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viernes, 11 de junio de 2010

IGNACIO TELESCA - LAS REVUELTAS COMUNERAS / Fuente: LA PROVINCIA DEL PARAGUAY, REVOLUCIÓN Y TRANSFORMACIÓN 1680-1780


LAS REVUELTAS COMUNERAS
Autor: IGNACIO TELESCA
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
.

LAS REVUELTAS COMUNERAS
Uno de los temas más difíciles de tratar en la Historia del Paraguay es el referente a las Revueltas Comuneras. En especial porque se ha elaborado una narración que se suele presentar como la única verdadera. Sin embargo, como dijimos en la bibliografía, esta versión de la historia se ha desarrollado sin una investigación seria y profunda.
Parte del problema, y aunque suene paradójico, es que existen muchas fuentes de primera mano sobre las revueltas, en especial sobre la primera etapa que va desde 1721 hasta 1725.
Por un lado el jesuita PEDRO LOZANO nos dejó dos voluminosos tomos que justamente se llaman HISTORIA DE LAS REVOLUCIONES DE LA PROVINCIA DEL PARAGUAY (1721-1735). Lozano era un jesuita contemporáneo a los hechos por lo cual de su relato se pueden sacar informaciones importantes sobre la sociedad. EFRAÍM CARDOZO señala en su monumental obra, HISTORIOGRAFÍA PARAGUAYA, que "ha de ser imposible comprender cabalmente aquel fenómeno histórico [las revueltas], hasta ahora tan poco estudiado, sin leer el alegato de Lozano, considerado como tal; sin necesidad de expurgaciones ni acotaciones".
Por otro lado, JOSÉ DE ANTEQUERA Y CASTRO también nos legó una rica documentación que se conservó de la manera siguiente. Cuando los jesuitas fueron expulsados de los territorios de la corona española en 1767, desde Madrid buscaron material para inculpar a los jesuitas y justificar su expulsión. Entre esos materiales se encuentran las obras de Antequera. Las mismas autoridades españolas que antes decretaron su muerte ahora lo rescatan y lo utilizan para su servicio. Se editaron cuatro tomos con la Colección general de documentos que fue publicada en Madrid en 1769 en la Imprenta de la Real Gazeta. El que nos interesa es el tercero de estos tomos que contiene primeramente el "Memorial Ajustado de los Autos y hechos de la Provincia del Paraguay, remitido por la Real Audiencia de la Plata al Excmo. Sr. Marques de Castelfuerte, Virrey del Perú, en defensa de las operaciones del Sr. Pesquisidor D. Josef de Antequera y Castro"; además las dos cartas de Antequera escritas al obispo auxiliar Fray José de Palos. A estas dos obras se le añade la "Copia del Informe, que hizo en la Villa del Potosí el General D. Mathias de Anglés y Gortari, Corregidor que era de ella, sobre los puntos que han sido causa de las discordias sucedidas en la Ciudad de la Asunción, de la Provincia del Paraguay, y motivaron la persecución de D. Josef de Antequera de parte de los Regulares de la Compañía".
Los dos tomos de Lozano se publicaron en Buenos Aires, en 1905 por Edición Cabaut. Del primer tomo hay una edición paraguaya hecha en Asunción por Cromos en 1986. Las cartas de Antequera fueron publicadas en una edición facsimilar en Asunción en 1983 por Cabildo Editora, y el informe de Anglés y Gortari también en Asunción en 1896 por Uribe bajo el título Los jesuitas en el Paraguay. El memorial se encuentra en la muy útil Biblioteca Virtual del Paraguay (www.bvp.org.py ). Es decir, contamos con todas estas fuentes a mano.
Pero exactamente la cuestión es que éstas son las fuentes con las cuales el historiador tendrá que construir su historia. No se trata de tomar partido por uno o por el otro, ni siquiera de buscar ese justo medio. Sino hay que tomar esos escritos como parte del material con el cual escribir. Es imposible comprender la revuelta de los comuneros sólo con ese material. Estos libros no nos dicen nada, por ejemplo, de la población del Paraguay, de la distribución de la tierra o de la vida de los esclavos e indígenas. Sólo por citar algunos temas que estuvimos viendo.
Es por seguir demasiado a rajatabla estas obras que se han tratado las revueltas comuneras como una confrontación entre la Compañía de Jesús por un lado y los comuneros por el otro; son pocos los que han visto el conflicto dentro de un contexto social y económico, podemos citar a Juan Carlos Garavaglia, y menos aún los que pensaron el problema ubicándose en el lugar del indígena, como Branislava Susnik.
Hay que reconocer que tampoco es un tema sencillo, ya que las revueltas tienen dos etapas: la primera durante el GOBIERNO DE ANTEQUERA, entre 1721 y 1725; y la segunda cuando MARTÍN DE BARÚA, quien había sucedido a Antequera, deja su gobierno, en 1730 y que durará hasta 1735 en que BRUNO DE ZAVALA entra nuevamente en Asunción. Vayamos de a poco, despacio y con buena letra.

PRIMERA ETAPA, ANTEQUERA EN EL GOBIERNO
El 6 de febrero de 1717 entró a gobernar don DIEGO DE LOS REYES BALMACEDA, "día verdaderamente aciago para la triste provincia, si se atienden las resulta" diría el jesuita Pedro Lozano, en una expresión que ya se hizo famosa.
Sin embargo la historia debería comenzar bastante antes. Balmaceda, andaluz de nacimiento, ya llevaba veinte años viviendo en la provincia y estaba casado con Gregoria Benítez. Ella era: sobrina de Blas de Silva, sacerdote jesuita que llegó a ser provincial entre 1706 y 1709; sobrina también de otro sacerdote jesuita, Pablo Benítez, quien fue superior de misiones entre 1721 y 1723; hermana de Andrés Benítez, Fiel Ejecutor desde 1702; cuñada de Martín de Chavarri, miembro del Cabildo desde 1711 hasta 1731; y cuñada también de Ramón Caballero Bazán, miembro del Cabildo desde 1706 hasta 1722. Como podemos ver, Reyes Balmaceda, a través de su esposa, estaba inserto dentro de las familias más poderosas de la época.
A principios del siglo, Reyes Balmaceda ya instalado en Asunción se dedicaba al transporte de yerba hacia Buenos Aires en dos barcos que poseía. Como la yerba mate tenía un precio bajo en Santa Fe, mercado en donde sí o sí tenía que pasar este producto, el Cabildo resolvió en 1705 reducir el número de barcos que descendieran a dicha ciudad.
Ciertamente, Reyes Balmaceda se veía perjudicado en su negocio por lo que ideó una estrategia para no verse obligado a tener que someterse a los turnos dados por el Cabildo asunceno. Les propuso entonces a los ministros de la Real Hacienda en Buenos Aires que él bajaría en su barco lo recaudado de los impuestos para la corona en forma gratuita a cambio de no someterse a los turnos dados.
Para los ministros fue una idea genial ya que ellos se ahorrarían el pagar el flete, sin embargo, el Teniente General de Gobernador del Paraguay JOSÉ DE ÁVALOS Y MENDOZA se opuso terminantemente. José Ávalos fue miembro del Cabildo asunceno desde 1693 hasta 1722, pero a partir de ese año de 1705 acérrimos enemigos entre los dos.
Reyes Balmaceda se dio cuenta de que se debía incorporar al Cabildo para poder tener poder de decisión y no haberse afectado en sus intereses. En 1707 entra a formar parte de dicha corporación como Alcalde Provincial, puesto que conservó hasta su nombramiento como Gobernador.
Ya habíamos visto cómo don ANTONIO VICTORIA tenía que haber sucedido a BAZÁN DE PEDRAZA, pero que había conseguido el derecho en el caso que él no pudiese asumir tuviese la potestad de nombrar a su reemplazante. Sabemos que el elegido fue nada más ni nada menos que don Diego de los Reyes Balmaceda a cambio de una cierta cantidad de yerba, la cual no habrá sido poca. En teoría Reyes Balmaceda no podría haber sido designado Gobernador ya que no sólo era residente en Asunción sino casado con una asuncena. Sin embargo, consiguió un permiso del Virrey que lo dispensaba de este defecto y entró a gobernar.
La historia nos cuenta que el nuevo Gobernador comenzó a dividir al Cabildo y en 1719 puso en prisión a su enemigo JOSÉ DE ÁVALOS Y MENDOZA junto a JOSÉ DE URRÚNUGA, otro cabildante. Al primero también le embargó todos sus bienes. Las protestas llegaron hasta Charcas (por parte de la madre de Ávalos), y entre idas y vueltas se envió a JOSÉ DE ANTEQUERA Y Castro como juez pesquisidor, quien se desempeñaba en la Audiencia como Protector de Naturales. Llega a Asunción en julio de 1721 y en seguida se pone a realizar su trabajo y encuentra que las acusaciones contra Reyes Balmaceda tienen asidero, lo suspende en su cargo y Antequera lo asume haciendo uso del título que la misma Audiencia le había dado.
La Real Audiencia recibe la acusación contra Reyes Balmaceda a quien se lo acusaba civil y criminalmente en seis capítulos. Éstas eran las denuncias que venía a comprobar su veracidad Antequera y Castro. Aunque pueda parecer un poco largo, quisiera copiar textualmente estas denuncias porque no sólo nos hablan del gobierno de Reyes Balmaceda sino que también nos permiten comprender como era la situación en la provincia por esos años. Porque lo que ocurría con Reyes, también había pasado con el resto de los gobernadores, y de ahí las quejas constantes de los cabildantes. Vamos entonces uno por uno estos seis capítulos.
"El primero, porque faltando a la fidelidad y religión del juramento, luego que entró a dicho gobierno, había movido guerra contra los indios infieles, de nación payaguás, que estaban de paz, y avecindados, bajo de la Real palabra, en el paraje que les señaló, distante media legua de la Asunción, a la orilla del río, sin haber precedido los requisitos, y consultas necesarias, asistiendo estos indios en cuanto se les ofrecía a los españoles, así en la guerra contra indios enemigos, como en todos los demás ministerios que les ocupaban; y que sin haber dado motivo dichos payaguás, pasó el dicho gobernador una madrugada con más de 400 soldados de a caballo, y con otros 100 y cinco chalupas, por el río, acometió a dichos payaguás, e hizo muertes de cerca de 1000 personas, que las más fueron mujeres, niños y viejos, y sólo se escaparon con la fuga los varones crecidos, habiendo apresado sólo, entre niños, y mujeres de 60 a 70 personas; y no contento con tan cruel estrago, dio orden para que pasasen a cuchillo a algunos indios de esta nación payaguá, que andaban divertidos por las haciendas, comprando maíz y otros frutos para su sustento y el de sus mujeres, sin haber experimentado más resistencia que la de un indio, que viendo había muerto a su compañero, dio muerte con un dardo que llevaba a un soldado del gobernador; y después de tan lamentable destrozo, había pasado a fulminar causa contra dichos payaguás, induciendo para este fin testigos falsos, y buscando pareceres, y firmas de cabos militares, y de los Reformados, ajando con palabras injuriosas a los que no quisieron firmar: de cuya injusta guerra se habían seguido graves daños, por las muertes que habían hecho los payaguás que escaparon, en venganza de la pasión de este gobernador, principalmente a los Padres Jesuitas, que fueron Blas de Silva, tío de la mujer de dicho Gobernador Reyes, y Joseph Mazo; con los indios que les llevaban las balsas, y también habían ejecutado otras muertes, y tenían infestados los caminos, así de tierra, como de río, y estaba expuesto a gran peligro el comercio de aquella Provincia, el que antes estaba con la mayor seguridad, de que había resultado grave daño a toda aquella Provincia, pues se veía precisados a una continua vigilancia y guardias, en que eran gravados los vecinos a su costa, sin poder atender al trabajo, de que dependía su sustento.
"El segundo capítulo se redujo a que también el dicho Gobernador ha destituido los Pueblos de los indios cristianos, por haber sacádolos para sus utilidades y tratos, teniendo 200 indios por espacio de más de dos años en el beneficio de la yerba, quedando destituidos dichos Pueblos, por no haber dichos indios podido cultivar sus tierras y campos, quedando sus mujeres, e hijos expuestos a perecer; y no contento con estos agravios, pasó personalmente con motivo de la visita de una nueva población de españoles, llamada Curuguaty, a conducir la referida yerba, obligando a los vecinos de la dicha población al transporte de ella hasta el embarcadero, sin pagarles un real por su trabajo; y lo mismo sucedió a muchos cabos reformados que llevó para escolta de su persona, que todos hubieron de perecer en la conducción de la yerba que trajo en cinco barcos, y dos balsas, por haberles faltado los bastimentos, en que padecieron gravísimo perjuicio muchos indios de los cristianos, pues tuvieron imponderables trabajos en tanto tiempo, sin pagarles un real por su salario, manteniéndose sólo de frutas de árboles, y raíces silvestres; y viendo los rigores del gobernador, dejaron muchos su origen, mujeres e hijos, esparciéndose por diferentes partes de toda la Provincia, de que resultaba una perniciosa consecuencia; porque viendo los demás indios de aquella Provincia la crueldad ejecutada en los payaguás, y la tiranía con que trataban a los reducidos, se conspirarían todos contra los españoles.
"El tercero capítulo se redujo al de trato y contrato contra las Leyes Reales, perjudicando gravísimamente al comercio de aquella Provincia, pues por cuenta de dicho gobernador se atravesaron dos memorias de ropa, la una a un francés, llamado Francisco Noved, en ocasión de que se había acabado de publicar una Real Cédula para la expulsión de los franceses; y la otra de géneros de mercancía de Don Manuel de la Sota, vecino de la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, que habiendo pasado al Paraguay a vender sus géneros, se los había comprado dicho gobernador; y para dar expendio a estos géneros, mandó embargar todas las tropas de yerba, que venían de los beneficios, en el paraje que llaman los Ajos, y bajo de este embargo se conducía a su casa, en donde la trocaba por otra yerba dañada que tenía; y a otros les pagaba su yerba en ropa, con grave perjuicio de los interesados, pues la daba a los precios que él quería, y negando licencias a los beneficiadores para pasar a los herbajes, sino es comprándole su ropa, de que se habían seguido gravísimos perjuicios de todo el común de aquella Provincia.
"El cuarto capítulo fue haber impuesto, de su propia autoridad, una nueva sisa gabela [impuesto] sobre las embarcaciones de aquel comercio, pues con el pretexto de la guerra, a los barcos grandes agravó en que le contribuyesen 400 pesos, y a los pequeños 200 por concederles licencia para navegar; y también había prorrateado cantidad determinada de vacas, caballos y herramientas a los demás vecinos, con pretexto de la defensa, siendo para utilidad propia; y que en el paraje de los Ajos compelió a los traficantes a que de cada tropa contribuyesen por cada 20 cargas tres arrobas de yerba, que corresponde a 30 por 100, en cuyo cargo era comprendido Don Joseph Delgado, Teniente General de dicho gobernador, que se costeaba de esta gabela, y también tenía el delito de trato, y contrato, pues lo había ejercido en la Villa Rica, en donde era superintendente; y que allí mandó, o a lo menos permitió matar a un indio cristiano de un balazo, habiendo dejado ir libre al soldado que cometió esta muerte.
"El quinto capítulo fue el haber entrado a aquel gobierno, sin dispensación de la naturaleza, estando tan emparentado por su mujer en aquella Provincia con el Protector de los Naturales, y con otros Regidores, de que resultaba gravísimo daño a los indios indefensos.
"El sexto capítulo fue tener cerrado el comercio de aquella Provincia con las demás, sin permitir, ni la correspondencia de cartas, teniendo puestos guardias en todos los caminos, para que las que saliesen de aquella ciudad, las registrase primero dicho gobernador; y las que entrasen, se las llevasen las guardias a casa de dicho gobernador, en donde sólo repartía las cartas que le parecía, a fin de impedir los recursos a los Tribunales Superiores".
Previamente habíamos visto informes quejándose al rey del sistema de compra del puesto de gobernador por todas las consecuencias negativas que traía. Si las acciones de Reyes Balmaceda no fue su modelo, es sin lugar a dudas el mejor botón de muestra.
En los capítulos que se le ponen a Reyes Balmaceda se ve reflejado todo el drama de una provincia pobre que vive casi exclusivamente del comercio de la yerba mate extraída fundamentalmente por los indígenas de los nueve pueblos. Ambos grupos, el de Reyes Balmaceda-Benítez y el de Avalos-Urrúnaga tenían los mismos intereses económicos, con la diferencia que los primeros ahora tenían el poder.
Si para nuestra comprensión de las revueltas comuneras los capítulos segundo al cuarto son centrales, y desgarradores, en su momento a la Audiencia de Charcas le resultó capital el primero y último. Seguramente porque con estos dos no quedaban atrapados en las disputas internas de la élite paraguaya. Los oidores de la Audiencia sabían que las quejas corrientes contra los gobernadores eran de este estilo en donde el fin no era defender las vidas de los indígenas, sino más bien no permitir que otro grupo se hiciese con todo el beneficio del comercio.
Por otro lado, sabemos que al concluir cada gobierno se le realizaba al gobernador un juicio de residencia, es decir, se hacía una investigación sobre su actuar en el puesto. A Reyes Balmaceda no le faltaba mucho para concluir su mandato por lo cual intentaba que este juicio que ahora le hacía la Real Audiencia quedase para el juicio de residencia. Es lo que procura Reyes Balmaceda y en el ínterin poder transportar su hacienda "como había hecho, a diferentes provincias, especialmente a Jujuy, en donde tenía gran porción de yerba para remitirla a estas provincias", dice el mismo Memorial. En Jujuy vivía su hijo, Carlos de los Reyes Balmaceda.
Todas estas acusaciones son las que viene a investigar Antequera, nombrado para tal misión por la Audiencia el 11 de enero de 1721. Llegó al Paraguay el 23 de julio de ese año y un mes más tarde comenzó la sumaria. Ahora es el grupo de Avalos el que se hace dueño de la situación y logra que el gobernador y su grupo no estuvieran en Asunción durante la declaración de testigos.
Hecha la averiguación sumaria y escuchados todos los testigos, la acusación queda probada. Interesante es notar que en toda esta primera parte del Memorial ajustado los jesuitas apenas si son mencionados como de referencia. En ningún momento se los relaciona en alguno de los seis capítulos. Es más, se trae a colación al jesuita Blas de Silva, tío de la esposa de Reyes Balmaceda porque él fue uno de los asesinados una vez que los payaguá se hubiesen puesto en plan de vengar la muerte de sus hermanos.
Esto es importante mencionarlo porque la historiografía ha insistido mucho en que las revueltas fueron una lucha entre comuneros y jesuitas. Si bien ambas partes estuvieron involucradas más adelante, no fue esto, ni mucho menos, lo que originó el conflicto. Como vimos por los capítulos, las razones eran de índole fundamentalmente económicas y que hacían a la relación de miembros de la élite asuncena.
Luego de haber comprobado que las acusaciones eran ciertas, Antequera abrió el sobre que la Audiencia le había dado (con la instrucción de abrirlo sólo si eran ciertas las acusaciones) en el cual estaba inserto el nombramiento de Antequera como justicia mayor de la Provincia del Paraguay interinamente.
Esta cuestión será una de las más debatidas, saber si la Real Audiencia tenía la potestad para nombrar un gobernador o no. De hecho, el Virrey no estará de acuerdo. Por otro lado, y ya es motivo de especulación, no se sabe a ciencia cierta si Antequera sabía previamente el contenido del sobre. Sería muy raro que siendo miembro de ese colegiado no estuviera al tanto del mismo, pero oficialmente no sabía.
Igualmente en el mismo Memorial se recoge esta anomalía, "lo que parece ser contra lo resuelto en la Ley Real, que prohíbe el que entren en los cargos de pesquisados los jueces pesquisidores, so pena de la nulidad de todo lo que actuaren, y las demás que en ellas se contienen”. La defensa de Antequera es que esta prohibición no tenía efecto en ministros que fuesen togados, ya que no se podría aplicar esto "en aquellos que son dignos de especial nota y mención". Es claro que lo que no se pudo resolver en aquella oportunidad es muy difícil que lo logremos nosotros, pero es importante señalar que ya en esos momentos existía la disputa.
Antequera asumió el gobierno el 14 de septiembre de 1721, puso en prisión a Reyes Balmaceda, le confiscó los bienes y tres días más tarde escuchó su testimonio, argumentando capítulo por capítulo. Una vez más el tema jesuítico no aparece en estas declaraciones de Reyes Balmaceda.
Antequera, una vez que asumió el gobierno, tampoco podía mantenerse ajeno a los mismos problemas de la élite que había enfrentado Reyes Balmaceda. De hecho, en los cuatro años que estuvo no sólo repartió mercedes reales, las que ya vimos y a quienes, sino también repartió encomiendas. Del volumen 419 de la sección Nueva Encuadernación del Archivo Nacional de Asunción hemos elaborada la siguiente lista.
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Tabla VII
Encomiendas otorgadas por don
José de Antequera y Castro, 1722-1725
Fecha / Destinatario / Cantidad de indios
18/3/1722 - Capitán don Miguel de Garay - 7 indios originarios
19/6/1722 - Capitán José de Melgarejo - 9 mitarios de Itá
2/12/1722 - Sargento Mayor Miguel de Saldívar - 19 mitarios de Caazapá
24/2/1723 - Castellano Andrés de ¿? y Zárate - 12 mitarios de Caazapá
16/3/1723 - Don Diego Ponce de León y Zárate - 55 mitarios de San Ignacio
16/3/1723 - Juan José de Villamayor - 2 originarios
31/3/1723 - Don Ignacio de las Cuevas - 15 mitarios de Atyrá
2/4/1723 - Sargento mayor Francisco Moreno - 26 mitarios de San Ignacio
21/6/1723 - Teniente maestro de campo general Bernardo de Villamayor - 2 indios originarios
6/10/1724 - Sargento mayor Antonio González García - 24 mitarios de Itá
4/11/1724 - Alférez Antonio Báez - 34 mitarios de Caazapá
23/12/1724 - Sargento mayor José de ¿? - 10 mitarios de Guarambaré
24/12/1724 - Teniente Juan Duarte - 27 mitarios de Caazapá
29/12/1724 - Capitán don Juan de Orrego, regidor - 2 indios originarios
14/2/1725 - Capitán Don Juan Riquelme de Guzmán - 18 mitarios de Yaguarón
26/2/1725 - Capitán José de Rodas - 5 mitarios de Altos

Como podemos apreciar, Antequera y Castro continuaba con la misma lógica de los anteriores gobernadores, como no podría ser de otra manera. Los beneficiarios eran fundamentalmente personas con rango militar y miembros de la élite.
Por otro lado, cuando ya todo le hacía prever a Reyes Balmaceda que la sentencia definitiva iría en su contra, se escapa de su prisión domiciliaria el 15 de abril de 1722. Acá concluye la primera dase de la primera etapa de las revueltas comuneras.
No es difícil ver en este proceso un típico conflicto de intereses políticos y económicos entre distintos grupos de la élite del lugar. Incluso conflicto a nivel gubernamental entre la Real Audiencia y la autoridad del Virrey. Todo hubiese sido nada más que esto, un mero conflicto, si no fuera porque Reyes no se dio por vencido. Y apoyos no le faltaban, al punto de contar con Reales Cédulas a su favor, del 28 de junio de 1722 y del 5 de mayo de 1723.
Estando en la huída le llegó un despacho del Virrey en donde le manda que siga en su cargo de Gobernador. De esta manera emprende el camino de regreso, deteniéndose en las misiones jesuíticas, recordemos que el superior de las mismas en esos años era Pablo Benítez, tío de su esposa. Sin llegar a Asunción le escribe al Cabildo para que lo aceptasen nuevamente como Gobernador, pero este órgano prefiere no responder acusándolo de reo.
Reyes Balmaceda vuelve sobre sus pasos, termina refugiándose en Corrientes, y de ahí es prendido (otros dirán raptado) el 21 agosto 1723 y llevado a Asunción donde permanece en la cárcel hasta dos años más tarde.
La Compañía de Jesús que no había aparecido en escena hasta ese momento, vistos los despachos del Virrey da todo su apoyo a la autoridad central. De hecho el Virrey le pide soldados de las misiones para acompañar a Baltasar García Ros en su viaje a Asunción para detener a Antequera. García Ros había sido ya gobernador interino de Paraguay entre 1705 y 1707 y también gobernador de Buenos Aires una década más tarde.
Se arma dicho ejército, pero son derrotados el 25 de agosto de 1724 en la batalla del Tebicuary. Es ahí entonces que Bruno de Zavala, gobernador en Buenos Aires, asume el mando de la misión pero él sí pudo entrar en Asunción y si bien liberó a Reyes de la cárcel no lo reinstaló en el gobierno sino que puso como tal al Teniente General de Santa Fe, MARTÍN DE BARÚA.
En esta segunda fase de la primera etapa de las revueltas sí están involucrados los jesuitas. No sólo porque los asuncenos los veían como los principales instigadores, sino que al estar al frente de las milicias misioneras estaban en el mismo frente de batalla. Cuando GARCÍA ROS es derrotado el principal botín que le sacan es un cofre lleno de cartas de los mismos jesuitas o de los jesuitas entre sí: en total se confiscaron 321 escritos.
Sin embargo, ya en las Actas Capitulares de 1722 se pueden leer las primeras diatribas contra la Compañía, acusan a las misiones de vender más de 12.000 arrobas de yerba como le había fijado la corona, y por tal razón el precio de la yerba en Santa Fe está cada día más bajo. Al año siguiente, al narrarle las penurias que pasa la Provincia debido a la cantidad de indios encomendados fugados y a la necesidad que tiene de defender las fronteras, le solicitan al rey que los indígenas de los pueblos bajo el control jesuítico también puedan ser encomendados.
Una vez que García Ros instaló su tienda en la otra margen del Tebicuary, con el ejército misionero, las imágenes de la anterior, y poco agradable, entrada de los guaraníes misioneros en Asunción en los tiempos del obispo Bernardino de Cárdenas, pulularon en el imaginario de la ciudad y los jesuitas fueron expulsados de su colegio asunceno en agosto de 1724.
Ya ahora no sólo estaba en juego la cuestión política, sino que la intención era también hacerse de los cuatro pueblos y encomendar a los indígenas a los vecinos de Asunción. Al día siguiente de la batalla del Tebicuary, el Cabildo reunido plantea de hecho que se expulse a los jesuitas de las misiones, que se pongan curas seculares, y que los indígenas estén encomendados al servicio de los españoles. Según Lozano, ciento cincuenta indígenas de las misiones traídos a Asunción fueron repartidos entre los partidarios de Antequera.
Antes que BRUNO DE ZAVALA entre en Asunción en abril de 1725, Antequera se escapa de la ciudad conjuntamente con algunas personas principales, entre los cuales estaba JUAN DE MENA quien había sido miembro del Cabildo, Alguacil Mayor, desde 1715. Zavala nombró como gobernador a MARTÍN DE BARÚA, quien se desempeñaba como teniente en la ciudad de Santa Fe. Antequera por su lado se entregó a la Real Audiencia quien se desentendió de él y lo derivó preso a Lima donde finalmente fue ajusticiado el 5 de julio de 1731.

INTERREGNO DE MARTÍN DE BARÚA
El gobierno de Martín de Barúa si bien calmó las aguas tampoco significó un golpe de timón. De hecho, Bruno de Zabala no realizó ningún 'castigo ejemplar' y continuaron en sus puestos los cabildantes aunque repuestos los que habían sido excluidos, y a Reyes Balmaceda se lo sacó de la cárcel pero no se lo volvió a nombrar. Es decir, para Zabala esta primera etapa tampoco significaba una perturbación demasiado grande ni demasiado diferente de lo que sucedía en otras partes.
Pareciera que el nuevo gobernador simpatizó rápidamente con las posiciones de los cabildantes respecto a que los indígenas de los pueblos jesuíticos tuviesen que ser encomendados a los vecinos asuncenos.
En la segunda carta que JOSÉ DE ANTEQUERA Y CASTRO le escribe al obispo del Paraguay fray JOSÉ DE PALOS el 30 de enero de 1728 transcribe otra carta del gobernador del Paraguay, don Martín de Barúa dirigida a los jesuitas de los cuatro pueblos "más inmediatos a esta ciudad [Asunción]" fechada el 28 de enero de 1726. En la misma se queja del proceder de los indígenas los cuales viven en esos pueblos y da como ejemplo lo que le sucedió justamente al comisario de la caballería, don IGNACIO DE OLAZAR, a quien los indígenas se abalanzaron para matarlo, lo que no sucedió pues Olazar pudo defenderse. Este Ignacio de Olazar poseía una encomienda de indios del pueblo de San Ignacio desde 1717.
La carta no avanza más que mostrar el mal comportamiento de los indígenas, pero no deja de llamar la atención que hayan tenido dicho actuar con un encomendero a quienes indígenas del pueblo de San Ignacio le tributaban. Esto se ve confirmado por la carta que le envía el gobernador Barúa al Rey el 8 de agosto de 1726. En la misma le comenta que luego de haber visitado a los pueblos de indios a cargo de los franciscanos y de los clérigos seculares ha suspendido la visita a los que estaban a cargo de la Compañía "por las circunstancias acaecidas en esta provincia" ya que, informa el gobernador, "...aunque todo quedó sosegado, los dichos indios proceden siempre a manifestar deseo de ocasionar nueva novedad como bárbaros, y habiendo de llevar en mi compañía para dicha visita a los vecinos de esta ciudad encomenderos del pueblo de San Ignacio del cargo de dichos padres, he tenido por conveniente suspender y no continuar la dicha visita de dichos pueblos...".
Piensa Barúa que los indígenas podrían llegar a insolentarse y sus temores los fundamenta en la "inobediencia que están ejecutando a las órdenes que tengo despachado para que acudan con las mitas a sus encomenderos... y no ha habido medio conseguirlo, hallándome con repetidas representaciones de los encomenderos...". Esta carta se relaciona con la citada anteriormente, y si bien el Gobernador no da cuenta al Rey del incidente con Olazar, es muy posible que sí haya ocurrido. Por otro lado, queda claro también que para estos años aún existían en San Ignacio indígenas que tenían que tributar a encomenderos particulares, aunque al parecer, no cumplían con dicha obligación.
MARTÍN BARÚA no sólo hace referencia a la situación de San Ignacio, sino que en una siguiente carta dirigida al rey, fechada un día más tarde a la anterior, el 9 de agosto de 1726, le propone algo más audaz. Teniendo en cuenta que los vecinos están ocupados en la defensa de sus tierras de los enemigos infieles le pareció conveniente que el rey "... ordenase a los numerosos pueblos de indios que doctrinan los religiosos de la Compañía, especialmente los cercanos a esta ciudad, que se mantienen sin pensión ninguna, cada uno de ellos contribuyesen por mitas alguna parte de sus indios, y estos se repartiesen a los vecinos para sus labranzas y útiles de su conservación pagándoles su trabajo según ordenanzas de este país...".
Para el Gobernador no sólo se beneficiarían los vecinos, ya que sus sementeras serían trabajadas, sino que también los mismos indígenas puesto que gozarán de libertad y se "harán más tratables, de la brutalidad en que se halla" gracias al contacto con los españoles. Además, de esta manera, la Provincia "volverá algo en el ser de su primera fundación".
Esta propuesta de Barúa llegó a Madrid el 4 de noviembre con el resto de sus cartas y el Fiscal da su parecer contrario a la misma, incluso afirma de parecerle despreciable la proposición, pero sugiere que se pidan informes. Se le pide al gobernador de Buenos Aires, don Bruno de Zabala, y éste se posiciona en contra de lo solicitado por su colega del Paraguay. Zabala no cree que se utilicen para la labranza sino que serán enviados a los beneficios de la yerba, además sostiene que los indígenas cuando no están controlados están más propensos al desenfreno. Para apuntalar esta afirmación Zabala pone como ejemplo lo que sucede con los indígenas que están bajo el control de los franciscanos. Finalmente el Rey, siguiendo el parecer del fiscal y del Gobernador de Buenos Aires, emite una Real Cédula el 27 de agosto de 1730 dirigida al Gobernador de Paraguay en donde le ordena y manda "que ahora no es conveniente la contribución de mitas que solicitáis, sino que se mantengan los indios en sus doctrinas, o a la vista de los curas". En la misma Real Cédula menciona como razón: "... que sacando los indios de sus pueblos, sin grave urgencia, con dificultad vuelven a ellos, siguiéndose de esto el que se hacen al monte donde continuando sus idolatrías, olvidados de la religión católica, como lo ha enseñado la experiencia, en una parte del pueblo de San Ignacio que es la única que está sujeta a pagar la mita".
Si bien puede parecer un tema puntual la relación de Barúa con las encomiendas de San Ignacio, es importante para comprender que el control real de la Provincia del Paraguay concluía a orillas del Tebicuary. No sólo el río era una frontera 'económica', los asuncenos no tenían acceso a la mano de obra indígena que vivía en los pueblos bajo el control de la Compañía de Jesús, sino que al concluir la primera etapa de las revueltas comuneras los 30 pueblos jesuíticos pasarían a estar bajo la jurisdicción del gobierno de Buenos Aires.
Apenas terminada esta primera etapa de las revueltas se embarcó para Madrid el sacerdote jesuita Jerónimo Herrán, quien cumpliría la función de Procurador General por la Provincia del Paraguay ante el Rey de España. En su primer memorial, escrito el 21 de enero de 1726, Herrán le suplica a su majestad que "mande se agreguen las dichas Reducciones del Paraguay al mando y jurisdicción del Gobernador de Buenos Aires". A través de la Real Cédula del 6 de noviembre de 1726 el Rey resuelve que "en el ínterin que no mandare otra cosa estén en el todo las 30 Reducciones de indios del cargo de la Compañía en el distrito del Paraguay bajo del mando y jurisdicción del Gobernador de Buenos Aires, con plena y absoluta inhibición del Gobernador y Justicia del Paraguay".
Esta Real Cédula recién llega al Cabildo Asunceno el 21 de marzo de 1729 y es obedecida como de costumbre. Pero el 6 de abril el gobernador Martín Barúa le escribe al gobernador de Buenos Aires acerca de los "grandes inconvenientes inevitables que pueden sobrevenir de la perseverancia de esta real disposición". Lo fundamental que señala el Gobernador es que "la única entrada para los comercios y comunicaciones es por el camino real que pasa por el pueblo de indios de San Ignacio y de los otros tres inmediatos,... llave y guarda subordinada y arreglada de este gobierno", por lo que si pasan a otra jurisdicción ese control se perdería con los perjuicios esperables para la provincia.
El gobernador de Buenos Aires entonces, y haciéndose eco del pedido de Barúa, declara el 27 de septiembre de 1729 que el Gobernador de Paraguay "pueda en los cuatro referidos pueblos [San Ignacio, Santa Rosa, Santiago y Nuestra Señora de Fe] continuar como hasta aquí en dar aquellas providencias y órdenes que tuviere por convenientes para el gobierno de aquella provincia".
Sin lugar a dudas se puede intuir que la verdadera razón del gobernador Barúa no sólo era el salvaguardar el comercio de la provincia sino el asegurarse que esos cuatro pueblos estén bajo su jurisdicción para que puedan ser encomendados, como le había ya solicitado al Rey. Recordemos que para estas fechas aún Barúa no tenía respuesta de Madrid a su pedido, el cual se firma el 27 de agosto del 1730.
Sin embargo, en 1730 se iniciará la segunda fase de las revoluciones comuneras y de hecho nunca se llevará a la práctica esta sujeción de estos cuatro pueblos al gobierno del Paraguay
y se seguirá recurriendo al gobierno de Buenos Aires para la confirmación de Justicias y demás dependencias.
Martín de Barúa hace suya también algunas luchas de los antequeristas. Ya hemos visto como él mismo sugiere al rey que los indígenas de los cuatro pueblos cercanos a Asunción fuesen encomendados a los vecinos. También da largas razones a la reinstalación de los jesuitas a sus colegios, quienes pueden hacerlo en 1728 bajo ultimátum del virrey.
Quizá fueron precisamente en estos cinco años de gobierno de Barúa que la comunidad asuncena pudo asumir e internalizar lo que había sucedido. Al mismo tiempo, se va generando un sentimiento de cuerpo no tanto entre los cabildantes y la élite, que lo tenían, sino entre los grupos más alejados del poder. Sin embargo, esto no queda muy claro teniendo en cuenta que el ejército de Antequera se formó bajo la amenaza "de bienes y tierras para los criollos y de cien azotes para indios, negros y mulatos" en el caso que no participaran del mismo.

EL COMÚN EN EL GOBIERNO
Para desgracia de la Provincia del Paraguay la sucesión de MARTÍN DE BARÚA tuvo sus dificultades, y serias. Habíamos mencionado ya que BARTOLOMÉ ALDUNATE había dado su donativo de 9.000 pesos y había sido nombrado sucesor de Reyes Balmaceda. Sin embargo, después de haber herido a su mujer y a su amante, terminó en la cárcel por más de nueve años y no pudo pasar a tomar posesión. En su reemplazo la Cámara de Indias propuso a Francisco Gómez Fraile; no se menciona que haya 'comprado' el puesto pero sí se cita como virtud "el llevarse bien con el obispo" por lo que "se puede esperar la quietud de esa provincia". El Rey le concede Real Cédula de nombramiento el 26 de abril de 1726 pero no pudo llegar a América ya que falleció en el camino. La Cámara propone nuevamente sujetos y el Rey elige ahora a don MANUEL DE RUILOBA a quien se le concede el título de Gobernador el 31 de agosto de 1731.
Pero a Barúa se le acaba el término de su gobierno y el Virrey envía para su reemplazo a don IGNACIO DE SOROETA. Al enterarse los vecinos del Paraguay de este nuevo nombramiento (sospechado de ser pro-jesuita) y contentos con Barúa, le solicitaron a éste que continuase en el poder.
No es el Cabildo esta vez el protagonista principal sino el grupo de cabos y soldados. No es fácil discernir cómo se origina esta sublevación. El obispo Palos deja entrever que fue Barúa quien la provocó porque deseaba seguir mandando, cosa que el Gobernador niega rotundamente. Por otro lado se acusa de haberlo motivado al abogado FERNANDO DE MOMPOX Y ZAYAS, quien había compartido la cárcel en Lima con Antequera, de la cual se escapó y llegó al Paraguay. Éste fue recibido por los partidarios de Antequera y se lo señala a él como quien trajo los informes de ser pro-jesuita el nombrado gobernador.
Pero más allá de descubrir quién encendió la mecha, lo central es tomar conciencia que estaba el terreno abonado para que este fuego prendiera. Esta expresión, que tanto aparece en la documentación, de 'cabos y soldados' nos marcan la referencia de quiénes eran los que estaban involucrados. Los cabos ('cabitos' dice Barúa; 'cabichuelos', el obispo Palos) no eran los capitanes cabildantes, sino los que estaban al frente de los presidios.
Sin embargo, no había tantos presidios, trece antes de las revueltas, tampoco sabemos cuántos cabos estaban envueltos en los alzamientos. Se habla de mucha gente, 800 personas en armas y a veces más. La mayoría de ellos eran los soldados, es decir, los campesinos que tenían que ir a cumplir el servicio militar en los fortines, los pobres sobre quienes recaía el peso de la defensa, aquellos que ocupaban su tiempo no tanto en la chacra y en familia, sino en los fortines y en el beneficio de la yerba.
Fue GARAVAGLIA quien llamó la atención sobre la militarización de las solidaridades, respecto al vínculo que se establece entre el que está al frente y los que obedecen en el fortín. Vínculo que muchas veces es previo, ya que los soldados suelen ser los mismos campesinos que arriendan, u ocupan, la tierra del cabo.
El 9 de diciembre de 1730 el Cabildo y Gobernador reciben la carta de SOROETA firmada en Santa Fe el 8 de noviembre en donde les avisa de su llegada y su nombramiento. En el salón capitular se resuelve recibirlo como de costumbre, pero es en el transcurso de ese mes que los cabos y soldados comienzan a manifestarse y llegarse hasta Asunción. El 28 de diciembre le escriben al gobernador "los militares y soldados y demás gente" con cartas respectivas para el Virrey y para Soroeta.
En el escrito, primero se manifiestan contra los miembros del Cabildo parciales a Reyes Balmaceda, sus parientes, y a los jesuitas. Los regidores entonces le solicitan al Gobernador que ponga remedio "por lo que se manifiesta del exceso público de la junta de número de gente de esta plaza, oficiales y soldados de las costas de la guarnición de esta Provincia".
MARTÍN DE BARÚA resuelve entonces, no poner coto al asunto, sino hacer "dejación y renuncia del dicho oficio y cargos". Ante el pedido de los cabildantes que se retraiga él no lo hace sino que se mantiene firme en su decisión para que "ninguno se persuada que su Señoría tiene ambición de gobernar o mantenerse en el presente". Y concluye Barúa poniendo en evidencia la realidad: "respecto de ser la mayor parte de la gente la sublevada, y la ordinaria del manejo de las armas a quienes por cada instante son las que se mandan y faltando éstos a la obediencia no hay resto competente para sujeción".
La gente se agolpaba a las puertas de la capitular y la tensión iba in crescendo. La solución que encontraron los cabildantes fue pedirles a sus colegas recusados por la gente que dieran un paso al costado. Éstos aceptaron. Cuando el 1° de enero de 1731 se hicieron las votaciones para los oficios, cuatro nuevos puestos fueron ocupados por otros capitanes más afines con los que estaban afuera, al menos por el momento. Éstos eran: capitán José Luis Bareiro como alcalde de primer voto, el capitán Pedro Bogarín de segundo voto, y como alcalde de la hermandad los capitanes Domingo Pereira y Lorenzo Ortiz Vergara.
Como era de esperar, este cambio de nombres no calmó los ánimos y el cuatro de enero, el Cabildo se reunió requerido "por los militares y comunidad de soldados de las armas y guarniciones de esta provincia y su procurador MATÍAS DE ENCINAS en su nombre que tienen ocupada esta plaza de armas, calles y otros lugares de la ciudad para presentar un escrito".
El acta capitular del día no dice de qué trataba el escrito, sólo que era contra el obispo y algunos religiosos, y hablaban de expulsiones y amenazas. Sin embargo podemos saber del contenido por uno de los testimonios presentado ante el rey. La carta era fundamentalmente contra la Compañía de Jesús. Se acusa a los jesuitas de comerciar públicamente con géneros de Castilla y de la tierra sin pagar alcabala ni los diezmos de sus haciendas y de los frutos de sus doctrinas; de inficionar la provincia sin cumplir ley ni cédula real y "que esto basta para que fueran extinguidos de este país y de dichas doctrinas". Se mencionan que la Compañía tiene dos grandes almacenes en donde guardan estos géneros, uno en Asunción y otro en su estancia en Paraguarí. En las doctrinas se acusa que los indígenas anden armados, que los jesuitas saquen y pongan alcaldes y corregidores sin pedir confirmación al gobierno y que incluso los mismos curas se mudan sin examen por el obispo. Por esta razón deben declarárselos como excomulgados e indignos de habitar en la provincia. Y si se los reinstaló en su colegio fue debido a la falta de conocimiento por parte del virrey y a los informes falsos y siniestros que los mismos jesuitas hacen circular. Por tal razón piden "que se destierre de este país y de dichas doctrinas a dichos padres por inobedientes a los reales mandatos, defraudadores del real patrimonio y perturbadores de la paz pública de esta provincia".
Finalmente, IGNACIO SOROETA pudo presentar sus papeles el 25 de enero los cuales fueron recibidos con devoción por el Cabildo. Sin embargo el común (que así ahora se denominaba) se mantenía en su postura de no recibirlo como tal. Por esa razón, Soroeta al enterarse de la situación "respecto a la resistencia que había en los militares, con que dicen hacer común, para su recepción del gobierno y capitanía general, desde luego se aparta".
Con el mando queda entonces el alcalde ordinario de primer voto, JOSÉ LUIS BAREIRO, aunque es el común el que sigue presente en la calle y mandando resoluciones al Cabildo. Días más tarde, le obligan al Rector del colegio jesuita que permita a quien quisiera instalar sus vacas en la estancia de Yariguaa, perteneciente a la estancia que el colegio tenía en Paraguarí, lo mismo que obligarle al dicho Rector que sólo pueda vender en el colegio, y reducir la yerba y frutos de la tierra, el lienzo, vacas y otros animales, algodón y otros frutos comestibles.
En esta ocasión se define más claramente a la Compañía de Jesús como el referente de los que el común comenzó a llamar contrabando, los que estaban a favor de Reyes Balmaceda. Sin embargo estos años son los más oscuros, y los menos investigados, fundamentalmente por no tener la misma cantidad de documentación como con la revuelta de Antequera. Queda claro que el común va cambiando constantemente de líderes. Bareiro, uno de ellos y alcalde de primer voto, es justamente el que va a poner preso y deportar a Mompox entre abril y mayo de 1731. Pero tampoco él puede continuar largo tiempo al frente, y ese mismo año tiene que escaparse a Buenos Aires. En la carta que éste envía a su majestad al año siguiente, no duda en referirse a los sublevados como "salteadores de camino, robando estancias de vecinos que no eran de su bando", y las críticas a este grupo se suceden unas tras otras. El mismo Matías de Encinas, quien había sido el procurador del común, es despojado de su puesto porque ante una enfermedad que creía mortal llamó a un jesuita para que lo atendiera espiritualmente.
Ya la provincia, claro está, no estaba siendo controlada por el Cabildo sino por este grupo de comuneros que si bien cambiaba de cabeza visible seguía permaneciendo en número crecido. Finalmente, los jesuitas fueron expulsados del colegio el 19 de febrero de 1732, y sus posesiones repartidas entre los mismos milicianos.
Es claro también, que aunque desorganizado había un claro reclamo social en este grupo. De hecho, no será su pedido el reclamo de la mano de obra indígena sino más bien que los jesuitas se vayan y se lleven con ellos sus indios. El reclamo de la tierra va a ser una constante entre sus pedidos.
El año de 1733 será aún más caldeado. Ya habíamos visto que MANUEL AGUSTÍN RUILOBA recibe el título de Gobernador de la Provincia del Paraguay el 31 de agosto de 1731 y llega a Asunción dos años más tarde, el 27 de julio de 1733.
Quizá no tuvo la misma sagacidad que había tenido Martín de Barúa, y el día mismo de su llegada, dirigiéndose a los cabos y soldados les dijo que el común "no era más que una clara y feísima traición contra su Rey y Señor" y ofreciendo a quien delatase cualquier intento de reeditar aquel tipo de movimiento, la mejor encomienda que estuviese vaca en la provincia.
Es claro que Ruiloba se apresuró bastante en la toma de decisiones sin un previo conocimiento de la realidad paraguaya. Antes de un mes en el gobierno ya había sacado un bando por el cual condenaba a pena de muerte "a quien tomase en boca la voz común", y como si esto no fuese poco le escribe al Provincial de los jesuitas para que se restituyan al colegio. Éstos no aceptan, y el Provincial de los jesuitas le justifica tal decisión, entre otras razones, "porque V .S. parece no se tiene por seguro...".
Pero esta carta nunca llegó a las manos de Ruiloba, estaba muerto. Los comuneros se habían levantado contra el nuevo Gobernador y se juntaron para llegarse hasta Asunción. Ruiloba no los esperó sino que salió a enfrentarlos y el 15 de septiembre de ese año fue muerto por el grupo de comuneros.
Al día siguiente el Cabildo se reorganiza como antes de la llegada de Ruiloba y deciden ofrecerle al recién nombrado obispo de Buenos, JUAN DE ARREGUI, el puesto de gobernador. Arregui había llegado a Asunción para ser consagrado obispo por José de Palos, pero inmediatamente, para amargura del obispo asunceno, sintonizó con los intereses comuneros, al punto de ofrecerle al obispo Palos trocar de diócesis.
Poco duró en el gobierno el obispo Arregui, imposibilitado de poder controlar al común. Aunque también tuvo tiempo de repartir varias encomiendas. Una vez más, los cabos y soldados se hicieron con el poder inmediatamente y el 15 de octubre de 1733 realizaron un petitorio de 12 puntos que firmó incluso el mismo obispo. Entre los ítems que se mencionan figura nuevamente que los jesuitas dejen la Provincia, que se lleven todas sus pertenencias (para que nadie los acuse de ladrones), y en otro que los siete pueblos controlados por los jesuitas que se encuentren entre el río Tebicuary y el Paraná se muden al territorio de la gobernación de Buenos Aires. Pero el obispo Fray JOSÉ DE PALOS también tenía que ser expulsado de la Provincia, junto con los miembros del cabildo que le habían sido opuestos.
Hay sin embargo en este petitorio datos nuevos. En primer lugar ya no se auto titulan el común, sino la junta General de los Naturales, y solicitan que no se vendan los oficios capitulares, ni siquiera el de Gobernador, sino que se elijan para estos puestos a hijos de la provincia. Otro dato importante a tener en cuenta es el pedido que hacen de que la Villa Rica vuelva a su población antigua: "Que a los moradores de Villa Rica por ser los más traidores a la patria se les obligase a fundar en el antiguo pueblo de Tobatí [a orillas del Manduvirá] que se despobló por ser frontera de los indios Mbayá que son los más poderosos enemigos entre los que infestan esta provincia". Si bien la razón que presentan es que los vecinos son ofensivos a los pueblos de indios de Itapé y Caazapá, además de estar siempre con los enemigos de los asuncenos, puede verse un conflicto de intereses entre ambas villas, sobre todo en cuanto a la explotación de los yerbales, conflicto que se inició desde el momento mismo de la nueva locación de la Villa Rica en 1682.
Entre las acciones de la junta General, que dice el obispo Palos eran más de 1.500 hombres que se sustentaban "de los ganados que hurtaban de las chacras circunvecinas", estaban las de desterrar y embargar las propiedades de sus opositores. Incluso, insiste el obispo, "quitaron por decreto del obispo gobernador las encomiendas de indios a los que las tenían por merced... y se dieron las más cuantiosas con oficios militares a los que por sus manos mataron al gobernador y las demás, con regimientos, al hermano y yerno del secretario Juan Ortiz de Vergara y a los que convocaron para la sublevación de la provincia". Este tipo de medidas son las que hacen complicado caracterizar al, común'. Es más, quien quede al mando del cabildo será justamente CRISTÓBAL DOMÍNGUEZ quien poseía la encomienda más grande de la provincia.
El obispo Arregui no pudo aguantar tanta presión que le hacían por un lado la junta General de los Naturales y por el otro el obispo Palos y el 9 de diciembre de 1733 deja Asunción para asumir su diócesis de Buenos Aires dejando a cargo de la provincia al alcalde de primer voto, CRISTÓBAL DOMÍNGUEZ DE OVELAR.
Desde Lima el Virrey dio órdenes al Gobernador de Buenos Aires don Bruno de Zavala que una vez más suba hacia el Paraguay, al tiempo que suspendió todo comercio con esa provincia.
Les ordenó también a los jesuitas que pusieran un ejército a disposición de Zabala, quien inició la marcha hacia Asunción. Llegó a orillas del Tebicuary en enero de 1735.
DOMÍNGUEZ DE OVELAR fue a su encuentro, no para pelear sino para darle la bienvenida y ponerse a sus órdenes, lo cual realizó, aunque Zabala lo envió preso a Buenos Aires. Si bien hubo un intento de alrededor de 200 comuneros de enfrentar al ejército de Zabala, no se presentó la posibilidad de la lucha porque acampados en Tavapy se dispersaron a la llegada del ejército enemigo. Muchos de estos comuneros fueron aprisionados y llevados junto al gobernador de Buenos Aires quien aún se mantenía en San Ignacio Guazú. Allí les instruyó proceso y unos fueron condenados a muerte y otros desterrados.
Finalmente el 30 de mayo de 1.735 entró BRUNO DE ZABALA en Asunción, declaró nulo el nombramiento de Arregui y lo actuado a partir de allí. Restableció al anterior cabildo y nombró cabos y oficiales de todos los presidios. Al mismo tiempo indultó a los que se habían quedado con haciendas y encomiendas ajenas devolviéndolas a sus anteriores dueños, prohibiendo además toda junta del común en las afueras del lugar. Dejó el Paraguay nombrando a MARTÍN JOSÉ DE ECHAURI como Gobernador Interino.

CONSIDERACIONES FINALES
Como decíamos al principio, carecemos aún de estudios profundos sobre estas revueltas; por lo que no fue nuestra intención dar por cerrado un capítulo sino apuntar nuevas pistas para seguir reflexionando e investigando.
Antes que nada es claro que estamos hablando de dos momentos muy distintos, con actores diferentes en cada etapa. La primera de estas etapas centrada fundamentalmente en problemas internos a la élite asuncena, de quién sacaba más provecho de la mano de obra indígena y de las pocas posibilidades económicas que ofrecía la Provincia. En la segunda etapa sin embargo, ya estamos frente a una clara protesta social. No era el precio del trigo lo que las disparaba, como ocurría con las protestas en España, sino fundamentalmente el acceso a la tierra.
Es claro que si no se hubiese dado la primera etapa no hubiese ocurrido la segunda. Es decir, había ya un terreno abonado para que pudiese aflorar otro tipo de protesta.
Vimos en el capítulo previo que la vida del campesino estaba dedicada a los fortines y al laboreo de la yerba, y muy poco tiempo se podía destinar a la chacra. También comprobamos que la mayoría de estas familias campesinas carecían de tierra propia sino que vivían en la de los señores de la tierra.
Igualmente esta segunda etapa tiene que ser mejor investigada, pues los líderes no eran justamente estos campesinos sin tierra que describimos. Además, como ocurre siempre, la documentación no se dedica a describir a estos campesinos sino que, por lo general, los trata como masa inculta, ignorante y bárbara.
Muchos historiadores han tomado las revueltas comuneras como un momento en el cual se puede descubrir el antecedente más claro de la independencia paraguaya. Sin embargo creemos que es estirar demasiado las posibles conclusiones. De hecho, cuando en 1811 se inicia el proceso de independencia en el Paraguay nunca se recurrió a estas revueltas como un antecedente en ninguno de los escritos emanados de la Junta Gubernativa ni del mismo Dr. Francia. La independencia del Paraguay es fruto de los mismos acontecimientos que ocurrían en el resto del continente y no algo derivado de estas revueltas comuneras. Sabemos además que revueltas comuneras hubo a lo largo de todo el período colonial y de toda la colonia americana, incluso en la vecina Corrientes.
Fuente: LA PROVINCIA DEL PARAGUAY, REVOLUCIÓN Y TRANSFORMACIÓN 1680-1780. Autor: IGNACIO TELESCA © Editorial El Lector, Asunción-Paraguay, 2010.

jueves, 11 de febrero de 2010

LA REVOLUCIÓN DE LOS COMUNEROS DE CASTILLA Y EL LEVANTAMIENTO DE LOS COMUNEROS DEL PARAGUAY. Autor: VIRIATO DIAZ-PEREZ - Introducción: IGNACIO TELESCA

LA REVOLUCIÓN DE LOS COMUNEROS
DE CASTILLA Y EL LEVANTAMIENTO DE LOS
COMUNEROS DEL PARAGUAY
Autor:
VIRIATO DIAZ-PEREZ
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Edición especial de Editorial Servilibro
Para ABC COLOR,
Colección Imaginación y Memorias del Paraguay (11)
© De la introducción:
IGNACIO TELESCA
Editorial Servilibro,
Asunción-Paraguay,
2007, 118 páginas


INTRODUCCIÓN
1721-1735: PARAGUAY SUBLEVADO

** Estamos acostumbrados a comprender el trasfondo de las revueltas comuneras como la disputa secular de los asuncenos contra los jesuitas, pero nos olvidamos la razón de ser de esa contienda: la lucha por la mano de obra indígena.
** En el Paraguay colonial existían dos modelos para controlar y disponer de los indígenas: el sistema de la encomienda y el de las reducciones. Las primeras reducciones, sin embargo, fueron pensadas para agrupar a los indígenas encomendados, y es así como surgen los “pueblos de indios”: Ypané, Altos, Itá, Yaguarón, por ejemplo. La novedad introducida por los jesuitas fue la de que los indígenas que pertenecían a sus reducciones no irían a trabajar en las encomiendas de los asuncenos.
** No olvidemos que Paraguay era una provincia que dependía del Virreinato del Perú, era extremadamente pobre y estaba aislada del centro del poder que era Lima. En estas circunstancias, la mano de obra indígena era vital para la subsistencia de la población, y los jesuitas tenían muchos indígenas a su cargo. Para los años de las revueltas, entre 1721 y 1735, de los 55.000 indígenas que había en la provincia los jesuitas poseían 48.000. Con estos datos, no es difícil comprender porqué los asuncenos no veían con buenos ojos a la Compañía de Jesús, y se los acusara de ser la causa de su ruina económica.
** Además, no debemos olvidar que las encomiendas no eran eternas, sino que duraban por dos generaciones y tenían que volver a otorgarse a nuevos vecinos, y la persona encargada de otorgar las nuevas encomiendas era el mismo gobernador. Es decir, éste tenía en sus manos la posibilidad de “beneficiar” a algunos y “perjudicar” a otros. Es claro que con cada nuevo gobernador, dos grupos irían a formarse, el de los beneficiados y el de los perjudicados, acusando siempre estos últimos al gobernador de favoritismo. Estos dos grupos unirán fuerzas cuando los beneficiados no sean ninguno de los asuncenos, sino la misma Compañía de Jesús.
** Ya tenemos, entonces, los ingredientes políticos y económicos que encenderán la mecha de las revueltas comuneras.
** Sin embargo, y anca está de más insistir, los verdaderos protagonistas, los indígenas, están ausentes del relato. Ellos eran los verdaderamente explotados, y la económica no es la única forma de explotación. Demás está decir, que los indígenas tampoco se mantuvieron pasivos, sino que su estrategia fue siempre la de huir tanto de los "pueblos de indios" como de las reducciones jesuíticas. Un dato puede resultar ilustrativo: en 1761, veinticinco años después de las revueltas comuneras, la población indígena de la provincia del Paraguay, incluidos "pueblos de indios" y reducciones jesuíticas, representaba el 63% de la población total. Veinte años más tarde, en 1782, y habiendo ya sido expulsados los jesuitas del territorio español, esta misma población indígena sólo llegaba al 31 % de la población total. No hubo ningún genocidio indígena, ni una ola migratoria europea, sino que los indígenas aprovecharon las circunstancias propicias para escaparse de sus respectivos pueblos y mezclarse con el resto del campesinado pobre y mestizo que vivía desparramado en los campos del Paraguay. Pero esta historia, aún espera su historiador, o historiadora.
** Las revueltas de los comuneros, sin lugar a dudas, son un hito en la historia del Paraguay. A pesar de esto, es uno de los temas menos investigados en nuestro medio. La obra de Viriato Díaz-Pérez fue pionera en Paraguay y es el resultado de unas conferencias que pronunció en el Instituto Paraguayo entre mayo y octubre de 1921. Aunque parezca increíble, no mucho más se ha investigado sobre el tema. Poseemos dos conferencias, una de Justo Pastor Benítez en el II Congreso Internacional de Historia de América de 1937, y otra de Julio César Chávez en el III Congreso Internacional de Historia de América de 1961. Otros autores, como Susnik y Garavaglia, entre otros, han abordado el tema en obras mayores brindando nuevas interpretaciones; sin embargo, el único libro que aborda específicamente el tema con cierta profundidad fue escrito en inglés y por un puertorriqueño, Adalberto López (The Revolt of the Comuneros, 1721-1735, Cambridge, 1976), del cual no hay traducción castellana.
** Por las razones mencionadas, la re-edición de la obra de Viriato Díaz-Pérez tiene un objetivo doble: por un lado, rescatar una obra capital de nuestra historiografía, y por el otro incentivar a los investigadores nacionales a que sigan profundizando en este aspecto tan central de la conformación del Paraguay.
VIRIATO DÍAZ-PÉREZ Y SU OBRA
** Viriato Díaz-Pérez nació en Madrid en 1875 y se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad Central de la capital española cuando tenía 25 años. Formó parte de la famosa generación del 98, y trabajó intensamente en la vida intelectual madrileña de esos años; se carteaba, por ejemplo, con el autor de PLATERO Y YO, Juan Ramón Jiménez. Estaba también relacionado con el Paraguay a través de la familia Campos Cervera, y al punto que Hérib, padre, se casa con Alicia Díaz-Pérez, hermana de Viriato. Este hecho, y el que haya sido nombrado en 1903 Cónsul General del Paraguay en Madrid, cambiaron los intereses y los rumbos de Viriato Díaz-Pérez.
** Para 1906 ya lo tenemos en Paraguay e inserto dentro de la elite intelectual asuncena. A semanas de llegar fue nombrado director del Archivo Nacional de Asunción y a él se debe la encuadernación de cinco mil volúmenes con los documentos del archivo. Este trabajo lo puso en estrecha relación con otro gran intelectual de la época, Juansilvano Godoy; fruto de esta relación fue el casamiento de Viriato con Leticia, hija de Juansilvano.
** Viriato también se desempeño como director de la Biblioteca Nacional y estas actividades se complementaban con la docencia y con la labor periodística. Tanto fue su aporte a la Universidad Nacional, que ésta lo nombró Doctor Honoris Causa. Su obra escrita es extensa y variada, alcanzando los 30 volúmenes: abarca temas de lingüística, filosofía, literatura, ética, e historia, entre otros. Como bien diría Efraim Cardozo, "pocos se entregaron, de entre los extranjeros, tan completamente a la docencia cultural como Viriato Díaz-Pérez".
** Cuando Viriato Díaz-Pérez ofreció sus conferencias en el Instituto Paraguayo en 1921, ya hacía quince años que estaba al frente del Archivo Nacional, por lo tanto conocía y manejaba toda la documentación que se hallara en dicho repositorio a la perfección. Si bien por la naturaleza de una conferencia hablada no hay notas a pie de páginas ni citas a documentos específicos, podemos, sin lugar a dudas, dar por supuesto que todo su escrito está basado en una sólida documentación.
** Sin embargo, la originalidad de la obra de Viriato Díaz-Pérez y su aporte más claro es el de ubicar las revoluciones comuneras en el contexto de los levantamientos americanos y peninsulares. Su mayor aporte, entonces, es llamar la atención sobre el hecho de que es imposible comprender en su totalidad las revueltas comuneras paraguayas si a éstas no se las relaciona con las de las comunidades españolas en el siglo XVI.
** Entonces nuestro autor va conduciéndonos muy pedagógicamente dentro de su esquema. Nos introduce en la España del 1500, y nos explica cómo estaba organizada la sociedad en esa época. Analiza con nuevos ojos la figura de Carlos V y hasta llega a afirmar que su grandeza, para España, fue fatal. Argumenta Viriato Díaz-Pérez que toda la actividad de Carlos V se hizo de cara a Europa y de espalda a España y América. Esto hizo que no se atendieran los reclamos de las comunidades, las cuales terminaron levantándose a lo largo de toda la península. Con fina agudeza nos introduce dentro del "sentir comunero" compartiendo las cartas que entre los mismos líderes se enviaban.
** Luego de explicar el surgimiento y la represión del movimiento comunero peninsular en el siglo XVI, da el salto y nos ubica en el contexto americano. Sólo así, insiste Viriato, vamos a comprender más acabadamente lo sucedido en Paraguay. Revolución comunera que desarrolla en los dos últimos capítulos de la obra y resume brillantemente lo acontecido entre 1721 y 1735.
** Sin embargo, él es consciente de que está sólo abriendo la temática, invitándonos a tomar la posta. En sus palabras: "Porque para una exacta comprensión de los hechos que integran el caótico período durante el cual se produce la célebre Revolución Comunera del Paraguay, sería preciso realizar una revisión de los numerosos problemas no resueltos y de las emergencias no suficientemente estudiadas, que rodean al interesante momento histórico".
** Podemos afirmar, por lo tanto, que la lectura de la obra de Viriato Díaz-Pérez no sólo es fundamental para todos a quienes nos interesa la historia del Paraguay, sino también para aquellos investigadores que quieran arrojar nuevas luces sobre este tema central de nuestro pasado.
NOTA A LA PRESENTE EDICIÓN
** Hemos seguido la primera edición de 1930, cuyo título era Las "Comunidades peninsulares" en su relación con los levantamientos "Comuneros" americanos y en especial con la "Revolución Comunera del Paraguay", de 290 páginas y editada por la Librería Internacional, que pertenecía a Santiago Puigbonet y estaba ubicada en la calle Palma 78. Se han actualizado la ortografía y la puntuación. Como ésta es una edición con fines principalmente divulgativos se ha tenido que acortar el texto, aunque no en gran medida. Puntos suspensivos entre corchetes ((...]) significan que se ha cortado algún párrafo. Los últimos capítulos que se refieren a la revolución comunera en Paraguay se han mantenido tal cual la edición original. Por otro lado, el prefacio de esta presente edición figuraba al final de la edición de 1930.
IGNACIO TELESCA
.
ÍNDICE
Propósito: Rubén Bareiro Saguier - Carlos Villagra Marsal
Introducción ( Ignacio Telesca)
Prefacio
Capítulo I: Estado cultural de España en los días de las Comunidades
Capítulo II: Estructura de la Comunidad
Capítulo III: El conflicto entre la libertad y el autocratismo
Capítulo IV: Los Comuneros y Carlos V
Capítulo V: El movimiento comunero
Capítulo VI: Las germanías de Valencia
Capítulo VII: Continuación del movimiento comunero, hasta Villalar (23 de abril de 1521)
Capítulo VIII: Villalar en la historia de la libertad
Capítulo IX: La Revolución Comunera del Paraguay (Antecedentes)
Capítulo X: La Revolución Comunera del Paraguay) (Desarrollo)
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CAPITULO III
EL CONFLICTO ENTRE LA LIBERTAD Y EL AUTOCRATlSMO
El democratismo en las páginas de Las Partidas y en las del Fuero Juzgo.– La libertad religiosa en la España anterior a los Austrias.– La Pragmática de Arévalo, de 1443, documento único en la historia del siglo XV.– La sorprendente tolerancia religiosa hispana de la época.– La Intolerancia, como la Inquisición y el Absolutismo, penetran en España desde el extranjero venciendo enormes resistencias internas.– Carlos V y el extranjerismo. Una contemplación inusual del grande y fatal Emperador.– La dinastía austriaca.– Carlos V aunque representativo de la casa Austria-Borgoña, no es un austríaco sino un francés.– El afrancesamiento hispano debido a la casa de Borgoña, según Antón del Olmet.– Incompatibilidad de las tradiciones liberales peninsulares y el autocratismo de Carlos V.– Incomprensión del pueblo español por parte del Emperador.– Torpeza de los primeros actos de éste.– Aristocracia y favoritismo.– La protesta castellana.– El burgalés doctor Juan Zumel, símbolo del descontento.– En Burgos se repite el Juramento del Cid.
Hemos entrevisto resplandores de libertad, gestada en las viejas asambleas populares de Castilla y León, iluminando las tinieblas del siglo XII. Hemos oído hablar de fueros y derechos y comprobado la entereza y tenacidad con que los recabaron, el pueblo y las distintas instituciones organizadas frente al señor feudal, omnipotente e inaccesible en otras naciones. Y hemos especialmente señalado, – literatura y lirismo aparte – cómo dicho sentimiento de sana y honesta libertad venía entretejido fuertemente y bien de antiguo en el alma íbera trasuntándose en sus costumbres, leyes e instituciones.
Le hemos encontrado en las pergaminosas páginas de Las Partidas, como pudimos hallarle en los vetustos folios del Fuero Juzgo visigodo, el código venerando, donde el curioso de nuestros días podría descubrir entre la torpeza y balbuceo de la ruda y tosca fabla [4] romanceada, antiquísima, anticipaciones de un democratismo desconcertante.
«La Ley govierna la cibdad – dicen aquellos remotos legisladores de los Concilios de Toledo – e gobierna a omne en toda su vida, e así es dada a los barones cuemo a las mugieres; e a los grandes cuemo a los pequennos; e así a los sabios cuemo a los non sabios; e así a los fijodalgo cuemo a los villanos e que es dada sobre todas las otras cosas por la salud del principe e del pueblo, e reluce cuemo el sol en defendiendo a todos» (Ley 3; t, 2; lib. I).
Y dicen también, (en la Ley 2, t. 1º «fecha en no octavo concello de Toledo», vale decir en el año 653) estas palabras estupendas:
«Faciendo derecho el rey, debe aver nomme de rey: et faciendo torto, pierde nomme de rey. Onde los antiguos dicen tal proverbio: rey serás, si fecieres derecho, et si non fecieres derecho, non serás rey...».
¡Y hay quienes se obstinan en dudar – autenticidad aparte – hasta de la posibilidad del famoso y discutido juramento aragonés, existiendo antecedentes como los de estas indubitables palabras!
Pero aun hemos visto más; a saber: cómo hasta la misma libertad religiosa que algún día llegaría poco menos que a extinguirse en la Península – cuando los Felipes hicieron de ella la ciudadela del catolicismo contra la heterodoxia – cómo hasta la misma tolerancia, aún hacia los credos exóticos y entonces aborrecibles de los grupos orientales perseguidos, tuvo en España su honroso momento de gloriosa realidad del que hay tan interesantes vestigios en las leyes, en las costumbres, en la literatura. Existe, por ejemplo, aunque casi nunca sea mencionada, la célebre Pragmática dada en Arévalo, en 1443, por Don Juan II de Castilla. «Es un documento único en la historia del siglo XV», según dice Nido y Segalerva (y nosotros diríamos único en la historia antigua) en el cual el rey castellano toma bajo su guarda «como cosa suya e de la sua cámara – tales son sus palabras – el amparo del pueblo judío».
¡Qué distancia entre los sentimientos hispanos de esta famosa Pragmática, y los romanistas y ultrapirenaicos [5], que ya desde los Reyes Católicos, se infiltran en el ambiente nacional, hasta adueñarse de él, transformarle y hacerle propicio a la persecución, la intolerancia y el Santo Oficio!
Pues bien, y una vez más quede ello consignado: merced a aquella antigua tolerancia, y al calor de aquella prístina libertad, defendidas con energía y tesón por reyes y súbditos, fue creándose, aun entre los obstáculos gigantescos de la Reconquista, la grandeza hispana y hasta fue posible que se destacasen los reinos españoles entre los demás de su tiempo.
Sin macular, sin menoscabar en nada su piadoso y sincero cristianismo, supieron los antiguos reyes hispanos convivir humanamente con propios y extraños. Y supieron algo mas, que posteriormente vino a ser cosa inconcebible: ser hospitalarios con aquellos sabios emigrados de Oriente que en sus libros de ciencia importaban los secretos, ignorados en Europa, de las viejas civilizaciones índica y egipcia, caldea y helénica, árabe y hebrea, haciendo de Sevilla, Toledo y Córdoba, emporios sorprendentes de cultura, y de España puerta por donde penetra el saber oriental en Europa.
Venían entonces a las hispanas Academias, célebres en la cristiandad, los estudiosos de otras naciones y de ellas salían hombres que, como Silvestre II, el Pontífice, habían sido educados en España por moros y judíos, los cuales podían ser españoles en una patria aun tolerante, amplia y común. (Nido y Segalerva. La libertad Religiosa, Madrid, 1906).
Era entonces proverbial la hispana tolerancia, de la que – entre otras autoridades – hablan extensa y calurosamente Renan y Michelet, en varias de sus obras (El porvenir de la Ciencia, Averrores y el Averrorismo, La Bruja), cómo eran proverbiales sus libertades; porque ¡oh ironía de los tiempos! todavía el Santo Oficio, no había penetrado en tierra española, ni aún se había encendido en ella el odio a los judíos, ni a la «herejía», odio, que – observemos y registremos el hecho curioso y significativo –, se introduce en la península, infiltrándose por Aragón, con el rey Don Fernando, y transmitido desde el Mediodía de Francia, donde ya se había ensañado con los Albigenses y otros creyentes desgraciados.
Vino, pues, de afuera a Castilla, el virus de la intolerancia, como el mal del absolutismo, como las tendencias antidemocráticas, contra las cuales se levanta en movimiento de protesta nacional la cruenta guerra de las Comunidades. Y penetró no sin resistencia este mal del despotismo anti-íbero, transmitido por la extranjería y por el romanismo primero por una debilidad lamentable que constituye la única sombra del reinado de los Reyes Católicos y, finalmente, por designio del destino que, al extinguir la vida y la razón de los que habían de ser nuestros gobernantes, hace posible el advenimiento de monarcas extraños a nuestro suelo, tradiciones y anhelos históricos.
Del primero y más grande de ellos, el Emperador Carlos Quinto, vamos a ocuparnos en esta ocasión, sino extensamente, tampoco al modo usual – permítasenos decirlo, ya veremos en razón de qué –; hay un aspecto de su personalidad que es para nosotros de imprescindible necesidad estudiar, si hemos de pretender explicarnos algunas características del momento histórico que venimos investigando.
En cuanto a la originalidad a que aludimos, claro está, que no será nuestra, sino de la escuela, por así decirlo en que vamos a apoyarnos. Maestro inimitable, en ella es el brillante escritor don Fernando Antón de Almet, Marques de Dos Fuentes, en cuya obra Proceso de los Orígenes de la Decadencia española, vamos por un momento a inspirarnos.
De los hechos que sostiene el culto investigador Antón de Olmet – con más bríos y también con más arte y modernidad que otros émulos suyos – podría deducirse y afirmarse que un torpe e intempestivo extranjerismo vino siempre en España a interrumpir, a desviar, el curso natural de la verdadera historia nativa; extranjerismo que más de una vez reaparece en nuestro pasado, ya en los días de Alfonso VI con la introducción del Rito Romano que altera la estructura íbera de la Iglesia española e inicia instantáneamente las persecuciones religiosas; ya en el reinado mismo de Isabel y Fernando, a quienes acusa Olmet de haber contribuido a introducir en España el absolutismo, (con el Santo Oficio, el Monarquismo absorbente y la expulsión de los judíos), y el espíritu romanista y cesáreo.
Claro está, que aun hubiera sido excusable en homenaje a indiscutibles virtudes y elevados anhelos que todos conocemos, el atenuado autoritarismo de estos reyes españoles; o, de los que en lo sucesivo hubieran podido ir armonizando – al modo hispano – las tradicionales libertades y la especial organización de los estados españoles, con las nacientes tendencias de aquella época en Europa, encaminadas, como es sabido, hacia el monarquismo absoluto, hacia la constitución de grandes imperios, el primero y más extenso de los cuales había de ser el del mismo Carlos V.
Pero, es curioso y digno de ser mencionado, el hecho de que, España tuviera la desdicha de ver contrariados sus más íntimos y arraigados anhelos históricos y étnicos por mano extraña que en holocausto a intereses nebulosos y ventajas no pocas veces quiméricas y más bien de índole externa, que fundamental e íntima, vinieron a deshacer de golpe y sin compensación positiva la penosa y sabia labor de la raza a través de los siglos, desviándola de sus ideales y torciendo el curso claro y natural de la Historia.
Sería de una vulgaridad imperdonable, y de un simplismo unilateral, anacrónico en nuestros días de historia y critica con pretensiones cienticistas, el incurrir en la defensa de figuras históricas, o en ataques a personalidades excelsas, por lo demás definitivamente consagradas por el inapelable tribunal de los siglos. Grande y genial fue Carlos V. Su figura en la historia universal es única: no cabe acerca de ella ni el líbelo ni el panegírico; pudiera decirse acerca de este genuino héroe carlilano que la grandeza de su gesta integral le colocó más allá de la censura y de la loa, pues fue la de un verdadero hombre representativo y simbólico. Los hechos de sus días son grandiosos cuando no decisivos; las hazañas de sus súbditos, estupendas, fantásticas, rayanas en lo maravilloso de los libros de Caballería; las que el César acomete y gloriosamente remata, brillantes y transcendentes... Grande este monarca, en suma, en su vida hazañosa, que supera en lo rutilante mismo, la de un clásico Imperator pagano, lo es también en su muerte en el retiro monacal del caserío extremeño de Yuste, donde el que fuera Majestad Cesárea quiere contemplar sus funerales en vida, y se desprende, no ya de todo poder terreno sino de esta vida misma, con la grandeza alegórica de una parábola cristiana, evocando en los espíritus a través de los siglos, la meditación, como una página de Kempis...
Pero, en realidad, por encima de todo, por sobre la grandeza histórica y estética de este Emperador, padre de Felipe II, está, desde el relativo pero también respetable punto de vista hispano, el hecho incuestionable de que, para España, su misma grandeza fue fatal.
Ha dicho, con razón, el erudito historiador y crítico, Picatoste, en su Estudio sobre la grandeza y decadencia de España en el Siglo XVII (Parte II) que: «En los hechos históricos como en los físicos, hay que tener en cuenta el impulso primitivo, y, la velocidad adquirida. Una pequeña variación de la aguja lanza un tren por un nuevo camino, precipitándolo tal vez un pequeño impulso: una pendiente llega a ser, al final, una fuerza enorme. Carlos V fue el primer impulso: su política fue la aguja que varió la dirección de nuestra patria, equivocadamente».
Nada más cierto. En realidad y desde un punto de vista elevado no fueron malos ni mediocres gobernantes los Austrias. Grandes fueron Carlos V y Felipe II; Felipe III y Felipe IV fueron reyes caballerescos, cultos, artistas, laboriosos, y no exentos de bondad... Pero aquella desviación inicial de que hablamos, les fue conduciendo por rumbos, peligrosos por lo menos, y desde luego contrarios a los que se diría la historia tenía reservados al pueblo español.
Y como pequeñas causas engendran grandes efectos, ocurre pensar en esta ocasión, si no podría incluirse entre estas pequeñas concausas que habían de producir los tristes efectos de nuestra decadencia, la violenta aniquilación de las Comunidades; la separación del pueblo español de la causa, sagrada otrora para él, de las empresas nacionales y de los negocios públicos; su alejamiento – forzoso en un monarquismo absoluto – de los ideales que dejan entonces de ser populares para devenir políticos y de Estado, y pierden así, en lo sucesivo, para el pueblo de las Cortes y de los Fueros – enemigo del gubernamentismo rígido y teocrático – aquel interés que le prestó otrora la coparticipación democrática en las empresas y luchas de sus reyes.
Carlos V, a manos del cual vamos a ver cómo caen aniquiladas las Comunidades y con ellas las antiguas libertades españolas, aun con todo su genio, hay que atreverse a decirlo, no era, no podía ser el hombre que reclamaba en aquella hora grandiosa y solemne – henchida de anhelos gestados desde el misterio del pasado –, el pueblo español, que nada tenía que resolver en Europa, y al que, por lo contrario, el destino le emplazaba frente al Africa, que le había invadido ( ¡Testamento de Isabel la Católica! ) y le colocaba entre las manos el dilatado imperio del mundo Americano...
Carlos V era un monarca obsesionado con la idea del predominio en Europa: la idea más opuesta a las del testamento de Isabel la Católica; y a ella lo sacrificó todo. Dice a este propósito Weis (España desde el reinaldo de Felipe II. Madrid, 1843): que consumió su vida persiguiendo la quimera de la monarquía universal; y es cierto.
En realidad todos sabemos que, en vez de hacer único y verdadero centro de su sistema imperialista, España, que por el Atlántico comunicaba con América, por el Mediterráneo con Africa, y por los Pirineos con Europa, gobernó, pudiera decirse, con los ojos puestos en Flandes, verdadero eje de su política. Ésta le obliga a trasladarse de los Países Bajos a España, de España a Italia, de Italia a Francia, de Francia a Alemania, reuniendo asambleas, presentando batallas cercenando, si era preciso, libertades en toda la Europa, una gran parte de la cual dependía de sus órdenes.
Y esta obsesión del predominio en Europa, que viene a la península, evidente es, con la casa de Austria-Borgoña, y que había de contribuir tan poderosamente a la ruina de España, es a la vez concausa que influye necesariamente en el descuido, ya que no en el atraso, de nuestra obra civilizadora en América; porque los problemas del Nuevo Mundo para los monarcas extranjeros en España, fueron por lo general y en cierto sentido, cosa secundaria.
Hechas estas aclaraciones en conjunto, veamos ahora, finalmente, los antecedentes necesarios para comprender cuál fue y cuál tenía que ser, en España, la actitud del primer Austria-Borgoña, y cómo esta actitud tenía que provocar el levantamiento Comunero y la ruina de las Comunidades, señalándose ya bien visiblemente en el polarismo de la Historia de España, aquella desviación inicial que tan lamentables resultados había de producir en el porvenir patrio.
Carlos I de España y V Emperador de Alemania, hijo de Doña Juana llamada la Loca y de Felipe el Hermoso, y, por tanto, nieto de los Reyes Católicos y de Maximiliano de Austria y María de Borgoña, no era español, sino nacido en Gante (1500) y allí criado sin jamás haber puesto los pies en España donde su abuelo Don Fernando, en carta célebre, se lamentaba de no haberle nunca visto.
Se le denominó a este monarca, de Austria, a causa de su ascendencia paterna, pero en realidad, estudiando sus orígenes se ve que bien poco habría en Don Carlos que justificase el apellido. Antón de Olmet, le denomina en virtud de esto, Borgoña, apoyándose en razones indiscutibles. Felipe el Hermoso padre de Carlos V, ya había sido criado en los estados de Doña María de Borgoña, su madre, sin apenas conocer a su padre el Emperador Maximiliano. Era su idioma el francés; francesa su guardia y franceses el oficio y etiqueta de su Casa, dicha de Borgoña, así como era borgoñona la orden del Vellocino, llamado «Toison» en Francia. Como en casi todas las casas reales, se dio en esta de Borgoña una tónica histórica: la tendencia al predominio y a la intervención, a la ambición y al despotismo.
Esta Casa, que no obstante denominarse de Austria, es francesa por su espíritu y tendencia, por su habla y tradiciónes, es la que en realidad se sentará en el trono de los Alfonsos y de los Fernandos, en España. La influencia de ella lejos de germanizar, por así decirlo y como podría suponerse a la península, la afrancesa. Como el idioma de la Casa de Borgoña es el francés, con él – dice Antón de Olmet –, en párrafos que extracto y sobre los que ruego especial atención –, vendrán a España ya desde Felipe el Hermoso, «todos esos barbarismos o por mejor decir galicismos cuyos orígenes se desconocen hoy, hasta el extremo de que algunos de ellos son empleados por alarde de estilismo. De entonces provienen el bureo, que es el bureau; como el chapeo, (que es el chapeau), manteo (manteau) y el meson. De aquí el Sumiller de Corps, el Contralor y el Grefier. De aquí el cadete, como el fruitier, el busier el potaier, el furrier, el guarda manguier, y en fin, el castiller y el acroi... De aquí el gentilhombre, por camarero, de aquí la Guardia de Corps, llamada borgoñona, para ingresar en la cual se exigía ser borgoñón, siendo forzoso hablar la lengua walona, con cuyo cuerpo fueron reemplazados los Continuos, así llamados por su servicio permanente, al lado siempre de la persona del Rey.
«El francés pasa a ser en cierto modo lengua oficial de los monarcas de España. No solamente es la lengua de la guardia personal, Guardia de Corps, sino que en francés se escriben, y esto aun perdura, los nombramientos oficiales de Caballeros de la Orden del Vellocino, esto es, de la Toison. En francés son redactados los decretos que se dirigen al gobierno de Flandes...».
«De esta manera será la cruz de Borgoña, esto es, las aspas de San Andrés, la que lleven, en lugar de los castillos y las barras, las banderas del Ejército español de mar y tierra, como será el Vellocino de Borgoña «la Toison d’or» la que colgará del cuello de los monarcas de España, desde entonces, preteriendo y humillando la Orden gloriosa de Santiago de la Espada, creada, en memoria del Apóstol nacional, a cuyo grito heroico e invencible reconquistaron los españoles la patria íbera, en ocho siglos de cruzada».
«En vano el pueblo español se quejará a Carlos I, que prefiere apellidarse V, de mantener y acrecentar en nuestra patria esa Casa de Borgoña, fastuosa y costosísima, sobreponiéndola a la Casa de Castilla».
«El espíritu francés de la llamarla Casa de Austria... se impondrá a todo y saltará por todo. Franceses, llamados aquí flamencos, son los Lannoy, son los Croy, de Carlos V, son los señores de Chievres... Esta turba asoladora será la Corte que traerá Carlos I, cuando venga como a país conquistado a recoger la herencia del Rey Católico. El Rey de España no habla el español... El espíritu del nuevo soberano no está en España, ni lo estará jamás. Su abuelo Maximiliano ha muerto, y él ha sido elegido: todo su afán está en marchar a coronarse. En vano es que las Comunidades castellanas le supliquen que no se ausente de sus reinos. El «Imperator», el «César», el «Augusto» y «Rey de Romanos» no conoce más leyes ni más fuente de derecho que el capricho, según los cánones del Derecho Romano»
«Las relaciones entre el Rey y las Cortes quedan rotas, violados todos los preceptos que regulaban la función legislativa de Castilla. El rey de España sale para Alemania. Carlos I no será más que Carlos V».
«Pero no será por eso un alemán; Carlos I no será sino un francés antifrancés... La Casa de Borgoña, esto es Carlos I, que continúa atribuyéndose el Ducado... vuelve en el César a rivalizar audaz, pretendiendo con el Ducado la intervención en los negocios franceses».
«De esta manera, Francia entrará en nosotros. El despotismo francés será implantado».
«A la protesta de las Comunidades, al alzamiento de Castilla pisoteada, al grito unánime de las libertades patrias, responderá el César declarándoles la guerra, ahogando en sangre el movimiento, estrangulándolo, decapitando a Padilla, a Bravo y a Maldonado, ejecutando a aquel obispo rebelde, último representante del clero íbero, de la Iglesia nacional, de los Prelados feudales españoles, no los de Corte, sino los de Diócesis, que cabalgaban al frente de sus tropas, sembrando el pánico en las huestes agarenas, peleando por su Patria».
«Es que la Casa de Borgoña, conoce ya cómo se hacen estas cosas; tiene ya hecha la mano a estas andanzas. Ella ya sabe cómo se huellan los Fueros, y lo que vale la ley ante la fuerza; ha practicado durante dos centurias, la humillación de todos los privilegios, y sabe cómo Brujas y Amberes y Bruselas, ciudades libres, Repúblicas insignes, han inclinado sus potentes cervices y han soportado el dogal del tirano. Y así hará Carlos de Borgoña en España».
«Cuando las Cortes de Castilla, las más rebeldes, las únicas audaces contra los desafueros del déspota francés se opongan a la prevaricación de los Ministros extranjeros, a las impúdicas depredaciones de los Chievres; y alcen su voz arrogante los Grandes y los Prelados (haciendo causa común con la nación y triunfando entre éstos la Iglesia Nacional sobre el influjo del clero romanista) ambos serán, los Prelados y los Grandes, arrojados para siempre de las Cortes, violando así, como dijo Jovellanos, el precepto más antiguo de la Constitución nacional...».
* * *
Ahora bien; ¿cuándo y cómo se produce el inevitable conflicto que había de degenerar en la sangrienta Guerra de las Comunidades y Germanías? Teniendo presente lo que entre líneas revela el cuadro que acabamos de trazar, y siguiendo a de Olmet, puede decirse que el conflicto se plantea desde los primeros momentos de la llegada de Carlos a España y en la forma que era de esperar dada la incompatibilidad absoluta entre el modo de ser y regímenes políticos hispanos y del nuevo gobernante.
El gran hispanista irlandés Martin Hume (Historia del pueblo Español) estudiando esta época ve en Carlos V, el flamenco, el extranjero, que ignora no sólo el español, idioma de sus súbditos, y las leyes del suelo que va a gobernar, sino hasta el carácter, cualidades y virtudes de sus habitantes. «No cabe duda – dice – que Carlos vino a España, en un principio, con una idea muy falsa del país y del pueblo, a quien le habían inducido a mirar como una nación de semisalvajes, que podía ser gobernada mejor por flamencos... ».
Nada tan exacto como estas palabras. No había sido el primero, ni había de ser el último gran mandatario absoluto que se equivocase ante nuestro extraño pueblo. Como Carlos V, siglos más tarde, otro genial e invicto emperador, el gran Napoleón, había de fracasar por la misma incomprensión y el mismo prejuicio.
Nacido, criado y educado, Carlos V, en Flandes, joven inexperto, rodeado de una corte orgullosa y fastuosa, y en poder del noble Guillermo de Croy, señor de Chievres, su ayo, que despreciaba las letras y detestaba a España (contra la que peleó en Italia al servicio de reyes franceses) no era de esperar de su parte otra cosa que las torpezas que acompañaron sus primeros actos de gobierno en España, que fueron enormes.
No bien noticioso de la muerte del Rey Católico, su abuelo, se hace proclamar en Bruselas y contra toda norma en España, Rey de Castilla y Aragón, y obrando como tal se dirige al Rey de Francia, Francisco I, al que denomina «Padre y Señor» contrariando espinosísimas cláusulas de documentos españoles. Por otra parte, sin moverse de Flandes, y dilatando indefinidamente su ida a España ya comienza a disponer en unión del ambicioso ayo Guillermo de Croy, de los cargos y destinos de Castilla, como si tratase de privado patrimonio... Un año tarda en venir a España, entrando en Valladolid el 18 de noviembre de 1517, y a los 18 años de edad, rodeado de una numerosa corte de consejeros y palaciegos flamencos, orgullosos e insolentes.
Aquel joven monarca, que como tal se presentaba y titulaba, no sabía que para ser admitido en su regia autoridad en España, necesitaba el imprescindible reconocimiento formal y solemne de las Cortes, y el juramento aquel – uno de aquellos juramentos íberos – que se acostumbraba a prestar al iniciar cada reinado. Procuraron – aunque sin conseguirlo – los nobles flamencos, esquivar la antigua y venerada costumbre que para ellos no era sino vana «formalidad embarazosa e impertinente» según gráfica frase de Lafuente. Por fin, en enero de 1518, se celebraba una sesión preparatoria en el Convento de San Pablo de Valladolid (que aun hoy existe) a la que concurrieron los Procuradores y diversos representantes del Reino. Grande fue la sorpresa y más grande la indignación que produjo entre estos representantes, encontrarse tan augusta Asamblea invadida por el funcionarismo flamenco.
Carlos V, en efecto, había continuado repartiendo prebendas entre sus amigos de Flandes y así resultaban monstruosidades tales como la de venir a ser sucesor del gran Jiménez de Cisneros en la dignidad de Arzobispo de Toledo, primado de las Españas, el joven de veintitrés años Guillermo de Croy, sobrino de Chievres; otro flamenco, Sauvage, el más odiado de la comitiva, Canciller mayor de Castilla; y así los demás agregados a la camarilla extranjera.
Fue entonces cuando surgió la figura netamente castellana, más aún, típicamente burgalesa de aquel famoso Doctor Juan Zumel, símbolo y voz del general descontento.
Era Zumel, diputado por Burgos «hombre enérgico, vigoroso y firme» y no vaciló en exponer claramente la queja contra la intromisión de aquellos ambiciosos en la nacional asamblea, a la que agraviaban. Las amenazas – incluso la muerte – que de los poderosos flamencos partieron, fueran bastantes a disminuir los bríos de cualquier espíritu que no fuese el de Juan Zumel. Este respondió afirmándose con entereza en sus palabras. Los demás procuradores hicieron causa común con él y decidióse formular una petición al Rey. Los consejeros de éste se manifestaron sorprendidos de que se presentaran peticiones antes de tener conocimiento de lo que el Rey pensaba ordenar. A ello contestó Zumel estas palabras:
Bueno será, que S. A. esté advertido de lo que el reino quiere y desea, para que haciéndolo y observándolo, se eviten contiendas y alteraciones.
Aquellas enérgicas palabras eran la voz de Castilla, voz que, de haber sido escuchada, quién sabe si no hubiese cambiado el destino de España. Para Carlos V no aparecieron sino como la presión de una insólita y punible osadía...
Por fin se celebró la sesión regia, el 3 de febrero de 1518. En ella, Carlos de Austria-Borgoña juró explícita y terminantemente guardar y mantener los fueros, usos y libertades de Castilla; los mismos y las mismas, que ¡oh vergüenza e ignominia! habían de ser aniquiladas por sus propias manos de déspota y perjuro...
Y he aquí un hecho asombroso, algo inesperado, que aparece un incidente de romance y que fue empero una realidad.
En aquel juramento había de producirse un verdadero caso de avatar – valga la palabra –, de revivencia, de atavismo, o mejor de ancestrismo misterioso y simbólico.
¿Recordáis cuando en la misma legendaria ciudad de Burgos don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, tomara su triple juramento al Rey, en Santa Gadea?
Bien. En esta misma sede de la vieja Castilla, solar de España, otro burgalés se levanta en igual ocasión, como en aquella ceremonia solemne, y ante Carlos V, como Rodrigo Díaz, ante Alfonso VI, con la grandeza de una figura de leyenda manifiesta que, se esquivan algunas cláusulas. Este burgalés, es el diputado don Juan Zumel, que insiste en que jure el monarca todo, en términos explícitos:
A ello contesta el rey «un tanto demudado»: Esto juro.
Observad que estamos ante el segundo juramento de un monarca y que este monarca es Carlos V. Pues bien: esta frase no llega aún a aquietar a los procuradores castellanos que la califican de ambigua, y sólo es aceptada, teniendo en cuenta que el nuevo rey no puede expresarse en castellano.
En la entereza de los hombres que así procedían hay quienes no han visto grandeza, y sus anhelos hay quien los reputara secundarios. Así se escribe la historia.

CAPITULO IV
LOS COMUNEROS Y CARLOS V
Las grandes figuras guerreras y los pueblos.– La política del Imperio y España.– Las razones de Estado y las de la Libertad.– Clarividencia de los Comuneros.– Lo que representa la derrota de éstos según el hispanista Hume.– Las peticiones de los representantes castellanos exteriorizan una vez más el sentimiento democrático peninsular.– Reclaman contra los procedimientos de la Inquisición; el abuso de las Bulas; la cesión de bienes al clero y la provisión de cargos desde Roma.
Débil atención concedida por el Rey a los asuntos españoles.– Nuevas dificultades de Carlos V en Aragón.– Descontento general.– La lucha para obtener subsidios.– Sumas ingentes extraídas de España.– Carlos es proclamado emperador de Alemania.– Nuevas arbitrariedades.– Menosprecio hacia los emisarios de Toledo y Salamanca.– Cortes galaicas.– Carlos parte para Alemania.– Indignación popular.– El ideal Comunero según las peticiones de la Junta Santa de Avila.– Un programa de liberalismo: puntos de vista sobre economía nacional, garantías ciudadanas, moralidad política, libertad de creencias, humanidad para con los indios, autonomía nacional en lo religioso, igualdad de derechos, etc.

Ante los hechos extraordinarios que llenan de gloria el transcendente reinado del Emperador Carlos V, sus admiradores experimentan el natural deslumbramiento que en el impresionable espíritu humano producen esas figuras esplendorosas, que imprimen sobre los pueblos huella potente, dominándoles o transformándoles.
Y acontece, que dicha explicable admiración se presta en ocasiones a disculpar y aún a justificar los momentáneos eclipses de lucidez y las desviaciones accidentales, en homenaje a la grandeza del esfuerzo integral realizado. No por otra razón, historiadores de nota, tratan por ejemplo como en un plano secundario y penumbroso, del nefasto influjo que ejerció sobre España la dirección desorbitada, errónea y peligrosa, que a pesar de la oposición por parte del pueblo, imprimió la política europeísta, de Carlos V, adversa totalmente al antiguo espíritu patrio.
Por elevados que fueran los anhelos internacionales del César y por brillantes que pudieran aparecer sus empresas de superdominio en el viejo mundo, no fue cosa secundaria como algunos creen, ni excusable frente a razón alguna, el aniquilamiento del antiguo y glorioso régimen tradicional español. No lo fue para la Europa misma, donde pudo cooperar o influir en los acontecimientos generales más beneficiosamente una España a la antigua usanza, que la sometida al régimen de los Felipes. No lo fue, sobre todo, para la nación española hasta entonces grande y respetada pero no aborrecida, y que en breve desviada de su verdadera ruta, comenzó a decaer. Y no lo fue tampoco – según veremos en los últimos capítulos – para el naciente mundo americano que, hallado y poblado mediante el esfuerzo y, aunque se afirme lo contrario, el idealismo hispano, debiera haber sido ante todo y sobre todo el sagrado primordial objetivo de la labor civilizadora española, en el aporte general humano.
Por otra parte, ante ninguna razón de las llamadas de estado – tenebrosas y ominosas no pocas veces – ni ante ninguna conveniencia de momento, puede ser jamás secundaria cosa alguna que contraríe los fecundales beneficios de una sana libertad, o que engendre la violencia y el dolor, o que afecte la libre evolución de un pueblo, sino, por lo contrario, cosa esencial y principalísima. Entenebrecer los claros y nobles sentimientos de autónoma y libre existencia de una nación es siempre peligroso; entorpecerlos es dañino; pretender extirparlos es fatal. Ellos son fuente de vitalidad para el total organismo. Así, antes que primar sobre Italia o Francia, o sobre los Países Bajos o Alemania; antes que hacer predominar en Europa un dogmatismo religioso sobre otro, o una política frente a su contraria, la nación española necesitaba para el desarrollo ulterior de sus grandes ideales y el acertado cumplimiento de su misión de pueblo transmisor de cultura, el pleno goce de sus propias íntimas libertades, de su autonomía espiritual ideal y política, conquistada a costa de tan nobles y sostenidos esfuerzos a través de los tiempos.
Y pocas veces más claramente que en los días de la protesta comunera, se transparentó en la vox populi, la extraña y divina intuición que tan a menudo se menciona.
A modo de interesante presentimiento, y con la fuerza de un verdadero fenómeno de conciencia de las cosas, algo y aún mucho de esto entrevieron y adivinaron aquellos hombres que desde sus agrupaciones populares, sus Comunidades y sus Germanías, lanzaron la voz de alerta primero, formularon con clarividencia sus reclamaciones y burlados por último se armaron contra el amenazante despotismo que había de aniquilarles para su desgracia y la de su patria.
Ya vimos en el acto de la jura de Carlos V en las Cortes, cómo la voz del diputado Zumel se levanta en la solemne asamblea exigiendo por dos veces al monarca el juramento de que serían respetadas las véteras libertades patrias. Es que se sabía lo que ellas habían costado y lo que representaban para el porvenir y se dudaba de que ellas no hubiesen de ser violadas. Es que se había visto con sorpresa y disgusto la prisa y precipitación del joven mandatario por declararse rey sin contar con la voluntad de sus súbditos y sin detenerse ante la consideración de que aún vivía la recluida reina madre Doña Juana, aquejada de dudosa dolencia, que aún hoy es un misterio. Que una turba de rapaces y ambiciosos flamencos se repartían, como en tierra conquistada, los dineros y dignidades de la nación, hollándolo todo: respetos, tradiciones y normas. Es en suma, que se veía amenazado por doquier, el viejo y sabio equilibrio hasta entonces existente en España, entre el poderío de la realeza y los derechos de las ciudades y los ciudadanos.
Y se temía, en suma, con razón, la catástrofe que representaría el atropello de las antiguas instituciones, de los viejos fueros y libertades tan heroica y noblemente recabados; el retroceso que ello implicaría, que representaría mucho más desde el punto de vista patrio y de la verdadera vida íntima nacional, que un predominio nebuloso y un imperialismo brillante pero aleatorio sobre los demás pueblos de la tierra.
Los que al historiar el período de Carlos V, no han querido o no han sabido ver en el movimiento de las Comunidades otra cosa que un levantamiento local de relativa transcendencia, tal vez puedan conocer la historia del resto de Europa, pero están incapacitados por su ceguedad para comprender la de España.
Para ésta, con la derrota de los Comuneros, según afirma el gran hispanista Martín Mume «queda muerta por más de 290 años la esperanza de un gobierno representativo».– ¡Y esto es algo grave en la historia de un pueblo! Tanto, que al pueblo hispano, este algo, a manera de un mal que corroe y no mata, fue sumiéndole en la decadencia de todos conocida.
No había empero de llevarse a cabo fácilmente la tarea de cercenar ten nobles y antiguos derechos.
Las sostenidas pretensiones de los llamados Comuneros, y la trágica defensa de ellas, nos lo demostrará, como nos lo evidenciará la nobleza esencial de los designios y la justicia de la causa de estos Comuneros el examen de las quejas que formularan, más significativas en su desnuda sencillez que si hubieran sido ataviadas con la elocuencia de doctos comentaristas. Apartándonos por un momento de críticos e historiadores podemos saber qué eran realmente estos Comuneros y cuáles fueron sus anhelos, porque poseemos sus exposiciones al monarca. Por ellas nos es dado comprender, sin interpolaciones de criterios extraños, cómo pensaban acerca de la cosa pública aquellos luchadores. Por estas sorprendentes peticiones se nos revelará, de una parte, cuáles eran los abusos contra los que se protestaba; y de otra hasta dónde se elevaban en aquellos obscuros ciudadanos la capacidad ideológica y moral y la comprensión transcendente de las cosas.
Tales peticiones nos revelarán asimismo, una vez más, la existencia de una tradición liberal ibérica que se exterioriza siempre que le es posible, y que late lo mismo en las toscas frases del Fuero Juzgo, o Las Partidas, que en los acuerdos de las diversas instituciones hispanas, más o menos populares, y que irán superviviendo hasta los días epopéyicos de las mismas Cortes de Cádiz...
Antes de que se redactaran las peticiones de que vamos a ocuparnos ya habían formulado otras los procuradores o representantes de las ciudades en las Cortes de ValladoIid que jurara Carlos V.
En ellas se solicitaba en primer término, que la ilustre madre del monarca firmase todas las provisiones juntamente con el Rey, y en primer lugar, como propietaria que era de la corona, y exigiéndose, según sus propias frases de los representantes, que «fuese tratada como correspondía a quien era señora de estos reinos». Y como es lógico suponer que no se pide lo que se posee, hay que admitir que si los representantes tal dijeron fue necesario. No insistiremos sobre el punto, que revela oscuras facetas en la brillante personalidad del joven rey.
Otras significativas reclamaciones, de entre las ochenta y ocho que se le dirigieron al monarca, sí exigirán, por nuestra parte, alguna atención. Eran éstas principalmente:
«...4ª.– Que confirmara el Rey las leyes, pragmáticas, libertades y franquicias de Castilla, y jurara no consentir que se estableciesen nuevos tributos;
6ª.– Que los embajadores de estos reinos fuesen naturales de ellos;
8ª.– Que no se enajenase cosa alguna de la corona y patrimonio real; – Que mandase conservar a los Monteros de Espinosa sus privilegios acerca de la guardia de su real persona;
16ª.– Que no permitiese sacar de estos reinos, oro, plata ni moneda, ni diese cédulas para ello;
39ª.– Que mandara proveer de manera que en el Oficio de la Santa Inquisición hiciese justicia, guardando los sacros cánones y el derecho común, y que los Obispos fuesen los jueces conforme a la justicia;
42ª.– Que mandara plantar montes por todo el reino y se guardaran las ordenanzas de los que había;
48ª.– Que tuviese consulta ordinaria para el buen despacho de los negocios, y diese personalmente audiencia, a lo menos dos días por semana;
49ª.– Que no se obligase a tomar bulas, ni para ello se hiciere estorsión, sino que se dejara a cada uno en libertad de tomarlas;
53ª.– Que ninguno pueda mandar bienes raíces a ninguna iglesia, monasterio, hospital, ni cofradía, ni ellos lo puedan heredar ni comprar, porque si se permitiese, en breve tiempo todo sería suyo;
57ª.– Que los Obispados, dignidades y beneficios que vacaren en Roma volviesen a proveerse por el Rey, «como patrón y presentero de ellos» y no quedasen en Roma;
60ª.– Que mantuviera y conservara el reino de Navarra en la Corona de Castilla, para lo cual le ofrecían sus personas y haciendas...».
* * *
De este articulado se desprenden conclusiones honrosísimas para aquellos viriles representantes que en breve habían de convertirse en airados Comuneros.
Por lo pronto amparaban los derechos de una mujer: la propia madre del rey.
Querían conservar su régimen tradicional, prefiriéndolo como resguardador de derechos nacionales.
Se oponían a las dilapidaciones del tesoro.
Exigían, nada menos, que el Tribunal de la Inquisición hiciese justicia no a la manera tenebrosa que le era peculiar, sino de acuerdo con los cánones y el derecho común; y se oponían a que la autoridad inquisitorial romanista primase sobre la nacional de los Obispos.
En verdad que estas palabras y este criterio vendrán a resultar sorprendentes para los numerosos escritores más o menos hispanófobos que nunca han querido ver en España otra cosa que el país del Santo Oficio. Pero fueron, sin embargo, palabras y criterio netamente hispanos; es más: de la antigua y gloriosa iglesia española, la iglesia ibérica de los Concilios y de la Reconquista, liberal y patriota, suplantada por la romanista, y por la espeluznante Inquisición, contraria al espíritu peninsular.
Pretendían también aquellos representantes amparar cierta libertad de creencias, protegiendo al ciudadano contra las bulas abusivas. Y atajábanle el camino a la Iglesia en su tendencia poco evangélica de acumular bienes, afirmando que si se le permitiera – observad la expresión castellana y cruda – «en breve tiempo todo sería suyo». No olvidemos, cuando oigamos hablar de la España «frailuna» que estas palabras fueron posibles en unas Cortes del año 1518, en la nación que había de pasar a la historia con la triste característica de ser el «antro monacal» de Felipe II, y de Carlos el Hechizado.
Querían asimismo aquellos procuradores del año 1518, que las dignidades eclesiásticas fuesen provistas por el Rey, volviendo así por los derechos de la iglesia nacional.
Solicitaban, finalmente, que el regio mandatario concediese audiencia personal a la usanza hispana; y, que conserve el reino de Navarra, para la cual le ofrecían sus vidas y haciendas... Y es de observar que los mismos que con tanto trabajo acordarán después subsidios al Rey, para sus contiendas europeas, y que hasta los negarán en ocasiones, ofrecen cuando es preciso su propio peculio, y su vida, para el logro de una empresa que estiman nacional.
Fueron algunas de estas medidas aceptadas, por lo menos aparentemente, por parte del Rey. Y cabe hoy creer, que de haberlas puesto en práctica consagrándose primordialmente al gobierno de los reinos peninsulares inspirándose en el célebre testamento de la Reina Isabel y los prudentes consejos de Cisneros, hubiera salvado a España, fundamentando el natural Imperio Ibérico, y no el artificioso europeo, y acaso hubiera encauzado más beneficiosamente el curso de la Historia. No estaba en su genio el hacerlo.
Su obsedante preocupación de dominio en Europa, en perjuicio evidente de España y del Nuevo Mundo, le desvió de tan magnífico destino que sacrificó – como suele acontecer entre los héroes de su temperamento – al estruendo de una gloria estéril y a los sinsabores de una ambición superhumana insaciable.
Así, pues, celebradas las Cortes castellanas, necesitó el monarca presentarse aun ante los aragoneses para el reconocimiento por parte de ellos. Y también, – no lo olvidemos – para recabar subsidios. Pero, solamente después de vencer nuevas resistencias los obtuvo. También allí le fue preciso jurar como en Castilla, que respetaría y guardaría los fueros y privilegios del reino.
De Aragón pasó a Cataluña donde la oposición fue aun más violenta, negándose los catalanes a reconocerle en tanto viviese Doña Juana, la madre. Aceptado, al fin, aunque «de mala gana» según dice Lafuente, de allá hubiera regresado dispuesto a inaugurar verdaderamente su gobierno, ya reconocido en los diversos estados, si un acontecimiento que a él le pareciera fausto, aunque para los españoles, en realidad fue funesto, no hubiese venido a reagravar todavía la ya penosa marcha de los sucesos.
Y fue, que estando el Rey en Barcelona, se recibió la noticia, sensacional en Europa, del fallecimiento de Maximiliano de Austria, Rey de Romanos, Emperador de Alemania y abuelo del Rey.
Por este fallecimiento podía la corona imperial de Alemania pasar a poder de Carlos que resultaría así el Primero de este nombre en España y el Quinto en Alemania. Vencidas grandes y complicadas intrigas y poderosas rivalidades – entre ellas la de Francisco I, de Francia, que tan perjudicial había de ser posteriormente a España – fue, en efecto, Carlos reconocido Emperador.
Indudablemente había en tan extraordinario acontecimiento motivos más que suficientes para hacer perder la fría y reposada visión de las cosas.
Pocas veces habría de presentarse caso semejante en la historia. Y comprensible es, el influjo que el excepcional evento ejerció en nuestro gobernante. Quien no debiera haber sido otra cosa que Rey de las Españas comenzó de inmediato y sin contar con la opinión de sus súbditos peninsulares, a denominarse Majestad. Era ya el Emperador: la «Sacra, Católica, Cesárea, Majestad» que había de guerrear más tarde hasta con el Papa.
Ni los estados españoles, ni los dilatados y fabulosos dominios del Nuevo Mundo, le interesarán en lo sucesivo gran cosa, a no ser – ¡oh fuerza prosaica del oro! – para obtener urgentes recursos que recabará en Castilla, Aragón y Cataluña y que destinará inmediatamente a sus negociaciones en Europa, engendrando en España desconfianzas, que no se extinguirán. Así – observa acertadamente el hispanista Hume – durante el resto de su vida, la tribulación principal del Emperador será obtener dinero de España... Sabe ya bien, ésta, que sus doblones serán arrojados por mano del César al lago sin fondo de las inacabables contiendas europeas...
Y es curioso observar, cómo mediante una de esas paradojas que suele brindar el azar, cuando el Rey Carlos era solemnemente reconocido como sucesor de Maximiliano en el legendario solio que le proporcionaba preeminencia sobre los demás príncipes de la cristiandad, los Estados de España le aceptaban trabajosamente, previos sendos juramentos, escatimándole su auxilio las Cortes...
Es que el estado de cosas engendrado en España no podía ser más deplorable a consecuencia de las numerosas torpezas cometidas desde los primeros momentos. Reinaba el descontento por doquier. Los favorecidos flamencos eran insaciables, habiendo acaparado las dignidades y el dinero. En corto espacio de tiempo, dos millones y quinientos cuentos de maravedies de oro – suma entonces fabulosa – habían sido extraídos de la península. Los célebres doblones de los Reyes Católicos llamados de «a dos» – por tener dos caras emigraban de España. Por entonces, se origina la irónica coplilla con que se saludaba la posesión de aquellas monedas acuñadas con el oro más puro de Europa y que decía:
Salveos Dios
ducado de a dos,
que rnonsieur de Xevres
non topó con vos...
Pues bien; en tan difíciles momentos Carlos V colma la medida anunciando que necesitaba partir para Alemania, reclamando nuevas sumas para los gastos de su coronación y comunicando que reuniría Cortes en Santiago de Galicia, lugar desusado y excéntrico.
Es por estos momentos cuando estalla la sangrienta revolución de las Germanías, que estudiaremos a su tiempo, y cuando fermenta la agitación de las Comunidades. Tanta es la anormalidad, que estando el Rey en Valladolid, el Ayuntamiento le pide ante la general efervescencia, desista de su viaje a Alemania. Por toda respuesta, el Rey acelera obstinadamente su salida sin querer escuchar a los emisarios de ciudades tan importantes como Toledo y Salamanca. Les hace decir dará audiencia en Tordesillas, pueblo a seis leguas de la Capital.
Entonces se produce un motín en ésta, que es sofocado con tremendos castigos. Todo ello al inaugurar un reinado, y contra las quejas de un pueblo que lo que pedía era no le abandonase su soberano.
¡Qué palabras podrían describir, entre otras anormalidades del momento, la de la humillante peregrinación de los tenaces emisarios castellanos que desoídos por el Rey y malamente recibidos ante el maléfico favorito Chievres, el de los doblones, no desisten de su comisión y atraviesan España, jadeando hasta Santiago! ¡Vientos de orgullo y absolutismo comienzan a marchitar a la sazón las viejas tradiciones señoriales ibéricas!
Las Cortes en Santiago (Marzo de 1520) trasladadas por temores de la camarilla a La Coruña (25 Abril), terminan sin otros resultados que la obtención de los consabidos nuevos subsidios. Y clausurada la asamblea, el Rey embárcase para Alemania.
Y es, entonces, cuando estalla el general alzamiento, la lucha cruenta que en la Historia de España se denomina Guerra de las Comunidades.
Los partidarios, héroes y mártires de este movimiento, denominados Comuneros, serán los esforzados defensores beneméritos de los derechos populares, que las Comunidades fueran gestando siglo tras siglo. Estos Comuneros, voz del Municipio, del Concejo, escribirán una página de gloria, que aun ocultada por unos, oscurecida por otros, y en parte, ignorada por muchos, siempre representará un título de honor en la historia de la democracia universal, a la vez que una mancha en el blasón de los Austrias-Borgoña, creadores en España del despotismo organizado.
Y ahora ya, antes de describir el aspecto dramático de la lucha y el desesperado esfuerzo que en pro de nobilísimos ideales se realizara, interrumpiendo por un momento el orden cronológico de los hechos, examinemos el ideario social, moral, y político de estos luchadores. Y para deducir cual fuera éste, consultemos las propias palabras de ellos, para lo cual ningún documento será más revelador que las peticiones formuladas por la Junta Santa, de Avila. Eran las principales, éstas.
«Que el rey volviera pronto al Reino para residir en él como sus antecesores, y que procurara casarse cuanto antes para que no faltara sucesión al Estado;
Que cuando viniera no trajera consigo flamencos, ni franceses, ni otra gente extranjera, ni para los Oficios de la Real Casa, ni la guarda de su persona, ni para la defensa de los Reinos;
Que se suprimieran los gastos excesivos y no se diera a los grandes los empleos de hacienda ni el patrimonio Real;
Que no se cobrara el servicio votado por las Cortes de La Coruña contra el tenor de los poderes que llevaban los diputados, ni otras imposiciones extraordinarias;
Que a las Cortes se enviasen tres procuradores por cada ciudad; uno por el clero, otro por la nobleza, y otro por la Comunidad o estado llano;
Que los procuradores que fuesen enviados a las Cortes, en el tiempo que en ellas estuvieran, antes ni después, no puedan por ninguna causa ni color que sea, recibir merced de sus Altezas, ni de los reyes sus sucesores que fuesen en estos reinos, de cualquier calidad que sea, para sí, ni para sus mujeres, hijos ni parientes, so pena de muerte y perdimiento de bienes.
Y deseando recalcar bien el espíritu de esta petición; añadíasele la explicación que sigue: ...Porque estando libres los procuradores de codicia, y sin esperanza de recibir merced alguna, entenderán mejor lo que fuese servicio de Dios, de su Rey, y el bien público...
Que no se sacara de estos Reinos oro ni plata labrada ni por labrar;
Que separara los consejeros que hasta allí había tenido y que tan mal le habían aconsejado, para no poderlo ser más en ningún tiempo y que tomara a naturales del Reino, leales y celosos, que no antepusieran sus intereses a los del pueblo;
Que se proveyeran las magistraturas en sujetos maduros experimentados, y no en los recién salidos de los estudios;
Que a los contadores y oficiales de las Ordenes y Maestrazgos se tomara también residencia para saber cómo habían usado de sus empleos y para castigarlos si lo mereciesen;
Que no consintiera predicar Bulas de Cruzada ni composición, sino con causa verdadera y necesaria, vista y determinada en Cortes y que los párrocos y sus tenientes amonesten, pero no obliguen a tomarlas;
Que a ninguna persona, de cualquier clase y condición que fuese se diera en merced, indios, para los trabajos de las minas y para tratarlos como esclavos, y se revocaran las que hubiesen hecho;
Que se revocaran igualmente cualquiera mercedes de ciudades, villas, vasallos, jurisdicciones, minas, hidalguías, etc., que se hubiesen dado desde la muerte de la reina Católica, y más las que habían sido logradas por dinero y sin verdaderos méritos y servicios;
Que no se vendieran los empleos y dignidades;
Que se despidiera a los Oficiales de la Real Casa y Hacienda que hubieran abusado de sus empleos, enriqueciendo con ellos más de lo justo, con daño de la República o del Patrimonio.
Que todos los obispados, y dignidades eclesiásticas se dieran a naturales de estos Reinos, hombres de virtud y ciencia, teólogos y juristas, y que residan en la diócesis. »
Que anulara la provisión del Arzobispado de Toledo; hecha en un extranjero sin ciencia ni edad;
Que los señores pecharan y contribuyeran en los repartimientos y en las cargas reinales, como cualquiera otros vecinos.
Que tuviera cumplido efecto todo lo acordado al Reino en las Cortes de Valladolid y La Coruña.
Que se procediera contra Alonso de Fonseca, el Licenciado Ronquillo... y los demás que habían destruido y quemado la villa de Medina.
Que aprobara lo que las Comunidades hacían para el remedio y la reparación de los abusos...».
* * *
A la simple exposición de las anteriores peticiones se comprenderá que no debieron ser redactadas sin que verdaderas exigencias del alterado ambiente, les diese carácter de necesidad nacional; y que no pudieron ser concebidas al mero impulso de un vulgar interés utilitarista de obtener ventajas. Se observará por lo contrario, en cierto modo, en ellas algún contorno de lo que hoy se denominaría un programa político; programa, por desgracia, de una política que se deseaba ver realizada, ya que les estaba vedado el implantarla a quienes la proponían. Venía a ser el articulado un tanto inconexo de un plan de gobierno que se desea, en el cual, sin la literatura por lo general mendaz, de los documentos de la política de oficio, se reclamaban clara y rústicamente, pero también clarividente, medidas, reformas, y leyes convenientísimas, relacionadas con la administración pública y la hacienda, la moralidad política, el problema religioso y canónico, el ejercicio de la justicia, el trato de los nuevos súbditos de América, la igualdad de derechos entre las clases sociales, etc., etc.
Y justo es reconocer que en estas peticiones, formuladas por los Comuneros en momentos de pasión y de lucha, predominó un espíritu de cordura y de serenidad tal, y un criterio tan humanitario, que distingue honrosamente al célebre documento, entre otros más o menos parecidos, ya que no son precisamente característicos en los días de reclamaciones populares, gratos a la demagogia, ni el comedimiento ni la cordura.
Se protestaba en este documento de los gastos excesivos; exigíase se estableciese la responsabilidad a los funcionarios de cualquier categoría; se proponía no confiar las magistraturas sino a personas experimentadas y respetables.
Pedían los Comuneros en punto a sus libertades políticas la persistencia, en las Cortes, de los tres clásicos representantes: del Clero, la Nobleza y la Comunidad o estado llano. Y exigían para los representantes la prohibición de recibir mercedes por su oficio, deseando que éste fuere libre en lo posible «en servicio... del bien público».
Proponían por otra parte una suerte de igualdad social reclamando «que los señores pecharan y contribuyan... como cualesquiera vecinos».
Con humanitarismo superior a la época, e inspirándose en el antiguo criterio hispano exteriorizado tan gallardamente por los Reyes Católicos, extendían sus manos compasivas hacia los indios del Nuevo Mundo, súbditos del Rey al igual de ellos y tan hombres libres como ellos, y reclamaban en beneficio de tan lejanos hermanos, el que no pudiesen ser utilizados en las minas entregados como esclavos...
¡Qué interesante problema evocan estas nobles y avanzadas palabras, este «abolicionismo» tan espontáneo, de la España de los Comuneros! ¡Qué duda aporta a la vieja y apasionada controversia que dejó para siempre establecida como verdad inconcusa, la ferocidad y crueldad españolas para con el aborigen!
Precisamente, de la España de esta época salieron los más discutidos conquistadores; y mal se compadece lo de que en Castilla, reclamasen piedad para con los indios y en América no la conociesen, hasta el punto de proceder como fieras, según afirmó el lamentable y fanático Las Casas...
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