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lunes, 2 de mayo de 2011

JOSE DE LA CRUZ AYALA (ALÓN) - LA LEYENDA GUARANI - Introducción de RAFAEL ELADIO VELÁZQUEZ / Anuario de la Academia Paraguaya de la Historia, Asunción, 1992



LA LEYENDA GUARANI
Introducción de
HISTORIA PARAGUAYA
Anuario de la Academia
Paraguaya de la Historia
Volumen XXX
Asunción, 1992 (II)


LA LEYENDA GUARANI DE JOSE DE LA CRUZ AYALA

INTRODUCCIÓN
Esta publicación. El Ateneo Paraguayo. Noticia acerca de JOSÉ DE LA CRUZ AYALA. En la vida cultural. LA "LEYENDA GUARANÍ".

1. ESTA PUBLICACIÓN
Muchos testimonios de la cultura paraguaya resultan hoy inalcanzables, tanto para el lector corriente, como para el mismo especialista, por hallarse dispersos en revistas y periódicos de mucho tiempo atrás, o en ediciones totalmente agotadas y fuera del comercio. Ocurre eso con poemas, cuentos y artículos de Báez, Domínguez, Moreno y otros meritísimos autores de fines del siglo pasado y de comienzos del que en estos años está terminando, y desde luego, con los anteriores a ellos. Con esta publicación que aquí se presenta, iniciamos una serie que reproducirá tales fuentes agotadas.

Existe un folleto titulado "ATENEO PARAGUAYO - COMPOSICIONES LITERARIAS LEÍDAS EN LA VELADA CELEBRADA EN CONMEMORACIÓN DEL 2º ANIVERSARIO DE SU FUNDACIÓN". Buenos Aires. Imprenta de M. Biedma. Belgrano 535 (nuevo), 1888 (69 páginas, 16 x 25 cms). Del mismo, se reproduce la "LEYENDA GUARANÍ", DE JOSÉ DE CRUZ AYALA, que marca un hito en el incipiente desarrollo de nuestras letras del siglo XIX.
En volúmenes posteriores, HISTORIA PARAGUAYA recogerá, como se anuncia más arriba, otro material de equivalente valor para el área de conocimientos mencionada.

2. EL ATENEO PARAGUAYO
El 20 de agosto de 1885, el Ateneo Paraguayo conmemoraba el segundo aniversario de su fundación con una velada, forma muy decimonónica de reuniones culturales y de esparcimiento, llevada a cabo en uno de los salones del Club del Progreso - igualmente denominación propia de ese tiempo -, de Asunción.
Pronunció el discurso de apertura el Presidente de la institución, Dr. BENJAMÍN ACEVAL, jurista de los más notables de su generación, exitoso defensor que había sido de la causa del Paraguay en un litigio limítrofe con la Argentina y llamado a cumplir muy destacado rol en la iniciación y el desarrollo de la enseñanza media y universitaria. Doctorado en Derecho en la Universidad de Buenos Aires, nos representó, como hemos referido, ante el Presidente Hayes, en el arbitraje acordado por ambas partes y obtuvo el célebre laudo de 1878, así como, conjuntamente con JOSÉ ZACARÍAS CAMINOS, en el Congreso de Derecho Internacional Privado de Montevideo, de 1888 - 89; fue candidato a Senador por el naciente Partido Liberal, en 1888 y sin estar afiliado al mismo, y precandidato a Presidencia de la República de dicha agrupación política, en 1890. En esas nominaciones, visiblemente, influyó su jerarquía moral e intelectual, el prestigio del que gozaba en los diversos niveles de la sociedad paraguaya, con prescindencia total de conciliábulos de comité. Cuentan de él que, siendo Director del Colegio Nacional, le fue ofrecida la Cancillería, dignidad que en muchos casos constituye deseada culminación del "cursus honorum" del hombre público, pero él prefirió quedar en aquel otro cargo, más modesto e indudablemente de menos figuración, pero en el que entendía que podía servir mejor el interés general. No siempre se hallan casos de semejante desprendimiento en nuestra historia política. A su muerte, era Rector Honorario de la Universidad Nacional y su estatua, por más de medio siglo, ornó el paraninfo de la Facultad de Derecho.
"Este Centro - decía Aceval - , ajeno por completo a las pasiones caliginosas de la política, como a las que apartan al hombre de la cultura de su inteligencia, abre sus puertas a todas las personas de buena voluntad sin preguntar su nacionalidad, su credo político, ni su religión. Basta que sea amante del saber para que tenga un asiento en el Ateneo". Y agregaba: "Vengan los amigos del Paraguay, los que quieran y busquen su engrandecimiento y su gloria; traiga cada uno una piedra para la construcción del edificio literario..."
"Hago, pues, un llamado de patriotismo - concluía - a los hombres de buena voluntad; vengan a este centro de cultura intelectual, aistan a las conferencias que se dan, preparen trabajos literarios; nazca el estímulo; fórmese el gusto a las letras, y mañana la patria será grande, próspera y feliz y celebraremos con mucha más razón que hoy los aniversarios de la fundación del Ateneo".
El 28 de julio de 1883, con la mira de "fomentar el espíritu mediante el cambio de ideas, que se manifestará en disertaciones escritas, según lo que se prevenga en el reglamento", además de Aceval habían firmado el acta de fundación JOSÉ ZACARÍAS CAMINOS, que sería el segundo de los presidentes, CECILIO BÁEZ, RAMÓN ZUBIZARRETA, ALEJANDRO AUDIBERT y otros paraguayos y extranjeros, entre los que figuraba el polígrafo argentino Angel Justiniano Carranza, de paso entonces por Asunción y que parece haber sido el promotor de la idea.
Los párrafos transcriptos del discurso de su Presidente, más el corto pero expresivo fragmento del acta fundacional, nos relevan de la necesidad de insistir en los fines de la asociación.
En la velada a la que nos estamos refiriendo, se sucedieron varias "disertaciones escritas", leídas por sus respectivos autores, a saber: "LEYENDA GUARANÍ, de JOSÉ DE LA CRUZ AYALA, a cuya reedición estas líneas sirven de prólogo; "EL CORONEL BOGADO", extenso y muy informado estudio de ANGEL JUSTINIANO CARRANZA; "ALGUNAS MÁXIMAS DE CICERÓN", seleccionadas y glosadas por RAMÓN ZUBIZARRETA, y "LA MUJER", ensayo de JORGE LÓPEZ MOREIRA,
El ATENEO PARAGUAYO siguió organizando sus veladas y disertaciones, siempre en el local del Club del Progreso, hasta su extinción, en 1889, y en esos años, entre otros, ocuparon su tribuna CECILIO BÁEZ, entonces de poco más de veinte años, MANUEL DOMÍNGUEZ, aun más joven, JUAN CRISÓSTOMO CENTURIÓN y JOSÉ SEGUNDO DECOUD, y se dieron a conocer poemas de VICTORINO ABENTE LAGO y de vates de una generación que por entonces comenzaba a manifestarse.
En gran medida, radica la trascendencia del Ateneo Paraguayo en que es la primera institución de su tipo de carácter nacional y que agrupa a los más clasificados exponentes de la inteligencia paraguaya de los años 80, y puede ser considerado como antecedente directo del Instituto Paraguayo, fundado en 1895, que tan acentuadamente habría de influir en el desarrollo de la vida cultural paraguaya en todos sus aspectos. Sirve el Ateneo de medio de expresión, testimonio de la inquietud cultural y cívica de esa juventud nacida aproximadamente a partir de 1858, en vísperas de la guerra o en su transcurso, y a la que pertenecen CECILIO BÁEZ, JOSÉ DE LA CRUZ AYALA, HÉCTOR VELÁZQUEZ, FACUNDO INSFRÁN, JUSTO P. DUARTE, PEDRO PEÑA, GERÓNIMO PEREIRA CAZAL, PEDRO BOBADILLA, y aunque algo posteriores, también EMETERIO GONZÁLEZ, MANUEL DOMÍNGUEZ y JUAN CANCIO FLECHA, aunque no todos llegaron a incorporarse a esta asociación por hallarse entonces cursando estudios en el exterior. Entre ellos, encontramos a los primeros bachilleres del Colegio Nacional, egresados en 1882, a los alumnos de la Escuela de Derecho y a los primeros Doctores en Medicina, formados éstos en Buenos Aires y Montevideo, que regresaron en 1890 o muy poco antes. Toda esa gente joven se suma a ACEVAL, CAMINOS, ZUBIZARRETA y otros paraguayos y extranjeros ilustrados, coincidente en el ideal de promoción de la cultura.

3. NOTICIA ACERCA DE JOSE DE LA CRUZ AYALA
JOSÉ DE LA CRUZ AYALA, nacido en Mbuyapey el 13 de septiembre de 1863, luchador nato, dispuesto siempre a jugarse entero por sus ideales de justicia y libertad, fue además brillante escritor, capaz de expresar en una prosa penetrante, con magistral manejo del idioma, sus inquietudes sociales y sus con frecuencia durísimas acusaciones. Cultivó la poesía y con su "LEYENDA GUARANÍ", se ganó el sitial de precursor de la narrativa paraguaya, de una narrativa raigalmente paraguaya.
Desde la adolescencia, se suma a las voces de protesta a las que, en la década de 1880, el orden imperante da lugar. Los primeros tratados con Bolivia sobre el Chaco, las leyes de venta de las tierras públicas, del 83 y el 85, verdadera partida de nacimiento del latifundio en el Paraguay, las prácticas electorales y los métodos represivos entonces en uso, se suman para exaltar los ánimos de esa juventud, consciente de sus aptitudes, que busca un espacio que se le niega para servir la causa del bien común. A ellos, por muy niños todavía, no les cupo la oportunidad de empuñar las armas, pero habían visto caer con honor en los campos de batalla a sus padres y hermanos mayores, y les tocó compartir las inenarrables penurias que la guerra de la Triple Alianza impuso a la población entera del Paraguay.
En febrero de 1884, Ayala, de veinte años apenas cumplidos, gana por concurso la cátedra de HISTORIA ROMANA, MEDIEVAL Y MODERNA, en su "alma mater", el Colegio del que es reciente bachiller. Al propio tiempo se inicia como periodista de combate en "EL HERALDO" y sus artículos firmados con el seudónimo de ALÓN que lo ha de inmortalizar, se refieren a los problemas que él ve en la conducción del mismo Colegio Nacional.
De allí ha de pasar a los temas políticos y se ve envuelto en dura polémica, con un estilo sin concesiones. Denuncia la permisividad de la Cámara de Diputados en la interpelación a un Ministro, y aquella enjuicia a los directores del periódico. En ese momento, en verdad crucial de su existencia y definitorio de su recia personalidad, Ayala desde la barra grita "NO ENCARCELEN A ESE HOMBRE ¡YO SOY ALÓN!", asumiendo de ese modo, públicamente, la responsabilidad que se pretendía atribuir a otros.
Y viene la represión. Un atentado, que por error alcanza a otra persona, es seguido de su destitución de la cátedra sin expresión de motivos, y él se ve en la necesidad de expatriarse por primera vez, que no será la última. Tras unos meses en Buenos Aires, vuelve para trabajar en un establecimiento rural del Chaco y en su tiempo libre emprende una traducción de Kant, que los avatares de la vida política no le permiten terminar. Allí o en el reciente exilio, habrá compuesto su "LEYENDA GUARANÍ", que dará a conocer, como se ha señalado, en agosto inmediato.
En junio de 1885, se reintegra a "EL HERALDO", con la misma actitud crítica y de lucha. Por esos mismos días renuncia públicamente al Club del Pueblo, formado para postular la candidatura presidencial del general PATRICIO ESCOBAR. Por seis meses se ha de prolongar su nueva incursión en el menester periodístico: el 16 de diciembre el director del periódico es gravemente herido por un encumbrado personaje, y sin pérdida de tiempo, Ayala publica un boletín especial, en el que denuncia el hecho y lo enjuicia con su habitual energía. Ya no han devolver los días de las veladas del Ateneo: su actitud le vale un reclutamiento ilegal para las normas entonces vigentes y su envío al Chaco como soldado. Noticiado ciertamente de nuevos rigores y penurias que se le iban a imponerse fuga en marzo inmediato y gana la frontera argentina. Ha de sobrevivir con modestos y circunstanciales empleos, y se contará entre los fun-dadores del Centro Paraguayo, de Buenos Aires.
Se acoge a una amnistía dispuesta por Escobar a poco de asumido el gobierno, y para junio de 1887 está de regreso en Asunción y participa de las reuniones fundacionales del CENTRO DEMOCRÁTICO, pronto conocido como Partido Liberal. Propone un proyecto de Acta de Fundación, en el que ha puesto el fuego de sus años de lucha, y aunque la asamblea prefiere otro, redactado por JOSÉ ZACARÍAS CAMINOS y que firman todos, inclusive Ayala, éste es electo Secretario de la primera directiva partidaria.
En reuniones celebradas el 25 de agosto y el 11 de setiembre inmediatos, el oficialismo formaliza sus estructuras en la Asociación Nacional Republicana. Desde ese momento, tienen vigencia los dos partidos tradicionales que por más de un siglo han de canalizar las aspiraciones de la mayoría de los paraguayos en materia política y social.
El 17 del mismo mes de setiembre, "EL IMPARCIAL", que existe desde antes, pasa a ser vocero oficial del liberalismo, y se confía su dirección y redacción a JOSÉ DE LA CRUZ AYALA. Su primer editorial, firmado, constituye un manifiesto democrático y le han de seguir artículos de dura crítica a los actos de gobierno y otros de elevado contenido doctrinario. Como nota de interés, cabe anotar que el 24 de setiembre publica lo que podría considerarse cronológicamente como la primera tentativa de rehabilitación, siquiera parcial, de la figura histórica del Dr. Francia, no con el tono ditirámbico de los escribas de los sucesivos regímenes de fuerza de mediados y fines de nuestro siglo, sino con ecuánime objetividad, con admisión de las luces y sombras que el autor cree ver. Al mes escaso de haberlas asumido, el 16 de octubre, Ayala da término a esta función periodística.
"El año finalizaba - refiere GOMES FREIRE ESTEVES - entre caldeadas luchas partidarias y graves inculpaciones de los liberales al gobierno por falta de garantías. (... ) El periodista JOSÉ DE LA CRUZ AYALA volvió a ser blanco de las amenazas y agresiones gubernistas, viéndose obligado a vivir escondido varias veces". Tales medidas represivas se debían también a su prédica desde las columnas de "EL INDEPENDIENTE", otro periódico que, desde fines de 1887 y hasta el 30 de noviembre del 89, tendría a su cargo, y cuyos comentarios firmados como JOSÉ DE CONCEPCIÓN eran apreciablemente más duros que los anteriores y podían equipararse a los que antes publicara en "EL HERALDO".
Cuando los promotores de "El Independiente", con miras a la renovación presidencial de 1890 y buscando una salida consensuada a la violencia oficial entonces en uso, resuelven sostener la llamada política de conciliación, que desgraciadamente no ha de poder concretarse en soluciones satisfactorias, Ayala la considera una muestra indebida de permisividad y se retira de la redacción. En su último artículo, firmado con su nombre y apellido, se despide de sus lectores y dice: "Dos años hemos luchado sin tregua y 'El Independiente' ha llenado su misión. Ha sido propagandista eficaz de las doctrinas democráticas y republicanas en su extensa circulación hasta los últimos rincones de la República. Ha levantado el espíritu de los pueblos oprimidos, de los que ha sido siempre defensor abnegado. (...) Desde el 1º del mes entrante, este diario pasa a ser propiedad ajena, es otro, y los que nos han favorecido tan constantemente deben tener presente que con este número leen el último".
Su alejamiento de la prensa no significa que Ayala se retire de la lucha. Se postula para Diputado por el 13er. distrito electoral, que comprende los partidos de Ybycuí, Quiindy y Mbuyapey, precisamente su patria chica, donde es conocido y goza de general aprecio. Los comicios están convocados para el 3 de febrero de 1891, y el 3 de noviembre anterior emite un manifiesto a los electores, en el que enjuicia al sistema vigente y al actual Diputado por la referida circunscripción, al que enfrentará, y promete donar el importe íntegro de sus dietas parlamentarias para fundar escuelas de niñas "en cada uno de los tres pueblos del distrito", lo que demuestra conciencia acerca de la necesidad de la dignificación de la mujer.
La campaña electoral resulta durísima, y en la mañana del 27 de enero de 1891, Ayala y sus colaboradores son atacados en Isla Paú, a una legua de Ybycuí, por una fuerte partida de gente armada, que cuenta con el apoyo de las autoridades locales. Se combate fieramente por cuatro horas y media, con muertos y heridos, a los liberales les incendian la casa en la que se han refugiado y deben abrirse paso a tiros Ayala, su hermano JOSÉ DEL ROSARIO, NICOLÁS VARGAS, "LAMPIÑO", bravo caudillo campesino, y sus demás compañeros. Queda él impedido de intervenir en el acto electoral, y su adversario resulta así proclamado.
El Juez de Paz de Ybycuí dispone la prisión de los opositores, y aún cuando un magistrado de instancia superior revoca la orden de captura, la persecución de Ayala no cesa y debe él buscar una vez más el camino de la expatriación, que esta vez será definitiva. Narra él estos hechos en sus "CARTAS DEL INFIERNO", publicadas coetáneamente en "LA DEMOCRACIA".
Su ausencia del país le impide participar del alzamiento civil del 18 de octubre de 1891, y ha de fallecer en la ciudad argentina de Paraná, el 28 de enero de 1892.
Tal, a grandes rasgos, la vida pública de JOSÉ DE LA CRUZ AYALA, cronológicamente, con CECILIO BÁEZ, el primer adalid de la juventud liberal y el primero, también, de los periodistas paraguayos que hizo la crítica de las leyes de venta de las tierras públicas.

4. EN LA VIDA CULTURAL
Parte de los escritos de JOSÉ DE LA CRUZ AYALA ha sido reunida en 1982, en un volumen de poco más de 200 páginas, de las cuales 159 netas les corresponden, en la colección LIBRO PARAGUAYO DEL MES, de la editora NAPA, y con el título de "DESDE EL INFIERNO". Son 37 firmados como ALÓN, en "EL HERALDO", en 1884; el primer editorial de su pluma, de "EL IMPARCIAL", y quince artículos más del corto mes de su dirección, pero no el resto del material que pudiera atribuírsele; y las Disquisiciones de actualidad, las Disquisiciones políticas y filosóficas y los Arboles que dan sus frutos, en total 18 notas de varia extensión y todas muy combativas, hasta la agresividad, del 14 de septiembre al 16 de noviembre de 1889, y su nota de despedida del 30 de este último mes, con su nombre y apellido. Sin embargo, no hallamos ni los editoriales, ni sus demás comentarios y colaboraciones de los dos años en los que la redacción de dicho diario corrió a su cargo
Igualmente, se intercalan en el libro su MANIFESTACIÓN A LOS ELECTORES del 13o Distrito, ya mencionada, y la LEYENDA GUARANÍ, tomada ésta de su reproducción en "LA DEMOCRACIA", del 4 de setiembre de 1885.
Cierran la compilación que estamos glosando las CARTAS DEL INFIERNO, publicadas en "LA DEMOCRACIA", en febrero y marzo de 1891, en las que Ayala, ya perseguido y en camino de un exilio del que no ha de regresar, denuncia con detalles concretos y enjuicia la sangrienta represión a los electores de Ybycuí, y a modo de complemento, se agrega una carta suya, quizás el último de sus escritos, datada en Paraná, el 12 de diciembre de 1891, un mes y medio antes de su fallecimiento, con escueta noticia y extenso comentario de los acontecimientos del 18 de octubre reciente.
El conjunto de sus escritos en los medios de prensa, pese a la extremada energía que en algún caso llega a la violencia en la expresión, puede ser tomado como manifestación coherente de prosa polémica de intención política, de las décadas finales del siglo XIX, y llama la atención lo correcto del manejo del idioma. Por su vida entera de luchador sin tregua ni concesiones, por la ardiente pasión de sus artículos periodísticos, en los que nos parece hallar algún símil con el estilo del ecuatoriano JUAN MONTALVO, y en especial, por la temática de su "LEYENDA GUARANÍ", JOSÉ DE LA CRUZ AYALA debe ser ubicado entre los exponentes de mayor relevancia del romanticismo en el Paraguay.
Por otra parte, no perdamos de vista que ni la vehemencia de su prédica ciudadana, ni los riesgosos avatares de su lucha política, lograron sustraerlos a la actividad cultural: lo comprueba su participación en las labores del Ateneo Paraguayo , y en la fundación del CENTRO PARAGUAYO DE BUENOS AIRES

5. LA "LEYENDA GUARANI"
La LEYENDA DEL CARAU, de la ingratitud o idiferencia filiales, y de su tardía contrición, halla raíces y versiones levemente variadas en el folklore paraguayo. Recoge posiblemente algún legado de los guaraníes prehispánicos, con adaptaciones del período del poblamiento rural y de la culminación del mestizaje étnico y cultural, del siglo XVIII.
JOSÉ DE LA CRUZ AYALA toma al personaje, CARAU, le agrega la presencia de URUTAÚ, otra ave de lúgubre canto, les da a ambos forma humana, con el aderezo del amor de dos jóvenes indígenas, les suma las tradiciones populares relativas a TAMANDARÉ, el profeta desoído, y a la formación de la LAGUNA TAPAYCUÁ O YPACARAÍ, este último incuestionablemente colonial, y hace coincidir la trama con el diluvio universal, todo ello en bien lograda prosa poética.
Los protagonistas, en verdad, no conservan su identidad originaria, sino que son traspolados a una composición de literatura culta; pero en la "LEYENDA GUARANÍ" se da el primer caso de evocación de lo telúrico, de uso de elementos extraídos de la tradición popular, en las letras paraguayas. En esto radica el principal mérito del cuento, calificado de "ENSAYO" en su tiempo, y de su joven autor, JOSÉ DE LA CRUZ AYALA.
Entendemos que resulta pertinente su reimpresión como punto de partida de una serie que se propone el rescate de testimonios o fuentes de la historia de la cultura paraguaya.

Asunción, diciembre de 1992.
RAFAEL ELADIO VELÁZQUEZ



LEYENDA GUARANI

Elevada colina de cima empinada alimentaba en sus faldas, allá en la noche primitiva de la leyenda, el pueblo de Guarán, pueblo opulento que embriagaba a su Rey con el perfume del incienso de sus selvas, tan viejas como el mundo. Tributo le pagaban sus súbditos en pescado de escamas brillantes y pálidas como el sol del invierno; y cuatro veces cada doce Lunas nuevas, larga procesión del pueblo guaraní conducía en andas y angarillas de cuero de pantera un bosque flotante de plumas de avestruz con que se adornaba al Rey y su rústico palacio. Al soplo del Oriente este palacio parecía columpiarse sobre sus cimientos, y la suave pluma del chajá de los húmedos valles se levantaba en tropel confuso en los aires y se perdía en el azul del firmamento.
Otros presentaban sus tributos en fuentes de arcilla de formas caprichosas, del color de la púrpura y de la grana, brillantes piedrecitas del hueco de un lejano torrente que se despeñaba de una alta sierra en un abismo en que roncaba un genio desconocido. Aquel entregaba una bandada brillante de tornasolados colibríes en jaulas de ramas verdes como la esmeralda; y aquellos otros el pichón locuaz del multicoloro papagayo que una tradición suponía poseído de un genio protector, de un talismán, por su facilidad para modular la palabra humana; y este era el presente de la casta cazadora de la pléyade bárbara.
Una otra casta, escasa en número, escarbaba la tierra con pena grande, buscando con la punta de su arado rudo, el germen dormido de la mies, pagaba tributo con la primicia de su reducido huerto, o recogía desde donde la mano podía alcanzar, la fruta olorosa del brillante hesperidio del festín abundoso de sus selvas, y colocaban en canastos de juncos secos y amarillos en el festín interminable del Rey.
Pero había una casta masculina y célibe, profundamente original, llena de fanatismo y de superstición, que no pagaba tributo y se dedicaba al culto, modulando perpetuamente en el ara salvaje colocada al aire libre, chorreando siempre la sangre del sacrificio, palabras misteriosas, secretos conjuros contra los espíritus invisibles que poblaban los aires y podían por magia misteriosa perturbar el orden mismo de la creación; eran los genios del mal multiplicados hasta el infinito. Hierofantes misteriosos, sacerdotes al aire libre, exaltados por visiones místicas, elevan constantemente una salmodia infinita al Sol y a la Luna, dioses supremos, cuyas iras aplacaban con cruentas hecatombes y arrojando flechas contra el dios de la cólera. Veíasele frecuentemente, torvos y airados, prorrumpir en palabras de oculto sentido, y lanzar al viento un grito de maldición contra el delincuente.
Así vivía el pueblo de Guarán. Y su Rey en un prolongado festín, en bacanales y orgías, creaba la crápula del vino y de la sensualidad.
Era el festín de Baltazar, ese otro Guarán del opuesto hemisferio donde duerme el Sol y la Luna. Bacantes desnudas en son lascivo, danzaban al compás de bárbaros címbalos alrededor de la mesa del festín.
Una escena brutal se consumaba cada minuto. De repente un magnate, ebrio y turbado por el vapor del fuerte licor que fermentaba en las copas de barro sobre la mesa del festín, un baco tambaleante, excitado por una emoción eléctrica que recorría toda la materia de su cuerpo, se levantaba, y espumante la boca, se lanzaba con furia brutal sobre una bacante para caer aturdido por la consumación de la voluptuosidad.
La cheza del Rey era el mirto de Milita en cuya sombra resonaba constantemente el rumor de repugnante orgía.
Bella entre todas, dominaba a todas las damas jóvenes con sus lúbricas danzas la hija del Rey, la princesa URUTAÚ. Su pecho siempre consumido por un fuego secreto, su alma arrebatada por un incendio, le hacían correr en las horas calladas de la noche en pos de nuevos placeres
A tres horas de caminar continuo hacia donde nace el Sol se encontraba el pueblo patriarcal de TAPAICUÁ, regido por rey soberbio y fuerte.
Guerrero como su pueblo, afilaba su silbante flecha, y le daba una virtud formidable untándole el KURARÁ, veneno que ocultaba un sueño de muerte. Su hijo CARAÚ, valiente luchador de la pantera rugidora, fuerte como nadie, veloz como la silbante flecha disparada por el robusto brazo de su padre, de negra y honda pupila, vivía intranquilo, vagando inquieto de sombra en sombra en la selva secular de prolongados ecos, como impelido por un vago misterio. El arrayán blanco y gigante movido en sus ramas por un soplo del noto producía un chirrido, una nota como un quejido que resonaba en la sombra umbrosa; y el príncipe corría en pos de este sonido moribundo, buscando una palabra de amor en el viento, en las auras, en el céfiro, en cada hoja del árbol, hasta que disipado el eco, melancólico y abatido, se dejaba caer a la sombra del cedrón añoso.
Vano intento: el suspiro fugitivo pronto iba a transformarse en la voz trágica de un cataclismo!
En estos días, cuando resonaba el son de besos, el rumor de la orgía en el festín de Guarán; cuando un canto de guerra, un alarido de combate dejó oír el pueblo de TAPAICUÁ, en lucha entonces con una raza de caníbales venidos del otro lado de un monte que diseñaba su vago peristilo en el horizonte, aparece de repente una figura tétrica como un cadáver ambulante evocado de las criptas profundas de un sarcófago, un hombre de cuerpo descarnado, de rostro demacrado, de expresión airada y siniestra, de cabellos luengos y desordenados, de torvo gesto, fulminando con acento espantable un grito de maldición, y vaticinando como iracunda Sibilla la consumación de un misterio terrible, de una temerosa justicia. Era este el profeta TAMANDARÉ. - Oigo, decía, un rumor como de un mundo que se desmorona. El rumor de la caverna de los gigantes en que zumba el soplo de huracán, no será nada, comparable con el trueno que resonará a la puerta de la diva Luna. Será ruido de hundimiento, ruido de muchas aguas.
Ya oigo el rugido desesperado y agonizante de la fiera en la selva umbría; los ayes, los lamentos, las palabras de dolor llenan ya la inmensidad de los cielos.
Cuando tres soles hubiesen pasado por la extensión vacía del cielo, todo será llanto y agonía. Un globo en chisporroteo horrible cruzará el horizonte; y en la noche oscura, cuando la tierra se estremezca de espanto, cuando las profundas grietas dejen escapar sus fugitivas llamas y el empinado monte se corone de negros crespones de humo, meneados por todos los vientos, entonces esperad ¡oh pueblo! porque el furor de los dioses se acercará! Inmensas olas, altas como montes, turbias y bermejas, oscuras y rojas como sangre líquida cubrirán la tierra!...".
Turbóse el pueblo, la muchedumbre de guerreros se irritó, la bárbara gritería llenó el espacio, y cada varón armado de flecha empinó su arco y arrancó una saeta de su carcaj de cuero de venado para dispararla contra el chivo sol, el dios iracundo.
Al ruido del tumulto acuden TAPAICUÁ y CARÃU que reclaman el silencio, preguntando la causa de tanta algarabía; y todos les señalan al hombre misterioso que permanecía de pie y en silencio. Vuelve a hablar y dice: -Tus crímenes, oh tierra, son bastantes a desencadenar las olas de la ira del dios terrible.-Vuelve también a comenzar el tumulto, y entonces el misterioso profeta dice a TAPAICUÁ: -Dos altas palmeras cargadas de frutos tienen aprisionadas sus raíces entre duras peñas en la abrupta cima del monte que domina el hondo valle. Cuatro Lunas pusisteis en sus copas, tú y tu mujer, sobre las olas del diluvio.
Y dirigiéndose a CARÃU dijo: -Tú, veloz heraldo, corre, vuela, traspasa la selva y el llano, sube y baja las colinas y anda y avisa a tu tío GUARÁN lo que pasará cuando tres soles brillen sobre el mundo.
Y el veloz heraldo de ligera planta, rompió su carrera hacia el sol poniente, atraviesa selvas y valles, sube y baja las colinas hasta que después de tres lunas de correr continuo, divisa a lo lejos en la cima de elevada colina el pueblo de Guarán su tío.
Era la hora en que el tercer Sol se iba sepultando en el poniente, tras el empinado monte. La luna como un disco de plata, blanca y pálida, aparecía en el oriente. Era también la hora en que la bella URUTÃU salía de festín para bajar al hondo valle que domina la colina - en pos de nuevos placeres, de aventuras obscenas, aspirando el perfume de las flores y agotando todo lo sensual en una sola voluptuosidad.
Ve pasar por junto a ella, rápida como una exhalación por entre el jazmín oloroso, una sombra.
-¡Alto! grita la princesa. ¿Quién pasa ligero sin arrodillarse ante la que va a ser Reina de este valle frondoso, rico en caza y el majestuoso torrente abundoso en peces de brillantes colores, riqueza viva de mi potente padre?
Y el veloz heraldo que había corrido tres lunas continuadas detuvo su paso, miró fijamente la bella sombra, la visión mística y cayó de rodillas murmurando una palabra de amor. Había oído el eco que tantas veces escuchara vagar de rama en rama en la espesura de la selva. URUTÃU, la princesa impura, conmovida por una nueva emoción de esa pasión brutal que había ulcerado su pecho, se acerca, mira y exclama: -¡Que bizarro continente! ¡Qué apuesto y que galán se muestra el mozo! Pero qué es ese resollar violento! ¿Habéis corrido por ventura el día entero?... ¿Quién eres? ¿a qué has venido a este sitio?
¡Oh tú, divino Sol que ya te ocultas, y tú, oh diva Luna, no me arrebatéis el rayo de esa honda y negra pupila. Pero dime ¿quién eres? ¿a qué has venido a este valle de placeres?.
-Soy CARÃU, príncipe de la lejana comarca, del potente reino de mi padre TAPAICUÁ, vengo a traeros fatal noticia... El ronco trueno ¿oyes? ese ronco trueno es la señal de muerte. Y el valle oloroso, y el reino y la tierra toda en breve no será sino el ancho seno de inmenso mar!... ¡Oh dolor!...
-¿Por qué llora el fuerte luchador de la pantera rugidora? Desecha el vano llanto que humedece tus párpados, abrásame con el fuego de tu mirada; míra me que el corazón late, flaqueo... ya no puedo ... príncipe... mi amor!
-Oh dolor, princesa, oh dolor!
El rumor crece ronco. Bestias y alimañas salvajes pasan huyendo desesperadas por cerca de los dos amantes y un trueno espantoso retumba en la extensión vacía del cielo. Vapores sulfurosos brotan de la tierra, fantasmas y vestigios por cuyos cuerpos serpentean fosforescentes llamas llenan el espacio, y una ola alta, alta como líquida montaña, rodó de valle en valle y cubrió la tierra.
De las espumas del diluvio salen dos aves; son los manes de los amantes. URUTÃU transformada en un ave sigue eternamente la marcha del sol; y al caer la tarde en la misma hora del cataclismo, comienza su primer lamento, ese grito triste de siglos que en las noches calladas cuando la Luna vierte sobre la tierra su pálido resplandor, conmueve con su acento las tinieblas y el bosque. Y en tanto CARÃU, trasformado a su vez en un ave de nuestros valles, al salir la Luna lanza un acento desgarrador...
A tres jornadas de caminar continuo, sobre la torva superficie de los mares, se levantan dos palmeras, únicas plantas que sobresalen a la superficie de las aguas. En sus copas de helecho estaban TAPAICUÁ y su mujer. ¿Dónde el valiente está, decían? y les contestaba el ruido ronco de las olas
Cuando el Sol llegó a su zénit un mar iluminó, mientras una blanca cigüeña batía con sus fuertes plumas las olas del diluvio.
Así las tradiciones se unen para explicar la colosal leyenda de los siglos, la leyenda del diluvio.

JOSÉ DE LA C. AYALA

jueves, 25 de marzo de 2010

CARLOS R. CENTURIÓN - HISTORIA DE LAS LETRAS PARAGUAYAS – TOMO I / Texto: LOS DÍAS INICIALES DE LA CONQUISTA Y DE LA COLONIA.

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HISTORIA DE LAS LETRAS PARAGUAYAS – TOMO I
por CARLOS R. CENTURIÓN
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
EPOCA PRECURSORA
EPOCA DE FORMACION

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EDITORIAL AYACUCHO
BUENOS AIRES-ARGENTINA (1947)
Fuente:
BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY (BVP)

EDICIÓN DIGITAL ( IR AL INDICE )
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. La evolución de la literatura paraguaya, que muestra a ratos la luminosa presencia de un genio - la más de las veces frustrado - necesitaba el historiador consciente que al mismo tiempo que crítico imparcial, expusiera los altos y bajos valores que en el decurso de los años, o de los siglos, la caracterizaron. El doctor Centurión ha conseguido, merced a su reconocida probidad intelectual, escribir esta bien lograda Historia de las letras paraguayas, ajustada síntesis de una producción abundante y dispersa, que a pesar de algunas figuras señeras aun no reconoce el escritor símbolo, príncipe de las letras autóctonas.
En ponderable esfuerzo, se han superado las múltiples dificultades que mostraba una empresa de este género; de un sincero afán de realizar un estudio integral de los orígenes y del desenvolvimiento de la prosa, de la poesía, de la historia y del periodismo paraguayos, ha resultado este magnífico ejemplar de historia literaria.
Magnífica exposición de una meritoria colección de escritores es, entre otras, la virtud más relevante de este trabajo con el cual Carlos R. Centurión señala otro de los momentos brillantes de la producción literaria que él relata.
Editorial Ayacucho, Buenos Aires, Año 1947

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RECONOCIMIENTO
** En la larga y paciente búsqueda de documentos, he hallado la colaboración valiosa de un silencioso y eficaz obrero de la cultura: Rolando A. Godoi.
** La Biblioteca Americana, formada por su ilustre progenitor, el ex convencional Juansilvano Godoi, fue para mí fuente fecunda de riquísimas informaciones.
** He contado también con la cooperación desinteresada del director del Archivo Nacional de la Asunción, José Doroteo Bareiro; de un varón recio y constructivo, Juan Francisco Recalde; de una voluntad puesta al servicio de señeros ideales humanistas, Francisco Sapena Pastor; de un investigador abnegado, Adolfo V. Lataza; de un espíritu joven y afanoso de superación intelectual, Benigno Riquelme; y con el estímulo fraterno, noble y constante de Manuel Galiano. También adeudo a mis hijos Fernando, Jorge y Beatriz Centurión Mazó, gran parte del trabajo material de este libro. Para todos ellos mi profunda gratitud.
C. R. C.
**/**
PREFACIO
** Para realizar el estudio de las letras paraguayas, hemos dividido su historia en cuatro períodos, a los cuales denominamos, respectivamente, época precursora, de formación, de transformación y autonómica.
** La primera abarca desde los más remotos orígenes hasta la revolución de la independencia nacional, vale decir, hasta el 14 de mayo de 1811. Es una era comprensiva de tres centurias, o más, que se caracteriza por el ensamble de dos razas y todas sus consecuencias naturales y lógicas, como la aparición del nuevo linaje, la gestación del lenguaje criollo y el nacimiento de una nueva civilización y de una nueva cultura. El análisis de ese prolongado y todavía no iluminado lapso pretérito, nos condujo a averiguar el posible comienzo de la prosa paraguaya, así como el de la poesía en sus variados aspectos; el de la historia y del teatro; el de la oratoria y la didáctica, etc. También hemos dedicado nuestros afanes al idioma guaraní, considerado como expresión del pensamiento y del sentimiento vernáculos y como motivo de investigación científica.
** Tampoco hemos olvidado la necesidad de diseñar el escenario en que se desarrollaron las letras primigenias, queremos decir, el Paraguay de la conquista y la colonia. De ahí la narración objetiva y cronológica de los hechos más importantes de aquel tiempo.
** La instrucción pública, desde la fundación de la primera escuela en el solar guaraní, es también motivo de un recuerdo especial, así como las actividades de los sacerdotes, sean ellos jesuitas, franciscanos, mercedarios o dominicos.
** La revolución de los comuneros y el Colegio de Monserrat constituyeron igualmente temas que han absorbido nuestra preocupación.
** El segundo periodo, iniciado en 1811, se cierra en 1870. Es la época de formación. Pertenecen a su estudio la discriminación de las causas y consecuencias del movimiento político emancipador de mayo, la semblanza de sus adalides y la indicación y el examen de los valores literarios cuya aparición se marca en el cuadrante de aquel tiempo.
** La dictadura larga, monótona y penumbrosa, del taciturno de Ybyray – José Gaspar de Francia – es, asimismo, motivo de análisis, al igual que el gobierno patriarcal de Carlos Antonio López. La biografía sintética y la bibliografía, todavía escasísima, de los intelectuales de ese período son expuestas sin exageradas pretensiones críticas.
** El historial del Himno Nacional, los principios del periodismo vernáculo, el desarrollo de las actividades democráticas, la musa popular, los mitos, tradiciones y leyendas, constituyen temas de sendos capítulos.
** Finalmente, la guerra de defensa que sostuvo el Paraguay contra la triple alianza, desde 1864 hasta 1870, es estudiado desde el punto de vista político y literario y, especialmente, como causa de la aparición de oradores, poetas, historiadores, periodistas, etc., y como razón – paradoja de siempre – de evolución cultural. Esta etapa final de la era de formación se caracteriza por los motivos épicos que esencializan la floración intelectual.
** La tercera época, la que denominamos de transformación, comienza entre las ruinas de la gran tragedia cuya más alta cima exornan las pétreas y boscosas serranías de Cerro Corá.
** Los poetas que aparecieron en la treintena postrera del siglo XIX se inspiraron principalmente en la patria; lloraron sus infortunios, cantaron, con voz doliente y quejumbrosa, las penurias y los penares del pueblo. Casi todos ellos han abandonado la lira a poco de haberla pulsado. La han trocado, al llegar a los veinte años, por la pluma del periodista, la toga del abogado, el escalpelo del médico o el silencio sin esperanzas. Pero también aparecieron en aquel tiempo prosadores que debían de señalar rumbos en la historia y en la crítica; doctrinarios que diseminaron nobles ideales; oradores elocuentes que arrastraron a las masas populares.
** Son también estudiados en este período los orígenes del gobierno provisorio de 1869-1870; la Convención Nacional Constituyente y sus más esclarecidos voceros; la iniciación real de las luchas democráticas; el desarrollo del diarismo; los primeros gobiernos de la transguerra; la formación de los partidos políticos llamados tradicionales, vale decir, el Partido Liberal y el Partido Nacional Republicano o Colorado; la hegemonía de cada uno de ellos; la evolución de la enseñanza en todos sus grados; las actividades comiciales; los museos, archivos y bibliotecas; la cultura jurídica y otros aspectos del desarrollo intelectual del Paraguay.
** La corriente literaria, que más influencia ejerció entre los escritores del siglo XIX fue la romántica. El clasicismo casi no tuvo representante en nuestro país durante aquellos años de su historia. Ya en las primeras décadas del siglo XX aparecieron ciertos devotos de la misma, así como algún simbolista. No se anota la presencie de ningún naturalista; empero, el prestigio del decadentismo se hizo sentir al influjo de Rubén Darío.
** La época autonómica – la llamamos así por el afán de independencia de sus representantes, tanto en los motivos autóctonos en que se hallan inspirados como en la manera de tratarlos – arranca de 1913, año en que fue fundada en la Asunción una revista de caracteres sobresalientes. Se llamaba Crónica. A su sombra se cobijó un grupo numeroso de selectos valores juveniles, destinados a desarrollar importante labor intelectual. Entre los integrantes de esa pléyade, aparecieron discípulos fervorosos de todas las tendencias literarias, siquiera siempre en mayoría romántica. También en esa caravana han de hallarse a los autores teatrales y a los novelistas iniciadores y portaestandarte de tales géneros en el Paraguay contemporáneo. Los temas preferidos, desde 1920, han sido los de carácter político-social.
**Al estudiar el panorama general de la nación durante este periodo, nos ocupamos de los acontecimientos más interesantes. El grupo de 1918; la generación de 1923; el estudio de la lengua guaraní; el desarrollo del teatro; la revolución de 1922-1923; la evolución de la prensa; las luchas por el derecho obrero; la guerra del Chaco, sus causas, su desarrollo y sus consecuencias; los institutos privados de enseñanza; la revolución del 17 febrero de 1936; la revolución del 13 de agosto de 1937; la reforma de la Constitución Nacional de 1870, constituyen, además de otros, capítulos especiales de este libro.
** Son también motivos de investigación las entidades paraguayas de alta cultura; las justas electorales desde 1917 hasta 1944; la obra civilizadora de los centros estudiantiles; la instrucción pública; las actividades radiotelefónicas en nuestro país y la hegemonía política del "nacionalismo".
** Todos los valores intelectuales aparecidos en este período, como los anteriormente surgidos, son citados en orden cronológico, agrupados y examinados, someramente, como cabe en un trabajo de esta índole, desde el punto de vista de sus obras y de sus orientaciones y tendencias.
** Sin renunciar al derecho de hacer crítica, hemos escrito este libro animados de un espíritu benévolo. De allí que contengan sus páginas nombres que, rigurosamente controlados, no podrían aparecer en una obra de selección. Pero nuestro propósito principal es presentar un panorama integral de la evolución de las letras paraguayas, con sus aciertos y sus errores, sus méritos y sus defectos, sus luces y sus sombras.
** Cinco años de labor constante, vividos sin treguas ni descansos, ora sobre los caminos del destierro, ora en las soledades de prisiones y confinamientos sufridos en holocausto de ideales democráticos y de ensueños ciudadanos, se han plasmado en este libro. Pero no se busque en sus páginas el acíbar del odio, ni el rescoldo del despecho, ni la acidez de la envidia. Ninguna de esas pasiones, a Dios gracias, ha enturbiado jamás la serenidad de nuestro espíritu.
** Hoy, al poner esta obra al alcance del público, la entregamos también al Paraguay. Quiera la Divina Providencia que ella sirva a la Patria, siquiera modestamente, para decir al mundo que todo su valor y su fuerza no sólo se afinca y se condensa en el acero de su espada – criterio equivocado –, sino también en el pensamiento de sus doctrinarios, en el canto de sus poetas, en el verbo de sus tribunos, naturales voceros de nobles ideales que son luminares de sus minaretes y atalayas, inspiradores de sus avatares y blasones de su tradición y de su historia.

HISTORIA DE LAS LETRAS PARAGUAYAS - Tomo I
VERSIÓN DIGITAL
BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY (BVP)

HIPERVÍNCULOS

CONTENIDO DEL TOMO I
Dedicatoria
Reconocimiento
Prepacio
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ÉPOCA PRECURSORA
I.– Los días iniciales de la conquista y de la colonia.
II.– Los primeros gobiernos coloniales.
III.– Otros precursores del siglo XVI.
IV.– Los gobiernos coloniales del siglo XVII
V.– La lengua vernácula.
VI.– El aporte cultural de las misiones jesuíticas.
VII.– La revolución de los comuneros.
VIII.– La instrucción pública en el Paraguay colonial.
IX.– Los últimos gobiernos coloniales.
X.– Las letras al finalizar el siglo XVIII.
XI.– El colegio de Monserrat.
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ÉPOCA PRECURSORA

XII.– La revolución de la independencia.
XIII.– El período dictatorial de José Gaspar de Francia.
XIV.– El período gubernativo de Carlos Antonio López.
XV.– El himno nacional.
XVI.– Bajo el imperio de Melpómene.
XVII.– Los orígenes del periodismo paraguayo.
XVIII.– Las actividades democráticas hasta 1870.
XIX.– La musa popular - mitos - tradiciones - leyendas.
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ÉPOCA PRECURSORA
I
LOS DÍAS INICIALES DE LA CONQUISTA Y DE LA COLONIA

Vasta zona es la del Paraguay, situada en el centro de la América del Sur, como si fuera, por su forma y la generosidad de su savia, el corazón de estas regiones. Cubierta por azul y luminoso cielo, regada por los ríos más caudalosos y pintorescos del mundo, exornada de cordilleras montuosas y coquetas serranías, con llanos fértiles y amplios, abiertos a los rayos de oro de un sol espléndido, la rica tierra paraguaya es un edén paradisíaco, sahumado por la exquisita fragancia del más variado ramillete floral que la naturaleza ofrecer puede a los hombres. Y si sus días son irisados de puros y variados colores, sus noches, de serenidad profunda y frescura acariciante, poseen extraño y seductor embrujo.
Originariamente habitado por los guaraníes, raza leyendosa, cuyos orígenes remotos – entroncados con los karaive o karive (1), sigue constituyendo un motivo de apasionante interés para las ciencias contemporáneas – desde el año 1523, tiempo en que el lusitano Alejo García, llegado de las costas del Brasil en pos de las tierras ignotas del rey blanco, la descubrió en todo el esplendor de su belleza, ha sido el solar de una nueva raza, de la estirpe criolla, del tipo paraguayo, mezcla armoniosa de la sangre hispana, conquistadora y romancesca, y de la guaraní avasalladora, sentimental y cauta.
Este nuevo linaje ha heredado de los españoles sus costumbres, la fe en Dios, su altivez indomeñada, el individualismo intransigente y esa hermosa lengua lírica "en que se inspiraron sus periplos y pensaron sus místicos y cantaron sus poetas"; y de los aborígenes ha heredado también sus mitos, sus tradiciones y leyendas, su abnegación extraordinaria, su sobriedad estoica y el encanto de un habla onomatopéyica, gutural y extraña, en la que se pueden expresar sentimientos delicados y atrevidas concepciones. De ambas razas le vienen, asimismo, su aptitud para la guerra y su vocación romántica.
El origen de las letras paraguayas debe buscarse en el hogar primigenio del conquistador hispano y de la india, en el decurso histórico de la primera mitad del siglo XVI. Tal vez se lo halle en la copla tarareada por el español, al descuido, como en el recuerdo de la patria lejana; acaso en la canción entonada en la lengua regional de donde proviniese, al son de la guitarra, en los atardeceres melancólicos; quizás, en el aprendizaje del idioma eterno de Cervantes a que se dedica la india pensativa y el pequeño mestizo que nace a la vida; probable fuere que se lo descubra antes, en el inicial diálogo extraño, hilarante, sostenido por el soldado de España, altanero y audaz, y 1a taciturna y desnuda emperatriz de los toldos aborígenes que ofrece al deseo y a la admiración del blanco el encanto de su carne morena, tersa y bruñida, y el fascinante hechizo de su mirada, lánguida y profunda. Puede ser, finalmente – ¡quién lo sabe! –, que se anide en las primeras mímicas cambiadas, en los gestos prístinos y recíprocos de estos seres de mundos tan dispares que se encuentran, sorpresivamente, en una región salvaje y armoniosa, aromada, iridiscente y llena de misterios.
La fundación de Nuestra Señora Santa María de la Asunción, el 15 de agosto de 1537 (2), es un hito que señala el comienzo de la evolución literaria del Paraguay.
Juan de Salazar y Espinosa, al levantar "la casa de madera en esta dicha ciudad", en cumplimiento de la promesa contraída con los guaraníes, a su arribo hacia Candelaria en busca de Juan de Ayolas y sus compañeros, asentó el primer peldaño del proceso histórico de las letras paraguayas. Porque ha de recordarse que las actividades de conquistador no fueron obstáculos para que este fundador de la "ciudad madre de ciudades" buscase en la lectura un refugio a sus preocupaciones y pesares, y formase la primera biblioteca asuncena de que hacen memoria los historiadores. Escribió también, Salazar y Espinosa, algunos romances, con los que engarzó "cierta cadena de amor" de que hablan crónicas antiguas.
Al dictar su testamento, en 1557 – documento éste que permaneció ignorado durante tres siglos en el Archivo Nacional de la Asunción –, el famoso conquistador dejó a sus hijos para que "partan hermanablemente entre sy los libros de Romance y de mano de lectura que yo tengo escribto". Legó también a su mujer, "para su consolación", un Flos Sanctorum y las Epístolas de San Gerónimo.(3) Hasta hoy nada se tiene averiguado de los aludidos romances.

JUAN DE SALAZAR Y ESPINOSA era castellano, burgalés, nacido en Medina de Pomar, en 1508. Vino a América en la expedición de Pedro de Mendoza. Fue capitán del galeón Anunciada. Fundó la histórica "casa fuerte" a que ya hicimos referencia. Acompañó al adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca en su espectacular derrocamiento, y con éste regresó a Europa. En prueba de su lealtad, Carlos V le concedió un escudo, diciéndole, en cédula real: "Vos poblásteis la ciudad de la Asunción y por eso tendrá por arma vuestro escudo una torre de oro." Regresó al Paraguay, ya casado con Isabel de Contreras, y aquí, reanudada su amistad con Irala, se le nombró tesorero real.
El fundador de la Asunción falleció en dicha ciudad, pobre, casi desvalido, el 11 de febrero de 1560.(4)
He aquí un fragmento de la famosa carta de Salazar dirigida al Consejo Real de Indias: "Asumpcion, 20 de Marzo de 1556. Muy poderosos señores: De Santos y San Biçeynte scriví postreramente con Françisco Gambarrota, genoues, que venía del Paraguay para yr á ese Consejo Real de Yndias, y con él enbié çierto metal que me enbiaron del Paraná para muestra. Visto que de Portogal no venia el despacho para nos dexar yr al Paraguay, y tan malas esperanças de nuestro remedio, y la neçesidad de cada día mayor y muchas molestias que no se podían sufrir, traté con el Çiprian de Goes, hijo de Luis de Goes, que avia poco era venido de Portugal á estar en vn yngenio del padre, que nos viniesemos al Paraguay, por dél entendí tener voluntad de lo hazer. Y así lo hezimos, con una dozena de soldados que comigo estaun y otros seis portogeses que salieron con Çiprian de Goes; y asi, truxo la muger y yo a Ysabel de Contreras, con quien me casé, y dos hijas suyas, y otras tres mugeres casadas..." (5)
Sigue cronológicamente al "capitán poeta" – cuya obra literaria probó Viriato Díaz Pérez – en sus veleidades literarias, en Nuestra Señora Santa María de la Asunción, un clérigo, natural de Placencia, en la provincia de Cáceres, España. Su nombre era Luis de Miranda de Villafañe y cultivaba el romance, género preferido en América, por aquel tiempo, para narrarse los sucesos de la conquista. Este clérigo poeta era hijo de Antonio de Miranda y de Catalina Álvarez de Villafañe. Vino al Nuevo Mundo también en la expedición de Pedro de Mendoza y fue actor en la fundación de la primitiva Buenos Aires, en donde ofició la primera misa. "Su nombre aparece mezclado en los iniciales disturbios de la colonia." Fue protagonista de un incidente escandaloso con Diego de Leyes, en 1536, en aquella ciudad recién levantada, a causa de una "mujer enamorada". Abandonó dicha población en 1541. En 1544 pretendió incendiar algunas casas de la naciente Asunción, afanoso de libertar a su amigo, el adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quien, en 1545, regresaría preso a España a bordo de la primera carabela botada al agua en esta parte de América, y que se llamaba Comuneros. (6) Esta carabela fue construida por orden del mismo Alvar Núñez. Duraron los trabajos desde 1542 hasta 1545, y el constructor fue Hernando Baez, "maestro de hacer navíos". (7)
El aludido propósito delictuoso atribuido a Miranda de Villafañe, descubierto por las autoridades asuncenas, valióle ocho meses de prisión. Éstos y otros parecidos sucesos diéronle fama de "hombre de muy poco sosiego".
Luis de Miraada de Villafañe escribió los versos a que nos hemos referido, durante su estada en la futura capital del Paraguay. Romance Indiano llamólos Ricardo Rojas; Coplas los denominan otros autores americanos. Dichos versos hállanse, en manuscrito, al final de un expediente del año 1569, existente en el Archivo General de Indias e intitulado Relación de los españoles que residen en el Río de la Plata procedentes de las expediciones de Mendoza, Cabeza de Vaca y otros. (8) Son "octosílabos de pie quebrado y aunque menos correctos y menos cortesanos, los versos de Miranda tienen el sabor de las famosas coplas de Manrique". Relátanse en ellos el drama del hambre y los padeceres de los habitantes de la originaria Buenos Aires, así como otros sucesos de la conquista.
Hélos aquí:

Año de mil quinientos
que de veinte se decía
cuando fué la gran porfía
en Castilla,
sin quedar ciudad ni villa,
que a todos inficionó,
por los malos, digo yo,
comuneros:
que los buenos caballeros
quedaron tan señalados,
afinados y acendrados,
como el oro:
Semejante al mal que lloro,
cual fué la comunidad
tuvimos otra, en verdad
subsecuente
en las partes del Poniente,
el Río de la Plata,
conquista la más ingrata
a su señor;
desleal y sin temor,
enemiga del marido,
que manceba siempre ha sido
que no alabo.
Cual los principios el cabo
aquesto ha tenido cierto,
que seis maridos ha muerto
la señora;
y comenzó la traidora
tan a ciegas y siniestra
que luego mató al maestre
que venía.
Juan de Osorio se decía
el valiente capitán,
fueron Ayolas, Luján,
y Medrano,
Salazar por cuya mano
tanto mal nos sucedió.
Dios haya quién los mandó
tan sin tiento,
tan sin ley ni fundamentos,
con tan sobrado temor,
con tanta envidia y rencor
y cobardía.
Todo fue de mal en mal
en punto desde aquel día,
la gente y el general
y capitanes.
Trabajos, hambres y afanes
nunca nos faltó en la tierra
y así nos hizo la guerra
la cruel.
Frontera de San Gabriel,
a do se fizo el asiento:
allí fué el enterramiento
del armada.
Jamás fué cosa pensada,
y cuando no nos catamos
de dos mil aún no quedamos
en doscientos.
Por los malos tratamientos
muchos buenos acabaron,
y otros los indios mataron
en un punto.
Lo que más que aquesto junto
nos causó ruina tamaña
fue la hambre más extraña
que se vió;
la ración que allí se dió,
de farina y de bizcocho,
fueron seis onzas u ocho
mal pesadas.
Las viandas más usadas
eran cardos y raíces,
y a hallarlos no eran felices
todas veces.
El estiércol y las heces,
que algunos no digerían,
muchos tristes los comían
que era espanto;
allegó la cosa a tanto,
que, como en Jerusalén,
la carne de hombre también
la comieron.
Las cosas que allí se vieron
no se han visto en escritura:
¡comer la propia asadura
de su hermano!
¡Oh juicio soberano
que notó nuestra avaricia
y vió la recta justicia
que allí obraste!
A todos nos derribaste
la soberbia, por tal modo,
que era nuestra casa y lodo,
todo uno.
Pocos fueron o ninguno
que no se viese citado,
sentenciado y emplazado
de la muerte:
más tullido el que más fuerte;
el más sabio, el más perdido;
el más valiente, caído
y hambriento.
Almas puestas en tormento
era vernos, cierto, a todos
de mil manera y modos
ya penando;
unos continuo llorando,
por las calles derribados;
otros lamentando echados
tras los fuegos;
del humo y cenizas ciegos,
y flacos, descoloridos;
otros desfallecidos,
tartamudos.
Otros del todo ya mudos,
que el huelgo echar no podían
ansí los tristes corrían
rabiando.
Los que quedaban, gritando
decían: Nuestro general
ha causado aqueste mal,
que no ha sabido
gobernarse, y ha venido
aquesta necesidad.
Causa fué su enfermedad,
que si tuviera
más fuerzas y más pudiera,
no nos viéramos a puntos
de vernos así trasuntos
a la muerte.
Mudemos tan triste suerte
dando Dios un buen marido,
sabio, fuerte y atrevido
a la viuda.

Existe una carta de Miranda de Villafañe dirigida al rey desde la cárcel de la Asunción, el 25 de marzo de 1545. Se cree que regresó después a España y que retornó posteriormente al Paraguay, pues, en 1570, residía en estas regiones, según se desprende de otro documento, fechado aquel año y también en la Asunción, en el que el arcediano Martín del Barco Centenera le recomendaba al Consejo de Indias para la provisión de cargos como "docto y de buena vida y mucho servicio en la tierra". Es la última noticia que se tiene de "su vida desasosegada".
Antes de pasar adelante, conviene recordar que una antiquísima tradición de los guaraníes hace memoria de la existencia de un poeta o ñe'e-êpapara, en la lengua vernácula. Llamábase Etiguará.
Durante el período de la conquista española, en los tiempos de la catequización del indio guaraní, parece que existió otro poeta del mismo nombre. Para Narciso R. Colmán, en realidad, éste es el mismo del que se ocupa la antañona noticia. "Cierta tradición recuerda – dice Colmán – que en épocas remotísimas existía un bardo guaraní con el título de Etiguará. Sus obras poéticas, sin embargo, aún permanecen en los misterios de algún jeroglífico. En época de la conquista vimos aparecer en escena a otro Etiguará, sometido a la religión cristiana, pero nos inclinamos a creer que no se trata sino del mismo Etiguará de la antigua leyenda, cantor de la naturaleza del reino de Tupã, convertido en cristiano, según el autor, el padre jesuita José Guevara, que hace alusión de este personaje guaraní en los siguientes términos: "Aquel gran padre de misericordia y celador eterno de la salvación de las almas, levantó años atrás un indio guaraní de nombre Etiguará, de la ceguedad del gentilismo a la inefable luz de su conocimiento, instruyéndole de los divinos misterios y preceptos del decálogo. Dotóle misericordioso del don de profecía y de apostólico celo, para anunciar a los paisanos el camino del cielo y como precursor suyo empezar a correr el terreno anunciando las verdades que Dios, sin intervención del maestro, le enseñaba. Decíale cómo era enviado del Altísimo para preparar los caminos a sus verdaderos ministros, que presto llegarían a sus tierras los profesores de aquella fe, que sus mayores recibieron de Paí Zumê, y aquellos varones celestiales, hermanos suyos propagadores de su doctrina, que tantos años hace esperaban en fe de la palabra que le dejó empeñada. Exhortaba a que recibiesen con amor a los cristianos y a los predicadores evangélicos, que no tuvieron más que una mujer y que no se mezclasen entre sí los parientes. Ordenó cantares en su lengua, cuyo contenido era la observancia de los divinos preceptos." (9)
Además del romance indio de Miranda de Villafañe, conócense otros, recogidos por obra de la casualidad. En 1910, Ciro Bayo, escritor español contemporáneo, autor del Romancerillo del Plata y de Los Césares de la Patagonia, fallecido en 1942, descubrió de boca de un capataz paraguayo, en una estancia de Tapalqué, un romance antiquísimo en el que se relata la muerte de Ñufrio de Chávez, "la flecha humana", que diría Manuel Domínguez. El romance a que nos referimos, según lo afirma J. Natalicio González, aún suele escucharse en la región guaireña. Es este que se transcribe a continuación:

ROMANCE DE DON NUÑO

El conde don Nuño
madrugando está
porque a su casita
quiere ya llegar.
Al Perú se fué
dos años hará;
del Perú ya es vuelto
aquí al Paraguay.
Plata y oro trae
y perlas del mar,
diez pares de ovejas,
de cabros un par.
Las ovejas balan,
balan sin cesar.
Pregunta don Nuño:
– ¿Por qué balarán?
Llévenlas al río
quizá sed tendrán.
Las ovejas balan,
balan sin cesar.
Pregunta don Núño:
– ¿Por qué balarán?
Llévenlas al pasto
quizá hambre tendrán.
Las ovejas balan,
balan sin cesar,
– Vayan, soldaditos,
échenmelas sal.
– No puede ser esto,
señor capitán,
que ladran los perros
en el palmeral.
Don Ñuño y los suyos
acuden allá;
los indios los matan;
murió el capitán.
Tristes las ovejas
balan sin cesar. (10)

También se debe a Ciro Bayo este otro romance centenario que "contiene la versión teatina del civilizador guaraní que enseñó a la raza las virtudes de las plantas. En los versos finales se incurre en la adaptación de un mito Kechua: Santo Tomás se aleja sobre las aguas del Paraguay, en idéntica forma que Huirakhocha, que se perdió en el poniente, caminando sobre las olas del Pacífico como si transitara un claro camino de cristal":

SANTO TOMÁS EN EL PARAGUAY

Santo Tomé iba un día
orillas del Paraguay,
aprendiendo el guaraní
para poder predicar.
Los jaguares y los pumas
no le hacían ningún mal,
ni los jejenes y avispas
ni la serpiente coral.
Las chontas y motacúes
palmito y sombra le dan;
el abejón le convida
a catar de su panal.
Santo Tomé los bendice
y bendice al Paraguay;
ya los indios guaraníes
le proclaman capitán.
Santo Tomé les responde:
– "Os tengo que abandonar
porque Cristo me ha mandado
otras tierras visitar.
En recuerdo de mi estada
una merced os he de dar,
que es la yerba paraguaya
que por mí bendita está."
Santo Tomé entró en el río,
y en peana de cristal
las aguas se lo llevaron
a las llanuras del mar.
Los indios, de su partida,
no se pueden consolar,
y a Dios siempre están pidiendo
que vuelva Santo Tomé. (11)

Explícase que el romance haya venido de preferencia a estas tierras con los conquistadores españoles. En 1524, fecha en que se descubrió el Paraguay, y en 1537, tiempo en que se echaron las bases fundamentales de Nuestra Señora Santa María de la Asunción, comenzaba a brillar el oro mas puro de las letras en la España del siglo XVI. Y eran aquellos días iniciales de grandezas, cuando el descubrimiento de América daba nuevos motivos a las narraciones de hechos estupendos, época también de romances populares y semipopulares. Se recordaban sucesos de remotos pasados, reviviendo las virtudes de antaño en los paladines de hogaño. La guerra de Granada fue uno de los motivos salientes de aquel período espléndido del españolismo. "Ningún caballero, dice Andrés Navagero, relatando su viaje a Granada en 1526, dejaba de tener su dama. Las damas asistían a todos los lances de la guerra, y con sus manos daban las armas a los que iban a combatir, los entusiasmaban con buenas palabras y les pedían que demostrasen su amor con proezas... Puede decirse que fue el amor quien venció en esta guerra." (12) Los romances fronterizos, de los que dice Ramón Menéndez Pidal que eran "poemitas nacidos en medio de la guerra, relatos históricos, cuadros brillantes y concisos, instantáneas tomadas por los combatientes, vibrantes diálogos que más bien parecen oídos que contados, pinturas rápidas que parecen vistas más bien que descriptas", (13) continuaban en labios del pueblo "cantando a su modo la peripecia de la campaña". Es el más antiguo del período a que nos referimos el de la Pérdida de Alhama, traducida al inglés por Lord Byron:

Paseábase el rey moro
por la ciudad de Granada,
desde la puerta de Elvira
hasta la de Vivarrambla.
"¡Ay de mi Alhama!"

Para Ginés Pérez de Hita, autor español del siglo XVI, natural, según unos, de Murcia, y, según otros, de Mula, e1 Romance de la pérdida de Alhama es de origen arábigo o granadino, "cuyo autor de vista fue Habem Amin, natural de Granada". (14) Este Ginés Pérez de Hita dejó tres obras, entre las que se cuenta Las guerras civiles de Granada, que consta de dos partes. Para Salcedo Ruiz este libro "es una de las más encantadoras relaciones que posee ninguna literatura". (15) Se cuenta que Walter Scott se tomó el trabajo de aprender el castellano para leer el libro de Pérez de Hita, y es el norteamericano Washington Irving quien poéticamente escribe que, desde su primera juventud, desde el día en que a orillas del Hudson puso por primera vez sus ojos sobre las páginas de Las guerras civiles de Granada, ha sido esta ciudad el argumento de sus ensueños y, frecuentemente, ha paseado con la imaginación por las románticas galerías de la Alhambra.
Otro romance de aquellos tiempos es el de Boabdil, preso en la batalla de Lucena, el 21 de abril de 1483:

Por esa puerta de Elvira
Sale muy gran cabalgada.
¡Cuanto del hidalgo moro!

Es la salida del rey Chico de Granada.
El romance del sitio de Baza, también de aquella época, "tiene grandeza épica", y se ha conservado por la música:

Sobre Baza estaba el rey,
Lunes después de yantar,
miraba las ricas tiendas
que estaban en el real.

El romance al maestre de Calatrava, muerto en Loja, el 5 de julio de 1482:

¡Ay Dios que b»en caballero
el maestre de Calatrava...!

Y aquel otro que decía:

Con su brazo arremangado
arrojará la su lanza...

Y, finalmente, el romance en que se le atribuye a Garcilazo de la Vega la matanza del moro "que llevaba arrastrado de la cola de su caballo el rótulo del Ave María".
Estas y otras más que inundaban España en la época inicial de la conquista del nuevo mundo, explican cómo y por qué el romance anidó, quizás el primero, en estas regiones desfloradas por la planta audaz y dura del conquistador.
La copla llegó también a tierras americanas con los navegantes que la descubrieron y conquistaron.
La oposición tenaz contra el rey Enrique IV, en España, monarca débil y vicioso, profundamente repudiado por su pueblo, dio origen a la sátira política.
Corresponden, sin embargo, a la época del reinado de su antecesor, Juan II, las Coplas de ¡ay, panadera! – atribuidas a Juan de Mena, poeta nacido en Córdoba, en 1411. Pero recuérdase que fue Gómez Manríque, grave y circunspecto, quien censuró a Enrique IV, con su Exclamación o querella de la gobernación, popularmente conocida con el nombre de Coplas al mal gobierno de Toledo:

Todos los sabios dixeron
Que las cosas mal regidas
Cuanto más alto subieron
Mayores dieron caydas.
Por esta causa reselo
que mi pueblo com sus calles
Avrá de venir al suelo
por falta de governalles.

Las Coplas de Mingo Revulgo, atribuidas por el padre Juan de Mariana a Hernando del Pulgar, historiador y versificador español del siglo XV, nacido en Pulgar, en la vecindad de Toledo, secretario de Enrique IV y cronista de Isabel en 1482, fueron también popularísimos en aquel tiempo:

Andase tras los zagales
Por esos andurriales
Todo el día embebecido.
Y las Coplas del Provincial, escritas por varios, exuberantes de procacidad y malicia:
Vos, doña Isabel de Estrada,
Declaradme sin contienda,
Pues tenéis abierta tienda,
¿A cómo pagan la entrada?.
En la época de los Reyes Católicos, la copla seguía corriendo por los caminos de España...
¡Ay, Sierra Bermeja,
Por mi mal os ví
que el bien que tenía
con tí los perdí!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Mis ojos cegaron
De mucho llorar
Cuando lo mataron
Aquel d’ Aguilar.

Estos versos son posteriores al 18 de mayo de 1501, fecha en que fue muerto por los moros, en Sierra Bermeja, el hermano del capitán Diego de Aguilar.
Pero ya no era la copla, en esta época, solamente la que clavaba su aguijón. Además de éllas, las habían elogiosas, amables, llenas de sal, como las andaluzas, que ahora son clásicas. Las coplas a la muerte de su padre, el maestre de Santiago, de Jorge Manrique, eran popularísimas en la madre patria en el siglo XV. Han llegado hasta nosotros como un perfume del pretérito:

Recuerde el alma dormida,
Avive el seso y despierte
Contemplando
Cómo se pasa la vida,
Cómo se viene la muerte
Tan callando!
Cuan presto se va el placer,
Cómo después de acordado
Da dolor;
Cómo a nuestro parecer
Cualquiera tiempo pasado
Fue mejor.

Así como los romances épicos, derivados de los cantares de gesta, que comprenden los primitivos, son anteriores al siglo XV, caracterizan a éste los denominados juglarescos. Son todos ellos – dice un autor – tradicionales, históricos, populares y anónimos. (16)
Y son, precisamente, los romances juglarescos los traídos con preferencia por los conquistadores españoles a las vírgenes e ignotas regiones paraguayas, en los años medianeros del siglo XVI. Y aquí reflorecieron, abonados por la añoranza, estimulados por los sentimientos, atizados, quizás, los más, por el hechizo de la joven india, pensativa y taciturna, o por las rivalidades amorosas; inspirados, los otros, por la pasión política o por las rencillas localistas.
Simultáneamente con el romance y la copla nació la narración epistolar en tierras guaraníes. Es el origen de la prosa criolla. En cartas dirigidas a España y en las cambiadas entre los mismos conquistadores, en las que se hacían descripciones de lo visto y vivido en los primeros días de la conquista, se halla también el mojón inicial de la Historia en las letras paraguayas.
No podemos afirmar, a este respecto, con Margarita Nelken, que el "género epistolar solo a los archivos interesa, cual por ejemplo la famosa carta que doña Isabel de Guevara, desde Asunción del Paraguay, y con fecha 2 de julio de 1556, dirigió a la princesa gobernadora doña Juana". (17) Y no podemos hacerlo porque, contrariamente a lo creído por la autora de La condición social de la mujer en España, es innegable que la prosa tuvo su origen en América y, especialmente, en el Paraguay, en las primeras narraciones que de sus andanzas hicieron en misivas los hombres y mujeres venidos de España a estas comarcas. En dichas cartas, no solamente ha de observarse el lugar de su redacción para llamarlas paraguayas. Ellas trasuntan las primigenias emociones, los prístinos sentimientos y sensaciones vividos en estas tierras; contienen descripciones de hechos acaecidos en el Paraguay y de lugares situados en estas latitudes, y llevan también las primeras palabras del idioma guaraní, desconocido y difícil, pero destinado, en el correr del tiempo, a enriquecer el léxico español. Ya se hablaban en aquellas epístolas de Lambaré y Caracará, Paraná-y y Paragua-y. Y, así, llevando y trayendo palabras nuevas, descubriendo hazañas, grandiosas o pequeñas, y teatros ignotos, relatando aventuras y plañendo añoranzas, en cada una de ellas iba plasmándose la prosa paraguaya, la prosa criolla, con sus modismos propios, la que, si bien en esencia es la castellana, trasplantada a esta zona tropical, reverdeció con frescura de fontana y elegancia insospechada.
La oratoria también hubo de tener su origen, en las palabras del conquistador y del misionero, dirigidas a indios y españoles, ya sea desde la tribuna levantada en cualquier campichuelo disponible, en las márgenes del río Paraguay, o en el púlpito improvisado, de madera tosca, erigido bajo el rústico techo que cobijó, en Nuestra Señora Santa María de la Asunción, el emblema sacrosanto del cristianismo, techo alzado por el propio fundador de la ciudad que después habría de ser el "amparo y reparo de la conquista".
Solo en el correr de los años pudo haber aparecido el teatro. Para que este género tuviese ambiente era menester contar con intérpretes y, sobre todo, con un público capaz de comprender. Para ello necesario era el conocimiento siquiera somero del idioma. Y este conocimiento hubo de adquirirse mediante la enseñanza asaz paciente y muy posterior al tiempo prudencial requerido para dominar al indio, desconfiado y rebelde. Después, y mucho después de su sometimiento pudo haber venido el aprendizaje del español por los unos y del guaraní por los otros.
Sabidas son, por otra parte, las actividades del Cabildo de la Asunción y la de los sacerdotes para asentar las bases del teatro en estas zonas del Paraguay. Hasta el siglo XV, época del descubrimiento de América, el teatro español era aún embrionario. Las representaciones que primitivamente se denominaban autos sacramentales o misterios y farsas, y que emergieron de las ceremonias religiosas y de las fiestas burlescas que se realizaban en los templos, fueron superadas, al iniciarse el siglo XVI, por Juan del Encina. Vése, pues, que hasta ese período el teatro era arte casi privativo de los religiosos. Y fueron éstos quienes lo iniciaron en el Paraguay como fueron ellos quienes comenzaron a enseñar a los aborígenes, con jobiana paciencia, los rudimentos del saber humano. Julio Caillet Bois, en un trabajo que intituló El Teatro en la Asunción a mediados del siglo XVI, y que se publicó en la Revista de Filosofía Hispánica, correspondiente al primer trimestre de 1942, expresa que el Memorial del padre Francisco González Paniagua sobre los sucesos del Río de la Plata desde la llegada del Adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca a la isla de Santa Catalina hasta la prisión y procesamiento del mismo, documento publicado en la Revista de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, proporciona curiosos datos referentes a la representación de una Farsa en la Asunción, a mediados del siglo XVI. Extrae de dicho Memorial, el siguiente párrafo: "Después de la prisión del governador (Alvar Núñez Cabeza de Vaca) el dicho Juan Gabriel de Lezcano, clérigo, compuso una farsa y él mismo la ayudó a representar tomando hábito de un pastor, día de Corpus Xrispti, delante del Santísimo Sacramento, la qual fue otro segundo libelo contra el governador llamándolo loco rrebaco e yupuniéndole otras cosas que aunque mas ocultas, yvan forjadas debajo de muy grandes malicias. Al fin fue tal la farsa que aquí, entre los que estaban libres de pasyón, fue mayor la ynfamia del Reverendo Padre que el servicio que hizo al Santísimo Sacramento."
Alvar Núñez Cabeza de Vaca quedó apresado el 25 de abril de 1544. Este año marca, pues, la fecha de dicha antiquísima farsa que, según se comprueba, fue escrita y representada en la Asunción. No hay memoria, que sepamos, de otra presentación escénica anterior.
¿Quién era el padre Juan Gabriel Lezcano o Lazcano, como se escribía su apellido? En la Memoria del escribano Pero Hernández, cítase a "Juan Gabriel Lezcano, vecino de Valladolid, e Francisco de Andrade, portugués, e Martín González Fouseca, vecino de Canaria, clérigos", quienes dieron su aprobación al apresamiento del Alvar Núñez, porque los corregía el Gobernador e hacía vivir honestamente... Sábese, además, que el padre Lezcano fue designado por Domingo Martínez de Irala, el 10 de junio de 1540, capellán de la iglesia, y que "el 26 de junio de 1543 fue nombrado cura de Asunción, junto con el P. Andrade, que era como nuestro autor, capellán de la iglesia". (18)
En la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, en la "Colección de copias de documentos del Archivo General de Indias", hállanse otros datos referentes al padre Lezcano. Así, por ejemplo, la evacuación de una consulta de Alvar Núñez, el 28 de mayo e 1543; la información testificada sobre el gobierno del mismo, en la que se le cita, así como en la acusación contra el adelantado, en 1544. Juan de Salazar y Espinosa, al vengarse del nombrado sacerdote expresa: "Se dezía publicamente aver dado pareser e consejo en su prisión", que oyó decir "que venía con ciertos soldados a la dicha prisión" y que escuchó de Lezcano "palabras feas en contra el dicho gobernador e mostrar aver holgado en su prisión". (19)
Sábese también que el padre Lezcano integró la junta de oficiales reales y clérigos constituida por el citado capitán Juan de Salazar y Espinosa, el 14 de marzo de 1544, con el propósito de "resolver las medidas que convenía adoptar para defenderse de los indígenas"; que fue "enviado por Irala con un requerimiento a los indios agaces, que continuaban en su hostilidad, el 1º de junio e 1545"; y que "volvió portador de las condiciones de paz que ofrecían los indígenas, pero no pudo ir en la nueva embajada que marchaba a darle satisfacción, por las obligaciones de su iglesia".
Ricardo Lafuente Machaín, en su trabajo sobre El gobernador Domingo Martínez de Irala, cita al padre Lezcano, recordando su intervención en el conflicto suscitado entre el gobernador Francisco de Mendoza, lugarteniente de Irala, y Diego de Abreu, que encabezaba a los leales. Martín del Barco Centenera lo llama malvado repetidas veces al reverendo padre y lo inculpa del fraude cometido en la elección del nombrado Francisco de Mendoza.
En el año 1556 ya no vivía en la Asunción. Su nombre no se registra en la Memoria de la gente quel dia de oy se tiene por ser y son bibos en las Provincias de los Ríos de la Plata, Paraguay y Paraná, redactada aquel año. (20) Supónese que regresó a Valladolid.
Otro dato importante que contiene el citado trabajo de Julio Caillet Bois es el extraído de la Memoria de Pero Hernández, del 28 de enero de 1545. En su párrafo veinte y seis dice que trae la noticia "de otra representación dramática del mismo tipo, que no es seguro sea la mencionada anteriormente". Refiérese, extensamente, al número de mancebas que poseía Irala y a la manera cómo perseguía por celos a los vecinos de la Asunción. Luego dice: "Porque Gregorio... en una farsa le reprehendió el dicho vicio a él e Alonso de Cabrera e García Venegas estando haciendo centinela junto a su casa, les mandó dar de palos e se los dieron Estevan de Vallejos e Pedro Méndez."
También el arcediano Martín del Barco Centenera en su Argentina y conquista del Río de la Plata, "después de referir, sumariamente, la prisión de Alvar Núñez, el gobierno de Irala y la consiguiente desgracia de los leales partidarios del Gobernador despuesto", dice en su canto V:

A tal punto llegó el atrevimiento
del vando de Yrala, que casando
Su hija con Vergara por contento
Y plazer, "un soldado suspirando
En una farsa sale descontento
Y roto, y pobre, y otro preguntando
Y el responde, diziendole, ¿quién era?
De los leales soy, que no deuiera
¿Que de los leales sois? – le dize luego.
Mirad, pues, bien el pago que sacado
Aqueis de esta contienda y triste juego
Que tan contra razón aueis jugado,
Hermano, por ventura estáis ciego,
¿Qué no véis que andáis de pie quebrado?
El triste del leal dize temblando:
Hermano, lo que si que estás penado" (21)

"Esta representación – dice Caillet Bois – debe fecharse después del regreso de Irala a la Asunción, es decir, a principios de 1551. No se trata en este caso de una farsa sacramental de Corpus, ya que el mismo arcediano nos informa que se representó con motivo de las bodas de doña Martina de Irala con don Francisco Ortíz de Vergara. Debe señalarse la circunstancia, porque muestra que aún la comuna pobre y guerrera celebraba acontecimientos oficiales y no religiosos y permite suponer una abundante obra dramática perdida." (22)
La verdad es, pues, que las más antiguas representaciones teatrales realizadas en Asunción fueron autos sacramentales, misterios y farsas religiosos semejantes a las piezas llevadas a la escena en los templos de la España lejana. Tiempo después, ese género salió de los dominios conventuales para transformarse en un motivo de fiestas paganas.
Información interesante también es la que se refiere al jesuita Alfonso de Barzana, provincial de la Compañía, poligloto y poeta, de quien nos ocupamos más adelante, autor de algunos pasos de comedia y de cantos sagrados para los niños y los indígenas.
Refiriéndose al teatro colonial, un autor escribe: "Las primeras representaciones revelan la importancia del aporte indígena, que se mezcla de íntima manera con lo que se podía adaptar del teatro español de la época. El influjo europeo se admite, ante todo, en el abandono de las tradiciones guaraníticas como argumento del drama. Esta orientación del naciente teatro paraguayo tuvo su origen en razones de índole política: exaltar las glorias de la raza dominada, fomentar su orgullo, era peligrar la estabilidad de la colonia, exponiéndola a las subversiones libertadoras." (23)
Es posible que algo de todo eso haya habido; empero, mas que tales razones, creemos que existen otras, como el desconocimiento de la lengua autóctona – repetimos – por quienes preparaban obras teatrales, así como la ignorancia de las tradiciones guaraníes. No ha de olvidarse que, aún en nuestros días, el idioma guaraní, tan rico en matices, tan flexible y dulce, no se deja dominar muy fácilmente, y, por el contrario, es tema que apasiona en los laberintos filológicos y casi un misterio en sus reconditeces para el investigador científico. En cuanto a las tradiciones indígenas se hallan todavía, a cuatro siglos de distancia del descubrimiento del Paraguay, ocultas, en gran parte, en la sombra de lo desconocido.
Por los documentos que pueden hallarse, ya sea en los archivos de Buenos Aires, Río de Janeiro o la Asunción, se sabe que desde fines del siglo XVI, los cabildos costeaban las representaciones escénicas, que ellas tenían lugar al aire libre y que atraían numeroso concurso de espectadores.
La canonización de San Ignacio de Loyola, en 1622, dio origen a una de estas exhibiciones. Bajo la dirección del misionero Roque González de Santa Cruz, más de cien niños se iniciaron, como protagonistas de la escena. Formaban dos bandos: uno de cristianos y otro de infieles. "Simularon una batalla, dice la crónica; los idólatras iban adornados de ricos plumajes y armados con arco y macana; los cristianos peleaban con una cruz. La música regulaba los movimientos de los infantiles ejercicios. Era de ver cómo éstos se juntaban o separaban, dividían el campo en dos partes iguales o simulaban acometidas. Pasado algún tiempo, la batalla se declaró en favor de los cristianos, quienes llevaron a los vencidos, hechos prisioneros, delante del gobernador eclesiástico, primero, y luego del civil. Estos se echaron en el suelo, pero alegremente, cual convenía a cautivos voluntarios, saltando de cuando en cuando."
La Compañía de Jesús era, aparte del Cabildo, la animadora más entusiasta de las representaciones teatrales en el siglo XVII. En 1634 esta compañía de religiosos celebró el centenario de su fundación, ocurrida en la iglesia de Montmartre, en París. Bien es cierto que su bautismo, con el nombre de Compañía de Jesús que aún conserva, se realizó, años después de su creación, en 1537, el mismo, casualmente, de la erección de Nuestra Señora Santa María de la Asunción.
El primer centenario jesuita a que nos referimos dio lugar a grandes festividades en el Paraguay. En los diversos pueblos misioneros se levantaron arcos triunfales y grandes tablados y hubo discursos en latín y en guaraní. La muchedumbre, enardecida por los juegos, aplaudía frenéticamente "las danzas y los ejercicios de palestras". "Soldados que llevaban en su escudo una de las letras que componen el nombre de Ignacio, bailaban formando con ellas diversos anagramas."
El padre Nicolás del Techo, en su Historia de La Provincia del Paraguay y de la Compañía de Jesús, narra una de las más suntuosas fiestas realizadas en la ocasión aludida. Es la celebrada en la reducción de Encarnación, en el Guairá. "Salió de improviso un gigante llamado Policronio – escribe el padre Techo –, vestido de colores, con larga barba y cabellera blanca; significaba el centenario de la Compañía de Jesús y llevaba cien niños pintados; éstos eran los diferentes cargos de la Compañía; con armonioso canto celebraron las alabanzas de Policronio; la escena tenía lugar en un paseo de la población; mas adelante había un rebaño de cien bueyes; después cien arcos de triunfo con emblemas que estaban en el camino de la iglesia; a la puerta de ésta se ofrecieron cien panes; en el altar mayor lucían cien velas."
"Se trataba de una fiesta más pagana que religiosa – dice J. Natalicio González –, en la que las reminiscencias místicas se mezclaban sacrílegamente con las miserias humanas. El monstruoso orgullo jesuítico se manifestó en toda su crudeza en la parte final de la pantomima. La Compañía, simbolizada por una mujer vestida de blanco, apareció en lo alto de un carro de triunfo; descansaban a sus pies seis mansos monstruos; pontífices, reyes, emperadores y ángeles se precipitaban a su paso para brindarles sus aplausos, y finalmente apareció Jesús, seguido de su madre, para acogerla y glorificarla, a los ojos de los indios asombrados que no salían de su estupefacción al ver al propio Dios de los blancos, rindiendo homenaje a los hijos de Loyola." (24)
El proceso evolutivo del teatro vernáculo exigió el concurso de la danza. El movimiento rítmico, al compás de música primitiva, daba mayor movilidad a las escenas y contribuía a despertar el interés de españoles, aborígenes y mestizos. Así llegó a transformarse en vasto espectáculo coreográfico. "Se trataba de lo que en el siglo XVII se llamó danza de cuenta, es decir, bailes que simbolizaban hechos guerreros o religiosos." He aquí someramente expuestos el origen del teatro paraguayo.

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