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martes, 2 de noviembre de 2010

SUSANA GERTOPÁN - EL CALLEJÓN OSCURO - PREMIO DE NOVELA LIDIA GUANES 2010 / Editorial SERVILIBRO, 2010.



EL CALLEJÓN OSCURO
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
PREMIO DE NOVELA LIDIA GUANES 2010
Editorial SERVILIBRO
Pabellón "Serafina Dávalos"
25 de Mayo y México - Plaza Uruguaya
Telefax: (595-21) 444 770
Dirección. Editorial: Vidalia Sánchez
Diagramación: Gilberto Riveros Arce
Asunción, Paraguay, octubre de 2010.
Hecho el depósito que marca la Ley N° 1328/98
Asunción, Paraguay,
Octubre de 2010 (255 páginas)


No es que pueda vivir, es que quiero vivir.
Porque si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria
porque no sabría de qué se acuerda y así cuando ella dejó de ser,
la mitad de la memoria dejó de ser y si yo dejara de ser
todo el recuerdo dejaría de ser.
Por ello entre la pena y la nada, elijo la pena.
WILLIAM FAULKNER (Las palmeras salvajes)


A Victoria


Querido primo José:

Te sorprenderá recibir esta carta. Tenía pensado redactarla de otra manera, pero debido a las circunstancias en que me encuentro, de las que más abajo te hago saber, no pude lograr ser más atento. Así que me disculpo de antemano por el tono en que va escrita.   ,
Hace bastante tiempo no sé nada de tu vida, así como es lógico vos tampoco de la mía. La distancia hizo muy bien su trabajo. Pasaron tantos años que llevo lejos de aquel lugar que ni siquiera los tengo en cuenta, lo que he perdido de ahí.
Mi existencia se vio envuelta por muchas vicisitudes, cuyas consecuencias sufren hasta ahora mi cuerpo y mi mente. Este país, el frío, el desconocimiento por largo tiempo de su idioma, la desatención de la gente, el movimiento de las calles, el trajín de los peatones, mi angustia por sobrevivir, la muerte de mis padres, la soledad, recuerdos vagos, imágenes confusas del pasado, hicieron que el deterioro físico, mental, anímico se aproximara a mí de manera prematura y, aquí estoy, sumido en el abandono, intentando recuperar una parte de mi existencia de la qué desconozco en qué lugar recóndito de mi ser se encuentra.
Busco retazos de mi vida para armar un rompecabezas pero las piezas se han perdido, y el único que puede ayudarme  sos vos, José.
Estoy tratando de encontrar esa parte olvidada entre sueños invadidos de espectros, con los que me niego a dialogar, quizás por miedo, cobardía. Siento mucho temor de lo que ellos tienen para contarme, pavor de oírles. En mis noches, aparecen, y despiadados me confunden, ya no sé cuándo duermo ni cuándo estoy despierto, ¿cómo saber quién soy, ni qué guarda mi pasado?
Los recuerdos no han sabido perdurar en mi memoria, ni envolverme, ni protegerme, permanezco en un presente en el que desconozco si realmente existo; dependo del ayer, pero nada poseo de aquel tiempo, solamente la oscuridad de un Callejón que quedaba a la vuelta de una casa muy extraña en la que vivías rodeado de libros. De pronto, veo un tumulto de gente que habla y habla, que se mueve, que no se queda quieta, como estoy yo ahora, y observo desde un encierro trastos de diferentes colores, acumulados en carretillas que los llevan y traen. Mujeres, con canastos sobre las cabezas, que cuchichean entre ellas, pero sin rostros, oigo un idioma que no entiendo, veo niños que corretean con los pies descalzos y tampoco tienen rostros. Me siento encerrado en un lugar, mirando la vida que está afuera, pero no sé dónde estoy. Escucho un sonido que me contagia vida, quizás es un piano o tal vez risas, y observo diferentes tonalidades que laten frente a mis ojos.
Todo era riqueza alrededor nuestro y el sol también alimentaba esa zona prohibida, la alumbraba. En ese lugar, nadie sucumbía por hambre, pero había pobreza. Más tarde, me encuentro en la oscuridad y entonces siento miedo, tiemblo, me veo en una calle que de pronto se vuelve siniestra, dentro de una celda. ¿Era una prisión o se trataba de otro lugar? Un calabozo que se llenó de silencio, no veíamos a nadie. En ese lugar no me sentía seguro ni protegido.
Luego, el llanto y el miedo se apoderaron del lugar como huéspedes inoportunos, mientras los dos seguíamos parados, tiesos, sin poder reaccionar.
Veo tu casa, una casa diferente, sin ventanas, ni patio ni otros habitantes, sólo tú y yo. Entonces, ¿dónde estaban tus padres? ¿Y los míos?
Estoy sufriendo, José, necesito que me ayudes, no soy nadie ni sé de nadie, estoy perdido sin una historia que me cubra temporalmente para reparar este abandono. Siento miedo por que en un momento ya no me quedará nada, y mi memoria permanecerá vacía y sola. ¿Quién soy? ¿Adónde voy? ¿De dónde vengo? ¿Seré en realidad yo el que vive dentro de mí, será mío el pasado que quiero recuperar, o es de otro a quien yo inventé?
Por favor, José, escribime sobre mi pasado, de vos, de nuestros juegos, del barrio, de la casa en la que viví, sobre todo de ese Callejón Oscuro... ¿qué guarda mi memoria de esa calle angosta? ¿Qué secreto está sepultado en ese lugar? ¿lo desconozco, lo olvidé?
Aquí estoy, aguardando tu respuesta. Esperando la medicina que le devuelva a mi ser una esperanza y a mis ojos una imagen.
No demores. Un abrazo.
Tu primo Ariel



Querido primo Ariel:

Debo reconocer que tu carta me sorprendió. Como bien decís, hace mucho tiempo -para ser justos, décadas- se perdió nuestro vínculo. En realidad, nos convertimos en un par de extraños. Lo único que ahora nos une es un apellido, una historia que heredamos y un hecho que querés recordar.
Desde que ustedes se marcharon de este país, no volví a tener noticias tuyas.
Lamento la circunstancia en que te encontrás, atrapado en un estado de apatía y desconsuelo, en un mundo brumoso en el que convivís con el olvido.
El tiempo es el que se lleva todo, mi querido primo. Son los años, los que arremeten despiadadamente sin clemencia contra la memoria, igual al fuego, que hace estragos y sólo deja cenizas. El olvido nos deja vacíos, seres inútiles, abandonados. Por suerte, no padezco de tu mismo mal. No sufro de su indiferencia. Con sólo admirar y recorrer por estas cuadras -que como te dije más arriba ya no son las mismas, ni siquiera las baldosas que cubren sus veredas se parecen a las de antes, puesto que se han gastado, como vos, como yo- logro traer al presente uno que otro recuerdo, el que yo escoja, ese que quizás menos daño me cause, el que me acompaña en los momentos cuando me molestan las ausencias, aquel que me sostuvo en instantes cuando la vida para mí ya no tenía sentido.
Lo terrible es intentar olvidar y no lograrlo; entonces, los pensamientos traen consigo dolor y permanecen ahí vigentes, lastimando, perennes, convirtiéndose en una tortura.
Me he comprometido con vos y aquí me tenés, cumpliendo con tu pedido, lo voy a realizar sin apuros, desconozco el tiempo que me tomará escribir sobre el pasado, sobre lo de antes, ni siquiera sé si el intento es válido ni si podré concluirlo, no depende solamente de mi voluntad, querido Ariel, también está de por medio el azar -el que con manos invisibles manipula nuestras vidas-, porque la muerte se puede presentar ante mí, de pronto, inoportuna como es, a poner fin a esta labor.
En verdad, no sé si te escribiré sobre mis mentiras o sobre mis verdades.
Igualmente espero que todas mis próximas anotaciones sean de tu interés, puesto que al marcharte de este territorio, perdiste, por lo que veo, la curiosidad y el dominio sobre las vivencias pasadas aquí.
Por mucho tiempo pensaste que lo único importante es el presente; pero, en tu carta, noto que sufrís, que estás empeñado en recuperar tu vida en este barrio, tus juegos sobre estas veredas, una noche en el Callejón Oscuro, en esa calle sin sol cercada de infortunio y que ya tampoco existe como tal. El abandono se la tragó.
Creo que puedo serte útil, que este trabajo debo ejecutarlo, por más incómodo que se convierta a ratos.
Es un compromiso que tomo y por ello debo hacer un pacto de fidelidad conmigo mismo: debo prometerme lealtad, aunque llegue a padecer durante futuros encuentros con pasajes que me hayan conmovido, lastimado, como aquel en el Callejón Oscuro.
Además, debo confesar que no está en mí el deseo de convertirme en un contador de historias, ni en un narrador de escenas; por el contrario, siempre fui reacio a todo tipo de manifestaciones que delaten mi sentir. No me sedujo ni seduce comentar lo que siento, veo, escucho, palpo. Pocas veces me importó relatar algún suceso que me pudiera pasar a mí o a los de mí alrededor, pero tu petición determinó que estuviese frente a esta situación que tampoco cambia en algo mis sentimientos.
Por lo común, ocurre con ciertas historias y acontecimientos de nuestras vidas que desconocemos u olvidamos cuándo comienzan o terminan. Si fueron reales o inventados, o tan sencillamente son parte de un sueño. Tampoco sabemos con exactitud el tiempo que duraron o qué secreto guardan. Sin embargo, al despertar - cuando se trata de los sueños - sentimos la sensación de haber navegado en ellos a veces por años, meses, días o por un instante, porque ni realidad ni tiempo existen en ese estado.
Soy propenso a mantenerme en silencio, resguardado de lo que sucede a mí alrededor. Nadie debía ni debe ser testigo de lo que yo siento. Nadie tiene por qué conocer mis contentos y desilusiones. Si soy feliz o infeliz. Si lloro o río. Si sufro o me alegro. De hecho, mis padres siempre me acusaban de ser un individuo muy extraño, débil, diferente.
Según ellos, mi carácter no correspondía al ambiente en el que crecí, ni tampoco a cómo hubiesen querido que fuera; por ello, las expectativas que pusieron en mí - su único hijo - no se cumplieron. A consecuencia de esto, vivían reclamando y rechazándome.
A mis padres les trastornaba mi exacerbada timidez, decían que padecía el mal del silencio. Más de una vez les adjudicaron a los libros, a la lectura, a los temas que escogía aprender, el haber sido los causantes de tan extraño comportamiento. Aquel encierro lo veían como una enfermedad, como un castigo; sin embargo, para mí era algo natural, necesario.
Recuerda, querido primo, que también yo me he vuelto un hombre mayor. Los años se revelan en mis canas, mi andar, en mis manos que perdieron fuerza. En mi letra que como notarás son trazos inseguros, en mis ojos a los que una fina película les opacó el brillo.
Me convertí en un hombre a quien ya las esperanzas no le cautivan, al futuro lo intuyo vano, en él no vislumbro a nadie, ni a nada más que al final. Tampoco tengo descendencia a quién recurrir en caso de olvido, ni hermano ni mujer, nunca me he casado.
¿Y vos? No me hablaste de tu familia, ¿te casaste, tenés hijos?
Pero, para ser fiel a tu petición, la cual fue clara y directa, debo volver a la vida en este barrio años atrás, en el que existía un lugar, un espacio muy pequeño que apenas ocupaba unos cuantos metros, ubicado no lejos de la avenida principal, y en el que debido al exceso de puestos de ventas, casillas, de construcciones aledañas, no se asomaba el sol. No existía luz natural, ni siquiera un atisbo de claridad en aquel pabellón oscuro, en donde la única iluminación era la de un foco colgado de un techo de madera, lleno de polvo y telarañas. Se trataba de una techumbre endeble apenas sostenida por un par de vigas, distinta a la que cobija un hogar.
Era un depósito que además de almacenar hierbas medicinales y otro tipo de mercaderías, albergaba prostitución, robos, ultrajes. En su interior no se sabía de días, ni de noches. De fechas, ni de ilusiones. Durante el invierno, el frío era desgarrador y en el verano, el calor era insoportable.
En ese Callejón se gestaban los negocios más turbios, los encuentros más peligrosos y se cometían abusos terribles, en relación con la lujuria y ciertos cuerpos en alquiler.
Fue ahí donde se desarrolló en mí el sentido de la observación. Análisis que me llevó a descubrir la desdicha humana y la vida desde otra representación, más real, verdadera y dura.
Fuiste vos, quien a través de una carta intenta seducirme, para que yo, realice una labor que sacudirá mi resistencia de recordar un hecho de mucho dolor, que está prisionero en mi memoria, recubierto por una nube de engaño, a la espera de ser rescatado, para emerger y prestarle alivio a mi ser. Asimismo, al tuyo que se ha tornado sombrío, como era aquel lugar.
Pero volviendo al Callejón y a lo que pasó esa noche con vos, conmigo y al hecho en sí que tanto temes recordar -por ello recurrís a mí-, yo te lo contaré.
Aquel domingo, desobedeciendo la orden de nuestros padres, decidimos salir. Y juntos llegamos hasta esa calle sin salida.
Allí, todo se había vuelto umbroso, sólo la luz de la misma noche alumbraba los límites del Callejón en el que nadie habitaba, sino tan sólo y sola, la miseria, cuando ocurrió aquella desventura. Una maldición.
¿La recordás? Veo que no, yo te lo voy a contar. Pero dame tiempo, no me apresures. Lo voy a ir escribiendo lentamente, de a poco.
Por ahora, esto es todo.
Hasta pronto.
Un abrazo también para vos.
Cuidate.
Tu primo José




APUNTES

La lectura me sedujo a partir del momento en que aprendí a reconocer las letras del abecedario. Entonces, el deseo por aprender se constituyó en una de mis mayores pasiones, la que hasta hoy subsiste.
En principio, mi interés iba hacia los cuentos cortos, aquellos que se leen a los niños, pero como mis padres no cumplieron con esa labor, puesto que nunca aprendieron a leer, escribir ni hablar correctamente el castellano, más que lo esencial como para comunicarse y entender ligeramente a los demás, yo me preocupé de leerlos.
Con el correr del tiempo, entre mudanzas y conflictos de diversos tipos que tenían que ver con una angustia que persistía dentro mío y que a veces me hacía permanecer en silencio, aislado de mi familia y del mundo exterior, me cautivaron historias sobre marinos, piratas, como Sandokan, La Isla del tesoro, algunas relacionadas con el amor, también diarios íntimos, entrevistas a grandes personajes de la historia que estuvieron comprometidos con ciertos cambios políticos y sociales de sus respectivos países.
A partir de haberme animado a cruzar la avenida y descubrir el Mercado, en el que pasaba el mayor tiempo posible, los temas que antes me atraían fueron modificándose. Entonces empezaron a seducirme otros que tenían que ver con el análisis de ciertas religiones, cultos politeístas y sus vinculaciones con los astros. La medicina naturalista y también las investigaciones sobre algunas lenguas.
La modificación total en mi conducta, pensamientos y lecturas se dio, el día en que descubrí a pocas cuadras de mi casa, aquel Callejón Oscuro. Ese retazo de Mercado, ese mundillo, ese pasillo negro, en el que lo agazapado, lo extraño, se conjugaba con lo tenebroso del comportamiento humano.
A partir de entonces, mi concepción sobre ciertos principios y leyes cambiaron. Así también mis lecturas. Teorías sobre la reencarnación, el cosmos, las mitologías, algunas prácticas orientales como el yoga, lo oculto, lo esotérico, la alquimia y la astrología, y otros conocimientos sobre lo misterioso, los espíritus malignos y las culturas milenarias que adoraban a varios dioses, ocupaban mi atención.
Pero mi ansiedad por asimilar más y más conocimiento no dependía solamente de la necesidad que tenía en ese momento de captar lo peculiar del comportamiento humano, ni del interés por aprender, sino específicamente en la dificultad de conseguir material - tarea poco fácil - puesto que poca gente contaba en su casa con una biblioteca, y aquellas que la tenían se negaban a prestar sus libros.
A pesar de las dificultades más arriba señaladas, mis búsquedas fueron en aumento. De esa manera, poco a poco, muchas de las tantas curiosidades, que me dejaban en permanente estado de ansiedad, se fueron apaciguando, otorgándome un vasto conocimiento sobre los temas que me subyugaban. Los libros se volvieron para mí una obsesión. Me dediqué a acumular la mayor cantidad que podía. Eran objetos cuyo contenido le prestaban seguridad mi alma. Cuanta más sabiduría adquiría, más crecía la confianza en mí mismo, como también mi aislamiento, hasta dejarme en un estado en el que permanecí encerrado y apartado de mis padres, quienes nunca entendieron mis inquietudes.
Todo lo que descubrí y continúo aprendiendo en los libros, se ha convertido en la razón de mi existencia y en mi único medio de supervivencia.
En mi vida todo se presentó de manera muy extraña. Lo eventual estuvo siempre presente, al igual que lo anecdótico. No así lo determinado. Mis padres me criaron con el fin de que yo estudiara una carrera universitaria seria. ¿A qué ellos llamaban seria? A toda profesión que en el futuro me diera una seguridad laboral y, por consiguiente, económica. De ese modo, la pobreza se mantendría alejada de mi persona. Lamentablemente, yo nunca pude cumplir con ese sueño. No fui a la universidad: sin embargo, nadie imaginó que terminaría siendo un recopilador de fórmulas para la práctica de un tipo de medicina natural que cura el cuerpo, el alma, la mente, el corazón.
También me convertí en un consejero, gracias a ciertos conocimientos que adquirí sobre psicología. En un cuaderno, por mucho tiempo, fui tomando notas que me servían para ayudar a otros. Era como un gran compendio de sabiduría, aprendizajes, enseñanzas, en el que también hablaba de historia, geografía, y de otros temas que en cierta oportunidad me habían producido temor escribir, en relación con lo siniestro, propio de los seres humanos.
En este trajín literario, me ayudaron, además de mis lecturas, la vigilia de mis sentidos, en especial la de mis ojos que permanecían atentos y en alerta siempre.
Todo empezó tras la mudanza a nuestro nuevo hogar, que estaba ubicado en la trastienda de un salón comercial en el que se vendían telas, confecciones, frazadas, ponchos y otros enseres que hacen a la vestimenta de un hombre o de una mujer.
En realidad, no era una casa propiamente dicha, era un pequeño lugar, con un patio interior diminuto, en donde entraban solamente una franja de sol y dos planteras. Además, había un pasillo estrecho, al que mi madre transformó en cocina y comedor. Un cuarto de baño y un solo dormitorio. En esa pieza dormíamos los tres. Cabían la cama matrimonial y un catre pegado a la pared, un ropero, una cómoda y un par de mesitas de noche. Sobre cada una de ellas estaba apoyado un velador con tulipas de color rojo y portarretratos con fotografías de personajes a quienes no conocí ni siquiera de nombre. Por de-bajo del vidrio que cubría las dos mesitas, ordenadamente, estaban puestos varios billetes que no pertenecían a este país. En realidad, todo lo que formaba parte de ese pequeño espacio lleno de recuerdos, entre sombras que cubrían las paredes y sin nada de luz, hacía alusión a algún pasaje de la vida de mis padres transcurrida en otro lugar, bien lejano, frío, diferente.
Todas las tiendas de esa cuadra eran iguales y con idénticas fachadas, como también las viviendas internas. Durante el día, en el frente, se exhibía variados tipo de prendas colgadas en perchas, como en una vidriera.
Durante la noche, el ambiente cambiaba. Aquellos comercios quedaban sepultados detrás de una sucia, fría y gris cortina de tela metálica con una puerta chiquita, que se sacaba y ponía cuando se abría o cerraba el local, y que se utilizaba como único acceso a la tienda y a la casa.
Cruzando la calle, llamada preferentemente avenida, estaba el Mercado. Un mundo diferente al nuestro, cercado de un bullicio único. Los olores, ruidos, idiomas y actividades de sus habitantes nada poseían en común -por su gran intensidad- con los de los moradores de la vereda de enfrente.
El Mercado y sus alrededores tenían vida propia, que no dependía de nadie ni de nada sino de sus pobladores, y de una atmósfera que atesoraba una cultura distinta a la nuestra. A la vuelta de la esquina, siguiente a nuestra casa, se encontraba el Callejón Oscuro. Más tarde me encargaré de contar sobre ese lugar al que el hambre embotaba, y que no conocía de orgullos; refugio de la desdicha, en el que la angustia se olía, la miseria se palpaba.
Un lugar que estaba sumergido en lo más extraño de la vida. En ese Callejón se llevaron a cabo ciertos hechos siniestros y maravillosos. Como los guardé en la memoria, ahora de ellos disfruta y con ellos sufre mi presente. Y otro, uno en particular, que Ariel también conoció y parece olvidarlo.
Recuerdos, justamente, fue la palabra que desencadenó en mí la idea de escribir en un cuaderno esos episodios, los cuales nos ayudarían -a mi primo y a mí-, a no sucumbir en el olvido.
Toda esta labor comenzó a raíz de la llegada de la carta de Ariel. Fue ella la que hizo que se me avivara el pavor -hasta entonces oculto-, de despertar una mañana sin un registro de mi vida pasada, navegando en el descuido.
El hecho de saber del abandono de Ariel dentro de sí mismo, de haber perdido la conciencia de quién es, qué hizo, me apenó, sobre todo que ante el desgaste de su memoria y en un acto exasperado, único, acude a mí para recuperar parte del mundo en el que habitó. En realidad lo que a él le inquietaba era olvidarse de sí mismo y de quién fue en el pasado.
Ariel y yo compartimos la infancia y la adolescencia, se trataba de un ser muy tímido, aparentemente desprotegido, débil, temeroso de todo, inclusive de la oscuridad. Nunca jugaba con ningún amigo. Mientras nosotros -otros niños y yo- aprendíamos en la vereda a hacer bailar un trompo, él se refugiaba en su casa, aferrado a la mano de su madre por temor a que el trompo le cayera sobre la cabeza o se le acercara a uno de los pies y pudiera lastimarlo. Igual sucedía en días de lluvia cuando salíamos a corretear en el raudal, él prefería permanecer dentro de su casa por temor a mojarse los pies o durante los días ventosos cuando hacíamos remontar una pandorga, Ariel temía ser arrastrado por el hilo que lo llevaría a perderse en el cielo -estaba loco-, pero en esas condiciones, de angustias y miedos, se desarrolló su infancia. De su adolescencia y la mía -puesto que teníamos la misma edad-, solamente rescato aquel hecho que hizo que por mucho tiempo no volviéramos al Callejón Oscuro y que desencadenó noches invadidas de pesadillas, insomnios, pero nunca mi primo y yo hablamos de ello, como si la tierra se hubiese tragado el episodio, a los protagonistas y a la noche en la que sucedió.
Luego de un par de años -é1 y sus padres, porque tampoco tenía hermanos- se mudaron de país y no volví a saber de ellos. A veces, mi madre comentaba que recibía una que otra tarjeta de su hermano Samuel, felicitándonos por alguna celebración religiosa, pero tampoco en ellas hacía alusión a cómo les iba ni qué había acontecido en la vida de Ariel. De pronto, sorpresivamente, después de mucho tiempo, recibo una carta donde me convoca a que sea yo el guía de sus recuerdos de infancia y adolescencia. El indicador de un hecho que le duele recordar.
Al leerla sentí que se había quedado suspendido en la nada, sin alma. Era solo un cuerpo hueco, vacío, sin sentidos, porque ninguno de ellos guardaba alguna respuesta ante un aroma, una imagen, un sonido, una textura. El abandono los había adormecido.
Así fue como se inicia este peregrinar por mi pasado, todo gracias a una petición de mi primo Ariel.


PRIMERAS NOTAS
-I-

Ariel, querido primo, estas son anotaciones que escribo pensando en vos, son recuerdos míos que espero te puedan servir. Iré archivando, hoja por hoja, en una carpeta, la que luego me encargaré de enviártela.
Todo comenzó con la muerte de la abuela. ¿Te acuerdas? Me temo que no.
Bueno, te iré relatando.
La abuela murió de pronto, así, sorpresivamente.
Nadie esperaba que fuera de esa manera. Siempre se quejaba de todo y de todos; por ese motivo pensábamos que sería una larga y penosa enfermedad la que desencadenaría su final, pero partió como siempre quiso, o por lo menos así nos quiso hacer creer.
Vivió dando sobresaltos, provocando sorpresas y angustias, asustando a todos a cada momento, probando el humor de los que la cuidábamos para aprovecharse de ello, decidiendo sola qué hacer y adónde ir, aunque ya sus fuerzas no la acompañaban.
La abuela era una inmigrante que llegó viuda al Paraguay, antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial. Vino con sus tres hijos: Abraham, el mayor; luego Luisa, mi madre, y uno menor, llamado Samuel. Permaneció siempre en el mismo estado civil, nunca volvió a casarse. Económicamente le iba muy bien, era la dueña de una tienda muy próspera. Durante toda su vida no hizo otra cosa más que cuidar del negocio y de sus hijos, a los que les enseñó desde muy pequeños a competir entre ellos por quién la quería más y cuidaba mejor.
Hablaba yiddish y muy poco castellano, lo necesario como para hacerse entender y a su vez comprender a los demás. Habitaba una casa en un barrio en el que la mayoría éramos judíos e inmigrantes como ella. La casa no estaba lejos del negocio, al que iba caminando, hasta en días de lluvia.
Al tío Abraham no lo conocí en persona, tan solo oí hablar de él, puesto que de muy joven se mudó a vivir a Israel y nunca regresó ni tan sólo de visita. La ausencia de ese hijo fue un dolor que la abuela sobrellevó siempre, como una enfermedad de la que todos conocíamos sus síntomas y también su cura, pero nadie más que Abraham tenía la medicina para tratarla.
Mi otro tío Samuel y su familia vivían con la abuela, en la misma casa, jamás él hubiera dejado sola a su madre. La tía Jane, su mujer, aceptaba dócilmente cualquier decisión que tomara su esposo.
Los hijos de la abuela siempre la rodeaban, en especial mi madre, hasta el día de aquel accidente que acarreó su muerte y también determinó nuestra mudanza.
Los diálogos entre madre e hija, continuamente, tenían un tinte dramático; aquella tardecita no fue diferente. La abuela había salido de la tienda y se encontraba de visita en mi casa. Como nunca podía estar desocupada, se dispuso a baldear el patio. Cuando apenas mi madre la vio haciendo ese trabajo, casi se desmaya.
-¡Mamá! ¡Cuidado! Te vas a romper una pierna, cuidado cuando caminás -gritó la hija.
-No te preocupes, voy despacio.
Era el discurso repetitivo de la abuela, pero en el que ya nadie creía, y esa vez no fue diferente.
-No, mamá, no caminás despacio. Vení, tomate de mi brazo.
Entonces mi madre se dirigió hasta el lugar en el que ella estaba para ayudarla.
-Vos no oís que yo no necesito ayuda -dijo.
-Te vas a romper la cabeza, o alguna costilla, pero por favor no te rompas las dos.
-No me voy a romper nada, vos quedate tranquila -sentenció mi abuela.
Creo que además de una advertencia era un deseo guardado de mi madre, tal vez tenía la esperanza de que al lastimarse la cabeza, la abuela perdería el juicio y dejaría de molestarla tanto.
-Mamá, por favor, hacelo por mí, cuidate.
Repetía una y más veces mi madre.
-¡Dejame en paz!
Contestaba la abuela, mientras se trepaba a un árbol, para sacar una fruta o arrancar una rama seca.
-¿Te querés romper la cabeza, las piernas y los brazos?
Decía de nuevo mi madre, con voz cansada, puesto que ya no podía con los caprichos de esa vieja.
-Mientras no me rompa el alma -contestó la abuela.
-También el alma te vas a romper -dijo mi madre.
-El alma no se rompe, se pierde.
A medida que la discusión seguía, el tono de voz de la abuela iba en aumento.
-Entonces, cuidado que no se te pierda.
-No te preocupes, yo la voy a encontrar, no te preocupes más por mí, preocupate mejor de cuidar a tu marido.
-¡Tenga cuidado!, se va a resbalar -intervino mi padre.
- Vos para qué te metes, ya pronto te voy a dejar el negocio - contestó la abuela.
-¿Por qué siempre usted piensa mal de todo el mundo? - preguntó mi padre.
-No es de todo el mundo, es solamente de vos -ella respondió.
La conversación seguía totalmente en yiddish, en nuestros hogares no se hablaba en otro idioma más que en ese. -Usted se equivoca conmigo dijo mi padre, con cierto enojo en la voz.
-Yo no pienso mal de nadie.
-Yo no quiero que usted se lastime, la cuido.
-Mejor cuidá a tu mujer y a tu hijo, yo sé cuidarme sola, ya soy grande.
Así eran siempre los diálogos entre mi padre y ella, pero cuando la abuela hablaba, durante las noches, con sus muertos, cambiaba el tono de voz:
-Isaac, vení, llevame, acá ya nadie me quiere, nadie me cuida, todos me abandonan -se trataba de un hermano que se llamaba Isaac y que había quedado en Polonia.
-Dóbele, vení llevame, me duelen todos los huesos y nadie me quiere cuidar. Dóbele, quiero ir contigo, acá ya nadie me tiene paciencia.
Dóbele era uno de sus muertos, alguien a quien nunca conocimos ni siquiera en fotos, y que según la abuela se trataba de una hermana que quedó en Europa y que seguramente había muerto.
-Áriele, te necesito, vení buscame, llevame contigo -se trataba de su marido, y de quien mi primo heredó el nombre. Así hablaban ella y sus fantasmas, vaya uno a reconocer a quiénes se refería, ni si en verdad eran parte de un sueño, de su fantasía o de su necesidad de torturarnos.
En cada palabra que pronunciaba ponía un tono de pena y duda, con tal de crear en nosotros la zozobra, y la lástima. Su partida tan inesperada nos dejó, a los que la conocimos, perplejos. Cuando digo a los que la conocimos, me refiero a algunos de sus familiares, los que vivimos cercanos a ella, no así a su otro hijo, el, que estaba lejos, y al que nunca perdonó por haberse ido, o mejor, por haberla abandonado.
Fue un personaje único, hasta para marcharse de esta vida prefirió la sorpresa. Poseía muy pocos bienes materiales. Los que heredaron sus hijos, además de la culpa.
Esa culpa se clavó profundamente en la conciencia de cada uno de nosotros, seguida de ciertas dudas: como que podíamos haber hecho algo más por ella, por su salud, por su cuidado, por que se prolongara aún más su vida, aunque se trataba de una anciana cuya existencia se vio marcada por la guerra, por varios exilios y otras vicisitudes, llena de sinsabores, literalmente ninguno producido por el tabaco ni el alcohol que cargaba -después de su muerte lo supimos- en una petaca de plata dentro de un mueble, en el que además guardaba zapatos, fotografías, correspondencia y unas cuantas bolitas de naftalina.
Tras aquella caída desafortunada, un día de lluvia en el patio de su casa, la abuela murió.
Yo aún era muy pequeño para entender el significado que tenía la muerte, pero sí para darme cuenta de cuán dolorosa era. Según mi parecer, sufría el que moría y los familiares que quedábamos.
Como aquel día de la muerte de la abuela, nunca vi llorar a mi madre de tal forma ni sufrir de ese modo igual que al tío Samuel, quien por semanas se dejó crecer la barba, adoptando un aspecto sucio y desaliñado como parte de su duelo. Ambos, tanto mi madre como el tío, parecían animales desprotegidos, abandonados, seres a quienes la vida les había arrebatado todo en un instante, dejándolos en la más triste orfandad.
Era así, se trataba del desamparo. Por mucho tiempo no lo comprendí, tan sólo cuando lo experimenté supe la realidad de su significado.
Antes de la muerte de la abuela, nunca había entrado a su pieza, ella no lo permitía, decía que los niños la desordenaríamos. Cada vez que veía la puerta entreabierta, me acercaba con la intención de atravesarla, entonces ella la cerraba de un portazo. Cuando iba al baño, a la tienda o a cualquier otro lugar, la abuela pasaba la llave por la cerradura y la llevaba consigo. Esa actitud hacía que se me despertara aún más la curiosidad por saber qué guardaba de extraño ese lugar, y que en realidad no eran más que recuerdos.
Fue la tía Jane la que encontró a la abuela aquel día fatídico, tirada en el piso, muerta. Luego de dar varios alaridos pidiendo ayuda, acudieron a levantarla el tío Samuel y mi madre. Con cuidado la llevaron a su cama. De inmediato llegó el médico, pero ya no había nada que hacer. Su muerte no se debió a la caída, como todos imaginamos, sino a consecuencia de un ataque al corazón. "Un infarto fulminante", aquellas fueron las palabras exactas que dijo el doctor, luego de examinarla.
Ese día, en medio de corridas, confusiones, dolor y culpa, logré entrar al dormitorio de la abuela.
El lugar se encontraba rodeado de fotografías. Sereno, abrigado de recuerdos. Recuerdos encerrados en un pasado lleno de silencios. Nunca habíamos sabido más de lo que veíamos de ella a diario. Nadie conocía de su vida en Europa, ni de sus parientes ni de sus angustias.
No dejé de dar vueltas y más vueltas alrededor de ese lugar que tanto tenía que contarme, imaginando escenas, voces, cuando los gritos de la tía interrumpieron mi ensoñación.
-Cierren las ventanas, las puertas, tapen los espejos, saquen los perros, hagan callar al loro, limpien las telarañas del techo, guarden la ropa colgada en el patio, la escoba, la manguera y el escobillón, escondan los bacines debajo de las camas, empezamos el duelo por la abuela.
Órdenes que daba la tía Jane. En un momento hasta me pareció que el tono de su voz tenía un dejo de alegría. Hacía tiempo ansiaba ese momento, digo el de la muerte de la abuela, total no se trataba del fallecimiento de su madre, ni de nadie con quien le haya sido fácil convivir, hasta diría todo lo contrario.
En el rostro de esa mujer se delataba el contento disfrazado de tristeza, con lágrimas que le caían tímidamente. Creo que más de una vez, o mejor, cientos de veces, ella soñó con esa muerte, fantaseó con esa liberación, pero se le escapó un detalle: que los sueños tardan en cumplirse y no siempre se concretan.
Finalmente, la fantasía de la tía se hizo realidad. Descansaría de esa vieja que no la dejaba dormir ni disfrutar de nada que no tuviera que ver con su entorno. Pero a pesar de reconocer que la abuela era una mujer demandante, yo la quería, y la quería mucho.
Desde que nací hasta su muerte la tuve cerca. Durante todos esos años nunca la vi fuera de la casa o de la tienda. No iba de vacaciones a ningún lugar, tampoco de visita a casa de alguna amiga, ni siquiera salía los feriados y domingos, a no ser para ir a la tienda o a la sinagoga para la celebración de alguna festividad. Siempre supe que cuando ya no estuviera, la iría a extrañar, que ella me haría falta, pero jamás de la manera cómo lo sentí, con tanto dolor.
Los velatorios se cumplían en las casas, y aquello significaba un perjuicio enorme para los que la habitábamos. La intimidad de uno se veía violentada por los presentes que, con el pretexto de dar sus condolencias, se metían hasta en los dormitorios y, un poco más, en los cajones de los roperos y de las cómodas para husmear la vida de la familia.
A partir de la muerte de la abuela, mi padre decidió que sería mejor cambiarnos de vivienda y él, de trabajo, como si la presencia de su suegra lo hubiese estancado en un sitio y en un estado del cual no podía despegarse. Y era porque jamás la abuela permitiría que nos mudáramos de esa casa, y dejásemos de ser sus vecinos. Estaba decidida a permanecer en ella y nosotros en la nuestra hasta su muerte. Así fue, por ello mi padre no hizo ningún intento de modificar aquella petición, para evitar algún enfrentamiento entre ambas. Yo pensé que era debido al respeto que le tenían, pero luego descubrí que no se trataba solamente de eso, sino que de miedo, dado que yo soporté ese mismo sentimiento cuando decidí mudarme y tenía que comunicarle a mi madre. Sabía que ella no me comprendería y por ello tampoco aceptaría. Era el mismo temor, ese sentimiento, esa sensación de que traicionaba un mandato y, aunque mi madre siempre propició mi ida, nunca dio el nombre del lugar al que ella deseaba que yo fuera. Creo, además, que eran sólo palabras que contenían un deseo suyo no cumplido, no se trataba de una realidad que tenía que ver conmigo, su hijo, sino con ella y su madre. Ella nunca hubiese soportado ningún otro abandono después de su orfandad.
Por descuido de nuestros padres, mi primo Ariel y yo pudimos asistir al entierro de la abuela, cuando que a los niños les está prohibido entrar al cementerio judío. Afortunadamente, hubo poca gente para la ceremonia, por causa - con seguridad - a la lluvia torrencial que cayó esa siesta, ya que no hubiera querido que me vieran llorar de ese modo. Todavía me producía vergüenza mostrar mis sentimientos, era muy joven para comprender que los duelos son beneficiosos.
Una vez terminado el rito, volvimos a la casa.
Mi madre se encontraba desolada, nunca la vi así entristecida, sufriendo por la muerte de la abuela. Y mi padre, si bien se veía ligeramente compungido y con señales de dolor en el rostro, pero, a la vez, mostraba cierta seguridad, puesto que podría tomar las riendas de su hogar. Caminaba por la casa dando pasos firmes, con el mentón hacia arriba, como si en ese momento debiese revelar su fortaleza de hombre. Pobre, mi tía Jane, llevaba años esperando ese momento, por fin sería ella, el ama de casa, todos los espacios serían suyos, elegiría dónde poner un adorno y dónde otro, definiría el menú que se comería ese día, como también a quién de sus amigas invitar a tornar el té, porque para la abuela ninguna de ellas era merecedora de visitar su casa. Del tío Abraham, el hijo mayor, quien de muy joven se había marchado, no recibimos ninguna respuesta al telegrama en el que su hermano le comunicaba sobre la muerte de su madre.
A la mañana siguiente de aquel día tan triste, me encontré con la sorpresa de que la puerta y la ventana de la pieza de la abuela se encontraban totalmente abiertas, y dentro, la tía y mi madre revisaban las pertenencias de la abuela, como si buscasen algo.
Los cajones se abrían y cerraban, cientos de papeles, algunos escritos, otros no estaban esparcidos al descuido; fotografías y documentos iban al piso, como si no tuviesen ningún valor emocional, como si nunca hubiesen pertenecido a nadie. También el ropero se encontraba a disposición del olvido: para ellas nada de lo que había habitado ahí tenía sentido, o importancia, como si la muerte se hubiese llevado todo lo que a la abuela le perteneció. ¿También su recuerdo?, pensé.
Sentí mucho calor, cuando en realidad no lo hacía. De pie, en el patio, seguí observando el movimiento que había en aquella habitación. Me sentí molesto, pensé que era aún demasiado temprano para empezar a hurgar entre sus pertenencias. Hubiera preferido que se respetara tan siquiera los días que duraban los rezos por su memoria. Todavía debíamos mantener fresco en el recuerdo su olor, su figura, sus pisadas y, sobre todo, su mirada. Era la única manera de conservarla con vida y de rechazar su muerte.
Entonces ya me preocupaban ciertos temas, aunque era muy joven aún para considerarlos. Luego, en el transcurso de los años, los pude ir aclarando. Pensamientos que me llevaron tiempo y labor analizarlos. Todos vinculados con la muerte. Con el aceptar la idea de que lo único que dejamos es lo mismo que llevamos: la nada. Que lo único que sirve es la vida propiamente vivida y a profundizar sobre eso me dediqué.
Me preocupaba saber por cuánto tiempo más perduraría en nuestra memoria la presencia de la abuela. ¿De qué dependerá que la extrañemos, o no? ¿O que la perdamos entre las tantas cosas que la mente se niega a rememorar?
Luego entré a ese lugar silenciado por la muerte, ausente de palabras, sin ruidos, sin latidos, invadido de ausencias, teniendo a la quietud como único huésped.
Me mantuve quieto, parado en la habitación por largo tiempo, mientras el resto de los familiares entraban y salían de ese espacio en el que sólo vegetaban algunos recuerdos y el pasado había dejado de ser presente. El viento entraba por la ventana, lo única que recorría aquel espacio, donde el pensamiento también transitaba desnudo, sin ningún ropaje que lo cubriese contra el olvido.
Permanecí ocioso, con los sentimientos vacíos, en silencio. Total, afuera nadie tendría respuesta para mis dudas. Aquella pieza, en poco tiempo, se convirtió en un depósito, sin más función que la de guardar trastos viejos. Dejé de visitar la casa de los tíos. Dejé de hablar y preguntar sobre cualquier tema que tuviese relación con esa habitación y con la abuela y, cuando se recordaba un episodio relacionado con ella, yo me apartaba, para protegerla y protegerme; entonces, buscaba una oración, algún rezo, algún rito que cumplir en memoria de la abuela, pero no encontré ninguno. Me quedé sin consuelo, no más que con el de haberla querido.
Poco tiempo después, nos mudamos.
No fue fácil abandonar aquella casa por otra en la que no había patio, ni barullos, ni olores que la identificasen con alguien o algo; sino otros, diferentes, y que llegaban del exterior.
Nuestro nuevo hogar no estaba lejos del otro, pero aún así el cambio fue enorme, terrible. Para mí, lo más doloroso fue mudarme de barrio.
A partir de la muerte de la abuela los cambios se fueron dando paulatinamente. Desde lo que significó el abandonar la antigua vivienda hasta las perspectivas que tenían mis padres en cuanto al futuro de nuestra familia, sobre todo, al mío.



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sábado, 18 de septiembre de 2010

SUSANA GERTOPAN - EL NOMBRE PRESTADO (NOVELA) - COMENTARIO DE OSVALDO GONZÁLEZ REAL / Editorial Servilibro, 2005.





EL NOMBRE PRESTADO”
Novela de
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Dirección editorial: Vidalia Sánchez
Diseño de tapa: BERNARDO ISMACHOWIETZ

Editorial Servilibro,
Asunción-Paraguay, 2005


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“En esta fascinante novela, la autora profundiza la crisis generacional ya presente en su novela anterior "Barrio Palestina". Los conflictos de identidad existentes entre padre e hijo se ahondan y llegan a un clímax sorprendente. ** Se mantiene durante toda la narración -a través de una confrontación implacable de cosmovisiones antagónicas- un suspenso y una intriga casi policial que lleva al lector a reflexionar íntimamente sobre las tradiciones y las creencias que heredamos de nuestros antepasados.
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El enigma de la obra "El nombre prestado" se revela recién al final de esta obra de relevantes méritos literarios que busca dilucidar -con valentía y sinceridad- la problemática existencial que se presenta entre padres e hijos en los tiempos modernos. Dos mundos dispares y anacrónicos se enfrentan aquí dentro de una familia que puede pertenecer a cualquier sociedad compuesta por jóvenes y viejos.
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La búsqueda de sentido en un mundo vertiginoso, con cambios en valores morales e ideológicos es uno de los temas encarados por Susana Gertopan a través de un diálogo brillante y una atmósfera y un color local muy bien logrados. El amor también es importante protagonista de esta historia de final inesperado y fuerte dosis de dramatismo”.
OSVALDO GONZÁLEZ REAL.
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I
Volví de la universidad como todos los atardeceres, cansado y hastiado de tanto trabajo. Cada vez me resultaba más difícil desarrollar mis clases, por la falta de interés y atención de los alumnos, característica propia de la juventud de esta década.
Abrí la puerta de mi departamento y sin encender la luz, bajé mis cuadernos sobre el escritorio. Así, casi a oscuras, puesto que desde afuera entraba una tenue claridad, caminé hasta el balcón con mucho cuidado para no tropezar. Siempre que llegaba a estas horas a la casa, y en tales condiciones, repetía lo mismo, iba hasta ese lugar. Necesitaba aire puro, y luna. Pasaba largo tiempo observando el mundo desde ese pequeño espacio.
Descorrí la cortina y abrí la puerta. Era una noche tibia la de aquel último viernes de setiembre. Miré la calle, a las personas que andaban, algunas con pasos ligeros, otras con pasos lentos, de diferentes edades y condiciones, hombres, mujeres, niños, ancianos, mendigos parados en las esquinas, evidenciando sus miserias, artistas harapientos ofreciendo su música, ofertando su arte como en una improvisada subasta callejera. Automóviles de todo tipo, grandes, pequeños, lujosos o estropeados circulaban a gran velocidad, abriéndose paso con luces altas y bocinas estridentes.
La avenida estaba ruidosa, congestionada de gente, de olores, de atropellos, de pobreza, de dolor, de alegría, de vida.
Era casi final de semana. Algunos caían rendidos en el sopor del cansancio, otros, en la euforia previa a un feriado. Levanté la vista y me distraje con las luces de los letreros. Luces que dormitaban y despertaban como si no se resignaran a desfallecer. Subí la mirada y me encontré con el cielo. Por fin el cielo, aquel cielo con luna. Una luna novísima, lúcida y arrogante. Respiré hondo como si liberara una congoja. Quise permanecer allí, en aquel espacio pequeño, por siempre, pero el teléfono sonó y mi deseo se interrumpió. Despacio, sin apuro, caminé hasta el salón, tomé el tubo y respondí la llamada.
-¡Hola! -dije con desgano.
-¡Hola! ¿Iósele?
-Sí, papá, soy yo.
-¿Cómo estás, hijo?
-Bien, papá.
-¡Qué suerte Iósele! Gracias a Dios. ¿Pero me lo dices de verdad o para no preocuparme?
-Te lo digo de verdad. Estoy bien.
-¿Te olvidas qué día es hoy?
-No, no lo olvido, es viernes. Tampoco me olvido la hora, son las ocho en punto de la noche.
-Hijo. ¿Ya prendiste las velas?
-Papá, las velas del viernes las prenden y las rezan únicamente las mujeres, y acá no hay ni una sola mujer. ¿O no te acuerdas que vivo solo? Además está escrito: "Sólo a través de la mujer las bendiciones de Dios son concedidas a una casa".
-Igual, lósele, igual tú las puedes prender. O si no ¿cómo sabes que es viernes a la noche? ¿Cómo diferencias ese día de los otros días?
-Tienes razón, papá. Cuando corte la comunicación, voy a prenderlas y bendecirlas. También bendeciré el pan y el vino. -Si molesto, hijo, te llamo más tarde, o mañana, no quiero interrumpir tu trabajo.
-No, papá, no interrumpes nada, además, estaba esperando tu llamada.
-Sabes, lósele, que faltan unas semanas para Rosh Hashaná (Año nuevo judío) y como acá no hay ni un solo shil (Sinagoga) cerca, quería saber si puedo ir a tu casa unos días. Te prometo, hijo, que no voy a molestar.
-No tienes que pedirme permiso, papá, todos los años pasamos juntos esa fiesta. Además está también es tu casa.
-Esa fue mi casa, hijo, ahora es tuya, yo te la regalé.
-Papá, cuando quieras venir, llámame y yo voy a buscarte.
-Entonces yo te llamo cuando voy, así me vas a esperar.
-Solamente me avisas qué día llegas y en qué tren.
-Te olvidas, lósele, que nunca subo a un tren.
-Sí, pero me parece que ya tienes edad de perder el miedo a los trenes.
-No es miedo, es otra cosa.
-Bueno, no importa, ven en lo que tú quieras, pero llámame, y si no estoy en casa, deja un mensaje en el contestador.
-Si no estás, yo te vuelvo a llamar, yo no hablo con máquinas, hijo.
-Está bien papá, yo espero tu llamada.
-Pero si voy a molestar hijo, no voy, me quedo y el año que viene, si Dios quiere pasamos juntos, yo por eso no me enojo.
-Papá, yo te espero, y por favor, no te preocupes por nada.
-Entonces nos vemos pronto lósele.
-Así es papá.
-Adiós, hijo.
-Adiós, papá.
Hacía más de veinte años que mi padre se había ido a vivir a un pueblo pequeño en las afueras de la capital. Después, de cerrar su negocio, decidió mudarse a una casa. No quería volver a saber nada de los espacios pequeños. Buscaba un patio, aire para sus pájaros y sol para sus plantas. Nunca terminé de entender aquella decisión de ir tan lejos, y a un lugar tan inseguro, sobre todo para un hombre de su edad, casi anciano. Tampoco entendía su terquedad de viajar siempre en colectivo, pudiendo hacerlo en tren, en menos horas y más cómodamente, pero intentar persuadirlo de que estaba equivocado era igual que creer que el Mesías estaba por llegar.
Conecté el contestador automático, y fui hasta la cocina a fijarme en el calendario hebreo, cuánto tiempo faltaba aún para la festividad de Rosh Hashaná. Me quedaban un par de semanas. Suficientes para arreglar el departamento, dejarlo limpio y encontrar un lugar cómodo para mi padre.
Cada vez que él me visitaba para mí significaba un desgaste físico y emocional enorme y después de su partida quedaba exhausto. Siempre discutíamos sobre lo mismo, mi profesión, mi trabajo o mi estado civil, ya que él nunca aceptó que yo, siendo un sociólogo, carrera que tampoco entendía de qué se trataba, me ganara la vida dando cátedras de literatura y de filosofía en una universidad, o también que después de haber estudiado periodismo, trabajara como columnista cultural en un diario vespertino poco leído. Sobre todo le disgustaba que me dedicara a escribir poemas, cuentos, y una novela que siempre estaba en proceso de creación. Para él los escritores éramos personas con mucha sensibilidad pero con poca inteligencia. Tampoco entendía mi fuga de la religión, y el tiempo que estábamos juntos lo utilizaba para censurarme sobre mi carrera, mis trabajos, mi nombre, mis ideas, mi escritura, y sobre todo por amar a Laura.
La conversación con mi padre me dejó con cierto nerviosismo y ligeramente ansioso. Durante mucho tiempo hice lo posible e intenté de diferentes maneras mejorar mi relación con él, inventando diálogos, escuchando atentamente sus relatos, y hasta traté de prestarle más atención a su salud, pero continuamente caíamos en interminables e irreconciliables discusiones.
Sentí un vacío en el estómago y decidí prepararme algo de comer. Fui de nuevo hasta la cocina, abrí la heladera y elegí dos huevos para hacerlos revueltos. Aquella receta me hizo recordar a mi madre. Ella siempre me preparaba huevos revueltos, y a veces le agregaba papas o cebollas. Me senté a la mesa, frente al plato de comida, y cuando llevaba el tenedor a la boca, distraje la mirada, como si buscara a alguien. Dejé los cubiertos en el plato y volví a sentir algo extraño. Oía una voz. Era como si alguien me hablara. Di vuelta el rostro y no encontré a nadie. Tuve miedo, sentí mucho miedo, miedo de caer de nuevo en la trampa que me tendía la soledad. No, no quería volver a caer en aquel estado. Entonces decidí salir.
Yo vivía en el quinto piso de un edificio sin ascensor, y con un portero que sólo trabajaba medio turno. Mi departamento era el único ocupado de ese piso.
Era un barrio muy particular, donde el dueño de la farmacia era judío, el verdulero era judío y la dueña de la confitería también era judía. En aquel lugar se habían radicado muchas familias de inmigrantes que llegaron de Polonia, de Rusia, de Alemania y de otros lugares de Europa. De pronto uno se cruzaba con personas que hablaban en yiddish (Idioma de los judíos de Europa Oriental), o con religiosos ortodoxos que parecían haber venido de Meashearim. (Barrio de religiosos ortodoxos en Jerusalén). Cuando se acercaba el viernes o alguna importante festividad, el viento traía olor a pescado, a cebolla frita y a torta de miel. Fue por esa razón que mi padre había comprado el departamento en ese lugar hacía mucho tiempo atrás. Él necesitaba estar cerca de sus paisanos para sentirse seguro.
Bajé despacio, escalón por escalón. Me detuve en todos los pisos, y parado frente a la puerta de cada departamento traté de adivinar, como en un juego de acertijos, qué podía estar sucediendo detrás de cada una de ellas. Pensé que quizás en algunas habitaba la soledad, tal vez en otra la alegría, el desamor, o la tristeza. En el cuarto piso me crucé con una mujer que vivía sola con su perra. No tenía marido ni hijos, pero sí un animal tan viejo y tan feo como
ella, a quien rigurosamente sacaba a pasear todas las mañanas y todas las tardes, aunque lloviese o cayeran granizos. Nos saludamos amablemente y después yo seguí mi descenso. En el departamento "A" del tercer piso vivía Don Samuel. La suya era la única puerta de todo aquel edificio que tenía clavada una Mezuzah (Objeto que se pone en las puertas de los hogares judíos, que contiene un rollo de pergamino con una bendición de la Biblia). Era un hombre viudo que había venido de Europa, según me contaron, en el mismo barco en el que vino mi padre, y por ello, desde entonces, eran amigos. Cuando nos encontrábamos me obligaba a visitarlo. Siempre tenía alguna comida o bebida para ofrecerme o algunas historias que contar sobre Nalevki, una perdida calle de Varsovia, antes de la guerra. Don Schmuel como lo llamaban sus amigos, ya no trabajaba. Vivía de su jubilación y la mayor parte del día pasaba en el bar buscando a quien relatar sus recuerdos, o discutiendo de política con José, o con Carlos, el dueño del bar. Cuando la estación se lo permitía iba hasta el parque a jugar dominó o a las cartas con algún otro jubilado como él. En las noches escuchaba ópera con el volumen más alto del tocadiscos y no había forma de persuadirlo de que lo bajara. Igual que mi padre, iba a casa de sus hijos solamente para la celebración de alguna festividad o para la fecha de su cumpleaños. En el departamento "C" frente al de él, vivía una pareja de recién casados. Siempre se los veía reír y besarse. Todavía eran felices.
Bajé al segundo. En ese piso vivía una joven bonita pero muy tímida que había venido sola desde el interior del país a estudiar en la capital. En el departamento contiguo habitaba también una joven sola, que continuamente recibía visitas de personas extrañas y que todas las mañanas, antes de ir a trabajar, se perfumaba con una colonia de aroma muy fuerte.
Seguí mi descenso. En el primer piso me encontré con dos niños que volvían del parque. Uno de ellos llevaba una pelota en las manos. Los vi y les envidié la edad y su condición. Vivían con sus padres y con dos hermanas más pequeñas. Eran, igual que yo, los únicos inquilinos que habitaban ese piso. El otro departamento, el "A", estaba desocupado desde que su dueño falleció, y el "B" lo utilizaba una famosa imprenta como depósito de papeles. En la planta baja estaba un local en el que había un negocio de venta de colchones, y otro de venta de electrodomésticos.
Salí a la calle, caminé unas cuadras y me detuve a comprar cigarrillos antes de llegar al bar, el único lugar seguro donde mi soledad no era atacada por la melancolía y donde calmadamente transcurrían mis horas con la lectura de algún libro o periódico, o de lo contrario me enredaba en discusiones que se improvisaban durante las interminables tertulias de los escritores que se juntaban todas las noches en aquel lugar. En otras ocasiones me detenía a mirar simple y pacientemente, irse el tiempo, desde la ventana.
Entré y ocupé la mesa del centro. Pedí un café, pero antes de que el mozo me lo trajera se sentó a mi lado José, un viejo profesor de violín, judío que había pertenecido a la intelectualidad rusa y que todavía creía en la ideología política de Trotsky y en la revolución Bolchevique. Era uno de esos rusos que seguía prendido a la teoría de que el comunismo era la única salvación para los medios de producción y para la clase obrera, y creía además que con la supresión de las clases sociales la pobreza iba a desaparecer y el hombre dejaría de sufrir hambre definitivamente.
Los dos pedimos café y como de costumbre discutimos de los temas habituales. En otra mesa se encontraba una pareja tomada de la mano y hablándose al oído. En otra estaban sentados tres poetas frente a unos cuantos libros y periódicos, esperando al resto para empezar la tertulia.
Pasada la media noche, José y yo decidimos terminar con el café, los cigarrillos y con la conversación, cuando de pronto entró al bar una niña que iba prolijamente vestida. Llevaba el pelo suelto
y un ramo de flores en las manos. Todas eran rosas, de tallos largos, muy largos, envueltas cada una en papel celofán y acompañadas de unas hojas de ilusión. Tímidamente se acercó a las mesas a ofrecer a cada hombre una flor.
-¡Para su amada! -decía- mientras sus ojos grandes y negros recorrían los platos buscando restos de comida.
A mí no me ofreció, cómo si adivinara mi estado. Me despedí, pagué la cuenta y salí.
Regresé a mi casa cansado y con deseos de dormir. Antes de acostarme tomé un libro sobre la hipnosis de Charcot. Siempre me interesó aquel método de acercamiento al inconsciente. Quedé atrapado por aquel tema, hasta que por la claridad que se filtraba por la ventana, noté que estaba amaneciendo. Para poder descansar me levanté, descorrí la cortina, apagué la luz del velador y volví a la cama. Me cubrí con la sábana y por debajo, con la mano, toqué suavemente el ancho, frío y vacío espacio que me rodeaba, aquel espacio en el que me encontraba solo y desvelado. Extrañaba a Laura.
Me levanté cansado y con mucha tos, después de un oscuro sueño. Fui a tomar un baño, pero antes me miré en el espejo del botiquín, el único espejo en toda la casa. Siempre pensé que una casa donde vivía un hombre solo era simplemente eso, una casa sin gracia y en desorden. Por el contrario la casa donde habita una mujer, es un hogar. Mi piel y mis dientes tenían el tinte amarronado que deja la nicotina. Cada vez que me levantaba con aquella tos desagradable, prometía dejar de fumar- desde ese mismo instante, pero después de tomar el desayuno, que consistía en una rigurosa taza de café negro y fuerte, no concebía empezar mi maòana sin un cigarrillo. Después era otro y otro, y al final del día era una cajetilla, o tal vez más.
El olor a comida y el ruido de la familia del primer piso terminaron de despertarme. Era terrible vivir en un edificio de departamentos donde habitan muchas personas, puesto que uno se ve obligado a recibir y a sentir diferentes ruidos y olores, aunque yo ya estaba acostumbrado a este tipo de agresiones. De tanto convivir con ellos, los reconocía con mucha facilidad. Identificaba la colonia de mi vecina del segundo "B", con la que se rociaba todas las mañanas antes de ir a trabajar, o el barullo infernal que hacía la familia que vivía en el primero cuando los niños mayores se preparaban para ir a la escuela todos los días. Junto a los gritos de su madre, eran un real tormento sumado a los ladridos de la perra del cuarto cuando la dueña se atrasaba en su paseo habitual.
Más tarde, entonces la mañana tomó su ritmo y las personas sus compromisos, yo me senté a trabajar, frente al papel blanco, desafiante y limpio. Y como estaba atrasado con la entrega de los artículos decidí dedicarme solamente a ellos, a poner al día mis comentarios sobre algún libro escogido por mí y también sobre los últimos libros lanzados, novelas, ensayos y poemarios. Pero de pronto frente al teclado de la máquina de escribir pensé que durante todo ese tiempo que llevaba trabajando como periodista, jamás me propuse escribir sobre otros temas que no fueran estrictamente literarios, y sobre los que yo también tenía conocimiento, como ser el socialismo, el comunismo, el anarquismo, el liberalismo, derechismo, sionismo, como si temiera tocar temas políticos. Era un resabio de cobardía que nos quedó a todos aquellos que crecimos bajo la represión de las dictaduras de los gobiernos militares.
Aparté aquella inquietud y volví a mi trabajo rutinario. Toda aquella mañana la dediqué a analizar el libro LA ESTATUA DE SAL de A. Memmi.
Después de haber estado escribiendo aquella crítica, y de haber fumado durante un par de horas, sentí cansancio, y para distraerme salí de nuevo al balcón. Observé el día. Se había puesto particularmente oscuro y las calles también se hallaban increíblemente quietas, calladas.
De nuevo pensé en mi padre y en lo que significaba su visita para mí.
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II
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SUSANA GERTOPAN - EL RETORNO DE EVA (NOVELA) - COMENTARIO DE NILA LÓPEZ / Editorial Servilibro, Asunción-Paraguay, 2005.


“EL RETORNO DE EVA”
Novela por
SUSANA GERTOPAN
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA LETRAS del
Dirección editorial: Vidalia Sánchez
Diseño de tapa:
BERNARDO ISMACHOWIETZ
Editorial Servilibro,
Asunción-Paraguay, 2005

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Con "EL RETORNO DE EVA", Susana Gertopan completa y cierra, vertiginosamente, una trilogía iniciada en sus novelas "BARRIO PALESTINA" y "EL NOMBRE PRESTADO", con preguntas abiertas, a quemarropa sobre algunas tradiciones hebreas en sus costumbres, modos y usos sudamericanos.
Esta es la historia de la niña, de la novia eterna y de la mujer que se niega a asumir el matrimonio como objetivo excluyente, debatiéndose entre la culpa y la libertad ante los graves condicionamientos de su familia y de su época.
Agridulce, amarga, contestataria, tiernamente sentimental, he aquí una atmósfera literaria contemporánea que aprovecha el valor de la síntesis.Un hilo narrativo motivador y sencillo sirve como perfecto colofón, por ahora, del propio destino de la autora que, es evidente, tiene el extraño don de saber contar las cosas por delante y por detrás”.
COMENTARIO DE NILA LÓPEZ
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"A aquél que tiene le será dado más". Estas palabras del libro de la sabiduría podrá confirmarlas con tranquila seguridad cualquier escritor en el sentido de que, "a aquél que ha narrado mucho, le será referido más". Nada más equivocado que la idea tan común de que en el autor trabaje la fantasía ininterrumpidamente y de que invente sin pausa sucesos y cuentos, como sacándolos de un fondo inagotable. La verdad es que en vez de hallar e inventar sólo tiene que dejarse hallar por figuras y acaecimientos que sin interrupción lo buscan para que vuelva a contarlos, siempre que haya conservado la capacidad superior de la visión y de la atención. Aquel que se ha esforzado a menudo en interpretar algunos destinos, recibirá de muchos el testimonio de su sino.
Stefan Zweig
(de "Impaciencia del corazón")


-1-
La noche palidecía como una sombra confusa mientras yo me debatía en un duelo devastador e intransigente con aquel personaje que pronto debía interpretar en una corta actuación aparentemente improvisada, para un público ansioso y deseoso de verme encarnar con majestuosidad ese papel, como en la noche de una gran gala de estreno.
Y aquel otro, el que yo en realidad deseaba montar, donde no existía otra historia que la mía propia, donde no precisaba de libretos ni escenografía, ni de ensayos y antifaces, para representar mi acto durante una escena libre y ocasional, sin butacas ni escenario, sin telón ni público. Y sin aplausos.
Qué extraña me sentía. Alejada, separada de mis deseos reales, atascada dentro de aquella habitación, en una historia que no era la mía y en todo lo extraño que sucedía alrededor de ella, mientras afuera el universo seguía rotando con un movimiento seguro y regular.
Qué diferente era todo a como yo imaginé, jamás se me ocurrió que necesitaría de una actuación en un momento así de mi existencia, pero ¿cómo podía prever, cómo podía adivinar lo que habría de sentir, y después de ocurrirme? Si ni siquiera aún había crecido lo suficiente. Todavía no era una mujer. Continuaba siendo una joven con ideales creados alrededor de una realidad lejana a la que vivía. Y después lo que habría de pasarme a consecuencia de todo ello, no sólo en los años venideros, sino que pronto, ahí, casi de inmediato, en los minutos siguientes, en las horas próximas, en esa misma noche. En ese instante cerca-no, donde cambiaría de manera abrupta e inconsciente de situación, en un juego imbécil entre el tiempo, las imposiciones, mis miedos, los personajes, el espacio y yo.
Me encontraba tan vacía, tan sola, que ni la obscuridad permitía que los demonios circundaran mi ámbito teatral.
Abrí la ventana de mi cuarto. Ya estaba amaneciendo. Pero yo no había logrado dormir en toda la noche. Por la ventana entraba una apacible luz. Después de varios días de llover con insistencia, de pronto, durante aquel amanecer la lluvia cesó, como un augurio de dicha. De afuera me llegaba el olor a tierra recién regada, sentía el aroma a naranjo florecido, a guayaba y a jazmín. En setiembre, Asunción se sumerge en cánticos y aro-mas embriagadores. Los patios se hechizan con la sencillez y el candor de enredaderas que trepan estallando de color, de serena-tas de aves, que anuncian su fecundidad, de risas, de juegos, de polcas y guaranias.
Aquel día el cielo se liberó de toda mancha y se abrió fortuitamente para que un sol generoso explorara esa mañana. Estaba sola en mi habitación, pero por poco tiempo más. Pronto la abandonaría, como un personaje de "casa de muñecas". Pronto dejaría aquel espacio que desde muy pequeña yo lo habité, que fuera tan sólo mío y aquella casa de la que fui una temporal inquilina.
Observaba mis juguetes, mis dibujos, reminiscencias de aquellos años de chiquilla. Las paredes estaban decoradas con afiches de los Beatles, con el rostro duro del Che Guevara, de Fidel Castro, de Einstein, Golda Meir, figuras conflictivas que desacordaban en sus ideologías con el régimen dictatorial de entonces. Sobre mi cómoda lucía la foto enmohecida de mis abuelos y otros recuerdos que durante la adolescencia iba atesorando con la idea de que perdurarían allí por siempre, resguardando la memoria.
Me estaba despidiendo de todo. Aún era temprano para arreglarme, todavía el reloj me permitía disfrutar un tiempo más de esa pieza, mi territorio.
Abrí el baúl donde conservaba restos de viejos vestuarios. Disfraces de cuando era niña y los utilizaba para las veladas escolares, y otros que después obtuve, cuando fui a estudiar arte escénico. Los saqué uno por uno y los puse sobre la cama. El de Caperucita Roja, el de Blanca Nieves, el de mariposa, cuyas alas bordadas no habían perdido ni una sola lentejuela. Los observé con tristeza, con nostalgia, como quien recorre antiguas fotografías tratando de revivir momentos pasados con la ilusión del retorno. Los dejé donde estaban, conmovida por la añoranza de esa época, de esos años de ingenuidad, de inocencia, cuando mi vida era como un escenario sobre el que paseaban diferentes personajes improvisados o extraídos de mis obras favoritas. De pronto decidí representar a Nora, la valiente esposa de Torvaldo.
Para contagiarme de su coraje, tomé del baúl un saquito y un chal. Más que nunca quise ser Nora. Cómo no querer desdoblarme en ella si varios siglos atrás tuvo el valor de abandonar su hogar para defender su dignidad. "Me hace falta la soledad para darme cuenta de mí misma y de cuanto me rodea, así que no puedo quedarme", susurré, mientras trataba de enfundarme unos guantes de cabritilla que yacían olvidados sobre la ventana. Creo que eran de... No recuerdo. Sólo escuchaba la respuesta de Torvaldo: "¡Has perdido el juicio! No tienes derecho a irte.
Te lo prohíbo. ¡Abandonar a tu marido y a tus hijos! ¿No piensas en lo que se murmuraría?".
Sobre la falsa moral, las convenciones, el "qué dirán", ya reflexionaba Ibsen en su Casa de Muñecas. Sin embargo yo misma seguía atrapada en esos viejos prejuicios... Pero cómo pensar en mí si sólo me importaba ser otra. "Me había acostumbrado a vivir muchos años fuera de mí, pensando en cosas que estaban lejos, y ahora que estas cosas ya no existían seguía dando vueltas por un sitio frío, buscando una salida que no habría de encontrar nunca".
Pobre Rosita, la soltera. Ella me daba lástima. Todo lo contrario de Nora. No pudo salvarse de sus circunstancias. Fue víctima de su entorno y de su propio sueño. Inventó cartas con pro mesas de amor de un novio que ya la había olvidado. "Yo lo sabía todo, sabía que se había casado, ya se encargó un alma caritativa de decírmelo. Si la gente no hubiera hablado, si vosotras no lo hubierais sabido, si no lo hubiera sabido nadie más que yo, sus cartas y su mentira hubieran alimentado mi ilusión como el primer año de su ausencia. Pero lo sabían todos", me atreví a gritar. Era yo otra vez. Yo que me desvestía con rabia, que me despojaba de un vestuario que no era mío.
Abandoné a ese personaje y elegí vestirme con un traje largo de época, con un gorro en la cabeza y un delantal. Me trasladé hasta la sala del consejo de Fuenteovejuna. Y entonces fui Laurencia: "Carninad que el cielo os oye. ¡Ah mujeres de la villa! ¡Acudid, porque se cobre vuestro honor, acudid todas!".
Seguí en mi juego, continué inmersa en escenas de canto y baile. Imaginariamente bajé del tablado. Abandoné a mis personajes, volví a mi realidad, y despojada de toda simulación, me miré al espejo. La imagen que recibía era la de mi desnudez ataviada de historias ficticias.
Todo permanecía estático. Ni siquiera en ese momento me permití continuar jugando con esos personajes a cuyos dramas invocaba.
Me mantuve muda, tanto silencio me produjo temor, había dejado de oír mi voz, había dejado de hablar conmigo misma, ya no tenía nada que decirme. Seguí en un desamparado silencio. De afuera entraba un barullo aturdidor.
En la casa se sentía el movimiento. Puertas que se cerraban, puertas que se abrían, persianas que entrechocaban unas con otras. Pasos, corridas, entradas, salidas, timbres que sonaban, gritos, llamadas de pedidos, palabras de reclamos, risas, llantos. Sus habitantes estaban lisos para el acontecimiento que debía ser el más importante de mi vida, mientras yo permanecía frente al espejo, sola y desnuda. Estática e inerte.
Alguien golpeó a mi puerta. Caminé hasta allí con pasos lentos, pero seguros, la cabeza al frente, y la espalda firme, como si descendiera del ilusorio escenario. La abrí. Detrás encontré a mi madre portando un ramo de flores. Eran crisantemos, crisantemos blancos, recogidos en sus tallos por un largo lazo de seda, también blanco. El adorno que llevaría en la mano esa noche como parte de aquel vestuario que prestaría para esa única ocasión. También mi madre me trajo una taza cargada con té de tilo, como preventivo ante cualquier arrebato de nerviosismo, propio de una novia.
Era el día de mi boda. Había llegado la fecha programada con mucha anticipación, revisando con cautela todos los detalles para que la ceremonia y luego la fiesta resultaran de la mejor manera. Como una actuación inolvidable.
Miré la taza, mientras el humo se esfumaba, empañando-pálidamente en su trayecto el vidrio que guardaba mi retrato. Me senté en la cama, tomé la taza y bebí el té, con sorbos lentos, separados, tibios, entre risas y sollozos. Entre sueños y congoja. Más tarde Lidia también golpeó a mi puerta.
- Entra -dije.
Me encontraba reposando. Había logrado evadirme de aquel escenario y montar otro, en el que paseaba por el jardín del Edén, como Eva junto a Adán. Desnudos y solos. Antes de comer del Árbol de la Ciencia, del bien y del mal.
La puerta se abrió.
- Permiso -dijo Lidia.
- Pasa.
- Tu mamá ya quiere que te vistas.
- ¿Qué hora es?
- Son las ocho de la noche.
- ¡Tan tarde!
- Sí.
Con su habitual servilismo me ayudó a vestir el único traje que no me había probado de entre los tantos que estaban revueltos sobre la cama. Era mi traje de novia.
Nunca antes, hasta aquella fecha, me percaté de haber visto a toda mi familia tan entusiasmada y contenta como para ese acontecimiento. Estaban dispuestos a vivirlo con total felicidad.
Después del casamiento de Enrique y Teresa, el mío fue gozado y saboreado por mis padres como un manjar que la vida les ofrecía en un demencial banquete.
Yo estaba lista. Ataviada con un precioso vestido de raso blanco, tul en la cabeza, flores en la mano, y sin ilusión. Nada de ilusión. En aquel momento, frente al espejo, podía cambiar mi nombre, pero no mi situación. Podía cambiar de escenario pero no de personificación, podía cambiar de disfraz pero era inútil, finalmente terminaría utilizando aquél, ése, que me identificaría por el resto del tiempo, y en el que después montaría mi pena.

-2-
Yo sabía que tenía que volver. Que alguna vez tenía que regresar. Una y mil veces me dije a mí misma tengo que ir, me tengo que ir, como una niña solitaria y asustada que habla consigo misma.
Y con esa indecisión y con ese pesar vivía desde veinte años atrás, perdida entre temores y dudas. Pasaron veinte años de mi huida y todavía continuaba atormentándome la idea del retorno. Seguía encontrando motivaciones nuevas y pretextos inventados para quedarme, para seguir allí, luchando contra el pánico del reencuentro. Ni siquiera era lo suficientemente fuerte para adoptar al país que escogí para vivir. Era una vulgar turista buscando en el mapa algún lugar original por descubrir. Algún rincón perdido que me quedó sin conocer.
Intenté que mi historia se asemejara a la de cualquier otra mujer que busca nuevas experiencias en un viaje no programado pero sí deseado desde hace tiempo, estimulada por indagar con profundidad en la cultura de un pueblo heredado de sus antepasados.
Israel siempre me atrajo, desde que era muy pequeña. Mi bobo, que había nacido en Rusia, me hablaba siempre de Eretz Israel. Me relataba episodios que se desarrollaron aquí. Conocía tanto sobre su geografía, sobre su historia, y sobre la ideología sionista, en esa teoría nacionalista judía con la cual coincidía. Durante su adolescencia fue una gran luchadora. Ella salió de Rusia escapando de una muerte segura en los pogroms, en ma-nos de los Cosacos. Se casó en Paraguay con otro inmigrante de su misma tierra. Tuvieron dos hijos, mi padre y la tía Berta.
Pero aquel día pasó algo imprevisto que hizo que la angustia de la indecisión reapareciera de nuevo en mi ánimo y me impulsara a tomar una decisión definitiva.
Era martes, y fui como cada último martes del mes, a casa de Karem, una buena amiga argentina, que hacía tiempo inmigró a Israel. Las reuniones eran siempre iguales, me parecían de lo más aburridas, largas y tediosas, y aquella fue igual. Pasó lo que de costumbre suele suceder. Siempre éramos las mismas personas. Siempre repetíamos el mismo comentario, los mismos temas, nos reíamos de los mismos cuentos y nos lamentábamos de los mismos hechos. No sé por qué razón me entusiasmaba con la próxima e iba pensando que esa noche sería diferente. Quizás por el deseo infantil que llevo de querer cambiar las cosas, o de pretender que los acontecimientos se comporten de otra manera, como yo los imagino, como yo los deseo, o como yo los recreo en mis fantasías. Pero bueno, luego pasa lo acostumbrado, la realidad me causa desencanto, desilusión, lo que me lleva a zozobrar en una repetida tristeza, y que más tarde me obliga a formularme a mí misma promesas tontas, como la de no regresar nunca más. Pero son juramentos inútiles, porque al mes siguiente, cuando de nuevo recibo la llamada de Karem invitándome, allá voy, como una niña tonta detrás de una propuesta lúdica.
Se trata de encuentros organizados por un grupo de inmigrantes sudamericanos cuyo propósito es seguir reunidos y con-fraternizados para continuar manteniendo la unidad entre nosotros, como una alianza tácita por preservar de una manera muy sutil ciertas costumbres todavía arraigadas de nuestro país de origen, como el idioma, comidas, música, y evitar quebrarnos en el conflicto del desarraigo que surge al vivir lejos de donde nacimos, aunque teniendo la certeza, como en nuestro caso, de que se está en el lugar donde, religiosa, histórica y ancestralmente se pertenece.
Ya en mi casa, retomé mi habitual personaje, dejé aquel impulso de querer mostrar quien en realidad no era. Una mujer segura, arrebatadora, sensual y hasta promiscua en ciertos aspectos liberales de su intimidad. Me saqué la ropa de calle, me fui al cuarto de baño, abrí las canillas, esperé que se llenara la bañera y luego me sumergí en ella como si fuese un río. Necesitaba desplegarme como un pez libre, sin temor a caer en la car-nada de un taciturno pescador. A los pocos segundos salí rápido, de un salto, salpicando agua por todas partes, como escapando de un destino fatal. Me miré al espejo, pero no me vi. Éste estaba totalmente empañado. Pasé una toalla y el espejo me devolvió mi imagen. La imagen de una mujer mayor padeciendo temores infantiles. Me puse el pijama, mis medias abrigadas, y me senté frente al televisor con una taza grande de café bien fuerte y muy caliente. Enseguida me sentí mejor. Encendí el televisor para oír el último noticiero de la noche, miré el reloj de pared, y todavía Faltaban algunos minutos para el inicio. Aún tenía tiempo de ir hasta la heladera y fijarme si había suficiente comida para Uri. Encontré pollo con arroz. Saqué la fuente y la dejé sobre la mesa. Caminé hacia la ventana. Nevaba sobre Jerusalén. Aquel paisaje no era común. Después de varios inviernos la ciudad se encontraba casi toda blanquecina. Corrí las cortinas, puesto que un viento fuerte hacía que entrara frío al salón. Cuando me dirigía hacia el sofá sonó el timbre del teléfono, y de seguido tintineó el botón rojo indicador de que había una llamada esperando. Me asusté, siempre pienso que el que llama a estas horas es Uri avisando que le sucedió algo malo. Temblorosa, tomé el tubo y atendí la llamada.
Después de repetir varias veces el saludo inicial, una voz masculina preguntó por mí. Insistía e insistía con mi nombre y con mi apellido. Su acento no era israelí.
El que hablaba era Alberto Goldberg.
Alberto y yo estuvimos casados. Alberto Goldberg era mi ex marido y uno de mis más temibles fantasmas. En veinte años que llevábamos separados nunca antes había recibido una llamada suya, ni una sola carta, ni una noticia, ni siquiera un saludo, ni nada parecido que me hiciera saber que aún existía. Yo ya lo tenía olvidado, o así lo creía, o así pretendía que fuera, aunque a mi amigo y confidente Sigmund nunca lo pude engañar. Él sabía que esa no era la verdad.
Al principio, pensé que el motivo de su llamada sería para darme una mala noticia sobre mis padres o sobre uno de mis hermanos, pero de inmediato cambié de pensamiento. ¿Por qué justamente él me llamaría para una cosa así? Aunque tampoco habría otra razón. Pero entonces ¿qué pasaba? ¿A quién le ocurrió algo que solamente Alberto me podía contar? Con una ansiedad descontrolada, casi histérica, le pregunté qué estaba sucediendo en Paraguay.
Después de varios segundos de silencio que prolongaron mi curiosidad y aceleraron aún más mi impaciencia, Alberto me dijo que sólo me llamaba para pedir la copia de nuestra acta de divorcio por la ley judía, puesto que yo me había quedado con ella. Me estaba reclamando el guet, aquel documento por el que me convertía en una pecadora, y por el que fui repudiada.
No le pregunté para qué lo quería, tampoco le di ninguna respuesta. Permanecimos largos minutos en silencio, hasta que los dos nos despedimos.
Desde aquella llamada, mi pasado se convirtió en un espectro que me perseguía y acosaba como una obsesión. No dejaba de pensar ni un solo instante en Asunción, en mis padres, en mis hermanos, en Alberto, en la casa donde viví, y en la que aún habitaban mis padres, en mis amigos, en el vecindario, en la tía Berta. Durante los días siguientes me sentí como adormecida, y luego ausente. Había perdido la noción del tiempo. Se me confundían las horas, los horarios. Dejé de ir a trabajar. Finalmente me perdí en el paso normal, entre el día y la noche. No sabía cuándo amanecía ni cuándo anochecía. Los días se me escurrían, con total desinterés.
Veía cómo del crepúsculo nacía el alba. De la aurora continuaba el ocaso.
El paisaje se volvió ceniciento, abatido.
Entonces descubrí que todos estos años mi vida había sido como un largo ensayo. Largas improvisaciones de escenas, una tras otra, repetidas escenas de una peculiar e inconclusa pieza teatral.
Nunca quise mostrar quién en realidad era, ni qué hacía. Sentía como un impulso irracional y descontrolado de engañar, para demostrar que desarrollaba mi vida como una turista más, deseosa de conocer el país incorporado en un discurso verbal memorizado con sumo cuidado, que justificara los veinte años que llevaba viviendo así. Pero mi tour demoraba demasiado. El tiempo se acababa y yo seguía buscando lugares que conocer, aunque ya no quedaba ninguno, según el mapa de Israel, que excusara la razón de seguir viviendo en este país. En algún momento tenía que retornar, pero no como una niña miedosa, pecadora y culpable.
Varias veces pensé en ese viaje. En varias ocasiones lo conversé con Sigmund. Extrañaba mucho a mi familia. Todos estos años de ausencia me llevaron a perder el contacto con mucha gente a la que amaba. También había perdido la comunicación con mis hermanos y me había perdido la evolución física de ellos en el transcurrir del tiempo. Los recordaba con rostros jóvenes, aunque con frecuencia recibía fotos y cartas de mis padres refiriéndose a los dos, pero no era igual, no era lo mismo. Con mis padres pasaba distinto, ellos venían cada tanto a visitarme. Al principio las visitas eran más esporádicas, pero luego del nacimiento de Uri lo hacían con más frecuencia. Uri se convirtió en una nueva motivación para ellos y en un nuevo vínculo entre nosotros. Era un niño dulce y muy cariñoso con sus abuelos. Los adoraba. Además eran los únicos abuelos que tenía, a los otros, a los paternos ni los conoció. Pero después, más tarde, apareció la artrosis en una de las rodillas de mi madre, la diabetes en mi padre y otras dificultades comunes que padecen las personas mayores y que hicieron que las visitas se interrumpieran.
Pero igual, aunque no fuera así, yo sabía que en algún momento tenía que regresar. Viví estimulada por la ilusión de la necesidad del no retorno, la que en realidad era tan sólo una soberbia. Eso, una sencilla, e idiota arrogancia. Nunca tomé las suficientes fuerzas para volver a aquel lugar de mi infancia.
A aquella vieja y gastada historia de la que también Alberto formaba parte. Ahora tenía que ir, por esas razones imprevisibles e interrogantes que tiene la casualidad, debía tomar la decisión Final, ya no tenía escondrijos por donde escapar.
Pero ¿volvería como una niña miedosa a enfrentarme voluntariamente a mi pasado?
Un pasado que me provocaba dolor y miedo.
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Amplio resumen de autores y obras
de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.

domingo, 12 de septiembre de 2010

DELFINA ACOSTA - CINCO LITERATAS PREMIADAS, LA MANO DE LA VIDA LAS EMPUJA / Fuente: Suplemento Cultural ABC COLOR, 12/09/10.


CINCO LITERATAS PREMIADAS
LA MANO DE LA VIDA LAS EMPUJA
Artículo de
DELFINA ACOSTA
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Artículo publicado en el Suplemento Cultural,
Diario ABC COLOR,
Domingo, 12 de Setiembre de 2010.



El Premio Municipal de Literatura 2010 se vio honrado al premiar a cinco escritoras paraguayas. Ellas son RENÉE FERRER (Primer Premio), y su libro LA QUERIDA; SUSANA GERTOPÁN y su obra EL EQUILIBRISTA; DIRMA PARDO CARUGATI y su libro SIMPLEMENTE MUJERES.

CHIQUITA BARRETO y su novela MUJERES DE ACERA, e IRINA RÁFOLS y su novela ALCAESTO recibieron igualmente, galardones.

El jurado estuvo integrado por CARMEN POMPA, FRANCISCO PÉREZ MARICEVICH y ALCIBIADES GONZÁLEZ DELVALLE.

La EDITORIAL SERVILIBRO publicó tres de los cinco libros que recibieron premios. VIDALIA SÁNCHEZ es, por consecuencia, una editora laureada. En esta página, las literatas emiten su parecer sobre esta circunstancia que las honra como lo que son: escritoras felicitadas.
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RENÉE FERRER - VOCES DE MUJER
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Con motivo del otorgamiento del Premio Municipal de Literatura 2010 me hicieron la siguiente pregunta: ¿Qué pienso sobre el hecho de que las cinco distinciones hayan sido obtenidas por mujeres? Me quedé un tanto sorprendida. Si bien todas lo somos, lo que se ha juzgado son las obras, independientemente el sexo de quien las haya escrito.
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La lectura que se le puede dar a la presente circunstancia es que la mujer está pasando por un momento de clara asunción de sus propias capacidades y derechos, lo cual la impulsa a expresarse, a manifestar sus opiniones, a fabular y recrear la realidad desde su propia óptica, a terminar con los temas tabú, asumiendo su propia voz. Ese hecho sí me parece relevante.
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Creo que la mayoría de las personas está de acuerdo en que la literatura no se define precisamente por el sexo del autor, sino por la calidad de la escritura, los planteamientos temáticos, el manejo del lenguaje, las técnicas utilizadas, el estilo personal, los recursos literarios empleados, y que el sexo es un mero accidente de la naturaleza.
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Se dio este año el caso de que entre las obras presentadas, el Jurado encontró cinco de mujeres que, de una u otra forma, cumplen con estas exigencias, lo que naturalmente nos alegra en forma individual, lo cual no significa que la mujer escriba más o mejor que el hombre. Simplemente así se dieron las cosas.
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Pero ciertamente es gratificante considerar lo mucho que ha cambiado la situación de la mujer en el país, y en el mundo, desde que ésta vivía recluida en el hogar sin mayores posibilidades de desarrollo personal, sin que ello signifique la terminación absoluta de las discriminaciones. El hecho de que la mujer, no obstante sus otros roles, se aboque a la escritura, o cualquier otra actividad artística o laborar, es un valor positivo que habla de vocación, de voluntad, de energía, y en este caso de logros en el campo literario. Felicito a mis compañeras por esta feliz coincidencia, y agradezco a Dios haber recibido el don recibido.
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SUSANA GERTOPÁN - POR SUERTE TAMBIÉN EXISTE LA LITERATURA FEMENINA
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Me resulta difícil separar los géneros en lo que se refiere a la literatura. En la antigüedad, la historia nos cuenta que las mujeres tenían restricciones de todo tipo; ciertas culturas fueron más enérgicas en el cumplimiento de estos requerimientos y otras un poco más sencillas, pero la mujer siempre se vio atacada por el sencillo hecho de ser mujer.
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Por suerte, en la actualidad, si bien en ciertas culturas aún prevalecen las diferencias de género, ya son menos.
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En la literatura, propiamente, según mi criterio hay buenos o malos escritores, independientemente a que fueran hombres o mujeres. Lo que en realidad importa a la hora de escoger a quién leer es la obra, su prosa, su verso, su estilo, su narración, los temas y todo lo que ese escritor o escritora tiene para contarnos, sin importar la época, la nacionalidad, la religión; por ello, a veces no es necesario interiorizar en la vida del escritor sino dejarse llevar por su producción, que es en realidad lo que importa.
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En la historia de la literatura hubo muchos más hombres escritores, justamente por las pocas posibilidades que se le prestaban a la mujer de publicar, pero no así de crear.
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Felizmente, hace décadas y sobre todo en la actualidad, la mujer ocupa un lugar muy importante en la historia de la Literatura Universal.
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Creo que la sensibilidad de un artista al crear no pasa por el género, sino por su observación, por sus conocimientos, por la práctica, por la atención que ponen sus sentidos ante cualquier hecho del que son testigos; del talento y de la dedicación que luego se reflejan en sus escritos.
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Por suerte también existe la literatura femenina; de lo contrario, nos privaríamos de leer a Virginia Woolf, a George Sand, quien en el siglo XIX necesitó de un seudónimo para poder publicar, y a otras que, como ella, tuvieron que recurrir al mismo engaño. Otra escritora, como Marguerite Youcenar, quien describe la naturaleza femenina de manera libre y espléndida; a Simone de Beauvoir, quien lideró una corriente a favor del feminismo; en nuestro país, Ana iris Chaves de Ferreiro, Dirma Pardo Carugati. Otras escritoras, como Elena Poniatowska; Doris Lessing, Premio Nobel de Literatura; Irene Nemirovsky; Anais Nin, cuyos diarios son un compendio de erotismo; Rosa Montero; Dora Gómez Bueno de Acuña, pionera en nuestro país de la poesía amorosa; Reneé Ferrer; Herta Müller, también Premio Nobel de Literatura; Lucy Mendonça de Spinzi, Nila López, y muchas más. En fin, como verán la lista llega a ser extensa y, sin lugar a dudas, las mujeres ocupamos, actualmente, también en la literatura, como en otros campos, un lugar importante, al que con mucho esfuerzo y sacrificio accedimos.
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DIRMA PARDO DE CARUGATI - ES RELEVANTE LA PRESENCIA FEMENINA EN LA LITERATURA NACIONAL.
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Fui gratamente sorprendida por la Sra. Vidalia Sánchez, la editora de mi libro Simplemente mujeres, quien me dio la noticia telefónicamente apenas conocido el veredicto. Estoy muy feliz por el resultado. El libro de Renée Ferrer, La querida, es sin duda la obra de ficción más importante de los últimos tiempos. Muy merecido el premio. Lo notable es que las cinco distinciones fueran ganadas por mujeres. Eso demuestra claramente lo relevante de la presencia femenina en la literatura nacional. Y que lo reconozca un Jurado de la categoría del que tuvo a su cargo la selección es un aval indiscutible. Por mi parte, que la narrativa breve comparta las distinciones con novelas de la calidad de las presentadas, es un doble motivo de satisfacción, es el reconocimiento a un género difícil como lo es el cuento breve.
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Durante mucho tiempo se consideró que la literatura escrita por mujeres en el Paraguay era un hecho tardío y sin relevancia. Excepto algunos tímidos poemarios, era casi inexistente la producción femenina. En 1970 había sólo tres novelistas paraguayas. Hoy se puede nombrar a más de treinta narradoras y novelistas y un número mayor de poetas. Fue a partir de la década del 80 cuando se inició el fenómeno que Josefina Plá bautizó como “el boom femenino”.
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CHIQUITA BARRETO - LA LITERATURA PERMITE EXORCIZAR LOS DEMONIOS.
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Desde que la mujer escribe, en nuestro mundo occidental y cristiano, lo ha hecho primero como manera de obtener un lugar de enunciación y luego para perdonarse, porque la religión judeocristiana, que ha permeado la conciencia más allá de las creencias o las prácticas religiosas, la presenta como culpable no bien nace mujer, y la escritura ha sido y sigue siendo en gran medida la forma de fabular un mundo distinto o revelar historias subsumidas en los límites domésticos comunes a muchas mujeres sin distinción de clase.
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La literatura es también una manera de reconocerse, de escucharse y descubrirse, además de ser un refugio lúdico o sacramental.
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Permite exorcizar los demonios que las habita y posee como significantes femeninos o los dioses que les encadena. Sirve también para denunciar desde la ficción aquello de lo que se avergüenzan las íborasâ como los abusos de poder donde la mujer ha sido siempre la víctima propiciatoria.
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IRINA RÁFOLS - A VECES LAS GLORIAS SON SECRETAS.
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Pienso que la mujer encuentra un campo de proyección en la literatura, que es consciente de que tiene voz, y que ser leída es asegurar que existe como ser pensante. Hay indudablemente una trascendencia en la palabra, porque puede pasar desapercibida como madre, como esposa, como trabajadora, pero reconocerse ella misma como escritora es dar un salto. Pasa a ser desde un bicho raro, una trasgresora, y luego termina reconociéndose como artista. A veces las glorias son secretas. Puede que una escritora no reciba nunca un reconocimiento del público, y sin embargo sea buena. Pero creo que la escritora pone como contraparte un triunfo secreto en poder abrirse ventanas para ver otras cosas. En ser consciente del valor que tiene para expresarse, o de tener la sensibilidad de ver más allá de lo que ve la gente común. Creo que muchas escritoras estamos madurando nuestros estilos, y que la literatura femenina está cada vez más afianzada como literatura de género en el Paraguay.
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Fuente: Suplemento Cultural ABC COLOR
Domingo, 12 de Setiembre de 2010.
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