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lunes, 22 de noviembre de 2010

JACOBO A. RAUSKIN - JARDÍN DE LA PEREZA (POEMARIO) / Alcándara Editora, Colección Poesía, Nº 52 - 1987.



JARDÍN DE LA PEREZA
Poemario de JACOBO A. RAUSKIN
Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
Colección Poesía, Nº 52
© J. A. Rauskin
Alcándara Editora
Edición al cuidado del autor y C. V. M.
Diseño gráfico: Miguel Ángel Fernández
Viñeta: Carlos Colombino
Tiraje de 750 ejemplares
Hecho el depósito que establece la ley 94
Se acabó de imprimir el 31 de julio de 1987
en los talleres gráficos de Editora Litocolor
Asunción del Paraguay (84 páginas)

a Natalia, mi madre

… fleuve d’oublie, jardín de la pareses
BAUDELAIRE


 
 


 
Con sorprendente falta de retórica, la nueva poesía de J.A. RAUSKIN (Villarrica, 1941) propone al lector un divertido pero riguroso itinerario: nubes, sabores, plantas, figuras emergentes, un completo microuniverso vívido y cantado con la despreocupada lucidez y natural postura de quien se reconoce señor de sus propios actos y memorias, generoso habitante de un JADÍN DE LA PEREZA que, solo recibe a quien puede repartir sus delicadas frutas. ALCANDARA propone estos versos con la evidencia de su originalidad y el deseo de que ocupen el estado que les corresponda en la actual lírica paraguaya.


1
DELICADEZA DE LOS BALDÍOS
Llueve, llueve sin prisa,
en el aire de marzo.

Bajo la lluvia fina,
la fina palma indígena.

Y en el verano suave,
aletargado, manso

-hay tedio y no tormenta,
hay viento y desengaño-,

aparecen los cocos
intactos en el barro.

Ayer no lo pensaba
y ahora lo recuerdo.

Son frutos del olvido
en jardines y páramos

las horas de algún sueño
robadas en un patio.

NO RECUERDO LA CASA
Recuerdo el camino, lejos.

Lejos de la ciudad
y, si ahora lo pienso mejor,
aún más lejos del campo.

Recuerdo el camino
bajo la luna irreal, amarilla
hacia el fin de la tarde.

Luna, hoy, de antes.

No había chacras, kerosén había
en un olor muy distante.

No recuerdo la casa,
minifundio abolido.

Recuerdo el camino.
Tierra descalza, baldío
de árganas, de flores, recua
de nubes.

Puro pasto, puro todo.

Un ápice de sol,
un residuo de fútbol.
Allá, allá lejos, quizá un charco.

PAISAJE DE UN PINTOR INGENUO
No son flores de almanaque,
ni son, sobre un cerro gris,
asnos en paz y en la tarde.
Qué lástima, pues aún caben
en un cuadro ya feliz.

MUY CERCA DE AQUEL ARROYO
Yo siempre quise vivir
muy cerca de aquel arroyo

Tan cerca, que no recuerdo
si no era en las mismas aguas
donde quería vivir.

Ahí se bañaban... Carmen,
su madre y una sobrina.
Hermana de Carmen era,
aunque se llamasen primas.

Ahí se bañaba Elodia,
a quien quitaron la "e".
Lodia quedó por un tiempo,
después... se llamó Inés.

Sea de otros el cielo
de Arcadia y sus visitantes,
yo siempre quise vivir
muy cerca de aquel arroyo
de Arcadia y sus naturales.

Tan cerca, que no recuerdo
si no era en las mismas aguas
donde quería vivir.

Quería llamarme arroyo
y aún quiero llamarme así.

Quisiera ser ese arroyo,
arroyo claro, que pasa
ciñendo en un dulce abrazo
de muy unánimes aguas
a las mujeres de Arcadia.

LAS NUBES
Lejanas, como en los primeras días de la tierra,
por un cielo de nadie se demoran.
Ahí hermosas.
Un joven sin oficio
ni cálida familia suficiente
a esa lejanía se acostumbra, poco a poco, y al azul
donde calma y dulzura unas horas alcanza
de tarde en tarde.
Así, al pie de un árbol, solo,
después de haber seguido
el breve discurso de un arroyo,
cuando descansa el cuerpo de su ninguna fatiga
y se tiende
y espera
en la hierba y al borde
de un mirar nuevo, limpio, las mira
realmente.
La luz que en ellas vive viaja
un instante sin ellas, a él desciende
y ambos viven la gracia
o el olvido de unas formas
que el viento crea, libre, como crea un alma
un día por el aire su leyenda.
Ahí, sobre la hierba
que a veces llama yuyo
-con acierto-
algún labriego, descubre
cúan suya es la pereza
si en las divinas horas y en un prado
bajo las nubes crece.
Junto al arroyo fino,
desde una dulce sombra pura
-tumbado, la nuca
en el cuenco de ambas manos-,
las ve pasar, idénticas a nadie, a nada,
y acaso más distantes
cuando de tarde en tarde
su enajenada luz desnudan.

EL VIENTO Y LOS MANGOS
Sobre su hamaca impecable
y en cierta sombra cansada
de ser la ausencia de alguien,
duerme la luz del verano.

Duerme la luz una siesta
y, soñando, hoy se pierde
donde tiemblan unos mangos.
Ya no duerme, ya despierta

sobre unas manchas intactas:
¿Moscas? ¿Motas de un leopardo?
Quién sabe si son las manchas
que flotan sobre los mangos.

Sobre los mangos maduros,
en el suelo adormecidos.
O sobre los mangos verdes,
magullados y abatidos.

PÁJARO AZUL
Cuando se acerca, sin miedo,
a regias limas de Persia
y, probando, ya las deja,
termina siendo en mi libro
y en cierto limero airado,
objeto de algún estudio
el ave azul de la siesta.
¿Quería comer guayabas?
Puede ser, mo lo sugieren
las alas y el aire dulce
del campo lejos, en calma.
Se multiplican las hojas,
desaparecen las huertas.
Un bosque se vuelve monte
o en su defecto, floresta.
Ese pájaro ya tiene
más árboles de la cuenta
y en tanto frondoso vuelo
-patio al fin, de arena y siesta-,
cualquier árbol se parece
a sí mismo y a un guayabo.
Es así... con unas alas
cansadas hoy de volar.

LIRIO DEL CAMPO
Se aleja un cuervo, ya canta el pitogüé, afirma
su andar ese caballo saliendo a la pradera.
Y en esta relativa calma, cuando las nubes
dejan de ser el rumbo ideal de una mirada
por dar su flor al sol de una tarde gris y lánguida,
pienso en ti, simple lirio del campo, dulce siempre
cuando pasan las nubes, las aves, el sol, lejos.

BELLA DEL DESAYUNO
Flor dormida. Abriéndose, se pierden
la luna de las albas y mi estrella.
Despierta entonces, para no ser bella
sino cuando desnuda y ya presente,

sin apoyo de almohada ni de hamaca,
hierba, piso de patio, catre o tálamo,
flota en la casa y el mudo páramo
de la cocina gris. Café, dos tazas.

ELOGIO DE UN ATARDECER
Que no muera la tarde.
No, que no muera,
que se quede.

Que se quede la luna de la tarde,
la luna de los árboles
casi azules,

                 la luna en los aleros,
la luna en la ventana,
con un mosquitero
momentáneamente en desuso.

OTRO ELOGIO DE UN ATARDECER
Que no muera la tarde.
No, que no muera,
que se quede.

Que se quede el infinito sin estrellas.

Que se quede cerca.
O no muy lejos,

cerca de la villa y los veleros
que aún dora un vago sol inmobiliario.

LA CASA DE LAS EUMÉNIDES
Es mejor olvidar esa casa; Ninfa ya la olvidó. Y qué bien vive: luce espléndida. Ha vuelto a la dicha, uno de cuyos nombres posibles es también Areguá. Ha vuelto a dos o tres calles de hierba, o de ciertas piedras que, cuando no están cerca, hacen un ruido como el de las burbujas en el lago... ¡Ninfa! Si no fuera porque ya la olvidó para siempre, no me atrevería yo a recordar ahora la casa. Esa casa tan hogareña en apariencia, tan aregüeña en su aspecto. Sin embargo, ningún huésped conoce ahí los sabores de té, del café, del mate. La hospitalidad de las dueñas -un par de hermanas en edad de no merecer- excluye toda infusión que no sea la de un balsámico silencio entre dos comentarios lacerantes.


(INTERMEDIO EN LA COSTA)

LA PEREZA Y EL MAR
Y un alero nos deja
otra casa con sueño:
las hamacas son buenas.
Dormir, en paz, la siesta.

Leer, o bien mirar
desde lejos la lluvia.
Una tarde notable:
no gris, marfil de faro.

Ya se pierden los pasos
en la hierba y la bruma
y en el viento que inunda
hoy de lilas el mar.

2
EL DULCE ADIÓS DE UN RÍO
Pasa, vive, el duro sol no ignora
dejando, hoy de prisa, bajo el manto
y el arco de los árboles dormidos
los divinos resabios de la aurora.

JARDÍN DE LAS DELICIAS PASAJERAS
Todo es belleza
o lluvia, garza

morena o rubia
por un instante.

Después, es nada;
es eco muerto.

Fue profecía,
es adulterio.

Fue cuchitril,
es cucaracha.

Fue tantas cosas
y ahora es nada.

Fue mucho menos
y sigue siendo.

Fue reservado.
¿Era un incesto?

No fue discreto,
es un pecado.

CORO DE CONFORMISTAS
Optimo, un domingo.
Las frutas en la mesa,
las flores en un árbol,
las hormigas, la hierba
y el estado del tiempo.

Cuando de pronto vemos
el cielo v otro lunes.
La nube de los martes.
¿El miércoles? Apenas.
El jueves, cada jueves.

El viernes nos recuerda
ay, de alguna manera,
el sábado divino:
muriendo ya nos deja
un óptimo domingo.


(INTERMEDIO EN LA NIEVE)

BELLO PRESENTE, MONTAÑAS
Dulce nieve pasajera,
nunca dejes de caer.
Tú redimes el desierto
de otra nieve: la de ayer.

3
UN SUEÑO
Las noches comenzaban a ser largas, no por el cambio de la hora local sino por cierto insomnio, muy frecuente en mí durante aquella época. Solía yo pasar muchos amaneceres caminando; buscaba un desayunadero, una panadería, una pirámide de frutas en la calle, un poco de mercado en las albas del no-sueño. A veces, leía el periódico y vivía mi propio collage
en esa plaza
con una glorieta
y otra viñeta
telúrica o tetánica
que, por otra parte, deja de ser una viñeta para ser un fragmento de río y chatarra en los ojos de cualquier madrugador desinteresado. Y una vez, estando yo ahí bajo la protección de las últimas estrellas, de la suave luna del alba, del fino sol llamado Febo por Pandora, quedé profundamente dormido.
Quién sabe si alguna vez desperté de aquel sueòo; soòé que no era yo quien dormía.

LOS AMANECERES DE UN CONFORMISTA
Tristes albas desvaídas,
dulces auroras radiantes,
mueren de prisa en un cuadro
de costumbres aún locales.
Y, muriendo, dejan claro
el cielo para los pájaros.
Él se conforma con menos:
cierto patio de ladrillos,
un jazmín llamado magno,
el paisaje en la toalla
y un jabón (de olor) rosado.

NINFAS DEL AMOR VIVIDO
Con la gracia del viento
y las flores de un árbol
pasan.
         Son las otras,

las otras flores
del tarumá,
de la carova,
de los tres lapachos.
                               Todas,

todas pasan
por un túnel de sombra
y una calle de tiempo.
                                   Y, pasando,

en alguien aún se demoran.
Ahí, en unos dedos.
Allá, en otro pecho.
Más allá, en otra mirada,
en un colegio de niñas, en un hospicio de faldas.
Ah, pasan,

siempre pasan.
Por la mañana pacíficas.
Y por la tarde lánguidas.
Y un río de pétalos,
                               un río de olvido

huye al pie de la ciudad lacustre donde asciende
el humo dulce y sonoro de una rama seca
o el grito puro, inaudible, del amor vivido.


JARDÍN DE LA PEREZA
Miro pasar el río
y una nube,
ciertas aves,

un bote,
algún camalote,

las victorias

regias e insufribles
entre las flores de la siesta
y el fardo de una tarde
sentimental y algodonera,

ex,

ex joven poeta,
ahora bardo estibador
de mi propia pereza,

y aprendo,
sí,

aprendo a descansar apenas,
a descansar hablando,
mintiendo,
dando tiempo al tiempo
entre una y otra changa de verdad.

¡Hay tan pocas
ahora!


ÍNDICE

1 : Delicadeza de los baldíos, /No recuerdo la casa, / Paisaje de un pintor ingenuo, / Muy cerca de aquel arroyo, / Las nubes, / El viento y los mangos, / Viñeta,  / Y en este verano, alguien, / La ninfa del cántaro, / Muere la siesta, / Pájaro azul, / Lirio del campo, / Compañera de ruta, / Confesión, / Bella del desayuno, / Elogio de un atardecer, / Bienvenida, / Mentiras, más mentiras, / Otro elogio de un atardecer, / La casa de las Euménides, / Árbol bajo la lluvia,

(INTERMEDIO EN LA COSTA) : La pereza y el mar, / Coqueiro, / Iemanjá,

2 : El dulce adiós de un río, 4/ Embalse, / Trovador del cocotero, / La receta clásica, / El nuevo romano, / La casa de Neptuno, / En los últimos años de un soldado del rey, / La increíble vanidad del rito Halley, / Cine antiguo, / Aquel jarrón, / Tormenta, / Buen gusto en un cumpleaños, / Un pez, / Jardín de las delicias pasajeras, / Coro de conformistas,

(INTERMEDIO EN LA NIEVE) : Bello presente, montañas, / Una flor de oregón,

3 : Un sueño, / Río del sol, / Camino de la paloma, / Ronda, / El fotógrafo en su plaza, / Las hojas en el viento, / Délmer, / Los amaneceres de un conformista, / Ninfas del amor vivido, / Florcita misteriosa, / Festín, / Esa urbanización, / Jardín de la pereza.


 

ENLACE RECOMENDADO:
POEMAS VIEJOS
Por JACOBO A. RAUSKIN
Editorial Arandurã
Asunción-Paraguay, 2001 (186 páginas)


viernes, 29 de octubre de 2010

RAQUEL SAGUIER - LA NIÑA QUE PERDÍ EN EL CIRCO - Prólogo: JACOBO A. RAUSKIN / Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL “AUGUSTO ROA BASTOS” del CENTRO CULTURAL DE LA REPÚBLICA “EL CABILDO”




LA NIÑA QUE PERDÍ EN EL CIRCO
Novela de RAQUEL SAGUIER
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
Editorial SERVILIBRO
Pabellón “Serafina Dávalos”
25 de Mayo y México – Plaza Uruguaya
Telefax: (595-21) 444 770
Diagramación y Armado: Gilberto Riveros Arce
Edición al cuidado de la autora.
Asunción, Paraguay, Junio de 2003
Hecho el depósito que marca la Ley nº 1328/98
I.S.B.N. 99925 – 874 – 4 - X
Asunción, Paraguay . 2003


Este libro lo podrá leer íntegramente en su versión digital,
en la BIBLIOTECA VIRTUAL “AUGUSTO ROA BASTOS”
del CENTRO CULTURAL DE LA REPÚBLICA “EL CABILDO”
Enlace para ingresar al libro
LA NIÑA QUE PERDÍ EN EL CIRCO





LA LECTURA CONSIDERADA COMO UNA DE LAS BELLAS ARTES
Si la eternidad tiene alguna forma, debería ser la de la gratitud. Agradecer es reconocer la mano de los demás en la construcción de nuestra vida. Es un gesto gratuito y al mismo tiempo la raíz de todos nuestros valores.
Virgilio decía: “Mientras en el cielo haya estrellas debe durar la memoria del bien que hemos recibido”.
Si mi madre, Lucía Bastos, a quien estoy agradeciendo en esta página, no hubiese llevado una colección de libros a Iturbe, tal vez mi infancia hubiese sido distinta. Ese pequeño pero inmenso gesto de mi madre me presentó los mejores amigos que tuve a lo largo y a lo ancho de la vida: los libros. Lucía
Bastos se llevó a Shakespeare, a los clásicos del Siglo de Oro, a Homero y a una constelación de poetas que me abrieron otro mundo más allá de las siestas incendiadas de Iturbe, reflejos de un espejismo que no termina de reverberar para dar forma a las cosas, como los personajes de aquellos libros inmortales. Con los libros recibí una herencia inmemorial y allá en la distancia, rodeado de la naturaleza salvaje del paisaje, pude intuir la marcha de la historia, las grandezas y miserias del ser humano, las maravillas de otros mundos tan lejanos como el brillo de las estrellas de Virgilio.
Hago votos para que esta colección “Festilibro” de obras infantiles y juveniles sirva al mismo propósito: participar de mano en mano, como el fuego sagrado de las antorchas olímpicas, el entusiasmo de la lectura y el amor a los libros para poder decir, como decía Montesquieu: “Nunca tuve una tristeza tan amarga que una hora de lectura no haya conseguido apagar”.

A mi esposo, a mis hijos y a
todos los que me han ayudado
a ir hacia la niña, hacia lo
más hondo de mí misma,
ya que de algún modo soy ella.


 
PRÓLOGO DEL LIBRO
Sobre las páginas que siguen
** Quién sabe si alguna vez -la probabilidad es realmente remota- pueda convencernos la poesía que, puesta a recordar la infancia ya difunta del autor, ignora al niño aún oculto en cada uno de nosotros. Por suerte, las páginas que siguen no le ignoran y ellas son así un puente tendido también hacia la propia infancia del lector. En el camino propuesto por Raquel Saguier, abandonamos muy pronto a los adoradores del calendario, descubrimos que ellos sólo tienen razón a medias: los seres, las cosas y los paisajes de la infancia resisten muy bien eso que el hombre moderno llama madurez y los clásicos preferían llamar «la afrenta de los años». Además, el lenguaje de este libro goza de una propiedad poco frecuente: la simbiosis. La escritura se desentiende aquí de todo lo que no fuese una rápida presentación de situaciones generales y conflictos acaso necesarios y ofrece, entonces y en sí misma, la pintura de un encuentro, el de la mujer adulta y la niña que de alguna manera dicha mujer adulta sigue siendo.
** Si los pensamos desde el punto de vista que acabo de mencionar. Los episodios del libro corren el riesgo de volverse puramente incidentales. Se trataría, sin embargo, de un riesgo que bien puede correr un libro cuando su escritura está puesta al servicio de la magia de los recuerdos y no de los recuerdos como tales. Así, los episodios de La niña que perdí en el circo parecen estar enlazados no tan sólo por los eslabones de la narración sino también por los de la naturaleza simbiótica del lenguaje empleado; pareciera que estas páginas estuviesen ligadas, más aún, soldadas por la llama de un conjuro.
** El conjuro se resume en apenas unas líneas. Una mujer adulta convoca a la niña que ella fue, la niña aparece. Los conflictos de la mujer adulta, sus no-conflictos, en suma, las experiencias de su vida actual, ceden, retroceden ante la aparición de la gran negadora de los años, la infancia aún sentida y vivida en el último santuario posible, la poesía. - J. A. Rauskin

CAPÍTULO - V -
Estuvo allí desde muy tempranito. Desde cuando me arrimé a la ventana y en lugar del sol de cada mañana, me encontré con esta lluvia de porquería. Primero hice como que no la veía. A lo mejor al dejar de sentirlas las cosas se acaben, me dije, y durante un buen rato no le quité los ojos a ese señor colgado de un marco, tan difícil de saber hacia dónde mira, que según mi abuela había sido su esposo antes de que lo colgaran.
Pero no hubo caso. Para nada me sirvió el experimento. Al contrario, fue mucho peor todavía, porque ahora ya no eran las gotitas de antes, sino pedazos de agua a través de mis lágrimas, acarreando ruidos de viento, de árboles, de yo qué sé, de todo lo que bajaba con ella.
Si sólo hubiera sido eso, pero lo peor es que también traía cola. A veces y de repente, el estornudo de un trueno haciendo temblar la casa entera. Después se iba, por suerte, rebotando... rebotando, hasta convertirse en eco lejano, como un pedacito de ruido que alguien se hubiera tragado.
Menos mal que los rayos caían muy de vez en cuando. Me daba miedo aquella luz tan extraña entre me caigo y no me caigo, y había que esperar que hiciera su recorrido con los ojos bien apretados, por si acaso. Hasta los grandes le tenían miedo porque mi mamá y mi abuela se santiguaban a cada rayo: «Ave María Purísima, que no se nos caiga encima», mientras besaban sus escapularios bendecidos por el Papa que les trajo una parienta de Roma.
¡Qué larga es a veces una lluvia, y además, qué fastidiosa! Siempre llega cuando uno menos la espera, igualito a esas visitas que por poco hay que echarlas para que se vayan, porque cuando se instalan se instalan en forma, como si sus partes de sentar se les hubieran pegado a la silla.
-¿Todavía sigue allí? -preguntaba a cada momento mi padre, refiriéndose a aquella señora obstinada y gorda que abarcaba un gran espacio de sala.
-Se lo pasa diciendo: «Ahora sí que me voy», hace como dos horas, y después se acomoda de nuevo -informaba Rita con entonación de espía.
-¿Ah, sí? Entonces la voy a poner en vereda. Desde aquí le gritaré: si usted no se va, nos iremos nosotros.
Y si la cosa no pasaba a mayores era gracias a la oportuna intervención de mi mamá, que toda nerviosa le decía:
-Por favor, ni se te ocurra. No me hagas pasar papelones. No lo digas ni en broma.
¿Cómo habrá que hacer para echar a una lluvia?
Hubiera querido soplar y desaparecerla. Que se borrara. Además no pasa el tiempo, y si pasara sería lo mismo, ya que las horas no me sirven para nada.
¿Por qué no se harán más pocas las horas de lluvia? O mejor, ¿por qué no se irá a llover a otra parte? Viene a caer justamente aquí, sobre nuestro veraneo, habiendo tantos lugares.
Mi papá será casi un sabio por la cantidad de cosas que sabe, pero todavía no me entra en la cabeza lo que me explicó hace un rato: que en la mitad de la tierra hay sol, y en la otra siempre llueve. Por lo visto, la parte que nos quedaba encima, de repente se dio vuelta y comenzó el diluvio.
Luego quiso convencerme de que la lluvia al caer, no hacía sino cumplir órdenes superiores del cielo:
-En todos lados hay un mandamás y unos pobres que obedecen, es inevitable.
-¿Y eso qué tiene que ver con la lluvia? Por lo menos a la nena no la metas en política -le recriminaba mamá, como todos los días.
-Ni cuando le hablas a tu hija te despegas de tu famosa política. Desde que me levanto hasta que me acuesto te escucho hablar de lo mismo.
Y como todos los días también, mi papá seguía adelante, como si continuara un discurso ininterrumpido y nosotros no fuéramos nosotros sino su público.
-En este país nunca se sabe lo que puede ocurrir el día menos pensado. El momento es muy difícil. ¿Acaso hubo carne esta mañana en el mercado? La lucha por seguir respirando se ha puesto brava en estos tiempos de privaciones y el partido necesita de todo nuestro apoyo.
-¡Basta de hacer discursos!
-Lo que ocurre es que ahora da lo mismo estar en un bando que en otro.
¿Cómo es posible que se haya perdido toda conciencia cívica?, porque quién más quién menos, se rebusca para estar arriba. Pero te aseguro que sólo es cuestión de tiempo. Ya verán. Ya verán. Sólo que cuando vean, será tarde y la tortilla ya estará bien dada vuelta. Yo sé lo que te digo...
-Y yo, es la quinta vez que digo: no insistas con el tema cuando haya chicos delante. Has hecho de eso una especie de vicio.
-Deja en paz al único vicio que ya me queda, aparte del cigarrillo.
-¿El único? No tanto el único...
Entonces empezaban a reprocharse todo desde el principio, y yo no sé cuál de las dos cosas era peor: si oír aquella pelea o escuchar la lluvia. Y después uno de los dos se iba dejando un portazo en la cara del que se quedaba. Y después, pasarían tres, hasta cuatro días sin siquiera dirigirse la palabra. O sea: lo de siempre. Si no hubiera sido por esto, hubiera sido por aquello. Claro que durante las vacaciones se peleaban menos. Un poco menos.
Yo nunca acabaré de entenderlos. Algunas veces actuaban como perro y gato, y otras, como si se quisieran mucho, porque se abrazaban fuerte, durante largo rato. Me sentía tan feliz entonces, que habría dado cualquier cosa porque se quedaran así para siempre.
El caso es que luego de varios intentos, se fueron callando del todo... y todo volvió a quedar como antes. Aunque no enteramente igual que antes, porque de pronto, en el primer silencio, se destapó la lluvia del otro lado de la ventana y alguien pasó gritando que cerraran persianas y puertas para que no se inundara la casa.
La misma lluvia de porquería había vuelto sin haberse ido. Casi me duele ver la frente a mí, y un poco más lejos, salpicando el vidrio, y todavía más lejos, allá donde yo tendría que haber estado jugando.
Me quedaré aquí, un rato quieta, a ver si así al menos la escucho hablar. ¿De dónde habrá sacado mi padre que la lluvia habla en su idioma?
-Escucha, ¿viste cómo conversa?
-No.
-¿No? ¿Y ahora?
-Ahora tampoco.
-Bueno, ya la escucharás cuando te concentres. Porque para eso hay que estar concentrado. Después podrás escucharla.
Eso estoy haciendo ahora. Escucho con todos mis sentidos puestos en las dos orejas. Sólo escucho... voces ahogadas que salen de la lluvia. Voces sueltas que chocan contra el suelo formando burbujitas, y acaban arrastrándose despacio, en susurros casi, para formar raudales de voces. Arroyoitos también. Como si quisieran decirme algo al pasar. Alargo hasta donde puedo la oreja y... Nada. Otra vez y otra vez NADA. Cuando una voz venía, la otra se alejaba. ¿No se encontrarían nunca para formar una palabra? ¿Ni una sola? Voces sin pies ni cabeza que nunca me dirán nada.
-¿La sientes ahora?
Siento igual que si alguien tartamudo rezara un responso sobre las tejas. Y si a eso mi papá le llama hablar, pues entonces ya lo creo que habla. Pero hablaría en chino, porque lo que soy yo, no le entiendo ni medio. Y más que hablar se plaguea. Incluso ahora mismo pasa llorando por las inconsolables canaletas que recogen el agua del techo. Vaya manera extraña de decir las cosas. Seguro sólo mi papá y la tierra son capaces de entenderla. Yo, por el momento, ni papa.
*  *  *
Me pregunto qué voy a hacer todo un día encerrada dentro de este aburrimiento, porque no me dejaban salir ni a la puerta y desde allí no podía ver gran cosa: más allá, la misma lluvia y más allá, la misma lluvia entre mis ojos y el cielo.
Si yo fuera una señorita sería diferente: un simple paraguas arreglaría el problema. Pero todos somos tan niños, que ni siquiera piloto tenemos.
No había más calles. No había más plaza ni gente paseando. Aunque ahora que me acuerdo, hace poco vi pasar aquel perro que más perro parecía un bote, así remando con las cuatro patas. Tampoco se puede decir que haya estado en plan de pasear el pobrecito, sino de llegar cuanto antes, porque en el mismo instante que lo vi dejé de verlo. Con tal de que no le haya ocurrido ninguna desgracia.
Y desde entonces no volví a ver otra cosa viviente. Ni colores había. Apenas un gris pálido rodeando al pueblo, que todo sucio de lodo se había hundido en un charco. Ni más ni menos que si esta casa fuera el Arca, y el resto con Noé y todo, se hubiera ahogado.
Tampoco escucho cantar a los pájaros. ¿Dónde se meterán tantos pájaros juntos? Según Rita, se van a buscar un techo, porque con semejante lluvia se les tranca el vuelo. Seguramente por eso habrán pasado volando tan ligero.
Así me paso la lluvia, metida en este pedazo de casa que es un cuarto, extrañando la vida de afuera.
¿Qué se habrá hecho de mi escondite del árbol? ¿Y de las semillas de mango que la semana pasada planté para que tuvieran manguitos?
Aunque sea un poquito de sol, que brilla pero por su ausencia, hubiera hecho más divertido el encierro. Todo deja de funcionar cuando falta el sol. Todo queda como sin vida. Todo se descompone. Muy parecido a cuando mi mamá se ausenta de casa.
Y aquí estoy: ni asmática ni castigada ni siquiera engripada. Sólo esperando que se le ocurra escampar algún día. Soy una niña que de tanto esperar me volveré vieja, igual al caso de la tía Etelvina, que vieja vieja no era, pero poco le estaría faltando. Porque había perdido la mitad del pelo y casi todas sus esperanzas de que volviera el novio, del que nunca jamás volvió a saberse nada. Aunque tampoco se encontraron sus restos.
Y conste que en la despedida ella le había dicho: «aquí me encontrarás cuando vuelvas», y él: «no tardaré mucho, mi cielo». Lo menos veinte años esperó «su cielo», hasta que al final, casi se fue de monja, porque según mi papá en total desacuerdo con mi mamá, para ir de otra cosa ya no reunía condiciones.
De repente, como que quiere aclarar hacia donde está el guayabo. ¡Qué maravilla! Una delgada rayita de sol intentando asomar entre la juntura de dos nubes. Estuvo un rato allí, sin dar ninguna luz, algo indecisa, un rato apenas, y después se hizo tan débil, que terminó desmoronándose en cenizas. Y todo volvió a quedar en el gris de siempre.
-¿Cuándo va a escampar, Rita?
-Dentro de un ratito nomás. Dentro de un ratito. Siempre que llovió, paró.
Pero el tiempo pasaba y el ratito no pasaba. Ya debería haber terminado y todavía no termina. Falta. Falta. Siempre falta todavía.
-¿Cómo más o menos es un ratito?
-Es un rato chiquito y ¡ya basta!
¡Pucha digo! Siempre sucede lo mismo. Abusando de mi inocencia siempre.
Cuando los mayores no saben qué contestar, recurren a unas cuantas mentiras y enseguida te mandan callar.
Porque en aquel ratito de Rita cabía casi un año para mí. Puede caber la eternidad también.
Un poco más allá de donde yo me estoy aburriendo, están mis otros hermanos, armando cada zafarrancho que ha puesto patas arriba el cuarto. Parecían contagiados de la electricidad del rayo. Gritaban y habían gritado tanto, que casi no les quedaba voz, y tanto se había plagueado Rita, que casi no le quedaban fuerzas:
-¡No, así no!, que te vas a sacar un ojo. ¿Por qué tendrán que jugar como locos? ¡Mi Dios! Esto ya no parece la tierra sino el infierno, y ustedes unos demonios con cola y todo.
-¡Rita! ¡Rita! ¡Julio me está llamando maricón!
-¡Sí, porque él me tentó primero!
-¡No seas pelotudo y yaguaí!
-El que lo dice lo es.
-Con llorar nada se remedia, mi hijito.
No es que fuéramos demasiados. Nada de eso, Cuando salimos, no damos la impresión de ser muchos. Cada cual se va por su lado y lo más bien pasamos desapercibidos. Pero así, todos castigados por la lluvia, somos bastantes. Un batallón más o menos. Además, había que minar a la abuelita, que casi nunca sale la pobre, pero lo mismo abulta.
Y lo peor es que hay que portarse como una niña buena y decir que sí a todos los no. Y todavía mejor que eso: debo portarme como una señorita, como si las señoritas no hicieran cada cosa a cada momento.
De veras que no los entiendo ni los voy a entender nunca. Para algunas cosas me dicen que soy muy chica, por ejemplo, para las revistas. Resulta que primero me enseñaron a leer, haciéndome tragar veintitantas letras del abecedario juntas, sin poder cambiarles el orden. Letra por letra, palabra por palabra, sin fallar en una coma. Y al final, cuando estoy en condiciones de practicar un poco, resulta que me han escondido hasta la última revista. Yo pienso que mejor hubiera sido seguir contando con los dedos o leyendo de memoria mi libro de lectura. Total, para lo que me sirve ser instruida. Y cuando les conviene, quieren hacerme ver, sentir, pensar y actuar como si yo ya hubiera crecido.
-Y más bien aprovecha para repasar el catecismo y después la tabla del siete, que aún te sale torcida. ¡Ah!, y sobre todo, no pelees con tus hermanitos. Que casi siempre me están buscando pelea.
Porque algo teníamos que hacer. No se puede pretender que así, de golpe, seis niños bien alimentados y en edad de correr se conviertan en media docena de estatuas. Tampoco había derecho. Por más abogado que mi papá sea: ¡no hay derecho!
Claro que aquí iba a haber pelea, salvo que saliera el sol. Pero la cosa es que no sale. Una pelea que nunca se sabe cómo empieza, aunque sí como se acaba. Acaba siempre que mi papá entra gritando que nos dejemos de jorobar, que ya hicimos «eso otro», también con jota, demasiado, que a la gran siete que somos hinchas, que basta ya y con cuidadito, porque ahora sí que van a ver lo que es bueno, mientras daba vueltas con la mano abierta buscando a quién pegar primero.
Todo bajo la paciente mirada de Rita, que en tanto nos controla con la parte de arriba de sus anteojos, con la parte de abajo hace de costurera. Incluso Rita, siempre tan buena, se ha vuelto de repente, rezongona y mala. Lo que hacemos nomás, está mal hecho. Por cualquier cosita nos reta:
-Este muchachito mea que te mea el santo día -gruñía, mientras sus pechos robustos caían sobre mi hermanito, por poco hasta desaparecerlo, cuando se inclinaba para cambiarlo, porque no había forma de quitarle la fea costumbre de hacer pipí donde no debía, ni el terror a la escupidera.
-Cuándo será el día que no te hagas de todo encima. Yo ya estoy vieja para estos trotes. Ya no me da el cuero. Todo lo han de ensuciar. Miren un poco: ¡este cuarto parece un chiquero!
*  *  *
Desde la voz que rezonga mi nombre, veo a Rita, fija como en un retrato.
Rita... juntando cuatro ternuras se escribe Rita.
Rita... la otra mitad querida de mi pedazo de madre, aunque a veces, también me fastidia tanto, que casi estoy por olvidar cuánto la quiero.
¿Y cómo no voy a quererla? Si yo no puedo recordar la vida sin ella. Si nos había cuidado desde que nacimos, desde hacía tantos años, que ya no le alcanzaban los dedos para contarlos. Si detrás de cada tarde, de cada llanto, de cada velita apagada estaban sus besos. Cuántas noches la habrán visto sin sueño, pegada a nuestros catarros, a mis ataques de asma. ¿Cómo no quererla, entonces? Si todos mis recuerdos la recuerdan.
Y ahora sigue aún aquí, al pie del cañón.
Acaso algo más desteñida. Un poco sorda, también, porque según mi abuela, el tiempo pasa sobre las personas y les va gastando un poco de todo: la memoria, la paciencia, los ahorros, la vista y los zapatos. Aunque eso sí, a Rita aún no se le acabó la dulzura.
Tiene los ojos negros del mismo color que la cara y que casi todos sus vestidos de salir y de entresaca. Labios anchos, abiertos siempre para la sonrisa o para los besos largos o para aquellos ronquidos en varios tiempos y en distintos tonos, que nunca dejaban dormir a nadie. A veces ni siquiera a los vecinos, cuando el viento soplaba hacia la derecha. Pero lo mejor de todo son sus manos. Así de grandes. Blanditas. Calientes. Nunca vi manos tan parecidas a panes. Debajo de su calor me refugié tantas veces. Eso es Rita. Un delantal de hule sobre el crujido de sus sedas viejas, un pañuelo amarrado a la cabeza y la voluntad dispuesta siempre. Porque nunca para de hacer cosas de la mañana a la noche. Y a veces hace como que no hace nada, para que mi mamá no la rete:
-¿Pero qué apuro hay, Rita? Eso se hará mañana. ¿O acaso alguien la está corriendo? Ahora mismo se me va a acostar. Y si no lo hace por las buenas, entonces tendremos que atarla. Que pase buena noche, Rita.
Se levantaba antes que el sol, mucho antes que se levantaran las luces. Apenas amanecía, ya estaba sobre sus pies. Luego el día se le iba de un lado a otro, trajinando entre rezos, entre el calor o el frío, entre las sombras a veces, cuando le ganó la hora. Tratando de remediar tanto desorden y de tenernos a todos relucientes, impecables hasta del último recoveco, como a mi mamá le gusta que estemos. Y casi parece que nos sacara brillo, igual a la casa los jueves.
Porque aquí los jueves, se hace una limpieza a fondo, que nos incluye también a nosotros. Para sacarnos la suciedad semanal que se nos iba quedando pegada. Se arma un batifondo de escobas, plumeros y baldes. Por donde se nos mire quedamos con la casa chorreando agua. Se echan las telarañas del techo, se lavan los cuartos a baldazo limpio. Se frotan los pilares y detrás de cada oreja, y con minuciosa insistencia entre las partes privadas.
-Esto es peor que una revolución -se quejaba mi papá, que andaba medio desafinado dando vueltas con el diario sin hallar dónde sentarse.
Y a veces más allá de medianoche todavía se escuchaba la paciencia de sus pasos siguiendo el compás del péndulo, que cada cuarto de hora, alborotaba el silencio.
Yo no sé cómo hacía para estar en todas partes al mismo tiempo. Como si la hubieran cortado en muchas porciones iguales: un pedacito de Rita para cada uno. Y a veces querría que mi vida fuese larga, larguísima, para quererla toda la vida.
Solamente cuando llovía no aguantaba casi nada. Es lo único que la enoja de veras. Se le ponen tan tensos los nervios que parecía que alguien los estuviese estirando de las puntas.
-Cuando venga tu papá le voy a decir que ya no aguanto. Le diré que me voy mañana mismo. Antes de que me maten, me iré.
Pero nunca se iba a ninguna parte, por suerte, y sólo se ausentaba el ratito que empleaba en hacer pipí. Y cuando salía fuera de casa, era para oír misa todos los domingos y fiestas de guardar, porque ella sabe que de no hacerlo, le podría costar el infierno.
Lo que de verdad no entiendo es por qué Rita nos soporta tanto. Eso es lo que quisiera saber. Mi papá nos soporta porque no le queda otro remedio. Mi mamá por lo mismo. Pero Rita ni siquiera es nada nuestro. ¿Por qué nos soportará entonces? Aunque a lo mejor, si se empieza a escarbar un poco, también resultamos parientes. Por aquí casi todos somos parientes. O parientes de parientes, que para el caso es lo mismo.
*  *  *
Inútil averiguar si sale el sol. Por más que a cada rato registrara el cielo, por más que me empecinara o me trepara en una silla, no aparecía y no aparecía.
¿Qué andaría haciendo? Me gustaría saberlo. Sería el colmo que se hubiera quedado dormido, como acaba de asegurarme mi padre. Eso me huele a cuento chino, pero no iba a ser yo quién le discutiera. Total, yo puedo decirle que sí y después pensar lo que quiero.
Mientras mis hermanos a ratos se revuelcan, a ratos aturdían con unos chillidos que deberían oírse todavía doblando la esquina, yo voy y vuelvo hasta la puerta de mi encierro, escuchándolos apenas. Casi no se puede andar sin meter les pies en algún embrollo. De pronto un jarrón se tambalea, cae y que en paz descanse. Este cuarto va de mal en peor. Un instante más, y capaz que reviente, y por nada del mundo quisiera pagar los cristales rotos. Salir era lo que necesito. Irme de aquí.
Del dormitorio paso al comedor, donde están mis padres con mi abuelita, seguramente hablando otra vez del prójimo, porque cuando charlaban los grandes era casi siempre para criticar alguna macana hecha por alguien. Nadie me escuchó llegar. No sé de dónde me vino entonces aquella idea del espionaje, de alguna película, supongo. Lo cierto es que me encogí lo más que pude, hasta sólo hacerme un bultito bastante disimulado por la cortina, para cubrir las apariencias.
Seguir el hilo de lo que hablaban me costó un gran esfuerzo, no sólo porque palabras y lluvia me llegaban medio entreveradas, sino porque de repente, todos se ponían a hablar juntos y no precisamente del mismo tema. Como una orquesta de tres músicos que tocaran tres melodías distintas.
-Qué me dicen de esas polleras tan cortas que están usando las chicas, lo más arriba posible, mientras las blusas se las escotan hasta el ombligo. Y ni qué decir los trajes de baño: un retacito acá y otro a modo de cubre sexo, y a veces ni eso. Adónde iremos a parar con semejante desparpajo. Las muy hipócritas al entrar a la Iglesia se tapan la cabeza y al salir se destapan otra cosa. A quién querrán engañar, porque a Dios no se lo engaña.
-No exagere, señora, que no es para tanto.
-No lo será para usted, evidentemente, a usted más bien le conviene. Todos los hombres son iguales, cambiando a la legítima siempre que pueden.
-Hasta el santo se calienta cerca del fuego, señora...
-Y por lo visto les fascina quemarse, toda vez que sea sobre hornalla ajena... Y de Martina que se entiende con Lalo Cantero, qué me dicen. Ésa es otra que bien baila. Una mujer tan bien casada perder la cabeza así, por un badulaquito cualquiera. Y pensar que el marido es el único en ignorar sus propios cuernos.
-Vaya a saber si lo que dicen de Martina es cierto, mamá. ¿Acaso te consta?
-Me conste o no me conste, todo el pueblo lo comenta. Y donde hay ola, mi hijita, es porque hubo tormenta.
-Eso se hereda, señora. La madre ha sido igual, y parece que también lo fue la abuela. Y si no estoy calculando mal, y con todo el respeto que usted me merece, aquella ilustre matrona perteneció a su misma época. ¿O me equivoco acaso, querida suegra?
-¡Qué esperanza! En mi época había decencia. Aquellas sí que eran costumbres y no esta Sodoma y Gomorra. El marido ajeno y los curas eran sagrados. No sé cómo hay mujeres así, loqueando con cuanto pantalón se le pone a tiro, siempre buscando de quién agarrase, aunque ese quién tenga sotana... En fin, que DIOS nos ampare.
Yo calculé que pasaría un rato largo antes de que me descubrieran, pero por lo visto, calculé mal, porque de golpe callaron todos, así porque sí, y el silencio comenzó en seguida.
Un silencio medio raro, medio traído de los pelos, demasiado silencioso para ser casualidad. ¿Por qué callarían siempre en la mejor parte? Sólo después vine a saber que no fue tanto porque sí, sino porque la sombra de mi cabeza había hecho un movimiento sobre la alfombra. Era para no creerlo: traicionada por mi propia sombra. Mi sombra: un Judas cualquiera. Ni siquiera en las sombras se podía confiar ahora.
Para mal de mis pecados aquellos seis ojos que en vez de color echaban chispas, se me pusieron a mirar y a mirar tan detenidamente, como si nunca en la vida hubieran visto ninguna niñita espiando. Me sentí tan sola, entonces, tan en desventaja, tan Caperucita frente al lobo, que me dio lástima de mí misma.
Y después sucedió lo que tenía que suceder: todas las bocas se abrieron juntas, me acribillaron a sermones, sacando a relucir su interminable colección de reproches: que salga inmediatamente de allí que venga aquí, que qué eso de andar espiando, oye tanto esmero por educarme y miren un poco lo que les vine a resultar, que me darían mi merecido dejándome sin postre tres días, incluso hasta cinco, sólo de mí dependía, y que mi merecido entraba en vigencia ya, para que vayas aprendiendo.
Y mientras tanto yo, ahí parada, sin poder cambiar los ojos del frente, con la cola entre las piernas y en posición de firme, como me han acostumbrado a recibir los retos. Con ganas de que todo acabara pronto, por aquellas otras ganas que tengo, como de ir en seguida al baño. Ninguna casualidad. Una vez pasado el susto, siempre me quedan las ganas. Y sabiendo que no puedo ir al baño por más que lo tuviera a un paso, y escuchando tanto clic clic de las canaletas, más ganas todavía. Ya estoy por hacerme encima.
No sé cuanto duró aquello ni cuánto más me dijeron, lo cierto es que apenas terminaron, les grité: nunca más lo prometo, les juro por lo que más quieran, y me disolví en las tinieblas.
*  *  *
Había mucho silencio cuando volví. Parecía una misa donde sólo estuviera faltando el cura, porque habían puesto las caras igual que en la Iglesia. La lluvia era la única que no perdía el entusiasmo y tampoco daba señales de perderlo todavía.
Casi por contagio nos empezamos a aburrir todos y todos de distinta manera. Mi abuelita bostezando todo el tiempo, cada vez con más boca. Por momentos sólo boca era su cara y hacia arriba, los ojos en blanco. Mi papá comía el humo de un cigarrillo tras otro, masticándolo largo rato, para soltarlo luego por las narices. A mis pitadas se enredaba siempre una tosecita seca que mi mamá miraba con mala cara:
-Últimamente fumas demasiado. Un día de estos...
Hay gente que sólo fumando puede pensar y mi papá era uno de tantos. Con el cigarrillo en la boca ya había escrito tres libros. Debe ser difícil abarcar todo al mismo tiempo y ser un escritor, un político, un profesor de abogacía y un padre de seis hijos. Pero a mi papá no parecía costarle ningún trabajo.
-No me eches las cenizas en el suelo que para eso hay cenicero -le recomendaba mamá de vez en cuando, mientras sus incansables agujas le daban fuerte al tejido: un punto, derecho, el siguiente, torcido. Ni siquiera para hablarme sacó la vista de allí:
-No pongas esa cara que no es para tanto. Hay que mirar también el lado bueno de la lluvia, lo bien que le hace a las plantas...
¡Qué disparate tan grande! Tendría que haber dicho: lo mal que les está haciendo. Si no había más que verlas para comprender su tristeza. Ramas y hojas chorreando llanto, y los árboles de más lejos hechos una lástima. Tan cargados de agua que no podían siquiera levantar cabeza. Torcidos. Casi tocando tierra.
Lo que pasa es que últimamente mi mamá anda con la mirada corta, y apenas si le alcanza para ver aquí cerquita. El resto, forzosamente, tiene que adivinarlo.
Después, cruzados de brazos y la lluvia de por medio, nos quedamos como esperando que alguna solución llegase pronto, pero lo único que llegó fue el mediodía. Y después también se acabó la tarde, sin pena ni gloria, sin que hubiera ninguna variación entre una hora y otra. En todas llovió con gotas tan iguales, que apenas se pudo distinguir las tres de las siete. Un día que se escurrió hasta la última gota, como el agua que va cayendo de la canaleta.
Poco a poco, una oscuridad cargada de sombras fue entrando en la casa. Primero borroneó las cosas, un rato después, las personas y al final, ni yo misma podía verme. En seguida de encenderse las luces, las sombras eligieron pareja y se pusieron a bailar sobre las paredes, ni más ni menos que si hubieran sido pistas de baile.
Resulta que uno está apenado, como nosotros ahora, y ellas, métale bailando. Bailando. Bailando. Dentro de un instante apagarán la luz y tendrán que irse solamente. Quieran o no quieran. Lo mismo que estos bichos tan pegajosos y tontos que creen que la luz eléctrica es el sol. Ni la peor de mi clase creería eso.
-Ya es hora. A la camita todos.
Había que dormir siempre y siempre era un fastidio. Aunque a lo mejor era también el fin del mundo y lo más prudente sería que me agarrara en la cama. Hay que desvestirse, quitarse la ropa, los zapatos.
-Los zapatos trancan la sangre del cuerpo -dice Rita-. Y es de mal augurio dormirse vestido. Sólo los muertos lo hacen.
Habrá que rezar, cerrar los ojitos y tratar de dormir, contando quién sabe cuántas ovejitas. Mañana será otro día. Pero apenas me acostaba, la lluvia me crecía en las orejas. Gotea. Me inunda. No la aguanto más. La detesto. La aplasto contra la almohada. Estoy tan intoxicada de lluvia como aquella vez con las guayabas. Estoy por vomitarla. Ojalá esté bien lejos de aquí antes de que amanezca. Ojalá se muera esta noche misma.
Mucho tiempo estuve buscando el sueño, boca arriba, boca abajo. Pero, ¡qué altos los párpados!, ¡qué difícil cerrarlos! ¿Se me habrán vuelto panzones de tanto escuchar a los sapos? El cuarto se repleta de humedad y de ronquidos. Mientras tanto yo no duermo. Yo continuo escuchando. Cada vez que la lluvia venía, yo me iba alejando; un poco primero, después más lejos. Subo dos escalones y entro a una oscuridad distinta a la que mis ojos acaban de dejar. Hay mucha neblina o humo o no sé qué. ¿Habrá estado mi papá por aquí fumando? No. No era él sino otro señor que en vez de pelos tenía rayos en la cabeza. ¡Era el sol de mi libro de lectura!
-No debes despertar de noche porque seguirá lloviendo -me previno y su voz pareció abarcarlo todo.
-Volverás a dormirte y a despertar de noche y seguirá lloviendo. Nunca encontrarás manera de atajar la lluvia. Tienes que darme un poco de tiempo. Debes dormir de un tirón para que yo pueda trabajar tranquilo. Cuando el cielo se haya vaciado de nubes. Cuando ya no quede ninguna, sólo entonces empezaré a brillar.
Y fue como si dentro de aquella lluvia encontrara por fin un lugarcito seco.
Supe que había dormido porque algo me despertó. Primero esa canción tan gastada que cantaba Rita las veces que barría el patio. Y después... ¡EL SOL!
¡Qué maravilla despertar con el sol sobre la cara, recorriéndome la piel en angostas cosquillitas! Sí, está ahí, chapoteando entre la tierra inundada. Un poco languiducho todavía, un poco pálido, pero procurando hacerse un sol entero. Y la lluvia ya no era lluvia sino distancia.
Con el sol he nacido de nuevo esta mañana. Todo se me iluminó de pronto. Y también hablan vuelto los pájaros...
VERSIÓN PDF - GENTILEZA: BIBLIOTECA "AUGUSTO ROA BASTOS" DEL CENTRO CULTURAL DE LA REPÚBLICA "EL CABILDO"




La Nina Que Perdi en El Circo, De RAQUEL SAGUIER

martes, 3 de agosto de 2010

JACOBO RAUSKIN - LAS MANOS VACÍAS / Texto: LAS MANOS VACÍAS (1 al 6 y 31) y LA DELICADA Y UN ENGANCHE - ELLA.


LAS MANOS VACÍAS
Poesías de JACOBO RAUSKIN
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Foto: RODRIGO CALONGA
Arandurã Editorial
Telefax (595 21) 214 295
e-mail:
arandura@telesurf.com.py
www.arandura.pyglobal.com
Asunción-Paraguay
Abril 2010 (75 páginas)
ISBN: 978-99953-50-84-0
.
JACOBO J RAUSKIN nació en Villarrica, en 1941. Es autor de una extensa obra poética, renovadora y de reconocida importancia en las letras paraguayas. Obtuvo en 2007 el Premio Nacional de Literatura.
En LAS MANOS VACÍAS, su más reciente libro, la introspección encuentra imágenes de un ayer indeleble, profundo. Sin embargo, sin renunciar a escribir sobre el pasado; el poeta da paso al presente en una descarnada pintura de la realidad que 1o rodea.
Entre la resignación y la esperanza., van apareciendo en estas páginas hombres y mujeres que hacen de una plaza de Asunción el centro de la vida posible.

DEDICATORIA, TAMBIÉN SEMBLANZA
A la memoria de José Roth, fotógrafo de otra época, dedico esta suerte de cancionero. El hombre trabajaba en una plaza pública, populosa, llena de sombra y flores. Vestía casi siempre de oscuro y solía usar una gorra con la visera puesta sobre la nuca. Se sentaba en un banco, encendía un cigarro inextinguible, leía el periódico y veía pasar a la gente. Cuando tenía que hacer algún retoque especial, atendiendo a las dificultades presentes en el rostro de la persona fotografiada, sacaba una tupa con ademán de entomólogo y esgrimía un pincel finísi7rzo como si fuera un pintor.
JACOBO RAUSKIN
.
Si alguien quiere marcharse, cosa que
raras veces sucede, no lo retienen en
contra de su voluntad ni lo despiden
con las ruanos vacías.
TOMÁS MORO
Utopía. Libro segundo

.
LAS MANOS VACÍAS
1
Aquí ya no prohíben
pisar el césped.
¡Ah, qué felicidad!
Oiga, duro censor de antaño
y casi ecuestre prócer
de la instantánea libertad de hogaño,
la runa que a usted le debernos
es francamente tétrica.
Usted, que es tan telúrico,
piense un rato en la gente
que ahora nos rodea.
Piense, no hace daño pensar.
Piense en estos labriegos sin tierra
que van pisando el césped
como si al hacerlo tornaran
posesión de una ciénaga.
Desde ayer, ocupan la plaza.
Ella, que nunca tiene dueño,
es hoy toda la tierra que les toca.

2
Recuerdo el tren, pasaba por enfrente.
Y el tranvía, que al dar la vuelta a la esquina,
saludaba con una reverencia
al césped y a los árboles floridos.
Es el ayer tranviario, ferroviario.
Si agrego el hidroavión de la siesta,
es el ayer aéreo y también fluvial.
El ayer es mi especialidad en materia de transporte.
Es suficiente, basta de nostalgia.
Tanta añoranza puede ser sospechosa.
No faltará quien diga
que yo guardo un cadáver en el armario.
En fin, Asunción es así.
De modo que, en la plaza de cada día,
cuando el sol se apaga como un cigarrillo en la piel,
no sigo a Whitman, no me canto a mí mismo,
canto este banco despintado
por tres generaciones de pura lluvia,
este banco marcado, herido por un cuchillo,
acaso un cuchillito para pelar naranjas
o degollar a una mujer infiel.

3
Se han ido los labriegos sin tierra,
ahora vienen los obreros sin fábrica.
Han tomado la plaza.
Hay carteles perfectamente ilegibles,
banderas en jirones, discursos.
Sale en apoyo de la causa
la juventud en una marcha.
Hay líderes pop, hay líderes rock.
Hay líderes punk, hay líderes ye ye ye.
Lo mejor es el césped, rima el césped
con cualquier trapo que se le tire encima.
Con cualquier papelito sucio.
Con vestigios de cielo.
Con el resto de un caramelo.
Rima el césped, el césped que dejó de lado
el sindicato enterrador de obreros.

4
La resignada mansedumbre
de esta llovizna interminable.
Una camisa apenas gris.
Un hombre gris también celeste.
Mi cuadro copia los colores
de la camisa de un obrero
y de la vida de algún otro.
Ropa simple, vida sencilla.
Ambas a un tiempo se destiñen.

5
A la sombra serena de los árboles
que un viento manso, fresco,
tirando a frío, mueve,
el viejo pasa y mira al cielo.
Recuerda... No recuerda...
Su memoria aletea un instante,
y la luz de la tarde
es una dulce y joven viajera.
El adiós fue sólo un rasguño,
un parpadeo, una mentira;
fue un silencio imprudente
al que siguió una palabrita necia.
Regresan hoy por un momento,
Silvia, Inés y Margarita.
No así, no aún, Adriana.
Y ella le escribe que vendrá.
Le escribe en una hoja
de las que lleva el viento,
una hoja de las que no mienten.
Le escribe con un beso.
Le escribe con todo su cuerpo.
Él aprende a esperarla
en el corazón del invierno.

6
Contra mucha, muchísima ausencia toda junta,
suele soplar el viento que la trae
al mundo de la niña que se quedó sin ella.
Y la pequeña cierra los ojos para ver llegar a su madre.
Y la madre comienza a trabajar,
a hurgar en la memoria de la hija;
clasifica según su norma de madre,
no según los deseos de la huérfana.
Así, cuando la madre termina con su trabajo,
ambas pueden jugar un rato en la plaza
a que la muerte es otro nombre del regreso.

31
Son los últimos cuervos
y aún dominan el cielo.
Para alejarse esperan
que salgan las estrellas.

Es el atardecer en el muy duro feudo
de un gran señor plantócrata.
Yo sé que mi presencia aquí no es bien vista.
Los brasifarmers no me quieren,
la moni mani muni no me compra,
y los parasojayos y los comisionistas
de la tierra rifada con toda la gente dentro,
me ofrecerán, sin falta,
tomates blandos, chicle
y unos metros cuadrados de pantano
para levantar una casita y vivir en ella.

No quiero oír razones,
no quiero yo pasar aquí la noche.
Para todo propósito práctico,
no quisiera ser un intruso en este latifundio:
yo soy un primitivo incómodo,
un enemigo declarado
del calendario y de su látigo.
Mejor, me pongo en marcha.

Es el atardecer en la estación abandonada.
Hace años que el tren no pasa por este verde paraje.
En el andén cubierto de maleza,
hay gallinas, guineas, lagartijas.
No se trata del recio madero de un náufrago;
es, en el mejor de los casos, un gallinero
coronado por una veleta
que no se lleva bien con el viento.

Una vez más, a pie
y a la vera de los rieles,
sigo al tren que aún corre en mi memoria.

Cuando llegue al kilómetro cero
que es donde comienza la ciudad,
que es donde bajaban los caballos de un vagón
y los jinetes y las armas de otro vagón,
que es donde se juntaba con cuchara
la harina que caía como maná,
que es donde las lágrimas
no se secaban en los rostros,
y las valijas, que eran de puro cartón,
estaban atadas con un cordel, digo, digo nomás,
cuando llegue, y ya debo estar por llegar,
veré en la desierta estación
a todos mis fantasmas.

Enfrente, con un poco de suerte,
encontraré la plaza bajo las estrellas,
la plaza como centro de la vida posible.

LA DELICADA Y UN ENGANCHE
ELLA

Entiendo que no pueda recobrarse,
que siga como ayer, incomprendida,
silenciosa y también introvertida,
porque fue fácil en su caso darse

y es triste que no llegue a desatarse.
Arde en silencio y una vez ardida
se considerará bien advertida.
Lo sabe y qué, no puede aún soltarse.

Quitarle hoy el gancho no es posible.
Quizá rezar, quizá, sólo quizá.
¿Y la psicología? No lo sé.

Quién sabe si el fulano es un fusible.
Quién sabe si se trata de un quizá.
No sé si no es igual siendo al revés.

INDICE
DEDICATORIA, TAMBIÉN SEMBLANZA
LAS MANOS VACÍAS
1. Aquí ya no prohíben
2. Recuerdo el tren, pasaba por enfrente
3. Se han ido los labriegos sin tierra
4. La resignada mansedumbre
5. A la sombra serena de los árboles
6. Contra mucha, muchísima ausencia toda junta
7. Es el décimo día de la tercera ocupación
8. Hay que tocar el terna con prudencia
9. Pasa la vendedora de frutas
10. Mientras en vano corre un hombre
11. Futura madre
12. Dijeron que iban a filmar
13. Del ayer sólo queda una pátina
14. Y no me olvides
15. Ciudad de los naranjos
16. ¿Qué quieren los innumerables
17. Marion, Semirremolque de labios pintados
18. Se han marchado los ocupantes
19. Regresa el rabelero, vuelve
20. El rabelero rabelea
21. Como una lenta ronda de sombras
22. Avanza el sol hacia el ocaso
23. Un futuro que ya fue
24. Inesperado, irreconocible
25. Oscuro cincuentón cesante sin familia
26. Hay un atardecer que tiene el tono justo
27. Ya llega el ministro a la plaza
28. ¿Dónde estoy? ¿Qué?
29. Vienen del norte, como ayer sus padres
30. Fueron ricos a la manera de la selva
31. Son los últimos cuervos
AVISO DEL TRAMOYISTA
LA DELICADA Y UN ENGANCHE - ELLA
SE DEFIENDE EL FULANO
BIBLIOGRAFÍA.
.
Visite la GALERÍA DE LETRAS
del PORTALGUARANI.COM
Amplio resumen de autores y obras
de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.

jueves, 10 de junio de 2010

JACOBO RAUSKIN - UN DÍA PASA UN PÁJARO Y OTROS POEMAS (Selección hecha por el autor)

UN DÍA PASA UN PÁJARO Y OTROS POEMAS
Selección hecha por el autor
JACOBO RAUSKIN
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Premio Nacional de Literatura 2007
(Incluye un CD con la voz del autor)
Arandura Editorial,
Asunción-Paraguay 2008. 78 páginas
.

Nacido en Villarrica, en 1941, JACOBO RAUSKIN pertenece al grupo de poetas paraguayos a los que reunía la revista PÉNDULO en mil novecientos sesenta y tantos. Poesía renovadora, intensificadora de la vida real, la suya señala la trascendencia oculta en episodios rutinarios, cotidianos, y apunta, con ironía, a los misterios del amor y la memoria, a la denuncia y a la esperanza. A pesar del descrédito en que parece haber caído el arte de pintar la realidad, el autor de libros como JARDÍN DE LA PEREZA , ALEGRÍA DE UN HOMBRE QUE VUELVE y ADIÓS A LA CIGARRA insiste en vincular lo verdadero con lo visible y la palabra con la imagen pictórica. En esta ocasión, la antología que el poeta nos ofrece da preferencia, a obras publicadas en años recientes, incluyendo a ESPANTADIABLOS, cual obtuvo el PREMIO NACIONAL DE LITERATURA.
.
INDICE
-. UN DIA PASA UN PÁJARO (1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9) / HOJAS DEL JEJUÍ (1 - 2 - 3) / INTERMINABLEMENTE / LOS ARRANCADOS / QUE ME PERDONE EL INVIERNO / NOCTURNO / ESTACIONES / NIÑOS DE AZAR EN JUEGO DE DROGA / EL APRENDIZ / ALEGRÍA DE UN HOMBRE QUE VUELVE / FÁBULA / EMILIO / CONCIERTO EN UNA PLAZA / DELICADEZA DE LOS BALDÍOS / NO RECUERDO LA CASA / EL DIBUJANTE CALLEJERO / UN POCO DE HISTORIA / EL AÑO DE LA HUELGA / AQUÍ EL SAPO SOY YO / LA BELLA INÉS / LA CIUDAD Y EL MUNDO EN UN BREVE REPERTORIO DE RIMAS USUALES / LAVANDERA / CANCIONES ANTERIORES A UNA BODA O EL VALLE DE LA CARIA DULCE EN EL PARAGUAY ( 1 VILLA VIEJA - 2 CORRESPONDENCIA - 3 BRINDIS - 4 EPITALAMIO) / EL AMOR Y EL MAL TIEMPO / CONFESIÓN / TONADA / SONETO Y RETRATO DE LA MUJER AMADA / LECHO Y LITERATURA / ESA CANCIÓN TAN CONOCIDA / ALGUNA COSA / ELLA / PARA NOMBRARTE / SOBREVIVIENTE.
.
UN DÍA PASA UN PÁJARO
1
Un día pasa un pájaro,
Otro día se acerca un caballo,
En diciembre maduran los mangos
Y, cuando llueve, beben las flores
Silvestres y sedientas
En los baldíos que aún le quedan
A la ciudad de un pájaro,
De un caballo, de un árbol
Ciudad para perder baldíos
Los va perdiendo desde siempre,
Que es cuando comienza la poesía
En las más oscuras lenguas.
2
Un día pasa un pájaro.
A pesar de los techos y de las chimeneas,
la tierra es un baldío del Edén,
un paraíso para picos y alas,
un jardín para teólogos.
Un día pasa un pájaro
y, con él, pasa el cielo
al otro lado de las vías del tren.
3
Un día pasa un pájaro,
otro día se acerca un caballo.
Una noche es el cri-cri del grillo,
otra noche es el miau del abandono,
miau sin leche, miau sostenido
por instinto, por fe de felino.
4
Un día, para variar, no pasa un pájaro.
No se acerca un caballo, no.
Es ya diciembre, pero no caen los mangos,
cae un hombre en la calle
fulminado por el íntimo rayo de un síncope.
Ese día, la historia se enreda
innecesariamente.
Un ladrón roba su tercer automóvil del mes.
Una mujer difícil y un hombre fácil
se encuentran, se estudian, conversan.
Es ya diciembre, la proximidad de las fiestas
estimula el consumo de bebidas fuertes,
el uso de lápiz labial, el abuso de pequeñas
delicias de confitería.
5
Un día pasa un pájaro,
hermoso como el cielo en sus alas.
Y los ojos se quedan mirándolo
y la puerta de calle se queda sin calle
y la llave de la puerta de calle se queda sin puerta.
6
Un día pasa un pájaro,
sobrevuela
leguas de pasto,
leguas de nada,
leguas de vida ya vivida,
de campo enterrado en el campo,
leguas de nubes
y un caminito de tierra
que viene a dar
con rima de alas y zapatos,
a una tranquera,
ésta.
….. No hay nadie,
pero ahí está la casa abierta al viento.
Es un domingo azul
como el cielo de la infancia.
7
Un día pasa un pájaro.
Un pájaro de cuentas, según la policía.
Un pájaro rebelde, según algunos que no se rebelaron.
Un pájaro implume
y no por tal carencia menos pájaro que otros.
Es un pájaro carterista en cualquier momento
o comunista en tiempos del zar.
¿Alguien recuerda al zar?
Era el papito de Anastasia,
la princesa que fusilaron,
pero no murió.
(Por lo menos, en la película.)
Y el pájaro sigue en su rama
hecha de palabras en el árbol del lenguaje.
Pájaro charlatán, habla con cualquiera.
Ahora nos cambia de tema.
Algo anda mal en la región,
muy mal para muchos.
Son millones, nos dice, millones de tons
de soj de puaj de puf de agro versus kilos.
Kilitos de puro minifundio,
agregamos nosotros, minifundio ya piel y hueso,
minifundio de minipájaros
en la muy leve y muy cantada tierra
que es sólo el manto con olor a pasto
que verdemente cubre el acuífero guaraní.
8
Un día pasa un pájaro, viene de lejos, tiene sed.
El pájaro bebe de un río envenenado por brasifarmers.
No muere, sin embargo.
Y continúa su viaje, tiene sed, bebe de un arroyito
…. envenenado por parasojayos.
No muere, sin embargo.
Los verdes antibrasifarmers
dicen que el río envenenado terminará por matar al mar.
Los verdes antiparasojayos
dicen que el arroyito envenenado ya murió y que se guarda
….. la noticia para no asustar a la gente.
Ambos dicen lo mismo.
Y yo, que siempre busco un sitio para cantar a un pájaro,
….. lo encuentro ahora donde menos lo esperaba.
Ese pájaro es una leyenda con alas, es inmortal.
9
Un día pasa un pájaro.
Se llama Gris, Juan Gris como el pintor.
Y va pintando el cielo con un poco de niebla.
.
HOJAS DEL JEJUÍ
1
Y luego de la quema de las casas
que ardieron como rastrojos,
quedó la estirpe de un hombre a la intemperie.
Sólo entonces se alejaron los soldados.
Muchos años después, ni olvido ni memoria
encuentro en el silencio de ese viejo
sentado en un cajón que fue de frutas,
sentado en medio de la verde nada
que el rico llama campo
y el pobre llama lote, con acierto.
Ahí lo veo, más que dudoso propietario
de otro nuevo lote demencial.
de los que ahora entrega el gobierno.
El viejo nos dice buen día
a un funcionario, a un periodista,
a mí, que oficialmente no existo.
En realidad, no es un saludo.
Creo que el viejo quiere decirnos
que el arado es el padre de la artrosis.
Volver a la utopía para encontrarme con la historia.
Volver a la utopía para oír el silencio de un hombre.
2
Yo no entiendo la historia que me toca vivir,
pero entiendo a los ríos
y me gusta este lento, cansado y lento Jejuí.
Un río hermoso para no tomar fotografías.
Un río bueno para sacarse los zapatos
y hacer prontamente las paces
con encarnadas uñas y plántales callos;
un río para mojar en él los pies;
para entrar en él con un resto de jabón en la mano
y bañarse al modo lugareño,
bañando también al caballo y a los niños,
bañando el atardecer sucio en el agua,
bañándonos en el agua del río que somos,
que fuimos y seremos.
3
El río y yo sabemos algo.
Los dos sabemos que andar cansa.
Los dos llegamos tarde al mismo rayito de luna.
Los dos llegamos tarde al mismo sapo,
al caballo que mira las aguas
y no sabe que el río es una presencia poética
como el sapo, el rayito de luna, como él mismo.
Ese hermoso caballo inocentemente se mira
en el dudoso espejo de la noche en el río.
.
INTERMINABLEMENTE
Cruza un hombre la calle
y pone el pie en un mar de hojas caídas
y mira al cielo como a un baldío
y saluda después a un caminante.
No deja la ciudad de ser aldea,
chatarra de taller, yuyal de pío-pío
y un salón de belleza y un zaguán de tristeza,
un bar, una ferretería con telarañas.
El hombre vive de cortar leña,
vive de un hacha, de una sierra.
Entra, de cuando en cuando, en el bar,
y se entretiene con un trago,
con tacos y con tiza de billar.
Por otra parte, no comete adulterio
y no habla mucho con nadie,
no lee los periódicos,
no vota en los comicios nacionales.
En su casa, son todos atávicos.
De tal padre aprende el hijo a cortar leña.
Al mismo tiempo, mira el nieto al abuelo.
Llega un día la muerte
Y el humo es otro huérfano del fuego.
.
EL AÑO DE LA HUELGA
Quien cruza economía con política
y espera el nacimiento de un híbrido,
espera en vano, no hay economía política,
hay una lenta, polvorienta escalera
para subir al cielo patronal
y resbalar en un peldaño.
En octubre, la huelga.
La gente se juntaba, mirándose,
reconociendo como propias
unas palabras dichas por un compañero.
Recuerdo ahora la dispersión,
un brazo roto, una cabeza herida, gritos,
el patio y los portones de la huida.
Al mes, todo el mundo en línea.
Un día se llegó a cantar una marcha patriótica,
otro día se cobró el aguinaldo
con mil quinientos gramos de pan dulce
y una linda botella de algo.
Comenzaba la dictadura del idilio laboral.
Era la variante capitalista,
pero criolla, del realismo socialista.
Ese tiempo tuvo su materia prima.
Ese tiempo fue carozo de coco,
cáscara, suciedad de coco,
fue almendra del mismo fruto, fue estruendo
de millones de almendras en proceso,
fue finalmente aceite de coco vía prensa.
Y ni hablar del dinero.
Diezmo del sudor, aquel dinero
sólo venía gracias al acopio de cocos
calurosamente amontonados
en conos, en colinas, en pirámides,
a lo largo y también a lo ancho
de tanto pasto circundante.
La fábrica era campo degradado
y, a su manera, gris aldea.
Gris, un capataz incapaz.
En el mismo tono de gris,
un peón aquejado de ciática
y las sienes de un camionero.
Grises, los directores y los pulóveres,
los ingenieros y los galpones,
los técnicos aparentemente superiores.
Se hablaba castellano con un poco de guaraní.
Se hablaba guaraní con un poco de castellano.
Se comentaba un partido de fútbol.
Se deseaba en silencio a la mujer del prójimo.
Cuando llegaba el sábado, se bebía cerveza.
La huelga iba quedando lejos,
casi nadie la recordaba.
.
SONETO Y RETRATO DE LA MUJER AMADA
Antes de encaminarme a la blancura
de tu blusa, de un lirio, de otras flores,
cuando nada sabía de colores,
de falsa perspectiva, de pintura;
.
antes de verte a ti dejar la oscura
noche encendida en dulces miradores
y de entender por qué unos resplandores
iluminan el trazo que hoy me apura,
.
algo de ti sabía que entreveo
ahora, en este instante, cuando pienso
al pie del verso que mi pluma pinta,
.
al pie de un cuadro que en mi verso veo:
goza la luz bañándote en lo inmenso
y en tu figura al sol, hecha de tinta.
.
LECHO Y LITERATURA
.
C´est un livre qu´au lit on lit
APOLLINAIRE
.
El futuro durmiente, si es sincero,
dormita o lee un rato, luego duerme
como si entrara en el último sueño.
Es grato y oportuno leer así en la cama.
No, no depende tanto del libro,
cuenta más una buena almohada,
poesía hay siempre en las estrellas
que caben en un tomo de bolsillo
o en un formato de ventana.
Leer, leer con gusto en la divina
presencia compañera que nos dice:
"Léeme ahora el cuerpo, bien, sin prisa".
.
ESA CANCIÓN TAN CONOCIDA
A pesar de los bares, a pesar de la fosa
recién abierta y ya curtida,
a pesar de tanta o de tan poca tristeza,
siempre andará en los labios de alguien
esa canción tan conocida, tan encendida,
tan obstinadamente esperanzada.
Es la canción de amor de quienes aman.
Si dice labios, son labios que besan;
si manos, manos que se encuentran.
Hay un abrazo interminable,
un abrazo hasta que duerman las estrellas.
Las estrellas con sueño, las estrellas
atadas con un hilo invisible
en la idea que tienen del cielo quienes aman.

ALGUNA COSA
Quienes aman, no saben
por cuánto tiempo nada,
por cuánto tiempo alguna cosa en lugar de nada.
Alguna cosa, alguna cosa pequeña y dulce es tu
….. mano entre las mías,
que me la traen a los labios
y luego me la dejan sobre el pecho.
Alguna cosa, alguna palabra que dejas volar con
….. una sonrisa.
Alguna cosa es tu risa que me toca todo el cuerpo.
En el amor que te mira también tengo dedos
que luego de abrirte los párpados
te los cierran para que me guardes en los ojos
y de nuevo te los abren para dejarme en tu mirada.
.
Amplio resumen de autores y obras
de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.