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viernes, 27 de agosto de 2010

LUCY MENDONÇA DE SPINZI - AQUELLA SIESTA (CUENTO) / Fuente: SIN RENCOR. CUENTOS SOBRE LA GUERRA DEL CHACO - TALLER CUENTO BREVE (2001).


AQUELLA SIESTA
Cuento de
LUCY MENDONÇA DE SPINZI
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

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AQUELLA SIESTA
Me lo conto mi amiga Manuela una madrugada en San Bernardino, cuando pasábamos juntas unas vacaciones. No podíamos dormir. El clima estuvo pesado durante días y días, y la sensación de encontrarnos hirviendo en una olla nos acompañó a pesar de nuestras abluciones en el lago, y del acondicionador de aire que no servía a causa de los cortes de corriente. Teníamos la piel viscosa como si fuéramos batracios al baño María. Pero al atardecer se desencadeno la tormenta. Aunque la esperábamos y estábamos preparadas, su violencia nos aterro. Los relámpagos, truenos, rayos, el ulular del viento embravecido, la reciedumbre de la lluvia, nos hacían sentir como en el Arca de Noé dentro de la casa que parecía bambolearse y crujir como nave al garete.

Al darnos cuenta de que la espera podía ser larga, decidimos acostarnos con el estomago casi vacío. Teníamos miedo de ir a la cocina para preparar la cena, así que nos conformamos con un vaso de leche y unas galletas amanecidas. Dejamos con prisa todo en orden y nos encerramos en el dormitorio con linternas y unas cuantas velas encendidas que acentuaban el aire fantasmal de la noche iracunda. Cuando amainó la lluvia y las descargas eléctricas se desplazaron hacia el norte, nos atrevimos a conversar en voz baja. Las ráfagas de la ventolera nos enmudecían a ratos, entonces extendíamos las manos y las enlazábamos en el espacio comprendido entre las camas gemelas. Así, con sobresaltos, ella me dijo:

- Tío Luis, hermano mayor de mamá, al que por cierto, no conocí, estaba en el frente de batalla durante la Guerra del Chaco, peleando contra las tropas bolivianas. Mis abuelos, rodeados de sus hijos menores, se hallaban en torno a la gran mesa familiar de la casa vieja, la que quedaba sobre la calle Catorce de Mayo, y que hace unos diez años fue demolida. ¿Recuerdas?

Un gran relámpago me atoró la respuesta en la garganta. La tormenta eléctrica amenazaba de nuevo. El viento giraba como un trompo. Ante mi silencio, ella continúo:

- Añoraban al ausente, cuya fotografía en marco de plata labrada puesta sobre el aparador, mostraba al apuesto muchacho de uniforme que con sonrisa confiada parecía decir: "No teman, nada malo me sucederá". Es la misma fotografía que te mostré abajo, en el recibidor. ¿Recuerdas?

- Sí - respondí. ¡Claro que lo recordaba! - Si yo conociera un hombre así de apuesto, seguramente perderla la cabeza. - Suspire. Ella continúo:

- Abuelita repetía: "Tengo miedo, tengo miedo, no puedo evitarlo". Ante la angustia invencible de ella, decidieron rezar un rosario para tranquilizarla. Se pusieron de rodillas y la Tía Elvira comenzó con un Padre Nuestro. Soplaba un inquieto viento del norte que en aquella siesta ardiente parecía venir del Averno. En ese tiempo la ciudad de Asunción era tranquila, tanto que con semejante calor, muy de vez en cuando se escuchaba rodar un coche sobre el empedrado, y los cascos de los caballos golpear contra las piedras. Los pájaros estaban mudos, y hasta los perros del vecindario parecían dormir.

"Apenas iban por el primer Misterio, cuando todos callaron. Alguien entraba a la casa. El portón de hierro del jardín, sobre la calle, había dado su característico aviso, largo y agudo, que profería cuando alguien lo hacía girar sobre sus goznes. El suspenso congeló los ánimos".

"Sonó una pisada de hombre con botas y espuelas; luego otra, lenta, y otra y otra. Pesadas se fueron acercando, arrastradas con cansancio infinito. Todos tenían en la boca un nombre que nadie se atrevía a pronunciar. La mirada de Abuelita se ilumino un instante. Entonces, cuando ya el visitante se acercaba a la puerta de entrada, los pasos se detuvieron bruscamente. Todos sabían que allí, a la derecha, se hallaba el cántaro de agua, cortesía de la época para el visitante. Escucharon nítidamente el ruido del Plato enlozado que protegía el recipiente, y del jarro que se apoyaba en el, cuando fueron retirados".

"Mi Abuelita corrió hasta la puerta abierta gritando: -¡Luis, mi hijo!-. Entonces oímos que su cuerpo se desplomó sobre las baldosas del corredor".

Un rayo que hizo retemblar nuestras camas interrumpió el relato de Manuela. Se apagaron las velas, y sin saber cuándo ni cómo, me encontré abrazada a ella, unidas las dos en un solo miedo.

Al amanecer el cansancio nos venció. El sol ya alto, nos dio en la cara, y escuchamos el alboroto de los pájaros. Decidimos bajar para desayunar. Moríamos de hambre. Yo le pregunte entonces, quien había sido el visitante. Ella me dijo:

- Nadie, mi Abuelita no encontró a nadie. Pero la noticia luego poco después: el Tío Luis había muerto de sed aproximadamente a esa hora en un arenal del Chaco.

Cuando llegamos al recibidor, en la planta baja, encontramos la fotografía del tío de Manuela en el piso, fuera de su marco de plata, el cristal que lo protegía hecho añicos.

Tuve que sostener a mi amiga.
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LUCY M. DE SPINZI.
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Fuente:
SIN RENCOR
CUENTOS SOBRE LA GUERRA DEL CHACO
TALLER CUENTO BREVE
Dirección: HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ
Edición al cuidado de
MANUEL RIVAROLA MERNES y
LUCY MENDONÇA DE SPINZI
Asunción - Paraguay
Octubre 2001. (166 pp.)
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Enlace recomendado:
TALLER CUENTO BREVE
(Espacio del Taller Cuento Breve,
donde encontrará mayores datos
del taller y otras publicaciones en la
GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Amplio resumen de autores y obras
de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.

miércoles, 25 de agosto de 2010

LUCY MENDONÇA DE SPINZI - MALA ESPINA (CUENTO) / Fuente: POR SIEMPRE CUENTOS. TALLER CUENTO BREVE (2005)


MALA ESPINA
Cuento de
LUCY MENDONÇA DE SPINZI
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
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MALA ESPINA
La idea se le instaló sin su consentimiento y le fue creciendo como un tumor maligno, contra su voluntad. El era buen cristiano, respetuoso, pacífico y obediente a las fiestas de guardar según lo manda la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica, Romana. En su infancia fue monaguillo y en la madurez se convirtió en uno de los pilares de la comunidad de Loma Alta. Estaba hecho de tradiciones y creencias rancias. Jamás acepto eso de que el hombre llegara a la luna y sostenía con palabra parca y tajante que la versión era uno de los tantos trucos de Mandinga para engañar a la gente. Los hombres ahora son malos porque abandonaron las antiguas enseñanzas de los antepasados por causa de la lectura y de ese invento del Demonio, que es la televisión, y para colmo andan con esa historia de la Democracia que es cosa de herejes. Estaba firmemente convencido de las clases sociales bien definidas para que nadie confundiera su lugar, porque hay leyes y leyes, personas y personas, derechos y derechos, y cada cual debe conocer los suyos para no torcer las cosas con aquello de "la igualdad". Siempre decía con pausada voz de domine que "ni los dedos de la mano son todos iguales", y que "cada animal debe ocupar su lugar" como quiso Dios. Sin saberlo estaba hecho a la castellanía como tantos que no acaban de ubicarse en el presente. Odiaba los aparatos eléctricos y ni que decir de los electrónicos y odiaba toda música vomitada por los altavoces que no fueran las polca paraguayas, las chacareras y las centroamericanas. La corriente eléctrica trajo las fiestas nocturnas y los pecados de los malditos gringos. No conocía dudas sobre el sacrosanto principio de autoridad. Siglos de obediencia reverente le habían marcado la memoria genética que lo llevaba a aceptar sin reparos todo aquello que los investidos de poder dispusieran por la santísima gracia de Dios. Cuidaba de que sus hijos lo imitaran y que su única hija se conservara virgen a pesar de sus cuatro décadas bien cumplidas. Por eso la mala espina que se le incrustara en la mollera iba creciendo y le parecía percibir medias palabras, sonrisitas equivocas, miradas torcidas y otras actitudes no usuales en la conducta tímida de su doncella. Para mayor quebranto notó la frecuente presencia del vecino de la chacra, que se aparecía a toda hora para tomar terere, para ofrecerse a traer provista del poblado, para ayudar a castrar a los cerditos del chiquero y para otras atenciones antes no tan frecuentes. Y así la cara del Negro Rojas se le clavó en la retina con tanto detalle como el aspecto imaginado de ese perro negro y peludo que merodeaba en las noches de luna llena tras los matorrales, inquietando a los animales del corral y del gallinero. La cara ancha de labios abultados, nariz chata y ojillos maliciosos se le aparecía hasta en sueños riéndose de él, buscando las piernas rollizas y los senos opulentos de la casta Isidora, madura e intacta. La presencia del vecino se iba haciendo cada vez más frecuente y por las noches los canes andaban ladrando furiosamente sin otro motivo aparente que la presencia de ¿quién o de quienes? Porque esos cuadrúpedos aúllan cuando aparece el Luisón, pero ahora, cada noche, ladraban furiosamente. Y el viejo salía de recorrida a la luz de la linterna a pila, sin encontrar a nadie: ni bicho, ni cristiano.

Una tarde de invierno puso su plan en práctica.

Ensilló el montado con parsimonia y avisó a su mujer que iría al pueblo para ver una lechera que estaba en venta, y que no lo esperara ya que no sabía a qué hora regresaría.

Llegó al trotecito hasta el límite de su propiedad; allí desmontó y ató el caballo a un árbol. Luego regresó furtivamente a la casa, y cuando todos entraron a la cocina para cenar al lado del fogón, se deslizó como un lagarto hasta el dormitorio de Isidora llevando la potente linterna con pilas nuevas en el bolsillo; se sacó los zapatones, y con ellos en la mano se introdujo en el amplio ropero de la hija. Puso los reyunos en un rincón y se acurrucó lo mejor posible entre la mullida ropa. Dejó la puerta entreabierta para mantener un ángulo seguro de visibilidad de la cama de la casta Isidora. Allí se estuvo quietecito, cambiando de posición de cuando en cuando, y entretuvo la espera pensando en lo que haría en cuando pescara al Negro Rojas. Imaginó que lo asiria del pescuezo y lo llevaría a campo abierto para allí sacudirle, en pelotas, una paliza de padre y señor nuestro. Luego cambió de ideas y pensó que le apretaría el cogote hasta dejarlo morado. Más tarde decidió marcarle la cara a tajos con el cuchillito que llevaba siempre consigo en la vaina metido en la cintura... Al paso de la espera desfilaron por su mente diversos proyectos de venganza cada vez más sangrientos. A pesar del frío comenzó a sofocarse y llegó a dudar de que soportaría mucho rato más de encierro. Entonces concluyo que el traidor merecía una muerte ejemplar por perseguir a una doncella tan piadosa como su hija y humillar a un padre ejemplar como él.

De pronto se escuchó el chirrido de la puerta del dormitorio un resplandor precedió el ingreso de Isidora a la habitación. Posó la lámpara sobre la mesilla de noche y comenzó a trajinar. Cada vez que se acercaba al guardarropa el padre sentía salírsele por la boca el corazón desbocado, pero su angustia fue en aumento al percibir a través de la rendija, la desnudez de Isidora. Cerró los ojos con fuerza, hasta que escuchó los crujidos del catre de trama al recibir el peso del cuerpo sobre el colchón. Cuando vino el silencio abrió los ojos y la pudo ver bajo el haz de la lámpara, tendida y en ropa de Eva. Presa de confusión y de cólera volvió a cerrar con fuerza los ojos y la imagen del Negro Rojas le revolvió la sangre con furia asesina. Así estuvo una eternidad esperando dar un salto felino en el momento oportuno, cuando escuchó tres golpecitos suaves en la ventana. Vio con dolorosa tensión de todos sus músculos que ella apagaba la llama e instantáneamente la oscuridad cubría la infamia. La ventana se abrió con suave chirrido y una sombra se deslizó al interior. Hubo murmullo de voces y roces de telas y de cuerpos, luego suspiros, jadeos y quejidos de placer.

Él se preparo con sigilo, linterna en mano, y de un golpe abrió de par en par la puerta del guardarropa y con salto de tigre se plantó con firmeza al borde del lecho alumbrando rápidamente los rostros unidos en el diabólico placer. Dos bocas abiertas en un mismo grito congelado, y dos pares de ojos de espanto quedaron atrapados bajo el potente resplandor.

El patriarca soltó la linterna sacudido por el estupor. Todo su odio se desmoronó como dique arrasado por la fuerza de un torrente. La imagen del Negro Rojas se le borró en un relámpago de confusión tornando la ofensa en súbito alivio. Agradecido se hincó en el suelo al borde del lecho, y con la cabeza baja y las palmas de las manos juntas con unción musitó:

-¡La bendición, Pa'í!
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Areguá, junio de 1993
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Fuente:
TALLER CUENTO BREVE
Coordinación :
DIRMA PARDO CARUGATI ,
Asunción-Paraguay
Octubre 2005 (179 páginas)
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Enlace recomendado:
TALLER CUENTO BREVE
(Espacio del Taller Cuento Breve,
donde encontrará mayores datos
del taller y otras publicaciones en la
GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Amplio resumen de autores y obras
de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.

miércoles, 18 de agosto de 2010

LUCY MENDONÇA DE SPINZI - CONSUELO DE LAS LUCES (CUENTO) / Fuente: TIERRA MANSA Y OTROS CUENTOS


CONSUELO DE LAS LUCES
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
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CONSUELO DE LAS LUCES
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Pero mi pueblo no oyó mi voz,
e Israel no me quiso a mí.
Salmo 81:11
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Al principio fue el pobrerío. Hace mucho tiempo. Hará como treinta años, o más. Tal vez en los días de la revolución.
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La gente comenzó a acudir a doña Consuelo porque hacía honor a su nombre y porque tenía fama de beata. Ya nadie la recuerda demasiado claramente, y hasta Don Eleudoro (que la conoció de cerca porque era su vecino y comentan que su novio), con la chochez instalada en la memoria desde hace mucho, perdió los contornos de su figura magra dentro del ancho pollerón de tres volantes, del typoi amplio y del rebozo que la abrigaba en invierno.
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Ahora don Eleudoro se pasa el día y el anochecer, reclinado en la hamaca, bajo los árboles, mirando el ir y venir de los peregrinantes, por entre párpados arrugados como hendijas, velando pupilas mortecinas. Cuando los renuevos de su numerosa prole, personificados en una bandada alborotadora de chiquillos semidesnudos, le gritan cerca de las orejas, que hay que mover de sitio la hamaca, porque el sol ya le da en la cara, el viejo parpadea y se incorpora como una eterna gota de secreción nasal en la punta de la nariz, ayudado por los rapaces y obedece pasivamente para instalarse otra vez en la sombra.
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Ciertas noches, tendido en su camastro, vuelve a ser joven. El feldrejo en que se convirtió su miembro viril, cobra entonces vida y retoza con Consuelito bajo el granado. Antes que el sueño juguetón le hunda en el no ser, las resecas cuerdas vocales, vibran en un breve graznido de risa. El clan de don Eleudoro comenta entonces al día siguiente, en la ronda de tereré, en guaraní, que el caraí ha tenido otra vez la visita de Consuelo de las Luces. Un regocijo sacrosanto inflama entonces los pechos fláccidos de las matronas descalzas y exclamaciones hacen círculos de todas las bocas.
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Hay días, por el contrario, cuando los ojos de don Eleudoro se ponen de par en par, y le entran tropeles de imágenes flamígeras que le iluminan los escondrijos de sus recuerdos, abre pues la caverna de la boca y entre encías peladas resuena el grito de ¡fuego!¡fuego! Entonces el clan se estremece y todas las manos aletean con la señal de la cruz.
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Al principio fue el pobrerío. Ahora el mangal que perteneció a la casa quinta de la orgullosa familia de los Arteaga Colombo, es un enorme baldío salpicado de maleza bravía y de escombros, entre los que se estacionan los carros más sofisticados que el contrabando y las liberaciones facilitan a los poderosos. Las ruinas de la antigua mansión exhiben la tapicería de humedades, las pústulas de ladrillos al descubierto por revoques caídos, canaletas de encajes de hojalata desgajadas y persianas tuertas, en sombría pasividad.
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Todo ha cambiado desde aquella primavera sin lluvias y azotada por el ventarrón del norte, que marchitó plantíos, secó los limoneros y levantó remolinos de día y de noche en los patios polvorientos y en el arenal de las callejas. Había soplado ululante fatigando los oídos de los pobladores, con un cansancio distinto del que ya era parte de la rutina y parte de la naturaleza de la gente.
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Todo había cambiado, menos la gente misma. Ya no existe el rancho culata yobai de consuelo de las luces más en la retina vacilante de don Eleudoro. A veces, en sus ensoñaciones penumbrosas se rasgan las negruras del olvido y vuelve a ver por breve lapso, el antiguo entorno: caravana descalza en fila india con revuelo de rebozos, de mujeres con cabellos tirantes y rodetes sobre la nuca, con niños dormidos colgando de pezones sin jugo, murmurante de voces nasales mechadas de modulaciones suplicantes: mezcolanza de perros, vacas, burros y caballos enjaezados con relumbre de baratijas; cerdos, gallinas y chiquillos panzones con el trasero al aire, arrastrando el hambre entre los charcos, buscando bayas y raíces y confundiéndolas con lo que hubiere, fueran desperdicios o excrementos. El ir y venir se prolonga en el recuerdo confuso de don Eleudoro desde las tintas tímidas del amanecer, hasta que el ocaso viste de fuego primero y de lila después, la filigrana de la arboleda. Entonces todo queda quieto como un anhelo congelado en el fracaso. La noche encendía al cabo de la vigilia luciérnagas, y los sonidos de los grillos raspaban la quietud. Volvía a escuchar entonces, en el recuerdo, don Eleudoro, el murmullo de los rezos de Consuelo, desenrollando letanías y rosarios, mientras su rancho, más allá del lodazal, se iba iluminando. Primeramente las candelas se encendían en el cuartujo de la izquierda donde estaban la imagen de María Auxiliadora, de María de los Dolores, de María de la Anunciación, de Nuestra Señora del buen Parto, de Nuestra Señora de la Asunción, de la Virgen de la Candelaria, de la Inmaculada Concepción, de la Virgen de los siete Puñales, de la Virgen de las Mercedes, y de las Santas: Librada, Lucía, Elena, Teodosia, Juana de Arco, Isabel de Hungría, Catalina, Ana, Trigidia, Anacleta y Edelmira. Luego le tocaba el turno al cuartucho de la derecha (de los varones), donde se iban encendiendo las velas en honor a Santo Domingo, a San Judas Tadeo, al Corazón de Jesús, a San la Muerte, a San Pío X, a San Roque, a San Blas, a San Martín de Porres, a San Cayetano, a San Antonio, a San Eleudoro, a San Miguel, a San Gabriel, a San Eustaquio y a San Anselmo, acompañados de una corte de beatos. Para la media noche el rancho se inflamaba con relumbres de fiesta.
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Don Eleudoro, mecido por las brisas y los vientos en el regazo de la hamaca, continúa convencido que ella sigue allí, enfrente, cruzando el gran charco en que se revuelcan los puercos y los niños, aconsejando a los dolientes, consolando a los sufrientes y curando con oraciones a los desahuciados. Nadie salió nunca sin su mendrugo de ilusión y muchas curas milagrosas se cuentan a lo largo de los días y los meses y los años y los lustros y las décadas. La gente muere convencida que arrebató un tiempo de yapa a la vida por los buenos oficios de la constelación de los santos del almanaque y por intermediación de Consuelo de las Luces. Muchos niños idiotas balbucearon monosílabos y bocetaron sonrisas entre babas en su marasmo facial. Hasta hubo retrasados que contrajeron nupcias y procrearon. Hubo paralíticos que hicieron pinitos y hasta pobrezas remediadas, además de huesos, músculos, nervios y mal de ojo aliviados, y ciegos que creyeron ver la claridad del sol impresa en retinas muertas.
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Solamente de vez en cuando se filtra en el revoltijo de recuerdos de don Eleudoro, la evidencia aterradora del pasado, de aquella noche de Todos los Santos, evidencia que salta como una chispa entre otras reminiscencias confusas y le estalla en la memoria. Entonces grita con voz cascada: ¡fuego! ¡fuego! Fugazmente comprende que Consuelito ya no está enfrente, más allá del lodazal; que ardió como rama seca entre sus luces, aquella noche de Todos los Santos, en que el viento del norte paseara sus ráfagas calientes sobre el poblado, despeinando las copas de los árboles, barriendo arenales, castigando ventanucos, chicoteando los hierbajos, fatigando los ánimos, e inflamando la paja del alero primeramente (bajo el que esa noche especial ardían para las ánimas candelas extras), y de la techumbre del rancho de Consuelito después, en un desenfreno de llamas danzando con el aliento tórrido del norte.
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Al espanto de la lucidez repentina sobreviene la consolación. Alas imágenes de Consuelo ardiendo entre sus santos y sus santas, se superponen las de sus retozonas fornicaciones con ella en la etapa previa a la de la santidad, y se suman las de la heroica renuncia a los eróticos trotes, en cuanto ella supo que Eleudoro tenía una ristra de hijos con la concubina, por lo que Consuelito decidió renunciar al matrimonio. Y permanecieron fieles a su decisión. No habían vuelto a tocarse nunca más, ni con la mirada. Si alguna vez tropezaban en la calle, solamente mediaban entre ellos los buenos días don Eleudoro o las buenas tardes doña Consuelo con los ojos rastreando el camino.
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Ahora el viejo mira sin comprender el apretujamiento de carros relucientes con motores que rugen con impaciencia sobre el aparcamiento y sobre el empedrado que reemplazó el lodazal de los días de Consuelito; mira la romería heterogénea y bullente que acalló el manso trajinar y las voces nasales tímidas que se elevaban como interrogantes, otrora. No entiende que ya no están ni el mangal ni los majestuosos eucaliptus entre los que yaciera el mínimo rancho culata yobai, y que todo, desde el incendio, ha sido reemplazado por un baldío aparcamiento; por un tinglado parecido a un hangar de aviones, en los que se concentran los peregrinos en torno a las cenizas milagrosas de Consuelo de las Luces (de su vivienda y de sus estampas de santos); y por dos construcciones paralelas que pregonan con grandes letreros su condición, la una de santería y la otra de cantina. Otros carteles comunican a los peregrinantes los días oficiales de milagros y curaciones y también que el complejo constituye casa de oración y centro de evangelización y además, cómo no debe acudir vestido el peregrinante. Las chiperas, alojeras y mercaderas de mil fruslerías de otros tiempos han sido convenientemente desalojadas del sagrado sitio donde hoy todo está en debido orden y solamente lucran los legítimos monopolizadores y depositarios de las utilidades del milagrerío.
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Don Eleudoro no se dio cuenta del despliegue de guardias de seguridad que alborotó a la concurrencia. Ha llegado la limusina del Jefe de Policía de la Capital. El cuerpo del Comandante Alcaraz que había sido erecto como un mástil, está ahora torcido en un signo de interrogación hacia tierra y se desplaza lento y torpe, arrastrando los pies, sostenido por dos guardaespaldas.
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Entre la multitud que pugna en torno a las cenizas santas, protegidas por un cordón de seguridad, una mujer magra, de pupilas alucinadas, no se percata que los peregrinos la zarandean, soban y empujan. Sus ojos han quedado fijos, como absorbiendo furibundos la figura de garabato del Comandante Alcaraz que avanza penosamente en un camino abierto para él por las fuerzas del orden. La mujer tiene las manos embadurnadas de cenizas. Consiguió recogerlas y era un buen síntoma. No todos tienen el privilegio de lograrlo y tienen que conformarse con las que se venden en la santería envasadas en botellitas y que no son tan milagrosas como las que reposan en el sitio del incendio. Con esas cenizas, penosamente conseguidas, se había signado la frente, la boca, el pecho y los hombros y con las manos aún empolvadas quiso arañar el rostro desvaído del Comandante. En un relámpago de ira recordó ese mismo rostro soberbio otrora, respondiendo a su demanda en pro de la vida de su hijo, mientras ella, suplicante, se había arrastrado por el pasillo intentando besar sus botas.
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Los guardias están desalojando a los peregrinantes, y ella, arrastrada, empujada, y llevada en vilo, se encontró sin saber cómo ni por qué, enfrente, más allá del empedrado, en el seno del clan de don Eleudoro, ante la hamaca en la que dormita el que fue novio de Consuelo de las Luces, ahora apóstol, reliquia y oráculo de los sufrientes. El viejo se incorpora dificultosamente, brillándole la gota en la punta de la nariz, apoya los pies en tierra frenando el vaivén de la hamaca, y la mira sin comprender por qué la mujer pone sus manos crispadas sobre sus rodillas huesudas y le musita entre hipos y lloros y caudales salados, su impulso de vengar a su hijo muerto por las fuerzas del Comandante Alcaraz. El clan la mira silencioso con la lástima derramándose de todos los ojos. Don Eleudoro no entiende, pero en sus brumas cree ver a Consuelito arrodillada ante él, desmontada al fin de su tenaz encono, y murmura confuso palabras de perdón, paz, tolerancia y olvido.
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Un regocijo sacro invade los corazones de todos y la mujer seca sus lágrimas al fin, y su odio se deslíe en terneza mística.
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Hay que perdonar. Todos han entendido ¡Hay que perdonar!
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El viejo sorprendido comprende fugazmente lo mucho que cambió todo desde que su Consuelito, Doña Consuelo, ardió entre sus luces.
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Sí. Todo ha cambiado. Pero la gente no cambió...
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Fuente:
Edición digital: Alicante :
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2002
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de
Asunción (Paraguay), Criterio, [1987]
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LUCY MENDONÇA DE SPINZI - NO TE QUEDES, JULIANA (GLOSA AL CUENTO "LA INTRUSA") / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - VEINTITRES CUENTOS DE TALLER (1988).


NO TE QUEDES, JULIANA
(GLOSA AL CUENTO "LA INTRUSA"
DE JORGE LUIS BORGES)
LUCY MENDONÇA DE SPINZI
(Enlace a datos biográficos y obras
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NO TE QUEDES, JULIANA
(GLOSA AL CUENTO "LA INTRUSA"
DE JORGE LUIS BORGES)

"El carro va rodando en tumbos y yo voy entre los dos. No sé adónde me llevan, ni me importa. Saben lo que hacen y no tengo miedo. Para ellos lo más importante es estar juntos. Habrán quedado huérfanos desde chiquitos. Así dicen por el pueblo. Es de noche y todavía no salió la luna. No tengo miedo, no. No es que yo no les importe. Al contrario. Pero hablan poco, casi nada. Solamente lo necesario. Así se acostumbraron. Así se manejan en todo. A su manera. Son distintos hasta en el cabello que parece que estuviera lleno de sol, y en la piel oscura donde la ropa no los cubre y blanca por dentro, como leche, que solamente yo veo cuando nos acostamos frente a las ventanas de rejas, entre aperos o cueros, iluminados de luna. Solamente yo veo su piel de leche y nadie más. Ellos antes no tuvieron mujer. De vez en cuando iban al prostíbulo, pero nunca tuvieron mujer en casa. Solamente yo. Soy la única. También en eso son diferentes: apasionados, cariñosos..., muy diferentes a lo que son el resto del tiempo. Para ellos lo más importante es estar juntos. Como si se defendieran de la gente en esa forma. Y no es que yo no les importe, al contrario, los dos me quieren. A su manera. A veces hasta me asustan, de noche, cuando uno me llama y nos queremos entre los aperos y las bolsas de forraje y entonces es como si yo fuera lo más importante en su vida. Hasta que me llama el otro en la pieza del frente, que mira al camino, y nos acostamos entre los cueros que acopian y venden y entonces sus besos pareciera que van a ahogarme. Los dos dicen que soy muy, muy linda. Pero a la mañana siguiente es como si no me conocieran. Ni me hablan, como ahora que vamos a los tumbos en el carro, rodeados de oscuridad. De día ni me miran. Sí, ellos son diferentes. A veces me observan de reojo como si yo les estorbara. Pero no quieren que me vaya. Muchas veces les digo, de noche, cuando estamos abrazados, que si les molesto me voy, pero ninguno de ellos quiere. Al contrario, pareciera que soy muy importante para ellos. Ya procuraron una vez y me devolvieron al prostíbulo de donde me trajeron. Pero después de una semana me fueron a buscar juntos de nuevo, ojerosos y barbudos como sino hubieran dormido en muchos días. Yo no sé qué hacer. No pienso hacer nada. Los quiero a los dos y se que me necesitan. Ellos tienen que decidir. No se qué podría hacer yo. Ni los en-tiendo a ellos ni a mí misma. Son tan raros. Porque de día creo que les molesto y hasta que me odian. Pero no dicen nada. Se parecen a su casa, grande, triste, vacía, descuidada, como si rechazara a la gente pero la necesitara sin embargo. Algo les sucede, pero no se qué es. Cuando nos tiramos en la pieza del frente, entre los cueros, antes de apagar la vela, el mayor esconde ese libro negro que tiene sobre la mesa tan linda contra la pared, con un espejo encima, todo adornado y lleno de polvo y de telarañas y que no quiere que yo limpie. Esconde ese libro en el armario que tiene angelitos desnudos que a mí me gustan tanto y que no permite que toque ni con la punta de un dedo. Yo no se qué libro es ese porque no sé leer, pero tiene letras muy lindas que suelo mirar cuando ellos no están. Es un libro muy viejo, con cierre dorado y cintas de colores que casi no se distinguen por la vejez y el polvo. Debió haber sido un libro muy lindo cuando nuevo. La luna está por salir, pero la tapan unas nubes oscuras. Siento los cuerpos de los dos a mis costados empujándome de un lado para otro con el movimiento del carro. Por eso no siento tanto el frío. No tengo miedo porque están a mi lado, aunque son tan raros... Yo no les entiendo pero no me dan miedo porque les quiero mucho. Cuando me devolvieron al prostíbulo estuve muy triste porque los demás hombres son muy brutos y tratan mi cuerpo como un zorro muerto listo para ser descuereado. No se adónde me están llevando. Pero sé que no es al prostíbulo porque ya me trajeron dos veces de ahí y lo que quieren es que desaparezca del todo. Pero yo no me voy a ir. Que me lleven ellos. Y no tengo miedo porque aunque les estorbo, me necesitan. Y parece que les estorbo porque para ellos lo más importante es estar juntos, los dos hermanos, sin que nadie más viva con ellos. Algo tendrán que hacer. El que conduce el carro no abrió la boca todavía y el otro, de vez en cuando, le señala el rumbo en la oscuridad. No distingo más que los bultos de los árboles y alguna aguada que brilla de vez en cuando a lo lejos. Creo que estamos yendo hacia la salina de Matías. No sé. Estoy empezando a sentir frío y procuro no temblar. Sospecho algo porque se pusieron su revólver en el cinto los dos y me dijeron que preparara mis cosas. Me recomendaron que no dejara nada por ahí. El frío me está llegando a los huesos. Lo que hagan va a estar bien. Nadie en el pueblo me mira más desde que vivo con ellos. No porque lo que soy porque eso a nadie le molesta. Mi mamá ya fue eso y yo aprendí que es una manera de servir a los hombres. Parece que muy importante. Pero lo que no toleran es que viva con dos hermanos a la vez. La gente tiene sus creencias pero yo también tengo las mías. Cuando guardé la crucecita de plata que mi mamá llevaba en el cuello, algo me dijo que tal vez yo estuviera de verdad haciendo mal. Pero no me parece del todo. Ellos me necesitan más que los otros y si yo les estoy estorbando, voy a aceptar lo que ellos dispongan. Porque me quieren y es lo único que a mí ma importa. Uno, el menor, me dijo en la pieza de atrás, cuando estaba guardando mis cosas, que si tenía miedo, me fuera nomás por la oscuridad. Pero no pienso correr. Que sea lo que ellos quieran. Ahora se detiene el carro. No quiero que noten que estoy a punto de tiritar. No se qué esperan. Todo está inmóvil. Los tres estamos quietos como estatuas de iglesia. El menor se está bajando despacio, como si estuviera acalambrado. Me parece que está atando los caballos. Ahora el mayor me está diciendo en el oído que me baje por el otro lado y corra en la oscuridad. Yo le digo que no con la cabeza. No quiero. No tengo adonde ir. Ahora nos estamos bajando y yo estoy sudando frío. Será el viento de la noche. Ya puedo tiritar tranquila. No lo van a notar. Se quedan quietos como esperando algo y yo también. Creo que es la voz del menor que en mi oído me dice que si tengo miedo, me vaya corriendo en la oscuridad. Me quedo quieta. No voy a correr. Prefiero morirme tiritando. Que ellos decidan. Ahora me dicen que camine hacia allá, hacia la salina de Matías que se está poniendo blanca con la luna que comienza a asomar de golpe. Uno se me acerca y siento su aliento en mi oreja. Me dice que si tengo miedo que corra en la oscuridad. Me repite como suplicando: no te quedes, Juliana, corré... Digo que no con la cabeza. El silencio es largo y no sé qué estamos esperando. Por fin uno me dice que camine, que me vaya hacia la salina. Me dice con voz fuerte, como cuando está muy nervioso y me repite más fuerte, apurándome. Ahora los dos me ordenan que me mueva. No se si están enojados... o angustiados. No entiendo. Tirito libremente con todo mi cuerpo. Tengo que apurarme. Ahora me gritan los dos juntos. Empiezo a andar hacia donde la luna brilla con toda su fuerza entre nubes negras y procuro que no noten que no puedo contener mi cuerpo. Por eso camino lenta, muy lentamente, con mi bulto en la espalda, hacia el camino que la luna hace en la salina que brilla como agua quieta. Camino despacio, muy despacio, tiritando, temblando bajo la mirada fija de los dos en mi cuerpo. Siento en mi espalda su mirada y... suenan muy fuerte dos disparos casi juntos y..."
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LUCY M. DE SPINZI
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TALLER CUENTO BREVE
Dirección:
Talleres Gráficos
EDICIONES Y ARTE S.R.L.,
Asunción-Paraguay 1988 (136 páginas).
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martes, 29 de junio de 2010

MAYBELL LEBRON - EL ECO DEL SILENCIO (CUENTOS) / Texto: GATO DE OJOS DE AZUFRE, LA DESPEDIDA, UN RATÓN EN EL RECUERDO y RUBIO ÑU (MISCELÁNEA)


EL ECO DEL SILENCIO
Cuentos de MAYBELL LEBRON
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Ilustración de tapa: Claudia Netto Sisa
Diseño: Cecilia Rivarola
© Maybell Lebron
© Arandurã Editorial
Asunción-Paraguay
Telefax (595 21) 214 295
www.arandura.pyglobal.com
Abril de 2005 (139 páginas)

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Con amor
a los hijos
de los hijos
de mis hijos
para que algún día
María Paz
Lucía
Patrick
Inés y
Sofía
lean estos cuentos.
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COMENTARIOS:
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Cuando principiarnos a reconocer los cuentos de Maybell, nos ocupa un impresión que seguirá, acentuada y fina, hasta cerrar la lectura: tal paree que todas las narraciones del volumen se ligan entre sí mediante un único pulsar isócrono -más de corazón que de reloj- íntimo y nítido a la vez, como el de sangres de diversa herencia que sin embargo convergen en el torrente circulatorio de un solo cuerpo. Y se me antoja que el mentado vínculo no se logra en la aparente afinidad estilística de los relatos, sino gracias al tono difícil condición cardinal de cualquier escritura de designio estético
CARLOS VILLAGRA MARSAL

Maybell, en suma, parece proponerse probar que la vida juega con nosotros y lo consigue plenamente. Suya es la soltura expresiva y con ella la certera eficacia de su vocabulario. Sólo resta felicitar a Maybell Lebron y esperar con renovado interés, el próximo volumen de cuentos.
JOSEFINA PLÁ

Quien busque la historia tranquilizante y analgésica podría quedar defraudado, no así el curioso amigo de los paisajes del alma, vedados para muchos.
LUCY MENDONÇA DE SPINZI

Ya en sus cuentos Maybell Lebron había puesto en manifiesto su perfil de narradora: dedicación a la artesanía de la forma, imaginación en la urdimbre de la trama y un discurso frontal, sin concesiones.
DIRMA PARDO CARUGATI

“La propuesta de la autora es laudable -Pancha- y demuestra la vigencia de la novela histórica en el Paraguay de fin de siglo, incorporándose a la mejor literatura hispanoamericana contemporánea y el interés de los novelistas por revelar el pasado escondido. No es labor del novelista revelar la historia: su misión es recrear, provocar la reflexión, preguntar.. . Y es lo que consigue Maybell Lebron, una de las narradoras paraguayas más consistentes.
JOSÉ VICENTE PEIRÓ
**/**
ÍNDICE
· Gato de ojos de azufre
· Viento sur
· La despedida
· El candelabro
· Tú o yo , Desvarío , El eco del silencio
· La plaza
· Compañía Pindó
· Historia cotidiana
· Preludio
· Ofrenda
· Encuentro
· Día aciago
· Arreglo de cuentas
· Suerte perra
· Un retrato por encargo
· El cartero
· Flores para la tía Otilia
· Error de apreciación
· Micaela
· Un ratón en el recuerdo
MISCELÁNEA
· Rubio Ñu
· Homenaje a Cirano
· Para 6

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GATO DE OJOS DE AZUFRE
. Ella lo vio por primera vez al salir del trabajo. Ni siquiera tuvo en cuenta su presencia. Como todos los días, un guardia del Banco Central le abrió el pesado portón de hierro, hoy a las dieciocho y treinta -más tarde que a los demás- debido a un trabajo extra de computación. La mole silenciosa, como un gigantesco muá mantenía sus luces encendidas esperando que las limpiadoras terminaran su tarea. Afuera, rojos y amarillos disputaban con la avasallante oscuridad. Hay un cierto encanto raigal en las colinas asunceñas. Esta, coronada por el Banco, es una de ellas. Elegantes viviendas ciñen el Convento de las Carmelitas, desde la altura, árboles y vegetación esbozan una visión casi campestre, las casas emergen de los jardines o entre el ramaje como ropa blanca tendida al sol.
Con la cartera al hombro se dispuso a bajar la calle en pendiente. Sorteaba las baldosas sueltas, enemigas solapadas de los tacones altos que remataban esas piernas espléndidas generosamente expuestas bajo la cortísima pollera. Siguió descendiendo por la calle San Rafael; conocía cada recoveco de los murallones, verjas y canteros con plantas que bordeaban el repetido trayecto. Evitaba las espinas del Corona de Cristo apenas disimuladas entre el verdor y las flores. Fue entonces que lo vio por segunda vez: una sinuosa mancha pardusca escurriéndose en el hueco de la cerca, posiblemente un perro de los tantos sueltos en la zona. La distrajo el bullicio de la avenida; buscando por donde atravesarla se dirigió lentamente hacia la esquina. Su casa quedaba dos cuadras más allá.
Chirriaron los goznes del portón. Hasta mañana, señorita. Hasta mañana, Pedro. Un cielo plomizo la hizo apresurar el paso.
Debo ir al centro para encargar mi vestido de novia Este dinero extra me viene muy bien podré comprar un montón de cosas Estoy segura que Esteban no me dejará alargar el horario después de casados Si ahora apenas tengo tiempo de arreglarme para recibirlo Dios mío cómo relampaguea Me voy a mojar antes de llegar a casa Otra vez este animal y no es perro es gato ¿Por qué me miras así? ¡Fuera! ¡Fuera!
El gato estaba agazapado cortándole el paso. La enfrentaba desde sus ojos amarillos hamacando la cola como si marcara el tiempo, no supo si dispuesto a atacarla o simplemente curioso. Sujetó la correa de la cartera con la mano crispada sobre el hombro y, cambiando de acera para esquivarlo, se apresuró hacia la Avenida Gral. Genes. Antes de sortearla miró hacia atrás: lo descubrió al pie de un árbol, inmóvil, brillante con los primeros goterones del chaparrón.
Es absurdo pero lo conozco He visto antes esa mancha blanca de la oreja Yo nunca tuve gatos Pueden contagiar la rabia tengo que andar con cuidado Soy una estúpida Es ridículo este miedo a lo mejor el pobre sólo quiere compañía Tal vez no lo vea nunca más
El portón de hierro se cerró tras ella. Era la hora incierta en la cual las luces de la calle se destiñen ante las sobras del día. Con el rostro contraído, escudriñó la vereda desierta y apretando el bolso contra el pecho comenzó su recorrido habitual. Al voltear la esquina reculó, trastabillando. Allí estaba, encogido bajo un macizo de helechos, esperándola, el tajo de su pupila fijo en ella y la lengua rosada relamiendo el hocico. Desconfiada, hizo un rodeo, enderezó la cabeza y casi corriendo se puso a la par de un jovencito, quien dejó de silbar y la miró con maliciosa curiosidad antes de perderse en una calle transversal. No le importó, ya estaba llegando a la avenida. Silencioso, el bulto pardo trotaba a su lado, desquiciado, grotesco.
Me persigue no hay duda Siento su olor desde el momento en que salgo de la oficina Tiene algo maligno Lo he visto antes Lo conozco No me dejaré dominar por este cuadrúpedo insolen te Me hace falta caminar Todo el día sentada frente a la computadora entumece el cuerpo además vivo tan cerca que resulta hasta tonto traer el auto A veces ni hay donde estacionar Eso sí aunque Esteban tenga coche yo no voy a vender el mío Dos años de uso ni un rasguño apenas tres boletas de infracción por mal estacionamiento En una sola ocasión estuve a punto de chocar Todo por un maldito animal Creo que lo arrollé Si me desviaba me embestían de frente y si no fuese porque tenía la oreja blanca ni lo hubiera visto...
La mano quedó en el aire, la computadora frenó su vertiginosa maestría esperando sumisa el impulso que no llegó. ¿Qué le pasa, señorita? ¿Tiene frío? Pedro le sonrió con más agujeros que dientes mientras ella se alejaba aferrándose de cuando en cuando a los barrotes de la alta verja del Banco. Al alcanzar la esquina tomó el borde de la vereda, agradecida por encontrarse con peatones. Se entretuvo mirando cómo las sombras se alargaban velozmente sobre el asfalto. Comenzó a caminar muy erguida, tensa, oteando el aire tibio con insistencia. Se pasó la mano helada por la frente humedecida con un estremecimiento de asco al recordar a ese extraño Cuasimodo del baldío.
Los animales no razonan Además no fue intencional Después de todo el calor está apretando y tal vez sería prudente venir en coche a la oficina Tal vez...
El bulto le rozó la cara y cayó a sus pies con un suave maullido, un maullido gutural, con algo de humano. El miedo la inmovilizó. La luz de la calle dio de lleno en el cuerpo deforme y la pata contrahecha; a pesar de la renguera iba y venía como instándola a seguir su camino. Quiso gritar: la garganta seca no emitió sonido alguno. Entonces lo supo: no Bahía muerto. El pánico la traspasó al ver cómo el pelo barcino se erizaba, cómo arremetía contra sus piernas, rozándolas con su cuerpo desgonzado, y el terror la destrabó. Corrió despavorida, sintiendo en los tobillos el latigazo muelle de esa cola repelente. Al bajar la vista encontró los ojos de azufre fijos en los suyos. La Avenida era un tumulto de luces y bocinazos apresurados. Temblando sobre el cordón de la acera esperó el momento propicio para cruzarla. Se sentía más segura entre la gente; aliviada, constató la ausencia de su perseguidor.
Todo quedó en el misterio. Algunos dijeron: Intento de suicidio. Otros, falta de atención. Esteban todavía se pregunta el por qué de esos inexplicables arañazos en la espalda, descubiertos después del accidente. Cada tarde pasean a la muda en su silla de ruedas. Cuando se acercan a la muralla nadie percibe el ligero estremecimiento de sus labios, el imperceptible horror en las pupilas indiferentes.
Como una deidad egipcia, tendido allá arriba, el gato lisiado de ojos de azufre se relame, satisfecho.

LA DESPEDIDA
. Desde el Mercedes con vidrios polarizados la contempló como el entendido mira a la mariposa faltante en su colección. Entretenida con los estudios y los muchachos de su edad, ella ni se dio cuenta.
- Te llevo la mochila, está pesada, no sé por qué la cargas con tantos libros.
Se estaba haciendo costumbre. Ella, a propósito, no traía el coche; apenas unas pocas cuadras separaban su casa de la Universidad. El pelo negro, corto y ensortijado de Jorge caracoleaba sobre su frente; los pantalones de brin caqui, holgados, con bolsillos de todos los tamaños cedidos por el uso, limpiaban el suelo, y la boca ancha llena de dientes blanquísimos, reía siempre. Con mirarlo le bastaba para sentirse feliz.
Vio un automóvil con vidrios oscuros desconocido, estacionado frente a su casa. Del comedor le llegó ruido de voces, y la de mamá con ese tono especial que conozco tan bien. Mira quién vino a saludarnos, es Gustavo, el hijo de Elisa. Acaba de recibirse de Abogado y ofrece sus servicios a nuestra firma, ¡qué amable! Nadie lo contrató pero siguió viniendo. En la casa todo era sonrisas. Gustavo es un muchacho serio, ya no es un chiquilín, te lleva como diez años. Con él puedes salir. Teatro, restaurantes de lujo. Clubes exclusivos... hasta un pendiente con brillantes. Además, buen mozo. Merecía un premio: se dejó besar.
Llegó con rosas rojas. Irían a cenar y, más tarde, al cine. ¿De acuerdo? Muy bien. Galante, le abrió la puerta del sport plateado. Ella rió con la boca y los ojos pensando en su adorado Jorge. Con él era diferente. Le encantaba verlo celoso pero el juego había durado demasiado, si se enteraba ella sabía que no se lo perdonaría. Hoy, sin herirlo, le diría a Gustavo que su felicidad estaba con otro; que seguirían siendo amigos, que la olvidara. Temía su reacción, sin embargo, estaba decidida. Las luces de la cristalería daban brillo al rincón discreto; sobre el mantel, los dedos varoniles buscaron la mano que tembló, nerviosa, bajo la presión. El chorro burbujeó de nuevo en la copa. Nunca antes se la había vuelto a llenar. Lo dejó hacer, necesitaba coraje para enfrentarlo, total, era la última vez.
Detectó en su propia risa una estridencia desconocida, ajena. Al tratar de incorporarse una mano la sostuvo. Flotaba entre espirales de luces diminutas que se enredaban en sus cabellos y le penetraban el cerebro. En el espejo distinguió vagamente la escena: los cuerpos enlazados, la cama deshecha, la mujer semidesnuda pringada de sudor. Le faltaron fuerzas para gritar. El gemido largo se borró en lágrimas, una arcada incontenible la sacudió, y en ese departamento de soltero vomitó su borrachera, sus ilusiones y su honra.
- Ya ves, hijita, en tu viaje de bodas vas a conocer Europa, y en primera clase. ¡Qué maravilla!
Ella cerraba los ojos y veía a Jorge, pálido, en el portal de la Iglesia. Todo lo hubiera desafiado por él. Todo, menos ese bullir en sus entrañas que debía tener un nombre y apellido que él, en su orgullo, le negaba darle. Empezó a detestar el brillo de triunfo en los ojos de su marido.
- Déjenme a solas con papá-. Entró, digna como siempre, toda de negro, con los cabellos encanecidos peinados hacia atrás. Obedientes, los hijos salieron del dormitorio. Mamá querrá despedirse. Tantos años juntos, fueron casi cuarenta. Una pareja ejemplar.
En el salón principal, entre velones y orquídeas, la gente venía a dar el pésame y mirarle la cara al difunto. Ella, sentada en un sillón de respaldo alto, recibía los saludos con un rictus en la boca que bien podía ser llanto o sonrisa.
Berta y María parloteaban en la cocina mojando el pan en el café con leche para facilitar el trabajo a sus dientes gastados. Estaban conformes con lo hecho: el muerto lucía prolijo en su traje gris, con las manos cruzadas, donde brillaba su anillo de matrimonio, y en el rostro, un tenue maquillaje, arte secreto de las dos viejas. Meneando la cabeza, con los ojillos chispeantes de excitación, Berta empujó otro pedazo de pan en la boca desdentada:
- ¿Te fijaste? No lo puedo creer. Hasta "eso" tuve que limpiarle: tenía un enorme escupitajo donde nadie se atreve a mirar.

UN RATÓN EN EL RECUERDO
. Allí está sobre la pequeña mesa de mármol blanco, al lado del vaso lleno de flores, entre dos ceniceros y una copa labrada, ese ratoncito gracioso, de bronce, con la cola apuntando al techo.
Abrí la puerta. Me hizo una reverencia exagerada. Vi su coronilla y el cabello crespo cortado cortísimo. ¿Recibe la Condesa? Seguro, eres mi vasallo preferido. Reímos, felices de encontrarnos. No quise verlo cuando me lo contaron.
Puse otro cubierto para él, a mi lado. Estuve preso. ¿Qué hiciste? Nada, tenía barba. Hablaba entrecortado, en franca oposición con el movimiento suave de las manos. Sus largos dedos dirigían una orquesta imaginaria, tal vez un vals. Les aconsejé que me dejaran en libertad para evitar el crecimiento desmesurado de la pelambrera. Sus manos oscilaban en un "pianíssimo". Sacó el recorte del diario: La solicitada reclamando el derecho a cortarse el pelo como se le antojara. Me divertía ese humor agudo, travieso. Serví vino. El sol atravesó el cristal y manchó de rosa el mantel. Mirando con aprobación el plato se dispuso a comer. Yo hice lo mismo. Un chirrido inesperado me obligó a levantar la vista: descubrí el horror de sus ojos vacíos, las manos transformadas en garfios arrastrando el tenedor fuera del plato. Un espasmo endurecía el cuerpo y quebraba su equilibrio. Le sostuve las manos: en ese momento el cuchillo era un arma peligrosa. Nunca lo había visto así, pero sabía: Epilepsia. Su palidez contrastaba con el pelo rojizo. Al limpiarse la cara con la toalla húmeda, recobrados los modales de siempre, murmuraba avergonzado un intento de disculpa. No recordaba nada. Nunca recordaba nada.
Mamá, tengo miedo. Los deditos crispados sobre la pollera azul y un temblor desesperado. No te asustes, a Papi ya le pasó el ataque. Salieron pisando platos rotos y jirones de sueños. No volvieron.
Las manos ondulan al mezclar las cartas que resbalan sobre el tapete sucio de grasa y ceniza. El humo de los cigarrillos raya de gris la sombra; el foco solitario descolgado del techo marca un círculo claro sobre la mesa y saca brillo a las gotas de sudor que engordan hasta desmoronarse frente abajo. Sus compañeros de juego se cruzan miradas de entendimiento. Ya empieza a perder. La crisis se acerca. Al amanecer, el auto se incrustó en una columna tres cuadras más allá del tugurio. No comprende por qué está en el hospital. Se asombra desde el fondo de las vendas con ojos de cachorro apaleado. No hay música en sus manos, sólo un cansancio temeroso, resaca de esa lucha interminable entre dos YO que no se entienden.
Apareció aquella tarde con un ratón de bronce como ofrenda. Sabe, Condesa, capitulé. Estoy bajo atención médica y asisto a un grupo de oración. Creo que me puedo curar... Sus manos danzaban una alegre mazurca.
La tarde lo encontró, solitario y rebelde, sobre la arena húmeda. Al alejarse, en abierto reto, sus brazadas eran alas de garza a flor de agua, en un vuelo que, con un estertor, se truncó de pronto. Cuando lo rescataron estaba hinchado y mordido de pirañas, supe que era el otro.
Por eso, no quise verlo.

MISCELÁNEA
RUBIO ÑU
El almidón caliente recibe cientos de delantales blancos, plancha y moño tricolor: todo listo para el festejo.
Me estremezco. 16. de agosto de 1869.
El llano se puebla con figuras de pesadilla. Los huesos se dibujan bajo la piel reseca, los ojos legañudos miran sin ver tras la barba hirsuta. Pies lacerados sortean penosamente bultos oscuros y hediondos, ya inmóviles por las balas o el hambre. El anciano lo sabe: no durará mucho más. Su andar suena triste y opaco en la huella ensangrentada.
Mujeres esqueléticas arrastran niños desnudos, volteando cadáveres para despojarlos de sus harapos, trozos de suela o talabartes, ansiosas por hallar en ellos algún resto de sudor o grasa que enturbie el agua y caliente las tripas. Secos, desesperados, alma y cuerpo, frente a frente, se interrogan: ¿Por qué?
RUBIO ÑU. Ondulante batallón de miserias. Ya ni quedan banderas; sus jirones chicotean las carnes amarillas de niños y viejos, arreados, atemorizados, con el mismo asombro en la mirada. Miedo y llanto borran, misericordiosamente, el horror de la muerte. Exterminio estéril ordenado por el Mariscal.
El incendio del ocaso se confunde con el de los pajonales. El enemigo arrasa y quema, sin piedad. Un humo espeso se lleva lamentos que los cerros recogen, transidos. Barre el páramo un clamor de imprecaciones y sollozos. Manos mutiladas por el fuego, con desgarrante porfía, hurgan entre las cenizas buscando los cuerpos infantiles.
Todo ha concluido. Cientos de niños inmolados. Caballero escapa con tres o cuatro hombres, sin caballo. Franco muere con 29 oficiales y 1.765 soldados. Oviedo se rinde con 36 oficiales y 1.816 soldados. El coraje no bastó, era imposible vencer.
Dice Cecilio Báez, en su libro "Cuadros Históricos y Descriptivos del Paraguay": "López, tocado de demencia, apeló al terror para sacrificarlo todo. Así fue que, cuando ya no tenía soldados, armó a los niños desde la edad de once años, no PARA HACER LA DEFENSA DE LA PATRIA, como se decía entonces, sino para concluir con la nacionalidad".
Las carretas arrastran al Mariscal y su familia en su fuga. Aún huelen a chocolate y cognac. Los boyeros mueren de hambre por conservar las bestias con vida. Órdenes del Caraí.
Vestidos de luto, un clavel y una oración sobre alguna tumba desconocida en ofrenda a la memoria de aquellos niños. Héroes, sí, no hay duda, irremediablemente, sin posibilidad de eclosionar en hombres. Aquelarre de sangre y de muerte, donde la Historia hace un alto, estupefacta.
No se haga burla del horror. Repugna festejar una matanza.
NOTA: El nombre de ACOSTA ÑU no figura en los documentos de la época. Se lo denomina CAMPO DE BARRERO GRANDE, por Resquín; ÑU GUAZÚ, RUBIO ÑU o DÍAZ CUÉ, por Centurión; CAMPO GRANDE o ÑU GUAZÚ, por O’Leary.
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lunes, 5 de abril de 2010

LUCY MENDONÇA DE SPINZI - TIERRA MANSA Y OTROS CUENTOS - Prólogo HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ / Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES

TIERRA MANSA Y OTROS CUENTOS
Autora: LUCY MENDONÇA DE SPINZI
(Enlace a datos biográficos y obras
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Edición digital: Alicante :
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2002
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de
Asunción (Paraguay), Criterio, [1987].

PRÓLOGO
Los géneros literarios que cultiva Lucy Mendonça de Spinzi (Asunción, 1932) son dos: el teatro y la ficción narrativa breve. Su pieza teatral Los desarraigados obtuvo el primer premio de Radio Charitas en 1965 y fue estrenada con éxito al año siguiente en el Teatro Municipal de Asunción. Siete años después, en 1972, su obra Bazar para cuatro actores y un fantasma ganó otro galardón de la misma emisora y, en 1986, su Cuarto mandamiento fue también premiado en el concurso de Arlequín Teatro.
Sus cuentos, por otra parte, le han merecido distinciones en dos concursos: «Tendrán que aguantarme» (1985) y «Tierra mansa» (1986).
Hija de político opositor, Lucy tuvo una larga experiencia del destierro en la Argentina y hasta llegó a ejercer el periodismo político en un diario llamado La Tribuna Liberal. Le fue dado conocer la dramática vida de exiliados paraguayos en Formosa, ciudad en que hizo sus estudios primarios y secundarios y donde se le reveló su fuerte vocación artística. Casada con un actor teatral don Ángel María Spinzi, en 1953, adquirió ella, como actriz, un conocimiento vivido, digamos, del teatro y merced a ello pudo infundir a las piezas de su propia autoría una calidad estética especialmente valiosa.
Durante varios años la escritora acompañó a su esposo en giras por las zonas ganaderas del Chaco, tanto en el norte, a la altura de Concepción como en el sur, en la divisoria fronteriza con la Argentina. De aquí su conocimiento de múltiples formas de vida no sólo en las ciudades en que residió sino en las comarcas en que ejerció su aguda observación de tipos y costumbres.
Gran lectora desde la niñez, ha viajado siempre con un equipaje estivado de libros de diversos géneros literarios, alerta la mirada escrutadora para captar el sentido de cuanto se ofrecía a su curiosidad intelectual y a su apreciación estética.
Tras una prolongada etapa de experiencias vitales en giras de teatro primero, por ciudades del Paraguay y la Argentina y luego de viajes de negocios ganaderos con su marido, Lucy Spinzi se establece en Areguá el año 1971. No olvidemos que Areguá es algo así como el Macondo de nuestro Gabriel Casaccia, porque es de esperarse que también lo sea de nuestra escritora. Y, en efecto, el escenario de muchas de sus ficciones presentes (y futuras) es Areguá. Pero no sólo esto. Areguá, como se sabe, es un centro importante de actividad cerámica y lo es en gran parte gracias a la labor de esta mujer de excepcional energía e inagotable inspiración artística.
***
El lector hallará en esta colección de cuentos una rica variedad de temas desarrollados con una técnica y un estilo de altas calidades estéticas. A veces el tema es de un populismo trágico como en el terrible relato que titula «Tranqui», o en el no menos trágico y de ambiente sórdido como «Bonifacia»; otras el asunto es de refinado intelectualismo como era «Cavilaciones» o de espiritualidad delicada como en «Desencuentro».
Lucy Spinzi exhibe una notable versatilidad en el sentido inglés de esta palabra y una no menos notable prolificidad. En el Taller Cuento Breve donde ella se destaca por su talento, por su modestia y su sosegada cortesía, no hay nunca sugestión o asunto que se plantee como posible materia de narrativa que ella no convierta ingeniosamente en ficción y someta al taller en la próxima reunión de los días martes. Sirvan de ejemplo -para dar solamente dos- una glosa a un cuento de Cortázar, «No resistas, cariño», y otra, a uno de Borges, «No te quedes, Juliana».
Aunque Lucy Spinzi se inscribió en el Taller Cuento Breve cuando ya era ella una escritora varias veces galardonada y de rica labor artística, se ganó enseguida la admiración de todos no, claro está, por su talento entonces consagrado sino por una virtud aludida más arriba (y nada común) que es la modestia. Siempre está ella dispuesta a aceptar con gratitud y de muy buena gana observaciones sobre sus escritos y no tiene ningún vano escrúpulo en cambiar aquí una palabra o allá la estructura de una frase.
Sin duda Lucy, tiene más que enseñar que aprender, pero ella sabe muy bien, precisamente merced a sus mismas dotes artísticas superiores, que un texto por bueno que sea puede mejorar un tanto cuando lo comentan concienzudamente quienes no son ya profanos en materia de estimativa literaria
Por su inventiva, por su dominio de la técnica narrativa y por la calidad de su estilo, Lucy Mendonça de Spinzi ocupa hoy un lugar de Honor entre los escritores mejor dotados del país.
HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ

NOTA PRELIMINAR
Ofrezco al lector estos ensayos narrativos de una vocación siempre pospuesta por circunstancias fortuitas, y que hoy intenta aflorar mediante el concurso, también fortuito, de personas y acontecimientos. Es así como en el taller Cuento Breve, que dirige el doctor Hugo Rodríguez Alcalá, he sido inducida con temas que dieron origen a los cuentos siguientes: «La Trampa del Maestro Piero»; «Bonifacia», y otros.
Conversando con familiares también he encontrado interés para lo mismo como en los cuentos «Consuelo de las Luces» y «El Trato» que me fueron sugeridos por mi yerno Scott Mac Donald Frame; «Tendrán que aguantarme» y «Fórmula Secreta» por otros miembros de mi hogar.
En cuanto a «No resistas, cariño»; «No te quedes, Juliana» y «Cerca del Pozo», han sido trabajos de taller glosando «El Río» de Julio Cortázar; «La Intrusa» de Jorge Luis Borges; «La Puerta condenada» también de Julio Cortázar.
Mi gratitud a quienes menciono y también a quienes omito, porque hacen posibles estos mis intentos literarios, que son una amable motivación en mis tiempos otoñales.
L. M. S.
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LA TRAMPA DEL MAESTRO PIERO
La estentórea voz de tenor del maestro herrero, Piero, quedó vibrando en el aire...
Roque hacía girar la manivela de la fragua y estaba ausente. Su mente se deslizaba en el piso de arriba de la herrería, ingrávida y feliz. Su cuerpo estaba ahí, abajo, moviéndose rítmicamente, pero sus oídos estaban sordos al aria del maestro Piero, a los vibrantes golpes en el yunque y al resoplido que su brazo arrancaba al jadeante fuelle. No percibía el fuerte olor a brasas ardientes que impregnaba la estancia, ni tan siquiera se percataba que el patrón se preparaba para la parte más delicada de su labor.
Era el momento supremo de inspiración en que después de atronar el espacio con el aria de Rigoletto y con el pesado martillo sobre el hierro al rojo en el yunque, el maestro herrero arrancaba el último haz relampagueante de chispas con el último martillazo.
Al introducir el largo hierro candente con el extremo violentamente enrojecido, en el tacho de agua, estalló el prolongado chasquido del metal al enfriarse como si protestara con furia.
Roque seguía ausente haciendo girar la manivela sin percatarse de su entorno. No atinaba a pensar en otra cosa que en lo que sucedía en el pisito de arriba. Y si no estuviera tan abstraído, sabría que el monótono movimiento de su brazo y el jadeo rítmico que provocaba su acción, pronto desencadenarían la ira italiana del maestro Piero.
Pero no. Su cuerpo estaba abajo y su alma arriba. El corazón encogido de pasión y la imaginación desbocada volando por el pisito alto, detrás de Marietta que afanándose en sus idas y venidas domésticas, hacía crujir con leves pisadas de tórtola, el cielo raso de madera de la herrería.
El maestro herrero se dispuso a introducir de nuevo el extremo del hierro, ya templado, entre las brasas que seguían ardiendo con chispas furiosas. Llegaba el momento cumbre de su inspiración. Cuando vio las chispas disparadas como fuegos de artificio, quedó con el hierro en alto y miró al aprendiz que con aire ausente seguía elevando y bajando el brazo como autómata y la mirada en lo alto de la escalera.
-¡Bestia! ¡Para ya! -gritó el patrón al abstraído jovenzuelo, mientras su rostro enrojecía como el hierro de la fragua y las venas del cogote se le hinchaban de cólera.
-¡Que pares, te digo! ¡Cretino! -le repitió a voces con marcado acento italiano.
El muchacho quedó rígido con los ojos y la boca abiertos como en una instantánea. Mientras el maestro Piero arrimaba el extremo del hierro de nuevo a las brasas, vociferó:
-Gira, ragazzo, gira. ¡Que gires, te digo, pero con suavidad, así, con suavidad...!
Roque había regresado al entorno y dócilmente obedecía las instrucciones del patrón.
El maestro se dulcificó rápidamente. Le gustaba conversar mientras trabajaba.
-Así, ragazzo. Así... Dulcemente... Para que el material esté a punto, ni muy duro, ni muy blando... Como mi Marietta... -y rió brevemente.
Mientras hablaba hacía girar hábilmente sobre las brasas el hierro que ya había empezado a tomar la forma. Ahora condujo el extremo del metal al yunque y con un martillejo mediano comenzó a darle menudos golpes. El hierro se estaba convirtiendo en una hermosa hoja de los trópicos, grande y calada.
-La mujer es como el hierro. Debes golpearla a veces duro y a veces suavemente, pero siempre haciéndola arder. ¿Comprendes?
Los golpes sonaban rápidos, nerviosos, certeros. Las manos enormes como tenazas se movían con extrema habilidad, duras, firmes, a veces con delicadeza sorprendente.
-Pero, por sobre todo, ragazzo, debes dominarla, ¡dominarla siempre!
El maestro Piero disfrutaba de su labor de orfebrería bruta y los músculos de sus brazos desnudos se henchían y encogían en un despliegue de fuerza contenida. Bajo el delantal de cuero se adivinaba el sudor que corría libremente por todo su cuerpo de gladiador del hierro y que daba al rostro curtido un resplandor que acentuaba el de la mirada inspirada del rudo artífice.
-Marietta es hermosa, firme como el hierro pero si sabes manejar la fragua puedes ablandarla como mantequilla y lograr ponerla al yunque y arrancarle arabescos increíbles. E io soy un artista... rió brevemente sin interrumpir sus martilleos. Volvió a aplicar con un leve giro el metal sobre las brasas y continuó sus comentarios:
-Por eso acostumbré a Marietta a ponerse la funda en la cabeza cuando hacemos el amor. Para inspirarme, porque soy un artista... Como habrás notado, su rostro no condice con la esplendidez de su hermoso cuerpo. Tiene la nariz ancha y los ojos muy juntos...
Mientras proseguía el maestro Piero su delicada labor golpeando certeramente aquí y allá la hoja de hierro, a veces con finura, a veces con vehemencia sobre el yunque, Roque, que hacía girar la manivela suavemente, recordó como entre nubes rosáceas de ternura, el rostro tímido de la blanca Marietta mirándole castamente de reojo.
-Así es, ragazzo. Su cara no condice con su cuerpo. La naturaleza comete a veces tonterías. Pero siempre hay modo de solucionar las cosas. El recurso de la funda es muy importante para alguien como io que exige perfección en las formas...
Dio un último golpe y sonrió con picardía al apocado aprendiz.
-Bueno -dijo tirando el martillo- é. Ya está. Es la última hoja. Ese cliente bruto quedará sorprendido cuando vea su reja. Ni se la imagina...
Roque pensó en la ofensa que el patrón imponía sistemáticamente a la dulce Marietta y quiso decírselo. Pero miró los músculos potentes del maestro Piero y calló prudentemente.
-Io terminé. -Se estaba sacando el delantal de cuero-. Tú puedes ordenar las cosas y quedas libre. Déjame todo en orden. Ya sabes cómo detesto el desorden. ¿Eh? Io daré una vueltita por lo de mi compadre Nicola para compartir una copita de vino y luego estaré listo para dar los tres golpes de martillo en el yunque, que son la señal de «guerra» para Marietta...
Guiñó un ojo al aprendiz desde el borde del tacho de agua mientras le chorreaban el cabello y la cara y el cuello en su ablución vespertina. Se lavó también los musculosos brazos y las axilas. Cuando se ponía la camisa comenzó a cantar el aria de Rigoletto mientras Roque temblaba de ira e impotencia.
El jovenzuelo ordenaba lentamente las pinzas, el atizador, los martillos y pensaba que el muy bruto volvería dentro de una hora achispado y daría tres golpes de martillo en el yunque y dócilmente Marietta se aprestaría en el pisito de arriba a hacer el amor con su marido, cubierta su redonda carita pálida con la funda de la almohada.
-«¡Animal!» -pensó Roque con rabia.
Fingió, sin embargo, atarearse con los bártulos.
La voz potente del maestro Piero atronaba entre rejas recostadas contra las paredes, hierros, esqueletos de sillas de jardín y mil objetos diseminados en caótico desconcierto, mientras acababa su precario acicalamiento.
-La donna é mobil qual piuma al vento, muta d’accento e di pensier, e de pensier, e, e di pensier -concluyó el maestro herrero haciendo retemblar el vozarrón. Satisfecho Don Piero miró al apocado jovenzuelo que se afanaba en el desorden y sonriente se despidió:
-Chao... -y salió a la calle dando un portazo.
Roque quedó mirando la puerta largamente con un manojo de varillas entre los brazos.
Observó la escalerilla maltrecha que conducía al aposento de Marietta, luego el yunque y por fin se decidió. Depositó suavemente el manojo de varillas sobre la mesa de trabajo y pausadamente caminó hasta la puerta; la abrió y miró a derecha e izquierda a lo largo de la calle; la cerró con suavidad y se acercó al yunque con paso tranquilo. Asió el martillo y levantó el brazo con fuerza. Los tres golpes estallaron rudos y nítidos en el recinto como tres petardos. Con paso sereno Roque ascendió las escaleras...
Rato después se abrió la puerta y el maestro Piero entró con los ojos encendidos y la nariz enrojecida. Su sonrisa torcida y sus ojillos entrecerrados no auguraban nada bueno. Miró la escalera con malicia y abrió la boca. El aria de Rigoletto brotó de su poderosa garganta con fuerza amenazadora. Mientras cantaba ascendía encogido como un oso hacia la alcoba. Siempre cantando se detuvo ante la puerta:
-...e di pensier...!! -remató como si estuviera en escena.
Abrió la puerta de golpe. Su mirada amenazante recorrió la mezquina alcoba.
El furor y el estupor se pintaron en sus ojos, en el rubor de ira de su rostro, en las venas del cuello, violentamente hinchadas...
No había nadie. Todo estaba en orden...
Corrió al lecho. Una hojita de papel blanca estaba posada en la colcha celeste como una paloma tímida. La leyó:
PIERO:
Me voy con Roque. Nunca más haré el amor con una funda en la cara.
Marietta

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TRANQUI
Ahora Minguí, Chingó y Morení ya nunca podrán decirme que soy «gallina». Y cuando mañana hagamos apuestas contra la pared de la terminal de ómnibus, yo sé que voy a ganar siempre; porque me animé por fin a hacer lo que debía. Ya no me dirán que no me animo a nada, porque me animé por fin. Y podré tragar el humo del cigarrillo sin toser y podré meterme en el cuarto de la Lola y desnudarla, yo mismo, para ver cómo es por dentro. Morení dice que él la vio desnuda y se ríe de mí porque tengo doce años, pero ahora soy un hombre.
En el fondo del barranco no se oye otra cosa que el agua tranquila y no se ve nada porque esta noche no hay luna.
Livoria duerme sin miedo porque yo la abracé y le dije que no se preocupara, para eso tiene a su hermano Tranquí que ya es hombre. Y ella se quedó durmiendo en nuestro catre, el mismo que compartimos desde que éramos chicos. Ahora ella tiene quince años y yo doce y me hice hombre de golpe. Me animé.
Ella ya no va a volver nunca más a la cárcel de mujeres donde estuvo metida con esas locas que ahogan a sus hijos y apuñalan a sus concubinos. Va a quedarse todas las noches durmiendo conmigo, abrazaditos y mamá va a poder decir con razón que soy rencoroso. Y soy, porque no me olvido que cuando Livoria tenía casi catorce años mamá la denunció al juez por prostitución y la metió presa hasta hace poquito, nomás.
Chingó siempre me habló de vengarme y yo no sabía cómo. Pero ahora ya sé cómo se defiende un hombre cuando le tocan a su hermana. Y ése infeliz de «Ambu’a» ya no le va a molestar más a Livoria ni mamá le va a mandar de vuelta a la cárcel de mujeres. Ahora ella se queda sin su hombre y nosotros nos quedamos tranquilos. Como mi nombre, Tranquilino. Así yo hago las cosas sin ruido.
A ver qué me dicen Minguí, Chingó y Morení cuando sepan que me saqué de encima a ese infeliz de «Ambu’á» que de noche venía y se metía en el catre con Livoria y jugaba con su cuerpo después de echarme a mí. Mamá siempre dice que Livoria «le busca» pero es mentira. Livoria siempre llora y me dice que ese tipo le da asco y que no quiere saber nada del hombre de nuestra madre y que ella Livoria, no tiene la culpa de ser más linda y más joven que mamá, que ya está vieja y fea.
Cuando mañana se hable de negocios en la terminal de ómnibus, Minguí, Chingó y Morení no me van a poder rechazar para limpiar los autos de los ricos que estacionan en la plaza, bajo los árboles, sus últimos modelos y me van a tener que prestar sus revistas de historietas y no me van a decir más que yo no tengo agilidad para ser un gran futbolista cuando sea grande, como Romerito.
No van a reírse más detrás mío porque mi mamá le mandó a la cárcel a mi hermana Livoria y yo también podré decirles a ellos que su madre se acuesta con todos los choferes y que sus hermanas no son mejores que Livoria.
Mañana voy a llevar mi cajón de lustre y nadie me lo va a poder sacar, ni de broma, porque ahora me animé y sé que tengo fuerza y que le puedo patear a cualquiera en los huevos como hice con «Ambu-á» esta noche, cuando me hice pasar por Livoria en la oscuridad y le tomé la mano peluda y le llevé al barranco.
Él creyó lo que le dijo Livoria, que no quería en el catre porque yo ya estaba durmiendo y él me siguió calladito cuando yo le tomé la mano y le llevé en la oscuridad.
Por suerte no hay luna y por suerte Livoria y yo tenemos la misma altura y por suerte él estaba borracho, así que no se dio cuenta que yo le llevaba al matadero.
En el borde del barranco le pateé los huevos con la rapidez de Romerito y le empujé y él no tuvo tiempo de decir nada y nadie se dio cuenta, porque el barranco es muy profundo y solamente yo escuché el ruido que hizo su cuerpo, allá en el fondo.
Me gusta nuestra casa de lata en el borde del barranco y el río que corre en el fondo, porque aquí uno se puede hacer hombre como Minguí, Chingó y Morení.

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CAVILACIONES
Desde anoche camino por los corredores sin poder estarme quieto. El azogue de mi conciencia excita mi cuerpo y mi voluntad sin permitirme reposo. Dormí mal y me levanté peor. Mi caserón de estilo colonial y mi elegante retiro entre libros y las amenas charlas metafísicas con mis cultos amigos, hoy me parecen prendas de un disfraz que ocultan un pobre mequetrefe enfermo de snobismo.
Eso soy yo: ¿un snob?
Sí, soy un snob que tiene hasta el lujo de una conciencia bastante activa que a veces molesta, como ahora...
Anoche venía manejando satisfecho mi coche confortable por la ruta nueva que une mi pueblo con la capital. Había una brisa preciosa que alborotaba mis cabellos entrecanos y mientras el carro corría muellamente sobre el asfalto con rumor monótono repasaba la velada. Yo me había lucido entre mis amigos. Mi sensibilidad un tanto feminoide, mis lecturas, mi piel tostada por los días de paciente exposición al sol en mi playa veraniega, mi elegante y ágil silueta deportiva a pesar de mis casi cuarenta años, habían tenido una amable acogida, como siempre, en mi círculo social. Sí, anoche estuve bien. Hablamos de Buda: misericordia sin Dios; de hinduismo: reserva de espiritualismo egoísta para la perfección interior del individuo, sin importar un bledo la agonía de millones de semejantes, muriéndose de hambre en el entorno; de la mojigatería cristiana que impele a huir del gozo y andar adustos por un mundo repleto de placeres; del optimismo marxista que confía en redimir al mundo para el mundo, por obra del hombre, sin importar un hipotético «más allá».
Sí, estuve bien.
Pero me siento mal.
Hablamos de las playas que visitamos este verano: uno fue a Punta del Este, otro a Mar del Plata, otro a Camboriú y otro, en fin, está haciendo una gira cultural por la helada Europa sin importarle la ola de frío en el hemisferio del Norte. Hablamos de precios y de restauranes que cada uno visitó en la temporada, del problema social y de la recesión económica. Y todo en el marco confortable que caracterizan nuestras amenas charlas acompañadas de bocadillos, vinos, helados, gaseosas e infusiones. Qué bien me sentí anoche...
Hasta que vi el montón de gente apiñada sobre el asfalto.
Detuve el coche y me acerqué para curiosear. Siempre pensé que una dosis moderada de curiosidad sazona la vida.
Ahora me arrepiento.
Si yo no hubiera conocido a Pedrito-Tavy, aquello hubiera sido un acontecimiento que olvidaría enseguida.
Nunca fui demasiado impresionable, de modo que no esperaba que un accidente de ruta me perturbara. Pero yo conocía muy bien a Pedrito-Tavy.
Muchas noches disminuí la velocidad y pasé a su lado sonriendo, porque lo veía venir haciendo eses por el medio de la ruta recientemente asfaltada y pensaba que ya aprendería a cuidarse. La ruta es nueva razonaba y ya se acostumbraría a andar por la banquina repleta de maleza, en estado de ebriedad y a movilizar su instinto de conservación que bien le funcionaría a pesar de ser mongólico.
Sí, yo lo conocía bastante bien a través de las historias supuestamente jocosas que de él se contaban.
Ahora esas historias me molestaban como nube de mosquitos que picaran mi conciencia.
Había hablado muchas veces con los pobladores de los alrededores para enterarme de lo que sucedía en el pueblo, y había sentido una punzada de asco cuando me relataban entre miradas maliciosas y susurros cómplices, cómo Pedrito-Tavy era llevado por los conductores de «micros» cuando estaban de jarana al almacén de don Heraclio para hacerlo beber caña, hasta que quedaba bizco, y luego lo conducían al prostíbulo de Filomena donde lo hacían desnudar ante tres prostitutas juergueras que lo manoseaban ante el mórbido disfrute de los choferes. Yo respondía a las historias con sonrisa ambigua para ocultar mi turbación.
Sí. Lo conocía bien. A él y sus historias.
Vivía con la abuela anciana que lavaba ropa a duras penas para los seminaristas y para los curas del convento cercano. Y recuerdo su cara redonda y bonachona y sus ojos beatíficos.
Solía ayudar a su abuela en las interminables idas y venidas por la banquina llena de yuyos a lo largo de la ruta, llevando ella un gran lío de ropa sobre la cabeza, que parecía aplastar su cuerpo escuálido de anciana desnutrida y él Pedrito-Tavy, con otro gran lío entre los brazos y su eterna sonrisa estúpida que a veces le envidié. Reflejaba tanta paz su sonrisa eterna de bobo... Y me paseo por los corredores de mi pulcro caserón. Intenté leer un libro y el pensamiento volaba hasta el trozo de asfalto.
En este momento, a través del Agua de Colonia con que impregné mis cabellos y mi cuello después de un baño tibio, percibo el olor a descomposición de los miles de mangos que aplastados en la tierra de mi huerto abren sus fibrosas entrañas color oro bajo el sol del Trópico de Capricornio. Las moscas y las avispas en pequeñas multitudes, pugnan inquietas sobre la jugosa pulpa. Las cigarras locas chillan sus letanías poniendo el enervante sonido monocorde en el aire. Y hoy es el tercer día que mi perra se pasa corriendo desesperada y escondiéndose en los rincones con el rabo entre piernas, seguida de una jauría de perros enloquecidos por el olor del celo.
El ardiente y tenaz viento del norte marchita la naturaleza.
Yo intento no pensar en Pedrito-Tavy.
Trato de refugiarme en Nietzsche y repudiar mi moral inútil y entorpecedora. Y medito sobre la futilidad de mis sentimientos de impotencia.
Pero vuelvo a ver la sonrisa beatífica de Pedrito, el bobo, sus ojos abiertos como mirando las estrellas, la cabeza muellemente reclinada sobre el duro asfalto, la gente susurrando a su alrededor con un grotesco respeto por su muerte, después de un desprecio total por su vida.
¿Y si después de todo Pedrito estuviera viendo algo, más allá de las estrellas, que yo no alcanzo a ver?
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TIERRA MANSA
«Yo aquí hallé sosiego.
»Aprendí de ellos, que no se apuran por nada.
»Al principio quise arreglar el huerto y cuidar el césped, reparar el tejado y remendar el reboque caído. Y los contrataba, y venían un día o dos y después desaparecían, se hacían humo. Y a veces prometían y no venían nunca...
»Recorría los barrios y hablaba con la gente y así aprendí a entenderlos. Ahora sé cómo piensan y cómo viven y hasta casi me convertí en uno de ellos».
Dio dos chupadas a la bombilla y tras el ruido de succión que anunciaba que el líquido había terminado, me sirvió un tereré que acepté para no desairarlo.
«Viven mal, pero no les importa. Su tierra se está empobreciendo cada vez más por la erosión, porque derriban los árboles de los montes para hacer sus capueras y la lluvia lava la tierra fértil. Los cerros que había eran hermosos y los bosques y el lago. Pero todo se está viniendo abajo, como las antiguas mansiones y las personas. Pero no se nota todavía demasiado, todavía...
»De unos años a esta parte hay cambios que no preocupan a nadie, ni a mí tampoco, ahora...
»El lago se está colmatando y pudriendo, los peces están siendo devorados por las pirañas; los cerros están desapareciendo a golpes de dinamita o se están convirtiendo en cárcavas rojizas; los bosques están siendo reemplazados por cítricos y capueras y cocotales y las lluvias de verano están escaseando. Las grandes lluvias erosionan las calles y los campos y lavan la tierra de cultivo. Todo se está convirtiendo en zanjones y arenales. Acá la tierra es mansa como la gente, pero se desquita lenta y secretamente devorándose a sí misma».
Le devolví la guampa y él se sirvió y siguió hablando con indiferencia.
«Pero si a nadie le importa, a mí tampoco. Yo vine pensando que acá podía hacer algo cuando me amenazaron los del gobierno por mis artículos en el diario, y cuando decidí que era preferible hacer algo dentro que fuera del país... Y me refugié en la antigua casa de mi abuela. Y aquí aprendí muchas cosas. Aprendí una filosofía popular que en mis años de universidad no podía entender.
»Al principio no me resignaba. Quise nuclear a los más cultos en un club literario pero no le interesó a nadie. Quise organizar una cooperativa de artesanos y prefirieron dejarse explotar por una institución de ‘damas de la caridad’ que les compra sus productos a precios miserables para revenderlos en ferias de beneficencia. Intenté muchas cosas... y después me tranquilicé.
»Usted pensará que están desmotivados, pero no es así. Sus motivaciones son propias y no dependen de ningún plan de ningún gobierno. Supongo que están cansados de que se les mienta. No creen en nadie más que en sus vivencias ancestrales.
»Cuando les viene la inundación y la sequía, alternativamente, sacan sus fetiches por las calles y se consuelan. Así son...»
Siguió hablando sin amargura mirando la serranía esfumada contra el azul.
«Pero si a nadie le importa, a mí tampoco. Viven su vida y no les inquieta lo que anuncian los medios de comunicación. Se desquitan en los velorios, en las procesiones, en los bailes, en los casamientos y en la caña. Ahora también toman mucha cerveza y bailan y se visten como ven en la televisión. Para eso solamente trabajan. Para vestirse. Pero viven mal, muy mal, como yo aprendí a vivir.
»Y cuando les pregunto por el último escándalo que anuncian los diarios sobre fuga de divisas, o el mercado negro, o las estafas públicas o la suba de los alimentos, se encogen de hombros y responden:
»Y qué le vamos a hacer. Todavía estamos mejor que en otras partes. Así no más tiene que ser. Todavía tenemos mango, coco, guayaba y mandió».
Me ofreció otro tereré que acepté con sacrificio para no desairarlo a pesar de la repugnancia que me producían sus pocos dientes, negros de nicotina, su aspecto desaliñado y las largas uñas de sus pies enchancletados.
«Yo le pregunté el otro día a mi compadre Catalino que cuándo iba a salir de la cárcel el tío de su mujer que está a la sombra por el desvalijamiento del Banco Nacional de Obreros y él me respondió:
»Y..., cuando todo esté tranquilo y la gente se olvide un poco...
»Entonces le averigüé cómo sabiendo como todo el pueblo sabe, que ese fulano es un ladrón público, le declararon unos días antes de meterlo a la sombra, ‘Hijo dilecto’ del pueblo y le hicieron hablar en público en la apertura de la temporada de fútbol, y me contestó:
»Sí, todos sabemos que es ladrón, pero ayuda pues a los pobres... Y nosotros somos, pues, cristianos, y sabemos perdonar...
»Acá la gente es así. Me contó don Saturnino que el tipo ése que le envenenó a la rusa para robarle su casa después de hacer un arreglo con los impuestos atrasados de la pobre mujer, mandó decir desde la cárcel que pronto va a salir y le va a arreglar las cuentas a los que le delataron, porque tiene compadre poguazú.
»La consigna es: ‘tranquilo pa...’».
Le devolví la guampa con repugnancia y le dije gracias, pensando que ya había cumplido con él lo suficiente.
Por la calle erosionada que más parecía una salamanca que calle, pasó una mujer llevando un enorme haz de leña sobre la cabeza, esquivando pozos y montones de basura y saludó:
-¡Adiooo...!
-Adiós Ña Fidelina -respondió y chupó con fruición la bombilla. Gruesas gotas de sudor le resbalaban de entre los cabellos ralos y pegoteados, por la frente y las sienes. Se secó con el dorso de la mano.
Vacas perezosas rebuscaban hierbas en el basural.
Los mangos se pudrían en el patio, las avispas danzaban sobre ellos y las gallinas merodeaban en el viejo corredor enladrillado y sucio. Una caravana de hormigas negras se afanaba en trasladar insectos de una grieta de entre los ladrillos hasta un agujero junto a la pared.
«Yo aprendía la lección. No hay que preocuparse si nadie se preocupa».
Frente al viejo caserón donde estábamos charlando, había una choza miserable de madera, cercada de tacuaras, la inevitable capuera y unos diez muchachitos andrajosos corriendo detrás de una pelota de trapo.
«Esa familia que usted ve ahí, es de doce hijos. Hasta hace unos tres años la madre era hermosa, ahora está deformada y sin dientes. Viven de la prostitución de la hija mayor, de algunas changas que hace el padre y de la ayuda de los curas.
»Esa, acá, es una familia bien constituida. Nadie trabaja en serio. Yo le pregunté una vez a su madre si no le molestaba que sus hijos mayores no tuvieran trabajo regular y ella me contestó:
»Todos son muy buenitos: o peloteá todo el día. Así somo... Qué le vamo hacer...
»El sueño de esta gente para sus hijos es que sean futbolistas. Sólo los tontos les buscan un oficio y los pretenciosos quieren para ellos un título para entrar a la administración pública y forrarse como dicen.
»Y yo ya le tomé el gusto a esta vida. No se hace mal a nadie y nadie le molesta a uno. La cosa es acostumbrarse y después es fácil porque nadie le pide nada a nadie. Vegetar no es tan malo, después de todo, y si la tierra se empobrece y la gente se empobrece, para eso está el gobierno y si al gobierno no le importa, a mí tampoco...
»Ellos son felices así como están y yo aprendí de ellos. Hasta me volví sociable. En las fiestas están vestidos a la moda Pettirossi y se saben divertir, y me aceptan...
»Hay que saber vivir...
»Al fin y al cabo cada uno hace lo que puede y de balde la gente se queja.
»Con nuestro sistema si uno no se mete con nadie, nadie se mete con uno.
»Y al menos no tenemos cuartelazos como antes. Yo aprendí eso y vivo tranquilo ahora. No cambiaría por nada mi manera actual de tomar las cosas, ni por las riquezas de los políticos y los jerarcas, que tienen que andar con guardaespaldas y todo eso... Total si roban, es problema de ellos y para eso se toman sus molestias. Yo no tengo vocación para eso y vivo, en cierta forma, mejor que ellos, al menos, sin sobresaltos. El que puede, puede... y el que no... chiá».
Le di las gracias por su tiempo y me alejé del derruido caserón con desconcierto. Había renunciado a escribir un artículo sobre el que en un tiempo había sido llamado por la prensa: «El tigre del periodismo».
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