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viernes, 26 de noviembre de 2010

AUGUSTO ROA BASTOS - CUENTOS COMPLETOS – TOMO III - Prólogo JOSÉ PÉREZ REYES (Texto del cuento: EL BALDÍO y LA FECHA Y LA MANZANA) / Editorial El País, Editorial Servilibro, 2007




CUENTOS COMPLETOS – TOMO III
Cuentos de
Prólogo JOSÉ PÉREZ REYES
Edición Homenaje a los 90 años de su nacimiento el 13 de junio de 1917
© Fundación Augusto Roa Bastos
Diario Última Hora
Editorial El País,
Ilustración de tapa: OLGA BLINDER
Editorial Servilibro,
Asunción - Paraguay 2007 (157 páginas) 


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ÍNDICE DE CUENTOS:
EL BALDIO / CONTAR UN CUENTO / ENCUENTRO CON EL TRAIDOR / LA REBELIÓN / EL ASERRADERO / BORRADOR DE UN INFORME / LA TIJERA / HERMANOS / LA FLECHA Y LA MANZANA / EL Y EL OTRO / KURUPÍ / EL PAJARO MOSCA


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PRÓLOGO
El cuento breve es comparable a una joya de orfebre, nos dijo Roa Bastos en un encuentro de taller literario con estudiantes; estos cuentos avalan esa comparación y el esplendor es mayor aún para nosotros porque están escritos en el castellano paraguayo, ese idioma mestizo, que supo utilizar con gran maestría.
En el corazón de todo cuento sístole y diástole deben combinarse con precisión para dar vida a la narración y lograr que el latido de las páginas siga vigente más allá de la primera lectura y del tiempo. Roa Bastos lo consigue con la destreza de un miniaturista al pintarnos en pocas páginas todo un auténtico retrato de personajes y de hechos. Hay algo de histórico y mucho de ficción. Allí radica una de sus proezas. La anécdota real no precisa ser transcripta, es básicamente un cimiento para la invención que, paradójicamente, la convierte en más veraz.
La contradicción, propia de la naturaleza humana, permite que en el modo de narrar el hecho real en sí ya se cuente con una historia distinta. Hay elementos variables en su prosa y por ende, interpretados de diverso modo al punto que constituyen ramificaciones de los propios hechos. Algunos cuentos son terribles y despiadados, con fuerte tinte social y otros parecen remitir a sucesos aparentemente sencillos pero que se ven realzados con mayores interpretaciones a través de su prosa tenaz e inteligente.
Los cuentos incluidos en este volumen fueron escritos entre 1955 y 1962, animados por una impostergable voz
EL BALDÍO es un cuento circular, conciso como una vida, contundente como la muerte, perfectamente trazado desde un oscuro inicio. A mayor condensación, mejor expresión.
En CONTAR UN CUENTO muchas reflexiones son aportadas por un obeso concertista de piano cuyas palabras y silencios componen una especie de sinfonía verbal que va in crescendo para asombro de todos los oyentes de los cuentos que en su voz se entremezclaban pero nunca se repetían.
Intercalando épocas y voces distintas, ENCUENTRO CON EL TRAIDOR nos revela en una calle extranjera una causa vieja más no perimida. Un azaroso encuentro hace emerger el destino mostrando la otra cara de los hechos.
Un pasado nada lejano se agita en LA REBELIÓN cuando en convulsivos períodos de cuartelazos, en el turno nocturno de la Telefónica, husmean entre códigos cifrados dos estudiantes de derecho, Muleque y Miguel. Éste garrapateará, desde una celda atestada, la historia de lo ocurrido cuando una multitud de mujeres se reúne en la Plaza de Armas de Asunción. Son ellas quienes, en esa tierra de nadie, hacen un impredecible llamado en un momento de gran tensión.
En EL ASERRADERO, el autor describe la explotación, la miseria y alude: "No hay memoria para el daño, como no hay cosa buena que pase, pues la gente no se acuerda de nada." Un reflejo de cicatrices que admiten el perturbador retorno de un hombre que llega como si fuese un remolino trágico.
Enmarcado en las festividades religiosas de Caacupé, BORRADOR DE UN INFORME incluye peregrinos, indigentes, vendedores y agitadores irónicamente reunidos, como en una romería, en el informe a las autoridades. Un cuento sarcástico que viborea en crudas ondulaciones.
Los múltiples recursos de su escritura quedan patentados en el choque brutal de HERMANOS y en la interesante visión de ÉL Y EL OTRO.
El cuento más extenso de este tomo, KURUPÍ es un sobresaliente ejemplo del cauce trazado a las palabras apareadas en un lenguaje mestizo bajo el enérgico pulso de un hábil narrador.
EL PÁJARO MOSCA, perseguido por Alba en los intersticios de la narración, es un cuento sorprendente. En sus páginas aparecen nombres verdaderos y ficticios de nuestra historia y literatura. En los párrafos de un manuscrito del profesor Ozuna, padre de Alba, poseedor de un ejemplar del Quijote "con anotaciones de puño y letra del propio Cervantes"; se insertan claves que al ser cotejadas con los hechos revelan algo sin perder el velo del asombro.
Estos cuentos como si fueran heraldos nos anticipan el mensaje porque todos ellos llevan en sí los elementos del desarrollo temático y semántico de su personalísimo estilo.
Los cuentos de Roa Bastos son la punta del ovillo y el hilo conductor de su gran obra narrativa. En ellos está trazado el camino a seguir en sus novelas, aunque ingeniosamente los cuentos toman atajos para llegar con mayor rapidez a destino, amojonando el lugar para dar a conocer el horizonte que otros personajes, sumando otras historias sobre sus hombros, recorrerán con más tiempo y más tinta.
Por JOSÉ PÉREZ REYES, ESCRITOR




EL BALDÍO  (CUENTO)

No tenían cara, chorreados, comidos por la oscuridad. Nada más que sus dos siluetas vagamente humanas, los cuerpos reabsorbidos en sus sombras. Iguales y sin embargo tan distintos. Inerte el uno, viajando a ras del suelo con la pasividad de la inocencia o de la indiferencia más absoluta. Encorvado el otro, jadeante, por el esfuerzo de arrastrarlo entre la maleza y los desperdicios. Se detenía a ratos a tomar aliento. Luego recomenzaba doblando aún más el espinazo sobre su carga. El olor del agua estancada del Riachuelo debía estar en todas partes, ahora más con la fetidez dulzarrona del baldío hediendo a herrumbre, a excrementos de animales, ese olor pastoso por la amenaza del mal tiempo que el hombre manoteaba de tanto en tanto para despegárselo de la cara. Varillitas de vidrio o de metal entrechocaban entre los yuyos, aunque de seguro ninguno de los dos oiría ese cantito isócrono, fantasmal. Tampoco el apagado rumor de la ciudad que allí parecía trepidar bajo tierra. Y el que arrastraba, sólo tal vez ese ruido blando y sordo del cuerpo al rebotar sobre el terreno, el siseo de restos de papeles o el opaco golpe de los zapatos contra las latas y cascotes. A veces el hombro del otro se enganchaba en las matas duras o en alguna piedra. Lo destrababa entonces a tirones mascullando alguna curiosa interjección o haciendo a cada forcejeo el ha... neumático de los estibadores al reventar la carga rebelde al hombreo. Era evidente que le resultaba cada vez más pesado. No sólo por esa resistencia pasiva que se le empacaba de vez en cuando en los obstáculos. Acaso también por el propio miedo, la repugnancia o el apuro que le iría comiendo las fuerzas, empujándolo a terminar cuanto antes. Al principio lo arrastró de los brazos. De no estar la noche tan cerrada se hubiera podido ver los dos pares de manos entrelazadas, negativo de un salvamento al revés. Cuando el cuerpo volvió a engancharse, agarró las dos piernas y empezó a remolcarlo dándole la espalda, muy inclinado hacia delante, estribando frente a los hoyos. La cabeza del otro fue dando tumbos alegres, al parecer encantada del cambio. Los faros de un auto en una curva desparramaron de pronto una claridad amarilla que llegó en oleadas sobre los montículos de basura, sobre los yuyos, sobre los desniveles del terreno. El que estiraba se tendió junto al otro. Por un instante, bajo esa pálida pincelada, tuvieron algo de cara, lívida, asustada la una, llena de tierra la otra, mirando hacer impasible. La oscuridad volvió a tragarlas enseguida. Se levantó y siguió halándolo otro poco, pero ya habían llegado a un sitio donde la maleza era más alta. Lo acomodó como pudo, lo arropó con basura, ramas secas, cascotes. Parecía de improviso querer protegerlo de ese olor que llenaba el baldío o de la lluvia que no tardaría en caer. Se detuvo, se pasó el brazo por la frente regada de sudor, escarró y escupió con rabia. Entonces escuchó ese vagido que lo sobresaltó. Subía débil y sofocado del yuyal, como si el otro hubiera comenzado a quejarse con lloro de recién nacido bajo su túmulo de basura.
Iba a huir, pero se detuvo encandilado por el fogonazo de fotografía de un relámpago que arrancó también de la oscuridad el bloque metálico del puente, mostrándole lo poco que había andado. Ladeó la cabeza, vencido. Se arrodilló y acercó husmeando casi ese vagido tenue, estrangulado, insistente. Cerca del montón había un bulto blanquecino. El hombre quedó un largo rato sin saber que hacer. Se levantó para irse, dio unos pasos tambaleando, pero no pudo avanzar. Ahora el vagido tironeaba de él. Regresó poco a poco, a tientas, jadeante. Volvió a arrodillarse titubeando todavía. Después tendió la mano. El papel del envoltorio crujió. Entre las hojas del diario se debatía una formita humana. El hombre la tomó en sus brazos. Su gesto fue torpe y desmemoriado, el gesto de alguien que no sabe lo que hace; pero que de todos modos no puede dejar de hacerlo. Se incorporó lentamente, como asqueado de una repentina ternura semejante al más extremo desamparo y quitándose el saco arropó con él a la criatura húmeda y lloriqueante
Cada vez más rápido, corriendo casi se alejó del yuyal con el vagido y desapareció en la oscuridad.

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LA FLECHA Y LA MANZANA  (CUENTO)

Faltaba aún un buen rato para la cena. Sobre la mesa del living, los tres chicos simulaban concluir sus deberes. Es decir, los tres no; sólo la niña de trenzas rubias y cara pe cosa se afanaba de veras con sus lápices de colores sobre un cuaderno copiando algo de un libro. Los otros dos no hacían más que molestarla; o al menos lo intentaban, sin éxito. Concentrada en su trabajo, la pequeña dibujante los ignoraba por completo. Parecía sorda a sus ruidos, inmune a sus burlas, insensible a los pérfidos puntapiés bajo la mesa, a las insidiosas maquinaciones. Estaba lejos de allí, rodeada tal vez de altos árboles silenciosos o en alguna almena inaccesible sobre ese precipicio que le hacía palpitar de vértigo la nariz y morder el labio inferior dándole un aire absorto.
El niño de la lámina estaba ya en el papel, iba surgiendo de los trazos, pero era un niño nuevo, distinto, a medida que ella iba ocupando su lugar en 'la lámina, cada vez más quieta y absorta, moviéndose sólo en ese último vestigio animado de la mano que hacía de puente entre la lámina y el cuaderno, entre el niño vivo y la niña muerta y renacida. Los aeroplanos de papel se estrellaban contra las afiladas puntas de los lápices sin lograr interrumpir su vaivén, sin poder evitar la transpiración.
Un alfiler rodó sobre el oscuro barniz de la mesa. Los dos hermanos se pusieron a soplar de un lado y de otro, en sentido contrario, levantando una nube de carbonilla de colores. El alfiler iba y venía en el viento de los tenaces carrillos, hinchados bajo la luz de la araña. La aguja mareada, enloquecida, iba marcando distintos puntos de la lámina, sin decidirse por ninguno, pero el polvillo coloreado se estaba posando en los bordes y comenzaba a invadir el dibujo animándolo con una improvisada nevisca, y formando sobre la cabeza del niño algo como la sombra tornasolada de un objeto redondo. La niña continuaba impávida; parecía contar incluso con la imprevista ayuda de esa agresión, o tal vez en ese momento su exaltación no podía hacerse cargo de ella, o quizá, con una astucia y paciencia que tomaban la forma del candor o de la impasibilidad, esperaba secretamente el instante del desquite.
Los otros dejaron de soplar. El alfiler osciló una o dos veces más y quedó quieto. Un abucheo bajito, pero bastante procaz, reemplazó al vendaval. Entonces la niña sopló a su vez con fuerza, un soplo corto y fulmíneo que arrancó el alfiler de la mesa y lo incrustó en el pómulo de uno de los chicos, donde quedó oscilando con la cabeza para abajo, mientras el herido gritaba de susto, no de dolor.
Desde un sofá el visitante observaba ensimismado ese mínimo episodio de la eterna lucha entre el bien y el mal, que hace una víctima de cada triunfador. Una mano se apoyaba con cierta rigidez en el bastón de bambú; con la otra comenzó a rascarse lenta, suavemente, la nuca atezada que conservaba su juventud bajo los cabellos canosos. Se rascó con un dedo. Otra ligera nevisca cayó sobre los bordes del cuello de la gabardina muy entallado, parecido a una guerrera.
Pasó la madre. Los gritos no cesaron con suficiente rapidez, esos gritos que traían el clamor de un campo de batalla entre el olor de un guiso casero, ruiditos de lápices y las tapas de un libro al cerrarse sobre precipicios, almenas, guerreros y caballos. Los ojos grises, moteados de oro, de la niña miraban seguros delante de sí en una especie de sueño realizado y las aletas de la nariz habían cesado de latir.
-¡A ver chicos, por favor! ¡Pórtense bien! ¡No respetan ni a las visitas!
-Déjelos, señora -abogó el visitante con una sonrisa de lenidad, como si él también buscara disculparse de algo que no tenía relación con los chicos y sólo le concernía a él mismo.
-¡Son insoportables! -sentenció la madre.
Los tres chicos eran de nuevo tres chicos, hasta en el empeño de ese dedo, de esa uña que buscaba deshollinar una nariz con riesgo de arañar un cartílago. 
-Los chicos me gustan -dijo el visitante haciendo girar la caña barnizada entre los dedos y mirándola fijamente.
-No diría lo mismo si los tuviera a su lado más de un día. ¡Me tienen loca con sus diabluras! Esa chiquilla sobre todo, ahí donde la ve es una verdadera piel de Judas. Imagínese que ayer metió el canario en la heladera.
-Hacía mucho calor mamá... -la uña abandonó la diminuta fosa-. El canario se moría en la jaula. Abría la boca, pero no podía cantar. Además, allí el gato no lo podía alcanzar.
-¿Ve? -el rictus de la boca dio a la cara una expresión de ansiedad y desgano que ahora ya tampoco incluía a los chicos; surgía de ella, de ese vacío de años y de noches que le había crecido bajo la piel y que tal vez ya nada podía calmar, aunque ella se resistiera todavía a admitirlo. Se pasó las manos por las ampulosas caderas, por la cintura delgada, que la maternidad y la cuarentena habían acabado por desafinar. -Usted ve... -dijo-, ¡No tienen remedio! Y luego, otra vez es en dueña de casa-: José Félix está tardando. Esa bendita fábrica lo tiene esclavizado todo el día. Me dijo por teléfono que iba a llegar de un momento a otro. Pero usted sabe cómo es él.
-¡Uf!, si lo conoceré... -rió el visitante; podía evidentemente juzgar al padre con la misma condescendencia que un momento antes había usado para medir a los hijos. "Astillas del mismo palo", tal vez pensaron esos ojos, uno de los cuales parecía más apagado que el otro, como si se hubiesen cansado desigualmente de ver el absurdo espectáculo de vivir.
-Pepe me contó cómo se encontraron ayer, después de tanto tiempo.
-Casi treinta años. ¡Toda una vida! O media vida, si se quiere, ya que la nuestra está irremediablemente partida por la mitad. Y luego este encuentro casual, casualísimo.
-Es que Buenos Aires es una ciudad increíble. Vivir como quien dice a la vuelta de la esquina, y no saber nada el uno del otro. Es ya el colmo, ¿no le parece?
-Es que yo en realidad salgo poco señora, por lo que ando bastante desconectado de mis connacionales. Hemos llegado a ser muchos aquí, una población casi dos veces mayor que la propia Asunción. No podemos frecuentarnos demasiado.
-Pero usted y Pepe fueron compañeros de armas, ¿no es así? -De la misma promoción.
-Pepe no solía hablar mucho de usted... -una súbita pausa y el gesto de friccionarse el cuello obviaron el peligro de una indiscreción-. Y ahora está muy contento de haberlo reencontrado. También hay que decir que ustedes los paraguayos son un poco raros, ¿verdad? Nunca se puede conocerlos del todo.
El visitante rió entre los reflejos ambarinos del bastón que hacía oscilar delante de los ojos; el más vivo no parpadeaba, como si estuviera en constante alerta.
-Con nosotros vive ahora otro compatriota de ustedes, también desterrado. Un muchacho periodista, muy inteligente y despierto -la actitud de ansiedad y contención produjo otra pausa.
 -Sí. Ibáñez me habló de él. El destierro es la ocupación casi exclusiva de los paraguayos. A algunos les resulta muy productiva-ironizó el visitante; el chillido sordo y sostenido de una boca aplastada contra la mesa lo interrumpió.
-¡Alicia!... ¡Voy a acabar encerrándote en el baño! Y ustedes dos, al patio, ¡vamos!
Salieron como encapuchados.
-Usted ve. No dejan paz un solo momento.
-Y luego cambiando de voz-: Le traeré un copetín mientras tanto.
-Mejor lo espero a Ibáñez.
El tufo de alguna comida que se estaba quemando invadió el living.
-Si usted me permite un momento...
-¡Por favor, señora! Atienda no más.
La dueña de casa acudió hacia la chamusquina; se le oyó refunfuñar a la cocinera entre un golpear de cacharros sacados a escape del horno y luego chirriando el agua en la pileta.
El visitante se levantó y se aproximó a la mesa; puso una mano sobre la cabeza de la niña, que no dejó de dibujar.
-Así que te llamas Alicia.
-Sí. Pero es un nombre que a mí no me gusta. -¿Y qué nombre te hubiera gustado?
-No sé. Cualquier otro. Me gustaría tener muchos nombres, uno para cada día. Tengo varios, pero no me alcanzan. Los chicos me llaman Pimpi, de Pimpinela Escarlata. Papá, cuando está enojado, me llama añá, que en guaraní quiere decir diablo. En el colegio me llaman La Rueda. Pero el que más me gusta es Luba.
-¿Luba? -El visitante retiró la mano-. Y ese nombre, ¿qué significa?
-Es una palabra mágica. Me la enseñó una gitana. Pero nadie me llama así. Sólo yo, cuando hablo a solas conmigo... -se quedó un instante mirando al hombre con los ojos forzadamente bizcos; parecía decapitada al borde de la mesa.
El visitante sonreía.
-Y ese ojo que tiene es de vidrio, ¿no? -Sí. ¿En qué lo has notado?
-En que uno es un ojo y el otro una ventana sin nadie. -Pero ya la niña estaba de nuevo absorta en su trabajo, copiando otra lámina. Tal vez era la misma, pero ahora cambiada. Además del niño, con la sombra de un objeto redondo sobre la cabeza, surgía ahora la figura de un hombre en un ángulo del cuaderno, con el esbozo de un arco en las manos.
El visitante se inclinó, y a través de la rampa abierta de pronto por la mano de la niña se precipitó lejos de allí, hacia un parque, en la madrugada, con árboles oscuros y esfumados por la llovizna, hacia dos hombres que se batían haciendo entrechocar y resplandecer los sables que no habían cesado de batirse y que ahora, a lo largo de los años, ya no sabían qué hacer de la antigua furia tan envejecida y aquiescente como ellos. Por la ventana ve a los chicos que disparan sus flechas sobre un pájaro disecado puesto como blanco sobre el césped. Contempla las sombras moviéndose contra la blanca pared. Con un leve chasquido, que no se escucha pero que se ve en la vibración del chasquido, las flechas se clavan en abanico sobre el pájaro ecuatorial que va emergiendo de las reverberaciones. A cada chasquido gira un poco, da un saltito sobre el césped, pesado para volar por esa cola de flechas que va emplumando bajo el sol. Y otra vez, los hombres, a lo lejos. Uno de ellos se lleva la mano a la cara ensangrentada, al ojo vaciado por la punta de sable del adversario, al ojo que cuelga del nervio en la repentina oscuridad.
Sonó el timbre, pero en seguida la puerta se abrió y entró el dueño de casa buscando con los ojos a su alrededor, buscando afianzarse en una atmósfera de las que evidentemente había perdido el dominio hacía mucho tiempo, pero que aún le daba la ilusión de dominio. El otro tardó un poco en reponerse y acudió a su encuentro. La niña miraba en dirección al padre, enfurruñada sobre el dibujo que la mano del visitante había estrujado como una garra. Luego atravesó con la punta del lápiz al arrugado niño de la manzana. Esa manzana que un rato después la pequeña Luba ofrecerá a los hermanos que estará flechando el limonero del patio sin errar una sola vez las frutitas amarillas, y les dirá con el candor de siempre y la nariz palpitante:
-A que no son capaces de darle a ésta a veinte pasos.
-Bah, ¿qué problema? Es más grande que un limón.
-Y a ésos los estamos clavando desde más lejos -añadirá el más chico.
-Pero yo digo sobre la cabeza de uno de ustedes dirá ella mirando a lo lejos delante de sí.
-Por qué no -dirá el mayor tomándole la manzana y pasándola al otro-. Primero vos, después yo.
El más chico se plantará en medio del patio con una manzana sobre la coronilla. El otro apuntará sin apuro y amagará varias veces el tiro, como si quisiera hacer  rabiar a la hermana. En los ojos de Luba se ve que la flecha sale silbando y se incrusta no en la manzana sino en un alarido, se ve la sombra del más chico retorciéndose contra la cegadora blancura de la tapia. Pero ella no tiene apuro, mirará sin pestañear el punto rojo que oscilará sobre la cabeza del más chico, parado bajo el sol, esperando.

 

ENLACE RECOMENDADO:
CUENTOS COMPLETOS – TOMO IV
Autor: AUGUSTO ROA BASTOS
Edición Homenaje 90 años de su nacimiento:
13 de junio de 1917
Fundación AUGUSTO ROA BASTOS
Edición Especial para Editorial El País,
Prólogo María del Carmen Pompa Quiroz
Ilustración de tapa: CÁNDIDO LÓPEZ
Diario ÚLTIMA HORA,
Asunción-Paraguay
Año 2007 (pp. 150)


martes, 16 de marzo de 2010

JOSÉ PÉREZ REYES - LA GALERÍA, ROJA BOCA ABIERTA y UN ROSTRO EN EL CAMINO (Cuentos) / Fuente: CLONSONANTE.

Autor: JOSÉ PÉREZ REYES
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
.
LA GALERÍA
** Se venía un aguacero, de esos que son tan breves como intensos. Tuve la ocurrencia de suponer que eso aportaría un leve cambio durante el tiránico verano que tiene sitiada a la calcinada Asunción.
** Es fácil equivocar las calles cuando el calor febril y la fatiga trémula del día tejen sus redes de confusión en esta ciudad que es más un circuito laberíntico que turístico para el peatón.
** Cruzaba yo un terreno baldío que hacía de puente entre dos calles, cuando empezaron a caer las primeras gotas de la casi invocada lluvia.
** Pensé en lo raro que resultaba encontrar todavía un baldío indómito como éste con sus árboles y cascotes a modo de cansados pobladores. La mayoría se había transformado en la frecuente y poco agraciada playa de estacionamiento. Milagrosamente, este baldío seguía sirviendo de portón para la otra calle, que se advertía detrás de los matorrales y árboles.
** Súbitamente el aguacero dejó caer agresivamente su húmedo guante. Como si fueran copas inquietas y a punto de derramarse ante la postergación de un brindis, las nubes se pasearon por encima de las pequeñas calles y casas.
** Crucé la calle a zancadas y salté a la acera de enfrente, donde distinguí, a través de la cortina de lluvia, las puertas abiertas de una galería de arte. Sin pensarlo dos veces, me metí en esa galería para evitar mojarme en la calle.
** No tuve tiempo de alzarla cabeza y fijarme en su cartel de hierro rechinando al viento, por lo que no pude ver el nombre de la galería. De todos modos, mucho no me ayudaría porque muy poco conozco de arte y un letrero no me serviría de guía ni redimiría esa ignorancia con ropajes de timidez. Sería difícil ocultar mi repentino ingreso al mero efecto de refugio del temporal. Nada es tan casual.
** Pero ya que estaba en el zaguán de la galería y para disimular mi cara de extraviado transeúnte, preferí recorrerla antes que estancarme allí como agua de lluvia.
** Afortunadamente no llegué a empaparme, apenas me salpicaron las primeras gotas del aguacero que ahora cobraba más fuerza, por lo que mis pisadas no corrían el peligro de ensuciar los pisos de cerámica de la reluciente sala.
** Más por curiosidad que por el mero afán de disimulo, entré en la primera sala en la cual se distinguía una colección de pinturas.
** Me llamó la atención el hecho de que no había nadie en su interior, ningún guía. Ni voces ni pasos se oían en el resto de la galería que contaba con unos lucernarios cilíndricos a través de los cuales la luz bañaba su interior, cuyas paredes blancas se veían matizadas por salpicones de gris que los revoltones del techo derramaban, tal como afuera hacían lo suyo las nubes.
** Me adentré para observar de cerca la colección de pinturas. Eran de motivos abstractos, con colores bregando por surgir de entre las sombras del lienzo, inquietantes desde los rincones del marco. Obras que, a simple vista, parecían dispares, ensimismadas e incomprensibles y tenían, a su vez, algo en común que no era el autor, ni el lugar ni la fecha. Por cierto, estos datos no figuraban en cartel indicador.
** Mi ignorancia era tan grande como mi curiosidad en ese momento. Ambas podrían sentarse a discutir por horas y aún así no descifrarían estas obras. El revelador secreto quizás dormía en la mente de sus creadores.
** Giré y fui a ver los otros cuadros expuestos en la pared opuesta de la silenciosa sala, ni el ruido de la lluvia se filtraba en este blanco recinto de arte oscuro.
** Al observarlos percibí que eran pinturas más logradas, a mi modesto entender, pues en ellas afloraban los colores tiñendo las más diversas y extrañas formas que se entrelazaban calidoscópicamente como si estuvieran dentro de un aljibe onírico, dada su profundidad.
** También noté que las pinturas de esta colección sí tenían unas placas, aunque minúsculas y apenas perceptibles.
** Cada una de las placas contenía unos números grabados sobre los trozos de madera y se asemejaban a los que titilan en los relojes electrónicos, indicando la hora exacta, aunque éstas eran cifras inamovibles, ya marcadas en las maderas de las placas. Una de ellas decía 14:20 y la última indicaba 21:37.
** Supuse que eran títulos, más raros que la pintura en sí, que simbolizaban o conmemoraban la hora en que se pintó cada cuadro, pero una pintura de esas proporciones lleva tiempo realizar, entonces ¿era la hora del inicio o de la culminación de la obra? ¿Y los días y el año? Me pregunté si, acaso, para el creador los días son los mismos y únicamente al concluir la obra se alcanza el Día. Y este Día, a su vez, es resumido en la Hora, que contiene también el descubrimiento.
** La fecha sería la meta. Los títulos son transitorios, los nombres también. Los nombres del autor y de la obra podían no aparecer expuestos, sin embargo juzgaron más importante que se indique el momento, que deviene a ser eterno, en que se convierte a la idea soñada en obra plasmada.
** ¿O era otra cosa?
** Ingresé en la sala contigua, en ella se amonto-naba una variedad de esculturas. Yacían sin catalogar y sin ubicación precisa, la disposición de las mismas dejaría perplejo a cualquier visitante.
** Tampoco había guía en esta sala, el silencio se-guía su atenta vigilia.
** Con la mirada envolví la más cercana de esas dispersas figuras y no pude reconocer el material del que estaba hecha.
** La toqué. No estaba tallada en madera, ni labrada en roca ni esculpida en metal. Asustado, retiré- mi mano y clavé mis ojos en el rostro de esa estatuilla.
** El rostro estaba todavía en gestación, hacía muecas y gestos de quien está en pleno sueño; a medida que se contorsionaba, el molde lo atrapaba, conteniéndolo como un mar a una isla.
** Era una cara que, a medida que hundía en ella mi mirada, se transformaba en mi propio rostro. Se veía venir, la escultura quería tomarme prisionero.
** Aterrado, salí de la galería corriendo. En las calles seguía lloviendo a raudales, creo haber tropezado y caer pesadamente, mojándome en un charco. Me levanté rápidamente y sobre mi rostro sentí la lluvia como una salvadora bendición.
** Y en eso, de miedo a quedar así dentro de todo esto, me desperté.
** Desperté empapado de sudor... ¿ó era de lluvia? Abrí la ventana de la casa que desde ayer alquilo. Noté que el sol coronaba la siesta con implacable rigor manteniendo a raya toda posibilidad de lluvia. Ni señales de aguacero.
** Con el objetivo de despejar mi agitadamente, decidí salir a conocer un poco más de mi nuevo barrio. Tenía que distraerme.
** Después de haber caminado tres cuadras, escuché un tintineo metálico proveniente de la vereda de enfrente y alcé la vista a pesar del sojuzgan te sol para descubrir qué producía ese peculiar ruido a esa hora.
** Entonces pude ver que se trataba de un cartel de hierro, igual al que vi en mi sueño. Esta vez no pude leerlo a causa del fuerte sol, como aquella vez tampoco pude hacerlo bajo la copiosa lluvia. Sus goznes rechinaban sin que mediara un soplo de viento. En la entrada de esa galería, también de idéntica fachada, observé con profundo asombro que dos hombres cuyos rostros no alcancé a ver, cargaban unos moldes, presumiblemente esculturas, que iban piadosamente cubiertas, impidiéndome ver los rostros esculpidos bajo unas mantas tan oscuras como el sueño que hace instantes me envolviera.
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ROJA BOCA ABIERTA
** Es muy breve el tiempo que llevo unida a tu brazo. Te tomé desprevenido, aunque sé bien que yo no soy la primera. Así que no me mires como si fuera tal. No pretendas ignorarme. Mi boca no es como otras, la tengo bien roja, carne profunda. Escupo dolor. Si alguien te mintió diciendo que en la vida sólo se reciben besos habrá sido en tu cuna; ya no vale en esta hora. ¿Qué es eso de simular que no me sentís y exigirte el doble llevando el fusil sobre el otro hombro? Las armas tienen mala memoria, yo no. Lo suyo es la puntería y la fuerza, la precisión y el impacto; lo mío es la incertidumbre al comienzo y, con algo de esfuerzo y de suerte a mi favor, la advenediza certeza. No soy yo quien acierta en el blanco pero sí que estoy allí donde está el blanco. Igual estoy aquí contigo. Es como ustedes dicen, en la guerra y en el amor vale todo. Ya ves, esta roja boca abierta te espera. Por mucho que mires tu uniforme verde no vendrá la esperanza que, dicen, tiene ese color. Hasta tu uniforme verde olivo se va tiñendo dándole oscuro albergue a la humedad expansiva. Tus muecas y expresiones revelan que no aprobás lo que digo, mucho menos lo que hago. Todo esto te suena a pavada, puede ser, es tu situación, muy cercana a la nada, pero yo no invento cosas, las cosas ya saben inventarse a sí mismas y con el tiempo se reinventan sin el menor disimulo, a vos y a mí nos toca nombrarlas nada más. Nuestra relación, ¿tiene algún nombre? Decir lo indecible, ¿es esto tan indeseable? Colorear los colores y enmarcar el propio marco, esa es una tarea. Tu condena, mi proeza. Es fuerte este brazo, menos mal que por aquí no pasan manos sanadoras, porque se defraudarían al no poder hacer nada para remediar. Esto es como el amor herido, ya no sana. El verdadero dolor no conoce aurora. El tríptico de tu día, mañana, tarde y noche, se cierra hoy. Te rebuscas recuerdos felices, no muy frecuentes últimamente, para apaciguar este dolor. No te das cuenta de que yo misma te envío esa distracción; no es tu decisión, es mi secreta selección de tu memoria. Claro que también estoy allí. Acaso crees que me voy a conformar con tomarte del brazo. Me da igual que te acose una tormenta de recuerdos o que te pierdas en un desierto de amnesia, porque mientras tu mente indaga y divaga, yo ahondo en la búsqueda de algo más que tu torrente de sangre. Verdad que es difícil rescatar algo de tu memoria: perdiste la contraseña de tu identidad detrás de esa medalla que retiene todavía tu nombre, y es la única que lo hará, yo no quiero quedarme con tu nombre, esto no es un matrimonio, tampoco un concubinato donde alguien cede algo, acá es todo o nada. Soy exigente, me gusta la entrega total. Es fascinante ver cómo tus recuerdos en estampida se agrandan a medida que se aproximan al corazón, parecen reforzar su ritmo e incluso llegan a adoptar algunos colores hacia el final, después de haber soportado por años el blanco y negro de tu cerrada mente. Aunque, pensándolo bien, tu mente fue la primera en irse, ya no sirve. Sos un ser embalsamado por dentro; se mueven tus facciones, no tus emociones. Te esforzás, seguís caminado y todavía me llevás contigo, sin embargo por dentro quedaron embalsamados tus sueños y tus recuerdos en una rara galería compartida con órganos alguna vez vitales. Quedaste inamovible por dentro. Endurecido. Ni siquiera yo, en este intimo momento, te conmuevo. ¡Y luego hablando de la humanidad! La humanidad es el anonimato elevado a la enésima potencia. Concentrate en lo que te queda. ¿Y si, cuando llega el último suspiro, en vez de recordar en un lapso fugaz todo lo que has hecho, empezás a vislumbrar todo lo que no has hecho? Aparecería un proyecto borroso, desvaneciéndose como algo sin sustancia. Ya no buscas esas imágenes. Con sólo ver mi boca abierta y cada vez más roja te convencés. Todo convencimiento parte de y no es más que un desistimiento de la voluntad original. En tu convencimiento está implícito el abandono de tu voluntad inicial. Yo no me voy, vos te vas. ¿No ves la evidencia? ¿No te das cuenta? Te entrenaron para no temerme y aquí me tenés. Me encontraste al caer en un foso lleno de estacas. Buena trampa. Me prendí de tu brazo. Eras mi rescate. No digo un príncipe azul sino más bien un salvador verde olivo. Ahora sos mi salvador y yo, al otro extremo de la balanza, te resulto todo lo contrario. Porque esa balanza en algún lado existe, aunque los pesos sean ficticios. Sólo soy una amante. Una amante transitoria que te lastima, aunque sea de paso. Innegablemente disfruto mucho con esta primera cuota, por darle alguna denominación. Ya vendrá la definitiva, que no necesitará tomarte del brazo porque borrará todo nombre de tus labios y pondrá el tuyo en una lápida. De la medalla a la placa, siempre en la gama de metales fríos. De tu rostro a la lápida, siempre en la corteza dura. Esto que yo hago es apenas un anticipo. La antesala de todo. Consideralo un preludio amable. Ya viene la que se quedará contigo para siempre. ¿Por qué no te recostás y te ponés a contar hasta que llegue ella?
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UN ROSTRO EN EL CAMINO
Llanuras y rutas.
Cielo sin nubes.
Pocos vehículos en la carretera. La calurosaandanada de los días de enero menguaba el tránsitode la siesta.
Mucho verde a los costados y gris al frente.
Arriba, un tono celeste.Era un día hilvanado por la aguja del tedio.
Ninguna cosa parecía quebrar esa monótonaplacidez de la nada.
Después de un asado familiar en Capiatá, Amílcar Olmedo iba manejando el pequeño vehículo que compró, usado y sin garantía, hace casi un año. Ahora tenía una misión e iba a gran velocidad porla ruta 1, rumbo a San Ignacio, Misiones.
Sus parientes, invariablemente presentes en elasado, después de deliberar ante unos platos vaciados y vasos aún salpicados de espuma, le asignaronuna misión; el principal pedazo, ya no del día sino para toda la vida: el destino de la casa quetenían allá en San Ignacio, propiedad del padre, don Juan Olmedo, quien había fallecido hacíamenos de dos meses. Eran varios herederos y todos querían más de lo que había para repartir, hastase alegrarían si alguno de ellos siguiera la suerte del viejo para que así les quedara una parcelamás para distribuirse, y al decir distribuirse en ese tono sonaba a algo así como distrito de buitres, fue esa la impresión que zumbó en los oídos de Amílcar al abandonar esa mesa llena de parentela con hambre de algo más.
Se dirigía a la casa en cuestión donde actualmente el único que allí vivía era su hermano Tobías, paraconvencerle de que desistiera de la insensatez deponer a la venta esa casa. Tobías tenía previsto mudarse a una casa más chica, con menos pasado, en un barrio cercano, por eso, empecinado en dejarlo todo atrás, se disponía a colocar caprichosamente un letrero de “vendo” en la entrada de la casafamiliar, sin consultar con los demás.
Amílcar tenía que hacer recapacitar a Tobías, debía sacarle de la cabeza esa obsesión de venderla finca en San Ignacio. Tenía que abrirse la sucesión, llevar adelante el debido proceso con documentos, llegar a la sentencia declaratoria de herederos, hacer la división de condominio entre todos. Tobías quería adjudicarse toda la propiedad alegando que él fue el único que allí cuidó y mantuvo al padre enfermo en esos últimos años. Quería adjudicarse solamente para vender y librarse de la propiedad que para él se transformó en sempiterna sala de enfermería. Pero las sucesiones nofuncionan así. Ese inmueble vale por todo lo que ya les dio y por lo que esperan les siga dando a los hermanos. Así como está la situación económica, con tanta devaluación, sería malvender a un precio irrisorio, eso le diría. Poco podía intuir sobre la respuesta. Solamente conjeturaba que su hermano se había subido al tobogán de la ilusión; imposible bajarlo, hasta que se dé cuenta de queal otro lado del tobogán no hay nadie para recibirsu caída. Pero eso lo pillaría recién durante la rápida pendiente, pensó Amílcar. Hay que hablarle, no tiene que precipitarse, Tobías no puede avasallar el derecho de la viuda y de los demás hermanos, eso era lo que todos habían pensado ante las brasas del asado. Si juntaban todas esas ideas familiares de seguro tendrían una especie de panal con abejas zumbando pero a diferencia de ellas, sus parientes no hacían trabajo conjunto, puro zumbido.
Preocupado y a la vez apurado, quería tener aalguien en el auto para charlar allí, para contarle éste u otro problema, del ámbito laboral o familiar, porque él es de la clase de personas que cre en que se viene al mundo para hablar de los problemas, aunque también se daba cuenta de que ventilándolos así tampoco llegaba a solucionarlos.
En la radio hablaban de pensiones y jubilaciones de excombatientes de la guerra del Chaco. Apagó la radio para evitar ese debate que le traería recuerdos de su viejo, teniente Juan Olmedo, quien luchó tres años en ese inhóspito frente y lel levaría a relacionar con una guerra menos cruenta pero más lenta que ahora libraba su madre, con el interminable trámite que acababa de iniciar para acceder a la pensión correspondiente a viuda deexcombatiente. En las oficinas públicas se libraba una guerra propia entre papeles.
Prefirió escuchar el viento en el trayecto de la ruta, ya que las emisoras, en fm, tampoco daban muchas opciones musicales. El olor a pastizal quemado le llegó como si fuera parte del sudoroso día.
Aminoró la marcha al cruzar el pueblo de San Miguel, al divisar, a un costado de la ruta, la lana tejida artesanalmente. Allí la gente lavaba, secaba, hilaba y teñía la lana. Con ella hacían de todo y en sus puestos al costado de la ruta, ofertaban camisas, polleras, frazadas, ponchos, alfombras, gorras, hamacas y colchas. Pensó en comprar algunacosa, pero ahora tenía prisa. Lo haría a la vuelta y en este puesto, particularmente, porque aquí le encantó la sonrisa de una de las mujeres vendedoras apostadas cerca del árbol cuyas ramas eranusadas como perchero exhibidor de donde colgaban las prendas.
Entonces apareció dentro de su auto, sentada asu costado, una muchacha acelerada en sus gestos y en su forma de hablar.
Allí estaba esa desconocida joven hablándole con toda confianza, como si nada. Tenía cabellos y ojos negros, una expresión de cansancio en sus facciones flacas, las manos muy nerviosas para sus poco más de veinte años. Amílcar jamás la había visto, estaba tan concentrado en conducir, que no supo si el pesado calor le estaba jugando una broma. Parecía una burla, ¿de dónde apareció esta chica y cómo entró aquí?
Acaso era su deseo de conversar que tuvo eco y apareció aquí esta parlanchina enviada especialmente. No había tiempo para conjeturas, había que manejar. En vano le preguntaba quién era o cómo había subido al auto. La extraña no respondía sus preguntas, sólo hablaba sin parar, contaba sus problemas como si a alguien le importara. Era como siestuviese hablando sola, ni le miraba al conductor, sólo fugazmente a través del espejo retrovisor. Nada daba a entender que pudiera tener intenciones de robo. Será mejor bajarla aquí mismo, pensó Amílcar, o si no más allá de la siguiente curva.
No había oportunidad de pisar el freno, había un apremio familiar para llegar a destino. No tuvo tiempo para aclararse ninguna duda. La entrometida hablaba y llegaba al extremo de la situación atribuyéndose la facultad de reprocharle cosas al incluirle, sin razón alguna, entre sus problemas.
Esa crítica a destiempo puso más nervioso a Amílcar, que ante la falta de respuesta por parte de la atrevida, seguía preguntándose de quién setrataba.
No sabe cómo ella entró, pero sospechaba que ocurrió al aminorar la velocidad cerca del puesto de venta de lanas, aunque ese lapso no pudo haber sido suficiente. Además, el automóvil había estado en marcha todo el tiempo, se garantizó asímismo.
La extraña le pidió que le invite un cigarrillo. Amílcar se negó y ella, con un rápido movimiento, tomó un cigarrillo de la cajetilla reclinada en el tablero pero, al sacarlo, su impulso echó la cajetilla. Simuló recoger las cosas y le rogó que le encendiera el cigarrillo. Él reprochó este abuso deconfianza. La insistente polizonte se ponía a jugar con las reglas prohibitivas y argumentaba que hasta los que van a ser fusilados acceden a un último cigarrillo, que hasta a los condenados se les concede eso, y que así se les cumple su último deseo.
Amílcar Olmedo, transformado ya en complaciente chofer, hizo un gesto despectivo y no pudo evitar recoger la cajetilla, que contenía también el encendedor, que entonces iba y venía rodando cerca de los pedales.
Las cosas que uno hace por una mujer, aunque sea una desconocida, refunfuñó él, aunque ella seguía tan poco interesada en escucharle, ya que para llenar el aire le bastaba su propia voz. Sea como fuere, era su último favor, ya estaba harto de esta intromisión y decidido a bajarla aunque sea a la fuerza, después de la próxima curva.
De la cajetilla extrajo el encendedor y cuando lo arrimó al cigarrillo que temblaba en la boca de la intrusa, ésta comentó jocosamente que era una barbaridad este calor infernal que llevaba a la locura, sin embargo parecía tranquilizarse al empezara fumar.
Fue entonces cuando el conductor, en ese descuido de extenderle la mano y mirarle hablar, novio el auto que rápidamente venía en sentido contrario, girando la cerrada curva apenas señalizada en la ruta.
Amílcar reconoció, detrás del parabrisas, la cara de la conductora del otro vehículo que venía directo hacia él, era el mismo rostro de la chica que se había sentado a su lado. Quien manejaba el otro automóvil era la intrusa habladora y que ahora se llevaba, tranquilamente, el cigarrillo a la boca, pero en su propio auto que se le venía encima a gran velocidad. Demasiado tarde para desviar, el choque fatal fue inminente.
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Fuente: CLONSONANTE . Por JOSÉ PÉREZ REYES - Arandurã Editorial, Asunción-Paraguay 2007 (117 páginas) .
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JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO - EL FUTURO YA ESTÁ AQUÍ JOSÉ PÉREZ REYES / Fuente: diario ABC COLOR del domingo, Domingo, 23 de marzo de 2008

EL FUTURO YA ESTÁ AQUÍ
JOSÉ PÉREZ REYES
Autor:
JOSÉ VICENTE
PEIRÓ BARCO

(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Sorpresa fue la inclusión de José Pérez Reyes entre los “nuevos” narradores latinoamericanos. Ya sabemos que la industria editorial es una máquina de fagocitar autores latinoamericanos jóvenes desde que ésta se empeñó en exprimir todo lo exprimible.
Quizá sigue ansiando el hallazgo de un “neoboom”, cuando nunca segundas partes fueron buenas. Mientras la literatura latinoamericana continúa con su curso natural, hay quien se empeña en encontrar lo nuevo a toda cosa, sin ser consciente de que a veces cae en el ridículo. En ocasiones, el fruto aún no está maduro y acaba por no encontrar un puesto entre la literatura de calidad. Es más: es lo que suele ocurrir. En otras ocasiones, la industria equivoca su rumbo y no encuentra los narradores que merecen la pena porque espera que le lleguen por recomendación de alguien, y cuando recibe los manuscritos, los envía a la papelera simplemente porque carecen de un punto de vista comercial que nadie entiende, pero que se intuye bien. Algún día alguien desentrañará los misterios de la mercadotecnia en el mundo editorial.
No es nuestra misión en la actualidad. Lo dejaremos para el futuro, para cuando dispongamos de mayor perspectiva y algunos datos ocultos por la opacidad de esta industria. Lo nuestro es comentar obras y sorprendente nos pareció la inclusión de un autor paraguayo entre “los 39”; esos treinta y nueve autores latinoamericanos reunidos en Bogotá, con motivo de su capitalidad del mundo del libro. Junto a autores consagrados –más o menos– como el peruano Santiago Roncagliolo, el argentino Gonzalo Garcés, la cubana Wendy Guerra, el mexicano Jorge Volpi y el colombiano Juan Gabriel Vásquez, había otros menos conocidos fuera de sus países respectivos como la puertorriqueña Yolanda Arroyo, la salvadoreña Claudia Hernández, el venezolano Rodrigo Blanco Calderón o el guatemalteco Eduardo Halfón. Entre estos últimos había un paraguayo, sí, nadie se había olvidado de un país del que algunos siguen pensando que allí nadie escribe. Se trata de José Pérez Reyes.
Y no está mal pensada la decisión de seleccionar a Pérez Reyes. Podría haberse incluido a otros como José Ramírez Biedermann (que quizá no fue porque no tenía obra publicada aún), pero Pérez Reyes bien puede representar ese modelo de autor joven sin complejos y dispuesto a crear por el mero hecho de fabular. No es nada pretencioso, ni sigue una fatua moda intelectual: lo suyo es contar por contar y deleitarnos. Rompe con el pasado de la literatura paraguaya y nos enseña los caminos del país que él conoce: el representado por la ciudad.
Y es lo que encontramos entre los cuentos de su última obra publicada, Clonsonante. Editó en 2002 un anterior libro, titulado Ladrillos del tiempo, pero en su nueva obra es donde hallamos un relato que merece la pena por encima de todos, el que da título al libro. Ese celular que es un clon sonoro del protagonista realmente nos hace reflexionar, sin dejar de disfrutar de las aventuras dramáticas, pero surrealistas del personaje. La fantasía de este relato traspasa los límites de la razón, pero la raíz de sus historias está en la cotidianidad. Como bien expresa Victorio Suárez en el prólogo de la obra, “no se trata de una simple aproximación a elementos sociales”, sino de una aproximación a “la enmarañada cotextura que aturde a nuestra sociedad”. Es la alienación quien ejerce de cimientos de un mundo donde la tecnología se ha engullido cualquier posibilidad creativa. Más que relato de anticipación, Clonsonante es un dibujo del absurdo de nuestros días, de la pérdida de la identidad del individuo y de los problemas que le acechan cuando la máquina domina física y moralmente al ser humano.
Sin embargo, Clonsonante, aun siendo el relato más destacable del conjunto de Pérez Reyes, no es el único que sorprende. En realidad, sorprende más aún el continuo devaneo entre distintos registros cuentísticos: desde la síntesis en el microrrelato “Concilio”, con abundante diálogo además para los apenas seis párrafos de que consta, hasta el buen trabajo de gradación de la acción con la colisión entre lo onírico y la memoria de “Ida y vuelta”, o la expresión del miedo en la vida clandestina del prófugo en “Crimen espejado”. “Chadicto” destaca por su insistencia en el tema de la alienación producida por el empacho de tecnología, dado que las aventuras cibernéticas pueden acabar en desdicha. Si las obras de arte de “La galería” están realmente vivas para el incauto personaje que se refugia de la lluvia no es porque sean objetos animados, sino porque el efecto de la vida de lo inanimado se produce en la mente del individuo. Y es que los cuentos de Pérez Reyes son pura imaginación desbordada: el asombro hecho relato, como en esa reflexión estresante sobre el tiempo de “Relofixión”.
Valgan sus juegos neologísticos en los títulos para demostrar que estamos ante un autor ingenioso. Pero no sólo de ingenio vive el hombre: es necesario oficio. Pues José Pérez Reyes también lo tiene. Es obvio que con dos libros de cuentos el lector no puede saber aún si se halla frente a Borges, pero sí al menos ante las raíces de un gran autor si continúa demostrando saber poner en letras lo imaginado. Clonsonante es un muy buen libro que abre puertas a nuevas producciones de uno de los autores que más dará que hablar próximamente en el panorama de las letras paraguayas del siglo XXI.
José Vicente Peiró Barco
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Enlace al libro CLONSONANTE
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JOSÉ PÉREZ REYES - CLONSONANTE / Prólogo: VICTORIO V. SUÁREZ / Textos: CLONSONANTE y CRIMEN ESPEJADO.

CLONSONANTE
Por JOSÉ PÉREZ REYES
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
Arandurã Editorial,
Asunción-Paraguay 2007
(117 páginas)

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PRÓLOGO
PIGMENTACIÓN ESTÉTICA QUE BUSCA
ROMPER LA DISPOSICIÓN TRADICIONAL
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** José Pérez Reyes pertenece a la nueva generación de narradores paraguayos y ha sido elegido por el jurado de "Bogotá 39" como uno de los más sobresalientes escritores jóvenes de América Latina. El autor surge hoy para impregnar de radiación su renovado perfil estilístico que promueve una condición heterogénea de contar en nuestra literatura. El libro aparece estimulado por el sello de Editorial Arandurã, baluarte en la promoción de los jóvenes escritores paraguayos. Sin lugar a dudas, esta reciente producción llamará la atención por la amalgama de recursos que utiliza el narrador. En ese contexto, se puede decir que en CLONSONANTE sobresale desde las primeras páginas hasta el final un diáfano tratamiento en el influjo de temas que perfilan situaciones y forjan las duras rutinas de nuestros días.
** Instantáneamente, al leer el libro uno se da cuenta que la intención del autor enfila hacia la pigmentación estética en casi una docena de cuentos que buscan romper la disposición tradicional y ensanchar toda su ramificación mediante la incorporación de un lenguaje que exhala en sus fragmentos oníricas fajas de luz, sembradíos de laberintos, y esperanzas destiladas dentro de un universo complejo y muchas veces incierto a causa de designios incognoscibles.
** En el libro, la voz del narrador recrea espacios generalmente castigados y retenidos en el tiempo. Un patio, una combinación de huellas y picos de vientos cálidos madrugan puntualmente en la visión estricta del narrador. En ese sentido, es posible apreciar múltiples cuadros que juegan en transición hacia equinoccios ignotos donde el planteamiento temático se desdobla, aunque mantiene su equilibrio y fija su pista en cada relato. Aquel "Estoy de pie entre las sombras de la oscura calle y observo mi ventana, allí nací. Las luces están encendidas. Otra gente se mueve a su al-rededor... ", de Gregory Corso, aparece como una nostalgia profunda en algunos cuentos henchidos de magia regresiva e intensa.
** José Pérez Reyes plasma cuidadosamente la exploración en los retoños esenciales de un período que selló en sus membranas algún vuelo ahumado de pájaro o la desmantelada alborada de momentos constreñidos aún en su alma. El autor enfrenta ciertos desafíos en sus cuentos pero con gran fidelidad controla los rincones de su propio enunciado y se suelta con oficio en la tarea de escribir. Es decir, José Pérez Reyes tiene la hoja de ruta en sus manos y sabe hacia dónde se tras-lada inexorablemente. A lo largo del libro, el tópico de actualidad no escapa de la óptica del cuentista, en narraciones reveladoras nos presenta un influjo seriado de escenarios donde el ser humano ocupa los más amplios espacios. Entonces las impresiones se suceden a alta velocidad haciendo uso de cierta esencia sistemática para cumplir su cometido.
** Los avatares del hombre urbano de nuestros días pueden verse retratados en CLONSONANTE. No se trata de una simple aproximación a elementos sociales, pues el autor va más allá al revelar la enmarañada contextura que aturde a nuestra sociedad, cada vez más convulsionada y aprisionada por enérgicas señales tecnológicas.
** Un celular, un chip, una computadora, la soledad, la infancia, los sueños y las regresiones nos hacen ver con lentes exactos la catadura de un tiempo vulnerado por grandiosas y antagónicas diferencias. A veces la opaca ternura de un recuerdo no significa nada, sin embargo, nomenclaturas teñidas de añoranzas reinventan vuelos para rescatar luces lejanas, imágenes que fueron y que de repente aparecen en la nostalgia marcada por José Pérez Reyes.
** En CLONSONANTE no varía solamente la observación del narrador que recurre a la vivisección, se alterna sí la experiencia de un escritor que encuentra el lado justo para estacionar su buena expresión y el alcance poético necesario que nos ayuda a distinguir una orilla cargada de fulguraciones al desprender sus poros creativos. En ese sentido, Pérez Reyes rotula una tendencia interesante al separarse de lo innecesario a fin de acercarse a lo conciso. Y no es para menos, pues indaga en la escala de luminiscencia que se encumbra en el texto asignando ideas y normas que luego pasan a estampar en la escritura un grado de profesionalismo que tanta falta hace a las letras de nuestro país. Con esto vemos que escribir es un oficio exigente.
** CLONSONANTE se debe recibir con mucho entusiasmo por los logros contenidos en sus páginas y también por el valor simbólico que impele a todos los planteamientos narrativos de tono adecuadamente urbano que nos ofrece. Es imprescindible recalcar que el libro encierra una invención hermosamente compacta, no insinúa en ningún momento la dilatada expresión para obtener lo que prefiere. Pocos personajes, eficacia de la expresión en primera y segunda persona, y escasamente la tercera van progresando a lo largo de CLONSONANTE. En todo momento es apreciable el paralelismo de los cuentos, conste que algunos, en rigor, resultan sumamente consumados como modelos de narración. La tecnología como contrapartida de identidad para el ser humano desamparado que se resigna a un cheque dorado y tiene que terminar adaptándose a circunstancias que lo minusvaloran plantea una situación dramática. Vida, existencias menguadas, evidencias remotas y sentido de pertenencia corroboran su plenitud en la lucidez creativa de José Pérez Reyes, quien vuelve a confirmar su estilo y calidad literaria.
VICTORIO V. SUÁREZ - Julio de 2007
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ÍNDICE
Prólogo
· Concilio
· La galería
· Clonsonante
· Crimen espejado
· Un rostro en el camino
· Ida y vuelta
· La bengala
· Chadicto
· El cerro y el tren
· Relofixión
· Roja boca abierta
· Anclaura

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CLONSONANTE
En el ascensor espejado siempre hay tiempo para arreglarse la corbata. El licenciado en Comunicaciones Lucas Aguirre, al aprovechar la ocasión brin dada por el espejo, se fijó si el nudo estaba bien hecho. Bajaba de un rápido y solitario desayuno en su departamento y estaba listo para enfrentar otra ardua jornada laboral en la agencia publicitaria.
Al abrirse el ascensor en la planta baja del edificio donde vivía desde el año pasado, se encontró con el portero, que estaba barriendo la entrada en un estado cercano al sonambulismo, quien al verlo detuvo su escoba vieja para renovar su habitual saludo: "¡Buen día, señor Lucas, que tengas una excelente jornada!".
Cuando el licenciado quiso responderle cortésmente no le salió la voz, iba a decir la primera palabra del día, quizás por eso no le brotaba la voz por hallarse aún sumida en las cavernas del sueño. Se alejó simulando ronquera para no ofender al portero, pero ni tan siquiera el amago de tos sonaba.
Volvió a intentarlo pero no consiguió emitir sonido, ¿por qué había amanecido afónico?, se preguntaba mientras intentaba carraspear para arreglar sus adormiladas cuerdas vocales. Anoche no bebió nada frío y no estaba engripado con tos, inventarió todos esos detalles, sin dar con alguna causa.
Caminaba rumbo al trabajo cuando Lucas, obsesionado con sacar algún sonido de su seca garganta, recibió una llamada telefónica a su celular. Era la primera llamada del día y automáticamente abrió su aparato celular y su voz sonó diciendo hola. Ahora sí brotaba su voz que hace instantes no podía emitir ni siquiera ese saludo. Sonaban de una forma un poco rara sus cuerdas vocales, como pasadas por un filtro externo catalizador de impulsos y modulaciones. Se trataba de su voz, al fin y al cabo.
-Sí, Armando, ¿cómo estás? Voy para la oficina ahora...
-Quisiera que me avises al llegar, tengo que llevarte un nuevo proyecto para tv.
-Cómo no -respondió Lucas ya más seguro de su voz-, apenas llegue te aviso. Gracias por llamar. Nos vernos.
-Dale, chau.
A pocas cuadras de la agencia, Lucas se detuvo a comprar el periódico de un diariero apostado en la otra esquina y allí nuevamente su voz le traicionó. Tuvo que llamarle con gestos y no con silbidos, eligió el ejemplar con señas en vez de decir el nombre del diario. Enmudecido y enfurecido ante estos trucos matinales, pagó el ejemplar sin decir nada. No le preocupó ser despectivo ni rudo, era orgulloso, no respetaba rubros menores por creerse poseedor de una excusa de rango y además ese tipo no le conocía.
Durante su caminata por las destrozadas veredas probó con nula suerte arrancar sonidos de su garganta, y se rompía el coco en saber cómo pudo irse su voz si había hablado por teléfono hacía instantes. El intento de hablar y el replanteo de las preguntas no lo llevaban a ninguna parte.
Lo peor fue entrar en la agencia publicitaria y no poder responder el saludo a nadie. Un hola multiplicado por cinco y no correspondido. Teme roso de que lo tomaran por pire vaí, se adelantó haciendo señas a sus cinco compañeros de trabajo dando a entender que estaba afónico. Nadie le creyó y menos aún cuando le vieron y oyeron atender la segunda llamada del día. Armando de nuevo, quien ahora le preguntaba si ya había llegado. Sorpresivamente, Lucas pudo hablar otra vez, respondió con asombro, casi estrenando voz, que ya estaba en la agencia y que viniera cuando guste. Sonrió contento al cortar la llamada al celular, en razón de que su voz sonaba mejor, aunque parecía emanar de otra parte más. Sus compañeros de trabajo le miraban enojados porque ahora aparte de hablar, contradiciendo sus gestos de mudo al entrar, se ponía a reír frente a ellos, en plan de burla, pero de repente, apenas cerró su celular se calló la risa, y su voz dejó de oírse otra vez. Esto no podía pasarle nuevamente, ya era demasiado, pensó, y lo evidenció con mímica.
Volvió a gesticular, casi pidiendo auxilio, pero nadie le hizo caso. Se tomó el agua de la secretaria pero no sirvió de nada, excepto para que ella le clave una mirada más rencorosa. Lucas empezó a mostrar que se le fue la voz de nuevo, a pesar de que había hablado hace segundos en el celular con un cliente, y al abrir el aparato para mostrar que pudo hablar un rato, allí sonó otra vez su voz y se pudo escuchar la parte final de su explicación. Todos giraron para ver en qué consistía ese truco de hacer sonar la voz sólo por medio del celular.
El celular lo capta todo, lo adapta y lo saca como si su voz fuera un elemento transitorio más, como corriente que a veces se usa, según la modalidad o como un juego virtual que se descarga para ponerlo en marcha. ¿Una conectividad de modo infrarrojo? No era truco ni juego.
Ahora, si no es a través del celular, no se le oye. Un aparato telefónico se había adueñado de su voz.
Lucas era dueño de decir lo que quería, pero si sus palabras no eran dichas ante el celular abierto, no eran audibles. Allí empezó su odisea, su auditragedia, audisea o lo que sea.
Su voz había sido clonada en forma perfecta, el chip ya contenía todos sus tonos, inflexiones, modulaciones, escalas, semitonos y todo lo demás; era como si el chip de su aparato celular habiendo escuchado todo esto por el uso frecuente, se hubiese adueñado de la voz del usuario. El celular era algo así como un clon sonoro, de allí que después le pusieron a Lucas el mote de clonsonante, en consonancia con dictamen clínico.
Las respuestas quedaban vacías al desprenderse del celular, ya sea al apagarlo o al alejarlo. Sólo podía hablar por ese medio, tenía que tomar el aparato y arrimarlo a la boca como si estuviera llamando, sólo entonces brotaba su voz.
Sin saber cómo, había dado en la tecla para reproducir su propio sonido y se había vuelto excluyente para con el emisor original.
Un nuevo cordón umbilical. La placenta dentro de la cual se nutría su voz. ¿Puede una cosita rectangular fungir de útero para clonar la voz? ¿Es ésa la nueva función de estos celulares de última generación?, se preguntaba Lucas.
Armando llegó a la agencia, y entonces Lucas tuvo que usar su celular para hablarle.
Era el artefacto el que marcaba el tono de su voz, dándole mayor o menor volumen según frecuencia de uso. Sus cuerdas vocales se instalaron, por decirlo de algún modo, dentro del chip del celular que como hombre de negocios tanto usaba, día y noche, sin preocuparse de tarifas ni costos.
Armando quedó sorprendido y confundido con esa nueva forma de trato. A pesar de la preocupación generada por esa voz que sonaba clonada, no pudo dejar de sonreir ante la situación compleja que le tocaba experimentar al orgulloso Lucas. No se trataba de una excentricidad más, esto tenía pinta de que iba para rato, así que le dejó el proyecto en el escritorio de la agencia.
La voz de Lucas era algo asi como un gran archivo comprimido que ya no quería ser devuelto a su garganta, que perdía así la titularidad ante ese diminuto celular que ahora se le revelaba como imprescindible.
Era una especie de megáfono en menor escala pero más abductor.
La garganta sufrió bloqueo automático y como ingreso predecible de texto apareció la nueva función. Una marcación por voz, pero no para ubicar el número sino para etiquetar la voz permanentemente. La voz se sumó a la lista de accesorios incluidos. Una aplicación más.
Una pequeña jaula para su voz en una enorme autopista para imágenes, videos, músicas, agenda, filmadora, grabadora, reproductora de mp3 y de su voz también. Dada la circunstancia de que ahora se veía obligado a usar únicamente como reproductor de voz, Lucas tuvo que vaciar el sinfín de cosas multimedia que había almacenado alli convirtiendo su celular en su propio identikit y que debió despejar para poder ser oído en forma más clara ante la falta de memoria suficiente. Una tarea titánica la de drenar ese pantano tecnológico.
Salió corriendo de la agencia. Necesitaba ayuda técnica y médica. El ruido de la calle le pareció más ensordecedor.
Al ver una alcantarilla abierta se sobresaltó, agarró su celular y se lo guardó en el bolsillo, ya empezaba a cuidarse, doble atención durante el camino para que no se le cayera por allí el aparato, ahora más importante que nunca.
Entró en la farmacia más cercana y compró un grupo de medicamentos. Probó jarabes, miel, caramelos para la garganta, todo lo que hiciera falta pero ni combinándolos lograba palabras sanas o audibles por sí mismas sin tener que depender del celular.
Lucas no podía recuperar su voz. Debía cambiarle la carga al aparato, renovar baterías porque hacía días que no lo recargaba y comprar tarjetas para mantener vigente el uso de la línea o se quedaría mudo. Más y más carga, de lo contrario no podría darse a entender en su competitivo rubro.
Fue al médico, quien más apurado en verle que en cobrarle tratándose del extraño caso, le recibió enseguida. Sorprendido ante el insólito caso sugirió rayos x, y análisis de esto y aquello para ver si era operable haciendo también una revisión del celular para posible trasplante, pero esto no era factible. Eran partes unidas por el uso pero no lo estaban orgánicamente, más bien por la vibración sonora. El aparato celular respondía por impulso. ¿Cómo operar algo así? El médico le deseó pronta recuperación, sin avizorar siquiera cómo lograrlo, y en caso de que este síntoma de clonsonante persista le sugirió que se presente en el XII Congreso de Médicos que se realizará en la capital el próximo mes. No obstante, esto último le pareció a Lucas una invitación no para la cura sino para una feria de excentricidades sin tratamientos medicinales. En lo único que el doctor se mostró de acuerdo fue cuando Lucas mencionó que en la agencia le habían puesto el mote de Clonsonante.
Del megáfono del abuelo al microchip para hablar achicado. El celular llega más lejos para evitar acercamientos, se dice más significando menos. Una tarjeta virtual llevada al límite, como el saldo a punto de expirar.
Su voz había sido instrumentada. Y si el celular filtraba su voz, la procesaba, ¿podría también censurarla? Ya había logrado celularla, por decirlo de algún modo, nada impediría que llegase a censurarla. ¿Por qué no podría censurarla? Dependería sólo de un botón, y en estos aparatos qué es un botón más, ese era su temor. Evitaba poner el tema en abierta discusión, o sea, vía comunidad celular, para no sufrir una técnica represión.
Podía imaginarse ese texto de desconexión en la pantalla del celular como si fuera un puñetazo en su garganta. El aparato se tomó más tiempo para registrar sus cuerdas vocales que Lucas revisando su celular.
Lo más grave de todo era cuando le llegaban mensajes de texto, los textos eran tan abreviados como disparatados, eran tan frecuentes que lastimaban su silenciada garganta al vibrar al mismo tiempo que el celular. Esa agitación de coctelera le resultaba insoportable y le hizo a Lucas desactivar la función de mensajes de texto, ya harto de estupideces como el último mensaje anónimo que le llegó a su pantalla colorida: ¿Alfa cuándo pensás seguir con esta jugabeta?
Desesperado, Lucas fue a la empresa proveedora de ese servicio de línea celular, allí sí lo tuvieron en sillón de espera, a pesar de su queja angustiosa entre los estertores de la batería dentro del aparato. Su presencia generó revuelo. El comité se reunió en asamblea extraordinaria y después le hicieron pasar a una sala de reparaciones. Revisaron todas las partes del celular, mas nada supieron hacer los técnicos e ingenieros. Lo que le aconteció a su voz y al celular era un percance inédito, una rareza. Esto transformaba a Lucas en rara avis, pero sin alas.
Los directivos de la empresa se limitaron a deslindar responsabilidades con el usuario, declararon que estas cosas no están previstas en el con trato y apenas se dignaron en recomendarle que haga espacio en su celular borrando lo innecesario para contar con más gamas vocales y no sonar tan robotizado, según expresión del gerente.
Lucas se propuso elaborar una encuesta de quejas, encabezada por él mismo, contra la empresa. Aquí se ordenaban las encuestas como quien ordena una pizza con sus ingredientes favoritos, cuando el momento sociopolítico así lo requiera, sobre pedido... ¿pero cómo pagarse esa encuesta? ¿Con un escándalo? Algo de rédito podía venir con eso, pensó. Por lo menos para costearse la gran demanda que pensaba plantearles exigiendo la restitución de la cosa si es que así podría caratularse el expediente de reclamo de su voz y la correspondiente indemnización.
Se decidió a demandar a la empresa proveedora, no sin antes amenazar que primero iría a la prensa, para que lo sepan todos, quemaría su nombre y toda la clientela huiría despavorida ante este problema sensorial. Lucas intuía también que podría equivocarse mucho con esta apreciación pues el ávido público consumidor podía optar por este raro sistema, sólo por probar dicha modalidad. Lucas sabia de las mañas de la publicidad que canalizaría esto, que para él era una desgracia, en una novedosa campaña de marketing. Su celular se había convertido en una nueva plataforma de sonido. Y eso que era un celular mau, comprado en algún local experto en truchadas.
Se imaginó como un demente cargando desesperadamente tarjetas, baterías y saldo, pero cuando el aparato celular deje de funcionar, tarde o temprano, caería en la mudez absoluta. El chip lo poseía. ¿Ahora quién pertenecía a quién? Parecía ya alguna frase sentenciosa en algún cuento de cien-cia ficción: vendrá un tiempo en el cual no sabrás quién vino primero: los hombres o las máquinas.
Lucas estaba enfadado y al borde de un ataque de pánico. A todos los directivos les gritó con su celular en mano si podían imaginarse lo que re presentaba esta desgracia, condenando el resto de su vida a comprar cargas, saldos y baterías para celular y todo apenas para evitar quedarse sin voz.
Era un presupuesto enorme usar el artefacto en cuestión cada vez que quería hablar. Un suplicio. Sin interconexión era la mudez total.
Se disponía Lucas a elaborar allí mismo la nota, citando los hechos y testigos, aprestándose para irrumpir en la sala de clientes de la empresa tele fónica para anunciar inmediatamente este caso para repartir masivamente su testimonio a las radios, diarios y canales de televisión.
Pero entonces el gerente sacó una chequera dorada de su escritorio y una lapicera plateada del bolsillo de su saco para abonarle una fuerte suma a modo compensatorio contando con el mutuo silencio como garante solidario, a fin de que Lucas tenga un sólido ingreso de dinero y también con saldo ilimitado, con permanente servicio gratuito, una gentileza de la empresa.
Lucas cambió de expresión, al ver el monto tentador sonrió, le pareció razonable, era aborrecible por un lado pero cotizable por el otro, se decía a sí mismo. Igual aceptó.
Ahora él andaría por allí como rareza, lucrativa al fin, dando extraña promoción a este peculiar caso. Empezó a concebir que la persona que se oye para adentro está desfasada, oldfashioned, le falta el next step, no se ha downloadeado lo suficiente aunque ande bajoneado.
Sin mayores dramas, antes de tener que alzar la voz, le llegaban nuevos saludos desde la billetera. El hombre en cuya voz estaba el cartel invisible, sólo audible a través del aparato, ya no era un caso disonante porque tenían que ponerse de acuerdo el celular y la persona, por lo tanto era un complemento armonioso, como las consonantes que solamente pueden pronunciarse combinadas con una vocal.
Lucas Aguirre se sentía el único ser en consonancia con los avances del futuro tecnológico, un adelantado, un heraldo.
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CRIMEN ESPEJADO
Regresas con los ojos titilando como luces de neón en un pasillo. Tu boca parece cansada de decirlo todo, Diana. Tenés cara de que te extirparon el diente más oculto. Peor cara trae tu acompañante. No quiero pensar en ese diálogo absurdo que sólo pudo ocurrir en uno de esos sórdidos bares que frecuentas, cómo no, es parte del oficio.
Aquel que pregunta mi nombre, trae una misión.
Lo deberías intuir. Lo encubrís con tu oficio de complicidad placentera.
Imposible sentarse a determinar cuántas farsas montaste en tu vida.
La promesa de guardar silencio fue una de ellas, quizás la más estudiada pero de seguro la más reciente, y eso no es garantía de que esté vigente. Instantánea y soluble como leche en polvo, tu promesa tiene ecos mentirosos, que todavía te escucho pronunciar.
Lo peor de todo es que trajiste a este supuesto cliente hasta aqui. ¡A qué costo, Diana! Esta vez no te has vendido, me has vendido. No finjas ignorar la búsqueda, todo ese rastrillaje tras mis pasos. Nada puede ser tan casual como para pasar desapercibido aquí.
Ni siquiera le llevás a otra habitación, esto podría considerarse como falta de ética, pero aquí, lo sabemos, no cuenta eso. Sólo el dinero.
¡Ya no importa de dónde trajiste a este tipo! Está adentro y con decisión criminal, viene a mi encuentro y vos sos su complaciente instrumento.
Fingen que no se conocen y que van a verse por primera vez. La escasa charla y lo trivial de la escena me delatan un plan. No creas que todo me parece así únicamente porque me siento perseguido. La rabia me acorrala, lo único que puede romper el cerco es el odio acurrucado como resorte que está por lanzarme a quebrar en mil pedazos tu cara.
¡Qué poca originalidad demostrás al no cambiar de escenario para tu siguiente farsa! La llevas a cabo silenciosamente. Depositás tus ridículos aros en esa mesita, que siempre estorbó al costado del sofá verde tan gastado como tu esperanza. Aunque aquí nada es tuyo, ni el sofá ni la esperanza.
Falseás un leve tropezón con la pata de una de las sillas de plástico. Vamos, no pretendas hacer creer que el alcohol te enturbió los sentidos. Nunca fue así. Te movés, entre rocas o sábanas, como ágil serpiente, más que antes.
Sabes, aún borracha lo notarías, que ese tipo no es un cliente, es un maldito sicario que anda tras mi sombra, y vos, Diana, lo traes así nomás, como el más pintado de los clientes, a ésta mi segunda casa.
Y últimamente, la única. Mi refugio.
Mi santuario.
Y vos lo profanas con tu traición.
Te veo con tu misma insinuación casi dramatizada por horas ante el espejo y llevada a las tablas, o mejor dicho a las camas, en varias noches ante tu mejor público.
Y ya ves, de todo ese buen público hoy quedamos dos, ese asesino que tenés enfrente y yo, que ahora te veo mejor de lo que te veía en mi mente.
Para mí está claro, ese tipo no es un cliente, no vino acá para eso. No veo doble ni alucino. Tampoco estoy cegado por los celos, incompatibles con tu profesión o por la desconfianza, moneda común aquí. Esta escena me resulta tan clara como reflejo de espejo y no me digas que es a la inversa, no me vengas con eso de los sueños, los espejos al revés y otras baratijas de simbología absurda. Mejor acábala, nada de cábala.
El banal gesto de deseo que tus labios esgrimen como su argumento vivo resulta hoy trillado para iniciar la llama que todo lo devora.
Sabés que él no trae esa intención, ¿para qué entonces te desnudas? Para dar credibilidad a esta escenificación o por la paga que incluye todo, su pongo. Los billetes ya los habrás contado afuera, antes de delatarme, antes de guiar a este desgraciado a la penúltima habitación.
Me querés tener cerca hasta el final. Por eso te apegabas a mí. Valgo una recompensa. Olvidaste o nunca supiste, siempre obviaste detalles, que en todas las habitaciones mi buen amigo Octavio ha ubicado cámaras ocultas detrás de los espejos convirtiendo su habitación en un centro de monitoreo. Y aquí me tenés. Observarte en la pantalla es acceder a un circo funesto, tu simulación no lograría convencer ni al más novato de tus clientes.
Este supuesto encuentro casual no tiene nada de pasional y menos en una habitación así. Te sacas la blusa anaranjada y el pantalón negro en un acelerado proceso de revelar el cuerpo que no pensás dar uso, únicamente el juego de lencería te lo dejás puesto, supongo que este montaje y lo digo en el más amplio sentido de la palabra, es para salir corriendo semidesnuda después de los disparos para que así parezca que estabas haciendo algún show en la pieza cuando suenen los tiros, ¿podes hacer creer que trajiste hasta aquí al cazador para que caiga en la trampa? A mí no me parece que ése sea el plan en marcha. ¿Qué soy, según vos, la presa, la carnada, la trampa o la recompensa?
Aunque pudieras responderme, no te creería nada a vos, menos aún del modo en que te estoy viendo.
Estarás urdiendo todo eso cuando veo que te agachás, te pones en cuclillas y luego apoyás una oreja sobre el piso para escuchar la vibración entre las baldosas. Vaya, así que buscas captar algo de mi habitación contigua. ¿Captas mi odio?
Al verte así, el intruso casi olvidó su verdadera misión aquí, resulta tan gracioso que lo descubras hurgándote enteramente con su lasciva mirada, te sentís más perra aún y me imagino que le das una torpe aclaratoria, es una pena que no funcione aquí el audio, probablemente le decís algo así:
-Intento escuchar si él está allí porque siempre oye música en sus auriculares y suele marcar el ritmo con sus pasos.
Dada la ubicación de los espejos, vale la pena observarte así, Diana, en esa tentadora pose que desata instintos. ¿Será que te imaginas que estoy aquí? Pagaría por tu pensamiento ahora. Sólo este instante, una idea y pagaría mejor que lo que te pagan por tu cuerpo. Bueno, eso parece que llegó hasta tu cabeza porque te erguís con cara de ofendida. Debe ser el esfuerzo de agacharse que mandó sangre a tu fría cabeza.
Te vas hacia la esquina más alejada de la cámara para arreglar tu pelo. Justamente en ese rincón quedás fuera de alcance. Así no veo tu rostro y no puedo distinguir los gestos que le haces a tu respetuoso pero nada respetable invitado.
Tu farsa está acabando, tus largos cabellos negros fungirán de telón.
Creés que ahora no estoy. Te equivocás, Diana. Yo siempre estoy. Solamente vos te vas y cuando volvés ya no sos la misma. ¿Qué te pasó allá afuera? ¿En qué pliegue de tus ropas caídas quedó tu promesa?
Promesa y silencio, separados no son nada. Tendré que ser yo quien te haga cumplir ambos. Vaya tarea.
Ojalá que cuando yo entre en esa habitación, la penúltima del pasillo como acostumbras usar y cuya copia de llave nunca dejo de llevar, el sicario continúe mirándote y vos sigas sacándote la recargada pintura de los labios ante el espejo de ese ropero vacío en el que vas a caer. Allí me verás abriendo fuego contra ambos en un doble adiós ante el espejo.

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A propósito de Clonsonante
Por José Pérez Reyes
Es tan frecuente ver personas hablando de aquí para allá con sus celulares, discutiendo al cruzar las calles, obviando saludos en las veredas, gesticulando en escaleras o, peor aun, en plena conducción, más aferrados al celular que al volante, lejos del freno o del embrague.
Es tan poco probable verlos sin sus celulares que se me ocurrió crear el personaje de Lucas Aguirre, teléfonodependiente, que un día amanece sin voz, sus palabras solamente pueden ser oídas a través de su aparato celular.
Esto va a generarle una dependencia aun mayor. “Su voz había sido clonada en forma perfecta, ya el chip contenía todos sus tonos, inflexiones, modulaciones, escalas, semitonos... El celular era algo así como un clon sonoro”.
De allí el nombre del cuento “Clonsonante” que da título al nuevo libro. En consonancia con estos tiempos. Un caso extremo en cuanto a la situación pero quizá cercano en el tiempo. De hecho, la ocurrencia irónica no está tan lejos de lo que por ahí vemos.
En tribunales, a más de un colega vi apurándose en los pasillos, hablando solamente por teléfono, nunca lo escuché hablar en vivo o dirigirse personalmente a alguien. ¿Cómo sería su voz real? ¿Sonaría igual sin pasar por ese filtro? El loco ya no es el que anda hablando así sino aquel que cuestiona esto o no entiende los avances tecnológicos que para eso están, para diferenciarnos.
En el anterior libro, Ladrillos del Tiempo, reuní quince cuentos que escribí entre 1990 y 2000, con el tema de la formación de la memoria como un muro imaginario en el que cada ladrillo es un recuerdo y que vamos cimentando o derribando, según nuestros actos, para construir nuestra propia realidad. Ahora, en algunos cuentos de Clonsonante exploro en otras ficciones los sueños, recuerdos e impresiones, hasta dónde se mantiene la realidad de los mismos siendo tan subjetivos y caprichosos. En uno de los primeros cuentos aparece un internauta solitario. Este jorobado (porque está todo el día inclinado encima del teclado) que joroba a todos entrando al acecho en los foros, es un tiburón de aguas cibernéticas. No rehuye esa red, es más se dedica a atrapar en ella a los incautos que al conectarse se ponen disponibles, ya no para el chateo sino para el acecho. Nadie se preocupa de avisarle que hay otras ventanas que no están en la pantalla de la computadora.
Otras cosas raras pasan en las páginas del libro. En “La Galería”, una misteriosa colección de pinturas y esculturas marea, confunde y revela a un despistado transeúnte que quiso protegerse de la lluvia y no se le ocurrió nada mejor que entrar en este blanco recinto de arte oscuro. Asoma también “Un Rostro en el camino”. Basta que aparezca una sola vez ese rostro de mujer para que el conductor se desvíe del camino, o quizás ella vino a encarrilarlo. Dentro de un peculiar ómnibus ocurre un encuentro con una niñera, lo que produce una “Ida y Vuelta”. En plena batalla y en la vida misma, un soldado se extingue como “La Bengala”. Merodea también una “Roja boca abierta” que no para de decir cosas. Las diferencias entre una abuela y su nieto son tantas como las que pueden haber entre “El cerro y el tren”, excepto por algo lejano que, entre diálogos en guaraní, los acerca.Se dice que el cuento debe ser preciso como mecanismo de relojería, de allí que escribiera algo que no funciona como cuento pero sí como mecanismo de tortura relojera, debido a una tiránica presencia de relojes. Una crucifixión como ficción temporal entre las manecillas del reloj, por eso lo titulé “Relofixión”.
El borrador del “Crimen espejado” lo escribí, precisamente, en Bogotá en el 2003. Los apuntes garrapateados en el hotel se transformaron en este cuento en que las situaciones le parecen muy evidentes a un obsesionado prófugo que no se fía ni de las sombras, mucho menos cuando se juntan dos cuerpos en la habitación contigua del prostíbulo, su refugio, su santuario.
En Paraguay cuesta mucho editar (especialmente si uno es joven) y más aun difundir una obra literaria, aunque el número de lectores ha mejorado recientemente. Uno tiene que hacer prácticamente todo excepto el trabajo de imprenta. Autofinanciarse o habilitar cajones del escritorio para eternos inéditos. Cubrir gastos, conseguir un lugar de presentación, organizar la charla, hacer la difusión, agendar la distribución de los ejemplares. Muy anecdótico, pero haciendo de hombre orquesta uno corre el riesgo de desafinar en algún instrumento, justamente por descuidar lo principal: la partitura escrita.
Afinado o no, ya está sonando Clonsonante, el nuevo libro de cuentos. Ahora a trabajar en el próximo que será una novela. Mientras exista una meta, hay fuerza.
Fuente: Revista de libros - piedepágina – Bogota39

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