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miércoles, 18 de agosto de 2010

EDITH MUJICA JURISIC - LAZO AZUL (CUENTO) / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - VEINTITRES CUENTOS DE TALLER (1988).


LAZO AZUL
Cuento de
EDITH MUJICA JURISIC
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

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LAZO AZUL
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"Extranjera en mi cuerpo perdida
sin tus manos".
Liliana Capriel
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La pensión los recibió con su patio escondido por una enredadera de toallas y sábanas colgadas. Un pozo de agua ofrecía su boca verde de musgo, hacia un balde abollado y sobre los ladrillos cóncavos de la galería un mita-í quieto al sol, remoloneaba con ramitas y silencios mientras los fondos verdes de cien botellas encerraban un cantero de yuyos. Una jaula vacía miraba el cielo donde una bandada de loros pasó en silencio como una rama que se lleva el viento.

-"Ahora la pensión ya es nuestra!"- le dijo Juan.

No es lo que ella soñó pero sólo se detiene en lo que él agrega:

-"...aquí vamos a ser felices".

Y lo fueron.

El tiempo cambió todo. Los crotos crecieron y el brocal del pozo apenas deja pasar el bruñido balde entre tantas latas llenas de amambay.

Todos los veranos durante esos años, las paredes de la pensión han sido pintadas de verde o rosado o amarillo o celeste y sobre cada puerta de las piezas numeradas, sepiándose al sol, estampitas con imágenes clavadas con chinches protegen (junto con las cortinas de crochet) la intimidad de veinte historias de dos por tres.

El negocio va bien. Ella lo atiende.

Sólo que mientras baldeó patios, crió gallinas, cambió sábanas, sirvió cocido con leche y coquitos, el tiempo le caminó por la piel.

Y se detuvo.

En los bordes de la boca. En las manos. En el paso. En el brillo de los ojos. En las piernas. En los pechos que ahora cuelgan.

-"Estás vieja..." -le dijo él un día en la soledad del cuarto y apagó la luz.

Después ya no fue el mismo.

Ni nada fue lo mismo, ni de la misma manera.

A encuentros culpables, fugaces, mecánicos y oscuros se redujo todo.

Y otros amores se llevaron su amor.

María, la lavandera de caderas anchas y piel tirante; Juana, con ojos prometedores y cintura fina; Margarita, azucarada y tibia con un permanente olor a leche recién ordeñada y después otras -con otros nombres- que él mordía en medio de los sueños.

Cuando llegó a la pensión el joven vendedor ambulante, le regaló un lazo azul para el pelo, un frasquito de colonia, una sonrisa y una mirada.

Y fue en una siesta de mayo cuando ella le dejó la puerta abierta.

Y fue entonces cuando se balanceó al viento, como una criatura, en una hamaca imaginaria y blanca. Y se revolcó en el pasto como una adolescente, y como una mujer se sumergió en el río sintiendo las cosquillas de los piky en la piel.

Y comió con hambre la fruta del árbol. Y cabalgó libre y feliz.

Y empinó frases como quien suelta a volar pandorgas y chupó caña dulce sedienta y descalza en medio del campo, despierta y con dueño, sintiendo como un rayo de sol -violento y tibio- buscaba la sombra de su vientre una y otra vez hasta detener el tiempo y detenerse.

Afuera llovía.

Más allá de esa tarde que sobrevivió intacta a través de los días que siguieron, a ella se le hizo un nudo la vida. Lavaba la ropa, tendía la espera al sol.

Se descubría revolviendo recuerdos mientras vigilaba el soyo; sofocantes se le enredaban las ganas como un ysypó. Mateando silencios caminaba y desandaba esperanzas muriendo y resucitando a cada rato...

Y las palabras, las que había dicho y las que había escuchado, todas porque ninguna podía olvidar, le enrejaban los ojos que prendía al camino.

Un buen día, casi sin quererlo, le puso nombre a todo y lo gritó en medio del patio.

-"Eso fue lo que me obligó" -diría después Juan como disculpa.- "aunque yo siempre lo supe y la verdad es que no me importaba".

Ella había sentido apenas un ruido a sus espaldas y en el cuerpo como un empujón y se había quedado quieta, atenta, lejos de sospechar que ya había muerto.
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EDITH MUJICA
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TALLER CUENTO BREVE
Dirección:
Talleres Gráficos
EDICIONES Y ARTE S.R.L.,
Asunción-Paraguay 1988 (136 páginas).
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viernes, 13 de agosto de 2010

EDITH MUJICA JURISIC - FIN DE BANDEIRA / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - QUERIENDO CONTAR CUENTOS (1985).


FIN DE BANDEIRA
Cuento de
EDITH MUJICA JURISIC
(Enlace a datos biográficos y obras
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www.portalguarani.com )
.
FIN DE BANDEIRA
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(Glosa a "El muerto" de J. L. Borges)
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Me cuentan que alguien narró una historia ligada a un tal Qtálora que incluye mi nombre...

Me dicen, también, que fue un resumen confesadamente incompleto, sin embargo, hasta donde las describen, las cosas ocurrieron como fueron dichas.

Mi intención es agregar algunos detalles que fueron dejados de lado, no sé bien, por qué circunstancias.

Dónde me encuentra el relato nada tiene que ver con el lugar donde comienza mi participación en los hechos: Ceará.

Soy hijo de peón. Nieto de esclavos. Maestro y alumno de mí mismo...

Testigo y protagonista de usos y abusos.

No recuerdo si alguna vez fuí joven o niño. Nací hombre.

No como mi padre tronco seco y quemado, curtido más por la obediencia que por el tiempo y los vientos. Años de explicaciones esquivas le habían dado una idea fragmentada de las cosas. Recibía la mitad de las respuestas. Apenas si hacía preguntas...

Frente a las cuentas prolijas del patrón de turno y las diarias, mal contadas, nacían en él - raíz y castigo - la culpa, el silencio, la justificación, la mansedumbre...

-"El patrón debe tener razón"... - decía - "él sabe!". . . repetía confuso en medio del rancho de madera verde, rodeado de algunas gallinas, un pedazo de tierra ajena, turrabas y cruces.

Déjenme decirles que para alcanzar lo que quiere, el hombre debe conocerse mucho. Debe saber dónde está su fuerza, astucia, coraje. Sus miedos, renuncias, flaquezas.

Su cuchillo, su revólver, su ambición.

Además, debe estar alerta para reconocer la oportunidad; por eso, mis raíces en mí, la fidelidad. también, me dejé arriar al sur por la seca con la seguridad de que nada perdía, porque nada dejaba atrás.

Como las entiendo poco, soy hombre que se fija en las palabras.

Con ellas, contrabandistas oscuros que venían del sur, dibujaban un Bandeira de leyenda, despiadado, seguro, inmortal. Por otro lado nombraban - cada vez con mayor frecuencia - a un muchacho compadrito, destemido y porteòo que empezaba a hacerle sombra. Para mí, el camino estaba claro...

Y fui hombre de Bandeira.. . para Bandeira y lo fui también para Otálora, demasiado jóven para ser precavido, demasiado ansioso para ser desconfiado.

Y esperé...

Casi dos años, esperé.

Bandeira refugiado en el silencio, escondía su impotencia en una actitud benevolente, casi paternal; Otálora, para quien sus triunfos nada significaban sin Bandeira como testigo, lo mantenía vivo y atento.

¡Solos no se podían vencer!

Aquella noche, Otálora entendió - sólo en parte - porque moría...

Sin embargo Bandeira, ducho en estas cosas, con la mirada me agradeció el balazo que le destrozó el viejo corazón, como si yo no hubiera hecho más que cumplir una orden olvidada, que él mismo, alguna vez, me hubiera dado.

Hoy tengo poder y fama...

Por un lado me la gané en buena ley. Por el otro, fui el elegido...
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EDITH MUJICA JURISIC
TALLER CUENTO BREVE
Dirección:
Imprenta-Editorial
Casa América,
Asunción-Paraguay1985 (172 páginas).
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EDITH MUJICA JURISIC - LA CARTA / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - QUERIENDO CONTAR CUENTOS (1985).


LA CARTA
Cuento de
EDITH MUJICA JURISIC
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
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LA CARTA
Para tener certeza, no necesitaba abrir la carta. Su instinto, su piel, sus vísceras le decían que allí estaba la orden.

Mientras cabalgaba llevando el mensaje a Joab pensaba en David, Rey de Judá.

¡Ningún ejército lo vencería! Pero sonrió frente a la idea de saber que él - Urias, el hitita - hacia apenas pocas horas, en Jerusalén, había conocido a quien doblegaría el Gran Guerrero: un hombre.

Simplemente un hombre, llamado, David.

La imagen de Betsabé se hizo recuerdo y cabalgó con él, rumbo al Este.

La hija de Eliam, en sus brazos, olía a jazmines, a campos florecidos.

Su boca era un laberinto del que no quería huir. Su pelo la red, la jaula, la lluvia que enmohecía el acero.

Cuando acariciaba sus senos, que tenían gusto a miel, sus toscas manos perdían su rudeza. Y el deseo era un caballo desbocado, sin destino, sin objetivo, de teniéndose de pronto a pastar bajo la luna llena.

En los brazos de Betsabé, él retrocedía.

Una y otra vez, vulnerable.

Ese sentimiento diluía su impulso de guerrero forjado y ganado en mil luchas de las que se sentía orgulloso.

Betsabé era remanso, paloma, arena tibia, líquido amniótico, piel, tienda, pan fresco, leche de cabra. Silencio.

-¡La paz no es para los guerreros! - se dijo.

Y la alejó del pensamiento.

Recordó el encuentro con David. Las palabras - tramposas y siempre innecesarias - no habían logrado esconder la verdadera intención que guardaban.

Fué fácil develarlas, decifrarlas.

Noches de acecho, atento como un animal salvaje, habían desarrollado en él la capacidad de percibir la diferencia de los sonidos, los matices de los silencios, el significado de las pausas.

Sabía que no se engañaba; pero aceptaba el desafío.

David había sido generoso permitiéndole enfrentar la muerte como él quería.

En batalla. En libertad...

¡Demostraría que había nacido sin miedo y para luchar!

A cambio, entregaba a Betsabé.

Betsabé.. . que languidecía en las noches, mientras él junto a las fogatas, miraba el brillo de los cascos y las espadas.

¡Amaba la guerra!

La sensación poderosa, envolvente, casi un orgasmo... de guerrear.

El ejercicio de la intuición, de la sobrevivencia.

El campo de batalla, los truenos, los relámpagos, los gemidos y el punzante olor a la muerte. Ese era su habitat. Allí, estaba su corazón. ..

En el terreno ganado, en la violencia de avanzar, de hacer suyos los horizontes, de dejarlos atrás.

Pára él, la guerra, era el botín. Para los capitanes y los reyes, las poses.

El tratado había sido justo. Prefería pelear por su muerte que ser prisionero de la ternura y el amor. Sobreviviría, sin duda.

Y después...

Cuando la espada de un amonita dió forma al deseo secreto de David hundiéndose en su carne, Urias - sorprendido - comenzó a morir.

La vida se iba mientras su sangre buscaba refugio, inútilmente en el hueco de su mano.

De pronto, su muerte, se dejó ver.

Urias descubrió, horrorizado, que se parecía a la paz; y lloró.

Betsabé... llamó apenas.

¡David! - gritó con fuerza y rabia.

Y maldijo, desde el fondo de su corazón herido, al fruto en el vientre de Betsabé en holocausto al cual había sido, ... finalmente, vencido.

Miles de estrellas lo vieron desangrarse esa noche, mientras él se sentía acunado entre los brazos de Betsabé, amado por el Señor.

Betsabé.. .

Perdonada, eterna y suya. Eternamente suya.

El Señor, profundamente conmovido, recogió la maldición y también la profesía y como es su costumbre, hizo justicia.
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EDITH MUJICA JURISIC
TALLER CUENTO BREVE
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Imprenta-Editorial
Casa América,
Asunción-Paraguay1985 (172 páginas).
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jueves, 12 de agosto de 2010

EDITH MUJICA JURISIC - EL VIAJE / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - QUERIENDO CONTAR CUENTOS (1985).


EL VIAJE
Cuento de
EDITH MUJICA JURISIC
(Enlace a datos biográficos y obras
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www.portalguarani.com )

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EL VIAJE
La primera vez que escuché hablar de Salomón fué cuando hasta nuestro reino, llegó un comerciante fenicio de Sidón que trajo la noticia de la aceptación de Hirán, Rey de Tiro, frente a su pedido de que le ayudase a construir el Templo para el Señor y un palacio para él mismo.

Si mal no recuerdo esto ocurrió a fines del año 1012...

Los relatos de otros viajeros, que fueron llegando a través de los años, aumentaron mi sensación de asombro, curiosidad, deslumbramiento.

Eran lujosos en detalles, demorados y prolijos; mágicamente enriquecidos con acentos extraños, musicales, de otras tierras muy lejanas a la mía.

Ese mundo de palabras, envolvente, definía situaciones, describía ciudades, sugería perfumes, dibujaba paisajes...

Eran historias que hablaban de frescos bosques de cedro, ciprés, sándalo y pino abatidos y trabajosamente llevados hacia el mar, rumbo al sur.. .

De hombres de diferentes tribus labrando piedras, dando formas a toneladas de bronce, de hiero, de plata, mientras finos artesanos tallaban flores, extraños frutos, palmeras y seres alados en las suaves maderas, en las torneadas columnas que luego serían recubiertas de oro.

Y describían capiteles y candelabros y los utensillos y los toros. Los doce toros y el borde de la pila que imitaba el cáliz de un lirio. Y los altares...

Miles de cargadores, canteros, capataces, artesanos haciendo realidad la promesa de David.

El guerrero. El Templo en el Monte Moriah! El Dios de Salomón y de su pueblo para quien todo honor parecía poco... ¿Cómo era aquel, que en Gabaón, sólo le había pedido sabiduría y conocimiento, habiéndose olvidado de pedir honores, bienes, la cabeza de sus enemigos y la eternidad?

Lo sabría.

Me lo prometí entonces, cuando joven aún, no era yo reina de Saba.

El tiempo había llegado.

Salomón finalmente, estaba frente a mí.

Su aspecto era como el de un cedro del Líbano, inconfundible entre miles de hombres como un manzano entre los árboles del bosque.

Su cabello era ondulado y negro; su tez trigueña clara. Sus ojos mansos como palomas, me miraron. Una indefinible sensación de seguridad y calidez me invadió frente a ese hombre, irresistible él también, como un gran ejército en marcha.

Fue entonces cuando me ofreció el primer regalo: un par de pendientes de oro con incrustaciones de plata.

Releo la crónica de la época registrada por un escritor sagrado que creo no haber notado en esa oportunidad.

Es una simple enumeración de hechos.

Escuetos. Condensados. Correctos.

No voy a agregar nada, lejos está de mí la revisión histórica, además decenas de reencarnaciones me han enseñado la fragilidad de la verdad. Dentro de ella, secretas e inesperadas, convive una infinita suma de verdades. Diré, apenas, que el amor tiene la costumbre de hacer esclavas hasta a las reinas.

Ya un invierno había pasado y con él se habían ido las lluvias, habían brotado flores en el campo y ya había llegado el tiempo de cantar.

Las higueras ofrecían higos dulces y las mandrágoras esparcían su aroma.

¡Ah, si el tiempo pudiera ser detenido un momento antes del error!. Salomón. . . ¿Me dió todo lo que quise? ¿Le di todo lo que había traído, como asegura la crónica?

Volví a mi reino acompañada de la gente a mi servicio. Volví. Mucho más sabía. Mucho más sola. Esperanzada en las mujeres de Jerusalén a quienes dejé un pedido, que después, tiempo después, supe había sido entregado.

¡No sé que me ha dado hoy por recordar!

Desde mi ventana miro el campo. Por la mañana fui a ver si los viñedos tienen brotes, si ya abrieron sus botones. En algún lugar de mi jardín descubrí los granados en flor.

Me siento bien.

Extrañamente joven y en el aire percibo un suave perfume alheña.

Espero la noche.

Hoy, como ayer, espero la noche.
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EDITH MUJICA JURISIC
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Casa América,
Asunción-Paraguay1985 (172 páginas).
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