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domingo, 12 de septiembre de 2010

DELFINA ACOSTA - CINCO LITERATAS PREMIADAS, LA MANO DE LA VIDA LAS EMPUJA / Fuente: Suplemento Cultural ABC COLOR, 12/09/10.


CINCO LITERATAS PREMIADAS
LA MANO DE LA VIDA LAS EMPUJA
Artículo de
DELFINA ACOSTA
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Artículo publicado en el Suplemento Cultural,
Diario ABC COLOR,
Domingo, 12 de Setiembre de 2010.



El Premio Municipal de Literatura 2010 se vio honrado al premiar a cinco escritoras paraguayas. Ellas son RENÉE FERRER (Primer Premio), y su libro LA QUERIDA; SUSANA GERTOPÁN y su obra EL EQUILIBRISTA; DIRMA PARDO CARUGATI y su libro SIMPLEMENTE MUJERES.

CHIQUITA BARRETO y su novela MUJERES DE ACERA, e IRINA RÁFOLS y su novela ALCAESTO recibieron igualmente, galardones.

El jurado estuvo integrado por CARMEN POMPA, FRANCISCO PÉREZ MARICEVICH y ALCIBIADES GONZÁLEZ DELVALLE.

La EDITORIAL SERVILIBRO publicó tres de los cinco libros que recibieron premios. VIDALIA SÁNCHEZ es, por consecuencia, una editora laureada. En esta página, las literatas emiten su parecer sobre esta circunstancia que las honra como lo que son: escritoras felicitadas.
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RENÉE FERRER - VOCES DE MUJER
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Con motivo del otorgamiento del Premio Municipal de Literatura 2010 me hicieron la siguiente pregunta: ¿Qué pienso sobre el hecho de que las cinco distinciones hayan sido obtenidas por mujeres? Me quedé un tanto sorprendida. Si bien todas lo somos, lo que se ha juzgado son las obras, independientemente el sexo de quien las haya escrito.
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La lectura que se le puede dar a la presente circunstancia es que la mujer está pasando por un momento de clara asunción de sus propias capacidades y derechos, lo cual la impulsa a expresarse, a manifestar sus opiniones, a fabular y recrear la realidad desde su propia óptica, a terminar con los temas tabú, asumiendo su propia voz. Ese hecho sí me parece relevante.
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Creo que la mayoría de las personas está de acuerdo en que la literatura no se define precisamente por el sexo del autor, sino por la calidad de la escritura, los planteamientos temáticos, el manejo del lenguaje, las técnicas utilizadas, el estilo personal, los recursos literarios empleados, y que el sexo es un mero accidente de la naturaleza.
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Se dio este año el caso de que entre las obras presentadas, el Jurado encontró cinco de mujeres que, de una u otra forma, cumplen con estas exigencias, lo que naturalmente nos alegra en forma individual, lo cual no significa que la mujer escriba más o mejor que el hombre. Simplemente así se dieron las cosas.
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Pero ciertamente es gratificante considerar lo mucho que ha cambiado la situación de la mujer en el país, y en el mundo, desde que ésta vivía recluida en el hogar sin mayores posibilidades de desarrollo personal, sin que ello signifique la terminación absoluta de las discriminaciones. El hecho de que la mujer, no obstante sus otros roles, se aboque a la escritura, o cualquier otra actividad artística o laborar, es un valor positivo que habla de vocación, de voluntad, de energía, y en este caso de logros en el campo literario. Felicito a mis compañeras por esta feliz coincidencia, y agradezco a Dios haber recibido el don recibido.
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SUSANA GERTOPÁN - POR SUERTE TAMBIÉN EXISTE LA LITERATURA FEMENINA
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Me resulta difícil separar los géneros en lo que se refiere a la literatura. En la antigüedad, la historia nos cuenta que las mujeres tenían restricciones de todo tipo; ciertas culturas fueron más enérgicas en el cumplimiento de estos requerimientos y otras un poco más sencillas, pero la mujer siempre se vio atacada por el sencillo hecho de ser mujer.
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Por suerte, en la actualidad, si bien en ciertas culturas aún prevalecen las diferencias de género, ya son menos.
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En la literatura, propiamente, según mi criterio hay buenos o malos escritores, independientemente a que fueran hombres o mujeres. Lo que en realidad importa a la hora de escoger a quién leer es la obra, su prosa, su verso, su estilo, su narración, los temas y todo lo que ese escritor o escritora tiene para contarnos, sin importar la época, la nacionalidad, la religión; por ello, a veces no es necesario interiorizar en la vida del escritor sino dejarse llevar por su producción, que es en realidad lo que importa.
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En la historia de la literatura hubo muchos más hombres escritores, justamente por las pocas posibilidades que se le prestaban a la mujer de publicar, pero no así de crear.
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Felizmente, hace décadas y sobre todo en la actualidad, la mujer ocupa un lugar muy importante en la historia de la Literatura Universal.
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Creo que la sensibilidad de un artista al crear no pasa por el género, sino por su observación, por sus conocimientos, por la práctica, por la atención que ponen sus sentidos ante cualquier hecho del que son testigos; del talento y de la dedicación que luego se reflejan en sus escritos.
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Por suerte también existe la literatura femenina; de lo contrario, nos privaríamos de leer a Virginia Woolf, a George Sand, quien en el siglo XIX necesitó de un seudónimo para poder publicar, y a otras que, como ella, tuvieron que recurrir al mismo engaño. Otra escritora, como Marguerite Youcenar, quien describe la naturaleza femenina de manera libre y espléndida; a Simone de Beauvoir, quien lideró una corriente a favor del feminismo; en nuestro país, Ana iris Chaves de Ferreiro, Dirma Pardo Carugati. Otras escritoras, como Elena Poniatowska; Doris Lessing, Premio Nobel de Literatura; Irene Nemirovsky; Anais Nin, cuyos diarios son un compendio de erotismo; Rosa Montero; Dora Gómez Bueno de Acuña, pionera en nuestro país de la poesía amorosa; Reneé Ferrer; Herta Müller, también Premio Nobel de Literatura; Lucy Mendonça de Spinzi, Nila López, y muchas más. En fin, como verán la lista llega a ser extensa y, sin lugar a dudas, las mujeres ocupamos, actualmente, también en la literatura, como en otros campos, un lugar importante, al que con mucho esfuerzo y sacrificio accedimos.
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DIRMA PARDO DE CARUGATI - ES RELEVANTE LA PRESENCIA FEMENINA EN LA LITERATURA NACIONAL.
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Fui gratamente sorprendida por la Sra. Vidalia Sánchez, la editora de mi libro Simplemente mujeres, quien me dio la noticia telefónicamente apenas conocido el veredicto. Estoy muy feliz por el resultado. El libro de Renée Ferrer, La querida, es sin duda la obra de ficción más importante de los últimos tiempos. Muy merecido el premio. Lo notable es que las cinco distinciones fueran ganadas por mujeres. Eso demuestra claramente lo relevante de la presencia femenina en la literatura nacional. Y que lo reconozca un Jurado de la categoría del que tuvo a su cargo la selección es un aval indiscutible. Por mi parte, que la narrativa breve comparta las distinciones con novelas de la calidad de las presentadas, es un doble motivo de satisfacción, es el reconocimiento a un género difícil como lo es el cuento breve.
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Durante mucho tiempo se consideró que la literatura escrita por mujeres en el Paraguay era un hecho tardío y sin relevancia. Excepto algunos tímidos poemarios, era casi inexistente la producción femenina. En 1970 había sólo tres novelistas paraguayas. Hoy se puede nombrar a más de treinta narradoras y novelistas y un número mayor de poetas. Fue a partir de la década del 80 cuando se inició el fenómeno que Josefina Plá bautizó como “el boom femenino”.
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CHIQUITA BARRETO - LA LITERATURA PERMITE EXORCIZAR LOS DEMONIOS.
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Desde que la mujer escribe, en nuestro mundo occidental y cristiano, lo ha hecho primero como manera de obtener un lugar de enunciación y luego para perdonarse, porque la religión judeocristiana, que ha permeado la conciencia más allá de las creencias o las prácticas religiosas, la presenta como culpable no bien nace mujer, y la escritura ha sido y sigue siendo en gran medida la forma de fabular un mundo distinto o revelar historias subsumidas en los límites domésticos comunes a muchas mujeres sin distinción de clase.
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La literatura es también una manera de reconocerse, de escucharse y descubrirse, además de ser un refugio lúdico o sacramental.
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Permite exorcizar los demonios que las habita y posee como significantes femeninos o los dioses que les encadena. Sirve también para denunciar desde la ficción aquello de lo que se avergüenzan las íborasâ como los abusos de poder donde la mujer ha sido siempre la víctima propiciatoria.
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IRINA RÁFOLS - A VECES LAS GLORIAS SON SECRETAS.
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Pienso que la mujer encuentra un campo de proyección en la literatura, que es consciente de que tiene voz, y que ser leída es asegurar que existe como ser pensante. Hay indudablemente una trascendencia en la palabra, porque puede pasar desapercibida como madre, como esposa, como trabajadora, pero reconocerse ella misma como escritora es dar un salto. Pasa a ser desde un bicho raro, una trasgresora, y luego termina reconociéndose como artista. A veces las glorias son secretas. Puede que una escritora no reciba nunca un reconocimiento del público, y sin embargo sea buena. Pero creo que la escritora pone como contraparte un triunfo secreto en poder abrirse ventanas para ver otras cosas. En ser consciente del valor que tiene para expresarse, o de tener la sensibilidad de ver más allá de lo que ve la gente común. Creo que muchas escritoras estamos madurando nuestros estilos, y que la literatura femenina está cada vez más afianzada como literatura de género en el Paraguay.
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Fuente: Suplemento Cultural ABC COLOR
Domingo, 12 de Setiembre de 2010.
Espacio web: www.abc.com.py
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martes, 8 de junio de 2010

CHIQUITA BARRETO DE BURGOS - RE-CUERDOS QUERIDOS (Cuento) / Fuente: Revista EXÉGESIS, Año 9, Nº 26, 1996


RE-CUERDOS QUERIDOS
Cuento de
CHIQUITA BARRETO DE BURGOS
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RE-CUERDOS QUERIDOS
Nombre: María Estela Pizuti
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Profesión: Kontador públi ko matriK ulado
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Edad: S incuenta y sinco años
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Lugar y fes ha de nas imiento: Puerto Pinazco, el 24 de noviembre de 1.929.
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Se deklara domiciliada en esta siudad desde el año ses enta. No tiene nungún familiar dire to o indire to desde el fallecimiento de su padre que se llama ba Juan Alberto Pizuti, quien tuvo la desgraciada idea de morir se cuando ella apenas kontaba siete años, según sus propias palabras.
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Kargo: abuso de konfianza y robo.
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Voy tek leando apresuradame te la dek laración , que mas parece una konfidensia interesada a inklinar la balanza de la justi sia, pero yo soy un viejo zorro akostumbrado a lidiar con ladrones y krimi nales y me sé de memoria sus mañas; son o se kreen todos muy vivos, por lo tanto no me dejo impresiona r.
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Aclaración manuscrita entre paréntesis (la máquina de la institución está tan vieja que algunas teclas saltan, y la C directamente no existe, por lo tanto donde es posible sustituir dicha letra por la "s" la "z" o la "k" la sustituyo; con todo si el texto parece una carrera de saltos de hormiga, el Sr. juez que entienda la causa sabrá interpretar el escrito y darle el uso correspondiente. No necesito interrogarla, en la medida que ella habla voy escribiendo textualmente su confesión):
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--Komisario, permitame desahogarme: a pesar de que Ud. es polis ia se me ok urre que tiene algún resto de sensibilidad y talvez pueda intentar kom prenderme. Tiene que entender. Un gesto de amor y fideli dad no puede ser interp retado como robo.
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--Dios mío me siento tan mal, tan desolada, sin un alma que me entienda. Es terr ible sentirse kondenada por las miradas duras y los silencios hoskos sin que nadie intente poner oído para esk uchar los motivos profundos que van brotando komo abrojos dentro de una, para explikar y explikarse el absurdo de ser ladrona, como disen que soy.
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--Siempre fui una mujer sola, nunk a tuve familia. Kreí tenerla hasta la muerte de papá, que ok urrió kuando yo era muy niña.
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--Nunk a sospeché que aquella hermosa y herméti ka mujer de gras ioso andar de palo ma que era la es posa de mi padre no fuera mi verdadera madre, pero eela no esperó que mi deskonsuelo mudo le llegara al alma y talvez trepara hasta el manantial de su ternura desbaratando su koraje y antes de que mi orfandad buskara refugio en su regazo me vomitó la inkreible verdad. Antes que el kuerpo de mi pro genitor se enfriara de la gran fiebre que le kostó la vida, ella, esa mujer a quien llamaba mamá, me comunikó que yo no llevaba su sangre, que no me sintió latir en sus entrñas ni mi boka tuvo como alimento sus peshos, y por lo tanto muerto mi padre no existía, según su pareser, motivo alguno para seguir kar gando konmigo, que lo úniko que tenía de bueno y oportuno esa muerte era que ella se iba a librar de mi; que hubiera sido mejor que me muriera yo: una pulga molestosa. Todo eso me dijo con el mismno tono de voz kon que me enseñó el "padre nuestro".
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--Rekuer do aun su boda movíendose despazio dejando salir las pala bras komo mashukadas, para explikarme sin pri sa que de bia marsharme de la kasa, porque ella no estaba atada a mi por ningun diminuto kariño y era mejor que me fuera antes de que komensaran a llegar los vesinos. Me eshó suavemente como si me despidiera para alguna fiesta infantil.
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--Rekuerdo también que entendí muy poko el signifik ado de todo lo que me desía, pero si tuve claro que debía dejar la kasa.
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--No lloré. Todas las penas y las preguntas se me juntaron en el pesho y quedaron ahí dando a mi respiración un ruido de fuelle que lastimaba mis oídos.
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--Fuí al kuartito que me pertenesió hasta ese dia y junte mis kosas en un a bolsa, y antes de partir me azerque al ataud y le miré largamente a papá que parezía tranquilamente dormido, me llené de su olor que aun no habia kambiado, hasta que mis ojos kayeron sobre el anillo que llevaba en el pulgar; sin pensarlo dos veses se lo arranque y salí, rekoguí la bolsa y me marshé alejandome para siempre de la que kreí era mi kasa y mi madre.
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--No se puede Ud. imaginar el deskoncierto, el miedo y la tristeza de una nuiña de siete años sola en el mundo, sin mas herensia que un anillo de dudoso valor.
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--Al segundo día de vagar sin rumbo con el estómago shillando como ranas en presagio de lluvia, se me okurrió venderlo, o kanbiarlo por cualquier resto de komida kuando deskubrí un guayabo kargado de pulposas frutas; devoré esa carne fragante, roja y generosa hasta sentir retortijones en las tripas. Kalmado mi ham bre desidí quedarme con el a nillo. Me di kuenta que ese objeto minuskulo era mi padre, y debía permaneser conmigo para siempre.
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--Kon el tiempo la gran tristeza que me dolía como una llaga sangrante entre el pesho y la espalda fue sustituída por en una espezie de neblina suave que me hacía ver todo desdibujado. Komprendí que teniendo el anillo estaba protegida y fue así.
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--Krecí mudandome de un lugar a otro, fui a la eskuela,estudié y kasi sin darme kuenta konseguí esta profesión. Anduve los kaminos de la vida como si no existieran senderos deskonozidos; supe que no era dificil amarle a las gentes y sentí que también podía ser amada.
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--Me miraba a mi misma, comisario, y me enkontraba igual a otras, pero vivía con una idea fija de que en kualquier momento la persona querida me esharía de su lado y tendría que komenzar todo de nuevo, razionalmente me dez ía que kualquiera está expuesta al abandono o al desamor pero la diferencia era que las otras personas podian disfrutar del momento y yo no, yo deje pasar todos los buenos momentos sis vivirlo, preokupandome siempre del mañana que podía estar vacio de toda presensia, y otra vez me enkontraría con el estómago krujiendo de hambre, los ojos sekos de tristeza y la garganta apretada por preguntas sin naser, y ahora mis seres mas queridos se me fueron yendo y solo guardo de ellas estas kosas que Ud. ve, y ve porque yo le muestro, sino jamas se hubiera enterado. Aquí estan desde el anillo de mi padre hasta la dentadura postiza de mi primera patrona; la pierna ortopédika, de mi kasi segundo padre, la peluka de la mujer fotógrafa que solo tenía kuarenta kabellos lokos, que invenmtó historias graziosas para haserme reír y fotografiar mi sonrisa de niña triste.
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--Nunka hasta hoy hise un paseo por mis rekuerdos amargos.Es komo kaminar deskalsa por un parque lleno de abrojos y aturdida de silensio.
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--Mi primer robo fue este paladar; talvez quise salvar del olvido la hermosa risa de su dueña, fijese komo mantiene la luz irisada del mar y algunas hebras del cabellito dorado, fue de la niña que kuidé kuando yo tambien aun nesesitaba cuidado; kon esta hebilla adornaba sus bukles rubios.
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--Estos objetos me servian de konsuelo por unos días, porque levantados al sielo o apretados a mi korazón tenian la virtud de materializar a sus dueños, asi los tenía por unos minutos, tristes y silensiosos ante mis ojos mirando sin ver y tal vez como el primer día de mo orfandad con tantas preguntas arrolladas en sus gargantas. -Después fue kasi komo una religión: apropiarme de algún objeto sercano a kualquier muerto amado era protegerlos del olvido irremediable y salvarme de este desamparo sin froteras. Asi llene este nisho que Ud. ve, que mandé a fabrikar del tamaño de la pierna ortopédika porque kalkulé que sería el objeto de mayor tamaño de mi ratería fúnebre. Al prinsipio los tenía metidos entre mis kosas o envueltos en diarios viejos, pero kon mi primer sa lario jomo profesional desidí darles un espasio adekuado.
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--No pensé nunka que alguién fuera a deskubrir esta debilidad, manía o defexto mío, como Ud. quiera llamarlo, y ahora que fuí deskubierta sinzaramente me extraña que no me entiendan, jamas voy a merkar con estos objetos, me son demasiado amados, venderlos sería como traisionarme a mi misma. No puedo pretender que siendo polisía Ud. entienda, pero esas gentes que yo amé por el solo hesho de estar serka de quienes yo amaba, también miran sienten y razonan como Ud. y ni siquiera intentan komprender. E mas disen que robo siempre en las kasas que estan de duelo, aproveshandome del deskuido en que se sumen los deudos de un fallesido, y eso no es verdad, primero: porque solo partisipo y akompaño la muerte de personas muy queridas, muy ser kanas a mi amor, habitantes pe rmanentes de mi korazón, Ud. sabe que en zin kuenta y piko de años mueren tantas gentes alrededor de una, pero solo unos pocos dejan esa espesie de manantial ardiente hierviendo en el pesho.
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--Haga Ud. el inven tario de los objetos que estan en este nisho y tendrá el numero esaxto de muertos que akompañé y robé si quiere llamarle robo, para mi son rekuerdos queridos, puentes frágiles suspendidos sobre sanjones de olvido para el trajinar de la memoria.
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Fuente: Revista EXÉGESIS, Año 9, Nº 26, 1996
(Número de Exégesis dedicado a Paraguay)
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sábado, 6 de marzo de 2010

CHIQUITA BARRETO BURGOS - CON EL ALMA EN LA PIEL (9 RELATOS ERÓTICOS) - Prólogo: GLORIA RUBIN / Edición digital: BIBLIOTECA MIGUEL DE CERVANTES.

CON EL ALMA EN LA PIEL
(9 RELATOS ERÓTICOS)
Por
CHIQUITA BARRETO BURGOS
(Enlace a datos biográficos y obras
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Edición impresa: RP EDICIONES
Edición digital:
DEJANDO DE LADO LA SOLEMNIDAD
** Siempre me he preguntado, por qué no una tradición literaria en Paraguay. No podemos, por ello, referirnos a la novela de los años 50, 60, 70... Esta carencia, supongo que se debe a que somos demasiado solemnes y nuestras novelas son los libros de historia en los que todos los personajes son héroes militares que han vencido en mil batallas, aunque la realidad haya sido otra.
** No puedo desconocer los esfuerzos aislados de algunas mujeres, así como también los resultados de talleres literarios, que editan su producción con gran esfuerzo personal.
** No conozco sin embargo, ningún trabajo de rescate de obras de mujeres que hacen cuento.
** En realidad, esto de ver a la mujer en todos los terrenos es cosa muy reciente, y la literatura no ha escapado al fenómeno. Una muestra es el esfuerzo de algunas importantes mujeres sumidas en la oscuridad del anonimato, rescatadas en el trabajo de investigación de Line Bareiro, Clide Soto y Mary Monte, Alquimistas. Y más difícil aún es verlas cuando la literatura pretende, como en los cuentos de Chiquita Barreto, pintar a los personajes claramente, poniendo al descubierto sus emociones y sensualidad.
** Ana Iris Chávez, siempre me decía que la mujer paraguaya no escribe novelas, porque los lectores la tienen siempre por protagonistas y si ella se manifiesta un poco atrevidita, ya comienzan a mirarla de manera diferente y a hurgar en su vida privada.
** Sin embargo, creo firmemente que la literatura femenina expresa de manera muy especial la vida y el color de sus personajes, una visión completamente diferente a la del varón. Las sensaciones que el personaje femenino siente en un cuento de Moncho Azuaga, no son las mismas que siente un personaje de Chiquita Barreto ante la misma situación.
** Las mujeres vemos la vida, la desciframos y escribimos mediante un código muy especial. Eso fue lo que sentí desde el primero al último cuento de CON EL ALMA EN LA PIEL... «...Ahora estaba casada desde hacía muchos años, y a pesar de que creía no amar a su marido, y no le proporcionaba el más mínimo placer la intimidad con él, tampoco le interesaba ningún hombre» (Despertar).
** «Retozaron desnudas, turnándose en ofrecer y recibir. Disfrutaron de lo que él podía y estimulaban para que pudiera más, con la sangre alborozada...» (Mistela).
«Ellos, ajenos al tumulto, se amaban sumergidos en ese candial tibio, acoplados como animales acuáticos» (Luján).
** LOS CUENTOS DE CHIQUITA, MERECEN GANAR LA LUZ.
** Estuve leyéndolos y confieso que lo hice de un tirón, sin pausa y con un deleite que iba in crescendo ya que son sencillamente deliciosos. Cortos, concretos, pero hurgando en las profundidades del alma de cada personaje, sin descuidar por ello nada de la superficie de sus cuerpos.
** Estos cuentos apuntan directamente al erotismo. Nos van llevando lentamente de la imaginación y el ratoneo (como dicen los argentinos), a los cambios físico-químicos que ocurren en nuestro organismo a medida que avanzamos página tras página.
** Aquí quiero hacer una pequeña confesión en cuanto a mis impresiones acerca del arte: lo único que me interesa es que un cuadro, una película, una obra de teatro o como en este caso, unos cuentos, me impresionen, conmuevan mis sentidos... en algunos, ella, la autora, fue capaz no sólo de despertar mi imaginación, sino de lograr eso que dije antes: que vaya subiendo escalones, desde la fantasía hasta llegar a la cima de la proposición erótica que produce la reacción físico-química...
¡Compruébenlo, vale la pena! - GLORIA RUBÍN
**/**
MISTELA
** Ella trémula se ciñe toda entera al amado, en un dulce inconfesado anhelante tarova - Rigoberto Fontao Mesa
** Catalina lloraba con un lamento de perra herida, sin saber exactamente por qué, estaba casi contenta y no sentía culpa alguna de sentirse así, ante la muerte de Azuar, su marido durante veinte años. Ella no lo eligió ni lo amó, y jamás lo humilló ni en privado ni en público con rechazos de ninguna laya.
Fluctuaba entre la alegría y la tristeza. Azuar descansaba en paz y ella era libre.
Sentía el corazón alborotado.
La muerte es un viaje trascendente y también la vida.
Por temor a que su estado de ánimo, tan contradictorio entre la repentina alegría y la frágil tristeza, creara confusión, se encerró en el dormitorio matrimonial y conversó con el difunto, sin culpas. Le contó que sintió hacia él una ternura remota y una compasión de hija. Que no vivió obsesionada con su muerte, que sólo de vez en cuando se le cruzaba esa idea por la cabeza, como un relámpago que se apaga enseguida.
Se entregó a sus urgencias de viejo tratando de mantener intacta su alegría y encaramándose al recuerdo de Jorge.
Le contó que fue una excelente esposa que nunca le adornó la frente, pero pensaba que por la diferencia de edad se iría primero él, y que entonces ella daría a su vida el rumbo que quisiera.
Retornó al pasado.
Al ir desgranando sus recuerdos, se vio tan hermosa, tan borracha de amor y de mistela.
Eran cinco muchachas ardientes despertando a la vida; todas enamoradas de Jorge; un muchachón hermoso, inocente y lleno de fuego como ellas.
Él las miraba con sus ojos transparentes de gato y ellas se derretían en un líquido tibio que las volvían ingrávidas.
Pero él sólo sabía mirar.
De su hermosa boca no salía ni una palabra. Entonces ellas decidieron por él.
Fue cuando inventaron la mistela, la bebida más rica: dulce, olorosa y picantita: sus ingredientes, jugo de mandarina hervida con azúcar, canela y pimienta en grano, hasta obtener un jarabe espeso de ámbar y cristal derretido, mezclado con el alcohol más puro.
Le contó al difunto como soñó con quedarse ella solita con Jorge para toda la vida. De como cada una había prometido respetar la decisión de él, esperando ser la elegida, y que al cabo de una semana de compartirlo alegremente, él había mostrado una clara predilección hacia ella, pero que el abuelo decidió darla en matrimonio al viejo bonachón cargado de dinero y ella no tuvo más remedio que aceptar.
Le relató las noches de mistela. De como burlaron la vigilancia del abuelo, única autoridad en su casa poblada de mujeres. Sus amigas tampoco tenían padres y a diferencia de otras madres las suyas no eran desconfiadas ni veían con envidia los secreteos de las muchachas.
La semana anterior a su cumpleaños número quince, el hombre de la casa viajó a la ciudad por una semana y la abuela interinó la vigilancia. Entonces ellas trazaron el plan y lo llevaron a cabo.
Se reunieron las cinco, y antes que nada fueron a visitar a Ña Flori, la comadrona, para conocer las precauciones a tomar.
Luego entre todas inventaron una historia creíble e inocente que cada una debía contar para justificar las reuniones nocturnas durante cinco noches.
Una vez establecido el plan, fueron a invitar a Jorge a compartir como único convidado de una fiestecita íntima, sin enterarle que ésta se repetiría cada noche hasta el regreso del abuelo.
El dormitorio de Catalina, un cuarto de adobe como toda la casa, tenía una ventana estrecha hacia el exterior y una puerta interior. Era además el oratorio familiar, y ahí estaba el nicho habitado por santos y santas inverosímiles.
Con el consentimiento del mujerío familiar, ella trasladó todo a la habitación principal y con sus amigas convirtió el oscuro y humilde cuarto en un ambiente casi de lujuria.
Alguien trajo una colcha de seda, otras adornaron las paredes con racimos de uvas maduras, en una esquina fue colocado un pequeño canasto con carnosas y perfumadas guayabas, dando al ambiente un olor de paraíso terrenal.
El cántaro con mistela fue colocado sobre una mesa salida de quien sabe donde, cubierta con un mantel rojo de aho poi, y alrededor los vasos ordinarios, que lucían como cristal legítimo bajo la luz descolorida de las velas.
Un antiguo traje de novia salido de baúles misteriosos fue sacrificado para cubrir el tapizado -hecho de cobijas en desuso- de la silla preparada para el agasajado solitario. Con encajes olvidados de mejores tiempos adornaron la ventanita por donde entraría como un ladrón, temeroso y emocionado, el invitado.
Apenas el poblado se llamó a reposo, Jorge arañó tres veces la ventanita, y la tranca fue retirada y sus hojas se abrieron como las alas de un pájaro nocturno y él como un felino se introdujo en el santuario, con la sangre latiéndole alegremente en las venas.
Las muchachas le recibieron suavemente mareadas y súbitamente cohibidas.
Alguna debía dar el primer paso, y fue Catalina: se dirigió resuelta hacia el muchacho -que también perdió las agallas al verlas intimidadas- y parándose en la punta de los pies le dio un profundo beso en la boca y luego con una voz desconocida para ella misma, le dijo,
-bienvenido-
Después lo empujo suavemente hacia la silla vestida de novia.
Cuando lo tuvieron sentado empezaron a ensayar caricias tímidas.
Pasado el primer momento, descubrieron la honda sabiduría dormida en cada una.
Era sólo cuestión de dejarse llevar: sus cuerpos eran sabios y la piel tenía respuestas precisas cargadas de gozo.
Retozaron desnudas, turnándose en ofrecer y recibir. Disfrutaron de lo que él podía y estimulaban para que pudiera más, con la sangre alborotada y el corazón galopando como caballos desbocados.
Una mordisqueaba suavemente la oreja caliente, otra deshilaba el cabello rojizo; unos dedos desenredaba el musgo del pubis y otras manos suaves daban masajes resucitadores en el órgano desmayado, hasta volverlo a la actividad.
Lo montaban entre susurros, o se dejaban montar entre gemidos ahogados, hasta dejarlo alegremente agotado.
Durante cinco noches realizarían aquel ritual de amor, al cabo de los cuales él debía elegir y una vez hecha la elección, prometer que no molestaría a ninguna, nunca, ni haría comentarios. Y Jorge se decidió por Catalina, pero el abuelo resolvió casarla. Y la casó.
Con el tiempo todas se convirtieron en respetables esposas, recordando de vez en cuando entre cacerolas y ropas sucias las ardientes noches de mistela.
Jorge quedó soltero.
Guardó en la piel del alma la ardiente dulzura de Catalina y en su memoria bebió infinitas copas de amores pasajeros que no le dejaron huellas.
Se enteró de la muerte de Azuar, y una alegría parecida a una pálida tristeza le envolvió.
Descubrió que era su última oportunidad y decidió no perderla.
Al atardecer del noveno día se presentó temeroso y emocionado como aquella lejana noche de mistela.
Pasaron tantos años, pero sintió latir su corazón con la misma intensidad, de aquel entonces. Le pidió mentalmente perdón al muerto por sentirse tan feliz, y sobre todo por el torrente de fuego que corría por sus venas sin poder remediarlo.
Catalina lo vio llegar y una ternura intensa la envolvió como una cobija de seda, al verlo tan esforzado en dar a sus pasos la elasticidad de los años mozos. Se encontró con asombradas ocho estrellitas de brillo húmedo, asombradas y felices; sus amigas de toda la vida, la observaban con la mirada cómplice de quienes sabe descubrir el milagro entre eros y thanato, y hacer placentero el viaje -largo o no- por la vida. No dio explicaciones, sus amigas no las necesitaban y los otros no entenderían.
Guardó unas pocas ropas en un atado, le entregó las llaves a la muchacha que había contratado para ayudarla en los últimos tiempos de enfermedad de Azuar, y sin turbación alguna, fue hasta el Jorge un poco envejecido y le dijo,
-estoy lista-.
Caminaron muy juntos hasta donde se encontraba el alazán. Jorge montó primero, y le puso el pie como estribo para que ella a su vez montara y emprendieron por fin el galope postergado por tanto tiempo.
Cabalgaron apretados, disfrutando el olor del caballo mezclado a sus propios olores y rememoraron el olor y el color de ámbar y cristal derretido de la mistela.
**/**
CUATRO NOCHES DE AMOR Y OLVIDO
** Andrés llegó a la media tarde. Elisa no fue a esperarle, no quería verlo arrastrando maletas cargadas de ausencias, además no le gustaba los aeropuertos.
Un taxista le esperaba con el clásico cartelito.
Lo llevó a un chalé en las afueras de la ciudad, donde lo aguardaba una bañera repleta de agua celeste y espumosa y una lacónica nota: Amor, nos vemos esta noche. Elisa.
Al principio se sintió defraudado, pero luego entendió y agradeció el delicado gesto de ella que le permitía reponerse del cansancio del largo viaje, mejorar su aspecto y practicar a solas el rito de coquetería varonil antes de la ceremonia amorosa. Después del largo baño perfumó su cuerpo con un paño untado en un aceite oriental, estrenó una bata de seda china y preparó la habitación para transformarla en un lugar único: que el paso del tiempo no desdibujara su recuerdo.
De su valija fueron saliendo velas perfumadas, estatuillas de porcelanas representando infinidad de posiciones amorosas, máscaras de sonrisas enigmáticas y sugerentes tapices de seda. Cambió la ubicación de la cama y el espejo y por último colocó una gota del aceite, sobre la bombilla de luz, dejó que el perfume invadiera la habitación y la apagó sustituyéndola por las velas.
Apenas éstas comenzaron a arder, mezclando el olor de la cera al aroma dulzón del perfume, llegó Elisa.
Se miraron. Tal vez se saludaron.
La mirada de ambos resbaló y subió desde los pies hasta el alma, se sostuvieron como espada de fuego que escarba la piel con dulce lastimadura.
Cada cual buscó en el otro las huellas del tiempo, asombrados de descubrirse idénticos y cambiados.
Hasta que por fin se funden en un abrazo silencioso, cargado de promesas, que se prolonga hasta que el tumulto de sus pechos estremecidos por cien palomas volando se apacigua.
Por fin estaban juntos. Después de tanto tiempo, de tanta vida gastada.
Él tembloroso como un adolescente en su primer encuentro amoroso, la guió a tientas, aturdido por un tropel de imágenes, hasta la amplia y mullida cama, y descubre en el espejo su propio desconcierto, volteó entonces suavemente la cara de ella hasta que sus miradas se encuentran, desvalidas y felices, en la superficie de cristal.
Muy lentamente la fue despojando de sus ropas, besando cada espacio liberado de su cuerpo.
Ella desató la bata que suavemente resbaló hasta el suelo, y por primera vez mira embelesada la desnudez, la bella y potente desnudez tal como la imaginó tantas veces. Y fueron tanteando, con los ojos, con las manos, con la boca...
Ella intuía su prisa y fue guiándole con ayes y gemidos, a andar más despacio.
Él comprendió su ritmo y fue ajustándose a la deliciosa lentitud de ella.
Fue desenredando con sus dedos la cabellera torrencial, enterneciéndose con los hilos de luna con que el tiempo la matizó, descendió por la espalda hasta la curva de las nalgas, oprimiendo o aflojando, obedeciendo el mensaje de la piel suavemente erizada.
Recorrió con su boca el mapa tembloroso lleno de colinas y descubrió aromas insospechados, se deleitó con los pechos pequeños y suaves como duraznos maduros, se detuvo en el molusco tierno y rosado de humedad salada de su sexo para aprender su sabor de mar.
Ella, como una enredadera estremecida trenzada al cuerpo de él, en una danza suave o brusca, con los ojos cerrados aprisionando bajo los párpados las estatuillas que cobran vida, que danzan al mismo ritmo que ella y él; explora con el olfato abierto a todos los aromas, el olor de levadura fresca del pubis, mordisquea cada músculo palpitante, afina su oído para escuchar el rugido de la sangre recorriendo las venas y arterias desde los pies de franciscana belleza, como un territorio ignorado por el tiempo, hasta el robusto cuello surcado de diminutas líneas que fue llenando de besos para volver a hundir su cara en el musgo oscuro y tantear con su lengua el firme mástil que se yergue perlado de rocío salado.
Giran, se levantan, caen juntos como si sus movimientos fueran sincronizados. Unen sus bocas y el gusto salobre de los fluidos íntimos se mezcla con la saliva sabrosa y fragante como un licor exótico. Se deleitan en el beso largamente, se exploran con la lengua, hasta que ella le ofrece sus ancas de potra para que él monte y él ve el hermoso y apretado ojal como una boquita enojada. Descubre con los ojos lo que antes descubriera con la boca: la pulpa oscura, abierta y húmeda como una fruta tropical, y se hunde en ella y un temblor de tierras agita las entrañas tibias, al emprender el galope sobre el volcán en erupción.
Elisa abrió los ojos y miró el bello acoplamiento en el espejo, le gustó. Encontró la mirada de él alucinándose con el espectáculo de absoluta armonía entre lo cóncavo y lo convexo, convertidos en un solo animal victorioso, cuya garganta guardaba la onomatopeya de todas las especies, y entre relinchos y maullidos, gemidos y gritos, apresuraron el galope y entraron en un universo constelado de estrellas fugaces y arcoiris sonoros y un estallido de mil petardos los volvió fugazmente eternos.
Cuando retornaron a la tierra como dos seres comunes, Andrés le contó a Elisa, como recordaba en el exilio sin saber por qué el cascabeleo de su risa de cristal quebrado, el aleteo de mariposa de sus pestañas, como soñó con tener de ella recuerdos reales. Llegó a convencerse que la soledad ya no tendría cabida en su vida si ella le regalaba su risa.
-Siempre amé tu risa. Nadie se ríe como vos.
Ella a su vez le contó como recordaba su voz y el movimiento de sus manos.
Se conocieron mucho tiempo atrás, pero no se prestaron atención. Él era un exiliado político y ella una exiliada económica. Él tenía cierta ventaja: no necesitaba parecerse a los habitantes de su nueva patria, podía seguir hablando con la lentitud acostumbrada de su tierra, paladeando cada palabra como un bocado sabroso, en cambio ella tuvo que mimetizarse, esforzarse por dejar de parecerse a sí misma para sobrevivir, porque comprendía que una extranjera pobre no puede darse ese lujo.
Había estado casada, e intentó que fuera hasta que la muerte los separe, pero no aguantó tantas pequeñas muertes, y antes de olvidarse de la vida decidió divorciarse, desde entonces nunca intentó ningún encuentro amoroso; se refugiaba en el recuerdo de la voz querida imaginando susurros de amor, palabras ardientes como brasas entibiándole la sangre para protegerse de la soledad y el desamparo, o las manos firmes recorriendo su cuerpo, abriendo caminos de deleites ignorados, estrechando su cintura, aprisionando sus pechos, penetrando su interior húmedo, hasta que llegó aquella carta sorprendente. Nunca supuso siquiera que él la recordara, si se había casado con una mujer de oro y porcelana y ella se pensaba de material ordinario; si una semana después, partió con su esposa a un país de hielos y abetos, y la neblina del tiempo borró en la memoria de Elisa la claridad de los contornos de su cara y sólo se le quedó la desvalida imagen de unas manos sin cuerpo y la lenta y descompasada música de la voz.
Llegó una carta. Y otra.
Así se enteró que se había separado de su mujer, de cuanto intentó aturdirse y trató de encontrar inútilmente la risa de Elisa en otras mujeres, que por favor le contestara. Y ella contestó todas las que fueron llegando, abriéndose en cada una de ellas, desnudándose ante él.
Y, por fin acordaron encontrarse.
Ambos se habían dado pocos lujos en la vida, y ésta se iba yendo tan de prisa que decidieron que bien valía la pena embriagarse de amor y placer durante cuatro noches.
Cuatro noches para aprender con la memoria de la boca, las manos y la piel el territorio de sal y miel de sus cuerpos.
Cuatro noches solamente y olvidarse recordando; no más cartas, sólo recuerdos.
Gemidos gozosos que vendrán en el murmullo de las lluvias o en las olas que se rompen en los acantilados cuando la mirada ya no tenga brillo.
Llamas ardientes para calentar todos sus inviernos cuando éste se instale en los huesos.
Cuatro noches de entrega, hundiéndose en ella sin encontrar el manantial donde brota el cristal de su risa, para desaguarse tembloroso y desmemoriado saciado para siempre y para siempre sediento.
Cuatro noches, sintiendo en sus entrañas los embates gloriosos, la dulce furia exploradora clavando en sus profundidades banderas territoriales, mientras ella llegaba victoriosa y vencida, galopando sobre un animal alado, a una galaxia donde los colores, los olores y los sonidos se juntan para estallar sin estridencias en un río de metal derretido y un naufragio gozoso y tibio la dejaba inundada.
Cuatro noches, suficientes para atesorar recuerdos para el resto de sus vidas, para saciar sus hambres, para impregnarse la piel con el olor del otro, para sorberse el aliento hasta perder el propio, para saborearse sin el peligro de asistir a la declinación forzosa de los años, para guardarse en la memoria, maduros, plenos y estremecidos.
**/**
TRANSGRESIÓN
** José tenía ya más de veinte años y aún era virgen. Apenas si conocía algún beso ligero; no se atrevía a más por miedo a que el tumulto interior que le producía el contacto de una boca fuera a provocar un cataclismo irremediable en la geografía misteriosa de su cuerpo. Y por temor a Dios.
Lucía le abrazaba con los ojos cada vez que se encontraban, y él se derretía en un líquido caliente, deseando quedar para siempre envuelto en esa mirada aguada y pidiendo a Dios que la apartara de él.
Se proponía evitarla y sin embargo rondaba obsesionado los lugares por donde necesariamente debían encontrarse.
Adoraba y aborrecía todo en ella: la curva de sus caderas, el temblor de los senos bajo la blusa, el suave balanceo de las nalgas, la cintura pequeña y movediza, los ojos mojados, la boca siempre entreabierta con los dientes pequeños y blancos royéndole el alma.
Ella representaba el pecado y la gloria.
Era la vida y la muerte.
El estremecimiento y la languidez que volvían sus piernas de algodón y su lengua de trapo, no podía ser amor. Era simplemente el diablo que le tentaba.
El placer presentido, ansiado y rechazado, no estaba en el mismo paquete del amor predicado por su religión, tenuemente develado por la madre sumisa y apagada, exaltado en la iglesia por su padre: el pastor.
Lucía intuyó la tormenta interior de José y se propuso remediarla: cuando lo encontró en la parada de colectivo, sin hacer caso de la turbación no disimulada de él, le plantificó un profundo y sonoro beso en la boca y antes que atinara a reaccionar le invitó a escuchar música y comer algo a la noche -y ver que se puede hacer después- y se alejó sin esperar respuesta, segura de que todo iría bien.
José, más que nunca, se sintió feliz y desgraciado al mismo tiempo. Se dijo que no iría. Pero fue.
Escucharon música, comieron pizza, bailaron y compartieron los gastos de la consumición y el taxi que les llevó a un sitio elegido por ella.
Cuando estuvieron solos, confundidos y conmovidos, Lucía, asustada ante el desconcierto de él, le confesó que también seguía virgen; le habló de lo hermoso que era para ambos juntar su inexperiencia y aprender a descifrar el idioma estremecido y estremecedor de sus cuerpos.
Le hablaba en susurros entre besos y mordiscos suaves, mientras le despojaba de sus ropas al muchacho petrificado de susto y gloria.
Cuando lo tuvo desnudo lo recorrió con la boca desde las calientes orejas hasta el sexo erguido. El contacto de la lengua suave en el órgano de piedra le dio vida a la estatua, que con manos ansiosas y torpes al principio, comenzó a explorar el cuerpo tibio y tembloroso de su compañera. Desprendió lo que había que desprender, hasta dejarla desnuda y luminosa, y quiso descubrirla entera, mirar la rosa escondida de su sexo, ahogarse en su olor de durazno maduro, mojarse en la humedad presentida en el centro de su geografía.
La recorrió como si tuviera cien manos y cien bocas. Se deleitó en los pezones color manzana, ansiando calmar su hambre de siglos, sorbió su olor y su jugo, olvidó la noción de pecado, la comió a besos, la ahogó en abrazos y se hundió en ella feliz, agradecido y tembloroso; y el ciclón contenido de sus ansias se desaguó en un estallido de luces y se encontró con la cara sonriente de Dios.
**/**
LIS
Se sintió feliz de estar en su casa.
A pesar de no encontrar el peculiar olor a pan y anís que guardara en la memoria durante los años de encierro.
Un poco intimidada sí, por la madrastra que se esforzaba en parecer más amable de lo que era, -seguramente por amor, pensó-.
No estaba acostumbrada al trato zalamero, ni siquiera estaba acostumbrada a la cortesía.
Durante los ocho años que vivió con las monjas, éstas se esmeraban más en ser desagradables o crueles, pero Lis simplemente se evadía de esos momentos calzando sus zapatitos mágicos, cerraba los ojos y emprendía viaje al país de los sueños, así que no esperaba pasar mal con su madrastra.
Todo parecía tranquilo, hasta que apareció su hermanastro.
Un bellísimo muchacho.
Tendría su edad.
Sólo le faltaba el altivo caballo blanco para ser el príncipe de sus lecturas solitarias.
Con la piel casi oscura y el cabello de bronce antiguo, ensortijado como los ángeles de las estampitas.
Sintió una especie de mareo al verlo tan hermoso y tan cercano.
Escuchó el vozarrón de su padre atenuado por el galope de su corazón, que le decía:
-Será como tu hermano de verdad-.
Una dulce languidez le dio plena conciencia de su cuerpo; por un instante se detuvo embelesada en su propia piel palpitante y un torbellino líquido le humedeció el alma.
Lis se instaló en la casa junto a un hermanastro bello y huidizo.
Se veían poco durante la semana, porque iban al colegio en horarios diferentes, cuando él llegaba ella iba saliendo, pero los domingos, por una decisión de los padres, concurrían juntos al cursillo de la iglesia. Se sentaban en el mismo banco, y mientras el cura hablaba de las ocasiones de pecado y la debilidad de la carne, Lis divagaba aburrida de escuchar las peroratas hipócritas sobre virtudes que todo el pueblo sabía que el sermoneador no practicaba. Imaginaba lo que el hermanastro tendría guardado bajo el holgado pantalón y se preguntaba si él, de tanto escuchar hablar de pecado, no tendría ganas de pecar -con ella-.
Regresaban tarde y se sentaban a almorzar solos.
Lis había pasado mucho tiempo sin tener con quien conversar, y estaba acostumbrada a los soliloquios mentales, y él se volvía mudo ante la mirada de ella que descompasaba los latidos de su corazón y llenaba de burbujas calientes su sangre.
Comían en silencio y a las apuradas, porque a los dos les incomodaba estar soportando el sonido de cien campanas latiéndoles en el cuerpo.
Él se refugiaba en su ajedrez solitario y ella iba al corral a mirar a las vacas. Le producía una suerte de reconciliación con el mundo -que no consideraba malo, pero sí muy frío- la ternura de las lecheras lamiendo, mansamente a sus terneros hasta dejarlos como peinados con brillantina.
El toro montando a las vaquillas que seguían rumiando sin inmutarse por su presencia, la llenaba de una confusa languidez y también daba respuestas a inquietantes desconciertos de su cuerpo.
Al finalizar el año ambos perdieron el sueño y el apetito.
Se buscaban y se evitaban.
Un domingo regresaban como siempre silenciosos, y antes de llegar al comedor donde les esperaba el almuerzo frío, ella le tomó de la mano al confundido muchacho y lo llevó detrás del corral en un lugar que sólo ella conocía, lleno de florecillas multicolores, íntimamente estremecida se despojó rápidamente de sus ropas domingueras, miró con sorpresa admirada su propia desnudez, le entregó un extraño sobrecito al hermanastro y le dijo con su voz ronca por falta de entrenamiento.
-Ponete eso y hagamos como el toro y la vaca.
Él miró alucinado el cuerpo de terciopelo de la muchacha, las pelusillas doradas de su espalda y comprendió, aturdido por el galope desbocado de su corazón que latía al mismo tiempo en su cabeza y en el órgano casi dolorosamente erecto, que era tan sabio como ella, y que tan solo debía seguir las señales ardientes de su cuerpo para no extraviarse.
Se colocó el condón, ayudado por Lis.
Ambos cerraron los ojos enceguecidos por perturbadoras imágenes y se entregaron inocentes y felices al placentero juego, como dos cachorros.
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Enlace al ÍNDICE de la versión digital en BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES - Con el alma en la piel - (9 relatos eróticos)

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viernes, 12 de febrero de 2010

DELIRIOS Y CERTEZAS. Autora: CHIQUITA BARRETO BURGOS / Versión digital: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.


DELIRIOS Y CERTEZAS
Autora: CHIQUITA BARRETO BURGOS
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Edición digital: Alicante :
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Editorial Torales Kennedy and Asoc., 1995.

Escribo, porque al hacerlo me reconozco, me perdono y me acompaño.
Ana Chassini

LA NIÑA DEL VIOLÍN
Teresa trabajaba con la familia León desde los dieciocho años. Hacía veinte.
Le pagaban bien. Le trataban bien.
Hasta le compraron un terreno y le ayudaron a construir una casita, para que tuviera un techo donde guarecerse de la llovizna otoñal de los años y no se humedeciera de congoja sus hábiles manos ni se nublara por el desamparo su eficiencia doméstica.
Era como de la familia.
Sin embargo, Teresa le guardaba a su patrona un profundo rencor, como un río subterráneo, hábilmente disimulado en comiditas de enfermos y tecitos preparados con veneración casi amorosa a la señora eternamente indispuesta e irrealmente hermosa.
A dos años de trabajar en la casa, Teresa tuvo un amante, el único de su vida: fue un romance a oscuras, porque el hombre llegaba y se iba en la penumbra, y sólo le dejaba el susurro de su voz en las telarañas del sueño, su olor vagando en el cuarto y el manantial lechoso entre las piernas.
La patrona vislumbró algo en el andar dormido de Teresa y una madrugada, cuando el visitante nocturno salía sigiloso por el largo corredor oscuro, la señora disparó un tiro al aire y las visitas terminaron para siempre.
El hombre cuya única identidad eran la voz de lluvia y el olor vegetal, no volvió nunca a poblar el laberinto de los sueños de Teresa ni a sembrar semillas desatinadas en el surco incierto de su vientre.
Ella no se preguntó jamás si aquellos latidos descompasados de su corazón, el temblor de sus enaguas mojadas con olor de ajenjo, o el terremoto suave que ponía en su garganta aullidos de agonía era amor, pero sintió sus entrañas llenársele de muertes con la ausencia del desconocido.
Ambas mujeres envolvieron el secreto compartido en un paño de silencio. No hubo comentarios, como si la noche no hubiera registrado en su seno de terciopelo oscuro ese estallido corto y seco.
****
A los cuarenta años la señora León iba perdiendo las esperanzas de tener un hijo y lo comentaba dolorida con la muchacha que después de tantos años de servicio en la casa era la depositaria de infinitas confidencias.
Los León conocían su discreción y confiaban ciegamente en su fidelidad, tanto, que ambos confidenciaban con ella y no tenían reparo en ventilar en su presencia sus conflictos más íntimos.
****
Desde que terminó su casa después de largos meses de asombro por cada hilera de ladrillos, y cada viga de madera misteriosa de selva, por cada abertura cerrada con su carga de cegueras puerta afuera, Teresa pasaba los fines de semana allí, generalmente tirada en la cama chupando a sorbos lentos su mate de leche y canela y rememorando con intensidad sus lejanas noches de amor.
El discurrir del tiempo fue dejando diminutas marcas en el mapa solitario de su cuerpo y gotas agridulces en su alma.
Una mañana como tantas otras que fue a llevarle un tecito de tilo a la señora, recostada lánguidamente en la amplia y espléndida cama matrimonial, descubrió en el rostro de porcelana una finas arrugas y se le ocurrió cobrarle aquel maldito tiro. Inventó la primera mentira de su vida; con fingido pudor, en tono compungido le dijo a la mujer:
-Señora, no sé como decirle, a mi edad... me da tanta vergüenza, pero ustedes son mi única familia y tarde o temprano lo van a descubrir... estoy embarazada.
Se restregó los ojos simulando secar unas lágrimas ausentes y esperó su reacción.
Vio como una ráfaga de honda ternura cruzaba el pálido rostro de lirio.
La dama de porcelana marchita dejó el té sobre la mesa de noche, la envolvió con una mirada húmeda desde las piernas de azuladas venas pasando por las manos toscas hasta detenerse en el pozo de insondable oscuridad de los ojos que miraban algún punto inexistente, la atrajo hacía su pecho y la abrazó largamente.
****
Se contrató otra criada para que la futura madre no se fatigara.
****
Teresa fue aumentando gradualmente la almohadilla con que disfrazaba su vientre liso y la volvía casi sagrada ante los ojos de la patrona, en cuyas entrañas los años de espera inútil, había plantado una apagada congoja.
No sabía qué final tendría su farsa, pero la disfrutaba. Cuando llegara el momento tal vez desaparecería por un tiempo, para regresar con alguna historia conmovedora.
No le interesaba el final.
Era tan opaca su vida, tan perdida entre platos repetidos semanas tras semanas, el favorito de la señora, el predilecto del señor y ella sin ninguna historia, tan confiable y juiciosa...
Gozaba melosamente fingiendo un andar lento y pesado, sonriendo secretamente a su imagen reflejada en los espejos de la alcoba matrimonial, en los ventanales de vidrios, en los pulidos pisos, y hasta recuperó la memoria de aquel delicioso olor que el rencor había arrinconado en alguna esquina de sus escasos recuerdos.
Sin embargo, con el correr sin pausa de los días fueron disminuyendo las delicias que le ofrecía su gravidez ficticia, obligándola a detener sus pensamientos en el irremediable momento de la verdad.
Un lunes, dos semanas antes del tiempo calculado para el parto de mentira, después de dos noches de insomnio, regresaba temprano a su lugar de trabajo, decidida a contar en algún momento de ese día la verdad.
La tonta historia llegaría a su fin ese día.
¡Cuánta tristeza desvestida de pudor deberá extender como un mapa, y señalar en su intrincada geografía el itinerario de su inútil mentira, para pedir comprensión!
¡Cuántas puertas deberá abrir corazón adentro, para hacerse entender!
Apresuró sus pasos para alcanzar la entrada de servicio, se sentía bien llegando antes que la nueva criada -la mirada de aprobación de la patrona le proporcionaba un placer extra-. Se detuvo sorprendida: bajo la exuberante cascada lila de la santa rita en flor, y la silueta aún imprecisa de las casuarinas se hallaba un bulto extraño: era un gran canasto de mimbre, de lo que usan en las panaderías, cubierto con una franela rosa.
Intuyó su contenido y se le desbocó el corazón; las piernas trenzadas de gruesas sogas azules se le volvió de trapo, y un relámpago estalló en su mente. Por un segundo, pensó en alguna trampa tendida por alguien que conocía su secreto.
Respiró profundamente llenando sus pulmones del aire fresco de la mañana y retornó a la vida, a ese lunes, a esa hora. Miró la calle desierta, el sol asomando como una margarita de oro y se abalanzó sobre el gran regalo y emprendió el camino de regreso a su casa con su cargamento de milagro.
Era una niña recién nacida y un violín.
****
Después del parto siguió trabajando en la casa de los León y su hija se integró sin sobresaltos a la familia.
****
Con el tiempo la niña se convirtió en una virtuosa del instrumento y recorría el mundo ofreciendo conciertos, siempre acompañada del señor y la señora León, sus protectores, quienes con la maternidad de Teresa también llenaron sus anhelos de tener descendencia.
Nadie pregunto sobre el origen del magnífico violín, pero en las noches de vigilia a Teresa le vagaba en la cabeza como un planeta desquiciado, la incandescencia de la clave.
****
Para el Concierto de la Tierra, en Río de Janeiro, venciendo su terror a los aviones, Teresa, acompañó a su hija.
Salió por única vez del pequeño territorio conocido. Y por única vez vio a su niña del violín, como le gustaba llamarla en lo hondo de su corazón, ejecutando el instrumento, ante un gran público que le escuchaba embelesado. Ella también se entregó al sortilegio del sonido. Sintió erizársele la piel por la caricia melódica, sus carnes enteramente atravesadas por las sonoras flechas disparadas desde el arco mágico por las manos brujas de su niña. Tuvo conciencia que su cuerpo perdía peso; con los ojos cerrados fue levitando mientras la música se alejaba y una gran puerta se abría ante ella; un tropel de imágenes volaban acompañándola y un lánguido placer la envolvió como una manta de plumas, al transponer el umbral luminoso.
Las figuras difusas se hicieron claras y concretas: bajo los párpados cerrados por un peso intolerablemente dulce, surgieron recreadas su infancia solitaria, su juventud brincando como aceite hirviente en las venas, el amante desconocido apaciguando sus ansias y luego aquel rencor viscoso amargando su saliva por tanto tiempo.
En el preciso momento de ser tragada por la silenciosa y oscura galería supo la verdad: vio el canasto con su niña en el amanecer amarillento y escuchó aquellas palabras que en los momentos de reposo de sus lejanas noches de amor se le pegara al oído como algo misterioso: STRADIVARIUS.

EN LO OSCURO
* María Pía nunca supo quién fue su madre; de apenas unos días de vida fue abandonada por ella en la vía pública y recogida por la hermana cocinera de la Orden de las Teresas a las cinco de la mañana cuando ésta iba al mercado absorta en sus alegres soliloquios con Dios.
La Superiora arrugó la nariz asociando con quién sabe qué pecados de lujuria a la bebecita arrugada, hambrienta y llorona.
Objetó argumentos aparentemente irrebatibles y dijo: ¡no! aunque en el fondo de su ser sintió un extraño cosquilleo se mantuvo firme con el ¡no! Consultó con el obispo y llamó a una junta a los cooperadores y hasta se reunió con las autoridades civiles y políticas y siguió diciendo ¡no!.
Sin embargo, la niña se quedó en la congregación, porque no hubo razón más fuerte que el silencio obstinado de la cocinera que se volvió sorda y muda ante las explicaciones más exhaustivas sobre los reglamentos, los deberes y las obligaciones de la orden.
Ganó la batalla y luego la guerra.
Y María Pía como la bautizaron en una solemne y sencilla ceremonia, creció entre los aromas de perejil y cebollas, el tufillo del café y la leche derramada, la salsa untuosa recorriendo pasillos y corredores, la menta y el toronjil, el clavo de indias y la vainilla, acunada por el mullido y tibio colchón del regazo inmenso de la cocinera, que a veces en las noches calmaba su desasosiego de niña abandonada con sus pechos castos y vacíos, ofreciendo a Dios su placer de madre sustituta y entregándose entera a ese éxtasis de comunicación tripartita.
María Pía tampoco sabe quién le fue sembrando las hijas en el vientre, pero es feliz desde la punta de los pies hasta la cabellera enmarañada, por haber participado en semejante milagro.
En las noches de su madurez ya no espera ninguna visita que reviente las burbujas de su sangre caliente y espesa, pero siente que el cansancio resbala por su cuerpo como una cascada tibia, al rememorar ese tiempo de prodigio y gozo.
Recuerda nítidamente los olores: el aliento a miel y la piel de alhucema. A veces de azúcar quemada, pegándose a sus enaguas de lienzo blanqueadas con lejía y perfumadas de pacholí.
A María Pía la castidad le revienta las costuras del corpiño, le pone ritmo a sus caderas, le agrega leñas al fuego de sus ojos. Sus hormonas se disparan ante las miradas entornadas y sus nalgas duras se mueven invitando a revisiones más rigurosas.
-¿Quién es el padre del hijo que estáz esperando? Pregunta la superiora con su acento madrileño.
-No sé, siempre es oscuro y no le veo -responde María Pía con su vocecita aún infantil.
-¡Quién ez el padre de tu hijo! Exige la superiora
-No sé. Viene en lo oscuro
-Tienez velaz en tu cuarto, por qué no la prendez
-La prendo, pero él la apaga y no me deja verlo.
-Erez una pérdida, hija, y tendráz que hazerte cargo de tu vida. Cuando te percatez que no ez tan fácil criar un hijo, con velaz o sin ellaz vaz a descubrir quien llega en lo oscuro.
Recuerda el olor y el suave chisporroteo de la vela apagada con la yema de los dedos mojados de saliva. No voltea la cara para ver quién la apaga, no le importa.
****
A María Pía sólo le enseñaron a leer y escribir y la cocinera le dio principios de aritmética elemental, como ella, elemental como ambas.
Aprendió casi instintivamente todos los secretos de la buena cocina, las exquisiteces del bordado y el arte del lavado y planchado.
Su destino era ser cocinera. No discutir ni discurrir sobre apologética. Ni ser maestra.
Cuando su gravidez fue notoria abandonó la casa de las monjas, pero éstas no la desampararon; ellas orientaron sus manos hacendosas para que pudiera sobrevivir con lo que sabía hacer: vendían el pan crujiente que horneaba María Pía, hacían publicidad a las habilidades que tenía María Pía, para dejar esplendorosa de blancura y almidón, sábanas y manteles.
El primoroso bordado de María Pía se hizo famoso y desde lejanos lugares le llegaban pedidos para ajuares de novias.
María Pía contrató una ayudante para satisfacer todos los encargos y luego otra y otra más: 20 kilos de pan de molde, 1.000 pancitos chic para el sábado; una torta gigante de doscientos quilos para la hija del gobernador que se casa el viernes. Dos manteles con 24 servilletas de lino blanco, media docena de sábanas con fundas, bordadas y almidonadas para el jueves 4 de abril y hoy ya es lunes y ese pedido lo retiran a la mañana.
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! Se me reventó la bolsa, llamen a mi madre, la hermana cocinera, apúrense que me estoy partiendo en dos, apúrense a preparar el almidón y almidonen suavemente el juego de cama blanco y celeste y los tres manteles de lino crudo, pongan a hervir agua, quemen la palangana nueva, pongan los manteles bien estirados al sol y recojan antes de que parezcan cuero seco, doblen sin arrugar mucho para que sea fácil planchar.
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! Mis huesos se están quebrando, no quiero ninguna partera sólo mi madre, la hermana cocinera.
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Un terremoto me está destrozando las entrañas!
Llega la cocinera de las teresas con la enorme blanda panza bamboleándose y los ojos chiquitos y ahogados en lágrimas, llega la superiora con su autoridad asfixiada por una argolla de ternura y llega en una explosión de puerto una marinera arrugadita y roja y echa sus anclas en medio de tantas mujeres conmovidas y desconcertadas.
La superiora olvida la apologética y la gramática, la cultura helénica, los poemas homéricos y los misterios de la trinidad y trata de recordar cómo se corta el cordón umbilical de un recién nacido.
La noticia corre y el obispo en persona llega con su regalo una hora después. La presidenta de la comisión cooperadora teresiana también se hace presente con una bolsa llena de ropas, el secretario del gobernador llega en un jeep repleto de presentes para el recién nacido, y el intendente y su señora esposa, y la comisión de políticos desahuciados y las solteras en reposo, y los últimos anacoretas y los filósofos de fin de siglo y los retirados de la vida mundana y los payasos de un circo de paso también hicieron llegar sus regalos.
Llegaron tantos que la comisión de emergencia nacional construyó al día siguiente un galpón cerrado pero con buena ventilación y luz para guardarlos.
El confitero de la esquina mandó un vale para retirar durante cuarenta días masas y facturas y chocolate caliente y la peluquera de la esposa del gobernador se trasladó con todo su equipo y mobiliario hasta la casita de María Pía para cuidar su cabello que nunca conoció otra tijera más que la de la hermana cocinera.
María Pía tuvo una hija y otras más, abriendo las puertas de las semanas, los meses y los años y dejándola destrancada por las noches para sumergirse en lo oscuro en la gelatina olorosa de miel, alhucema y azúcar quemada que ablandaba sus huesos y derretía su corazón, sin variar la respuesta cuando le preguntan por el padre de las niñas.
Se acomodó suavemente a la vejez, como a los juegos en lo oscuro, pero cuando llega por las rendijas de su puerta el olor de azúcar quemada los recuerdos le brotan como luciérnagas. ¿Quién impregnaba sus enaguas y su piel con ese olor?
A María Laura, María Eugenia, María Candela y María Victoria, le revienta la risa como capullos al amanecer, con las historias de excesos que cuenta su madre con voz apacible.

LA GUITARRA

A mis hermanos: Julio César, Augusto, Juan, Aníbal, Nemecio y Mirta.
* Desde hace algún tiempo, Manuel Barrientos, acaricia de vez en cuando la guitarra. Comenzó por bajarla del gancho del techo donde estuvo colgada más de medio siglo, la limpió y le dio brillo con un lustre casero preparado por él mismo y la volvió a colgar arropada con un gastado camisón de su mujer, dejándola como una anciana trapecista suicida a quien todos miran con asombrada tristeza sin animarse a descolgarla; después compró las cuerdas y renovó las clavijas y desde entonces, una vez al mes arrastra hasta el sitio de la ahorcada la única y enclenque mesa, coloca encima una silla en idénticas condiciones y la baja con inusitada delicadeza, sintiendo los ayes de sus cuerdas como un lamento que se le escapa del pecho. Todavía no se atreve a pulsarla. Todos los días sin que nadie se percate ablanda las articulaciones de sus dedos con salmuera casi caliente. Hace tantos años que renunció al encanto de su son que hasta le parece que fue en otra vida. Desde que murió Naito, su compañero de infancia; juntos recibieron la citación para presentarse como movilizados para la guerra del Chaco el 31 de julio de 1.932 y al día siguiente, antes de la salida del sol ya estaban en la comisaría de su pueblo con el corazón bailando una danza confusa de euforia y tristezas, acompañados de su infaltable guitarra.
Un día particularmente frío de agosto llegaron al Chaco, y la fosforescencia de la primera luz de la mañana les hizo pensar simultáneamente a ambos en un campo lunar sin la presencia de Santiago conduciendo a la virgen y el niño.
Naito como él era el único varón en una familia de mujeres solas, sus madres eran muy amigas y las hermanas de ambos pasaban a ser como una prolongación de sus brazos, tan dispuestas a cumplir o llevar a cabo cualquier tarea, relevándolo a ellos de toda actividad que significara cierta contrariedad o esfuerzo.
Durante las sucesivas revueltas y revoluciones los dos eran protegidos como si sólo sus vidas tuvieran valor, y las mujeres, aun las niñas, lo hacían junto a las madres sin ningún resentimiento, pero cuando llegó la movilización para la guerra, ellas fueron las primeras en decidir que no era posible esquivarle el bulto a semejante responsabilidad, y los dos aceptaron ir sin verbalizar sus sentimientos confusos y contradictorios.
Naito, siempre fue tan frágil, era un muchacho flaquito de mirada transparente y triste. Cantaba como un gorrión, como si su garganta estuviera lubricada de miel, y Manuel pulsaba la guitarra sacando de las cuerdas unos sones tan brillantes que aún en las noches de tormentas producían una extraña claridad.
Era totalmente diferente de Naito: alegre, bromista y mujeriego, con unos ojos tan claros y líquidos y una risa que se derramaba sobre las cosas como si fuera a cubrir de color y alegría todo el suelo que pisaba. Se amaban con un cariño tan sólido, que creían poder protegerse de cualquier desgracia con solo pensarse.
Ambos formaron parte del tercer escuadrón de caballería, y a pesar de que sus camaradas y jefes les daba un trato especial, por ser cantores, Naito enfermó de tristeza.
La canción «Golondrina Fugitiva»su favorita, salía de su garganta cada vez más húmeda de sal. Cantaba ausentándose con su voz, mientras sus ojos de lánguida transparencia navegaba en un río tibio que no llegaba a desbordarse. Ni siquiera su gemelo del alma lograba arrancarlo de ese mundo donde Naito se ensimismaba mirando hacia dentro, entregándose a la contemplación del lejano cuadro hogareño.
Una mañana se levantó y contó con una voz diferente, casi risueña el sueño que tuvo, luego abrazó a su guitarra como aprisionando una cintura y comenzó a rasguearla; las notas de «golondrina» brotaron como miel derramada sobre una superficie de cristal y su voz sonó aguada de transparencia. En la segunda estrofa la guitarra cayó blandamente, desprendiéndose del abrazo con un rasguido lastimero, su hermano del alma corrió a socorrerlo, él le miró con sus grandes ojos y le dijo:
-En el sueño de anoche la bala me destrozó el corazón -y cerró los ojos como atacado de un sueño repentino.
Esa noche Manuel Barrientos, fue alcanzado por una granada que le dejó las dos piernas inútiles para siempre, pero no le mató la capacidad de festejar la vida como una fiesta irrepetible.
Después de dos años en el hospital, volvió a su valle con el recuerdo de Naito, como una herida incurable pero decidido a rendirle el homenaje, el único posible: su insobornable alegría.
El día de su boda colgó la guitarra y nunca volvió prestarle ninguna atención.
Hace un año tuvo un sueño en el que se encontró con Naito, y en el pequeño tiempo del sueño transcurrió la vida completa de ambos; vagaron por los arroyos, por los bosquecitos de guavira y ñangapiry y los campos comunales -que ya no existen-, de su infancia; quemaron mboroviré junto a las protectoras mujeres de su tribu; fabricaron la primera guitarra con la caparazón de un tatú, y las cuerdas de alambres; sintieron la emoción del primer pantalón largo, la desazón de la adolescencia y la languidez temblorosa del primer encuentro amoroso; llevaron serenatas y compartieron la responsabilidad de ser cabeza de familia, reventaron las primeras ampollas de sus manos y se refrescaron mutuamente las espaldas ardidas de sol, juntos recibieron en Casanillo los fusiles sin balas que les fue entregado, Naito absurdamente tiró el arma y desapareció por un instante para retornar endomingado de camisa y pantalón blancos, y pegando su boca al oído de Manuel le invitó a salir de la formación, caminaron sin que sus pies tocaran el suelo hasta un campo de arroz, allí le entregó una hermosa guitarra y le dijo:
-Te espero allá para una serenata -y Manuel Barrientos se despertó llorando.
Desde entonces esta desentumeciendo sus dedos y sus recuerdos y sabe que el día que pulse de nuevo la guitarra irá a reencontrarse con Naito, el amigo que no soportó la guerra.
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DE-LIRIOS

Si luchamos contra las injusticias ya estamos realizando milagros...
(Victoriano Centurión, dirigente campesino)

«Los lirios son plantas herbáceas, vivaz, de la familia de las iridáceas, con hojas radicales, erguidas, ensiformes, duras, envainadoras y de tres a cuatro decímetros de largo; tallo central ramoso, de cinco a seis decímetros de altura; flores terminales grandes, de seis pétalos azules o morados y a veces blanco; fruto capsular con muchas semillas, y rizoma rastrero y nudoso.» Lee en silencio moviendo apenas los labios.
Siempre sintió fascinación por esta planta. Desde el vientre de su madre cuando aún era un pez de memoria cósmica creyó tener algo de ella; en la medida que fue creciendo en esa agua blanquecina y comenzó a mover los brazos y las piernas diminutas percibía esas extremidades como las cintas verdes que son sus hojas. Su rancho es un bote varado en un mar de lirios azules, morados y blancos, que con su lánguido perfume nocturno convierte en lana suave sus músculos agarrotados de cansancio; florecen también con modestia los hediondos, esos lirios tan bellos y tan tristes con sus seis pétalos azules y amarillos prisioneros en su olor nauseabundo.
Envuelto en esa mezcla de olores, mientras sus ojos descansan en la superficie azulamarillo de la alfombra de pétalos, rememora aquella cacería. Desde el fondo de su ser siente subir un líquido tibio que brota del gotero diminuto de sus ojos mojando su cara morena con una lluvia salada de ternura y nostalgia por los que cayeron: Estanislao, Mario, Secundino, Gumercindo, Adolfo, Feliciano, Reinaldo, Federico, Concepción y Fulgencio. Los imagina abrazados como hermanos queridos en alguna fosa ignorada. Era él quien debía ser cazado pero su cuerpo, una vez más, se opuso a la muerte con tanta fuerza, que produjo el milagro de extraviar a los perseguidores. Tras sus pasos brotaban estos herbáceos ya florecidos y su aroma llenaba de congoja y desconcierto a los acosadores, que iban abriéndose camino a machetazos.
Veía desde su escondite, como apenas dejaban un claro para dar un paso volvían a brotar más profusas aún y las hojas amputadas parecían látigos teñidos de sangre. Dentro de esa maraña sanguinolenta donde los rasguños y las lágrimas se llenaban de flores poniendo en el aire un olor dulzón y triste llegaron, con su jauría de perros. Por un momento perdió las esperanzas; una perra corrió directamente hacia el matorral que lo escondía -tan precariamente que más que un fugitivo condenado a muerte parecía estar jugando- y en vez de ladrar denunciando su presencia gimió como lastimada un momento, y luego se marchó con la cola entre las piernas. Pasaron sin percatarse de su presencia.
Fue entonces que supo con certeza que su cuerpo no era solamente un amasijo de músculos, con una red de nervios, venas y huesos envueltos en cristal líquido, sino además estaba compuesto de lirios y palabras nunca pronunciadas, de intensos miedos, de heroísmos, cobardías y posibilidades de gozo corriendo por canales misteriosos.
Recibió el primer signo de milagro cuando maniatado lo dejaron en el cuartito destinado a los interrogatorios.
Mientras decidían, truco mediante, quien elegiría la forma de matarlo después de ser interrogado, el prisionero mirando el extenso mandiocal desde la ventana de su improvisada prisión no podía convencerse que ese día era el último de su vida: siempre supuso que la muerte le daría alguna señal antes de venir a buscarlo y hasta ese momento no había percibido ningún indicio de su cercanía; sin embargo no tenía escapatoria; los verdugos estaban sorteando su vida con un mazo de barajas y quien ganara el juego decidiría de qué manera acabar con él. Cerró los ojos resignado a morir a destiempo, cuando sintió que sus ligaduras se aflojaban como si se hubiera reducido el tamaño de su cuerpo, se paró y la soga cayó blandamente, entonces saltó por la ventanita y echó a correr en zigzag entre los liños despeinados. Segundos después todos corrían tras él recriminándose unos a otros no haberle puesto una bala en el corazón en el momento oportuno, y entre las órdenes gritadas con furia escuchó que alguien ingenuamente decía: -él co tiene luego un paje muy poderoso, y la bala no le entra en el cuerpo. Sólo alguien que tiene un poder más poderoso puede acabar con su vida -otra voz agregó. El que se le enfrente no debe mirarle a los ojos, porque su mirada tiene magia. Las voces fueron acalladas por dos sonoros manotazos, y un crujir de dientes rotos; él corría aturdido por los ladridos furiosos de los perros, los estallidos ininterrumpidos de las balas y el humo de pólvora que teñía de gris el atardecer poniendo en su garganta un cosquilleo que pugnaba por convertirse en estornudo, hasta que sus pies entorpecidos de cansancio tropiezan con una mata y cae y queda allí enroscado como una serpiente, y a medida que los escucha acercarse se le vuelve veleta el pensamiento. Quiere creer que sus compañeros están a salvo, por lo menos los niños y las mujeres; escucha el fragor de su sangre bombeada por el corazón que salta dentro del pecho como un gran pez agonizante; recuerda el pizarrón como una superficie líquida donde navegan las tres proposiciones escritas y el nombre de quienes se inscribieron para llevarla a cabo. La decisión unánime de que un grupo llegara a la capital a reclamar con las formalidades del caso el pedazo de tierra que generosamente había parido el maizal, amarillo en ese entonces por las espigas florecidas, la melena rizada de las alubias peinada por la brisa del amanecer y la certeza fugaz de estar en el camino apropiado. Más que ver imagina el tropel azorado de los soldaditos arrastrados a aquella persecución. ¡Cuántos de los que corren tras él serían como sus hijos y como los hijos de sus vecinos!: pobres, atorados de necesidades e injusticias; impúberes arreados en canchitas de potreros o boliches sin memorias, y siente con más fuerza aún que la tierra no debe ser sólo el pedacito minúsculo de la sepultura sino el espacio preñado de bienestar posible, fue entonces que vio el monte de lirios florecidos tras sus pasos y descubrió que los arañazos se iban llenando de flores rojas y que el milagro era posible, por segunda vez en tan poco tiempo.
La claridad del día se fue y una lluvia torrencial desaguó el cielo entre rayos y centellas poniendo unos lamparones súbitos en la negrura del montecito que había logrado alcanzar arrastrándose como un lagarto desde el mandiocal mientras en sus oídos zumbaba el tambor de su corazón mezclado a los gritos de sus perseguidores.
Vencido por el cansancio se acomodó en el hueco de un árbol caído y entró en un profundo sueño; le despertó una mano que le sacudía del hombro con suavidad, era una mujer que le llevaba noticias y comida; así se enteró que hacía tres días que estaba dormido y que la batida inexplicablemente se había trasladado a otros sitios.
Durante dos semanas, esa mujer de quien sólo sabía que en medio de la angustia de la balacera y los allanamientos había dado a luz, sola y a los apuros, un sabio pequeñín que lloraba en sordina, le mantuvo informado y alimentado, le contó de los muertos y del miedo oscuro que se instaló en las gargantas como un líquido viscoso y asfixiante. Él tratando de corresponder tanta generosidad le ofrecía hierbas prodigiosas que aquietan la tristeza, para que no se le cortara la leche, emplastos de grasa de animales silvestre para los retorcijones de barriga, raíces milagrosas para dolencias múltiples del cuerpo y del alma, oraciones para desagusanar terneros, curar ojeos y aliviar el dolor de muelas; cortezas aromáticas para sahumerios del buen amor. Le enseñó las claves para descifrar el canto de los pájaros y el comportamiento de los animales domésticos, le escribió en el suelo las palabras sacramentales para deshacer la envidia y exorcizar embrujos malignos, y una noche guiado por ella se acomodó en la baulera de un auto y salió a buscar asilo.
Por las rendijas del capó destartalado vio la bóveda de terciopelo azul oscuro sembrada de perlas y diamantes como un muestrario de joyero y supo que volverá para morir sin sobresaltos bajo ese mismo cielo estrellado; esa certeza aquietó su pulso, licuó su saliva espesa, languideció sus párpados y le condujo al territorio del sueño.
Todavía dormido llegó hasta una embajada y quince días después voló aturdido, sobre espesas nubes de algodón a un país donde los pobres vivían amontonados en los cerros hasta que cualquier día eran arrastrados por temporales furiosos con sus cachivaches de latas y sus niños eternamente resfriados.
El sitio duró tres meses y los niños de «campo lirio» -como le bautizaron las gentes al lugar- perdieron el hábito de jugar y comer frutas silvestres, horrorizados por los pájaros de metal que llenaban de temblor sus frágiles huesos y taponaban sus oídos con una cera de silencio y sólo se sabía de sus existencias por el zumbido de abejas con que tarareaban bajo las camas con los labios apenas despegados «pan y bolito querosén iyescaso no hay caso, no hay caso, no hay caso».
Las mujeres grávidas enterraron sus sietemesinos muertos de susto entre las matas de lirios y los ancianos se echaron a dormir en los campos arados que esperaron inútilmente las semillas.
El lirio fue proscripto por el general en florerías y en clases de botánica y floricultura; también fueron desterradas antiguas costumbres como la serenata y el rosario cantado; el tupaitu y la misa de gallo.
Muchas palabras del diccionario y algunos léxicos populares fueron halladas culpables de sedición y condenadas por los jueces a varios años de cárcel; unas cuantas murieron en prisión y otras salieron muy debilitadas sin ánimo para prestar ningún servicio; por lo tanto los habitantes tuvieron que inventar en su reemplazo señas y morisquetas que también fueron condenadas y al final sólo quedó un silencio incómodo que poco a poco fue llenándose de nuevos y quebradizos vocablos cuyos significados a nadie importaba, porque eran fugaces, y podían ser cambiados según la ocasión y la conveniencia. Pero el general también fue proscripto por otro general de sonrisa campechana y cabellos teñidos, en una noche de fiesta patronal entre tanques y morteros, mientras un cantante de boca de durazno cantaba boleros para delicia de romanticonas viejas que le escuchaban embelesadas desde los balcones.
Entonces las puertas cerradas por tanto tiempo se abrieron y la risa salió a la calle a sentarse en los bancos de plazas, para que los fotógrafos la capturaran con sus cámaras, las lágrimas se cristalizaron en los rostros como diamantes sin pulir y alguien puso en las manos de San Blas una pantalla gigante de caranday, para espantar el calor de tantas velas prendidas a su nombre borrado del santoral y súbitamente reivindicado como patrono milagroso.
Entre quienes entraron en tropel alegre, embriagados por el perfume de los jazmines y las madreselvas, y el bultito de recuerdos guardados en los resquicios profundos de sus memorias, también él regresó.
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Cada vez con más frecuencia el invierno se demora en sus huesos, pero su corazón de primavera florece entre tantos lirios, recogidos a brazadas llenas para ser enviados en furgones refrigerados a los centros urbanos, y, envueltos en celofán y cintas poner color y aroma a grises oficinas o adquirir un lenguaje propicio para el amor o los adioses -por aquellos niños silenciosos que cantaban con los labios apenas despegados debajo de las camas «pan y bolito...» convertidos en mujeres y hombres, con sueños simples y rotundos. Siente que el aire se llena con la sonoridad de sus risas, y entra en su sangre como un sonajero de promesas que poco a poco se aquieta mientras cae la noche y el cielo se llena de puntos brillantes como un muestrario de joyero.
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  • La niña del violín / En lo oscuro / La guitarra / Me eligió a mí (a Nimia) / La pruebera / Insomnio (a Luli) / Espanto / De puro susto / Medianoche / Jaque mate / Querida Elsa / Se cubrió de silencio / Única decisión / Re-cuerdos queridos / Un lindo nombre / De golpe y porrazo / De-lirios / Juan Laguna / Catarsis
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