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viernes, 25 de junio de 2010

CLAUDIA MARÍA GONZÁLEZ - SANTÍOGO , LA PROFECÍA y PODERES OCULTOS (Cuentos) / Fuente: CUENTOS BREVES DEL OLVIDO


SANTÍOGO, LA PROFECÍA
y PODERES OCULTOS
Por CLAUDIA MARÍA GONZÁLEZ
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

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SANTÍOGO
Al compás de los movimientos del autobús, un chico menudo y simpático vendía con tanto don los dulces caramelos que llevaba en las manos. Todos los pasajeros lo mirabámos atónitos y la brisa del viento alegraba su andar entre los que sin respirar gozábamos de ese trozo de inocencia y humanidad.
¡Caaraameeloo a cieeen.... ! ¡Caaraameeloo a cieeen! Ese era su canto cotidiano y su cruz de antaño.
Vender caramelos en medio de la terminal, correr de un lugar a otro para subir al vuelo a los que un día serían sus carrozas de la muerte ... ése era su santuario, uno muy extraño por cierto.
Mirábale muy entusiasmada siguiendo sus ojitos de esperanza.
- ¡Cuánta vida por delante, niño! -le dije.
- ¡Cuánta vida por detrás, querrá decir mi doña! - afirmó con devoción y siguió cantando alegremente ¡caaraameeloo a cieeen...!
Sus palabras me dejaron pensando en el recóndito mundo que ese niño traía consigo entre los dulces caramelos de leche. ¡Cuánta vida por detrás!, me repetía. ¡Cuánta vida por detrás!
El autobús hacía sus paradas obligatorias para alzar otros pasajeros que se sumaban a ese trajín espectral al que nos conducen nuestras ansias de mejorar el "status" y la categoría social.
Pensando en lo poco que vale mi boleto de vida de ochocientos guaraníes, que me abre el paso seguro hacia una tumba cotidiana y lisonjera, escuché decir a Santíogo, el de los caramelos, con voz potente y picarona: "Oiga, señor chofer...¿Se ha peleado hoy con su mujercita o qué? ¿Y esa cachaca mi señorcito? ¡Bájele una por favor!'
El mundo de gente de ese autobús se echó a reír. El chico tenía gracia ... sin duda alguna. Era especial ... sin duda alguna.
-¡A la orden mi capitán! ¡Usté sabe que es el que manda en este barco! - respondió el chofer con un aire paternal, que no parecía de este valle de lágrimas medianero. Y allí nomás, al son de la cachaca, el niño volvió a su canto y a su fiesta patronal: ¡caaraameeloo a cieeen...!, ¡a endulzar la vida señoras y señores! ... ¡caaraameeloo a cieeen...!
Qué sabor tan dulce adquieren las simples cosas de las cosas simples. ¿Querrán decir Santiago?, pensé. Pero lo volví a escuchar. Es Santíogo, me respondí. El deseo de conocer más de cerca a ese niño ancló en mi corazón.
Me perdí mirando a la muchedumbre. Un crío se amamantaba mansamente y un joven cedía el asiento a una viejecita muy coqueta. Uno, colgado y haciendo equilibrismo, iba leyendo el periódico. Otro, dormido plácidamente en los brazos de Morfeo, era más hijo de la noche que del sueño, y otra, a estirones, convencía a su hijo que también los viernes eran días de escuela.
Un olor a mandarinas inundó el ambiente. Qué maestría la de la naturaleza, pensé, cuando volví a escuchar. “¡caaraameeloo a cieeen...! ¡caaraameeloo a cieeen...!”.
Santíogo. Santíogo. San - tío - go. Qué nombre más extraño. No lo había escuchado antes.
La cachaca se apagó, el chofer de cabezas se daba contra el volante y con las manos en alto gritaba a los cielos lo que no podía creer. La muchedumbre se impacientó y alguien llorando pedía una mano para socorrer. Las noticias, con el periódico, volaron por una ventanilla. El crío dejó de mamar y se apretaba contra el pecho de su madre, buscando un refugio donde entrar. La coqueta sacó un rosario blanco de su bolsillo y empezó a rezar, mientras el dormilón se despertaba en medio de una pesadilla de nunca acabar.
El olor a mandarinas se mezcló con el barullo de la gente que, a empujones, bajaba del autobús estirada por la curiosidad más que por cualquier otro sentimiento. El sonido de las sirenas comenzó a llegar. Algunos abrían paso a las ambulancias y otros a la policía.
El tiempo fue fugaz. Santíogo, tirado en el asfalto, con ojitos de esperanza me susurraba: «Soy un tío santo que se va, mi doña. Le digo la pura verdad. Y con usted me quedo en mi nombre».
Con un blanco sepulcral cubrieron su rostro. A su alrededor muchas personas se estironeaban por los caramelos de leche que yacían esparcidos. Fueron varias las versiones que flotaron en torno al niño de la terminal, el capitán del barco con ruedas que al son de cachaca vendía caramelos de leche para subsistir. La policía siguió indagando y las autoridades dieron la orden de cerrar el caso cuando ni supieron qué hacer ni lo ocurrido fue considerado noticia por los matutinos nacionales. Santíogo. San tío go. San -tío -go. Santíogo.
Nunca olvidé el dulce canto que fue llevándolo hasta el cielo azul donde un coro de ángeles lo aguardaba: ...caaraameeloo a cieeen ... carraaammmellloooo aaa ciüeeeenrnn ... ccaaarraaammeeeloooo a cien ... craameloooo aaaa ciennnn ... meeloo ccccienn ... elooo ceennn ... loocieee ... a ciieenn ... ooaaiieeee ... aaaie ... a ...


LA PROFECÍA
El lamento de los perros al final del cortijo anunciaba sin pausas un silencio extraño. Las voces del corredor de las comadres ancianas narraban la historia de un niño sin tiempo. Se cumplía... se cumplía la profecía.
Preocupada por los vaivenes de los cazadores del pueblo y por la cantidad de armas que se preparaban con prisa, me dispuse a leer la historia real de una mágica existencia.
Los muebles de la casa se desplazaban sin rumbo y las luces abandonaron sus cajas para huir hacia el abierto campo. Hace un siglo que mis antepasados vivieron algo similar, y muy poco queda escrito sobre el niño sin tiempo del cual se habla en la comarca.
- ¡Mete los caballos en el establo y aliméntalos tranquilamente! Necesitamos que estén bien. La noche será larga -ordenaba mi abuelo al capataz de ancho sombrero.
- Sí, patrón -respondía nervioso y sus movimientos reflejaban un temor difícil de percibir.
- Llena los tarros con agua y asegúrate que en la cocina todo esté listo -decía mi madre a doña Julia, la encargada de las tareas domésticas de la gran casa que albergaba a la familia Márquez.
- Las alacenas están llenas, señora, pero no encontramos el trigo -avisaba la huérfana Enriqueta, a quien la abuela había criado con desdeño.
- ¡El ganado ha escapaaadooo! -corría gritando con potencia Miguel, mi hermano.
- La profecía comenzó, todo está dispuesto. Será larga la noche y la luz del día llegará con fatiga. Los vientos se alzarán con fuerza, los relámpagos danzarán sin compás, y el niño sin tiempo aparecerá envuelto en llamas que encenderán hasta el último rincón de este ancho valle -repetía bajito la anciana indígena Kurusú, envuelta en un coro de ángeles vestidos de rojo que revoloteaban por la casa desierta.
Comprendía muy poco la diversidad de esa angustia por la profecía compartida en la aldea.
Buscaba con ansias, entre las páginas de un libro, los secretos mencionados por Kurusú, mientras una leve brisa fue recorriendo mi cuerpo, jugueteando suavemente entre mis cabellos, dando vueltas las páginas hasta posarse en la que faltaba.
No había nada parecido a lo escuchado. Los peones, los abuelos y mis padres seguían en la faena casera, mientras un grupo de cazadores fue tras Miguel a buscar el ganado que se había escapado.
Al cabo de un rato comentaron que el viejo Cirilo se había olvidado el portón abierto. Esto difícilmente dio crédito al cuento de la profecía; sin embargo Kurusú no volvió en sí hasta que el niño sin tiempo la llevó consigo.
Más tranquila de ánimo seguí hojeando las páginas del libro. Era terrible comprobar las similitudes del valle y la ceguera del sol naciente con lo que me rodeaba.
Contaba la anciana que el corazón de la selva comen-zó a rugir. Que las montañas encumbradas sacudieron la sequía que llevaban encima, y que las nubes bajaron hasta mezclarse con el olor de la tierra dormida.
El todo era de un verde plácido y amarrado a las raí-ces de los árboles. Raíces que, como brazos inhóspitos, se extendían por toda la comarca para devorar a los sobrevivientes de la profecía.
El niño sin tiempo apareció con desprecio y, feroz, cabalgaba uno de los caballos que Miguel había comprado en la última feria.
El final de la historia se hace muy trágico mientras sigo leyendo el libro, y el misterio que la envuelve no me deja percibir la figura soñolienta, parecería ser de una niña, tendida a los pies del olvido sangrando encarnecidamente hasta el último suspiro. Kurusú está allí, la veo envuelta en un coro de ángeles que revolotean sin cesar al compás de los truenos.
El último ganado del grupo, que había salido corrien-do, entró al corral. Se terminó el conteo y se pudo comprobar que no faltaba ningún animal. Mi padre estaba feliz por el trabajo de Miguel. El era un buen campesino. Amante empedernido del campo y de sus ninfas, que lo recorren al atardecer en busca de agua y fuego.
El trigo no apareció, así decía el libro, una recopilación de muchas historias que se entremezclan con lo que estoy viviendo.
Al trigo de mi casa en la comarca lo habían cosechado la semana anterior. Fue una buena cosecha. Nos habría permitido pasar mejor el invierno, que en Costamar es muy serio y ebrio.
De repente, de improviso, un grito espantoso sumergió a la aldea en un atento pánico.
Enriqueta, envuelta en sábanas rojas, pendía colgada de un árbol cercano.
Kurusú no volvió en sí, yo la observaba desde lejos. El libro, en mis manos, temblaba. La peonada lloraba y prendía velas de incienso al dios de la llanura y del valle tendido. Los mulatos iniciaron el ritual de sus danzas y los jóvenes copulaban a orillas del río. Esto no me lo contaba el libro, lo veía yo sin entender lo que pasaba. Quería hablar y no me escuchaban, estaban todos atónitos para darse cuenta de que no me había perdido como lo pensaban.
El clima comenzó a cambiar. Del calor sofocante Costamar sucumbió en un frío eterno. Las llamas brotaban desde las entrañas de la tierra y las montañas rugían con voces de llanto. Cientos de raíces nos abrazaron hasta sofocarnos, muchos perecieron en esos amoríos extraños. Cesó la música de los mulatos y los jóvenes murieron desnudos, copulando. El silencio se rompió y las gargantas esparcieron sus más tímidos gemidos. Yo sentía que la vida se me escapaba por la ventana de mi casa, y al intentar retenerla me veía tendida a los pies del niño sin tiempo, en la página setenta veces siete del libro. Él estaba allí, y Kurusú me informó que estaba buscándome desde hace por lo menos un siglo, escondido en la página arrancada.
El campo reía a carcajadas ante su estupor de antaño. El estaba allí, era un niño muy viejo, me tocó con las manos y no me importó el desatino. Aunque los cuadros del hoy se mezclen sin piedad en mi memoria ya débil, recuerdo el crujido de los pies caídos sobre las hojas amarillas, la visión desnuda de los árboles de fuego, los cazadores sin cabeza que se arrastraban en la oscuridad de la noche, los caballos deshechos y el trigo regado nutriendo sin asco a los moradores del infierno.
Kurusú no volvía en sí, la veía desde lejos. Más ángeles se unieron al vuelo y, en la última lágrima de mis ojos ya dormidos, la voz del niño sin tiempo suavemente me rezaba. Tendida a sus pies sangraba yo hasta el último suspiro, mientras el sol del nuevo día y el trinar de los pajarillos recogían en la memoria el adiós a la profecía.


PODERES OCULTOS
Se fue sin más recuerdos que el triste llanto de una soledad profunda y desarraigada. Ella lo condenó a sobrevivir en el olvido de las ilusiones, en la imposibilidad de volver atrás y en el amor más sublime que su corazón, adulto y cansado, pudo alguna vez sentir.
Su mundo no se le parecía en nada. É1 era todo lo opuesto a la fastuosidad, a la hipocresía y a la vanidad. Sin embargo, al poco tiempo de su renacer eterno, la estrella fugaz de sus deseos lo volvió a la realidad. Ella ya no existía, quizás no existió nunca. Era la soberana de una guerra absurda entre poderes ocultos, cuyas víctimas inocentes mueren en vida cíclicamente.
La historia casi raya lo inverosímil. Juega entre las luces y las bambalinas de un teatro-mundo que se hace evidencia en la palabra no dicha. Sin embargo, yo estuve allí para hacerla con sangre y pulso atento.
Los teléfonos se controlaron, se montaron guardias de vigilancia, se duplicaron las ofertas de trabajo y el peligro se agudizó. Atentaron contra nuestros hogares, divulgaron las conversaciones, distorsionaron nuestras intimidades, y aniquilaron los últimos vestigios de un destino aun sin rumbo.
Atropellaron las oficinas, hurgaron en los armarios, vaciaron las bodegas y violaron los archivos. De todo eso, no quedamos más que la confusión, yo y la esperanza de aquel tiempo.
Solo hoy, después de cuarenta y cinco días de agonía perenne, en una sala de terapia intensiva de un hospital blancamente aterrador, puedo recordar con lucidez el sentido de mi vida, y escribir en el papel las emociones que me asfixian al revivir la pasión de un amor que no ha encontrado definiciones en la marea de los sinsabores cotidianos.
Cometí los mismos errores que mi madre y no me arrepiento de ello. Te renuevo su historia para que la ames tanto, o más que yo.
Todo comenzó una tarde lluviosa, cuando las ranas y los grillos saltaban en el jardín anunciando buenas noticias. Algo iba a suceder, eso decían en mi pueblo de antepasados. Y efectivamente fue así. Muchas cosas acontecieron, entre ellas Facundo y yo nos conocimos.
Faltaban cinco para las cuatro de la tarde cuando a mi lado se sentó un joven tieso y bien vestido. Se notaba que hacía por lo menos veinte años que había superado la barrera de los treinta. Lucía tan galante su impermeable color café. Me gustó el timbre de su voz y su sonrisa irónica. Me sentí descubierta a través de unos ojos pequeños, de donde emanaba una mirada aguda e impertinente. Me di cuenta que yo le gustaba y eso me hizo sentir bien.
Una mujer siempre desea que la deseen, me decía la abuela, cuando en su lecho de muerte me impartía los últimos consejos para reinar en el mundo de los machos.
El deseo es la voz impaciente del alma que se apresta a sucumbir en los suspiros del abismo humano. Es el regreso imperecedero al universo de los instintos prehistóricos, al manantial originario donde amor y pasión se han fusionado en la honestidad de lo sublime y de lo trascendente, y se han hecho, con el perfeccionamiento del egoísmo y la envidia, el arma mortal de aquellos corazones que han apostado a vivir y a vivir, y a seguir viviendo aun en el silencio de los propios sentimientos. La abuela tenía razón, me decía a mí misma, mientras al ir escuchando las voces del salón escudriñaba los movimientos del galán de al lado.
Me resultó aburrida la reunión. Nos habían convocado para ultimar los detalles de la operación clandestina. La tarea no iba a ser fácil, todos lo sabíamos. La estrategia se armó, se designaron las coordinaciones para los comandos específicos y se repasaron las técnicas operativas. Yo estaba tranquila, sabía quién era, conocía mis habilidades, pero me aterraba constatar que hacía mucho tiempo que había dejado de amar. En la guerra de los poderes ocultos no existe lugar alguno para sentir. Se trabaja y se vence. El enemigo está en ti y en el aire que respiras.
El calendario inició su cuenta regresiva. El reloj acompañó con su tic-tac, tic-tac, el pulso y la adrenalina que nos mantenía vivos en la mísera oscuridad.
- ¿Recuerdas la tarde que nos conocimos? -escuché la voz de Facundo en medio de la desesperación.
- ¿Cómo he de olvidarla? -respondí, amándolo más que nunca.
- Fuiste descortés conmigo -me reprendió.
- ¿Qué esperabas?, fuiste un insolente -le recordé.
- Todo esto va a terminar muy pronto, y cuando eso se dé, nos iremos lejos buscando horizontes nuevos -me dijo tiernamente en un abrazo que duró instantes seculares.
- No creo que te dejen por mucho tiempo en Paraguay, te enviarán a otra misión y seguirás tu camino como siempre lo has hecho -le respondí, atragantándome con la saliva que apenas me goteaba en la garganta.
El miedo a perderlo me paralizó. Sentía que me arrancaban la vida y me la hacían pedazos delante de mis propios ojos, mientras la rabia y la impotencia me sumergían en el infierno más terrible y seductor.
Sabía que no lo iban a dejar aquí. Habían interceptado los teléfonos y los de la vigilancia hicieron un trabajo impecable.
Él se iba a ir sin darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor. Y así fue. Su traslado se dio como un evento rutinario, mientras que en la ceguera de mi habitación de terapia intensiva escuchaba con dulzura los motores que subían el avión.
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Fuente:
CUENTOS BREVES DEL OLVIDO
Por CLAUDIA MARÍA GONZÁLEZ
© 2002 Claudia María González
© 2002 Editorial Servilibro
Pabellón Serafina Dávalos
25de Mayo y México - Plaza Uruguaya
TeleFax ( 595 21 ) 444770
E-mail:
servilibro@highway.com.py ,
www.servilibro.com.py
Asunción - Paraguay
Edición Adriana Almada
Arte Final Patricia Eulerich
Ilustración de Portada :
Claudia María González
(óleo, colección de la autora)
Primera Edición Octubre 2002
Segunda Edición Mayo 2007
ISBN 99925-859-1-9
Tirada de 500 ejemplares
impreso en Asunción - Paraguay
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CLAUDIA MARÍA GONZÁLEZ - CUENTOS BREVES DEL OLVIDO / Prólogo: ADRIANA ALMADA / Crítica literaria: EMILIO PÉREZ-CHAVES.


CUENTOS BREVES DEL OLVIDO
Por CLAUDIA MARÍA GONZÁLEZ
(Enlace a datos biográficos y obras
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© 2002 Claudia María González
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Asunción - Paraguay
Edición ADRIANA ALMADA
Arte Final Patricia Eulerich
Ilustración de Portada :
Claudia María González
(óleo, colección de la autora)
Primera Edición Octubre 2002
Segunda Edición Mayo 2007
ISBN 99925-859-1-9
Tirada de 500 ejemplares
impreso en Asunción - Paraguay


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PRÓLOGO
Hay seres signados por el polifacetismo. Como un cristal de múltiples caras, como un caleidoscopio humano, se expresan de muchas y variadas maneras.
CLAUDIA GONZÁLEZ es uno de esos seres. En su espíritu hay una inquietud natural que pugna por emerger: las experiencias -dolorosas, sorprendentes o felices- asumen la forma de la palabra oportuna, o bien la magia del color y la textura en composiciones cromáticas tempera-mentales, como la reproducida en la portada de éste, su primer volumen de cuentos.
Quienes la conocemos podemos afirmar que es un torbellino de ideas, de pasiones, pero también de gestos prácticos que ordenan la vida, que inauguran nuevas rutinas o producen cambios notables.
Con esta colección de historias que Claudia nos presenta bajo el nombre de CUENTOS BREVES DEL OLVIDO no hacemos sino, paradójicamente, ejercitar la memoria.
Estos cuentos son el espejo (uno de los tantos, quizás) a través del cual nos miramos, nos descubrimos, reeditamos viejas pasiones, temores o sueños, un espejo a través del cual nos reinventamos.
El Paraguay palpitante de los Sucesos de Marzo o las Ligas Agrarias, la condición de la mujer -estigmatizada por la pobreza y el machismo-, la vulnerabilidad extrema de ese gran colectivo al que las encuestas llaman "niños de la calle", o el destino de quienes -aquí y en mu-chas partes-arrastran su humanidad sin esperanza. Todo está aquí, condensado en estos relatos en los que también aparece el aleteo suave del amor, la sensación embriagadora del encuentro, la ausencia que se desvanece ante el recuerdo o ante la percepción de un más allá que nos seduce o amedrenta, para vincularnos finalmente con quienes han franqueado la línea que separa lo real de lo ilusorio y nos estremecen con su aliento.
De intensidad narrativa y vuelo poético, estos CUENTOS BREVES DEL OLVIDO se despliegan sobre un escenario familiar -paraguayo y latinoamericano- ofreciéndonos una particular comprensión de la condición humana.
ADRIANA ALMADA

APROXIMACIÓN CRÍTICA A
"CUENTOS BREVES DEL OLVIDO"

Para ser comprendida, interpretada, disfrutada (por aquello de "EL PLACER DEL TEXTO/LE PLAISIR DU TEXTE" como bien describía Roland Barthes), toda obra literaria debe ser estudiada desde la perspectiva del contexto histórico-socio-cultural desde el cual emerge y al cual representa, con esa casi infinita variedad de temas, estilos y motivos, que constituyen la esencia misma de la literatura, ese infinito y fértil paisaje de realidad y ficción, de testimonio y ensueño, de crónica y delirio, de entusiasmo y angustia, de plenitud y vacío. Esa obra, para llegar a auténtica, ejemplar y útil, debe ser aquel "espejo del camino" que aconsejaba Stendhal y ser ese espejo y espacio de realidad y sueños, de comunicación y reticencia, de diálogo y silencio.
Obra sí, que ya sea en versión documentalista, casi fotográfica y neorrealista, sea ya en una visión transfiguradora y mítica de la realidad, de los diferentes niveles de una realidad en permanente proceso de cambio, transformación y mutación, de una realidad perenne, como el tiempo o el mármol, o fugaz pero presente como el agua, el viento o el aire. Realidad múltiple, proteica, caleidoscópica, irreductible a categorías esquemáticas, y cárceles lógico-racionales que pretendan agotar, limitar o delimitar su integral libertad, sin la cual no puede subsistir ninguna literatura digna de su nombre, su función y destino.
Se debe indicar, señalar como uno de los rasgos característicos de la literatura en el Paraguay durante el siglo XX, la tardía aparición édita de obras literarias escritas por mujeres, fenómeno este que abarca, obviamente, los géneros de poesía, teatro, narrativa y ensayo, siendo estas dos últimas disciplinas las más afectadas por dicho condicionamiento negativo.
Con las conocidas y reconocidas excepciones de Teresa Lamas de Rodríguez Alcalá, Concepción Leyes de Chaves, Josefina Plá, Dora Gómez de Acuña, Ida Talavera de Fracchia, Carmen Soler, Ana Iris Chaves de Ferreiro (escritoras aquí citadas cronológicamente) - y alguna otra que, a vuelapluma, la memoria involuntariamente olvida - hasta ingresar a la sexta década del siglo XX, la literatura fue principalmente, y casi excluyentemente, oficio, tarea y expresión de hombres.
Circunstancia bien conocida es que hasta la década del '70, pocas mujeres paraguayas contaban con obra édita, según coinciden críticos y comentaristas de diversas generaciones, tanto en el Paraguay como en países extranjeros.
Luego, con vértigo y bullicio, durante las cercanas décadas del '80 y '90, sobre el escenario de las letras paraguayas emerge, impetuosa, caudalosamente, una pléyade de narradoras, poetisas y críticas en legión dinámica, entusiasta y creativa.
No es éste el lugar ni la ocasión de historiar nombres y obras, títulos y autores/as, comentarios críticos y reseñas periodísticas que dicha irrupción femenina en la literatura paraguaya ha motivado. Baste decir que, con las lógicas diferencias de calidad y cualidad, con los previsibles y evidentes altibajos, la obra édita de varias autoras, este hecho, esta circunstancia, resultan sí, irreversibles y auspiciosos.
Diseñado "à vol d'oiseau", este mínimo pero inevitable recuento, recordemos que a ese interesante y selecto grupo de recientes y valiosas escritoras, desde este, su inicial CUENTOS BREVES DEL OLVIDO, se incorpora CLAUDIA MARÍA GONZÁLEZ.
Se podrían redactar (como, sin duda, se hará en el futuro) minuciosos estudios de fuentes y temáticas, de recursos estilísticos y propuestas didácticas para profesores y lectores, novicios y jóvenes. Pero otro es el propósito de estas líneas, de estas páginas. Su objetivo consiste en invitar a compartir el deleite que cada uno de estos cuentos propone, sugiere, estimula.
La simpatía, el amor, el entusiasmo, la filial curiosidad y el afecto sincero que México (su historia, su cultura, su gente) despiertan en Claudia María González, no es algo casual, arbitrario, caprichoso. Nacen aquellos sentimientos, de manera básica aunque no exclusiva ni excluyente, de sus profundas y largamente reflexivas lecturas de autores mexicanos. Obviamente, los escritores clásico-modernos (es inevitable y querida la mención de Reyes, Rulfo, Paz, Fuentes). Ellos sí, pero también y sobre todo de las magníficas escritoras que México ha dado a las letras de "nuestro continente mestizo" (Mario Benedetti dixit) o, como un siglo antes, José Martí la llamaba "nuestra América", con aquella ejemplar y característica precisión estilística del más importante y vigente de los pensadores latinoamericanos, el Bolívar de los intelectuales y artistas de nuestro continente.
Esas significativas escritoras son, en breve y no taxativo recuento, Elena Garro, Rosario Castellanos, Elena Poniatowska, Ángeles Mastretta...
Como crítico literario me corresponde apuntar que, de esas incesantes y meditadas lecturas, en el estilo de
Claudia María González han quedado no evidentes huellas retóricas, ni sedimentos estilísticos asimilados, no verificables recursos técnicos incorporados, sino ciertos elementos que deben ser considerados relevantes. A saber, un clima singular, una afinidad existencial, una participación clara, generosa y solidaria en una temática esencial humana y humanista. Temática que no se recluye pero tampoco omite las circunstancias y los condicionamientos de género. Hecho que, gozosamente, contribuye al especial matiz de ternura y encanto que estas narraciones proponen al lector sagaz y cómplice. El mismo lector que, décadas atrás, con insistencia reclamaba desde París Julio Cortázar, particularmente en Rayuela, La vuelta al día en ochenta mundos, 62 modelos rara armar.
Estos cuentos de Claudia María González tienen diversas tonalidades, diversos argumentos, donde están presentes siempre: el acertado dibujo de los personajes protagónicos, la eficaz estructura de la trama del relato, y los finales siempre sutiles e ingeniosos que sorprenden y, no pocas veces, arrancan al alerta lector una pícara sonrisa o lo estremecen de intriga, emoción y angustia. Exactamente en la línea que indicaba en su legítimamente célebre DECÁLOGO DEL CUENTISTA el nunca olvidado Horacio Quiroga.
Es razonable aguardar, con honesta y promisoria expectativa, que a esta primera incursión édita de Claudia María González, sigan otras. Por el bien de su muy acertada expresión personal, por la salud y el nivel de las letras del Paraguay, que se honran con textos como estos. Textos cuidadosos, precisos, meditados, como los que ha leído este crítico para elaborar el presente comentario de análisis y estudio. Que no es más, pero tampoco menos, que el cordial umbral que se transfigura en el pórtico de inicio de la aventura en las letras que estas cercanas páginas de Claudia María González a todos nos proponen.
EMILIO PÉREZ-CHAVES
Escritor y crítico literario y de artes visuales Asunción del Paraguay,
Primavera del 2002

REFLEXIONES PRELIMINARES
Los CUENTOS BREVES DEL OLVIDO de Claudia María constituyen la llave de entrada a un mundo muy latinoamericano pero al mismo tiempo también muy paraguayo. Con su lenguaje fresco, impactante como la realidad misma, sencillo y al mismo tiempo preciso, esta bella e inquietante colección de cuentos, en los que la imaginación está bien anclada en la realidad, nos transporta en el tiempo y en el espacio a pasajes diversos de la cotidianidad paraguaya, vista a través de los ojos de los niños, a veces actores, a veces sólo testigos, pero siempre sinceros e incorruptibles.
Escritura fresca y espontánea que refleja un alma cristalina y solo puede venir de una pluma empuñada con pasión y profundo rechazo a la injusticia y la desesperanza, los cuentos sí son breves, pero no se olvidan, porque provienen de una mirada profunda, penetrante, crítica y compasiva.
Al leerlos uno no puede evitar sentirse arrastrado por el raudal de las crudas realidades que nos presentan. La fuerza de su lenguaje, arrancado de las entrañas de nuestros pueblos, lo sacude a uno, lo envuelve y ya no lo deja indiferente. Y en este tomar conciencia y detener la mirada en los reclamos de solidaridad humana, radica la vitalidad de los relatos.
Escalofriantes parecidos con otros lugares y tiempos en nuestra geografía latinoamericana, las historias que Claudia recrea a la vez con sencillez y maestría, saben mantener viva la llama de la esperanza y la alegría: como ocurre con el pequeño Santíogo: nos estremece su terrible muerte y nos indigna su injusto destino, pero nos acompañará siempre su alegre canto, lleno de esperanza en una vida mejor para nuestros niños: ¡caramelo a cien...!
ANTONIO VILLEGAS

PALABRAS DE LA AUTORA
Estos CUENTOS BREVES DEL OLVIDO nacen como idea y como una experiencia de escritura de emociones y sentimientos en el momento exacto en que mi hija, María Valentina, llega al mundo.
He pensado en ella durante toda la gestación. La he amado desde el primer instante en que tuve conciencia de que algo grande me esperaba para ser vivido, y establecimos un diálogo fraterno y cómplice en todo ese tiempo que compartimos juntas un mismo cuerpo pero en mundos diferentes. Un diálogo que continúa hoy en su proceso de crecimiento y que me brinda el goce de experiencias nuevas, irrepetibles, únicas y constantes.
Cuando en el último empujón sentí que sus extremidades abandonaban ya mis entrañas, la alegría de su encuentro con el mundo -que hasta ese momento era para ella un "algo" externo- generó en mí el temor inmenso de perderla. Un temor cuya fuerza me invitó a escribir líneas e historias que, en realidad, se centran en la percepción de las múltiples vidas que llevan los niños en nuestro medio. No solo en nuestro medio como contexto local, sino también como contexto universal.
Lo local y lo universal se conjugan en el niño (1). En él se "hacen" expresión de la capacidad que tiene la especie humana para mirarse, destruirse, enajenarse, trascender o crecer. La sensibilidad que el niño posee para expresar las convicciones, inocencias o contradicciones de la humanidad racional y emocional que somos es, sencilla-mente, sorprendente. Una sensibilidad casi imperceptible para el adulto.
Creo que el niño vive entre la realidad y la fantasía que se crea de la realidad, guardando los secretos más íntimos de esa convivencia, compartiendo escenarios que lindan entre la vida y la muerte, entre la esperanza y el olvido, entre la brevedad y lo eterno.
Creo que el niño, en ese movimiento planetario de su propia existencia, habita pasados, presentes y futuros continuos, donde las fronteras temporales se pierden, donde las transformaciones se multiplican al infinito y donde la brisa del espíritu se vuelve aún más suave al contacto con su cuerpo.
Creo que el niño es un ser muy especial que viene educado, tratado y abandonado como adulto por los adultos, hecho que hace que se pierda de vista su particularidad de niño, su visión de niño y su mundo de niño.
En CUENTOS BREVES DEL OLVIDO el niño, como el lector podrá ver, es el hilo conductor de las diferentes historias.
Historias que narran alegrías y tristezas, triunfos y fracasos, testimonios de los que han vivido y ya se han ido. Historias breves que permanecen en el olvido no solo del imaginario colectivo sino también de lo que la colectividad vive cotidianamente. Historias que evocan las conexiones circulares entre la vida y la muerte, entre el espíritu de los ángeles humanos y los ángeles celestiales, historias que evocan las circunvalaciones de la intrahistoria paraguaya, construida y destruida, fabricada, mágica y mitológica. Leyendas que no encuentran ten hito de referencia en las páginas de nuestra cultura oral; desapariciones fantasmagóricas que no se explican; diálogos exactos entre seres que habitan un intersticio espacial entre la vida-vida y la muerte-muerte, donde de manera dulce y soñolienta se percibe la arriesgada y consciente apuesta a la esperanza, a la resistencia tenaz al desanclaje familiar, a la tristeza del abandono.
Hay muchos más detalles en CUENTOS BREVES DEL OLVIDO que el lector seguramente podrá percibir mejor que yo. Estar abiertos para interpretarlos es una buena actitud para encontrarlos y, en la diversidad, disfrutarlos.
CLAUDIA MARÍA GONZÁLEZ
(1). Cuando hablo de niño me estoy refiriendo a niño y a niña.

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EL RAYO SE LO LLEVÓ
Esta mañana todo canta la gloria de Dios; el cielo resplandece con un azul brillante; los árboles lucen hojas nuevas; los pajarillos desgranan su himno de paz; mi corazón rebosa de alegría.
Estas fueron las primeras palabras que, como letanía, escuché al despertar de un largo y extraño sueño de abril. Mi familia estaba allí, sumergida en su domesticada cotidianidad. Una tristeza profundamente silenciosa e inerte se anquilosaba, ora en los rostros que pendían de las paredes, ora en los que a ellas se aferraban, queriendo beber ese último instante de respiro que, atomizándose en su huir pasajero, dejaba a puertas cerradas corazones, sonrisas, pasado y misericordia.
- ¡Mañana iremos de excursión porque es sábado! - anunció la dulce voz de mi madre, que a tientas conseguía reunir gotas de saliva que ayudaran a deslizar las palabras hacia ese auditorio tan extrañamente sordo hoy.
- ¡Mañana iremos de excursión! -retumbó fuerte la voz del padre, cuyo corazón latía al compás del eco que produjeron sus palabras en ese "gran cañón" despierto, viviente y adormilado hoy.
- ¿Por qué el cielo llama tan rápido a los más buenos? -preguntó Sofía, la pequeña pecosita.
- Sofía, Sofía ¿qué preguntas haces?, como si nosotros estuviéramos allí para saberlo -respondió entrecortado Imanol.
- Imanoool, ¿son modales? -dijo mi madre.
- No soy yo, madre, ¡es mi ser el que se impacienta! - justificaba filosóficamente Imanol el error cometido. Imanol, un hermano muy especial. Recuerdo que una tarde estábamos reunidos alrededor de una gran mesa, que con los años se había convertido ya en un miembro más de la familia, compartiendo con nosotros las angustias y las alegrías, los enojos y la satisfacción gladiadora frente al enemigo numérico caído de rodillas ante nuestros lápices y borradores en la batalla contra las matemáticas.
Esa tarde Imanol regresó de la escuela trayendo en sus bolsillos un resultado inesperado. En el río de las explicaciones incongruentes, el remanso de la mentira y de la justificación ilógica fue tragándolo poco a poco hasta que, antes de llegar al fondo y encontrarse con el rostro compasivo y tierno de mi madre, que esperaba la verdad tan ansiada, su boca pronunció semejante filosofía: "¡Madre, no soy yo el que no estudia, es mi ser el impaciente!". Esta singular expresión fue acogida por un coro de risas cómplices y fraternas y la tarea siguió su rumbo, hundiéndose en el vapor blanquecino y perfumado del chocolate, que ancló en la mesa para incorporarse a nuestro mundo tan cálidamente.
- La escalera de pino amarilla le gustaba mucho - dijo Sofía.
- Iré al mercadito antes de que despierte el niño - repetía continuamente mi madre.
- Aunque llueva, iré al cine esta noche -anunciaba Josué al padre. Y para la alegría de esa comunidad de pequeños incansables y revoltosos, caras de chocolate bien espeso, mi hermano mayor anunció también que todos estábamos invitados a acompañarlo.
La fiesta fue única. El vaivén de la puerta del baño, de la ducha, los jabones y las toallas, el "¡alcánzame el peine, por favor!", "¡oye, hace tiempo que estás arreglándote...!", "¡qué esperan ... se hace tarde!". Todo fue único. Aún recuerdo el bullicio de los preparativos y esos truenos, rayos y relámpagos que no dejaban de asustarnos de vez en cuando.
- Para que estés contenta iremos de excursión mañana -le decía bajito a mi madre ese hombre que desde hacía tiempo la amaba y acompañaba, ayudándola a sostener esta hermosa familia que juntos habían construido.
- Si es honesto y trabajador, le puedo dar un empleo - repetía Giacomo las palabras del verdulero Ramón, recordando aquel día en el que me proponía como ayudante y limpiador oficial de frutas y verduras frescas.
- Si el estudio sigue, ¡todo lo demás está bien! - rugía potente la voz del padre, cuando Josué le anunció que nos habían contratado en la verdulería para trabajar.
-¿Cuándo volverá, papá? -tintineaba la minúscula voz de Sofía, acurrucada en su rincón de mundo.
Ante esta pregunta el desconcierto tambaleó ebrio en el rostro de los presentes, y de nuevo sus miradas comenzaban a fijar las fotografías familiares dispersas por el salón.
¡Hoy todo está muy confuso para mí! ¡Me cuesta tanto entender... !
-Ya se hizo tarde, tendrán que dejar el cine para mañana. ¡Y el tiempo no invita a salir! -dijo mi madre.
-¡Nooo! -respondió el "gallinero", excitado por la lluvia, los rayos y los relámpagos fantasmales.
Esto recuerdo yo, y no entiendo por qué, a pesar de estar tan cerca, actúan como si yo no estuviese entre ellos. Al poco rato, una densa niebla me cubrió y todo lo que para mí era una fiesta se ha vuelto hoy silencio sepulcral.
- El rayo cayó donde estaban los niños y el rayo se lo llevó -repetía mi madre, cuajada de lágrimas, sollozos y ternura.

CAMPOMARÍA
La vieja casa junto al río, teñida de andrajos y recuerdos que como fantasmas recorren los rincones perdidos de la soledad más profunda. El viejo tanque junto al gallinero donde, a primeras horas de la mañana, el tenue chasquido arrullaba mis horas de descanso. El sol, la brisa, el átono verde de una esperanza que se echó a volar lejos, muy lejos. Desde hace mucho que estoy aquí, anclada a este campo deshecho, a la tierra de mi despertar triunfante. Años de gloria, de sufrimientos, rasgados por una pasión intensa, por un amor de siempre, de hoy y de nunca.
Hoy también hace calor, el sol brilla en lo alto de un cristal azul, lúcido y placentero. El viento mece las hojas de esos viejos árboles, que celebran un año más la llegada de la primavera. Me duele el campo en todo el cuerpo, su miseria y su riqueza, sus hombres olvidados en la tierna muerte de la faena cotidiana, en la quietud serena de la indiferencia perturbada.
Desde aquí puedo divisar todo el horizonte. Todos se han levantado ya, el gallo ha apenas terminado de brindar su más sonora bienvenida a la comunidad que se apresta a servir un día más a la madre naturaleza. Desde aquí, me aferro a mis recuerdos. Mi nombre era María.
- ¡Quédese quieta, mi niña...! ¡Por Dios, santa misericordia de la madre, del tío, y de los abuelos de todos los hombres y de todos los tiempos...!, ¡recién voy por los zapatos y ya se me acaba la paciencia! -me reclamaba con cariño mi madre.
- ¿Apuro el agua, señora? -dijo Socorros, que apenas mantenía los ojos abiertos.
- ¡Claro, m’hija! ¡Acaso no ves cuánto debo luchar para que esta diablilla se me quede bien parada un segundo! ¡Quédese quieta, mi niña!, le ruego por esa santa misericordia que la ha traído al mundo, a quien yo desconozco porque de lo contrario se la devolvería envuelta en un paquete muy coqueto, ¿sabe?
Socorros no estaba segura de haber entendido bien a mi madre, pero de todos modos se dispuso a preparar la tina con un agua muy tibia y rica, y un mar de espumas y vapores, que inundaron toda la sala de baño de olores marinos, que hoy traen a mi mente todos los recuerdos de ese mundo azul que algún día conocí.
La casa era bastante grande y yo conocía hasta los rincones más secretos que la misma albergaba. En las noches más claras de verano, me pasaba recorriéndola de par en par, tratando de hablar con esos seres que la habían habitado una vez, quién sabe en qué tiempo del tiempo.
La vieja y tierna Amparito hacía muchos años me había contado hermosas historias acerca de ellos. Estaba segura, tal como lo había dicho Amparito, que estos amigos me escuchaban y comunicaban, con ese silencio tan rotundo que gritaba a mares y vientos, verdades imperceptibles por los seres vivientes.
Cuando la faena comenzaba en el campo, el reloj llamaba a las horas de piano y al breve tiempo de tranquilidad y descanso para todos los que para la familia Miranda-Urtega trabajaban.
Pensando en mis amigos, advertí una leve brisa que acarició las cortinas. Continué practicando hasta que las notas comenzaron a deslizar una hermosa melodía, y ellos comenzaron a danzar. De rosas frescas perfumaban y de largas túnicas vestían. Amparito me saludó y sonriente me invitó a bailar.
La tarde caía sin consuelo y el campo se disponía a reposar. ¡Marííaaa!... ¡Marííaaa!... ¡Marííaaa!
Hoy también hace calor, el sol brilla en lo alto de un cristal azul, lúcido y placentero. El viento mece las hojas de esos viejos árboles, que celebran un año más la llegada de la primavera.
Desde entonces, la tarde cayó sin consuelo y Socorros cubrió con mi nombre, María, todo el campo deshecho.
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ÍNDICE
Prólogo /Adriana Almada
Aproximación Crítica / Emilio Pérez-Chaves
Reflexiones Preliminares /Antonio Villegas
Palabras de la autora
-. El rayo se lo llevó / Campomaría / La sequía / Un día en París / El Comandante Caius / La cosecha / La Noche de la Fuga / Las hormigas / Moisés / Santíogo / La profecía / Poderes Ocultos.
Guía Didáctica
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