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lunes, 6 de diciembre de 2010

RUBÉN BAREIRO SAGUIER - A LA VÍBORA DE LA MAR (POEMARIO, 1977) - Introducción: EN LA CARNE VIVA DEL MITO por AUGUSTO ROA BASTOS / Fuente: CAMINO DE ANDAR - POESÍA ÉDITA. Edición ajustada por el autor: RUBÉN BAREIRO SAGUIER.




A LA VÍBORA DE LA MAR (1977)
Poesías de
En 1986 aparece la segunda edición aumentada
con cincuenta y cuatro nuevos textos y una introducción



EN LA CARNE VIVA DEL MITO

En medio de las aguas muertas,
el agua viva...
RBS


A LA VÍBORA DE LA MAR es un poemario singular en la poesía paraguaya escrita en castellano; el que logra de una manera nueva y original el pasaje de la oralidad de la lengua de origen autóctono a la escritura de la lengua culta. En una sociedad como la paraguaya (la única totalmente bilingüe en América), la posibilidad de expresión del sentimiento poético en la peculiar sensibilidad y cosmovisión de los paraguayos sigue dándose naturalmente en la oralidad -voz y palabra-guaraní del paraguayo de hoy como antes se dio en los cantos míticos y ceremoniales del idioma originario. La cultura primigenia concebía el lenguaje humano como el fundamento del cosmos y la prístina naturaleza del hombre. Núcleo de este mito de origen es el esotérico e intraducible ayvu rapyta o ñe'eng byte rã como médula de la palabra-alma: el ayvu del comienzo de los tiempos, ruido o sonido impregnado de la sabiduría de la naturaleza y del cosmos engendrándose a través del Padre-Último-Primero dueño o suscitador de la palabra fundadora. Palabra secreta que nunca es pronunciada ante extraños; la que con tatarendy (llama o fuego-sagrado) y tatachina (humo-del-fuego-sagrado-neblina-del-poder-creador) conforman los tres elementos míticos esenciales de la cosmogonía de los antiguos guaraníes.
El libro de Rubén Bareiro Saguier respira a través de la fusión de escritura y oralidad el aliento poético de aquellos cantos fundacionales de una de las más ricas culturas orales del continente, descubiertos en sus textos genuinos cuatro siglos después de la conquista. A don León Cadogan (el Padre-Último de los Mbya guaraní) se deben estos hallazgos en su paciente búsqueda desde el interior de la cultura ancestral: una verdadera arqueología del saber mítico aún vivo en sus últimos portadores. Rubén Bareiro Saguier, Bartomeu Meliá y algunos otros, muy pocos, tocados por el ejemplo visionario a la vez que rigurosamente científico de don León, transitan esas cenizas de siglos aún ardientes que recubren las palabras sagradas, las primeras hermosas palabras de la Creación.
El increíble y levísimo poemario de Bareiro Saguier escrito en castellano parece "tejido" con las reverberaciones de aquel fuego originario, tamizadas por la neblina mítica. Nos da un texto hablado en el que se oye el susurro inconfundible y profundo del guaraní sumergido y dominado. No hay suturas, transposiciones, ni extrapolaciones. Esos textos o tejidos de la lengua oral transpuestos (en el sentido del estado de trance), transubstanciados en la escritura, hacen olvidar la escritura de la lengua autoritaria y dominante, la que de este modo se convierte en otra lengua: una lengua nueva y arcaica a la vez en el burbujeo destilado de las viejas esencias.
Estos poemas restituyen así el centro de equilibrio, el flujo de comunicación e identificación entre los cantos antiguos que son entonados aún en las Casas de las Plegarias por los últimos sobrevivientes indígenas y el habla guaraní mestiza de la sociedad paraguaya actual.
El mérito mayor de estos poemas escritos en castellano -brevísimos todos ellos como los haikus o las casidas o los aforismos heraclitanos o los kotyú guaraníes- acaso sea el de haber logrado semejante prodigio de levedad, de condensación y de fineza en la escritura de la lengua castellana reacia siempre, a lo largo de más de cuatro siglos a albergar el ayvu guaraní en un sistema de signos tan poco adecuado para captar y expresar el casi inasible fenómeno de la oralidad.
En guaraní -como ya se ha dicho- esta expresión se da en la dicción y entonación particular de lengua hablada y rechaza temperamentalmente la fijación en] a escritura. Tal situación es muy notoria en la poesía del cancionero, en los cuentos y relatos populares que se escriben en guaraní. De hecho, en cuatro siglos no se ha llegado todavía a un sistema uniforme de notación autoengendrado por el uso escrito de la lengua; a lo que podría considerarse una grafía propia del guaraní. Carencia que tiene mucho que ver con su situación de lengua colonizada y con el predominio hegemónico de la lengua dominante, "dueña" de la escritura y del poder con la actitud ideológica que ello comporta.
La situación se agrava cuando se trata de textos literarios más elaborados que buscan su pasaje a la escritura a través de esa grafía extraña a su carácter y estructura de lengua hablada, a su teko (modo de ser) de lengua libre y fluyente como el tiempo y el agua, como la rotación del cielo o esa tierra que anda bajo los pies en la peregrinación incesante hacia la Tierra-sin-mal.
Toda lengua hablada está hecha de elementos acústicos, metafóricos, onomatopéyicos y aun visuales, hipostasiados a la visión y percepción del mundo en las que sonido y sentido se confunden e identifican. El guaraní, lengua de aglutinación y polisíntesis, moldeada en la costumbre inmemorial del habla, se estructura en constelaciones rítmicas y semánticas en las que cada partícula asume, por su valor posicional y modulatorio, la función de un sema o mitema, del que sería un ejemplo el fonema radical y, su omnipresencia en el tejido sonoro del guaraní, como lengua tan próxima aún a la naturaleza y al hombre de la naturaleza. .
Este dilema central de expresión en la cultura paraguaya escindida en dos lenguas de estructuras diversas y hasta opuestas, que en una situación de contacto muy conflictiva, ha sido resuelto a medias por la "oralización" -vale decir, por la recuperación en la lectura de la dicción y entonación del habla oral- de los textos guaraníes fijados en la grafía "prestada" de la fonética castellana. Más que leer en el sentido propio del término, lo que hace el lector es reproducir en voz alta los acentos, las modulaciones y los ritmos orales guaraníes; en otras palabras, liberarlos de esa inscripción "culta" que se vuelve tan rudimentaria y sorda como en los tiempos de Montoya y Restivo.
La otra tentativa -a la que seguramente le está reservado el futuro-es la incorporación del mundo oral guaraní a la escritura en castellano en un proceso de impregnación y remodelación de las estructuras lingüísticas del idioma dominante. Lo que a su vez implica profundas mutaciones sintácticas y semánticas en esas estructuras internas y formales; mutaciones que invierten necesariamente el orden de relación entre las dos lenguas y convierten al guaraní en eje o molde de la expresión matricial; más simplemente, lo restablecen como lengua materna o primera lengua en tanto el castellano es desplazado a una función ancilar de soporte y engarce del sentido. De esta manera se integran los dos universos que conviven rechazándose mutuamente. Es lo que el propio Rubén Bareiro Saguier expresa en su Advertencia final: "La estructura que vertebra los poemas está más próxima a una construcción propia del guaraní que al español. En vez de obedecer a una trayectoria lógico-discursiva, propia de las lenguas occidentales, opera por un sistema de síntesis, tal como lo hace el idioma aborigen".
Uno de los primeros en marcar instintivamente más que reflexivamente este camino de la poesía popular bilingüe escrita en lo que, desde los aportes esenciales de León Cadogan a la antropología paraguaya, se denomina guaraní y castellano paraguayos, es Emiliano R. Fernández. Este gran poeta, surgido como tantos otros de los hondones del pueblo guaranio, intuyó que para la sensibilidad de la sociedad paraguaya la expresión del pensamiento y del sentimiento poéticos no podía radicar en una traducción intertextual sino en la fusión expresiva de ambos idiomas en los moldes sintácticos y semánticos de la oralidad guaraní mestiza, o sea del guaraní paraguayo de hoy. La lírica popular de Emiliano R. Fernández, que adquiere por momentos acentos de cantar de gesta, tornó natural esta modalidad y dio al cancionero paraguayo no sólo una vía de salida de su encierro lingüístico sino también uno de sus momentos de más alta inspiración.
Rubén Bareiro Saguier llevó estos principios a la poesía escrita en castellano; completó, por decirlo así, este proceso de incorporación del venero subyacente del habla guaraní en las formas de la lengua culta, descolonizándola y adaptándola a la eclosión del texto ausente cuyo ayvu ancestral domina la visión y el sentido del mundo de los paraguayos; digámoslo en otros términos de connotación más corporal: los ritmos de pensamiento, la palpitación de la sangre, la identificación del hombre con la naturaleza.
A LA VÍBORA DE LA MAR demostró una vez más, por su autenticidad y calidad de invención que la antinomia de fondo y forma no es más que un falso problema; demostró que en toda creación poética la forma no es más que el fondo que remonta a la superficie; que la palabra poética cuando alcanza su grado de fusión y proyección trascendentes no es sólo una reproducción de lo real imaginario sino que es ese misterioso fenómeno de incisión en la carne viva del mito que hace que la palabra misma sed real. Pienso que éste es el logro esencial de este libro precursor en muchos aspectos.
En la farmacopea tradicional paraguaya las infusiones de plantas medicinales son puestas al "sereno" en las noches de luna nueva para que alcancen sus verdaderas propiedades curativas. En esta especie de alquimia empírea y empírica regida por los mitos de la fertilidad, las cocciones y los filtros reciben en su exposición al relente nocturno esa gota de vapor del cuerpo de la luna, de misteriosa virtud: el mágico virus lunar del que también habla Luciano en su Farsalia (VI, 572). Se diría que Emiliano R. Fernández y Rubén Bareiro Saguier en los dos polos de la poesía paraguaya han sometido el primero sus poemas bilingües y el segundo sus poemas guaraníes escritos en castellano al procedimiento del "enserenado" arcaico: la destilación de sus "filtros" poéticos en los fermentos del virus lunar que habita el rocío, que fecunda las potencias genésicas de la noche y penetra en la sangre invisible de los mitos que irrigan como la savia de la vegetación primordial las nervaduras de la palabra poética en estado naciente.
Toulouse, junio 1984


"A la víbora, a la víbora de la mar,
por aquí quiero pasar... "
(RONDA INFANTIL)


FISURAS
Los helechos en el brocal,
sobre las paredes.
Desde el fondo del pozo
mira un niño con la cara partida
en mil pedazos de círculos concéntricos.

HISTORIA ANTIGUA
Mi padre volvía con olor a campo.
Su cabello zaino ya no viene al atardecer.

EL PUEBLO
El azahar amantaba las calles;
la tarde del puerto maduraba de naranjas.
Los naranjales están enfermos de tristeza.

ANCESTRAL
La tierra roja y agrietada.
Mis innumerables sangres enterradas.

AMENAZO
El viento huele a leño.
Abro los ojos y caerá la lluvia.

PRESAGIO
El cementerio en la punta del camino,
sobre la loma.
Desde allí me mira una paloma muerta.

MI CABALLO MUERTO
Juntos construimos el viento
soplando desde la estrella de su frente.
Mi corazón, corral desnudo.

MADRUGADA
Los pájaros empiezan a sobrevolar el río.
El río corre por el alvéolo del pecho.
De golpe amanece.

GALOPE
Llueven las crines del potro diagonal.
Viento con agua y hojas frescas entre los cabellos.

EN MEDIO DEL CAMINO
Higo del mediodía, ¡cómo huele!
Río del mediodía, ¡cómo duele!

PONIENTE
El sol se va cayendo entre los esqueletos de barcos,
donde el brazo del río muere.
Allá lejos.

PAISAJE
La carreta boga en el polvo encendido.
El tiempo es de arcilla detenida.

CREPÚSCULO INVERNAL
El atardecer boquea
sobre el camino rojo.

ESTIVAL
El día es un galope largo de mi caballo alazán.
De noche brilla un lucero en la frente del cielo.

INVIERNO
Las ranas levantan el frío desde los charcos,
noche a noche.

NIÑEZ
El río largo que dibujamos con el dedo,
con los ojos,
desde la ventanilla del tren.

MEMORIA
Después fui trenzando mis recuerdos
como reliquia del domingo de ramos.

VEINTEAÑERA
Distante canto de la cigarra vacía
preso en el verano de tu piel.

AUSENCIA
Las golondrinas mueren de noche,
lejos del verano de tu boca.

SEPARACIÓN
Qué cosa más extraña,
estar vivo bajo el árbol oscuro de la distancia.

RETORNO
Abro la puerta del patio,
la ventana del pecho,
abro la tarde
para encontrarte.

LA VIDA PERDURABLE
Los cabellos crecen.
Las uñas amoratadas crecen.
Hasta alcanzar la tierra.

ETERNIDAD
En el cementerio de la loma
se van borrando los huesos
y las cenizas de mis antepasados.

RESURRECCIÓN
El día de los muertos
comemos tortas de maíz
en el panteón familiar.

TIEMPOS
Después de mí el diluvio,
y antes, ¿qué...?

LUCIFER
Y el ángel replicó:
"Mierda, hasta que el alba crezca".

TELEOLOGÍA
Porque los sueños son otra cosa,
y la realidad tampoco.

LA CAVERNA
La oscuridad del agua de la que me han salido.
La oscuridad de tierra a la que me devolverán.
Y en el medio...

VIAJE
El tren se detendrá en la estación,
cuyo nombre olvidamos ya.

AMOR
Cerca de las aguas vivas,
el agua ardiente.

OLVIDO
Lejos del agua ardiente,
las aguas muertas.

RECUERDO
En medio de las aguas muertas,
el agua viva.

BIOGRAFÍA
Y cuando llegue al corazón de la cebolla
no me quedará sino la humedad en los ojos.

COSTUMBRE DE LA MUERTE
La piel, las uñas, los pelos...,
hasta que un día, el otoño ceniza la memoria.

RESURRECCIÓN DE LA CARNE
El viento de la muerte,
¿parirá alguna vez?

MUERTE
Pero no se oye el chapoteo de la piedra
en el fondo del pozo.


ADVERTENCIA FINAL
Toda forma de metalenguaje implica un intento de explicación, una justificación. Ahora bien, considero que la poesía se explica en sí y por sí. Con riesgo, pues, de caer en mi propia trampa, haré algunas aclaraciones, no sobre los poemas, sino sobre el mecanismo utilizado.
Como la mayoría absoluta de los autores paraguayos, yo soy un escritor colonizado. El prestigio de la lengua escrita, la del colonizador, modeló la estructura de nuestra expresión literaria.
Los presentes mini-poemas constituyen un intento de quebrar, en cierta medida, esa situación, una forma de rebeldía verbal contra los cánones impuestos, y que hemos asumido con la adhesión de una herencia inconsciente.
Lo estructura que vertebra los poemas está más próxima a una construcción propia al guaraní que el español. En vez de obedecer a una trayectoria lógico-discursiva, propia a las lenguas occidentales, opera por un sistema de síntesis, tal como hace el idioma aborigen. Un lexema semántico es modificado por "afijos" indiciales, no como resultado de un proceso reflexivo, sitio en un movimiento concéntrico que presupone nociones insertas en un contexto expresivo. No existen, por lo general, los elementos de enlace que trazan el itinerario de la consecución lógica. El paso de una proposición a otra -como en el guaraní- no se realiza por progresión dialéctica, sino que presupone un mecanismo interno de sugestiones acumuladas. Estos poemitas constan generalmente de dos partes (a menudo la primera es el titulo mismo). La segunda, o "conclusión", no se deduce de la primera, sitio que resulta de un proceso interior al texto, de índole esencialmente alusiva-emocional, con frecuentes raíces sensoriales.
Se trata, en conclusión, de una forma de vuelta a las fuentes, por los caminos desviados, tortuosos que utilizamos los mestizos culturales. Estos poemas tratan así de recuperar el aliento originario, el que la mentalidad colonial ha intentado borrar de nuestra memoria colectiva.
Resulta natural que un intento de recuperación del recuerdo, o la reflexión existencial, sean expresados dentro de los esquemas de la lengua que es más espontánea, la más profunda.
RBS
Isla de Re, diciembre 1975


NUEVE ANILLOS

ARTE POÉTICA
El cazador saborea
el deleite gozoso de la carne.

El cazador no leyó ningún libro,
mas conoce el rumor
que nace entre las hojas,
el manto de la lluvia,
las huellas del jaguar,
el canto inmemorial de la cigarra.

El cazador se embriaga
con el espeso vino del silencio.

DEUDA INTERNA
Dilapidé mi capital de sueños.
Usurarios préstamos de sombras,
de espejismos,
terminaron de liquidar
mis íntimas reservas.

Arruinado deudor de lo imposible,
me siento acogotado
por la avidez del fondo
de mi mismo.

RAZÓN DIALÉCTICA
Donde el punto posó,
pasó la historia:
el hombre y su destino cotidiano,
su ensangrentada telaraña,
de sueños y derrotas.

EXILIO
El corazón navega
con viento en contra.
Salmuera con sabor de ausencia
moja la herida de los labios.

Hasta que de nuevo amanezca el río
en la mañana de los ojos.

NOCHE HONDA
La ventana es un túnel,
de aromas empapados,
un pozo de sereno,
una caja de grillos
y de estrellas.

DESTIERROS SUCESIVOS
El pasto de las calles
se me volvió empedrado.

Cuando el asfalto
me ensució los pies,
el azahar nocturno se apagó.

LA PALOMA TORCAZA
La paloma torcaza
anida entre tu piel y mi boca.
Tibiecita paloma
arrullando
entre mi pulso y tus labios.

ENTRELUCES
Estoy en el labio de mi tierra.
Veo enfrente su sangre desterrada.
Entre nosotros corre el río de sangre
que de mis labios brota.

DESTINO
Sé que el río de nostalgia
es como un mar infranqueable.

Mas siento que sus aguas
alimentan el árbol de mi sangre,
que las ramas están
amarradas con luz
a mi esqueleto.

SETIEMBRE
Señor de los lapachos
nos arroja al rostro abierto
puñados de sonrisas,
de aromas, de colores.

MADRE
Estrella tibia
cuando tirita la mañana.
Regazo de los pétalos caídos
después de las tormentas;
zurcidora de sueños.

La flor en el brocal del pecho,
su aroma.

PADRE
La mano inmensa
es un cálido escudo de ternura.
La risa rosa irradia,
sale el sol.

Me recuesto en el tronco,
siento el gusaneo de las raíces,
el latir de la savia.

HERMANA
Los juguetes, los miedos
y la frescura de los culantrillos
a orillas del arroyo.
Entre las hojas
el verano hace soles.
Rezuma el patio sus jugos
y nuestras risas.
La noche canta tus rondas,
cuenta mis cuentos.
La infancia se desbanda
como un enjambre de palomas
en la tarde.

EL DÍA
La pequeña cigarra colorada canta,
y poco a poco
el tiempo espacio
se va tiñendo de arrebol.

EL AGUA
El pez de la pequeña lluvia
zambulló en el vacío
hasta que sus escamas
salpicaron la tierra.

LA PRADERA
En medio de los bosques originarios
el saltamontes verde
va saltando por entre los montes.
En donde posa sus patas
crece el pasto verde.

EL ESPARTILLO
La perdiz colorada, la primera,
celebró el horizonte del campo.
Los pastos crecieron
para esconder el canto
de viento y de arrumacos.

TIERRA ADENTRO
El tatú se aburría.
Socavó la corteza
hasta llegar a la raíz del agua,
al centro del centro de la tierra.

EL COMETA
El perro víbora
de espanto y llamarada
requema el cielo.
¿Barrerá con su cola
la selva de los días,
la efigie fugaz de nuestros rostros?

FUENTE:
 
CAMINO DE ANDAR - POESÍA ÉDITA
 
Edición ajustada por el autor:
Estudio Crítico de MARIO BENEDETTI
Mensaje de ANDRÉ GLUCKSMANN
Editorial Servilibro,
Asunción-Paraguay 2008 (206 páginas).
 

viernes, 3 de diciembre de 2010

RUBÉN BAREIRO SAGUIER - EL OCEÁNO DE NUESTRAS LENGUAS (Discurso de ingreso a la ACADEMIA PARAGUAYA DE LA LENGUA ESPAÑOLA) / Fuente: DIVERSIDAD EN LA LITERATURA DE NUESTRA AMERICA. VOL. II



EL OCEÁNO DE NUESTRAS LENGUAS
Discurso de ingreso a la
ACADEMIA PARAGUAYA DE LA LENGUA ESPAÑOLA.
Obra de



EL OCEÁNO DE NUESTRAS LENGUAS
Un símbolo que siempre me obsesionó es el de la lengua, esa infinita extensión de palabras, de voces, de sonidos, de términos, de expresiones, de absurdos, de pesadillas, de gritos, de bisbiseos, de susurros, de sueños... que parten del labio de mi imaginación y que, como una ola desbocada va a parar a alguna arena de ese océano que no posee orillas o que las tiene en cualquier parte del globo. La comparación no es gratuita: la misma ambigüedad en los orígenes y en las variaciones, en la difusión y en las fijaciones me permiten acercar el fenómeno «natural» al fenómeno «cultural». ¡Cuántas veces me he preguntado a propósito de la lengua o de los idiomas que se hablaban en la Antártida! Mi imaginación chovinista tendió siempre a convencerme que, en buena parte, era alguna de las variantes dialectales del guaraní. Y ello no es gratuito si se piensa que el Chaco fue lecho de mar, como se comprobó en la guerra con -y no contra- Bolivia: a escasos metros de la reseca, árida superficie, aparecieron muchísimas piezas variadas de la fauna marítima. Entonces, ¿por qué no...?
Dejo de lado las delirantes -más no incoherentes- suposiciones de mi imaginación para incursionar en el tema -oceánico- de nuestras lenguas, pues es necesario recordar que tenemos dos idiomas oficiales y vivos, lo cual es una «riqueza cultural» y no un «problema nacional», como una corriente pesimista (para no usar una descortesía) lo sostiene. Cabe recordar que no somos los únicos en el planeta, puesto que países de refinada cultura, como Suiza, posee tres lenguas oficiales y una cuarta, menos difundida.
Las precedentes consideraciones nos remiten a un antiguo proverbio castellano: «El que tiene dos lenguas tiene dos almas». Y como agrega Gustavo Garzo: «el alma es el frágil aleteo del lenguaje contra la muerte». Con lo cual estamos doblemente protegidos frente al vacío. Dos corrientes del inmenso océano de la lengua afirman nuestra existencia como entidad cultural.
Una tiene edad aproximada de nacimiento: Siglo XI, y lugar preciso: el Monasterio de Yuso, en San Martín de la Cogolla, en donde los monjes comenzaron a usar el naciente romance castellano en las transcripciones de los códigos latinos. Esa corriente, surgida de la lengua vulgar hablada por los soldados del imperio romano que invadieron la península, se fue mezclando, fusionando con las hablas de otros pueblos que se sucedieron, por razones bélicas o comerciales: celtíberos, visigodos, cántabros, germanos, griegos, fenicios, cartagineses, vándalos, alanos, francos, árabes (siete siglos), sefardíes..., para sólo citar los más importantes por los trazos culturales que dejaron, enriqueciendo la lengua que hoy hablamos cuatrocientos millones de personas, en todos los continentes del globo terráqueo.
El acontecimiento más sólido en ese proceso de expansión ha sido, sin duda, la llegada de Cristóbal Colón a las Indias Occidentales. El inicio de la empresa conquistadora, comenzada en 1492, por Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, hizo que el sol no se pusiera en el ámbito del naciente imperio -que se llamó América- y que a esta altura, tampoco la luna ni la más lejana estrella deje de brillar en el cielo un solo milésimo de segundo. El escritor Antonio Muñoz Molina, afirma, con sincero y generoso criterio, que España es una provincia más de la lengua castellana. Con lo cual está haciendo referencia a la realidad de nuestra pluralidad lingüística: como estamos orgullosos de hablar en castellano, lo estamos de hacerlo en guaraní, la lengua indígena que cubría, en forma discontinua la América del Sur, desde el Caribe hasta el norte de la Argentina, abarcando el Brasil (en donde se utilizaba principalmente el tupí, de la misma familia), parte de Bolivia, (Uruguay, Venezuela y Colombia como indica la toponimia, nombre de ríos, especialmente), y Paraguay, en donde sigue siendo el idioma mayoritario. De los 6.000.000 de habitantes con que cuenta el país, 87% lo habla o es bilingüe pasivo. Lo interesante es que no sólo es la lengua de los indígenas (actualmente no hay más de 20.000 guaraníes), sino la de la comunidad mestiza, incluyendo a los inmigrantes. Característica que se relaciona con la historia de la Provincia del Paraguay, que con la destrucción de Buenos Aires en 1541 -cinco años luego de su fundación-, Asunción (fundada en 1537) se convirtió en el centro de la colonización y conquista del Virreinato del Río de la Plata, hasta 1580, año en que un criollo asunceno, Juan de Garay, la volvió a refundar con 50 criollos e indígenas guaraníes. Ese casi medio siglo de ser cabeza del Virreinato, «amparo y reparo de la conquista», otorgó a la Asunción características particulares, tanto más que durante el citado lapso las españolas no viajaron a la Provincia, hasta 1555, año en que Doña Mencia de Calderón, acompañada de cuarenta mujeres llegaron a Asunción. Esas casi tres décadas crearon en la región un mestizaje particular: los hijos de españoles y mujeres indígenas se denominaron «mancebos de la tierra» -la palabra «mestizo» era despectiva en toda la colonia- y adquirieron un cierto estatuto especial basado en la relación del parentesco generalizado. Efraím Cardozo llama el fundador del mestizaje al Gobernador Domingo Martínez de Irala, que gobernó 16 años, pues en su testamento reconoce a todos sus descendientes, habidos con siete indias guaraníes, legándoles sus-relativamente escasos-bienes y su apellido. La mezcla particular, la calidad de «mancebos de la tierra», les acordó ciertas prerrogativas que no tenían los mestizos en el resto de la colonia: el acceso a ciertos puestos, la autorización de montar a caballo y la de portar armas, sin duda basadas en las relaciones familiares. Esto no quiere decir que la institución de la encomienda no existiera, sino que su práctica fue posiblemente menos severa que en el resto del continente. En 1599 los «mancebos de la tierra» obtienen iguales derechos que los españoles.
En todo caso, el relacionamiento con los «hijos de la tierra», creó la situación de relación particular en el océano de nuestras lenguas. La escasa implantación de españoles -ocupados por lo demás en las tareas de la conquista- fue determinante para la conservación y el uso preponderante de la lengua indígena, el guaraní, puesto que la madre india criaba al mancebo en su lengua. El guaraní es pues lengua materna, en el sentido propio y figurado de la expresión. La sedentarización, el mestizaje particular de la aislada provincia, en la que el mancebo ocupa un sitio de relativa importancia, su participación en la vida pública, son circunstancias que distinguen el régimen de la Provincia del Paraguay del de otras regiones de la colonia española en América. La lengua corriente -el guaraní- es uno de los soportes más sólidos que configuraron la búsqueda temprana de una identidad. Si en 1598 el gobernador Hernandarias de Saavedra dispone que las nuevas Ordenanzas sean pregonadas en guaraní y en castellano y sus copias afichadas en ambas lenguas, se puede constatar no sólo la imposición del idioma aborigen, sino el reconocimiento al nivel oficial de su presencia privilegiada, ya a fines del siglo XVI.
Las evocadas circunstancias lingüísticas fueron estimuladas e incentivadas, en el lapso de los tres siglos de colonización, por la experiencia de las misiones, de la orden franciscana primero, y especialmente de la jesuita, posteriormente. Realizadas exclusivamente con los indígenas, las reducciones, utilizaron únicamente el guaraní como medio de comunicación e instrumento de la cristianización, tarea privilegiada de los evangelizadores. El franciscano Luis de Bolaños hizo la primera traducción del catecismo al guaraní. La orden trabajó en «pueblos de indios», relativamente en contacto con los mancebos de la tierra, fundando las primeras misiones e iniciando la utilización del barroco en templos y tallas de gran valor artístico.
Pero han sido las reducciones jesuitas las que realizaron, durante un siglo y medio, una experiencia social, económica y cultural de gran envergadura, que puede ser calificada como una «tentación de utopía» cristiana. Habiendo marcado profundamente la historia de la provincia, sigue siendo un referente de organización colectiva particular. Realizadas en círculo cerrado, únicamente con indígenas, las reducciones jesuitas utilizaron sólo el guaraní como lengua de comunicación, traduciendo todas las obras de evangelización a la misma, creando una literatura de servicio. Excelentes lingüistas, trabajaron eficazmente en la materia. El más importante, Antonio Ruiz de Montoya, no sólo se redujo a traducir el catecismo, sino que realizó una obra colosal en guaraní, dotándolo de una gramática y un diccionario, con lo cual se «normalizó» la lengua. Su trabajo de excelente lingüista le fue conduciendo de una inicial desconfianza a un entusiasmo ferviente por el guaraní, como él mismo lo declara: «Treinta años he gastado entre gentiles y con eficaz estudio he rastreado lengua tan copiosa y elegante, que con razón puede competir con las de fama». Fue el animador de la evocada literatura católica en guaraní, con lo cual se demostró que era una lengua «culta y civilizada» -no «inferior», como pretendían sus detractores-, puesto que en ella se podían expresar acabadamente los principios de la doctrina cristiana, los preceptos de la «fe verdadera». Aunque esa literatura se construyó distorsionando múltiples significados, resemantizándolos a fin de evitar «las supersticiones paganas», inclusive «diabólicas», o maquillando aquellos que pudiesen arrojar una sombra de sospecha con respecto a los valores -no solamente religiosos- que se querían imponer. Es en este dominio -también y especialmente-, que se puede hablar de reducción.
Bartomeu Meliá (S.J.) lo explica con gran claridad: «Las tres reducciones lingüísticas - escritura, gramática y diccionario- sirven de soporte a la reducción literaria propiamente dicha. La lista de escritores en guaraní de los siglos XVI y XVII, es un claro índice de la reducción de estilos y de temas: catecismos, sermones, rituales y libros de piedad. En su mayor parte traducciones. La letra prestada se resuelve en una literatura prestada».
También los significantes han sufrido presiones y modificaciones; el sistema fonético y la morfosintaxis recibieron improntas de los modelos del castellano. La «dura prueba de las adaptaciones necesarias» comienza a funcionar, ese recurso de la dinámica propia a las lenguas vivas que siempre caracterizó, desde sus inicios, el encuentro castellano-guaraní. Y ello fue recíproco, se produjo -se produce- en una y otra lengua.
De todas maneras, la experiencia jesuita constituyó un éxito, no sólo en el ámbito lingüístico, sino en el de la organización social, en los logros económicos y en los de la cultura. Las imponentes ruinas de los templos y edificios de las misiones, así como las maravillosas esculturas, tallas y pinturas -sin olvidar las obras musicales -que se pudieron conservar, son muestras fehacientes del esplendoroso barroco hispano- guaraní que se produjo en el siglo y medio de su presencia en la región.
Al margen del guaraní misionero, la trayectoria de la lengua elegida como medio de comunicación general por los mancebos de la tierra, siguió su evolución en la provincia civil del Paraguay, en contacto con el castellano. Sin menoscabar la experiencia lingüística de las misiones, es esa lengua de los mestizos, con los aportes hispánicos e indígenas, la que constituye el sistema de lo que se denomina guaraní paraguayo y también el del castellano paraguayo. El arribeño hispánico incursionó en la lengua indígena, por lógicas razones de comunicación; y con ello fue introduciendo elementos de su propio idioma. En ese intercambio sincrético, lleno de imágenes, se fueron concretando una y otra lengua que, con sus penetraciones, préstamos y aportaciones, conviven en condiciones de lenguas vivas. La estructura de la una y de la otra se mantienen tal cual, con las naturales predominancias, en función de esferas de utilización «especializada».
Es admirable que el guaraní se haya mantenido con la fuerza que tiene en la sociedad paraguaya, durante casi cinco siglos, sin que jamás haya sido incorporado al sistema de la educación escolar. Pese a su utilización generalizada, sin distinción de grupos o clases sociales, el guaraní no ha podido escapar a ciertas prácticas discriminatorias, sin que sea posible, no obstante, reducir su vigor, ni la fuerza de su evolución. Como se afirma anteriormente, existe una referencia importante acerca de la utilización generalizada del guaraní por la población paraguaya: no es solamente una lengua hablada por los indígenas, sino también por los mestizos y los criollos.
En la Región Occidental o Chaco habitan otros pueblos indígenas, cuyas lenguas (con numerosas variantes dialectales) son totalmente diferentes y nada tienen que ver con el guaraní (son escasos y en el cuadro integran el 5% con las lenguas de los inmigrantes). La población indígena no excede de 90.000 almas en su totalidad.
Como la lengua guaraní nunca ha sido admitida en la enseñanza, la impronta de la oralidad la ha marcado. A través de la canción, la poesía ha sido su expresión mayor, juntamente con el teatro o los textos narrativos breves. La cultura guaraní no cultivó las artes materiales, puesto que, teniendo como creencia religiosa el animismo, la divinidad estaba en todas partes y era impensable, en consecuencia, representarla. Su contribución mayor es la palabra, se trata de una cultura oral tan vigorosa, cuya pieza principal de su literatura fue recogida por el gran etnólogo Don León Cadogan, a quien los chamanes mbya le dictaron, hacia los años 1930 y 1940. Le «revelaron», luego de haberlo integrado en el
«recinto de los fogones», de haberlo iniciado y «nominado» (el nombre, la palabra-alma es el elemento que da origen y simboliza la vida). El texto en cuestión se llama Ayvu Rapyta (Fundamento de la palabra humana), que encierra el «pensamiento del cual no se sabe lo que lo vuelve más admirable: su *profundidad propiamente metafísica o la suntuosa belleza del lenguaje que lo dice», tal como el antropólogo Pierre Clastres lo caracteriza acertadamente. Se trata de un hermoso conjunto que contiene la cosmogonía -de una inmensa originalidad-, los textos míticos, los heroicos, los rituales, las reglas del comportamiento, los consejos de convivencia e inclusive poemas de amor y canciones de cuna. Junto a este formidable monumento de la cultura inmaterial, existen otras manifestaciones importantes de la misma oratura, la danza y la música.
En 1940, un congreso internacional adoptó un alfabeto lógico y coherente, en el que a cada fonema corresponde un signo gráfico. Esta medida necesaria puso término a la anarquía que reinaba antes en la trascripción. Durante este mismo decenio comenzó a ser enseñado en los cursos de Letras de la Universidad Nacional.
Hacia los años 60, la dictadura lo incorporó, con criterio exclusivamente demagógico y con descarada ambigüedad, en los programas de enseñanza secundaria, dentro de un modelo de transición (utilización con el único objeto de pasar al castellano). La Constitución totalitaria de Stroessner, de 1967, estipula con el mismo criterio, que el guaraní es la lengua «nacional», atribuyendo al español el carácter de lengua «oficial».
El vuelco cualitativo se produjo después de la caída de la dictadura (1989). El régimen de transición democrática encaró una reforma educativa, de urgente necesidad, dado el estado lamentable en que se encontraba la educación nacional, desde hacía más de medio siglo.
El diagnóstico de estudio y de elaboración del proyecto comenzó en 1991 y culminó en 1994, con los comienzos de su aplicación y considerándolo una política de Estado.
En el ínterin, la nueva Constitución Nacional democrática, adoptada en junio de 1992, declara en su Artículo 140 que el Paraguay es un país pluricultural y bilingüe y consagra, en consecuencia, el carácter oficial del castellano y del guaraní, colocándolos en el mismo nivel.
El Artículo 77 estipula la utilización obligatoria de la lengua materna o corriente del educando, en los comienzos del sistema escolar introduciendo simultánea y progresivamente la enseñanza de la otra lengua oficial. El cuadro legal, establecido al nivel de ley suprema de la Nación, constituye caso único en Iberoamérica.
El Consejo Asesor de la Reforma Educativa, organismo que elaboró el proyecto, lo concibió adoptando el modelo de mantenimiento: no se estudian las lenguas como simples materias, se enseña en las mismas. El porcentaje cambia en 5% anualmente, de manera que, al cabo de nueve años -lapso correspondiente a la educación básica- exista un equilibrio de 50% en cada lengua. Lo que permitirá formar bilingües coordinados en un cierto espacio de tiempo. Es el desafío de un ideal asumido con convicción.
Entre esos resultados prometedores, es de señalar el incremento notorio de la literatura guaraní, no sólo la poesía, sino también la narrativa; varias novelas han sido publicadas en estos últimos años, como resultado evidente de la presencia de la lengua en los programas escolares.
Cabe ahora evocar la situación de la literatura paraguaya, en castellano. La misma tiene una larga tradición de presencia del guaraní, a través de estratos subterráneos y subrepticios, ya sea en el significante, ya sea en el significado, que penetran en la escritura en castellano, acordándole un matiz que enriquece esa producción literaria. Lo contrario también acontece con la escritura en guaraní, en función del fenómeno análogo producido en la interrelación entre ambas lenguas, como se apuntó más arriba.
Se puede afirmar que el plan de la reforma adoptado no privilegia ni excluye ninguna de las dos lenguas. Lejos de crear conflictos o reivindicaciones de carácter unilateral, y aún menos autonómicos o separatistas, el mismo armoniza los componentes lingüísticos de una cultura enriquecida por el mestizaje. La reforma se hizo con y no contra el castellano, lengua que, al mismo nivel que el guaraní constituye el acervo cultural más preciado de nuestra sociedad. No negamos ni renegamos de ninguna de nuestras dos lenguas oficiales. Las consideramos una «riqueza inestimable», y no «un problema insoluble».
El plan, en buen funcionamiento, se propone hacer plenamente efectiva la realidad del Paraguay, «país pluricultural y bilingüe», como establece claramente la Constitución. Así es consagrado, por otra parte, un acto de reparación histórica, que tiende a restituir su dignidad a toda la sociedad en su conjunto, asumiendo la condición plural de la cultura, la doble vertiente de su expresión lingüística. En una palabra, se tata de la reafirmación plena de la identidad nacional.
Una vez planteada la dicotomía lingüística e insistido en el proceso, menos conocido, de la trayectoria del guaraní, cabe explayarse en la producción literaria en castellano paraguayo, con las incorporaciones estético-lexicales de los guaranismos, superando la práctica de los narradores indigenistas hispanoamericanos, surgidos en las primeras décadas del siglo XX, que no conocían o no hablaban las lenguas aborígenes y abundaban con molestas y engorrosas citas al pie de página (1).
El procedimiento utiliza -por lo general- la incorporación de expresiones, términos o sonidos guaraníes, obtenida por la estructura aglutinante del idioma que son comprensibles gracias a efectos fonéticos o «digeridos» en el ámbito de la frase, en las palabras castellanas en ella contenida, sin necesidad de hacer el molesto llamado al pie de página. El recurso metafórico le agrega un componente estético imprevisto y de gran eficacia expresiva.
En la frase anterior me refiero al método utilizado especialmente, por Augusto Roa Bastos, quien de manera más consciente se abocó a ese recurso estético de lo que yo llamo fecundo mestizaje lingüístico. Es el narrador que ha conseguido superar las incompatibilidades agudas entre ambas lenguas, aprovechando diestramente la «rica y oscura porción de nuestra realidad ambiental y espiritual». Armonizando la «sostenida colisión de módulos, de formas, de ritmos», integrando en un todo las partes encontradas de la «erosión destructiva» de ambos idiomas, Roa Bastos nos muestra que con convicción, con trabajo, con talento, es posible no sólo superar las dificultades, sino también convertirlas, una vez dominadas, en elementos positivos de la elaboración literaria. Porque no hay ninguna duda de que el aprovechamiento de las fuentes culturales de ambas lenguas, la feliz confluencia lograda, es lo que más contribuye a la fuerza poética de su palabra, a la riqueza polifónica de su escritura. Es así como consigue transmitirnos los «Ecos de otros ecos. Reflejos de reflejos. No la verdad tal vez de los hechos, pero sí su encantamiento». Y con estos elementos, crear un lenguaje narrativo propio, y de resonancia universal.
Augusto Roa Bastos es el escritor paraguayo que más ha logrado en su narrativa ese mestizaje fecundo entre el español y el guaraní, fusionando; integrando los elementos, no sólo los lexicales, sino los que revelan la esencia profunda de una y otra lengua. Como afirma Luis de Castresana, narrador vasco que escribe en castellano: «Más que de una cuestión de sintaxis se trata acaso, en definitiva, de una cuestión de identidad». Y agrega: «Yo soy vasco y soy escritor. Yo soy escritor vasco. Así de sencillo. Escribo en el idioma que he mamado (...) Concibo identidad y cultura como una cuestión de sumas y no de restas...» Las fervorosas afirmaciones de Castresana van al fondo del tema, sin detenerse en el léxico, importante, más no definitivo.
La mayoría de los narradores contemporáneos o posteriores -con escasas excepciones- han asumido la posición que Roa Bastos describe claramente, cada cual utilizando los recursos que consideran más adecuados y eficaces. Personalmente me cuento entre ellos: escribo en castellano paraguayo. Y considero conveniente que, como miembro del Jurado del Premio Cervantes 1989, la argumentación que convenció al tribunal fue que, en el océano de nuestra lengua había cinco siglos de una copiosa contribución «americanista», sin que, hasta ese año, ningún escritor que, como Roa Bastos, había aportado mucho a esa rica presencia -guaraní en este caso- jamás había sido distinguido. El razonamiento convenció, y el autor compatriota -su obra- representa esa rica corriente de una lengua indígena americana, la única que es lengua oficial en Iberoamérica, al mismo nivel que el castellano, tal como consagra la Constitución Nacional del Paraguay.
Como una digresión, no muy feliz, considero interesante transcribir las declaraciones del Premio Cervantes 2005, Rafael Sánchez Ferlosio, cuando le comunicaron la distinción, ante unas preguntas de un periodista sobre la literatura contemporánea, respondió textualmente:
«Está muy mal..., está muy mal... A mí esto es lo que me preocupa, y diré que le va muy mal, especialmente por el destrozo que le llega de Hispanoamérica y que influye en los propios castellanos». Prefiero no opinar sobre la frase del incalificable Sánchez Ferlosio. No me interesa el juicio de los inquisidores, dueños de la lengua. El océano de la palabra no tiene amos (2).
Hasta este momento no me he referido a nuestro gran poeta Hérib Campos Cervera, quien logró, en el ámbito de la poesía, la convivencia de nuestras lenguas, así como se hizo en el dominio de la prosa, en especial Augusto Roa Bastos, cuya narrativa ilustra las relaciones profundas entre los dos idiomas en nuestra sociedad.
Hablar de Hérib Campos Cervera es referirse a la renovación radical de la poesía en lengua castellana en nuestro país, el cambio decisivo que la pone en la corriente de la más avanzada expresión contemporánea: un salto decisivo de dos o tres décadas, dejando atrás el tardío modernismo vigente. Las letras paraguayas -en especial la poesía- vivían al margen de las renovaciones y cambios producidos por los movimientos de la vanguardia en el continente.
Hérib, el rebelde, el inconformista, el justiciero, parte en exilio en 1931, y en Buenos Aires y Montevideo se empapa de los aires renovadores, de las expresiones de las letras contemporáneas, gracias a sus lecturas, su gran sensibilidad y sus contactos con escritores e intelectuales, poetas como Federico García Lorca -para dar un nombre- cuya escritura le impactó fuertemente (como atestigua el poema "Federico", entre otros).
Nuestro libro sagrado, el AYVU RAPYTA -recogido por el profeta Don León Cadogan- habla en el génesis de una primera etapa de un "tiempo originario", el tiempo originario y nebuloso del invierno. Cuando el mismo termina, comienza el tiempo espacio nuevo (ára pyahu), el de la primavera, cuando el tajy empieza a florecer. Y el lapacho sagrado se desprende de sus hojas para convertirse en el maravilloso ramillete -rosa, amarillo, morado, blanco- que como una llamarada de luz invade la floresta de nuestra tierra roja. Es el momento que Hérib cumple el rol que le encarga Ñamandú, el Señor de la Palabra, y su voz ilumina con su renovado ritmo y fuerza nuestra literatura. La palabra resplandeciente e íntima de nuestro gran poeta, cuya obra tiene una variedad de registros diversos, que va de lo social a lo intimista, del verbo iluminado por la luz de la justicia y la libertad -de la dignidad de nuestro pueblo- a las reflexiones y vivencias existenciales, a la expresión dulce y atormentada del sentimiento amoroso. En todas esas variantes, Hérib mantiene un tono alto y hondo, una convicción, un fervor, una ternura, un hálito constante que hace de su escritura un referente esencial de nuestra literatura contemporánea. Su obra literaria es el génesis -el tajy original-de la modernidad en nuestras letras.
Considero necesario, a esta altura de mi exposición, explicar la inclusión de su nombre en este trabajo. El poeta eximio, autor de CENIZA REDIMIDA (y otros numerosos textos no recogidos en libros), el teatrista en Juan Hachero, el fino cuentista de "EL BUSCADOR DE FE", y otros relatos sobre el Chaco y la selva, el agudo ensayista y cronista, demuestra en su múltiple obra en castellano la calidad renovadora y fundacional de su palabra, su maestrazgo y su impronta en nuestra literatura. Pero un hombre con las raíces profundamente insertas en su tierra, un luchador, que sufrió y murió en el exilio, un justiciero tan próximo a su pueblo, que peleó en vida y en palabra por la causa de la justicia social, de los desposeídos, de los humildes fue, además, un convencido y sincero defensor de la voz profunda que se expresa en guaraní, la voz raigal de nuestra gente.
Esa convicción la expresó, de manera categórica en un artículo "Cultivemos el idioma guaraní", aparecido en el diario "La Opinión", del 29 de noviembre de 1939.
En un ferviente alegato hace la defensa de la lengua guaraní y la necesidad de que los artistas -no sólo los "populares", autores de letras musicales- le den la dignidad que se merece y escriban en el idioma autóctono. Transcribo una frase que concentra su deseo, su sueño: "Partiendo del principio de que cada pueblo que es, tiene características, sentimientos y modalidades que hayan su expresión artística en las formas del arte nacional, habrá que admitir que el verdadero Paraguay, el que pervive a través del tiempo, el que tiene fisonomía propia y diferenciada de todos los otros pueblos del mundo, es el Paraguay que habla en guaraní, el que llora su pena o grita su gloria en las formas de su música popular".
En su lecho de muerte reitera a su amigo Humberto Pérez Cáceres su deseo de que "nuestros artistas, nuestros escritores, nuestros luchadores de la causa de la libertad jamás olviden que toda su batalla debe tener por brújula lo nacional...", insistiendo en el rol que tiene en ese combate el humus que nace de la tierra en forma de la palabra raigal guaraní.
Con lo expresado se constata que la palabra de Hérib Campos Cervera no tiene fronteras entre las dos lenguas, son aguas del mismo océano de nuestra identidad cultural profunda. El excelso escritor en castellano asume con orgullo el fecundo mestizaje de nuestra cultura y lo expresa diciendo "nuestro país que consagró su idioma de origen", con el implícito equivalente de la otra lengua.
La producción poética de Hérib en guaraní, la conocida, es escasa, personalmente llegaron a mis manos sólo dos textos: "CHE KYHA MOROTI" y "MANDU'A RORY". Digo bien, conocida o publicada, pues su juicio sobre el tema hace suponer que no publicó otros o que se perdieron entre los numerosos papeles que -se dice- desaparecieron luego de su temprana muerte. Escasa, pero de una calidad poética excepcional, utilizando finalmente todos los recursos sutiles de la lengua. Me refiero en especial a "MANDU'A RORY" (RECUERDO FELIZ), puesto que "CHE KYHA MOROTI" (MI HAMACA BLANCA), es circunstancial: la escribe como despedida de Asunción, cuando parte al último exilio.
"MANDU'A RORY", hermoso poema escrito en rigurosos versos de tres hexasílabos, que remite al Hérib cultor de la musicalidad retórica, en el mejor sentido de la palabra. Es significativo que utilice el hexasílabo (triplicado en este poema), el verso por excelencia de la poesía española, el del romancero cuyo antecedente, en el siglo XVI, es el "Romance de Don Nuño", también escrito en hexasílabo. Sin duda, es la presencia -la continuidad- de esa métrica en la letra en guaraní de las canciones, que la incorporaron como una prolongación de la poesía popular, presente desde la época colonial.
Se trata de un poema de amor dedicado a una sutilmente esquiva pretendida, a la que nunca termina de "convencer", pese a la pasión encendida del pretendiente. Un amor imposible; sutilmente se intuye una inexplicable barrera. Sólo al final, en la última cuarteta se revela que esa mujer adorada, ambiguamente esquiva es la patria, simbolizada por la luna, el ñasaindy, bella expresión para expresar "luz de la luna". Esa flor de la noche (pyhare poty) que alumbra la tierra entera del Paraguay, añorada, deseada, que se vuelve imposible para el exiliado. Es la rosa azul del alquimista, que trata de hacerla suya, inútilmente, a causa de la ilusión cromática: el ñasaindy es inalcanzable para el sufriente desterrado.
Se trata de un poema de una terrible tensión lírica, de una búsqueda dolorosa, envuelto en un halo de fina ternura, de desgarrada súplica.
Las barreras del amor, las del dolor, sólo pueden ser derribadas por el océano de la palabra, que no tiene orillas, que llega a todas partes.

1) Se impone de manera categórica excluir varios escritores que sí conocían el meollo de las culturas y lenguas en las que incursionaron: Miguel Ángel Asturias, José María Arguedas, G. López Fuentes, Ricardo Pozas, Manuel Scorza, Rosario Castellanos y otros como el insigne Juan Rulfo.
2) Entrevista publicada en «El País» de Madrid, España, el 23 de abril - 2005, firmado por el periodista Jesús Ruiz Mantilla.


MANDU’A RORY
Mandu'a rory ikusuguepáva ne
porẽ’yhápe
ojope hague ñembyasy puku
omanõ vaerã,
nde rerakuemi aropurahéiva ou
che py'ápe
ikatuve’ỹ va ajahe’o’ỹre
aromandu’a.
Che ruguy porãva atopárõ máva
nde réra oguerúva,
yvoty ryakuãicha che
mbopiro'yva ne ahõnguemi.
Rohuguaitiségui tape ipukuvéva
ohenonde'áva
ikatu haguãicha che
renduse’ỹro añehenduka.
Sapy’a ahecharõ ku karia’y
kuéra nde rógape oúva
rombyekoviaséva ha
nañanimáigui ajesaupimi.

Tesarái maymárõ noguahẽi
va’ekue che róga rokẽme,
che vy'a apytépe ha che
ñembyasype nde mante
reimé,
yvága ha yvýpe nde jasy resẽme
ndaipóri omo’ãva,
ñasaindy porãicha pyhare
ru’ãgui ñande resape.
Nde reikuaa’ỹre nde pypore ári
ymáma aguatáva,
ikatu vaerã ku oguahẽ che ára
ha rohupyty;
ha'éva che jupe mborayhu
paháipo ko hese añandúva,
ajeve ndaipóri pohã
omongueráva ko
mba'embyasy.
Pyhare poty Paraguái retã
rehesapepáva,
che momarandúna regue
potaitévo japa oñondive.




RECUERDO FELIZ

(Versión de RUBÉN BAREIRO SAGUIER)


Recuerdo feliz que se encenizó durante tu ausencia
y un largo penar ha ido requemando hacia su moriencia,
tu nombre enjoyado llega hasta mi pecho para que te cante
ya que no consigo recordarte nunca sino sollozando.

Mi sangre jubila cuando encuentro alguno que arrima tu nombre,
tu límpido aliento de aroma florido refresca mi piel.
Queriendo alcanzarte la senda más larga suelo caminar
a ver si consigo, aunque no lo quieras, hacerme escuchar.

Cuando a veces oigo que hombres extraños a tu casa llegan
intento olvidarte, pero no me animo y miro a los cielos.
Jamás el olvido pudo atravesar la luz de mi umbral:
en medio del gozo, igual que en la pena, sólo existes tú.

En cielo y en tierra tu luna ascendente nadie ha de eclipsar
el claro lunar que en la alta noche me va iluminando.
Sin que tú lo sepas hace mucho tiempo que piso tus pasos:
acaso es posible que llegue mi día y te alcance al fin.

Me pregunto entonces si es amor postrero este que me abrasa
puesto que no existe consuelo ninguno al mal que me aflige.
Florecer nocturno que alumbras entera la tierra natal,
si tu sombra llega, avísame al punto y acabemos juntos.

*. FRANCISCO ALVARENGA le puso música
al poema en ritmo de Guarania.



Fuente:
DIVERSIDAD EN LA LITERATURA
DE NUESTRA AMÉRICA – VOLUMEN II
Obras de RUBÉN BAREIRO SAGUIER
Editorial SERVILIBRO,
Asunción - Paraguay - Setiembre 2007.




ENLACE RECOMENDADO:


jueves, 2 de diciembre de 2010

RUBÉN BAREIRO SAGUIER - LA ROSA AZUL (CUENTOS) - RUBEN BAREIRO SAGUIER: UNA OBRA, UN HOMBRE, UN PUEBLO - ORLANDO JIMENO-GRENDI / Editorial Servilibro, 2006.



LA ROSA AZUL
Cuentos de
Editorial Servilibro,
(Colección Bareiro Saguier – N º 3)
Dirección editorial: Vidalia Sánchez
Diseño de tapa y diagramación:
Claudia López – Bertha Jerusewich
(2ª Edición. 2006, Primera edición, Julio 2005)
Asunción-Paraguay 2006
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LA ROSA AZUL. RUBÉN BAREIRO SAGUIER personifica para mí el Paraguay. Encarna mi Paraguay, proyección de un cosmos indisolublemente ligado a su persona, a partir de una identificación consubstancial con la tierra de origen. Rubén parece modelado con la argamasa de su pueblo. Su oriundez intrínseca, entrañada, su activa y versada pertenencia me conmueven. Rubén Bareiro Saguier es el intermediario más adherente y más comunicativo de su comunidad cultural e histórica. Casi todo mi saber acerca del Paraguay y mi solidaridad con ese país hermano provienen de mi amigo, el escritor esclarecido que a lo largo de una duradera y conversada convivencia me contagió su pasión nativa y me fue introduciendo en su mundo paraguayo. Me puso en conocimiento de la cosa guaraní, de la singularísima historia de su grey, de su lengua, de sus usos y costumbres, música, cocina, dichos, mitos; todo ese humus humano que se transmuta en arte y literatura, en la de Rubén, palpitante muestra de lo que puede la palabra cuando acoge el hálito de lo paraguayo como modo singular de ver, de vivir y de nombrar.
Rubén Bareiro Saguier ha entramado su existencia personal con la de su colectividad, su íntimo transcurso con los avatares de su país. Desde sus tiempos de estudiante ha librado todos los combates –políticos, estéticos, culturales y lingüísticos- que al Paraguay incumben, ha defendido en múltiples frentes su ideario acerca del sentido y el destino nacionales antes de resultar el Embajador a justo título del Paraguay en Francia, fue para nosotros el Embajador innato. A nadie que yo conozca corresponde mejor esta dignidad. Ella en Rubén atañe a una condición connatural, está por él convertida en esencial identidad.
SAÚL YURKIEVICH. Crítico y poeta argentino

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ÍNDICE:
·         A MODO DE COMENTARIO
·         INTRODUCCIÓN
·         EL SALUDO FINAL DE BORIS
·         CIRCUNSTANCIA IMPREVISTA
·         DÚO DE SILENCIOS HABITADOS
·         CREPÚSCULO DE TARDE EN AMENAZO
·         EL CARTERO DESCALZO
·         EL PEQUEÑO CATECISMO HISTÓRICO Y LAS POLILLAS
·         LA MAR SE LLAMA CHARITO
·         MUÑECA DE TRAPO
·         EL VAGÓN DE LAS MARAVILLAS
·         EL PINDÓ COSMOGÓNICO
·         LA ROSA AZUL



A MODO DE COMENTARIO RUBEN BAREIRO SAGUIER:
UNA OBRA, UN HOMBRE, UN PUEBLO.

Catorce relatos componen esta obra del escritor paraguayo Rubén Bareiro Saguier. ¿Relatos, fábulas, cuentos?
Materia narrativa, en permanente metamorfosis donde lo imaginante deviene imagi-nario creando nuevos códigos de verosimilitud que re-crean la realidad inmediata y contingente.
¿Realidad? Sí, sólo que "literaturizada" según el modo de la alegoría; nos encanta, nos canta y cuenta por su poder evocativo y emblemático. Cita del símbolo y el sentido.
¿Y la otra realidad? ¿La empírica e histórica? Esa no desaparece jamás, obliterada por la frase "retórica", ella surge bajo la soleada corriente de la poesía que corre sobre la superficie de la prosa transmutada, transustancializando la realidad de la ficción en ficción de la realidad. Relato e Historia, fenómeno y epifanía, realidad e imaginario, por la función imaginante, imaginación más que real por la anfibología creadora. Ficción visionaria y topología de semantemas simbólicos, la prosa de Rubén se poetiza en una red de temas existenciales: la muerte, la nostalgia, vector del nunca-jamás, la sangre memoria emblemática del hombre y de la comunidad, la violencia omnipresente, el espacio en su doble función; palabra y lugar elocutorio. Desde donde hablamos y a quien; es decir la tierra como geografía mítica y circunstancia espiritual, como escenario político-social, como "habitat" mito-lógico del hombre natural y naturaleza del hombre cultural.
Tierra incógnita, gran madre, morada del Pastor del Ser (El Poeta), tiempo mítico donde el hombre no se baña jamás dos veces en el mismo río, según el principio de Heráclito.
La tierra es la dimensión espacial de la temporalidad, su ritmo, el instante, átomo pulsátil en la perspectiva del sueño espacial, intimidad material que solicita la empatía visual del poeta. Rubén es el poeta de la vida inmediata, el ve en profundidad, devuelve al oficio de escribir la dignidad eudemónica, allí donde otros practican el eros ludens de la "pluralidad operativa", Rubén mira y ve "en el interior de cada cosa", lo que según Bachelard concede tanta importancia a la imagen material, la sustancia.
Decir imagen material de la sustancia, es des-velar la perspectiva de lo oculto (como en el Dios de Pascal, la sustancia es la evidencia abscondita), dinamizar la subjetividad visionaria de aquello que se presentifica en el tiempo, en un solo momento en un solo lugar.
Ubi y Quando. Geometría sentimental de lo imposible, el hombre busca descifrar el enigma del tiempo en la superficie de lo visible.
Según el perspectivismo, la naturaleza es un punto de vista (la poesía de Octavio Paz o el raciovitalismo de Ortega y Gasset); por ser acorde con esta doctrina citemos a Bachelard para quien "la imagen se duplica en espejo de una psicología de lo imaginante".
Leyendo a Bareiro Saguier, una fenomenología de la percepción lírica nos parece el método más apto para desvelar la red temática que corporiza sus relatos.
En Rubén escribir no es nunca un acto gratuito y su forma del conocimiento lleva a la ética. Su gracia está en la gravedad.
Digamos que para Rubén el mundo sensible es una pasión y una exigencia; la unión mágica de la sensación y el sentimiento. Mirada y conocimiento en el minuto mismo de la imagen. La utopía miniaturizada de una ontología de la mirada, será posible, compatible con el vector transcendente que la conciencia imprime a la mirada, cuando ésta recorre la prosa del mundo. De lo real a lo imaginario o, en sentido inverso, de la emoción intuitiva al intelecto, tan pronto emerge la palabra poética, da nacimiento a la efusión incandescente de estos dos polos.
Seamos platónicos y digamos que la visión mítica es el contrapunto de la dialéctica verbal. ¿Entonces? Sinonimia de: mostrar y demostrar, de ver y saber. Escuchamos con los ojos, vemos con el oído, es el poeta que habla en nosotros, su palabra es nuestra sensación.
Su literatura, como conciencia de lo real, nos tiende el espejo de nuestra subjetividad en acto.
Hablar es imaginar y la imaginación, nos despliega el espacio primitivo donde se despierta nuestra vocación dé identidad, propia del sujeto pensante es que del imperativo dictado por el status del mundo objetivo. La mirada miniaturiza la realidad abstracta del mundo que nos rodea, la inmediatiza y humaniza.
Fertilidad de la mirada, elocuencia de los ojos, discurso del oído, solidaridad de nuestras sensaciones, es la hominidad de la humanidad.
En la prosa de Rubén, los sentidos tienen su propia gramática, la frase enfatiza la empatía del conocimiento, del conocimiento, substancial izando el acto de percibir, restituyéndole su dimensión ética. Presente-pasado, o pasado-presente, pasado preciso o aorístico, pasado que no cesa de pasar, retrofuturo de un pasado que impone su nunca-jamás en el presente-futuro del aún-no, presente que mañana será el Ayer de una quimérica nostalgia.
Tiempo no es jamás neutro y exige de nuestra percepción un compromiso, pues, la subjetividad actualiza la sensación.
El pasado, tiempo psicológico, define su pasado narrativo, gramatical, pues sólo el acto de escribir goza de una actualidad "pura", paradojalmente al acto de leer, levemente anacrónico en relación a la realidad supuesta. Entre prosa y mundo no hay homotecia, hay, sí, la prosa del mundo, es decir, nuestra mirada, nostálgica y dulce-amarga, nuestra mirada en busca de la unidad perdida, nuestra mirada errante entre jirones de tiempo, nuestra mirada hechizada por los instantes que transcurren aboliéndose los unos a los otros. La poesía de esta prosa surge de esa mirada sorprendida por la simultánea pluralidad focalizada en el instante. El paisaje, fruto de la metonimia es, como la pintura, "cosa mental", sometido como nuestros fantasmas a los recuerdos, ergo, a la repetición. El poeta inventa la memoria del recuerdo: "Tutto e ripetizione, ripercorso, ritorno. Infatti anche la primavolta é una seconda volta", nos dice en su diario Pavese, como Unamuno: "Mal que le pese a la razón, hay que pensar con la vida, y mal que le pese a la vida hay que racionalizar el pensamiento". Del sentimiento trágico de la existencia, a lo trágico de la existencia sin sentimiento, he ahí una aporia insoluble para el hombre, sin la facultad de la imaginación.
Unamuno quería animar el universo, personalizándolo a través del pensamiento vital, Rubén lo logra vivificando su escritura o su "escrivida".
La narrativa de Bareiro Saguier, nos desvela la tonalidad afectiva, la continua amenaza que pesa sobre el ser-en-situación, expresando la angustia existencialmente posible, presentificada a través de la exasperación somática del personaje al borde de una situación límite.
Memoria de lo maravilloso y dimensión del Sujeto Trascendente. Es la magia del poeta de Villeta del Guarnipitán, que nos abrirá la puerta de la sapiencia insólita.
ORLANDO JIMENO-GRENDI


INTRODUCCIÓN

A una cierta altura de la vida ya no se tiene edad, sino memoria. El poeta italiano Mario Luzi, parafraseando a Descartes, acuña una frase magnífica: "recuerdo luego existo".
Me doy cuenta, releyendo los cuentos del presente volumen, que la mayoría de los mismos se acercan, transitan los meandros de mi vida, se entremeten en ella, o soy yo quien se desliza entre sus líneas... y me percato que los fui escribiendo día a día, sueño a sueño, vigilia a vigilia.
Aunque recapitulando lo dicho, siempre ha sido así... Escribir es, para mí, una necesidad. Cada vocablo, cada frase, cada poema o cuento, cada libro es el resultado de una profunda carga que se va acumulando, hasta que el peso de la misma desencadena la tormenta de la palabra. La necesidad de transponer el asco y el rechazo ante la degradación de mi sociedad, da origen a parte de mi escritura. La infancia, la prisión y el exilio transitan por páginas y páginas y páginas. ¡Y el amor, esa dimensión absoluta en mi existencia! Las obras de erudición o de análisis que he escrito parten de un interés evidente por un tema, pero su realización obedece a menudo al acicate de una propuesta exterior más profunda. Las otras -las que conforman la dimensión imaginaria, las que vuelven visibles mis fantasmas-, las escribo con la sangre, con las tripas, con las manos de los sueños, con las uñas de las pesadillas. En ellas, en su elaboración, hay algo de automatismo, pero no al estilo de los surrealistas, pues existe siempre una razón de partida. No creo en la gratuidad de la escritura ni en el inicio ni en las consecuencias. Escribo por algo y para alguien; obedezco en ello a una necesidad de comunicar, de comunicarme. Considero que la escritura no se agota en su componente estético: debe ser sostenida por una armazón ética. No hablo de la ideología ni del discurso, sino del espinazo que la sustenta, de las nervaduras que la vuelven sensible, de las venas que la irrigan.
Entiéndase bien, no se trata de un mecanismo automático de causa a efecto. Creo que existe otro sistema de relacionamiento entre la motivación interna y su plasmación en la palabra.
Hace poco me enteré de ciertas investigaciones científicas de dos prestigiosas universidades norteamericanas (Columbia y Harvard) en donde se ha detectado que nuestro planeta posee un núcleo interno de hierro candente que gira más de prisa que la espesa costra de la tierra y de manera casi independiente. Creo que es lo que ocurre con la escritura. El acerado corazón caliente hecho de palabras se libera de las ataduras lógicas, de la cordura racional y elabora su propia dinámica. La obra literaria es la tempestad, la inundación, el terremoto, la borrasca, el vendaval, la sequía, la tormenta, la lluvia mansa... producidos por la aceleración de los latidos en el pecho del escritor, a la imagen de los ritmos diferentes entre las entrañas y la cáscara de nuestra vieja morada' terrestre.
Por otro lado, mi producción está profundamente marcada por el signo del exilio. Mi alejamiento del país -usufructuando una beca del gobierno francés, en 1962- se debió a una necesidad imperiosa de sacar la cabeza del pantano, para no ahogarme. Se trataba de un "extrañamiento voluntario" (con comillas reforzadas), debido al acoso creciente que me impedía trabajar en lo mío: enseñar en la universidad controlada por el sectarismo totalitario, por la represión insoportable y por la consecuente mediocridad, y bien, esta forma de ostracismo fue un revulsivo, una toma de conciencia diferente a propósito de mi realidad. Un primer resultado es un libro de poemas, BIOGRAFÍA DE AUSENTE (1964), cuyo solo título constituye una definición de principios. Mi extrañamiento no implicaba sin embargo interdicción total; con un promedio de año y medio regresaba al país, con lo cual se iba agudizando una cierta crisis personal, de la cual es testimonio el citado volumen de poesía. Uno o dos años después de la publicación de este libro, comienza a incubarse una profunda crisis de conciencia, incrementada por los esporádicos y traumáticos retornos al país. Esa desgarrada experiencia, vivida honda e intensamente, se encuentra en la génesis de mi primer, libro de cuentos, Ojo por diente. Se me impone la profunda degradación de la sociedad paraguaya y la necesidad de dar cuenta del proceso de descomposición: el asco sube a la boca como una incontenible marea.
En esa sal de indignación se nutre el citado libro. La perspectiva que da la distancia permite visualizar la inmensa podredumbre que impregna el "tiempo del desprecio", vigente en la sociedad paraguaya de esa época de la dictadura.
Es el momento en que se me vuelve necesaria la adopción de otro registro expresivo. De golpe, ante la necesidad de conjurar mis fantasmas, especialmente los que poblaban las pesadillas de mi ser colectivo, el lenguaje figurado, las contorsiones de la retórica, los recursos de la metáfora, la sinécdoque o la metonimia, me resultaban un chaleco demasiado estrecho dentro del cual la monstruosidad del cuerpo social reventaba hasta hacer explotar las costuras de las expresiones indirectas, hasta hacer saltar los botones de las imágenes retenidas. Estaba saturado, empachado, intoxicado por las emanaciones tóxicas de una realidad en descomposición. Se me imponía así la prosa, la narrativa, más explícita que la poesía. El paso de ésta al cuento obedece pues, a una necesidad expresiva, a un propósito de "comunicar" cosas, de "decir", en un registro menos constreñido por el lenguaje de los tropos. ¿Por qué el cuento? Porque, además de esa  mayor posibilidad expresiva que entonces sentía, el cuento es un género muy próximo, lindante con la poesía, por la economía textual de síntesis, de concentración que conlleva. Era pues un tránsito natural que me permitía aprovechar mi práctica de la poesía, utilizar los recursos de ésta en los relatos. En cuanto a la mayor comprensión de los textos narrativos, por lo menos una instancia "crítica" los consideró sumamente explícitos, hasta demasiado, y me hizo pagar con la prisión y posterior expulsión del país la amplitud expresiva de los cuentos, cosa que nunca me ocurrió por "razones poéticas". En una cosa coincidíamos la víctima y los victimarios, éstos con una hermenéutica particular. De acuerdo con el comunicado de la policía del dictador, se trataba de un "libro de corte marxista, que con el lenguaje del odio denigra al pueblo paraguayo y a sus autoridades". No creo necesario comentar la calificación del inefable "crítico" policial -(cuentos marxistas)- ni el contenido totalitario de la identificación entre el pueblo y la autoridad del tirano.
El pecado capital de OJO POR DIENTE era que había ganado el Premio de Cuentos de la Casa de las Américas... Pero el más alto galardón que pudo recibir fue la cárcel y el exilio para el contador: luego de pasar un mes y tanto incomunicado en las mazmorras de la policía política, no pude pisar mi tierra durante 17 años. De 1972 a 1989 deambulé por el mundo con mi nostalgia a cuestas y mi combate sin tregua contra el sórdido tirano y su régimen corrupto. En ese lapso sí alterné el panfleto -género que respeto, y cultivé con convicción en las circunstancias pertinentes- con la narrativa, la poesía y el ensayo.
OJO POR DIENTE es un libro enraízado en un mundo rural, casi en su totalidad. En consecuencia está regido por valores propios a esa trama comunitaria. Ello está en consonancia con una violencia, soterrada o manifiesta, practicada como una de las leyes más firmes del comportamiento social.
Esto permite desdramatizar el tremendismo de las situaciones extremas. Así se evita el facilismo realista que produce una carga emocional excesiva en esas situaciones mediante la puesta en escena de los matices con que la vida misma se encarga de reequilibrar cotidianamente el tejido de la colectividad. El texto asume pues esas condiciones y circunstancias, sin maniqueísmo deformante, con rasgos de humor, dentro del marco ambiguo y polifacético con que las mismas se dan en la trayectoria histórica de una comunidad mestiza, culturalmente hablando. Lo cual conduce a dos aspectos importantes, entre otros, de esa realidad.
El primero se refiere a la lengua, y no voy a explayarme sobre el mismo pues lo he hecho en otros trabajos. Sólo quiero indicar que en el libro funciona el idiolecto propio al ambiente -más rural o más urbano- o a los grupos sociales de los actantes. En todo caso, como escritor colonizado que es el autor implícito, usa el castellano paraguayo, vale decir el español con los matices resultantes de las influencias múltiples del guaraní, idioma dominado y mayoritario del Paraguay. Un castellano con presencias subterráneas subrepticias de la lengua indígena (fonéticas, sintácticas, etc.) o con evidentes "interferencias" lexicales. Estas son recuperadas en el contexto narrativo, digeridas textualmente con el procedimiento de "extremo desparpajo" que recomendaba y practicaba Horacio Quiroga, precursor genial en la materia dentro de la narrativa latinoamericana. El segundo aspecto se refiere al vago sincretismo que impregna los actos de la vida cotidiana en una mezcla de catolicismo popular y de animismo guaraní. Aunque, también aquí la religión dominante es la cristiana, ésta se halla empapada por la indígena, ya sea en la práctica ritual que establece relaciones de misteriosa causalidad entre las acciones humanas y las fuerzas naturales, ya al nivel de las creencias o de los símbolos religiosos. Personajes de la mitología guaraní tienen tanta vigencia como los de la cristiana.
Más arriba aludo al exilio, destacando el papel que ocupa en mi obra literaria. Esta circunstancia vital se encuentra muy presente en los libros escritos durante el largo lapso de mi extrañamiento. Y no es para menos, pues en su totalidad el mismo abarca casi treinta años de mi vida.
Me interesa exponer algunas reflexiones sobre el tema. Nunca fui un profesional del exilio: lo sufrí y lo asumí. Esta experiencia tiene, inclusive, su lado positivo. Para mí fue, sobre todo en la década inicial, una oportunidad de ver mi país, su entidad social en perspectiva, con un distanciamiento saludable. Además siempre evité caer en la trampa de la nostalgia, que frecuentemente distorsiona la realidad, la edulcora con matices de autocompasión. Es más, buena parte de mi formación intelectual la debo a la universidad francesa -como estudiante primero, como docente después-, en donde aprendí el rigor de pensamiento y de expresión (Francia "me curó del floripondio", puedo decir, parafraseando al entrañable Julio Cortázar). Claro que hubo momentos duros, como cuando me quedé sin ese pedazo de papel en el que constaba mi origen, mi identidad. Creo que fue una reacción de quien magnifica el valor de la letra y la asimila y confunde con la realidad. Pasado el momento de la depresión, obtuve el asilo político y viajé por todas partes con mi "pasaporte blue jeans" (por el color y la consistencia de las tapas), otorgado por la oficina francesa de las Naciones Unidas, que guardo como un recuerdo precioso. Válido para cualquier parte del mundo... menos un sitio llamado Paraguay. Pero ese lugar "prohibido" yo lo tenía injertado en el pecho, tatuado bajo la piel; lo incrusté en mis palabras, que me lo guardaron, me lo restituyeron con amor, sin odio, a veces con dolor. Dos libros llevan la impronta de esa larga andadura de vagamundo del exilio asumido. Uno de poesía. Estancias/ Estancias/ Querencias, y otro de cuentos, El séptimo pétalo del viento. Ellos me sostuvieron hasta que regresé, cuando el tirano fue expulsado. Mi venganza fue verlo huir, sufrir la misma pena que nos infligió a tantos, con la agravante de la vejez, la soledad, el desprecio, la amargura, sin siquiera saber qué hacer con la inmensa fortuna robada a su pueblo.
Termino con algunas alusiones al plano retórico, haciendo una aclaración previa: la de que el "arte poética", si alguna puede descubrirse en mis libros, no ha precedido a la elaboración de los cuentos, sino que se ha ido forjando en la práctica escritural. Entendámonos bien, no ha precedido ni presidido como fórmula o proyectos previos, lo cual no quiere decir que el autor no estuviera al tanto de los principios de los géneros cultivados, o aún reflexionado a propósito de ellos, en función de la cátedra o de la investigación crítica. Pero una cosa es el conocimiento de las reglas y otra la sujeción a las mismas en el momento de la escritura. En el trajín de la faena no pienso mucho en moldes y pautas, en comienzos, desarrollos o finales. Con vigor apelo a la instancia de las voces narrativas que con su fuerza inconsciente van imponiendo situaciones y trayectorias previstas en un juego dialéctico entre el deseo o la voluntad del autor implícito y el poder del narrador. Esto es cierto tanto para la historia como para el lugar que ocupan los personajes en ella. Si un momento de elaboración consciente plena existe, es el de la revisión, de las correcciones y modificaciones finales. A todo lo cual quiero agregar tres factores decisivos: la impronta de la oralidad, el valor del silencio y la eficacia de la ironía.
Y aquí no acaba el trayecto de la escritura. En efecto, cuando libro un texto literario al eventual desconocido "honorable" lector, considero que, implícitamente, estoy haciéndole una propuesta, planteándole un enigma a través de múltiples indicios, desafiándole a descifrarlo. Lo que propongo es mi propia formulación de la historia dentro de un conjunto de valores, la cristalización de un sistema semántico que nació y creció en mis entrañas. El máximo reto que lanza el escritor es el de que cuando su obra llegue al destinatario, ella se encarne en su imaginario, aunque el significado que el mismo le dé no coincida con el originario. Si se da esta situación, quiere decir que mi voz tiene un sentido polisémico, y que a partir de los míos, el lector puede des-entrañar sus propios sueños.
Creo que no puede haber mayor satisfacción para quien se dedica a manipular acariciando las palabras, que es una de las tantas maneras de soñar.
El regreso me hizo recuperar plenamente, en presencia física, mi condición de "mancebo de la tierra".
Seguí escribiendo poesía, ensayo y cuento. Pero de las tres especificidades, la que no recogí en libro es la narrativa. ¿Por qué? Yo mismo no lo sé, a ciencia cierta. El material -más bien abundante- fue amontonándose en cuadernos, hojas sueltas o pedacitos de papel, cuando era preciso fijar, en medio de la noche -por ejemplo- lo que el sueño me había revelado.
Fue necesario, quizá, que una intervención quirúrgica me retuviera en la casa para sentarme en mi escritorio, durante dos meses y medio, más o menos, para que me pusiera a elaborar este libro de cuentos, que lleva el nombre de uno que ya estaba escrito, "LA ROSA AZUL" (aunque el texto, aparecido en traducción al francés ha sido sustancialmente modificado en el que recoge este volumen). Otros dos, ya escritos pero inéditos, con pequeños ajustes, aparecen en esta recopilación. Los restantes fueron elaborados a partir de los "apuntes" a los que aludí, en el lapso de mi convalecencia.
Es posible que el estado en el que uno se encuentra durante el proceso de recuperación de la salud, haya influido, de alguna manera, en el clima por momentos delirante, de estos cuentos. Pero, ¿qué es la escritura sino la dimensión del devaneo o del desvarío con la cual uno se libera de las hormas o los chalecos de fuerza que la vida cotidiana nos impone con frecuencia? Y ello porque la escritura es la pasión liberadora, como el amor.



EL SALUDO FINAL DE BORIS  (CUENTO)

-Tengo que hablarte, por favor no te vayas sin verme. Nos encontramos a las 12 y 10 en la puerta. ¡Sin falta!
La voz de Gustavo sonó grave. Colgué el auricular, pensativo, y continué con el arqueo semanal de los sábados.
Cuando llegué al vestíbulo central lo vi salir de su despacho de Vice-Gerente. Pero no venía solo. Me sorprendió ver a Marina con el pelo desgreñado, la chaqueta mal prendida y la pintura corrida en el rostro descompuesto. La "Negra", siempre tan coqueta y elegante, tan alegre y pispireta, arrastraba los pies al caminar, mirando el suelo. Llegamos juntos a la salida. La luz de la calle alumbró el rostro tenso, la palidez de Gustavo. Pude ver los ojos hinchados de Marina. Cuando transponíamos el umbral, me espetó la noticia:
-¡Boris se suicidó...!
Caminamos como autómatas, silenciosos, llegamos al café frente al banco; como si nos hubiéramos concertado sin palabras, nos sentamos en la mesa del fondo. Gustavo pidió tres whiskys sin consultar a nadie.
-No sé..., no sé por qué... -repetía Marina entre hipos nerviosos y lagrimones-. Esta mañana al llegar a la pensión había un gran alboroto. Los policías me interrogaron, y yo no sé nada. Doña Maruja descubrió el cadáver en la cama hoy temprano. Sospechó algo, pues desde ayer de tarde en que se encerró, no había escuchado ningún ruido en la habitación... Fue ella quien me llamó... Sí, lo vi allí tendido, como siempre, tan... -Marina se calló y miró por lo bajo a Gustavo, quien hizo una mueca de disgusto-. A quien otro podía apelar..., lo siento, pero... -continuó con voz lastimera, hasta que una especie de sollozo parecido a una tos de perro le cortó la palabra.
Mi amigo seguía lívido. Lo conocía bastante como para adivinar la mezcla de cólera, de disgusto, de compasión, de furia que lo dominaba. Me fijé en las contracciones nerviosas de las manos, en el rictus amargo que le deformaba la mejilla izquierda. Conocía esos síntomas. Mientras él le hacía preguntas monosilábicas y embarazosas a Marina, me acordé de Boris, del "bello Boris". Había aparecido sin que nadie supiera nunca de dónde venía ni a qué se dedicaba.
-Soy ruso- solía decir en su media lengua. Hosco, misterioso y apuesto, su atlética figura, sus intensos ojos azules, sus cabellos rizados no habían pasado desapercibidos, sobre todo entre las mujeres. Unos decían que era espía soviético, lo que Antonio negaba categóricamente.
-En el partido nadie lo conoce, nadie sabe nada de él -afirmaba, y agregaba malicioso -Creo que más bien trabaja para la C.I.A....
Gustavo repetía esta última versión, más por despecho que por convicción. Fue la misma Marina quien le contó de sus relaciones con Boris. Atravesaban una de las tremendas borrascas en sus tormentosos amores. La crisis había coincidido con el nacimiento de Andrés, el segundo hijo de Gustavo. Amores culpables, semiclandestinos, habían comenzado el mismo día del matrimonio de Gustavo con Matilde.
Gustavo, esta es tu prima Marina, la hija de Vicente... -le había dicho su madre.
Y al darse vuelta le quemó el fuego de unos enormes ojos negros, le encegueció el resplandor casi azul de los pelos de la mocosa, que le llegaban a la cintura. El mohín pícaro y la sonrisa abierta terminaron de anonadarle. Fue un flechazo, un súbito amor, seguramente incentivado por el vago olor incestuoso, entre la adolescente burbujeante y provocadora con sus calcetines blancos, y el más que treintañero primo que, para más, estrenaba ese día su condición de cónyuge. Todo empujaba al abismo de la transgresión, y aquello no quedó en simple deslumbramiento, en pasajero o antojadizo capricho de día de bodas. Sucesivos encuentros familiares, en gran medida provocados por el uno o la otra, desembocaron en citas inicialmente discretas o clandestinas, que se fueron volviendo cada vez menos secretas. Menos reservadas y más tempestuosas, por las reacciones de familiares y amigos, por las oleadas de arrepentimientos o de celos que desgarraban a los protagonistas del difícil vínculo sentimental sigiloso, entre subrepticio y escandalosamente público. Como amigo y confidente yo tenía derecho a todos los detalles, y más de una vez había intervenido, como cómplice, para intentar moderar las evidencias, disipar la humareda del fuego pasional, o aún para recomponer, bajo la ceniza caliente, los restos del rescoldo entre los tortuosos amantes.

El resquicio provocado por el nacimiento de Andrés, por el que entró Boris, no impedía que Marina y Gustavo se vieran, se encontraran en las múltiples reuniones, a menudo provocadas ex-profeso, en casa de los amigos comunes, en las recepciones o recitales que, con frecuencia, reunían a los miembros de la tribu. En esas ocasiones, yo seguía divertido esos encuentros borrascosos, escuchaba fragmentos de las conversaciones cargadas de reproches y arrumacos, de piropos y de insultos.
Pero, además, fui testigo obligado de los raros, de los delirantes encuentros entre Boris y Gustavo, provocados, buscados por éste.
-Acompañame a mi sesión de masoquismo... -me pedía en tono de ruego.
Es así como, después de nuestras tertulias en "El Bosco", matizadas por intensas discusiones inteligentes, salpicadas de peroraciones brillantes, nos íbamos a buscar a Boris en el bar "Iris", cafetín sórdido en el que el ruso bebía solitario sus copas de aguardiente hasta muy tarde. Sólo nos quedábamos si estaba acodado en su mesa del fondo, con la mirada perdida en el vacío.
Mi amigo, el intelectual refinado, siempre tan pulcro y discreto, se volvía en esas oportunidades un provocador bravucón y altanero. Asumía una personalidad totalmente desconocida para mí.
-Hola Boris... -gritaba desde la puerta-Siempre tan atractivo... -proseguía socarronamente, y me invitaba a sentarnos en la mesa del ruso.
El aludido levantaba la intensa mirada azul, la fijaba displicentemente en Gustavo y contestaba con un gruñido a guisa de saludo. Poco y nada se ocupaba de mí, hasta creo que no me veía. Whisky tras whisky, broma pesada tras risotada chabacana, continuaba hostigando al ruso con aire desafiante y ese vozarrón de estibador que no sé de donde lo sacaba. Boris, hermético y distante, le seguía el juego a su manera. Creo que lo respetaba, pues si hubiera querido, el hombrón rubio, con una o dos bofetadas hubiese podido tumbar al pequeño y relleno poeta. Sabíamos de sus coléricas y violentas reacciones, durante las cuales había dejado tendido en el piso del bar a más de un gracioso que quería farrearle. En ese lapso de las relaciones entre Boris y Marina, tres veces lo acompañé a esa extraña ceremonia, algo así como un galleo de torero picado frente al robusto toro ruso, ese rival que parecía guardarle un oscuro aprecio. Algún lazo misterioso que pasaba por los vericuetos de humores y sentimientos, pasiones y estremecimientos, indirectamente compartidos, parecía unirlos. La metamorfosis del fino poeta en rufián de pacotilla y la mansedumbre del hosco, intratable y enigmático Boris, eran para mí las pruebas de una ambigua atracción-repulsión entre ambos.

Me sacó de mis cavilaciones la voz de Gustavo. -Bueno, vamos a buscar una funeraria. Marina irá a arreglar con doña Maruja los trámites para el sepelio.

"La Serenidad. Buen precio, bajo costo. Atención en nuestros salones o a domicilio". Gustavo leyó en voz alta el letrero, repitió la frase "bajo costo", y entramos en el lúgubre salón. La discusión con el dueño de la funeraria fue breve. -No, no, el más barato; de pino barnizado, claro... -decía Gustavo-. Del alquiler del nicho se encarga usted. ¿Tres meses es el más corto plazo? Bueno, ése.
Adquirió un cajón de dos metros, por las dudas, pues no sabíamos la altura exacta de Boris. Serían las tres cuando subimos al furgón fúnebre, con el chofer y un ayudante, y nos dirigimos hacia la pensión de doña Maruja, en los altos del bar
"Iris". Y de allí al cementerio, luego de los ritos cumplidos fríamente por los empleados de la funeraria. Las mujeres lloriqueaban mientras éstos soldaban y atornillaban el féretro. El único boato era un ramo de rosas semi-marchitas que la dueña de la pensión tomó, al pasar, en la mesa del comedor.
Un espeso silencio, como salido del largo cajón negro y lustroso, nos invadió a los miembros de la escuálida comitiva, cada cual rumiando sus propios pensamientos. Avanzábamos lenta, solemnemente, por las calles morosas y grises de un sábado en la tarde. Extraño, desflecado cortejo remontando la avenida cenicienta del otoño que conduce al cementerio. Un ataúd negro y reluciente, unas rosas ajadas encima y cuatro gatos -literalmente- siguiendo a ese muerto casi desconocido. Pero, ¿qué nos unía a ese cadáver prácticamente anónimo para nosotros? Poca cosa, la hojarasca de ambiguos sentimientos arrastrada por el viento de la casualidad. La chamusquina vengativa o despechada de una muchacha de sangre caliente; la rabia -la compasión, quizá- de su amante, mi amigo fraterno, y la caridad maternal de una vieja patrona de pensión. Extravagante séquito, digno del insólito personaje, del peregrino espectro que acompañábamos en su último viaje, de la nada a la nada. "Vanitas, vanitatem", de golpe me di cuenta que habíamos llegado al portón del cementerio, sin que ningún niño hubiera arrojado una sola flor hacia el solitario furgón.
Cuando salíamos del camposanto, el silencio oscuro del atardecer cayó sobre nosotros, sumándose a la tristeza sórdida que nos envolvía. Doña Maruja se había marchado por su lado. Los tres otros nos encontramos parados en lo alto de la escalinata. Marina levantó la mano y mostró el bar de enfrente, "El Quitapenas".
-Tomamos algo... -dijo tímidamente.
-¡No! Nosotros nos vamos -contestó ásperamente Gustavo.
-¡Adiós!
Me tomó firmemente del brazo y fuimos caminando hacia la derecha. Con el rabillo del ojo vi a Marina descender lentamente las escaleras y marcharse hacia la dirección opuesta. Me vino a la memoria la figura de una muchacha que actuaba de payaso en el circo. Una imagen de recóndita desolación que me volvía desde algún perdido callejón de la infancia.
-La verdad es que no tengo ninguna gana de ir a la casa...- me dijo, dejándose convencer fácilmente cuando le propuse. Mónica, a quien yo había tenido al tanto de todo por teléfono, nos estaba esperando. Ella lo apreciaba mucho, y Gustavo le correspondía afectuosamente. Hizo pasar por alto las peripecias y penurias vividas durante la dura jornada. Y cuando mi amigo quiso hablar de ello, le puso un dedo sobre la boca y un vaso en la mano, con una mezcla de gin y whisky, que preparaba muy bien. Buena falta nos hacía el trago; nos reconfortó. Hablamos de bueyes perdidos, y después de vaciar cinco o seis copas de la explosiva mezcla, pasamos a la mesa, y seguimos bebiendo abundante vino. De manera que estábamos bien cargados cuando terminamos de cenar. Y con ganas, ahora sí, de hablar de lo acontecido,- en especial de Boris, cuyo misterioso paso entre nosotros y su más enigmático suicidio, seguía despertando nuestra intrigada curiosidad. Luego de algunas reflexiones sobre la fugacidad de la vida, de cómo llega la muerte, "tan callando", comenzamos a divagar sobre el reino de la sombra, ese más allá -que nos obsedía en ese momento- del que nadie volvió para contar. Hija de la noche, hermana del sueño, comenzamos a recitar lugares comunes.
A medida que hablaba, Gustavo empezaba a transformarse, a asumir esa extraña personalidad que le conocí cuando los encuentros con Boris en el bar "Iris".
-Pero, ¿será el fin de todo? -preguntó de golpe. -Incluso para los que no han superado los más bajos niveles de lo material, de lo bestial, habrá un lugar, el averno, el limbo..., qué sé yo... Hay muchos que creen en la posibilidad de comunicación con los muertos. ¿Ustedes nunca tuvieron ninguna experiencia de espiritismo...?
Nos miramos; ambos hicimos un gesto negativo con la cabeza.
-Yo tampoco... ¿Y si intentamos hablar con Boris? -insistió.
Lo noté muy inquieto, como deseoso de llevar a la práctica su propuesta. Luego de algunos comentarios sobre amigos que habían participado en sesiones de ocultismo, de recordar algunas lecturas fragmentarias de Alain Kardec, de Madame Blavabsky, me acordé dé la banqueta con tres patas que estaba en el desván. Y fui a buscarla. La pusimos al costado de la mesa del comedor con una vela encendida encima. Me acordé de una foto que había tomado hacía tiempo en la fosa común del cementerio y la coloqué contra el candelero. Se veía en ella un ataúd despanzurrado en cuyo fondo yacía un cadáver medio descompuesto, en el que la calavera aparecía en todo su macabro esplendor. Mientras yo hacía los arreglos adecuados, la puesta en escena necesaria, Gustavo sacó la estilográfica del bolsillo, le pidió un papel a Mónica y se sentó a escribir febrilmente. Adepto de la escritura automática -"el maestro Bretón", solía decir admirativamente-, lo vi garrapatear en la hoja como en trance. La mano le temblaba, y la voz cuando, pálido se levantó y nos leyó lo que acababa de escribir:

Aquí estoy
Una dulzura no puede abandonarme
¡Es una desgracia!
Ella me persigue
Viejo gesto, más viejo que
El hueso que me sustenta.

Ya soy para ustedes lo que querían...
Ya no me defiendo por fin
¡Haced de mí lo que queráis!

Pero insisto en mi resolución de resistir
De algún modo,
Amigos míos.

Me costó reconocer su letra -tan despareja en el papel-, regularmente cursiva y de trazos muy regulares. Pusimos el poema al lado de la foto. Y muy excitado, nos sentamos alrededor del trípode, luego de apagar la luz. Cuando Gustavo acerco su meñique al mío, sentí que su mano ardía. Nos concentramos un buen rato antes que nuestro amigo empezara a hablar con la misma voz provocadora que usaba al dirigirse al ruso en el "Iris".
-¡Boris, si estás por ahí, en algún lugar y me oyes, contesta! -se hizo un largo silencio- Boris, a tí te hablo, a tí, el bello Boris, el coqueto... ! ¡Si eres tan Don Juan, demuéstralo...!
No sé si era antojo mío, o si los otros también sintieron el leve movimiento de la mesa, pero a mí se me pusieron los pelos de punta; me pareció sentir una cuarta presencia el la pieza.
-Boris...! ¿Estás ahí, tú, el fanfarrón...? -la mesa crujía, se bamboleaba. Gustavo, transportado, prosiguió-. ¡Boris, tú el robusto, el varonil... !, dónde está tu fuerza..., ¡Demuéstralo...!
Sentí que la mesa se levantaba del piso, que pese a la resistencia que oponía, que oponíamos, para atajarla -los músculos del brazo me dolían-, no podíamos evitar que subiera, subiera, varios centímetros.
-¡No más!- gritó Gustavo, al tiempo que retirábamos las manos y la mesa caía con estrépito al suelo
-¡No más! -insistió, y de un salto encendió la luz.
Estaba verde, la frente le sudaba. Fui al bar, serví tres copas de whisky, que nos tomamos de un solo trago. Nadie pronunció ni una palabra.
-Me voy... -dijo Gustavo, ya desde la puerta, sin volver el rostro. Mónica estaba clavada en su silla; yo tampoco le contesté.


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AUGUSTO ROA BASTOS
“CAÍDAS Y RESURRECCIONES DE UN PUEBLO”
por RUBÉN BAREIRO SAGUIER
Editorial Servilibro, Asunción-Paraguay 2006
(Colección Bareiro Saguier – Nº 4)