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viernes, 15 de julio de 2011

RENÉE FERRER - LAS MORADAS DEL UNIVERSO (POEMARIO) - EL POETA: PEREGRINO DE LA PALABRA INFINITA por OSVALDO GONZÁLEZ REAL / Editorial SERVILIBRO, 2011





LAS MORADAS DEL UNIVERSO
Poesías de
Editorial SERVILIBRO
Dirección editorial: VIDALIA SÁNCHEZ
Diseño gráfico: MIRTA ROA MASCHERONI
Ilustración de tapa y contratapa:
Pinturas de MARGARITA MORSELLI
Diseño de tapa: CAROLINA FALCONE ROA
Asunción – Paraguay
2011 (165 páginas)



EL POETA:
PEREGRINO DE LA PALABRA INFINITA


En su último libro LAS MORADAS DEL UNIVERSO, Renée experimenta con un tipo de poesía poco común en nuestra medio: el Poema Cósmico. La experiencia que nos relata es la de un profundo misticismo ya que nos señala los avatares del alma humana, en su inmensa travesía - a través del Cosmos - como incansable peregrina de la eternidad.
Estos poemas que rozan las fronteras de la alucinación y él delirio, nos recuerdan los antiguas mitos platónicos, donde el alma -a través de incontables transmigraciones- parte en su inmemorial viaje hacia la luz. Levantamos velas, como en las arcaicas doctrinas esotéricas, hacia el Punto Omega, situado en algún lugar de la galaxia, recalando en puertos desconocidos, en medio de fulgurantes constelaciones. Prisionero del barro, de la materia, el espíritu solo puede liberarse y emprender el vuelo hacía las estrellas, por medio de la palabra. Como en la Cábala: la palabra -al aliento humano - es el único puente que puede cruzar el abismo.
La autora de este Canto Planetario, de este océano poético, nos sumerge en la aventura que emprende el alma, exiliada en este oscuro rincón terrestre, hacia su morada final, donde se fusionará con el Todo.
Somos náufragos en el destierro -nos dice en algún momento- y cruzamos este mar insondable sin brújula ni carta de navegar. Somos, apenas una vela encendida en medio de, los fuegos estelares. El poeta es un cartógrafo, el descifrador de mapas astrales, marcados con jeroglíficos secretos. Erramos de la vida a la muerte -hacía la Nada, quizá- pero con la indecible esperanza de arribar, al puerto definitivo.
El poema es, entre otras cosas, una búsqueda de lo absoluto, un desnudarse ante la luz divina y asumir la soledad ante el misterio, A través de innúmeras reencarnaciones, ingresamos en infiernos y paraísos, signados por un destino incierto, lleno de incógnitas. A pesar del vértigo que produce en el lector zambullirse en este mar incandescente de versos esotéricos, la mente se identifica con los buscadores de estrellas, los que descubren la eternidad en el instante.
Los que navegan con la Palabra atravesando el vacío infinito.




Señor,
toma mi alma





NO HAY PALABRA

Ni se te ocurra creer que el infinito
no debe mencionarse en poesía,
que edulcora los versos
y envenena de hipérboles
de fácil carnadura la médula
entrañable del poema.

No hay palabra gastada si navega
la ilimitada faz del universo.


LAS MORADAS DEL UNIVERSO

Cuántas son las moradas del universo
que entretejen sus rutas
en la perennidad del tiempo llamado eternidad.

En qué regiones siderales
los mares innombrables salpican con su espuma
las playas de remotos planetas habitados
susurrando el secreto de una existencia
desconocida aún para nosotros.

Ajena a los dominios del sol
y al torbellino del polvo iridiscente
que alborota el negro telón del espacio,
sigo mi ruta sin memoria de entonces,
me escapo hacia un después inaccesible.

La mente no me alcanza ni la palabra entera
para abarcar la nada, la parte, el todo,
de este peregrinaje sin fecha de llegada.
Distintas muchedumbres transitan por el cosmos
con su alforja de alientos y congoja,
su lastre de pecados capitales,
entre hebras de luz deshilachada.

Se derrumban, se elevan, batallan y se afanan,
en un vaivén de soplo, muerte y vida,
de proa al infinito,
la nebulosa de los días rezagados, atrás.
En qué pezón de luna se amamantan los sueños,
el arduo ascenso hacia la altura, las caídas,
la airada obstinación del caminante
acampando al calor de soles inconexos.
Demiurgo de la excelsa alborada,
¿adónde vamos?

Cartógrafo de este itinerario sin foja de regreso,
¿en qué lugar se yergue el último desembarcadero de mi alma

Timonel de una barca que hace agua
con su rémora de náufragos en destierro
nos envías a los aposentos de la Tierra,
o, tal vez, a otros mundos sujetos al descubrimiento,
ceñi dos por los brazos circulares de las galaxias
y el cuerpo inmaterial de las constelaciones

Cono si no me entendieras me observas, receloso.
Una lluvia pendular entristece las huellas del exilio
despertando las cuerdas del misericordioso corazón 
del absoluto, y en la morada de la Luz,
donde pernoctan los emisarios de la vida,
nos aguarda la rosa sonora del reencuentro.


UTOPÍA

No me creas complicada invención de algún poeta
en busca infructuosa de la inmortalidad;
tampoco un arrebato de la desmemoria
o un fatuo ditirambo del razonamiento,
y mucho menos un trivial extravío
de la imaginación.

Existo, verdaderamente existo, créeme.
Acaso impronunciable desvarío, trastornada ilusión,
desflecada plenitud de alguien.

No importa si mí voz te arranca
una sonrisa incrédula;
soy simiente inicial de algo que vive aún
en un paraje incierto,
o quizás ya está muerto en el registro del universo.
Redonda como el sol en el ocaso
provengo de las estribaciones del pensamiento
o la enardecida visión del profeta.

Sin dudas temblorosas
ni temores austeros,
habito esa inexistente realidad que
un sabio en otro tiempo designó
Utopía.


INMORTALIDAD

Por qué calumniamos a la muerte
si nosotros somos inmortales.

Bajarás a la tumba con los ojos guarecidos
por las lluvias de enero,
me iré con las ojeras roncas como caracolas marinas
repitiendo el canto de todas las auroras
entre los dientes.

Entraremos serenos; cavilosos,
a ese espacio de sombra enmohecida;
nos enterrarán lejos
y las manos que amamos
nos llevarán flores a horas dispares.

En diferentes parcelas,
nuestros huesos
esparcirán un aroma a jardín sin parentesco.
Mis versos se quedarán hablando con tus ojos,
y tal vez sin proponérnoslo terminemos
utilizando las mismas palabras.

No tengas miedo de morir,
¿acaso no somos inmortales?


NIRVANA

Un vendaval parece haber pasado por la casa.

En la banqueta se amontonan los vestidos
sin cabeza, sin brazos, sin tobillos,
y en la penumbra de la lámpara
los libros sin leer.

En el piso afelpado
los cuchicheos picotean la siesta,
y de noche,
un barullo de ideas cautivas del insomnio
sacude el devenir de la razón en vilo.

El vendaval golpea las ventanas del acontecer.
De un reloj invisible gotean las horas,
los olvidos,
las tardes postergadas,
la premura que ensordece al tiempo insuficiente.

Las cosas hablan solas, discuten,
vociferan inundando el aliento
hasta hacerlo zozobrar en la nariz.
Una asfixia obstinada agiganta las pupilas
y un clamoreo incomprensible
levanta en algún sitio una Torre de Babel.

La Torre de Babel no es solamente
el espejismo de mi reino.

De pronto,
un deseo absoluto de calma
se instala en mi,
me invade sojuzgando el caos,
me corona de silencio.

Las paredes se disuelven
dando cabida al resplandor:

Estoy en plenitud en un astro baldío.


INTERROGANTES

Para Mirta Roa

Si fuera cierto que en el espacio
coexisten mundos paralelos,
y palpita en unos la canalla
y en otros
la piedra en bruto
o la filosa transparencia del diamante.

¿Qué me dices de la tierra en que conviven
el malvado corazón y la sublime entrega,
y por igual barbotan en la caldera unánime
las especias preciosas, el santo a secas,
el soberbio aprendiz y el sabio humilde?

No será acaso este mundo el crisol
de la múltiple matriz del universo:
una prisión, un refugio, un paraíso,
según las diversas fases del delirio.


VARIAS VECES PENSÉ

Varias veces pensé qué bueno sería si alguna vez
nos pusiéramos a hablar de tantas cosas
en un jardín encalado por el embrujo
de una luna cómplice,
o a la sombra de alguna calle serena,
de cualquier lugar, a cualquier hora.

Si alguna vez nos sentáramos simplemente
a compartir teorías,
¡cuántas locuras parecerían razonables, y cuántos
argumentos atestiguarían la demencia de la razón!

Qué me dices de los misterios del universo
que ni la ciencia desentraña,
de las celadas que agobian la imaginación de los poetas
o alimentan el insomnio de los oráculos incorregibles;
son trampa o desvarío,
pretendida certeza o atrevida ilusión.

Nunca te preguntaste,
aposentado en el fondo de mis ojos
como si no tuviéramos labios o manos para amarnos
si somos algo más que este cuerpo
con los jugos del deseo humedeciendo la inminencia,
o salada tristeza anegando las mejillas a su paso.
Nunca, si comparadas con otras moradas siderales,
la tierra pudiera ser, ciertamente,
el territorio del exilio
de una humanidad empantanada
entre la virtud y el exceso,
de la cual somos tan solo dos sarmientos gemelos
a merced del viento y del invierno,
o, quizás,
anónimos argonautas condenados
a peregrinar eternamente.

Hoy, sin embargo, mirando desde la arena
los hondones y relieves del planeta,
me pregunto si no habremos sido confinados
a un paraíso
del cual no fuimos expulsados,
y solamente nos obstinamos en destrozar,
como se destrozan los sentimientos
que no se pronuncian.

Si este viaje temporal no fuera
más que una alucinación,
y el torrente de tus venas abonara al morir
las flores de los canteros amanecidos bajo el sereno,
y mis huesos expresaran su júbilo
como flautas que festejan las vendimias,
¿no sería entonces el cuerpo tan excelso
como el alma peregrina?



viernes, 26 de noviembre de 2010

AUGUSTO ROA BASTOS - CUENTOS COMPLETOS – TOMO I - Prólogo OSVALDO GONZÁLEZ REAL (Texto del cuento: AUDIENCIA PRIVADA) / Editorial El País, Editorial Servilibro, 2007



CUENTOS COMPLETOS – TOMO I
Cuentos de
Prólogo OSVALDO GONZÁLEZ REAL
Edición Homenaje a los 90 años de su nacimiento el 13 de junio de 1917
Fundación Augusto Roa Bastos
Diario Última Hora // Editorial El País,
Editorial Servilibro,
Tel.: 595 21 444770
Asunción 2007

**/**


ÍNDICE DE CUENTOS:

CARPINCHEROS // EL VIEJO SEÑOR OBISPO // EL OJO DE LA MUERTE // MANO CRUEL // AUDIENCIA PRIVADA // LA EXCAVACIÓN // CIGARRILLOS "MAUSER" // REGRESO.

**/**

PRÓLOGO


Cuenta Roa que en dos meses escribió los 17 cuentos de "El trueno entre las hojas", sobre la guillotina para cortar papeles, que estaba en el sótano de la editorial de música donde trabajaba y dormía. La obra fue publicada en Buenos Aires en 1953 por la editorial Guillermo Kraft e inmediatamente le valió un renombre internacional. Anteriormente, se había dedicado a la poesía, habiendo publicado dos libros; El ruiseñor de la aurora (1942) y El naranjal ardiente (1960). Por parecerle la poesía más bien un adorno, algo suntuario, decidió dedicarse a la narrativa que - según él- sería más propicia para lograr el mejoramiento de la sociedad y denunciar con mayor eficiencia las injusticias y los privilegios de los poderosos. La literatura para Roa debía crear una conciencia revolucionaria y cambiar la realidad, no solamente reflejarla.
Esta búsqueda de una literatura social o de compromiso lo llevó a criticar a los gobiernos tiránicos y a sus cómplices: las oligarquías reaccionarias al servicio de los imperialismos. La función del escritor "debe ser eminentemente liberadora" y combatir la alienación y los tabúes de toda sociedad corrompida e hipócrita. En este sentido los precursores de su narrativa son Rafael Barret, Rulfo y Faulkner, entre otros. La influencia de estos grandes escritores se da, fundamentalmente, en la temática humanista y en la creación de un universo, por momentos mítico, aunque nunca totalmente alejado de la realidad social. La obra de Barret le enseñó a no soslayar "el dolor paraguayo" y las circunstancias históricas que marcan el destino de nuestros pueblos.
Al nihilismo radical de Juan Rulfo, se opone un "principio de esperanza" una posibilidad de redención para los seres oprimidos y humillados de sus cuentos. Al foral de los relatos más terribles encontramos una capacidad de supervivencia para los actores de sus magistrales relatos. El pueblo tiene la posibilidad de resucitar de sus cenizas y obtener, finalmente, la liberación.
El autor de El trueno entre las hojas, no olvida el origen mestizo de su cultura. Somos un país bilingüe y tenemos -de alguna manera- dos almas gemelas. La interrelación del castellano y el guaraní produce una aculturación lingüística que lleva a la creación de una sintaxis peculiar que fusiona a ambas lenguas. Se debe a esto, en parte, a la aparición de un universo mítico, la lucha entre dos cosmovisiones, la oposición entre Naturaleza y Cultura, que se convertirá en la confrontación entre "civilización y barbarie", como en el cuento LOS CARPINCHEROS.
El Tiempo Cíclico de los aborígenes versus el Tiempo Histórico de los europeos colisionarán entre sí produciendo efectos insólitos e inesperados. La cosmogonía guaraní ha sido aprovechada para producir lo que se ha llamado la "irrupción mítica" en la realidad cotidiana. El escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias fue uno de los primeros en amalgamar la lengua maya-quiché con el castellano para crear una especie de realismo mágico que influiría en Hispanoamérica a través de su literatura vanguardista.
No faltaron, por supuesto, los detractores y críticos de la obra de Roa. No le perdonaron los "intelectuales", del régimen despótico que lo llevó al exilio, la descripción cruda y despiadada de la realidad paraguaya. En efecto aparecen personajes sórdidos como el de "MANO CRUEL" que de bandido y estafador pasa a ser político de renombre o, el de "Audiencia privada" que nos presenta a un ministro corrupto de la dictadura en curso, además de la denuncia feroz contra la iglesia "oficial" que se contrapone a la pobreza franciscana del protagonista de El viejo señor obispo (probablemente un homenaje a su tío Hermenegildo Roa). Siguiendo a sus maestros , Valle-Inclán, entre otros, el cuentista expone a la execración pública a los "políticos feos, católicos y occidentales" que pululan entre nosotros. Algunos, lo acusaron de ser poco verosímil en su descripción no-idílica de la realidad nacional y de su regodeo excesivo en mostrar las lacras de nuestra sociedad provinciana y pacata. Hicieron lo mismo con su antecesor Barret a quien le criticaron su descripción de la esclavitud en los yerbales y su humanismo revolucionario. La meta de un escritor comprometido con su pueblo debe ser "una literatura militante a favor de la liberación humana", dice explícitamente nuestro Premio Cervantes.
No descuidó Roa su estilo ni la función estética de su literatura. El había leído (en la biblioteca de su tío, el obispo) a los clásicos españoles, a Quevedo, Cervantes, Gracilaso, y otros autores como San Agustín (Confesiones). Su prosa es altamente poética, por momentos, a pesar de haber tempranamente renunciado a dicho género. El lirismo de su prosa contrasta con el naturalismo de sus descripciones del sufrimiento y el dolor humanos. Su escritura llegará, eventualmente, a un barroquismo extremo y a un alambicado juego verbal, como en su novela Yo el Supremo.
En El trueno entre las hojas, experimenta con un lenguaje de tono casi coloquial, a veces dramático y otras veces irónico. El narrador es omnisciente y habla en tercera persona. Hay juegos con el tiempo y con distintos planos de tipo cinematográfico. En algún momento, aparte de su narrativa, Roa escribió también guiones, que le posibilitaron recurrir en su escritura a la técnica del "racconto" y el montaje, a través de "flashes" y fragmentos de los hechos narrados.
Nos falta mencionar el tema del exilio, tan caro a Roa Bastos y que signó de manera radical toda su obra. La experiencia de extrañamiento y soledad que produce el exilio es fuente de reflexión y de enajenación para todo escritor que se precie de tal. Este desgarro traumático que lo separó de sus raíces ancestrales lo llevó a mirar la realidad paraguaya con ojos alucinados y a añorar como un extraño esa "tierra escarlata", o como él la llamaba: "esa isla sin mar".
La búsqueda de la "tierra sin mal", mito primigenio de nuestros antepasados guaraníes, lo acompañó siempre a través de su ingente obra y lo ayudó a superar los obstáculos que se oponían a su vocación de escritor y a la de ser, a través de su obra, portador de las esperanzas de su pueblo.

**/**

Así conoció a Mano Cruel. Ya para entonces le habían dado este nombre en el pueblo. Él estaba orondo, orgulloso con el mote que le parecía la consagración popular de sus méritos. Lo sacó de las mesas del monte, del truco, de las ruedas de guaripola, de las partidas de billar, en las que si había alguno que perdía o que pagaba nunca era, claro está, Mano Cruel, por una notable coincidencia que se hizo su rasgo más característico. Pero él tenía sus encantos, sus chistes, su simpatía fresca y campechana. Con eso equilibraba la situación. Y nadie se lo tomaba a mal. Al contrario, las reuniones sin Mano Cruel parecían velorios. Fragmento de "MANO CRUEL"

**/**


AUDIENCIA PRIVADA (CUENTO)
** En la puerta de entrada tuvo que mostrar de nuevo la tarjeta. Un muchacho de nariz chata y ojos almendrados, entre esbirro y ordenanza, tomó el trozo de cartulina sin dejar de mirar al recién llegado. Después, en lugar de leerla pareció olerla. En el rostro cetrino, picado de viruelas, la desconfianza apenas se mitigó.
** -¿Te va a atender la señor minitro?
** -Creo que sí. Me ha citado para esta hora. Lo dice ahí. Sin mostrarse aún muy convencido, el ordenanza masculló:
** -¡Humm.. . ! Güeno, entonces. Pasá. Por aquí. Voy a avisar a la señor minitro.
** Lo condujo primero por el ancho corredor, luego por un pasillo. Volvió a sentirse espiado. Dos o tres rostros inmóviles, como pintados sobre arpillera terrosa. La brasa de un cigarro. Siseos sofocados de repente. Detrás de una puerta, una voz bronca e imperativa, desagradable, hablaba por teléfono. A medida que se acercaban, la fue oyendo con más claridad.
** Desembocaron en una habitación amplia y atiborrada. El ordenanza lo hizo pasar con gesto poco amistoso.
** -Esperá ahí. Podé sentarte si queré -gruñó por encima del hombro, al irse.
** Las celosías se hallaban cerradas. La luz declinante del atardecer se filtraba a través de las tablillas y veteaba la fresca penumbra con franjas leonadas que parecían oscilar en los rincones. En un redondel luminoso, clavado en el techo, se perfilaba la sombra invertida de un árbol, negra y con los rebordes dorados. En alguna parte de la habitación escuchó un crujido.
** No era el despacho del ministerio. Era la propia casa del ministro, en la zona de las grandes quintas residenciales. No tenía aún idea de por qué lo había citado allí.
** Afuera se escuchaba piar a los pájaros entre los eucaliptos. Y más lejos, el cacareo de las gallinas, el ladrido de algún perro, los gritos de algunas criaturas.
** Una quietud apacible, doméstica, verdaderamente rural, envolvía la casa. Tardó un poco en acostumbrar sus ojos a la penumbra. La henchida habitación se fue aclarando. Un gran armario emergió lentamente de la sombra verdosa; una mesa sólida y maciza como un carro y, luego, toda la mezcolanza de muebles antiguos y modernos que parecían disputarse, además del espacio, el fácil privilegio del mal gusto. Los libros debían estar disimulados con prodigiosa eficacia. No se veía un pelo de letra escrita, salvo la carga de expedientes panzudos y desvencijados sobre el alzaprima anclado en mitad de la habitación como en una picada.
** El crujido se repitió y, casi simultáneamente, una palabreja extrañamente pronunciada en un registro agudo y chirriante. El visitante se fijó. Era un loro posado en una percha de bambú, cerca de un paragüero que alojaba, en lugar de paraguas, dos o tres fusiles de distintos tamaños.
** La voz en el teléfono había cambiado de tono. Era otra comunicación. Se había oído colgar el auricular y discar nuevamente. La conversación era ahora falsamente amable, mechada de risitas abdominales, de frases truncas e intencionadas, machunas, sospechosas de una renuente voluptuosidad. El señor ministro atendía ahora sin duda, después de un trámite agitado, algún asuntito íntimo.
** El recién llegado dejó el portafolios sobre la mesa y se sentó en un sillón dispuesto a esperar todo lo que fuera necesario. No tenía prisa, no estaba intranquilo; a lo sumo, vagamente irritado. Pero desde el comienzo de sus gestiones había decidido soportarlo todo, por lo menos con una perfecta calma exterior. Lo que le traía bien valía la pena. Esta entrevista significaba mucho para el proyecto. Se podía decir que era decisiva.
** Había llegado hasta ella como por una escalera tambaleante, a lo largo de días, de semanas pacientemente sufridas. Un peldaño cada vez, y en cada peldaño, antesalas agotadoras, baldías esperas o una legión de tinterillos y secretarios que se lo transferían uno a otro como desembarazándose de una carga molesta. Ante cada uno era preciso recapitular minuciosamente, inútilmente, toda la cuestión. No cosechaba más que bostezos, interrogatorios suspicaces o, en el mejor de los casos, una atención demasiado intensa para que no fuese vacía. A veces, era necesario descender todo lo subido y recomenzar en otra dirección. Hasta que por fin, de un modo realmente inesperado, se había producido la cita del ministro, uno de los hombres más prestigiosos del gobierno. Él era tal vez el único que podía resolver con una plumada la realización del gran proyecto.
** Y allí estaba esperándolo calmosamente a que terminara de hablar por teléfono.
** Por el momento lo divertían las morisquetas del loro y sus estropajosas interjecciones, sus diminutas iras o sus carcajadas, fielmente aprendidas. La fea impresión del comienzo se estaba desvaneciendo. En el portón principal lo habían palpado de armas. Mostró la tarjeta y lo dejaron pasar. Durante el trayecto del portón a la casa, se sintió espiado entre los árboles. Detrás de una sinesia furiosamente florecida de manchones rojos vio moverse el caño de un máuser. Más allá, detrás de los árboles de pomarrosa, creyó distinguir algunas automáticas. En medio de la paz idílica, la casa del ministro estaba evidentemente bien protegida. Reinaba desde hacía mucho tiempo el orden y la tranquilidad. Pero nunca se sabía. La ciudad, el país, tenían la costumbre de despertarse a tiros cuando uno menos lo esperaba. Las alteraciones eran endémicas. Había que prevenirse.
** No respondió pronto al saludo porque creyó que era el loro quien había hablado. Era el ministro. Estaba ante él y en mangas de camisa, obeso y moreno, saturado de sudor y de una inapelable agresividad y suficiencia, tal cual lo había imaginado a través de la voz. Chupaba ruidosamente la bombilla de un gran mate con guarniciones de plata. El ordenanza picado de viruelas estaba detrás como una sombra servil. Le alargó el mate vacío. Mientras se dejaba caer en una mecedora, le gritó:
** -Parra, ponga el ventilador.
** Un zumbido y un agradable chorro de aire empezaron a inundar la habitación.
** -Muy bien. ¿Usted es el ciudadano que quiere hacer esa obra en los esteros del Tebicuary?
** -Sí, señor ministro. Es una obra que puede...
** La voz bronca, más áspera aún por la yerba, se le subió encima:
** -Estoy enterado. Es un proyecto muy importante. Esa obra puede ser la salvación de los pobladores que viven en esos bañados insalubres, aporreados por el paludismo, por las crecientes, por las sabandijas.
** -Me alegro de que el señor ministro tenga una idea de lo que es aquello...
** -¿Una idea? Estamos muy bien informados. El gobierno está dispuesto a arreglar cada cosa a su tiempo. Pero no podemos hacer milagros.
** -La obra es relativamente fácil y poco costosa, señor ministro. Aquí traigo...
** -No hay nada fácil ni poco costoso. Un peso que gasta el gobierno es un peso que tiene que ser bien gastado. Nada de aventuras ni de derroches.
** -Todo está perfectamente calculado, señor ministro.
** -Sí; su proyecto me interesa. Esa obra se va a hacer. La vamos a realizar usted y yo. Usted como autor de la idea. Yo como hombre del gobierno. Claro que si el gobierno no se mete, no hay nada que hacer. Queremos que todas las obras de progreso que se hagan sean fiscales, oficiales. Es nuestra preocupación constante. Por el bienestar y la felicidad del pueblo estamos dispuestos a gastar, a sacrificar cualquier cosa.
** El loro graznó su risa estridente en la percha de bambú. Parecía la carcajada de un enano.
** El ordenanza reapareció con el mate. Los gruesos labios volvieron a chupar sonoramente la bombilla. La voz del ministro se tornó amable, confidencial.
** -Es una gran idea. Yo siempre había pensado en una cosa así. Pero la falta de tiempo, las mil preocupaciones del ministerio..., usted sabe, todo esto me ha impedido ocuparme hasta ahora de este problema. En fin, ahora usted ha traído el proyecto. Lo felicito, mi amigo. Usted es un ciudadano útil. Si todos fueran como usted, el país andaría mucho mejor. Desgraciadamente abundan los ladrones, los egoístas, los sinvergüenzas. A esos les vamos a ir pelando poco a poco la cabeza. A mí me gustan los hombres como usted. Por eso lo he hecho llamar. Me enteré por casualidad de su proyecto. Lo hice llamar porque no quiero que siga perdiendo tiempo por ahí, al santo cohete. El único que puede empujar este asunto soy yo -guiñó el ojo, socarrón-. ¿Me comprende?
** La voz ministerial recobró todo el peso de su autoridad:
** -Por eso no lo recibí en mi despacho y lo hice venir aquí. En el mismo gabinete hay colegas egoístas que siempre quieren alzarse con la carne y el cuero cuando se trata de hacer algo importante. No quiero que se enteren, antes de que la obra sea un hecho. Usted tampoco va a abrir el pico. ¿Me entiende?
** -Desde luego, señor ministro...
** -Nada de andar por ahí compadreando con nuestro proyecto, ¿eh?
** -No, señor ministro. Yo lo único que quiero es que se realice la obra. No quiero nada para mí. Lo único que me importa es la suerte de esa pobre gente.
** En la sombra verde el inmenso mate afiligranado entraba y salía como una luna de plata en manos del ordenanza. Sus idas y venidas, los chupeteos golosos del ministro en la bombilla de corta y gruesa cacha con puntera de oro, las pausas, las sonoras ingurgitaciones, marcaban la suerte del diálogo, medían un tiempo ominoso que se iba gastando. La voz del ministro se hizo de repente insidiosa:
** -¿Y por qué le interesa tanto esa gente?
** -He convivido con ellos durante cinco años. Su honradez, su ignorado heroísmo, han sido para mí la gran lección de mi vida. Mi deuda de gratitud para con ellos es muy grande. Estoy moralmente obligado a hacer algo por ellos, señor ministro.
** -¿No estará queriendo convertirse usted en un caciquito de esos que abundan en la campaña?
** Con fijeza de búho, los ojos del personaje escrutaron implacablemente al visitante, relampaguearon amenazadoramente en la vivisección.
** -Estamos cansados de los agitadores profesionales. Son una plaga peligrosa. Peor que la langosta. No dejan trabajar tranquilo al pueblo. Crean la miseria, los descontentos, para aprovecharse de eso. Les estamos echando humo en todas partes a ver si se van y nos dejan en paz de una vez...
** Tres chiquillos pelones irrumpieron en la habitación con una culebra muerta colgada en un palo. En las manos de uno brillaba un machete con manchas oscuras y húmedas.
** -¡Mirá, papito, una víbora! La matamos en el patio, cerca del chiquero... ¿La enterramos, papito, o la tiramos al patio del vecino?
** -Bueno, bueno... Váyanse para allá. Estoy hablando. No me molesten.
** Los ahuyentó con un vago gesto en el que había algo de una opaca ternura y mucho del orgullo paternal inconscientemente avivado por la belicosidad innata de los cachorrillos.
** Los chicos se fueron, repuntados por el ordenanza. El ministro le gritó:
** -Parra, abra la ventana y dígale a la señora que mande un poco de caña y café.
** El visitante pensó en la esposa del ministro. Una mujer sin duda silenciosa, deteriorándose lentamente en la dura sujeción conyugal, atendiendo la casa, dando de mamar a un chico tras otro, soportando sus continuas infidelidades, sus maquinales y esporádicas lujurias, temiendo por su suerte, sintiendo ella sola todo el odio acumulado sobre él desde afuera.
** El ordenanza empujó las persianas hacia afuera. La luz azulada del atardecer aclaró la pieza. Se escuchó nítido el silbo de las cigarras.
** En el espejo del paragüero, el visitante vio reflejada parte de su magra y demacrada figura, entre los mosquetones. La voz volvió a hacerse socarrona, contemporizadora.
** -Usted parece un buen tipo. Yo tengo un ojo clínico para descubrir a los embaucadores e indeseables. No he fallado ni una vez.
** Sorbió el mate con una larga chupada poniendo un poco los ojos en blanco como bajo los efectos de un deleite que ya estaba agotado.
** -Su proyecto me interesa mucho. Pero si habla, no vamos a poder hacer nada.
** -No hablaré, señor ministro.
** -Deje el asunto en mis manos.
** -Perfectamente. Aquí están los proyectos, el plano general del relevamiento y de la obra de canalización.
** El visitante sacó del portafolio unos legajos y los fue entregando al ministro. La mano regordeta y oscura se tendió ávidamente.
** -¿Y este plano, quién lo hizo?
** -Yo mismo. Soy casi ingeniero. No pude terminar la carrera, pero sé algo de esas cosas.
** -¡Caramba, aquí está todo listo!
** -Una parte de esos trabajos está hecho. Hemos desecado ya cerca de cinco kilómetros cuadrados. Pero nos hacen falta maquinarias, implementos.
** -Mejor todavía. Eso facilita mucho. Ya tenemos como quien dice el señuelo.
** -También he preparado un plan de loteo y otro de crédito agrario que permitiría a esos pobladores poseer en propiedad las tierras que trabajan, no depender de los arrendatarios. También los estimularía a ampliar y mejorar sus cultivos.
** -Pero amigo; usted solo es toda una oficina. Lo felicito, lo felicito.
** Y el ministro recibía los papeles como acciones de una mina de oro.
** Parra empezó a servir la caña y el café. El ministro dejó sobre la mesa el mate opulento y se enfrascó en el examen de los legajos y planos.
** De ese hombre dependía en ese momento la suerte de centenares de familias que vivían una vida salvaje y miserable en los cañaverales del Sur.
** La contera dorada de la bombilla, aún húmeda, resplandecía como la llama sólida de un fósforo en la claridad violeta.
** Los ojos del visitante fueron hasta el rostro duro y abotagado y de allí bajó a sus propias manos. Se las miró con disimulo. Ahora estaban quietas y domadas sobre sus rodillas. Cinco años atrás, esas manos habían llegado a hacerle insoportable la vida. Lo recordó con un escalofrío.
** La cosa venía desde su niñez. Esas manos parecían dotadas de una voluntad independiente de la suya, de una autonomía maléfica, irreprimible. Los objetos pequeños y brillantes las fascinaban; iban detrás de ellos al menor descuido, con una habilidad y una destreza de las que él mismo se sentía aún horrorizado. Nunca había podido explicarse cómo sucedía. El ponía todo su empeño en controlarlas, en dominarlas, en hacerlas "decentes" y normales. Pero en un momento dado, este desesperado esfuerzo de concentración parecía entrar en crisis, y entonces sobrevenía una interrupción repentina del estado de alerta; algo así como un fugaz sueño de la conciencia. Y entonces las manos actuaban por su cuenta. Cuando volvía en sí de estos estados crepusculares, veía a sus manos de nuevo quietas y tranquilas. Pero él sabía entonces que ya habían hecho de las suyas; sabía que en sus bolsillos había algo que él no había puesto allí: una joya, una estilográfica, un objeto pequeño cualquiera.
** Acabó por odiar sus manos como a sus peores enemigos. Las castigaba sin piedad. Las mordía, las quemaba con el cigarrillo o apretaba con ellas trozos de hielo hasta que se quedaban violáceas. Pero las manos no cedían. Obraban bajo una voluntad más fuerte que la suya. Pensó seriamente en cortárselas, en inutilizarlas de alguna manera. Casi enloquecido consultó a un médico amigo.
** -Es necesario que abandones la vida sedentaria de la ciudad -le había aconsejado éste-. Tal vez los trabajos rudos del campo, darle algún sentido a tu vida, sean lo único indicado.
** Siguió los consejos al pie de la letra. El heredero decadente y arruinado, despreciado por todos, tema de bromas y burlas ridículas en los salones "de arriba" lo abandonó todo sin pena y arrastró sus manos a los lugares donde éstas no tuvieran nada que robar. Así conoció un mundo simple, puro y desgraciado que lo deslumbró y transformó su vida. Las manos viciosas ("manos de prestidigitador loco") se purificaron en la ruda fraternidad con los humildes. Estaban derrengadas y torpes, deformes por fuera. ¡Pero estaban sanas por dentro! Y eso era el mayor bien que él había podido lograr, la paz mental, la aceptación plena de la vida. Todavía le parecía un sueño haberlo podido conquistar.
** El timbre del teléfono lo volvió al presente sin cambiar su estado de difusa y activa placidez interior.
** El ordenanza entró:
** -Señor ministro, el presidente del Cámara de Comercio queré hablar con usté.
** -Ya voy. Que espere un momento.
** El ministro salió pesadamente. El visitante lo oyó increpar al presidente de la Cámara. Lo trató con copiosa desconsideración, como hubiera podido tratar a un peón. Después se fue calmando. Al final reía a carcajadas, igual que el loro. No se podía decir quién había copado al otro. Fue en este momento cuando ocurrió lo terrible. Cuando el ministro volvió, el visitante bebía a sorbos lentos el resto del café frío.
** -Bueno, amigo. Déjeme todo esto. Yo le avisaré oportunamente. Voy a dedicar a nuestro asunto preferente atención. Esto se hace, créame. ¡Sin falta!
** La sonrisa, los gestos, la actitud del ministro, se habían puesto confianzudos. Por la manera como pronunció la palabra "nuestro" insinuaba de hecho un pacto de amistad y sociedad. Lo acompañó hasta la puerta poniéndole amistosamente una mano sobre el hombro.
** -Bueno, amigo; ésta es su casa. Yo lo voy a llamar muy pronto.
** El visitante se dejó conducir con una expresión ausente en el rostro. Tenía una mano puesta en el bolsillo del pantalón. Cuando la sacó bruscamente para tomar la mano que le tendía el ministro, la bombilla gruesa y cortona del mate saltó del bolsillo tras la mano y cayó junto a los pies del dueño de casa. El visitante se quedó contemplando con ojos extraviados el brillante utensilio caído sobre las baldosas. La miraba con el mismo terror con que había descubierto entre el espartillo a la ñandurié que lo picara una vez en el bañado.
** La sonrisa se heló en los labios del ministro. Su voz resonó como un pistoletazo.
** -¡Parra!
** -Mande, señor...
** -¡Dos números de guardia, enseguida!
** -¡Muy bien, señor!
** El ordenanza desapareció con el brinco de un mono, sofocado por la felicidad. Al fin ocurría algo nuevo, picante. Él lo había previsto. Sólo que había tardado un poco en producirse.
** Se oyó en el patio su voz de alerta a los guardias. Hubo entre las plantas un revuelo de gorras, de caras oscuras, de armas. Ante el ministro se cuadraron dos soldados con fuerte estampido de sus talones sumisos.
** -¡Llévense inmediatamente al Central a este individuo! Yo le hablaré al jefe, por teléfono. Ya me parecía que este sabandija era un agitador peligroso. Listo. ¡Fuera, pues... !
** Se lo llevaron como un paquete. Desgarbado, consumido, sin huesos. Los cachorros del ministro lo siguieron hasta el portón alborotando el parque con sus gritos y burlas, blandiendo uno de ellos el manchado machete.
** Lo alzaron a un camión. El vehículo resopló y partió. Un momento después el ministro seguía leyendo atentamente los legajos, como si nada hubiera pasado. La quietud  idílica, doméstica, se había restablecido del todo en torno al enorme caserón que las sombras iban tragando.


ENLACE RECOMENDADO:
CUENTOS COMPLETOS – TOMO II
Cuentos de AUGUSTO ROA BASTOS
Prólogo ANTONIO CARMONA
Diario Última Hora . Editorial El País, Asunción 2007


 


sábado, 18 de septiembre de 2010

SUSANA GERTOPAN - EL NOMBRE PRESTADO (NOVELA) - COMENTARIO DE OSVALDO GONZÁLEZ REAL / Editorial Servilibro, 2005.





EL NOMBRE PRESTADO”
Novela de
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Dirección editorial: Vidalia Sánchez
Diseño de tapa: BERNARDO ISMACHOWIETZ

Editorial Servilibro,
Asunción-Paraguay, 2005


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“En esta fascinante novela, la autora profundiza la crisis generacional ya presente en su novela anterior "Barrio Palestina". Los conflictos de identidad existentes entre padre e hijo se ahondan y llegan a un clímax sorprendente. ** Se mantiene durante toda la narración -a través de una confrontación implacable de cosmovisiones antagónicas- un suspenso y una intriga casi policial que lleva al lector a reflexionar íntimamente sobre las tradiciones y las creencias que heredamos de nuestros antepasados.
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El enigma de la obra "El nombre prestado" se revela recién al final de esta obra de relevantes méritos literarios que busca dilucidar -con valentía y sinceridad- la problemática existencial que se presenta entre padres e hijos en los tiempos modernos. Dos mundos dispares y anacrónicos se enfrentan aquí dentro de una familia que puede pertenecer a cualquier sociedad compuesta por jóvenes y viejos.
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La búsqueda de sentido en un mundo vertiginoso, con cambios en valores morales e ideológicos es uno de los temas encarados por Susana Gertopan a través de un diálogo brillante y una atmósfera y un color local muy bien logrados. El amor también es importante protagonista de esta historia de final inesperado y fuerte dosis de dramatismo”.
OSVALDO GONZÁLEZ REAL.
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I
Volví de la universidad como todos los atardeceres, cansado y hastiado de tanto trabajo. Cada vez me resultaba más difícil desarrollar mis clases, por la falta de interés y atención de los alumnos, característica propia de la juventud de esta década.
Abrí la puerta de mi departamento y sin encender la luz, bajé mis cuadernos sobre el escritorio. Así, casi a oscuras, puesto que desde afuera entraba una tenue claridad, caminé hasta el balcón con mucho cuidado para no tropezar. Siempre que llegaba a estas horas a la casa, y en tales condiciones, repetía lo mismo, iba hasta ese lugar. Necesitaba aire puro, y luna. Pasaba largo tiempo observando el mundo desde ese pequeño espacio.
Descorrí la cortina y abrí la puerta. Era una noche tibia la de aquel último viernes de setiembre. Miré la calle, a las personas que andaban, algunas con pasos ligeros, otras con pasos lentos, de diferentes edades y condiciones, hombres, mujeres, niños, ancianos, mendigos parados en las esquinas, evidenciando sus miserias, artistas harapientos ofreciendo su música, ofertando su arte como en una improvisada subasta callejera. Automóviles de todo tipo, grandes, pequeños, lujosos o estropeados circulaban a gran velocidad, abriéndose paso con luces altas y bocinas estridentes.
La avenida estaba ruidosa, congestionada de gente, de olores, de atropellos, de pobreza, de dolor, de alegría, de vida.
Era casi final de semana. Algunos caían rendidos en el sopor del cansancio, otros, en la euforia previa a un feriado. Levanté la vista y me distraje con las luces de los letreros. Luces que dormitaban y despertaban como si no se resignaran a desfallecer. Subí la mirada y me encontré con el cielo. Por fin el cielo, aquel cielo con luna. Una luna novísima, lúcida y arrogante. Respiré hondo como si liberara una congoja. Quise permanecer allí, en aquel espacio pequeño, por siempre, pero el teléfono sonó y mi deseo se interrumpió. Despacio, sin apuro, caminé hasta el salón, tomé el tubo y respondí la llamada.
-¡Hola! -dije con desgano.
-¡Hola! ¿Iósele?
-Sí, papá, soy yo.
-¿Cómo estás, hijo?
-Bien, papá.
-¡Qué suerte Iósele! Gracias a Dios. ¿Pero me lo dices de verdad o para no preocuparme?
-Te lo digo de verdad. Estoy bien.
-¿Te olvidas qué día es hoy?
-No, no lo olvido, es viernes. Tampoco me olvido la hora, son las ocho en punto de la noche.
-Hijo. ¿Ya prendiste las velas?
-Papá, las velas del viernes las prenden y las rezan únicamente las mujeres, y acá no hay ni una sola mujer. ¿O no te acuerdas que vivo solo? Además está escrito: "Sólo a través de la mujer las bendiciones de Dios son concedidas a una casa".
-Igual, lósele, igual tú las puedes prender. O si no ¿cómo sabes que es viernes a la noche? ¿Cómo diferencias ese día de los otros días?
-Tienes razón, papá. Cuando corte la comunicación, voy a prenderlas y bendecirlas. También bendeciré el pan y el vino. -Si molesto, hijo, te llamo más tarde, o mañana, no quiero interrumpir tu trabajo.
-No, papá, no interrumpes nada, además, estaba esperando tu llamada.
-Sabes, lósele, que faltan unas semanas para Rosh Hashaná (Año nuevo judío) y como acá no hay ni un solo shil (Sinagoga) cerca, quería saber si puedo ir a tu casa unos días. Te prometo, hijo, que no voy a molestar.
-No tienes que pedirme permiso, papá, todos los años pasamos juntos esa fiesta. Además está también es tu casa.
-Esa fue mi casa, hijo, ahora es tuya, yo te la regalé.
-Papá, cuando quieras venir, llámame y yo voy a buscarte.
-Entonces yo te llamo cuando voy, así me vas a esperar.
-Solamente me avisas qué día llegas y en qué tren.
-Te olvidas, lósele, que nunca subo a un tren.
-Sí, pero me parece que ya tienes edad de perder el miedo a los trenes.
-No es miedo, es otra cosa.
-Bueno, no importa, ven en lo que tú quieras, pero llámame, y si no estoy en casa, deja un mensaje en el contestador.
-Si no estás, yo te vuelvo a llamar, yo no hablo con máquinas, hijo.
-Está bien papá, yo espero tu llamada.
-Pero si voy a molestar hijo, no voy, me quedo y el año que viene, si Dios quiere pasamos juntos, yo por eso no me enojo.
-Papá, yo te espero, y por favor, no te preocupes por nada.
-Entonces nos vemos pronto lósele.
-Así es papá.
-Adiós, hijo.
-Adiós, papá.
Hacía más de veinte años que mi padre se había ido a vivir a un pueblo pequeño en las afueras de la capital. Después, de cerrar su negocio, decidió mudarse a una casa. No quería volver a saber nada de los espacios pequeños. Buscaba un patio, aire para sus pájaros y sol para sus plantas. Nunca terminé de entender aquella decisión de ir tan lejos, y a un lugar tan inseguro, sobre todo para un hombre de su edad, casi anciano. Tampoco entendía su terquedad de viajar siempre en colectivo, pudiendo hacerlo en tren, en menos horas y más cómodamente, pero intentar persuadirlo de que estaba equivocado era igual que creer que el Mesías estaba por llegar.
Conecté el contestador automático, y fui hasta la cocina a fijarme en el calendario hebreo, cuánto tiempo faltaba aún para la festividad de Rosh Hashaná. Me quedaban un par de semanas. Suficientes para arreglar el departamento, dejarlo limpio y encontrar un lugar cómodo para mi padre.
Cada vez que él me visitaba para mí significaba un desgaste físico y emocional enorme y después de su partida quedaba exhausto. Siempre discutíamos sobre lo mismo, mi profesión, mi trabajo o mi estado civil, ya que él nunca aceptó que yo, siendo un sociólogo, carrera que tampoco entendía de qué se trataba, me ganara la vida dando cátedras de literatura y de filosofía en una universidad, o también que después de haber estudiado periodismo, trabajara como columnista cultural en un diario vespertino poco leído. Sobre todo le disgustaba que me dedicara a escribir poemas, cuentos, y una novela que siempre estaba en proceso de creación. Para él los escritores éramos personas con mucha sensibilidad pero con poca inteligencia. Tampoco entendía mi fuga de la religión, y el tiempo que estábamos juntos lo utilizaba para censurarme sobre mi carrera, mis trabajos, mi nombre, mis ideas, mi escritura, y sobre todo por amar a Laura.
La conversación con mi padre me dejó con cierto nerviosismo y ligeramente ansioso. Durante mucho tiempo hice lo posible e intenté de diferentes maneras mejorar mi relación con él, inventando diálogos, escuchando atentamente sus relatos, y hasta traté de prestarle más atención a su salud, pero continuamente caíamos en interminables e irreconciliables discusiones.
Sentí un vacío en el estómago y decidí prepararme algo de comer. Fui de nuevo hasta la cocina, abrí la heladera y elegí dos huevos para hacerlos revueltos. Aquella receta me hizo recordar a mi madre. Ella siempre me preparaba huevos revueltos, y a veces le agregaba papas o cebollas. Me senté a la mesa, frente al plato de comida, y cuando llevaba el tenedor a la boca, distraje la mirada, como si buscara a alguien. Dejé los cubiertos en el plato y volví a sentir algo extraño. Oía una voz. Era como si alguien me hablara. Di vuelta el rostro y no encontré a nadie. Tuve miedo, sentí mucho miedo, miedo de caer de nuevo en la trampa que me tendía la soledad. No, no quería volver a caer en aquel estado. Entonces decidí salir.
Yo vivía en el quinto piso de un edificio sin ascensor, y con un portero que sólo trabajaba medio turno. Mi departamento era el único ocupado de ese piso.
Era un barrio muy particular, donde el dueño de la farmacia era judío, el verdulero era judío y la dueña de la confitería también era judía. En aquel lugar se habían radicado muchas familias de inmigrantes que llegaron de Polonia, de Rusia, de Alemania y de otros lugares de Europa. De pronto uno se cruzaba con personas que hablaban en yiddish (Idioma de los judíos de Europa Oriental), o con religiosos ortodoxos que parecían haber venido de Meashearim. (Barrio de religiosos ortodoxos en Jerusalén). Cuando se acercaba el viernes o alguna importante festividad, el viento traía olor a pescado, a cebolla frita y a torta de miel. Fue por esa razón que mi padre había comprado el departamento en ese lugar hacía mucho tiempo atrás. Él necesitaba estar cerca de sus paisanos para sentirse seguro.
Bajé despacio, escalón por escalón. Me detuve en todos los pisos, y parado frente a la puerta de cada departamento traté de adivinar, como en un juego de acertijos, qué podía estar sucediendo detrás de cada una de ellas. Pensé que quizás en algunas habitaba la soledad, tal vez en otra la alegría, el desamor, o la tristeza. En el cuarto piso me crucé con una mujer que vivía sola con su perra. No tenía marido ni hijos, pero sí un animal tan viejo y tan feo como
ella, a quien rigurosamente sacaba a pasear todas las mañanas y todas las tardes, aunque lloviese o cayeran granizos. Nos saludamos amablemente y después yo seguí mi descenso. En el departamento "A" del tercer piso vivía Don Samuel. La suya era la única puerta de todo aquel edificio que tenía clavada una Mezuzah (Objeto que se pone en las puertas de los hogares judíos, que contiene un rollo de pergamino con una bendición de la Biblia). Era un hombre viudo que había venido de Europa, según me contaron, en el mismo barco en el que vino mi padre, y por ello, desde entonces, eran amigos. Cuando nos encontrábamos me obligaba a visitarlo. Siempre tenía alguna comida o bebida para ofrecerme o algunas historias que contar sobre Nalevki, una perdida calle de Varsovia, antes de la guerra. Don Schmuel como lo llamaban sus amigos, ya no trabajaba. Vivía de su jubilación y la mayor parte del día pasaba en el bar buscando a quien relatar sus recuerdos, o discutiendo de política con José, o con Carlos, el dueño del bar. Cuando la estación se lo permitía iba hasta el parque a jugar dominó o a las cartas con algún otro jubilado como él. En las noches escuchaba ópera con el volumen más alto del tocadiscos y no había forma de persuadirlo de que lo bajara. Igual que mi padre, iba a casa de sus hijos solamente para la celebración de alguna festividad o para la fecha de su cumpleaños. En el departamento "C" frente al de él, vivía una pareja de recién casados. Siempre se los veía reír y besarse. Todavía eran felices.
Bajé al segundo. En ese piso vivía una joven bonita pero muy tímida que había venido sola desde el interior del país a estudiar en la capital. En el departamento contiguo habitaba también una joven sola, que continuamente recibía visitas de personas extrañas y que todas las mañanas, antes de ir a trabajar, se perfumaba con una colonia de aroma muy fuerte.
Seguí mi descenso. En el primer piso me encontré con dos niños que volvían del parque. Uno de ellos llevaba una pelota en las manos. Los vi y les envidié la edad y su condición. Vivían con sus padres y con dos hermanas más pequeñas. Eran, igual que yo, los únicos inquilinos que habitaban ese piso. El otro departamento, el "A", estaba desocupado desde que su dueño falleció, y el "B" lo utilizaba una famosa imprenta como depósito de papeles. En la planta baja estaba un local en el que había un negocio de venta de colchones, y otro de venta de electrodomésticos.
Salí a la calle, caminé unas cuadras y me detuve a comprar cigarrillos antes de llegar al bar, el único lugar seguro donde mi soledad no era atacada por la melancolía y donde calmadamente transcurrían mis horas con la lectura de algún libro o periódico, o de lo contrario me enredaba en discusiones que se improvisaban durante las interminables tertulias de los escritores que se juntaban todas las noches en aquel lugar. En otras ocasiones me detenía a mirar simple y pacientemente, irse el tiempo, desde la ventana.
Entré y ocupé la mesa del centro. Pedí un café, pero antes de que el mozo me lo trajera se sentó a mi lado José, un viejo profesor de violín, judío que había pertenecido a la intelectualidad rusa y que todavía creía en la ideología política de Trotsky y en la revolución Bolchevique. Era uno de esos rusos que seguía prendido a la teoría de que el comunismo era la única salvación para los medios de producción y para la clase obrera, y creía además que con la supresión de las clases sociales la pobreza iba a desaparecer y el hombre dejaría de sufrir hambre definitivamente.
Los dos pedimos café y como de costumbre discutimos de los temas habituales. En otra mesa se encontraba una pareja tomada de la mano y hablándose al oído. En otra estaban sentados tres poetas frente a unos cuantos libros y periódicos, esperando al resto para empezar la tertulia.
Pasada la media noche, José y yo decidimos terminar con el café, los cigarrillos y con la conversación, cuando de pronto entró al bar una niña que iba prolijamente vestida. Llevaba el pelo suelto
y un ramo de flores en las manos. Todas eran rosas, de tallos largos, muy largos, envueltas cada una en papel celofán y acompañadas de unas hojas de ilusión. Tímidamente se acercó a las mesas a ofrecer a cada hombre una flor.
-¡Para su amada! -decía- mientras sus ojos grandes y negros recorrían los platos buscando restos de comida.
A mí no me ofreció, cómo si adivinara mi estado. Me despedí, pagué la cuenta y salí.
Regresé a mi casa cansado y con deseos de dormir. Antes de acostarme tomé un libro sobre la hipnosis de Charcot. Siempre me interesó aquel método de acercamiento al inconsciente. Quedé atrapado por aquel tema, hasta que por la claridad que se filtraba por la ventana, noté que estaba amaneciendo. Para poder descansar me levanté, descorrí la cortina, apagué la luz del velador y volví a la cama. Me cubrí con la sábana y por debajo, con la mano, toqué suavemente el ancho, frío y vacío espacio que me rodeaba, aquel espacio en el que me encontraba solo y desvelado. Extrañaba a Laura.
Me levanté cansado y con mucha tos, después de un oscuro sueño. Fui a tomar un baño, pero antes me miré en el espejo del botiquín, el único espejo en toda la casa. Siempre pensé que una casa donde vivía un hombre solo era simplemente eso, una casa sin gracia y en desorden. Por el contrario la casa donde habita una mujer, es un hogar. Mi piel y mis dientes tenían el tinte amarronado que deja la nicotina. Cada vez que me levantaba con aquella tos desagradable, prometía dejar de fumar- desde ese mismo instante, pero después de tomar el desayuno, que consistía en una rigurosa taza de café negro y fuerte, no concebía empezar mi maòana sin un cigarrillo. Después era otro y otro, y al final del día era una cajetilla, o tal vez más.
El olor a comida y el ruido de la familia del primer piso terminaron de despertarme. Era terrible vivir en un edificio de departamentos donde habitan muchas personas, puesto que uno se ve obligado a recibir y a sentir diferentes ruidos y olores, aunque yo ya estaba acostumbrado a este tipo de agresiones. De tanto convivir con ellos, los reconocía con mucha facilidad. Identificaba la colonia de mi vecina del segundo "B", con la que se rociaba todas las mañanas antes de ir a trabajar, o el barullo infernal que hacía la familia que vivía en el primero cuando los niños mayores se preparaban para ir a la escuela todos los días. Junto a los gritos de su madre, eran un real tormento sumado a los ladridos de la perra del cuarto cuando la dueña se atrasaba en su paseo habitual.
Más tarde, entonces la mañana tomó su ritmo y las personas sus compromisos, yo me senté a trabajar, frente al papel blanco, desafiante y limpio. Y como estaba atrasado con la entrega de los artículos decidí dedicarme solamente a ellos, a poner al día mis comentarios sobre algún libro escogido por mí y también sobre los últimos libros lanzados, novelas, ensayos y poemarios. Pero de pronto frente al teclado de la máquina de escribir pensé que durante todo ese tiempo que llevaba trabajando como periodista, jamás me propuse escribir sobre otros temas que no fueran estrictamente literarios, y sobre los que yo también tenía conocimiento, como ser el socialismo, el comunismo, el anarquismo, el liberalismo, derechismo, sionismo, como si temiera tocar temas políticos. Era un resabio de cobardía que nos quedó a todos aquellos que crecimos bajo la represión de las dictaduras de los gobiernos militares.
Aparté aquella inquietud y volví a mi trabajo rutinario. Toda aquella mañana la dediqué a analizar el libro LA ESTATUA DE SAL de A. Memmi.
Después de haber estado escribiendo aquella crítica, y de haber fumado durante un par de horas, sentí cansancio, y para distraerme salí de nuevo al balcón. Observé el día. Se había puesto particularmente oscuro y las calles también se hallaban increíblemente quietas, calladas.
De nuevo pensé en mi padre y en lo que significaba su visita para mí.
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II
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