.

María y Pedro vivían aún las emociones del- mutuo conocimiento, el joven se sabía perseguido y salían poco de la casa, sólo a misa iban los domingos y feriados bien temprano. Desde el día que un vecino anotició que habían preguntado por Pedro él no salió más. Una noche escucharon fuertes golpes en la puerta de calle. Sabían que era la Mazorca y que venían por el marido. Rápidamente Pedro Salvadores levantó la alfombra, destapó el sótano y se metió en él. María extendió de nuevo la pesada alfombra, puso encima una mesa, alrededor las sillas y fue a abrir la puerta a los impacientes visitantes nocturnos. ¿Por qué será que todo lo sórdido, lo malo, lo ruín se hace de noche?. ¿No será porque ni los mismos autores quieren mirarse la cara donde van a ver reflejada su negra conciencia.

Entraron los hombres, preguntaron del combatiente unitario, María les dijo que hacía días había ido a la Banda Oriental. No obstante los intrusos se metieron en todos los rincones, tiraron sillas aquí, mesas allá, abrieron todos los cajones y también levantaron la alfombra, la tapa del sótano y miraron adentro, vieron el negro pozo pero, ¿quién se metería allí? Se fueron pisando fuerte como para hacer sentir su autoridad. María cerró la puerta, colocó la enorme tranca y se quedó ahí recostada en ella pensando en su nuevo papel, en el de defensora de su amor. Se sintió tigresa peleando por sus cachorros y se juró que nadie le arrebataría a su Pedro. Y esta campesinita sumisa, obediente y hasta un poco tonta planeó con precisión su vida futura, la que durase mientras El Tirano estuviese en el poder.

Esa noche bajó al sótano, lo limpió, lo hizo habitable y ahí acomodó a su marido y habló mucho, mucho con él. Pedro quería salir y hacer frente a la situación pero María le convenció de la inutilidad de esa lucha, del poder que poseía "el otro" y que ante personajes de esta clase, a quien todos le temen, menudean los delatores, que es una forma ruín de ponerse bien. María se plantó ante Pedro. No perdería a su amor. Desde el día siguiente abrió puertas y ventanas de la calle para que todos vieran que Pedro no estaba en la casa, a sus vecinos informó de su partida y ni siquiera sus padres y Hermanos sabían la verdad.

Esta frágil mujercita todos los días quitaba la pesada alfombra luego de mover la no menos pesada mesa, satisfacía las necesidades de su marido y cuidadosamente lo cubría de nuevo; cumplía con todos los quehaceres de una mujer sola, además cosía ropa para el ejército. Cuando quedó en cinta se dio cuenta de su difícil situación y prefirió sufrir afrentas y calumnias, miradas hoscas y desprecio hasta de su familia, ¡Caramba con la Sra. de Salvadores! ¡Qué forma de guardar la ausencia de su marido! Algunos más vivos pensaron que el esposo estaría escondido en alguna parte y se dieron en seguirla cuando iba a misa, al mercado o a por el trabajo. El nacimiento del hijo trajo un poco de luz a estas vidas oscuras; pronto se presentó el 2° y nuevamente las conjeturas de los demás. Estoicamente María entregaba sus amarguras, todo lo daba con gusto por mantener cerca de sí a su Pedro, a su amor, a ese amor que se había vuelto temeroso no por sí sino por su familia. A medida que iba pasando el tiempo María se iba convirtiendo en una mujer flaca y desmejorada en cuyo rostro sólo le brillaban los ojos con ese afán y esa decisión inquebrantable de ganarle la partida al Tirano. Su sacrificio era enorme. Le habían sacado todo lo que tenia: su hacienda, sus otras casas y solamente le habían dejado el viejo caserón donde vivían y día y noche temblaba pensando que en cualquier momento vinieran a echarla de ahí. Sus hijos no sabían nada del sótano y su misterio y hacía todo lo posible para que no lo supieran. Para ellos también el padre estaba en el país vecino.

María informaba diariamente a su marido sobre los acontecimientos políticos, siempre temerosa de que a él se le ocurriera salir y enfrentar los hechos, cosa que muchas veces deseó hacer pero le detenían los ojos suplicantes de María. Así pasaron 9 años. Y un día corrió como reguero de pólvora la noticia de la huída de Rosas.

Pedro salió del sótano. Era un hombre gordo, pálido, fofo, casi ciego y de hablar tan bajo que casi no se le oía y María una anciana de 30 años. ¿Quién de los dos sufrió más? El hombre falto de libertad, prisionero por amor o aquella valiente mujercita que por 9 años defendió a su amor contra viento y marea?
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ANA JAVALOYES
(Concurso a nivel latinoamericano en
Homenaje a Jorge Luís Borges
con motivo del aniversario de su natalicio,
el 24 de agosto).
TALLER CUENTO BREVE
Dirección:
Imprenta-Editorial
Casa América,
Asunción-Paraguay1985 (172 páginas).
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de la Literatura Paraguaya.
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jueves, 5 de agosto de 2010

ANA JAVOLOYES - LOS DOS PARAGUAS / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - 19 TRABAJOS (1984).


LOS DOS PARAGUAS
Cuento de
ANA JAVOLOYES
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
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LOS DOS PARAGUAS
María Laura salió para el centro de la ciudad. Iba a hacer unas compras. Como el tiempo amenazaba lluvia se llevó el paraguas negro con mango de nácar, obsequio de Raúl, el eterno enamorado pero en quien ella no podía ver más allá que un amigo o un padre, ya que la diferencia de edad entre ambos era bastante grande. Quizás por eso le tenía un gran aprecio a ese paraguas; era único, o por lo menos así lo creía Raúl. Había sido adquirido de un comerciante francés a quien conoció en el barco cuando su último viaje de Buenos Aires a Río de Janeiro. Muy pocas veces lo usaba, prefería llevar una sombrilla por temor a extraviarlo. Pero ahora quería llevar su paraguas de lujo, como ella lo llamaba. Era un deseo que no se explicaba.

Al salir lo colgó de la muñeca, en el ómnibus le acarreó muchos problemas: primero al subir se le trancó en el molinete, le costó bastante sacarlo y cuando lo logró vio que no tenía lugar para sentarse. Se colgó con ambas manos del pasamanos del techo del vehículo y el paraguas, en cada frenada no tan suave del dichoso carromato daba en la cabeza de algún pasajero que no recibía con cara agradable esa clase de caricia. Por fin, el más golpeado pensó que cederle el asiento a la señorita era más práctico y así lo hizo. María Laura se sentó y trató de ubicar el paraguas donde no molestara a nadie. Cuando bajó del ómnibus casi se le quedó atrapado en la puerta corrediza. Iba ya molesta con tantos problemas.

Llegó a "La Riojana", entró y mirando aquí, mirando allá, vio una blusa que le encantó, con esto el espíritu se le levantó un poco y olvidó los problemas anteriores, pero lastimosamente no fue por mucho tiempo ya que para probarse la blusa tuvo que sacarse el paraguas del brazo. Colocó sus cosas a su vista cuando se estuvo probando la prenda. Tomó blusa, cartera y paraguas y fue a pagar su compra.

Estando frente a la caja puso el paraguas sobre una saliente de la misma, buscó el dinero para pagar su cuenta pero se entretuvo buscando monedas, entonces la cajera atendió a un joven que detrás de ella esperaba pacientemente que lo atendiera. Por fin pudo reunir todo el dinero, pagó su cuenta, tomó el paraguas y la cartera y fue al empaque, retiró su paquete y salió no sin antes colgar el paraguas de su muñeca.

Lentamente paseó por Palma, se detuvo en varias vidrieras a gozar del hermoso espectáculo de comercios arreglados con coquetería y buen gusto. Hizo mentalmente el arqueo de su caja para ver si poda pegarse el lujo de comprarse ese par de zapatos lilas con la cartera haciendo juego, que estaba tan de moda, o esa bijutería que mostraba unos precios poco accesibles o esa pollera ancha e importante que haría juego con la blusa que se había comprado.

Cuando salió de esa galería tan tentadora caían unas gotas, tomó el paraguas y lo abrió. Al tomarlo del mango vio que no era su paraguas: éste tenía también el mango de nácar pero era liso y no la cabeza de perro que tenía el suyo. . . ¡Oh, Dios! Alguien le había cambiado el paraguas, alguien que tenía otro igual al suyo. ¡Y que era único con mango de nácar! ¡ Vaya mentira!

Volvió sobre sus pasos apresuradamente, entró en "La Riojana", preguntó en la caja, en el empaque pero ¡nada! La cajera le informó sobre el joven que pagó cuando ella estaba por hacerlo, que también había dejado un paraguas negro en el borde de la caja y que quizás él, equivocadamente lo hubiera llevado. Preguntó por las señas del joven y sólo pudieron decirle que era alto, rubio, de bigotes y que llevaba unos vaqueros desteñidos y una remera azul... Vayan unas señas ¡Cuántos jóvenes altos y con vaqueros desteñidos había por las calles de Asunción! Pero decidió buscarlo. Se encomendó a San Antonio, a Santa Elena y a San Pascual Bailón, taumaturgos abogados de las cosas perdidas. A los dos primeros prometió una misa y al último un baile bien movido, si encontraba su paraguas.

Imaginó que el joven andaría a pie, ya que como ella, se había provisto de cómo cubrirse de la lluvia. Tomó la calle Palma de abajo para arriba y de arriba para abajo; por una vereda y por la de enfrente, se detenía a mirar en los bares, en las disquerías, en los copetines. . . ¡Y nada! Ya desesperaba de dar con él. La verdad es que ni recordaba si le dijeron con barba o sin barba; con remera azul o roja o blanca, sólo sabía que tenía su precioso paraguas con mango de nácar en forma de cabeza de perro.

Vio un joven rubio con paraguas negro que cruzaba por una boca calle y por poco se tiró sobre él, pero no era el suyo; éste tenía un vulgar mango de plástico. Ya cansada, desilusionada y triste se decidió a volver a su casa. Tenía ganas de llorar. Miró el paraguas que llevaba y estuvo a punto de tirarlo, pero como seguía lloviendo tuvo que aguantarlo.

Se colocó en la parada de los ómnibus, miraba sólo los números, ni se fijó en la gente que le rodeaba, todos con paraguas, algunos negros pero ya no quiso mirar ¡Qué contento estaría el joven con el cambio! A lo mejor fue a propósito... !

-Señorita. . .Disculpe. . .Ella dio vuelta la cara a otro lado y se tapó más con el paraguas... ¡Para frescos estaba ella!

- Señorita. . Disculpe... La respuesta fue una fría mirada.

-Señorita. . .Ese paraguas.. ¡Qué! ¡Pero si ése que Ud. tiene es el mío! ¡Habráse visto listo! ¡Ud. se llevó mi paraguas! -Espere, señorita. -Qué espere ni espere. Tráigame mi paraguas y tome el suyo. Poco menos que se lo tiró en la cabeza.

-Déjeme explicarle, señorita. Yo puse mi paraguas al lado del suyo y al tomarlo, como estaba tan apurado, me equivoqué y tomé el suyo. Hace rato que ando buscándola para devolvérselo y en vista del fracaso y muy a pesar mío decidí volver a casa y conste que muy apesadumbrado ya que el paraguas que yo había perdido era de mi padre.

Pasado el primer momento de desconfianza y con la alegría de haber recuperado sus preciosos paraguas se cambiaron palabras amables y de disculpas. El la invitó a tomar el té en "Da Vinci", ella aceptó. Entre sorbo y sorbo de la aromática infusión cambiaron identidades, al rato estaban conversando como dos viejos amigos, sobre todo rieron a más y mejor recordando las peripecias que cada uno pasó buscando al otro, es decir, al otro paraguas. Ni se dieron cuenta del tiempo que pasaba, ya oscuro se pusieron de pie, cada uno con mucho cuidado tomó su paraguas.

-. ¿Te puedo llamar por teléfono? Así salimos a bailar una de estas noches. -Sí. Estaré esperando tu llamado. Este es mi teléfono. ¿Y el tuyo?

En un lugar preferencia de la sala de una coqueta casa que queda en el barrio "Herrera", colgados de un mueble apropiado, se ven dos paraguas negros: uno con mango de nácar en forma de cabeza de perro y otro similar, pero liso que suelen ser el comentario risueño de un par de mellizos rubios que tienen unas ganas locas de jugar con esas dos "joyas" de papá y mamá.
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Dirección: HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ
Asunción – Paraguay 1984 (139 páginas).
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miércoles, 4 de agosto de 2010

ANA JAVOLOYES - AGÜISTÍN GARROTE / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - 19 TRABAJOS (1984).


AGÜISTÍN GARROTE
Cuento de
ANA JAVOLOYES
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

AGÜISTÍN GARROTE
El verano estaba en todo su apogeo, era una siesta pesada, de esas que amodorran sin remedio, las casas sufrían los fuertes rayos solares, del suelo arenoso subía un vapor rojizo de centelleantes tonalidades que daba al pueblo un aspecto desdibujado como el de una pintura impresionista; el silencio era total en el pueblo, solo de vez en cuando se escuchaba el cacareo de alguna gallina inquieta o el paso apurado de algún vecino. En la puerta de su botica dormitaba el botica-rio y el cura párroco recostado en una hamaca bajo la sombra de un Ybapovo recitaba su breviario; un burro subido en la vereda daba coces y cabezazos al enjambre de moscas que seguían a la enorme matadura que tenía en el lomo.

Era ésta la hora de estarse quietecita "porque papá duerme". Elenita, con sus inquietos seis años atisbaba por el ojo de la cerradura. Aún estaba prendida la luz en el cuarto de mamá y papá; si, papá estaría leyendo aún, y el tiempo pasaba y Elenita se impacientaba. Ernesto estaría riéndose de las aventuras de Trifón y Sisebuta, o leyendo esos hermosos cuentos de Calleja que papá había traído de la capital en su último viaje. Se acostó a hacer tiempo, apretadita a su muñeca preferida y fue quedándose dormida, acu-nada por el silencio que le rodeaba.

De pronto, el salto, el corazón que es un caballo desbocado que hay que atajarlo, las piernas que tiemblan y las manos que desesperadamente se juntan en un tácito ruego. Mira la puerta del dormitorio grande, ¡cerrada! Instintivamente se tira bajo la cama buscando el refugio precario de la obscuridad. Late que te late el corazón, las lágrimas acuden a sus ojos, la boca se vuelve seca pero el oído está atento.

Agüistín, Agüistín, vaitín.
Agüistín Garrote
tomá mi capote.
Agüistín, Agüi
Akoipa nde vai!

Una y otra vez repetida la cantinela acompañada por un coro de chicos, el entrechocar de los garrotes y la risa bronca, de bajo, que indicaban que Agüistín estaba en el pueblo.

-Portáte bien, mirá que te va a llevar Agüistín Garrote, comé la sopa, que puede venir Agüistín, dormí la siesta, que Agüistín es como el Teyú Asa ye, anda a esa hora. Y Agüistín aquí y Agüistín allá.

Y ahí, en plena siesta, como decía la gente, estaba Agüistin Garrote. Pero ¿qué hice yo para que él viniera? Había terminado la sopa, no mojaba más la cama, no había tocado los bombones de mamá, ni pispado cuando estaba de visita el novio de tía Sofía. Pero. . .¿por qué sería que tía Sofía siempre estaba empujando a su novio? ¿Y él mueve tan extrañamente las manos? Yo creo que estará enfermo porque tía no le deja acercársele. Bueno. Eso es otra cosa. Y ahora que yo estoy quietecita, claro. . lo de quietecita es un decir, porque las siestas me las paso con Ernesto, pero no molesto el sueño de papá.

Cuanto más crecía la algarabía en la calle, más miedo tenía Elenita. ¿Qué podía hacer? La puerta del dormitorio grande era un muro infranqueable. .. ¿Ernesto! ¡Pero claro! El sería un buen defensor. Tenía ya 10 años y podía librarla de Agüistín. Y allá fue corriendo, con su largo pelo al viento y su corazón cargado de temor y de esperanza. Ernesto se divertía y tenía unas ganas locas de ir a la calle y participar del juego, pero no podía salir… no debía salir. Papá le tenía terminantemente prohibido abandonar su cuarto de siesta. Sintió un cálido aliento en el cuello y unas manecitas temblorosas que se aferraban a él. Vení, miró Elenita subite aquí, es Agüistín Garrote. No... No seas tonta, no te puede hacer nada. Tengo miedo. No te puede hacer nada, te digo. Agüistín es bueno, fijate como juega con los muchachos. El ya hacía rato había descubierto el "secreto" de Agüistín y le había perdido el temor.

Ambas narices estaban pegadas al vidrio de la ventana, opacando un poco la visión de un Agüistín rodeado de una chiquillería bullanguera, blandiendo ya un garrote, ya otro, girando sobre sí mismo, riéndose, riéndose como un niño feliz. Sus ropas eran unos andrajos colgantes, un montón de palos atados a un cordón que tenía rodeando la cintura le habían dado el mote de "Garrote". ¡Cuántos garrotes! ¿Serían 20? ó ¿30? ó ¿50? ó ¿100? ¡Sí, han de ser 100! La imaginería publerina aumentaba al infinito el número de garrotes; todo podía ser posible en Agüistín. Bajo, ancho la cara aindiada como hecha a golpes de puño; pómulos salientes, labios gruesos y nariz chata; los ojos, dos líneas carentes de pestañas sombreados por una gruesas y espesas cejas; coronábale la cabeza un verdadero nido de piriritas. Al reír mostraba una boca carente de dientes. Solo sabía reír, nunca se le escuchó ni hablar ni llorar. Caminaba hamacándose bajo el peso de sus innumerables garrotes, éstos eran de todo color, tamaño y forma con el común denominador de un brillo maravilloso, quizás lustrados por el roce constante de las manos de Agüistín. Sus manos sobresal fan en toda su persona: eran grandes, tan grandes que cuando se tapaba la cara ésta desaparecía totalmente tras ellas, nunca estaban quietas, siempre acariciando sus garrotes; sus pies eran unos anchos platotos de dedos abiertos cuyas plantas estaban con-vertidas en gruesas suelas de tanto aplanar caminos.

Llegaba de repente, nadie sabía por dónde ni de dónde, sólo aparecía en medio del pueblo, siempre de siesta y al pronto se ve (a rodeado de una gaya tropa infantil

Agüistín Garrote
dame tu garrote.
Agüistín Garrote
ponete el capote.
Agüistín, vaitín...

Y Agüistín daba vueltas y vueltas, riéndose feliz, feliz de sentirse rodeado de tanta gente que le quería. Sí, que le quería; eso él lo sentía en su alma limpia de toda malicia y pura como la de un niño. Tomaba un garrote, luego otro, amagaba un golpe aquí, otro allá. Jamás se supo que haya tocado, ni siquiera rozado a alguien.

Ya pasado el primer momento de pánico, Elenita gozaba del espectáculo pero fuertemente asida a la mano de Ernesto.

-Cleofe, andá y traelo a Agüistín, bañálo, ponéle ropa limpia y dale de comer.

-No. . ., mamá. ¿Cómo lo vas a traer aquí? ¿Y si nos lleva? En su miedo ella incluía también a Ernesto y se volvía protectora de él.

-No teman nada, ya saben que Agüistín, cuando sabe que alguien se porta bien no le hace nada. Y Cleofe fue. La tarea no era tan fácil ya que Agüistín no quería dejar ese instante de suma alegría, pero la fuerza de Cleofe, fuerte mujerona de unos 40 años pudo más en él y al final se dejó conducir mansamente.


Ya a la tardecita, Elenita y Ernesto, fuertemente asidos a las manos de papá fueron a ver a Agüistín Garrote. A pesar de que tenía a su lado un catre el pobre hombre estaba acurrucado en un rincón, durmiendo plácidamente pero apretando fuertemente unos garrotes entre sus manos. Así dormido, con ropa limpia, aunque un poco grande, rapado y desbichado no era el Agüistín de hacía un momento, era otro Agüistín que despertaba ternura y no temor. Lo dejaron dormir tranquilo y a pesar de saber Elenita que él estaba en la casa, se sintió más segura. Papá estaba ahí.

Al día siguiente cuando quisieron volver a verlo ya no había rastros de él, pero eso no tenía importancia. Era la costumbre de Agüistín. Así como nadie lo veía llegar, simplemente aparecía en medio del pueblo y siempre de siesta, nadie lo veía partir. Alguien lo llevaba a su casa para la operación limpieza, pero, ¿de dónde venía? ¿a dónde iba? ¿quiénes eran sus padres? ¿fue chico alguna vez? No faltaba quien decía que era un personaje irreal como el pora o el pombero pero con la diferencia de que él era tangible por una horas, sobre todo cuando hacía falta disciplinar a algún desobediente.

El pueblo nuevamente quedó silencioso, quizá pronto lo visite Juan Paré o Ña Juana, la loca. Eleníta se tranquilizó, pero . . . ¿y si vuelve Agüistín?.
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Dirección: HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ
Asunción – Paraguay 1984 (139 páginas).
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