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lunes, 6 de septiembre de 2010

MABEL PEDROZO - LAS ARRUGAS DE LA VIRGEN (CUENTOS) - Comentarios: A CUENTA DE LOS CUENTOS por ALEJANDRO MACIEL y CUENTOS EXCELENTES por DELFINA ACOSTA


LAS ARRUGAS DE LA VIRGEN
Cuentos de
MABEL PEDROZO
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
CRITERIO EDICIONES
Web:
www.libreriaintercontinental.com.py ,
Foto de tapa: JORGE ROMERO,
Asunción – Paraguay,
2010 (149 páginas)

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A CUENTA DE LOS CUENTOS
(Breves consideraciones acerca del libro "Las arrugas de la Virgen", de Mabel Pedrozo, a manera de Prólogo)
MABEL PEDROZO cultiva con mesura y pasión el género del cuento. Todos sabemos que narrar es un modo indirecto de explicarnos a nosotros mismos qué es la realidad; pero también sabemos que para quien cuenta (la cuentista, en este caso) existe la demanda de un desafío: economía de palabras, unidad de tiempo y espacio centrado en un acontecimiento, el que merece ser tema del cuento sin accesorios ni cargas adicionales. Todo esto significa una serie de exigencias que sólo el autor puede administrar.
Mabel Pedrozo usa varios registros ajustando el método al tema y no como tendemos a hacerlo naturalmente, al revés, es decir, escribiendo un tema para un esquema metódico que fijamos de antemano en forma in consciente. Una vez me explicó que cuando le viene en mente un argumento, piensa qué forma le podría dar, ensaya dos o tres escrituras, borradores, copias, y finalmente decide qué conviene más al relato y se interna en la escritura definitiva siguiendo con obsesión cada palabra como si fuesen los rastros de un crimen perfecto cuyo asesino tenemos adentro.
En "JUEGO DE SÁBANAS" ya desplegó cierta maestría que continúa refinando en esta serie desde los breves "TAMÉ" y "EL CONSTRUCTOR" hasta "LAS ARRUGAS DE LA VIRGEN", en los que el final preciso y contundente produce ese giro de situación que caracteriza al cuento y figura en al menos tres decálogos y recetarios de la preceptiva del género.
Pero deseo detenerme en el cuento: "LOS SUEÑOS DE LA INFANTA". Felizmente, Mabel intercambia en forma constante narrador y narratario en tramos dialogando, en otros alternando, en otros párrafos cediéndose el don de llevar la narración por el cauce preciso que no admite desviaciones del curso ni los meandros de una novela. El lector quiere, necesita comprobar que va conociendo las opacidades de esos dos personajes femeninos, la Infanta y su sobrina, en una lucha sorda y despiadada detrás de la fantasía masculina deseada y temida al mismo tiempo. La mirada de la autora, aunque sabiamente oculta, es desafiante para el ojo lector. Mabel procede, no cede ni concede: recorre, corta, extiende y despliega ese tiempo prestado del relato como lo hacían los trágicos griegos que en lugar de presentar matanzas en la escena confiaban el relato de las atrocidades a un mensajero que al comentársela al protagonista, advertía al público. En este relato, Bruno y Rosaria, los criados mulatos de la Infanta son los heraldos que describen los hechos delicados, especialmente Bruno, que revela uno de los misterios más sagrados y profanos de la intimidad física, ese secreto que fisura Mabel para dejar entreabiertas puertas de recámaras, balcones señoriales, escotes, decencias y toda la mitología oscurantista de la España de Felipe II, su Escorial, sus monasterios y la asfixia del sexo entre bastiones y catedrales. La descripción de los salones barrocos resuenan con los brillos prestados en la voz del criado; tanta pompa y circunstancia empiezan abriendo un recinto ovalado como el salón de recepción del capitán Cardozo Balmaceda que en la evolución de la trama se va volviendo opresivo, lujosamente asfixiante y termina convirtiéndose en una trampa mortal de la que se huye rumbo a las nuevas tierras, las cercadas de selvas, las de la libertad del "PARAÍSO DE MAHOMA" donde rumbea la carabela que se lleva la felicidad para siempre.
Y una vez más, Mabel Pedrozo nos deja la sensación de haber asistido a un milagro al revés: de esos prodigios auténticos que no suceden en los altares, sino en la vida, donde todos podemos ser heroicos villanos en nombre del amor, o la pasión, que es su gemela descarriada.
ALEJANDRO MACIEL
Buenos Aires, marzo 2010


LAS ARRUGAS DE LA VIRGEN
Un día antes de que sor Catita viese a la Virgen, el convento de las Carmelas amaneció infestado de moscas.
La madre superiora, que jamás tomaba las cosas a la ligera, además de ordenar la desinfección de pasillos, celdas, jardines, huertos, baños y cada pimpollo que colgaba de las terrazas del antiguo retiro colonial don de treinta y tres monjas de silencio dedicaban su vida a la oración, informó a la congregación mayor lo que pasaba.
Esa tarde llegó un enviado del arzobispado para ver por sí mismo la gravedad del asunto.
El alboroto en el doble portón tapado por enramadas olorosas alertó a las religiosas que giraron el rostro en esa dirección cuando a las tres de la tarde, un sacerdote que traía la cabeza cubierta con un kepi de color rojo, entró en el jardín.
Probablemente, si no hubiese sido por el detalle del kepi, las religiosas hubiesen desviado la mirada, pero cómo resistirse a ver algo que los ojos de todas maneras ya vieron.
Se llamaba padre Angelo y una hora después de su llegada reunió a las monjas en la capilla para informarles que el convento estaba siendo atacado por el demonio. A su lado, la madre superiora buscaba en los ojos de sus novicias la alarma que no podía evitar demostrar en los suyos.
-No es culpa de ustedes, hermanas. El maligno es así -dijo el sacerdote arrugando el kepi que sostenía en una mano. Estaba parado en la última de las cinco gradas que llevaban al atrio de la capilla, sus mejillas de veinticuatro años quemadas por lo que las monjas supusieron era exceso de intemperie. Detrás de él, como un pájaro atrapado entre aquellas paredes que olían a cosas sacras, la imagen de una Virgen María cubierta con una túnica entintada, clavaba en las monjas sus ojos de yeso.
-Quiero preguntarles algo, hermanas...
-Padre, en este convento cumplimos voto de silencio -advirtió la superiora.
-Este no es momento de votos, Madre. Acá se esconde una rata y no la hallaremos si no revolvemos la casa -respondió el sacerdote con voz irrefutable-. Bueno, hermanas, debo saber qué piensan de todo esto.
El silencio en la capilla fue total. Afuera las moscas, como bolas chirriantes, golpeaban la puerta por la que de todas maneras, aún cuando tuvieron ocasión, no se atrevieron a cruzar (la capilla fue el único lugar del convento en donde no entraron).
La hermana Catita se levantó.
-¿Cómo sabe que es quien dice que es, padre Angelo?
Era la religiosa más joven y a eso atribuyó la superiora su atrevimiento para hacer una pregunta semejante. La quiso disculpar, pero el sacerdote la hizo callar con un gesto:
-Si quiere saber si tengo dudas debo decirle que lastimosamente, no las tengo.
-Pero cómo...
-Las moscas. El maligno las usa o se convierte en ellas a veces, por eso las llaman insectos de la noche. Antes de entrar al convento visité las granjas vecinas y ninguna tiene invasión de moscas ni se recuerda que haya habido alguna en esta zona, y es imposible que esto ocurra sólo aquí, si viene de una causa natural. Además, puedo sentirlo...
La madre superiora giró la cabeza hacia el sacerdote. -... a él. Sé que está aquí, en alguna de sus formas. -Padre, no creo...
La mirada del sacerdote paralizó a la religiosa.
Él le informó minutos antes, para evitar perder el tiempo en conversaciones simuladas, que estaba en conocimiento de lo que ocultaba el convento de las Carmelas, secreto que escapaba al manejo del arzobispado y que era tratado únicamente con la Nunciatura, o sea, con el propio Vaticano, de manera que la superiora entendió el alcance que tenía su presencia allí.
Él sabía que a ese lugar enviaban a las monjas que según la evaluación de los Carmelos, tenían condiciones para convertirse en mensajeras de las manifestaciones divinas (se les enseñaba a entrar en contacto con santos o con la Virgen María, y a transmitir sus dichos). Eso incluía a religiosas estigmatizadas o que recibían cualquier tipo de señal santa, incluso sueños proféticos. Por eso la superiora descartaba la presencia del maligno y también por eso, el padre Angelo estaba convencido de que lo que ocurría no podía venir de otro lado.
Las monjas se arrodillaron.
-No hagan eso -les previno el religioso-. Si está aquí, como efectivamente creo, no lo vamos a ahuyentar demostrando temor, sino con el único antídoto que la Iglesia Católica tiene contra él.
Un exorcista. Eso dijo, aunque las monjas dudaron de si escucharon bien.
-En estos momentos, la persona que mandé buscar está cruzando el portón del convento -agregó el religioso y amagó moverse de lugar pero no lo hizo. Volvió a arrugar la gorra y advirtió-: Sé que no vieron alguien así antes. Les recomiendo que no esperen nada, porque no será lo que imaginan.
Se les mandó permanecer en la capilla y lo hicieron hasta que el padre Angelo volvió, pero esta vez traía a un niño con él. Eso fue lo que las monjas creyeron que era hasta que giró la cabeza y entonces nadie supo de qué se trataba, excepto la hermana Catita que, al verlo, recordó a una marioneta que recibió como regalo de Reyes y que de niña encerraba en un baúl porque le aterraba que la mirara como si la viese.
El enano (era un enano) vestía un enterizo de color turquesa y llevaba debajo una camisa que se le abultaba bajo los tirantes. Su pelo, abundante y descolorido, le caía a los costados como trapo y una sonrisa que parecía cavada en su cara le marcaba las facciones. Sus zapatos, de tacones cuadrados, sonaban como calzado de mujer sobre el embaldosado encerado.
Todavía de la mano del padre Angelo, el exorcista se detuvo cuando faltaban unos metros para llegar al atrio. Entonces giró, soltó la mano que lo sujetaba y caminó entre los bancos traspasando a las monjas con su mirada transparente.
Más que mirarlas las olfateó, buscó lo que sabía que estaba ahí aunque le faltaba descubrir dónde, escondido detrás de qué cuenta de rosario, de qué pliegue de hábito, de qué enagua perfumada con agua de rosas, hasta que se quedó viendo a la hermana Catita como si el mundo hubiese desaparecido en ese instante y hubiesen quedado sólo él y la monja, que lo miraba espantada.
El exorcista extendió hacia ella su mano pequeña y deforme que sor Catita vio venir sin poder esquivarse, sin poder mover su cuerpo que el temor sujetaba a ese banco donde nadie más que ella existía en ese momento.
La monja recordaba la mano acercándose hasta que cerró los ojos y vio lo que había dentro suyo, vio aquello que sintiéndose descubierto se escondió detrás de sus costillas causándole un dolor puntiagudo. Parecía una figura hecha en plastilina, de color ceniza, con grandes ojos y boca sin labios. Y si no tuvo miedo fue porque aquella visión le resultó familiar. De niña le pasaba. Enterraba juguetes y los olvidaba hasta que un día los encontraba deformados, deshechos por la lluvia y lloraba porque ya no podría meterlos en la casa y debía volver a enterrarlos, pero nunca lo hacía porque les tenía lástima.
La mano no se detuvo. Se metió dentro de ella y estiró con firmeza. Sor Catita perdió la conciencia en ese momento. Y cuando abrió los ojos no estaba en la capilla, sino en un cuarto que olía a vela recién apagada.
Era un dormitorio de campaña, con techo de zinc sostenido por vigas recién barnizadas. Había camas dispuestas en desorden, pero cubiertas con frazadas pulcramente extendidas. Aunque era de mañana (una luz blanca entraba por la puerta entreabierta), las ventanas cerradas mantenían intacta la noche con su crujido de estrellas y su aire desamparado. Una sola de las camas estaba ocupada. Allí, acurrucada, dormitaba una mujer. Estaba descalza, llevaba un vestido de color oscuro que le tapaba los tobillos y tenía el pelo recogido en un rodete. A su lado dormían dos niños muy pequeños. Catita se acercó sabiendo, con esa certeza que sólo da la alucinación, que aquella mujer era la Virgen María, la misma que contemplaba hasta que los ojos se le dormían en la capilla del convento, aquella con la que soñó desde que era una niña y se ataba rosarios a la cintura para tener a la Señora Santísima pegada a su cuerpo.
-Madre -dijo con la voz atorada en la garganta, y se arrodilló.
Entonces pasaron dos cosas que la hermana Catita supo que no olvidaría hasta que dejase este mundo: con delicadeza, para no despertar a los niños, la Virgen levantó la cabeza y el poco de luz que entraba por la puerta puso al descubierto su rostro marcado, enteramente, por arrugas profundas y antiguas. Era el rostro de una anciana.
Lo segundo fue lo que pasó cuando ambas mujeres se miraron a los ojos y la Señora se dirigió a la monja.
-¿Quién sos? -le preguntó con un susurro que hacía recordar a las flores blancas y paralizadas de los cuadros de santos-. No te conozco -agregó.
Y sor Catita lloró, y así despertó en la capilla donde habían terminado el rito de exorcismo y el engendro que llevó el padre Angelo le ordenaba volver a la conciencia, y dejar atrás toda oscuridad.
El padre Angelo la levantó y no permitió que los acompañe la superiora ni nadie más.
-Esto es entre la hermana Catita y yo -dijo y salió de la capilla llevando a la monja, que parecía una paloma desmayada, en sus brazos. Recorrieron las galerías iluminadas por una luna blanca y silenciosa hasta que llegaron a una puerta protegida, como todas en el pasillo, con un crucifijo de madera.
-Lo que vi, padre... -susurró la monja.
-Las cosas de Dios no son como pensamos que son. Siempre son más simples -le dijo el sacerdote, la dejó en la cama y cerró la puerta sin detenerse a sostener el crucifijo que desprendido de su soporte superior, giró con fuerza y se invirtió.
Dos semanas después, en la capilla de los Carmelos, la imagen de la Virgen María comenzó a envejecer. Al principio nadie se dio cuenta porque los cambios se dieron de manera sutil, hasta que surcos profundos marcaron los costados de la boca de yeso, y enseguida vinieron las patas de gallo y la frente que, como una flor, amaneció marchita.
En su celda, detrás de la puerta cuyo crucifijo se invertía cada madrugada, la hermana Catita se cambiaba las vendas ensangrentadas de los dedos que usaba para marcar el rostro de la Santísima con sus uñas de poseída. Dentro de ella, hincándole las costillas con una punzada dulce, la figura en plastilina del Maligno sonreía con su boca sin labios.


TAMÉ
-Repetirá su mirada en vos, te repasará como una frase que debe aprenderse de memoria, te subrayará y te marcará como el sitio al que debe volver cuando en realidad, no tendrá manera de irse. Y no se lo dirá a nadie porque le han elegido un hombre que no sos vos, Tamé, un guerrero que atravesará tigres y claveles para llegar a ella y que no sabrá que vos, el muchacho que se arrastra por la noche memorizando estrellas y búhos, sos el hombre que ella tendrá en sus ojos, cuando él la ame.
"Esta es mi visión, Tamé. Y ahora andate, y no levantes la roca azul que encontrarás en el camino porque ahí aguarda una serpiente que tiene la muerte colgándole de los labios. Y no hables de lo que te dije porque lo que pasará pertenece a los dioses y no a los hombres".
La boca de la cueva, tapada con una cortina de mariposas nacaradas, se deshizo en pétalos de luz dando paso al niño aché que deslizó su cuerpo de bronce por el desfiladero. A lo lejos, vio la roca azul y tomó el otro camino, el que le llevaría el resto de la tarde recorrer para llegar a su aldea, pero no tenía prisa.
Debía acallar en su corazón, para que no se le notaran, las palabras del brujo.

DE LOS DOS LADOS
Si me cuesta explicar cómo ocurrieron los hechos es porque esta historia la escribí en un sueño.
Sé que a todos nos intriga esa especie de alucinación que nos pasa cuando nos quedamos dormidos, pero lo mío se convirtió en algo enfermo. Quiero decir que no solo no dejo de pensar en eso, sino que no pienso en otra cosa.
He leído y escuchado todo tipo de explicaciones médicas y esotéricas acerca del sueño, pero lo que me importa no tiene que ver con el proceso mental que genera ese remedo de vida mientras nuestro cuerpo está in móvil en una cama, sino con cosas más... hmmmm, ¿rebuscadas?, propias de quien da vueltas sobre lo mismo, y me refiero a qué conexión existe entre la persona que duerme y la que se supone que es en el sueño. A fin de cuentas, ¿son la misma persona o solo creemos que es así?
Me consta que en muchas ocasiones el soñador no reconoce a la persona que se supone que es en el sueño. ¿Y si fuese así, digo? ¿Quién o qué es ese ser que actúa haciéndonos creer que se trata de nosotros? ¿Existe algún motivo para ese engaño o se trata solo de un absurdo juego de la mente sin más propósito que el de tenerlos ocupados en algo?
Alguna vez lo simplifiqué todo imaginándome que soñar era algo así como agacharse sobre una fuente y ver nuestro reflejo en el agua. Pronto, sin embargo, entendí que la comparación era inexacta por una razón bastante obvia: en el sueño el "reflejo" tiene voluntad y hace cosas que pueden no tener nada que ver con la forma de comportarse del soñador.
Finalmente, quien haya prestado atención a sus sueños sabe que en ellos puede tener el aspecto de su padre, su madre, un amigo, un hermano, un desconocido, y también que es capaz de pasar de ser uno a ser otro en el mismo sueño, sin que eso cause sorpresa ni al soñador ni al soñado. En fin, el que sigue es el texto cuyo valor es uno solo: lo escribió la persona que se supone soy yo cuando duermo, y de la transcripción puedo decirles que cuando dejé de recordar palabras, comas o suspiros, dejé de escribir y esperé por el siguiente sueño, por lo que me agrada dar constancia de su sacrificada fidelidad.
Así empieza:
"No sé cuántas veces bajé de aquel colectivo que nunca pude ver, ya que todo empezaba cuando sentía el borde del pasamanos congelado lanzándome a la calle desierta. No veía mis zapatos, o mi ropa, pero habrán sido adecuados porque me sentía cómoda con ellos y no tenía calor aunque el sol que me recibía alumbraba un cielo de color celeste agua.
¿Hora? Ocho o nueve de una mañana polvorienta y silenciosa.
Algo dentro de mí no quería seguir la calle razonable, aquella que pisaba y que corría en línea recta frente a mí, de manera que tantas veces como pude tomé la otra, la que se torcía a mi izquierda y que llevaba al sendero dibujado por cercos mohosos y encima de los cuales el cielo comenzaba a llenarse de nubes de color ceniza.
El aire ahí era fresco y delicioso, y había aves colgadas de los postes que me hacían recordar, todas las veces, que si volvía sobre mis pasos encontraría un cobertizo que cuando pasé no estaba, y que esperaba por mí.
Una vez entré en él. Era húmedo y estaba vacío, pero sirvió para que me refugie de la lluvia que se desató para mi sorpresa, ya que pensé que nada que no haya pasado antes podía ocurrirme en ese lugar. En ese momento entendí que no era así, y también supe que no podría evadir por siempre la calle que temía porque mi destino me traería a ella una y otra vez, hasta que me anime.
Lo hice. Cuando solté el pasamanos congelado del colectivo y pisé, una vez más, aquel terraplenado que tenía el aspecto de haber sido recién barrido, avancé consciente de que algo cuya monstruosidad no podía precisar aguardaba por mí.
Las luces sobre la calle cambiaron en ese momento. Ya no parecía iluminada con el sol blanco de la mediamañana sino con la luz de la tarde que filtraba sus oscuridades sobre los amarillos y naranjas cambiándolos a un tono caramelo inquietante. Por otra parte, el viento helado que llegaba de fondos invisibles me hizo recordar que en la mochila llevaba un abrigo con capucha cuyo propietario no debí ser yo porque me quedaba grande, pero de todas maneras logró que deje de temblar.
Si algo más llamó mi atención en ese momento es que caminaba en medio de la calle, lo que me sorprendió porque soy del tipo de gente que prefiere los bordes, las orillas, los rincones de los lugares que tienen rincones, pero por algún motivo no quise acercarme a aquellos cercos.
Sé que pasé enfrente de casas porque sentí sus sombras domésticas viéndome cruzar y, sin embargo, jamás sabría cómo eran, no recordaría una ventana, una flor torcida sobre las gradas, nada sino esos bultos que no querían tener que ver conmigo más que para indicarme que debía seguir un poco más, ya casi, ahí, enfrente.
Cuando la miré por primera vez la recordé de antes de resbalar por el pasamanos congelado que me lanzaba una y otra vez a la misma calle. Todo ese tiempo que hui de ella (se alzaba a la derecha del camino) en realidad conocía cada borde de sus ventanas cerradas, su techo como las alas de un pájaro muerto, los balcones humedecidos con lluvias antiguas, su patio donde era de noche aunque en la calle todavía giraban los colores finales de la tarde.
Se trataba de una vieja mansión que parecía abandonada, aunque yo sabía que no era así.
Había un portón y un cerco tejido. Había un picaporte redondo que se abría hacia un interior todo penumbra y olor a flores secas.
Nada de lo que había dentro era posible. No había cuartos propiamente dichos, o en todo caso los cuartos fueron convertidos en corredores de madera que seguían una disposición enredada, como si fuesen soportes de una casa que estaba siendo remodelada.
Algo se movió arriba.
Una tira de escalones me mostró el recorrido final, si es que se podía hablar de fines en esta historia que no dejaba de dar vueltas sobre mí misma.
Subí hasta el rellano que se sintió esponjoso bajo los pies, cubierto quizás de un alfombrado que no se podía ver pero que apagó el sonido de mis pasos. Eso me tranquilizó, aunque era ingenuo imaginar que lo que me esperó todo ese tiempo, no siga mi recorrido hacia él. De todas mane-ras, la imposible idea de sorprenderlo me animaba.
Había algo distinto en ese último tramo de gradas. El aire se había afilado y dolía dentro de la nariz, pero no era eso, más bien se trataba de un olor imposible de saber a qué se parecía pero que podía recordar de un cuarto en cuya ventana aleteaban los pétalos amariposados de las cinesias.
Un estruendo me devolvió al último peldaño cruzado por un pasillo en cuyo fondo pude ver una sombra que huía, que corría hacia el siguiente nivel que yo sabía, era idéntico a aquel en donde me encontraba. Aun que solo vi el movimiento supe que no se trataba de una alucinación, o de un fantasma.
Crucé frente a puertas idénticas sin detenerme en ninguna hasta que un presentimiento hizo que me volviera para ver la uña que se disparó contra mí desgarrándome el abrigo y abriendo una herida profunda en mi carne sorprendida.
Empujé la puerta de donde salió el ataque. Quería terminarlo de una vez, pasar por lo que seguía sin esperar al siguiente sueño para empezar todo de nuevo y agregarle lo próximo que debía ocurrir. Y claro que consideré que quizás lo que me aguardaba en ese lugar era alguna especie de muerte que acabaría con lo que fuese que era mi vida, pero el saber que de todas maneras estaba en una secuencia que no podía alterar, me dio valor.
La quietud del cuarto en el que entré reavivó mi temor. Nada se movía, excepto los pétalos de las sinesias en el fondo apenas clareado de una ventana cerrada. Reconocí todo lo que había a mi alrededor no porque ya hubiese estado ahí (de eso estaba segura), sino solo porque lo sabía.
Pasaré por alto los detalles para decir que había una cama, y en ella, palpitante, el ser que me estuvo llevando a él con el único propósito de hacerme daño. Ahora lo sabía. No volvería a salir de aquel cuarto, o si lo hacía una y otra vez recorrería el mismo camino hasta este lugar, hasta esta cama, hasta esos ojos que me vigilaban en la oscuridad.
Lo vi incorporarse con su aspecto desconocido, escuché el sonido de sus uñas que todavía goteaban mi sangre, pero no fue esta vez que morí aunque sé que eso me pasará pronto y que aquel es el ser que acabará conmigo.
Por ahora repito (no puedo evitarlo) el circuito desde el instante del pasamanos congelado y el terraplenado que el sol de la tarde (últimamente solo es de tarde) avellana bajo mis pies. Me tomo tiempo entre ese instante y la escena final para escribir lo que veo y lo que pienso, que sé que es lo mismo, y mediante estos apuntes es que sé que, aunque calca-das, las escenas no son idénticas.
O sea, las flores con las que me cruzo son a veces dalias, a veces jacintos y a veces no sé qué nombre tienen. O los corredores dentro de la casa aparecen como si alguien los hubiese movido desde la última vez, o el olor que me recibe cuando ensangrentada abro la puerta del dormitorio ya no es a trapo viejo, o a revoque desprendido, o a carne supurante. Incluso probé a entrar a la casa no por la puerta del frente sino por otra que no había visto antes y que metía a una habitación trasera donde se guardaban muebles viejos que me resultaban llamativamente familiares.
Todo esto me animó a intentar algo que espero sirva para cambiar el final al que me veo injustamente empujada: introduje a propósito un elemento que no estuvo antes, o que estuvo, pero de una manera distinta.
Se me ocurrió cuando, parada en la última estribera del colectivo, me fijé en el pasamanos que sobé tantas veces sin darme cuenta hasta ahora de que tenía una pieza suelta en un extremo. Se trataba de una varilla de unos diez centímetros, más fina y filosa que el resto del larguero de metal, y que parecía un remiendo puesto para completar el largo que se requería para llegar a la puerta.
La fui gastando todas las veces que estuve en esa estribera hasta que sentí que se soltó. Entonces la metí en la mochilla y cumplí la caminata como si nada, segura a estas alturas de que mi pequeña "modificación" no había sido percibida y que podía subir las escaleras sin que la escena cambie por eso.
Estoy en el cuarto ahora y tengo el mismo miedo que las otras veces, pero soy yo quien va en busca del espectro que tanto miedo me causa. Lo veo, esperando por mí sin saber que esta vez las cosas serán diferentes, que esta vez soy yo quien puede causar el primer corte, la primera herida, el primer dolor...".
Aquí finaliza la anotación, relato o como lo quieran llamar.
Por cierto, me llamo Angélica dos Santos, vivo en la calle De la Conquista 447 y dejo este manuscrito en el primer cajón de mi mesita de luz para que si algo me ocurre, sepan que jamás intenté hacerme daño.
Cada palabra escrita en él es copia exacta del otro manuscrito, el que mi acechador escribe en mi sueño. Miente, casi siempre. No dice que es a mí a quien viene a buscar en la casa de la derecha del camino, que es mi picaporte el que gira y son mis escaleras acolchadas las que sube para encontrarme.
Antes no lograba alcanzarme, y cuando se acercaba en todo caso podía hacer el esfuerzo y despertar, pero eso cambió hace unas semanas. Recuerdo el sueño en el que me escondí en una habitación que casualmente es mi dormitorio en la vida real, y cuando lo escuché respirar detrás de la puerta (no le creo cuando dice que es una mujer) decidí tomarlo por sorpresa. Aparecí detrás de él y antes de que reaccionara, le hice un tajo en el brazo y hui.
Enseguida supe que eso tendría sus consecuencias y así fue. Ahora que sabe dónde me escondo, toma el picaporte, lo gira y camina hacia la cama en donde estoy tratando de despertar, pero como dije, cada vez cuesta más conseguirlo.
En el último sueño vi cómo dirigía hacia mí un puñal, o algo parecido a eso, que brilló en la penumbra antes de hundirse en mi carne. Desperté sin rastros de sangre, pero con un intenso dolor en el costado que no solo no se me quitó, sino que se amorató en mi cintura y que hoy apenas me deja caminar.
Sé que en el hospital me dormirán para remover parte de la carne que inexplicablemente para los médicos empezó a descomponerse, y sé que no podré despertar cuando lo necesite. Por eso les doy una última mirada a las sinesias que recuestan sus alas rosadas en la ventana creyendo que sigo ahí, en la cama, deseando ser ellas, y cierro la puerta.


ÍNDICE
Dedicatoria / A manera de prólogo
*. LAS ARRUGAS DE LA VIRGEN / TAMÉ / EL CONSTRUCTOR / LOS SUEÑOS DE LA INFANTA / MÉDIUM / EL APARECIDO DEL PASILLO / EL NIÑO DE LA CAMIONETA / PUNTO DE MIRA / RIVALES / ERROR DE BALCONES / EL EJECUTOR / DOBLE FONDO / QUIÉN, EN TUS OJOS / ANIVERSARIO DE GRADUACIÓN / DESPEDIDA EN LA TERMINAL / RÍO IMPUESTO / DE LOS DOS LADOS / HOMBRES SIN RELEVO.
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ARTÍCULO PERIODÍSTICO DE DELFINA ACOSTA EN ABC DIGITAL:
CUENTOS EXCELENTES DE MABEL PEDROZO.
abel Pedrozo viene escribiendo buenos cuentos desde hace mucho tiempo. El libro Las arrugas de la Virgen, editado por Criterio Ediciones, es un texto que recoge cuentos que dan cuenta de su gran talento para la narrativa.
Ellos no se ubican en un lugar especial de nuestro país, pero las comodidades de la época nos hacen pensar que los mismos están instalados en una ciudad. ¿Qué ciudad? No importa.
Los cuentos emergen del espacio artístico y sicológico que la escritora reclama como suyo, porque lo ha creado, mediante su relevante personalidad literaria.
Creo que Mabel Pedrozo ha leído mucho al escritor argentino Julio Cortázar. La muerte está presente como un elemento definidor en sus escritos. Y también están presentes los espejos flotantes que rodean a la muerte: el susto, las apariciones, los fantasmas en sus más diversas formas, y aquel entrevero de vida-muerte o muerte-vida.
Solamente ella sabe cuánto trabajo, cuántos tachones, cuánto pensar y volver a recomponer los pensamientos derrotados en torno a un tema, a una idea, son necesarios para escribir estos cuentos que demuestran la valía de su pluma.
Hay algo de poesía en sus escritos.
Ya lo dije: algo.
Inicialmente Mabel Pedrozo fue poetisa. Y un clavel de su poesía se abre, de cuando en cuando, en algunas frases, para echar un aliento fresco sobre todo cuanto va contando.
Conoce magistralmente el oficio. Por eso este libro suyo entra con naturalidad en la mente del lector. Un lector que debe empezar a reconocer que estamos ante una de las más inspiradas cuentistas del Paraguay. Mejor, la más inspirada.
Me ha gustado mucho aquella historia de la niña paliducha que vive frente a un cementerio y juega con las pequeñas difuntas del sitio. Observé cómo fue sacando con naturalidad, como quien no quiere la cosa, ese personaje misterioso (todo un hallazgo) y lo metió en la otra “vida” de quienes ya están en el páramo. O más allá de la línea que divide a quienes existen y no existen.
Repasé mentalmente el hecho, las circunstancias, y leyendo después otros cuentos de la fantasiosa Mabel Pedrozo, he llegado a la conclusión de que estamos presenciando la maduración de una narradora de alto calibre que sin lugar a dudas honra a las letras paraguayas y también a la literatura latinoamericana.
Su caso, el caso de escribir, coordinar elementos lingüísticos que han nacido torcidos y deben enmendarse, es la pasión de su vida. El prologuista Alejandro Maciel ha utilizado el término “pasión”.
La autora de Las arrugas de la Virgen, como toda escritora que se precie de tal, es una buscadora de errores. Todo debe estar pulcro y bien alimentado de ideas, mientras ella se inclina sobre el papel. Supongo que también después de escribir, traslada, a veces, sus personajes, a su almohada.
Me encanta su estilo impecable.
Es admirable esa aproximación suya a la más acabada perfección literaria.
La reiteración de lo que se desprende de la muerte, de lo monstruoso, de la diversidad de cuanto hay de oculto y de misterioso en la vida, nos lleva a regiones aisladas durante el proceso de la lectura.
El armaje, el esqueleto propiamente dicho de sus cuentos, muestra el rigor con que la autora trabaja.
Su lenguaje, creo yo, debería correr con más libertad. Pero esta opinión emitida puede ser un equívoco. A otros lectores les llegará de distinta manera, seguramente, el lenguaje de Mabel Pedrozo.
Hay una circunstancia, no un episodio, que hace que ella sea una mujer que convierte el lenguaje artístico en una ciencia. La ciencia literaria. Grandes escritores avanzaban en sus obras maestras con la crítica más severa de su razón.
Sus cuentos merecen ser publicados dentro de las mejores antologías de la cuentística de Latinoamérica.
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EL CONSTRUCTOR
Cuando el último zócalo azul fue colocado en la rampa que llevaba a la terraza prohibida de la Torre de Babel, Nabucodonosor Segundo tuvo miedo. Y no pudiendo soportar ese sentimiento cuyos peldaños, terrazas, columnas y habitaciones se reproducían dentro de él como la réplica del laberinto que ayudó a construir, pidió a los dioses antiguos que lo protejan. Y se postró. Pero los dioses de piedra, que no perdonaron su traición, desoyeron sus súplicas. Y vengativos, contemplaron con sus ojos engarzados cómo el rey del mundo sucumbía al horror de saberse a merced de otro, del Dios desconocido que afuera, con voz de trueno, maldecía al infiel que en su nombre erigió la torre sacrílega.
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Artículo de DELFINA ACOSTA,
Revista Cultural del domingo, 5 de setiembre de 2010,
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de la Literatura Paraguaya.
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domingo, 4 de abril de 2010

MABEL PEDROZO CIBILIS - ES LO MISMO, ESPEJO y TAMBOR / De DEBAJO DE LA CAMA. Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES.


Cuentos del libro
DEBAJO DE LA CAMA
Autora:
MABEL PEDROZO CIBILIS
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
.
ES LO MISMO
. Un escritor leyendo un libro es lo mismo que un mago en día de franco. La caminata sin rumbo por los parques, el barcito en el camino, el círculo humeante del café extraviando la vista tras las luces anaranjadas que comienzan a prenderse en las calles.
. Luego, la caminata de nuevo, el desconocimiento de sí mismo en medio del tráfico de las siete y media de la noche, el letrero, de pronto: «Gran show de magia. El maestro de lo imposible, el gran profesor Arturo. Entradas a precios rebajados. Última función».
. Un momento de vacilación. Pero es el día libre. Pero no se puede ser tan fanático. Pero la cena espera en casa. Y luego la resignación. El convencimiento de que el hombre es esclavo de sus fijaciones. La fila que no es larga (nunca lo es), los billetes arrugados cruzando la ventanilla, el pasillo iluminado con foquitos de colores y el recinto, detrás de las cortinas de pana roja.
. El semicírculo escalonado donde se ubican las quince o veinte personas traídas algunas por el frío, otras por las ganas de decir una vez más que estos shows son un fraude y que hubiese sido mejor quedarse en casa, lo reciben.
. El mago busca un asiento en quinta fila. Las luces del escenario se prenden y se apagan las de platea. El mago se acomoda, cuenta tres y una melodía alegre inunda la sala. El mago ríe: «Siempre contando tres después que se ilumina el escenario», piensa.
. Y el show empieza. Las flores de tela debajo del pañuelo, la paloma en la caja de cartón que el público pudo ver estuvo vacía, el abracadabra retumbando bajo las luces calientes. El delirio, cuando el conejo sale del sombrero de copa.
. El mago aplaude al mago. Se levanta. Se seca las lágrimas que le brotaron antes del acto de las palomas. Sigue de pie cuando las luces se prenden, cuando ya todos abandonan la sala.
. Nadie creería que él nunca ve la mano, el truco, los dobles fondos. Él cree en la magia. Desde que tenía cinco años. O quizás antes. Por eso es mago.
. Al escritor le ocurre lo mismo.
.
ESPEJO (HISTORIA DE UN VAMPIRO
«Debimos haber muerto con él», dijo la muchacha al tiempo que se tumbaba en el sillón cubierto -como los demás muebles- con una manta de color oscuro. Los pies le ardían. Se los restregó en la alfombra hasta dejar libres sus dedos que comenzaban a hincharse bajo la media de nylon.
La mujer a quien se dirigía caminaba en aquel momento hasta el botón del velador que anaranjó el saloncito con su luz tristísima. El negro de la ropa contrastaba con sus mejillas blancas y regordetas. Era la tía Constanza.
Sin girar la cabeza, con una voz que se mantuvo a medio tono desde que Federico Urrutia entró en la etapa final de su enfermedad, anunció que el té estaría listo en un momento. Colocó el pañuelo y el monedero sobre el aparador, cerró los ojos y se llevó la mano a la frente. Estaba sudando. También parecía a punto de llorar, pero lo pareció todo el día y como jamás lo hizo Candela distrajo su atención de ella -por un momento- y se hundió en esa especie de sopor en el que flotaban sus pensamientos.
Cuando la buscó, ya no estaba.
Candela fue la última Urrutia que conversó con Federico.
Habían crecido juntos en la casa de la tía Constanza sus once primeros años -tenían la misma edad- y tres más de la etapa que comenzaba a pertenecer a la adolescencia. Allí vivió la abuela Urrutia, y antes la bisabuela, y la madre de ésta, mujeres que, según la tía Constanza, no se casaron para evitar que desaparezca el apellido de la familia.
Rodeado de un jardín espeso y descuidado, la casa de tres niveles guardaba secretos que los niños fueron descubriendo en los baúles, en la biblioteca que perteneció al tío Eugenio -no lo conocieron-, en dormitorios de paredes peladas por la humedad, en cajas de fotos y en roperos donde colgaban trajes y sombreros que alguna vez no olieron a naftalina.
Las siestas eran deliciosas. La tía Constanza calafateaba las puertas para que el sol no se escurra por las rendijas, quemaba azaleas secas en un recipiente de barro y acomodaba su enorme cuerpo al lado de los niños. Entonces hablaba y, además de su voz, no había más sonido que el picoteo de los pájaros en el techo y los mangos del barrio achicharrándose a la intemperie.
Les contaba historias que nadie más recordaba en el mundo y que ella retuvo con la persistencia de quien, sospecha, sólo tendrá en la vida los recursos de la memoria.
-¿Qué dijo antes de... la desgracia? -preguntó la mujer. No habían dado las seis de la tarde. El comedor estaba ubicado en el lado Este de la casa. Una larga mesa de madera lustrada ocupaba el centro del salón iluminado con una araña de cristales azulados. Las sillas de respaldo alto y de asientos acolchados extendían sus sombras humanas sobre el piso de parqué. Una serie de cuatro ventanas cubiertas con enrejados de madera dibujada, dejaban ver el jardín en donde Federico -hacía tan poco- juntaba azahares para la tía Constanza.
-No quería morir.
-¿Lloró?
-No.
La mujer retiró la silla haciendo el gesto de levantarse. Sus ojos desfallecían. Candela le pidió que se vaya a descansar. Prometió retirar todo, y lo hacía en el instante en que un sonido atrajo su atención. Venía de la sala. Caminó con no menos temor que el que había tenido durante todo el día. Empujó la puerta. A sus pies, el monedero que la tía Constanza dejó sobre el aparador -como movido por manos invisibles- daba pequeños giros.
La muchacha lo levantó en un solo gesto, lo puso en su lugar y regresó al comedor para terminar de retirar los cubiertos. Sabía cómo sería, pero ahora no estaba segura de poder enfrentar los acontecimientos que sentía se adueñaban de su espíritu.
El primer día que entraron a la biblioteca tenían poco menos de diez años. La tía Constanza preparaba galletitas de canela en la cocina. Fue ella quien les dio, además del permiso, una llave de cabeza cuadrada que el herrumbre comenzaba a despintar, y la historia: «El finado Eugenio, mi hermano, no servía para nada excepto para encerrarse en esa pieza y llenarse la cabeza de boberías. Murió comido por la leucemia. El médico dijo que el encierro debilitó su sangre».
Sin embargo, no era la primera vez que subían a la última habitación de la casa. La tía los dejaba esperando -una vez por semana- en la puerta mientras pasaba el trapo de piso y abría las ventanas para espantar la humedad. «Este lugar no es para niños», les advertía, pero al final cedió ante la insistencia de Federico.
Fue él quien decidió que aquel lugar cambiaría sus vidas.
Y así fue.
La biblioteca
A diferencia de la escalera que llevaba a las habitaciones principales ubicadas en el segundo nivel, la del tercero, mal iluminada por una lamparita que no hacía sino deformar la visión de las cosas, era tan estrecha que Federico subía primero. Detrás suyo, Candela sentía cómo un silencio puesto allí desde antes -¿tendría que ver con el tío Eugenio?- los marcaba para siempre.
Un pequeño pasillo protegido de un lado por barandales de fantasía y cubierto por el otro, por la pared lisa de la habitación en cuyo centro una puerta cuadriculada y pesada cerraba el paso, se completaba con la punta del techo que se unía en triángulo sobre la cabeza de los niños.
(El clack de la llave corrida en doble vuelta sonó a definiciones profundas que en aquel momento ni Federico ni Candela estaban en condiciones de interpretar, y que tan sólo el recuerdo devolvía con tanta claridad, con tanto sentido.)
La biblioteca consistía en estantes de madera -rebosados de libros- adheridos a los cuatro lados de la habitación, más tres baúles, un escritorio viejo, una caja de vidrio que alguna vez sirvió de portavelas -los restos de cebo pegados a la superficie lo delataban-, carpetas apiladas en los rincones, una silla con el forro deshilado y un sillón de mimbre ubicado al lado de una de las ventanas -había dos- probablemente destinada a la observación de los juegos de estrellas que los niños aprendieron a nombrar con la guía «Estampas de oro», que fue lo primero a lo que echaron mano.
-¿Y ésas, Fede?
-Las siete cabrillas.
-¿Por qué se llaman así?
-El libro no dice. A lo mejor porque son blancas.
-No son blancas. Son amarillas.
-No seas boba, Candy. Todo el mundo sabe que las estrellas son blancas. ¿Sabés por qué? Porque son cristales congelados. Como el hielo. Nada más que brillan. Es normal. Todo lo que está en el cielo brilla. Hasta Dios.
Acodados en la ventana, los niños experimentaban esa sensación de eternidad que produce la vista de una noche abrasada de estrellas.
Una mañana Federico se ocupó de los estantes altos. ¿Y aquellas cajas?, preguntó. Ni la mesa ni los demás muebles a mano fueron suficientes para salvar la distancia, pero sí la curiosidad. Aprovechando la ausencia de la tía Constanza -iba a misa de miércoles- subieron la escalera de madera destinada a bajar naranjas que la tía recostaba en el galpón, y se apropiaron de los cinco enormes bultos apartados por el tío Eugenio -más tarde sabrían por qué-.
Aquella noche Candela soportó las peores pesadillas de su vida -no dejaba de ver las horribles portadas que se pasaron la tarde limpiando con paños humedecidos en alcohol-, pero al día siguiente estaba lista para tirarse al lado de su primo, en el piso, y escuchar de sus labios historias de almas en pena, encrucijadas habitadas por espíritus malvados, perros hurgando tumbas en la medianoche de los días viernes, tesoros custodiados por duendes horribles.
Las cajas contenían ejemplares «prohibidos» -así rezaban las etiquetas- de las Ciencias del Ocultismo, Tratados de Alta Magia y Manuales de Hechicerías. Los niños deliraban. Frente a aquellos relatos, los de la tía Constanza pecaban de inocentes.
Federico tomó un interés casi obsesivo por el Manual de Vampirismo, un libro cuyas hojas cocidas a mano y manchadas por algo que los niños concluyeron era caca de bichos, se despedazaban en una vuelta brusca. Llegó al colmo de sacar el ejemplar de la biblioteca -tenían prohibido hacerlo- para leerlo en la cama, debajo de las sábanas, con la luz de una linterna que prendía las letras dándole una inmerecida resurrección.
-¿Vos creés en los vampiros, Candy?
-No sé.
-Yo no te digo el de la tele. Yo digo en vampiros de verdad.
-¿Cómo son los vampiros de verdad?
-Son personas que se mueren sin querer. Por eso vuelven del más allá, pero como ya no son como nosotros tienen que vivir escondidos.
-¿Eso leíste en tu libro?
-Sí. Dice que cualquiera que conozca el «gran secreto» puede convertirse en vampiro.
La conversación fue interrumpida por los gritos de la tía Constanza -el chocolate estaba listo y no quería que se enfríe-. Federico escondió el libro en uno de los estantes, lo cubrió con un ejemplar de la enciclopedia «Conozca su mundo» y se apresuró en buscar la sandalia. Candela lo esperó, algo perturbada por la conversación reciente, en el corte de la puerta.
Señales
A las ocho y media de la noche Candela tomó el teléfono y llamó a su madre. «No puedo dejar a la tía Constanza. Está mal», le explicó.
-¿Y vos cómo estás? -le preguntó aquella voz que últimamente le costaba reconocer como parte de su vida.
-¿Y qué creés? Fede se murió, ma, ¿te acordás? -respondió en tono agresivo.
Su madre era hermana de la tía Constanza. Hermana del padre de Federico. ¿Tan poco le conmovía la existencia de estas personas -para ella, la vida misma- que tenía que hacerle una pregunta como ésa? Bajó el tubo -su rostro se descompuso con un llanto que hubiese querido evitar-. Una sombra en la pared la sobresaltó.
-¡Candela!
El grito de la tía Constanza sonó en toda la casa. Estaba parada en el mismo lugar de donde había desaparecido minutos antes, el rostro sin color, los labios envejecidos. Despeinada y con un salto de cama de color negro, señalaba hacia el lugar que Candela siguió hasta que su mirada tropezó con el tubo del teléfono que había tenido en sus manos.
Sostenido en el aire, el tubo se movía en círculos a treinta centímetros de su soporte. La muchacha, en puntas de pie, alcanzó el auricular, dio un pequeño tirón y lo colocó donde correspondía. Detrás del clack, la tía Constanza se desvaneció.
Cuando despertó, poco tiempo después, olía a vinagre aromático y hojas de ruda. Seguía en el piso -Candela no hubiese podido arrastrarla- pero su cabeza reposaba sobre un almohadón suave y estaba cubierta con una colcha.
-¿Qué fue eso?
La muchacha no respondió. La ayudó a subir hasta su dormitorio, le preparó un tecito de anís y la dejó dormirse en sus brazos. Cuando la arropó, rozó su frente con un beso y caminó hasta la puerta. Ojalá no despertase. Ojalá jamás supiese lo que en esa casa estaba comenzando a suceder.
Proceso
Esta vez sí fue difícil convencer a la tía Constanza. «Cambiar las cosas de lugar trae mala suerte», se quejaba, pero una vez más dio el gusto a los niños.
Querían el espejo de cuerpo entero que, cubierto con un paño de franela, se mantenía al pie de la cama de la abuela Urrutia. Con terminaciones ovaladas y con un soporte de madera de palo santo, la lámina en plata viva resplandecía como un charco de agua de lluvia bajo la luz del alumbrado. Lo subieron entre todos -la tía Constanza presentía un accidente que no se produjo- y lo colocaron en el centro de la biblioteca -más tarde Candela y Federico se encargaron de arrimarlo a la ventana-. Mientras lo empujaban, la imagen de los niños tembló en la pantalla de metal.
Por entonces habían cumplido sus doce años. Candela era una muchachita delgada, morena, el pelo lacio caído por debajo de los hombros, el flequillo flotando sobre la frente, los ojos negros y demasiado grandes para aquel mentón que terminaba en punta. Vestía una remera amplia, jeans despintados -la tía Constanza se los desteñía con baños de lavandina-, iba descalza.
A su lado, Federico Urrutia reproducía sus facciones. Parecían hermanos. Un poco más alto que ella, también delgado, el rostro un poco más alargado y los labios más finos -la pelusa de un vello naciente se le escapaba por el cuello de la remera-. Vestía igual que Candela y, como ella, caminaba descalzo.
La idea era dar poder mágico al espejo cargándolo con la luz de la luna. Candela no creía nada de eso, pero le divertía ayudar a su primo en la difícil tarea de encontrar un supuesto «ángulo correcto» que terminó siendo tan estrafalario como peligroso.
Después de la cena y haciéndoles prometer que bajarían antes de las once, la tía Constanza los despidió en la escalera que llevaba a la biblioteca. Federico no encendió las luces -la luna ardía en el fondo del cuarto-, trancó la puerta y tanteó en la oscuridad hasta encontrar la mano de su prima.
-¿Y si se cae?- preguntó Candela viendo la lámina plateada tendida sobre el travesaño. Una mitad dentro de la pieza, la otra en el vacío.
-No se va a caer. Lo que quiero es inclinarlo un poco, para que se refleje mejor.
Permanecieron mucho tiempo -olvidaron cuánto- sosteniendo la punta del retablo de palo santo, cuando Candela sintió un dolor afilado en los ojos. Quiso apartarse de la ventana, pero Federico la previno.
-Ahora no te podés ir. Ya es tarde -le dijo.
En aquel momento la luna se paró en ángulo recto sobre el espejo. Como fuegos artificiales, pequeñas explosiones de luz flotaron en la superficie enceguecedora. Duró un segundo, pero fueron varios los días que tanto Candela como Federico sintieron la picazón de los ojos.
Enfermedad
Aquel invierno fue el más memorable de la casa Urrutia. Una llovizna perpetua marcaba con sus púas transparentes los vidrios de las ventanas, mientras afuera los árboles perdían hojas y ramas en los asaltos porfiados de los vientos helados -la tía Constanza quemaba carbones en un brasero de hierro que más tarde colocaba en el centro de la cocina para darse calor-. El sonido de las vainas de ingá rebotando en el patio le recordaban su niñez.
Federico y Candela aprovechaban las vacaciones en el Liceo para encerrarse en la biblioteca, más convencidos que nunca -cada cual- acerca de la lectura escogida. Llevaron dos catres de lona para evitar el piso frío, y allí, envueltos en frazadas de lana, debatían largamente acerca de lo leído.
-¿Por qué no te gustan las historias de amor, Fede?
-Son bobas.
-¿Y eso que te pasás leyendo acerca de vampiros y de tumbas?
-Eso no es bobo.
-Claro que sí.
-No sabés de lo que hablás.
-¿Por qué siempre creés que tenés la razón?
-No siempre. Sólo ahora.
-¿Ah, sí? ¿Y se puede saber qué hay de especial ahora?
-Que nosotros también vamos a morir.
-¿Y qué?
-Pero no tenemos por qué irnos. Podemos quedarnos si queremos.
-¿Convertidos en vampiros?
-No te burles.
El aullido de un relámpago enmudeció a los adolescentes. Se miraron, y en sus ojos resplandeció la duda -en los de ella- y la fatalidad -en los de él-.
Federico permaneció lejos de la casa por una semana. Le dio gripe -la fiebre lo postró-. Una cantidad de descongestivos y jarabes lo devolvieron a la biblioteca con el semblante reanimado, aunque la tía Constanza parecía preocupada. «No debiste venir», repetía, pero estaba feliz de tenerlo en la casa.
Candela volvió al colegio una semana más tarde, sola. Federico tuvo una recaída. El médico que lo atendió reprendió a sus padres por no haberlo llamado en la primera gripe. Dijo que unos antibióticos hubiesen resuelto el problema, pero ahora se enfrentaban a una infección mal curada de consecuencias impredecibles.
Unos meses más tarde le diagnosticaron fiebre reumática. Los malestares inocentes del principio se volvieron insoportables en los albores de la primavera. Federico volvió a la casa de la tía Constanza, pero ya no subió a la biblioteca. Candela bajaba los libros hasta la sala y allí se quedaban tumbados en el sillón, saboreando el olor a flores del aire y el sonido de las aves rasgando el atardecer.
Definición
Candela sintió el piso frío -se había sacado los zapatos al llegar del sepelio- bajo las medias. Encendió la luz del corredor sabiendo que no debía hacerlo. Buscó con una mano el broche del vestido negro, lo abrió, corrió el cierre y vio cómo la ropa de luto se deslizaba por su cintura -sus senos de niña se erizaron ante la sorpresa de la desnudez.
Se acercó a la escalera. Estaba oscuro. Subió como la primera vez -su vida podía ser distinta si tan sólo se quedaba con la tía Constanza-, la pausa de un paso interrumpido por el nacimiento del otro.
Adivinó en la oscuridad lo que necesitaba: la puerta de la biblioteca, el picaporte, el sillón hasta donde se dirigió en medio de la soledad más temible. Su respiración, como algo vivo, le arañaba el pecho.
Emergiendo de las tinieblas, el cuarto que la rodeaba se clareó con la luz de la luna. Frente a la muchacha, la lámina plateada del espejo la reflejó borrosamente.
-¿Qué te pasa, Fede? -le preguntó hacía dos meses. El muchacho tuvo los primeros padecimientos cardíacos en el colegio. Le mandaron reposo. Candela se tuvo que acostumbrar a visitarlo en su casa.
-Estoy mal.
-Pero te vas a mejorar.
-No; por eso quiero que me hagas un favor. ¿Te acordás cuando teníamos siete años y la abuela murió? Vos y yo ayudamos a la tía Constanza a tapar con tela negra los espejos de la casa. Si yo muero, no dejes que nadie se acerque a mi espejo.
-No digas eso.
-No, Candela, dejame hablar. Si el día del entierro llueve, olvidate de todo lo que te digo. Pero si es día abierto, no permitas que acerquen flores silvestres. Sólo rosas, de las que compran en las florerías. ¿Entendés?
-¿No querés que llame a tu mamá? No te veo bien, Fede.
-Por favor, sentate y escuchame.
-¿No estarás pensando en las tonterías de la biblioteca...?
-Puedo hacerlo, Candy. Me preparé mucho. Leí todo lo que hay que saber. Si no es verdad, de todas maneras voy a estar muerto, y si es verdad, voy a poder seguir contigo.
Un acceso de tos acabó con la conversación. La última vez que estuvo con él, Candela recibió las instrucciones que faltaban.
Federico murió una noche de abril. Su padre prohibió la formolización del cuerpo -¿cumplía los deseos del muchacho?-. Al día siguiente, a las cuatro de la tarde, la familia Urrutia abandonaba en el cementerio a uno de sus miembros más queridos.
Eran las diez y media de la noche. Faltaba poco. Si en los minutos siguientes nada pasaba, Candela volvería sobre sus pasos, buscaría su ropa, prepararía agua caliente para el té de la madrugada. Probablemente podría entonces llorar la muerte de su primo -por fin-, podría dormir un poco y, al amanecer, cubriría el espejo de palo santo y sabría cómo es vivir el resto de la vida sin Federico.
Resurrección
Candela llegó a la casa de la tía Constanza -eran las seis y media de la tarde- con un gesto de preocupación en el rostro. La familia confiaba en la mejoría del chico, pero él le habló de todo aquello, del espejo, de las flores sobre la tumba. ¿Se estaba muriendo y los Urrutia no querían darse cuenta?
Buscó a la tía en la cocina y la apartó de las cacerolas para sentarse con ella a la mesa.
-Tía, ¿por qué se tapan los espejos cuando alguien muere?
-¿No querés un pedacito de pan? Quiero que me digas si está rico.
-Bueno, sólo un poquito. ¿Y, tía?
-¿Por qué me preguntás eso?
-Fede me hizo acordar que cuando éramos chicos y se murió la abuela, nosotros te ayudamos a tapar los espejos.
-¿Por qué lo recordó?
-No sé.
-¿Habló de morirse?
-No, sólo de los espejos.
-Ah... No hay mucho que decir. Es sólo una costumbre.
-Sí, pero tiene que ser por algo.
-Claro que es por algo, pero no tiene importancia ahora.
-Quiero saber por qué.
-Bueno, antes se decía que para comenzar su camino hacia el más allá, el finado tiene primero que aceptar que murió. Eso es difícil, Candela, porque nadie quiere abandonar a sus seres queridos. Entonces el espíritu recorre la casa donde vivió buscando algo que le recuerde cómo era -lo primero que busca es su sombra, pero los muertos no tienen sombra-. Si fracasa, el espíritu se va, pero si ve su imagen en un espejo puede convertirse en ánima y quedarse en la casa.
-¿En ánima o en vampiro?
-No sé, mi hija. Eso se decía antes. Ahora nadie cree en esas cosas. ¿Te pido una cosa, Candela? No hables de esto con Fede. Él está mal, pobrecito. Se podría impresionar.
Alguien tocó a la puerta. Las mujeres enmudecieron. En el patio las estrellas comenzaban a prenderse. Eran noticias de Federico. Lo llevaron al hospital.
Candela volvió a mirar el reloj. Eran las once menos cuarto. El rayo alargado de la luna se metió en aquel instante por la ventana, calcó su círculo sobre las baldosas y se posó, etéreo, frente a los ojos vacíos de la muchacha.
Las partículas de algo que comenzó pareciendo polvo, flotaban en el halo. Candela recordó las palabras de Federico, alguna vez, en ese mismo cuarto. «Ahora no te podés ir. Ya es tarde». Entonces lo escuchó, no en su recuerdo sino a él, allí mismo, a las once menos diez del día que lo enterraron. «Candy, no te asustes. Estoy aquí». No lo veía, pero reconocía su voz. Lenta, como si arrastrase las vocales; ronca, como si el dolor de garganta no lo hubiese abandonado. Estaba del otro lado del rayo.
Alucinaciones
Candela no se movió. Soltó los senos que hasta entonces tapó con sus brazos -estaba avergonzada- para llevarse las manos a la cara. Sus oídos, lastimados por un silbido persistente, comenzaban a doler. Cerró los ojos. La paz de una noche interior la regocijó.
¿Volaba? Imposible. ¿Estaba soñando? Era lo más probable. Por encima del análisis de la situación -que no pudo evitar-, sin mover los pies, la muchacha avanzó hacia la claridad entreabierta de una puerta. No la tocó. Un sonido tan familiar, tan dentro de sus recuerdos, le trajo la tranquilidad que le faltaba.
Música de Strauss. Los sillones, la alfombra de pelusa encarnada, los retratos de las mujeres Urrutia en las paredes, todo indicaba que estaba en la sala de la casa. Un ramito de rosas se refrescaba en el agua de una vasija transparente ubicada sobre el aparador -el monedero y el pañuelo de la tía Constanza seguían allí-. El sonido de la música jugueteaba en el aire, caía en pendiente para luego remontarse con el vuelo desigual de las aves, se deshacía como un hechizo y resucitaba, limpio, encima de los muebles. La tía les ponía aquel vals cuando tenían cuatro años. Apartaba los muebles, se sacaba los zapatos, los tomaba de las manos y les enseñaba a girar, una y otra vez, la risa de Federico, los ojos agrandados de Candela, los pasos desordenados siguiendo las teclas, el violín, hasta sucumbir al cansancio.
Algún mecanismo que no alcanzaba a comprender la llevó hasta allí. ¿Dónde estaba Federico? Con horror, la muchacha notó que seguía desnuda. Fue él quien se lo pidió: «No quiero verte con luto», le dijo. El momento que se cubría los senos -una vez más- coincidió con la esperada aparición.
Parado al lado del tocadiscos, el muchacho la miraba. Sus ojos, ahora sin brillo, eran los mismos. Su pelo oscuro.
Por primera vez desde que tuvieron cinco años y dejaron de bañarse juntos, Candela lo vio desnudo. Le extrañó que no se avergonzase. Un órgano sexual rígido -era el de un hombre- la hizo sonrojar. Miró sus labios con temor. Nada en ellos había cambiado.
-Vení -dijo él tendiéndole una mano pálida. Candela le hizo caso. Cuando la alcanzó, Federico tomó sus brazos y se los abrió:
-Siempre soñé con tus senos. Sabía que eran así -le dijo. La muchacha se arrimó a él. Estaba tan frío. Se sentaron uno al lado del otro. El vals había enmudecido.
-¿Estás vivo, Fede?
-Vos sabés que no.
-¿Dónde estamos? Yo te esperaba en la biblioteca.
-Es mejor así, Candy. Hay cosas que tenés que saber antes de que volvamos.
-¿Sos un vampiro? No parece.
-Todo pasó como te dije.
-¿Y ahora qué vamos a hacer?
-Me vas a ayudar a morir, como me ayudaste a vivir.
-¿Por qué? ¿Qué salió mal?
-¿Sabés por qué te traje aquí? Porque no te podía mostrar cómo soy en realidad. No soy como me ves. Hay cosas que cambiaron en mí.
-No me importa.
-Decís eso porque no sabés de qué te estoy hablando.
-¿Qué sentiste, Fede? Vos me dijiste que me ibas a contar todo.
-No es malo, Candy. Es muy especial. Es algo que tenemos que dejar que pase.
-¿Cómo es?
-Como ir a la escuela. Tenés miedo, pero igual te llevan. Conocés otros niños, les enseñás tus juegos, ellos te enseñan otros y a la mañana siguiente ya te querés quedar.
-¿Duele?
-Sí. Duele no estar contigo, Candy. Por eso volví, pero ahora me doy cuenta de que de esta manera no sirve. Si no me ayudás a morir voy a tener cuarenta días para ver cómo lastimo a quienes más quiero.
-¿No vas a vivir para siempre?
-No. Sólo puedo vivir cuarenta días.
-¿Por qué no esperás, te quedás conmigo...?
-No entendés, Candy. Te puedo hacer daño: a vos o a tía Constanza. Yo puedo traerte aquí, puedo encender un relámpago, hacer que llueva, remedar sonidos, puedo desaparecer o entrar por una cerradura, mover el monedero de la tía en la sala, hacer que anochezca en pleno día, dirigir el tiempo a mi antojo, pero hay cosas que no puedo controlar. Quiero irme antes de que algo malo pase.
-¿Qué querés que haga?
-Quiero que cierres otra vez los ojos, que camines hasta la puerta, que te metas en la oscuridad y que levantes los párpados. Yo voy a estar a tu lado.
Otra vez el silbido en los oídos. El retorno. Desandar cada espacio. El silencio, antes del horror.
Decisión
Como un espectro, la biblioteca apareció ante la muchacha con su rayo de luna atravesando el cuarto, con sus libros formando bultos desiguales en los estantes, con su espejo de plata, su sillón de mimbre, su quietud.
-Fede, vení, no tengas miedo -dijo sintiendo cómo sus palabras asumían una inesperada intensidad. Un perro ladró en la cuadra. Candela se estremeció. En esa otra parte del cuarto donde la noche parecía cerrarse sobre sí misma, algo se movió-. No me hagas eso. Si sos vos, vení.
La imagen diluida en la oscuridad comenzó a definir sus líneas, a llenar sus huecos, a completarse. Una mano terrible voló sobre la luz del halo que en aquel momento cambiaba de posición sobre las baldosas.
Si no supiese que era él, Candela hubiese muerto de miedo.
Un pulgar grande y largo, las uñas amarillas, afiladas, quebradas en hendiduras oscuras. Una palma blanca y huesuda. Fue apenas el principio.
Naciendo de las sombras, el cuerpo se daba a luz movido por contracciones suaves. Un pelo echado a mechones sobre los hombros, los ojos -seguían siendo los suyos- agrandados e inyectados de sangre, los labios encarnados, la nariz sin aletillas, las orejas pequeñas y puntiagudas sobresaliendo bajo el cabello. Pálido como la luna, el sexo rígido -por segunda vez en espacio de minutos, Candela se ruborizó al no poder apartar los ojos.
El mimbre del sillón se retorció al perder el peso de la muchacha. De pie, Candela examinó a Federico.
-Sos feo -le dijo levantando la mano para acariciar su rostro deforme.
-No te acerques, Candy. No me hagas sufrir más -murmuró la aparición.
Bautizados por aquel momento íntimo, los adolescentes -uno vivo y otro muerto- se hincaron bajo el peso de sus sentimientos. Entonces hablaron.
-Ahora ya ves en lo que me convertí, Candy.
-No me importa. Sos vos y basta.
-Soy y no soy. Por eso me tenés que ayudar.
-No. No te voy a matar.
-Candy, escuchame. Yo ya estoy muerto. No te asustes. No tenés que clavarme una estaca ni quemarme.
-Nunca te haría eso.
-Ya sé. Por eso te digo, Candy. Lo único que quiero es que vayas al cementerio, que derrames agua sobre mi tumba y que pongas un ramito de flores silvestres encima. Con eso basta. Después, volvé a casa, encendé las azaleas de la tía en cada rincón y devolvé el espejo al dormitorio de la abuela. No te olvides de cubrirlo, Candy.
-¿Eso te va a matar?
-No voy a poder salir otra vez. Con el tiempo, descansaré.
-No, Fede. Quiero que te quedes conmigo -traspasando la distancia que lo separa de Federico, la muchacha busca su pecho. Él la aparta. Su mano, como una garra, la detiene en el aire.
-Por favor, escuchá lo que te digo. La sangre es la vida o es la muerte. Si no elijo la muerte voy a tener que buscar sangre para simular que vivo. No quiero hacerte daño, Candy. No dejes que te haga daño.
-Te quiero, Fede. Quiero que me beses. Quiero probar tu boca. No me importa lo que pase.
La muchacha se acerca. Sus manos coinciden con el sexo crecido. Una lágrima del color del aire se derrama por su mejilla virginal. Un relámpago la fulmina.
Ocaso
Eran las seis y media de la tarde -una vez más-. Candela reconoció la cocina, el aire oliendo a pan recién horneado, la tía Constanza limpiando trastos. En el patio, las estrellas comenzaban a prenderse.
-¿No querés un pedacito de pan? Quiero que me digas si está rico.
La mujer se dirigió a la mesa. La lámpara alumbraba su rostro. Se sentó, colocó el bollo delicioso en un platillo de loza ubicado frente a la muchacha y con ojos bondadosos esperó el veredicto.
Candela retiró la silla y le bastó mirar a su alrededor para saber que todo eso ya había pasado. Que lo último que le ocurrió fue Federico. Que, como esa lámpara, un rayo de luna los encandilaba hacía un momento, en la biblioteca. Pero la frase escapó de sus labios con la naturalidad de las cosas que tenían que ser.
-Bueno, sólo un poquito. ¿Y, tía?
La misma explicación sobre los espejos. Las frases moduladas de la manera como el recuerdo devolvía. Los labios de la tía repitiéndose como una película en reverso.
Pero esta vez al golpe en la puerta y a la voz diciendo que llevaron a Federico al hospital reemplazaron el grito estremecedor de Candela, el asco, su boca escupiendo los restos del pan que, impregnados de sangre, caían al piso en forma de coágulos. La tía Constanza había desaparecido y ella estaba desnuda.
Apoyada en los muebles que encontraba a su paso atravesó el pasillo, subió las escaleras, se abrió paso hasta la biblioteca. Todavía hincado en el cono de la luna, Federico se desangraba. Una herida profunda a la altura del corazón le manchaba el pecho.
-El último secreto, Candy. Ese pan que te llevaste a la boca, mezclado con mi sangre, me devuelve de donde no debí salir. Tuve que hacer eso, amor. Tuvimos que hacerlo.
La luna volvió a mover su halo. Tras su desplazamiento, la sombra atormentada de Federico, se incorporó a las tinieblas. Definitivamente.
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TAMBOR
Tus hijos no son buenos, le dijo la tarde que lo encontró podando las granadas del cerco. Él no la miró. Si no le gustan no se acerque a ellos, respondió sin apartar los ojos de sus tijeras.
Nunca antes se lo había dicho y, como realmente pasó, estaba segura de que no lo volvería a hacer.
Julio era su hijo. Suyo y de don Esteban Madelaire, el hombre a quien no había dejado de querer en esos quince años que llevaba de haberlo perdido.
Enriqueta Madelaire tenía 71 años cuando dejó la casa donde vivió desde 1942, cuando contrajo nupcias a las seis de la tarde de un verano saturado de mariposas blancas (había tantas). Su hijo la vendió. Podía hacerlo dado que los Madelaire registraron la propiedad a su nombre cuando aún era un mocete despreocupado de lo que iría a pasarle en la vida.
Enriqueta no se enojó con él porque sabía que actuó movido por el amor. ¿Acaso ella no hizo todo en la vida por la misma causa? No, qué iba a enojarse.
Se trataba de una mujer, claro. El día que Julio la llevó para que la conozca, la casa se sazonaba en el olor a guayabas que en esos días maduraban en el patio. Enriqueta notó su aire altanero cuando le acercó la bandejita de plata donde, tapadas con una servilleta de encajes, sus galletitas recién horneadas despedían su aroma a limón y vainilla. «Gracias», dijo quien iba a ser su nuera, retirando la bandeja con la punta de los dedos.
Ella volvió a su casa una última vez. Mamá, mi esposa va a elegir algunos muebles que estamos necesitando, pero quiero que entiendas que lo demás se tiene que vender, porque no tenemos espacio para tanto, le explicó Julio. Hagan lo que quieran, respondió Enriqueta.
La nuera recorrió los dormitorios limpiándose los zapatos en las alfombras para ver si no se deshilachaban. La anciana la ayudó a separar lo que quería, mientras con una mirada inadvertida se despedía de sus cosas.
Sin jubilación porque en la vida no fue más que esposa de Esteban Madelaire y madre de Julio, Enriqueta tuvo que dejar la casa para irse a vivir con ese único hijo en quien tanta confianza puso alguna vez.
La ubicaron en una piecita que tenía una cocinita, un bañito, un galpón donde ubicó lo único que llevó consigo: su sillón de mimbre. Cruzando el zaguán podía entrar a la casa de su hijo por la puerta del costado, lo que ella no pensaba hacer a menos que tuviese una urgencia inevitable.
En su primer día en casa de su hijo, la anciana se ocupó de la limpieza de su nuevo hogar, preparó su sopa de verduras y a mitad de la mañana tomó su lugar en el galpón, adormecida con el sube y baja de su abanico con rebordes de satén, regalo de Esteban Madelaire en el último cumpleaños que pasaron juntos. Cerró los ojos y su patio sombreado de guayabos, los naranjos agrios, los cocoteros que escoltaban la entrada marmolada, la recibieron como si hubiesen estado esperando por ella desde hacía rato.
La mansión perteneció a los Madelaire por tres generaciones, y cuando llegó a Esteban aún conservaba sus aires dieciochescos, sus enormes columnatas jónicas cercadas por murallones de jazmines, las galerías de baldosas negras y blancas donde ella y Esteban Madelaire salían a sentarse apenas entraba la noche. Enriqueta abrió los ojos. El calor era insoportable. Sintió un dolor punzante en la cintura, consecuencia de haberse quedado dormida quien sabe por cuánto tiempo. Buscó en el regazo, en el piso, detrás del sillón. Su abanico había desaparecido.
Su nuera hablaba por teléfono cuando empujó la puerta de tela metálica. Con un gesto descortés le dio la espalda para darle a entender que la llamada era privada. Enriqueta sintió cómo un cansancio desacostumbrado le enfermaba el cuerpo. Dejó la cocina y volvió al zaguán. Por curiosidad se acercó a la ventana en donde sabía dormía la madre de su nuera. Los vidrios estaban abiertos, así que no tuvo más que asomarse un poco para ver lo que había en la habitación.
Una mujer semidesnuda y obesa dormía sobre una cama de dos plazas. El ventilador daba giros pesados. Había una mesita de luz donde se amontonaban jarabes y tabletas vacías, una silla, una alfombra, ropa esparcida encima de un armario. La mujer se movió y un eructo explotó en su boca. La sábana descompuesta con el movimiento dejó al descubierto el abanico que en ese momento cayó al suelo.
Las cosas quedaron claras desde aquel día. Cualquier reclamo que viniese de su parte era mal recibido incluso por su hijo, y su nuera no quiso más que aprovechar el incidente para aclarar que tenía todo el derecho de cuidar a su madre por amor, y a ella por obligación, y de ser sincera diciéndoselo de entrada.
No le devolvieron el abanico pero le aseguraron que no fue la anciana quien se lo robó sino los niños, tan amorosos siempre con su abuela materna.
Eran tres pilluelos con diez, ocho y seis años y medio. Enriqueta no se acercaba a ellos. No la dejaban. Su nuera aseguraba que los niños no la querían, y ella, claro está, no podía obligarles a que lo hicieran.
Jamás insistió.
Se conformaba viendo los ojos de Esteban en las criaturas y agradeciendo a Dios que él no estuviese allí para presenciar cómo aquella sangre de su sangre despreciaba a la mujer que él tanto amó.
De todo, lo que Enriqueta menos soportaba era el calor. En la casa de su hijo no había árboles, no había jardín, sólo las matas de granadas de las cercas. La construcción moderna con su entrada para auto y su terraza tenía al sol encima primero por un lado, luego por el otro.
Poco importaban a los niños, siempre dados a las travesuras, esas cosas. Enriqueta solía escucharlos jugando en el patio trasero. La casa era nueva, de manera que este patio servía de depósito de tablas, escombros y latas de pintura que dejaron los albañiles, y que eran utilizados por las criaturas para sus juegos. También quedaron abandonados los tambores donde se apagaba cal, a estas alturas herrumbrados por las lluvias y el descuido.
Enriqueta veía todo esto sin decir una palabra. Si hubiese sido su casa mandaba voltear los tambores para que el agua de las lluvias no se acumule en su interior convirtiéndolos en ollas a presión cuando el sol de mediodía quemaba.
Mandaba esparcir los escombros y levantar los hierros para evitar que los niños se lastimen. Pero se callaba, porque no era su casa. Se callaba y esperaba que llegue la noche para que el calor se atenúe.
En diciembre la temperatura llegó a 44 grados. Julio le prometió un ventilador de mesa que nunca trajo. Cuando venía a verla le decía que pasaría por el centro para traerle el aparato de una vez por todas: «Este calor mata, doña Enriqueta», observaba, obviando el «mamá» tan apreciado por la mujer que lo trajo al mundo.
Al mediodía, el sol abrasaba con tal intensidad que los techos chorreaban un tufo caliente y enfermo. Enriqueta tenía que abandonar el dormitorio a esa hora. Arrastraba su sillón hasta el galpón, mojaba una toalla en agua y se lo ponía encima de la solera de algodón. El corazón se le moría dentro.
Fue igual aquel sábado que a la siesta se convirtió en una bola de fuego que lo quemaba todo. La casa se cerró para el descanso a la una de la tarde.
Enriqueta vio cuando los niños, ayudados por algún mueble que recostaron por la ventana de la cocina, se lanzaron al patio. Siempre lo hacían. Atacada por la somnolencia, los perdió de vista y los hubiese olvidado por completo si un tirón suave en el hombro no la hubiese despertado.
Era su nieto, el mayor. Aterrado y comido por las lágrimas, pedía ayuda. «Mi hermanito se cayó dentro del tambor, abue», sollozaba.
Enriqueta lo siguió lastimándose los pies en los desniveles del piso. Se moría de horror pensando en el estado en que encontraría al chico. Quería correr, pero apenas podía arrastrar los pies comidos por la eczema y el reuma.
¿Dónde?, preguntó cuando vio los tambores ubicados uno al lado del otro en el fondo del patio.
El niño le señaló un recipiente. Enriqueta se acercó, uno, dos pasos, tres. No llegó a ver dentro del tambor. Un empujón la arrojó contra la lámina de metal que se metió en su carne como una plancha puesta al fuego. Quiso escapar, pero apenas logró darse vuelta sintiendo cómo la carne se le despegaba del cuerpo con el movimiento.
En el instante en que la vista se le nubló, los rostros de sus nietos (los tres) observándola, la llenaron de asombro. Pensó que habría bastado con que esos chicos la conociesen, aunque sea un poco, para que la hubiesen amado.
(Febrero 1997)
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Fuente: DEBAJO DE LA CAMA
Autora:
MABEL PEDROZO CIBILIS
Edición digital: Alicante :
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Intercontinental, 2000

sábado, 3 de abril de 2010

MABEL PEDROZO CIBILIS - DEBAJO DE LA CAMA - Prólogo: VÍCTOR CASARTELLI / Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES.


DEBAJO DE LA CAMA
Autora: MABEL PEDROZO CIBILIS
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
Edición digital:
Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2000
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Intercontinental, 2000

Prólogo
* Es sabido que es el cuento, en el arduo ejercicio de la narrativa, la disciplina que supone un esfuerzo mayor de concentración para su creación, pues conlleva la obligación de resumir sus tres ejes -introito, nudo y colofón- en una extensión que, a lo más, puede concederle dos marbetes que no obstan para su ubicación en el género: cuento corto o cuento largo.
* En el caso de estos cuentos de Mabel Pedrozo, reunidos bajo el título Debajo de la cama, puede el lector sorprenderse con resoluciones narrativas muy, pero muy cortas, como el caso de Casa materna (o de El peñasco y la enredadera), en el que la autora logra una síntesis tal que la escritura no es otra cosa que un poema (sí, poema) en prosa, acaso por la sumisión a la poesía que ella aceptara -y que tal vez acepta todavía- desde los primeros tiempos en que accediera al arte de escribir. O, por otro lado, demorarse en la lectura de las trece narraciones restantes para hallar, al final, los elementos que conforman su respiración axial: la cotidianidad de una sociedad mórbida, impiadosa y desbarrancada en la que sus integrantes nacen, viven y mueren como víctimas y verdugos entre sí y situaciones que transitan por el hilo conductor de algunas creencias populares que continúan vivas en esa misma sociedad.
* Con todo, hasta el lector menos avezado podrá colegir que la fuerza de estos textos no descansa solamente en el aliento citado, pues está claro que están sustentados, además, por el arte de contar de la autora, así como por su inagotable capacidad de fabulación que nos conduce a territorios oníricos no exentos de estremecedoras descripciones, aquellas que, al final de su lectura, crean sensaciones de espanto y alucinación.
* Y son estos estadios del espíritu los que nos señalan los perfiles kafkianos de los cuentos de Mabel, tal el que le da título al libro, narración cuyo singular tramado nos retrotrae a aquellos pasajes terribles de "La metamorfosis", de Franz Kafka. Sin embargo, el pico mayor del espanto que sabe generar con sus narraciones esta joven autora está en Dejale lavar a mamá, cuento que convulsiona al lector hasta el susto que deviene en náusea y que está muy emparentado -aunque, ciertamente, Mabel Pedrozo no lo sabe- con el relato "La boa", del gran poeta y narrador español Carlos Murciano.
* En este último tramo finisecular, reconforta la aparición de un renovado género -como el de Mabel Pedrozo- que podrá, sin lugar a dudas, alimentar la ya crecida corriente de la narrativa paraguaya que está cobrando un corpus cualitativo y cuantitativo merced, precisamente, a las mujeres que escriben. Por tanto, debemos insistir en la necesidad de que esta autora asuma su innegable condición de escritora y que, en tal carácter, dedique sus afanes para la consecución de su ubicación exacta en ese corpus. Con ello, su pródiga capacidad de crear se nutrirá con el proceso de maduración que conlleva todo ejercicio sostenido y ha de contribuir a la consolidación de su calidad de narradora, en particular, y en general a la apertura de un nuevo cauce en el crecido río de la literatura paraguaya. - Víctor Casartelli
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LOS LUCIOS

* Lucio Grondola dejó la casa el 17 de julio para irse a vivir con la mujer que esperaba un hijo suyo. El otro, el hijo que ya tenía, preguntó por él dos días después, cuando abrió el placard y encontró las perchas vacías. Mamá, dónde está papá. Se fue. Dónde. No sé. Cuándo va avenir. Ya te dije que no sé.
* También se llamaba Lucio, como él. Tenía sus ojos, su pelo desteñido, su andar vacilante. Era un niño de 8 años silencioso, apegado únicamente al aparato de televisión que le instalaron en su dormitorio cuando cumplió cinco años. No volvió a preguntar por su padre hasta que escuchó su voz en el teléfono. Voy a pasar a buscarte. Bueno. Vamos a irnos al parque. Bueno. ¿Y mamá? No está. Y después ella preguntando: Qué quería. Llevarme el sábado al parque. Y qué le dijiste. Que bueno. ¿Te preguntó por mí? Sí. Qué le dijiste. Que no estabas.
* Lucio Hijo extrañaba a su padre pero no lo decía. Ni siquiera cuando él le preguntó (el primer sábado que salieron juntos) habló de eso. Se quedó callado, viendo con esos ojos que eran idénticos, al hombre que amaba. Estaban en la camioneta, frente a un semáforo. Lucio Padre le pasó la mano por el hombro y él se retiró con un gesto de desagrado. No me tengas rabia, hijo, yo nunca voy a dejar de ser tu papá. ¿Me escuchás? Sí. ¿Querés decirme algo? No. ¿No? No.
* Fueron salidas de dos a seis de la tarde, un helado, una película, un shopping, el hastío pero también la alegría del niño cuando veía a Lucio Padre desde la ventana, llamándolo con la bocina para no tener que entrar a la casa y encontrarse con los ojos amargos de su ex mujer. Y luego ella, a la noche, interrogándolo como si no le importase, como si le hablase de eso como podía hacerlo de cualquier otra cosa, esforzándose por apretar las lágrimas hasta que alguna se le escapaba y le mojaba el rímel de las pestañas. ¿Pero qué más te dijo, habló de mí, de la casa, te dijo si iba a venir a dejar la mensualidad? Y él, vencido por el sueño y el aburrimiento, queriendo irse de una vez a la cama para dejarla llorar en paz.
* La vida cambió para todos en el verano, cuando nació el otro hijo, el que se llevó a papá de la casa. No hubo paseo ese sábado. Una llamada telefónica sirvió para pedir disculpas, para escuchar la voz emocionada de papá contándole que nació su hermanito, que también se llamaría Lucio, como ellos. Quedaron para el sábado próximo, pero nunca volvió a ser como antes.
* Se arregló que Lucio Hijo visite la casa nueva de papá porque de todas formas ya era tarde para esperar una reconciliación. Además, la sicóloga de la escuela lo recomendaba para que el niño acepte su nueva situación familiar. Mamá le dio un beso en la puerta como si lo fuese a perder, aquella tarde de enero.
* Fue la primera vez que Lucio Hijo vio a Teresa, la mujer de papá que no era su mamá. No la podía querer, eso lo sabía, aunque de no ser tan fiel a mamá a lo mejor le hubiese gustado su pelo almendrado que le caía en ondas sobre los hombros. A la orilla de una cuna cubierta de tules, papá sonreía mostrándole el bulto colorado que dormía. Es tu hermano, hijo. Bueno. Crees que se parece a mí. No sé. Pero acercate, vení que no te va a morder. Bueno. ¿Y, se parece a papá? No sé.
* A veces papá reincidía en los sábados sólo de ellos, en las caminatas silenciosas por el parque y los palitos de helados de chirimoya. Eran los momentos más felices en la vida de Lucio Hijo. Sentía la mano enorme de papá sosteniéndole, no porque hiciese falta, sino porque era una manera de estar lo más cerca posible. Cómo te va en la escuela. Bien. Y las calificaciones. Bien. Querés irte ya a casa. No, quiero otro helado. Y papá sabía que aunque le doliese el estómago seguiría pidiendo helados para quedarse un poquito más a su lado, ellos dos, solos, en el parque.
* La ausencia de papá se sintió aún más en la casa cuando mamá comenzó a olvidarlo. El niño lo notó antes de que le cuente nada, antes de que ella le diga que también tenía derecho, que su vida no era vida y que ya era hora de que Dios se acuerde de ella. Un día dejó de preguntarle qué le dijo papá, cómo iba vestido, si seguía mascando chicles de anís y arrastrando los pies cuando caminaba.
* Luego vino la confesión. Mamá está saliendo con una persona muy especial. Él va a venir a conocerte, a conversar contigo, a que le muestres tus juegos de combate. Vas a ser bueno con él, porque mamá quiere que sean amigos. Y después él, su olor a cigarrillo ensuciando la sala, sus manos de extraño tocando la rodilla de mamá, el ruido de besos cuando el niño se hundía en la cama para no escuchar lo que siempre terminaba escuchando.
* Pasaron cuatro años para que Lucio Papá se preocupe en serio. Al principio pensó que el tiempo lo arreglaría todo, y así fue con algunas cosas, pero no con aquélla. Claro que entendía que a Lucio Hijo no le agrade el novio de mamá o Teresa, pero ¿por qué rechazaba a su hermano? El pequeño lo adoraba. Los sábados lo esperaba sentado en su sillita de plástico y cuando lo veía llegar con papá él abría los brazos pidiendo upa. Siempre era papá el que lo alzaba, de lástima, para no dejarlo de balde, para que Teresa no comience a protestar.
* ¿Acaso podía obligarlo a querer al pequeño? Intentó hablarle pero cuando comenzaba no sabía qué decirle. A sus 12 años Lucio Hijo ya había sufrido mucho en la vida (por culpa de él, en buena medida) de manera que costaba imaginar hasta dónde valía la pena amargarle las pocas horas que pasaban juntos reprochándole su conducta. Por eso se le ocurrió una manera de acercar a sus hijos sin decir una palabra.
* Era un luminoso sábado de setiembre cuando papá llevó a Lucio Hijo a una ferretería. Compraron un rociador de insecticida, un frasco de veneno para hormigas, abono natural, una azadita para el pequeño, sobrecitos de semillas y dos rastrillos. Papá quería un jardín cultivado por los tres Lucios. Dijo que sería el más hermoso de todos, y esa misma tarde se pusieron en campaña.
* Lucio Hijo aprendió a mezclar y a cargar el insecticida en el depósito de metal. Papá le pidió que rocíe los linderos del jardín mientras él y el pequeño descargaban las semillas en un recipiente. También ayudó Teresa, que después trajo jugo de naranja en vasitos de plástico y se sentó en el regazo de papá haciéndole cosquillas con la lengua mientras él no dejaba de mirar a Lucio Hijo como si se sintiese culpable.
* A las cinco llamó mamá. Dice que internaron a tu abuela y que te quedes a dormir; dice que quiere hablar contigo. Papá le pasó el tubo. Mi amor, es sólo esta noche. Está bien. ¿No estás enojado con mamá? No. ¿Te vas a portar bien? Sí. Papá tiene el teléfono del hospital por si algo pasa. Bueno. Que duermas bien, tesoro. Bueno.
* A Teresa no le cayó bien la noticia, pero se calló porque papá le miró con esa cara de que no le perdonaría si decía algo en presencia de su hijo. Por eso se fueron a discutir en la pieza, tan tontos los dos, olvidando que Lucio Hijo estaba del otro lado de la ventana, matando las hormigas con el rociado de insecticida.
* Por qué tenemos que cuidarlo nosotros; no es nuestro problema. No es tu problema, Teresa, pero el mío sí si te acordás que estamos hablando de mi hijo. «Tu» hijo, como si sólo tuvieses uno. ¿Viste cómo sos, cómo torcés las cosas para hacerme sentir mal? Yo sé que tengo dos hijos, pero en este caso estoy hablando de uno de ellos, no de los dos.
* Perdoname Lucio, pero no me trago ese cuento de la abuela enferma, y si te digo la verdad creo que tu ex hace eso para amargarme la vida, porque nunca me perdonó que te saque de su lado. No comiences, Teresa; ¿sabés qué cansado estoy de esa cantinela?
* Lucio Hijo se puso en puntas de pie para ver dentro de la pasta claroscura del dormitorio. Ya habían dejado de discutir. Teresa se levantó la solera para sentir la boca húmeda de Lucio Padre en el pecho, para arrastrarlo encima de ella aunque él miraba hacia la puerta, aunque demoraba los cierres y los botones porque no es el momento Teresa, pero ella insistiendo, pero si nadie nos ve, pero si están jugando en el patio, pero si te deseo ahora.
* En el bulto gimiente papá ya no era papá, era una cosa volteándose dentro de las piernas de Teresa, perdido en un mundo de sábanas, de uñas arañando la espalda, un mundo que no tenía nada que ver con los otros dos Lucios que estarían en el jardín tratando de quererse porque no tenían más remedio.
* Papá los encontró como los dejó, al pequeño haciendo agujeros con la azada y a Lucio Hijo rociando el lindero que faltaba. Papá olía a camisa limpia y a champú. ¿Querés acompañarme, hijo? No. ¿Seguro? Sí. Bueno, después que termines con eso entrá a bañarte y esperame, que voy a traer las hamburguesas para ponerlas en la parrilla. El chico lo veía a su lado aunque jamás apartó los ojos del caño azul por donde el veneno salía en chorros cristalinos. Lucio Padre subió a la camioneta y se fue.
* Detrás suyo, Teresa apareció por la puerta de la cocina. Traía en la mano una caja de fósforos que dejó sobre la mesita, al lado de los vasos de plástico, cuando vio a su hijo embadurnándose con la tierra. Le dijo algo, regañándole, le sacó las ropas y con la manguerilla de regar plantas le tiró un chorro de agua. Le ordenó que no se mueva de allí mientras traía un jabón y volvió a desaparecer por la puerta de la cocina.
* Lucio Hijo acomodó en su espalda el reservorio del insecticida, ajustó la cinta que iba unida al rociador y caminó, sin apartar el dedo pulgar del disparador. Pisó dos o tres montoncitos de tierra, obra de los juegos del pequeño, sin detenerse.
* La tarde comenzaba a mancharse de colores pasteles. El niño lo vio frente a él y levantó los brazos. No sintió la diferencia, excepto el olor agrio, entre el agua de la manguerilla que le derramó mamá y el líquido con que su hermano de padre le humedeció la cintura, el sexo, las piernas. El niño todavía tenía los brazos en alto, pidiendo que lo levanten, cuando Lucio Hijo fue hasta la mesita, buscó los fósforos y volvió. Acercó la cerilla prendida a la piel del pequeño y casi vio los ojos de Lucio Padre en él, antes de que el fuego tome contacto con el insecticida impregnado en su piel.
* Después pasaron muchas cosas. Teresa gritando. Un vecino corriendo hacia la casa. Alguien hablando de pedir una ambulancia. Lucio Hijo se escondió en el zaguán con la vista pegada a la calle. Pronto vendría papá. Pronto sabría si después de todo se quedaría a dormir en esa casa, o si tal vez le dejarían llamar a mamá para pedirle que lo venga a buscar.
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DEBAJO DE LA CAMA

* -Son las ocho y treinta y mientras la mañana se pone caliente en la ciento dos punto cinco del dial, nosotros les preguntamos: ¿Están ahí? -un sonido de tambores quiebra la voz-. Vamos, con más entusiasmo: ¿Están ahí...?
* -...
* -¿Saben lo que les tenemos preparado?
* -...
* -Díganlo, díganlo con nosotros...
* -Amor...
* -¡Amor pirata! El temón de la semana. Trepó al número uno después de bajar desde el décimo lugar. Ahí va, porque ustedes se lo merecen...
* Las puntillas blancas de la cortina se inflan sobre el radiorreceptor que recupera su volumen cuando la tela vuelve a su sitio. La luz de la mañana es un foco encendido en la ventana.
* Al lado del aparato que chilla con las notas agudas de la melodía, un almanaque triangular marcado en el 28 de marzo tambalea con la nueva embestida de la cortina. Esta vez el ventarrón no viene solo. Impulsada por la brisa, una mariposa blanca se mete en el aposento. Sus alas transparentes marcan círculos pequeños que descienden en espiral hasta el piso cubierto con una alfombra de color marrón.
* Una cama de dos plazas cubierta con una colcha a cuadros, un ropero de dos puertas, una silla, una cocinita y la mesa donde una voz de hombre todavía canta su «Amor Pirata» desde el receptor, componen el mobiliario. Hay zapatos de mujer amontonados en un rincón. Perfume, también de mujer, descompuesto en el aire.
* Un sonido tosco interrumpe la quietud. La mariposa, atrapada por la mano que se ahueca para no lastimarla, es arrastrada bajo la colcha. Los bordes terminados en punto cruz ondulan hasta que recuperan su inmovilidad.
* -¿Les gustó? Claro que sí. Ustedes lo eligieron. Ahora vamos al número dos de la preferencia...
* En declinaciones esmeradas, los tonos de la luz se turnan en el cuarto. El dorado de la siesta palidece en un amarillo que se consume hasta que un rubor al principio tímido y más tarde encarnado, precede a la noche que se cierra cuando el último colectivo llega al barrio. Detrás del rechinar de las llantas sobre el empedrado, una cohorte de grillos resucita en los rincones.
* -Dublín: Una bomba estalló en un edificio de departamentos causando la muerte a 31 personas. La comunidad internacional fue conmovida por la noticia a las 18:30 de hoy...
* Un «clap» enmudece el aparato. La lámpara de flecos rojos de la mesita de luz se enciende, y una claridad triste mancha el aire. Son las diez de la noche. Rosa jamás se demora.
* Sus zapatos de tacones caminan hasta la cocina. Hay un hombre con ella. Alguien que tiene prisa. Alguien que no le deja preparar el café. Sólo la desviste y la somete encima de la colcha de bordes de hilo. Cuando se va, Rosa se saca los zapatos y calienta el agua.
* El aroma dulzón del café con leche anticipa la madrugada. Las aspas de un puñado de estrellas se agitan en la porción de cielo que cabe en la ventana.
* Rosa abre unos tarros, mezcla su contenido en una jarra de aluminio y se acerca a la cama. Un temblor levísimo trastorna sus labios lastimados. Dobla las rodillas maldiciendo con la estrechez de la falda. Sabe dónde buscar. Palpa con los dedos debajo de la colcha y trae hacia ella la bandeja de metal donde cuatro biberones vacíos resbalan sobre el resto de un líquido espeso y azucarado.
* (Fue el mismo día que a Rosa se le cayó una hebilla en el piso. Se agachó furiosa, como solía ponerse a veces. Su pelo se deshizo sobre la alfombra. El sol, que en ese momento se afirmaba en la ventana, coló sus tintes almendrados sobre la cabellera. Destellos charolados atravesaron el aire.
* Ella tuvo que irse, el sonido de sus pasos marchitándose en la puerta, y aún así dolían los ojos insolados. El niño colocó los codos sobre el borde, se empujó con ellos y, hechizado, cruzó los bordes puntiagudos de la colcha. Así conoció la luz.
* Se tendió, con la placidez de quien se expone a la vida o a lo que de ella resulte, sobre la alfombra, y dejó que aquella abundancia dorada lo atraviese con sus puntas de oro.)
* Rosa Aguirre llegó un domingo de julio. Un taxi la dejó en la avenida. Recorrió la callecita desierta hasta la casa que una vez dejó. Tenía 15 años cuando se fue. Su abuela murió sin despedirse de ella. Le dejó la casita. Le dejó los muebles.
* Rosa traía una bolsa de ropas y una caja. Esa misma noche comenzó a cavar. Encontró una pala detrás de la puerta. Apartó la cama, arrancó las baldosas podridas con sus manos y hundió la cuchilla en el suelo. Calculó medio metro de profundidad y un metro cuadrado de ancho.
* Amanecía cuando terminó de acarrear la tierra sobrante hasta el patio trasero. A medida que llenaba el saco de arpillera, lo arrastraba bajo la llovizna que no cedió hasta el mediodía. El frío amorataba sus manos.
* Dolorida y cubierta de barro retiró el resto de polvo con una escoba, forró el agujero con plástico y usó la vieja frazada desfelpada de la difunta para entibiar el hoyo. Recién entonces se acercó a la caja de cartón.
* Envuelto en unos trapos, un niño recién parido dormía. Temerosa de recibir castigos terribles si atentaba contra su vida, lo tuvo fuera de su voluntad. Nada le dolió tanto como traerlo al mundo. Cuando miraba al niño recordaba ese dolor.
* Rosa jamás escuchó su voz. No lloraba. No emitía más sonido que el de sus manos buscando los tarros de leche que ella le acercaba todas las noches. Ni siquiera el vuelo de su respiración en las madrugadas, cuando insomne lo espiaba en la oscuridad. Ese silencio hizo posible la vida entre ellos.
* (Conocía la noche en su vastedad. Desde las primeras penumbras hasta las sombras finales. Podía olerla apenas se apagaba la ventana, podía sentirla rodeando la casa, podía verla arrojándose al cuarto con su cara estrellada y su ruido de bichos desconocidos.
* El niño se movía sin que ella lo sepa. Rodaba encima de su cuerpo en busca del círculo azafranado que la luna delineaba sobre la alfombra. Pero no se metía dentro. Se quedaba con la boca pegada al contorno pálido hasta que la última partícula de luz abandonaba el cuarto. Entonces le quedaban las estrellas.
* Las agrupaba maravillándose de las figuras que formaban con sólo mover un milímetro su punto de mira. Se torcía a un lado, se arrojaba boca arriba, probaba a balancear la cabeza y entonces formaba una línea encendida bajo sus ojos finalmente ganados por el sueño.)
* ¿Desde cuándo le tuvo miedo?
* Al principio pensó que no era nada. Simplemente no le gustaban sus ojos. No le gustaba tocarlo. Los sábados al mediodía metía la latona de plástico en el dormitorio, entibiaba agua, empujaba la cama y se quedaba paralizada de su propio asco cuando metía los brazos en el hoyo para cargarlo.
* Muchas veces se deshizo en llantos al sentir aquella cosa viva en sus manos.
* ¿Por qué jamás lo dejó?
* Se cansó de hacerlo. Y si todas las veces volvió no fue por él sino porque no tenía adónde ir. Cuando salía temprano del trabajo iba a una plaza, buscaba un banco y se sentaba horas por el solo gusto de mirar a la gente que pasaba a su lado. Se imaginaba sus nombres, el sonido de sus ropas cayendo ante el apremio del amor. Quería sentir ese escote de seda en su espalda, esos pies acariciados por una vida tibia. Tenía tantas ganas de ser otras mujeres.
* Pero estaba hablando acerca del miedo, ¿no? Bueno, llevaban dos inviernos en aquel lugar cuando ocurrió. Rosa no se percató de nada hasta que buscó su bolso de hacer compras. Solía dejarlo debajo de la mesa. Estuvo media hora revolviendo el cuarto y nada. Aquella noche, cuando regresó, lo encontró cerca de la puerta.
* El incidente hubiese sido olvidado de no haber perdido sus aretes dos días después. Sabiendo que los había buscado por toda la casa, cuando volvió del trabajo los encontró sobre su almohada. Su espanto no le impidió darse cuenta de que fue el niño quien los puso allí.
* ¿Por qué lo hacía? Sabía que ella le temía, que los únicos momentos de felicidad que tuvo desde que él nació eran cuando lograba olvidar que existía. ¿Por qué no la dejaba en paz?
* Sin embargo, pensaba, no podía ser él. A excepción de las manos, no se movía. Sus piernas sufrieron un proceso de atrofia desde su cuarto mes de vida. Tenía las rodillas deformes y por debajo de ellas, todo estaba muerto. Rosa pensó que podía deberse a alguna enfermedad causada por la falta de vacunas, así que lo dejó a la buena de Dios. Pero, además del aspecto asqueroso de sus extremidades, el niño gozó siempre de buena salud.
* La radio llegó en la primavera. Rosa la ganó en una rifa. Como el barrio comenzó a poblarse (aunque los terrenos contiguos a la casa seguían vacíos) dejaba el artefacto encendido por si acaso sucedía algo con el niño. Ya no estaba en condiciones de arriesgarse.
* No pensó, claro, en la posibilidad de que alguien entre a la casa. ¿Qué podían buscar en ella? Antecedida de un jardincito donde crecían las malezas y abundaban los nidos de avispas, la construcción era tan vieja que las paredes descascaradas le daban el aspecto sombrío que en realidad tenía por dentro.
* Una salita fría y el único dormitorio eran todo lo que había allí. Afuera, un pequeño lavadero al aire libre y un bañito, además de latas y botellas que servían de guarida a las alimañas.
* Salvador Castillo lo imaginó, pero de todas formas ya tenía decidido entrar a la casa de Rosa. Era un ladronzuelo sin demasiadas pretensiones en la vida, que muchas veces actuó con el único fin de satisfacer su curiosidad. (Quería saber cómo vivía la gente que no era él.) En este caso eligió una mañana igual a las que le precedieron, empujó la ventanita que para su sorpresa estaba abierta y casi tumbó todo cuando sus pies chocaron con la mesa.
* Una vez adentro, sus zapatos deportivos recorrieron la estancia con cautela. Un escalofrío lo paralizó. Acostumbrado a meterse en las casas y a llevarse lo que podía, por primera vez se sintió afectado por algo que no entendía.
* Miró en torno suyo.
* Por encima de la radio que no dejaba de chillar, el silencio lo sofocó.
* Su mirada capturó el único movimiento que en una décima de segundo cruzó el aire. ¿Qué fue?
* Un perro no. Lo hubiese atacado. Animado por la curiosidad el hombre grueso de hombros, grandes manos peludas, rostro cuadrado y una dentadura postiza que le agrandaba un poco la boca, decidió saber de qué se trataba. Empujó la cama y, arrinconado por su propio gemido, se desplomó contra el ropero. Un hervidero de mariposas blancas le explotó en la cara. Envuelto en una frazada gastada por las polillas, algo que resultó ser un niño extraño incluso para él, acostumbrado a las infrecuencias de la vida, lo miraba con los ojos muy abiertos.
* (Se quedaba a veces de tal modo precipitado en sí mismo, que las horas zumbaban en círculos incapaces de incorporarlo.
* El recuerdo de su rostro lo perseguía.
* Ocurrió el mismo día que conoció la lluvia.
* Alterado por el rumor sibilante de la garúa sobre las planchas de ladrillo del techo, gateó buscando a su alrededor el origen del ruido. Miró enfrente. Esquirlas traslúcidas cruzaban la ventana.
* En aquel momento, la luz de un relámpago detonó en la habitación. Cegado de horror, buscó la pared. No vio el espejo. No lo conocía, en realidad. La última contracción lo lanzó contra la hoja plateada. Como un animal herido, un trueno rugió en el aire.
* Desprotegido en aquel espacio donde no había de dónde asirse, cuando se incorporó lo hizo sobre su propia imagen que el espejo le devolvió en proporciones engrandecidas. Era él.
* Lo supo cuando descubrió sus ojos.
* Si hubiese podido imaginarlos antes de ese momento, habrían sido así. Vivos y encerrados en su propio espanto. Esa visión lo tumbó boca abajo, los brazos arrastrando el cuerpo desmayado. Buscó el hueco de la cama. Lo último que sintió fue el ardor de sus muslos quemados en la fricción. Desde aquel día soñó con su rostro. Le temía, por encima de saber que se trataba de él.)
* Salvador Castillo volvió. Entró por el mismo lugar, ahora preparado para no salir corriendo como la primera vez. No lo vio el tiempo necesario para recordar con precisión su rostro, pero en las semanas en que no pensó en otra cosa dedujo que se trataba de una especie de engendro. ¿Qué más, si no? Tenía el torso cadavérico, las piernas hinchadas y la piel de una palidez verdosa. ¿Cuántos años? Cuatro, o cinco. Notó erupciones purulentas en sus brazos y pies, magulladuras en los brazos, costras rosadas en la cabeza pelada y ese tufo a orín que aún en el recuerdo lo mareaba.
* Tratándose de un hombre tranquilo y solitario, alguien que no se metía en la vida de nadie (más que nada porque ninguna le interesaba), Salvador no entendía por qué no lograba olvidar el asunto. Pero era así.
* Después que descubrió que Rosa Aguirre tenía un niño guardado bajo su cama, pasó cuatro días observando sus movimientos.
* Averiguó que trabajaba en el mercado del centro atendiendo un comedor de donde solía volver a la casa acompañada de algún cliente zalamero.
* Se acostaba con ellos por dinero, pero jamás ninguno presumió de haber amanecido a su lado.
* La única ventana de la vivienda se encendía con su llegada -a las diez de la noche- y así permanecía hasta la madrugada. Salvador sabía que se iba a las cinco de la mañana, por lo que cuando decidió volver a meterse a la casa, supo cuándo hacerlo.
* Con la tranquilidad de saber dónde estaba cada cosa, esta vez no hubo tropiezos ni amagues peligrosos.
* Salvador no quería espantar a la criatura.
* Sus sentimientos eran tan incomprensibles para él que evitó considerarlos en el momento en que se acercaba a la cama. No la empujó, como pensó hacerlo en un principio. Se echó en el piso, y habló.
* (Fue en el último verano. El calor aumentó a mitad de mes -era enero- y la atmósfera se llenó de vapores malsanos. Rosa entornó la ventana. También retiró la colcha de la cama de manera que el aire pudiese llegarle sin dificultades, pero nada se comparaba a tener los vidrios abiertos y la cortina corrida.
* Echado en cruz, el pie derecho enganchado a una de las patas de la cama, sonidos hermosos llenaron su alma. El niño no conocía a los pájaros, lo que no le impedía disfrutar de sus ruidos. Aquella mañana, una sombra se agitó en la ventana. La negrura creció conforme sucedían los minutos, hasta que algo entró a la habitación batiendo sus alas con furia.
* Guarecido en donde sabía, nada podía pasarle, sacó la cabeza fuera del ruedo de la colcha con la intención de dar marcha atrás apenas supiese de qué se trataba. Su mirada dio con lo que cambió su vida para siempre: una mariposa. Montado en nervaduras que sólo la luz permitía notar, sus alas tiritaban en oleajes vaporosos. Una línea negra separaba las membranas nevadas; ojos impalpables vigilaban desde su espacio diminuto.
* Con los pulmones hinchados de aire que la respiración amenazaba disparar en cualquier momento, avanzó hacia ella. Llegó, incluso, pero sus manos groseras desmembraron el hálito de vida que tanto le maravilló.
* Con la segunda no pasó igual. Aprendió a hinchar la mano de manera que no pudiese tocarla por ningún lado, pero con la firmeza necesaria para hacerla cruzar con él el travesaño de la cama.
* Recordó el episodio la tarde que escuchó los pasos de Salvador Castillo en la pieza. Acababa el invierno. Amaneció dolorido y afiebrado por un resfrío al que Rosa no le dio importancia, aunque lo sintió inquietarse en la madrugada. Tenía las mejillas abrasadas y el pecho agitado por un chillido desagradable.
* Siguió el recorrido de sus botas hasta el instante en que la cama se movió y el hombre de osamenta desproporcionada fijó sus ojos de intruso en los suyos. Todo duró tan poco que cuando la cama volvió a su lugar y la penumbra retomó su cuadratura, lo que acabó de ocurrir pareció ser obra de un desvarío. Otro, de los muchos que tuvo hasta que la fiebre desapareció.)
* No resultaba fácil decir algo. ¿Él lo escuchaba? No se movía. Le preguntó su nombre. Debía tener alguno. Todo el mundo lo tiene. Le preguntó si sabía hablar. Si sabía que él no le haría daño. No tenía motivos, y él nunca hacía nada sin uno.
* ¿Cómo lograba retener las mariposas bajo la cama? De chico, él las mataba porque no sabía qué hacer con ellas, aunque tampoco podía permanecer indiferente. Su padre le quemaba las manos para que no lo hiciera. Logró su odio, pero no su arrepentimiento.
* Él no quería a nadie, por otra parte. Ni siquiera a las mujeres. Una lo metió a la cárcel. Si sobrevivió en medio de la inmundicia fue para maldecir ese amor.
* Alternando su monólogo con silencios cada vez más frecuentes, Salvador Castillo se puso tan triste con sus palabras que se fue sin decir nada más, pero ya sabiendo que iba a volver.
* Por miedo a ser notado, resolvió alternar sus visitas. Nada tocaba, nada sacaba ni llevaba cosa alguna que pudiese delatarlo. Como la primera vez, se tiraba al lado de la cama y hablaba. Muchas veces con la sensación de que nadie lo escuchaba. Otras, advirtiendo el vuelo de una mano, un parpadeo, el desperezamiento del cuerpo amoldado a la noche fraguada.
* Una mañana le trajo un frasco. Lo empujó debajo de la cama. Le dijo que lo cubra con algo. Le dijo que no vendría por unos días. Se fue. Detrás de él, las llamaradas del mediodía se agrandaron.
* Salvador Castillo apartó los hilos multicolores de la cortina. Una penumbra agradable lo rescató de la calle. Buscó una mesa libre. Casi todas lo estaban. Se ubicó al lado de una ventana desde donde se veía el tránsito congestionado del mercado. Más allá, la plaza donde Rosa solía soñar con vidas ajenas.
* Era un lugar de mala muerte que olía a cebo de vela. Detrás del mostrador, una mujer obesa lo saludó con un mohín que delató sus dientes descompuestos. En una pequeña fiambrera cubierta con tela metálica, se apilaban empanadas deslucidas cuyos precios figuraban en cartelitos escritos con pinceles.
* Rosa Aguirre acudió al llamado de la mujer. Se sacudió la falda diminuta y se acercó bamboleando sus caderas hasta encontrar la mirada de Salvador. Anunció con voz desganada que el asado a la olla venía con guarniciones de papas y un vaso de cerveza.
* Veinte años. Pómulos duros. Ojos achinados; pelo castaño. Delgada. Marcas de acné en el rostro. Salvador conoció mujeres de peor aspecto. No dudó un instante cuando se puso de pie, y propuso: «Quiero compañía».
* Rosa Aguirre volvió la vista hacia la mujer que observaba la escena. Dudó un instante. «No será aquí que la vaya a encontrar», le dijo y desapareció por el mismo lugar de donde había salido. Tenía voz de no haber pasado buena noche.
* Rosa lo vio llegar todos los mediodías que transcurrieron desde esa primera vez, hasta que decidió hablar con él. Sentado en la misma mesa, la boca chapuceando en los caldos baratos que le servían, no dejó de venir ni siquiera en el feriado que cayó ese 16 de agosto en que ella lo enfrentó.
* -¿Qué quiere de mí? -preguntó con los brazos cruzados de tal forma que la redondez de sus senos le marcaron la remera provocativamente.
* -Usted me gusta -respondió él sin levantar la vista de la cuchara que en ese momento se llevaba a la boca.
* -¿Por qué no se va a molestarle a otra?
* Pese a lo que dijo, la voz de Rosa se había suavizado.
* -Me gusta usted.
* Acordaron que él la esperaría a las nueve y media en la puerta del copetín. Él estuvo allí cuando ella salió. Sin dirigirse la palabra más que para el saludo, se sumaron a la multitud sombreada por la noche que buscaba con los brazos en alto el número de colectivo que los llevaría a casa.
* Nunca había sido así. Hombres como él se acostaban con una mujer como podían hacerlo con cualquiera. Él la quería a ella, sin conocerla. ¿Por qué? ¿Y si era uno de esos dementes que asesinan prostitutas? Parecía inofensivo, sin embargo, la vista perdida en las esquinas que corrían por la ventanilla.
* -Es aquí -dijo Rosa dirigiéndose a la puerta de salida. Salvador ya sabía. Le dio paso y luego la siguió.
* (Escrutó el recipiente cubierto con un paño adherido a la boca del envase con una vuelta de alambre fino. Bichos. Un poco diferentes a los que vagaban a su alrededor. Cuando Rosa llegó, escondió el frasco y no volvió a verlo hasta después que la luz se apagó.
* La lluvia de la tarde lo tenía hundido en una especie de modorra que le estuvo causando sueños interrumpidos y molestos. No se podía perdonar desperdiciar de esa manera la noche, pero sus miembros se aletargaban a medida que pasaban las horas.
* Volvió a dormirse, y si esta vez despertó fue por causa de la luz entrecortada que desde alguna parte agujereaba la pulcritud de las sombras.
* Se levantó sobre los codos y casi estaba sentado cuando cuatro linternas de esmeralda le dieron a la cara.
* Columpiadas en el reducido espacio del frasco, costó identificar en aquella nube fluorescente a los gusarapos que le diera Salvador Castillo. Eran luciérnagas.
* Derrotado por el sueño, sin apartar la vista del recipiente chispeante, cayó en una especie de ensoñación donde las imágenes se le dispararon con tal agilidad que, para verlas, tuvo que andar un buen rato detrás de ellas. Cuando por fin se durmió, soñó con las luciérnagas.)
* Rosa abrió la puerta. «Hay goteras en el techo», explicó al sentir el tufo húmedo del cuarto encerrado. Aquella tarde había llovido. Buscó con la mano el botón de la luz. En la estancia, sombría y desamoblada, el ruido del radiorreceptor del cuarto contiguo lastimaba los oídos. Salvador Castillo esperó donde ella le indicó. La vio desaparecer, luego de aceptar la taza de café que le trajo. «¿Por qué tiene la cocina en el dormitorio?», le preguntó. No tenía el valor de tutearle.
* -Porque así me gusta -fue la respuesta que ella le dio, la mitad del cuerpo tragada por la puerta entornada.
* No le importaba esperar por ella. La sintió caminar descalza, revolver algo que imaginó era la leche destinada al niño. Lo quería hacer dormir antes de meterlo a él a la pieza.
* Dieron las once cuando la puerta se abrió. Rosa seguía descalza y caminaba con tanta gracia que Salvador sintió un peso en la barriga que solía tener antes, cuando todavía podía amar.
* También se mudó de ropa. Ahora llevaba una solerita con tiras flojas que le dejaban al descubierto los hombros huesudos. Parecía avergonzada. «Vení», le dijo.
* Salvador Castillo metió la mano en el bolsillo de la campera antes de entrar al dormitorio.
* Su imagen rebotó desde la hoja del espejo.
* Tanto sabía de aquel lugar que le daba miedo moverse con la soltura que podía. Rosa sonrió con malicia cuando vio que observaba la cama.
* -¿Cuánto dinero tenés? -preguntó.
* -Cuanto quiera -dijo.
* Las puntas de la colcha se movían sin que Rosa se percate. Salvador Castillo no se sacó la ropa. Se destrabó los zapatos, pero se dejó las medias y así se acomodó al lado de la mujer. Carajo, se reprochó. Había apagado la luz sin pedir permiso. Menos mal, Rosa no interpretó aquel gesto como propio de alguien que conocía su casa.
* -¿No querés hacer nada? -preguntó la mujer sintiendo el cuerpo inmóvil de Salvador pegado al suyo.
* -Sólo quiero dormir con usted -susurró él, consciente de que sus palabras eran oídas en las profundidades del cuarto.
* Rosa amagó decir algo, pero probablemente no se le ocurrió qué. Cerró los ojos y se quedó dormida, el cuerpo de Salvador flanqueando sus costillas.
* El hermetismo de la noche cerraba su círculo conforme las estrellas se afirmaban en la ventana. Salvador estiró el brazo derecho. Buscó detrás de la lámpara. Sus dedos arrastraron la botellita que Rosa no le vio sacar del bolsillo de la campera.
* Levantó la tapa con cuidado. Sabía que cualquier desacierto lo delataría. Retiró la cubierta y metió el dedo índice en el líquido espeso.
* Descolgó el brazo sobre el travesaño de la cama. El dedo goteó su líquido viscoso. Pasaron dos, tres minutos. Salvador escuchó al niño.
* Ya vio el dedo. Ya olió el aire azucarado y se acercó, los miembros contraídos en el gateo sigiloso. Dudó. Se colocó debajo del dedo. La lengua caliente probó la poción que goteaba desde la uña desaseada.
* Algo dentro suyo se estremeció.
* Abrió la boca y chupó el jarabe mientras en la ventana las estrellas comenzaban a velarse. Salvador recordó las palabras de Rosa. «Volverá a llover», le dijo. Era verdad. El cielo volvía a empañarse.
* El dedo le cosquilleaba. Lo retiró por un momento para cubrir con la frazada a Rosa que, a su lado, comenzó a temblar. Metió de nuevo el dedo en el jarabe.
* La boca lo esperaba.
* En la etiqueta del recipiente se leía «Miel de abeja» en letras de imprenta. La lluvia se desató. En el cuarto, una sensación de ingenua felicidad recibió a la madrugada. (Marzo de 1997)

Enlace al ÍNDICE de la versión digital de Debajo de la cama en la BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES
  • Prólogo / Los Lucios / Debajo de la cama / El peñasco y la enredadera / Carrayán / Los perros / El gordo / Casa materna / Tobogán / El café de las seis / Es lo mismo / El rostro de quién / Puta vida, carajo / Dejale lavar a mamá / Espejo (Historia de un vampiro) / Tambor.