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jueves, 19 de mayo de 2011

ESTER DE IZAGUIRRE - ANTOLOGÍA (POEMARIO) - Prólogo: ENRIQUE ANDERSON IMBERT / ALCÁNDARA EDITORA, Colección Poesía Nº 50, 1986



ANTOLOGÍA
Poesías de
Prólogo de
ENRIQUE ANDERSON IMBERT
Colección Poesía, 50
© ESTER DE IZAGUIRRE
ALCÁNDARA EDITORA
Edición al cuidado de M.E.V.M. y C.V.M.
Diseño gráfico: MIGUEL ANGEL FERNÁNDEZ
Viñeta: CARLOS COLOMBINO
Tiraje: 750 ejemplares
Hecho el depósito que establece la Ley 94
Se acabó de imprimir el 18 de diciembre de 1986
en los talleres gráficos de Editora Litocolor
Asunción del Paraguay


PRÓLOGO *
ESTER DE IZAGUIRRE, a mi juicio la mejor poeta de su generación, se destaca en el cuadro de la poesía contemporánea por el modo de configurar sus sentimientos. Neorromántica, existencialista -en esto, emparentada con otros poetas de la “generación del 40”-, no imitó a nadie. Se sintió vivir, contempló sus vivencias y en un íntimo soliloquio objetivó en formas artísticas su subjetividad. EN TRÉMOLO (1960), EL PAÍS QUE LLAMAN VIDA (1964), NO ESTÁ VEDADO EL GRITO (1967), GIRAR EN DESCUBIERTO (1975), QUÉ IMPORTA SI ANOCHECE (1980) hay una gran diversidad de técnicas, temas y tonos. Desde la técnica del soneto endecasílabo hasta la del verso libre, desde el tema de la anécdota familiar hasta el de la pura meditación, desde el tono triste hasta el irónico. En esta aparente diversidad reconocemos siempre la misma voz lírica.
Ester de Izaguirre parece espontánea en virtud de la sinceridad de su canto, pero no lo es si por espontaneidad se entiende indiferencia hacia las formas. Espontáneos son el llanto, la risa y otras señales de esos actos interiores con los que reaccionamos ante los impactos exteriores del ambiente. El poema no es un espontáneo síntoma sino la elaborada representación mental de un sentimiento. Más que dar salida a las manifestaciones naturales de sus estados de ánimo, Ester de Izaguirre revela cómo los ha imaginado. Cada uno de sus poemas es un símbolo de su personal intuición de la “vida sentida”; de la “forma viviente” o, para decirlo con palabras de Wordsworth, es un símbolo de “the emotion recollected in tranquillity”. Ester de Izaguirre no nos comunica conceptos abstractos, ordenados en un discurso lógico, sino que se expresa con imágenes concretas en un proceso que por mucho que se parezca al real proceso de la ida es ficticio, ilusorio. La realidad en sus poemas es tan virtual como un arcoíris. Ester de Izaguirre nos conmueve porque crea formas expresivas de su vida sentimental. Las tensiones y distensiones, los conflictos y soluciones, los cambios y permanencias que aparecen era sus poemas son semejantes a las agitaciones en el crecimiento de una planta, un animal o un ser humano pero Ester de Izaguirre no exhibe experiencias desnudas sino que las reviste de sonidos portadores de imágenes. Su poesía tiene el dinamismo de todo lo que es orgánico y, aun en las circunstancias más difíciles, aspira a la plenitud. Ester de Izaguirre se sobrepone a los tironeos entre la fe y la razón, entre la esperanza y el desengaño, entre la disciplina y la rebeldía, entre la responsabilidad y la bohemia, entre lo cotidiano y lo trascendente, entre la sencillez y la complicación, entre el gusto por la soledad y la necesidad de compañía, entre la paz del hogar y la aventura del viaje, entre la conciencia de los límites de nuestra condición humana y la voluntad irracional de superarlos, entre la gravedad melancólica y la graciosa pirueta. Es la gran poetisa y sacerdotisa del amor (Dios, para ella, es eso: amor): amor a la familia, a los amigos, a la humanidad, a los animales, en fin, a la creación entera, pues su mirada enternecida y afirmativa va salvando del olvido, una por una, a las cositas más humildes. Sin embargo, sufre por la búsqueda del amor imposible a un ausente, a un fantasma, a un ideal. Su poesía es celebrante: el mundo está bien hecho, cantemos agradecidos a la vida... Sin embargo, en el preciso momento de celebrar la vida, el espectáculo de la fugacidad de cuanto nos rodea la acongoja. Y sobre los estremecimientos de su riquísima sensibilidad, domina la obsesión por el Tiempo: por el tiempo psicológico de nostalgias y anticipaciones y también por el tiempo metafísico de la eternidad.
En esta brillante constelación de emociones, aun "los primores de lo vulgar" -pienso, por ejemplo en "Lata de basura"- quedan exaltados en trascendente espiritualidad. Pero, en definitiva, no necesitamos de clave alguna para comprender la honda, compleja y desesperada concepción de la vida de esta gran poetisa que es Ester de Izaguirre.
ENRIQUE ANDERSON IMBERT
*. a JUDAS Y LOS DEMÁS (1981)


TRÉMOLO (1960)

FRUSTRACIÓN
Todo al pasar es brillo de lucero,
cansancio de clamar palmas arriba
y adivinar apenas lo que quiero
cuando la inane sombra, vuela esquiva.

Oigo sin tregua resbalar la arena
como a través de inútil varillaje,
en este instante gris que me condena
a no saber usar de mi lenguaje.

Siento el batir de un ala columbrada,
más de un ave que muere pavorida
tras el brillo primero en la alborada:

la palabra en belleza revelada,
la exultante confianza inadvertida
y en la búsqueda ardiente derramada.

AL HIJO QUE NO NACIÓ
Ya tenías un nombre cuando aún no eras forma
y estabas en la savia vital de mi congoja.

El instinto jugaba llenando mis pupilas
de realidades plenas, con tus pupilas vivas.

Mi vida había cambiado, un horizonte abierto
presagiaba en mis sienes el eco de tus besos.

Mas ayer sin un llanto, sin tu forma acabada
en mi cuerpo dejaron de moverse tus alas.

Y hasta de sollozos hoy me siento vacía
derramada ya, en vano, la sangre que era mía.

Yo iba a tener un hijo, y el coágulo fue estrella
que vierte en los espacios luz dilatada y yerma.

TARDE DOMINICAL
Gustavo Claudio
Soy dueña del minuto y de la aurora,
de la canción, el pájaro y el viento,
mi piel es un hechizo que desflora
la margarita añil del firmamento.

El hijo más pequeño ha descubierto
que hay un misterio en unas viejas llaves,
los demás, con la sed de cielo abierto,
mares de trébol surcan en sus naves.

Tarde dominical, tú sí eres mía
y al regalarme la quietud deseada
en medio de la diaria algarabía,

me haces henchir de paz aquilatada,
y me haces creer, en soledad tardía,
entre leves cadenas, liberada.

ADIÓS A LA CASA PEQUEÑA
El mármol y la cal de qué montaña,
de qué árbol marchito el maderaje
fueron las briznas con que se hizo el nido
para quebrar el ojo a la tormenta.

Hoy tengo que dejarte pues mis hijos
no caben en tu abrazo dilatado,
nos mudaremos a una casa grande,
antigua mezcla de terraza y cielo.

Aquí puso a mis pies el compañero
un escabel de musgos y diamantes;
aquí nacieron tres retoños fuertes,
lozanos, claros como nuevos robles.

No te puedo dejar indiferente
pequeña casa de la lucha amable,
el pan me supo a miel entre tus muros
y el sacrificio doblegó mis fuerzas.

Cuando otro habite tus pasillos limpios
y asome alegre por tus ventanales,
al no asistirme entonces ni el derecho
de volver la mirada hacia tu lumbre,
apretaré mis pasos por la acera
como si hubiera hurtado una esperanza.

EL PAÍS QUE LLAMAN VIDA (1964)

PUERTO
Las luces de los buques anclados en la rada
desmenuzan mi sombra sobre la piedra impávida;
la Cruz del Sur, inútil, señala solitaria
un flanco dolorido y una ruta quebrada.

Se adhieren mis deseos a los barcos lejanos
y dividida entera me veo desde lejos:
vislumbro a mi silueta que no agita pañuelos
ni libera a los besos que mueren en sus manos.

Y persisto clavada como a la cruz deicida,
acuñando en mis brazos la doble desventura
de brindar a los otros mi adiós de despedida,

cuando quisiera hacerse mi nave a la ventura
aunque en umbrosas playas naufrague, sometida,
y el viento despedace su audaz arboladura.

EL ESPEJO
Cuando miré al espejo
y vi aquella mujer que me observaba
me acordé vagamente de mí misma,
-aunque ella no tenía
las ajorcas de luz en los tobillos
ni la fuente
de Siloé manaba de su pecho.

Tenía, sí, la hondura
de la otra. Y su herida.
Pero no era la misma.
Largos cauces de sed surcaban su mejilla,
y había envejecido de tanto beber cielos
en las metamorfosis de lentas alboradas.
Recordaban sus ojos el amor de los amplios
vitrales del silencio.
Y acariciaba a solas
su verdad como a una
inquietante paloma.

El allegro de un órgano muy alto
me sacudió los hombros azorados,
y entré por el cristal
hasta el límite exacto
de mi precisa dimensión humana.

Yo siempre había creído
que era el tiempo el que se iba
tras cada ciclo cenital morado;
que el ayer existía en la conciencia
y que el hoy ya era un mañana virtual. Impostergable.
Pero entre lo que fui alguna vez
y lo que es hoy la imagen
especular y taciturna,
no son años los que se han ido sucediendo.
Soy yo la sucesiva y no mis noches;
aún ahora no me impulsa el instante:
soy yo la que camina del brazo con la muerte.
El tiempo es solamente
una inmóvil esfinge de amatista,
alzada por las manos de Dios,
para animar su eternidad desierta.

CRISOL
Si pudiera crearme nuevamente,
acrisolarme entera en una fragua
y ser desde mi origen, para siempre,
diáfana y opalina fibra de agua.

Si pudiera traer a sus verdores
la flor que resegó mi alevosía,
sucederme hacia atrás, con los bridones
que sofrenaron hoy mi fantasía.

Si por obra de inéditos prodigios,
retuviera las horas ya pasadas,
y me hundiera en el tiempo y los vestigios

rehaciendo el gesto y el mirar baldíos,
esto que ahora soy, sería un fantasma
hecho de perfección y de extravíos.

NO ESTÁ VEDADO EL GRITO (1967)

NEUROSIS
a Olga Blinder
Hay días
en que caen del firmamento
los cerrojos de un mundo
al que no podrán llegar el Géminis o el Ranger.
Hay días en que los cabellos se peinan con desgano,
y en que quisiéramos clausurar todas las puertas de la casa,
para no tener que salir a la aventura interminable de las horas,
para no oler el desamparo de la calle.
Hay días en que el sol es mi enemigo
porque grita los perfiles de las cosas,
y a mí no podrá poseerme nunca para agotar mis sombras.
Hay días en que se asfixia la esperanza
entre los cuatro muros de mi cuarto;
mañanas en las que no puedo inaugurarme
porque amanece el rostro como un lago pintado.
Hay tardes en que mi cuerpo es un recuerdo
y yo la que recuerda sus latidos.
Hay días en que Dios se empequeñece,
me pide de beber
y yo seco la fuente de mis lágrimas
para ver cómo un Dios muere de sed.

DESDOBLAMIENTO
a Jorge Luis
Desde qué momento me miraste de frente
sin rozar la distancia con mis nombres antiguos.
Cuál fue tu primer paso por la senda
cuyas piedras no pude desgastar
para que no te lastimaras caminando.
En qué escala de un tiempo indefinido
se disgregó tu sombra de mi cuerpo,
para ir aventurándose
por las grutas oscuras de la noche.
Cuándo te hiciste hombre, de golpe,
sin mediodía, tarde ni clausura,
cuándo creciste tanto
que no puedo mirarte si no miro hacia arriba.
Fue tan anticipado el primer vuelo
que yo sigo acunando a tu recuerdo
en estos brazos donde ya no cabes.
Éramos dos figuras unidas
como en las guardas de papel antiguo.
La tijera del tiempo
me cortó el horizonte de las manos,
desdibujó mi rostro de tu beso
y hoy somos dos imágenes que el viento
ha fijado en los perfiles de la tarde.

PRESENCIA
Van quedando los recuerdos
con perfil de salario arrebatado.
Yo te acercaba cada día
como una hostia hasta los labios secos,
en un ritual de imágenes precisas
danzando alrededor de mis deseos,
pero después una palabra
o un gesto ya confuso
como un ladrón me arrebataba el tiempo.
Hoy ya no tengo nada.
Tu recuerdo es como una casa
definitivamente abandonada
y tu verdad en ella es un fantasma
que no podré encontrar sin haber muerto.

GIRAR EN DESCUBIERTO (1975)

LOS DUENDES
Cuando juegan los duendes de la siesta
y anda suelta la magia
por los patios celestes de la casa,
salgo de mí, como antes,
con los ojos apenas más cansados
y juego a la rayuela,
ensayo a la mujer con los tacones
y un poco de carmín sobre los labios.
Cuando llegan los duendes de la siesta
vuelve mi perro con sus ojos puros
a devolverme el alma en la mirada,
lo acaricio y sentimos que los días
que pasamos sin vernos desde entonces,
los soñé en una noche interminable.
En una larga noche equivocada.

OBSTINACIÓN
Yo beso las paredes de la casa,
baluarte en esta tierra y atalaya,
me adhiero a los sillones,
acaricio la cómoda, el ropero,
pienso en el triunfo
de quedarme en ellos
como la misma huella de mis dedos,
y siento la nostalgia de mi ausencia
al escuchar la voz del que mañana
preguntará a la voz que no responda:
". . . y quién habrá vivido en esta casa
y de quién habrá sido este moblaje".
Que algo de mí les diga que he vivido
y algo de mí denuncie que no he muerto.

INDECISIÓN
Quiero saber qué hacer,
si volver la mirada hacia otro lado
y entonces preguntar para qué vivo,
o buscar al violador de la pureza,
al que roba el buen nombre de la noche,
al que arroja a los campos inmolados por el sol
su mentira de lluvia.
Quiero saber qué hacer con esta savia
que se me va lo mismo.
Quiero saber qué hacer con este grito.

ACEPTACIÓN
Y flotar como un corcho sobre la corriente
RENDIR
Naufraga la mañana
y no puedo salvarla.
Hoy para mí la noche es una fábula
que encienden las luciérnagas.
Quiero flotar,
no me interesa de dónde viene el río
ni adónde y cómo llevará su rabia.
Yo sólo miro el cielo que no cambia.

DÓNDE
Cinco de enero del cuarentaitantos,
una cifra y un gesto indescifrable,
una arboleda abierta, un gesto amable,
el dolor de nacer, de estar despierta
y aquel cansancio triste de esperarte.
Ya empezaba a esperarte. No sabía
en qué lugar del mundo tu vigilia
acariciaba estrellas inquietantes.
Si por lo menos un nombre limitara
tu recuerdo de cosas que no fueron
para llamarte a gritos en la noche,
en la costa extranjera de algún río.
Si por lo menos tu figura fuera
la de un hombre de veras,
con los ojos tallados en la duda
con las manos inmóviles de esperas,
si tus pasos llevaran al camino
donde transita el miedo de encontrarte.
He revuelto la tierra,
te he llamado de espaldas
y al volverte
me dolió el equívoco del rostro
se me calló la culpa de las lágrimas.
Dónde estás hombre-dios para creerte
y dónde tu misterio para amarte.
Quiero dormir,
soñar que el tiempo pasa
pero que pasa sin llevarse nada.

QUÉ IMPORTA SI ANOCHECE (1980)

QUÉ IMPORTA
Evelina Méndez de Tobelér
Qué importa que la muerte me espere en una esquina
como en alguna cita querida y postergada,
y no importa esta larga fatiga que calcina,
ni los vuelos finales ni algún ala quebrada.

Qué importa la moneda de cobre cotidiana
que nos da de limosna, un dios también mendigo,
si a veces cuando vamos subiendo la mañana,
nos saluda de lejos la mano de un amigo.

Si todavía me asombra la lluvia amanecida,
si los ojos del perro me devuelven confianza
en el disfraz absurdo que me miente la vida.

No importa que anochezca si el amor es mi centro,
si del amor me nazco, por el amor escribo
desde el amor existo y en el amor me encuentro.

MENTIRA
La gente dice ha muerto.
De toda muerte, ha muerto.
Que dejen las mentiras en sus jaulas
y denles los alimentos en platos carcomidos.
Si yo estoy viva, vive.
Y cuando sea yo la que deje su teatro,
entonces sí se irá de mi mano
enguantada de astillas y silencios
para desenterrar caricias,
para besar la mejilla de la aurora
y acunar algún niño
con la luz de las sombras.

TELÉFONO OCUPADO
Yo estoy del otro lado de la línea.
Hay un sonido extraño que no es la voz humana
y se plagia a intervalos regulares
como una gota de agua.
Pero yo, cazadora del vuelo,
deseo un sonido desigual de pinos
golpeados por el viento.
Que se rompa la puerta cuidadosa
en un caos de silencio,
para salir al todo de una canción humana
que desde el otro lado me haga señas.
Cuelgo.
Y ya no escucho más a la esperanza.
El mundo es un teléfono ocupado.

AYER TE VI OTRA VEZ
Pasabas por la esquina del asombro,
como el sueño que suele repetirse
y al despertar nos preguntamos cuándo
y para qué y adónde.
Te vi otra vez pasar
y oí como el silencio de un rezo impronunciado
que iniciará la procesión del júbilo,
la fiesta de la vida, fiesta pura
y de pura mentira disfrazada.
Ayer te vi otra vez
y por una o dos mañanas,
ciega
para ver esta copa, aquella mesa,
mis manos que te escriben sin saberlo.
Ellas ciegas también.
También desiertas.

CONQUISTA
Te acercaste a mi playa. Era la tarde
y el otoño agrisaba las arenas.
Le pusiste tu nombre a mis orígenes
y al fin mis ojos se volvieron tierra
para aceptar la cruz de tu conquista.
Después volvió la historia a ser historia
y la playa de nuevo está desierta.

PALABRAS
Para que no mueran las palabras yo no quiero la muerte.
Sólo esta móvil boca las pronuncia.
Estos orbiculares se pliegan redondeados con gestos de bandera.
Sólo esta lengua obliga a la nostalgia que le deja la tierra.
Sólo estos dientes marcan sedientos de perfiles
las celdas que me encierran.
Habla todavía, manantial de la voz,
socavón de plegarias.
Habla todavía, sedienta e insaciable,
impotente y cobarde,
humana boca mía.

JUDAS Y LOS DEMÁS (1981)

JUDAS
Soy Judas, el traidor,
y te di más que todos,
yo te di más que amor.
Para ellos la merced del heroísmo
y la docilidad de serte fieles,
porque ellos no afrontaron tu mirada
allá en Getsemaní.
-Ojalá me hubieras dicho: "te comprendo,
lo estás haciendo bien. Animo, Judas".-
Ellos navegaban en barcas
que el prodigio salvaba de mareas tenaces,
yo me hundí hasta tocar fondo en los abismos
de este mar de ser hombre y acordarse.
Todos vieron los clavos y lloraron,
yo te inmolé para que amanecieras.
Convocaron a tantos para el drama,
Caifás, Anás, Herodes y Pilatos,
por qué también a mí. Yo te quería.
Por qué habrán acuñado las monedas,
por qué las profecías.
Por qué el árbol aciago
como un ojo hechicero reclamándome
desde la sangre intacta de la Biblia.
Soy Judas, el traidor,
el que mejor cumplió con su destino.
El que entregó al que amaba. Por amarlo.

A DIOS
Yo quería encontrarte.
Me equivoqué de puerta.
De las fiestas lejanas, vestido de extranjero,
con señales de una extraña locura
bajabas por las calles de los pueblos agónicos.
Atravesé las caras de los otros,
las canciones feroces que callaban:
"esa lo anda buscando",
y los que no entendían me lo explicaron todo:
la Trinidad: las Carabelas de Colón;
la Asunción de la Virgen: cabeza, tronco
y también extremidades;
qué son las tres virtudes teologales:
un sistema fluvial de la Argentina,
y el Cielo, el Purgatorio y el Infierno...
Se acabó la memoria. Con ella no he vivido.
Lo principal se olvida.
Dios de mi infancia que asustabas mis noches,
la vida se volvió sendero angosto
y todo lo demás, parque prohibido.
Ayer pisé tus ojos en el barro
y quedaste pegado a mis zapatos.
Ahora vives en mí, camino adentro.
Me equivoqué de puerta.

INSÓLITA
Una paloma apareció en mi cuarto una mañana,
una paloma entera, no le faltó ni el canto.
La rodeaba su bosque y hasta el verdor intacto
y traía con su vuelo el vestigio de todas las distancias,
las nostalgias tatuadas en las alas por todas las partidas.
Se llegó con su cielo hasta mi casa de elemental ladrillo cotidiano,
y en lugar de mirarme en los espejos,
en vez de arrodillarme, de clausurar avara las ventanas,
de acariciarla como se acaricia un minuto,
cuando la vida es sólo ese minuto,
cerré los ojos cuando se alejaba
transformada en estrella o en olvido.
Ahora no sé si no habrá sido un sueño
que una paloma apareció en mi cuarto una mañana.
Una paloma entera.
No faltó ni el canto.

TIEMPO
Yo sólo sé que el tiempo me lastima,
no sé si el que se fue o el que no ha sido,
todo es tiempo de honduras y de cima,
lo que es bien conservado y bien perdido.

Es tiempo la hidalguía de la rosa
que reina en el jardín un corto día,
tiene un cielo fugaz de mariposa
y un largo invierno de melancolía.

Es largo tiempo la ilusión buscada,
que cuanto más se busca más se aleja
a la vuelta de cada encrucijada,

y es tiempo esta certeza de la queja
que contra el tiempo ya no puede nada
más que mirar la nada que nos deja.

Y DAN UN PREMIO AL QUE LO ATRAPE VIVO (1986)

RÍO
Hoy vuelvo a estar como antes,
como cuando era chica
y veía detenerse las barcas
pero nadie bajaba al muelle de mi pueblo.
Ni un rostro diferente,
sola, con la oscura tristeza de aquel río.
Después llegué hasta el mar
y no podía creer
en la rielante senda hacia la espuma
que me impelía,
desde la sordidez de camalotes;
y no podía creer
en la magia raigal de las madréporas.
Ahora,
las arenas de ausencia me devuelven
al limo de las costas,
a las aguas taimadas,
a las barcas en las que nadie llega.

SI EL TIEMPO NO TRANSCURRIERA
La vejez al acecho, sin moverse
como un pastor que cuida las haciendas.
De pronto, la mirada sin los ojos
descubrirá una estrella.

PUEBLO
Desde entonces
cuánta semilla en el secano,
cuánto desperdiciado brote
No ver cuándo amanece
es seguir en la noche.
Y me fui,
abandoné la tierra
y las siestas de hoguera.
Desde entonces
quiero saber quién es la desertora.
Quién soy,
que ahora nadie deletrea mi nombre.
Quién soy que la casa está cerrada
y ajenas, reticentes, las paredes.
Que el perro ya no sale a recibirme,
que al entrar en la escuela
ya no hay olor a tinta
y a sosegado otoño.
Que en el recreo, a las hamacas
las columpia el aire.
Que no quiero ser Tarzán ni Jean Harlow.
Apenas la que soy, pero saberlo,
y no dudar ante el recuerdo
de aquellos cementerios deslunados,
en los que yazgo,
unitaria y plural
como la vida.

OBJETO INÚTIL
Nada de lo que sirve, a mí me sirve.
Quiero lo que no sirve a nadie,
las cosas sin destino, cosas libres,
un saco que no cubra los andrajos,
un amor gratuito como el sol,
que no cueste arrojarlo a la vereda
y se pueda malherirlo sin escándalo.
Y yo
no quiero servir más,
me quitaré el tatuaje de la feria
y si alguien me encuentra
que no se llame a engaño:
soy un objeto inútil.
Que no me busquen dueño
y no pongan avisos en los diarios.

RÉQUIEM AL AMOR
Dónde estaba la gente distraída
que no se oyó el tañer de una campana,
que ninguna palabra lo ha llorado,
que los parques están como si nada.

Empecinado tiempo que desgasta
la estatua y el diamante y el poema.
En mi pecho hay un mínimo sepulcro
y una paloma sepultada a medias.

Hay una parte exánime que hiende
las sombras y el orgullo destronado;
la otra todavía se estremece:

el ala viva del amor que ha muerto
esta hoja otoñal, este fantasma
ya no podrá volar ni en el recuerdo.

A UNA MARIPOSA EN LA CIUDAD
Allí estás sobre el muro de cemento,
destronada de un ciego paraíso,
de alguna aldea parecida al viento,
de un jardín devastado de improviso.

Qué distancia enarbola tu extravío,
que vandálica lluvia, qué exorcismo
te arrancó al corazón del labrantío
y señaló a tu vuelo el ostracismo.

Entre tanta ciudad, tanto hundimiento,
tus alas replegadas se parecen
a desquiciada brújula de tiempo:

señalas derrumbada el pavimento
pero recuerdas que hay un Mar de Césped
más allá del naufragio y el tormento.

INDICE
Prólogo,
TRÉMOLO (1960) : Frustración, Al hijo que no nació, Tarde dominical, Adiós a la casa pequeña, Interna, Palomas en la ciudad, Niño pobre,
EL PAÍS QUE LLAMAN VIDA (1964) : Cumpleaños, Puerto, El espejo, Crisol, Trasgo,
NO ESTÁ VEDADO EL GRITO (1967) : Neurosis, Mis vestigios, Desierto,  Desdoblamiento, Presencia, En viaje,
GIRAR EN DESCUBIERTO (1975) : Los duendes, Dónde estabas, Brindis, Volver, Fiesta, Obstinación, Indecisión, Aceptación, Dónde, Octubre, Rastreo,
QUÉ IMPORTA SI ANOCHECE (1980) : Qué importa, Mentira, Teléfono ocupado, Miedo, Referencia, Ayer te vi otra vez, Conquista, La serpiente, A una ilusión arrojada a la calle, A la casa en venta, A un día de verano nublado y frío, Palabras,
JUDAS Y LOS DEMÁS (1981) : Judas, A Dios, Insólita, Despedida, La casa ya no está, Tiempo,
Y DAN UN PREMIO AL QUE LO ATRAPE VIVO (1986) : Destiempo, Río, Si el tiempo no transcurriera, Agenda, Amarras, Pueblo, Objeto inútil, Réquiem al amor, A una mariposa en la ciudad.



sábado, 21 de agosto de 2010

ESTER DE IZAGUIRRE - ESTATUA, AL HIJO QUE NO NACIÓ y POESÍAS / Fuente: VOCES FEMENINAS EN LA POESÍA PARAGUAYA. Edición de JOSEFINA PLÁ.


ESTATUA, AL HIJO QUE NO NACIÓ,
PRAETER SPEM , EL ESPEJO,
TRASGO, ESPONSALES, MIS VESTIGIOS,
PRESENCIA, CRISOL, TU CÁRCEL, INFANCIA,
PODRÉ, RASTREÓ, PALABRAS y JUDAS
Poesías de
ESTER DE IZAGUIRRE
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE ARTES del
www.portalguarani.com )
.
ESTATUA
Te pareces al hombre que amé toda una vida:
como tú, él tenía celestes las miradas,
hablaba con tu dejo de alondra estremecida,
y en tu risa vibraban alondras desatadas.

Y porque te pareces al amado lejano
abandoné mi orgullo en tu puerta clausurada
exigida fui esclava de un ayer soberano
para encontrar los restos dejados por la nada.

Pero en ese tu cuerpo, inquietud y tormenta,
en tu honda mirada, en tu pecho, en tu frente,
en vano he buscado la llama que te alienta.

Espectro del recuerdo, estatua solamente,
eres sólo una copia fraguada, amarillenta,
de la inviolable imagen que ha dejado el ausente.

AL HIJO QUE NO NACIÓ
Ya tenías un nombre cuando aún no eras forma,
y estabas en la savia vital de mi congoja.

El instinto jugaba llenando mis pupilas,
de realidades plenas, con tus pupilas vivas.

Mi vida había cambiado: un horizonte abierto
presagiaba en mis sienes el eco de tus besos.

Mas ayer sin un llanto, sin tu forma acabada
en mi cuerpo dejaron de moverse tus alas.

Y hasta de sollozos hoy me siento vacía, …
derramada ya, en vano, la sangre que era mía.

Yo iba a tener un hijo, y el coágulo fue estrella
que vierte en los espacios luz dilatada y yerma.

PRAETER SPEM
Apenas soy la gleba roturada
para formar el nido a la simiente,
mi cuerpo es un extraño recipiente
de dolor y esperanza abacorada.

Reniego de las lágrimas y el luto
que abaten el empuje de mis alas,
de los turbantes y las albengalas
que ciegan la visión de lo Absoluto.

Hasta cuándo tapices y cadenas
uncirán mi morena primavera
a piafantes potrancas sarracenas...

Hasta cuándo mis plantas nazarenas
buscarán mis senderos, si la espera
se está volviendo escorias en mis venas.
.
(De TREMOLO, 1960)
.
EL ESPEJO
Cuando miré al espejo
y vi aquella mujer que me observaba
me acordé vagamente de mí misma.
-aunque ella no tenía
las ajorcas de luz en los tobillos
ni la fuente
de Siloé manaba de su pecho.
Tenía, sí, la hondura
de la otra. Y su herida.
Pero no era la misma.
Largos cauces de sed cruzaban su mejilla,
y había envejecido de tanto mirar cielos
en las metamorfosis de lentas alboradas.
Recordaban sus ojos el amor de los amplios
vitrales del silencio,
y acariciaba a solas
su verdad como una
inquietante paloma.

El allegro de un órgano muy alto
me sacudió los hombros azorados,
y entré por el cristal
hasta el límite exacto
de mi precisa condición humana.
Yo siempre había creído
que era el tiempo el que se iba
tras cada ciclo Genital morado:
que el ayer existía en la conciencia
y que hoy era un mañana virtual. Impostergable.
Pero entre lo que fui una vez
y lo que es hoy la imagen
especular y taciturna,
no son años los que se han ido sucediendo.
Soy yo la sucesiva y no mis noches;
aun ahora no me impulsa el instante;
soy yo la que camina del brazo con la muerte.
El tiempo es solamente
una inmóvil esfinge de amatista,
alzada por las manos de Dios, para animar
su eternidad desierta.

TRASGO
Alguna vez, recuerdo, tuviste varios rostros,
y una sola mirada asomaba a tus ojos.
Tus manos se trocaban de cobrizas en blancas,
tu voz, ayer de algares, hoy era de campanas.

Apenas queda nada de tantos nombres tuyos
que olvidó mi ternura burilar en los muros,
y un sendero de adelfas desciñó mi cintura
de tu plural recuerdo, tus después y tus nunca.

Ahora lo sé. Es de un duende la huella que persigo:
detrás de cualquier gesto agazapa sus guiños,
ese trasgo de nube de mis fiebres nacido.

Hombre de varios rostros y mirar de basalto,
perdóname la culpa de haberme enamorado
tantas veces del sueño que ocultaban tus manos.

ESPONSALES
Estoy plena de ti -tú me rebasas-
de ti, que no eres nada, siendo inmenso:
nuestro instante de dicha fue una planta
de florescencia inútil y a destiempo.

Desde entonces me llego cada noche
hasta el vacío que dejó tu hechizo:
sólo estás en el brillo de un azogue
cuya frialdad no sabe de latidos.

Si vives en mi sangre desde siempre,
si soy oficiadora del recuerdo
más enraizado cuando más baldío,

despósame por fin desde tu muerte,
en este pecho que se ha vuelto templo
desde aquel beso que nació tardío.
.
(De EL PAIS QUE LLAMAN VIDA, 1964)
.
MIS VESTIGIOS
Innumerables sendas me llevaron
al futuro vestigio de mí misma,
pero regreso siempre desde ese calendario equivocado
porque hay fuerza en mis brazos
para torcer el rumbo de la noche.
Me busqué en mis cenizas y no estaba
y mi voz era un eco recobrado y perdido
en el insomnio del tiempo.
Porque estoy de regreso de mí misma
el canto se me agolpa entre los dientes
y se me asfixia Dios en la garganta.

PRESENCIA
Van quedando los recuerdos
con perfil de silencio arrebatado.
Yo te acercaba cada día
como una hostia hasta los labios secos
en un ritual de imágenes precisas
danzando alrededor de mis deseos;
pero después una palabra
o un gesto ya confuso
como un ladrón me arrebataba el tiempo.
Hoy ya no tengo nada.
Tu recuerdo es como una casa
definitivamente abandonada
y tu verdad en ella es un fantasma
que no podré encontrar sin haber muerto.
.
(De NO ESTA VEDADO EL GRITO, 1967)
.
CRISOL
Si pudiera crearme nuevamente,
acrisolarme entera en una fragua
y ser desde mi origen para siempre
diáfana y opalina fibra de agua.

Si pudiera traer a sus verdores
la flor que resegó mi alevosía,
sucederle hacia atrás, con los bridones
que sofrenaron hoy mi fantasía.

Si por obra de inéditos prodigios
retuviera las horas ya pasadas
y me hundiera en el tiempo y los vestigios

rehaciendo el gesto y el mirar baldíos,
esto que ahora soy sería un fantasma
hecho de perfección... y de extravíos.

TU CÁRCEL
.
(Guillermo Javier)
.
Estoy henchida y densa como un piélago oleoso
que lamiera los bordes de un estuario incoloro,
porque te di la vida habiendo tantas muertes,
y el tiempo se detuvo en la magia de tus sienes.

Porque en mi hondura fértil tu voz amanecía
los peces sorprendidos y las algas racimas
al despertar danzaron en la salobre espuma
en actitud de duendes jugando con la luna.

Pero ha sido un milagro. Desde la cuenca eterna
bajaste hasta la cuna que estaba sola y yerma
-los demás han crecido: son varas de azucena.

Por eso no me acuses a mí que aquí en la tierra
sólo te he cincelado un cuerpo, con mis venas,
para enrejar a tu alma de pájaro o de estrella.

INFANCIA
Hubo un país de cunas y presagios,
de guardapolvo blanco y navidades,
de reyes distraídos y cumpleaños fugaces,
de estrenos de zapatos y verdades.
Un tiempo en el que el tiempo me sobraba
y sobraban la luz y las palabras.
Yo no crecí: se fue achicando el mundo.
Yo no callé,
se impusieron los cantos y pregones.
No envejecí:
la vida se me espeja en la mirada.
Yo no amé:
hubo una invalidez
que reclamó a mi mano la caricia.
No soñaba:
había una realidad para los otros.
Sin embargo, seré la que mañana
ya no crezca ni calle, ni envejezca ni ame.
Y aún así, esencial y despojada,
en un día como hoy, de primavera,
mi sombra irá buscando todavía
aquel país en el que estuve entera.

PODRÉ.
Se me cae mi piel de calendario.
se me desborda el río que me trepa
desde no sé qué mundo de cansancio.
Y voy cada vez más buscando el sitio
desde donde mis ojos sin miradas
podrán ver el revés de los domingos,
su trama sin historia y su sol calculado.
Podré saber qué piensan las estatuas
en sus cárceles de parques solitarios,
qué cosa es el amor, porqué se anuncia
y se esconde en las dudas y en los miedos:
podré saber de mí
como si fuera un cuadro,
descorrer los telones,
aplaudirle a mi teatro.
Cuando se acerque el fin
podré mirar la vida con ojos alquilados.

RASTREÓ
Soy dueña de un dolor que desconozco.
Yo sé que es un dolor y que es el mío,
porque el espejo me devuelve hastío
y hay brumas en el lago de mis ojos.

Es lejano y antiguo como el rostro
de la piedra agrietada en las montañas;
con olvidos y más caras extrañas
disfraza las imágenes que evoco.

Yo rastreo las huellas a mis sueños
limpiándome los ojos empañados
que no me dejan ver cuando despierto.

Pero el dolor se oculta en mi garganta
y en vez de hacerse llanto descubierto,
se me vuelve torrente de palabras.
.
(De GIRAR EN DESCUBIERTO, 1975)
.
PALABRAS
Para que no mueran las palabras, yo no quiero la muerte.
Sólo esta móvil boca las pronuncia.
Estos orbiculares se pliegan redondeados con gestos de bandera.
Sólo esta lengua obliga a la nostalgia que le deja la tierra.
Sólo estos dientes marcan sedientos de perfiles
las celdas que me encierran.
Habla todavía, manantial de la voz,
socavón de plegarias.
Habla todavía, sedienta e insaciable,
humana boca mía.

JUDAS
Soy Judas, el traidor;
y te di más que todos,
yo te di más que amor.
Para ellos la merced del heroísmo
y la docilidad de serte fieles,
porque ellos no afrontaron tu mirada
allá en Getsemaní.
-Ojalá me hubieras dicho: "te comprendo,
lo estás haciendo bien. Animo, Judas"....-
Ellos navegaban en barcas
que el prodigio salvaba de mareas tenaces;
yo me hundí hasta tocar el fondo en los abismos
de este mar de ser hombre y acordarse.
Todos vieron los clavos y lloraron,
yo te inmolé para que amanecieras.
Convocaron a tantos para el drama,
Caifás, Anás, Herodes y Pilatos,
porqué también a mí. Yo te quería.
Porqué habrán acuñado las monedas
porqué las profecías.
Porqué el árbol aciago
como un ojo hechicero reclamándome
desde la sangre intacta de la Biblia.
Soy Judas, el traidor.
El que mejor cumplió con su destino.
El que entregó al que amaba. Por amarlo.
.
(De JUDAS Y LOS DEMÁS, 1981)
.
Fuente:
VOCES FEMENINAS EN LA POESÍA PARAGUAYA.
Edición de JOSEFINA PLÁ.
Colección Poesía, 7
© Josefina Plá.
Alcándara Editora.
Se acabó de imprimir el 28 de setiembre de 1982
en los talleres gráficos de Editora Litocolor ,
Asunción, Paraguay (162 pp.).
.
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miércoles, 28 de julio de 2010

ESTER DE IZAGUIRRE - YO SOY EL TIEMPO (CUENTOS) - Prólogo: MARÍA GRANATA / Texto cuentos: EL COBAYO, EL CAZADOR DE MARIPOSAS y LIBERTAD INCONDICIONAL.


YO SOY EL TIEMPO
Cuentos de
ESTER DE IZAGUIRRE
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Hecho el registro que señala la ley 11.723.
Todos los derechos reservados.
Impreso en Argentina.
© Editorial Guadalupe, Mansilla 3865,
Buenos Aires. 1973.

.
A este libro de cuentos se le otorgó en el año 1970, el premio municipal a obra inédita. El jurado integrado por Silvina Bullrich, Manuel Mujica Láinez, Syria Poletti, Oscar Hermes Villordo y Bernardo Ezequiel Koremblit lo votó por unanimidad. (Correspondió a obras narrativas publicadas en 1968).
.

Dedicatoria
A Ignacio Luis

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ÍNDICE

*. Prólogo / El cobayo / El cazador de mariposas / La casa / El delfín de Francia / Ella, adolescente / El rescate / La colmada soledad / Yo soy el tiempo / El hombre / La ciudad / Libertad incondicional / Los ojos simples / La ventana.

PRÓLOGO
Hay en estos cuentos de ESTER DE IZAGUIRRE la angustia que proponen el ser y el tiempo, su siempre inexacta conjunción. La anécdota transparenta en cada caso un fondo metafísico gracias al cual la realidad pierde sus límites convencionales y se expande bellamente hasta ocupar un área que podríamos llamar irrealidad pero que por cierto es sólo la aureola del acaecer humano. Ester de Izaguirre, que es poeta, sabe asir los soplos, cosa muy difícil; sabe rescatar imágenes intactas como quien levantara del suelo una visión caída hace tiempo y la hiciera volar, como debe hacerse con los recuerdos, con las figuras suspendidas en la memoria, para que no queden estancados. Recordar es transfigurar, y es también descubrir es, de algún modo, crear una marea. Y esto es lo que hace la autora de "YO SOY EL TIEMPO".
Se advierte en cada una de estas páginas una tumultuosa mansedad. El conjunto de elementos trágicos, de cargas obsesivas, de desentrañamientos del ser, alcanza sin excepción la extendida serenidad que da la lucidez. El sacudimiento está contenido, salvaguardado por la atmósfera apacible que lo envuelve. Porque Ester de Izaguirre ha sabido dar forma y espesor a una atmósfera dulce, con ráfagas de aromas silvestres y en la que aparecen con frecuencia las fulguraciones del encantamiento. Pero como la tarea no ha sido encomendada sólo a la imaginación, este encantamiento proviene principalmente de la capacidad de transferir la intimidad, más aún, la subjetividad, con el movimiento natural de algo que fluye. Como si el yo no saliera de sí mismo abruptamente sino que se derramara.
Tal condición es definitoria de este libro; hasta tal punto que personajes y hechos irreales no pertenecen al ámbito de la ficción; son maneras de ser de un yo profundo y participan de la naturalidad, precisamente porque sus raíces están fijadas en vivencias y no en trabajosos suelos intelectuales. Ester de Izaguirre no plantea enigmas, no traza el contorno volátil de las teorías; simplemente narra, se confiesa. De ahí que el lector oiga también su voz, un acento trémulo que se incorpora al estremecimiento que provoca cada tuno de los cuentos aquí reunidos.
Toda confesión supone una hermosa humildad. También esto se advierte a lo largo de estas narraciones, ricas en matices, en trasfondos, en repentinos resplandores. Una humildad que es sabiduría y sustancia de amor y que de pronto sabe dar a lo trascendente la formulación de lo cotidiano, despojándolo de su peso. Poder éste de un espíritu esencialmente poético, valido de un lenguaje revelador en el que la metáfora pasa como un pájaro en vuelo -que es la manera de quedar- y en el que el contenido conceptual pierde las formas otorgadas por el razonamiento y se convierte en un temblor que quizá dura más tiempo que los demás.
Ester de Izaguirre dice pero fundamentalmente sugiere; expone y propone. Su mundo es complejo y no oscuro ya que la suya es una magia diáfana. La tortura pierde aquí su exasperación pero guarda la acumulación de estados que llevan a ella desde una subjetividad que recibe el misterio y desde una objetividad que lo acepta.
"Yo soy el tiempo". El lector siente que también él lo es.
MARÍA GRANATA

CUENTOS DE ESTER IZAGUIRRE
.
EL COBAYO
.
A Marco Aurelio Risolía
.
Allí, en Plaza Miserere, urgida por la espesa llovizna que daba imprecisión a la hora de la tarde, ascendí al ómnibus que me conduciría al centro. Mientras el guarda me entregaba el boleto llamó mi atención el aspecto de aquel joven, que, sentado en uno de los asientos transversales, reía aparatosamente con alguien, a quien, por atender al guarda, no pude en un principio individualizar. Como después de pasear una rápida mirada por el interior, no hallé otro lugar desocupado, me senté, no sin aprensión junto al divertido pasajero.
-Eso es, tome asiento si cree que podemos ir cómodos. No comprendí la alusión si es que la había. Miré a mí alrededor desconcertada para descubrir alguna explicación en las caras de los demás pasajeros, y como no la hallara, respondí más asombrada que ofendida:
-Naturalmente; si me senté es porque vi que el asiento era para tres personas y sólo estaba usted.
No replicó y miró en dirección al asiento de enfrente, mientras continuaba con esa risa que por momentos producía un chistido opaco a fuerza de querer ahogarla con la mano. La recta de su mirada se quebraba inexorablemente en la ventanilla del otro lado del coche, pero era tal la sensación de correspondencia que pensé en el absurdo de que existiera un invisible interlocutor. No había lugar a conjeturas, se trataba de un enfermo mental. Fue tener la certeza de su insania y sentir que una garra obstinada me atenaceaba la garganta y se me llenaba la saliva de musgo.
Parecía muy joven y estaba correctamente vestido. Descansaba sobre sus rodillas una tela pintada. Pude observarla detenidamente porque realmente interesado en mostrármela, y con pueril disimulo, la tenía inclinada hacia mí. En ella, bajo un cielo gris y rosa avanzaba una larga caravana de hombres y lanzas; al fondo, inclinado bajo el peso de la cruz iba el Nazareno, y su manto, único motivo púrpura, parecía una pincelada de sangre. Lejos y arriba, el Gólgota punzado por las cruces pequeñas de los dos ladrones. Colores difuminados, contornos perdidos, me recordaron algunos estudios de Rousseau El Aduanero. Al pie, clara, la firma: Luisito Rolan, en la que el diminutivo me hizo retrotraerme a una niñez muelle y oprimida por halagos y termómetros, uno de los posibles motivos de su evidente desequilibrio.
Interrumpió el curso de mis reflexiones la voz del desconocido, que, desapacible, preguntó al guarda
-¿Siempre tienen el pase los empleados de transporte?
-Sí - le respondió socarronamente aquél.
-Qué manera de llover -agregó seguidamente, palpándose con una mano la camisa y mientras me observaba inclinaba más el cuadro hacia mí. Sentí una profunda compasión por él, por esa risa sin sentido más amarga que el llanto por esos ojos abismales, por esas sienes blanqueadas prematuramente, por la charla insustancial y desordenada que volcaba como buscando huir de la introversión.
Sentí que podía y que debía darle una palabra de confortación, y como quien recorre con la mirada su hacienda para ver de qué se puede despojar para darlo a quien lo necesita, busqué esa palabra generosa. Además, confieso, sentí curiosidad por saber qué pensaba y si hablaría con coherencia. Pena y expectación me impulsaron y resbaló al fin la difícil pregunta referida a su cuadro
-¿Lo pintó usted?
-Sí.
-¿Lo copió de otro cuadro?
-NO; de la historia.
Sonreí de manera idiota. Estábamos a la recíproca.
-Lo pinté en un instante de verdadera necesidad - continuó-; yo antes pintaba actualidades, paisajes..., creo que ya hallé el camino. . ., bueno, no quiero decir que no volveré a mis viejos temas, porque, ¿quién puede asegurar que no se reiterará?
-¿Ya expuso en alguna parte?
-Se equivoca -dijo-, no pinto para exponer ni para que usted me diga que esto es extraordinario; por ahora lo dejaré como está, sin marco.
-Ese cielo es toda una lección de sabiduría -añadí- y ha mostrado con él un aspecto inédito, no ya de la realidad, como todos los artistas, sino de lo trascendente.
-¿Trascendente? ¿Y qué cree que es el cielo? -me demandó angustiado.
-La antítesis -aventuré vacilante- de todo esto; la serenidad, la plenitud.
-No me venga con Platón ni con Plotino. Estoy harto de arquetipos y... ¿quién me asegura que allá dejaré de sentir?
-¿Y qué quiere usted dejar de sentir?
-Todo. Como Job maldigo la hora en que nací. Vivo saciado de mediocridad. Mis desemejantes colman mis ojos, mi olfato, mis oídos. Nada me enseñaron sino a desear la muerte y a temerla. Yo no soy Prometeo, yo no puedo ignorar el miedo. Únicamente ése no sufre -dijo señalando a un niño en brazos de su madre -pero ya verá cuando empiece a ejercitar eso que los filósofos llaman "razón" y escriben pomposamente con mayúscula.
-Malos vientos, ya pasarán -respondí angustiada, pero me repuse y hablé un largo rato; le dije que como la borrasca anticipa una atmósfera fresca y despejada así su crisis era un eslabón de esa larga cadena de evoluciones que es el ser humano. Que luchara por algo grande y noble. Que se acercara a ese Dios que su genio intuía. Y le hablé del cielo, no del que nuestros ojos ven y donde se pierde con sus vértigos nuestro cerebro condicionado, sino del otro, que siendo parecido en infinitud, puede caber en la ceñida capacidad del pecho. El milagro y la realidad, el paraíso y la tierra se me volcaron por los labios como la ambrosía de un cáliz colmado. Hablé como jamás lo hubiera hecho a un hombre demasiado normal o demasiado ciego.
-Usted lo tendrá todo -concluí levantándome con los ojos húmedos- porque ha logrado con trazos y colores lo que yo jamás he conseguido con mis oraciones -y señalé con gesto cansado el cuadro ya definitivamente caído en el asiento. Y mientras mi cuerpo era un péndulo golpeado por sobretodos y tapados, luchando como un cestiario por llegar a la parte trasera del ómnibus, agregó en voz alta, pausada y segura como si le importara un ardite la opinión de los que lo escuchaban:
-Adiós, hasta que nos veamos en el cielo.
Sonreí con mi sonrisa más humana mientras todo el pasaje me miraba con mil ojos interrogantes. Espinas en mis brazos, en mis pies, en mi cintura. Sospechas oscuras en algunos, misericordia en los que habían alcanzado a escuchar las risas del principio, esperanzas para los que un poco extraviados percibieron el ramalazo de un mensaje.
Descendí apresuradamente y salvé en un instante la distancia que me separaba del local donde la conferencia ya había comenzado.
A los dos días me sorprendió un artículo del más importante matutino: "El joven y talentoso siquiatra, satisfecho con las experiencias realizadas en su contacto diario y directo con gente de la ciudad, con las cuales completaría una estadística de salud mental, se refirió a un caso singular entre los muchos considerados: una mujer, en un ómnibus, presa de patológico misticismo, dio una respuesta inusitada a su "test" Gólgota.
Dejé caer el diario, anonadada. Una ráfaga helada, interior, me abofeteó el rostro. Cerré maquinalmente la ventana porque me pareció que por ella entraba una bocanada del aire pernicioso que escapa por los resquicios de los templos abandonados.

EL CAZADOR DE MARIPOSAS
.
A Nieves Calandrelli de Sicardi
.
A la vida del pequeño pueblo le hubiera faltado sentido sin la existencia del loco cazador de mariposas. Era ya una imprescindible institución.
-¿Y qué hay para ver en este pueblo fuera del arroyo y del cementerio indígena?
Y en esta época no sé, pero cuando llegue el calorcito va a conocer a Eulalio Fuentes que saldrá a cazar por el "Puente de Fierro'".
-¿Caza de pelo?
-¿De pelo? Por estos lugares no hay más que zorrinos. Eulalio Fuentes sale a cazar mariposas.
Y así era. En el cálido diciembre, durante las siestas en que el sol se vuelve implacable enemigo de la vida -porque salvo algunos talas no hay en las calles desiertas ni una sombra para guarecerse- se lo reconoce desde lejos con su paso torpe, como si una pierna fuera castigando a la otra, con sus ojos verdes como charco, mirando sin ver el camino ceniciento.
Se encamina derecho hacia el barrio obrero más allá del cual se anuncian las primeras lomadas, y luego, por una angosta vereda de tierra llega hasta donde el camino se bifurca. Allá comienza su diario ritual. Las caza con las manos con esas manos sarmentosas, fatigadas en el arduo ejercicio de atrapar huidizas sombras. Las apresa delicadamente y las coloca con ternura que denuncia cada uno de sus movimientos, dentro de una caja de cartón cuya tapa levanta con precaución cada vez que una nueva cosecha aumenta su riqueza.
Luego, con el mismo paso, con el rostro enrojecido por el sol vertical regresa con su siega de aire y de libertad. Sobre el rojo o violáceo cielo del crepúsculo se recorta su silueta inverosímil y las huellas del regreso, ya atardecido, se entrecruzan con las torvas miradas de los que no comprenden la locura. El arriero en el mostrador del Hotel Luján, que aprieta el vaso de ginebra como si se le fuera a escapar. La empleada de "La flor del norte" que todos los días hace el mismo recorrido, a la misma hora, se acuesta a la misma hora y quizás tenga siempre los mismos sueños. El mecánico de la única estación de servicio que succiona la bombilla del mate inacabable. Don Pedro Ponce de León, recostado en el viejo tronco de paraíso, que según dicen creció torcido por tener que soportar el peso del hombre que vio desenvolverse la vida del pueblo desde su gratuito atalaya vegetal.
Y ante los ojos del vecindario ordenado, trabajador, pulcro, decorosamente rutinario y normal, pasa Eulalio Fuentes con su eterna sonrisa de niño bailándole en los ojos y en los labios como una mariposa más. Abre con cautela la puerta de su único cuarto v se desliza adelgazándose, para no tener que exagerar la abertura, hacia el interior conjetural y misterioso.

II
Mariposas sobre la cama, sobre los armarios, las paredes, revoloteando alrededor de la luz cubierta con un fino tejido para evitar que se quemen. Sobre los cuadros –uno con la imagen de una matrona, descolorido por los años pero no tan borroso como para no denunciar un parecido entre sus ojos y los de Eulalio Fuentes; otro, el de dos chicos con los clásicos trajecitos de marinero con que la moda de hace no muchos años enfundaba a los niños para salir los días domingo- y en medio de aquella enorme jaula de mariposas nuestro personaje se mueve con naturalidad, mientras ellas se le posan en los hombros, en las manos, sobre la rubia cabeza despeinada. De vez en cuando él sigue con la mirada el vuelo de alguna, transportado, distraído, lejanísimo, como buscando en sus alas un rumbo cierto para su incierto destino. Otras veces extiende sus manos para que ellas aleteen acariciándolo, y como si retuviera en sus dedos la calidez de un milagro, sonríe mientras cautelosamente las acerca a su rostro. Otras, después de contemplarlas largo rato, se entristecen gradualmente hasta apoyar su cabeza sobre el brazo y en actitud de sueño, de entrega o de muerte, llorar silenciosamente hasta quedarse dormido.
A nadie hacía daño con su extraña locura. Hasta los chicos lo dejaban pasar sin temerle, sin mofarse de él como si esa insania fuese digna del instintivo respeto de todos los cuerdos del pueblo.
Pero un día, cayó como un guijarro en un lago apacible la noticia inesperada. Cuando la hija de los Ponce salió a hacer los mandados hasta la cuadra de la feria, Eulalio la siguió un trecho silenciosamente. Al comienzo, la niña no notó su cercanía, pero cuando se acortó la distancia entre ellos observó que el loco aceleraba el paso como para acercársele. Entonces echó a correr atemorizada y Eulalio la siguió, también corriendo sin lograr alcanzarla.
Fatigada y llena de temor transpuso el umbral de su casa y atropelladamente contó a sus padres lo ocurrido. No podía ser. Si apenas podían creerlo. Si la locura se tornaba peligrosa habría que dar cuenta a las autoridades y tomar las medidas para recluirlo en Torres o en Open Door. Al día siguiente la enviarían a la feria y el padre y un policía la seguirían a prudente distancia para sorprenderlo.
Se dispuso todo con cuidado para que Eulalio Fuentes no cayera en la cuenta de la celada que se le tendía para comprobar la mala derivación de su locura.
Al día siguiente, recortándose como siempre su silueta inverosímil sobre el crepúsculo, lo vieron acercarse al tiempo que la niña se aventuraba a la prueba, temblorosa y con paso indeciso.
Verla y apresurarse fue todo uno. La chica empezó a correr como era lo convenido y detrás de ella, Eulalio, brillantes los ojos por el extraño fuego que lo consumía desde siempre, y con la sonrisa de sus mejores horas de enajenada felicidad corría, corría como si estuviera ya rozando una estrella con las manos,
Cuando la niña dio un traspié que la tendió largo a largo al borde de la calzada Eulalio Fuentes se le acercó, primero con rápidos y felinos movimientos y luego más cautelosamente, mientras su presunta, víctima lo miraba aterrorizada aguardando la intervención oportuna de su padre y del policía que aún no habían hallado propicia la ocasión de salir de su escondite.
Ya junto a ella extendió su brazo trémulo de esperanzado y de incomprendido hasta rozar apenas el delicado moño rosa que la niña llevaba sosteniendo sus nocturnos cabellos, con una caricia ingrávida, con esos dedos ásperos pero dueños del misterio de todas las alturas, del agrio aroma de los campos, del tibio aliento de la madre tierra.

LIBERTAD INCONDICIONAL
.
A Walter Colombo
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Los postes del alambrado pasaban raudos mientras algunas mariposas -siempre hay cosas difíciles de impedir- detenían violentamente su vuelo en el parabrisas de mi coche. Nada como los toboganes del camino para pensar y pensar. Se puede recorrer el planisferio y hasta el universo. Revolvía la tumba de la memoria y la caja de regalos del futuro. Soñaba. Y deshacía mis sueños con la misma facilidad con que mis hijos hacían y destruían monigotes de plastilina. En algunas ocasiones mi fantasía me hacía sentir satisfecho. En otras., las imágenes me molestaban y quería ahuyentarlas pero el mecanismo fallaba y ahí quedaba, inamovible, el fracaso, la caída o el simple enfrentamiento a un rostro desagradable -¿de qué paraíso o de qué infierno perdidos vendrán a la imaginación esas facciones que no existen a nuestro alrededor? Deducía que, de veras, el cerebro es incontrolable y que el inconinconsciente obtiene a menudo victorias molestas aunque parciales sobre la conciencia y la voluntad.
La simetría del sembrado se imponía por momentos y la percepción inmediata de un verde urgente y agresivo me volvían a la hora, a la realidad. Las diecisiete. Faltaba sólo una hora para llegar a mi casa. Una vez más pensé, como otras veces, qué sería de eso que en mí razonaba, recordaba y amaba cuando muriera. De eso mío que en la soledad de los caminos me hacía sentirme acompañado. Y si eso, alma o como se llamara, me sobreviviera ¿qué es lo que me aseguraba que yo aún no estaba muerto? ¿De qué aún existiera? Me causó un poco de gracia relacionar el "je pense, done je sois" cartesiano con mi propia teoría acerca de la vida y de la muerte.
Más postes y sembrados. El cuerpo es un accesorio y una contingencia. Ayer en una charla con mi amigo Raúl Infante se me ocurrió preguntarle: ¿Qué pensás de la muerte? Me gritó: ¡Que no existe! Estábamos de acuerdo, por lo menos en lo que atañe a una parte de nosotros.
Vi las primeras casas que se me acercaban demasiado velozmente cuando tomé la curva de la feria donde estaban descargando ganado de algunos camiones. Y demasiado velozmente, también, llegué al paso a nivel donde la barrera automática con vía de escape, estaba baja. No podía frenar. Era demasiado tarde. Giré el volante en brusco movimiento que me produjo un dolor agudísimo en el brazo izquierdo. Estaba atrapado por el tren que ya se veía como adherido a la puerta delantera del auto. No sé por qué fue como si desde siempre hubiera visto a través de la ventanilla esa cara de cíclope que ahora me fagocitaba irremediablemente. Pero no me aplastó sino que con su enorme mandíbula de hierro, con un chirriar que se impuso a toda otra sensación de angustia o de dolor, me arrastró no sé cuántos siglos por las vías para arrojarme después a un costado, en medio de espesos cardales.
Antes de que se me acercara un gentío que venía del lado de la estación y del tren que -al fin-se había detenido, salí del coche y empecé a caminar hacia casa. No me importaba ya la hora, me dejó de preocupar el estado del auto y olvidé casi por completo la impresión que me produjo el enfrentamiento con la catástrofe. Caminaba como cuando en la ruta las cosas pasaban impresionísticamente junto a mí. Me llamó la atención la serenidad del cielo y una desacostumbrada sensación de libertad.
No me extrañó, por lo tanto, cuando mi mujer y mis hijas, pasaron a mi lado, sin verme, camino a la estación. No me produjo ninguna impresión, cuando al seguirlas, desandando el itinerario propuesto llegué al lugar donde un coche había quedado destrozado. Y menos aún cuando vi que allí, arrojado entre las cuerinas rotas del tapizado y el techo hundido, yacía mi propio cuerpo. Flojo, definitivamente relajado como si fuera sólo un traje que conserva tibio, por algún tiempo, la forma de su dueño.
Tampoco me asombró el hecho de seguir pensando, discurriendo, cuando liberado de todo contacto material me perdí por el camino de acceso, arbolado de tilos. Iba solo ya, hacia no sé qué destino, con la certeza de mi certidumbre.
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