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lunes, 19 de julio de 2010

LUIS HERNÁEZ - DONDE LADRÓN NO LLEGA - Presentación: JESÚS RUIZ NESTOSA / Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES


DONDE LADRÓN NO LLEGA
de LUIS HERNÁEZ
Editorial El Lector
(BIBLIOTECA PARAGUAYA),
Asunción-Paraguay, 1996
Tapa: Luis Alberto Boh
Como presentación:
La ficción como reflejo de lo real,
por Jesús Ruiz Nestosa, diciembre de 1995
OBTUVO EL PREMIO LITERARIO ROQUE GAONA 96
Edición digital: Alicante :
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** El relato de este libro está ubicado en los últimos tramos de la expulsión de los jesuitas de todos los territorios del Imperio Español, que concluyó en 1767.-
** DONDE LADRÓN NO LLEGA, no es una novela histórica. Más que buscar una relación pormenorizada de los hechos, Hernáez ha indagado en la vida cotidiana y en los sentimientos más profundos e íntimos de sus personajes buscando desentrañar el valor humano de aquella aventura, el objetivo del autor ha sido captar lisa y llanamente la aventura humana.-
** Luis Hernáez, en su relato no agota las sugerencias de un lugar que posee el misterio, la energía y la fascinación que poseen muy pocos lugares en el mundo. Lo que ha querido hacer es recuperar el sentido de lo cotidiano a través de una anécdota, para lo cual debe vencer un doble obstáculo. Por un lado se enfrenta con todos los inconvenientes de la creación literaria, en cuanto a la construcción de la historia, de una estructura narrativa, de un lenguaje apropiado para narrar las acciones que componen el drama y encontrar las correspondencias literarias de la realidad. Por el otro, se enfrenta a la presencia física, real, tangible, imponente de aquellos vestigios que se han proyectado hasta nuestros días y que pugnan no solo para mantenerse en pie, sino también para lograr su propio espacio incluso dentro de la obra literaria. – JESÚS RUIZ NESTOSA, extracto de LA FICCIÓN COMO REFLEJO DE LO REAL.
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LA FICCIÓN COMO REFLEJO DE LO REAL

** Debo confesar que mientras leía el libro de Luis Hernáez estaba tentado a interrumpir de pronto la lectura y hurgar en mi archivo de fotografías de las Reducciones Jesuíticas de Trinidad para buscar, en aquellas imágenes, la clave de la trama. No lo hice un poco por respeto al autor, otro poco por no romper el sutil suspenso que crea a través de sus páginas y que es mantenido hasta el último momento. Además, de haberlo hecho, no habría logrado descifrar, de manera adelantada, aquella sorpresa que nos guarda y devela en las últimas líneas. Hay que reconocerlo, Hernáez es uno de los pocos escritores de nuestro medio que maneja con habilidad tal elemento.
** Pero, antes de hablar de ello, hay otras cosas más importantes en torno a este relato cuya acción está ubicada en los últimos tramos de esa lenta agonía que concluyó en 1767 con la expulsión de los jesuitas de todos los territorios del Imperio Español.
** En primer término, no es una novela histórica aunque haga referencia a hechos históricos y a personajes que de alguna manera dejaron una huella bien marcada como el caso de Prímoli (el arquitecto de tantos templos), Doménico Zipoli (compositor de las célebres Vísperas Solemnes), Antón Sepp (también músico) y tantos otros. Pero todos son mencionados como de pasada, tal como habrá sido en una sociedad basada en la igualdad con las naturales excepciones de las jerarquías administrativas.
** El autor no tiene ninguna intención de ofrecer una visión del proceso histórico por el cual pasó aquella experiencia tan notable y que aún hoy día sigue despertando la curiosidad y el interés de tantos investigadores. Ni siquiera aventura -a pesar de que la tentación es grande- de ofrecer una interpretación de aquellos «reales motivos» por los cuales Carlos III tomó tan drástica decisión.
** Más que buscar una relación pormenorizada de los hechos, Hernáez ha buscado ir más lejos. Ha indagado en la vida cotidiana y en los sentimientos más profundos e íntimos de sus personajes, buscando desentrañar el valor humano de aquella aventura que terminó de manera tan sorprendente y absurda. O mejor: se extinguió sin guardar proporción con la verdadera escala de su significado.
** Hernáez tampoco participa de la polémica, tan antigua como la historia misma, sobre la relación que tuvieron los jesuitas con los indígenas, el choque cultural, la organización económica y política de aquellos pueblos, etcétera. No es que el autor esté ajeno a la discusión, sino simplemente la aparta porque es evidente que ella no figura en sus planes. Se enfrenta a hechos consumados a los que busca, a través de la ficción, darle su justa dimensión humana. ¿Qué otra cosa puede hacer la literatura? Y, además, ¿no es acaso esta también una manera de escribir historia? Si uno de los objetivos de la Historia es, precisamente, ayudarnos a comprender mejor el destino que corrieron los pueblos, es evidente que el intento de captar la cotidianidad de la vida, con sus grandes y pequeños dramas, es un camino tan válido y efectivo como la relación pormenorizada de cifras, datos, fechas de las grandes batallas que llenan las páginas de tantos libros.
** En otras palabras, el objetivo del autor ha sido captar, lisa y llanamente, la aventura humana. Dicho de esta manera parece un tanto obvio, o una perogrullada. Pero, en realidad, eso que puede ser considerado tan simple, tan elemental y tan próximo, es, sin embargo, lo que se olvida con suma frecuencia. De las Reducciones tenemos decenas de datos sobre su organización política, su organización económica, la presencia de la religión en todos los actos de la vida, la educación, la práctica de las artes, etcétera. Pero nada sabemos de cómo vivían día a día, cómo se levantaba el sol por encima del caserío, cómo se relacionaban entre sí los pobladores de una misión. Tenemos un conocimiento muy científico de aquella experiencia y casi ninguno a nivel humano. Tanto es así que olvidamos con frecuencia -si es que alguna vez lo averiguamos- que las Reducciones tuvieron unos ciento setenta años de vida. Vale decir, es el mismo tiempo que ha transcurrido en nuestro país desde la Independencia Nacional hasta nuestros días.
** Por encima de todas estas consideraciones extraliterarias se encuentra el libro como tal, como obra tautológica, que debe explicarse por sí misma y a través de sí misma, apoyándose única y exclusivamente en sus valores esenciales. Y es aquí donde encontramos la mano del autor, aquella misma que descubrimos en su primera novela: «El destino, el barro y la coneja».
** Para este caso reinventa un lenguaje, una estructura y un discurso diferentes. En su primera novela el lenguaje contenía un flujo de violencia porque del mismo modo eran sus personajes y las situaciones que enfrentaban. En el presente caso su lenguaje se vuelve fluido, claro, sencillo, acorde con un estado de vida que transcurre en un quimérico equilibrio. Sus personajes están sumidos en un grado de pureza e inocencia a pesar de los sentimientos que experimentan y de las pasiones por las cuales se dejan llevar. Hecho que los hace aún más humanos y también más inocentes.
** En cuanto a la estructura, Hernáez apoya su relato en dos extremos temporales: el presente en 1767, meses antes del real decreto de Carlos III, rey de España, y mucho tiempo atrás, en las mismas Reducciones de Trinidad. El hilo conductor será un indígena, Bernardino, quien se encuentra en Asunción, trabajando al servicio de un encomendero, dedicado a explotar el negocio del tabaco.
** El presente y el pasado irán alternando en un juego muy preciso y delicado, ya que de manera casi imperceptible se irán acercando hacia un final por un lado previsible: la expulsión de los jesuitas de todos los territorios españoles de acuerdo a los documentos que todos conocemos, mientras que por el otro los personajes nos llevarán a un desenlace sorpresivo. Es gracias a esto que el interés y el suspenso se mantienen hasta la última página.
** Por último, deseo hacer algunas consideraciones extraliterarias para aquellos lectores que tengan en sus manos este libro y no hayan estado nunca en las ruinas de Trinidad, ubicadas a unos 420 kilómetros al sureste de Asunción (Paraguay).
** Luis Hernáez, en su relato, no agota -felizmente- las sugerencias de un lugar que posee el misterio, la energía y la fascinación que poseen muy pocos lugares en el mundo. Lo que el autor ha querido hacer es recuperar el sentido de lo cotidiano a través de una anécdota, pequeña si consideramos la magnitud de aquella empresa. Y no es trabajo fácil después de haber estado en ese sitio, ya que es allí donde se percibe el tamaño del desafío; la imaginación retrocede y todo intento de recreación de aquella época se inmoviliza.
** Quienes acompañamos, a través de muchos años, las lentas excavaciones que pusieron al descubierto el Templo Mayor y las numerosas Casas de Indios, como el Campanile, el templo pequeño y el cementerio, podemos certificar que, al trasponer los límites de la Reducción, nos encontramos pisando una tierra que fue apisonada por los pies descalzos de miles de indígenas que participaron en una experiencia única dentro de la historia de la humanidad, y que estamos mirando los mismos muros que un día miraron los ojos de Prímoli. Nada de esto puede resultar gratuito.
** En otros términos, el autor debe vencer un doble obstáculo. Por un lado, se enfrenta con todos los inconvenientes de la creación literaria en cuanto a la construcción de una historia, de una estructura narrativa, de un lenguaje apropiado para narrar las acciones que componen el drama y encontrar las correspondencias literarias de la realidad (la real y la inventada) para verterla en los moldes de la obra. Por el otro, se enfrenta a la presencia física, real, tangible, imponente de aquellos vestigios que se han proyectado hasta nuestros días y que pugnan no sólo por mantenerse en pie, sino también para lograr su propio espacio incluso dentro de la obra literaria. Y eso no es trabajo fácil. Pienso que Hernáez no habrá escapado de tales dificultades. Pero felizmente ha logrado lo que se proponía. Y ello puede comprobarlo cualquier lector en las páginas que siguen. - Jesús Ruiz Nestosa - Asunción - diciembre de 1995

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- 1 -
El sol comenzaba a teñir de rojo la inflada panza del nubarrón que flotaba sobre la planicie extendida hacia el este, más allá de la bahía, y encima del agua todavía permanecían jirones de bruma grisácea cuando Bernardino bajó por la barranca trastabillando en la penumbra.
Pisó la arena mojada y un escalofrío recorrió su cuerpo casi desnudo, un chapuzón le libraría del sudor pegajoso de la noche (ahora que ya había salido de su cuerpo el calor que el tabaco le metió adentro en la inmensa barraca) pero agitar el agua le obligaría a caminar buscando otro remanso con peces somnolientos y el hambre comenzaba a apretarle (prefería no ir con su mujer a la cuadra-comedor donde comían el resto de los encomendados).
Se paró un momento en el borde del agua y miró maravillado, como si fuera la primera vez, la extensa amplitud de la bahía que temblaba suavemente como el cuarto trasero de la res recién faenada cuando se la pone a orear, y vio cómo ese plomo gris ceniciento se iba tiñendo de rojo hacia el oriente y cómo comenzaban a resaltar aquí y allá algunas chispitas brillantes reflejando el sol naciente.
Arriba de la barranca el caserío de Asunción lucía adormecido, despertando perezosamente de la noche cálida, abombada por esos misterios cercanos que introducían los siseos del bosque que estaba allí nomás, casi metido entre los muros mohosos, entre los negruzcos techos de paja, perfilando las calles, irrumpiendo golosamente en los patios, y hacia la derecha, emergiendo solitaria y perfilada sobre el fondo del cielo más oscurecido por la cercanía de la luz, la torre del campanario de la Catedral comenzaba a filetearse de sol.
Bernardino extendió el mazo de cañas en la arena y eligió la más afilada, nadie las tenía mejores. Cortaba las tacuaras el primer día de la luna nueva y las dejaba colgando para desangrarlas durante todo el cuarto creciente. Después las calentaba (sin quemarlas, todos lo saben pero pocos pueden hacerlo porque no es fácil), calentarlas, pensó mirándolas con orgullo, hasta que alcancen la dureza para comenzar a afilarlas, recién entonces y no antes, porque afilarlas antes haría que su filo no fuera duradero, o que el peso no estuviera equilibrado.
Bernardino sabía que sus cañas eran perfectas, y que en ellas podía confiar más que en las agujas dobladas que usaban los blancos, cómo no se morían de vergüenza sentados horas y horas como viejas haraganas esperando a que el señor pacú se decidiera a entregarse, ¿cómo no tenían vergüenza?
Subió sobre un tronco que se adentraba en el agua y miró en la superficie calma el reflejo de su cuerpo oscuro, tan diferente a esa carne blanca que parece a punto de derretirse en cualquier momento.
La claridad del día naciente daba una extraña luminosidad a la arena del fondo, el agua de la bahía estaba tranquila y hacia un costado, muy alto en el cielo, vio venir una bandada de loros brillantes de sol en la altura, alborotando el espeso silencio del amanecer con sus gritos destemplados.
Con el rabillo del ojo presintió más que vio un destello plateado que se perdía debajo del tronco y sus nervios se tensaron, con el brazo levantado sujetó la tacuara afiladísima y sintió toda su piel enardecida; ni siquiera respiró durante unos segundos (sus ojos penetrando el agua) va a salir otra vez, va a salir otra vez... Como un rayo bajó su brazo y la tacuara perforó el agua limpiamente y fue a clavarse en el lomo del pacú que comenzó a agitarse desesperado al sentirse herido y que lo estiraban sacándolo del agua, inexorablemente.
Así como por las tardes, asomado en el alto ventanuco de la barraca disfrutaba con gusto la ilusión de libertad, Bernardino saboreó ahora golosamente una alegría tremenda, alegría que estaba por encima del hambre que podría satisfacer, por encima de la tranquilidad de saber qué dar de comer a Salustiana, por encima del orgullo con que la abrazaría después mientras se bañaban juntos en la bahía en tanto, clavado en la tacuara, el pacú gotearía lentamente por su vientre abierto sobre la arena, por encima de muchas otras cosas... En realidad su pecho se agrandó con esa alegría profunda porque se creyó casi dueño del mundo al comprobar, una vez más, que era fuerte, que era poderoso, pero eso, lo sabía muy bien, duraba sólo un momento.
La enorme barraca donde se almacenaba el tabaco estaba asentada casi en el borde de la pendiente de tierra roja tallada por los raudales, a [13] tres manzanas de la Casa Fuerte hacia el este, y desde allí, a través de un ventanuco elevado (hasta donde llegaba todas las tardes trepando por la montaña de fardos amontonados), Bernardino podía ver la boca de la bahía y, más allá, la serpiente plateada del río que dando un recodo se perdía hacia el norte, hasta confundirse con la bruma del horizonte.
La parte sur del río no la podía ver porque la tapaban las casas de la costanera y la iglesia, con sus paredes blancas coronadas por el mohoso techo de tejas y un poco más atrás el Colegio de los Padres, con su patio interior encerrado por murallas altas y que parecía rebosar de naranjos. Las casas de la costanera tendían sus sombreadas galerías para protegerse del despiadado sol del oeste.
Cada atardecer antes de ir a su casa Bernardino trepaba hasta su ventana y desde allí creía respirar con más libertad, alejado de todas las ataduras de abajo. La respiración caliente del vientre de la barraca llegaba hasta él chupado por la ventana y lentamente comenzaba a retirar de su cuerpo el calor del tabaco.
-El tabaco te mete el calor en el cuerpo y no te das cuenta pero las hojas tienen una fiebre que se te contagia -le había dicho Casiano el primer atardecer-. No se siente, y sales al aire fresco y es malo: el calor se queda adentro por mucho tiempo y hay que hacerlo salir despacio, despacio... Nunca te mojes cuando estás caliente de tabaco... Te da pasmo.
-También te hincha las venas -Feliciano, el viejo indio que cada día se veía más viejo y agotado, espantó con un manotazo el enjambre de mosquitos que le rondaba la cara brillante de sudor reflejando la última claridad del sol sobre la bahía- y al poco tiempo te hace temblar.
Bernardino permanecía en su mirador hasta mucho después de haber entrado el sol, cuando comenzaban a borrarse del cielo las últimas manchas rojizas tratando, día a día, de prolongar lo más posible su ilusión de libertad. Este era el único lugar que sentía totalmente suyo, hasta que le descubrieran, pensó más de una vez, hasta tanto.
Y luego bajaba apresurado, asiéndose de los fardos para no caer en la oscuridad y se escurría por el costado, mimetizado entre las sombras, hasta su choza, resistiéndose a la tentación de acercarse a la ventana iluminada del Almacén, al lado de la Tienda del napolitano.
Pocos encomendados quedaban en Asunción y la mayoría de los indios eran ya trabajadores independientes. El sistema había ocasionado muchas injusticias, muchos excesos, pero más de una vez los independientes añoraron los tiempos pasados, enfrentados a su nueva realidad, aunque más libre igualmente dura.
Bernardino no se acercaba más al Almacén porque era el lugar adonde todos iban, decía, para soltar las porquerías que tenían adentro, como el calor del tabaco, sobre el vaso de caña.
Ya una vez había tenido problemas allí, con el negro Jeremías que estaba borracho, el pobre Jeremías, pensó después, que estaba todavía un escalón más abajo que él en el gallinero de Asunción. Las gallinas de arriba se cagan en las de abajo, le había dicho Casiano esa noche cuando a él todavía le latía la cabeza de rabia, el español se caga en la cabeza del criollo y el criollo nos caga a nosotros, entonces por suerte nosotros tenemos a los negros y así podemos cagarle en la cabeza a alguien.
-Lástima que sean tan pocos.
Casiano había expelido el aire en una risa silenciosa y le dijo: no estés tan enojado.
Después de poco más de un mes de estar en lo de don Venancio comenzó a costarse con Salustiana y les dieron una chocita en el borde del barranco.
Salustiana también estaba en la casa en encomienda y clasificaba el tabaco. Mientras trabajaban varias veces Bernardino la tocó haciendo ver que era sin querer y ella solamente sonreía bajando la mirada hasta que una vez, al tocarle los dedos, escuchó las risitas de las otras muchachas y se dio cuenta de que había algo y se animó y le habló.
La noche que la abrazó sintió que se introducía en el mismo ambiente calcinado de la barraca, el olor de la mujer onduló enardecido entre los calores del tabaco y lo enloqueció sorbiéndolo hasta vaciarlo encerrado en la afelpada carne tibia y palpitante.
En la nueva choza lo primero que hizo fue colgar, al lado mismo de la puerta, el rebenquito, «su padre», el único recuerdo que le quedaba de su otra vida, porque el peine de hueso de Rosa ya se había diluido en pequeñas escamas.
-Yo allá solía cantar; José í me acompañaba con el arpa y Rogelio con la guitarra.
-¿Allá?
-En la Reducción, digo.
Con la misma tacuara afilada abrió el vientre del pescado y lo vació, Salustiana se acercó y se bañaron en las aguas calmas, allá arriba la gente comenzaba a moverse y el sol era una pelota anaranjada que comenzaba a subir.
Hacia las cuatro de la tarde del día anterior Bernardino había visto cómo Feliciano vomitaba sangre. Después habían sacado al viejo de la barraca casi a rastras y el caporal separó las hojas manchadas de la sangre y las tiró en un rincón con más pena, había pensado Bernardino, que la que sintió cuando ordenó que llevaran a Feliciano afuera.
Al atardecer no subió hasta su ventana porque no podría sentirse feliz. Cuando llegó a la choza de Feliciano el viejo ya había muerto y la india que vivía con él estaba como adormilada, ausente, como si se hubiera cansado de llorar, como si ya le hubiera alcanzado verdaderamente la garra del dolor y miraba sin ver, dándose cuenta de lo que en realidad le estaba pasando.
-Yo pienso que don Venancio no nos quiere -le dijo a Salustiana esa noche-. Ni siquiera vino a ver qué le pasó a Feliciano.
-El Paí dice que nos quiere. Dice que es como nuestro papá que nos quiere y nos enseña.
Bernardino pensó que no era así pero no tuvo ganas de responder. Sus ojos se fijaron en «su padre» colgado al lado de la puerta, era una mancha alargada, más oscura que la mancha de la pared en penumbras y pensó: con razón aquella vez mamá lo volvió a molestar a «mi padre», por lo visto sabía muy bien lo que encontraría afuera de la Reducción.
-Mamá, hoy estuve hablando con Sinforiano... -le había dicho al volver de los corrales- ¿Sabes lo que dicen de mí por ahí?
Rosa lo había mirado con sus ojos enrojecidos, siempre enrojecidos e irritados, y no había contestado enseguida, ¡ah!, cuánto amaba a ese hijo amado, a ese muchachito hermoso, fuerte y orgulloso que era su hijo, y cuánto le dolía lo que sabía que le iba a decir, claro que sí, una y otra vez ella misma lo había escuchado, Bernardino era el hijo del pecado, así mismo lo decían, hijo del pecado, hijo del pecado, hijo del pecado.
-Yo sé, mi hijo, lo que dicen...
Bernardino se enfureció cuando la vio llorar y ahora lo recordaba, con el corazón retumbándole en el pecho volviéndolo a vivir, y con las entrañas encogidas de rabia.
-¡Me voy a ir de aquí, mamá...! -había gritado enceguecido por el odio- ¡Nadie podrá atajarme aquí!
Y ella había azotado la espalda de su hijo querido con el rebenque de cuero.
Bernardino nunca más volvió a decirle a Rosa que saldría de la Reducción... y no saldría, desde luego, mientras ella viviera, porque jamás la abandonaría: el castigo del Padre Roque era quedarse en Jesús o la exclusión, y Rosa no quería la exclusión, quería quedarse entre los Padres aunque tuviera que pasarse la vida en Jesús tiñendo, aunque su hijo no pudiera pisar jamás Trinidad.
Salustiana había subido un rato antes y el sol comenzaba a remontar en el cielo cuando Bernardino, con la piel inundada de gotitas de agua, subía la barranca hacia las chozas y escuchó el redoble del tambor en la Plaza de Armas, convocando a los vecinos.
Al pasar por la choza de Feliciano miró con curiosidad, un rato antes habían venido para llevar el cuerpo del muerto y ahora el silencio se enseñoreaba de la choza solitaria.
Caminó apresurado por la callejuela del costado de la iglesia, mezclado entre los que iban a la plaza, el tambor seguía sonando con insistencia enervante en tanto el llamado se repetía una y otra vez, una y otra vez.
Don Venancio también se sumó, apurado y abrochándose los últimos botones de la pechera, malditas sean las malditas ocurrencias del señor Gobernador, pensaba, que tan intempestivamente le habían arrancado de su amodorrada rutina matinal.
El pregonero subió a una tarima arrimada al muro de la iglesia y leyó la convocatoria del Gobernador. Bernardino se perdió muchas palabras pero algo pudo entender: pedían voluntarios para ir a una incursión armada hacia el sur.
-¿Hacia el sur...? -preguntó sintiendo que se le humedecía la piel.
Casiano se abrió paso hasta él.
-¿Oíste, Bernardino?
-¿Al sur, dijo?
-Al sur.
-¿Para qué?
-Yo qué sé. Nadie quiere decir nada pero parece que es algo jodido. Anoche en el Almacén el Alférez González estaba borracho y habló mucho, puede ser peligroso, carajo, dijo.
-¿Al sur?
-Vamos a hacerlos correr a esos hijos de puta, dijo.
Pobre Feliciano, pensó ese atardecer Bernardino en su ventana, pobre amigo Feliciano, si el anó hizo la cruz sobre mí ¿por qué te moriste tú?, ni siquiera te pusieron las velas, y recordó la cara de cera de su madre, hecha de ceniza recortada contra la penumbra roja de la Capilla de los Muertos en ese otro mundo lejano.
Debía volver a las Misiones y no podía desaprovechar esta oportunidad: no estaba bien que las cosas quedaran como estaban, debía llegar a Trinidad y corregirlas, de una vez y para siempre.
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- 2 -
Sabía muy bien el Padre Damián cuánto se arriesgaría volviendo a plantear la situación a su viejo Superior, nunca le resultó fácil el trato con él y más difícil sería ahora, habiendo asumido ya el anciano una postura firme pero se compadeció de los jóvenes.
-No lo hagas, Damián -le había dicho el padre José-, y no me digas: pienso que debo hacerlo, porque ya lo sé, todos los Padres, uno por uno, lo pensamos pero... El padre Roque es decidido, es tenaz... y cree firmemente en lo que hace.
-Siempre es posible razonar un poco más.
-Desde luego, querido amigo - no pareció muy convencido-, es posible razonar y razonar, sobre todo cuando no es uno el que debe tomar la decisión. El padre Roque no está apartando un ápice de las normas que...
-Yo también soy de los que piensan que el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado.
-¿Tú también?, ah, Damián, tú también, tu decir humilde me sorprende... -los ojos le brillaron divertidos pero en sus manazas se notó el nerviosismo-. Puedo darme cuenta de que es inútil que insista.
-Lo es, padre.
-Desde un principio lo supe, ¡cuánto te conozco, hijo...!
-Discúlpeme si le incomodo, padre Roque -dijo después-; tal vez no debería hacerlo pero me siento obligado... Creo que es mi obligación interceder por ellos -no puedo decidir si esos ojos de agua ríen, lloran o están muertos, pensó y sintió que el sudor brotaba en su frente-, padre, Jacinto siempre ha sido un buen muchacho, y Rosa...
-Todos estos amados hijos nuestros son buenos, padre Damián, hasta que dejan de serlo.
Percibió la amonestación en la ironía y la tuvo en cuenta, era la caída de la tarde y el sol doraba el pasto de la gran plaza central de Trinidad, toda salpicada de liriecitos blancos.
En la galería sus pasos sonaban asordinados, caminar sobre estas piedras es agradable, recordó que una vez había comentado con entusiasmo el padre Jaime, parece que te comunicaran... (había dudado un momento tratando de dar con la palabra apropiada) una textura, eso mismo, dura o blanda, no importa, diferente. Oh, padre Jaime, pensó apesadumbrado, cómo añoro tu amable presencia, qué diferentes son todas las cosas cuando se las mira con ojos dulcificados por la caridad.
El padre Roque se detuvo un momento antes de abrir la pesada puerta que daba al patio de la casa de los padres, ubicada en una cabecera de la plaza, y se volvió para pasear sus ojos una vez más por la gigantesca mole de la iglesia en construcción, piedra roja enrojecida por el sol del ocaso, que se erguía como un rubí patético ante el fondo verdísimo del monte y el azul del cielo que poco a poco se iba oscureciendo y su rostro, lo pudo notar Damián, se distendió en un gesto de altivez que no alcanzó a dominar.
-Jacinto es un buen tallador, ciertamente -murmuró después, sentado en el sillón de madera frente a su mesa de trabajo mientras Damián se trajinaba con la lámpara de aceite en la habitación que, por no tener ninguna abertura hacia el oeste, estaba ya sumida en espesas sombras-. El mejor que tenemos, sin duda alguna, pero no puedo disculpar una falta tan grande; estas son cosas que debemos cortar de raíz... Él es un hombre casado.
-Lo sé, padre, tiene familia... -no se animó a mirarlo-, pero para ellos todas estas cosas son diferentes...
Roque permaneció un momento silencioso. En Asunción, hacía ya mucho tiempo, tantos años que en él ya no quedaba nada de aquel jovencito huraño que había sido, una vez había recriminado agriamente a su amigo Baltazar Guerrero que no pusiera empeño en cuidar de la salud moral de sus encomendados.
-Los visto bien y los alimento, Roque -caminaban por el fresco patio del Colegio que la Compañía tenía en Asunción y en el aire se percibía el olor del agua de la bahía cercana-. Conmigo están mejor que con muchos de mis vecinos...
Llegaron hasta la verja que rodeaba el patio y asomándose vieron a las lavanderas que golpeaban las ropas en tablones casi sobre el agua y a un grupo de indios jóvenes que sin pudor, a escasos metros de las mujeres, se bañaban desnudos riendo a carcajadas.
-Lo sé, amigo mío -se sentía cansado-. Pero también es cierto que viven en una promiscuidad pecaminosa que no trae ningún bien para sus almas...
-¿Almas? -le había interrumpido Baltazar risueño- ¿La tienen?
Demasiado bien conocía Roque a su amigo para pensar que hablaba en serio pero era una forma de hacerle saber su pensamiento: seres como nosotros... sí, por cierto, pero...
-Quiero pensar, padre Damián, que en verdad no cree eso que están dejando entrever sus palabras... Es como si usted pensara que nuestra labor aquí se reduce a construir templos...
Ahora sí Damián percibió claramente el enojo del anciano y deseó borrar su indiscreción.
-Jacinto es un hombre bueno, padre... La tentación fue más fuerte que él y no pudo vencerla.
La Tentación, pensó Roque entrecerrando los ojos, la negra sombra de la Bestia con sus chirriantes pequeñas patitas de cerdo... la piel se le erizó en la nuca pero alejó las agigantadas sombras de su pensamiento con viveza, su mente estaba con Dios, el que hizo el Cielo y la Tierra, el que debilita los enemigos y los dispersa.
Y después nada, nada más, nada más, se desesperó Damián, como si yo, ni Jacinto, ni nadie existiera...
-No me escuchó, Jacinto... Todo parece indicar que tendréis que salir de aquí...
-Pero ella va a tener un hijo de mí, Paí... ¿cómo va a hacerla ir de aquí ahora que va a tener un hijo? Que me eche a mí, si es tan necesario; yo no voy a permitir que a ella la maltraten.
Damián le miró con pena.
-Recé mucho anoche -estaba debilitado por la larga noche de insomnio y ardiendo de remordimientos que no alcanzaba a explicar con claridad-. Recé también por tu esposa y por tus hijos...
-No entiendo lo que él nos quiere hacer, Paí.
-El hijo que Rosa va a tener es hijo del pecado.
Jacinto dejó el pequeño mazo sobre la piedra rosada que estaba tallando y Damián sintió que se le atenazaba el corazón de tristeza cuando vio rodar por su mejilla curtida una lágrima gorda que bajó arrastrando polvareda rojiza.
-Estas cosas así no andan, Paí... No hay razón para que se nos haga esto... Si yo tengo un hijo con Rosa no es porque no le quiero más a mi esposa, Paí, todos saben eso demasiado bien... A Rosa aquí no le va a faltar nada, si se queda entre nosotros, digo, y a mi hijo tampoco, ¿por qué, entonces, se tiene que ir?
Esa noche en su cuarto Damián se consumía en la desazón, su pecho encendido de rebeldía por momentos, aunque se empeñaba en evitarlo, se hundía en la desesperanza, ¡qué lejos quedaba en la perspectiva de su vida la ingenua seguridad de sus años mozos...! Nunca había dudado de su elección de abrazar la vida misionera pero ahora, ahora... oh Dios, ¿qué es lo que estamos haciendo?, se dijo cerrando fuertemente los ojos y expeliendo el aire ardiente de su pecho.
La impotencia le dolió. Fue un encuentro con la realidad que, en tanto no pensara en ella, creía inexistente. Le dolió tanto o más que el desarraigo: los largos años vividos en este mundo al otro lado del mundo no eran suficientes para alejar las añoranzas: su madre, sus amigos, las angostas calles tortuosas de su pueblecito encaramado en la abrupta ladera de la sierra y el frío, oh, el frío, cuánto añoraba ese aire helado y cristalino, el frío, el frío... Ni siquiera los sufrimientos del viaje, que a tantos otros compañeros habían signado con una marca imborrable, podían igualarse con la profunda tristeza de su desarraigo.
No había sabido qué contestarle a Jacinto esa mañana aunque con claridad recordaba lo que era pertinente decir, la Compañía luchaba por la reivindicación de los indios, seres humanos no inferiores ni diferentes... Su frente se inundó de sudor y el aire se le hizo irrespirable, ¡qué fácil es enviar...!, el sollozo fue casi un bramido en su pecho, id y enseñad, destruid lo que encontréis y diluid los pedazos aventándolos a los cuatro vientos...
Salió a la galería con arcada y se enfrentó a la noche profundísima y cálida, millones de estrellas temblaban en el cielo transparente y el corazón se le hizo un puño en la garganta.
Las casas de los indios, en el otro lado de la gran plaza, eran un abigarrado amontonamiento de sombras perforado solamente por las luces de los faroles de aceite que había en las cabeceras de las largas galerías soportadas por pilares y hermosos arcos tallados.
Los movedizos discos de luz hacían resaltar los arcos de piedra cercanos que, a medida que se iban alejando, se desdibujaban fundiéndose en un abombado plano de sombra.
Las habitaciones de los indios estaban en perfecta quietud, duermen confiados, pensó Damián, duermen entregados a la misericordia de nuestras manos. Una sensación de culpa le atenazó el corazón: no estaba siendo fiel a los compromisos que había asumido, estaba permitiendo que el pensamiento maligno dominara su voluntad, estaba dejándose ganar por la soberbia, por el estúpido orgullo de creerse el único poseedor de la verdad. Cerró los ojos fuertemente sintiendo sus párpados calientes de fiebre y apoyó la frente en la rugosa superficie de piedra de la arcada, necesito creer firmemente que todo lo hacemos por Dios, pensó, porque de otra forma no tendríamos perdón...
-La vida, mi querido Damián, es una serie de otras cosas además de las que vosotros, los pensadores, pensáis... Hay un lado práctico que se os escapa y que nosotros, los viejos vyros, aprendimos con los años de vivirla... -la risa surgió callada del pecho poderoso de José cuando reinició su tarea de pulir la curvada pieza de madera.
-Nunca pensé que fuera un vyro.
-Desde luego, no lo soy. Pero a veces tengo la impresión de que lo piensas...
Damián no quiso contestar porque el buen humor de su amigo casi le resultó afrentoso, lo quisiera o no, el padre José a veces llegaba a escamarlo con su seguridad, con la firmeza de su carácter, con su tremenda fuerza vital, no pierdas el tiempo en cavilaciones inútiles, solía decirle, ¡es tanto lo que tenemos por hacer...!
Salió del taller de carpintería y pensaba dirigirse hacia el templo en obras, donde muchos indios trabajaban levantando los gruesos muros de piedra rosada, pero no se animó. La mampostería de la nave y los pilares estaba apenas insinuada, pero la cabecera había llegado a la altura de la bóveda y los pedreros desbastaban ya la piedra para definir la ornamentación. Entre ellos estaría Jacinto, lo sabía bien, y no tuvo valor para encontrarse con él. Los pedreros trabajaban las piedras que se montaron con la grosura que permitiera desbastarlas para definir las formas primorosas dibujadas por Juan Antonio, su gran amigo, que sucedió al padre Forcada en la conducción de la obra proyectada, muchos años antes, por el Hermano Juan Bautista.
Desde la plaza pudo escuchar la ininterrumpida sucesión de martillazos, algunos livianos y ligeros (de los pulidores), otros pesados y que sonaban lejanos, acompañados por los truenos profundos y retardados que producían los trozos desprendidos al caer en la tierra apisonada, muchos metros más abajo.
Decidió ir directamente a su estudio pero sintió que lo tomaban por el brazo.
-No busques ocupaciones todavía -José tenía aún ceñido el delantal de trabajo sobre la sotana y con el bordillo se secaba el sudor de la frente, a tan temprana hora de la mañana ya sudaba así, copiosamente-. Hablemos ahora un poco más.
-No alcanzo a acallar mis dudas, padre -le dijo después Damián.
-¿Quién te dijo que puedes dudar?
Damián no hizo caso al tono de broma con que su amigo intentó conciliar la conversación.
-Los interrogantes se presentan a toda hora y los relego, los relego una y otra vez hacia el fondo de mis pensamientos: no encuentro nunca el valor para enfrentarlos... Me temo que no quiero saber la respuesta que puedo llegar a dar a mis preguntas...
José dejó en el borde de la pileta de piedra tallada el porongo que había usado para beber. Un hilillo de agua se deslizó marcando un trazo fino de color rosa oscuro sobre las uvas apetitosas entrelazadas por pámpanos sinuosos con granadas y hojas de palmera.
Al irse pacificando la superficie del agua abombó y achicó sus rostros reflejados sobre el fondo del cielo increíblemente azul. José introdujo la punta del dedo y al retirarlo las ondas del agua destrozaron las imágenes superponiéndolas con el cielo, para luego volverlas a presentar mezclándolas, multiplicadas por mil.
-Esto hacemos -indicó la pila con un gesto-. Mira esta imagen que es una, y al mismo tiempo muchas. Es la misma y no lo es. Esta imagen deshecha es la misma pero trabajada, multiplicada por mil, enriquecida... -José sonrió y se encogió de hombros- Y eso es todo.
Damián permaneció silencioso; su malhumor le impidió lucir la galanura que su amigo esperaba.
José suspiró.
-Venimos a modificar sin cambiar, este es un juego de palabras muy hermoso y me agradaría que lo recuerdes. Venimos, te decía, a multiplicar por mil las ansias yacentes en estas almas dándoles de beber las aguas que no se acaban, y eso es lo único que importa. Parece una simpleza pero no lo es. Son cosas que sabemos y vivimos pero que a veces, inesperadamente, se nos escapan, y esto tómalo como una recriminación -tomó al joven por el brazo y lo condujo (¿cómo a un niño?) hacia su estudio, que estaba al lado de la casa de los padres-. Y además de toda esta provechosa enseñanza vas a escuchar un consejo de este viejo que, aunque bromee con eso, lo sabes, no es ningún vyro: no permitas que las dudas lleguen a agobiarte hasta el ahogo. Es un lujo que no podemos permitirnos nosotros, los obreros de Dios.
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martes, 13 de abril de 2010

JESÚS RUIZ NESTOSA - LOS ENSAYOS / Fuente: NARRATIVA PARAGUAYA (1980 - 1990). Autores: MARIA ELENA VILLAGRA y GUIDO RODRIGUEZ ALCALA.


CUENTO de
JESÚS RUIZ NESTOSA
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
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LOS ENSAYOS
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Luego se oye un pequeño chirrido proveniente del tablón que sirve de puerta y que Noam hace a un lado para entrar al enorme patio cuadrado de la antigua carrería, con sus piedras negras, desiguales, pero cubre toda una manzana. Y las edificaciones, hechas a los lados, la delimitan. Aún se conservan los carros con que se recogía la basura tiempo atrás. Todo está como lo dejaron en aquel entonces, una época imposible de precisar. Sólo que ahora se encuentra en ruinas. En algunos huecos de las paredes han crecido enredaderas de hojas muy abigarradas y otras plantas, muchas de las cuales tal vez alcancen a convertirse en árboles si antes las raíces no resquebrajan los muros derrumbándolos.
El techo en partes está hundido y en otras las paredes se han caído, los ladrillos desparramados por el suelo, mientras la hierba crece, con una fecundidad incontenible, en todos aquellos sitios en los que hay un poco de tierra donde meter las raíces, un poco de sol donde verdecer la hojas.
El techo de chapas de zinc traza con sus pequeñas acanaladuras un ritmo monótono de líneas verticales que se repite a todo lo largo del edificio, de esquina a esquina, que sólo es roto por la presencia de las enormes manchas de óxido, de colores cambiantes, del negro al rojo, del naranja al marrón y del marrón al amarillo. Todo de acuerdo con la antigüedad y el grado de desarrollo del proceso de oxidación. Sobre el techo, en total confusión, hay cientos de piedras: los cascotes que los niños se entretienen en tirar para escuchar el ruido que hacen al golpear y rodar sobre las chapas. De este modo espantan a los borrachos y a los mendigos que suelen dormir allí o que buscan refugio en los días de frío. Afuera, el agua de las lluvias y el musgo se encargaron de ennegrecer los ladrillos, las rejas de hierro de las ventanas se han herrumbrado y los postigos de madera fueron clavados por gente que abandonó el sitio.
La cabeza pegada a la ventana, el frío de la calle pasa a través del vidrio, del vidrio a la frente y a través de la frente a todo mi cuerpo que siente el invierno actual tan similar a todos los otros inviernos, así como son iguales en mi memoria todas las tardes y todas las noches que pasé con Arai; tan iguales, que a pesar de todas sus diferencias y los detalles que minuciosamente suelo reconstruir, me parecen una sola, todos los ritos de las estaciones tan profundamente asimilados y tan rigurosamente cumplidos.
La casa está vacía, sin los dibujos y las fotografías que colgaban de las paredes, sin los libros en las estanterías cuyos lomos leí tantas veces, tan distraídamente, que no puedo recordar un solo título. Desapareció también la fotografía de la entrada, con lo que las paredes se han quedado totalmente blancas y en el piso azul, del que se retiró la alfombra, dejé la huella de mis pasos con la tierra que metí de la calle.
Debe ser la hora, o la tarde gris y lloviznosa, tan fría, o simplemente los recuerdos, tal vez la casa vacía lo que me produce esta tristeza. Y por primera vez tengo ganas de llorar, para desahogarme, para recordar, aunque quizás me estoy engañando, Arai, aquella vez que a mi lado lloraste y te pregunté por qué, varias veces te lo pregunté, angustiado por tu llanto silencioso y no me contestaste nada; por lo que nunca pude enterarme de la causa, quizás fue como una premonición de todo lo que iba a venir más adelante. Y si bien todo sucedió siguiendo con exactitud la medida de nuestros presagios, nunca tuvimos el coraje de decírnoslos, tan seguros estábamos de todos ellos y me gustaría tenerte a mi lado aunque más no sea para decirte que se van cumpliendo o simplemente para compartir este instante en que se nos va la casa, la perdemos, este sitio que no es nuestro y sin embargo forma parte de todo cuanto hemos vivido. No debía haber venido para ser testigo de su desnudez.
Noam no sabe lo que busca adentro. Está aquí parado como cuando niño, como cuando pretendían hacer rodar los carros sin que pudieran mover un centímetro las ruedas con llantas de hierro, soldadas a los ejes por la herrumbre que se fue acumulando por encima de la grasa reseca y endurecida.
Un ruido le atrae hacia lo que fue la cuadra de los animales, donde con seguridad guardaban las mulas pues aquí y allá quedan restos de aparejos, mantas que con sólo tocarlas se deshacen en sus hilos. En este sitio una pandilla de niños y adolescentes, de los que viven pidiendo limosna, se dirige gritando hacia un punto que Noam no alcanza a ver, tan cerrado es el grupo que le da las espaldas. Están armados con palos y golpean algo que luego se convierte en alguien cuando se le escapa un quejido, perfectamente audible sobre los gritos que dan los muchachos cada vez que descargan uno de sus feroces golpes. Están pegando a alguien que Noam quiere salvar y avanza decidido hacia el grupo que en este momento ha cesado en sus golpes y en sus gritos y se abre lentamente, caminando hacia atrás, admirando su obra, ensanchando el círculo, sólo escuchándose el jadeo de quienes se han agitado con el esfuerzo.
Sobre un montón de viejas mantas, está reclinado el cuerpo desnudo de un muchacho. Ya no sabe la edad de tantos golpes que tiene en la cara, la sangre le corre por las mejillas, brotando de cada sitio en que se acertó un golpe. Por la boca abierta el aire entra y sale emitiendo un silbido ronco y por fin como un eructo al mismo tiempo que se aflojan todos sus músculos y cae de cara a las mantas.
De sus espaldas, desde los omóplatos hasta la cintura, surgen dos alas inmensas, tan lúcidas, blancas, cruzadas nada más que por delgados nervios entre los que se alinean algunos círculos de color violeta transparente y zonas de un verde brillante. Todo el resto es blanco y la luz al atravesarlas les da un ligero brillo como si las miles de nervaduras estuvieran hechas de una fina hebra de vidrio. Sus bordes redondeados se levantan por encima de la cabeza del muchacho y a la altura de la cintura se estrechan tanto que pareciera que se forma de nuevo un par de alas; sin embargo son siempre las mismas y llegan hasta el suelo sin que nada logre mancharlas ni disminuir su brillo y color. Las alas se extienden cuan grandes son con el mismo chasquido con que se abren los abanicos, para caer inmediatamente, completamente flácidas, a los costados del cuerpo. El desconocido está muerto. Noam quiere preguntar por qué lo han matado y ya el más lejano levanta la mano esgrimiendo el mismo palo que acaba de usar, todavía manchado de sangre, ni siquiera tuvo tiempo de limpiarlo, y avanza hacia él. Noam retrocede al ver que todos, uno por uno, han levantado sus palos y avanzan formando un semicírculo compacto que nadie podría atravesar, como no pudo hacerlo el muchacho de las alas ni podré atravesarlo yo que nada tengo que me diferencie de ellos pero lo mismo me van a matar si no huyo a tiempo aun cuando me pesan las piernas, los brazos, estoy sin fuerzas mientras ellos avanzan también muy lentamente, sus gestos llenos de una laxitud que no puedo explicar, pero que me empujan hacia la pared del fondo a la que no quiero llegar y a la que no puedo, porque alguien se ha aferrado a mis piernas. Es Arai, con su expresión de miedo, que busca protección. La ayudo a levantarse y al querer proseguir mi huida, veo que por el patio de piedras negras, todas desiguales, todas brillantes, va corriendo la pandilla de niños y adolescentes, con sus movimientos pesados, ya sin palos, emitiendo un sonido grave pero estridente, como los gritos de algún pájaro fantástico.
Como el grito de las perdices que parece un gorjeo. O la paloma torcaz: un llanto reprimido, o el tero: un grito chillón y estridente, por oposición a las bandadas de cotorras verdes de grito agudo, penetrante, que van cortando el aire.
Pero ya no se escucha ningún ruido, ninguna voz animal, ningún pájaro. Quizá por ello sea más evidente que no se cruzan las perdices, ni las palomas torcaces, ni los teros. El camino de tierra roja que recorremos -pedregullo, cantos rodados- está desierto y silencioso, bajo el peso de la calma que antecede a las tormentas, porque ni siquiera los pájaros se ven volar, ni las codornices cruzan el camino dando gritos estridentes, escondiéndose entre las hojas filosas del pasto alto. Sólo la línea del horizonte traza su propio ritmo roto por las palmeras, líneas verticales, líneas negras sobre un fondo plomizo, líneas horizontales que nosotros vamos cruzando, transversalmente, con una nube de polvo rosado que se va depositando sobre las hojas que crecen inmediatamente al lado del camino y que se tiñen del mismo color.
Tantas veces aquí, tantas veces a mi lado y me es suficiente. No te hubieras mojado el pelo al saltar del bote al agua porque ahora no podrás secártelo y no tendrás ningún pretexto para explicarlo en tu casa, dónde estuviste y con quién.
Y ella, inmersa en su aire lejano, está como siempre ausente. Me mira y me dice que no le importa, que va a secárselo con el viento y apoya la cabeza en la ventanilla, dejándola caer ligeramente hacia afuera y su pelo largo se agita con el viento, se extiende con el viento, se abre y se cierra en una estela negra en la que brillan los pequeños granos de arena que se han adherido a ella. Voy más despacio, respetando su gesto, sus ojos cerrados, abandonada a sus pensamientos, sus sueños, no puedo imaginarme qué cosas estarán pasando por su cabeza, su silencio protegiéndola, alejándola, haciéndomela desconocida. Su respiración se ha hecho pausada, está dormida, una mano abandonada sobre el asiento, la palma hacia arriba, la otra usándola de almohada, escondida bajo su cabeza. Su vestido corto, por encima de la rodilla, sus piernas, en invierno blancas, aparecen oscurecidas ahora por el sol, el color que obtuvo a través de nuestras fugas a la hora prohibida de la siesta. Está dormida, al alcance de mi mano, su cuerpo tan desamparado, sin defensa, con sólo el escudo de sus sueños, de sus pensamientos, de lo que debe estar deseando y tal vez yo no esté entre esos deseos. Mi mano tiembla al dejarla caer sobre el asiento, y la estiro hasta sentir sus muslos en el reverso de los dedos. Luego, con un gesto mínimo, son las yemas las que se apoyan en su carne y me estremezco, se me seca la garganta y un gustó amargo me agria la boca. Quisiera estar en calma para disfrutar de esta sensación no en su gran totalidad sino en sus más pequeños componentes para ampliarla luego en el tiempo y en la profundidad de mis percepciones.
Ella abre los ojos. Ni siquiera los abre del todo, sino a medias y me pregunta qué pasa. Y yo retiro la mano diciendo nada, repitiendo nada, porque en verdad ya nada pasa, a no ser el temblor que ahora se me queda en el medio del pecho y el gusto amargo en la boca y la garganta seca.
No puedo decir nada. De nuevo se ha dormido con el viento enredándole el pelo. No tendría que habérselo mojado -me repito una vez más- saltando del bote al agua. Porque no sé si en el fondo de sus pensamientos y deseos figuro yo, ningún gesto suyo, ni una sola palabra me lo ha indicado. Mientras permanezcamos así, podré tenerla a mi lado, verla a mi lado, se dormirá a mi lado, aunque no compartamos más que el momento, el espacio y el tiempo que ocupamos.
Ese tiempo y ese espacio hoy se juntan en un límite que no quiero explicármelo. Porque todo límite significa una separación y toda separación puede ser dolorosa. Del invierno al verano, o del verano anterior a ese invierno, o bien el verano al verano saltando por encima de todo invierno. Será crear de nuevo una zona de nadie entre la calle con naranjos por donde paseábamos, la casa prestada, la llave sobre la mesa, el valle, el arroyo, el lago. O bien la arena blanca que sale del lago y forma una playa, estrecha franja de aridez entre el agua y el esparto que crece en mazos, formando islotes de vegetación verde y amarilla que susurra al moverse con el viento que sopla sin cesar. Entre grupo y grupo de esparto crecen las tunas, bajas, de hojas ovaladas y aplastadas que ahora tienen unas flores amarillas, a veces casi naranja. Sobre la arena están aún las marcas de la última creciente del lago, los restos de plantas acuáticas, los camalotes que no pudieron volver al agua, ya a punto de secarse, con sus bulbos negros, grandes, enredados en algas largas también negras, como cabelleras sueltas tiradas en la arena.
Hay un solo árbol en la playa, achaparrado, de copa baja, ramas abigarradas, que caen hasta donde llegan las hojas más altas, filosas del esparto. Y el sol no entra. Tampoco el viento, sólo Noam y Arai, aún mojados después del baño, cansados de soportar el golpe del viento norte cargado de arena en la siesta enceguecedora del verano. Ella se recuesta contra el árbol y Noam la besa, luego la abraza conteniendo entre sus brazos no sólo el cuerpo de Arai sino también del tronco contra el cual la estruja y Arai se queja suavemente, me estás lastimando, pero Noam no importa, nada más que un momento mientras ella me desabrocha el traje de baño que cae en la arena, me deshago de él, luego la desnudo y nos hacemos el amor parados, contra el tronco del árbol que ya no la lastima o por lo menos no se queja o yo no le doy oportunidad de hacerlo, de tal manera la beso.
Mientras afuera del refugio que ofrecen las ramas del árbol achaparrado, la tarde sigue su curso, el viento sigue su dirección, el sol mantiene su órbita, el tiempo conserva su ritmo, todas las dimensiones se mantienen exactas. El tiempo, contemporáneo a todos los tiempos, no modifica la playa, ni el lago que se ha unido al estero que se ha metido en el valle y desbordado el río y los arroyos uniéndolos todos en un inmenso aguazal. Por allí van los hombres, los pescadores, y clavan sus anzuelos en el cuerpo del gran pez muerto. Sólo unos pocos se han acercado en sus botes de remo y dándose gritos los unos a los otros, a la derecha, a la izquierda, un poco más atrás, ahora adelante, se acercan con temor al cuerpo que flota en el agua. Sólo quieren aproximarse lo necesario para prender de su piel un anzuelo y luego se retiran para volver a acercarse, así muchas veces todos ellos, porque desde, la cabeza a la cola, sin olvidar un solo palmo del cuerpo, han ido clavando sus anzuelos.
Terminada la operación, las embarcaciones se ponen atrás del pez, y a un grito de ellos, los que se han quedado en la costa comienzan a tirar de sus finos piolines, todos a la vez y el cuerpo comienza a deslizarse sobre el agua. Los hilos tensos, la piel del pez se estira en cada uno de los puntos en que han clavado un anzuelo. Y cada vez que la fuerza es despareja, se produce un estironeo violento. La piel se desgarra y el anzuelo cae al agua. Se aproximan entonces los de los botes, se lo clavan de nuevo en otro sitio y siguen tirando, ahora emitiendo un grito gutural para mantener el ritmo y hacer todos fuerza al mismo tiempo. Así hasta que el inmenso cuerpo está próximo a la orilla. Entonces muchos, abandonando los piolines, se meten en el agua hasta un poco más arriba de las rodillas y desde allí ayudan a sacar el gran cuerpo a tierra. El cuerpo ya no brilla, ni parece de cobre, porque el sol ha descendido y sólo queda una claridad grisácea, mientras por el lado opuesto se levanta la franja negra de la noche y brillan las primeras estrellas.
Sólo después se vuelven hacia mí, tirado estoy en el fondo de mi embarcación, el brazo sobre la borda sostengo su cuerpo por los cabellos y los músculos acalambrados, es como si tuviera el brazo muerto, un miembro que no me pertenece ni tengo poder sobre él, no puedo manejarlo y mucho menos abrir los dedos porque sé que es el último amarre que hay entre ella y yo. Arai está flotando casi a ras de agua, ahogada, no quiero verla. Ya vi sus ojos saltando de sus órbitas y su boca escupiendo agua, las tres veces que salió frente a mí, yo buscando la manera de ayudarla. Ahora no quiero verla. Y son ellos quienes la quitan del agua y rescatan también mi brazo que me lo devuelven poniéndomelo a mi lado, tirado estoy en el fondo del bote, boca abajo, tan débil me siento, mientras dejo que me lleven hasta la playa. Cuando llegamos es noche cerrada. Sobre las hierbas han puesto su cuerpo envuelto en la vela blanca, en el lienzo blanco, de textura áspera, en partes gastado y suavizado por las veces que fue lavado y le dio el sol y el viento, llevándose el bote por el estero. En el campo, mientras tanto, se han encendido fogatas que se reflejan en el agua, repitiéndose así las manchas de luz roja, moviéndose dos veces, encendiéndose dos veces, crepitando dos veces, y por momentos no se sabe cuáles son las fogatas reales y cuáles son los reflejos. Se ha reunido mucha gente en el lugar, hombres, mujeres, ancianos y niños. Al parecer está todo el pueblo que corta sus trozos de pez muerto y los pone en el fuego. Aun así, no han podido descuartizar ni siquiera medio animal. Al llegar todos se vuelven hacia nosotros, en silencio, y las mujeres y los ancianos se santiguan y los niños se esconden atrás de sus madres agarrándose de sus vestidos. Su cuerpo está a mi lado, envuelto en la tela blanca, y no me animo a tocarla. La gente ha regresado a sus trozos de carne blanca, atravesados por palos negros, sostenidos a cierta altura sobre las fogatas. El carrero le habla a los bueyes, los bueyes negros uncidos de nuevo al yugo, listos para seguir andando el camino de tierra roja que atraviesa el valle inundado por el agua del estero que desborda y por donde ahora se extiende la luz de las fogatas y un penetrante olor a pescado que comienza a soltar su aceite sobre las brasas. El carrero va a llevarnos y busca ayuda para subir el cuerpo de Arai a lo alto de la carreta que va cargada de carbón metido en bolsas de arpillera. Yo le sigo y antes de partir me alcanza un farol encendido, la llama protegida por un tubo de vidrio. La carreta se mueve, el hombre me da las espaldas y no se dirige nunca a mí, sólo habla con los bueyes que van perdidos, su color negro, en el negro de la noche. El farol ilumina su cara. Está muy blanca, muy pálida. No quise que la cubrieran. Su pelo negro está aún mojado parte pegado a la cara, parte pegado a la tela blanca, parte esparcido sobre la arpillera casi negra, impregnada por el polvo fino negro que se desprende del carbón.
Vamos dejando atrás las fogatas, la gente que ha comenzado a comer su ración de pescado, el animal tan grande del cual apenas han dejado al descubierto las branquias, un poco más allá de las agallas. Pero no les va a durar mucho porque ya han comenzado a pudrirse a partir de la cola y miles de moscas, gusanos y otros insectos avanzan para devorar lo que los humanos no pueden terminar.
La luz del farol se mueve, esa pequeña llamita que mantiene cerca de mí su cara. Me da la sensación que respira. El cambio de luces y sombras me señala que ha mudado su gesto. Y siento un resto de esperanzas. Pero sé que está muerta y fría, no sólo porque su pelo aún está mojado, y disperso, sino porque la sentí morirse bajo mis manos, cuando la tomaba de los cabellos al descender en el agua. Viajarán toda la noche, sin cruzarse con nadie para llegar al pueblo a la madrugada, cuando comience a clarear, un poco antes de salir el sol. En el camino no habrá animales, ni otros seres vivos. Sólo la carreta del vendedor de pájaros. Surge de pronto en la oscuridad, su carreta inmensa, de cuatro ruedas como no suele verse en la zona. Y sobre ella, amontonadas hasta una altura dos veces superior a la del hombre sentado en el pescante, las jaulas de mimbre, las varillas blancas reforzadas con alambre oxidado, negro. Y para indicar sus límites, ha colgado faroles de palos que salen de los costados, atrás, arriba, abajo, hasta crear una gran mancha de luz en el camino oscuro. Y los pájaros en sus jaulas, engañados por la luz de los faroles, creyendo que el sol aún no se han puesto, ignorando que más allá está la noche, hacen escuchar sus gritos, ninguno canta, en sus jaulas, tan abigarradas están que algunos mueren asfixiados o envenenados por el humo cargado de querosén que se desprende de las llamitas. Es tan grande su volumen que la carreta del carbonero se detiene y se hace a un lado, los toros negros encandilados por tan repentina luz en medio de la oscuridad del camino, sorprendidos por la estridencia de los gritos. Y la carreta del vendedor de pájaros pasa, se aleja lentamente, hasta que se convierte de nuevo en un volumen de luz, silencioso, que se desplaza en la noche. Sólo entonces ellos reanudan el camino. Por el camino, que es largo, nos vamos internando cada vez más en la oscuridad. Y percibimos los animales nocturnos, el chistido de las lechuzas, el chillido con que los murciélagos se orientan en su ceguera, el croar de las ranas en los charcos que hay en las cunetas. Al final debe haber una luz, como en el callejón oscuro que nos conducía a la casa de nuestros encuentros. Un túnel estrecho, de piedras negras, sobre el que no da ninguna ventana ni ningún farol y que desemboca luego en una pequeña acera, para una sola persona que termina en la misma puerta, una luz exterior encendida.
Autores: MARIA ELENA VILLAGRA y GUIDO RODRIGUEZ ALCALA.
EDITORIAL DON BOSCO,
PEN CLUB DEL PARAGUAY.
Asunción – Paraguay, 1992 (150 páginas).
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martes, 23 de marzo de 2010

JESÚS RUIZ NESTOSA - EL CONTADOR DE CUENTOS / Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES.


EL CONTADOR DE CUENTOS
Autor: JESÚS RUIZ NESTOSA
Edición digital: Alicante :
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2003
N. sobre edición original:
Otra ed.: Paraguay, Napa, 1980.


Palabras del Autor


** Me piden que escriba algo a manera de introducción -o mejor, de justificación- de mi trabajo literario. Y no es por un falso pudor -creo que nunca lo tuve, ni verdadero ni falso- que se me hace pendiente arriba el trabajo. Me resulta difícil por la misma razón que en ciertas ocasiones nos cuesta reconocer algunos rincones de nuestra personalidad, sicoanálisis de por medio.
** Ese primer rincón está formado por los años que vagué a través de hojas y hojas inútiles de papel, sin poder desentrañar los caminos que conducen a los verdaderos problemas que conforman el fenómeno literario. Por diferentes circunstancias me sentí alejado de las promociones literarias, y nunca supe en cuál de ellas debo insertarme, si bien esto carece de toda importancia. Si en algo me hubiera podido ayudar, hubiera sido en mostrarme el paisaje humano a través del cual debía transitar.
** Ya bastante tarde, y después de tantas fallidas búsquedas, comencé a atisbar el rumbo en la significativa amistad con René Dávalos y Adolfo Ferreiro con quienes pronto pude discutir -atraído por la mágica lucidez de ambos- muchos problemas relacionados con este oficio. Y fue al lado de ellos que comencé a vislumbrar el camino verdadero. Debo admitir que a través de esa amistad -tan dolorosamente interrumpida en el primer caso- se me abrieron las puertas de los verdaderos problemas que se le plantean a todo escritor.
** Más tarde vinieron los cursos de estructuralismo con Rubén Bareiro Saguier y Augusto Roa Bastos, los que terminaron por darme una base teórica que la considero imprescindible para todo lo que hice después. Porque si bien es cierto que tengo muy poca capacidad para teorizar, en todo mi trabajo -me sucede lo mismo en la fotografía- necesito de un planteamiento teórico previo para encarar la acción.
** Mi primer paso consistió en dejar de lado aquellas ingenuas ideas sobre el «compromiso con la realidad», el «carácter denunciante» de la literatura, el «documento social» de la época, etcétera. Y me tracé mi primer compromiso: con la literatura misma.
** La obra literaria, antes que nada, tiene que explicarse por sí misma; sus valores deben surgir de ella misma y alcanzar un nivel a través del uso adecuado de sus elementos naturales. Si más tarde se convierte en «documento social» o en «testigo insobornable» de una época, es por simple agregado.
**Creo firmemente en la «obra literaria tautológica», tomando aquí el término no en su acepción de «repetición inútil de un mismo pensamiento en distintos términos», que no lo es, sino como afirma Todorov: «El texto literario participa de la tautología: se significa a sí mismo». En muchas ocasiones, el mal de nuestra literatura posiblemente sea éste: queremos comprometernos, hasta llegar a niveles poco menos que indefendibles (y con frecuencia los sobrepasamos) con la «realidad». Olvidamos que muchas veces los caminos de la no-realidad, de la no-racionalidad, explican mejor y con mayor profundidad los mecanismos del mundo tangible que nos rodea.
** Mi deseo es que el lector de mis cuentos se olvide de ese mundo. Quiero que se pierda en el laberinto de situaciones que le expongo, porque toda obra literaria encierra un universo propio, con mecánica propia, y la posibilidad de visitarlo, vivirlo y habitarlo, es la que ha hecho que no desapareciera nunca y se remueve a cada paso renovador que da el hombre.
** Es fácil notar que en este volumen hay dos tipos de relatos: aquellos en que utilizo el lenguaje periodístico (aparentemente periodístico) que pido prestado al oficio que llevo años realizando. Y el otro es aquel que elige el camino del discurso interior, el del monólogo del personaje principal, roto de tanto en tanto por la línea de pensamiento de otros personajes. Pero esto último sólo de manera muy circunstancial. Tanto dentro de un tipo como de otro, mi preocupación es siempre la misma: crear un universo donde todo trascurra de acuerdo a sus propias reglas, sus propias leyes, sin importarme si tienen algo que ver o no con aquellas que nos dicta esa otra, la que equivocadamente pensamos que es la única y verdadera realidad.
** Incurro en una serie larguísima de trasgresiones y muchas veces lamento que mis prejuicios estéticos, fruto de una larga y encallecedora educación, pongan tantos frenos a mis sentimientos más anárquicos.
** Incurro, por ejemplo, en una dislocación del tiempo y del espacio. Pero no es simplemente una trasposición de escenas y lugares, como si estuviera mezclando las cartas de la baraja para que caigan de acuerdo al azar, sino, por el contrario, responde a un plan previamente estructurado con rigurosidad. Muchas veces, ciertas situaciones no se pueden dar sin que hayan ocurrido antes otras y, sin embargo, si re-estructuramos cronológicamente el relato (cosa que, por otro lado, no se puede hacer), se comprobará que tales hechos ocurren en sentido inverso.
** En todos mis cuentos faltan datos. Y no porque me los guarde para crear un sentimiento de suspenso, sino porque yo mismo los ignoro, pues no puedo saber más de lo que sabe cada uno de mis personajes. Si supiera más, no sería un «contador de cuentos», sino un Dios Todopoderoso, omnipresente, infalible. En lugar de ello, prefiero ser un cómplice de esos personajes y «vivir» con ellos sus mismas vicisitudes.
** Y esto es lo que propongo al lector: que olvide sus conceptos lógicos y razonables, porque debe entrar en un universo donde las reglas son diferentes y ellas juegan de acuerdo a su propia mecánica. ¿Por qué será que aceptamos de manera tan fácil y damos por cierta la existencia de platos voladores y visitas extraterrestres, que escapan a toda explicación lógica y, sin embargo, nos negamos a aceptar el gran juego que nos propone el arte de entrar en un universo cuya realidad está dada por su propio soporte? ¿No hay, acaso, verdad más grande que ésta? Porque, ¿qué otra realidad tiene la literatura que la que le otorga el soporte de la palabra?
** Ésta es mi propuesta y también ésta es mi meta. Por eso tales declaraciones, porque aquí expongo lo que deseo conseguir. Y enseguida lo que he conseguido. Lamento la debilidad y la impotencia de no poder sacudirme la pesada tradición de prejuicios estéticos. Y es cuando anhelo poder alcanzar la simbiosis perfecta de aquellos anárquicos literatos de principio de siglo y el mitológico Pan, para así cometer todos los excesos imaginables. Ello ofrece un estrecho margen de error: si se acierta el camino, hemos hecho un aporte. Si lo equivocamos, no habremos dejado nada que pueda entorpecer lo que deben construir los que necesariamente vengan. Pues encuentro en esta actitud la última expresión de libertad verdadera y creativa de que dispone el hombre. - Asunción, agosto, 1980 - Jesús Ruiz Nestosa

EL CONTADOR DE CUENTOS

A Rosa Ortiz y Roberto Cuevas durmiendo al lado del arroyo.

** Cierre la puerta, carajo, chiquilín endiablado y le arroja una leña a medio encender retirada ahora del fuego que se estrella contra la pared y salto procurando eludir los tirones que se esparcen por todas partes y algunas chispas alcanzan a quemarme el brazo. Emilio se queda quieto, las espaldas pegadas a la pared, saque las manos de la puerta, saque le digo que esta vez no voy a errar y la mano izquierda de Emilio lentamente comienza a abandonar la puerta que no logró abrir.
** Cada vez que se enoja me trata de usted, pero nunca lo hizo con tanta violencia, con gestos pesados cruza la habitación, sin querer resignarse a pasar de nuevo la noche aquí encerrado, sabiendo que el pueblo y la gente están allí afuera y no poder imaginarme qué pasa, sin poder asomar la cara más allá del patio a través de las tablitas de la celosía o de alguna otra rendija, así desde hace semanas, vigilado siempre para que no pueda escaparme, encerrado entre estas paredes, no se pueden abrir las ventanas, no se pueden abrir las puertas, todo está trancado. Y a pesar del calor hay un poco de fuego prendido, se ven en la oscuridad pequeños puntos rojos, intensamente luminosos que aparecen por entre las cenizas, en el fondo de la chimenea.
** Agustina con un hurgón atiza el fuego, coloca dos ladrillos en forma vertical a los lados y sopla con la boca hasta que surge una llamita y las leñas se encienden. De nuera va a hervir agua en la olla grande de hierro, el agua para tomar, estoy cansado del mismo gusto, a hierro, a ceniza, a leña y humo.
** Cállese, cállese chiquilín endiablado y Emilio se queda tenso, esperando que su madre le arroje algo, cualquiera de los objetos que suele tirarle cada vez que reacciona con tanto enojo. Pero esta vez no le tira nada, pone la olla sobre los ladrillos que hay parados de canto entre las cenizas, un poco por encima del fuego, llena de agua que habrá de hervir, luego la dejará enfriar antes de poder tomarla. Siempre el agua hervida. ¿Hasta cuándo? Además yo no soy ningún chiquilín endiablado, sino tu hijo. Y soy también un hombre, tengo ya diecisiete años.
** A pesar de la hora, Isidro aún no ha regresado. No sé qué hora es, pero es tarde, pues ya me desperté dos veces y me dormí otras tantas y él aún no viene. Debe tener mucho trabajo. ¿Aún de noche? ¿Pero qué clase de trabajo tiene? Suba a su habitación, duérmase y no vuelva a hacer preguntas estúpidas.
** Emilio cruza la sala, sus gestos son pesados, su andar es lento y antes de salir ve proyectada su sombra sobre la pared a causa del fuego donde ya burbujea el agua. Luego sube la escalera, lentamente, porque es el momento preciso en que puede suceder algo, tal vez se abran puertas y ventanas dejando entrar gente que viene a buscarme o bien que no haya nadie en la planta baja dejándome en libertad para salir y entrar cuando pueda y del modo que quiera.
** Su habitación también tiene las ventanas cerradas y hay el olor rancio de los espacios cerrados y este silencio y esta soledad de hace tantos días, obligado a enfrentármela en todo momento, sin saber razones, todo queda a cargo de mi imaginación.
** Cierra la puerta y no enciende la luz. Hace mucho calor para ello. Se sienta en la cama sabiendo que no va a acostumbrarse nunca a la oscuridad, tantas noches he probado hacer lo mismo y me quedo tendido en la cama con los ojos abiertos, perdido en la oscuridad, con tal desorientación que debo encender la luz o cerrar los ojos y procurar dormir. Se descalza buscando que los zapatos no hagan ruido al caer; se quita la camisa y los pantalones, se tiende en la cama sin retirar el cobertor. Todo está caliente y como si este encierro y este aire envejeciera las cosas con sólo tocarlas, hasta mi cuerpo, perdido en esta oscuridad y en este silencio. Ningún ruido llega hasta aquí.
** Se contiene el aliento en este gesto de atención donde todos callan y aparentemente no se escucha ningún ruido hasta que las trompetas inician su parte, todas al mismo tiempo mientras el bombo y los platillos marcan con rigor y sin matices los golpes del tres por cuatro.
** Después de los primeros compases del vals del segundo acto de «El lago de los cisnes», la gente que había esperado tan ansiosamente el inicio de la nueva interpretación, ladea un tanto la cabeza siguiendo el hilo de la melodía y reanuda su paseo por los senderos de la plaza.
** La música va subiendo de volumen y las parejas que caminan con pasos lentos apenas hablan, los ancianos y las personas mayores están parados cerca de la rotonda en la que toca la banda o bien sentados en bancos. El contador de cuentos aprovecha este súbito interés por la música para desenrollar sus láminas, alisarlas con las manos, amarillentas, manchadas por el moho o la grasa, las hojas han sido ya tan manoseadas que se adaptan a cualquier posición, tantas veces han sido llevadas y traídas, envueltas, enrolladas, colgadas de un gancho para que todos quienes escuchan la historia las vean mejor, tantas veces ha contado este cuento, desde que tengo cinco años me acuerdo que todos los años es lo mismo, Emilio se vuelve con un gesto y se aleja de la banda que a sus espaldas mantiene sin variantes los golpes del bombo y los platillos marcando el ritmo del vals que suena duro, escuchalo, un, dos, tres, un, dos, tres, por la trasposición de los instrumentos de cuerdas a instrumentos de viento, también como el contador de cuentos, desde entonces recuerdo las dos cosas.
** Miguela roza con un ademán imperceptible una mano de Emilio quien con un gesto de desagrado la evita, se mete las manos en los bolsillos, se alejan del centro de la plaza, están casi en una esquina a donde nadie llega, quince días llevás este mismo humor hasta me parece que estás tan maniático como el astrólogo con sus gatos, hubieras hecho con todos los pájaros una sombrilla que volara sobre tu cabeza protegiéndote del sol, aunque ahora la gente busca huir de la sombra para gozar de la mañana pues resulta agradable pasearse al sol que a esta hora se encuentra tibio, pero apenas entre volverá el frío intenso, sin embargo hasta donde llegan Emilio y Miguela no hay casi nadie.
** Qué astrólogo ni qué mierda, ni qué manías. Desaparecieron como por un tubo misterioso pues en quince días no vi ninguno, no apareció ninguno en ninguna parte. Yo los cuidé, los alimenté, los limpié. De pronto nada, la puerta abierta, el candado roto, la jaula vacía, pero por qué, si no hacía mal a nadie, ni molestaba a nadie, ni competía con nadie. Y me venís a comparar con el astrólogo. Eso es suficiente. Vuelven sobre sus pasos, hacia la rotonda donde se encuentra la banda. Están ya muy cerca cuando quien toca la tuba da unos pasos saliéndose de la formación, su sonido se ha distorsionado tanto que todos los demás callan sin atinar a socorrer al compañero cuando a éste, sin soltar su instrumento, se le doblan las rodillas y cae de frente produciendo un ruido metálico cascado. Está muerto.
** El padre de Emilio se acerca corriendo, el médico, que venga el médico, se abre paso entre la gente que ha formado ya un círculo alrededor, lo examina, levanta la cabeza hacia el director diciéndole está muerto, pide que lleven el cuerpo a la comisaría que está aquí cerca, atrás le siguen sus compañeros formados ya como cuando van en los desfiles tocando una música de tono lúgubre que Emilio no logra ubicar.
** En toda la plaza se forman pequeños corros donde se hacen comentarios en voz baja, Emilio los va mirando hasta que su vista se encuentra con la del contador de cuentos, se turba ligeramente por lo imprevisto del hecho, sorprendidos cada uno de los dos en sus pensamientos, el hombre se apresura a señalar la primera lámina que está frente a sus ojos y la describe.
** Entrando al dormitorio lo primero que se ve es la gran ventana y al abrirse da sobre el lado del lago. Desde allí se ve un patio cubierto de césped con una ligera pendiente que termina en una hilera de eucaliptos altos, delgados, y en seguida la franja de arena, la playa que se ensancha o angosta de acuerdo al nivel de las aguas del lago.
** A la izquierda de la puerta, la pared está cubierta por un ropero que va de lado a lado y del suelo hasta el techo, de puertas anchas de madera negra lustrada. Al fondo, abajo de la ventana está la cama cubierta con una manta blanca de algodón y en la que un hilo más grueso traza de manera casi imperceptible tres grandes rombos que la cruzan longitudinalmente. Encima y contra la pared se han colocado numerosos almohadones de color.
** A la derecha hay una mesa con una silla donde Emilio suele estudiar y prepara sus lecciones e inmediatamente al lado, entre la mesa y la cama un mueble bajo con un tocadiscos en cuya parte inferior, colocados verticalmente en perfecto orden, hay una gran cantidad de discos.
** En el centro hay una alfombra azul que ocupa casi todo el espacio libre. Y en las paredes (lámina tres) distribuidas con visible intencionalidad, fotos de distintos tamaños, en blanco y negro, de detalles del lago: un día apacible, el sol llenando el cielo, una rama negra quebrada rompe la simetría vertical y rítmica del pirisal, una ola en día de tormenta, la marca que dejó el agua en el viejo atracadero de piedra, la huella de la ola en la arena. Y en el espacio que hay entre la puerta y el ropero, en un rincón poco visible, hay una litografía antigua que compró en una casa de antigüedades de Asunción y a la que le colocó un marco de madera negra. Representa un pájaro en el centro y en las esquinas, detalles del mismo, como si fuera un estudio científico, con flechas y anotaciones en un idioma que nunca pudo determinar su origen (lámina cuatro).
** Eso es todo.
** En la lámina cinco, sin embargo, se puede ver a nuestro personaje dentro de la gran jaula en la que cría los pájaros negros cuyos huevos recibió de regalo de un anciano que visitó el pueblo.
** La jaula está construida en el patio de la casa según lo indica el croquis (lámina seis). Está a unos veinte metros y se llega a ella saliendo por la cocina, en el lado opuesto a la entrada principal y defendida, por la construcción de la casa, del viento frío y fuerte que suele venir del sur durante todo el invierno.
** La jaula es alta, mucho más alta que una persona, de modo que Emilio puede entrar perfectamente parado, y está rodeada de una fina malla de alambre extendida sobre seis postes de madera que forman un hexágono y la parte superior culmina en un techo, también hexagonal, de pendiente pronunciada, de chapas de zinc. La jaula fue construida abajo de los árboles, de modo que el sol de la siesta en el verano no haga sufrir a los animalitos.
** Adentro de la jaula -señala el hombre con una varilla de madera lustrada, larga y puntiaguda- Emilio es fácilmente visible porque va vestido de colores claros; pues le gusta vestir de blanco. Personalmente atiende a sus pájaros, cambiándoles el agua dos veces por día y limpiando los recipientes en que suele poner el grano, barriendo el piso de la jaula todas las mañanas para que no queden allí los excrementos ni los restos de comida que cayeron al suelo.
** Para cada pájaro, que son dieciocho en total, hay un nido hecho de paja colocado adentro de una caja de madera, sostenidas las dieciocho a una altura prudencial de modo que los pájaros estén fuera del alcance de cualquier animal nocturno que pueda acercarse al lago a tomar agua y se sienta atraído por su carne tierna.
** Emilio habla con cada uno de los pájaros que en orden y sin mostrar ningún temor, se posan en su mano, en su brazo y a veces en el hombro, les dice algunas palabras cariñosas, con un dedo les acaricia la cabeza, les rasca el cuello, los pájaros sufren un temblor de placer, un espasmo que les sacude todas las plumas y vuelven al nido o se posan en los pequeños columpios que fueron construidos allí, colgados del techo y su movimiento de vaivén les divierte.
** Los pájaros (lámina siete) son negros, ligeramente más grandes que un gorrión, su plumaje es fino y desde la cabeza caen hacia los costados, como una cresta, delgados hilos rojos que se confunden con las plumas negras, dándoles efectos de destellos. El pico es afilado y largo, los ojos redondos y verdes y la cola termina en plumas parecidas a las de la cabeza, pero son más largas, anchas y rojas.
** Las patas son cortas y abajo del plumón, también negro, esconden un espolón grueso, muy afilado que, al descubierto, les da a estos pájaros un aspecto amenazante, pero cubiertos, son aves de una candorosa inocencia. El hombre hace un alto en su relato para tragar saliva. Emilio levanta la cabeza y mira a su alrededor con un movimiento muy lento, volviéndola sobre el eje vertical de su cuello; y esto le da una visión aproximada de cuanto la rodea. Camina con pasos no muy largos, manteniendo un ritmo acorde con su gesto y ese aire de tranquilidad que le brota desde adentro. Al menos así lo siente.
** Lleva las manos cruzadas atrás, a la altura de las nalgas y a veces juega con los dedos entrelazándolos. Va vestido con su traje blanco, la camisa blanca de tela hilada a mano y una corbata ancha, de seda, dibujada en dos tonos de grises.
** En el centro mismo de la plaza, adonde confluyen todos los senderos, hay un gran círculo de ladrillos rojos, oscurecidos por el moho fino y negruzco que crece a la sombra de los grandes árboles. Allí, como todos los domingos, está la banda de música y toca sin descansar.
** Emilio siente que la música le causa un especial placer y considera las entradas a destiempo de algunos instrumentos, la desafinación de cobres y bronces y la falta de precisión de ritmo en algunos pasajes, como aquellas cualidades que le dan precisamente encanto a sus ejecuciones.
** La misa terminó hace poco más de una hora y la plaza comienza a llenarse de gente. Emilio camina por los senderos abiertos entre el césped, cubiertos todos ellos por pequeños cantos rodados rojos que crujen, se mueven, se hunden cuando son pisados, y saluda con un movimiento de cabeza al encontrar gente conocida. Se detiene, hace bromas, escucha, hace comentarios, señala las dos nuevas composiciones que la banda sumó a su repertorio y ríe con ganas con los amigos.
** Con este paso, este mismo ritmo, la alcanza a Miguela que se sobresalta ante su aparición tan sorpresiva, él le sonríe, se cruza adelante de ella, le da dos besos en las mejillas, cómo estás, por qué tardaste tanto y caminan siempre con el mismo aire perdido, tal vez no sea conveniente que nos vean juntos con tanta frecuencia porque tengo miedo que la gente comience a murmurar, y Emilio, no seas tonta, todos saben que somos amigos desde criaturas y nunca dimos oportunidad a nadie para que nos critiquen, tan correctos nos hemos mostrado siempre. Ni siquiera te tomo de la mano.
** Me da miedo lo que estamos haciendo Emilio, me da miedo. La banda comienza a tocar el «Intermezzo» de «Cavalleria Rusticana» y los más viejos se acercan para escuchar mejor, porque merece la pena, escucharlo y dejate de pensar en tonterías, no seas miedosa. Tengo miedo de tener ojeras y que la gente me vea. Fijate lo que es esto, como si retrocediéramos en el tiempo, éste es el verdadero momento del pueblo, la plaza llena de gente, paseando después de la misa del domingo, la banda tocando en la plaza a la sombra de -46- los árboles, aún faltan dos meses para que vengan los turistas y veraneantes a destruir la rutina, el paseo de los viejos, el encuentro de los noviazgos ya oficializados, el astrólogo sentado en un banco con sus libros y sus ochenta y seis gatos, pero no atiende consultas por ser domingo, el contador de cuentos con sus antiguas aguafuertes que ilustran las historias que cuenta a los niños que no las interpretan y a los mayores que no se entretienen. Éste es el verdadero tiempo, sentilo, pero sin cerrar los ojos porque hay que percibir la música abajo de los árboles, los senderos cubiertos de grava roja. La gente que camina con parsimonia, intercambiando saludos, cruzando sonrisas, acercándose a la banda cada vez que ésta se enfrenta con una composición musical con reminiscencias antiguas, sin percibir esos pequeños detalles, esos grandes errores que para Emilio constituyen su especial atractivo. Miguela se sienta en la punta del banco, absorta en el contador de cuentos que está parado al lado de sus láminas colgadas de un clavo que él mismo, hace tiempo, colocó en un árbol.
Esta lámina es de la primera muerte que data del mes de julio, en pleno invierno. Es miércoles por la mañana muy temprano y el pueblo está inmovilizado bajo la niebla que sube del lago y a pesar de ser las siete, aún no se ha despejado.
** La mujer que reparte la leche en un pequeño triciclo a motor, acaba de dejar la ración acostumbrada frente a la casa de Emilio, que está en las afueras del pueblo. A ella se llega por el camino principal y luego se toma un camino de arena, bordeado de árboles, muy tranquilo y silencioso hasta que al final del mismo, cuando ya se ve el lago, se abre la puerta que conduce a la casa.
** Después de entregar la leche, regresa al pueblo. Va muy despacio a causa de la niebla y enciende dos o tres veces el faro para iluminar el camino, pero le resulta inútil. Hasta tiene la sensación de que en ese sector, alrededor del haz de luz, la niebla se espesa. Sale al camino principal y ya regresa, cuando siente un repentino malestar. Detiene el vehículo, desciende y se aleja unos pasos. El césped está mojado, siente que sus zapatos se humedecen, nada más que por un momento, pues en seguida se le doblan las rodillas, cae al suelo y muere.
** Gente que pasa por allí circunstancialmente, cuando la neblina se ha despejado ya y el sol apenas calienta, encuentra el cuerpo tirado y corre hasta la casa de Emilio, golpea, pregunta por el médico, viene el hombre con su maletín negro, pero toda velocidad es inútil porque cuando llegan al lugar la mujer que reparte la leche hace por lo menos una hora que ha muerto.
** El médico carga el cuerpo en su automóvil y lo lleva a la comisaría donde lo tiende sobre una mesa en una habitación y lo revisa detenidamente (lámina treinta y cuatro). No comprendo, no comprendo, mientras le mira los ojos, busca en el cuerpo una señal exterior que explique esta muerte repentina sin encontrar nada. No comprendo, pueden ser tantas las causas y no tengo aquí elementos. Por las dudas, será mejor que se tire la leche que llevaba, que nadie la tome y se ponga en observación a las vacas del tambo donde ella trabajaba.
** Toda la mañana analizando el cuerpo, y hasta la leche y las vacas sin encontrar nada. Papá tiene un arte especial para meterse en complicaciones. Y si todo esto no se puede explicar, la segunda muerte, la tercera muerte, todas las otras muertes, que vengan médicos de otra parte y nos eviten este problema, nos dejen de lado tantas conjeturas que corren por el pueblo.
** Emilio está tirado en el suelo, sobre la alfombra azul, de cara al piso, se sostiene la cabeza en alto apoyando la barbilla en una mano y el codo en el suelo. Con la otra mano recorre los discos, leyendo sus títulos escritos en el lomo con letra muy pequeña. A veces se detiene en alguno, hace un gesto de quitarlo, pero luego sigue hasta el final y comienza de nuevo.
** Hace ya un largo rato que busca un disco sin poder acertar cuál es el que quiere escuchar. Así, después del tercer intento se tira de espaldas sobre la alfombra y se queda mirando el techo donde las vigas negras, cruzadas por viguetas también negras y de madera, forman rectángulos blancos que Emilio se entretiene en contar.
** Por las ventanas cerradas penetra la luz de afuera, y en el dormitorio hay una claridad muy gris, lo que parece aumentar la soledad y el silencio. Sobre todo el calor y el olor a encierro, como si el aire se pudriera entre estas paredes, porque no puede salir, encerrados estamos el aire y yo desde hace tantas semanas.
** Emilio entonces se incorpora, va al ropero, abre una de sus puertas y el espejo colocado por la parte de adentro le devuelve su imagen, allí parado, está en calzoncillos, su cuerpo largo, delgado, parece no pertenecerme, como si fuera un extraño, no sólo el aire y las cosas se van gastando, sino hasta yo mismo, pronto me voy a descascarar como esas casas abandonadas que hay cerca de la iglesia por la calle que baja al lago y que siempre me parecieron tan fantasmales.
** Busca entre su ropa hasta que encuentra un pantalón corto, color celeste, se lo pone y abre con cuidado la puerta de su dormitorio, hemos aceptado todos el silencio, el encierro sin preguntarnos ni decir nada. Y las escaleras que van al piso inferior las baja con gestos elásticos de modo que sus pies descalzos no rompen el silencio de la casa en la que sólo se escucha el leve chisporroteo del fuego que hay encendido siempre en la chimenea, a pesar del calor, y el agua que hierve en la olla negra de hierro. De afuera no llega ningún ruido.
** En la sala hay la misma luz que en su dormitorio y hasta casi el mismo olor, si no fuera por el perfume penetrante que tiene la leña que se quema en la chimenea. Los sillones (lámina cuarenta y cuatro) están tapados por fundas blancas y la alfombra fue enrollada y colocada contra una pared. Y sobre una mesa baja, hay un montón de revistas ajadas de tanto haber sido hojeadas, manoseadas en un montón de horas de aburrimiento que ahora no quiero calcularlas porque seguro que serán muchas más de las que me imagino y muchas menos de las que pienso haber pasado aquí.
** Al abrir la puerta de la cocina, su madre que está aquí se sobresalta y emite un pequeño quejido, pero inmediatamente se enfrasca de nuevo en su trabajo, lo siento, no quise asustarte, sólo vine a tomar agua y saca de la heladera el agua que sabe fue hervida y se le adelanta su gusto insípido, le falta algo, algún componente, daría cualquier cosa por tomar aunque sea agua contaminada que tenga gusto a algo y ya sé que no debo quejarme, que las cosas deben ser así, que no debo protestar, pero este encierro, me produce un cansancio desesperante.
** Emilio deja el vaso en la pileta de lavar los platos y le mira de reojo a su madre que sigue ocupada en mezclar huevos, harina, sal y un chorrito de aceite, de nuevo está llorando, ya no me quejo, ya no digo nada, lo siento tanto y me vuelvo a mi dormitorio, sale cerrando la puerta a sus espaldas con mucho cuidado y regresa a su habitación.
** El ropero sigue abierto y frente al espejo vuelve a quedarse en calzoncillos mientras se mira y trata de reconocerse pues el color que le dio el sol se le está yendo, de nuevo su piel se está poniendo blanca, sólo falta que también se me caiga la piel, como las casas en ruinas, lo decía y para qué me sirve si nadie me ve, si no puedo darme a nadie, qué estará haciendo Miguela, no puedo imaginarme en este sitio su presencia.
** Cierra la puerta quitándose de adelante su propia imagen y vuelve a tirarse en la alfombra, frente a los discos cuyos lomos recorre de nuevo, buscando algo que me dé la sensación de estar vivo, nada que huela a muerto, ni que sea viejo ni antiguo.
** En este momento se puede gritar, o cantar, o decir cualquier cosa sin que se pida silencio. Podemos escuchar todos los discos que queremos, sin que se nos obligue a bajar el volumen. No importa que hagamos ruido o no, si total no hay una sola persona en la casa, le toma de la mano y la lleva escaleras arriba, subí, subí sin miedo, que no pueden vernos, ya te dije que no hay nadie en la casa ni tampoco puede llegar alguien en este momento. Estamos bien seguros.
** Emilio repite estas palabras por decir algo ya que Miguela le sigue sin poner resistencia, aun cuando al llegar los dos al piso superior se detienen por un instante, en silencio, y miran hacia el piso inferior con un gesto de alerta, dispuestos a escuchar el más pequeño ruido que les haga desistir de sus propósitos. Sin embargo, no hay ningún otro que aquellos propios del domingo por la mañana.
** Nadie, te dije que no hay nadie, mientras entran al dormitorio, porque todos a esta hora van a misa y están en la iglesia, y una vez adentro, después de cerrar la puerta, Emilio se inclina sobre ella y la besa en una mejilla, cerca de la oreja y después en el cuello.
** Emilio, su voz, aunque no es fina suena en el límite de la fragilidad, Emilio, a punto de quebrarse por la emoción, el llanto o la turbación, estamos haciendo una locura, en tu propio dormitorio, a la mañana, mientras entra la luz del día, un domingo. Todos se van a dar cuenta, van a encontrarnos, ¿y qué explicación daremos?
** Sin escucharla, Emilio se quita la corbata, se abre el cuello de la camisa y deja el saco sobre la mesa en donde hay un libro abierto, dos lápices y una hoja de papel en la que se han garabateado dibujos, muchos de ellos sin sentido y algunos trazados al azar (lámina dieciocho). Se puede ensuciar allí tu saco blanco, no te preocupes más, no te preocupes tanto por todas las cosas, y si se ensucia paciencia, se lava, y si se rompe, paciencia, se tira, y si se dan cuenta, paciencia, qué le vamos a hacer, después de todo no van a matarnos.
** Miguela se acerca a la ventana y cierra las celosías porque hay mucha claridad y quiero que la habitación esté a oscuras pero como se filtra una luz tenue, amarilla por los espacios que dejan entre sí las innumerables tablillas también quiere cerrar las cortinas. Entonces la habitación quedará totalmente a oscuras y voy a perderme y quiero verte, no tengas vergüenza de mí, Miguela, ¿acaso no estoy yo también desnudo? y no me oculto, mírame porque tiene que gustarte como a mí me gusta verte.
** Se acuestan en la alfombra, se besan, se acarician en la luz amarillenta de la habitación, tenemos que apurarnos, Emilio, tenemos que apurarnos, ¿por qué?, vamos despacio, tenemos tiempo, en este momento recién debe estar comenzando la misa y el sermón del cura es siempre muy largo. Hasta vamos a tener tiempo de hacer el amor dos veces. Dos veces, dos veces Emilio, ahora ya no me importa, y si nos descubren, paciencia.
** Emilio le apoya una mano en el hombro a Miguela que se sobresalta, le mira extrañada, preguntándole qué pasa, vamos a dar otra vuelta, quiero seguir caminando, nada más que un momento, ¿acaso no estás cansada de escuchar todos los años la misma historia, cientos de veces?, es nada más que un momento, el contador de cuentos no aparta los ojos de ellos molesto por el cuchicheo ya que hasta cambia de tono de voz y se vuelve dramático para narrar la tercera muerte que no fue sino un mes más tarde, ya en pleno agosto, una de esas siestas desagradables, de mucha humedad y con sol. Es un día de invierno caluroso, la ropa se pega al cuerpo y parece sucia a pesar de que no se suda.
** Se dan todas las características de cuando está a punto de llover y cambiar el tiempo, así como cuando se espera una gran tormenta. Pero ello no sucede. Hace cuatro días que las condiciones se dan con regularidad y la gente se pone fácilmente de mal humor.
** Un trabajador va de la carpintería a una casa donde debe reparar una ventana que se ha desvencijado. Es una casa de gente que vive en Asunción y sólo la utiliza los fines de semana o bien en el verano. Es viernes, en una mano lleva un valijín de madera barnizada, y atravesándolo longitudinalmente sobresale la hoja de un serrucho como suele suceder con las cajas a medio aserrar de los magos.
** Al pasar por la panadería compra un bollo y lo va comiendo por el camino que pasa cerca del lago cuando siente su primer síntoma de malestar. Da otro bocado de mala gana y pensando que es la comida, arroja muy lejos de sí el pedazo que le queda en la mano. Busca entonces la sombra de un árbol por si es el sol, pero antes de llegar cae al suelo y muere (lámina cuarenta).
** A lo lejos lo ve un botero que está limpiando una embarcación y su primer pensamiento es que el hombre está borracho. Piensa no acudir, pero al ver que no se mueve, se acerca, y al notar que está muerto no quiere tocarlo y da gritos a gente que pasa a lo lejos, diciéndole que dé parte a la comisaría que el carpintero está muerto.
** Al llegar a este punto el contador de cuentos hace un alto para medir el grado de tensión que hay en el silencio guardado por el auditorio. En el fondo la banda ejecuta una composición con largos silencios y sigue en cierta manera el interés de su relato. Busca entonces la siguiente lámina y evidentemente hay una confusión ya que tiene ante sí la que describe a Emilio abriendo una puerta y le da de lleno el viento frío que viene del lago. Luego corre por el césped donde brillan las gotas de rocío que el sol, aún muy débil, no ha logrado hacer desaparecer (lámina veintiséis).
** Lo último que escucha que su madre le grita es que llegará tarde a misa, como todos los domingos, no te preocupes, yo los alcanzo después en la iglesia, no voy a llegar tarde, sino justo en punto, tal vez así se tranquiliza y me deja libre, no te entretengas demasiado con esos pájaros inmundos, sí, sí, no se preocupen por mí. No se preocupen, claro que voy a ir a la iglesia pero a buscarla a Miguela y traerla a mi dormitorio, sin que nadie se dé cuenta, sin que nadie lo sepa, sin que nadie se imagine que estoy repartiendo mi vida entre ella, mis pájaros, mis discos y mis fotografías.
** Emilio lleva una caja de cartón con las semillas que comen los pájaros y que le dejó el hombre que le regaló los huevos y al cual conoció en el hotel del pueblo. Además un plato con pequeños trozos de carne molida y sosteniéndola bajo el brazo la escoba para hacer la limpieza que lleva a cabo rigurosamente todos los días.
** Da vuelta a la casa por la parte de atrás, llega hasta la jaula y encuentra la puerta abierta, no puede ser, nadie puede haberla abierto, sólo yo que tengo la llave del candado, no puede ser, yo tengo la llave, los pájaros son míos, yo los crié, yo los alimenté, no pueden haberse ido. Emilio entra a la jaula, deja las cosas en el suelo y mira hacia arriba. En lo alto hay un solo pájaro que gira la cabeza, nerviosamente, hacia un lado y otro, uno solo se ha quedado, y el resto tiene que estar por aquí cerca, porque son míos, nadie puede haber abierto la puerta y el pájaro que está en lo alto de la jaula agita las alas, pasa por encima de su cabeza, tan cerca que Emilio cree sentir el batir de las alas, y escapa por la puerta. Emilio lo sigue, porque debe ir adonde están todos los otros, adónde vas, imbécil, adónde vas, que nadie te va a cuidar mejor que yo, pero el pájaro está ya lejos y vuela por encima del lago en dirección del pueblo.
** Emilio se queda mirándolo absorto, tanto que las últimas palabras no las ha captado, sino como un ruido lejano sin significado y se vuelve a Miguela peguntándole qué dijo y ella le hace una señal con la mano pidiéndole que guarde silencio. La toma entonces de un brazo haciéndola salir del grupo y cruzan la plaza dirigiéndose hacia el hotel, estaba ya cansado de estar allí, perdiendo el tiempo, no nos hubiéramos apurado tanto en casa, hubiéramos podido aprovechar mucho mejor la mañana, cruzan la reja, el patio y van a la heladería, yo quiero de chocolate, no seas insaciable, estuviste anoche en casa, y esta mañana, fuimos a la tuya, ¿no te vas a dar por satisfecho nunca?
** Así, vuelven caminando lentamente a la plaza, ya sin hablar, Miguela quiere seguir escuchando la historia, pero si ya la sabemos de memoria, siempre es la misma cosa, no, no es cierto, pues continuamente está cambiando los detalles y eso lo hace más interesante.
** Llegan cuando el hombre coloca la lámina cuarenta y nueve que describe uno de los últimos intentos que realiza Emilio para escapar de la casa. En la anterior se ve cómo baja por las escaleras sin hacer ruido, aprovecha que la madre está ocupada en avivar el fuego de la chimenea donde habrá de colocar de nuevo la olla de hierro en la que continuamente hierve el agua.
** En esta ilustración se ve ya la fuga frustrada. Emilio parado al lado de la puerta está recostado contra la pared, una mano apoyada en ella, la izquierda aún sobre la tranca, no tuvo tiempo de retirarla.
** Su madre, parada en medio de la habitación, el pie izquierdo al frente, el otro atrás, le arroja con fuerzas una leña encendida que se estrella un poco por encima y a la izquierda de Emilio, entre él y la puerta, mientras saltan a los lados tizones encendidos.
** El cuerpo de la mujer que está alrededor de los cuarenta años, y aún mantiene su flexibilidad lo tiene pronunciadamente echado hacia adelante, la pierna izquierda flexionada por la rodilla, conserva todavía el brazo derecho rígido lanzado hacia Emilio a pesar de haber arrojado ya la leña. Lleva el pelo muy corto peinado sobre la nuca y, aunque siempre mostró un aire severo, adusto, ahora se la nota envejecida y doblegada por el largo encierro en el que ella debe afrontar todas las tareas de la casa y se siente mortificada al presentir que está envuelta en la historia.
** La cara de Emilio trasluce el susto que le causa el verse sorprendido en su intento de fuga y sobre todo al comprender que su madre le arroja la leña encendida que comienza a desintegrarse encima de su cabeza.
** Entre los detalles de la lámina saltan a la vista el grueso pasador de hierro que tranca la puerta por el lado de adentro, el polvo fino y oscuro que se ha depositado sobre todas las cosas y que el abatimiento de los habitantes de la casa no permite limpiar, además del envejecimiento que hay en la forma de vestir de los personajes (lámina cincuenta).
** El contador de cuentos comprime cada vez más sus silencios a medida que crece la tensión de la historia y en él corro que le rodea ya no se escuchan cuchicheos y la gente no cambia de posición con tanta frecuencia. Los niños están sentados en el suelo, los mayores en los bancos cercanos y otros permanecen de pie los ojos fijos en las láminas, sin tener en cuenta a quienes pasean por los senderos de la playa y los integrantes de la banda, que siguen llevando crespón negro en sus instrumentos en recuerdo del compañero muerto, aun cuando ya tienen un integrante nuevo que toca la tuba, están pendientes del director, batuta en alto, a punto de darles la orden para comenzar una nueva ejecución.
** El segundo movimiento del Concierto para Orquesta de Bela Bartok se inicia con unos pocos compases a cargo de un instrumento de percusión. Luego van apareciendo en pares y en forma consecutiva los fagotes, los oboes, los clarinetes, las flautas y por fin las trompetas con sordinas. Al fondo se escucha primero el golpe del bombo y luego, siempre en segundo plano, los instrumentos de cuerdas, pero sin restar nunca primacía a los de viento, cuando de pronto, como si el director dejara caer flácidamente los brazos a los costados, el sonido languidece gradualmente, decae y el tocadiscos se detiene.
** Emilio mira a su alrededor, el aparato está apagado, prueba el interruptor una, dos veces, se ha cortado la corriente eléctrica. En la oscuridad va a tientas hasta la puerta, la abre y se dirige hacia la escalera, ¿qué pasó, quién apagó la luz? Abajo está su madre que ha encendido ya una vela, pienso que fue ella, tan cansada está de mis discos, hoy me gritó tres veces que pusiera más despacio la música, y si no escucho música voy a terminar volviéndome sordo en este encierro, en este silencio.
** Se cortó la luz, no sé si debe ser nada más que en casa o en todo el pueblo, aunque acabo de revisar los fusibles y todos están bien, tenemos que esperar Agustina y mientras tanto arreglarnos como podamos, Isidro se dirige a Emilio que sigue parado en lo alto de la escalera, con su pantalón celeste corto, sería bueno que te vistieras para bajar a cenar, no quiere decir que por observar estas medidas de seguridad, por si es una epidemia, te vuelvas un salvaje.
Sí, papá, voy a vestirme, en la voz de Emilio hay una aceptación fatalista, sin embargo no lo hace, baja las escaleras, pues vestirse significa buscar una ropa adecuada y todo está oscuro, como la ropa que se lava y se seca en la sala, en la cocina, se la tiende en cualquier lado y esta reclusión, la falta de sol y aire, le han dado un color triste, a veces gris, a veces amarillento, al tiempo que todo se ha impregnado de este olor a encierro que hay por todas partes, no quiero vestirme así, no vale la pena.
** Cierro los ojos y se forman ante mí dos bóvedas negras, de oscuridad, donde viajan enormes manchas rojas, se alejan, se acercan, a veces estallan y se derraman sobre mis ojos, no quiero abrirlos, me duelen, tengo miedo que se hayan quemado bajo este sol del mediodía. Miguela, estoy ardiendo, dejame entrar bajo la sábana de tu cama.
** Miguela no está, estoy solo, inmovilizado en medio del lago, sin fuerzas para bajar de nuevo del bote, zambullirme en el agua, colgarme de la borda y aprovechar esa pequeña, diminuta sombra que se forma entre la canoa y el agua.
** Con una mano entonces, se moja la cabeza, la cara, mantiene un rato largo la palma cargada de agua adelante de los ojos, hasta sentir que el calor de los párpados y la presión alivian, luego se moja el cuerpo, pero sin tocárselo directamente pues el sol le ha quemado y toda la piel le duele.
Emilio está semidesnudo tirado en el fondo de la embarcación, dormido por el cansancio o en estado de semi inconciencia por la insolación, el bote permanece inmóvil en la quietud total de la superficie del lago.
** Después de escapar de su casa, Emilio tomó un bote y, desafiando el viento y la tormenta de la noche, procuró cruzar el lago, la única vía segura de escape que tenía (lámina sesenta y dos).
** Durante muchas horas luchó por ganar la otra orilla teniendo en su contra no sólo el viento, sino también el oleaje, haciéndosele pesado ir en contra de estos dos elementos, además de soportar la persistente lluvia (lámina sesenta y tres).
** En esta lucha pierde los remos (lámina sesenta y cuatro) y se queda a merced del oleaje sin poder dirigir la embarcación que es arrastrada hasta el centro del lago. Allí le sorprende el día (lámina sesenta y cinco) cuando la tormenta cesa, sale el sol y sobreviene una calma absoluta.
Toda la mañana permanece aquí, zambulléndose de tanto en tanto, hasta que la fatiga es más fuerte que él y se abandona a su suerte. Además, ningún pescador ha salido al lago, nadie lo navega, en el pueblo todos están muy ocupados enterrando a sus muertos (lámina sesenta y seis) o sumidos en el dolor (lámina sesenta y siete).
** El sol comienza a secar sobre su cuerpo el agua con que buscó refrescarse hace un momento, fue peor, no debo repetirlo, escapé de aquello y tendré que morir aquí achicharrado. Sé que el lago tiene una pequeña corriente que se dirige hacia el oeste, por lo tanto navego, muy lentamente, es cierto, pero tengo que moverme, espero poder llegar a algún lado seguro antes que termine conmigo el sol, antes que me quede ciego definitivamente.
** Se incorpora y mira por encima de la borda, nada más que un círculo brillante, como un pequeño horizonte a su alrededor, una línea de luz más allá de la cual no se sabe si se prolonga el lago, si está la playa o el pueblo, nada más, me arden los ojos, tan secos los tengo que ojalá pudiera tener algunas lágrimas.
** Se deja caer de nuevo, de cara al fondo del bote, siento que me adormezco, no, no es sueño, me alejo, simplemente me alejo, qué hermoso es ir perdiendo el sentido de las cosas, las sensaciones de mi cuerpo, hasta de lo que me sostiene. Ahora me voy, que nadie me detenga, estoy tan lejos. Un suave golpe le despierta pero no desea abrir los ojos, ahora hinchados bajo los párpados, siente su redondez, el dolor que le causa lo secos que están. Pero un aire fresco le llama la atención, quiere decir que ya no estoy al sol y abre los ojos lentamente.
** Encima de su cabeza ve la copa de un sauce llorón y el cielo está tan azul como se pone después de un rato que entró el sol. Recorre con la vista, lentamente, las ramas del árbol, entonces quiere decir que la corriente me llevó hasta la otra orilla. Es cuando ve que en una rama hay dos pájaros negros observándole, volvieron, no podían dejarme, piensa, no puede hablar tan dolorido se siente.
** Los pájaros permanecen inmóviles (lámina sesenta y ocho) Emilio se duerme, mientras tanto cuídenme, hasta que me ponga bien, pues todo está destruido y debemos comenzar de nuevo en cualquier otro lugar.
** Miguela está con los ojos muy abiertos fijos en la lámina que ejerce sobre ella un fuerte poder de atracción, tanto que no percibe que el hombre se ha callado y le pide que se retire un poco más atrás ya que está tapando a los chicos sentados en el suelo. Entonces Emilio se inclina sobre su hombro y le habla al oído.
** Abrime, abrime por favor un minuto nada más, la boca pegada a la ranura central, habla en voz baja esperando que Miguela pueda oírle desde adentro, después que la despertó golpeando el cristal con una piedrita que recogió en la calle mientras venía.
** Miguela, del otro lado, le mira haciéndole señas de que está loco y le pregunta qué quiere o eso es lo que le da a entender moviendo los labios de manera muy pronunciada y por fin abre la ventana sintiendo que entra una ráfaga de aire frío.
** Dejame entrar nada más que un rato que quiero hablar contigo, justo a esta hora, no sé para qué viniste ni qué pretendés, estás loco, me da miedo lo que estás haciendo, sin embargo me deja entrar o por lo menos no se opone cuando me trepo a la ventana, paso primero la pierna derecha, luego la izquierda y entro.
** Afuera hace mucho frío, Emilio cierra la ventana, por eso te pido que me dejes entrar aquí un rato, no voy a hacerte nada, no tengas miedo, no voy a hablar fuerte de modo que nadie se despierte, nadie sabe que estoy aquí, nadie va a saberlo nunca, te pido que me perdones todo lo que estoy haciendo.
** Emilio se sienta a los pies de la cama, Miguela hace lo mismo, pero en el sitio en que estaba acostada, recoge las piernas sobre el pecho y se cubre con la manta mientras le mira a Emilio que ahora se encuentra indeciso, perdió todo el ánimo de hace un momento cuando golpeó la ventana y por fin la empujó y entró sin que ella le dijera nada.
** Son más de las doce y hace rato que nadie transita por las calles, no sólo por la hora sino también a causa del frío y la llovizna que comenzó a caer al mediodía, sin embargo vos viniste, hasta aquí, desde tu casa, caminando, no, en bicicleta, está allí afuera, nadie se dio cuenta, estuve hasta ahora sin poder dormir, dando vueltas en la cama, estás loco, estás loco. ¿Y si papá se despierta?
** Emilio se reanima entonces, se vuelve hacia ella poniendo una pierna doblada por la rodilla sobre la cama y están cerca, su mano sobre el pie de Miguela que lo siente abajo de la manta, donde debe estar tibio, abrigado, como todo el resto de tu cuerpo, dejame entrar abajo de la manta y estar contigo en la cama porque tengo frío.
** Miguela no contesta y le mira fijamente a Emilio que está frente a ella, muy cerca, tiene el gesto suavizado a causa de la luz que se filtra a través de los visillos de encaje filet donde han bordado ramos de flores en un florero. El pelo largo, lacio, con iridiscencias rojizas le cae sobre los hombros, los ojos claros tienen un aire de tristeza. La mano de Miguela sale de entre las sábanas y busca la mano de Emilio, está muy fría, tiembla ligeramente, no digas nada, no me preguntes tampoco porque no sé cómo me siento en este momento, estás confundida, porque ¿qué te decidió venir así esta noche, si sólo somos amigos?, amigos de toda la vida, nos llevamos siempre muy bien, ¿no te parece razón suficiente para venir y pedirte que me dejes estar contigo abajo de la manta? Miguela, yo también estoy temblando.
** Entonces Miguela le pasa la mano sobre el pelo, ordenándoselo a los lados y luego se inclina hacia adelante y roza con sus labios la boca de Emilio. Él, como si esperara esta señal, se desnuda sin dejar traslucir su nerviosismo y se queda parado al lado de la cama, un instante, hasta que Miguela le abre la manta y le indica que entre. Le ayuda entonces a deshacerse del camisón y siente bajo sus manos su cuerpo tibio y lo aproxima al suyo, mientras la besa, la acaricia, lentamente, no tengas miedo, no te preocupes Miguela, no ahora que tenés que ayudarme, por favor, es la primera vez, vos siempre supiste más cosas que yo, pero ahora vamos a tener que descubrir juntos todos los secretos.
** Aparece entonces una lámina que, equivocadamente fue traspuesta, está dividida en cuatro cuadros y describe la huida de Emilio de su casa, pasada ya la medianoche. La anterior a ésta describía cómo después de acostarse no logró conciliar el sueño, y las horas que pasó en su cama dando vueltas sin poder dormir.
** Hacia la media noche, abre la ventana cuidadosamente, como se ve en el primer cuadro. Toda la tarde hubo tormenta y ahora queda soplando un viento sur muy frío mientras cae la llovizna en forma continuada. En la ilustración se ve que Emilio ha abierto la ventana y con trozos de madera crea pequeñas trancas para mantener las distintas hojas abiertas de modo que el viento no las golpee y despierte a sus padres que no sospechan su actitud.
** En la segunda lámina, Emilio sale por la ventana. Está colgado del alféizar, las piernas ligeramente abiertas por causa del esfuerzo y mira hacia abajo midiendo la distancia que debe saltar. Contrariamente a su costumbre, ahora viste de oscuro para no ser visto en la noche y pasar mejor desapercibido aun cuando no piensa ser descubierto a causa del mal tiempo que hay esta noche.
** En la tercera lámina Emilio acaba de saltar, está aún en la posición que cayó, el cuerpo encogido sobre las rodillas y con cuyo movimiento amortiguó el golpe y el ruido. Con un pie ha roto uno de los malvones que su madre colecciona en el jardín pero Emilio aún no lo advierte, los brazos ligeramente separados del cuerpo, como las alas de un ave a punto de volar, acompaña así todo su gesto.
** En la cuarta y última lámina aparece Emilio alejándose de la casa, corre ligeramente agazapado buscando así empequeñecer su volumen de modo que su cuerpo, aún vestido de oscuro y muy difícil de distinguir en la noche sin claridad alguna, pase desapercibido, por si alguien, algún curioso, alguna persona inoportuna, pudiera verle. Al fondo aparece la casa, una de las pocas ilustraciones que la muestran por el lado de afuera y donde se ven las dos plantas, el muro alto que termina en una imitación de almenas y las dos torres en que culmina por un lado la casa y que contiene en su centro la puerta principal de entrada. Emilio es esa mancha negra, acurrucada, que aparece entre los dos eucaliptos y al fondo, el lago con olas muy encrespadas a causa del viento y la tormenta.
** El primer ruido es como un trueno prolongado, que se extiende por un momento en la noche, pero que en vez de producirse en el cielo, se estrella a lo largo de la casa. Emilio se levanta de la cama de un salto ante la sorpresa del ruido, abre la puerta de su dormitorio y baja las escaleras dando saltos.
** ¿Qué pasa? ¿qué es ese ruido?, sus padres están parados mirando hacia el lado de donde vino el ruido, los cuerpos tensos en su gesto de atención y de espera cuando se produce el segundo, aunque ya no tan firme y homogéneo como el primero, sino en forma más desordenada. Emilio, quedate tranquilo, parece que están apedreando la casa, Emilio también se detiene y oye las piedras estrellarse contra las paredes, las puertas cerradas que crujen, las celosías que protegen los vidrios, ninguno se rompe.
** Voy a traer la escopeta, Emilio sube de nuevo dos escalones cuando su padre le detiene, no traigas nada, y menos armas de fuego, no sabemos quiénes están allí afuera, ni qué quieren ni por qué lo hacen. Van a matarnos, Isidro, quedate tranquila mamá, ya se van a ir, total no pueden entrar, antes tendrían que romper todos los pasadores de hierro que trancan puertas y ventanas.
** Agustina, quedate tranquila, y la mujer se sienta en un sillón, oculta la cara entre una mano y el respaldo para llorar primero en silencio y luego se vuelve más nervioso su llanto hasta que siente la mano de su marido apoyándose en su cabeza, pidiéndole calma, tranquilidad Agustina, no corremos ningún peligro, y para demostrártelo voy a salir a hablar con ellos. Isidro, no salgas, le detiene tomándole de un brazo, el hombre se vuelve hacia ella, la calma, la tranquilidad debemos mantenerla, otra cosa no podemos hacer.
** ¿Qué busca esa gente?, ¿por qué nos acosa?, ¿qué culpa tenemos de todo lo que sucedió?, Emilio lentamente comienza a regresar a su dormitorio una vez que los ruidos de las piedras empiezan a disminuir y luego cesan por completo. Afuera se ha hecho de nuevo el silencio. Nada, nada tenemos que ver, el único error debe ser que yo como médico, no puedo explicar las causas de sus muertes y por lo tanto no puedo curarles, cómo explicarles que nosotros no tenemos la culpa ni de que se mueran ni de que sea imposible salvarles.
** Es cuando el pueblo llega a la casa, decidido a matar los pájaros negros de Emilio después de atribuirle a estos animalitos una relación con la muerte de los pobladores que nadie puede explicar (lámina sesenta y uno).
** En láminas anteriores se ven las tres noches consecutivas que el pueblo se acercó a la casa para apedrearla, después de haberla dejado sin luz ni agua.
** Al cuarto día, ya no se detienen los pobladores frente al edificio y llevando faroles buscan forzar puertas y ventanas, pero ante su sorpresa descubren que la casa está abierta (lámina cincuenta y nueve) y su interior está totalmente abandonado (lámina sesenta).
** Se dirigen entonces a la jaula y éste es el momento que describe la lámina sesenta y uno. Es un grupo grande, difícil de contar las cabezas porque el dibujo se vuelve difuso a los costados ya que el ilustrador quiso además describir el efecto causado por la luz de los faroles, el deslumbramiento que hay en el centro y la oscuridad que va aumentando hacia los bordes. Hay hombres y algunas mujeres, no todos llevan faroles, pero sí los necesarios para iluminar la escena. Algunos van armados de palos y dos o tres llevan escopetas. Están en este momento parados todos frente a la gran jaula hexagonal, la puerta abierta y adentro no hay ningún pájaro, algunos de los columpios están rotos y en los nidos construidos con paja adentro de cajitas de madera hay desorden y se nota que el lugar hace tiempo fue abandonado.
** El piso de la jaula está sucio, hay hojas secas, tierra y papeles manchados de barro que arrastró el viento. Y un detalle curioso, entre la basura se ven dos sapos sorprendidos por la llegada de tanta gente y la repentina claridad. La puerta está totalmente abierta y abajo se ve que a su alrededor ha crecido el césped y alguno que otro arbusto se ha enredado en la malla del alambre, señal de que la jaula está abierta desde hace ya algún tiempo.
** Los ojos grandes, brillantes, desorbitados de los sapos le atraen poderosamente la atención y Emilio se queda mirándolos fijamente, mientras a su alrededor la gente ha comenzado a dejar billetes en una caja de madera, sucia, con la pintura descascarada, pero él no cae en la cuenta, hasta que el contador de cuentos comienza a liar sus láminas. Primero las plancha con las manos, busca que todos los bordes estén iguales, pero no se preocupa en ponerlas en el orden correcto, por eso cada vez que escucho sus cuentos me parecen diferentes porque algunas escenas cambian de sitio y entonces creo que tienen significados distintos. Emilio no le responde, son ya los últimos, saca un billete y lo pone en la caja de madera mientras el contador de cuentos hace un rollo con sus láminas y las ata con una cinta de seda cuyo color va del negro al azul sin olvidar el verde oscuro.
** La toma entonces a Miguela por un hombro y caminan hacia el hotel, es mucho dinero el que le das a ese hombre, Emilio está muy distraído, después de todo vive de esto, caminan lentamente, apenas saludan y aunque es cerca del mediodía sopla una brisa moderada y fresca, la gente hace ya planes para el almuerzo, podrías venir a comer en casa, tengo miedo que hayamos dejado algo en desorden en tu dormitorio y se den cuenta que estuvimos allí esta mañana.
** Entran al hotel donde los mozos están poniendo ya las mesas, hay ruido de platos y cubiertos, mejor te venís vos a la mía, porque después de la comida se van todos a jugar a las cartas y nosotros vamos a poder dormir la siesta. Piden dos helados, se sientan en una mesa, estás extraño, Emilio no le dice nada y mira el lago que se ve a través de los árboles y las hojas de las agaves que rompen la monotonía del césped del jardín. ¿Me escuchaste? Emilio vuelve sorpresivamente la cabeza, arrancado de sus pensamientos para ver que en la mesa de al lado, un hombre anciano acaba, de abrir una caja. Es de metal niquelado y tiene un dibujo encima, en relieve de las ramas y hojas de una enredadera, trazando complicados diseños. Adentro está forrada de terciopelo azul y posee numerosas divisiones. En cada una de ellas hay un objeto, Emilio se incorpora para verlos más de cerca. El anciano le mira y desliza la caja sobre la mesa para que vea mejor su interior, fantástico, son perlas con dibujos encima, nunca las había visto. El anciano retira uno de esos objetos, lo pone en la palma de la mano, son huevos blancos con manchas negras, grises, marrones y violáceas, son huevos de un pájaro hermoso y tengo que regalarlos ya porque se cumple el tiempo y pronto comenzarán a romperse. Emilio no puede ocultar la fascinación que le causa todo aquello, no puedo aceptarlo como regalo, por más que lo quiera, es muy valioso. Hasta que el anciano cierra la tapa, la asegura con una pequeña llave que se la entrega a Emilio, luego la caja, acéptela por favor, pues esta misma tarde debo tomar mi avión, ya he viajado mucho con esta caja y es hora que cambie de dueño. Emilio toma la caja con una mano, la otra la pasa por encima del hombro de Miguela y el anciano se queda mirándoles mientras salen del hotel, van hablando, esta siesta me voy a quedar en casa, si querés podés venir a almorzar conmigo, todavía no sé lo que se puede hacer, eso lo decidiremos un poco más tarde, etcétera.
Asunción, octubre, 1974
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