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miércoles, 13 de octubre de 2010

OVIDIO BENÍTEZ PEREIRA - LA OTRA MITAD DEL SUEÑO (POEMARIO, 1966) / Ediciones DIALOGO, Cuadernos del Colibrí Nº 6 / Grabado de tapa OLGA BLINDER.



LA OTRA MITAD DEL SUEÑO
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del

www.portalguarani.com )
Cuadernos del Colibrí Nº 6
Ediciones DIALOGO,
Director: MIGUEL ÁNGEL FERNÁNDEZ
Grabado de tapa OLGA BLINDER
Viñeta: JOSEFINA PLÁ ;
Asunción – Paraguay
Mayo de 1966 (22 páginas)


A los peregrinos
del único
camino


"Siento en mí un murmullo de agua viva
que dice: Ven..."
(S. Ignacio de Antioquía, camino al martirio)

33
Llegar
hasta el vacío en el área
viscosa
de la soledad.
Mirar
hacia arriba y encontrar
solapado el vacío
en la mañana
que durará mucho menos
que el estambre
de una noche.
Bajar cerca de los pies
y hacia las anchas
puertas que nos ciñen
a derechas y a izquierdas
y todos los contornos
llenos de vacío.
Escuchar esos ecos interiores
que parecen cercanos
y querer
descansar en la ausencia
del propio vacío.
No saber precisarlo.
No creer
en su existencia en uno mismo.
Hablar a ese vacío
y como el eco vacío
devolver la voz.

34
No poder
aquietar esos fuegos
que impiden escribir el nombre
en la propia carne abierta
y saberlo hendido en todo aire
o toda luz,
Llenar el hueco del primero
y del último abismo
-el nombre -
y presentir que palpita
en la más pequeña gota y que descansa
en el silencio de los árboles
estáticos
en su sueño sin planes.
Resbalar por la línea inclinada
del monte más próximo
al deseo.
Estar aquí con uno o dos
- el nombre -
grabado en el rincón más pobre
de uno sólo.
Decir... y estar escrito.
Haberlo dicho pero todo seguir
como siempre
como cuando aun se ignoraban
las siglas de tu nombre.

Buscar la semilla
de la sencillez bajo la piel del lodo.
Buscar la sencillez
de esa flor silvestre
libada por el efímero insecto
cotidiano
cuando no importa el tiempo
y su color.
Aquella sencillez de sombra de árbol
sin hojas para verse.
Esta sencillez de jazmín
limpísimo
sin afeites superfluos
para ser uno mismo y no pisar
el círculo cambiante.

Tú permaneciste inmutable
como la última expresión de un muerto
que no alcanzó a redimir
su olvido.
Aceleré los pasos por la vía
cercana a la pregunta.
Tú -creador- dejaste que allí
donde el silencio nace
todas las preguntas dejaran de ser.
Hacia atrás quedó la barrera
de los círculos cambiantes...
Como corzos disparados
por pulsos de titanes
iniciaron su embestida los vértigos
del mal...
Les abrí las entradas ocultas
al cerrarse los portones
de tu nombre.

Sólo una sombra única
en dirección del señalero
invisible en la hora y en la obra
de cada criatura.
Esta es la hora de todas las criaturas
apretadas en el único
sendero con los párpados bajos
sin la línea de sol
que pudiera descifrar
la dimensión presentida.

Es el estar de la roca dura
que no erosiona el agua intermitente
ni los tiempos del calor.
Es el estar encerrado en el caparazón.
No llegar hasta uno mismo
el origen de los ecos
que sentimos resbalar sin pausas
y sin rastros
como una cédula maldita
con membrana sin ósmosis
para el aliento
de la vida...

Es el estar del frasco
lleno de perfume con cierre hermético
sin sentir las falanges de las manos
abrirse en un aparte nítido,
destapar el frasco y dejarlo olvidado
para que el vívido aroma
sea barrido
por todos los momentos.

Oh tener esas mismas falanges
de las manos
monorrimando con los grillos
de los pies.
Reverberar la mente con una sola
refracción
- punzante -
a través del agua turbia
de la duda.
Curvos
todos los pensamientos
en la comba infinita del universo
del estar a solas
mientras todo en rededor fenece
la voluntad es hilo de humo
en medio
de la tormenta.

Tú has estado en el centro
de la primera palabra
que inicia el sufrimiento.
Hemos creído en ti al girar
en la órbita
de los claros o remotos
tintines que besaban la orla
de tu nombre
aun sin amanecer tu espíritu.
Todo tenía el sentido
inquieto
de tu presencia.
Pero cedieron los granos
que formaban la arena de tus días.
Las manos no encontraron
asidero.
Tus días miraron nuestra ausencia.
La noche comenzó a madrugar
sobre los hombres.

Cabalgan los profetas
de la noche
en corceles con crines puntiagudas.
Los estribos se clavan
en mis carnes.
No hay sangre que sangre.
La sequía llegó.

Déjame de mi salir
todos los pasos
hasta llegar a ser espectador
de mi mismo
en el hombre que habla por mi
en su prólogo de eterna impaciencia
y te reclama la ley
de tu juicio.

Oh el poder llegar hasta ti
aun dando ese rodeo tan amplio
como la distancia del morir
al volver a la vida.
Tu distancia es el mundo
impenetrable
en el improvisar de la humana cercanía.
Para tí el final de todos
los orígenes
es el comienzo apenas.
Oh el estar en el origen del final
de todos los trayectos
y saber imposible
toda otra dimensión.
Y el llegar
y quedarse
y esperar
con los brazos extensos
hacia donde amanecerá
su rostro
la única luz...

35
Migrar
como un átomo sin núcleo
en el espacio abierto
a todas las medidas

Eternamente

Hasta en lo humano imposible
no permanecer sumido

No encontrar el presente
del momento rutinario
de esta única existencia

Migrar
entre la sed del alma
y el triunfo de los músculos

¿Qué te espanta?

Huir
Ocultarse detrás de las raíces
que emparientan la vida
con la muerte

Quedar callado...

Mirar y ver...

Ser el transeunte de esta vía
nítida en su trayecto
sin cruces

Y no querer ser

36
Planté el árbol del vino
y en su savia hallé el fuego.
Con el fuego hice vino
y del vino bebí.
"Hallé después que todo es vanidad
y empeño vano".

Los ríos que regaron los sembrados
despeñaron su fuego
en un atajo
para apagarse en su imposible
trascendencia.

Las corrientes son turbias
o traslúcidas
bajo la llama del sol
-los cauces son claros o mugrientos-
la turbidez se limpia
en las altas columnas
-la transparencia se opaca en los estigmas-
pero todas van al mar
o hacia el abierto caos.

El caos bautiza las corrientes
y forma remolinos interiores
que no se ven ni se verán
porque no hay nitidez
en sus entrañas.

Halos que se debaten hasta mínima altura
-tan medida-
que devorados son
y digeridos
en renovado -repetido- círculo
en ascenso y descenso sin contactos.

El mar digiere las aguas neutras.
Aguas que mustian luz
que disuelven la sal de los collados
y estancan su sabor en las hoyadas.
Transforman en agua
el corazón cristalino del alcor
y arrastran
y mastican sedimentos
para formar otra vez
rotundas rocas.

Y todo es vanidad...

Hasta esa doble mitad de sueño
y muerte.
Ese... quizás tú mismo.
Tal vez yo solamente.
El hombre con el péndulo de su destino
en ascuas
en terreno arenoso y empinado y en cada tiempo
de su débil tránsito.

Cae y asciende. Se eleva y se despeña.
Se levanta y camina. Se despeña y camina.
Y no conoce transparencia.
Desciende y hay relámpagos.
Hay pared vertical que no permite precisar
los brazos del camino.
La sangre del camino. La voz...

"Yo soy el camino". El eco es ley. Leyenda.
Vibra un momento en lo orbital
del querer y del saber
emprender los círculos que vuelven.
Pero está la pregunta...
¿Hacia dónde?

Ahora pica el silencio.
Sumo silencio sumo que acrecienta
las distancias que afloraron muy tarde.
Muy temprano en la imagen inconsútil
del amor
en ese mismo cauce del no saber
-del no querer- querer...

Hombre -criatura -lodo. ¿Hacia dónde camino?
Hacia posible transición.
Hacia el primer escalón que lleva
a las Vertientes.
Hacia el último peldaño que toca
la vaguada.
Sin acechos. Sin músculos.

No ve -no oye- no siente la ventisca
que desmiga su hielo en su lomo
descubierto.
La mano de la montaña es tenue.
El halo precursor de desabrigo
desdibuja la visión que modula su esperanza.
De nuevo las tinieblas
sin hallar el principio.
Y el andar pesado. Y el plumaje pegado
al barro.

Hay aun sumisas flores que musitan
debajo de la niebla.
Corolas amarillas - cálices sin verdor.
Cadavéricas son pero son flores.
Quizás cuando se truequen en semillas
el viento las hará remontar
sobre los humos
y caer más allá en paraje asoleado.

Mientras todo es vanidad
y empeño vano.

Paso yo. Pasa tú! No te detengas
a mirar los despojos
que han modelado tus pies.
Podrías reconocer alguna imagen
al sentir afinidad por un color
un sonido o una sombra.
Somos hoy para mañana como fuimos
ayer para hoy.
¿Y mañana...? ¿Mañana es vanidad!

¿Mañana es vanidad y empeño vano?

37
Caminar entre moluscos
y sentir que las babosas le sorben
la epidermis
sin llegar a la médula.

¿No hay defensa contra el polvo
de los dientes de babosas?

El polvo se transformó en destino
a nivel del humano intento fenecido.

Yo los vi precipitar su sangre
en las piras de lo que no es el amor.
Yo los vi devorarse las vísceras
en la filial siembra
de nada.

Y era apenas la oruga de todo lo posible.
No han dejado la carne de sus uñas
para que fuera semilla
en su historia.
Sus lenguas cercenadas con el germen
de la única verdad
sepultada en el fondo de ellos mismos.

¿Hoy todo el universo llora su dolor de parto
de la hora del hombre?

Pero hablarán en el polvo...

El espíritu sobrevivirá al caos
y los pulmones sonarán a esperanza.
Aun será niña impúber
cuando el hombre haya ensayado
-otra vez -
su infancia.

La verdad será vacuna contra los dientes
de las babosas.

El polvo ya no será destino.


Enlace para visitar el espacio de

lunes, 12 de julio de 2010

OVIDIO BENITEZ PEREIRA - EL LOCO (ACTO ÚNICO) / Fuente: TEATRO PARAGUAYO - TOMO I de TERESA MENDEZ-FAITH.


EL LOCO
ACTO ÚNICO
OVIDIO BENITEZ PEREIRA
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
.
*. Esta obra fue presentada en Asunción (Teatro Estudio Libre) en 1980. Sin embargo, sólo las primeras representaciones se hicieron en español (versión original del autor), ya que pósteriomiente -por sugerencia del público- la pieza fue traducida al guaraní (por RUDI TORGA) y continuó en escena con la incorporación de ambas lenguas (guaraní y español), en la versión bilingüe que sigue a este texto original.


EL LOCO
ACTO ÚNICO

PERSONAJES
SACRISTAN / CURA / PORDIOSERO / GUARDIAN (Policía)

LUGAR: Un banco de iglesia iluminado débilmente. Un ventanal a (través del cual se perciben algunos relámpagos espaciados. Una música de órgano. Un hombre, sentado en el banco, ensimismado en la música. Un atado de papeles sucios y una bolsa, también sucia, están junto a él, en el banco. Cesa la música. Al rato aparece el Sacristán, y se acerca al pordiosero, por detrás.
SACRISTAN: ¡Oiga! ¡Ya vamos a cerrar!
PORDIOSERO: (Volviendo en sí) Sí, es muy buena la música. Tú la estabas ejecutando?
SACRISTAN: No. Le he dicho que ya vamos a cerrar la iglesia.
PORDIOSERO: Sí, me ha transportado a un lugar distinto. A un mundo admirable.
SACRISTAN: Así será. Pero vamos a cerrar. Ya es tarde.
PORDIOSERO: Sí, la música es un medio de elevación... alucinante.
SACRISTAN: (Acercándose a sus atados) Está bien, está bien, pero ahora vamos a cerrar.
PORDIOSERO: Sí... óigame: ¿entre cuántos van a cerrarla?
SACRISTAN: Yo solo. ¿Por qué?
PORDIOSERO: Entonces, tiene que decir: Voy a cerrarla. Vaya a cerrar. Me doy por enterado.
SACRISTAN: Pero antes, usted tiene que salir.
PORDIOSERO: ¿Salir antes de que?
SACRISTAN: Usted tiene que salir para que yo pueda cerrarla.
PORDIOSERO: ¿Me quiere decir que no puedes cerrar la iglesia sin que yo salga antes?
SACRISTAN: Exactamente. Así es.
PORDIOSERO: ¡Qué novedad! Pues, déjala abierta entonces.
SACRISTAN: No puedo dejarla abierta.
PORDIOSERO: ¡Qué lío! Yo tampoco pienso salir ahora. Eso he dicho. Eso mismo.
SACRISTAN: ¿Por qué no se puede hacer?
PORDIOSERO: Porque he decidido permanecer aquí sentado.
SACRISTAN: Vamos, déjese de embromar y salga de una vez. Ya es tarde y tengo cosas que hacer.
PORDIOSERO: Cierre nomás. Y vaya a hacer sus cosas. Qué problema va a ver. ¡Váyase!
SACRISTAN: ¡Pero usted no puede quedarse dentro!
PORDIOSERO: Es algo tan prodigioso. ¿Por qué no trata de probar? Ciérrala y lo verás.
SACRISTAN: (Perdiendo los estribos) Pero usted no puede, no debe quedarse.
PORDIOSERO: No entiendo porque no puedo quedarme dentro.
SACRISTAN: Pues porque... porque nadie puede quedarse dentro de la iglesia cuando está cerrada. Hasta hoy, nadie se ha quedado. ¡Y menos aun se quedará usted!
PORDIOSERO: ¡Ah! Menos aún yo. Explícame el motivo. ¿Puede explicarme por qué?
SACRISTAN: Pues... que se yo? ¡Porque puede robarse algo!
PORDIOSERO: (Carcajada sonora) Nada hay que yo pueda robarme de este lugar. Además el único que por derecho puede permanecer en este lugar todo el tiempo que quiera, soy yo. ¿No lo sabías?
SACRISTAN: ¡Usted está loco o borracho! i Salga le he dicho! Salga de una vez. ¡Ya se acabo mi paciencia! (Trata de levantarlo por los hombros, pero no lo mueve ni un centímetro.)
PORDIOSERO: (Muerto de risa) Muchacho, veo que eres muy competente. Muy preocupado del cuidado de mi casa. Lástima que todo sea en vano.
CURA: (Apareciendo) ¿Que escándalo es este, en plena casa de Dios?
SACRISTAN: Es un vivo que me está colmando la paciencia. Padre, tengo que cerrar la iglesia, y este se empaco aquí y no quiere salir. ¿Quiere decirle usted que salga?
PORDIOSERO: (Sigue riéndose, como si no pudiera parar de reírse.)
CURA: Oiga: ¿Que es esto? Vamos, ya es hora de que vayas a tu casa. Hay que cerrar la iglesia. ¿Me oye?
PORDIOSERO: Estoy en mi casa, pa'í.
CURA: Bueno, eso es un decir. Pero ahora debes irte. Son más de las ocho. i Vamos!
SACRISTAN: Creo que está borracho.
PORDI0SERO: Estoy en mi casa y no me voy. Y yo no estoy borracho.
CURA: ¿Como que no te vas? ¿Por qué no quieres irte?
PORDIOSERO: Porque está lloviendo y hace frío. ¿No crees que es un motivo suficiente? Además, se me acaba de ocurrir lo siguiente: no quiero mojarme ni sentir frío. Por eso me quedo en mi casa.
SACRISTAN: Y dale con su casa. La idea fija que tiene.
PORDIOSERO: En mi casa, en uno de mis asientos.
SACRISTAN: ¡Queee! ¡Estás en pleno santuario del Sagrado Corazón de Jesús!
PORDIOSERO: ¿Ves? Tú lo has dicho exactamente. Es mi santuario, es mi casa.
CURA: Escúcheme: el santuario tiene su horario estricto. A las ocho debe estar cerrado. Ahora ya son más de las ocho y media. Tienes que irte.
PORDIOSERO: ¡En mi casa nadie puede ponerme horario! ¡Ni para entrar, ni para salir, ni para quedarme!
SACRISTAN: Y dale, otra vez, con el mismo tema.
CURA: (No quiere perder la paciencia.) Escúcheme: ¿de dónde saco de que esta es su casa?
PORDIOSERO: Porque yo soy pobre.
CURA: Y eso no es ninguna novedad. ¿Y de ahí?
PORDIOSERO: Y porque soy pobre, es mi casa.
CURA: Y bueno, es la voluntad de Dios que seas pobre. Pero tu argumento no es muy sólido que digamos.
PORDIOSERO: ¿Cómo que no? Es la voluntad de Dios que esta iglesia sea mi casa. Me quedo dentro.
SACRISTAN: ¡Y dale! ¡Con el trabajo que tenemos! Que se nos venga encima estoy hoy. ¡Váyase de una vez! ¡No entiende!
PORDIOSERO: No te impacientes y escúchame. Escúchenme ambos. No puedo irme porque está lloviendo. Si salgo me voy a mojar los pies y puedo enfermarme. Además se va a mojar mi ropa, que es la única que tengo. No tengo dinero para comprarme otra; ni para pagar a un medico la consulta; ni para gastar en medicamentos. Estoy sin trabajo, por eso he tenido que mendigar. Tengo esposa e hijos, todos pequeños aún. Mi esposa tiene asma y tiene reumatismo de tanto lavar. Mis hijos...
SACRISTAN: ¡Sonamos, Padre!
PORDIOSERO: Mis hijos, como decía...
CURA: ¡Basta, basta! No es hora de ensartar todos estos lamentos. El debe seguir con sus otras ocupaciones. Y yo apenas tengo tiempo para preparar mi...
PORDIOSERO: (Cortándole) Sermón... ya sé... y se además que versaran sobre la iglesia viviente y sufriente (Imitándole al sacerdote).
CURA: ¿Como lo sabes? Y por otra parte, ¿qué puede importarte a ti todo eso?
PORDIOSERO: ¿Se da cuenta? Versará sobre mí. Yo puedo darte importantísimos datos. Porque yo soy la iglesia viviente y sufriente.
CURA: (Risueño) Vas a ensenarme sobre lo que tengo que decir? ¿Justo en este momento?
PORDIOSERO: Parece que sí. Yo siempre elijo los momentos más inesperados. A propósito, ¿quién levanto este enorme caserón para mí?
SACRISTAN: Padre, ¿le va a seguir la corriente? ¿Le va a seguir escuchando? ¡Es muy tarde!
CURA: ¡Lo que uno tiene que aguantar! Este templo se levanto gracias al aporte de la comunidad, de las autoridades, y de otras donaciones. Y ya está bien... Ahora, márchate. ¡Vamos!
PORDIOSERO: No hacía falta tanta ostentación y tanto lujo. Ya es demasiado para mí. Aquí todo sobra menos yo.
CURA: ¿Qué dice? A ver, repita, ¿por favor?
SACRISTAN: ¡La locura!
PORDIOSERO: Cuando escampe, me iré a buscar a mi esposa y a mis hijos. Y vendremos a ocupar nuestra casa. El lugar es más saludable y seco. Así es. A ella le va a venir muy bien...
CURA: ¿Pero que estás diciendo?
SACRISTAN: Padre, me voy a denunciar a la policía. Me voy volando a traer a un agente... (Genuflexión y sale.)
PORDI0SERO: Váyase. Mi hijo. Llame a quien quiera. Yo no tengo ningún miedo. No me siento inseguro, ni me siento inferior. Tengo todo el derecho de quedarme aquí en mi casa.
CURA: (Pensativo) No deberías andar bebiendo, siendo pobre como eres. Ni tener esposa ni hijos. El hambre te ha trastornado.
PORDIOSERO: ¿Por qué dice eso? No debo multiplicarme para aumentar el reino de Dios. Tú. en cambio, no deberías haber gastado tanto dinero en este caserón de lujo innecesario.
CUBA: ¿Estás juzgando mi mejor obra? ¡El sueño de toda mi vida, mi ofrenda a Dios!
PORDIOSERO: Estoy escuchando una voz, que es la mía.
CURA: ¿Ahora escuchas voces? Pues anda a escucharlas en otra parte. ¡No entiendes! Ya tenemos que cerrar.
PORDIOSERO: Escucho la voz, y, me dice...
VOZ: "Me has dado un templo de piedra de oro y alabastro, y yo te he pedido un templo de carne y espíritu...".
CURA: ¿Eso dice la voz? Hablemos claramente de una vez. ¿Vos crees en Dios?
PORDIOSERO: ¿Por qué no voy a creer en él? Soy su hijo.
CURA: Entonces tienes que respetar esta casa que no es la tuya. Y váyase de una vez. Mira: ya dejo de llover. Ya puedes irte. No te vas a mojar más.
PORDIOSERO: A pesar de todo, me gusta esta casa porque es mi casa, y he decidido quedarme aunque haya escampado.
CURA: ¿Quieres decir que no piensas irte...? ¿Ahora que ha dejado de llover?
PORDIOSERO: Eso mismo. Dios no tiene hora. Dios respeta mi libertad y mi dignidad de hombre. Respeta mi libertad de quedarme aquí sentado, en mi casa que es su casa.
CURA: ¡Mientes! ¡Me dijiste que te marcharías una vez que haya escampado!
PORDIOSERO: ¿Eso dije? Pensaba ir a buscar a mi esposa y a mis hijos. Pero no hace falta. Yo soy mi esposa y mis hijos. Estamos todos aquí.
CURA: Ahora me doy cuenta. Y, a propósito, ¿cómo andamos de la razón?
PORDIOSERO: Perfectamente. En mi libertad de conducir los hechos, he decidido quedarme en la casa de Dios, que es mi casa.
CURA: Dígame al fin: ¿quién te supones que eres tú? Desde hace unos días te había visto en las gradas del tempo, tirado entre salivazos y orinas. Al fin, ni siquiera eras el viejo decrepito que aparentabas ser. Engañabas a la gente.
PORDIOSERO: ¿Quiere decir que te fijabas en mí? ¡Qué éxito! Pues sí, ya me he cansado de estar entre salivazos y orinas de perros, y he resuelto entrar definitivamente en mi casa y enseñorearme de ella.
CURA: Esta bien, está bien. Ya te he tenido bastante paciencia. Conviene que recapacites y te marches, para que pueda cerrar la iglesia.
PORDIOSERO: Hee, hee, hee... yo me marchare de mi casa. Y si comenzaras a recapacitar, podrías enterarte de quien soy en realidad.
CURA: Ya me doy cuenta quien eres...y ahora, por favor, ¡márchate! ¡Toma! (Le pasa un billete.)
PORDIOSERO: (Toma el billete y lo mira.) Ah, quieres comprar tu tranquilidad con esta insignificante suma de dinero.
CURA: (Perdiendo la paciencia) Pero que te crees. Salga de aquí de una vez. ¡Vamos! ¡Fuera!
PORDIOSERO: Lo que ocurre es que, en realidad, no sabes quién soy yo. Te lo recordare, me llaman Jesús.
CURA: Ah, así te llamas. Ahora, ciertamente se puede decir que es una feliz coincidencia. Pero ahora tienes que marcharte, Kiritó.
PORDIOSERO: No es ninguna coincidencia. Soy Jesús el unigénito, el único, el de Nazareth, el hijo de María, el hijo de Dios, Dios mismo.
CURA: ¡Blasfemo, sacrílego! ¡Ya me tienes harto! ¡Vete ya! ¡Vete de una vez!
PORDIOSERO: ;No te sulfures! ¿Cómo es posible que no entiendas? Soy Jesús, porque soy pobre. Todo hombre doliente, enfermo, desafortunado, necesitado de compasión y ayuda es Jesús. Yo, infeliz, soy Jesús. Ya vez como este es mi santuario, mi casa, donde todo sobra, menos yo.
CURA: Ya sé que sabes hablar. Pero ya te dije que este no es el momento. Vení en otra ocasión y conversaremos juntos.
PORDIOSERO: No por saber hablar soy menos pobre. Y cuanto más pobre, soy más Jesús. Hay una identidad total entre El y yo. Somos uno solo. Uno solo. Eternamente.
CURA: ¡Basta! ¡Basta! ¡Es suficiente! ¡Me duele la cabeza! ¡Ahora te pido, por favor, que te marches!
PORDIOSERO: (Divertido) ¿Cómo? ¡Soy tu Dios! Estoy en mi santuario. Renuncie a mi forma de Dios para tomar forma de pordiosero. ¿Y me echas? ¿Acaso no hice lo mismo para tomar forma humana y morir en una cruz? ¡Por ti!
CURA: ¡Basta, ya te dije! ¡Basta! ¡Basta! ¿No entiendes?
PORDIOSERO: Estas teorías son tuyas. Pero veo que no es hora de hacer las prácticas. Tienes que preparar tu sermón. Muy bien. Pero lastimosamente veo que estas vacunado contra lo que vas a decir a la gente. Sin embargo, yo soy Jesús. ¿Podrías pedirme un milagro? ¿No me cree? ¡Vamos! ¿Donde esta tu audacia? ¿Y dónde está tu fe?
CURA: Lo que quiero es que te vayas, buenamente. Sin más discusión.
PORDIOSERO: Podría desaparecer bruscamente de tu vista y dejar esta casa, que es mí casa. Pero me voy a ir por la vía normal. Me pides que me vaya buenamente. Y buenamente voy a irme. Fíjate...
SACRISTAN: (Entrando) Aquí viene el Agente, padre, todavía no se fue este pordiosero?
AGENTE: (Extrae de un bolsillo de su chaqueta una fotografía. Compara con la figura del pordiosero y hace señal de asentimiento al Sacristán.)
AGENTE: (Procurando no ser brusco) Señor... disculpe. Se me ha presentado un pequeño problema que solo usted puede solucionarlo. ¿Quiere tener la amabilidad de acompañarme?
PORDIOSERO: (Cordial) ¡Hola. Amigo! ¿Qué tal? Dice usted que tiene un problema? Me encanta solucionar los problemas. Vamos a donde usted diga, y enfrentemos ese problema suyo. (Al cura) Su dinero. (Se levanta y se toma del brazo del agente.) ¡Los problemas! ¡Imagínese! ¡El hombre no puede vivir sin ellos! ¡Pobres hombres, pobres seres humanos! La humanidad y sus problemas (Desaparece).
SACRISTAN: ¡De lo que nos salvamos! ¿Sabe, pa’í, de donde se escapo? Del manicomio, hace tres días. Dice que es un loco peligroso. Por suerte que en la comisaria tenían su fotografía. ¡Es el mismo!
CURA: ¿El mismo has dicho? ¿Quién?
SACRISTAN: (Yendo a cerrar) El... el loco. No sé cómo se llama. Por fin puedo cerrar la puerta de nuestra iglesia.
CURA: ¡El loco! ¡El loco! ¡El loco! (Mira hacia el sagrario lejano, extiende los brazos y se encoje de hombros. El sacristán cierra la enorme puerta y se escucha nuevamente la VOZ que había escuchado el Pordiosero.)
VOZ: "Me has dado un templo de piedra, de oro y de alabastro, y yo te he pedido un templo, de carne y de espíritu".
.
De: Ñande Reko:
Cuaderno de literatura popular N° 3
(Asunci6n, 1986), pp. 29-47.

.
Enlace a: EL LOCO
Versión guaraní de: RUDI TORGA
.
Fuente:
TEATRO PARAGUAYO DE AYER Y DE HOY TOMO I (A-G)
Autora: TERESA MENDEZ-FAITH
Intercontinental Editora,
Asunción-Paraguay – 612 páginas.
.
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GALERÍA DE LETRAS
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de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.

martes, 16 de marzo de 2010

OVIDIO BENITEZ PEREIRA - MARIA REFUGIO (Cuento) / Fuente: NARRATIVA PARAGUAYA - TOMO I por TERESA MÉNDEZ-FAITH

OVIDIO BENITEZ PEREIRA
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
.
MARIA REFUGIO

** Las manos viborean entre el paso verde. Preñadas de renuencias, se detienen un momento. Arrancan algunas briznas secas, como si todavía éstas pudieran deslucir el esplendor de ese prado en miniatura. Las manos, que iniciaron con desgano ese trabajo de despojo y de desmonte, promediando la mañana, prosiguen con el mismo tren de indecisión. Guiadas más por un imperativo del corazón que por la huidiza mirada de esos ojos oscuros, las manos soslayan su responsabilidad. Se niegan a amoldarse a las cotidianas costumbres dentro del avance inexorable del tiempo.
** Y es por mucho que María Refugio recoge sus manos apretando contra su seno ese gallo de buche rojo, alas negras, y cabeza y cola amarillas. Busca definirse en una sonrisa la separación de sus labios entreabiertos. No hay hoyuelos en sus mejillas morenas y jóvenes, prematuramente austeras. El sol se filtra por entre los claros del jazmín de lluvia y dilata el pico roto del ave, las desolladuras del cuerpo, la mugre de tanto tiempo hecha costra dura en el dorso. Las manos palpan, reminiscentes, su contorno. El dedo meñique tantea mecánicamente la hendedura. Tanteo en el humo denso del tiempo. Una sacudida brusca deja de oír el tintineo opacado por la presión de las manos.
** Picoteado por ese grotesco gallo de barro, que conserva en su estómago inerte las cuatro o cinco monedas de la niñez de María Refugio, el recuerdo surge a remezones: El hombre aquel con la bondad cuajándose en la comba de sus bigotes, en las puntas de su barba, en sus ojos deslucidos. Su padrino. El regalo del gallo alcancía. El gozo indeleble en su sensibilidad de niña. El contraste difuso entre la hermosura del gallo y la fealdad del sórdido ambiente de su tía Regina. Las monedas, tesoro sumo, por su difícil obtención. Y un dolor indescifrable allí, cerca de la raíz de su corazón...
** Sacude el gallo con fuerza para constatar por segunda vez la aprisionada presencia de su pérdida inocencia. Lo analiza. Y a sus ojos actuales es un gallo distinto. Una tercera y más acuciante sacudida, con su tintineo burlón despierta a Francisco Solano. Patalea gruñendo en su pequeña hamaca de arpillera asegurada con piolas a dos horcones vecinos. La madre extiende el brazo hasta él y columpia la hamaca.
** -¡Chi, chi, chi! Dormí, mi papito... Piensa que le estarán saliendo ya los dientes. Aunque es difícil que una dentición comience a los cinco meses.
** -¡Es difícil, pero no imposible! Chi, chi, chi... Dormí, mi papito. Dirige la mirada hacia el mangal y la adustez de su rostro se afloja un tanto. En el suelo, entre hojas de mango, descubre a Francisco Javier, untándose la cara con el aromático fruto. El líquido amarillo escapa por las comisuras de los labios, vetea sus mejillas y su cuello, desciende goteando por sus tetillas, bandea su ombligo saltón y se pierde en su entrepierna debajo del pajarito.
** Un suspiro de sus entrañas la sorprende y la retorna a lo suyo. Se ha dormido el de la hamaca. Ladea el cuerpo acuchillado y deposita el gallo en el piso de tierra apisonada, tratando de desentumecer las piernas. El chis-chis de las hojas secas acompaña a su cambio de postura, al sostenerse sin querer en las ramas entrelazadas del arco frontal. Las hojas secas caen en su falda junto con el negro esqueleto de un racimo de uvas. Las manos acarician de nuevo las flores biseccionadas y las puntas de las hojas de este pasto reverdecido. Tan crecido, que las figuras de barro diseminadas sobre él apenas dejan entrever algún sector de sus rudimentarias formas. No se arrepiente de haberlo hecho todo ella sola. Palear ese pasto en el camino de la víspera de Navidad. Deambular por la ribera del río con los hijos a cuestas, macheteando ramas de ka’avove’i. Cortar del cocotero los olorosos espádices con un cuchillón atado a una tacuara. Descuajar matas ensortijadas de amambay. Coleccionar piedras vistosas y raras. Colorear huevos vacíos con colores elementales de frutas y resinas silvestres. Ingeniarse para improvisar chiches alegóricos. Y armarlo todo, frente al fastidio y desaprobación patentes de Evencio, tumbado crónicamente sobre el catre de correas trenzadas.
** Evencio... Un rumor sordo sube desde sus adentros en un ofrecimiento de respaldo a la furtiva intención que dormita en ella desde la noche antes. Y la vuelve a sumir en la inacción.
** Larga pausa, después las manos se deciden y desbaratan el hatillo de ovejitas. Sueltan los piolines que sostienen los huevos de piriritas y de ñandúes. Privan de sus patitos al acuoso plato de barro camuflado entre arena y llantenes. Despueblan el resto del prado de animales, músicos y bailarines. Desvanecen de su firmamento de ramazones secos los estrellones, la luna, el sol y el Gloria de cartón. Hesitan trémulas antes de retirar al Niño. O los niños. Porque en las escarpas de cerro fabricado con un jirón de lona, incrustada de vidrios de botella y espolvoreada con azul, yerba y ladrillos machacados, reposan en su estático sueño de arcilla dos terracotas de Niño Jesús, fondeadas por una estampa de la Sagrada Familia. Las manos acunan la estampa y los dos niños. El aliento sopla sobre ellos para liberarlos del polvo y para que traduzcan con mayor nitidez lo sagrado de sus memorias. Estas bullen como urubúes en giro sobre su cabeza, no para abalanzarse sobre su presa sino más bien para patentizar su presencia ineludible. Como esa decisión suya que sabe impostergable. Y que debe ser hoy. Ahora. De lo contrario...
** La enfermedad agravada de la madre llevó a Evencio muy temprano río arriba, montado derrengadamente sobre su morcillo.
** ¡Cuando venga otra vez que no encuentre má ete pesebre, porque voy a quemarle todo!
** Palabras definitivas y de adiós, como había pensado María Refugio cuando lo vio bandear la tranquera.
** Con los niños en las manos se pone en pie y contempla el pesebre vacío de habitantes. El pasto verdal contrasta con el ocre de las ramas secas en los flancos y en el techo aboveda. Ya en los primeros días de enero Evencio le había instado a desarmar ese tosco nacimiento. Ocupaba su terreno. El rincón del corredor donde acostumbraba pasarse el día sentado, naqueando o simplemente digiriendo su borrachera, mientras ella se deslomaba en la capuera.
** -El pesebre hay que sacar después de los Reyes recién. Si no trae yeta.
** La aceptación a regañadientes de tan convincente lógica, alentó a María Refugio, a insistir después del seis de enero.
** -Todo el mes de enero es el mes del Niño. Y hay que dejar el pesebre. Si no... trae yeta.
** ¿Por qué desarmar el pesebre? En su anhelo impreciso de hallar un escape a la acre monotonía de sus días, se aferró a ese armazón de pasto, ramas, piedras y lona pintada. ¿Por qué no dejarlo armado todo el año como un árbol místico crecido en su casa, para contemplarlo a cada vuelta de sus quehaceres y sumergirse a su vista en la fugaz alegría de su símbolo? Fue su refugio durante cinco semanas. De algo más que de visos de consuelo la saturó su estructura humanizada, por su niñez presente en el pesebre, a través de cándidas aunque muy lejanas reminiscencias. Su madre ya difunta... Su padrino ya difunto... Ña La Ramona, su madrina vieja... Su intuición, más que su conciencia, le abre el sendero al convencimiento de su desdicha actual, incomprendida aunque no por eso menos agobiante. ¿Por qué...? Y la respuesta es un picor en la mejilla izquierda. Levanta instintivamente el hombro para rascarse, inclinando levemente la cabeza. La presión resultante agudiza el dolor latente y el dolor agudizado la sitúa dentro de los acontecimientos de la noche antes.
** -¿Va a venir de una ve, o queré que vaya a traerte a patada?
** Penetración dolorosa en su desprevenida carne es el rememorar la voz gangosa de ese formidable irracional llamado Evencio. Y el vagido intermitente de su niño pequeño, con el desalentador síntoma de alguna indisposición orgánica, requiriendo su continua dedicación. Y su rebelión en aumento, gota a gota creciendo, hasta llegar a ese punto en que es difícil no tomar providencias extremas. Como atreverse a decir: "No me voy a ir. Tengo que cuidar de la criatura". Y el repetir como un estribillo histérico: "No me voy a ir. No me voy a ir". Y el trastrabilleo del borracho acercándose a ella en la semioscuridad lunar del patio. Y el puñetazo brutal en su mejilla izquierda. Y el rodar de su frágil cuerpo hasta quedar hecho un ovillo gimiente cerca de su pesebre. Y todo vertiginosamente uno: El estirón brusco. El dejarse arrastrar de ambos brazos. El dejarse desnudar por aquellas rudas y temblorosas manotas. El soportar pacientemente el vaho alcohólico de su aliente junto con el hedor nauseabundo de sus partes. El entregarse una vez más sin protestar a todos los escarceos lujuriosos del macho... El esperar que la furia fuera aplacándose gradualmente hasta dejarse oír los ronquidos espasmódicos. El levantarse con sigilo y lavarse profusa y profundamente para no dejar rastros que pudieran empreñarla otra vez. El permanecer parada mucho tiempo contemplando su pesebre a la luz espectral de la luna. El levantar al hijo llorón y enfermizo y tenderse en la estera junto con el otro. Y el mirar con ojos desorbitados el limpio y rotundo cielo creyendo que nunca más podría dejar de mirarlo.
** Fue allí que percibió el olor nuevo de una tierra lejana y paladeó el sabor acucioso de una decisión. Se escaparía. Iría a Puerto Pinasco. Buscaría a su madrina. Mañana mismo. Aprovechando la ocasional partida de Evencio. Ña La Ramona. Un nombre. Un recuerdo. Una posibilidad de nueva vida. Una meta a alcanzar. Ña La Ramona...
** Absorta, María Refugio va comprimiendo con las manos su trinca e imágenes de niños. La excesiva compresión de sus dedos quiebra los frágiles brazos de uno de ellos y la revierte a la realidad. Los pequeños brazos desprendidos caen sobre el suelo apisonado. Un dejo de pavor, mezcla de superstición y de respeto por las cosas benditas, la turba en tal forma que el temblor resultante de sus manos facilita la caída del otro Niño, con la consecuente rotura de la cabeza. Y un Niño manco y otro decapitado son los cauces por donde su llanto se suelta a borbotones. Las puertas por donde se hacen presentes, en manifestación irrefrenable, su desaliento y su casi desesperación. ¡Es tan difícil! En la noche, durante su desvelo, la cadencia de la mejilla golpeada, la rebelión de su vientre ultrajado, las magulladuras de su cuerpo manoseado sin misericordia y el asco y la rabia que la sobrepujaban por la cobarde acción del hombre, la habían convencido no sólo de la necesidad sino también de la facilidad de su huida. Bastaría con ensillar la potranca y partir con sus hijos lo más rápido posible a fin de llegar al anochecer a Concepción. Allí se embarcaría en el primer vapor a Puerto Pinasco... pero el convencimiento y la decisión se diluyeron con la claridad del día. Ahora temía no llegar a cumplir su intento. Temía ser descubierta por el hombre. Temía sus cruentas consecuencias.
** -¡Si te escapá alguna ve voy a buscarte hasta donde esté y te voy a matar! ¡Tu tía Regina te dio a mí! Yo soy tu dueño. ¡Yo!
** Así habló el alcohol más de una vez, por la boca de Evencio.
** El deseo de ser libre es dominante en María Refugio. Está dispuesta a enfrentar cualquier trabajo. No desdeña ningún sacrificio. Pero todo aparece ahora como si fuese otra persona y no ella, quien debe dar ese paso tan trascendente para su vida. ¿Y si se dejara estar, y esperara que los acontecimientos presentaran un giro distinto? Pero eso es tan imposible como pretender que cesen las crueldades de Evencio o que él la trate con cariño. ¿Acaso no hay que resignarse entonces a un destinó aciago, marcado con fuego indeleble, en los que como ella, no contaban con el apoyo de nadie, bajo el signo desalentador de la pobreza? ¿Acaso así no tiene que ser y así no sería aunque ella se opusiera? Pero ¿es justo entregarse y paladear pasivamente toda la amargura de su vida en plena juventud, sin hacer uso de esa libertad desconocida pero intuida? Un deseo irresistible de sentirse protegida por alguien la tienta a abandonarse a un nuevo acceso de llanto. El amago vuelve a definirse en suspiro. Contempla a sus dos hijos y un grito sordo conmueve sus entrañas. Ve a uno de ellos sin cabeza y al otro sin brazos. Tiempo le lleva adaptarse y comprender que sus ojos miraban los niños de barro caídos en el suelo. Alza los despojos benditos y los entierra en el patio, elevando sobre la, sepultura un cono de arena, rematado en un ramito de reseda en flor.
** El trabajo del entierro ha sido minucioso y de profunda unción cristiana. El movimiento de sus músculos acelera el ritmo de su corazón. La sangre circula rápida y es el detonante necesario para encender la chispa de su decisión. Se levanta erguida oteando los lejanos y azulosos cerros. Respira el aire ya caliente de la avanzada mañana estival. Sí. Ella sería la cabeza y los brazos de estos dos niños que no quiso, pero que asna con amor de animal selvático. Y basta el asomo de decisión para que ya no pueda dejar de estar en movimiento. Guarda en un atadijo las chucherías del pesebre junto con sus pocos trapos desteñidos y arrugados. Corre. Apaña a sus hijos. Se emperejila ella misma venosamente. ¡Estrella!, sale gritando. ¡Estrella! La potranca surge de la isla de arbustos befando los labios e hinchando las quijadas. Se deja aparejar sin muchos aspavientos por esas manos femeninas y expertas, la necesidad aviva el ingenio para la improvisación de la montura. Y ya todo está listo. No hay que pensar. Hay que obrar. Apurarse. Correr. No hay que pensar, porque si se piensa viene la duda.
** María Refugio monta como un hombre. Lleva al querubín hecho un rollón, en el brazo izquierdo. Sostiene el pecho del mayorcito y las riendas, con la diestra. Una mirada hacia atrás a modo de despedida. Y sabe que no debió hacerlo. El mudo armazón del pesebre con su pasto verde la recriminan. Y las fuerzas comienzan a menguar de nuevo. Se siente invadida por una sensación de estar cometiendo un acto nefando. Con sobrehumano esfuerzo trata de sacudir de sí esa mansedumbre de raíz aferrada al estiércol. Su espíritu lucha con la dificultad del que quiere atravesar un aire sólido. Al fin, un movimiento convulsivo del pie hunde su talón en el ijar del animal. Deja que éste inicie la marcha bamboleante. Es casi mediodía pero es de noche porque ella cierra fuertemente los ojos y reza. Reza una oración labios afuera, sin orden ni sentido porque las palabras no pueden ser vehículo de vivencias en ese momento álgido. Puede adivinar que Estrella traspone la tranquera. Siente que gira hacia la izquierda y toma el ancho camino hacia su sueño de liberación. Pero Estrella se detiene. Relincha...
** María Refugio abre los ojos y se escucha a sí misma en un despavorido estertor. Los cuerpecitos que por instinto se apretujan contra ella la hacen sentirse, por un momento siquiera, verdadero refugio. Araña la piel de la peluda bestia buscando en ese áspero contacto algún vigor para embestir. Pero permanece allí mirando, en un estatismo mineral. Mientras, sobre el morcillo, entre asombrado y amenazador, se acerca Evencio. A un tiro de piedra apenas.
De: LA SANGRE Y EL RÍO
(Asunción: Ediciones Mediterráneo, 1984)
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Fuente: NARRATIVA PARAGUAYA DE AYER Y DE HOY - TOMO I (A-L). Autora: TERESA MÉNDEZ-FAITH. Intercontinental Editora, Asunción-Paraguay 1999. 433 páginas)
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