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jueves, 21 de octubre de 2010

TALLER CUENTO BREVE - CUENTOS DE MAYO Y ABRIL / Dirección y Prólogo: HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ / EDITORIAL DON BOSCO - ASUNCIÓN 1992


CUENTOS DE MAYO Y ABRIL
Dirección:
HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ

(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del

www.portalguarani.com )
© EDITORIAL DON BOSCO
Tirada: 750 ejemplares
IMPRENTA SALESIANA.
Asunción, Paraguay
1992 (152 páginas)




.UN ANTIGUO Y SIEMPRE NUEVO LEMA:
NULLA DIES SINE LINEA.

Desde 1984 el Taller Cuento Breve ha publicado cuatro volúmenes de cuentos redactados por sus participantes, a quienes llamamos con un neologismo expresivo: talleristas.
Los cuatro volúmenes llevan un prólogo de quien traza ahora estas líneas, líneas que también aspiran a ser un prólogo, el quinto de una serie.
Acabo de releer los escritos antepuestos a los cuentos, y advierto que he incurrido en varias repeticiones. En cada uno de dichos prólogos, en efecto, manifiesto lo que se ha tratado de hacer y lo que se ha logrado. Hoy no quisiera volver a incurrir en repeticiones. (Una de ellas ha consistido en indicar, con acaso no querida jactancia, el elevado número de premios ganados por los talleristas. ¿Deberé decir que DIRMA PARDO DE CARUGATI, autora del cuento BALDOSAS BLANCAS Y NEGRAS, puede blasonar de ser la primera tallerista inspiradora de una película titulada EL SECRETO DE LA SEÑORA y que YULA RIQUELME DE MOLINA, gran ganadora de premios por obras en prosa y verso ganó en 1991 el Premio Club Centenario?.
¿A qué insistir hoy en enumerar los autores que hemos estudiado y qué necesidad hay hoy de explicar el método -o mejor, los métodos- empleados con miras de desarrollar una apreciación más cabal de los méritos literarios adoptados como ideales de creación literaria? ¡Ya hemos hablado tanto de Borges, Cortázar, Rulfo, Chejov, Hemingway, Maupassant y otros muchos cuentistas estudiados a lo largo de ocho años de no interrumpidas reuniones de taller.
Ya hemos contado que nos hemos inspirado en libros de la Biblia, en cantos del Infierno de Dante, en escenas memorables de Shakespeare. Todo esto y bastante más ha sido dicho en los prólogos anteriores y hasta en más de un artículo de periódico. Mejor será, pues, hablar de lo que deberíamos hacer y ya no de lo que hemos hecho.
El Taller Cuento Breve es un taller en que se estudia el arte de una forma de escritura: la ficción de pocas páginas y hasta lo que ahora se da en llamar FICCIÓN SÚBITA, ficción que a veces no ocupa más de una página.
Bien: como el taller ha demostrado que su propósito primordial ha tenido bastante éxito, convendría cultivar marginalmente otra u otras formas de escritura. El cuento, obra de arte, tiene cercano parentesco con el poema. Sabido es que las musas no son siempre obedientes: cuando se las invoca, se muestran a menudo esquivas.
Y cuando las musas se muestran esquivas, el tallerista, no por eso debe dejar de escribir. Si hoy no surge el cuento pues que se escriba un artículo, una crónica, una carta más o menos literaria. A un periodista no se le exige la inspiración de un poeta. Tampoco debe exigirse del tallerista, siempre, la inspiración del cuentista. Debe pedírsele, sí, que no deje de escribir. Que no deje de escribir otra cosa.
En rigor nunca se ha reprochado en nuestro taller la esterilidad de nadie. Quien quiere escribir cuentos, los escribe; quien no los escribe y persiste, durante semanas, en no escribir nada, nunca es por ello tachado de holgazán o de algo semejante.
¿No sería digno de ensayar otra u otras formas de escritura? hemos dicho más arriba. Una forma de escritura menos artística, menos lírica, si se quiere; acaso más intelectual, menos necesitada del poético favor de las musas.
Hemos visto que algunos talleristas pasan semanas, acaso meses, sin escribir un solo cuento. (Lo cual a nadie debe espantar: hay casos de famosos poetas y prosistas que han sufrido largos períodos, largos años de esterilidad.) Pero si en el caso de nuestros talleristas es el cuento y no otra forma de escritura por la que no se sienten llamados, pues que ensayen el ensayo, el artículo, la carta, como queda indicado.
NULLA DIES SINE LINEA dice el adagio latino. El adagio no dice o no define qué clase de línea debe ser escrita, sin falta, día tras día. Simplemente postula: NI UN DÍA SIN LÍNEA.
Sigamos, sí, siendo un taller de cuentos breves. Pero seamos ante todo, un taller de activos aprendices de escritor, sea cual sea el género que se nos presente accesible cuando el cuento -EL DIFÍCIL CUENTO- se nos muestre renuente.
Febrero, 1992.
HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ
.
.INDICE
PRÓLOGO - HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ


*. GUITALY ARIAS DE MOLINA : LA HISTORIA VERÍDICA DE UN PUEBLO QUE NUNCA EXISTIÓ / PERO LO AMO ;

*. NEIDA BONNET DE MENDONÇA : LA PREGUNTA / EL ENIGMA ;

*. MARÍA LUISA BOSIO : LA VIDA SECRETA DE LUCY / LA CONFUSIÓN ;

*. CARMEN ESCUDERO DE RIERA : LA CALLE DEL POZO AMARGO / ENCUENTRO ;

*. SUSANA GERTOPAN DE SZMUC : UNA NOCHE ESPECIAL ;

*. EMI KASAMATSU DE ENCISO : …AMO, AMAS, ¿AMA DE CASA? / UN ANHELO, UNA VIDA ;

*. MAYBELL LEBRÓN DE NETTO : EL ÑE'ENGÁ / LOCURA ;

*. LUCY MENDONÇA DE SPINZI : ENGAÑOTERAPIA / CONFESIÓN DE ABRIL ;

*. LUISA MORENO DE GABAGLIO : EL PEÑÓN / LA CASA HANNEMANN ;

*. GLORIA PAIVA : ¿DE CEBOLLAS? / ALMA SALVADA ;

*. DIRMA PARDO DE CARUGATI : LA COLECCIÓN / LA MALA VIDA ;

*. LITA PÉREZ CÁCERES : TERTULIA LITERARIA / JOSEFINA Y EL SALÓN CELESTIAL ;

*. MARGARITA PRIETO YEGROS : LA ESPOSA DEL SARGENTO / EN TIEMPO DE CHIVATOS ;

*. YULA RIQUELME DE MOLINAS : TEODORA Y DOROTEA / EL AURA DE SIMEONA.
.


... PERO LO AMO
.
"Vivir de tus incendios,
luchar por tus batallas,
dejar por los caminos
rumor de tus sandalias.
Espada de dos filos es,
Señor, tu palabra"
(Himno de la Liturgia de las horas)


La noche no es indiferente a mi dolor.
Las estrellas se cuentan mi tristeza. Ha muerto el alma de mi alma. ¡Que callen esos hombres!
Ya no puedo pedir más, no, a este mundo que no entiende, si le hablara de mi amor por él seré lapidada por los justos... ni siquiera por él querría morir.
Y tener que caminar con el dolor de no poder encontrarlo como antes, en el campo, calentándonos con el sol sin que nube alguna interfiera entre nosotros. Me veía como a una virgen, me acariciaba como a una niña, era tan diferente.
Aún creo estar viéndolo, ahí, rodeado por esos hombres que lo seguían.
Aquella noche gasté todo mi dinero por un instante, por un perfume, por estar junto a él. Comencé a acariciarlo, mis lágrimas mojaron sus pies, mis cabellos los secaron y al sentir el calor de su cuerpo, de sus manos, conocí el amor.
Desde ese día lo seguí, pero me dolía tener que estar cerca esperando siempre alguna palabra, alguna reacción; desfallecía yo en la espera, porque todo se habría tornado en angustia si hubiese dicho su boca la sola palabra que yo esperaba.
La fogata de aquella última noche irradiaba imágenes que me hablaban, querían seducirme y vi su rostro ensangrentado, sus brazos extendidos.        
Por encima de él se formaban sombras de grandes monstruos que vigilaban, monstruos con cabezas de hombres que al escuchar una voz, caían entre convulsiones, vomitaban muerte y lanzaban sobre mi cabeza las copas en las que bebían su sangre. De pronto todo se esfumó, al desaparecer, ascendía de la tierra un ser transparente; a medida que se elevaba crecía transformándose en un blanco esplendoroso. Mientras que desde el abismo surgían trozos de carne con forma humana, extendían sus muñones hacia arriba tratando de alcanzarlo.
La fogata se ha extinguido. Ya no había luz en el campo, sólo había hierbas quemadas.
- ¡Lo han matado! No encuentro su cuerpo. Amaneció, volví la vista, no pude distinguir al dueño de la sombra que me seguía. La luz del sol penetraba en mis ojos como agujas... no, no podía distinguir a esa sombra que se multiplicaba; estaban cada vez más cerca.
El sol era rojo, muy caliente, mi piel sangraba, en vano quise cubrir mis heridas. Traté de escapar pero el suelo estaba cubierto con huesos secos que me cortaron los pies y al caer, las manos. La piel se me despegaba del cuerpo lentamente, en silencio.
El olor a muerte me sofocaba
y el aire estaba cargado de ojos que me acusaban... ¿Sabrán lo que siento? Ni siquiera por él querría morir... pero lo amo.
La arena ardía,
mi vientre sangraba y miles de trozos de marfil se hallaban incrustados en él.
Mi cabeza tenía una corona de piedras
y mis manos solitarias sujetaban fuertemente pedazos de mi cerebro.
Vi a alguien,
pregunté quién era.
Sólo dijo mi nombre, era él, mi amado.
Traté de tocarlo. Todo era confuso,
tenía nauseas,
tenía frío, me resistí.

Una luz me envolvió...
y caminamos por el campo, solo los dos.
Sin que nube alguna interfiera entre nosotros.

Guitaly Arias de Molina.


 
LA VIDA SECRETA DE LUCY

-¡Quédate quieto, Javier, por favor! Acabo de limpiar las alfombras y los muebles. Cuando venga tu padre se lo contaré- dijo la abuela Iris al nieto de 12 años, quien, sentado delante de la T.V. con los zapatos sobre la mesita del living, comía un sándwich y desparramaba las migas.
-Por favor, abuela, te quiero y te respeto, pero a veces te pones insoportable -contestó Javier. La mujer se retiró refunfuñando y se encontró, en la puerta de entrada, con Lucy, su hija, que llegaba en ese momento. Una mujer joven y esbelta. Ese día Lucy tenía aspecto abatido.
Lucy llegaba de la guardia de ocho horas en el hospital. Besó al chico y a la madre y se dirigió al dormitorio. Se echó sobre la cama y empezó a meditar sobre los acontecimientos de esa mañana en el Hospital. Se repetía a sí misma: "Era un caso irreversible; la asistimos a la pobre mujer con cuidados especiales hasta el final..." Pero no podía dejar de pensar en esos ojos suplicantes llamando a sus hijos... La profesión de médico la había elegido, creyendo que todo sería fácil para ella, pero no era así, pues la traicionaban sus sentimientos. Hizo un esfuerzo y trató de sobreponerse.
Sonó el teléfono, lo atendió con desgano. -Carlos mi amor, ¿qué quieres?- dijo. -Te quiero a vos, Lucy: ¿qué te parece si nos encontramos en el Hotelito de la calle Maipo?-. -Pero, Carlos, acabo de llegar del Hospital y estoy cansadísima.- ¡Mejor! contestó Carlos; yo te haré pasar ese cansancio, y cortó la comunicación.
Lucy acomodó sobre la cama las medias negras en juego con la ropa interior del mismo color y se metió al baño.
La madre entró a la habitación con un jugo de frutas y se sorprendió de ver esas ropas tan provocativas. Preguntó a la hija: -¿vas a salir, Lucy?.
Sí, mamá. -¿A esta hora?. -Sí, a esta hora y déjame, mamá, que estoy con prisa. -"Yo diría que estás rara hoy" y miraba con curiosidad los preparativos negros.
Cuando estuvo lista, Lucy pasó al living. Su madre estaba discutiendo (como era de costumbre) con Javier. Hablaremos con el padre esta noche, dijo al pasar.
Elegante, iba caminando por la calle hacia la dirección convenida, cuando sintió a alguien que la abrazaba de atrás y le decía con pasión: Lucy; dejé todo el trabajo de la oficina, porque sólo deseo estar contigo. Caminaron el trecho que faltaba y entraron en el hotel de la calle Maipo. Pidieron champagne y se dirigieron al cuarto destinado para ellos.
Carlos desbordaba pasión y cariño, Lucy con su conjunto sexy se metió en la cama. De pronto se escuchó en el altoparlante lo siguiente: "Por favor, si en el Hotel hay un médico, que se presente inmediatamente en la habitación N° 12. Lucy saltó de la cama, se vistió y sin zapatos corrió por el pasillo; la puerta del 12 estaba entreabierta. Se encontró con una joven rubia desesperada y un hombre entrado en años con un ataque bastante agudo. Recetó Lucy un medicamento y se lo dio a Carlos para que lo buscase en una farmacia.
En la primera, la más cercana no lo encontró, tampoco en la segunda y tercera. Después de recorrer otra más, le dieron la medicina. Tomó un taxi y volvió a la calle Maipo.
En esa media hora había ocurrido algo inesperado y desagradable. La policía entró en el Hotel, buscando a una persona que se escondía, al parecer, con su pareja. A Lucy la interrogaron y quedó como principal sospechosa al no poder comprobar que su compañero había ido a la farmacia por una receta urgente, para el señor del 12; el cual cinco minutos antes de llegar la policía había vuelto en sí y su joven acompañante con el susto plasmado en el rostro, lo ayudó a vestirse, lo metió en un taxi y le dio al chofer la dirección de la casa, que casualmente encontró dentro de la billetera. Se sintió aliviada la joven de haberse sacado un problema tan grande.
Cuando Carlos llegó al Hotelito de la calle Maipo; no lo dejaron entrar. La policía rodeaba el edificio. Al delincuente lo encontraron en el sótano y dejaron salir por la puerta de atrás a las personas que estaban adentro, para no llamar la atención de los curiosos en la calle, enfrente del edificio.
Lucy, al salir, se encaminó hacia su casa. Entró despacio: abuela y nieto seguían discutiendo.
A los diez minutos sonó el teléfono y escuchó la voz de Carlos que le decía: -Estoy al tanto de todo lo ocurrido, volvé Lucy; te necesito tanto; y cortó.
Se encontraron de nuevo en el mismo Hotelito; desconectaron el altoparlante y con dos botellas de champagne festejaron una de las más tiernas y cariñosas tardes de amor.
A las veinte horas Lucy regresó al departamento. Se encontró con la madre frente a la T.V. -"No me digas nada, mamá; esta noche hablaremos sobre la conducta de Javier con el padre".
Una hora después entraba al departamento el padre de Javier. "Hola, papá, le dijo cuando lo vio entrar. - Hola, hijo, tenemos cosas que discutir esta noche. Vamos, pues, al escritorio y así podremos hablar tranquilamente.
Lucy, la médica, se sentó en la poltrona del dormitorio, puso el último cassette que había comprado y encendió un cigarrillo, mirando las suaves espirales que formaba el humo. Cerró los ojos y evocó la tarde voluptuosa vivida con su apasionado amante. Eran encuentros que venían sucediéndose en distintos sitios agradables y que los hacían tan felices. El se escapaba de su trabajo, y ella de las obligaciones y responsabilidades de su profesión. Daban rienda suelta a su amor sin las complicaciones y enredos de personas y cosas que se suceden en un hogar formado, como el de ellos: de Lucy, la médica, y su afectuoso, varonil y vital esposo Carlos.

María Luisa Bosio


UN ANHELO, UNA VIDA

Las noches de insomnio se sucedían y la luz de la mañana a menudo sorprendía a Lian con su dolorosa carga. Noche tras noche ella pensaba en un hombre infinito, universal. Hasta que, de las brumas de la obscuridad y de su mente, surgió aquella luz, y de ella un ser de cuerpo y alma que venía hacia Lian. ¿Sería su creación?. Estaba orgullosa de él; de su rostro, de que a nadie se pareciese. Se llamaba Christian. Sus encuentros con Christian se hicieron frecuentes a media noche. Ella anticipaba la hora de cerrar los ojos para irse a su encuentro... Sus palabras cargadas de símbolos y su extraña presencia trajeron magia y optimismo a su vida. Al amanecer cuando se despedían, una dicha plena inundaba su espíritu enternecido. La soledad ya no la aterrorizaba y cosa rara, la prefería porque la soledad era él, era Christian.
Con la mañana volvía a la realidad y al recuerdo de lo que decía su madre:
-"No te cases" - "No te cases con ese hombre..." Le suplicaba con voz entrecortada- "Es un hombre curtido y duro, te hará sufrir, porque eres sensible y delicada. No soportarás los golpes de la vida lejos de nosotros"- agregaba. Lian tenía entonces veinte años. Ella creía poseer suficiente valor para abrirse un rumbo nuevo.
Por los caminos oscuros, el chirrido de las chaperías y el ruido de los golpes de los pedregullos que se disparaban contra la base del coche, acompañaban su travesía. Con excepción del titilar de las estrellas, (como si con las manos pudieran alcanzarlas), no había luces que atestiguaran la presencia de seres en los alrededores. Sólo trajinaban, Marcos, su esposo, y ella. Llegaron a la casa del pueblo; en el corredor: apenas iluminado se veían pilares y dos figuras. Al advertir su presencia una de ellas se adelantó y abrazó a Marcos. Lian se quedó atrás; el resto de la familia no se había percatado de su llegaba.
-"Ella es mi esposa" le dijo, haciéndole señas para que se acercara. La madre la miró enigmáticamente. No abrió la boca. La otra mujer de mirada sagaz, intentaba desnudar hasta su alma.
Marcos, su marido, empezó a llorar, apenado por la reacción de su madre. También su madre lloró.
-"No sufras por favor, Marcos"- le dijo Lian acariciándole la cabeza. La mujer alzó la vista con la mirada cargada de odio. Entonces Lian comprendió que era el inicio de otra larga lucha. La atea, la intrusa, la extranjera... de ese modo la calificaron y de ese modo ella se sintió. Había llevado Lian el mejor galán, el más interesante, el más apuesto. Dicen que la madre casi se murió, y según ellas, Lian era la responsable.
Cuando se mudaron a la ciudad, el precario departamento de la pareja estaba apenas adornado con plantas que crecían vigorosamente. Habían decidido hacer de él un mundo, su pequeño mundo anhelado. Para Marcos cocinaba el mejor plato, para él tenía la mejor sonrisa. Pero un extraño silencio les pesaba a los dos.
-"Tengo que ser fuerte, la corriente me está llevando". Decía para sí.
Era evidente que él no contaba con la aprobación de su madre.
De ese modo Lian encontró explicación a sus ausencias pretextadas: Reuniones de trabajo, práctica de deportes, trabajos extras, visitas a los parientes y muchas historias más. No se daba cuenta de que las horas aceleraban inexorablemente sus crepúsculos.
El primer bebé que tuvieron se les fue al poco tiempo de su llegada. Tanto lloró Lian por él, que las lágrimas se le agotaron. Su alma retornó porque ese hogar estaba desgarrado.
Al cabo de un tiempo vinieron dos hijos varones. Lian trató de aferrarse a esa felicidad para que no se le escapara. Por entonces se mudaron a una residencia espaciosa e iluminada. Sentía que el sol de las mañanas renovado y diáfano, barría las sombras de la noche y la consolaba del frío invernal. Sin embargo a pesar del estímulo matinal, algo atormentaba su corazón, como si varios pares de ojos que traspasaban las paredes la examinaran sin piedad. Ella recelaba de todo lo que acontecía.
Estaba tan lejos, su dignidad mancillada, su mundo disperso como hojas de otoño a merced del viento.
-"Quizás lo comprendería mejor si yo tuviera a alguien en quien confiar y a quien escuchar. Tal vez un amigo". Así pensó y soñó varias veces Lian.
Pasaron los años; no recuerda cuantos. La desvanecida primavera de repente cobró fuerzas y los últimos veinte años de matrimonio de Marcos y Lian fueron dichosos; se habían liberado de todas las ataduras del pasado.
El viento de la tarde acariciaba las puntas de las ramas de los cipreses plantados a lo largo de una angosta calle. Lian había ido a llevar flores a Marcos y a orar por él con el corazón, sin palabras. Sumida en reflexiones sobre el proceso de vida y muerte como una de las realidades más profundas, caminó lentamente hacia donde estaba estacionado su automóvil. Fue entonces cuando sintió que alguien acompasaba el ritmo de su andar con el suyo. Se dio vuelta. Era él, era su rostro perdido, allá lejos, en el olvido. Era Christian, Christian, Christ...


Emi Kasamatsu de Enciso


¿DE CEBOLLA?

Debí ponerlas en agua helada, o en vinagre, o mojar el cuchillo pensó. Conocía perfectamente todos los trucos para evitar las lágrimas, aunque nunca se acordaba de emplearlos y terminaba cortando las cebollas con los ojos semicerrados; por eso no lo vio pasar, pero sintió sus pasos. No necesitaba verlo para saber quién era, su forma de tocar el timbre, sus pisadas eran inconfundibles para ella.
Sin embargo aquel día que volvió a escuchar su risa se sorprendió de reconocerla. Creía haberla olvidado. Había llegado a comprimir todos sus recuerdos, sintetizándolos en hechos escuetos que podía sacar sin emoción si era necesario, y sólo si era necesario.
No fue fácil. Necesitó muchos años de ejercicio, y al principio el triunfo del día era derrota en la noche, pues los sueños escapaban a su control y muchas veces amanecía con la mirada vuelta hacia adentro, pero poco a poco lo logró.
Como quien deshoja margaritas fue seleccionando lo que se permitiría recordar, y al fin él se había convertido nada más que un dato en los formularios de los documentos de su hijo, que pedían: nombre del padre. Hasta aquella risa en la que descubrió que había vuelto.
Volvió de a poco, y aunque ella fingía no verlo y simulaba no darse cuenta, estaba allí.
Los recuerdos se escaparon por el hueco que produjo la risa, y la invadieron, tanto los permitidos como los rotulados "Prohibidos". ¿Por qué andás tan malhumorada, mamá? decía Miguel. Aquello no era justo, el presente debía ser de ella, sólo de ella como lo fueron esos largos años, él no debió instalarse de nuevo así, sin previo aviso e irremediablemente. A veces, sin embargo, se sorprendía sonriendo con ternura al ver sus largas piernas sobresalir la cama, que le resultaba corta; otras en cambio, lo agredía a su pesar, lastimándolo.
Una música estridente y ruido de cajones y puertas que se abrían y cerraban llegaron hasta ella. Dejará la pieza regada de ropas -Tendré que volver a ordenarla- pensó mientras seguía con su tarea.
"Tapar la olla y dejar hervir 20 minutos" -decía la receta; veinte minutos que aprovecharía para leer el periódico.
Al salir de la cocina vio las huellas en el piso. Reprimiendo su fastidio volvió con la lona pasándola una y otra vez avanzó por el pasillo hasta llegar a la última, junto a los pies desnudos de los que se escurrían aún algunas gotas.
El piso ya estaba de nuevo seco, cuando sorpresivamente, un montón de gotitas lo volvió a mojar.
¡Esto es el colmo! ¿Crees que no me canso? ¿Por qué tenés que sacudirte así el pelo? ¿No ves que mojas todo?
¡Te estoy hablando, Luis!
El dejó el teléfono, se ajustó la toalla y dijo: ¿Qué me decías? Me encanta que me llames Luis. Siempre me llamaste Miguel. ¡Claro! ahora te gusta ese nombre porque dicen que cada vez me parezco más a papá... Pero, ¿qué pasa? ¿qué hice? ¿Porqué estás llorando, mamá?
Ella contestó: No lloro, hijo. No estoy llorando, estuve preparando la comida, sólo son lágrimas de cebolla...

Gloria Paiva
Mención de honor Concurso Literario
Cuento Breve "Club Centenario 1991"





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sábado, 18 de septiembre de 2010

DIRMA PARDO DE CARUGATI - LA ODISEA DEL REGRESO (CUENTO) / Fuente: VERDAD Y FANTASÍA. TALLER CUENTO BREVE, 1995.


LA ODISEA DEL REGRESO
Cuentos de
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DIRMA PARDO DE CARUGATI : Se define como "maestra de profesión, periodista por afición y narradora por vocación". Fue catedrática del Colegio Internacional y, paralelamente, durante veinte años, escribió en el desaparecido diario "La Tribuna", donde tenía una página dedicada a la mujer. Es socia fundadora y tres veces presidenta del Club del Libro N° l. Es coordinadora del "Taller Cuento Breve" y vicepresidenta de la Sociedad de Escritores del Paraguay.

Ha publicado cuentos en periódicos y revistas, pero es en el Taller que integra desde su creación donde encauza sus deseos de escribir. Ha ganado algunos premios y distinciones en concursos locales y tiene un libro de narrativa, "La Víspera y el Día".

Algunos de sus cuentos figuran en libros de literatura para nivel Primario y Medio.

Otro relato, "Baldosas blancas y negras", sirvió como guión de una película de largometraje realizada en nuestro país.



LA ODISEA DEL REGRESO



¿Qué semejanzas hubo entre ODISEO, guerrero de Troya y ELISEO, combatiente de un lejano país mediterráneo?

Muchas coincidencias. Pero Odiseo era DIVINO, Eliseo solamente Humano.

Perdonar no es propio de hombres...


"¡Feliz hijo de Laertes! ¡Odiseo, fecundo en recursos!
Tú acertaste a poseer una esposa virtuosísima.

Como la irreprochable Penélope, hija de Icario, ha tenido
tan excelentes sentimientos y ha guardado tan buena
memoria de Odiseo, el varón con quien se casó virgen,
jamás se perderá la gloriosa fama de su virtud y los
Inmortales inspirarán a los hombres de la tierra graciosos
cantos en loor de la discreta Penélope".

Homero
"La Odisea"
Canto XXIV

I

Ajeno e indiferente a la tragedia de los hombres, aquella mañana de marzo de 1870, puntualmente, el sol empezó a asomar por detrás de las colinas. Sus primeras luces fueron haciendo visibles unos malformes bultos que habían amanecido tirados sobre la tierra, que no eran sino despojos humanos, algunos aún vivos y otros ya difuntos.

Ese día, en el confín de la patria, en el que habría de ser el último campamento, antes de que llegara el ocaso, el enemigo cerraría un lustro de adversidades y desventuras, con la muerte del hombre que había estado persiguiendo. Ese Hombre - héroe o villano- común mortal con ínfulas de dios.
Entre los pocos sobrevivientes, Eliseo Lahaye juntó sus pocas fuerzas en un desesperado intento de resistencia cuando llegó la última batalla, pero al ver caer herido al que decía que "moría con su patria", comprendió que ya no sería útil una valentía absurda y optó por la vida, en una ignominiosa pero salvadora retirada.

La luz final del día aún alumbraba la llanura cuando Eliseo se internó en los montes cercanos y a causa de la gran debilidad que lo afligía, pronto cayó exánime. Todavía inconsciente lo recogieron los indígenas que siempre merodeaban la retaguardia.

Las mujeres de la tribu lo abrigaron con pieles de animales y le dieron de beber tibios brebajes en coloridas calabazas.

El guerrero herido deliraba; en sus sueños llamaba a Petronila, su querida esposa y a Teófilo, su hijo pequeño. "¡Tengo que llegar a Itauguá!" -decía enloquecido por la fiebre y se quería incorporar. Pero por orden de la curandera, las mujeres con celo lo cuidaban y se lo impedían. Al cabo de un tiempo, recobrado el vigor, impaciente por llegar a su pueblo, convenció a los indígenas y emprendió la marcha hacia el sur, encomendándose a todos los santos.


II


La guerra había concluido; la triple alianza enemiga escribía "sus páginas de gloria sobre los cadáveres de los vencidos", último capítulo de la historia que había comenzado con la obstinación del tirano que arrastró a su pueblo al exterminio.

Un largo calvario fue el regreso, con penurias de fatiga, de sed y de magra pitanza de limosna.

Eran leguas de polvo colorado bajo el sol ardiente o de barro resbaladizo si llovía. Eliseo tuvo que desandar el camino diagonal de la tragedia, que él mismo y otros esquivados de la muerte, a paladas furtivas habían ido convirtiendo en cementerio.

¿Cómo olvidar el pasado -ya nunca podría- si todo estaba signado por el horror y la derrota?

A su paso hallaba los estragos que dejaron las huestes invasoras, la miseria de las fantasmales ciudades evacuadas, con sus casonas mutiladas por la violencia y el saqueo. Como en una plegaria musitaba "¡Dios mío, Dios mío! ¿Qué habrá sido de mi familia, de mi chacra, de mi hacienda?".

Hecho un mendigo, con sus heridas mal curadas y el uniforme en andrajos, iba Eliseo hacia su meta incierta. Era largo el camino, pero el recuerdo sabe acortar distancias y la imagen de su casa, de su pueblo, de su gente (que a veces quería desdibujar el tiempo) se recreaba con fuerza en la memoria.
Cada tanto se encontraba con grupos de mujeres y niños, y Eliseo ayudaba en la labranza o a mover alguna carga, a cambio de comida y de posada. Preguntaba mucho, pero él contaba poco, temeroso de ser reconocido.

Muchas veces releía la última carta de su esposa, llegada antes de que se cortaran las comunicaciones: "Te extraño mucho, te esperaré, toda la vida si es preciso. Todavía no recibimos orden de evacuar, pero aunque así fuera, cuando todo termine, te estaré esperando en nuestra casa. Ayer comencé a bordar el mantel para el banquete del regreso. Teófilo está bien, lo cuido mucho. Cada día se te parece más. Está por cumplir los siete años".

Las lágrimas y el manoseo de un lustro iban deteriorando aquella carta, pero el soldado la guardaba como un relicario, sobre el pecho, en un bolsillo de su rotosa guerrera.

Él también había hecho una promesa a su fiel y paciente esposa cuando fue movilizado. "Voy a volver con vida -le dijo con la ayuda de Dios y de la Virgen''- agregó poniendo sus dedos en cruz sobre los labios.


III


Y el protegido de los dioses, llegaba por fin, a Itauguá, su pueblo natal, donde había sido tan feliz.

Con intensa emoción fue reconociendo antiguos lugares. Inquieto, sin admitirlo, temía llegar a su casa y no encontrar lo que al partir había dejado.

Pasaba una mujer con un canasto en la cabeza y Eliseo, saludando la detuvo e indagó.

"Ahora ya casi todo es normal" - contestó la vendedora de naranjas. "Aquí mismo no hubo batalla, pero hubo mucha desgracia, igual".

Con muestras de dolor contó la mujer que un destacamento enemigo había acampado en las cercanías y que los soldados robaron cuanto quisieron, en ese pueblo sin hombres, defendido por mujeres tejedoras que alternaban la labranza y el bordado. No fue sólo por piedad que no las mataron, sino porque eran buenas labradoras e industriosas y los invasores se alimentaban de sus huertas, de sus dulces caseros y de las aves de sus corrales.

Más adelante, ya cerca de su casa, encontró a un mendicante ciego y fingiéndose forastero e ignorante, preguntó Eliseo si él conocía a la familia de Lahaye.

Le respondió el lugareño que creía que el señor había partido a la guerra sin retorno, pero sí sabía que la esposa, su hijo y la criada, seguían en el pueblo, como siempre.

Recordaba el itaugüeño que esa casa, en la época feliz de la bonanza, fue la mejor, la más noble y que en la fiesta de la boda de Eliseo, el unigénito, con la más bella muchacha de esos pagos, él mismo había asado las reses del banquete.

Más quería saber el ex soldado y se animó a preguntar por la señora.

"Es una santa mujer -dijo el anciano-, una verdadera reina. La viuda tiene muchos pretendientes, pero ella sigue esperando; no como sus primas, las propias hermanas del mariscal vencido, que se casaron con los vencedores y se fueron a vivir cómodamente".

Eliseo, henchido de felicidad y orgullo, trataba de fingir casual curiosidad. El viejo vecino, aún sin reconocerlo, lo animó a que fuera hasta la casa a conseguir comida, ya que seguro la señora, siempre ansiosa de noticias, le daría unas galletas con cocido.

Siguió Eliseo caminando hacia su hogar, ahora con paso ligero, impaciente y decidido. Se sacó el poncho, que a pesar del calor de aquel otoño lerdo, se había puesto para ocultar su miserable aspecto, y al hacerlo dejó a la vista su flaco cuerpo apenas guarecido por el haraposo traje de combate.

Cuando llegó frente a su casa, su corazón latía aceleradamente y las sienes palpitaban a punto de estallar. Desde la calle vio la antigua enramada del patio enladrillado. El cuadro que tenía ante los ojos se parecía mucho al sueño recurrente durante todos esos años: Petronila, siempre bella, dedicada a su bordado; Teófilo, su hijo, cabalgaba una escoba de ramajes; la criada revolviendo el contenido de una olla y la comadre (sólo un poco mayor que hace unos años) siempre presente, con su niño dormido entre los brazos.

No quería romper el hechizo de esa visión, tal vez sólo inventada, pero batió las palmas atrayendo la atención de las mujeres.

"¿Pueden dar un poco de agua a un caminante?" -dijo en voz alta.

La criada trajo un jarro de un cántaro de barro y sin abrir el portón se lo pasó al mendigo.

"Déjalo entrar" -dijo el ama compasiva al ver el rotoso uniforme dé la patria, y pensó: "tal vez traiga noticias de Eliseo..."

Petronila ofreció asiento al pordiosero, sin saber que él era su marido y pidió a la criada que trajera un tazón de mazamorra con canela.

Eliseo temblaba. Petronila curiosa, preguntaba... pero al mirarlo a los ojos fue imposible no reconocer al ser querido y a él le fue imposible, también, por un instante más, callar que era él mismo, que estaba de regreso.
Se abrazaron en un llanto común y no podían decir al mismo tiempo todo lo que anhelantes pensaron en esa larga espera.

La comadre conmovida ante esa tierna escena, también lloraba emocionada. Dejó al niño en la hamaca y trayendo de la mano a Teófilo que sin entender miraba, le explicó: "Es tu papá, que vino para siempre".

Diligente la comadre, fiel compañera de Petronila durante el tiempo de soledad y penas, empezó a disponer la casa para el amo. Ordenó una comida sustanciosa y preparó el baño que Eliseo le pedía. Llenó una tina con agua del arroyo, que perfumó con hojas de menta y con azahares. Tras el baño le limpió las heridas con té de hierbas curativas y él se peinó los cabellos con enjuague de verbena.

Rasurado el rostro y con sus ropas de cinco años antes, Eliseo se presentó ante Petronila como un joven pretendiente que desea impresionar a una doncella.

Ella también se acicaló; sobre los hombros se puso una mantilla de encaje ñandutí y se soltó las trenzas, sin saber muy bien por qué lo hacía.

Con las manos enlazadas los esposos recorrían su campo y los corrales. El hijo, feliz correteaba gritando "Mira papá, mira papá", sólo porque le daba placer poder nombrarlo.

Caminaron, contándose sus cosas, hasta que el crepúsculo pintó de rojo-fuego el horizonte y entraron en la casa a preparar las velas.

Eliseo armó el pesado lecho, que con otros pocos muebles había escapado a la rapiña. Petronila abrió el arcón donde guardaba sus pertenencias y sacó las mejores sábanas, de las que sobraron, luego de que la guerra fuera convirtiendo su ajuar en vendas, pañales y mortajas.

Y se hizo noche cerrada. El aire se llenó de luciérnagas y un coro de grillos reemplazó el agudo cantar de las cigarras.

La antigua cama nupcial fue otra vez el tálamo de los amantes reunidos. Recatada y púdica, como en su noche primeriza, Petronila se entregaba al abrazo de Eliseo, anhelando que ese encuentro borrase para siempre todo recuerdo ingrato del pasado.

Brioso y tierno, apasionado y gentil, él quería rescatar aquel idilio destajado por designios del destino. Sus recias manos, que habían matado tantos hombres en combate, eran ahora delicadas recorriendo el cuerpo de su amada. Era feliz sabiendo que ella lo esperó paciente y resignada. Daba gracias a Dios por ser tan afortunado.

Petronila con mil besos, le rogaba que nunca más se fuera... De pronto, a la suave presión de las caricias, un tibio maná brotó de sus pezones. Y entonces Eliseo oyó llorar al niño pequeño (que él, ingenuo, creyó de la comadre) y se dio cuenta de que hacía mucho que lloraba, pues la leal servidora no podía ya calmarlo con té de hojas de naranjo ni otros engaños.
Eliseo miró a Petronila y muy despacio, como probando y no queriendo decir lo que decía, murmuró: "Es hora de alimentar a tu hijo".

Y su esposa, con rubor, sin levantar los ojos, sin explicar nada, se fue a traer al crío y comenzó a amamantarlo, sentada en la mecedora de esterilla.

Con recelo, Eliseo se fijó en el tierno infante de pelo rizado y tez oscura y comprendió que su color era el estigma de su origen.

La única ventana abierta dejaba entrar un aire fresco y oloroso.

La luz de la vela a merced de la brisa, bailoteaba en las paredes dibujando fantasmagóricas siluetas. A medida que ardía la candela, iba derritiéndose en el candelero de arcilla, hasta que todo fue sólo cera derramada con un pabilo apenas humeante.

Fue, larga la noche, parecía interminable. Eliseo con la cara cubierta por la almohada, fingía dormir o cavilaba, mas pasó inmóvil la vigilia.

Y llegó la aurora, finalmente; un nuevo día empezaba para todos.

Se preguntaba Petronila cómo le contaría a su esposo la angustia, el sufrimiento y el oprobio de lo que le tocó pasar en esa guerra. Pero cuando él apareció en el corredor esa mañana, no la dejó hablar; le besó tiernamente una mejilla y sólo dijo: "Estoy preocupado por mi madre. Voy a verla y a contarle que estoy vivo".

Petronila y Teófilo lo acompañaron hasta el portón del frente, lo besaron y abrazaron fuertemente.

El niño, triste, levantó la mano en un último saludo y Petronila supo, desde el fondo de su corazón lo supo, que nunca más vería a su marido.
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TALLER CUENTO BREVE
Dirección y prólogo:
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
© Taller Cuento Breve
QR Producciones Gráficas
Asunción – Paraguay,
Mayo de 1995 (194 páginas).

sábado, 4 de septiembre de 2010

TALLER CUENTO BREVE - VERDAD Y FANTASÍA / Dirección y Prólogo: HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ / QR PRODUCCIONES GRÁFICAS - ASUNCIÓN 1995


VERDAD Y FANTASÍA
TALLER CUENTO BREVE
Dirección y prólogo:
HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
© Taller Cuento Breve
QR Producciones Gráficas
Asunción – Paraguay,
Mayo de 1995 (194 páginas)

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PRÓLOGO
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"Sin una base de realidad, no puede existir el arte.
El artista puede crear una realidad suya;
pero esa realidad ha de ser paralela a la otra,
no contradictoria"
AZORÍN

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El Taller Cuento Breve publica este año su sexto volumen colectivo bajo el título de VERDAD Y FANTASÍA. ¿Es necesario explicar por qué la nueva obra se titula así? ¿No sería muy difícil que una obra de ficción prescindiera totalmente de aspectos verdaderos de lo que llamamos realidad y que aquí denominamos verdad como opuesta a lo que es mentira? ¿Es concebible que una obra de ficción carezca de fantasía?

En estos trabajos literarios verdad y fantasía van de la mano. Demos uno o dos ejemplos. Consideremos "LA ODISEA DEL REGRESO'' de DIANA PARDO DE CARUGATI. En más de una reunión del Taller, LA ODISEA DE HOMERO fue leída y comentada no en su totalidad sino en sus cantos más hermosos. Era de esperar que una obra monumental como el antiquísimo poema, cuyo estudio era recomendado con insistencia a todos y cada uno de los miembros del Taller en sus horas de ocio, inspirase alguna glosa, algún relato de tema más o menos afín al de las aventuras del héroe griego.
El desafío era incitante. El poema relata el regreso de Ulises -que en griego es Odiseo- a Itaca después de una guerra legendaria. El cuento de ambientación paraguaya que escribe Dirma Pardo de Carugati ha de tener una guerra y un superviviente de esa guerra que regresa a su casa -a su palacio en el caso de Ulises- Odiseo; palacio en la isla de Itaca.

¿Cómo llamará la autora al guerrero paraguayo que retorna, después de una guerra, a su hogar? La autora se complace en establecer paralelismos reminiscentes de la epopeya homérica. Eliseo, su protagonista paraguayo suena como Odiseo. ¿Y cuál será el nombre del pueblo natal de Eliseo? Pues la Itaca de Homero se convierte en la muy real ltauguá del Paraguay. En Homero el hijo de Odiseo se llama Telémaco; en el cuento de Dirma; Teófilo. La fiel Penélope, por su parte, será Petronila. Odiseo el Laertíada, llega a su palacio de Itaca disfrazado de mendigo, vestido de harapos; el paraguayo Eliseo a su vez regresa a su hogar vistiendo harapos, aunque no lo hace intencionadamente como el ingenioso Laertíada. Pues Eliseo, que viene de Cerro Corá, no puede lucir un uniforme en buen estado...

Obvio es que este último párrafo alude al hecho de que la guerra de la Triple Alianza es la que "sustituye" a la guerra de Troya. Como se ve, en el muy fantaseado cuento de Dirma Pardo el inventado Eliseo se mueve entre realidades verdaderas, si así puede decirse: Cerro Corá e Itauguá existen en la realidad. Las imágenes de estas realidades en la mente de la autora han sido decisivas para urdir su ficción.

Para crear, pues, un Odiseo subtropical tenía Dirma que recurrir a realidades humanas paraguayas, esto es, a una compleja amalgama de realidad, de fantasía, de juego poético. El Ulises de Dirma ha sido soñado, digamos, para servirnos de una expresión cara a Unamuno, con intuiciones de uno o más campesinos paraguayos y con emociones trágicas que ofrece la Epopeya atroz de 1864 a 1870.

De este modo la fantasía ha intervenido activamente fundiendo reminiscencias de realidades humanas concretas y de sucesos históricos apenas centenarios con sucesos legendarios milenarios. Eliseo es, sí, de Itauguá, Paraguay; pero también, de manera ilusoria es Ulises, rey de Itaca, marido de Penélope y padre de Telémaco. A la receptividad del lector, más o menos enérgica y recreadora, se ofrece este haz de figuraciones.

El lector debe averiguar por su cuenta qué acontece en la casa de Itauguá cuando Eliseo, vistiendo los susodichos harapos como Ulises, corre a los brazos de su Penélope, la fiel Petronila, la infeliz Petronila, que había desahuciado a pretendientes -como la reina griega- a su mano de esposa, acaso ya viuda, cuyo marido luchaba en batallas gigantescas...

Y entonces caerá en la cuenta de la sutil urdimbre de múltiples realidades y fantasías que han dado vida a esta ficción.

Otro ejemplo de cómo en estos relatos se mezcla la verdad - léase realidad- y la fantasía nos ofrece YULA RIQUELME DE MOLINAS, una de nuestras más inspiradas talleristas.

Yula un día pasea por Areguá y recorre lentamente la calle principal del poético pueblo. A Yula le llama la atención una hermosa casa vieja, una casa descuidada, melancólica, sumida en un silencio que imagina luctuoso. La escritora experimenta una honda emoción ante el espectáculo de una inminente ruina y la evocación de días felices, días del tiempo en que Areguá era la villa favorita de los veraneantes. Esta casa antes opulenta y hoy abandonada, le habla de decadencia, de infortunio, de muerte. A Yula le informan de lo que en Areguá se sabe acerca de la casa que amenaza ruina. Una dama distinguida, venida a menos, había sido dueña de esa casa. Esto bastó para inspirar el cuento y Yula inventa toda una historia de la dama y de un piano en que ella, sin que nadie lo supiera, fue guardando, bajo llave, la llave del piano, se entiende, riquezas considerables en joya, que un tiempo lució, allá en los días felices.

El piano, silencioso, guarda el secreto del tesoro oculto. El pueblo, Areguá, escenario de la ficción de Yula; la casa, los tristes jardines que nadie cuida, todo esto es realidad vista y sentida por la artista. Lo demás es todo fantasía en "LA DUEÑA DEL PIANO".

La disquisición que precede tiene mucho de perogrullesca. Nos da pie sin embargo para indicar una consigna del Taller. Es ésta: atenerse a lo conocido, a lo observado por el escritor, a las realidades al alcance de su experiencia auténtica y sólo entonces remontar el vuelo de la fantasía. Dicho de otro modo: se incita a no incurrir en exotismos, a no dramatizar temas ni a describir situaciones muy ajenas al mundo en que vivimos. Una vez cumplido este requisito, la fantasía puede instalarse en lo real y metamorfosearlo. De aquí que se estimule a escribir sobre gentes y sucesos de la cultura en que estamos inmersos y que no se aconseje la redacción de cuentos sobre esquimales o sobre sumerios.

¿Qué ha acontecido en el Taller y en las actividades tallerescas desde la publicación del último libro colectivo? Pues aparte de los muchos premios que han ganado las tallerislas (cosa que ya parece un acontecer rutinario), hay que subrayar el hecho de que el Taller, sin proponérselo, ha conquistado prestigio intelectual y social en el país, no sólo en Asunción y en Villarrica donde ha presentado libros y dado conferencias.

No hay que olvidar tampoco que el Taller Cuento Breve y la Sociedad de Amigos de la Academia Paraguaya de la Lengua Española son casi la misma entidad; casi ; digo porque la gran mayoría de los integrantes de la nombrada Sociedad son miembros del Taller. Por otra parte, la Sociedad de Amigos de la Academia se ha fundado en el mismo local en que funciona el Taller. Aquí no enumeraremos los beneficios que la Academia ha recibido de la Sociedad. Sólo hay que hacer constar que la Academia ha organizado cursos de lengua española, cursos que han tenido un éxito insospechable. Tres profesoras han dictado en 1994 los aludidos cursos; dos de ellas pertenecen a la Sociedad de Amigos y, claro está, al Taller Cuento Breve. Entre los estudiantes de estos cursos hay quienes han viajado a sus clases desde Coronel Oviedo y otras distantes ciudades y que figuran entre los más puntuales.
HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ
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ÍNDICE,
PRÓLOGO DE HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ

*. STELLA M. BLANCO DE SAGUIER : LA TIERRA DE CATALINA

*. MARÍA BEATRIZ BOSIO : AUSENCIA / CORRUPCIÓN

*. MARÍA LUISA BOLO : MONÓLOGO DE UN RELOJ / UNA PLAZA Y UNA SOMBRA

*. SUSANA GERTOPÁN : LOS PRIMOS DE SANGRE / 7285

*. MAYBELL LEBRÓN DE NETTO : ORGULLO DE FAMILIA / OFRENDA

*. LUCY MENDONÇA DE SPINZI : INTEMPERIE

*. LUISA MORENO DE CABAGLIO : SOMBRAS HUIDIZAS

*. GLORIA PAIVA : PUEBLO REDONDO

*. DIRMA PARDO DE CARUGATI : LA ODISEA DEL REGRESO / ¿QUIÉN ERES, CÓMO ESTÁS, QUÉ NECESITAS?

*. MARGARITA PRIETO YEGROS : SEPARACIÓN DE LIBROS / MÁS ALLÁ DEL TIEMPO

*. SUSANA RIQUELME DE BISSO : ANASTASIA / TRES CARTAS

*. YULA RIQUELME DE MOLINAS : EL OTRO COLOR / LA DUEÑA DEL PIANO

*. ITA YOFFE DE QUIROZ : EL AUTO NUEVO / MIMO.

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viernes, 3 de septiembre de 2010

MAYBELL LEBRÓN - EL CANDELABRO (CUENTO) / Fuente: EL SÉPTIMO LIBRO. TALLER CUENTO BREVE, 1999.


EL CANDELABRO
Cuento de
MAYBELL LEBRÓN
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EL CANDELABRO
La casa, retirada del centro de la ciudad y en medio de un amplio terreno bordeado de árboles, era un sitio tranquilo. Él se despertaba tarde. Después de almorzar, salía a recorrer el jardín en largas caminatas; al atardecer comenzaba su tarea. Escribía sin pausa hasta que la claridad, empujando las sombras, quebraba el secreto de la noche. Era ya uno de los grandes de su generación; ahora estaba empeñado en la novela que presentía decisiva, tal vez el Nóbel.

Pensó en Cecilia. Fue duro abandonarla, dejarse de todo y de todos. En cuanto terminase la obra volvería a ella. Sí, de eso estaba seguro.

Escribía con ansia: el ceño fruncido y la mano como una mariposa inquieta tachando, corrigiendo o deslizándose febril antes del abrupto suspenso. La luz de la lámpara oscilaba suavemente, siguiendo el vaivén de la mano sobre el tablero del escritorio y su cálido reflejo abrazaba la figura tensa, jugando con su contorno. A veces, el calor del foco ponía en su frente un brillo húmedo que luego iba secándose lentamente, sin dejar rastros.

En la penumbra, los almohadones remedaban seres agazapados sobre el amplio sofá, en muda espera. El silencio era total, excepto por el sutil rezongo de la pluma. De pronto, todo quedó a oscuras; el recuadro de la ventana apenas se distinguía: un apagón. Rápido, prendió fósforos y buscó el candelabro de bronce sobre la repisa de la chimenea (nunca le había prestado atención) intentando encender sus cuatro velas. La cera reseca tardó en alumbrar: siguió ardiendo cada vez con mayor ímpetu. El contorno de las pequeñas siluetas no lo distrajo: por el contrario, sintió aumentar su lucidez: percibió un raro estímulo en su fuerza creadora. Hundido en las tinieblas, sólo quedaron las bujías descifrando su rostro y dando claridad a sus manos que corrían, veloces, sobre el pálido papel.

Al día siguiente, se sintió satisfecho al releer lo escrito. Esa tarde, al comenzar el trabajo, apagó las luces y encendió candelas. Descubrió el historiado diseño del candelabro y lo coronó de cirios rojos. Pámpanos y sátiros trepaban por el rígido soporte: chorreantes de vino, éstos lo observaban con ojos lascivos, en una extraña vida de reflejos cambiantes. Con un estremecimiento, distribuyó velas en ceniceros, platos y cuencos. Como frágiles serpientes luminosas, las luces ondulantes silbaban tenuemente al atrapar insectos nocturnos que caían con las alas calcinadas, retorciéndose en lenta agonía sobre la alfombra peluda. Y en ese Pentecostés recién inaugurado, las lenguas de fuego cuchicheaban su resurrección, salpicando de luz la estancia, sumiéndola en una atmósfera espesa, inescrutable. Cerró los ojos: el impulso creativo bulló en su cerebro y, complacido, continuó la tarea. Sobre su cabeza, las llamitas reían divertidas. Convencido de que las velas eran su inspiración, decidió agregar cirios a sus noches.

Meticulosamente, fue prendiendo las luces de los candelabros: la habitación se llenó de un resplandor trémulo. En el gran escenario de tinieblas, leves trazos de fuego danzaban, impulsados por la ligera brisa nocturna que hacía cimbrear el palpitante destello. Sólo faltaba el final, apenas unas páginas. No tardó en completarlas. Lanzando un ahogado grito de triunfo, destapó la botella de champaña y bebió con deleite de la alta copa, al par que ponía en orden las páginas del manuscrito. Imaginó su encuentro con Cecilia y la cita con el editor. Mañana volveré a prender las luces, musitó feliz y se quedó dormido, abrazado a sus papeles.

Los cirios lanzaron gritos diminutos en su chisporroteo final: callaron uno a uno. Convulsa, la última llama saltó a la alfombra y, rozando las patas de cabra, se arrastró hasta formar un círculo de fuego que, despaciosamente, se fue achicando.
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Fuente:
EL SÉPTIMO LIBRO
TALLER CUENTO BREVE
Dirección:
Edición al cuidado de
Imprenta ALMIRALL
Asunción - Paraguay
1999 (207 páginas)
.
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SUSANA GERTOPAN - ¿DÓNDE ESTÁ LO QUE ROBASTE? / Fuente: EL SÉPTIMO LIBRO. TALLER CUENTO BREVE, 1999.


¿DÓNDE ESTÁ LO QUE ROBASTE?
Cuento de
SUSANA GERTOPAN
(Enlace a datos biográficos y obras
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¿DÓNDE ESTÁ LO QUE ROBASTE?
Sus manos ocultas en los bolsillos, escondían unas cebollas. Las apretaba hasta que despedían un fuerte olor.

"Blanca me dijo luego que si no le llevaba algo no iba a irse más al depósito junto a mí. Tempranito opescáhina cuando mi padrino se va a desencillar su plata y nos quedamos solo y ella aprovecha y me toca todo ahí donde ma me gusta y hasta me muestra su titi... dice que me va a mostrar mucha cosa má que yo todavía no sé porque soy masiado joven todavía no cerré mi quince año igualito que ella nomá taén. Yo soy masiado güeno con ella me suele decir porque lo otro hombre la hacen de todo. Su mamá le dice luego que grati no tiene que hacer nada. Mi paíno le suele dar para su provista y Polí sí que le da lo que sobra todo de su verdura esa que está todo podrida y don Antonio el despensero a vece nomá le carga su delantal con yerba y arró para que se vaya con ello. Yo no le di nada porque mi paíno ñaró taén no me da nada. El pidió nomá por mí a mi mamá para gua'ú hacerme estudiar en Asunción y darme para mi trabajo para ayudar a ella porque mi hermanito kuera son todo chico y no sirve para la capuera. Mi mayora si que se fue a la Argentina, ella dice que se paga mejor allá yo manté me quedé para ayudar a mí mamá. Pero iyapuetereí y no me manda a la escuela dice luego que soy medio tavyrón. Lo que pasa es que me cuesta masiado decir la cosa. Parece que mi lengua se lía todo y no me sale lo que quiero decir. Ni para mi comida no me da.

Lo que sobra por ahí nomá yo como y a veces nomá taén. Me hace trabajar como burro carga mucha harina sobre mi carretilla y tengo que llevar allaité. Cruzo todo el mercado y después por la noche me duele todo mi lomo."

La tenue llama de un brasero, fritando chorizos, le calentaba el cuerpo casi desnudo, humedecido por la garúa. De sus pies, ofendidos por la basura del raudal, le sube un frío temblor. Mira unas gallinas desplumadas, degolladas, exhibidas sobre tablones hirvientes de moscas.

Las manos siguen ocultando aquellas cebollas. Un policía de un estirón se las arrebata.

-¡Ándate de mí!

"Esta ve Blanca ya no me va a perdonar má. Me dijo bien luego la ve pasada que era la última ve. Masiado me da gusto lo que ella me hace y también tengo masiado lástima por ella, pobrecita angá, trabaja mucho para vender todo ese yuyo, carga manté el canasto sobre su cabeza porque en su brazo lleva su hija que le pesa mucho. Blanca no quiso dejar luego esa criatura, quería mandar echar, pero é de don León, el concubina de su mamá y lo que pasa é que ella ya no sirve má como mujer su periodo ya no le viene má y para que no se vaye por ahí con otra le entregó manté su hija o forzá chupé.

-¡Traé acá mi gallina! - chilla la marchante.

Juan, con su botín en la mano, echa a correr; sortea canastos, esquiva casillas, salta mostradores y finalmente llega al depósito de los yuyos. Ahí lo espera Blanca.
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Fuente:
TALLER CUENTO BREVE
Dirección:
HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ
Edición al cuidado de
DIRMA PARDO DE CARUGATI
Imprenta ALMIRALL
Asunción - Paraguay
1999 (207 páginas)
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CARMEN ESCUDERO DE RIERA - LA CÓMODA (CUENTO) / Fuente: EL SÉPTIMO LIBRO. TALLER CUENTO BREVE, 1999.


LA CÓMODA
Cuento de
CARMEN ESCUDERO DE RIERA
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www.portalguarani.com )
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LA CÓMODA
Ahí está, sucia, estropeada, reseca y muy mal tratada. No puede ocultar, a pesar de todo ello, su belleza, su naturaleza noble, la proporción de sus medidas casi perfectas, la pureza de sus líneas y los detalles exquisitos que la adornan. Desde esta mañana está en mi corredor esperando manos que la restauren.

Perteneció a Pastora Decoud, madre y abuela de muchos. Ha sido muy largo el camino recorrido por la cómoda y ha llegado hasta mí en un estado que da pena, pero aquí está. Dicen que los muebles no tienen vida pero sí historia; historia que no pueden contar. No pueden hablar de todo lo que han visto; no pueden dar testimonio de las vidas que han presenciado. Duran más que sus dueños y al pasar años y dueños, es mayor su valor y mayor el cuidado que requieren.

Probablemente anda en este mundo desde principios del siglo XVII; es de madera dura, de urundey. Artesanos paraguayos la hicieron; el diseño de las flores que tiene incrustadas es delicado, fino y la sella para siempre como mueble de distinción. Su taraceado es bonito de verdad.

Mi encuentro con ella fue allá por 1950, en la estancia. Amor a primera vista. Al contemplarla me dejé llevar por el hechizo inexplicable de su presencia y me sentí transportada a los días de su niñez. Días de su juventud, días en que el Paraguay, joven también, se dejaba deslizar en la tranquilidad y quietud de la colonia.

Tiempo después, muy poco después, en un mes de mayo, aires de libertad y rebelión la envolvieron. Y pasó el mes de mayo. Llegó el encierro y el aislamiento del temible dictador; tiempo denso que también pasó. Moría el supremo, llegaban los López.

En una vieja casona de la gran aldea asuncena, nacía Pastora. Casona de piezas amplias y frescas, de altísimos techos asomando sus secretos a largos corredores. El patio cercaba al imprescindible aljibe. Los muebles sólidos y macizos y el ambiente austero de las paredes encaladas contrastaban con la silueta grácil de una cómoda flamante. En una mecedora, la niña Pastora entornaba los ojos, adormecida en el regazo de su madre. La cómoda guardó siempre, en sus cajones, ropa cuidadosamente planchada, a veces enaguas, a veces pañales; aromas mezclados a limpio y pacholí. La niña creció; ya mujer casada llevó consigo la cómoda a su nuevo hogar y otra vez guardó primero enaguas y luego pañales.

La sociedad paraguaya hablaba de política; las señoras escuchaban acerca de la libre navegación de los ríos, de empréstitos internacionales, del Imperio del Brasil, del equilibrio del Plata, de guerras civiles argentinas. Todo se veía lejano, muy lejano. El Paraguay progresaba; iba siendo una nación americana unida al mundo.

Cuando el calor arreciaba, las quintas de los alrededores de Asunción acogían a las familias; las siestas dejaban su molicie para dar paso a atardeceres en los que se animaban entusiastas tertulias. Se comentaban 84 incidentes; los rumores iban siendo alarmantes. Guerra. La palabra tan temida se empezaba a escuchar.

Una mañana triste y sin sol, la guerra fue realidad. Pastora se separa de su marido, del padre de sus hijos; se despide sin saber que no volverán a verse. Él muere en Lomas Valentinas, ella será una residenta más. Y sobre esa senda de dolor quedarán dos de sus tres hijos; uno solo sobrevive y es con él, que volverá.

1º de enero de 1869. Los ejércitos aliados entraban triunfantes en la "cavilosa Asunción". Dejaban tras de sí miles de paraguayos, héroes desconocidos muertos en batalla desigual. Los vencedores saquearon Asunción, "acto final de la tragedia". Tres días duró el saqueo, bullicio infernal de las partidas de soldados invasores abatiendo puertas y ventanas, robando lo que podían. Los cañones de la escuadra imperial desaparecieron bajo montones de enseres acumulados sobre las cubiertas de los navíos, anclados impasibles en el puerto. Los pueblos vecinos sufrieron la misma suerte, al decir de los cronistas de la época. Los robos continuaron. Ropas, sillas, mesas, toda clase de objetos fueron robados de las casas; lo que no podían llevar lo rompían a sablazos. El espectáculo que ofrecía Asunción era desolador. Robo y saqueo sin cuartel. Durante tres días siguió el pillaje hasta que un halo de miseria y soledad se extendió sobre la ciudad. El silencio, la desolación, el abandono reinaron en Asunción y en ella, en una casona, en uno de sus cuartos, desvencijada, con dos cajones hechos astillas, tambaleante, espera abandonada la cómoda de urundey. Y es allí donde la reencuentra Pastora al regresar de su calvario.

Despacio, muy despacio, todo va tomando un curso más o menos normal: se apaciguan los rencores, la vida impone sus exigencias, las necesidades extremas obligan. Pastora contrae nuevo matrimonio, crea una nueva familia, los hijos crecen. Remiendan los jirones de esa tierra herida, organizan un establecimiento ganadero y es a su casco donde va a parar la famosa cómoda. Y es allí donde la encontré y es allí donde la perdí.

Las herencias se suceden, el patrimonio familiar se divide y la cómoda marcha hacia otra rama de herederos. No me atreví a reclamarla, tenían los mismos derechos que yo. Con nostalgia miraba el lugar vacío que había ocupado en mi casa.

¡Venden!... vendían el campo heredado, con todos los muebles incluidos. ¿Y la cómoda?

El comprador, amigo, promete entregármela si es que quedó en la estancia. Quedó. Nadie aprecia ese testigo mudo de doscientos años de vida, por demás hermoso testigo. Nadie conoce su historia. Circunstancias del momento político que se vivían en el país alejan al amigo perseguido, se aleja también la cómoda.

Transcurren meses y años, nunca la olvido. Nuevamente la noticia, el campo está en venta.

Una empresa comercial será la compradora ¿Y la cómoda?. Los empresarios son conocidos y amigos, les cuento la historia.

Suena el teléfono y oigo decir: "Señora, le rogamos nos indique su dirección. Tenemos una vieja cómoda y orden de la gerencia de entregársela."

Aquí la tengo, pertenece a la familia, ha vuelto a ella.
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Fuente:
EL SÉPTIMO LIBRO
TALLER CUENTO BREVE
Dirección:
Edición al cuidado de
Imprenta ALMIRALL
Asunción - Paraguay1999 (207 páginas)
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STELLA MARIS COSCIA DE MARTINO - UN MONTÓN DE LANA SUCIA (CUENTO) / Fuente: EL SÉPTIMO LIBRO. TALLER CUENTO BREVE, 1999.


UN MONTÓN DE LANA SUCIA
Cuento de
STELLA MARIS COSCIA DE MARTINO
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UN MONTÓN DE LANA SUCIA
Ese día fui a la Cooperativa. El colectivo que tomé a la vuelta, me dejó a varias cuadras de mi casa. Resignada me puse a caminar. No había andado mucho, cuando en una de las aceras, no lejos de mí, en un rincón entre dos muros, un bulto peludo llamó mi atención. Era un montón de lana sucia. Y lo miré detenidamente. Y caminaba. Y enseguida pensé: ¿acaso era tan bajo aquel animal, para que su pelo de entre las patas, lanudo largo, apelotonado y sucio, se le arrastrara tanto? Pero no. Traté de interpretarlo. Era evidente. El peso que llevaba encima le impedía levantarse. No tenia ánimos, ni aliento para levantar aquel cuerpo, todavía relleno.
Su cabeza era gacha, con endurecido pelo (seguro con pulgas) que apenas dejaba entrever su negro hocico. La cola era tan grande, desflecada y sucia que apenas podía ser arrastrada. Tal vez, decepcionado, perdido, caminaba cansado, mirando el piso (que seguramente ni veía). Como si tuviera vergüenza de verse en ese estado, lentamente se deslizaba.... buscando que comer.

¿Quién dice que los perros no hablan? Me bastó mirarlo y creí saber la verdadera historia de ese desgraciado animal. Fluyó entonces en mis pensamientos la idea:

Tal vez se llamara Porky.

-¡Graciela ! - dijo la mamá al llegar a la casa - ¡Pronto, quiero que vengas! ¡La abuela te trajo un regalo!

Era una caja de zapatos y, acurrucada en ella una bolita lanuda, sedosa, blanquísima, con un hocico rosado que apenas asomaba.

Fue su regalo de Navidad. Y lo llamó Porky. Y habitó en aquella casa y desde entonces fue un miembro más de la familia.

Es cierto que nunca había tenido cucha, pero Porky dormía en los sillones, en las alfombras, o en la cama a los pies de los chicos. Le fueron servidos siempre en sus respectivos platos el agua y la carne que eran traídos por la mamá de Graciela de sus frecuentes viajes. También es cierto que ella, al igual que a sus hijos, a Porky lo colmaba de regalos.

Entre esos estaban: las cuerdas para pasear, la de cuero trabajada, y la otra tejida, con su collar en juego; sus ropitas de lana, la de los fríos intensos y las de media estación, Graciela las mantenía siempre limpias y arregladas.

Tenía Porky el mejor champú para sus baños en casa, y los cepillos de pelo para mantenerlo suave y sedoso, cuando no iba a la peluquería. En el verano no le faltaba el corte, que para su raza es tan característico.

Y entre sus regalos estaban también los famosos huesos. Por supuesto, los sintéticos. Pronto los desarmaba y los esparcía por toda la casa. O los enterraba como a los naturales, sin saber después dónde los había dejado. Por eso, a menudo Porky tenía un hueso nuevo.

Aunque no había sido adiestrado en una escuela de perros, él conocía perfectamente ciertas palabras aprendidas de sus dueños. Graciela, oronda, las enumeraba: "carne y agua", significaba que él iba a comer o a tomar algo, y prontamente se dirigía hacia sus platos.

Cuando escuchaba "paseo" corría hasta el armario, donde estaban guardados sus collares y sus cuerdas, él entendía que saldría a la calle, a rondar por el vecindario con Graciela, o con el que ese día tuviera el riguroso turno.

¡Pobre de la familia! si acaso se dijera «busca» o «ratón»: lo consideraba una orden de ataque, una caza segura. Y luego de la consabida y desesperada búsqueda por toda la casa, lograba encontrar al despistado ratón.

Conocía muy bien la palabra "hueso", y al oírla, corriendo, Porky traía el suyo y se alistaba saltando para comenzar a jugar.

A la hora de salir al jardín bastaba con que los chicos o sus padres dijeran "patio", para que con ellos se revolcara en el pastizal.

Así pasaron esos hermosos años durante los cuales fue rigurosamente vacunado en una veterinaria, la que, por el servicio que prestaba, cada tanto llamaba a la casa, avisando que a Porky debía ponérsele alguna vacuna. ¡Ah!!. En esa misma veterinaria, en una hermosa fotografía que había sido colocada en un álbum (en cuya tapa se leía "busco novia"), se veía a Porky esperando.

Hablando de fotografías, Graciela se las tomaba a montones. Por eso en cada una de las repisas de los dormitorios, los chicos las lucían en grandes portarretratos.
Pero un día algo ocurrió. Legó una noticia: la familia debía volver a vivir en el Brasil. Y Porky, como regalo, con sus alegres cuatro años, fue llevado entonces a la casa de una familia amiga. En ella abundaban los chicos, y no extrañaría a sus dueños.

Pero..... muy pronto....

Se acabaron para Porky los paseos. Los regalos, las vacunas y los baños se hicieron cada vez más esporádicos. En su plato no encontraba gran cosa. Se conformaba con dormir en el felpudo del patio, hasta en los días de intenso frío. Esa indiferencia no podía ser tolerada. Antes que vivir así, en esa maldita casa, prefería la muerte.

Se decidió y escapó. Y por más que lo buscaron no lo encontraron nunca. Y caminó, y caminó, olfateando. Buscaba a sus antiguos dueños.

Así andando y andando, hoy encontré a Porky. Dolida yo lo vi, callejero, sucio y pulgoso, como si fuese la imagen fantasmal de aquel antiguo Porky. Y mientras pensaba entusiasmada en esta historia, mirándolo, indiferente yo, lo dejé pasar.

Por eso me duele la conciencia. Salí a buscarlo, luego, pero ya no lo encontré. Hoy decidí así recordarlo, porque me arrepiento profundamente de haberlo dejado ir.
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Fuente:
TALLER CUENTO BREVE
Dirección:
HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ
Edición al cuidado de
DIRMA PARDO DE CARUGATI
Imprenta ALMIRALL
Asunción - Paraguay
1999 (207 páginas)
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