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lunes, 20 de septiembre de 2010

JUAN BAUTISTA RIVAROLA MATTO - YVYPÓRA , EL FANTASMA DE LA TIERRA (NOVELA) / Fuente: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES

YVYPÓRA
EL FANTASMA DE LA TIERRA
Autor:
JUAN BAUTISTA RIVAROLA MATTO
Santiago Rueda – Editor,
Ilustró la tapa: Eduardo Federico Appleyard
Buenos Aires-Argentino 1970
Versión digital:


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Una vital y poderosa savia paraguaya y americana nutre las páginas de YVYPÓRA, la novela de Juan Bautista Rivarola Matto, joven escritor que aparece en nuestro panorama literario con un libro de total madurez, cuya concepción y forma original no excluyen una naturalidad que igualmente se advierte en su idioma popular, fluido - y rico. YVYPÓRA es una expresión del idioma guaraní formada por dos palabras, Yvy: tierra, y Póra: fantasma.
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Sugiere la idea de hombre y de fantasma de la tierra y a la vez alude al campesino sin tierra. A través de esta densa e imaginativa, novela en torno a una familia, Rivarola Matto nos expone buena parte de los problemas humanos del Paraguay, que sigue soportando el recuerdo de la guerra de hace un siglo, complicado con otras frustraciones de nuestro tiempo.
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Lo social se presenta aquí a través de lo individual, pero es todo un pueblo el que vemos vivir en la realidad de su duro existir y sus estériles contradicciones, en las que se mezclan el presente y el peso de su historia, a través de todo lo cual, creencias ancestrales y esperanzas nuevas, borran sus límites v se confunden en informe búsqueda de futuro. YVYPÓRA, el fantasma de la tierra, incorpora a su autor a la primera línea de la narrativa paraguaya de hoy, pero su novela excede todo localismo en la indudable fuerza de su raíz y de su proyección continental.
BERNARDO VERBITSKY
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PRÓLOGO
Don Rosendo había vivido tanto que algunas veces se le enredaba el tiempo. Le pasaba, al despertar, o dormitando en su Sillón, bajo el alero de la Casa Grande que de por sí estaba llena de gente chic sólo podía hablar y moverse en los recuerdos. Es común desatinarse en tales casos, pero, por miedo a la chochera, solía fingirse dormido hasta comprobar que lo tenía delante no era una sombra
-Papá...
Lucía no podía ser, ya estaba vieja, la pobre. Seguramente andaría trajinando en la cocina, bordando cn en comedor o rezándole a la virgen por los hijos ausentes. Esta ¿quién sería entonces? Caracoles, no se acordaba. Aunque sí reconocía esos flexibles como el lomo de un gato y esos tobillos, levemente arqueados que daban al andar el vaivén ele la danza. Y esa carne dura, morena, larga, que sabía deshacerse entre sus manos como la chirimoya., Y esa boca jugosa, con regusto de menta, que se paladeaba a la distancia lamiéndose los labios como si se llevara el dulzor en el ánima.
-Papá, te traigo tu remedio ...
Pero claro. Era nomás María Rosa, la hija de la vejez que cabalgara algunos años sobre sus rodillas hasta que un día, en la fiesta del Santo, cuando se acercó a curiosear y a repartir aloja, los mozos se arremolinaron sedientos de cañaverales y los muchachones de la peonada, arrinconados, ausentes, se azotaron las polainas sofrenando el impulso del galope.
-¡Jho, mi hija morena! -exclamó don Rosendo, volviendo a la juventud; envidiando en un acceso de celos seniles y temerosos al hombre que habría de morder aquel fruto de su árbol.
Pero... ¿cómo podía estar ella aquí? Volvió a cerrar los ojos, alarmado.
-No ven que está durmiendo -decía una voz enérgica, extrañamente cálida-. Déjenlo descansar, no ha pegado los ojos en toda la noche.
De ése sí que se acordaba. Era Daniel. Don Rosendo, agradecido, dejó que el sueño otra vez lo dominara. Oía algo así como susurros de velorio. Qué notable: a tantos enterró que, por lo visto, el ruido se le había grabado en la cabeza.
María Rosa creció al viento y al sol. La tierra trasvasó a sus venas la vitalidad ardiente de los troncos quemados. Se acariciaba los senos asombrada de su cálido bullir, de su sopor hormigeante; de aquel aroma de siesta y bosque que escapaba de los poros abiertos, clamantes por la semilla. Le gustaba el campo. Ociosidad amodorrada, sedienta. Murmurar misterioso, inacabable, de los elementos en gestación y muerte que la hacían percibir, confundirse, con las voces ocultas de la carne. La sacaron de La Providencia y la devolvieron a su reino de frondas. Así vivió unos años, siempre esperando ¿qué? No lo sabía, pero gozosa enarcaba los brazos cuando arreciaba el viento. Esperaba quizá que le trajera el soplo fecundante de los montes, o, simplemente, le agradaba sentir la caricia del ímpetu.
Una tarde llegó tropa forastera:
"¡Tropa, tropa, tropa’aaal" -volaba la canción de los hombres sobre el aluvión del ganado. Entre tiros de arreadores, carajadas, brutas arremetidas, bárbaras frenadas espumantes arando la tierra roja, entró la novillada a los corrales con la guampas alzadas como sables en furioso entrevero. Bajaron hombres duros, con sudores de macho y de caballo, oliendo a pasto, a bosta, a cuero sin curtir.
-Qué tal, mi patrón ¿no se acuerda de rni? Francisco Cárdenas, a su orden. Llevo la tropa al brete de Tayhy-caré. (Brete del Lapacho torcido).
Así que eres el inventado Panchito -exclamó don Rosendo, abrazando al arribeño-. Estás hecho un hombrazo ¿cómo anda el gotoso de tu padre?
Francisco se echó a reír:
-Siempre con sus filosofías, combatiendo el uti possidetis mientras los bolivianos signen avanzando fortines. Entré a ocuparme de la estancia antes que los administradores acabaran de fundirnos.
Bravo, hijo. Pero llega, llega nomás, estás en tu casa. -y volviéndose al mujerío que espiaba alborotado, gritó abarcando con el ademán a los troperos-. ¡A, ver las mujeres! que camine él tereré para que se refresquen estos mozos... No sea que esta noche vaya a salirles un grano ...
Tronaron las carcajadas:
-¡ Joke, eso está con nosotros!
-¡Jho, don Rosendo Domínguez, hijo del diablo! María Rosa huyó a su cuarto. Se revolcó como una gata en la frescura de la colcha. Se miró tristemente los pies, las uñas romas. Avergonzada, los ocultó bajo las faldas sentándose a la turca. Vio en el espejo su imagen picaresca. Se calzó unas sandalias .y salió a espiar al legendario Pancho Cárdenas. No lo encontró por ningún lado. Saltando como un potrilla avanzó a lo largo del corredor del fondo. Cayó sentada al encontrase con Francisco, que reía. Y allí quedó, desamparada, tapándose la boca, mirando con ojos espantados, mudos y suplicantes de venado herido. Sin dejar de reír, él la ayudó a 1'e-vantarse. María Rosa juzgó la endeblez de su personita en la firme presión de aquellas Ynalios cur-tidas.
-¡Oh, me caí! -dijo, sintiéndose pichoncito que descubre que las garras que lo aprisionan dan calor Y no hacen daño. Pero, cuando sus ojos se toparon con los severos y angustiados de don Rosendo ahogó el grito y huyó.
Los hombres rieron a carcajadas. La risa persiguió a la niña hasta su cuarto. Se echó llorando en la cama. Pero, cuando el espejo le devolvió su imagen, se adivinó encantadora y se besó las manos, impetuosa.
- Qué chiquilina más agraciada -comentaba Francisco.
-Es mi hija -explicó don Rosendo afligido- pavota todavía, la pobre -y apresurándose a retomar la conversación interrumpida exclamó- La guerra estallará. Daniel se equivoca al desearla, no sabe lo que dice. Sobre este desdichado país pesa una maldición.
-Un encanto...
-¿Qué dices?
Francisco se rió
-Nada, patrón -le dijo, confianzudo, poniéndole una mano en el hombro y mirándolo a los ojos como azorado-. Pensaba nomás que quedan todavía en el Paraguay algunas cosas por las que vale la pena morir.
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Después de cenar salieron a tomar fresco frente a la casa. Los troperos cantaban en la plazoleta del pozo.
-Cantan muy bien mis muchachos -comentaba Francisco- y al verlos ¡quién diría!
-¿Y usted? Dicen que es cantor sin segundo -le dijo doña Lucía Insaurralde, que sabía cuántas vacas tenían los Cárdenos-. Por qué no nos canta un cantito. No deje todo a las mozas, que también las viejas nos pican los talones.
Francisco, maliciando la intención, pescó la pulla
-¡ Jho, ña Lucía! Usted qué sabe? ¡Zonceras que por mí se dicen, la señora!
-Sí, pues... habladuría de valde, seguramente -dijo, tirándose el rebozo con coquetería y riendo con esa jovialidad inteligente de las viejas paraguayas.
-Puras macanas, la señora -protestó Francisco, riendo a carcajadas. Pero enseguida, poniéndose tristón, se lamentó quejumbroso, paladeando las palabras-. El que se pasa la vida a caballo deja cuentos en el camino. Y si no deja cuentos ¿qué va a dejar? Todo concluye el tiempo pero los cuentos quedan. Se agrandan, se achican, pero se quedan. Fíjese en lo que hay en nuestro país ¿algún rastro, una piedra que recuerde el paso de los hombres por sus siglos de historia? Nada. Sólo cuentos. Es notable, no hay un pique sin su pora. Hoy nomás, al entrar al cañadón, los peones saludaban al lapacho de la punta del monte. Este es un país de cuentos, la señora: el consuelo del hombre desposeído son los recuerdos.
-Y la esperanza -terció don Rosendo, como despertando del éxtasis de la música.
-¿Usted lo dice, patrón? -exclamó Francisco, volviéndose-. ¡La esperanza! La mandioca del cuento, atada a un palo para que el burro volee el trapiche. El presente es la vida, don Rosendo, y el futuro la muerte, el broche trágico de la comedia humana, el justo precio a tanta jodienda.
El viejo sonrió. Seguía creyendo en la esperanza.
Cárdenas se rió entre dientes
-No me interprete mal, don Rosendo -le dijo, conciliador-. Me limito a aceptar la realidad, no se crea que me gusta.
-La potencia del hombre está en negarla, hijo. Francisco se indignó
-Macanudo, patrón, y a atropellar molinos.
El tema le interesaba pero se le antojó que no valía la pena. No estaba de humor para filosofías.
Era más divertido seguirle el tren a la vieja. Aprovechó la pausa para, volverse a, ella y decirle, confidencial
-En otro tiempo quise hacer cuentos en el papel como todo paraguayo -con primer grado superior. Fallé, como los demás. No nací para escribir cuentos, sino para, vivirlos.
-Daniel dice de usted que tiene mucho talento -intervino María Rosa, como asustada de hablar. Francisco hizo un gesto de auténtica sorpresa:
- ¿Daniel ha dicho eso? Francamente, me alaga; aunque el elogio provenga de mi futuro cuñado. Daniel es un gran hombre, llegará a presidente. Su defecto es sentirse responsable de todo como si fuera de esa especie de santos cargosos a los que llaman profetas, o un agente del destino que pretendo usarnos como simples instrumentos de altos fines imponderables. Y ésto, señorita, es demasiado para hombres comunes y corrientes como yo. La vida es un jarro de remedio que ha de beberse hasta el fondo. No entiendo por qué uno ha de tragarlo para aliviar a los vecinos.
-Son caprichos de mozo, Panchito -interrumpió doña Lucía-. Ya sentarán cabeza cuando se casen... si la sientan... -remató riendo, y agregó en guaraní, con los índices en la frente a guisa de cuernos-. ¡Por ahí nomás hay un viejo que así me ha puesto hasta quedar bichoco!
Rieron mirando a don Rosendo quien, para complacerlos, ponía cara de santo. En la carcajada de Francisco había algo de ausente, como si se riera pensando en otra cosa o escuchando su risa: "En toda calavera hay un monje frustrado, un contemplador ", pensaba don Rosendo, observándolo.
-¡Eh, Polí! -gritó de pronto, enardecido, poniéndose de pie, transfigurado-. Préstame tu guitarra y que Sapó traiga. el acompañamiento.
-¡Listo, mi patrón! replicó alegre Policarpo desde la blanca plazoleta.
Francisco volvió a sentarse y se puso a templar mientras decía con voz grave, pillamente burlona, acompañada de un punteo regalón
-¡Jha, Paraguay! Así nomás es la vida, ña Lucía, la vida del tropero. Se va y se viene, se viene y se va -hizo la prima y remató en guaraní- Yendo y viniendo, yendo y viniendo, se pasa y pasa la vida. ¿No es así, Sapó Mesa
-¡Cierto, mi patrón! -replicó el acompañante, Con los ojos saltones relamidos de entusiasmo. (Sapó (tesa pó'), se dice a las personas de ojos grandes y saltones) Francisco vio tan solo al pobre viejo que le tuvo lástima. Le haría sentir que existía
-Esa fue su diligencia, don Rosendo. Usted lo sabe muy bien.
Don Roscando miró a su hija y suspiró, sin responder. Estaba como encandilada, estremecida de piedad. Francisco advirtió el gesto del anciano.
Soy abogado –continuo dirigiéndose a doña Lucía -podría quedarme en la Asunción, tener mi estudio. .. En fin, quizás lo haga alguna vez si encuentro lo que busco o deja de darme el cuero para tanto trajín. Por ahora, me gusta esta vida.
El cimbrar del cordaje parecía posesionarse de él, dando a sus ojos un brillo casi siniestro de enajenación diabólica
-Daniel dice que la guerra estallará, que será sangrienta, pero que devolverá, a nuestro pueblo la fe que necesita para realizar su destino. Esto, claro está, si no vuelven a molernos a patadas -se rió de su gracia y continuó-. Los intelectuales dicen las cosas más tremendas como si solamente tuvieran que reventar las letras... ¡La guerra! ... La espero con impaciencia por muy otros motivos. Igual tenemos que morir y en la guerra se sabe el enemigo. Aquí uno no sabe dónde apuntar. Yo no hago caso. Voy y vengo, vengo y voy.
Y hablaba la guitarra.
-Voy y vengo. Tal vez no vuelva jamás. Quién sabe. Quién sabe nada. El hombre sigue su estrella hasta que Dios le hace el milagro y encuentra un lugar donde vivir con su mujer y sus hijos. Algún día hay que parar, sobre la tierra o debajo ¿no es así, Sapó Mesa?
-¡Cierto, mi patrón!
Francisco soltó seca carcajada, y poniéndose de pie, apoyó una de sus botas en la silla. Se encrespó la guitarra como dique desbordado. En armonioso contraste retozaba la ironía del rasgueo acompañador.
Cerró la noche. La luna se ocultó tras de los montes. Una sombra pasó. Un gemido, un lamento, y una. sombra que vuelve. Un tropel que galopa en la madrugada. Gusto a menta en la boca, miel de savia, "En esta tierra el hombre lanza su semilla al viento y la tierra fecunda la recoge y la guarda".
María Rosa guardó el germen perdido y brotó una pequeña planta anónima.
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INTRODUCCIÓN
* -¿La ves? -preguntó el viejo.
* -No, no la veo.
* -Allá está, nos mira. Vamos a felicitarla.
* La mocha-jú se irguió presta al ataque, pero, al reconocerlos, bajó la cabeza y esperó, entre desconfiada y satisfecha. Don Rosendo desmontó pesadamente. La mocha amagó la embestida.
* -¡Mocha, ten, ten!
* La mocha, con la lengua afuera, bajó el romo testuz agobiada por la lucha interior entre la ley del monte y su prestigio de gran dama. Don Rosendo alzó al ternerito. Tímido, rosado, vacilante, sacudido por azogadas convulsiones de frío. Miguelí acarició la suave piel del animalito. La mocha mugió afligida y se acercó a lamerlo.
* -¡Mocha, mocha! ¡Jho, mocha-jú! -decía Miguelí sacando pecho, alzando altiva su cara de cera enmarcada en sombrero de paja con barbijo de tiento, sonriendo con esa mezcla de familiaridad y de ironía con que el resero habla a los animales. Don Rosendo mostraba su dentadura roma y amarillenta entre los gruesos labios, erizando su ralo bigotazo gris. Los ojos arrugados daban a su fisonomía aindiada una ternura infantil y enérgica. Don Rosendo experimentaba emociones de abuelo ante su buena vaca, la única sobreviviente del lote de aberdeen-angus traído del extranjero.
* -¡Qué linda ternerita! -ponderó Miguelí.
* -¿Te gusta? Te la regalo. ¿Cómo la llamarás?
* -Estrella, ¿ves la estrellita? Estrella Domínguez, eso es.
* Parpadeó don Rosendo. En los ojos del niño ardía una llama confiada, rotunda: «Francisco Cárdenas, a su orden. Llevo la tropa al brete de Tayhy-caré». Volvió la cara y dijo, suspirando:
* -Lindo nombre. ¡Estrella Domínguez!
* No escapó del niño aquel suspiro, vio la herida abierta que sangraba.
* -Cuando salga el sol ya estará fuerte para llevarla a nuestro potrero -decía don Rosendo, con la voz algo tomada, subiendo a su caballo-. La pobre mocha no sabe que ya no está en su querencia.
* Miguelí no contestó. Se le antojaba que le dirigían algún reproche. Dejó pues que su yegüita guacha se retrasara con su tranco remolón hasta que al viejo se le pasara la chochera.
* Don Rosendo no doblaba el lomo a sus noventa años. Su arrugada y poderosa alzada de hidalgo criollo le daba esa prestancia triste y sobria de quijotazo patriarcal, de paraguayo viejo. Relucían los pastos mojados de rocío y el urutaú espaciaba su llanto desde la rama más alta de algún quebracho muerto. El monte hacía un arco penetrando en punta por el llano. En el vértice se alzaba un poderoso lapacho. Don Rosendo se detuvo a contemplarlo.
* -Cada día está más alto -dijo, cuando Miguelí lo hubo alcanzado-. ¿Hasta dónde llegará si es que sigue subiendo?
* El chico se dio cuenta de que don Rosendo buscaba hacer las paces.
* -No hay nada más alto que el Tayhy -declaró-. Ni siquiera las casas de Asunción.
* -Sí, es un árbol para viga de templo. Sin embargo, te equivocas. Hay muchas cosas más altas que el Tayhy. Por mucho que se suba, siempre hay algo más arriba.
* Miguelí quedó pensando. El árbol no podía hablar y él quería defenderlo. ¿Qué más alto que el Tayhy? ¿Cuánto más alto? ¿Un jeme, una cuarta, cuarta con apoyo? ¿Y quién más alto? Tal vez un eucalipto, pero el Tayhy era su padre. Sí, en verdad, un eucalipto flojo podría subir más arriba que el lapacho de la punta del monte, pero detrás de una lomada o cubriéndose con otros. Nunca en el descampado, dando pecho al nordeste, parando con la zurda a la sudestada. Si hasta al rayo, cuando se le liaba como un diablo rabioso, lo sepultaba en la tierra aunque sangraran en el tronco heridas negras.
* -¡Al Tayhy nadie lo tumba! -dijo, entonces.
* -Es fuerte, sí. Pero vuelves a errar. También al Tayhy pueden tumbarlo. No hay nada que no se tumbe: «estrella yepé joá», como dice nuestra gente, aunque lo que ven caer no son estrellas sino aerolitos.
* -Eso ya sé -declaró Miguelí-, pero se dice que el que jashea por él se queda empayenado.
* -Se «hachea» no se «jashea», y menos «por él». Eso es guaraní, aunque creas estar hablando en castellano. En cuanto a «empayenado», es un híbrido espantoso que habrás oído a algún correntino. Aprende a hablar con propiedad ambos idiomas y a usarlos en su lugar, como cuadra a un señor... ¿qué me decías?
* Miguelí titubeó. No sabía cómo expresar en español lo que quería decir. Por fin, decidiéndose, replicó arrastrando las agudas para remarcar el son de talla, como hacían los peones:
* -Aipó ndayé i'payé ja upé tayhy.
* Don Rosendo se rió:
* -Bien, pero no es verdad. Lo que ocurre es que la gente quiere al árbol. Es fuerte. Florece rosado en primavera anunciando la época de la siembra. Es la primera sombra viniendo desde el norte por leguas de cañadón. Está a un paso de la fuente, para llenar la cantimplora. Se lo divisa desde lejos, con su promesa de frescura, como nube de ocaso sobre el verdor negruzco que parece seguirlo. Un indio viejo me contó en mi juventud que allí solían reunirse en consejo los ancianos de una confederación de tribus guaraníes. Era parte de un bosque hasta quedarse solo. Fue tal vez entonces cuando esta gente, que ni siquiera es dueña de la sombra, le inventó una historia para defenderlo de la codicia desbastadora de los hombres. Mucha plata me ofrecieron por el rollo, pero aquí se ha de quedar mientras yo viva, si Dios es servido. Daniel quiso hacerlo cortar en mi ausencia para pagar un documento. No lo dejaron. Todo el pueblo se alzó en defensa del árbol.
* -Me recuerdo -exclamó Miguelí, entusiasmado-. Nadie lo quiso voltear. Entonces Daniel, tomando el hacha, dijo: «Si ninguno se anima, yo lo corto. Es necesario». Todos lo seguimos, hasta el locro se quemó. Ña Francisca lloraba. Serafín Cañete, sentado en el suelo, tocaba la guitarra diciendo querer morir aplastado por las flores, como envuelto en un poncho colorado. Se reían de él y algunos hasta paraban para adónde iba a saltar cuando el árbol se cayera. Pero, cuando Daniel levantó el hacha, Basilio le sujetó la mano, diciendo: «¡Añí na, mi capitán!». Daniel lo quedó mirando, y cuando ya todos creíamos que iba a romperle la cabeza, se subió a su caballo y se fue para la villa, a casa de Esperanza Almirón.
* Al oír ese nombre, don Rosendo frunció el ceño y miró para otro lado.
* -Volvió como a los ocho días, oliendo a caña -continuaba Miguelí-. Se encerró con sus libros. Ofelia, que lo anduvo espiando, contó que hablaba solo. Dice que le han hecho un daño y le pone ruda en el mate. Lo tiene enfermo una desgracia que le va subiendo, como espina de coco hacia el corazón... A lo mejor se cura en Buenos Aires...
* -No me gusta que andes con chismes, ¿oyes? Deja eso a las mujeres. Y, sobre todo, no creas lo que te digan. «Cuña» es «cû-añá», lengua mala, lengua del diablo. «Cuimbaé», el varón, es el dueño de su lengua, ¿has entendido?
* -Sí, papá.
* Siguieron andando. Miguelí iba preocupado:
* -No será pa que le pasó como a Chirí-corô.
* -¿A quién?
* -A Daniel.
* Don Rosendo resopló como aliviado:
* -¡Cipriano Coronel! -exclamó-. Cómo persiste esa historia. Y es una buena historia.
* -Contámela.
* -Para qué, si ya la conoces.
* -Me gusta oírla.
* -Es una respuesta -asintió-. Pues bien: sería allá por el doce, cuando yo andaba corriendo detrás de Albino Jara, que un tal Chirí-corô, hachero infatigable que no trabajaba solo, es decir, que lo hacía secundado por el diablo, aceptó echar el lapacho por una gruesa suma ofertada por un gringo. Nunca me pudieron decir cuál era el gringo que hubiera por aquí en aquel entonces que pudiera interesarse por el rollo. Pero, como la gente insiste, he llegado a persuadirme de que el gringo, como el diablo, conviene a la historia.
* El viejo se detuvo, pensativo.
* -¿Y después?
* -¡Ah sí! Como te iba diciendo, fue tarea inacabable. Cuando el hachero se detenía a tomar resuello, o a escupirse las manos, el lapacho restañaba sus heridas lenta y resueltamente. Empecinado, poseído de loca furia, golpeó días y noches sin hacer caso a los signos y visiones aterradoras que trataban de ahuyentarlo. A veces llegaba hasta el corazón de la madera, pero entonces el suyo flaqueaba y tenía que detenerse para después recomenzar su inútil carrera con la vida. Sus parientes tuvieron que sacarlo a la fuerza. Poco vivió el desdichado, presa de horrendas pesadillas, provocando sapos y lagartos por la boca descompuesta. El cura, que trató de salvarlo, daba fe de que el agua bendita, al tocarle la piel, se convertía en aceite... Hay quienes afirman haber visto al ánima de Chirí-corô persistiendo en su tarea en las noches de luna...
* -¿Es cierto eso?
* -No, no es verdad.
* -Cuando lo cuentas parece de veras.
* -Porque los cuentos hay que contarlos como si fueran ciertos. La buena gente rústica no distingue muy bien entre la realidad y la fantasía. Por eso cree en los casos que ella misma inventa y produce tan notables narradores.
* -Y vos ¿nunca viste al ánima de Chirí-corô?
* El viejo levantó la cabeza con sobresalto. Pasaban junto al árbol que, agarrado a la tierra con su pata de loro, alzaba el tronco recto hasta esconder la noche en su ramaje poderoso. El caballo apuró el paso con las orejas tiesas. Miguelí chicoteó a la yegüita. Un crujir de mástiles rechinó a sus espaldas dándole escalofríos.
* -Cuántas veces he de repetirte que no digas «vos» sino «tú» -corrigió tardíamente don Rosendo-. Resta energía y dignidad al lenguaje.
* Anduvieron un trecho, hasta que, seguro de que el árbol ya no oía, insistió Miguelí.
* -Para serte franco -repuso don Rosendo, tras de alguna vacilación-, también a mí me pareció ver al fantasma de Cipriano Coronel. Claro que no era el fantasma, porque los fantasmas no existen.
* -¿Cómo lo sabes?
* Don Rosendo frenó su montado.
* -Porque he estudiado, pensado y vivido muchísimo más que tú.
* Pero Miguelí era temible preguntón:
* -¿Qué son entonces los fantasmas?
* -Según Daniel, que ha acabado ocupándose de estas zonceras, los fantasmas, o más concretamente, las poras, son ideas sin brazos que mendigan una mano que las realice. Lo deduce de una supuesta etimología y del hecho actual de que al ver aparecidos la gente les pregunta «cuál es tu necesidad». En mi opinión, todo esto tiene escasa importancia y fundamento. Lo único cierto es que las poras son antojos que, algunas veces, claro está, expresan preocupaciones colectivas. Se dice, por ejemplo, que cuando en las noches de tormenta se escuchan fragores de batalla, son los soldados de la Guerra Grande que apelan a los vivos para que reconstruyan la grandeza de la Patria.
* -¿Tú los oíste?
* -Los oigo siempre, hijo. No te olvides que yo también estuve en esa guerra, aunque tuve la suerte de sobrevivir, y de sobrevivirme.
* -¿Cómo era la pora de Chirí-corô?
* -Te repito que no fue más que un antojo... En fin, allá tú. Era una noche de luna llena. Al llegar más o menos por aquí, sentí unos golpes apagados pero inconfundibles y vi como una sombra, tal vez de la misma luna al pasar por el follaje movido por el viento, que asemejaba la figura de un hachero. Eso fue lo que pensé, hasta que creí distinguir los ojos de brasa de su guaino, el diablo... Nunca bebo, y con mis años no preciso anteojos ni siquiera para leer... «Cuál es tu necesidad», le grité entonces. Se oyó un crujir de ramas y un quejido como el de la onza...
* -Si no era la pora, ¿por qué le preguntaste «cuál es tu necesidad»?
* El viejo se echó a reír:
* -Porque hasta yo puedo hacer chiquilinadas. Por lo mismo mandé rezar misa por Cipriano, quien probablemente ni existió.
* -¿Y después?
* -Claro, me asusté. Esperé un buen rato para derrotar al miedo, que miedo que no se vence se imprime en el carácter y deja al hombre como lisiado. Luego traté de pasar al tranco, pero el caballo galopó. No le contuve las riendas porque el galope era de su voluntad.
* -Entonces era la pora -concluyó Miguelí.
* -¿Por qué?
* -El caballo no sabía el cuento.
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PRIMERA PARTE
PIES DOBLES
- I -

* Llegaban mineros por el piquete del fondo, que venía del yerbal, repuntando mulas o cargando sobre sus espaldas fardos enormes de hojas que, tras de pesar en la romana, apilaban en los galpones. Otros armaban el barbacuá, un emparrillado para tostar la yerba previamente chamuscada en fogatas donde se producían fuertes estallidos en medio de una humareda de enervante perfume. A pesar del calor y del enjambre de tábanos, predominaba el ambiente festivo que suele acompañar al esfuerzo violento, a la descarga brutal de la energía en el trabajo. Daniel vigilaba entre severo e indolente mientras don Rosendo andaba de aquí para allá diciendo agudezas. A cien metros de allí, en plena plazoleta, varios peoncitos, sentados en el césped, rodeaban a un muchacho tan espigado que los pantalones cortos le quedaban como ajenos. Tenía la cabeza rapada y estaba descalzo. Se distinguía de los demás por la ausencia de callos en la planta de los pies.
* -Ayer, en la picada, vi las huellas de Pies Dobles -declaró, fumando gravemente.
* -¿De veras? ¿Y qué hiciste?
* -Eran dos pisadas. Una que se iba, otra que venía. Una para aquí, otra para allá. Un vyrá-i-tapé me toreó delante. Malicié que el pajarito me tentaba, pero, sin poder aguantar más, le jugué tres honditazos. Nadie nunca le acertó a ese arriero, por eso es que es tan zafado.
* -Y también, con el abogado que tiene -dijo alguno, haciéndose el entendido- cualquiera saca alma grande.
* Como si hubieran estado esperando un pretexto, los peoncitos se echaron a reír.
* -Así es -asintió Miguelí, muy serio, sin dejarse turbar por esas caras redondas de ojitos talladores. Había estado ausente mucho tiempo, todavía no lo aceptaban. Como si fuera recluta, arribeño en su valle. Cuando se callaron continuó:
* -El pajarito saltaba, se esquivaba, se escondía, y me salía otra vez para tentarme... Mirando por él no me di cuenta que ya lo estaba siguiendo en el monte.
* -¡Imposible! -exclamaron a coro.
* -Cierto.
* -¡Nde bárbaro!
* -Se escondió, lo encontré, se me fue. Vi un kaí que me mangueaba desde un tarumá. Se puso a chillar y a hacer morisquetas, brincando de mata en mata. En eso volvió a aparecer el pajarito. El mono saltó de la rama y lo espantó... Justito allí seguían las huellas de Pies Dobles.
* Escupió, graduando el suspenso como los narradores de velorio. Por fin los peoncitos parecían impresionados. Encogidos, se miraban los pies. Iba a echar otra pitada cuando una mano enorme le sacó el cigarro de la boca. Paralizado de susto ni sintió el coscorrón. Primero vio las botas, subió por las bombachas y el revólver hasta llegar a un rostro pálido con una arruga irónica en la comisura de los labios.
* -¡Daniel!
* El hombre se echó a reír.
* -Veo que te has convertido en un gran macaneador. A ver, acaba el caso, pero sin fumar. ¿Encontraste o no a Pytá-yovai?
* -No soy un mentiroso, es la pura verdad.
* -¡No me digas! Pero ahora anda para casa, te hizo llamar mamá.
* Daniel se volvió para marcharse. Miguelí lo atajó de la manga.
* -No dije que vi a Pies Dobles sino que encontré sus huellas -dijo, desesperado, sintiendo que embarraba más-. Vamos ahora mismo a la picada y te las mostraré. Allí han de estar todavía si el mono no las borró.
* Rió Daniel, rieron los peoncitos. Miguelí estaba solo, acorralado.
* -¿Por qué me dijiste mentiroso? -gritó, desafiante-. Contaba un cuento ¡qué joder!
* Daniel lo quedó mirando.
* -¿En qué quedamos? ¿No ibas a mostrarme las pisadas?
* Giró en redondo, a lo soldado, y se marchó con el semblante ensombrecido, la frente ensimismada.
* «¡Oh Daniel, antes eras mi amigo!», decía Miguelí, parado en medio de la plazoleta mientras los peoncitos se alejaban, «¿qué habré hecho de tan malo que me trates así?».
* Las mujeres rezaban el rosario frente a la Casa Grande. Doña Lucía, en el fondo, invisible su rostro tallado, guiaba las oraciones. Hablaba a la Virgen como a una vieja amiga, compartiendo dolores pulidos por el tiempo. Le respondía un murmullo apresurado. Miguelí aguardaba rascándose la cabeza, parándose en uno u otro pie. Sacó la lengua a la tía Zoraida, que lo miraba indignada con sus ojos hinchados. Compadeció a ña Francisca, que rogaba para que su hijo, desaparecido en el Chaco, según papel que le mandaron en tiempos de la guerra, saliera de su desatino y acertara la recta que lo tornara al valle. Le dio risa Ofelia, la sonámbula. Se había vuelto gorda y bonachona. Oraba con las manos juntas y los ojos parados. «Ésta le pide a San Antonio», pensó Miguelí, bostezando aburrido porque todas aquellas plegarias de mujeres tenían un solo objeto: los varones.
* De súbito las manos divagaron en el rito.
* -Por la Señal de la Santa Cruz...
* -¡Ay na! -chilló Miguelí, saltando a un lado, por el traidor pellizco de la tía.
* -Este chico es un guarango que ni a Dios le respeta -cacareó la Zoraida amenazando con el puño.
* Lo socorrió la risa tolerante de doña Lucía.
* -¿Por qué pico angá el pobrecito? ¿Dónde estabas, mi hijo? Te anduvimos buscando para que pagues la promesa que hicimos por tu salud.
* -¿Dónde pa iba a estar? -volvió a cargar la tía-, ¡juntado con la chusma! Mirá na un poco la mugre que tiene. Ni pelado se le van los piojos y se rasca como un perro.
* -Callate, Zoraida, no quebrantes al chico -le dijo doña Lucía-. Los hombres son para el rigor, hay que tenerles paciencia.
* -Alguien le tiene que corregir, por Dios, Lucía -se encocoró Zoraida-. Ahora que ni Daniel se ocupa más de él, hace lo que se le antoja, no tiene miedo a nada. Si sigue así saldrá un bandido... Y también -respingó-, ¿qué se puede esperar? ¡Hijo de tigre, overo ha de ser!... ¡Zanguango! -aulló, jugando con el rosario a Miguelí, quien, con los dedos, le hacía un signo zafado.
* Ofelia soltó una risita boba. Doña Lucía aguardó, resignada, a que Zoraida acabara su diatriba apoyando su fría mano en el brazo de Miguelí, que se había refugiado junto a ella.
* -Bueno, bueno -dijo cuando la tía se detuvo a tomar resuello- no se peleen por galletas... Los chicos buenos han de ser como las ovejitas del niño Jesús, que vuelven derechito para los corrales cuando el sol se va a dormir, allá, en el fondo del Chaco, en su hamaca de nubes. Si no, pueden salirte las abuelas de los juegos; o las ánimas del Purgatorio, si no pedís por ellas, pobrecitas, una noche de éstas han de darte un gran susto. Andá entonces a lavarte como para hablar con Dios, y vení a rezar con esta pobre vieja que te quiere tanto, que pronto se va a morir, y que quiere llevar tus oraciones en un canasto grande para decirle a Jesús en la tranquera del cielo: «Esto te manda mi hijito Miguelí. Déjame entrar por ellas al Paraíso que yo no merezco por mis grandes pecados...».
* -Sí, mamá -dijo Miguelí, completamente amansado, enternecido.
* Pero, una vez en el baño, el diablo que vivía allí, con sus infames tentaciones lo persuadió de que un rosario completo era superior a sus fuerzas. Las ánimas del Purgatorio podrían pasarse sin él, teniendo a la tía Zoraida. Por lo demás, si penan por sus pecados, que se jodan. Ñandeyara Guazú, que mandaba por ahí, tenía todo el aspecto de un severo patrón y no iba, por cierto, a ir a ablandarse por las plegarias de unas tías. No era de la mansedumbre de su hijo Kiritó, quien se había dejado apalear y crucificar impunemente, y que, en el Huerto de los Olivos, hasta había parado la mano de San Pedro, que era un macho, cuando sacó su cuchillo para pelear la comisión. Antes, cuando era un niño, ésa era la parte que más rabia le daba cuando en Semana Santa se iba a ver la película. Pero ¡jaque! Por ahí Ñandeyara Guazú perdía la paciencia y ponía en fuga a los bandidos con terremotos, rayos y centellas. Mucho tiempo después, en el colegio, el padre Lutin había tratado de explicarle el sacrificio de Jesús. Sea como fuere, eso de los rosarios era cosa de mujeres. El mismo don Rosendo solía decir que los hombres rezan con el corazón y las mujeres con la lengua. Y Miguelí era un hombre. Hasta había estado preso, recordó jabonándose la cabeza rapada. Conoció tiempos mejores, ahora estaba en la mala.
* «Suele pasarle a los arrieros, dijo el perro quemado en el fogón. Ahora nomás me he de curar y calentarme otra vez».
* El dicho le hizo acordar de Basilio el Mariscador, su amigo. Pensar en él reconfortaba porque Basilio era un hombre de aquellos, de sangre fuerte, que todo lo recibía parejo como si no le entraran balas. Era el mismo que decía que el varón, como la mula, puede hacer lo que quiere si sabe aguantar palos.
* Antes de la desgracia también Daniel era su amigo. Ahora, aunque no le hacía reproches, lo trataba con desdén. Pensaba, seguramente, que su hermano le falló. Él no quiso fallarle, pero hay cosas que no se pueden explicar, que pasan nomás porque las sopla el diablo. ¿De dónde había sacado, por ejemplo, esa historia de Pies Dobles?, ¿cómo se le antojó decir que un mono pudo borrar las huellas? Qué obscuro estaba el baño. ¿Quién tendría la culpa de lo que pasó en casa de Marcial Fernández? ¿Olga? La sangre le saltó a la cara, se detuvo temblando, ahogado de vergüenza. No, señor, no iría a rezar, ni a sentarse en la mesa. Si fuera hombre de veras tendría que marcharse, irse muy lejos, perderse para siempre en los desiertos del mundo. El baño le había despertado el apetito. Un hambre crujiente le encogía el estómago. Ya se arreglaría. Se ajustó el cinto y salió.
* Los mensuales, sentados en bancos en torno a una mesa larga, se servían, cada cual con su cuchara, de fuentones enlozados puestos en el centro. Gastaban bromas pesadas entre sí y a costa de la cocinera, una negra gordinflona famosa por su estupidez, que, cuando entró Miguelí, estaba friendo tortas de harina en una olla de hierro. Al descubrirlo, echó mano a una paila.
* -Qué te pa está haciendo otra vez acá, chiquilín sinvergüenzo. Vaye, o te rompo tu cabeza.
* Miguelí avanzó unos pasos, listo para la esquivada, aguantando la risa, sin responder a la algazara con que lo recibían los peones.
* -Ña Candé, dame na un chipaí -suplicó, humilde- vos que sos linda como el lucero cuando llueve.
* La cocina retumbó de risa.
* -Ni sin esperanza. Váyase de acá -aulló, paila en alto, reculando hacia el nido, mostrando los dientes como comadreja acorralada.
* -No vayas a enojarte, ña Candé, vas a quedar todo negra.
* Esquivó el pailazo que fue a dar sobre la mesa provocando desparramos.
* La farra era frecuente porque la cocinera de los peones tenía prohibición terminante de darle de comer, y Miguelí, por eso mismo, le hurtaba cuanto podía. Empezó a girar en torno a su víctima como cuzquito tigrero, esquivando mandobles de cucharón, retrucando con burlas la lluvia de improperios que le lanzaba la mujer, que, por lo demás, nunca lo delataba.
* -¡Siga pues, negra de bosta, molde de chancho!
* -¡Pipu'uuu! -aullaba la peonada.
* -Venime pues, negra hedionda, ojo de sapo, sudor de grasa.
* Así, hasta que la cocinera, ciega de ira, se lanzó a perseguirlo en torno a la mesa, soportando en las nalgas pellizcos de sus comensales. Era lo que esperaba Miguelí para apoderarse de las tortillas y escapar a la carrera. Doña Candelaria, más furiosa que nunca, salió al patio agitando el cucharón.
* -¡Guacho! -gritó-. ¡Guacho, hijo de puta!
* Pero Miguelí ya estaba lejos, repicándole en el alma aquel insulto inédito.
* -¡Guacho, guacho!
* Porque Miguelí sabía muy bien lo que era un guacho y la negra le tocó la llaga. Guacho él, Miguel Domínguez Insaurralde, el hijo preferido del patrón, de un gran señor, de un gran héroe. Negra bosta, negra hedionda, cara de breque, lengua de sapo. Tiró al diablo las tortillas y siguió corriendo. Corriendo con toda el alma, los labios prietos, huyendo de su angustia y su desdén por el mundo. Nunca iba a volver a Casa Grande. Se iría al Chaco, en el fondo, para hacerse cacique de una tribu de moros.
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Prólogo / Introducción
  • Primera parte - Pies Dobles
    - I - / - II - / - III - / - IV - / - V - / - VI - / - VII -
  • Segunda parte - La muy noble y muy ilustre
    - I - / - II - / - III - / - IV - / - V - - VI -
  • Tercera parte - El maestro
    - I - / - II - / - III - / - IV - / - V - / - VI - / - VII - / - VIII -
  • Cuarta parte - La paliza
    - I - / - II - / - III - / - IV - / - V - / - VI - / - VII -
  • Quinta parte - La guitarra
    - I - - II - / - III - / - IV - / - V - / - VI - / - VII -

Epílogo / Vocabulario.

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Enlace al CATÁLOGO POR AUTORES

del portal LITERATURA PARAGUAYA

de la BIBLIOTECA VIRTAL MIGUEL DE CERVANTES
en el
www.portalguarani.com

lunes, 21 de junio de 2010

JUAN BAUTISTA RIVAROLA MATTO - A MIGUEL ANGEL SOLER (POESÍA) / Fuente: POESÍA SOCIAL DEL PARAGUAY. Compilador: LUIS MARÍA MARTÍNEZ.

A MIGUEL ANGEL SOLER
Poesía de
JUAN BAUTISTA RIVAROLA MATTO
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
.
JUAN BAUTISTA RIVAROLA MATTO
1933-1991 : Periodista, narrador, ensayista y dramaturgo. Volvió del exilio en 1979.
Narrador destacado antes que nada. Novelas: "Yvypóra", "Santo de Guatambú", "Isla sin mar", "Diagonal de sangre", "La abuela de los bosques" (póstumo).
Teatro: "El niño santo", "Vida y muerte de Chirito Aldama".
Eminente escritor y combatiente revolucionario (Periódico Adelante, noviembre de 1991). Según manifestara el autor, poema dedicado:

A MIGUEL ANGEL SOLER
Ya no estás.
Tu sangre, cuajada en el cáliz,
sangra en el corazón de los valientes;
en el atardecer que sangra sobre el río;
en el grito del Hombre
sobre el surco que sangra en el palmar.

No busquemos imágenes consoladoras.
Sé que estás en la Nada,
en la esperanza trunca,
en el árbol caído,
en la simiente.
El dolor que desgarra con sus uñas de hierro,
duerme,
espera,
como el fuego en el leño.
Tu nombre,
¿para qué?
¿Qué es el nombre de un hombre?
Fuiste el Honor de un pueblo.
Basta.
(De la novela "La isla sin mar")
La expresión del Paraguay histórico y combativo,
en esfuerzo por su libertad y por su grandeza,
en la voz rumorosa de sus poetas.
Criterio Ediciones – Intercontinental Editora
Foto de tapa: Obra de ANDRÉS GUEVARA
Asunción-Paraguay 2005 (738 páginas)
.
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Amplio resumen de autores y obras
de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.

lunes, 10 de mayo de 2010

JUAN BAUTISTA RIVAROLA MATTO - DE CUANDO KARAI REY JUGÓ A LAS ESCONDIDAS / Versión digital: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES


DE CUANDO KARAI REY JUGÓ A LAS ESCONDIDAS
EN ESPAÑOL
Cuento de: JUAN BAUTISTA RIVAROLA MATTO
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

Versión digital de:
DE CUANDO KARAI REY JUGÓ A LAS ESCONDIDAS en
BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES
.
Para los niños de esta Patria que, como
Pychaichí, se levantó de sus cenizas
para enfrentar a caraí Rey

Los tiempos del cura mono
Era una vez una viejecita alegre y bondadosa que se llamaba doña Carmelita, que solía contar a los niños de esas cosas que pasaban en tiempos del Cura Mono. Dicen que cuando eso las plantas, los animales y la gente se entendían en una lengua muy de antes.
Aunque hayamos olvidado aquel antiquísimo idioma, dicen que hay todavía algunos niños tristes, con alma de huerfanitos, que suelen recordarla cuando parecieran mirar desde muy lejos las nubes anaranjadas del atardecer.
Cuentan que todo lo que había en aquel entonces, así fuera un pajarito, así fue la más humilde flor de una plantita; así fueran, como Pombero y Curupí, duendes salidos de Nosedónde tenían su propia leyenda para ser contada y contada mucho tiempo. Las cosas que no podían valerse por sí mismas tenían una abuelita cuidadora. Por eso, si rompías un juguete de puro cabezudo o destrozón, te salía sin falta la Abuela de los Juegos, que en guaraní se llamaba Neva'anga Jaryi, y te daba un gran susto.
Estaban también, entre los más famosos, Perurimá y Vyrorimá; caraí Paí y caraí Rey con su señora ña Reina y sus dos hijas doncellas llamadas dicen que «princesas».
También estaba Pychäichí, con sus dos hermanos mayores y su madrecita buena.
Pychäichí dicen que era un chico flaco y pálido, que dormía en la cocina, en el pozo de las cenizas. Por eso solían burlarse de él sus dos hermanos mayores, que eran varones bien crecidos.
Cuentan que la mamá de Pychäichí tenía, la pobre, esa magia chiquitita a la que llaman «modo», y que usaba para hacer alcanzar a sus hijos cualquier cosa.
Ahora vamos a contar, igual que como lo contaba doña Carmelita, lo que les pasó a Pychäichí y a sus dos hermanos mayores, cuando, validos de la pequeña magia de su madre, se pusieron a jugar a las escondidas con caraí Rey.
.
- I -
El libro de los encantamientos llenos de trampas y entrelíneas
Dicen que dicen que decían que hubo un tiempo en que todas las cosas, una encima de la otra, le salían bien a caraí Rey.
Se hizo dueño del más grande de los bosques. Cuando salía a cazar, antes de ir ya sabía dónde iba a encontrar los venados más gordos sin tener necesidad de andar buscando las huellas. Si largaba un tiro cuando erraba peor acertaba en un ojo.
Eran suyos los mejores campos, que se extendían más allá de toda vista. Allí se criaban, como para no acabar nunca de contarlos, vacas, ovejas, burros, mulas, y los caballos más veloces, que bebían en un lago hondo y largo que nunca se secaba y terminaba allá por el Confín del Mundo.
En el fondo del patio de la Casa Grande los chanchos eran como bueyes gordos. Las gallinas crecían como avestruces y ponían huevos de seguido a lo largo del tiempo del calor y del tiempo del frío.
En los alrededores de la Casa Grande, brotaban, florecían y maduraban sus sembrados, sin que se le secara ni una sola plantita. De las cáscaras de las sandías de su chacra mandaba hacer canoas que podían cruzar el mar. Las raíces de mandioca salían gruesas como troncos de timbó.
Una sola hoja de sus plantas de tabaco bastaba para darle sombra en el palco cuando iba a las corridas de toros, así se sentaran a su lado ña Peina, su esposa, las dos hijas princesas y los grandes personajes que de lejos venían para alegrarlo y ponderarlo.
Los platos y cubiertos de su mesa eran de plata y oro. Tenía muchísimos cofres repletos de joyas. En canastos guardaba el producto de la venta de sus mercancías, y a veces desparramaba por el patio onzas de oro para que tomaran sol. Cuentan que entonces caraí Rey solía jugar al toky con sus pajes.
Andaba por el valle una murmuración que decía que esa suerte encimada que le alcanzó a caraí Rey le llegó mediante el «Libro de los encantamientos, grande y de letras chiquititas» que le cambiara a un indio sabio por un pedazo de chipá caburé. Cuando quería saber alguna cosa, así fuera el parejero que se iba a adelantar en las carreras, le preguntaba nomás al Libro Grande, se enhorcajaba los anteojos en las narices, abría el libro en cualquier parte y allí encontraba la respuesta a su pregunta.
Caraí Rey parecía vivir en manos del contento. Por demás tenía sirvientes como para andar él mismo agachándose para carpir la chacra. Encima no había gran cosa que lo pudiera animar para el trabajo, si hasta hipos tenía de tan lleno que estaba.
Coloradote, sanote, blancote, gordote, se pasaba en la sombra el santo día mateando, tererereando, comiendo, pitando, aperitando, retorciéndose el dedo gordo del pie y dando grandes bostezos.
Pero allá en el fondo no se hallaba más. No tenía ánimos, aburrido de hacer nada. Así fue como le entraron en la cabeza antojos de chiquilín y le dijo a la Reina, su señora:
-Ando con ganas de jugar a las escondidas.
-¡Ya pues entonces estás del todo loco! -le replicó la señora.
Se enojó caraí Rey y medio se levantó pesado torpe para pegarla por su atrevimiento. Ella nomás se apartó un poquitito y lo retó otra vez:
-¡Pero cómo quiero ver a un gran señor como tú corriendo a alguno por el patio y buscándolo detrás del horno!
«Eso es verdad -pensó caraí, Rey y se sentó otra vez, haciéndose ya nomás el enojado-. No hay caso de pasar vergüenza y andar para la risa en boca de los sirvientes. Si he de jugar, mi juego ha de ser famoso y grande».
Entonces lo llamó al Poromomarandujara para decirle:
-Anda por el pueblo y sus alrededores y al que quiera saber hazle que sepa: al que juegue conmigo a las escondidas, si no lo encuentro le daré mis tierras partidas por la mitad con todos los animales que haya adentro; pero, si lo encuentro, mandaré que le corten la cabeza.

- II -
El mayor de los hermanos de Pychäichí

En tiempos del Cura Mono, cuando había algo de lo que tenía que enterarse todo el mundo, se adelantaba un tocado de tambor que iba haciendo barullo hasta que se juntara la gente que hubiera por ahí para escuchar al Poromomarandujara. Dicen que aquella vez anduvo este pregonero de caraí Rey gritando hasta romperse toda la garganta:
-¡Quién! ¡Quién quisiera jugar a las escondidas con nuestro tan querido caraí Rey!
No había quien quisiera ponerse porque se oía que el «Libro de los encantamientos grande y de letras chiquititas» le iba a contar sin falta a caraí Rey el lugar donde se escondieran. Encima caraí Rey tenía su famita de tramposo.
Por eso al Poromomarandujara ya le estaba por sangrar la boca de tanto gritar de balde por ahí cuando el mayor de los hermanos de Pychäichí al ver a la mamá que volvía de ordeñar las vacas por un capi-i-pyrtändytal, la atajó en el cruce del camino y le dijo:
-Dame un «modo» para que me pueda esconder de caraí Rey donde no pueda encontrarme.
Se agachó nomás la pobre viejita y arrancó tres florcitas amarillas de capi-i-pytä y se las dio al mayor de sus hijos. Él las guardó en el sombrero y fue con ellas a decirle a caraí Rey:
-Yo me esconderé de ti donde no puedas encontrarme.
-Bien, lo veremos -dijo caraí Rey-. Si es así de veras he de darte mis tierras partidas, por la mitad con todos los animales que haya adentro; pero, si te encuentro mandaré que te corten la cabeza. Escribe tu nombre en este papel y démosnos la palabra.
En acabando de escribir comenzó ya a esconderse el mayor de los hermanos de Pychäichí:
El que ante caraí Rey fuera un mozo alto y parejo se volvió un teyú-guasú.
Al salir por la puerta se convirtió en apereá.
Por el patio ya vemos saltando un conejo.
Por el campo corrió, la cola al viento, un zorro comedor de gallinas.
Corriendo y corriendo alcanzó el Confín del Mundo, donde acaban todos los campos. Se metió en un capi-i-pytändytal y se cambió en tres florcitas amarillas de capi-i-pytä.
Al amanecer del otro día, caraí Rey se levantó, se lavó la cara, desayunó grasiento, se fue a buscar el «Libro de los encantamientos, grande y de letras chiquititas» y le habló de esta manera:
-Un mozo alto y parejo se cambió en teyúguasú. Por la puerta ya salió un apereá. Por el patio ya saltaba un conejo. Por el campo corrió, la cola al viento, un zorro comedor de gallinas.
Se enhorcajó en la nariz los anteojos, abrió el Libro en cualquier parte y lo hizo hablar de esta manera:
«Corrió hasta el Confín del Mundo, donde acaban todos los campos; se metió en un capi-i-pytän-dytal y se cambió en tres florcitas amarillas de capi-i-pytä».
Caraí Rey llamó a sus sirvientes y esto les ordenó:
-Vayan hasta el Confín del Mundo, donde acaban todos los campos, y tráiganme tres florcitas de capi-i-pytä que van a encontrar allí sin falta.
Los sirvientes hicieron lo que les mandó su patrón y le trajeron tres florcitas de capi-i-pytä.
Caraí Rey mandó que las pusieran en el suelo y habló de esta manera:
-Vuelve a tu ser verdadero, mozo alto y parejo.
Y ahí nomás las tres florcitas amarillas cambiaron de vuelta en el mayor de los hermanos de Pychäichí.
-Has visto que de mí nadie puede esconderse -le dijo caraí Rey y mandó que le cortaran la cabeza.

- III -
El segundo de los hermanos mayores de Pychäichí
Cuando se supieron estas cosas se desparramó un gran miedo por el valle y ya no salió ninguno que quisiera bromear con caraí Rey.
Mientras tanto a caraí Rey le picaba todo de aburrido y solía decirle a ña Reina, su señora:
-¿Por qué será que esos muertos de hambre mezquinan tanto la cabeza?
Después de que pasó una luna larga volvió a llamar al Poromornarandujara para decirle:
-Anda por el pueblo y sus alrededores y al que quiera saber hazle que sepa: a quien juegue conmigo a las escondidas, si no lo encuentro le he de dar mis tierras partidas por la mitad con todos los animales que haya adentro, y le haré casar con la mayor de mis hijas princesas; pero, si lo encuentro mandaré que le corten la cabeza.
Y ya lo vemos otra vez al Poromomarandujara detrás del tocador de tambor, con las fibras del cuello para afuera, gritando hasta romperse toda la garganta:
-¡Quién! ¡Quién quisiera jugar a las escondidas con el tan querido y bondadoso caraí Rey!
Cuando ya le estaba por sangrar la boca, el segundo de los hermanos mayores de Pychäichí se fue a decirle a su mamá, que estaba lavando los platos:
-Dame un «modo» para que me pueda esconder de caraí Rey donde no pueda encontrarme.
Echó mano la viejita al fondo de una olla, alcanzó una espinita de pescado y se la dio al segundo de sus hijos mayores. Él la guardó detrás de la oreja y fue a decirle a caraí Rey:
-Yo me esconderé de ti de modo que no puedas encontrarme.
-Me parece muy bien -dijo caraí Rey disimulando una sonrisa-. Si no te encuentro de verdad, te daré mis tierras partidas por la mitad con todos los animales que haya adentro y te haré casar con la mayor de mis hijas princesas, pero, si te encuentro mandaré que te corten la cabeza.
Escribe tu nombre en este papel y démosnos la palabra.
En acabando de escribir comenzó ya a esconderse el segundo de los hermanos mayores de Pychäichí:
El que ante caraí Rey fuera un mozo fuerte y hermoso se cambió en una hedionda comadreja. Por la puerta ya salió un apereá. Por el patio saltaba ya un conejo. Por el campo corrió, la cola al viento, un zorro comedor de gallinas.
Corriendo y corriendo por la costa del lago alcanzó el Confín del Mundo, donde acaban todas las aguas; se tiró de cabeza entre las algas, se zambulló hasta el fondo del lago, se cambió en ñunundi'á, se tapó con el barro y se escondió calladito.
Al amanecer del otro día, caraí Rey se levantó, se lavó la cara, desayunó grasiento, buscó el «Libro de los encantamientos, grande y de letras chiquititas» y le habló de esta manera:
-Un mozo fuerte y hermoso se cambió en una hedionda comadreja. Por la puerta salió un apereá. Por el patio saltaba ya un conejo. Por el campo corrió, la cola al viento, un zorro comedor de gallinas.
Se enhorcajó en la nariz los anteojos, abrió el libro en cualquier parte y lo hizo hablar de esta manera:
«Corrió hasta el Confín del Mundo, donde acaban todas las aguas; se tiró entre unas algas, se zambulló hasta el fondo del lago y allí se cambió en ñuriundi'á. Morderá un anzuelo de plata».
Caraí Rey llamó a sus sirvientes y esto les ordenó:
-Vayan hasta el Confín del Mundo, donde acaban todas las aguas; echen al fondo del lago, entre las algas, este anzuelo de plata y tráiganme un ñunundi'á que van a pescar allí sin falta.
Los sirvientes hicieron lo que les mandó su patrón y volvieron con el pescado. Caraí Rey mandó que lo pusieran en el suelo y habló de esta manera:
-Vuelve a tu ser verdadero, mozo fuerte y hermoso.
Y ahí nomás el ñunundi'á se cambió de vuelta en el segundo de los hermanos mayores de Pychäichí.
-Ya viste que de mí nadie puede esconderse- le dijo caraí Rey y mandó que le cortaran la cabeza.

- IV -
Pychäichí se levanta del pozo de cenizas
Cuando estas cosas se supieron se desparramó un aún más grande miedo por el valle, y caraí Rey no encontró más compañeros de juego. Al pobre le picaba todo aburrido y solía decirle a ña Reina, su señora:
-¿Qué más podría ofrecerles a estos tontos para que apuesten la cabeza jugando a las escondidas?
Después de que pasaron cuatro lunas largas ya no pudo aguantar más y volvió a llamar al Poromomarandujara para decirle:
-Anda por el pueblo y sus alrededores y a quien quiera saber hazle que sepa: al que juegue conmigo a las escondidas, si no lo encuentro le daré todo cuanto poseo partido por la mitad y le casaré con la menor de mis hijas princesas; pero, si lo encuentro mandaré que le corten la cabeza.
Y ya lo vemos otra vez al Poromomarandujara detrás del tocador de tambor, con las fibras del cuello, inflado como un coto, para afuera, gritando hasta romperse toda la garganta:
-¡Quién! ¡Quién quisiera jugar a las escondidas con el tan querido, tan bueno y generoso caraí Rey!
Como nadie quería entrar en juegos tan pesados con hombre de tanto látigo, anduvo el pobre mucho tiempo con la boca sangrando de tanto gritar de balde por ahí hasta que se levantó Pychäichí de su pozo de cenizas diciéndose a sí mismo:
-¡Caraí Rey también ha de tener huecos entre las costillas!
Entonces fue a decirle a su mamá que estaba cosiendo unas ropitas todas rotas:
-Dame un «modo» para que pueda esconderme de caraí Rey como no pueda encontrarme.
La pobre viejita lo bendijo y le dio una agujita finita que tenía en la mano. Pychäichí la clavó en la cola de la camisa y fue a decirle a caraí Rey:
-Yo me esconderé de ti de modo que no puedas encontrarme.
-¡Dónde vas a esconderte de mí, chiquilín arruinado, ceniciento, alimento de piques! -se enojó caraí Rey creyendo que alguien había mandado a aquel muchacho infeliz para burlarse de él-. ¡Mándate a mudar antes de que te den una paliza!
Como a Pychäichí no le temblaron los talones, caraí Rey se frotó las manos, sonrió torcido y preguntó:
-¿O es que quieres que sin falta te corten la cabeza como a tus dos hermanos mayores?
-No alarguemos la cosa -se agrandó Pychäichí-. Estira si que tu papel y démosnos la palabra.
-Como quieras -dijo entre grandes risas caraí Rey-. Si no te encuentro te daré todo cuanto tengo partido por la mitad y te casarás con la menor de mis hijas princesas; pero, si te encuentro, te haré dar una paliza de caballería y mandaré que te corten la cabeza. Escribe tu nombre en este papel y démosnos la palabra.
En acabando de escribir ya empezó a esconderse Pychäichí:
Quien ante caraí Rey fuera un chico flaco de ojos llorosientos se mudó en un monito miriquiná.
Por la puerta salió un apereá.
Por el patio saltaba ya un conejo.
Por el campo corrió, la cola al viento, un zorro comedor de gallinas.
Corriendo y corriendo por el medio del monte alcanzó el Confín del Mundo, donde acaban todos los bosques.
Allí se mudó en una agujita finita y fue a clavarse bajo la corteza de un yvyra-pytä que alzaba la copa hasta las nubes.
Allí comprendió que había hecho no más que sus hermanos y le entró un chucho de miedo:
-El libro de los encantamientos, grande y de letras chiquititas le va a contar sin falta a caraí Rey dónde estoy escondido. Me darán una paliza de caballería y encima van a cortarme la cabeza -lloró a gritos Pychäichí- ¿Habrá alguien por aquí que quiera y pueda ayudarme?
Oyó la voz finita de la agujita un ypekü, que así se llama el pájaro carpintero, que andaba picoteando debajo de la corteza de ese árbol en busca de comida. Le tuvo compasión y dijo:
-Deja de tener miedo, yo te ayudaré.
Y con decirlo arrancó la agujita finita y la clavó bajo un ala.
Allí la agujita se cambió en una plumita.
Entonces el ypekü voló hasta la Casa Grande de caraí Rey.
Entró en su habitación, y al oír que roncaba, se sacó la plumita y la escondió en un bolsillo de los pantalones del dueño de casa.
Después de hacer todas estas cosas, voló y se fue al Confín del Mundo, donde acaban los bosques, a cuidar de su nidito.
Así se cuenta, y así nomás debió haber ocurrido dicen que en tiempos del Cura Mono.

- V -
Lo que paso el otro día

Al amanecer del otro día, caraí Rey se levantó, se lavó la cara, desayunó grasiento, buscó el «Libro de los encantamientos, grande y de letras chiquititas» y le habló de esta manera:
-Pychäichí se cambió en monito miriquiná. Por la puerta ya salió un apereá. Por el patio saltaba ya un conejo. Por el campo corrió, la cola al viento, un zorro comedor de gallinas.
Se enhorcajó en la nariz los anteojos, abrió el libro en cualquier parte y lo hizo hablar de esta manera:
«Corrió por el medio del bosque hasta el Confín del Mundo, donde acaban todos los bosques; se cambió en una agujita y fue a clavarse bajo la corteza del Yvyra-pytä que levanta su copa hasta las nubes».
Caraí Rey llamó a sus sirvientes y esto les ordenó:
-Vayan hasta el Confín del Mundo, donde acaban todos los bosques; quemen ese yvyra-pytä que levanta la copa hasta las nubes; pasen las cenizas por el cedazo y tráiganme una agujita finita que van a encontrar allí sin falta.
Los sirvientes hicieron lo que les mandó su patrón y no encontraron nada. Muertos de miedo, colgantes las narices, volvieron a contarle a caraí Rey.
-¡Mandaré que les corten a todos la cabeza! -rugió caraí Rey.
Y allí se oyó la risa finita de Pychäichí, que era como la voz de una plumita y parecía salir de Nosedónde.
Lo buscaron por todas partes. Dieron vueltas y vueltas y más vueltas hasta quedar todos mareados. Caraí Rey no aguantó más y gritó quejumbroso, en castellano:
-¡Pido, pido!
Sólo le respondió la risa finita de la plumita que parecía salir de Nosedónde.
Entonces caraí Rey dijo ya muy dulcemente:
-¡Vuelve a tu ser verdadero, mi hijito Pychäichí!
-¡Ni por nada! -se oyó la voz finita de Pychäichí-. A mí no me harás caer en una trampa. Llama a caraí Paí, a caraí Alcalde y a caraí Alguacil para que pongan sus nombres junto al suyo en el papel, ante caraí Escribano y bajo el «Sello de España».
Aunque caraí Rey no quería dar nada, tenía que hacer solamente como ordenaba Pychäichí si quería saber cómo ese chicuelo raquítico supo esconderse de él y engañar al libro sabio.
Así, después de esos que se dicen personajes se hubieron reunido y escrito sus nombres junto al nombre de caraí Rey, bajo el «Sello de España» y ante caraí Escribano, salió a volar de uno de los bolsillos de caraí Rey una plumita de ypekü; flotó un momento ante ellos en el aire y se convirtió de nuevo en Pychäichí.
-¡Este soy yo! -gritó, y agarrando el papel escrito que estaba sobre la mesa, escapó a la espera de que le pasara la rabia a caraí Rey.
Conforme a su costumbre, Pychäichí se fue y no volvió más. Dicen que desde entonces caraí Rey vive con miedo de que alguna vez vuelva ese chico a reclamar lo suyo.
Encima se pichó y no quiso jugar más a las escondidas.
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Versión digital:
KARAI RÉI OHA'ÂRAMOGUARE TUKA'Ê KAÑY
En Guarani
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sábado, 27 de marzo de 2010

ALCIBIADES GONZÁLEZ DELVALLE - FUNCIÓN PATRONAL: NOVELA - Comentario: JUAN BAUTISTA RIVAROLO MATTO /Ed. digital:BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES


Edición digital:
Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001
N. sobre edición original:
Edición digital a partir de la de Paraguay,
Ediciones NAPA, 1980.

COMENTARIO

** «Este año tendremos una función distinta» vaticina el sastre, en los primeros párrafos de la novela, al ver pasar a Mary, una prostituta a quien ha conocido en la capital y que viene al pueblo con intenciones de ejercer su profesión.
** La novela nos cuenta lo ocurrido, a partir de ese momento, en un pueblo de campaña en la semana que precede a la función del santo patrono. No se distrae en la descripción de las escenas pintorescas que suelen amenizar las funciones patronales. En rigor, el pueblo nos parece un poco raro, imposible, y así tiene que ser, porque no existe. O, mejor dicho, sólo existe en la novela. Es una caricatura, una metáfora, que sugiere una realidad más amplia, más profunda, más compleja.
** El relato gira en torno a un viejo conflicto que divide a los habitantes en bandos antagónicos y que alcanza su desenlace, al menos provisorio, un día antes de la ceremonia principal.
** Se enfrentan dos corrientes de opinión agrupadas en torno a dos equipos de fútbol: el Sport Fariña y el Porvenir, el primero dirigido por ña Pastorita Gamarra y el segundo bajo la presidencia de Tío Ra. La rivalidad no se reduce a la emulación deportiva, sino que abarca todos los capítulos de la vida del pueblo. A través de las tribulaciones de una pintoresca galería de personajes, se van descubriendo las causas del antagonismo, que no son tan mezquinas e insignificantes como aparecen a primera vista.
** En el curso del relato se interpolan algunos episodios que parecieran no tener nada que ver con el argumento principal, como son, entre otros la historia del loco al que no le entran balas y la del payesero que no podía morir. Sin embargo, son como indagaciones, como incursiones en las profundidades, que nos dan indicios del sentido de la obra. El loco lanza una tremenda acusación y aterradoras amenazas dirigidas al fondo de la conciencia de sus interlocutores. El payesero insinúa, a través de su propio drama, que el pueblo sigue vivo solamente por un capricho de la muerte, que se hace la distraída.
** Sin embargo, el pueblo que nos describe la novela no está muerto. Los motivos que le dan vida y dinamismo parecen insignificantes. Un partido de fútbol, la llegada de Mary, las indiscreciones del compuestero la absurda muerte de Rigó, el privilegio de vestir a San Lorenzo para la fiesta patronal, los globos de Tío Ra, lo mantienen en constante agitación. El Tío Ra ha reemplazado el espejo de su peluquería por un pizarrón, en que denuncia los abusos de las autoridades, movidas a su vez por los tejemanejes de ña Pastorita. Los argumentos y el lenguaje que se esgrimen en las disputas tienen un trasfondo satírico directo, que los hacen trascender la anécdota. En cuanto a Tío Ra, empecinado en enviar globos a otros mundos, consigue elevarse por encima de todas las limitaciones, miserias y derrotas, con un acto que tiene la sugerencia del símbolo.
** Función patronal está muy cerca de la corriente popular de nuestra literatura, pero ya fuera de su cauce. El lenguaje está lejos de ser pulido, literario, pero se adapta a su objeto. No emplea los giros del castellano popular, sino el idioma de los diarios, de las radios, de los discursos políticos y de circunstancia, lleno de frases hechas, enumeraciones, repeticiones y hasta vulgaridades. Con este desafinado instrumento el autor consigue crear un clima de irrealidad, que induce a pensar que el pueblito en cuestión, donde se desarrolla la novela, y cuyo nombre no aparece en ningún lado, extiende sus límites hasta abarcar el Paraguay entero.
** La novela deslumbra por su originalidad. Y tiene encanto, cualidad preciosa y poco frecuente en la literatura. El autor, dramaturgo y periodista, se lanza a la narrativa con total desparpajo, llevándose todo por delante. Su estilo descuidado, atropellado, avanza a empellones a través de hechos y más hechos sin dar respiro al lector, quien pronto advierte que esta acumulación caótica obedece a una segura intuición que acaba por dar al relato su sentido completo. Como toda buena novela. «Función patronal» es una frase que comienza en la primera línea y se cierra en la última. Nada falta, nada sobra. Todo está dicho, y dicho de una manera ruda, directa, que puede hacer perder los estribos al menos pedante de los profesores de preceptiva literaria. Pareciera que el autor no quiere o no puede detenerse en tales fruslerías. En el fondo es un compuestero que echa mano a todo lo que tiene a su alcance con tal de que convenga a su historia o le sirva para completar un verso. La novela está cargada de humor y de vigor; de valiente testimonio y de intrépida denuncia. De Alcibíades González Delvalle puede decirse lo que Onetti dice de Roberto Arlt: no es un literato, es simplemente un escritor.
** Función patronal es un valioso documento de nuestra realidad vital y de la proyección de la misma en la literatura paraguaya, a la que creemos en camino de convertirse en una de las más ricas y originales de América. Como ya ocurrió con la generación del 900, es una palanca poderosa para la resurrección moral de nuestro pueblo.
JUAN BAUTISTA RIVAROLA MATTO
**/**

FUNCIÓN PATRONAL


** Envuelto en el viento norte de agosto, que llenaba de arenilla las casas y los árboles y de mal humor a las personas, una semana antes de la función patronal llegó al pueblo el parque de diversiones. Su presencia era el anuncio inapelable de la proximidad de las fiestas. Mientras los hombres bajaban a pulso los esqueletos de la calesita, de las casillas y de los entretenimientos, las mujeres hacían hervir la comida en el suelo rodeadas de sus hijos pequeños, que lloraban de memoria. A las pocas horas, un costado de la plaza quedó cubierto de toldos con paredes y techos de pirí, retazos de carpas y de coloridas telas. Pronto estarían llenos de baratijas, frituras y bebidas. Los primeros visitantes del parque fueron los perros, que se pusieron a disputar ruidosamente los residuos de comidas esparcidos en el suelo. Los altoparlantes funcionaron enseguida con descoloridas polkas, mientras una voz arrugada invitaba al pueblo a pasar un sano esparcimiento.
** En el patio de su casa, a la sombra de un mangal, Cándido Ramírez, el sastre, se disponía a merendar. Al sentarse, los altoparlantes le dieron la evidencia de la llegada puntual de la función patronal. Esto le puso irritable y le quitó el hambre que estaba echando raíces en su estómago. Ocupado en otros asuntos, todavía no había cortado las telas para los trajes que se había comprometido a confeccionar.
** -Te venía diciendo que te pasará lo del año pasado -le gruñó la mujer.
** ¡Carajo! fue la respuesta del sastre, quien se perdió en una pieza pequeña y húmeda que le servía de taller. Mientras miraba la pila de telas, recordó que el año anterior, por incumplimiento de un pedido, estuvo una semana preso, cuando la orden inicial era sólo de dos días. Pero hubo complicaciones. Al Jefe de Correos, sobrino de ña Pastorita, se le partió en dos el saco que le había prestado su hermano menor, porque el suyo no terminó de confeccionarse. El accidente ocurrió durante el baile oficial, al inicio de un tango. En el instante preciso en que comenzaba a ostentar su habilidad, encaramado a una maestra recién llegada al pueblo, sintió a sus espaldas un crujido que hizo eco en todo su cuerpo y por varios años habría de quedar clavado en sus pensamientos. En el pueblo se murmuraba que la detención del sastre se prolongó no tanto por su informalidad ni por el episodio del saco prestado, sino porque la obligada deserción del jefe de correos fue utilizada por el secretario municipal para disfrutar de los encantos de la maestra.
** Hostigado por la premura del tiempo y por la humedad, el sastre rodó una silla, recostándola por la pared. Con las piernas cruzadas hizo la promesa de no levantarse hasta dar la última puntada al último traje.
** El Pa'í Ramón ordenó el toque de campana para dar comienzo a la novena. Fue cuando el sastre dejó su labor para mirar sorprendido a una mujer que apareció en la esquina.
** -María -le gritó a su esposa-, este año tendremos una función patronal distinta.
** -¿Por qué? -dijo la mujer, mientras pelaba mandioca en la cocina.
** -¿Te acordás de Mary? Ésa que fue inquilina de tu hermano en Asunción.
** -¿Qué tiene?
** -Está aquí.
** De la cocina llegó un ruido, como de algo pesado que se caía.
** El sastre siguió mirando a la mujer, que caminaba por la calle principal con la indiferencia concebida para que se la viese toda entera, toda chusca, toda ella, con su vestido de percal y una sonrisa que se acomodó seguramente al término de varios ensayos delante del espejo. Cuando llegó al final de la calle con sus pasos cortos, rítmicos, estimulantes, se detuvo el instante exacto para que el pueblo se preguntara dónde iría. Con la misma indolencia aprendida, retornó por la calle principal en medio de dos hileras de ojos aturdidos, de caras asombradas, adheridas a las puertas y ventanas entreabiertas. Un zumbido de preguntas se escapaba de las casas. ¿Quién era ella? ¿La esposa o quién sabe qué del dueño del parque de diversiones? Nunca había llegado al pueblo una mujer con tanto desenfado, con tantos colores en la cara, en las cejas, en los ojos, en las uñas. Las mujeres se santiguaban a su paso con un sonoro ¡Jesús!, y a los hombres le estallaban por los ojos la admiración y el pasmo por ese arco iris, árbol de navidad, pavo real con falda y tacos altos. Por fin dobló una esquina. Fue en ese momento que se escucharon las primeras campanadas de la novena.
** Al término del rezo le esperaba otra sorpresa al pueblo. La muchacha recién venida estaba ya alojada en una casa de dos piezas y corredor, ubicada al costado de la iglesia, propiedad del presidente de la Junta Municipal.


Atención pido señores
un momento de atención
la historia de un triste caso
escuchen los contaré.

** Y Nicanor Paredes, el compuestero, cantaba rodeado de varios hombres, entre quienes corría un vaso de caña, nunca vacío. Todos estaban roncos de hablar y de reírse; tenían la voz falsamente grave y quebradiza; los ojos, de un rojo intenso, se extraviaban buscando nada. Los casos que contaba el compuestero mantenían despiertos y vivaces a sus oyentes, quienes regalaban interminablemente tragos al músico.
** Después de saborear lo que dijo sería el último trago, el compuestero se limpió la boca con la palma de la mano en el pantalón. Enseguida arrancó la música, con débiles aplausos de sus oyentes -cada vez menos porque se iban cayendo. Contó el caso de dos hermanas a quienes el tiempo las había hecho idénticas. Andaban siempre juntas, tanto que si una sola de ellas caminaba por el pueblo, la gente decía: allí vienen o allí van. Todos los domingos, en misa de cinco, la una tocaba el armonio y la otra cantaba. La casa que habitaban tenía un enorme patio con algunos árboles frutales. En el centro del patio, sobre la calle, estaban las dos piezas. En una de ellas sobresalía un enorme nicho que guardaba la imagen de un santo, alumbrado todas las noches por dos velas de sebo. Esta misma pieza les servía de dormitorio. La otra estaba demás. En un tiempo fue recibidor. La última visita había sido la de un cadete, que estuvo sentado un instante en un sillón prestado. Fue en los tiempos en que todavía era posible distinguir una hermana de la otra. El cadete había llegado por la menor y más hermosa de ellas.
** Al hacer una pausa, el compuestero fue convidado con un trago de caña. En el suelo había cuatro hombres durmiendo plácidamente con las piernas y los brazos extendidos. Uno de ellos estaba acostado sobre sus orines, con la cara sonriente. Aún dormido, parecía compartir la alegría sin motivo de quienes estaban despiertos.
** Al compuestero ya no le salía la voz sino que estaba dándosele vueltas en la garganta. El cadete fue recibido por la madre y la hermana de la novia, rodeado del tenso silencio de los familiares y amigos de los dueños de casa. Las dos mujeres estaban frías y pálidas y el cadete amable, suelto, cordial. Dio su nombre con voz dulce y presencia decidida. Como ya se habló de qué calor está haciendo y no tardará en llover y qué lindo había sido el pueblo, el visitante interrumpió la charla porque deseó saber dónde está ella, por qué no viene aquí. Mire, joven, mi hermana está indispuesta. Perdónela pero sería mejor que regresara usted. Hoy no será posible verla. Y el cadete se puso de pie. Fue cuando la madre tuvo un ataque y quedó con los ojos duros. El visitante no deseó más explicaciones y montó su alazán, que lo llevó para siempre. En la pieza estaba la novia llorando sin lágrimas en brazos de una amiga. Su nuevo y único vestido mostraba en la falda un enorme círculo negro. Mientras se maquillaba, una de las velas se había caído quemándole la ropa. Pero no fue accidente. Su hermana lo había hecho adrede para no quedarse sola, para tener compañía en la devota tarea de vestir al santo patrono cada año, en punto.
** Terminado el rezo, el parque de diversiones se desbordó de gente. Al cabo de un año, el pueblo salió de nuevo a retozar; era como si saliese el sol después de un año de tiempo gris. La gente, con su ropa nueva y las diversiones del parque, tenía la sensación de llevar el espíritu envuelto en cintas de color. De pronto se vació la calesita y las mesas de lotería quedaron desiertas. El compuestero silenció su guitarra al quedarse solo. Mary, envuelta en pantalones rojos, la cabellera al viento, con la mirada a punto de caerse de languidez, la sonrisa que parecía haberse traído en la valija, y luego aplicada en la oscuridad sin haberla planchado, como sus pantalones, hizo su aparición. Dio una vuelta. Media vuelta. Un cuarto de vuelta. No se fijaba en nadie. Parecía no existir sino ella sola aquí en la tierra como en el cielo. No veía a la gente que, con los ojos, enormes, se abría a sus pasos. No sintió el tumulto de los perros que se mordían por algo. No escuchó el piropo que alguien le obsequió, ni puso atención a la risa que estalló por una frase dedicada a la parte más saliente de su anatomía. Estuvo ajena a los gritos de una revendedora que fue saqueada durante su embeleso. No percibió que alguien la llamó puta cuando desparramó por el suelo chipas y butifarras, al pisar un canasto. No vio una zanja que estaba por ahí y no sintió cuando rodó por el suelo, donde quedó inhumada debajo de una infinidad de risas y miradas.
** -Te dije que tendríamos un año distinto -dijo el sastre a su mujer mientras abotonaba un pantalón.
** -Esa mujer tiene más gente que San Lorenzo -le contestó su esposa desde la cocina, donde quemaba azúcar para el cocido.
** -Lo que pasa es que en este pueblo nadie vio una puta -sentenció el sastre yendo a la cocina.

** -¡Este castigo nos faltaba! -se lamentó Julia Aldana, al saber la presencia y ocupación de Mary-, ¿Qué hacen las autoridades?
** -Tenemos que mandarla de vuelta -dijo Tío Ra, mientras repasaba su invento-. Esa mujer se aliará con las autoridades y luego este pueblo se llenará de putas. Y para peor, se las explotará en beneficio de otros.
** -¿Qué te parece? -le dijo a su esposa Julián, el violinista, mirando pasar a Mary.
** -Que no te hagas ilusiones -le replicó la mujer, con desconocida aspereza.
** -¡El fin del mundo está cerca! -anunció ña Luisa ciega, prima de Tío Ra.
** -¿Nombre?
** -Nicanor Paredes.
** -¿Profesión?
** -Compuestero -contestó seguro mientras veía pasar a un preso con la cabeza pelada.
** -¿Qué es eso?
** -Contar con la guitarra un sucedido.
** -¡O una calumnia! La calumnia es un delito muy grave, mi amigo.
** -Sí, comisario. Pero a veces llaman calumnia a la verdad que duele. En este caso...
** Y se calló. Le distrajo el preso de la cabeza pelada. Estaba caído en el suelo después de no se sabe cuantas flexiones. Para obligarle a ponerse de pie, el sargento le derramó un jarro de agua.
** -¡Viva el partido liberal! -gritó el preso con todas sus fuerzas.
** -Compuestero... -dijo vagamente el comisario mientras golpeaba la mesa con el lápiz. Por la ventana de gruesos barrotes entraba la música del altoparlante instalado en la iglesia-. La calumnia es un delito muy grave, mi amigo -repitió el custodio de la tranquilidad y el orden.
** -Yo no tengo intención de calumniar, señor comisario. En este caso le puse música a una historia que me contaron.
** -¡A una historia inventada! ¡A un cuento para manchar la honra de una pobre mujer! La señorita Aldana es una señora de bien. En los pocos meses que estoy aquí no la he visto sino andar por la iglesia cuidando a los santos. Y si alguna vez tuvo un novio cadete, y el cadete le hizo lo que le hizo, no solamente es una cuestión privada sino un drama al que se debe poner lágrimas y no música.
** En esto el compuestero vio que el sargento vaciaba otro jarro de agua en la cara del detenido. Éste se levantó de un salto y gritó a todo pulmón, «¡Viva el partido colorado!». Se puso de nuevo a hacer flexiones

** -¿Quién le contó a usted esa calumnia? -dijo el comisario haciendo rayas en la mesa-, la señorita Julia Aldana me daba lástima mientras hacía la denuncia. Estoy de acuerdo con ella en que solamente alguien con mucho odio podía así jugar con su honra. ¿Cómo se llama ese alguien?
** -No recuerdo -contestó el compuestero-. Es que no me viene... tengo su nombre aquí, en la punta de la lengua.
** -Escupa.
** Y el compuestero escupió. En el piso de tierra, entre la saliva, apareció un nombre bordeado de arenillas. El comisario leyó «Pastorita Gamarra».
** -Y ¡ajá! -dijo el policía mientras borraba apresuradamente el nombre con la bota-. Esto es otra cosa. Me hubiera dicho, pues.
** -Estaba procurando...
** Calló la música del altoparlante y una voz chillona anunció el gran partido que sostendrán esta tarde los tradicionales rivales el Sport Fariña y Porvenir será un partido sen-sa-cio-nal cada verdadero deportista está obligado a alentar al equipo de sus amores esta tarde en la cancha del Sport recordamos también que pasado mañana será la gran presentación del mago Lin-Chu en las cómodas y amplias instalaciones del Sport con entradas populares recordamos también...
** Llegó una ráfaga de viento norte y sacó la voz del despacho del comisario. Éste dijo:
** -Bueno, váyase.
** -Gracias, señor comisario.
** Al salir, el compuestero escuchó una voz cansada que decía «¡Viva el partido febrerista!».
** La función patronal estaba en sus inicios. Junto con el novenario comenzó también a actuar el parque de diversiones. Nicanor Paredes, el compuestero, sería uno de los atractivos de la fiesta con sus relatos contados e inspirados en la vida real señoras y señores escuchen un retazo de la vida en la voz inconfundible de nuestro artista que este parque de diversiones ofrece en homenaje a este pueblo hospitalario y a su santo patrono para que nos derrame su bendición y reine siempre la paz en todos los hogares.
** -¡Amén! -dijo el coro de fieles cuando el Pa'í Ramón terminó el rosario. Se santiguaron y cada uno salió de la iglesia con una cara más bien seria. Más bien triste. Más bien horrorizada. El Pa'í Ramón tenía mucha habilidad para pintar el infierno en donde se irán ustedes a parar si continúan pecando. ¿Es que no pueden vivir en hermandad? ¿No pueden dejar el alcohol, la baraja, la mujer del prójimo? Mentira que Jesús haya bajado de la Cruz. Allí está. Cada día, cada minuto le estamos clavando por ese santo madero con nuestra conducta pecadora.
** Terminado el rezo, los altoparlantes del parque de diversiones comenzaron de nuevo a funcionar. Invitaban al pueblo en general a pasar un momento de sana expansión en compañía de los suyos y demás familiares a la vez de tener la posibilidad de ganar fabulosos premios si se divierte con nuestra lotería familiar.
** De la iglesia la gente salía para quedarse en el parque y admirar los desteñidos colores de la carpa de la calesita, sus caballos de madera, sus lánguidas vueltas. Suelta de tres, treinta y tres; solito el cinco; sesenta y dos; solito, pero solito el uno; el ochenta, ocho cero...
** -Pam... pam... pam...
** -Cuarenta y cinco; cuatro...
** -Chissss... altooo... ¡priiiiinnnn!
** -Golpeada la bolilla ochenta. No demarquen sus colecciones. Treinta y tres, sí; el cinco, sí; sesenta y dos no; es SETENTA y dos, siete y dos. Continúa la jugada.
** -¡Aña rakó!
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domingo, 7 de marzo de 2010

JUAN BAUTISTA RIVAROLA MATTO - MI CAPITÁN

JUAN BAUTISTA RIVAROLA MATTO
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
**/**
MI CAPITÁN
** El silbido intermitente de un ynambú-guasú se acercaba como enarcando el paso. Quedé quieto, al acecho, hundido en la hojarasca. Era un bosque sin trinos, algazara de loros ni aullar de carayaes. Como cobriza curiyú reptaba a mi lado un arroyuelo entre el verde oscurecido de culantrillos lánguidos. Me afirmé en las manos y moví lenta, muy lentamente la cabeza. Estaba allí, a tres pasos, grande, como un gallo. Contuve el ciego impulso de saltar. Se aireó las plumas; silbó, mostró el trasero. Lo vi alejarse en la claridad violeta del crepúsculo, Dejé caer la cabeza sobre el brazo, Sentí el gusto salado de mis lágrimas.
** Había corrido atropellando la maleza hasta caer extenuado. En el apuro, dejé caer mi fusil en el maizal. Desperté cuando la oscuridad comienza a salir de entre los árboles como un fantasma mudo. Tuve ganas de aullar de miedo y hambre. Pero al clamor acudirían demonios armados de cuchillos. Me sacarían los ojos y los dientes; me arrancarían el corazón; me arrojarían al río para derivar como escarmiento crucificado en maderos de jangada. Si me quedaba quieto me confundiría con la tierra hasta que me absorbieran las raíces y me llevaran poco a poco en la sangre de un árbol hasta alcanzar el sol. Sentí un inmenso alivio. Hasta que con el ynambú volvió silbando la esperanza. Era demasiado joven para aceptar la muerte, esa cosa absurda incomprensible, que le acontece a los demás.
** -¡Virgen de Caacupé, hazme que vuelva el condenado bicho!
** No volveré a dudar del poder de la oración. Otro silbido me anunció la inminencia del milagro. Mi fe se acrecentó al verlo multiplicado en un casal. El macho escarbaba y se apartaba cortés. Una prieta dama lo seguía picoteando la tierra en el sitio despejado. Estaban cerca, pero aún fuera de mi alcance.
** Me tuve que mover para afirmar el salto. El macho, alerta, hizo con el cogote un retorcido signo de interrogación. Algo le dijo a su pareja porque ella, dando un rodeo, se fue a beber en el arroyo mientras su concubino no me perdía de vista.
** Ni me recuerdo cómo fue que le agarré. Casi le clavo los dientes. La viuda escapaba en aspavientos, tratando de volar en su desesperación. Tuve ganas de gruñir. Sentí que odiaba al desgraciado ynambú que ya daba en mis manos sus postreras pataletas.
** Desplumé mal que mal al pobre bicho, lo destripé en el arroyo con el filoso cuchillo que aún conservo; lo atravesé con un palo; junté leña; cavé con el machete un pozo al pie de un árbol de salientes raíces para esconder lo más posible el fuego. Entonces me acordé de que no quedaban fósforos, pero sí algunos cartuchos de máuser en la bolsa de víveres. Los conté maquinalmente vaya uno a saber por qué. No alcanzaban a veinte. Eran todo mi parque. Aunque ya no tenía fusil me pesó malgastar uno. El capitán no lo hubiera permitido así tuviéramos que comer la carne cruda. Pero ahora estaba fuera de su alcance, libre por fin de la pesadilla de aquel hombre. Le saqué a un cartucho el proyectil; volqué la pólvora sobre un puñado de ramitas y hojas secas; golpeé el cuchillo en el machete hasta que salió una chispita y estalló la llamarada. Fue un momento feliz de mi existencia.
** El ynambú se asaba despidiendo un delicado olorcito. Sentado a la turca sobre mi manta extendida, disfruté de mi hambre como ante una mujer desnuda que nos pertenece. Ahí nomás se secaban mis destrozados zapatones reyunos. El fuego oreaba el tronco del árbol y chamuscaba las raíces. Alrededor, la oscuridad más negra. Me sentía contento y seguro. Era el comienzo del fin de la aventura. Meses y meses de derrota en derrota, de hambre en hambre; tiritando de frío, reventando de calor, comidos por garrapatas, uras, piojos, tábanos y mosquitos; acosados como bestias detrás de un loco empecinado sin qué ni para qué. Algunos desertaban o se pasaban al enemigo para servir de vaqueanos, pero eran los menos. Sabía muy bien que mientras viviera mi capitán me sería imposible abandonarlo. Muchas veces tuve ganas de pegarle un tiro. Pobre mi capitán tenía el vicio de .fumar y yo era propietario de una pipa. Cuando no había cigarros la llenaba con picaduras de puchos mezclados con espartillo y me acercaba a convidarlo. Se ponía contento como un chico. Pasando de boca a boca aquella porquería amanecíamos charlando. Así llegué a sentir su pensamiento, tal vez mezclado con saliva, pero no alcancé a comprenderlo hasta mucho después. "Si algo me pasa, quédate con mi libreta -me decía, golpeándose el bolsillo-; puede que tú la entiendas, conoces el contexto".
** Pasamos lo peor cuando nos embretaron entre un cerro y un pantano. Nos hicieron pedazos con morteros y aviones. Mandaron a la carga arruinados conscriptos reclutones, torpes y caprichosos. ¡Cuánta madre llorando en esos campos de Dios! Nos abrimos paso con granadas, tiros a quemarropa, enredados en lianas, macheteando tacuapíes, revolcados en la sangre y el horror en una suerte de locura entusiasta, embriagados con el frenesí de la batalla. Escapamos doce hombres, incluyendo a Pabla, que no tenía dos huevos sino cuatro. Pues bien, al capitán se le antojó mandar carnear un buey ajeno para celebrar el triunfo.
** -Compañeros, los dejamos atrás a esos hijos de la diabla. Necesitan tiempo para desplegar un nuevo dispositivo de cerco. Entre tanto nosotros marcharemos sobre la capital. ¡Animo muchachos, la victoria está cerca!
** ¡Hurra'aa!- gritamos, levantando los fusiles.
** ¿Quién se iba a animar a decirle que estaba más loco que una cabra? Así fue como vinimos a parar a la cordillera de Altos, a unas ocho leguas de Asunción, hambrientos y extenuados, mientras el enemigo nos buscaba en los confines del Amambay. El capitán ordenó un día completo de descanso antes de emprender las acciones decisivas que, según nos dijo, tenía planeadas. Nos mandó a Pabla, al viejo Atalaya, a Lucas Portillo y a mí a buscar choclos en un maizal que habíamos divisado desde un cerro. El sembrado estaba entre el monte y una huella de carretas. Lo prudente hubiera sido esperar que oscureciera, pero el hambre era mucha. Portillo y Atalaya se quedaron en el linde para vigilar, mientras Pabla y yo, con una bolsa de arpillera cada uno, nos arrastramos por los surcos. Eran crinudos choclos, de rozado, gordos, tiempos, olorosos. Como el fusil me estorbaba, lo dejé en el suelo para llenar mi bolsa lo antes posible.
** -No dejes tu fusil -me advirtió Pabla-, que si nos salen los fuerzas vas a correr en vez de usarlo.
** -¡No ha de!- le dije alegremente, pensando solo en la comida
** Me rebatió una línea de tiradores que se levantó de repente hacia el borde del camino y atropelló el maizal soplando fuego “¡Que los degüellen por la nuca!”, oí que bramaban entre la gritería. Para qué discutir con los maleducados. Salí inflando camisa sin sentir los talones.
** El pajarraco sin sal se me antojó delicioso. De sobremesa, cargué mi mixtura en mi cachimbo y me puse a reflexionar como un burgués ante la chimenea. Estaba solo, perdido, desarmado, pero dueño por fin de mi albedrío. A pocas leguas del lugar donde me encontraba según mis cálculos debía estar Caacupé. Con un poco de suerte muy pronto me hallaría a salvo en casa de mi hermana Ana María. Me imaginé bañado, despiojado, metido en una cama limpia, con el buche lleno de manjares exquisitos. Pero la conciencia, que no entiende razones, me dictaba otra cosa: buscar a Feliciano Palacios y acompañarlo hasta el límite de su locura. Fue lo que hice finalmente. Pero no tuve suerte. Cuando encontré el campamento mi capitán ya se habla ido.
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** Hamacaba a uno mi hermanito que estaba en un canasto colgado del techo -me dijo Martina y evoqué a una niña de ojos asombrados-. Madre había prendido una vela a los santos del nicho. Una hilera de chiquilines se chupaba los mocos. Madre los había echado muchas veces. Ellos volvían como alunados a mirar por la mujer tendida en la cama grande. Más que una mujer parecía un indio de tetillas chupadas como hollejos vacíos o un Cristo de palosanto recién bajarlo de la cruz por María Magdalena. "Le dije bien -decía y decía- no vaye, no vaye a dejar que tu fusil". La trajeron unos zaparrastrosos llenos de llagas y tumefacciones, meados por los zorrinos, que para nada ponderaban por los ladridos del perro. Tenía un agujerito en el pecho y un agujerote en la espalda. La bala la bandeó. Madre le limpió la mugre, le lavó las heridas con tapecué y salmuera, las cubrió con papel de astrasa y miel de abeja, la vendó con lienzos calentados con la plancha. Enseguida después le hizo tomar cocido azucarado, con aspirina adentro. La enfermera, más aliviada, siguió retando a alguno que dejó su fusil.
** Éramos pobres pero nada nos faltaba. Pobres pero delicados. Taitá trabajaba su cocué y Dios miraba por nosotros.
** -Se va a sanar si no se pasma- le dijo Madre a un hombre todo arrugado al que le decían Atalaya. Su aspecto era espantoso, pero ni al perro espantaba. Barcino le hociqueó por todos lados y se tendió a sus pies como si lo hubiera reconocido. Atalaya estuvo todo el tiempo como un santo de palo, con las manos agarradas al caño de su fusil. Taitá mateaba en el solero con un hombre parecido a San Ignacio.
** Atalaya y Portillo regresaron al campamento trayendo a Pabla gravemente herida. Mientras Atalaya se ocupaba de ella, Portillo fue a informar al capitán. Lo encontró en la cima de un cerro, recostado en un árbol. Media legua más abajo, el incendio del sol que se hundía en el horizonte se reflejaba en el lago Ypacaraí. El verde de los bosques y el rojo de los caminos se iban diluyendo en una luz morada. Tenía los ojos tristes, perdidos en el vuelo de un solitario tuyuyú que cruzaba el cielo naranja hacia los esteros del Salado. Portillo procuró mostrar las cosas por el lado risueño. ,
** -Lo ví correr sobre el maizal, pasó volando por el monte, las balas perdieron el aliento en su persecución.
** El capitán Palacios sonrió. Portillo continuó, más animado.
** -Pensaban comer de balde y atropellaron a lo toro. Atalaya entabló a dos fuerzas y yo creo que zambullí a algún otro. Esto les sentó cabeza. Se tendieron a jugarle a Atalaya que quebraba espoletas saltando de un lado a otro, mientras yo iba a sacar a Pabla. De paso me traje una bolsa de choclos.
** -Que los cocinen enseguida con los restos de chataca. Y trata de descansar. Cuando sea de noche, caminamos.
** Lucas Portillo vaciló.
** -¿No lo vamos a esperar? Lo conozco, va a volver cuando se aplaque. Lo puedo ir a buscar, soy perro baqueano y no ha de andar muy lejos. El guazú cuando se asusta corre derecho.
** El capitán le apoyó una mano en un hombro.
** -¿Para qué? -Le dijo, sonriendo.
** ¡A la orden! -exclamó Portillo, cuadrándose con la mano en la visera. Habían abandonado esa costumbre. Ambos se echaron a reír. Pabla estaba sentada en un tronco. Tenía el torso desnudo. Le habían taponado las heridas con hojas mascadas, ceniza, y trapos chamuscados. La vendaban con tiras de arpillera. Con las manos apoyadas en las rodillas, miraba el fuego, pensativa.
** -¿Qué tal Pabla, cómo te sientes? -le dijo en guaraní, ella no hablaba castellano.
** -Te dije bien, mi hijo, no dejes tu fusil. Estaba delirando.
** El pantalón de soldado verdeolivo ceñido con cuerdas a las canillas, era un harapo de sangre y tierra colorada. Tenía los pies pequeños, negros, duros. La melena enmarañada, cortada a cuchillo, le daba un aspecto bárbaro, cerril. Imposible calcular su edad. Vino con su compañero. El hombre resultó un inútil, desertó enseguida. Se acompañó con Atalaya, acaso para que no la molestaran los demás. Formaban al dormir un desolado bulto quieto.
** -Pabla- insistió el capitán -¿no me conoces?
** -Lo puedes precisar, si lo dejas no te darán tiempo de usarlo.
** -De balde, mi capitán- dijo Atalaya poniéndole a Pabla una casaca en los hombros -ella no está en su juicio.
** Se tragaba la voz el pobre viejo. Tenía el aspecto de un buey manso, pero era un formidable combatiente veterano de la guerra y de tres revoluciones.
** -Procura que descanse, y tú también; saldremos de aquí a un rato.
** Encontraron junto al lago una canoa sin remos. Buscaron un palo para botador. Cargaron en ella ropas y armamentos. Portillo se hizo cargo de la vara. Se embarcaron el capitán, Pabla y Atalaya. El resto cruzó a pie, agarrándose a la borda en las partes profundas. A Pabla le subía la fiebre. Más allá del lago comenzaban los pirizales y el estero. Hacia el amanecer pisaron tierra firme. Cuatro hombres se turnaban para llevar a Pabla en una manta. No pesaba mucho, pero estaban agotados. Vieron una locomotora que pasaba pitando más allá de unos montes. Un perro ladró. Un hombre de sombrero de paja, azada al hombro y machete en la mano, los observaba en silencio, con la cabeza levantada y la frente fruncida. Su ropa, llena de remiendos, era de una admirable pulcritud. Más allá de una tranquera, escondida entre los árboles, se veía una blanca casa de adobe y techo de paja.
** -Buen día -dijo el capitán adelantándose.
** El hombre tardó un momento en responder. Buen día.
** -Traemos a una mujer herida, ¿nos permites llegar?
** -¡Cómo no!
** Tres hombres se apostaron afuera con orden de no dejar salir a nadie de la casa. La patrona, bajo la vigilancia de Atalaya, se ocupó de Pabla.
** Mientras el resto de la tropa preparaba en la cocina, reviros y cocidos, el capitán se puso a matear con el labrador. Le explicó algunas cosas y le hizo algunas preguntas, que el hombre contestó con buena voluntad y buen criterio. .
** -Veo que estamos en casa de un señor, -le dijo el capitán- Vamos a pasar enseguida. No podemos llevar a la mujer. Si la entregas la matarán. Queda a tu cargo.
** -Así es- asintió el hombre.
** El Capitán se asomó a la habitación.
** -Atalaya, nos vamos.
** -¡Listo!
** Se echó el fusil al hombro y salió sin mirar atrás.
** El plan de Feliciano Palacios era internarse de nuevo en el estero, hacer un rodeo y salir más allá del arroyo Yuquyry. En esa forma, si el labrador delataba, sería posible despistar al enemigo. Atalaya caminaba algo rezagado. Barcino lo acompañó por largo trecho. Cuando entraban a los pirizales, se detuvo. Ladró para decirle que Pabla quedaba en buenas manos y regresó al trotecito con el hocico por el suelo.
** Madre se acercó a Taitá, que recostado en un horcón del solero, mascaba su naco y escupía.
** -¡Mi señor! -¡Mi señora!
** -Hay orden de dar parte.
** -¡Que haiga!
** Madre corrió a prenderle otra vela a los santos.
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Fuente: 25 NOMBRES CAPITALES DE LA LITERATURA PARAGUAYA. Compilación y selección: SUSY DELGADO. Editorial Servilibro, Asunción-Paraguay, 2005 (389 páginas).
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