Recomendados

Mostrando entradas con la etiqueta JUAN MORENO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta JUAN MORENO. Mostrar todas las entradas

jueves, 29 de diciembre de 2011

ALEJANDRO HERNÁNDEZ Y VON ECKSTEIN - EL PROYECTO DE LA MANDYJU PORÃ (NOVELA) / EDITORIAL LINA S.A., 2011



EL PROYECTO DE LA MANDYJU PORÃ
Novela de


EDITORIAL LINA S.A.
Casa Central: Julián Rejala 106 c/ García de Zúñiga
Telefax: (595-21) 334 493
Asunción, Paraguay
Sucursal Librería: Manduvirá esq. 15 de Agosto
Telefax: (595-21) 498 929
Asunción (Centro), Paraguay

Dirección Editorial:
Prof. MARÍA TEODOLINA DÍAZ CORONEL
Ilustración de portada e interior: JUAN MORENO
Diseño y diagramación: NATALIA DOMENECH

Traducción de textos:
Guaraní: FELICIANO ACOSTA
Portugés: CARMEN GARCÍA
Corrección: BLANCA MEDINA
Asunción, Paraguay
1a Edición, 2011
Tirada 500 ejemplares
ISBN: 978-99953-54-32-9


ÍNDICE
Capítulo 1 : Un viaje al viejo mundo
Capítulo 2 : Río de Janeiro
Capítulo 3 : El cruce del Atlántico
Capítulo 4 : La princesa Mora
Capítulo 5 : Don Juan Manuel
Capítulo 6 : Londres
Capítulo 7 : La otra cara de Inglaterra
Capítulo 8 : París
Capítulo 9 : Por los cielos de Europa
Capítulo 10 : La blanca navidad de Azucena
Capítulo 11 : Nubarrones de guerra
Bibliografía

EL PROYECTO DE LA MANDYJU PORA
CAPÍTULO I
UN VIAJE AL VIEJO MUNDO

Más de tres mil personas reunidas en la ribera del Río Paraguay, se apretujaban para ver, curiosas, a aquel personaje venido desde Buenos Aires y de quien algunos habían visto sus retratos en la prensa venida desde la capital porteña.
El general Sarmiento, moreno, de mediana estatura, cargado de hombros e inclinado, cabeza grande y llamativa, frente amplia, cara surcada de arrugas, bastante animado a pesar del fatigoso viaje, escuchaba atentamente el discurso de bienvenida pronunciado por Don José Segundo Decoud, uno de los intelectuales más brillantes de Asunción.


... “Saludo en vuestra ilustre persona a uno de los patriarcas de la libertad y considero vuestra visita a este país como un augurio feliz para la patria paraguaya, en momentos que se incorpora resueltamente al progreso americano siguiendo las huella luminosas de sus hermanas mayores que tienen realizadas ya tantas conquistas para radicar las instituciones libres en nuestro hermoso continente. He dicho”1- término el emotivo discurso de Don José Decoud.
El viejo sanjuanino, vestido con un frac negro, camisa blanca y moño haciendo juego con el traje y sus bien lustrados zapatos, agradeció, con su voz pastosa, las palabras del ilustre personaje con un breve discurso que improvisó en ese mismo momento:
“La afectuosa bienvenida que me ofrecen por vuestro conducto los ciudadanos que representáis, hace doblemente grata la sensación que experimento al pisar las playas del Paraguay.
Puede calcularse la duración de la vida humana por los años que transcurren y por la extensión de la tierra en donde alcanza su nombre; y puedo lisonjearme, al ser tan simpáticamente recibido, de que el mío ha llegado hasta aquí, convertido en un mito de los que el pueblo inventa, personificándolos con las cualidades que desea encontrar en sus hombres públicos.
De cuanto habéis coordinado para honrarme, acepto sin reserva haber sido el primero en estos últimos tiempos que ha intentado hacer que nuestros países sigan el movimiento del mundo moderno, derramando por las escuelas la educación sobre el mayor número de habitantes.
Pero a otra causa atribuyo la singular simpatía con la que soy recibido en Paraguay. Es el corazón y la sangre que hablan por vuestra boca. Éramos argentinos y paraguayos hasta la embocadura del Río de la Plata. Paraguay está escrito sobre las Pampas en los antiguos mapamundi y globos que nos venían hasta hace poco y argentinos erais vosotros hasta los tiempos que alcanzan al nuestro. Estoy, pues, entre deudos, parientes, y amigos.”2
Las últimas palabras de Don Faustino quedaron sepultadas entre la avalancha de aplausos y vítores de la gente allí reunida.
A pesar de la euforia reinante en el ambiente, mis pensamientos estaban ajenos a aquella algarabía.
A mí alrededor, pude ver con tristeza, los edificios asuncenos que a mi partida estaban siendo construidos febrilmente y que ahora llevaban las cicatrices del bombardeo sufrido hacia ya un poco más de diez y ocho años, entre ellos el palacio mandado a construir por Don Francisco Solano López y que nunca pudo habitar.
Si bien las personas que nos rodeaban estaban vestidas a la usanza europea, un poco más alejadas se encontraban otras en donde predominaban las mujeres vestidas concamisón blanco y rebozo sin ningún tipo de calzado, con sus cántaros y cestas llenas de chipas como las recordaba.
La ausencia casi total de hombres era el reflejo de la guerra.
Sin hacer caso a los discursos políticos, traté de reconocer entre los presentes alguna cara amiga pero por más que me esforzaba no encontré a nadie.
Sin darme cuenta me fui apartando del puerto, caminando por la Calle de la Aduana Nueva3 , en dirección a donde se encontraba la casa de Don Venancio López que había sido convertida en un lujoso hotel. Al pasar junto a un afilador de cuchillos que se encontraba sentado junto a la entrada, éste se asustó tanto al verme, que cayó al suelo con estrepitoso ruido metálico.
El hombre, de unos treinta y seis años, que llevaba una prótesis metálica en el lugar donde debería estar su pierna derecha, dijo preso del pánico tratando de pegar su cuerpo a la pared del edificio:
- ¡Ave María purísima...! ¡Un pora!
Sin comprender la reacción del pobre hombre intente ayudarlo pero este lo impedía tomando distancia con su bastón que blandía como si fuese una espada.
¡Pora, pora!-gritaba asustado y alarmando, al botones del hotel y a un grupo de residentes de este que se acercaron a la puerta a ver que pasaba.
¡Dios mió!, es imposible- dijo una mujer vestida con ropa de camarera-. ¿Gustav, es usted? ¡Está vivo!
Disculpe... ¿la conozco?
Mi nombre es Lourdes, Lourdes Herrero, de Luque. ¿Me recuerda?
Miré a la mujer que aparentaba mucho más de los años que tenía y reconocí detrás de su rostro prematuramente arrugado, a la alegre luqueña amiga de mi difunta esposa Azucena. Inmediatamente miré al muchacho que blanco como un papel me miraba atónito. A pesar de la terrible mutilación, a la altura de la rodilla, y su aspecto desaliñado pude reconocer a Gustavo, el hijo de Don Giuseppe, el herrero de Loma Tarumá.
En su rostro, curtido por el sol y vaya a saber por cuantas penurias de la guerra pasada, todavía se destacaban sus expresivos ojos azules y su prominente nariz.
Extendí la mano a Gustavo, para ayudarlo a levantarse, al tiempo que dije:
¡Que alegría de verlos!
Pensamos que había muerto en el río... después que le dispararon los hombres del teniente Díaz- dijo la mujer sin poder creer todavía lo que veían sus ojos.
Créanme que hubiese preferido cambiar mi suerte por la de Azucena... Ella y nuestro hijo no deberían haber muerto de ese modo...
Pero... Azucena no murió en el río- musitó la mujer.
¿Que quiere decir?... Azucena no...
¡Señora Herrero!-exclamó interrumpiendo un hombre con acento porteño- Se le paga para que trabaje no para que sociabilice con los transeúntes.
¡Disculpe señor! Es que el caballero preguntaba si había cuartos disponibles...-respondió la mujer bajando la cabeza sumisamente y hasta si se quiere en forma humillante.
¿Es cierto eso caballero? ¿Desea hospedarse en el Hotel Argentino?- inquirió el hombre vestido con un pulcro traje negro con chaleco, de cuyo bolsillo asomaba la gruesa cadena de oro de su reloj.
Acabo de llegar en el vapor San Martín... y sí, quisiera hospedarme en este lugar.
En este hotel siempre hay cuartos para ciudadanos respetables provenientes de Buenos Aires-respondió servilmente el hombre- Señora Herrero lleve hasta el cuarto numero cinco el equipaje del caballero.
No hace falta señor...-dije deteniendo a Lourdes que se había precipitado a obedecer la orden de su patrón como si este fuese un terrorífico cíclope salido de los relatos de Homero-. Yo llevaré mi equipaje, es que tengo equipo delicado en él.
No se preocupe caballero, Lourdes no es torpe como la mayoría de la chusma de esta ciudad, hasta sabe leer. ¡Por eso la he contratado!-dijo el hombre acercándose a mi como queriendo evitar que la muchacha escuche sus hiriente palabras.
Como le he dicho, prefiero subir yo mismo mi equipaje aunque puede acompañarme para indicarme la ubicación del cuarto.
¿Esta sorda señora? Vamos, rápido... Lleve al caballero a su habitación.
Lourdes, siempre con la cabeza gacha obedeció a su patrón pidiéndome con voz casi imperceptible que la siga, luego de tomar de la conserjería un manojo de llaves de bronce.
Al llegar a la puerta de la habitación, luego que la mujer abrió la puerta, pregunté:
La confesión que me hizo en la calle respecto a mi esposa me quema en el pecho. Dígame ¿Azucena sobrevivió a aquel día? ¿Está... viva?
Azucena sobrevivió a aquel disparo que la lanzó al río según lo que supe tiempo después, aunque habría sido mejor, para ella, morir en ese momento.
¿Que quiere decir con eso?
Ella enloqueció de tristeza arrojándose a las aguas del río Paraguay, desde el peñasco de Ita Pyta Punta, meses después.
Una extraña sensación recorrió todo mi cuerpo. Mi corazón, que latía acelerado, parecía estallar.
¿Y el bebé? ¿Nació mi hijo?
La muchacha, al escuchar estas palabras dejó caer al suelo el manojo de llaves el cual se apresuró a levantar diciendo nerviosa:
No sé nada con respecto al bebé. Ramona no me dijo nada al respecto y si sabía se lo llevó a la tumba. Disculpe, debo volver a mis obligaciones, la guerra nos ha cambiado la vida a todos.
No tiene porque disculparse Lourdes, la comprendo...-dije tomándole su ajada y callosa mano. Todos tenemos nuestros fantasmas.
¿Tiene más equipaje en el puerto? Puedo hacer que mi hijo vaya por él – dijo la mujer, apartándose de mí.
No. No he venido por mucho tiempo, éste es mi único equipaje. solo el tiempo necesario para escribir unos cuantos artículos sobre Don Domingo Faustino Sarmiento y su estadía en Paraguay.
Está bien...si necesita algo hágamelo saber.
Eran visibles los estragos que los horrores de la guerra habían hecho sobre aquella que fuera una risueña y encantadora muchacha, cuyo promisorio futuro se había desmoronado, al igual que el esplendor y glamour de Asunción en los años que la conocí.
Me acerqué al balcón de la habitación y vi alejarse con dificultad a Gustavo que arrastraba su falsa pierna ayudado por su bastón, deteniéndose para comprar de una burrera, una chipa.
Permanecí detrás de aquella ventana de finos cortinados, quizás los mismos que Don Venancio López había mandado a colocar años atrás, hasta mucho después que desapareciera de mi vista el joven afilador de cuchillos.
Me recosté en la mullida cama con la intención de descansar un instante mis fatigados huesos pero el sueño me venció.
Desperté con las primeras luces del día y la añorada sinfonía de las miles de aves que volaban sobre la verde espuma vegetal, salpicada de rosa, blanco y amarillo de los lapachos en flor, en la que se encontraba inmersa la ciudad.
Acomodé mis escasas pertenencias en una cómoda de la habitación y tomando mi libreta de anotaciones comencé a escribir sobre el viaje de Buenos Aires a Asunción.
Al momento que mi reloj marcó las ocho de la mañana, me disponía a bajar a desayunar, cuando escuché que golpeaban la puerta de la habitación.
Señor, disculpe, este sobre acaba de llegar para usted -dijo un muchacho de unos veinte años, cabello negro como la noche y, lo que más me llamó la atención, vivaces ojos azules.
Gracias- dije tomando el sobre para luego entregarle unas monedas.
La nota remitida por el General Sarmiento decía:
Estimado Mister Demczszyn:
Luego de haber caminado por la ciudad de Asunción, he quedado sorprendido por la exactitud y puntillosidad de su relato durante nuestra agotadora travesía. Tanto que al ver algunos edificios pude reconocerlos y sorprender a mis anfitriones dando los nombres de sus antiguos dueños.
Quisiera me acompañe en el almuerzo para que me siga narrando sobre su paso por estos lugares.
Podrá encontrarme en el lugar al que llaman “La cancha sociedad”.
Atentamente
Domingo Faustino Sarmiento.
A levantar la mirada de la nota vi que el muchacho se encontraba todavía delante de mí observándome.
Dígame joven: ¿Queda lejos de aquí la Cancha Sociedad? ¿Podría indicarme como llegar hasta ese lugar?
El muchacho sonrió con una sonrisa que pareció iluminar la habitación y dijo:
Claro que conozco ese lugar, si quiere puedo conseguirle un coche para que lo lleve, o puedo enseñarle donde abordar el tranvía.
¿Es lejos de aquí ese lugar?
No más de tres kilómetros.
Me gustaría ir caminando ¿Puedes indicarme como puedo llegar?
¡Si quiere lo acompaño! Mi madre me ha dicho que usted conoció a mi tía y a mi abuelo.
¿Eres el hijo de Lourdes Herrero? ¡Claro que me gustaría que me acompañe!
Así es, mi nombre es Gustavo Herrero.
Claro que conozco a su abuelo, Don Toribio, y a su tía, Mónica. Dígame: ¿cómo están ellos?
El muchacho hizo una breve pausa, lo que me indicó que mis palabras no habían sido acertadas, y respondió:
Mi abuelo murió poco antes de que la capital se traslade a Luque, durante la guerra, mientras que de mi tía nada se sabe. Probablemente haya muerto como tantas residentas4.
¡Lamento lo que dice!, disculpe mi torpeza... es que...
No se preocupe, son cosas de la guerra.
Tiene razón, la guerra nos cambió a todos.
Para las nueve de la mañana estábamos en camino Al lugar donde se hallaba hospedado Don Domingo.
Gustavo era un joven muy agradable e inteligente, de conversación fluida y vivaz. Un poco más alto que yo, vestía una camisa blanca al igual que su pantalón. A pesar de su condición social y a diferencia de muchos muchachos de su edad, usaba unos zapatos negros raídos por el tiempo.
A lo largo del trayecto pude ver las heridas no cicatrizadas de Asunción, como ser las paredes destrozadas por las baterías brasileñas del palacio de Francisco Solano López; o un ambay, de grandes hojas en forma de mano, creciendo junto a la cúpula a medio terminar del derruido aunque derruido edificio, copia del Scala de Milán, que debía haber sido el Teatro Nacional, ubicado frente a la que fuera la casa de doña Elisa Linch; e infinidad de casas abandonadas con las puertas y rejas arrancadas, mudo vestigio del pillaje del ejercito aliado.
El silbato de un tren me hizo mirar a la estación del ferrocarril, ahora en posesión de una empresa británica.
¡Mi madre estuvo en la inauguración de la estación!-dijo orgulloso el muchacho que hasta ese momento poco había hablado pero se había dado cuenta de mi interés por la ciudad y sus edificaciones.
Yo también estuve ese día. Lo recuerdo como si fuese ayer. ¿Ve aquellas columnas de la recova? De ellas colgaba un cartel de tela con el nombre del presidente de ese entonces. Su madre y tía acompañaban a una señorita que se apellidaba Garmendia. Las tres eran muy amigas de la que tiempo después fue mi esposa.
Mi madre me contó anoche sobre su esposa. Ella se suicidó arrojándose al barranco de Ita Pyta Punta. Al igual que a mi tía, la guerra se ha tragado a muchos seres queridos sin que podamos saber donde descansan sus restos. En algunos casos, como en el de la señorita Garmendia, se sabe que fue asesinada por el mismo López, pero en otros como el de mi tía Mónica...
¿El General López mató a Pancha?
El Mariscal mandó matar a muchas personas a quienes en su delirio creyó conspiradores, entre ellos Pancha. Según se dice, la desdichada fue lanceada, debido a que en esa época había muy pocas balas.
¡No puedo creerlo!
Pues así cuentan los que sobrevivieron.
Luego de unos minutos de fluida conversación divisé la entrada de la antigua quinta de Salinares donde conocí a doña Elisa Linch.
Allí es-dijo Gustavo señalando la entrada de la quinta.
Pero si es la casa de doña Elisa.
Ya no- dijo en tono burlesco sonriendo el muchacho-. Del mismo modo que los López confiscaron la propiedad que perteneció al ultimo gobernador español, ahora el lugar a sido adquirido por el Doctor Andreuzzi que llegó a Asunción hace cuatro años, tiempo que utilizó para transformar el lugar en un importante hotel, con su teatro de verano y la primera pista de patinaje del país, entre otras mejoras. Toda la sociedad asuncena viene a disfrutar de este lugar.
Mi mente retrocedió en el tiempo y me pareció ver jugando en el nuevo jardín a los pequeños hijos del General López, del mismo modo que lo hacían la última vez que visité este lugar.
La entrada al jardín del hotel se encontraba custodiada por un grupo de soldados, lo que llamó la atención al muchacho.
Es curioso, no suele haber militares custodiando este lugar... salvo que... se encuentre el presidente Escobar ¡Como me gustaría conocerlo!
Si está en el interior de la casa con Don Domingo trataré que se lo presenten.
¿Enserio? ¿haría eso por mí?-preguntó con una mirada pícara que me recordaba a alguien a quien no podía identificar.
No se puede pasar, vuelvan por donde vinieron-ordenó uno de los soldados al ver que nos dirigíamos hacia la entrada.
El general Sarmiento me ha invitado para almorzar con él- dije enseñando la nota que me enviara el sanjuanino.
¡Aguarde!-dijo secamente, casi ladrando, enviando al interior de la casa al otro soldado con la nota.
No paso más de un par de minutos cuando el enviado volvió corriendo.
¡El señor Presidente quiere que pase!
Avance un par de pasos cuando el fusil de uno de los soldados impidió el paso a Gustavo Herrero que venía detrás de mí.
¡Elpies descalzosno entra!
El joven viene conmigo, además, no veo que esté descalzo-dije enérgicamente.
No me importa con quien venga. Este lugar es para la alta sociedad asuncena. Los sirvientes no entran.
¿Que ocurre ahí? –dijo un hombre de uniforme que acaba de salir de la casa.
El guardia de la puerta al escuchar al militar se puso firme como una tabla y cuadrándose respondió:
Disculpe mi general, este muchacho no comprende que en este lugar no se admiten pies descalzos.
El muchacho viene con migo, soy un viejo amigo de su madre -dije mirando fijamente al general.
Mejor me voy...-dijo Gustavo retrocediendo y reconociendo en aquel militar al ex presidente Bernardino Caballero.
Déjelos pasar soldado- ordenó, con asentó italiano, otro hombre que resultó ser el dueño del lugar-¡Los amigos de los amigos del General Sarmiento, son mis amigos!
El interior poco había cambiado en cuanto al decorado, aunque ninguno de los bellos muebles, incluido el piano, se hallaban en el lugar.
Sarmiento, se hallaba sentado junto a una larga mesa acompañado por Don Esteban Adrogue, Don Belén Sarmiento, el general Bernardino Caballero, Don José Segundo Decoud y el actual presidente, el general Patricio Escobar.
Don Andreuzzi, él es el hombre de quien le hablé-dijo Sarmiento desde su silla mientras encendía un habano.
Pasen siéntense -dijo el anfitrión-. Los amigos del general son bienvenidos a mi hotel. ¿Vinieron en el “Conductor universal”5?
No, insistí en venir a pie, estoy acostumbrado a caminar mucho.
Veo que ha venido acompañado- señaló el general Sarmiento.
Así es Don Domingo, como le dije al general, el es Gustavo Herrero hijo de una amiga de mi difunta esposa.
¿Su padre era europeo?- preguntó Don Andreuzzi observando en el muchacho rasgos caucásicos de los cuales no me había percatado hasta el momento, salvo sus penetrantes ojos azules de la misma tonalidad que los míos.
En realidad no conocí a mi padre, el murió en la guerra...
Comprendo... ¿y a que se dedica?
Trabajo en el Hotel Argentino junto a mi madre, hago de maletero y toda tarea que se me pide por la mañana y por las tardes ayudo en la limpieza de las prensas del diario La Nación. En el tiempo que me resta estudio en la nueva escuela publica en lo que estoy poniendo todo mi empeño para en unos años ingresar en la recientemente creada Universidad Nacional.
Me cae simpático jovencito-señaló el presidente Escobar quien escudriñaba la actitud firme y decidida de Gustavo al responder al dueño de casa-. En unos meses necesitaremos un mensajero... ¿Está de acuerdo Don Bernardino?
El general Caballero observo calladamente al muchacho y dirigiendo la mirada a Don Decoud, quien asintió con la cabeza, dijo:
¿Está al tanto de la creación, el pasado dos de julio, del Centro Democrático6?
Sí, fue fundado por los señores Antonio Taboada, José de la Cruz Ayala, y Cecilio Báez, lo leí en La Nación de esa fecha.
Pues nosotros- prosiguió el ex presidente, señalando al general Escobar y a Don José Decoud -, fundaremos otra asociación7 en unos meses y como dijo mi compañero de armas y actual presidente de la república, necesitaremos un mensajero.
Si le interesa lo tendremos en cuenta-culminó el presidente Escobar.
¡Claro que me interesa!-dijo extendiéndole la mano entusiasmado al presidente quien, sorprendido por la decidida actitud del muchacho, se la estrechó.
El General Sarmiento nos estaba contando que usted vivió en Asunción en la época de los tiranos López y que tiene muy buenas historias de aquella oscura época ¿Es cierto eso?- preguntó el presidente.
Así es-dije sentándome en la cabecera opuesta a la del general Sarmiento- Creo que todos los fotógrafos tenemos la característica de recordar muy bien los lugares en donde hemos estado. Como por ejemplo recuerdo bien este salón en la época en que vivió Madame Linch... por ejemplo... en aquel lugar se encontraba el piano...
Me imagino que la madama Linch no se privaría de nada en este lugar. Pero todo ese lujo era producto de la sangre de nuestro pueblo- interrumpió el general Caballero, a pesar de haber sido uno de los oficiales de confianza del finado general López. - Pero cuéntenos, además de Asunción conoció otro lugar de la republica.
Así es, viví unos meses en Paraguari, en los tiempos cuando todavía se llegaba a caballo. Mi suegro era dueño de unas tierras cercanas a la ciudad.
Todavía no puedo comprender como un hombre venido de Europa decide casarse con una paraguaya... -dijo como al descuido malévolamente Don Belén Sarmiento.
No veo porque se asombra, Paraguay tiene bellas mujeres-respondió Don Decoud para luego dirigiéndose a mí y preguntar:- ¿Ha venido a reclamar esas tierras?
No... no pensé en ello... además no tengo los papeles...
Por favor caballero- rió el general Escobar- Luego de la guerra la mayor parte del Paraguay quedó sin dueño. Estoy seguro que podrá recuperar sus tierras, hoy convertidas en tierras fiscales, por unas cuantas monedas con las que se pagarán gastos administrativos. ¿Y se puede saber a qué se dedicaban en esas tierras?
Mi suegro era el Coronel Ruiz Gato y tenía cultivos de algodón.
El algodón de Paraguay es muy apreciado por nuestros amigos de Gran Bretaña –acotó Don Domingo mientras daba una gran bocanada de humo con su habano consumido hasta la mitad.
Es por ello, que viendo la calidad del algodón que se producían en esas tierras y teniendo en cuenta varios factores como que el ferrocarril estaba próximo a llegar a la ciudad, y la necesidad de Gran Bretaña de conseguir algodón de calidad, dado que norte América estaba en guerra civil, con mi suegro pensamos en crear un centro industrial procesador de algodón, en donde Paraguay no solo exportaría algodón en rama sino que produciría a gran escala ropa de calidad para vender a la Confederación Argentina y a Gran Bretaña.
Los presentes quedaron atónitos y en silencio al escuchar mis palabras, hasta que Don Decoud dijo:
Es una pena que los López no hayan aprobado su idea. Se hubiera vuelto inmensamente rico... Bueno... esto solamente si hubiera tenido el beneplácito del gobierno y para ello... usted me entiende.
No es tan así como usted piensa Don Segundo. Don Benigno López estaba de acuerdo y hasta me dio su apoyo hasta donde pudo.
A ese López a veces lo iluminaba la razón- acotó el general Caballero- Por algo fue fusilado por su hermano.
Me interesa lo que está diciendo- interrumpió el general Sarmiento- Cuéntenos más sobre aquellos sucesos.
Como le dije antes de abordar el vapor que nos condujo a estas tierras-respondí al general-, mi pasado está lleno de hiel y el hablar de aquellos sucesos me hace revivir una época a la que creía enterrada. Pero como también dije debo enfrentar a mis fantasmas del pasado por lo que si disponen de tiempo iniciaré el relato desde el comienzo, meses después de mi casamiento en la iglesia de la Encarnación.

***
Una tarde de diciembre, mientras tomaba mate con mi suegro en el patio de mi casa llegó un mensajero con una carta.
Tomé el sobre y al ver la estampilla de un penique con la imagen de la reina victoria en negro matasellado en Liverpool lo abrí presuroso y luego de una rápida lectura grité de alegría.
¿Qué le ocurre? ¿A qué se debe este alboroto?-preguntó el coronel ante mi desborde.
En esta carta están las noticias de nuestro futuro. Esta misiva me ha sido enviada por mi amigo de infancia y camarada de estudios Hans Estinhause a quien encargué averigüe sobre las maquinarias para nuestra empresa.
Mi estimado Gustav-iniciaba la misiva escrita en alemán- como me has pedido he contactado con las empresas que se encargan de la fabricación de las máquinas desmotadoras Whitney y las de tejer Cartwright, quienes si bien en un principio se mostraron reticentes, al corroborar los fondos de tu cuenta como me lo aconsejaste, cambiaron inmediatamente de actitud y están deseosos de conocerte y hacer trato contigo. En lo que se refiere al costo de las maquinarias han tenido una pequeña variación desde la última carta que te envié y la tendencia es que siga subiendo por lo que te esperamos a la brevedad.
El coronel luego de escuchar atentamente la misiva me dijo:
¿Qué tan bien conoce a este señor?
A Hans lo conozco desde el inicio de mis recuerdos en Possen. El y su prima Tatiana son como mis hermanos. Con el tiempo fuimos camaradas de estudios hasta que se decidió por la rama de ingeniería. ¡No se imagina todas las aventuras que pasamos juntos!
Mmm ¿Así que es ingeniero?
Sí, se graduó en la Berufsakademie8 para luego ingresar en el ejército Prusiano.
¿Y que está haciendo en Liverpool? ¿Esta comisionado como agregado militar en Inglaterra?
Él dejó el ejército y vive en Montmartre desde que se casó con una inglesa que es condesa... o marquesa, no recuerdo bien. ¿Por qué me hace este interrogatorio? ¿Acaso duda de mi amigo?
Cuando se trata de una suma tan considerable de dinero... yo desconfiaría hasta de mi sombra.
Pierda cuidado coronel. Solo esperaba esta carta para viajar a Liverpool.
¿A donde piensa embarcarse? ¿Acaso no pensaba decirme?-preguntó Azucena que, al parecer, hacia tiempo estaba escuchando la conversación.
Parece que su sorpresa dejó de serlo – dijo Madame Lafaiette, que en ese momento venia con unos pastelillos de dulce de guayaba de la cocina.
¿Que quieres decir Mame? ¿Tú sabías que Gustav viajaría?-interrogó muy enojada mi esposa.
Cálmate princesa, ya no tiene caso ocultarte este secreto que con Madame hemos guardado celosamente desde hace unos meses. Este viaje aparte de ser de negocios será un regalo para que conozcas la tierra en donde nació tu madre.
¿Me llevarás a Paris?-preguntó con la cara de una pequeñita a la que se le ha regalado una muñeca de porcelana.
Así es, Iremos a Paris donde nos encontraremos con mi amigo, luego nos trasladaremos a Londres, y de ahí a Liverpool y Manchester- respondí al tiempo que, la muchacha, sin tener en cuenta que no nos hallábamos solos me abrazó y besó apasionadamente.
Un momento jovencito- interrumpió la francesa golpeándome suavemente repetidamente el hombro. ¿Usted alguna vez vivió en Paris? ¿Conoce acaso algo de esa ciudad? ¿Como piensa mostrarle a mi niña algo que no conoce?
No comprendo que quiere decir Madame... usted tenía conocimiento de este viaje...
Es cierto, estaba al tanto. Es por ello que he decidido acompañarlos no vaya a ser que se pierdan en la gran urbe.
Antes que pueda objetar nada, Azucena abrazó a la anciana y dijo:
Claro que te llevaremos ¿Acaso encontraremos mejor guía para recorrer los lugares en donde vivió mi madre?
Es una pena que no pueda acompañarlos-dijo mi suegro visiblemente emocionado-, alguien tiene que quedarse a cuidar nuestros intereses.
Un par de días después, Azucena y yo acompañados por Madame Lafaiette abordamos el vapor “Marques de Olinda”.
El Navío de bandera Brasileña proveniente de Corumbá, al mando del capitán Don Hipólito Betancour, nos llevaría a Buenos Aires haciendo escala en los puertos de Corrientes, Paraná, Rosario y San Nicolás.
El vapor de madera con ruedas laterales, que desplazaba ciento ochenta toneladas con un motor de ochenta caballos de fuerza, nos condujo, sin contratiempos, al puerto de Buenos Aires en donde deberíamos hospedarnos por casi dos semanas en espera a que zarpara el buque que nos llevaría con destino a Río de Janeiro y de ahí trasbordar a otro que nos conduciría al puerto ingles de Southampton para finalmente embarcar hacia el puerto francés de “Le Havre” en la margen derecha de la desembocadura del río Sena.
La ciudad de Buenos Aires, a la que nos dirigíamos y que sería nuestra primera escala, era la flamante capital de la confederación Argentina.
Luego de la derrota del General Urquiza en la batalla de Pavón por parte de las fuerzas porteñas encabezadas por el General Mitre, el presidente Derqui renunció siendo imitado, meses después, por el vicepresidente Pedernera, declarando en receso al Poder Ejecutivo. Por este motivo las provincias delegaron el desempeño del poder ejecutivo, desde ese momento con sede en Buenos Aires, al victorioso Mitre por cinco años.
Llamada por Pedro de Mendoza “Sitio Real de Nuestra Señora Santa María del Buen Aire”, para cumplir la promesa que hiciera a la Patrona de los Navegantes que se hallaba en la Cofradía de los Mareantes de Triana y de la que él era miembro9 fue fundada por primera vez el tres de febrero de 1536 por el Adelantado anteriormente citado y por segunda vez por Juan de Garay el once de junio de 1580.
Luego de nueve días de cansino viaje por las aguas de los ríos Paraguay y Paraná llegamos al río de la Plata al que los conquistadores españoles dieran el nombre de Mar dulce, debido a la extensión existente entre sus horilla, aproximadamente dos horas y media entre el puerto de Buenos Aires, donde nos dirigíamos, y la ciudad de Colonia del Sacramento en la republica oriental del Uruguay.
Horas después, el buque se acercó gallardamente al puerto de la ciudad de Buenos Aires, anclando a cierta distancia del muelle.
Sobrepasando unos pocos metros el nivel de las aguas en un terreno perfectamente llano, la ciudad que se levantaba ante nuestros ojos, formada por un compacto conglomerado de viviendas en donde se destacan la casa de gobierno, la aduana Taylor, entre otros edificios. La nueva capital argentina no presentaba el encanto y atractivo de agradables e imponentes panoramas como sí los tenía la ciudad de Paraná vista desde el río.
A un cuarto de legua más abajo de la ciudad un profundo arroyo llamado Riachuelo, desemboca en el río; navíos de hasta trescientas toneladas entraban para varar o para anclar al abrigo de las tormentas, aunque las naves de menor calado que lo hacían delante de la ciudad también están a cubierto por un gran banco de arena que forma con la orilla un canal muy seguro y cómodo. Entre la costa y el banco de arena, a lo largo de la ciudad, un canal conduce a las naves de trescientas a cuatrocientas toneladas del puerto al Riachuelo.
¡Que cambiado que está el puerto!, apenas puedo reconocerlo- exclamó Madame Lafaiette. Ese muelle y aquel edificio redondo no existían cuando llegamos a estas tierras con tu madre hace casi veinte y cinco años.
Tiene Razón Madame –interrumpió un viajero que había abordado la nave en la ciudad de Paraná-, el muelle de pasajeros, ubicado en el Bajo de la Merced, fue inaugurado hace apenas ocho años y facilita notablemente el embarque y desembarque de pasajeros en relación a lo que era en la antigüedad. Aquel otro edificio de forma semicircular es la nueva aduana Taylor, llamada así por el apellido del ingeniero que la diseñó... o sea un servidor- dijo el hombre haciendo una reverencia con su sombrero.
Mucho gusto Mister Taylor – devolví el saludo estrechándole la mano mientras la francesa volvía a hablar:
Recuerdo que en ese lugar había un viejo edificio fortificado- dijo Madame Lafaiette.
Así es Madame. Era el antiguo fuerte español. El notorio auge alcanzado por el puerto de Buenos Aires ha hecho que se construyera la nueva aduana frente a la Plaza de la Victoria y detrás del edificio que usted ha mencionado, el cual fue derrumbado en parte. ¿Ven aquel edificio, con frente al río y de forma semicircular?, alberga cincuenta y un almacenes con techos abovedados, rodeados exteriormente por galerías. Sobre aquella torre central, como pueden observar, se encuentra el faro que es de gran utilidad debido a las características del puerto.
Del centro de aquella moderna edificación salía un extenso espigón de madera utilizado como muelle principal, ladeado por aparejos que facilitan la carga y descarga de las mercancías.
El capitán de la nave junto con varios oficiales nos ayudó a trasbordar sobre unos pequeños barcos de vela gracias a los cuales fuimos conducidos al muelle de pasajeros de unos doscientos metros de longitud ubicado al norte de la aduana Taylor.
Al final de este muelle, nos topamos con dos pabellones octogonales de chapa acanalada y estructura de hierro fundido, traídos desde Gran Bretaña, para el control de equipaje10, en donde tras la verificación de nuestros documentos y bagajes pregunté al funcionario al no ver ningún buque con bandera inglesa anclado.
Disculpe... ¿Podría indicarme si ya ha llegado el navío que debe partir con destino a Rió de Janeiro?
¿Usted cree que yo estoy acá para dar ese tipo de información? Rebúsquese por el puerto... capaz alguien sepa.
Antes que pueda decir algo el funcionario llamó al siguiente de la fila, obligándome a seguir adelante.
¡Que desconsideración!-protestó Azucena.
Como dicen en estas tierras- contestó Mister Taylor-, no se le puede pedir peras al olmo...que se le va hacer, pero... no se preocupen, es probable que venga con retraso. ¿Por que no se hospedan en su hotel y después averiguan?
En realidad no tenemos reservación en ningún hotel ni conozco ninguno a parte del Hotel de Inmigrantes de la calle Corrientes Nº 8, en donde me hospedé por un día cuando arribé a estas tierras en junio del sesenta y uno.
¡Por la Reina! Estoy seguro que no querrá hospedarse en ese lugar y más aún estando en compañía de estas damas. Yo conozco aquí cerca el hotel de mi amigo Mister Esteban Adrogué.
Entonces guíenos hasta ese lugar- dije a las ingles mientras tomaba del brazo a mi esposa y avanzábamos por el arbolado paseo de julio.
Mister Taylor, con la frialdad que caracteriza a los británicos, llamó a un carruaje de alquiler que avanzaba por la calle Piedad11, ordenando al cochero, una vez que abordamos el vehiculo con nuestro equipaje, que nos lleve al hotel Provence.
Si bien la modernidad de la ciudad de Buenos Aires distaba mucho de la varias de las ciudades de Europa, a diferencia de Asunción, tenía sus calles pavimentadas con empedrados que cubrían todas las calles, hasta quince cuadras al frente, derecha e izquierda de la espaciosa Plaza de la Victoria por la que el cochero cruzó de a drede, al percatarse que nuestro anfitrión era ingles.
¡Esta es la plaza de la Victoria!-dijo en voz alta el cochero-. Su nombre se debe a la aplastante victoria que los ciudadanos de Buenos Aires tuvimos sobre los ingleses al mando del Brigadier Beresford en el año seis, mientras el Virrey Sobremonte huía con los caudales públicos, a Lujan y luego a Córdoba, entre gallos y media noche.
Era evidente que el inglés no estaba a gusto con la información dada a viva voz por nuestro simpático anfitrión. En su rostro podía verse su orgullo herido por las humillantes, para él, palabras del parlanchín cochero que prosiguió su relato:
¿Ven aquellas marcas de bala en la recoba?- señaló con su mano mientras detenía el carruaje para que podamos apreciar mejor-, son las marcas de las balas de nuestras fuerzas, ya que es tras esos gruesos muros donde se escondían... perdón... atrincheraban las tropas del falso gobernador cuando el Capitán de Navío Santiago de Liniers y sus mil doscientos hombres tomaron El Retiro provocando que los “atrincherados” se escon... perdón...se retiren a defender el fuerte que no llegó a ser tomado por la fuerza porque el gobernador de su majestad se rindió enarbolando la bandera púrpura y oro de España. ¿Ven aquella puerta, la principal del Cabildo? Es justo en ese lugar en donde fueron entregadas las banderas, estandartes y armas a Santiago de Liniers.
El cochero en todo momento fingía ser cortés en sus palabras, aunque era más que sabido que la pequeña clase de historia estaba directamente dedicada a Mister Taylor, que estoicamente permanecía callado.
Seguidamente, el cochero, reanudó la marcha explicando detalles de la construcción de la catedral, de reciente finalización, cuyo frontis se estaba adornando y la casa de gobierno que se encontraba a un lado del Cabildo.
Unas cuadras después de haber salido de la Plaza de la Victoria todos creíamos que los ataques contra el ciudadano británico habían acabado. Sin embargo, con una sonrisa en los labios, el cochero señaló una casa cuyo balcón daba a la estrecha calle por la que transitábamos y a media cuadra de la iglesia de San Francisco:
Esa es la casa en donde vivió mi madre. Desde ese balcón ella con mi abuela tiraban agua y aceite hirviendo a una de las columnas inglesas lideradas por un tal Pack que junto con otras formadas en total por nueve mil hombres, se atrevieron a volver un año después de los hechos que acabo de narrarles, para recuperar sus cosas y por supuesto la ciudad.
El cochero siguió contando los pormenores de aquella segunda invasión del poderoso ejército inglés liderado por el General Whitelocke y como la ciudad organizada bajo las órdenes del alcalde de primer voto Martín de Alzaga.
Finalmente llegamos al Hotel Provence en donde un empleado nos ayudó con nuestros equipajes.
En el hotel, con un lujo digno del mejor hotel de Paris, nos registramos para retirarnos a recuperar fuerzas de nuestro agotador viaje fluvial y prepararnos para el que venía.
Antes de subir las escaleras agradecí a Mister Taylor su gentileza y traté de minimizar el desagradable momento que el cochero le hizo pasar.
No se preocupe, estoy acostumbrado a estas demostraciones de afecto que los porteños sienten hacia los ciudadanos de su majestad. Pero como dice el dicho, el que ríe último ríe mejor...
¿Que quiere decir? ¿Acaso sabe algo? ...
El inglés sonrió malévolamente y encendiendo su pipa me dijo:
Me imagino que sabe que los fenicios fueron los primeros comerciantes a gran escala de la humanidad. Sus barcos recorrían los mares conocidos e inclusive, algunos se aventuraron a recorrer los desconocidos con el solo fin de comerciar creando la necesidad de un producto determinado que desembocaba en la dependencia de esta ciudad para con los hábiles comerciantes.
Disculpe, pero no comprendo a donde quiere llegar.
El imperio Británico no pudo conquistar a esta ciudad por las armas, pero la ha conquistado económicamente. Hoy la mayor parte de todas las mercaderías que salen de su puerto van a Inglaterra y nuestras colonias, y lo más importante, al precio que nosotros fijamos. ¿Qué mejor conquista que esa quiere? A Su Majestad no le importa que un cochero hable de las glorias pasadas de unos campesinos incultos sino del lucro que obtiene, y obtendrá, de ellos y de sus descendientes.
Esas palabras me hicieron recordar lo que yo pensaba era simplemente testadurez de Don Carlos Antonio López, al negarse a pedir un préstamo internacional a la banca inglesa, para financiar la propuesta del General Urquiza12. Paraguay no debía nada a nadie y de hecho esto le daba la posición para escoger a quien vender sus productos y a que precio.
Un par de días después de nuestra llegada, estaba en el lobby del hotel, leyendo un ejemplar del periódico “La tribuna” de los hermanos Varela en el que un vocero hablaba en contra de la predica de otros periódicos de Buenos Aires de una guerra para liberar al Paraguay de una tercera generación de tiranos. ¿Será que gracias a la presidencia de Mitre, Don Francisco, podría llegar a un acuerdo en relación a los problemas internacionales? Todo parecía indicar que sí. Inclusive uno de los huéspedes me comentó que tenía conocimiento, gracias a un primo que trabajaba en la casa de gobierno, que el General Mitre mantenía una fluida correspondencia con el Presidente López.
Gritos de desesperación me hicieron mirar hacia la escalera.
Azucena, blanca como una hoja, bajaba corriendo pidiendo ayuda.
¿Que ocurre mi amor? Tranquilízate.
Mame se ha desmayado en el baño. ¡Necesita un Medico!
Un hombre, al escuchar los gritos, corrió para volver instantes después con un médico y una enfermera que socorrieron a Madame Lafaiette de inmediato.
Mientras que el galeno, en compañía de Azucena y la enfermera, estaba atendiendo a la anciana agradecí al caballero, que tan rápidamente había reaccionado para prestarnos auxilio, y que resultó ser el dueño del hotel. Don Esteban Adrogué.
Don Esteban, un hombre de cuarenta y siete años, de mediana estatura, delgado, con largas patillas y frente amplia, hijo de un inmigrante valenciano radicado a principios de siglo. Casado hacía veinte y tres años con Isidora Amestoy Arnais y Pinazo una porteña de alcurnia, era un hombre que después de dedicarse al comercio en el ramo de suelas, tuvo a su cargo varias obras públicas, entre ellas el puente sobre el Riachuelo. Fue además uno de los primeros propulsores del alumbrado a gas con el que se iluminaba la ciudad, inclusive por su iniciativa se pavimentaron muchas calles de ésta. En 1856, junto con Jorge Atucha, Mariano Saavedra y Jorge Iraola fundó, en la Plaza de las Artes, el Mercado del Plata.
Con esta breve descripción trato de retratar a un hombre desinteresado y siempre buscando la manera de ayudar al prójimo, que acababa de llegar de su quinta “Los Leones” ubicada en el pueblo de La Paz, el cual había fundado hacia un año, en las lomas de Zamora.
De amena conversación y viendo mi preocupación, me invitó a tomar un coñac y dijo:
El doctor Ferreira de la Loma es un excelente profesional, de seguro ayudará a la mujer.
¿La señora es su pariente? -dijo con rostro preocupado el médico al bajar las escaleras junto con su asistente, luego de estar media hora atendiendo a la francesa.
Es la nana e institutriz de mi esposa. ¡Es como si lo fuera!
Entiendo... No quiero mentirle. Su problema es el corazón. Aunque con unos días de descanso sobrellevará su problema. Es cuestión de tiempo para que llegue lo inevitable.
¿Cree usted doctor que no debe proseguir nuestro viaje a Europa?
Le seré franco, el cansancio provocado por un viaje tan extenso puede causarle la muerte, y como médico debo recomendarle que no lo realice. Converse con ella y trate de evitarle cualquier disgusto.
Trataré de convencerla doctor.
Dejaré al cuidado de la paciente a mi hija Liduvina, que es enfermera.
Le agradezco doctor y muchas gracias por todo.
Aboné los honorarios del médico y subí a la habitación en donde la anciana protestaba a la enfermera y a Azucena pues quería levantarse.
Debería hacer caso a la enfermera Madame.
No ha nacido nadie todavía que me diga lo que tengo que hacer- respondió enérgicamente la francesa. Es más ¡quiero que me dejen sola!
Recuerde Madame, no debe agitarse, puede tener una recaída- sentenció enérgicamente la enfermera.
Está bien, me quedaré en la cama, pero ¡Salgan de la habitación!
Seguí a Azucena y a la enfermera.
Cuando estaba cerrando la puerta, Madame Lafaiette dijo:
Don Gustav, tráigame por favor una jarra de agua.
Le traeré de inmediato-respondió la servicial enfermera con una gran sonrisa.
Mire jovencita, creo que usted no se llama Gustav, así que no se meta en donde no la llaman.
Salimos de la habitación y de inmediato volví con una jarra con agua y un vaso.
Pase- dijo la francesa al escuchar mis golpes en la puerta-. Cierre la puerta, deje lo que trae en aquella mesa y siéntese junto a mí.
Obedecí a la anciana que, tomándome las manos, prosiguió diciendo:
No hace falta que me oculte lo que ya sé desde hace unos meses.
¿Que quiere decir Madame?
No finja, sé que ese matasanos le dijo que estoy muriendo y es cierto, me lo dijo hace unos tres meses el doctor González en Asunción. Es por eso que quise hacer este viaje. Si he de morir quiero hacerlo en Montmatre.
Pero el doctor dijo que un viaje como el que nos espera puede ser fatal.
Nada pierdo con intentarlo. Ahora quiero que me escuche. Azucena no puede enterarse de esta conversación y mucho menos de mi estado de salud. Quiero que me lo prometa.
Ante la firme determinación de la mujer no tuve otra alternativa que aceptar.
Los días pasaron como robados por una ráfaga de viento.
Mientras Madame Lafaiette permanecía en cama y esperábamos que el buque que nos llevaría a Río de Janeiro arribase, Don Esteban y su señora, nos mostraron a Azucena y a mí varios puntos atractivos de la ciudad como ser el paseo de la Plaza Marte, donde ese año se había erigido el monumento al General San Martín, libertador del yugo español de Argentina, Chile y Perú; a los recitales y cafés-concierto del Jardín Florida13, el hipódromo en El Retiro, e inclusive nos invitaron a un paseo en el ferrocarril, que partía de la Estación del Parque14 y que tenía una extensión de treinta kilómetros en esos años.
De esta manera, durante el día, admiraba junto con mi esposa los distintos edificios y lugares de aquella pujante ciudad, mientras que por las noches aprovechaba para tomar notas en mi diario de viajes de cada una de estas vivencias y costumbres que caracterizan al porteño.
Estos idílicos días y los que pasamos en Europa casi un mes después, debo confesar que fueron de los que más gratos recuerdos tengo junto a mí adorada esposa.
Finalmente el día fijado para que nuestro buque zarpara llegó, como así también había regresado la salud de Madame Lafaiette.
Tres días después de la navidad, que festejamos en la quinta “Los leones”, Don Esteban y su señora, de quienes nos habíamos hecho grandes amigos nos acompañaron al muelle de pasajeros.
Viajeros y acompañantes se mezclaban entre abrazos y despedidas. Los hombres elegantemente vestidos con pantalón bombilla, cuello duro, corbatas de moño o plastrón, sacos con ribetes y galeras. Mientras que las damas, con vistosos bucles debajo de los amplios sombreros y coloridos vestidos estilo victoriano, se ocultaban coquetamente debajo de sus sombrillas de tela adornadas con moños y volados.
Esta vez, una carreta con ruedas de un poco más de dos metros de diámetro fue la encargada de transportarnos con todas nuestras pertenencias a bordo de un buque de bandera inglesa llamado Mersey, que nos llevaría hasta la capital del Imperio del Brasil, previa escala en Montevideo.
En el puerto carioca transbordaríamos al vapor Tyne, de mayor calado, que nos llevaría al puerto bretón de Southampton. Luego de nuestro viaje marítimo de aproximadamente veintiocho días deberíamos volver a transbordar a un buque con bandera francesa que, luego de cruzar el canal de la mancha, nos llevaría al puerto de Le Habre en tierras galas.
El pequeño vapor, con eje y hélice de madera  de unas doscientas treinta y dos toneladas aproximadamente, llevaba una tripulación de veintidós hombres y veintinueve pasajeros, Levo ancla al tiempo que de sus negras chimeneas surgían grandes bocanadas de vapor.
Con la precisión de un reloj, característica innata de los británicos, el buque divisó costas uruguayas en el tiempo establecido de dos horas y media.
Montevideo, capital de la República Oriental del Uruguay, está localizada a orillas del Río de la Plata, casi frente a las costas de Buenos Aires, a unas treinta leguas de ésta. En 1726, Don Bruno Mauricio de Zabala, Gobernador de Buenos Aires, fundó San Felipe de Montevideo, como ciudad fortificada, con el objetivo de controlar el contrabando que se realizaba vía Colonia del Sacramento fundada cuarenta y seis años antes por los portugueses convirtiéndose desde entonces en el principal puerto español en el Atlántico Sur.
Diseñada como una típica ciudad colonial en forma de damero rodeada de murallas, fue poblada por habitantes de las Islas Canarias que se sumaron a otras familias venidas desde Buenos Aires.
A fines del siglo XVIII se convierte en el único puerto autorizado a introducir esclavos a las posesiones españolas en América del Sur con permiso de libre comercio sin trabas fiscales.
Desde la barandilla del vapor pude apreciar en primer lugar un río que, entra tierra adentro con una isla pequeña, y desemboca en una ensenada o bahía en la cual hay otra isla en medio de su entrada que abriga y asegura de todo tipo de vientos, en especial los denominados pamperos y otros provenientes del mar, a los navíos que en este puerto buscan refugio.
Una de las ventajas de este puerto con el de Buenos Aires es que tiene una profundidad considerable, permitiendo que navíos de gran calado lleguen casi hasta la costa además de no ser necesario el continuo dragado.
El puerto estaba atiborrado de naves de distintas nacionalidades, Entre las que se destacaban las francesas, inglesas, alemanas, ondeando sus banderas nacionales y estandartes de las distintas compañías navieras.
En la costa podían divisarse los muelles y las dos escolleras construidas a principio de siglo, una en la punta llamada “San José”, y la otra en la falda del cerro sobre la cual se destaca un faro. Un poco más allá se encontraba la rambla portuaria con sus muelles particulares donde, como hormigas, subían y bajaban pesados sacos en sus anchas espaldas los estibadores, en su mayoría vasco-franceses llegados a estas tierras como muchos europeos a hacerse la América.
Horas después de nuestro arribo al puerto, el tiempo suficiente para subir un par de pasajeros y acomodar las bolsas del correo, los fornidos y hábiles marinos levaron ancla mientras el capitán ponía proa rumbo a la capital del Imperio del Brasil.
No pasó mucho tiempo para que pudiéramos divisar la marcada divisoria que indicaba el límite del Río de la Plata y el Océano Atlántico. Esta línea demarcatoria estaba bien definida, como si hubiese sido hecha por la majestuosa pluma de Dios, separando de un lado el color aleonado del río con el azul oscuro del infinito océano en donde, a lo lejos, se podía ver un grupo de toninas.
***
¡Que épocas!-dijo Don Domingo, mientras encendía otro habano de penetrante aroma. En 1863 yo era gobernador de San Juan, después de haber sido ministro de Mitre en Buenos Aires, había cumplido ya cincuenta y dos años, y lucía un bigote canoso y esta calva que me acompaña de mis años mozos. Recuerdo que a pesar de algunos levantamientos como los del Chacho Peñalosa, 1863 fue un buen año para mí inclusive estreché lazos con mi hijo Dominguito-expresó esto último con tristeza para luego levantarse sin decir nada y salir de la habitación.
Belén Sarmiento que conocía bien el estado en que se ponía su abuelo al recordar a su hijo muerto en la guerra del Paraguay dijo:
Caballeros, creo que ha sido una buena velada, agradezco su visita pero comprenderán que el estado de salud de mi abuelo no es el mejor por lo que les pediría que termináramos aquí y nos citemos para otra oportunidad en donde estoy seguro el señor fotógrafo accederá a contarnos sus interesantes aventuras.
¡Estoy de acuerdo! –secundó enfáticamente el presidente Escobar mirando su reloj de bolsillo- Quiero seguir escuchando su relato, me interesa mucho lo que esta narrando.
De esta manera salimos del hotel y mientras los generales Caballero y Escobar partieron en un coche con Don Decoud y Gustavo nos dirigimos a la parada del tranvía.
___________________________________________________________


1 Fragmento del discurso de recibimiento a Domingo Faustino Sarmiento dado por José Segundo Decoud pronunciado el 24 de julio de 1887 ( Extraído del artículo del diario “La Nación”(Paraguay) del martes 26 de julio de 1887)
2 Contestación de Domingo Faustino Sarmiento al discurso de recibimiento hecho a su persona el 24 de julio de 1887 ( Extraído del articulo del diario “La Nación”(Paraguay) del martes 26 de julio de 1887)
3 Actual Avenida Colón.
4 Se conoce con el nombre de “Residenta” al éxodo de habitantes de Asunción ante la inminente invasión del ejército de la triple alianza a esta ciudad.
5 el Dr. Andreuzzi obtuvo la concesión para instalación de la línea tranviaria junto con el Dr. Morra, desde la plaza Uruguaya (Ex Plaza San Francisco) hasta la Cancha Sociedad de su propiedad. Esta empresa tranviaria llamada orgullosamente por su dueño “Conductor Universal” llegaba a lo que hoy conocemos como Gran Hotel del Paraguay. http://www.granhoteldelparaguay.com.py/htmls/valor_hist.html
6 Esta agrupación fue la base para el actual Partido Liberal.
7 La agrupación a la que se refiere es “ La Asociación Nacional Republicana”(Partido Colorado) fundado el 11 de septiembre de 1887
8 En alemán: “Academia Vocacional” Fundada en Berlín en 1829
9 “Buen Aire” es la castellanización del nombre de la Virgen Bonaria, o sea, la Virgen de la Candelaria que era venerada también por los navegantes de Cádiz, España.
10 Actualmente desaparecido el lugar mencionado está ubicado entre las actuales Bartolomé Mitre y Sarmiento.
11 Actual Bartolomé Mitre.
12 Ver El fotógrafo de Loma Tarumá, capitulo VIII.
13 Ubicado en la ciudad de Buenos Aires en las actuales calles Florida entre Córdoba y Paraguay
14 Ubicada entre las calles Tucumán, Libertad, Cerrito y Viamonte. En el lugar, a principio del siglo XX se levantó el teatro Colón.

Fuente digital: http://ahve.blogspot.com/
Registro : Diciembre 2011


viernes, 19 de noviembre de 2010

ALEJANDRO HERNÁNDEZ Y VON ESKSTEIN - EL JUEGO DE LOS DIOSES (NOVELA) / Editorial y Librería SERVILIBRO, 2010.



EL JUEGO DE LOS DIOSES
Novela de
Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
Editorial y Librería SERVILIBRO
25 de Mayo esq. México
Telefax: (595-21) 444770
Dirección editorial: Vidalia Sánchez
Diseño de Portada: ARALIA DOMENECH
Diagramación de interior: BERTHA JERUSEWICH
Corrección: VIVIANA INSAURRALDE
Edición: 500 ejemplares:
Edición al cuidado del autor
Asunción – Paraguay
Agosto 2010 (297 páginas)
Hecho el depósito que marca la Ley Nº 1328/98
ISBN: 978-99953-0-233-7



ÍNDICE
DEDICATORIA
CAPÍTULO I  : EL SUCESOR DE HOREMHEB
CAPÍTULO II : EL COMANDANTE SETHY
CAPÍTULO III :  LA MEDIDA DE AQ-IB
CAPÍTULO IV : EL GRAN MAESTRO Y LA CAÍDA DE AVARIS
CAPÍTULO V : OSARSIPH
CAPÍTULO VI : EL TEMPLO DE TYENY
CAPÍTULO VII : LA FIESTA DE BASTET
CAPÍTULO VIII : EL PER ANKH DE IUNU
CAPÍTULO IX : LA LLAVE SAGRADA
CAPÍTULO X : LA DUAT
CAPÍTULO XI : LA LUZ DE RA

A Jorge Franco,
Un brillante cuya luz iluminó mí camino.



CAPÍTULO I  : EL SUCESOR DE HOREMHEB


 


Recuerdo vívidamente esa tarde de la estación de shemu 1, a comienzos del mes de pajon 2. Todo Kemet se preparaba para las festividades de Min 3, en especial a los festejos que se realizarían en la ciudad de Gebtu 4, en donde las carreras con animales es una de las mayores atracciones.
Los ases de luz, llenos de polvo del vetusto palacio, solo interrumpidos de vez en cuando por algún sirviente que los atravesaba, penetraban en la habitación contigua a la sala del trono. Es en esa misma habitación, en donde me encontraba sentado sobre una banca bellamente adornada.
Cada rayo solar penetraba tímidamente impactando su mortecina luz rojiza, en los antiguos relieves de las columnas.
Cuantas veces en estos últimos dieciocho años habré estado por horas, sentado en este mismo asiento viendo el maravilloso espectáculo de luces y sombras que Atón me regalaba día a día mientras esperaba que el faraón me haga pasar ante él. ¡Oh Atón!, si el faraón supiera que todavía pienso en ti.



Los ases de luz, llenos de polvo del vetusto palacio,
solo interrumpidos de vez en cuando por algún sirviente que los atravesaba,
penetraban en la habitación contigua a la sala del trono.


Horemheb, el amado de Amón, de seguro me regañaría, a pesar de que era tolerante con algunos de los pocos seguidores que quedaban de este Dios, siempre y cuando no manifiesten públicamente su fe, disimulando, especialmente ante los sacerdotes del gran Amón.
Cómo cambió la vida en estos últimos años. Los sacerdotes de Amón volvieron a tener el poder que les fuera arrebatado por Akenatón, a pesar de que el Faraón se cuidó bien de nombrar en los templos principales a sacerdotes militares que le fueran fieles y así poder gobernar tranquilo, frenando de alguna manera el poder del clero en aumento, sin mayor interferencia. No obstante, para el pueblo, la imagen era otra. Se mandó destruir el templo de Atón en Karnak, para con sus talat 5, en este mismo templo, construir el nuevo pílono, el número IX, dedicado a la gloria del gran Amón, además de apropiarse de los monumentos y estelas de sus predecesores inmediatos, el malévolo e intrigante Ay y el malogrado Tutankhamón.
Estaba sumergido en mis pensamientos, cuando una agitación anormal por parte de los sirvientes, me hizo volver a la realidad. Los lacayos del palacio iban de un lugar a otro como si fueran hormigas a las que se les destruye su hormiguero.
Poco tiempo después, las puertas de la sala del trono se abren y detrás de ella surge la figura gallarda de un joven oficial de unos treinta años, al que yo bien conocía. Era el joven Seti, hijo de Paramessu.
Conun cuerpo fino pero gallardo, cara ovalada, nariz aguileña y mentón pequeño pero respingado. Era de una belleza poco usual para un militar. Seti, comandaba el batallón en donde mi hijo Sith servía.
- ¡Waty, ven rápido!, al faraón le urge verte -exclamó agitado y con cara preocupada.
- ¿Qué es lo que ocurre Seti? – repliqué.
- Horemheb ha enfermado de repente.
- ¿Pero qué le ha ocurrido?
- Nadie lo sabe. He ordenado a mis hombres que lo trasladen a sus aposentos y ahora mismo está con los wabn 6.
- Pero ven. Sígueme, no podemos perder tiempo.
Corrimos por entre los antiguos pasillos hasta llegar a los aposentos de Horemheb.
El anciano faraón yacía en la cama muy demacrado. A sus ochenta y cinco años, ocho más que yo, muy poco quedaba de la impresionante figura del otrora generalísimo de todos los ejércitos.
Al verme, intentó tomar una actitud serena, digna de un rey. Una sonrisa forzada surgió de sus labios, para luego decir:
Mi querido escriba, por lo que puedes ver, esta vez he tenido causa justificada para hacerte esperar.
Mi señor, no diga eso. Un faraón puede hacer esperar el tiempo que sea a sus súbditos -interrumpió impetuosamente el joven Seti.
Tienes razón mi fiel Seti -contestó Horemheb-, aunque hay veces en que el faraón puede tolerar ciertas impertinencias de sus lacayos.
Ahora, déjenos solos un momento con mi escriba y consejero -ordenó el faraón al joven oficial y a los wabn, quienes todavía se encontraban en la habitación.
El gallardo oficial se retiró presurosamente cerrando la puerta detrás de sí, seguido por los wabn.
Este ejército de matasanos me tiene cansado, por cualquier cosa vienen en batallón -expresó riendo de buena gana el faraón. Como si el número significara un alivio más rápido y efectivo para este cansado cuerpo.
No proteste su majestad -dije-. Ellos hacen lo que pueden.
Déjate de protocolos Waty -refunfuñó Horemheb-, que un disgusto me ha dejado en esta cama.
Mi edad es avanzada y muy pronto vendrá Anubis a conducirme al otro lado del río.
¡No diga eso! -dije con el ceño fruncido.
Es cierto, y tú lo sabes bien - replicó Horemheb visiblemente entristecido. La cara del faraón dibujó una sombra de tristeza mezclada con melancolía. Durante mi reinado he hecho muchas cosas buenas, por algo me llaman “majestad que legisla para hacer prosperar a los habitantes de Kemet”. Pero también he tenido mis equivocaciones y he cometido injusticias, inclusive con amigos.
No diga eso -dije tratando de calmar su creciente agitación-. Creo que ha sido muy justo.
No, no lo he sido -contestó Horemheb expresando su tristeza. Hoy me he enterado que un amigo de infancia, un médico seguidor de Atón, al que envié al exilio, por sus continuas críticas hacia mí, ha muerto. No debí ser tan duro con él. Ahora ya es tarde para lamentarme.
Estoy seguro de que el ba 7 de su amigo lo ha perdonado ya, además tienes que ver todas las cosas buenas que has hecho por Kemet, como por ejemplo el decreto, por el cual has desterrado la injusticia y la corrupción de estas tierras. Has construido templos, ampliado la ciudad de los trabajadores, además de mantener a raya a los hititas y los nubios.
Sigo insistiendo que no he sido lo justo y firme que he debido ser, ya que, presionado por el clero, he borrado la memoria del joven Tutankhamón, quien como sabemos no tenía ninguna culpa, solo la de ser hijo de ya sabes quien… -dijo refiriéndose a Akenatón, nombre que estaba prohibido pronunciar.
Recuerda que no has sido tú quien borró los cartuchos de Tutankhamón sino el pérfido Ay.
¡Esa hiena no existe, nadie debe pronunciar más su nombre! - gritó Horemheb antes de que le diera un ataque de tos.
No te agites -repliqué poniendo en un cáliz de vidrio que asemejaba una flor de loto, agua fresca de un ánfora-. Eso es cosa del pasado.
Son cosas del pasado, pero los dioses me han castigado no dándome ningún heredero. Es por eso que te he llamado para que me des un consejo en una decisión que voy a tomar.
Me honra poder dar mi humilde opinión sobre un asunto tan delicado -repliqué sorprendido y halagado a la vez.
Mira Waty -dijo incorporándose en la cama-, tus ecuánimes consejos me han ayudado a ser más justo en mi reinado, además el joven Tutankhamón te apreciaba mucho, aunque nunca entendí el porqué de la repentina confianza por parte de la esposa del hereje para enviarte en misión a Hattusa 8, por el asunto ese del príncipe Zannanza 9.
Esta última acotación me sobresaltó, hecho que, de ningún modo quedó desapercibido por el astuto faraón, quien esbozando una pícara sonrisa continuó diciendo:
Waty, Waty... ¿qué secretos has ocultado todo este tiempo a tu faraón...tu amigo?
Es que...-dije, turbado.
No te preocupes -dijo Horemheb con una sonrisa apacible.
Siempre supe que entre el hereje y tú existió un gran secreto, pero eso ya no me importa. ¿Crees tú que si me hubiera importado, no te lo hubiera reclamado hace tiempo? -dijo Horemheb meneando la cabeza y palmoteándome el hombro.
Pero dime -dije todavía nervioso- ¿qué es lo que quieres consultarme?
Como te he dicho; mi hemet  10, si es que puedo llamarla así, no me ha dado ningún heredero. Por ello, si muero Kemet se sumergirá en el caos que tanto trabajo me costó erradicar. Mucho he pensado en esto y me aterra la idea. Kemet -siguió diciendo-, necesita sangre joven pero noble y sinceramente no sé que hacer. Ya es tarde para consultar en el oráculo de Amón en Siwa  11.
¡Oh gran Horus! -dijo levantando sus manos en alto hacia la ventana, por la que ya la luna entraba inundando con su luz la habitación- ¿Por qué no has permitido que este tu hijo no tenga descendencia?
Horemheb estaba desesperado. No quería ver su obra destruida por facinerosos y oportunistas, por lo que tocando su hombro dije:
Gran Horemheb -ser noble no significa ser de cuna real-. De hecho, como tú bien lo sabes, muchos faraones no lo han sido.
Debes elegir entre tus servidores más capaces -dije con convicción de corazón noble-. Alguien que ame a Kemet y a su pueblo, como lo has hecho, alguien que piense y actúe como tú.
Sólo me viene a la cabeza un nombre, y es Paramessu- dijo con el semblante triste el faraón, para continuar diciendo-: Pronto estará en mi misma situación, ya que ha visto setenta veces a Sotis  12*
Perdona que te contradiga, pero él tiene descendencia; su hijo Seti, de treinta años y a su vez, él tiene al pequeño Ramsés, de diez años.
Tienes razón. Aunque has visto a ese joven. No está preparado para ser faraón. Es muy aniñado y atolondrado, no sabría que hacer.
¡Por eso el Faraón debe ser Paramessu! -exclamé con énfasis-. Él lo preparará como si fueras tú mismo.
Horemheb quedó pensativo un instante para luego responder con cansada voz:
Otra vez tienes razón mi fiel escriba y amigo. Toma aquel estilete y aquel papiro y toma nota:
Décimo octavo año del reinado de Horemheb, amado de Horus, quinto día del mes de Pajon de la estación de Shemu.
Mi estimado camarada y amigo Paramessu: Mi hora ha llegado, por lo que por voluntad de Re, y consejo de Toth, he decidido, nombrarte mi heredero al trono de Kemet.
Estoy seguro de que sabrás cumplir con ayuda de Maat, esta última misión que te encomiendo.
Sé que habrá momentos difíciles, yo los he tenido, pero así como me he valido de los sabios consejos de nuestro mutuo amigo Waty, sé que tú puedes también hacerlo.
Adiós, mi fiel Paramessu, que Horus guíe con su vuelo tus pasos como lo hizo conmigo.
Lleva este decreto en persona a Avaris 13*, en donde se encuentra ahora Paramessu junto con su esposa Sith- Re y vengan lo antes posible a Uaset  14.
Agradezco la confianza que tienes en este viejo, pero aunque no quiera contradecirte en tus deseos, ¿no crees que un documento tan importante lo debería llevar algún joven oficial?, alguien más ágil que pueda volar como el viento en un carro y traer a Paramessu en unos cuantos días.
No lo creo. Y si fueras otra persona ordenaría que te sacaran una oreja por tu insolencia al contradecirme, pero como eres tú, te diré que eres la persona que menos levantará sospecha. Nadie creería que un viejo escriba lleve un documento tan importante. Además mañana mismo enviaré a Seti y a otros oficiales a distintos puntos del reino haciendo correr el rumor de lo que supuestamente llevan.
Horemheb volvió a incorporarse en la cama y riendo de buena gana dijo:
Nadie creerá que un viejo como tú pueda tener algo tan importante para el reino de Kemet. Ahora dejémonos de charla y ve a descansar para que mañana por la mañana puedas partir a cumplir tu misión.
Así lo haré –dije postrándome ante la cama en señal de sumisión.
¡Levántate Waty! - exclamó Horemheb-. Tu integridad y fidelidad te han hecho servir a por lo menos tres faraones y no sé cuantos reyes, aunque sé bien que tu corazón siempre ha estado en Kemet.
Quiero despedirme de ti de pie -dijo levantándose del lecho-, como lo hacen los amigos.
Horemheb se levantó gallardo como cuando lo conocí en Ajet-Aton 15 y me abrazó fuertemente.
Adiós amigo. Nos veremos en el reino de Osiris, si así él lo quiere.
Me despedí y salí de aquellos aposentos presintiendo que sería la última vez que lo vería.
La tenue luz de las antorchas iluminaban las vetustas paredes del palacio cuando salí de ahí. Dos fornidos guardias cerraron las pesadas puertas de madera de Keben 16 de la entrada.
Caminé por las intrincadas callejuelas iluminadas por algunas antorchas y la plateada luz de la Luna.
En la faja de mi cintura se encontraba oculto el papiro que me diera Horemheb, el cual era preciso entregar a la brevedad, por lo que me dirigí a mi hogar, donde me esperaba ansiosa mi esposa Liah junto con la pequeña Ubis. Bueno, pequeña es una manera de decir, ya que mi hija se había convertido en una hermosa mujer de treinta años, quien me recordaba mucho a su madre a esa misma edad. A su lado se encontraba su hijo, mi nieto, el pequeño Jeper, de diez años de edad, cuyo padre había muerto en un enfrentamiento, en la frontera con los Libios.
Hola abuelo -dijo Jeper-. ¿Me has traído los dulces dátiles del mercado que tanto me gustan?
¡Jeper!- gritó Ubis- ¿Cuántas veces te he dicho que no debes estar pidiendo cosas?
Déjalo Ubis - repliqué con tono complaciente.
Deja que malcríe de vez en cuando a mi nieto, nada le hará unos cuantos dátiles -hablé mientras deslizaba en las manos de Jeper, a escondidas, una pequeña bolsa repleta de deliciosos dátiles maduros como la miel.
¡Me extraña querido que hables así! -exclamó Liah con el ceño fruncido-. Parece que te ablandas con la edad.
Cierto it 17- dijo Ubis con los brazos cruzados-. Recuerdas todas las veces que me recriminabas cuando tío Ahiram y tío Sebetis, me daban los mismos dátiles.
Bueno, bueno, está bien. Ya hablaremos de eso después.
Sí, hablaremos después -dijo Ubis fingiendo enojo-. Ahora tú, malcriadito, te vas a dormir. Ya es tarde.
No mut  18..., un rato más... deja que me quede un rato más escuchando las historias de abuelo.
Nada de historias, ¡ve a tu cama! -exclamó señalando la puerta del dormitorio en forma imperativa.
Cuando el niño se dirigió al cuarto seguido por mi hija, me acerqué a Liah y abrazándola le di un apasionado beso.
Mi esposa, con sus ya sesenta y tantos años, era la joya de mi hogar. Sus cabellos habían dejado de ser como el fuego, para pasar a ser de un blanco inmaculado, los cuales caían sobre sus hombros.
Luego del efusivo beso se apartó ligeramente de mí y dijo:
¿Qué es lo que pasa ahora?
Nada mi flor de loto, ¿por qué lo preguntas?
Porque te conozco bien, y sé que cuando vienes con esos deliciosos besos es porque alguna misión te han dado en palacio.
No puedo engañarte -contesté con la cara de un niño que es atrapado en una picardía. Debo llevar un documento a Pramessu en Avaris.
Y qué es ese documento que no lo puede llevar un mensajero, o su propio sa 19, ¿acaso Seti no está aquí en Uaset todavía?
Si está -dije en tono seco-. Pero esto debo hacerlo yo.
Deja que te acompañe entonces.
Pero querida... es en Avaris, no hay más que una vieja ciudad con campamentos militares.
Sé muy bien donde queda y qué es lo que hay -dijo Liah- ¿No es la misma ciudad en donde está asignado el pequeño Waty?
Sí, sí... sí. Esa es -contesté en forma cansina.
Hace mucho que no veo a mi ahijado y curiosamente quiero hacerlo ahora.
¡Pero cariño! No tardaré más de dos semanas.
Me parece bien, iré a empacar -dijo abrazándome fuertemente.
En realidad, desde hacía mucho tiempo que no hacía un viaje sin Liah. Ella siempre me acompañaba hasta en las pequeñas auditorias que solía hacer en nombre de Horemheb. Pero esta vez era distinto. El destino de Kemet estaba en mis manos y, por lo tanto, la misión era peligrosa. Ya no deseaba involucrar a mi esposa en ninguna nueva aventura. A pesar de mis esfuerzos por persuadirla, tuve yo la última palabra:
Está bien querida, partiremos temprano rumbo a Men Nefer  20 para luego ir a Avaris.
La barca se desplazaba por las calmas aguas del gran Nilo, gracias a una tenue brisa que soplaba desde la popa, mientras los frenéticos rayos del sol caían perpendicularmente sobre nuestros cuerpos.
Mientras avanzábamos por la líquida carretera observábamos, tanto a babor como a estribor, como varios campesinos cosechaban las doradas espigas de trigo, haciendo inmensas parvas con ellas. Más adelante, distinguimos cómo hábiles pescadores, en un sinnúmero de embarcaciones pequeñas, con sus velas triangulares, se afanaban en su tarea de arrancar de las aguas pródigas, el plateado tesoro formado por infinidad de peces que contorsionándose sobre ellos mismos, brillaban con los poderosos brazos de Atón sobre sus escamas.
Cuando la populosa Men Nefer se encontraba a unos diez y nueve iterus 21 de distancia, advertimos a lo lejos un carro de guerra, conducido por un oficial, a toda la velocidad que sus dos briosos corceles podían alcanzar.
¿Has visto ese carro mi amor? -dijo Liah, extrañada por la manera en que el oficial golpeaba con su látigo una y otra vez a los dos nobles brutos que, jadeantes, parecían no tocar el suelo.
Sí, cómo no notar eso. Seguro ha de ser un mensajero -dije mientras me hacía una idea de cual sería el mensaje transportado.
Desembarcamos unas horas después de estos acontecimientos en el atestado puerto de la inmensa y populosa ciudad de Men Nefer. El aire que se respiraba era de tensión y nerviosismo.
A pesar de que nuestro objetivo era llegar cuanto antes a Avaris, nuestros adoloridos cuerpos nos obligaron a tomar un merecido descanso en la confortable cama de una hostería cercana al templo de Ptah.
Estábamos bebiendo un cuenco de leche acompañado de unos panecillos cuando un grupo de tres oficiales entraron a la hostería y se sentaron en una mesa contigua a la nuestra.
Entre los oficiales se encontraba nuestro ahijado Waty, hijo de nuestros entrañables hermanos de corazón Ka y Ba, quien estaba tan ensimismado en la conversación, que no advirtió nuestra presencia hasta que Liah se acercó a él y tocándole el hombro dijo:
¿Qué clase de educación es la que dan ahora en el ejército, que ni siquiera un Teniente es capaz de saludar a sus padrinos?
El joven, sorprendido por estas palabras, vio con asombro a Liah, quien se encontraba fingiendo enojo a su lado.
Liah, Waty, ¿qué es lo que hacen en Men Nefer?, ahora más que nunca deberían estar en Uaset. Ningún lugar es seguro, la desgracia ha caído en estas tierras.
Las palabras de Waty confirmaron mis temores con respecto al mensajero, por lo que invité al joven oficial a nuestra habitación, para hablar sin ser oídos.
Una vez que mi esposa cerró la puerta de nuestra habitación y echó el cerrojo, dije:
Dime Waty, ¿ese mensajero que vimos venir a toda velocidad hace unas horas, traía noticias de palacio?
¡Lamentablemente sí! -replicó el oficial sentándose pesadamente en la cama- ¡La mayor desgracia ha caído sobre Kemet! ¡El amadísimo Horemheb ha muerto!
A pesar de que esa noticia la esperaba hace mucho tiempo, una enorme tristeza me embargó. Me acerqué a Waty, puse mi mano en su hombro y pausadamente le dije:
El faraón ha sido un gran gobernante pero principalmente un gran patriota, y gracias al amor que ha tenido para con Kemet, estas tierras volvieron a florecer en orden y armonía.
Es que no entiendes, todos sabemos que el faraón ha sido Horus el guerrero encarnado, y que bajo sus alas ha desaparecido la cizaña entre los habitantes de Kemet, pero entiende. ¡No ha dejado heredero!
Eso lo sabemos todos. Hator no ha querido que tenga sa, pero eso no es el fin del mundo -dije lo más calmado posible.
¡No puedo creer lo que dices! Sin Horemheb, Kemet ha quedado como una barca sin timón.
Calma, el faraón me ha dicho quién deberá ser el nuevo timón de estas tierras. Es por eso que estamos aquí.
No puedo creer que el faraón te haya encomendado semejante misión ¡Y solo!
¿Crees que tu padrino es demasiado viejo para enfrentar a los enemigos del reino?
No es eso... Solo que...
¿Que un viejo de más de setenta se tiene que quedar en su casa a cuidar su estanque de lotos? -interrumpí guiñándole el ojo en forma cómplice. Mira -continué hablando- puede que tengas razón. Que tenga mucha edad para este tipo de aventuras, pero el faraón necesitaba a alguien de confianza y que no levante sospechas, para que informe al nuevo faraón. Y para facilitarme la misión ha enviado a varios puntos del reino emisarios fuertemente armados haciendo correr el rumor que cada uno de ellos, por separado, lleva el decreto de sucesión.
Pero igual no puedo permitir que ustedes dos vayan sin escolta a...
En ese instante, Waty se percató de que ni siquiera sabía a donde nos dirigíamos, por lo que rápidamente preguntó:
¿Y se puede saber a dónde piensan ir solos?
Toma -dije sacando el papiro enrollado dentro de mi faja-. Entérate de las noticias antes que tus superiores.
¡El faraón no tenía derecho a hacerte esto! -exclamó luego de leer el decreto-. Avaris es la boca del lobo. A pesar de que Ahmosis haya hecho creer a todo el mundo que los Heka-Khasu 22 * han dejado Kemet. ¡Eso no es cierto!
¿Cómo que no es cierto? ¿Acaso existen todavía Heka-Khasuen Kemet? - preguntó Liah quien, hasta ese momento, había escuchado en silencio la conversación.
Esto no debería decirlo, pero eso es cierto. Según se dice, ellos nunca dejaron Kemet, y los pocos que quedaron escondidos como gente común y haciéndose pasar por gente de estas tierras, formaron una secta secreta auto denominándose los mussons.
Sí, lo sé. Y no es un rumor -dije guardando cuidadosamente el papiro-. El faraón sabía bien de la existencia de esta secta, pero como tú bien sabes, hasta hoy nadie sabe quiénes son sus miembros.
Lo único que se sabe -continué hablando- es que los mussons quieren volver a gobernar Kemet. Y no lo permitiremos.
Es por eso que ha sido una insensatez del faraón en enviarte a ti a buscar a Paramessu, ¿acaso no podría haber enviado al debilucho prepotente de su sa?
No hables así del hijo del futuro faraón. Es cierto que muchas veces actúa de mala manera pero se le irá con el tiempo. Además despertaría sospechas entre los mussons.
Mira Waty, yo los acompañaré a Avaris. De hecho, mi unidad esta apostada en esa ciudad, así que no despertaré sospecha. Podemos decir que estando en Men Nefer decidieron pasar a visitar a su amigo.
No estoy muy convencido de tu propuesta -dije.
¡No se hable más! -dijo nuestro ahijado, ajustándose el jepesh 23 a la cintura y haciendo una mueca cómplice a Liah -yo soy Teniente y tú un civil. Así que ahora obedecerás mis órdenes.
Nunca debí convencerte de seguir la carrera de las armas -dije fingiendo disgusto-. Ahora éste es el resultado.
En realidad, me alegraba haber encontrado a Waty, ya que, me haría de guía en la pequeña y peligrosa Avaris.
Esta antigua ciudad se sitúa en la zona nordeste del delta del Nilo. Cuatrocientos años atrás fue una floreciente ciudad en manos de los Heka-Khasu o Reyes Pastores, quienes hábilmente se fueron infiltrando poco a poco entre los pueblos de Kemet. De esta manera, se apoderaron del gobierno del reino sin violencia y realizando varias alteraciones sociales durante las dinastías XV a XVI, disminuyendo su poderío en la dinastía XVIIpara finalmente, ser expulsados por el gran Ahmosis, como todos sabemos.Los Heka-Khasu eran pedreros y artesanos excepcionales, su tribu comprendía varias familias, gobernado cada clan por un hombre sabio e ingenioso; el patriarca. Estos patriarcas eran los ancianos responsables por la preservación del saber. Descendían de una civilización más antigua aún llamada Mu, razón por la cual eran dominados Mussons, de aquí el nombre de la secta.
En esta misma ciudad había nacido Paramessus, en los últimos años de Amenofis III, y es en esta misma ciudad donde pretendía terminar sus días. Qué tan errado estaba, ni se imaginaba el giro que daría su vida.
El sol agonizaba en el horizonte cuando divisamos las vetustas murallas de la ciudad de Avaris. Las primeras antorchas eran encendidas poco a poco por soldados de la guarnición apostada en el lugar.
La antigua y próspera capital de los Heka- Khasu, que en otras épocas fuera el orgullo de los invasores; aquella en cuyas armerías se fabricaban armas muy superiores a las de kemet de aquellos tiempos. Entre ellas los carros de combate no eran más que un apretujado villorrio, lleno de pequeñas e intrincadas callejuelas, en las cuales se seguía fabricando una muy refinada alfarería estilo cananea.
Al pasar las puertas de la ciudad, Waty saludo al guardia, el cual devolvió el saludo displicentemente.
Luego de recorrer antiguas callejuelas divisamos la residencia del General Paramessu, quien a pesar de su sobriedad se destacaba de las demás.
Al igual que las demás viviendas y como es costumbre en las ciudades costeras, la vivienda del General estaba construida de adobe de barro cocido al sol, elemento muy abundante a lo largo de las orillas del Nilo y magnífico aislante. El tejado estaba construido con atados de cañas entrelazadas y aglutinadas con fango. Las puertas, columnas y marcos de las ventanas eran de madera. A pesar de las similitudes estructurales con las demás viviendas, las blancas paredes estaban adornadas con bellos frescos representando, en su mayoría, al dios Seth y al General en actitud sumisa. Las columnas de madera que, soportaban el peso de la entrada y del vestíbulo, eran azules con bellos capiteles lotiformes espléndidamente pintados, con variedad de tonalidades de verdes, amarillos y blancos.
Tocamos a la puerta y luego de unos instantes nos atendió Sat-re, la esposa del General. Sat-re tenía aproximadamente la misma edad de Liah, y al igual que mi esposa conservaba la belleza que la destacara entre las demás mujeres de la corte.
¡Liah, Waty! -dijo la mujer gratamente sorprendida-. Qué sorpresa nos dan. A mi esposo le agradará vuestra visita.
El gusto es nuestro - respondí-. Pero dime Sat-re, ¿se encuentra el Visir Paramessu en casa?
Acaba de salir, hace unos momentos fue a caminar por la ciudad, como es su costumbre, seguro no ha de tardar. Pero pasen, no se queden ahí. Esta es su casa.
Del vestíbulo pasamos a la sala, la cual estaba bellamente adornada con guardas de flores y aves. El techo estaba sostenido por una columna igual a la de la entrada. En uno de los extremos de la habitación se distinguía una escalera que bajaba hasta la bodega.
Una vez acomodados me disponía a relatar a Sat-re el motivo de nuestra visita, cuando la puerta se abrió abruptamente. El General, con el ceño fruncido, entró sin notar nuestra presencia.
Sat-re -dijo Paramessu-, algo terrible ha ocurrido en el reino: Horemheb ha muerto, me lo acaba de comunicar el Comandante de la guarnición.
Es por eso que estamos aquí -repliqué, levantándome de la silla en la que me encontraba sentado.
¡Waty! ¡Qué sorpresa! ¿qué hacen en Avaris en estos momentos tan difíciles para el reino?
Luego de los saludos de rutina, Liah y la esposa del General se dirigieron a la cocina mientras el pequeño Waty, como le llamaba desde siempre, el General y yo quedamos en la sala.
Pero mira cómo ha crecido el mocoso - exclamó el General dirigiéndose a mi ahijado.
Waty, quien se mantuvo callado todo el tiempo, se cuadró y saludó al General de forma militar.
Calma, relájate. Estamos entre amigos -dijo riendo el General-. ¿En qué batallón te encuentras?
En el batallón de Ptah, apostado en esta misma ciudad.
¿O sea que mi hijo es tu Comandante?
¡Sí señor!
Quién diría que aquel pequeñuelo al que viera en Tiro se convertiría en un Oficial del ejército de Kemet -bromeó Paramessu acercándome un vaso de cuarcita lleno de fresco y delicioso vino -. ¿No lo crees así Waty?
Sí, los niños crecen -respondí sonriendo y palmeando en el hombro a mi hijo.
Pero dime Waty, no creo que hayan venido a esta ciudad perdida del reino simplemente a visitarnos.
Tienes razón en ese punto -respondí entregándole el pergamino oculto en mi faja-. Tengo un mensaje del palacio, el cual es de suma importancia para los destinos de Kemet.
Paramessu se sentó en una butaca y leyó detenidamente el papiro, al cabo de lo cual, dijo meneando la cabeza:
No creo merecer este honor. Soy muy viejo para este designio, pronto yo también cruzaré al otro lado con la barca de Osiris.
Horemheb siempre te ha tratado como un hijo. Tú has sido su representante en lugares lejanos, donde él no podía acudir, además eres tan amado y respetado por el ejército y el pueblo como él; si alguien merece ser faraón ese eres tú.
Agradezco tus palabras -habló Paramessu levantándose lentamente-. Sé que tendré que cumplir el deseo de los dioses, pero no se si podré mantener el orden y la tranquilidad conseguida por Horemheb. Muchos querrán apropiarse del poder, tú sabes bien a quienes me refiero.
Sí -replique-. Horemheb me alertó de la existencia de grupos de personas que trabajan en las sombras para gobernar Kemet.
Basta de charla entonces. ¡Apresurémonos a partir a Uaset!
Mientras comenzábamos los preparativos para nuestro regreso con Paramessu y Sat-re a Uaset, muy cerca de nosotros, en los cuarteles distantes a unas cuantas calles, se tramaba un plan con el cual se pretendía cambiar los destinos de Kemet. Estos acontecimientos me fueron narrados por el propio Waty tiempo después.

***

Había partido hacia los cuarteles hacía unas horas. Me encontraba dispuesto a dormir cuando escuché fuertes golpes en mi puerta.
Teniente Waty -habló cuadrándose el soldado cuando abrí la puerta.
Tengo un mensaje urgente para usted.
Dime soldado, ¿qué es lo que ocurre?
El Capitán Tep-Hotep lo cita en forma inmediata en su despacho.
Asombrado, me vestí velozmente dirigiéndome al punto de reunión. En la habitación, se encontraban sentados en la larga mesa de madera de keben varios oficiales y un par de civiles a los que no conocía.
Muy bien -dijo cerrando la puerta tras de sí, el Capitán Teph-Hotep-. Ya están todos.
Siéntate teniente y bebe -dijo el capitán acercándome una copa de vino y dirigiéndose a la cabecera de la mesa.
Los he reunido aquí debido a los acontecimientos acaecidos en Uaset. Pero antes que nada quiero presentarles al señor Jemet- Ka y al señor Medu–Jenem -dijo dirigiéndose a los dos civiles que se encontraban a ambos lados de Tep-Hotep, en la cabecera de la mesa.
El faraón ha muerto y Kemet pronto se encontrará en un total caos. Todo el bienestar conseguido con nuestro esfuerzo, desaparecerá de nuestras manos como los granos de arena.
Disculpe Capitán –dijo un Teniente que se encontraba a mi lado-. No comprendo qué tiene que ver la muerte de Horemheb con estos dos señores.
Nuestro momento ha llegado -continuó diciendo Tep-Hotep mirando despectivamente y sin responder al Teniente. Como todos saben, esta ciudad fue la joya del reino. Desde aquí se “educó” al ejército de Kemet, si podemos llamar así a unos cuantos campesinos armados con garrotes y masas.
Conocemos la historia -replicó otro Capitán-. Ve al grano que no tengo toda la noche para hablar de historia antigua, además, como dijo el Teniente ¿qué es lo que hacen dos civiles en los cuarteles? El Comandante Seti no lo permitiría.
Calma mi querido Jenty-re-, dijo Tep-hotep-. Todo a su tiempo. Además, el Comandante de esta unidad mientras Seti no esté, soy yo.
Esto es un atropello -dijo Jenty–Re, levantándose indignado de la mesa.
Siéntate ahora.
Tú no eres quién para atribuirte el mando de la unidad - gritó Jenty–Re.
¡Guardias! -exclamó Tep-Hotep-, encierren al Capitán.
Dos fuertes soldados se acercaron con sus lanzas dirigidas al Capitán, sacándolo de la habitación.
¡Esto no quedará así! -gritó Jenty- Re-. Hablaré con el Visir Paramessu.
Al escuchar el nombre del General, los oficiales se miraron intranquilos.
Habla con quien quieras mi amigo.
Además, el viejo General no nos dará batalla. Hace tiempo que se ha retirado de los cuarteles para dedicarse a su estanque y sus flores de loto.
No creo que debamos subestimarlo dijo un Capitán.
Mi estimado Capitán- replicó Tep-Hotep-, Paramessu y los cuatro o cinco ancianos que le siguen pertenecen al pasado. ¡Aquí estamos frente al futuro! ¡Una nueva era se abre ante nuestros ojos!
Una vez que los guardias cerraron la puerta, Tep-Hotoep continuó hablando calmadamente como si no hubiera pasado nada.
Como les decía, de esta ciudad los Heka-Khasu distribuyeron su conocimiento y cultura a todo Kemet, hasta que Ahmosis creyó haberlos expulsado.
¿A qué te refieres con creyó? -preguntó otro Capitán.
Tep-hotep, con una cínica sonrisa respondió:
Los Heka-Khasuno se fueron nunca de Kemet. Se organizaron en forma secreta y poco a poco fueron penetrando en el gobierno del reino, primero como arquitectos, panaderos, luego como wabn, finalmente en el ejército.
En estos últimos años hubo varias oportunidades para llegar al palacio, pero las personas en las que se confió no estaban preparadas.
La oportunidad más clara fue cuando durante el décimo año del reinado del hereje, vimos la posibilidad de aliarnos con el clero de Amón proscrito e intentamos una revuelta que estuvo a punto de tener éxito, sólo que la persona designada para ser faraón se mareó con el poder que podría alcanzar y apresuró la revuelta, fracasando y huyendo de Kemet.
¡Ibiskamón!- exclamé perplejo.
Me sorprende Teniente Waty que conozcas el nombre de aquel triste sacerdote.
Es que... mi it y mi padrino fueron enviados al destierro luego de esa revuelta.
Vaya, vaya. Eso sí que es una sorpresa para mí -dijo mirando cómplicemente de reojo a los dos civiles, quienes se limitaron a contestar disimuladamente el gesto.
Mientras el Capitán hablaba de esta manera, un soldado golpeó la puerta, y cuadrándose dijo:
Capitán, la persona que esperaba ya se encuentra en el cuartel.
Muy bien, hazla pasar.
Caballeros, no los entretendré más con historia antigua como dijo nuestro camarada al principio de nuestra charla.
La puerta se abrió y entró envuelto en una capa negra, un hombre de unos setenta años al que su cara me parecía conocida. A pesar de su edad se lo veía fuerte y vigoroso.
Señores -dijo Tep-Hotep acercándose al hombre y postrándose a sus pies. Reverencien al General Nahtmin, o… ¿debería decir al Faraón Nahtmin?
Nahtmin fue el Visir de Nubia hasta que ascendió al trono Horemheb. Muchas veces lo había visto cerca del palacio, mientras jugaba con otros niños en Uaset, en compañía del primer ministro Ay, antes de que este ascienda al trono. Según se decía era el hijo ilegitimo de éste, aunque nunca, para su desgracia, se definió esta situación.
Todos los presentes miraron sorprendidos y atónitos a Nahtmin, ya que, se lo declaró muerto cuando Horemheb invadió Nubia, aunque nunca se encontró su cuerpo, pues según se dijo, se había suicidado y sus servidores fieles tirado su cuerpo a los cocodrilos para no caer en manos del faraón.
Súbditos de Kemet, honorables Heka-Khasu -dijo refiriéndose a nosotros y a los civiles. Los dioses me han dado la oportunidad de recobrar lo que se me fuera vilmente quitado por el difunto faraón.
Gracias a ustedes y a los sabios mussons, Kemet volverá a ser el país más poderoso del mundo; asirios, cananeos, sirios, tirios, biblios, sidonios, hititas, caerán rendidos a nuestros pies y casi sin derramamiento de sangre.
¡Oh gran faraón! -exclamó Tep–Hotep.
Sólo esperamos que se corone faraón para firmar los tratados de paz con los reyes de Siria y Palestina, cuyos asesores son adictos a nuestra causa.
Calma Capitán, dijo Jemet–Ka, - uno de los dos callados civiles. No será tan fácil como crees.
¿A qué te refieres Jemet-Ka? - replicó Nahtmin.
Tenemos informes de nuestros hombres en Uaset - expresó Jemet-Ka-, que el faraón antes de morir designó un sucesor, así que deberemos llegar a Uaset antes que él.
Y qué me importa lo que Horemheb quiera -dijo irritado Nahtmin- haremos que el sucesor designado corra la misma suerte del príncipe hitita Zannanza.
El problema mí querido faraón -dijo Jemet-Ka- es que no sabemos quién es el sucesor. Horemheb se cuidó bien ese detalle y ha enviado emisarios falsos a todas las ciudades importantes del reino.
Y qué importa eso -dijo Nahtmin-, la mayoría de los destacamentos de aquí a nubia están con la causa. Solo tengo que proclamarme faraón.
No es tan sencillo, a pesar de que tenemos algunos elementos dentro del clero, las cabezas responden a los designios de Horemheb.
Yo los conozco bien a esos aspira incienso. Huirán como carneros cuando me vean llegar con mi armadura y mi carro de guerra.
No podemos tener al clero en nuestra contra –dijo Medu–Jenem-. Además, el gran sacerdote Aq–ib 24* del templo de Ptah en Men Nefer, no está de acuerdo con nuestra causa y menos con vuestra reaparición.
Ese será un escollo -masculló Nahtmin-. Aq- ib peleó codo a codo con Horemheb en muchas batallas, su lealtad y honestidad no tienen límites. Además según se dice tiene el apoyo directo de Horus.
Sin contar que es incorruptible y la mayoría de los sacerdotes cumplen su voluntad-continuó diciendo Jemet-Ka.
Descuida,- manifestó Nahtmin-. Mi padre Ay solía decir:
Si un elemento no te sirve o te estorba en tus objetivos, se destruye -pisoteando un pequeño escorpión que pasaba junto a su pie-. Además -replicó Nahtmin en forma sarcástica-, ¿no era que ustedes tenían ojos y oídos en todo el reino?
Ya nos estamos encargando del problema, no se preocupe mi señor. Varios de los emisarios han sido retenidos, tal es el caso del comandante Seti, quien está preso en Abu 25.
¡Así lo espero! -exclamó Nahtmin-. Por algo te he puesto como mi primer ministro. Lo que me cuentas es una buena noticia, ya que, teniendo al hijo, doblegaremos al padre.-Refiriéndose a Paramessu en relación a algunos elementos del ejército adictos a Horemheb.
La oscuridad de la noche cubría toda la ciudad con su negro manto. Solo algunas pocas antorchas iluminaban tenuemente las enmarañadas y sucias calles. Lo que aproveché para salir del cuartel una hora después de haber terminado la reunión; cubierto con una negra capa para no ser visto y confundirme entre las sombras.
Era evidente que todos los presentes, exceptuando al capitán Jenty–Re, no estaban en desacuerdo con la conspiración para llevar a Nahtmin al trono, por lo que sería muy difícil llevar a Paramessu a Uaset.

***
¡Alto ahí, nose mueva, sea quien sea! -gritó el guardia al ver al Teniente Waty tratando de entrar por la parte trasera de la residencia de Paramessu.
Luego de ser revisado y comprobar que se trataba de mi ahijado, Waty fue llevado a nuestra presencia.
¿Qué hacías merodeando mi casa jovencito? -dijo el General-. ¿No crees que es hora de estar en el cuartel?
¡Sí General! -dijo el joven teniente tomando posición marcial-. Es que tuve que salir para alertarlos de una conspiración que se está gestando.
Luego de narrar cada uno de los detalles de la reunión de esa noche, Paramessu indignado exclamó:
¡Una conspiración! ¡Todavía no se ha enfriado el cuerpo de Horemheb y ya están conspirando!
Yo te lo he dicho Waty -dijo el General dirigiéndose a mí muy apesadumbrado-. No sé si podré con esta misión que los dioses me encomiendan.
Los dioses te han encomendado una misión muy difícil, de eso no cabe dudas, aunque sé que de seguro sabrás cumplirla. Ellos no hacen ni dejan nada al azar.
Por lo que dice Teniente, el cuartel es adicto a Nahtmin -expresó el General pensativo.
No del todo General -dijo Liah, quien había escuchado atentamente nuestra conversación- De hecho, hay hombres en el ejército que te respetan, de lo contrario nadie te hubiera mencionado.
Liah tiene razón en ese punto -dije sentándome en una silla que se encontraba junto a la ventana-. De hecho, no creo que sea necesario llegar a Uaset para realizar la coronación. La misma puede ser realizada en Men Nefer.
Sólo tienes que unir fuerzas con Aq-Ib. Él apoyará el designio de los dioses.
Todo lo que dicen está bien -habló Sat-Re-, pero ¿cómo atravesaremos los muros para ir a Men Nefer?
Creo que tengo una vaga idea -dije mirando una carreta con grandes tinajas de aceite y vino que se hallaba en la calle y en la cual dormitaba su dueño cubierto por una andrajosa capa negra.
¿Qué es lo que piensas hacer Waty? -preguntó Sat – Re, alarmada-. Mira que no somos jóvenes para seguir tus descabellados planes.
Serán descabellados -rió Paramessu-, pero siempre han dado resultado.
Deja todo en mis manos, sólo te pido que hagas venir al dueño de esa carreta.
¿A Sebeth? -dijo el futuro faraón- ¿Qué quieres con ese borrachín?
Tú tráelo y verás.
Paramessu envió a uno de sus sirvientes a que traigan en su presencia al carretero.
Sebeth era un hombre de no más de cincuenta años, aunque, con los años de bebida que llevaba encima parecía de mi edad. De cuerpo delgado, llevaba un andrajoso shenti  26 que alguna vez fue blanca y que el tiempo y la suciedad habían dejado de un color indefinido.
Buen hombre -dije acercando un humeante plato de lentejas al desdichado- ¿cuánto pides por tu carreta, tus bueyes y tu mercancía?
Mi señor -dijo mirando siempre al piso-. La mercadería puedo cambiártela por unas cuantas piezas de cobre, pero mi carreta y mis bueyes no puedo venderlos. Si lo hago -continuó diciendo Sebeth- no podré vender más mercaderías de ciudad en ciudad.
Comprendo -dije en tono serio-. Yo respondería igual que tú.
Ahora dime: si yo le pidiera al Visir que te dé hospedaje, sus sirvientas te bañen, te vistan con las mejores ropas, y te dieran de comer y beber de su pan y su irep 27, ¿me prestarías la carreta, los bueyes y tu ropa por unos días?
¿Todo el vino que quisiera? -preguntó de modo desconfiado el carretero mirando con el rabillo del ojo al Visir.
Paramessu asintió con la cabeza.
Si es así, hasta te regalo mis vestidos que llevo atrás de mi carreta.
Entonces trato hecho -dije-. Sólo que deberás permanecer en esta casa sin salir de ella, hasta que los guardias te informen lo contrario. Sólo podrás pasearte por la terraza pero siempre cubierto con la capa del Visir.
Luego de que el carretero fue enviado a una de las habitaciones de huéspedes que se encontraban en la parte trasera de la casa, al lado de la cocina, dije al General:
El plan que he tramado consiste en que Sebeth se pasee por la terraza de tu casa con tus ropas para que todos piensen que eres tú, mientras nosotros saldremos de la ciudad sin que nadie lo note.
Pero los guardias de la salida conocen a este borrachín y saben que siempre viaja solo.
No te preocupes, no notaran la diferencia. Yo me vestiré con las ropas de Sebeth, mientras tú, Sat-Re y Liah se ocultaran en aquellas ánforas vacías. De esta manera pasaremos la guardia sin problema, ya lo verás.
Mmm... -murmuró Paramessu-. Si pasamos la guardia de esa manera cuando vuelva mandaré azotar a esos hombres.
No creo que lo hagas -dije riendo mientras me ponía los harapos de Sebeth-, ya que, si pasamos las puertas de esta ciudad, volverás como faraón.
Después de cerrar la tapa del ánfora donde se ocultaba Paramessu, subí a la carreta y me envolví en la capa.
Waty -dije a mi ahijado-, entra ya en un ánfora que debemos partir.
Disculpa padrino, pero creo que aquí seré de más utilidad al faraón, enviando información de lo que sucede en Avaris a través de mis camaradas leales.
¡Ven Waty! -dijo Liah imperativamente- Tus padres nos confiaron tu cuidado y vendrás con nosotros.
Mi querida Liah -dijo el muchacho dando un beso en la mejilla a su madrina. ¿Cuántos años crees que tengo? No soy más aquel pequeño de ojos grandes que salió de Tiro.
Está bien mi pequeño Waty, quédate. Pero cuídate mucho, no me perdonaría si algo te sucediera.
Descuiden, no cometeré locuras.
Eso lo dudo -murmuré guiñándole el ojo, mientras azuzaba a los bueyes para que comiencen su lento caminar.
La penumbra del amanecer jugaba a favor de nuestros planes. Era ahora o nunca.
Azucé a los bueyes. Las ruedas comenzaron a rechinar tanto que se podía creer que aquella carreta se desarmaría en cualquier momento. Los bueyes, de andar cansino me dirigieron a la salida de la ciudad.
Al pasar por la entrada uno de los guardias dijo:
Sebeth, ¿no olvidas el ánfora de dulce irep que me prometisteis?
Sácala tu mismo -dije fingiendo voz de ebrio.
El guardia bajo de la muralla que resguardaba a la ciudad y, retirando un ánfora de vino de la carreta, arrojó dos piezas de cobre diciendo:
Ahí tienes para comprarte unas lentejas.
Hice un gesto de agradecimiento y seguí mi camino. Luego de un buen trayecto y cuando creí que nadie nos vería, hice salir a mis pasajeros de sus respectivas ánforas continuando nuestro andar hasta que divisamos una vivienda a la orilla del Nilo, junto a la cual estaba anclado un pequeño bote pesquero.
La embarcación que se impulsaba con unos pequeños remos de madera estaba construida completamente con tallos de papiro fuertemente anudados y trenzados entre sí.
Luego de convencer al dueño del bote que nos canjee temporalmente por la carreta nos dirigimos a Men Nefer, donde deberíamos encontrarnos con el sacerdote del templo de Ptah, Aq-Ib.
Mientras recorríamos el curso del río, un poco antes de llegar a la ciudad de Huttaherib, 28 divisamos decenas de cadáveres arrastrados por la tenue corriente, como si fuesen troncos a la deriva, los cuales servían de alimento a los cocodrilos que arrastraban a algunos de ellos entre los papiros de la ribera. Esta sola visión hizo que Paramessu cambie su actitud jovial para tomar una reconcentrada.
-¡Ho Maat! - exclamó en una oportunidad en la que entre los ejecutados reconoció a uno de sus fieles camaradas- ¿Por qué permites esto? ¿Podré yo remediar este desorden?
Cuando nuestra embarcación se encontraba en las cercanías del puerto de Men Nefer, una barca de vela rectangular con el escudo de Amón se dirigió hacia nosotros.
¿De dónde vienen y a dónde se dirigen? -gritó un hombre joven que se encontraba dentro de la barca mientras tres arqueros nos apuntaban con sus flechas.
Venimos de Avaris y venimos a ver a Aq-ib -dije en voz alta.
¿Quiénes sois viajeros? ¿acaso sois emisarios del pérfido Nahtmin?
No. ¡Soy Ramsés I!, el nuevo faraón de Kemet -gritó con potente voz, mostrando el pergamino con el sello de Horemheb, Paramessu se quitó la capa que lo cubría. Por primera vez Paramessu utilizó el nombre que, de ahora en más, utilizaría como el soberano de todo Kemet.
El sacerdote, con la mirada perpleja, nos invitó a subir a su embarcación para después de postrarse ante los pies de Ramsés confirmarnos que la ciudad estaba bajo el control absoluto del templo de Ptah.
Atracamos en el puerto de Men- Nefer y fuimos guiados, por el joven sacerdote ante Aq-ib, quien, de gran porte, y con la cabeza rapada totalmente, llevaba una túnica fina de algodón sobre la cual descansaba un medallón con el ojo de Horus, cosa que me extrañó en un sumo sacerdote del templo de Ptah.
Aq-Ib al ver a Ramsés exclamó inclinándose ante él:
¡No podía ser otro el elegido! ¡Los dioses y Horemheb no se han equivocado en la elección!
Luego de estas palabras, Aq-Ib ordenó inmediatamente a los sirvientes del templo que Ramsés fuera bañado, perfumado y vestido como corresponde a un faraón para inmediatamente después comenzar la ceremonia de coronación.

NOTAS
1 Estación de la cosecha y acopio que equivale al verano en el hemisferio norte.
2 Primero de los cuatro meses correspondientes a la estación de Shemu.
3 Dios de la fecundidad.
4 Más conocida con el nombre de Coptos. Se ubica en la actual ciudad de Oift.
5 Ladrillos de dos palmos de ancho
6 Médicos.
7 Una de las partes en la que los antiguos egipcios dividían al cuerpo y que, equivale al alma.
8 Antigua capital del imperio hitita desde el reinado de Hattusil I, situada en el centro de anatolia, junto al río Kizil-Irmak, en lo que corresponde hoy en día en ubicación con la aldea de Bogazkale, parte de la provincia turca de Corum. Ubicación geográfica 40º01´N, 34º36´E.
9 Se hace referencia a la novela Conspiraciones faraónicas, capítulo VIII.
10 Terminología egipcia para esposa, también significaba “la mujer”
11 El famoso Oráculo de Amón, se encuentra en el oasis de Siwa en la frontera entre Egipto y Libia, sus ruinas se encuentran en el actual poblado de el-Aghurmi. Ubicación geográfica 29º32´N, 25º11´E.
12 Estrella de Siro, su aparición a la salida del sol simbolizaba el año nuevo.
13 Avaris fue la capital de los reyes de Hyksos del Segundo Período del Intermedio. Actual ciudad de el-Arish, está ubicada en la parte nororiental del Delta del Nilo.
14 Llamada por los griegos, Tebas, fue la capital religiosa de Egipto durante gran parte de su historia. Ocupaba la zona que actualmente se extiende de Karnak hasta El-Aasasif. Situación geográfica 25º42´N 32º38´E.
15 Actual Tel el Amarna, está ubicada a unos 300 km. al sur de El Cairo. Construida en la margen derecha del Nilo fue la capital de Egipto durante gran parte del reinado de Akenatón (Amenofis IV) hasta el tercer año del reinado de su hijo Tutankhamón.
16 Denominación dada por los antiguos egipcios a la ciudad de Biblos. Actual territorio del Líbano.
17 Terminología utilizada para referirse a “el padre”.
18 Terminología utilizada para referirse a “la madre”.
19 Terminología del antiguo Egipto utilizada para referirse “al hijo”.
20 Conocida con el nombre clásico de Menfis, actual Mit Raiña
21 El iteru es una medida egipcia de longitud que equivale a 10,52 km
22 En egipcio antiguo; gobernante de tierras. Se refiere a los Hicsos.
23 Especie de cimitarra inspirada en el harpé asiático.
24 En Egipcio antiguo, el que penetra en el corazón.
25 Antigua ciudad ubicada frente a la parte sur de la actual represa de Asuán es conocida con el nombre clásico de Elefantina. Fue la capital del nomo I del Alto Egipto, denominado To-Jentit ( "La frontera"). Situación geográfica 24º 05'  N 32º 53' E .
26 Principal vestimenta masculla del antiguo Egipto consistente en una larga faja arrollada a la cintura y sujeta por un cinturón o una soga que remataba en un nudo.
27 Termino utilizado en el antiguo Egipto para referirse al vino.
28 Actual cuidad de Tel Atrib.

ENLACE RECOMENDADO: