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lunes, 19 de abril de 2010

FRANCISCO (PANCHO) ODDONE - REFLEXIONES SOBRE EL SECUESTRO / Artículo de opinión, fuente: http://panchooddone.blogspot.com/.


ARTÍCULO de
FRANCISCO (PANCHO)
ODDONE

(Enlace a datos biográficos y obras
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REFLEXIONES SOBRE EL SECUESTRO
El secuestro de Fidel Zavala, propone reflexiones que de ser tenidas en cuenta pueden gravitar en el futuro inmediato. Tal vez es una idea ingenua, pero vale la pena probar.
1.- La distribución de carne a sectores marginales exigido a la familia Zavala, por los presuntos secuestradores, debe analizarse evitando el inútil simplismo que se instaló en las manifestaciones de medios periodísticos y políticos.
2.- El secuestro implica un hecho de violencia ética condenable, al que se agrega el chantaje (obligación de la entrega de carne) porque tiene lugar a partir de la hipótesis de muerte para el secuestrado.
3.- Pero se trata también de un episodio político.Los secuestradores producen un hecho destinado a conmover a un sector de la opinión pública. Parecería que se proponen llamar la atención, sobre las dramáticas condiciones socio económicas de los destinatarios de la donación forzada.
4.-No debe confundirse un hecho político, por más que intente una pretendida orientación social, con un problema ético.Parece improcedente. Una interpretación no invalida la otra.
5.- Unánimemente fueron criticados quienes aceptaron la forzada donación de la atribulada familia Zavala. Denunciaron falta de dignidad y elogiaron a la comunidad indígena que la rechazó. Convendría llevar a cabo un estudio antropológico para definir las motivaciones de ambos grupos. El análisis de la conducta humana en su variada condición cultural, tradicional y religiosa permite deducir interpretaciones diferentes muchas veces contradictorias, según la vida y condiciones de quienes formulan las críticas.
6.-De una manera general puede afirmarse que exhibir como conducta necesaria e insoslayable la dignidad, con el estómago vacío, no es fácil. No se trata solamente de hombres o mujeres maduras, formadas, con claridad conceptual sobre valores éticos que deben integrar la conducta social. Gravitan condiciones económicas, sociales, políticas y religiosas particulares y diversas.6.- “Presuntos secuestradores”. Hasta ahora no está claro que es el EPP. Quien lo inventó, quien lo integra y quien se beneficia directa o indirectamente con el resultado de los secuestros, salvo en este caso demagógico de la distribución de carne. Aún así, parece demasiado elaborado. El grupo debe contar con una eficiente infraestructura para ser políticamente efectivo.
7.-Sorprende la enorme difusión publicitaria del episodio en los medios, y en las declaraciones de los políticos. Si el objetivo de los secuestradores, promotores de la distribución de carne, era publicidad, obtuvieron un precioso auxilio de medios y políticos y esto no parece ser solo torpeza e ignorancia.
8.- El ministro del interior supone que de haberse aprobado la ley anti secuestros, el episodio no hubiera ocurrido. Resulta poco frecuente su incondicional confianza en el poder de la norma. Puede atribuirse a Ingenuidad o a falta de experiencia política. Con ese criterio debe suponerse que criminales y delincuentes de variado tipo y pelaje, aceptarían portarse bien y no llevarían a cabo ningún delito a partir del conocimiento de la ley.El proyecto entonces debe ser amplio e inclusivo, destinado a controlar las mafias que actúan en la política, la economía, la evasión de divisas, la droga, el contrabando, etc, etc.
9.-Algunos sectores parecen haber descubierto que existe pobreza en la comunidad. Hambre ajena. Con o sin dignidad. Mas allá de la infamia injustificable de la actividad de la banda de secuestradores, duramente condenada por la sociedad, no sabemos que haya surgido ningún proyecto destinado a proponer un lucha nacional contra la marginación. No es correcto condenar la actitud generada por la miseria, sin proponer una reparación necesaria a la injusticia.
10.- Las crisis tienen la virtud de revelar la condición cultural y moral de la gente. Circunstancia peligrosa que invita a profundizar el conocimiento de la condición humana. Por ejemplo la declaración del diputado Mussi. “No importa si en el procedimiento de búsqueda de los criminales, muere la víctima. Como en el cine”, agregó.Además de infantilismo vulgar y estúpido, manifiesta absoluto desinterés por la condición del señor Zavala o de cualquier otro que eventualmente pueda vivir circunstancias parecidas. Habrá que suponer que el “representante del pueblo” asoció sus convicciones al trágico destino de Cecilia Cubas. Es obvio que no existe mayor diferencia ética ni cultural, entre el diputado y los secuestradores.
11.- La experiencia colombiana, de cincuenta años combatiendo contra las FARC sin éxito, no obstante haber organizado el ejército mas numeroso, y mejor armado de América, con el auxilio del ejército de los Estados Unido, parece demostrar que la guerra contra el delito no pasa solo por el armamento y las balas. Por lo menos no completamente. El armamento moderno y sofisticado sirve, si se ve al enemigo, o se sabe donde está. Si sabemos que motivaciones lo determinan a inventar esta historia de supuesta reivindicación. O si se trata solamente de dinero. Por ahora nos entretenemos con conjeturas y calificaciones. Los entusiastas de la guerra no saben de qué hablan. Deben advertir que la guerra es una cosa seria y no tiene retorno.
12.-Los manuales, (Desde Teoría del golpe de Estado de Malaparte) indican que cada guerrillero, subversivo, delincuente o secuestrador debe tener diez hombres de apoyo. Hagamos números. Resultan bochornosas las tontas teorías que producen los aficionados (supuestos señores de la guerra) entusiastamente aplaudidas por la falta de reflexión e inteligencia de los medios. Conviene llamar la atención sobre el hecho de que cuando se instalan en la comunidad, por obra de la prensa, falsos conceptos cargados de inútil soberbia, es fácil perder el rumbo, por la perversa presión sobre los responsables de proyectar y desarrollar la acción contra el crimen.
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Publicado: 05 - Febrero - 2010.
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FRANCISCO (PANCHO) ODDONE - LO QUE OCURRE / Artículo de opinión, fuente: http://panchooddone.blogspot.com/.


ARTÍCULO de
FRANCISCO (PANCHO)
ODDONE

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LO QUE OCURRE
La actividad política ha decrecido por el verano y las vacaciones, pero no ha desaparecido.
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Como dato puntual señalo que la comunicación, cuando se da ocasionalmente entre políticos de diferentes partidos o al interior de los mismos, generalmente se funda en discrepancias formales y acusaciones.
Se desarrollan en un clima de mediocridad que ignora sistemáticamente los problemas profundos de la realidad de la Nación.
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Las acusaciones contra el gobierno o sus amigos se limitan a temas que con suerte alcanzar una dimensión municipal, soslayando la raíz histórica de los problemas. Falta de trabajo, servicio insuficiente de agua y energía, falta de carreteras, de transporte, de industria, escuelas, etc. Orientación de la economía hacia los sectores pudientes, disimulando los requerimientos populares.
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Por su parte el gobierno por una inexplicable soberbia o por falta de medios y personas adecuadas, no desarrolla explicaciones ni aporta datos, si los tiene, que eventualmente puedan contestar las críticas de la oposición.
Esto hace suponer que el gobierno no existe o que sus funcionarios no gobiernan.
Los enfrentamientos tienen lugar dentro y fuera de los partidos, lo que produce un resquebrajamiento de la autoridad partidaria. Se genera un profundo desconcierto en los afiliadoS y como consecuencia en los ciudadanos en general.
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La ruptura interna de los partidos se funda en problemas personales y en la falta de programas y proyectos políticos serios, que apunten a la solución del problema del subdesarrollo económico y social que es la clave de lla frustración nacional.
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Se persevera en las declaraciones superficiales sobre problemas profundos que no se analizan en su verdadera dimensión, sean solucionables o no, al corto o al largo plazo.
Se supone como un lugar común, que Itaipú provea una mayor cantidad de dólares, sin entender el carácter estratégico en la empresa para Paraguay y particularmente para Brasil.
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Brasil participó como actor principal en la construcción de Itaipú porque debía resolver, por lo menos parcialmente,. el problema energético de la industria de San Pablo acosada por la falta de energía suficiente.
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No le interesó la necesidad de energía de Paraguay, soslayando el hecho que para nuestro país la electricidad podía constituir la principal herramienta del desarrollo. Al contrario, esta idea, sin duda legítima y generalmente ignorada por nuestros políticos, chocaba con los objetivos estratégicos de Brasil. De allí que con el transcurso del tiempo, la falta de fluido eléctrico en Paraguay se tornó un grave problema.
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Es posible que algunos negociadores paraguayos hayan visto claro el problema, y es posible también que pensaran que si lo planteaban como un derecho a la distribución ecuánime de la energía, entre los dos países, respetando la necesidad de desarrollo del nuestro, los brasileros hubieran puesto dificultades para la construcción de Itaipú. Uno de sus argumentos podría haber sido que la represa se construiría en territorio brasilero. Aunque esto no fuera verdad. Se iniciaría una larga e inútil discusión que terminaría frustrando el proyecto.
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El hecho es que los problemas fundamentales del subdesarrollo nacional no figura en el vademécum de los políticos ni empresarios, mas preocupados por la seguridad personal, sin duda importante, que por generar los medios para superar una economía feudal, y lograr que el país acceda al mundo moderno, mediante la integración de todos los sectores de la comunidad..
Las crisis políticas no son necesariamente negativas, salvo que, como en la actualidad, se generan por la falta de rumbo y de ideas por parte de los dirigentes político y empresarios. En este caso es grave.
El desconcierto alcanza no solamente a los partidos tradicionales, sino a los nuevos, que en lugar de cambiar la perspectiva y proyectar el cambio, imitan la frustrante metodología del enfrentamiento personal, la condena inmediata e irreflexiva, la disputa por acceder a los recursos del estado de una u otra manera, la calumnia, en fin, la falta de ideas serias y constructivas para un país integrado por un setenta por ciento de gente joven.
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Los medios son cómplices de este perverso sistema que ignora la realidad. La mayor parte de los espacios, escritos, radiales o televisivos están dedicado al delito, al crimen, o a la frivolidad. Puro escapismo. Existe una patética coincidencia en la ignorancia de políticos, empresarios y periodistas. Si queremos ser generosos podeos atribuirlo a los propietarios de medios que fijan el camino, y son árbitros del bien y el mal según sus propios intereses que normalmente no coinciden con los intereses del país.
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Fuente: http://panchooddone.blogspot.com/
Publicado: 17 - Febrero - 2010.
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FRANCISCO (PANCHO) ODDONE - LA POLÍTICA OFICIAL / Artículo de opinión, fuente: http://panchooddone.blogspot.com/.


ARTÍCULO de
FRANCISCO (PANCHO)
ODDONE
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LA POLÍTICA OFICIAL
La política del Ejecutivo apunta a generar desconcierto. No se sabe si es realmente una política proyectada de esa manera para desorientar a los opositores, o es consecuencia de la ineptitud de quienes manejan los temas del estado.
La decisión de Lopez Perito de desarrollar una nueva agrupación con el pretexto de crear una mayor base de sustentación para el presidente, incorpora mayor confusión en el panorama político.
Convendría saber si esta nueva agrupación responde a las expectativas de Lugo o se trata de una pantalla destinada a esconder los objetivos de Lopez Perito. Si este último fuera el propósito habría que adjudicarle al presidente una inocencia que no se compagina con la política general que lleva a cabo desde el primer momento.
Resulta difícil creer en la inocencia de Lugo, luego de su actividad como obispo, además de los años transcurridos en el vaticano, donde se analizan con bastante precisión las operaciones políticas. La falta de coherencia de la oposición, cuya única preocupación parece ser la destitución del presidente, sin proponer una alternativa que apunte a resolver los problemas económicos y sociales, estimula el desconcierto y fatiga a la opinión pública a la que no se le propone un camino de cambio.
Es absurdo suponer que la destitución del presidente sería suficiente para superar la condición del subdesarrollo o generar el cambio por si mismo.
La heterogénea composición de la base de sustentación del gobierno (multiplicidad de partidos, tendencias y agrupaciones de diferente orientación) disminuye la calidad de la institucionalidad y le resta autoridad.
La ventaja para el gobierno consiste en que los cuadros de la oposición ofrecen la misma confusión, y falta de organicidad, en relación con lo que debería ser un proyecto nacional coherente, sustitutivo de la incoherencia oficial.
La actividad política parece limitarse a la lucha por el poder, pero curiosamente creando las condiciones para que no se pueda alcanzar el poder.
Suponen que el poder está dado por la conquista de cargos públicos, sin entender que la alternativa de enriquecerse no constituye por si sola condición para el ejercicio del poder.
El enfrentamiento político, reducido a conflictos entre personalidades con objetivos limitados, ignorando los graves problemas sociales y económicos del país, genera desaliento en la comunidad y desinterés por la actividad política.
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Publicado: 09 - Abril - 2010.

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sábado, 13 de marzo de 2010

PANCHO ODDONE - SIETE CUENTOS INDECENTES - Prólogo: HELIO VERA / Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES


SIETE CUENTOS INDECENTES
Autor: PANCHO ODDONE
(Enlace a datos biográficos y obras
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Edición digital: Alicante :
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2002
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
[Pombero], 1999.


Prólogo
** Pancho Oddone ha sido afortunado en la elección del título de esta nueva incursión en el género de la narrativa: «Siete cuentos indecentes». Es que ellos son, intrínsecamente, eso: indecentes. Y esto que digo es una constatación y no una denuncia escandalizada. Es que el libro contiene historias cuyos protagonistas se rigen por reglas opuestas a las que recitan gravemente -aunque no las cumplan- los buenos burgueses, esos sujetos aburridos y grisáceos que se atiborran con las revistas que se ocupan de los personajes de moda, mientras urden planes para seducir a la mucama (o al chofer según el caso) del vecino, y la mejor manera de engancharse con alguna de las mil y una formas de vivir a costa del Estado.
** Ignoro si el título revela algunos sórdidos subsuelos de la atormentada psiquis del autor. No estoy seguro de ello. Toda afirmación al respecto sólo podría navegar en las aguas profundas de la conjetura, donde la adivinanza substituye a la comprobación y la intuición al raciocinio. Por eso debemos tomar con prevención al primer malvado que diga que la atenta lectura de los cuentos ofrece suculentas revelaciones a los devotos de la secta de Freud y de Jung; y que un congreso de miembros de esta fauna barullenta haría una fiesta con el análisis de algunos de los textos aquí presentados. Esta misma precaución tendrá que adoptarse ante aquel que trate de adivinar en el texto matices autobiográficos, dotados de un maquillaje superficial que apenas consigue apaciguar esas persistentes sospechas.
** Pero dejemos de lado estas hipótesis alocadas y retornemos a lo más obvio: los siete cuentos reunidos en este libro. Lo indecente es el signo que preside a los protagonistas y a los desenlaces. Aquí tenemos al adúltero contumaz que, después de disfrutar las mieles del amor ilegal, recibe su merecido con la milenaria Ley del Talión; al pícaro que vive un romance veraniego con la hija de un amigo y que, como era de esperar, después de embriagarse con la aventura, despierta a la dura realidad; la dulce adolescente que parece víctima de un complot para ser presentada como una asesina y que termina revelando oscuros aspectos de su verdadera personalidad; el marido que padece sus cuernos con la resignación enfermiza de un masoquista hasta que, acicateado por el alcohol, realiza un gesto tan heroico como inútil; la mujer que cree haber encontrado el amor de su vida -un mestizo bello y ardiente-, con quien realizará sus más alocadas fantasías hasta que, cuando éste resuelve dejarla reacciona con un coraje inesperado; el encuentro clandestino entre el patrón y la secretaria, en un coqueto departamento bonaerense, episodio que también concluye con un castigo sórdido y ejemplar, que pareciera dispuesto por el destino; las extrañas circunstancias por las que debe pasar un fugitivo de la represión política argentina, en su afán de poner tierra de por medio.
** La mentira, la cobardía, la humillación, la inconsecuencia y la traición campean a lo largo del libro que, a la postre, se convierte en un catálogo de diversos aspectos de la condición humana. La lectura deja, por esa suficiente razón, un sabor excitante y perturbador. Los cuentos están excelentemente escritos, dentro de un estilo que ignora los tediosos recursos del realismo mágico, la épica latinoamericana o las exploraciones del subconsciente.
** Sin descuidar la belleza del lenguaje, el autor nos propone un género que aplica a la crónica los métodos de la ficción. Quedará siempre la duda acerca de la verdadera naturaleza de los cuentos: cuadros de la vida real organizados con los recursos de la literatura o fabulaciones que aprovechan con éxito ciertos retazos de la cotidianeidad. El género ofrece enormes posibilidades a los escritores que se hallan de vuelta de las pompas y de las glorias del post-boom, y Pancho Oddone ha sabido internarse, con éxito, en este sugerente terreno, con la seguridad de un avezado explorador. La decencia, de seguro, no le hubiera sido de mucha ayuda para ello.
Helio Vera. .
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Una pregunta infantil

** Anita nos guió por Berlín. Era la encargada de relaciones públicas de la empresa con la cual intentaba negociar un contrato para mi compañía. Su comportamiento era pulcro, eficiente, preciso. Representaba la juventud alemana nacida después de la guerra, protagonista del crecimiento incesante de una gran nación.
** Exhibía, con recato, unas piernas largas y perfectas, un pecho alto y firme que pretendía asomarse por el discreto escote de su vestido y el pelo enmarañado y salvaje, sobre un rostro limpio de monja, como las que pintaba Hans Memling.
** Alicia, mi mujer, no se dejó engañar, aceptó con buena educación y desconfianza sus gentilezas, observó recelosa las ligeras liberalidades de humor que intercambiaba conmigo, y no tuvo ninguna duda que se estaba tramando una infamia, cuando le informé que su vuelo a Roma partía esa misma tarde. Agregué que no tenía más alternativa que postergar el mío hasta el fin de semana, a pedido del presidente de la empresa anfitriona.
**Volvimos al Hotel Kempinski como tres esfinges silenciosas, dispuestos nosotros a continuar el juego hasta el fin, y Alicia proyectando algún recurso heroico que pudiera desbaratarlo. El silencio implicaba una inequívoca comunicación subliminal, destinada a patentizar transparencia afectuosa, a la vez que complicidad culpable. Así suele ser la vida.
** Yo amaba a Alicia. Le había pedido que participara del viaje, sólo que no pude prever la presencia de Anita, ni los ominosos sucesos de los cuales fui finalmente víctima.
** Preparó su equipaje en silencio, me miró a veces con un relámpago de reproche en sus ojos negros, circunstancia que ignoré mientras fingía revisar papeles de la compañía. Letras y números aparecían como un remolino de confusas fantasías incomprensibles. Me sentí culpable, más exactamente, un hijo de puta, pero tuve el valor de continuar hasta el fin.
** Anita condujo el auto hasta el aeropuerto comentando banalidades que a nadie le interesaban. Quedó a una discreta distancia, después de una insincera y efusiva despedida y yo acompañé a Alicia hasta la sala de abordaje. Mientras la conducía solícito del brazo, me confió dulcemente que jamás me perdonaría.
** Esperamos que el avión partiera, atormentados por una tensión insoportable. Anita condujo el auto con imprudencia hasta el centro de la ciudad, trepamos impacientes en el ascensor del hotel hasta el piso noveno, abrimos la puerta del departamento con manos temblorosas, nos atropellamos al entrar mientras nos quitábamos la ropa y con un grito de walkiria, heroína de la leyenda de los nibelungos saltó sobre mí, me estrujó, golpeó y violó enloquecida de pasión, violencia despiadada y ensañamiento inmisericorde. Me sentí morir. Pensé en Alicia e imaginé que su venganza había comenzado.
** La noche fue el marco misterioso del acoso constante y tormentoso de la muchacha, que parecía decidida a terminar con mis ingenuas trivialidades de macho indomable. Una cruel mentira. Hizo lo que quiso y lo hizo bien, anuló mis iniciativas, desarrolló su propio proyecto erótico y recorrió mi cuerpo con precisión artesana, absorbiendo sin descanso cualquier expresión de vida, que pudiera proclamar mi mentida independencia de obrero del sexo. Fui dominado, expoliado, destruido y castigado. Si hubiera tenido algún coraje me habría refugiado en el baño, fuera de su alcance. No pude, no quise o no tuve la suficiente valentía como para aceptar mi cobardía. La noche se confundió con el frío azul del amanecer, que iniciaba la imperiosa rutina de un nuevo día. Mi fatiga era una historia incorporada definitivamente a la experiencia imperdonable de la derrota. Anita cumplía su misión con una helada pasión profesional y el resultado fue devastador.
** Los negocios se complicaron y debí viajar a Hamburgo. La compañía insistió en que la encargada de relaciones públicas me acompañara como traductora y secretaria. En los proyectos de la compañía parecía estar incluido el exterminio de un salvaje de las pampas chatas, por obra de una descendiente de Odín.
** Comprendí que Alemania hubiera decidido batirse contra una importante parte del mundo. En el espíritu indomable de Anita adiviné la eficiencia y la voluntad de un gran pueblo, finalmente derrotado por la proletaria mediocridad de la producción masiva y el primitivo salvajismo ruso.
Desde Hamburgo traté de comunicarme con Alicia en Roma. Era lunes, habían transcurrido cinco días desde su partida y en el Hotel Excelsior el recepcionista me dijo que no se hospedaba nadie con ese nombre. Me pidieron un segundo apellido y sus datos de soltera. Yo sabía que era contrario al orden y la costumbre que hubiera dado sus apellidos de soltera. El resultado fue previsiblemente negativo. Alicia no estaba donde debía estar. Había desaparecido. Curioso y sorprendente.
** Las reuniones de negocios ocupaban menos del diez por ciento del tiempo útil. El resto del día y durante la noche Anita se alzaba como una diosa terrible y demoníaca al pie de la cama, contemplaba con serenidad y objetivos alarmantes el campo de batalla, en el cual un sudamericano extraviado sucumbiría sin remedio.
** Propuse aprovechar el tiempo libre para recorrer la ciudad y sus alrededores. Pedí al conserje del Hotel Atlantic un mapa de la región y organicé una rutina turístico-cultural, con el objeto de poner distancia entre la intimidad del hotel y mi persona, sometida invariablemente a vejámenes indescriptibles cuyos detalles omito por mero prejuicio conservador.
** La falta de información sobre Alicia ensombreció aun más mi caótica situación personal. Llegué a pensar que una extraña confabulación había cambiado el rumbo de mi viaje, porque si bien participé de la maniobra destinada a pasar algunos días con Anita, jamás imaginé que sería precipitado a una maratón erótica, que terminó sustituyendo el sencillo objetivo comercial, que me había llevado a Europa.
** No supe cómo cambiar el curso de los acontecimientos. Carezco de la personalidad suficiente como para imponerme al acoso de una mujer como Anita, seguramente como consecuencia de una formación indulgente con las inclinaciones primarias de la gente en general, y de las mías en particular. Esta conducta, derivada de mi incapacidad para rechazar las hipótesis del placer, generó vendavales incontrolables en mi vida privada, y me aproximó finalmente a un epílogo dramático.
** La cosa llegó a su clímax en Travemunde, localidad de veraneo sobre el Mar del Norte. Anita me desvistió en una playa solitaria, azotada por vientos helados. No tuve ninguna posibilidad de pedir auxilio, terminé con pulmonía en un hospital bellísimo y aséptico, y con enormes marcas moradas el pecho, el estómago y el cuello, que recordaban las fotografías del domador del Circo de Moscú, destrozado por sus leones. No parecían consecuencia del frenesí amoroso de una muchacha con rostro de ángel.
** Insistí en mis llamados a Roma. Esta vez al consulado y a un amigo del Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia. Prometieron hacer una investigación para localizar a mi mujer. Alicia era mi verdadero gran amor. Quizá un poco fría y circunspecta, con una ternura medida, casi tímida, incapaz de desbordes ni violencias. Instalado dolorosamente en la cama del hospital viví una regresión culpable. La pulmonía y las grotescas condecoraciones, ganadas sin gloria ni esfuerzo, constituían la expresión tumefacta de una sanción justa, por el desvarío desleal con el cual había atropellado los finos sentimientos de mi mujer.
** Durante los días en que permanecí internado, Anita montó guardia junto a la puerta de la habitación. En el pasillo. Aprecié su solidaridad cómplice, pero le rogué al médico que no la dejara entrar. Inmovilizado por los tubos de oxígeno estaba indefenso y desconfiaba de su prudencia. Llamaron del consulado en Roma. Habían localizado a mi mujer. Una información ambigua. No mencionaron ningún hotel a pesar de mi insistencia, estaba bien y no debía preocuparme. Pobre Alicia, no quería preocuparla a ella, mi pulmonía podía provocarle una crisis de consecuencias imprevisibles. Jamás volvería a actuar locamente.
** Una semana más tarde fui dado de alta. Anita me condujo en silencio hasta Hamburgo. Llegamos al hotel y me acompañó hasta la habitación. No entró. Sentí un alivio injusto. Una especie de condena cobarde.
** Al día siguiente llegué a Roma. Tomé un taxi hasta el consulado. El cónsul fue amable y extrañamente circunspecto, dijo que Alicia estaba instalada en una casa de la calle Andrea Dona. Tomé un taxi y le di la dirección.
** -Bello posto -comentó el chofer.
** No sabía lo que diría a mi mujer. No había previsto ninguna historia extraordinaria, para justificar los moretones, todavía de un color azulado tendiendo a rosa pálido. Soy un canalla, pensé, tal vez debía decirle la verdad. Pero la verdad generalmente implica una locura de lamentables consecuencias. Alicia me amaba. Me propuse dedicar los próximos meses a la reconstrucción de nuestra relación. Sería una tarea de buenos modales, un poco de ternura y mucho amor.
** El taxi se detuvo ante una puerta enorme de madera labrada.
** -¿Esta es la dirección?
** -Eco, signore.
Toqué un timbre que sobresalía de la boca de un león de bronce, con ojos que me parecieron cargados de humor. Abrió la puerta un empleado, vestido con un mandil a rayas grises y negras.
Pregunté por mi mujer. Me hizo repetir el nombre, mientras me observaba de arriba a abajo con mirada innoble, sutilmente burlona. Me habían dicho que los italianos no tenían respeto por nada. Apenas por el Papa. El mucamo me cerró la puerta en la cara con una sorprendente firmeza, después de decirme que esperara.
** Pagué el taxi que arrancó rápidamente y desapareció. Me sentía intrigado y desconcertado. No conocíamos a nadie en Roma. El mucamo volvió y me indicó que entrara. El jardín y la casa se correspondían con la belleza imponente de la puerta. Alicia estaba sentada en una amplia reposera tapizada a rayas amarillas y blancas que hacía juego con otras, dispersas por el jardín. Estuve por avanzar rápidamente para abrazarla pero una sensación inquietante me detuvo. Un señor de pelo entrecano ocupaba otra reposera cercana y me sonreía con simpatía.
** -Alicia -dije- no entiendo nada.
** -Es fácil de entender. Voy a aclararte todo rápidamente. Me abandonaste por esa puta y vine a Roma. Conocí a Carlo Cavallerosi. Vivo con él.
** Sentí que me precipitaban por la Garganta del Diablo en las Cataratas del Yguazú. Quedé atontado. Imaginé que era una broma. Algo en sus ojos me indicó que no se trataba de una broma. Se miraban con ternura. Yo había quedado al margen de la historia. No podía ser. Me estaba castigando. Lo tenía merecido, pero los castigos tienen un límite. Aparentemente vivía en ese palacio y con ese tipo. La mosquita muerta. Fría y sin pasiones. ¿Tan rápido? ¿Por qué no? ¿Nunca había conocido a Alicia? Pero me amaba y yo también a ella. Era un disparate, una estupidez. Una locura.
** Entonces fue cuando el pequeño perro lanudo se me acercó y me orinó en el zapato. Lo miré con rabia. Al perro y a Alicia.
** -¿Por qué me hiciste esto? -dije.
** Ambos miraron al perro. Nunca llegaron a saber a quién había hecho la pregunta.
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«Las cosas no terminan así»

** «Esta gringa me tiene podrido». La cara morena, se le amorataba de rabia. Después de una larga carrera de Don Juan exitoso la tipa vino a complicarle la vida. El jefe intentó prevenirlo, pero no quiso creerle. Siempre había salido bien de los compromisos. El problema era que esto ni siquiera parecía un compromiso. Era peor, pero no podía definirlo.
** El jefe le dijo: «Eligio, esa rubia le va a dar problemas. Tiene ojos de loca». Eligio se rió, porque los ojos de Eileen, eran azules como los del jefe. Eso fue al principio. Después el jefe no habló más del tema.
** Como siempre, los problemas vienen del silencio. Cuando ya no se puede hablar o cuando uno está dispuesto a hablar y antes de empezar sabe que será inútil. Hablar entonces no es conversar. Tampoco discutir. Apenas una forma de odiarse. Porque la gente no quiere admitir que las cosas terminan. La gente. En realidad, a Eligio no le importaba la gente. Sólo las mujeres.
La gringa vino a complicarle la vida. Al principio fue una condecoración que lució con orgullo. A los cuarenta años recién cumplidos, coronel de aviación, rico y con la confianza del jefe, tenía el mundo en las manos. También era guapo y macho. Así decían las mujeres. Las que se habían acostado con él y las otras, que de alguna manera pensaban hacerlo o fantaseaban con la idea.
** Terminó de afeitarse. Se miró en el espejo del baño y aprobó el resultado. Eileen lo observaba desde la cama. Ajena a las reflexiones de Eligio, adivinaba que todo se moría.
** Era una hermosa mujer. Apenas había superado la barrera de los treinta. ¿Por qué una barrera? Porque a los treinta las mujeres cambian. Como después de los cuarenta. Sobre el mundo y la vida de las mujeres después de los cincuenta Eligio no sabía nada. Nunca había accedido a esa nebulosa impenetrable. Las mujeres a los cincuenta llevan mucha carga de tristeza, dolor, soledad y obligaciones. Eligio pensaba que habían pasado la etapa de considerarse mujeres. Por lo menos, él no las miraba como tales. Las mujeres eran otra cosa. En todo caso, debían ser otra cosa. Objetos para el placer, para el orgullo, para la afirmación de poder. Para el sexo.
** La gringa había sido un triunfo. Se la presentaron en la embajada. Estaba de paso. Sólo una turista. Después decidió quedarse. Llevaban ocho meses juntos. ¿Ocho meses? No, mucho más. Parecía toda una vida. Le había destruido la existencia. Ella no lo criticaba. Opinaba sobre todo y sobre todos. Machistas, decía. ¿Y qué? Le replicaba Eligio, los de tu país deben ser putos. Apelaba a la brutalidad para salir del paso. Para salvarse y no zozobrar, porque se ahogaba. La mujer quería hacerlo pensar y a él no le importaba pensar. Solamente hacer el amor. Como al principio.
** Fue una linda locura. La noche de la fiesta la invitó a volar a la estancia. Una aventura para la gringa sentirse en la negra oscuridad del cielo del Chaco, mientras la pequeña luz verde de la cabina le permitía, apenas, descifrar el perfil de Eligio. Un mestizo hermoso. Un centauro audaz y provocativo que penetró con su mirada, hasta el punto más vergonzoso e inconfesable de su sensibilidad. La desvistió lentamente, con los ojos negros y terribles, entre más de doscientas personas, el ruido, los olores y el calor. Eileen descubrió que el calor excitaba los sentidos en lugar de embotarlos. No podía ser de otra manera, porque el resultado fue ese vuelo a mil metros de altura en una frágil avioneta, tomada de la mano del hombre que acababa de conocer. Una locura. Suavemente le acarició la mano. Se multiplicaban los minutos y el deseo.
** Si hubiera podido, le hubiera hecho el amor en la cabina de la avioneta, mientras volaban rodeados de una oscuridad impenetrable. No hablaron. El ruido monótono del motor parecía el ronroneo indefinido de un gato, con expectativas inescrutables. Eileen inventó la sorprendente figura, porque desde niña le gustaba identificarse con los gatos. El ronroneo tenía una cualidad erótica.
** Eligio no hablaba. Concentraba la vista en misteriosas imágenes invisibles, cuya aparición debía ser consecuencia del cumplimiento de las órdenes que había impartido por radio.
** Algunas luces, como perlas incandescentes, brillaron sobre el horizonte. Una sonrisa distendió la cara de Eligio. Llegamos, dijo. Se volvió apenas y la miró. Todavía no podía creer que la gringa le hubiera hecho caso. Le propuso el viaje a la estancia como si le propusiera un viaje a la luna. Una fantasía de fin de fiesta. Pero la gringa aceptó y por primera vez Eligio pensó que se había enredado con una mujer diferente.
** Tres semanas más tarde descubrió, sorprendido, que esa mujer podía lograr cualquier cosa. No porque fuera una gran amante, aunque lo era. Tampoco porque fuera inteligente. Sabía enfrentarse a esa condición. Su extraña energía provenía de una cualidad indefinible, difícil de expresar y casi insoportable.
** Un sometimiento primitivo, antiguo y poderoso, le recorría la mente, la columna vertebral y le producía una inquietante laxitud en los brazos y las piernas. Como si fuera un niño, manejado con cariño y a la vez con firmeza por una mujer desconcertantemente irreal. Madre, niñera, gobernanta, amante, hija.
** «Gringa de mierda -dijo Eligio- me quiere dominar».
Cuando llegó a esa conclusión Eileen ya lo dominaba. Las primeras semanas fueron de pasión. Eligio la llevaba a la cama y Eileen fingía escapar. Eligio la perseguía, supuestamente enloquecido por el deseo. La diversión, excitante, implicaba un rito erótico terrible y deseable, por innecesario. El juego terminaba con una posesión violenta, angustiosa, desesperante, en cualquier habitación de la casa, en la cocina o en el sótano.
** Eileen imponía las condiciones. Eligio las aceptaba desconcertado y las vivía con una extraña inquietud. Se sentía incapaz de rechazar el juego.
** Advirtió que no podía manejar la relación. La gringa gritaba, lloraba, gozaba y gemía. Ni siquiera se divertía. Eileen se quedó en la estancia. Eligio viajaba a la capital por su trabajo y porque quería alejarse de la mujer. Viajaba solo, conduciendo su avioneta o con Maciel, el piloto.
En Asunción, la vida adquiría una sensación de sólida realidad. Se reunía con sus antiguas amantes, comía con ellas, se divertía, hacía el amor y fingía que la gringa no existía. Pensaba que todo había sido una fantasía y que nadie lo esperaba en la estancia. Pero no era una fantasía y la impaciencia por volver le resultaba insoportable.
** Eileen trazó un límite imaginario a su alrededor y definió su mundo privado. En el centro, como motivo, condición, principio y fin de todas las cosas, instaló a Eligio. Él no lo sabía.
** Si hubiera escuchado una descripción de ese Eligio que Eileen había ubicado en el centro de su mundo, no lo hubiera reconocido. Eileen estableció un abismo imaginario, pero vívidamente real, entre el pasado y el futuro. El desorden inevitable ocurrió por ignorar que Eligio concebía solamente el presente. No el pasado, y mucho menos el futuro.
** Imaginar el futuro le resultaba una carga intolerable. Como vivir la misma vida dos veces.
** De manera que Eileen, sin razón ni justificativo, comenzó a vivir hacia el centro de su mundo. Por su parte Eligio luchó por preservar una vida libre en la periferia, lo cual le permitía fantasear con la hipótesis de la fuga.
** No se decidía a llevarla a Asunción y decirle que todo había terminado. Era imposible. ¿Por qué imposible? Se hacía esta pregunta cuando viajaba a la ciudad. Tenía la respuesta cuando volvía a la estancia y era envuelto por su piel blanca, casi traslúcida, y los ojos azules, que parecían penetrar asombrados las historias baratas de la semana, con sus buenas, saludables e intrascendentes antiguas amantes. Se sentía humillado y vejado, en su amenazada independencia de macho montaraz.
** Eileen nunca preguntó qué hacía en la ciudad. Tal vez no le interesaba, lo cual agregaba una cualidad despectiva al desinterés por las actividades de su amante, cuando no estaba a su lado.
** La relación entre la gringa y el mestizo se convirtió en interdependencia neurótica. Eligio era feliz con ella, pero no la soportaba.
** Eileen llegó a convencerse de que nunca se iría de la estancia. Eligio satisfacía las fantasías que había perseguido inútilmente en sus aventuras sentimentales. Era su hombre. La expresión contenía una poderosa carga posesiva, más allá de la anécdota erótica.
** No importaba la realidad del amado, sin duda diferente a la imagen elaborada por la fantasía. Cuando Eligio se iba, para asumir sus responsabilidades en la ciudad, no se sentía abandonada. El hombre continuaba a su lado. Un fantasma vivo, poderoso e inmaterial, que existía solamente para su satisfacción.
** El tiempo también transcurrió para Eileen. Sólo que las expectativas, las frustraciones y el deseo, se orientaron en sentido inverso al de su amante.
** Se propuso demostrarle que la vida era una sola. Lo que ocurría ahora y ocurriría en el futuro, formaba parte de la historia escrita en el misterio de un tiempo remoto, sin que ellos hubieran tenido participación consciente, ni voluntad alerta para cambiar las decisiones.
** Una noche los peones escucharon rumores en el desierto y el capataz dijo que los subversivos estaban cerca. Eligio ordenó que los hombres se armaran y transmitió por radio la información al Comando en Jefe. Se paseaba por la galería escrutando inútilmente la oscuridad, buscando algún indicio que delatara la presencia del enemigo.
** La gringa se dedicó a preparar una buena comida. Cuando estuvo lista lo buscó.
** Eligio se sentó en el comedor, irritado por la fría indiferencia de la mujer, ante la hipótesis de circunstancias terribles. «Vivís en la luna» dijo, y golpeó el revólver sobre la mesa con gesto dramático. La mujer disimuló una sonrisa. «No va a pasar nada, no llegarán. No está previsto». Eligio se negó a considerar qué era lo que podía estar o no previsto y por quién.
** La noche transcurrió en un silencio tenso, apenas alterado por el lejano ladrido de perros salvajes. Al amanecer llegó un jeep del ejército con un teniente y dos soldados. La marcha de los subversivos había sido detenida a cincuenta kilómetros de la estancia. El teniente dijo: «Eran pocos y se desbandaron. Los buscan, pero seguramente ya cruzaron el río».
** La gringa miraba el horizonte. Eligio se sintió vencido. En el atardecer de ese día, resolvió terminar su relación con la mujer.
** «Esto no puede continuar» -dijo desde la cama, mientras ella se desvestía. Eileen lo miró. Vaciló un momento, terminó de desvestirse y se acostó a su lado. Eligio se volvió hacia el otro lado evitando su contacto. «Las cosas no terminan así» -dijo la mujer.
** Al día siguiente Eligio le dijo que preparara sus cosas, porque volvían a la ciudad. Impartió algunas instrucciones a su capataz y llamó a Maciel. «Vamos a Asunción».
** Eileen no hizo ningún comentario. No protestó, ni trató de cambiar la decisión. Sabía que el destino se preocupaba por definir los hechos profundos o intrascendentes de la vida.
** La avioneta carreteó pesadamente en la pista de pasto y se elevó sobre el desierto bajo un sol de fuego. Eligio conducía, Maciel a su lado, se revolvió inquieto en el asiento, acosado por una premonición, desde que se dio cuenta de lo que ocurría. Eileen acumulaba un pesado silencio, en el asiento posterior.
** -«Me voy a librar de vos, gringa. Yo soy hombre para vivir solo». -La voz se mezclaba con vibraciones mecánicas y alboroto de bielas. El viento silbaba por las ventanillas de la avioneta.
** Eileen dijo, suavemente: «Las cosas no terminan así. El destino. ¿Sabés, Eligio?»
** Entonces fue cuando el hombre sintió el frío cañón del revólver en la nuca. Recordó el 38, olvidado sobre la mesa del comedor. El disparo le rompió el cuello y la cabeza cayó hacia adelante. El cuerpo de Eligio se aplastó sobre los controles y el avión entró en picada.
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Enlace a la versión digital del libro Siete cuentos indecentes en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

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jueves, 28 de enero de 2010

WEEK-END. Autor: PANCHO ODDONE / Versión digital: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.



WEEK-END
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Edición digital: Alicante :
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Editorial Arandura, [1993].

«El ser está solo, absolutamente solo frente a su propia responsabilidad en el ciclo sin fin de las existencias. Ningún dios interviene ni para condenar, ni para recompensar, ni para perdonar, ni para escuchar súplicas».
(Historia de Buda) André Bareau
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- I -
La habitación era pequeña y húmeda. La mitad de la pared estaba ocupada por una ventana. Enfrentaba otra a escasos dos metros. Otra habitación con otra gente. El sereno había dicho, es confortable y no hay muchos mosquitos. ¿Por lo menos tiene espirales? No, no quedan. Café sí tenía. No estuvo mal. Mariana quiso juntar las dos camas sacando de en medio la mesa de luz. Era difícil hacer cualquier movimiento. Aun ese que parecía tan simple. Además, los ruidos se multiplicaban y un roce era un estruendo. Cuando el sereno trajo el café tuve que pasar sobre la cama de Mariana y pisar el suelo frío y húmedo. ¿Por qué tan húmedo? «Es un hotel nuevo» contestó. Puse la bandeja sobre la cama y entré al baño. Tenía ganas de bañarme. De lavarme los dientes. De hacer como si no estuviera allí. El hecho de estarlo no era simple, natural o indiferente. No me explicaba por qué había ido con Mariana a Mar Del Plata. No hay que volver sobre las historias pasadas. Es que resulta difícil saber cuándo una historia es pasada y simplemente se extiende o continúa siendo presente o amenaza con no terminar nunca. Tampoco se sabe bien por qué tiene que terminar, si cuanto ocurre es placentero y bueno. Mariana dijo que estaba enamorada. Mario nos había despedido en su departamento cuando partimos. ¿Qué pensará ese tipo? ¿Sabrá que dentro de un rato Mariana estará durmiendo conmigo? En ese momento creí que él lo sabía, solamente que la cosa era tan grotesca y se había planteado tan sencillamente que su oposición se nos hubiera antojado escandalosa, absurda y arbitraria. A él también, naturalmente. Fue un viaje sin impaciencia. Apenas con interés. Estaba dispuesto a no tomar ninguna iniciativa. Pero eso era una trampa. El no tomar iniciativas implica una iniciativa. Ocho años atrás había terminado mi relación con Mariana. Después hubo encuentros fugaces y placenteros pero todavía con engaños y escenas y protestas de fidelidad en las cuales ninguno de los dos creíamos. Así fue limpiándose una relación caótica y apasionada. Se fue transformando en una relación placentera porque no teníamos necesidad de engañarnos. Cuatro días antes me había llamado:
«Debo ir a Mar Del Plata a buscar a mi hija. ¿Me llevas?» Le dije que sí. Y allí estábamos en ese hotel nuevo, pequeño, húmedo y con mosquitos. Me acosté y recogí el diario que estaba tirado en el suelo. «Nueva York 27, (AFP) -El informe Peers sobre la matanza de My Lay concluye que militares norteamericanos cometieron allí asesinatos, violaciones, mutilaciones y actos de sodomía- afirma el New York Times». Recordé lo que me había contado dos años atrás un periodista norteamericano con quien había estado en Bogotá. Que en Vietnam había prostíbulos con menores de doce años y que los principales usuarios eran los soldados norteamericanos. Había que pensar en eso. Los norteamericanos eran como cualquier otro pueblo. Lo importante es lo que está pasando en el mundo cuando estos hechos, que forman parte de todas las guerras, son publicados por la prensa y discutidos en casa por toda la familia. Sodomía, violación, asesinato. Los temas de la literatura universal. El punto de partida de la naturaleza humana. Toda la tragedia griega se reedita en la lectura diaria de la prensa.
Nada cambiará. ¿Importa que cambie? ¿Puede cambiar? Mariana se desvistió y se acurrucó a mi lado. Seguí leyendo. Ella empezó a besarme el pecho muy suavemente. Se entretuvo sobre mi estómago mientras con la mano me acariciaba. No habíamos dicho una sola palabra. Esta era la primera vez que hacíamos el amor desde hacía más de seis meses. Durante un rato continuó con sus caricias hasta que comencé a besarla. No podía apartar de mi mente la noticia sobre Vietnam. La brutalidad y la perversión ocurren porque las cosas no se hacen ni se asumen con normalidad. Dos horas más tarde Mariana dormía boca abajo y su piel blanca mostraba las curvas más perfectas. Estaba fatigado por manejar cuatrocientos kilómetros. También por dos horas de amor. Un mosquito comenzó a zumbar cerca de mi cabeza. Me cubrí totalmente con la sábana para evitarlo y traté de dormir. Al fin de cuentas el mosquito debería dejarme en paz. Tenía a su alcance un objeto más atractivo.
Me desperté temprano. Evité hacer ruido al levantarme y un momento después estaba bañado y vestido. Mariana dormía. Tomé el desayuno en un bar de la playa y empezaron a llegar los primeros bañistas. Familias con niños pequeños. Algunos muchachos y muchachas solas. El sol y la niebla de la mañana creaban reflejos dorados en la arena. Una hora más y la multitud habría ocupado bares, confiterías, playas, olas, aire, y espacio.
Volví al hotel donde Mariana se estaba vistiendo. Me besó con cariño. Yo estaba incómodo. Para mí la cosa había terminado. Ahora había que ir al mar y tomar sol y buscar un buen restaurante y comer mariscos y buen vino. Esa era la otra parte de la aventura. Fuimos a una playa distante de Mar del Plata. Cuando llegamos ya cada uno estaba en sus pensamientos. La noche había pasado. El agua fría y salada me hizo sentir joven y lleno de vida. Mariana caminaba por la playa. Me hizo señas para que me acercara y fingí no advertirlo. Estaba linda como siempre. Solamente que tenía ocho años más. Es decir, 28. Ahora era una hermosa mujer y solamente sus ocurrencias recordaban a la niña que había conocido una semana después de su matrimonio y dos días antes de su luna de miel que finalmente no se produjo nunca. Fue conmigo su luna de miel. Jamás quiso volver a ver a su marido. Durante dos años nos amamos a cada rato y en cualquier parte. Y ahora ocho años más tarde estábamos allí de nuevo y probando que ya no teníamos nada que ver. Solamente que lo pasábamos muy bien juntos y nos encantaba hacer el amor. En algún lugar de Mar del Plata estaba su hija que tenía ahora ocho años. Durante el almuerzo traté de convencerla de que debía casarse con Mario. No era una garantía de estabilidad. Actor y anarquista. Pero era un buen tipo. Le expliqué que yo era un solitario y que eso seguiría siendo toda mi vida. «Te vas a morir solo como un perro», dijo con rabia. No me sentí agredido. Estaba comiendo la mejor cazuela de mariscos que había comido en los últimos tiempos. Además me sentí libre de la preocupación que había tenido desde el día anterior y que recién ahora descubría con claridad. Mientras hablaba miré la calle sin notar lo que ocurría allí pero hubo algo que me llamó la atención. Un reflejo nada más, pero suficientemente claro como para ver sobre el asiento delantero de un automóvil una pistola ametralladora en el momento en que un muchacho se disponía a cerrar la puerta. Después metió el brazo por la ventanilla. Seguramente para poner el arma en el piso. Se volvió y entró al restaurante con tres personas más. Una muchacha y dos hombres. Mariana me hablaba de sus dudas sobre Mario y de cómo yo había destruido su vida sin darle alternativas. Eso fue cierto durante varios años. Aun después de terminar formalmente nuestra relación. Pero después fue ella la que se preocupó por realizar la tarea de destruir sus posibles amores utilizando los argumentos que yo había usado antes. No quería tener a Mariana a mi lado, pero tampoco quería no tenerla totalmente. La naturaleza humana es contradictoria y egoísta y yo me consideraba una cabal expresión de esa pauta de la condición humana. Los tres muchachos y la chica se sentaron cerca de nuestra mesa. La muchacha no era atractiva ni bella. Solamente saludable, rubia, rosada, gordita y aburrida. Ninguno de los cuatro hablaban. Solamente miraban el menú. El mayor andaría por los treinta años y era el único entre los tres hombres que estaba afeitado. Por eso era tan agresiva su nariz larga y roja. Acercaba el menú a los gruesos vidrios de sus anteojos de miope. Los otros dos muchachos eran más corrientes. A pesar de sus barbas. Era natural que usaran pantalones de vaquero y camisas de colores vivos, pero no eran indudablemente turistas. Por lo menos los turistas no acostumbran a viajar con una ametralladora en las manos. Y uno de ellos la tenía en las manos hasta el momento de dejarla sobre el asiento. ¿Y si no era una ametralladora? Sin embargo, resultaba difícil equivocarse. Mariana insistía en que Mario era bueno y generoso y creo que eso en realidad no le importaba demasiado. O no bastaba. El auto era un Chevrolet nuevo y brillaba al sol. La muchacha reía alegremente. El restaurante estaba colmado de tardíos veraneantes de marzo. Familias enteras. Gordos, flacos, altos, bajos, vestidos como turistas, niños llorones, matrimonios mayores solos, clase media de todos los niveles pero con el común denominador de poder pagar la cuenta bastante onerosa del restaurante. Todos, pacíficos, buenos, tolerantes, envidiosos, egoístas, generosos, sectarios, mediocres, inteligentes, torpes, rencorosos y resentidos. Es como la gente, simplemente. Incapaces de admitir la posibilidad de que todos esos calificativos pudieran encajar en cualquiera de ellos, pero inocentemente desprevenidos ante cuatro jóvenes de aspecto deportivo que aparentemente tienen la insólita costumbre de pasear con una ametralladora debajo del asiento del auto. Mariana me tomaba la mano. «No me escuchas» «Por supuesto que sí». «A mí no me digas por supuesto. Nos conocemos demasiado. Eso quiere decir que no me escuchabas y que te burlas». «No, claro que no». Por qué te interesa tanto esa gente. Supongo que no será por la gordita. No. Es por otra cosa. De pronto advierto que en el restaurante hay mucho ruido. Ruido de platos, cubiertos, voces, rumores, risas, llantos. Los mozos se mueven con rapidez, con sonrisas, con gestos. Sudan, se esfuerzan, trabajan. Quieren ser personales eficientes, naturales. Nadie logra eso. Ni los mozos ni los clientes. No pueden serlo. Se trata solamente de actitudes, formas, gestos, y mucha comida que atraviesa esos gestos y los alimenta. Los estimula. Mario nos despidió con recomendaciones de vieja. No corran demasiado. ¿Qué habrá querido decir? Quédense dos días, así podrán ir a la playa. Hay tipos extraños. Estaba un poco triste, comentó Mariana durante el viaje. ¿Quién? Mario. Ah. ¿Y por qué? Cretino. Cada día estás peor. Debo recordarte que Mario no es mi prometido, dije. Mucho más cretino por recordármelo. Curiosa gente. Un amigo me había invitado a comer con Inés, la hermana de Mariana. Yo no conocía a ninguna de las dos. Cuando llegamos ella abrió la puerta del departamento. Fue solamente un segundo, pero estaba todo dicho. Dos días atrás se había casado después de tres años de noviazgo. Clásico noviazgo de provinciana. Quiso que todo fuera convencional y en el viejo estilo. Reaccionaba así frente a la madre. Viuda, rica, fea, con amantes y rodeada de brujos y brujas que sobrevivían con su generosidad o irresponsabilidad o desaprensión. Cualquiera de los calificativos se acomodaba correctamente para definir la cosa. El esquema fue bueno hasta esa noche. El marido había salido esa mañana hacia el norte a arreglar algunos asuntos antes de iniciar el viaje de bodas. Ese fue su error. O por lo menos uno de ellos. Nos vimos ese día y el siguiente. Después todo fue natural y lógico. O completamente poco lógico, pero fue y eso es lo importante. Nos fuimos a Paraguay durante más de veinte días. ¿Por qué a Paraguay? Quién sabe. Cualquier lugar hubiera sido lo mismo. Puede ser que resulte exagerado pero prácticamente nos pasamos veinte días haciendo el amor. A cada rato, en cualquier parte. En la piscina del hotel, en los autos, en el campo sobre el pasto y bajo un sol ardiente y espantoso que nos parecía ideal y amable. Inventamos un código para comunicarnos delante de la gente sin que nos entendieran. Mariana tenía sentido del humor y una ingenuidad conmovedora. En esos días compré una edición francesa del Arte del Amor entre los hindúes. Estaba ilustrado con muchas fotografías de templos en cuyos bajos relieves se reproducían escenas de amor. En realidad diversas formas del acto sexual. Estábamos en la cama de nuestro cuarto en el hotel. Desnudos acostados boca abajo y mirando el libro que estaba en el suelo. Pasaba las hojas lentamente y en silencio. «Cómo chapaban los antiguos» fue el único comentario de Mariana. Y su voz era tan graciosa que hasta el día de hoy no lo he olvidado. Recordaba este episodio ahora sin razón aparente. Tal vez porque nos acercábamos al fin. Un auto patrullero de la policía pasó lentamente. Los cuatro jóvenes no lo advirtieron. Mariana contaba episodios de la infancia de Mario. En su natural exageración parecía una versión infantil de «La hora 25». Según parece a su padre lo habían matado en Yugoslavia, en su aldea, en la puerta de su casa. A su hermano también. Después de asesinarlos los ataron con alambre de púa en los árboles del jardín. ¿El padre era fascista? No, comunista. En realidad tampoco. En momentos de guerra a veces la gente termina en un bando o en otro y no se sabe bien por qué razones. Los enfrentamientos vienen de muy atrás. Es curioso cómo la crueldad tiene formas similares y parecidos recursos en lugares diferentes. También en Colombia, en el Caribe en general, las venganzas políticas terminan con el derrotado envuelto en alambre de púa y colgado de un árbol boca abajo. Pero en Colombia agregan un detalle. Los testículos en la boca del muerto. Un colombiano me lo explicó. Es un símbolo, dijo. ¿Símbolo? ¿de qué? Cómo, ¿no se da cuenta? No me di cuenta y no agregó más. Después calló. No valía la pena seguir hablando con alguien que no entendiera algo tan obvio. A los 10 años, Mario sobreviviente huyendo por Alemania. Después Italia. Francia más tarde. Mario a los 18 años sobreviviente embarcado como marinero. Mario terrorista en París. Mario en Buenos Aires. Basta de Mario. Y a pesar de todo, Mario no había aprendido nada. Como a esas mujeres que las violan veinte veces en la guerra y la experiencia para ellas no existe. Siguen tan niñas como lo eran antes de que la violencia las golpeara.
Cuando volvimos de Paraguay el melodrama y el escándalo. El marido de Mariana me buscó y me encontró. Lo cierto es que no le costó mucho hacerlo porque la reunión, no provocada, pero sí prevista tuvo lugar en la casa de la mecenas de los brujos. Dijo cosas vulgares, groseras, violentas, cursis, grandilocuentes. En realidad, fue el único que habló. Ese derecho no se le podía negar. Yo esperaba un golpe en cualquier momento y estaba dispuesto a asimilarlo. Pero no llegó. La perorata continuaba. Meretriz. Eso ya fue tan gracioso que no pude contener la risa. Tampoco Mariana. A partir de ese momento me resultó imposible escuchar el final del discurso. Creo que una hora después continuábamos riendo. La madre de Mariana, que naturalmente había oído todo desde una habitación contigua, entró al living de la casa donde se había desarrollado el drama. Nos pidió que no le contáramos nada de lo que había pasado porque no le interesaba, pero que esa noche venían a comer unos parientes que llegaban de Europa y que nada sabían del escándalo, entonces, lo menos que podía hacer yo por el honor de la familia y la dignidad de la hija, era participar de la comida fingiendo que era realmente el marido de Mariana. Después de esta perorata expresada con toda dignidad, se marchó. Nuestras carcajadas debieron oírse en todo el edificio. Tal vez en el barrio. Resolvimos que ya que era de la casa y debía oficiar como marido de Mariana, era natural que cumpliera mi rol con absoluta autenticidad. Nos fuimos al cuarto de soltera de Mariana, cerramos la puerta con llave e hicimos el amor hasta que nos quedamos dormidos. Esa no fue la única vez que desempeñé mi papel de falso marido a pedido de esa insólita mujer que cada día era sistemáticamente despojada por sus adivinos, videntes, brujos y enamorados.
La gente se renovaba con frecuencia en el restaurante. Un hombre que estaba detrás del mostrador, seguramente el dueño, se acercó a saludarme. Me preguntó si la cazuela había estado de mi gusto. Le respondí afirmativamente y aproveché para preguntarle si conocía a alguno de los cuatro jóvenes. Dijo que jamás los había visto. Nos recomendó un buen postre y se marchó.
Mariana me preguntó si conocía tanto al dueño del local. En realidad era la primera vez que lo veía. Seguramente me había confundido con alguien. No lo creyó y curiosamente insistió en que por alguna absurda razón yo negaba conocer al hombre. Me pareció inútil insistir en la verdad. Hace tanto que te conozco y todavía no termino por conocerte, dijo. Me tomó una mano cariñosamente. Esas cosas en público me ponen muy incómodo. Le ofrecí un cigarrillo para liberarme de la cosa. Mariana dijo que termináramos pronto de comer y que buscáramos algún lugar al sol en la playa, lejos de la gente. Yo realmente no tenía ganas. Ni del sol ni de la playa ni de lo que inexorablemente ocurriría entonces. Una vez me había acompañado a La Plata y en el camino se le ocurrió bajar a tomar sol en el parque Pereira Irala. Terminamos haciendo el amor sobre el pasto interrumpidos a medias por los gritos de toda una familia de chacareros de la zona que paseaban en un auto viejo. No les hicimos caso y se fueron. Jamás conocí a alguien que fuera una expresión más cabal de la vida que Mariana. Descendiente de una familia tradicional, rica desde su nacimiento había aceptado sin protestas y sin interés las excentricidades de la madre que precipitó a la familia a una situación económica difícil e incierta. Dos años atrás alquiló un departamento pequeño en el que apenas cabían algunos muebles que pertenecieron al General Lavalle, antepasado de la familia, que por una casualidad había logrado salvar de la pasión enajenadora de la madre. A ese departamento que yo no conocía, la llamé una noche en que me asaltó un deseo irrefrenable de saber cómo estaba. Hacía meses que no hablaba con ella y varias semanas atrás había recibido un mensaje suyo en el que me comunicaba su nueva dirección y teléfono. Fue poco después de uno de sus frustrados intentos de nuevo casamiento. Me atendió con voz llorosa, triste, como si le costara hablar y expresarse. Podría jurar que en el momento en que levantó el auricular del teléfono yo sabía perfectamente qué estaba pasando. Me dijo que era bueno escuchar mi voz después de tanto tiempo, sobre todo en esa oportunidad y cortó la comunicación. En diez minutos hice un viaje que normalmente lleva veinte y llegué al departamento. Toqué el timbre inútilmente y de un empujón abrí la puerta. El olor a gas era insoportable. Busqué el interruptor de la luz y encendí, lo cual fue una locura, pero no pasó nada. Antes de asomarme al pequeño dormitorio corrí a la cocina y cerré las llaves de gas.
Mariana estaba acostada en su cama completamente vestida y alrededor se veían sobres rotos de muestras de somníferos. Conté quince. Necesitaba saber cuántos había tomado. Estaba semiinconsciente. Me había hablado de una vecina que vivía sola y de la cual se había hecho amiga. Toqué el timbre de la puerta de su departamento y apareció una muchacha de unos treinta años, bien parecida, a quien le dije quién era. Respondió con un ¡ah! que bastó para enterarme de que sabía quién era. Le pedí que preparara bastante café porque Mariana se sentía muy mal. También le indiqué que llamara a la hermana de Mariana, si tenía el número, y que le dijera que viniera enseguida. Contestó afirmativamente a ambas cosas. Volví al departamento de Mariana. Traté de despertarla para lo cual la levanté con violencia abofeteándola.
Luego de un momento se derrumbó nuevamente sobre la cama. Había un montón de cartas y fotografías rotas. Solamente una fotografía mía que le había enviado desde Londres a los pocos meses de conocernos estaba intacta. Entró la vecina con el café. Le pregunté cómo se llamaba. Laura, dijo. Me preguntó si podía hacer algo. Estaba asustada. Le dije que no era nada grave. Tampoco yo lo sabía. Volví a levantar a Mariana y la obligué a caminar. Sosteniéndola con mis brazos la obligué a tomar un largo trago de café muy caliente que se derramó en parte sobre su vestido. La hice caminar de un lado a otro. A veces interrumpía la caminata para darle una bofetada. Laura se había sentado en uno de los sillones de Lavalle (después me enteré que había sido de él) y observaba sin hablar. No tengo idea de cuánto duró esto pero mientras realizaba el trabajo que sabía que tenía que hacer, pensaba en todo el episodio y crecía dentro de mí una furia irracional, fría e inexpresada que se traducía en silencio y en mayor energía para continuar las idas y venidas por la pequeña habitación. Diez minutos más tarde fue despertando completamente y comenzó a llorar. Casi como un balbuceo. Un ligero y absurdo ronquido mientras las lágrimas se deslizaban lentamente por sus mejillas. ¿Por qué llamaste? decía. Por qué llamaste. Eras el único que podía darse cuenta. Después vino la hermana. El hermano. Una hora más tarde llegó un médico y Mariana bebía su café juiciosamente sentada en la cama. Ya no lloraba. Me miraba. Comentó: me debo ver hecha un desastre sin haber ido a la peluquería. En ese momento comprendí que todo había pasado y me podía ir. Es lo que hice.
Miraba ahora a Mariana en el restaurante y advertía que nada había cambiado en ella desde el momento en que la conocí. Nada había cambiado en lo fundamental. En el brillo de sus ojos, en su alegría de vivir, en su afán por desplazarse y hacer cosas. A la luz de esta observación me resultaba imposible explicarme su intento de suicidio. Jamás había conocido a nadie tan reñido con la muerte, la tristeza y la derrota. Sin embargo, había ocurrido. Muchos meses más tarde le pregunté por qué lo había hecho y respondió solamente: Estaba cansada. No explicó de qué y hubiera sido inútil preguntárselo.
Volvió el auto patrullero. Tal vez fue un segundo de indecisión en un cambio de marcha o simple impresión mía, pero me pareció que estuvo por detenerse. Continuó la marcha. Esta vez los cuatro jóvenes lo advirtieron. Solamente dos de ellos continuaron durante un momento mirando hacia la ventana. No podía estar seguro que lo que había visto en el asiento delantero del automóvil era una ametralladora, pero tampoco estaba seguro de que no lo fuera. De manera que la relación entre los cuatro jóvenes y el patrullero de la policía resultaba obvia. Nadie es capaz de decir cuál es el aspecto de una cosa o de la otra. Vivíamos, sin embargo, una época confusa en que los terroristas políticos son buscados por la policía como delincuentes y terroristas políticos. Formalmente existe una línea divisoria muy sutil entre el criminal y el héroe y nadie más o menos inteligente es capaz de definir ambas situaciones con precisión y seguridad. Solamente existe una manera y es refiriendo el análisis de la conducta formal a sus fundamentos esenciales. Allí, en el fondo del espíritu humano podrá encontrarse la clave que nos permita saber si el policía que reprime salvajemente es un asesino o un abnegado servidor de la comunidad o si el terrorista es un neurótico presionado y condicionado por oscuras frustraciones o un mártir capaz de arriesgar su vida y su muerte por un ideal que tiene como objetivo el beneficio directo e indirecto de la comunidad. Lo cierto es que yo no tenía una particular inclinación por la violencia, no obstante lo cual las circunstancias de la vida me habían llevado a conocer la cárcel por razones políticas cuando aún no había cumplido los quince años. Y después de más de veinte años de reflexiones sobre la violencia, era absolutamente incapaz de salir a la calle para informar al patrullero de la policía que en ese Chevrolet estacionado en la puerta del restaurante había una ametralladora debajo del asiento. También era cierto que mi escasa actividad política no había sido consecuencia de una actitud definida y clara hacia ese objetivo. Había sido arrastrado a ella por la circunstancia. En los últimos años mi actitud había cambiado. Observaba los hechos sin tomar partido y analizando y criticando la lucha permanente, eterna, incansable por alcanzar el poder y conservarlo, que es en definitiva la política. Como en estos momentos seguía con atención este episodio planteado entre la policía y los cuatro jóvenes, porque no quería evitar conocer de qué manera se resolvería. Independientemente de que la policía supiera o sospechara algo, o que los tres muchachos y la chica fueran delincuentes o héroes. Lo cierto es que entre ambos grupos había un auto con una ametralladora y eso no podía quedar sin expresarse de alguna manera. Pero no ocurrió nada. Había menos gente en el restaurante y los cuatro jóvenes y nosotros terminamos de comer casi al mismo tiempo. Cuando llegamos a la puerta ellos ya habían salido. Abrí y me hice a un lado para que pasara Mariana. Entonces empezaron los gritos y las corridas. Una voz de alto y simultáneamente dos disparos. Otro más. El Chevrolet se puso en marcha con un rugido y saltó para adelante. Por la ventanilla salió el caño brillante de la ametralladora. Ruido y Sol. Ta-tac-tac. El auto empezaba a doblar la esquina y un policía de rodillas en medio de la calle disparaba tomando su revólver con las dos manos. En pocos segundos había terminado el tiroteo. Entonces empezaron los llantos y los gritos. La calle poco antes vacía, donde los tiros y las voces de alto resonaban como una campana, se había llenado de gente. Miraban hacia donde yo estaba con expresión de miedo y curiosidad. Entonces me di cuenta de que Mariana había caído detrás mío. Me agaché maquinalmente. Sin saber muy bien qué había pasado ni qué podría hacer levantándola. Estaba con los ojos cerrados. Al pasar mi brazo por la cintura sentí una humedad tibia y pegajosa. La levanté como pude y salí a la calle. Los policías se acercaron corriendo. Me señalaron el auto patrullero. La gente nos rodeaba por todas partes y los policías los apartaban a empujones. El sol era más intenso que nunca. Brillaba sobre la capota del patrullero. Pensé por qué estaría allí en lugar de perseguir al Chevrolet. Cuando estuve más cerca y la gente se apartó advertí que cambiaban una rueda. Mariana estaba realmente bella. Como si durmiera en paz.
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- II -
El sol brillaba sobre el empedrado de la plaza. Un perro cruzó lentamente y desapareció por un extremo. Luego sacó la cabeza y miró a los diez hombres parados uno al lado de otro, frente a lo que parecía el edificio de la municipalidad o una iglesia. Sus cabezas eran redondas y sin rasgos. El sol las hacía brillar y se tornaron opacas casi negras. Sonó un estampido. Como un trueno gigantesco. Enorme. Tal vez el ruido que precede a los terremotos. O a las tormentas en la montaña. Pero nada se movió. O alteró. Las diez cabezas rodaron hasta el suelo. Los cuerpos quedaron parados en su lugar. Pero la niebla, el polvo, los hacía desvanecerse. Las cabezas empezaron a crecer. Cambiaban de color, verdes, rojas, amarillas. Eran poco a poco enormes esferas de las que crecían ramas, tentáculos, hojas, flores. Los cuerpos ya habían desaparecido. Y las esferas poco a poco ocupaban la plaza. En un extremo el perro observaba con atención sin mostrar el cuerpo. El brillo del sol era enceguecedor, enfermante, opresivo. Ahora blanco. Casi azulado. Sentí frío. La plaza quedó desnuda. Vacía, sin esferas, sin perro, sin sol. Solamente un tipo con cara bastante siniestra que me hablaba. A su espalda el corredor parecía un desierto de hielo encajonado. «Lo desperté. Me parece que estaba soñando. Hacía gestos con las manos. Es un mal lugar para dormir». -Miró a su alrededor. «Hubiera ido a su hotel. La chica se pondrá bien. Su mujer, ¿no?» -No esperó la respuesta. «El comisario quiere verlo. ¿Puede venir?»
Noté que estaba entumecido. Sentí frío a pesar de mi grueso capote. Pasó la enfermera con la cual había hablado la noche anterior. ¿Anterior? Era todavía de noche. Miré mi reloj. Las siete de la mañana. La llamé.
-Cómo está.
-Bien, no se preocupe. Tuvo mucha suerte. No se interesó ningún órgano.
Recién descubría que Mariana tenía órganos. Sangre, huesos, estómago, páncreas, intestinos. Qué absurdo. La periferia era lo más importante. Tan bien hecho. Modelado. Terso. Y adentro los órganos. Una lección de anatomía. No. De plástica. Cómo conocer una persona si no se le conocen los órganos. Ni siquiera se le adivinan.
La enfermera se fue. El policía aguardaba. El bigote le caía a los costados de la boca. La frente estrecha mostraba una cicatriz de lado a lado. Como hundida. Mas bien partida de un hachazo. El cuello encajado entre los hombros. Por lo menos allí debía estar. Las manos en los bolsillos del sobretodo negro y gastado. La imagen de un pistolero mejicano. Solamente que no tenía sombrero. Le dije que lo acompañaría. No sé qué hubiera pasado en el caso de negarme. Pasé por la sala de guardia y pregunté por el médico que atendía a Mariana. Vino a los cinco minutos y me explicó que no había sido nada grave. Nuevamente lo de los órganos. La bala había quedado alojada entre las costillas, pero la extrajeron en cuanto llegó al hospital. No había perdido mucha sangre. Necesita unos días para reponerse. Por lo pronto, durante esta semana permanecerá en el hospital. Quedará perfectamente, solamente usted verá la cicatriz -dijo. Guiñó un ojo. Sonreí. El médico seguramente no supo por qué.
En la puerta aguardaba el patrullero. Subí a la parte trasera. En el auto hacía calor. Atravesamos en silencio la ciudad hasta el camino de la costa. Llegamos al destacamento del barrio de pescadores. A pocas cuadras del restaurante donde se produjo el tiroteo.
Esperé durante diez minutos en la guardia, mientras me tomaban los datos que ya me habían pedido durante la noche. Lo hice notar, pero me explicaron que se habían perdido. No les creí y tampoco pretendieron ser convincentes. Pasé al despacho del comisario. Este era bastante alto y de pelo claro. Vestía como un funcionario bancario. En un extremo de la oficina colgaba en una percha el correaje y la chaqueta del uniforme. Las paredes estaban adornadas con fotografías amarillentas. Seguramente de ex oficiales muertos. Con esas caras ausentes y artificiales que muestran las fotografías antiguas. Parecen tan remotas y sin ubicación. Sin tiempo. Sin espacio. Simplemente de gente que ya no existe.
«Esto no es un interrogatorio» -mintió. «Solamente una conversación. Ha pasado un momento difícil». Su voz era bastante agradable. Amistosa. «Esa gente estaba en el restaurante».
No creí necesario contestar. Estaba corroborando una certeza. Jugaba con un anillo de oro con una piedra azul. Se esforzaba por adivinar qué clase de interrogado podía ser yo. No había llegado a comisario por tonto.
-¿De paseo por Mar del Plata?
-Sí.
Hasta allí duró su actitud indiferente y sociable. Abrió un paquete de cigarrillos y me ofreció uno. Lo acepté y mientras me lo encendía seguramente buscaba las palabras más adecuadas para iniciar su faena. Fue todo muy lento. Como si le costara decidirse. Se sentó muy erguido y miró la punta del cigarrillo. Permaneció en esta actitud hasta que terminó la introducción. Solamente me miraba fugazmente. De vez en cuando. Seguramente para ver qué efecto producían sus palabras.
«Se trata de un episodio muy grave. Hace tiempo que buscamos esa gente. Son delincuentes dispuestos a llegar a cualquier extremo. Suponemos que asaltaron un banco en Tres Arroyos y colocaron bombas en una garita de la base de submarinos de Mar del Plata. No tenemos su filiación y seguramente, como consecuencia de todo esto que ha pasado y por este episodio en el cual casi pierde la vida su señora, tenemos la seguridad que comprenderá la gravedad de la situación y colaborará con nosotros. En estas épocas de crisis es responsabilidad de todos los ciudadanos colaborar con las autoridades y eso esperamos de usted. Lo que ha ocurrido es en cierto modo bueno, por lo instructivo. Perdone esta afirmación, pero por lo general cuando la gente lee sobre estos actos de terror en los periódicos supone que son cosas ajenas a ellas mismas. Casi irreales. Usted lo ha visto. Casi ha sido víctima de ello. Eso es importante.»
Terminado el discurso guardó silencio. -No es mi esposa-, dije. Creo que le molestó. Se puso el anillo. Por lo general a la gente le gusta contar episodios en los cuales ha sido protagonista. A mí no. El comisario acababa de enterarse de esta característica de mi personalidad, lo cual perturbaba su deber profesional. Los planos se mezclaban. Para mí no era tan claro como para el comisario. No había tan estrecha y terminante relación entre el episodio vivido durante la mañana del día anterior y mi colaboración con la tarea policial. No era una cosa de causa y efecto. No tan simple. Tampoco había detenido al patrullero para decirle que en el Chevrolet había una ametralladora. También me indignaba lo que le había ocurrido a Mariana. Más aún, lo que pudo haberle ocurrido si la bala afectaba algún órgano, como decían el médico y la enfermera. Y seguramente deseaba romperle la nariz al idiota que aparentemente comandaba ese equipo de adolescentes. Tal vez alguna vez tendría la oportunidad de hacerlo. Pero eso nada tenía que ver con la policía. Y esta conclusión era bastante grave. Angustiosa. Era como descubrir que lo razonable era arreglárselas solo. Pero no solamente aquí, frente al comisario. También frente a los supuestos delincuentes. Con esas caras. Terroristas. Esa gordita saludable. Imbécil. La revolución. Aquí en la Argentina. Tal vez treinta y cinco millones de estómagos en el año 2000. Y dos vacas y media para cada uno. Pero tampoco con la policía.
«Usted quiere colaborar con nosotros, ¿verdad?». Parecía una pregunta, pero no era así.
Ahora era yo quien observaba la punta de mi cigarrillo encendido. Después lo miré francamente.
-Señor comisario. La señora que me acompaña ha recibido un disparo. Todavía no sé de quién. Si de los delincuentes, como usted dice o de la policía. Vamos a distinguir dos cosas. Por una parte quién es el agresor. Por otra, todas esas cosas que usted explica sobre los antecedentes de los que se tirotearon con sus policías.
-Con la policía. No es mía.
-Quiero manifestarle, que tampoco mía. Aun cuando tal vez lo diga en un sentido diferente. El hecho es que no sé qué ideología o intención tenía la bala que hirió a la señora Cullen. Creo que en definitiva se trató de un accidente, porque nadie seguramente pensó en matarla, ni quería hacerlo. Igualmente podría haber sido yo el herido, tal como lo explicó hace un momento. De allí a participar en la persecución de esas personas y aceptar como válidas todas sus afirmaciones sobre ellos, existe una distancia que yo no me propongo recorrer.
Permanecí mirándolo para ver qué efecto habían causado mis palabras. Sonrió con cortesía. Casi afectuosamente.
-Debo entender entonces que quiere proteger a los delincuentes.
-No, señor, y usted sabe que no es así. No tengo ningún dato que pudiera servirle. (Esto había sido un retroceso) En segundo lugar no creo que sea oportuno, ni dé resultados más o menos constructivos, analizar los elementos a través de los cuales ustedes llegan a la conclusión de que se trata de delincuentes.
-De manera que a su juicio la gente que anda con ametralladoras por la calle, ni son delincuentes ni tienen el propósito de delinquir.
«Digamos mejor que no abro juicios precipitados sobre esa conducta.» Esto era el absurdo, pero me divertía probar hasta qué punto el comisario era capaz de entrar en el juego. Pero no entró. En realidad no lo había sobreestimado. Se rió echándose para atrás en el sillón. Por primera vez rompió el esquema formal que había asumido desde el primer momento. Demostraba que tenía sentido del humor. Empecé a preocuparme. No iba a resultar fácil llevarlo a mi juego. Pero ¿cuál era mi juego? Hasta ahora era el de un estúpido, porque simplemente debería haberme limitado a contestar cuatro tonterías intrascendentes y ya hubiera terminado todo. Pero cierta absurda convicción de una imprecisa impunidad, y el fastidio de suponer que este tipo tenía resueltas todas las preguntas, me determinó a mostrarme sin ningún espíritu de colaboración.
-¿Cuál es su profesión?
-Periodista.
-¿Dónde escribe?
-En muchas partes. Trabajo por mi cuenta y vendo lo que hago a quien quiera comprarlo.
-Si es así, no tengo necesidad de explicarle las cosas que pasan.
-No.
-Entonces apoya a los elementos subversivos.
-Supongo que usted se refiere a esa gente que anda por la calle con ametralladoras. No. No los apoyo.
Se paró y comenzó a pasear por la habitación. Largos trancos a mi espalda.
No volví la cabeza ni seguí sus andanzas. Seguramente lo advirtió. Traté de imaginar qué estaría pasando, para adivinar cuál sería su actitud. Tal vez solamente evaluaba qué consecuencias podría tener el hecho de que yo fuera periodista, ante la posibilidad de aumentar la presión. Los héroes muertos desde sus fotografías miraban hacia mi espalda. En dirección al héroe vivo que tenía que decidirse. De pronto el paseo se detuvo. El silencio fue total y por eso lleno de rumores. Se oía el tableteo de una máquina de escribir en una oficina lejana. Los gritos exhaustos de algún borracho encerrado. El murmullo plagado de estática de la radio policial en la habitación vecina.
El comisario se sentó nuevamente. Estaba serio. Dio las últimas pitadas a su cigarrillo. Lo apretó lentamente sobre el vidrio del escritorio.
-Está haciendo una tontería -dijo-. Da la impresión de que usted estaba en el restaurante con los terroristas. Aparentemente los defiende. No es normal su actitud. Otra persona estaría indignada contra quienes son capaces de ejercer la violencia de esa manera. Reaccionaría. Clamaría por justicia. Una persona que estaba con usted ha sido herida. Podría estar muerta. No me importa que sea su mujer o no. Pero por lo que me han dicho, para usted no es indiferente lo que le pase. Lo llamo, esperando que colabore con nosotros y con toda tranquilidad me dice que no, y además duda que se trate de delincuentes. ¿Qué quiere que piense?
Poco a poco fui advirtiendo que estaba en el barro hasta las rodillas. Así que esa era la cosa. El comisario no era ningún estúpido. El camino era bueno. O hablo o soy cómplice. Mi actitud no era normal. ¿Quién es normal? ¿Qué cosa es normal? Viajar a Mar del Plata con una mujer ajena, que se pasa horas hablando del tipo que es su amante y tal vez su marido a breve plazo. Y esto poco después, o poco antes, de hacer el amor conmigo. Yo no sé si esto es normal o no es anormal. Son cosas que ocurren. Me divertían las referencias hacia la violencia del comisario. Resulta que los cuatro prófugos eran delincuentes con su ametralladora, pero la policía cuando golpea de más y se le va la mano, no ejercita la violencia, sino que impone el orden. El orden para que nadie haga otra cosa que lo establecido. Muy bien, ¿por quién? ¿Qué legitimidad? ¿Valía la pena discutir esto con el comisario? Era una carrera perdida. Me tenía atrapado.
-Analicemos la cosa desde el principio. Usted no tiene ninguna prueba de que yo haya estado en el restaurante con los delincuentes o terroristas o como quiera usted llamarlos. En cambio, yo sí tengo pruebas de que estábamos solos. En segundo lugar, cuando salimos del restaurante los tipos estaban en su auto. En ese momento empezó el tiroteo y la señora Cullen cayó herida. Lo mismo podría haberle pasado al dueño del kiosco de golosinas que está enfrente del restaurante. Y si hubiera sido herido a usted no se le hubiera ocurrido establecer ninguna relación. Está utilizando un elemento de presión que implica una amenaza. Además, prueba que me equivoqué con usted y que no es capaz de aceptar la verdad y la franqueza. Debería haberle hecho una descripción cualquiera de los tipos y estaría encantado. Aunque fueran mentiras. En realidad, cuando me llamó aquí no esperaba obtener de mí algún dato que le sirviera para la investigación. Fue seguramente pura rutina. En diez minutos me hubiera despachado y hasta me hubiera demostrado su fingida o auténtica pena por el suceso. Pero eso ya está superado. Ya no se trata de la investigación ni de los datos que hubiera podido darle y que no le servirían. Se trata de que no estoy dispuesto a entrar en su esquema de plañidera consideración porque un puñado de delincuentes miserables pretende turbar el orden y la paz. No puede soportar la idea de que alguien piense de que todo eso no tiene demasiada importancia. Sería, naturalmente, restarle importancia a su propia actividad. Si esos tipos no fueran delincuentes, ni guerrilleros, y simplemente un grupo de idiotas intrascendentes, la acción de la policía no sería tan heroica, ni tan sacrificada, ni tan justa e indiscutible. Por el contrario, esa sospecha es la que no puede tolerar. Por eso inventó lo de la presunta relación entre los tipos del Chevrolet y nosotros. Pero no me va a enredar. -Decidí jugar hasta el final-. Como lo que propone como hipótesis es tan absurdo, que no va a poder sostenerlo, le voy a explicar la cosa hasta sus últimas consecuencias. Claro está, si le interesa.
Guardé silencio. Quería obligarlo a tomar una decisión rápida antes de continuar. Entró un cabo y le puso un papel sobre el escritorio. El comisario debió aprovechar esa fracción de tiempo para pensar y decidirse. Era un diálogo absurdo. A esa hora. Con frío y hambre. En Mar del Plata, adonde había ido a pasar dos o tres días con una mujer que me gustaba. A quien me unían muchas cosas y me separaban muchas más. Pero que siempre me resultaba atractiva. Ahora en ese hospital. Herida. Afortunadamente no afectó ningún órgano. El órgano sexual es el único que le conocía bien. Pero los otros también se habían salvado. Mientras este estúpido con su mundo de orden, de buenos y de malos, de justos y pecadores se molestaba porque no estaba de acuerdo con el casillero, ni con la ubicación de los términos en el casillero. Volví a repetirme que era un estúpido. No él. Yo. Que me había metido en el lío sin que al fin de cuentas me importaran ninguna de las dos partes. Era la historia de siempre. El campesino que sale de su casa para ver cómo el ejército del señor feudal, que dicta la ley e impone el orden, lucha contra los bandidos que quieren escamotearle sus bienes. Por su parte el señor feudal, mientras va ganando la guerra, también le cobra los impuestos. Igual que los bandidos, si ganan. Porque entonces serán ellos señores feudales. Y este papanatas, esbirro transitorio del señor feudal, a esta altura de la vida y de la muerte y de la historia y de los triunfos y las derrotas, pretende moralizar y explicar dónde están los buenos y dónde los malos. La diferencia está en que el campesino, que es sabio, trata de esconderse hasta que pase todo. En cambio yo, que pretendo ser un estúpido civilizado y con derechos, hago lo posible por meterme en el campo de batalla, aunque puramente dialéctico, para que me den un palo.
-Está bien. Cuénteme toda la historia.
-No hay historia. No vi a nadie. No sé quiénes eran los que disparaban. Solamente el cañón de una ametralladora saliendo por la ventanilla del auto. Ahora, ¿puedo irme?
-No, se va a quedar un rato. Parece que los han localizado. Voy a ver —30→ qué pasa.- Se levantó y fue a la habitación vecina donde funcionaba la radio.
Antes de que saliera le pregunté si estaba detenido. -Solamente demorado -dijo. Retornó su sonrisa amable.
Encendí un cigarrillo. No era la primera vez que estaba en una comisaría. Detenido o demorado. Los eufemismos del orden. Esta vez no me preocupaba demasiado. Tenía tiempo. Nada que hacer. Mariana en el hospital. Me intrigaba el destino de esos cuatro huyendo en el Chevrolet, seguramente por algún camino secundario. Asustados. Decididos. Tal vez con alguna dirección precisa o sin ninguna. Como al trazo de una luz de bengala que finalmente se apaga. ¿Tenían aspecto de salteadores o de terroristas? No lo sabía. Pero era más fácil ubicarlos en algún café vecino a alguna facultad o en un bar automático de barrio. Tomando refrescos. No conspirando ni planeando un atraco.
Tomé un diario que estaba sobre el escritorio del comisario. En primera página informaban sobre un terremoto en Perú. «Lima, 3 AFP- Mientras las muertes aumentan a causa del frío y del hambre, el Gobierno anunció oficialmente que no hay esperanza de que el balance de treinta mil muertos se reduzca y, por el contrario, hay que temer que aumente». A partir de allí un largo relato de desolación, hambre, aldeas arrasadas, muertos.
Varios años atrás había estado en un terremoto en Chile. Las ciudades con muchos sitios baldíos donde antes había casas. Las calles fracturadas. A distintos niveles. Mostrando la tierra negra y húmeda a pocos centímetros de la superficie. La costanera como un complicado rosario de cuentas dispersas. De vez en cuando un rumor amenazante. Nos mirábamos inmóviles en nuestro sitio. Nadie sabía en qué dirección estaba la seguridad. La salvación. Porque nada ocurría hasta que ya no había tiempo de huir, o salvarse o alcanzar la seguridad. Lo mismo ocurría frente a la violencia, el disparate, la revolución, la crisis, el conflicto ingobernable. Es la vida misma. Es el mundo que transita y ama y odia, y crea y destruye. Esta generación, y la anterior y las que nos sucederán. Cambio, cambio, cambio. Los que quieren permanecer y conservar. Los que quieren transformar y trajinar hacia otro esquema. No hay diálogo. Ni con la naturaleza, ni con los hombres. Cuatro chicos huyendo en la noche entre la tierra, el miedo, el coraje, la impaciencia, la oscuridad y la esperanza.
Un puñado de policías persiguiendo la tierra, el miedo, el coraje, la oscuridad y la esperanza entre sus propios miedos y oscuridades. Los buenos y los malos. Mariana herida absurdamente. Se salvaron sus órganos. Eso está bien. ¿Testigo? El campesino que no tuvo tiempo de esconderse. La vida que permanece y simplemente existe. Es. Sin asaltos a bancos ni dinamitando puestos militares. Llorando como un niño, acurrucada en su cama después de los barbitúricos y el gas y la resolución, la desesperación y la muerte. Ya no quería vivir. ¿Eso es posible? La imagen misma de la vida, la alegría, el amor, el placer. No quería vivir. ¿Por qué tuviste que hablar? Me siento cansada. Inútil. Sin esperanzas sin respuestas. ¿Pero dónde querés buscar las respuestas? No importa dónde. Sé que no las hay. Estás equivocada. Vos sos una respuesta. Para otros. No para mí. Mi padre murió solo en el extranjero. Me enteré porque alguien envió una carta con un recorte de diarios en los cuales se hablaba de su vida y de su muerte. Tu padre está muerto. Terminado. Problema resuelto. No. No. Quiero hacerte el amor. ¿Dónde? ¿Aquí? Sí, aquí mismo. Pero estás loco. A treinta metros un cuidador vestido de gris recogía flores secas en una carretilla. El sol brillaba sobre las lápidas y las placas que recordaban y evocaban o intentaban fabricar virtudes, sentimientos, congojas, lejanía, soledad, silencio. La Recoleta. Como a cien metros cincuenta personas reunidas recordaban algún muerto ilustre. Alguien pronunciaba un discurso. ¿Sería para Lavalle? Estás loco. Loco o no loco te hago el amor aquí. Mariana se reía. Trataba de sofocar su risa para no llamar la atención del guardián. No se resistió en absoluto y me dejó hacer. No advertí si fue incómodo. Cuando todo pasó, descubrí que frente a mis ojos, entre su pelo, brillaban las palabras de una placa: «Silencio. Un guerrero reposa en paz». Se la señalé. Cuando salimos del panteón el cuidador nos miró con gesto de sorpresa. Observó un momento y después continuó con su tarea. El comisario volvió y trató de comunicarse infructuosamente por teléfono. Me miraba inexpresivamente.
-Parece que los encontramos. Va a tener que identificarlos.
La radio policial continuaba su monótona transmisión plagada de estática. Un cabo trajo varios papeles abrochados y los dejó sobre el escritorio. De pronto hubo mayor movimiento. Varios agentes salieron de oficinas interiores y marcharon por el patio rumbo a la puerta. Llevaban armas largas. Un sargento los detuvo preguntándoles adónde creían que iban. A Balcarce. ¿No? No. Solamente el comisario y yo, contestó el sargento. Volvieron a sus oficinas arrastrando pesadamente los pies. Negro, seguimos el partido. Está bien, pero ¿te acordás qué cartas teníamos? El borracho del fondo empezó a gemir. ¡Cállate, loco!, gritó alguien. Por el corredor de entrada de la comisaría resonaron risas de mujeres. Por su aspecto resultaba fácil adivinar que no habían sido detenidas por razones políticas. Las cuatro primeras eran arrastradas a empujones por dos policías. Una quinta marchaba rezagada. Esta se queda acá, dijo el sargento. La hicieron sentar en un banco del patio interior, frente a la sala de guardia. ¿Y por qué se queda acá? preguntó una de las mujeres. A vos no te importa. Métanlas al calabozo. ¿Y esto es justicia? ¿Acaso la loca esa tiene el culo de oro? Risas y gritos.
La muchacha miraba indiferente la punta de sus zapatos. Bajo las pinturas, afeites y adornos no llegaba a los quince años. El pelo lacio le caía sobre los hombros. Parecía realmente bella.
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