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jueves, 11 de febrero de 2010

TROFEOS DE LA GUERRA Y OTROS CUENTOS PICARESCOS. Autor: HELIO VERA - TROFEOS DE GUERRA y LEYENDA DE LOS PRIMORDIALES / Fuente: www.heliovera.com


TROFEOS DE LA GUERRA
Y OTROS CUENTOS PICARESCOS
Autor: HELIO VERA
(Enlace a datos biográficos y obras)


TROFEOS DE GUERRA
** El pelo era largo y sedoso, y el sol de la tarde le arrancaba breves estrellas doradas. Toto Armendáriz lo desplegaba orgullosamente, los extremos sostenidos por dos férreas pinzas: el índice y el pulgar de cada mano. Y se inflaba como un sapo. -Nunca encontraré uno más largo. Ni creo que exista. Fijáte bien. Para un pelo púbico, su longitud era, en verdad, excepcional. ¿Veinte centímetros? ¿Treinta? Tenía algo de la cabellera resplandeciente de una walkiria, el pelo grueso de un San Bernardo, la barba alborotada de un fakir, los bigotes erizados de una morsa. Pero Toto tenía razón. Era un récord. Digno de la guía Guinness, con su catálogo de curiosidades. Esta vez, la colección se había enriquecido con una pieza única. ¿De qué nido había sido arrancado? Su voz tuvo un tono de estudiada nostalgia. -Ella se fue. Y no creo que nunca vuelva a verla. Me resumió brevemente la aventura. Los detalles no son importantes ni merecen el honor de los pormenores. Era una extranjera, tal vez norteamericana, tal vez canadiense, a quien había conocido en la calle. Ella le preguntó una dirección. Servicial, la invitó a llevarla en su auto. Hizo de guía de turista. Le hizo conocer la ciudad, la llevó a cenar y, por último, fueron a parar a una discoteca. De allí, a un apresurado motel de San Lorenzo, en cuya entrada le guiñaba una inequívoca luz roja. Ella estaba borracha y reía escandalosamente. No me detendré en lo secundario, en el oscuro apareamiento en una pequeña habitación flanqueada por espejos, bajo una moribunda luz rojiza. Ella gritaba en inglés, seguramente obscenidades. ¿Qué otras cosas podía decir? Desde la pared, los altavoces vomitaban una cumbia desaforada que les impedía escucharse. Toto no pudo disminuir la intensidad del ruido: no encontró en el panel, ubicado bajo la mesita de noche, el dial. Pronto llegó a la conclusión de que no valía la pena perder el tiempo.
** Después, a lo suyo. Tuvo que encender la luz, porque no podía trabajar con la que iluminaba débilmente a la habitación, de un diabólico tono rojizo. Se dirigió al pubis y comenzó a escudriñarlo con la minuciosidad de un joyero, pinza en ristre. La exploración manual hacía cosquillas a la gringa y todo su cuerpo se estremecía con las carcajadas. Finalmente, quedó adormilada. Gracias a ello, Toto pudo encontrar la pieza ideal, nítida y airosa, como una elegante palmera, en medio del espeso y fragante matorral. No esperó más. Con un tirón, la arrancó de su sitio. La gringa pegó un aullido y se incorporó, sobresaltada. Pero la pieza ya había ingresado a su albergue: el tubo de plástico que la esperaba, hospitalariamente, en la otra mano. Ella rió estúpidamente y volvió a dormir. Amanecieron en ese lugar, abrazados. De mañana, temprano, la llevó a su hotel, en el centro de Asunción. Volvió a verla esa noche, pero ya no pasó nada, salvo un encuentro amistoso. Se limitaron a beber un par de cocteles, en la barra del restaurante del hotel. Toto se retiró enseguida. Al día siguiente, se despidieron frente a la puerta del edificio. Ni siquiera se ofreció a llevarla al aeropuerto. Se estrecharon las manos, como dos personas que acaban de conocerse. Miró al techo y reflexionó, con voz neutra: -Ni siquiera recuerdo cómo se llamaba. No hace falta extenderme en una explicación que ya es obvia a esta altura del relato: la pasión privada de Toto era su colección de vellos púbicos. Empedernido solterón sin hijos a quienes mantener, había consagrado a este hobby los diez últimos años de su vida. Era relativamente barato, si es que se omiten los obligados gastos de la conquista: el ablandamiento con obsequios, los ritos gastronómicos, la champaña, los moteles escondidos. Por lo demás, los instrumentos eran mínimos: una pinza de cejas, el monóculo de un joyero, una lupa y un bolígrafo para estampar las indicaciones indispensables. La clasificación y ordenamiento no exigía mucho tiempo. En un cuaderno se hallaban las explicaciones que juzgaba imprescindibles para situar el hallazgo en su debido contexto histórico. Un sistema de seguridad mantenía la colección fuera del alcance de los chismosos. La ocultaba de miradas ajenas una caja de cartón, disimulada bajo diarios viejos y papeles sin valor. A su vez, la caja se confundía con otras exactamente iguales, en un alto anaquel dentro del cubículo del revelado de negativos, en un rincón apartado de su laboratorio de fotógrafo profesional, sobre la alborotada avenida Perú, a unos doscientos metros del Mercado de Pettirossi. Había una dificultad: no todas las mujeres se prestaban a contribuir. Algunas sospechaban vagamente que, a través de la posesión del pelo, quedarían para siempre en las manos de Toto, mediante quién sabe qué diabólicos hechizos. Entonces no había más remedio que refinar los oscuros mecanismos de la persuasión. Algunas veces, debía apelar a trucos, fintas y maniobras. En otras ocasiones, tuvo que arrancar los pelos sin previo aviso, con un acto brutal y decisivo. Pero lo ideal era el consenso, el libre consentimiento. Solo así podía trabajar con tranquilidad. La operación seguía pasos medidos y rigurosos. Primero había que escudriñar la región, tibia y escondida. Se requería para ello de la oscura paciencia del minero que busca la veta aurífera en una galería casi en tinieblas, la vista larga del ave de rapiña que sobrevuela la vasta sabana en busca de su presa. Una vez ubicada la pieza, la pinza hacía el resto, con un certero tirón. Después de arrancada, la instalaba dignamente dentro de un tubo de plástico negro, de los que se usan como recipientes de películas fotográficas. Un rótulo perpetuaba un nombre -el de la propietaria- y una fecha: la del día en que el trofeo fue arrancado gloriosamente de su blando lecho.
** Pero eso no era todo. Toto había desarrollado una compleja teoría sobre las relaciones entre el pelo y la personalidad de su propietaria. Era un arbitrario apéndice personal a las complejas teorías de Freud y Lacan, seguramente indigno de ser presentado a un congreso de psicología. Según Toto, el pelo delataba el carácter, las apetencias más intimas, las oscuras fobias y las tendencias fundamentales de su personalidad. -Podés adivinar el carácter de cada una. Basta con prestar atención, Claro, es indispensable una lente de aumento. Por los detalles En su mano brotó una enorme lupa. El ojo derecho creció detrás del vidrio como un globo amenazante. Parpadeó. Con una pinza de cejas extrajo un pelo rubio, corto y duro. Lo extendió sobre un vidrio rectangular, cada punta sostenida por una moneda. -Fijáte. Persona de convicciones firmes. Tenaz, pero de pocas miras. Una cuadrada. Después, la pinza alzó un largo pelo lacio, típico de una mestiza. El negro era pleno, exacto. Azabache y ébano, pero flexible y suave al tacto. -No hay dobleces. Pertenece a una persona leal. Firme en sus afectos y en sus inquinas. Puede ser peligrosa. Es una sujeta de cuidado, capaz de matar por su hombre.
** Sacó otro. Rizado y negro, pero corto. Lo puso cuidadosamente bajo las dos monedas. Acercó la lupa y meneó la cabeza. Después me la pasó, para que yo también mirase. Confieso que el pelo no me decía nada. Pero Toto explicó: -¿No ves? Es retorcido, como un rayo que cae. Señal de un carácter de perros. Mujer de malas vueltas. Intratable. No le gusta nada. Obsesiva. Abrí un tubo al azar. Miré en su interior. Lo extraje cuidadosamente con la pinza. -¿Y este? También rizado, pero con suaves espirales, sedosas y rubias. -Engañosa. ¿No te das de su aspecto artificioso? Se esconde detrás de una imagen de inocencia. Una Shirley Temple. Pero en el fondo alienta el alma de una fiera. Es míster Hyde bajo la docta apariencia del doctor Jekyll. -Este es largo y grueso. Negro. Y no es de tintura. -¿A ver la fecha? Claro. Una argentina. De origen italiano. Unas noches de placer amistoso y ya se quiso poner posesiva. Me puso normas y condiciones. Mientras entonaba el himno de la sumisión iba preparando el potro del verdugo.
** -Uno corto y fino, apenas una pelusa. Negro. -Son las más peligrosas. Gringas de pelo negro. Como Hitler. Alma de Satanás. No hablan: ladran. Otro. Esta vez, rojizo y grueso. Meneó la cabeza, con aire de comprensiva decepción. -Pecosa y de cara colorada. Se enfurecía fácilmente. Pero después se ponía como una seda. Un modelo de ternura. Era como una hoguera que se apagaba y encendía. Muy complicada. Otro más. Ahora platinado y ondulante. Tenía una facha de estudiada distinción. -El color es falso. Como ella. Si te fijás bien, la raíz es negra. Se teñía. Quería parecerse a Marilyn Monroe, en todo. Vivía una ilusión, engañándose a sí misma. Me dejó una duda: de dónde sacó que Marilyn se teñía los pelos del pubis. El coleccionista es un obseso de la posesión. Tener la pieza anhelada lo es todo, aunque ella permanezca invisible para los demás. Es la base de su sentimiento de superioridad sobre el resto del mundo. Toto no era la excepción. Bajo la voz apagada y los modales medidos de un cuarentón de apetitos declinantes bullía el alma del cazador nocturno. Ese secreto orgullo lo hermanaba con personajes muy distintos: el magnate japonés que compra los cuadros más caros del mundo, solo para contemplarlos en la soledad de frías salas blindadas, protegidas contra incendios, terremotos y bombardeos nucleares; el silencioso filatelista que escudriña estampillas bajo una luz furiosa; el apache feroz que cuelga las cabelleras de sus enemigos en la entrada de su tienda, en la boca del dilatado desierto, el imperio del polvo y de la piedra, del cactus y de los espejismos.
** Estábamos sentados en el patio interior de la casa donde funcionaba su estudio fotográfico, bajo un espeso pergolado de santarritas. La quietud y el aire transparente no aminoraban el ruido infernal de la avenida. Toto me relataba sus últimos hallazgos. Sobre una mesa, había colocado una gruesa caja de cartón. De allí fue sacando varios tubos de plástico, que alineó, como un escuadrón de soldados, sobre la madera. Fue entonces cuando enarboló el tubo que guardaba el récord de la colección. Me pareció que su gesto era también el eco de otros gestos. Era la bandera que los infantes de marina levantaron en Iwo Jima, la cruz gamada nazi ondeando sobre el Arco de Triunfo, el pabellón soviético sobre la puerta de Brandemburgo. Yo estaba -no había duda- ante el non plus ultra, la gloria inextinguible del coleccionista. La pieza cumbre, la maravilla soñada. Su posesión explicaba todas las demás, justificaba todas las búsquedas. Debía ser el vello púbico más largo del mundo. Lo extendió sobre el vidrio, bajo las infaltables monedas. Lo miré. Yo también quise participar de esa gloria secreta, de ese prodigio de la creación. Lo tomé con mis manos temblorosas. El sol le arrancaba destellos dorados. Era como abrazar a la Venus de Milo, como rozar la tela de la Mona Lisa con la yema de los dedos. Lo extendí, sosteniéndolo entre los dedos índice y pulgar -imité como pude la pulcra minuciosidad de Toto- para admirar ese hallazgo, en el aire caliente de la tarde. Durante algunos segundos participé de la victoria estelar del coleccionista. Fue entonces cuando ocurrió lo inesperado. Algo inquietó al perro de Toto, y un ladrido estalló casi bajo mis pies. Solté la joya. Un golpe de viento lo arrancó de mis manos y, como una mano invisible, lo elevó en el aire. El largo pelo comenzó a volar majestuosamente. Pendón, barrilete, zeppelin, ala delta, majestuosa crin de un potro salvaje echado al galope. Toto manoteó en el aire con desesperación, tratando de cazar la esquiva presa, pero el viento la empujaba cada vez más lejos, hacia el fondo del patio. La perdió de vista cuando, en algún momento, ésta dejó de reflejar los rayos del sol. Reapareció de repente, planeando bajo el pergolado como un águila que busca su presa. Los chorros de luz que pasaban entre las hojas le hacían destellar fugazmente. A veces volvía a oscurecerse, cuando entraba nuevamente en la zona de sombras. Durante un instante, como un desafío, como una promesa, el pelo navegó delante de la nariz del coleccionista, y luego descendió lentamente, casi a ras del suelo. Toto se zambulló en el aire, con un impresionante estirón de rugbista, pero un golpe de viento levantó de nuevo a la joya, alejándola de sus manos anhelantes. En cuatro patas, la cara deformada por la angustia, Toto la vio brillar, rubia y fulgurante, cuando dejaba la zona cubierta por la santarrita y comenzó a ascender al cielo, a las blancas nubes lejanas, al cielo azul y transparente, hasta que una definitiva corriente de aire la llevó para siempre.
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LEYENDA DE LOS PRIMORDIALES
V
* Vagaron durante milenios por el desierto, con paso lento y desmañado, bajo un sol de oro fundido. Tenían los ojos absortos de los desatinados y la piel cuarteada por el aire candente. Los escasos matorrales espinosos les arrancaban trozos de carne y delgados hilos de sangre. No permanecían mucho tiempo en un lugar. Hechiceros y rabdomantes decidían el momento de abandonar un ojo de agua barrosa y salobre para buscar otro, que siempre resultaba ser tan mezquino como el anterior. Eran pocos centenares, agrupados en clanes que se odiaban unos a otros. Se identificaban con toscas esculturas de piedra que evocaban los animales que conocían: escorpiones, ratas, hienas, buitres, serpientes, lagartos y ciempiés. Durante el día gruñían y se arrojaban piedras y excrementos de hienas y de buitres. De noche, dormían en el flanco de las dunas o sobre el basalto, todavía hirviente, que comenzaba a helarse con el crepúsculo. Comían alimañas y algunas raíces, lo que podían arrancarle a la arena. Cuando cazaban víboras o lagartos disputaban los trozos mientras intercambiaban insultos y pullas agraviantes. No pocas veces las palabras eran acompañadas de golpes de maza. Su única fiesta era el solsticio de verano, que les anunciaba días más cortos y noches más frescas. Durante toda esa jornada se cubrían con ceniza y se arrojaban lluvias de escamas de reptiles mientras gritaban hasta desgañitarse. Era el único día del año en el que la vida del clan era regida por el júbilo. Los demás quedaban bajo el dominio de divinidades subterráneas que aconsejaban el suicidio mediante el infalible procedimiento de pisar una serpiente. Así se aseguraba la resurrección en un territorio de frescas arboledas, con frutos blandos y carnosos colgando al alcance de la mano, con arroyos y cascadas por todas partes. Allí los cuerpos carecían de sombras porque no había sol para proyectarlas.
** Creían que sus antepasados habían llegado de la remota estrella que después los astrólogos de la Mesopotamia bautizaron como Aldebarán: un territorio de peñascos helados, agudos como lanzas, que se duplicaban en otro mundo idéntico y, como aquel, también lejano e inalcanzable en el vasto cielo negro. En algún momento, sus hermanos vendrían de allí para llevarlos de vuelta al hogar perdido, cosa que los hechiceros pregonaban a veces como un castigo y a veces como una salvación.
* La palabra hombre era, para ellos, lo masculino. Y también sinónimo de ser humano, género del que se excluía a las mujeres, objetos prescindibles que solo servían para un placer apresurado –un acto mecánico parecido al despiojamiento o al cumplimiento de las demás funciones de la rutina biológica– que los ancianos recomendaban para la buena digestión y para ahuyentar las pesadillas. Servían también como elemento de trueque en el comercio, para obtener cántaros, pieles sin curar, amuletos de colmillos de hienas o la simple información sobre cómo llegar en tropel al próximo ojo de agua. La prueba infalible de la hombría era ganar el aborrecimiento de los demás. Por eso no puede extrañar que su juego favorito haya sido uno cuyo nombre traduzco arbitrariamente como "hágase odiar". Consistía en provocar el desagrado y hasta la furia de los demás. Para ello empleaban todos los medios imaginables: no contestar a una pregunta o responder con un oscuro palabrerío que no significaba nada; arrojar arena sobre la carne que el vecino estaba a punto de comer; comparar a otro con un escorpión, el peor de los insultos; simular un tropiezo y caer aparatosamente sobre un vecino. Las muertes producidas por este juego regulaban el crecimiento del grupo. Cuando se practicaba entre miembros de distintos clanes, desataba guerras interminables de estudiada ferocidad. La victoria era señalada por la destrucción del tótem del clan enemigo. Las pieles y las mujeres jóvenes eran el botín. Los vencedores conservaban algunos prisioneros para devorarlos después; los demás eran sacrificados inmediatamente. Nadie sabe cuándo esta práctica dejó atrás los movedizos muros de candente arena blanca y comenzó a extenderse, por imitación o por contagio, a otras tribus de las fronteras del desierto. Tal vez alguno de los jugadores fue capturado en una batalla. Tal vez una de las mujeres fue entregada a cambio de una bolsa de dátiles y después fue rodando de mano en mano a través de trueques sucesivos: por un par de mulas primero; por una camella vieja después. Y así cada vez, hasta que sus amos se hastiaban de su carácter, lo que probablemente ocurría muy pronto, y la volvían a entregar a un nuevo propietario. Quizá alguien, expulsado de su clan por insoportable, encontró refugio en un grupo de desprevenidos habitantes de los bosques. A cambio de su vida les enseñó a jugar. Algo se sabe de que una vez, enloquecidos por el hambre, se atrevieron a cruzar los límites del desierto para internarse en tierras a las que temían, detrás de los médanos innumerables. Allí fueron hostigados por hombres feroces que mataban tigres a lanzazos y emboscaban elefantes en los desfiladeros cerrándoles el escape con grandes piedras que arrojaban desde las alturas. Debieron regresar precipitadamente a las dunas. No fueron perseguidos. Los feroces cazadores de la selva prefirieron sentarse a esperar la muerte de los paquidermos, precedida por largos berridos de agonía devueltos por un eco atronador. Debían apresurarse para no tener que disputar su alimento con los gusanos y las aves carroñeras Oscuras caravanas llevaron el juego de oasis en oasis y, con él, a uno o varios jugadores. Sorteando dunas ondulantes y duros pedregales se fueron aproximando al mar, donde volvieron a tener la misma noción de infinito que habían sentido en su patria arenosa, solo que ahora esa vastedad sin límites era líquida y azul. Es seguro que el jugador debió ser encadenado a la hilera de remos de una embarcación. Para él habrán sido los golpes más furiosos y los insultos más soeces del cómitre. Navegó (¿navegaron?) en medio de una lluvia de vómitos y latigazos mientras cruzaban ese otro desierto, salado y frío. Hubo -estoy seguro- una tormenta aterradora en truenos y en olas negras que se desplomaban sobre la nave como pesadas piedras espumosas. Crujía el maderamen bajo los latigazos del huracanado viento nocturno. Después, quizá conmovido por los alaridos de terror de los tripulantes, Dios aquietó el aire y apaciguó las olas. Pasó la tormenta y pronto el sol comenzó a brillar entre las nubes.
* Y así, en una mañana luminosa, el pesado (¿los pesados?) desembarcó en un puerto lejano, tambaleante y aturdido. Vio un pueblo de casas blanqueadas con cal que parecían colgadas de un cerro y, sobre el muelle, un grupo de marineros que desafinaba canciones obscenas con voz en cuello. Era un sitio escondido entre los acantilados, pero allí nacían caminos que llevaban al corazón del continente. Así llegó el juego al resto de la raza humana. Pronto causó estragos y desató verdaderas pestes de ojeriza entre pueblos que antes convivían fraternalmente. La inquina y la hostilidad levantaron guerras que diezmaron poblaciones enteras. Vastos mares humanos comenzaron a desplazarse, empujándose unos a otros, a lo largo del continente sembrando el terror en toda Eurasia. Germanos, vándalos, hérulos, godos, ostrogodos, burgundios, suevos, vikingos y después mongoles, hunos, otomanos, seljúcidas y otomanos. Y también cruzados, inquisidores y cazadores de brujas. La pesadez invadió los continentes, escaló montañas, atravesó los campos y se instaló en las ciudades. Alimentó la desconfianza, avivó los fanatismos, abonó la codicia, la envidia y el egoísmo y nutrió las mil formas de la estupidez. Fueron vanos todos los esfuerzos por reducir su virulencia. Cada vez que arreciaba la oposición, sabía mimetizarse bajo los más sorprendentes disfraces: la política, la fe, la ciencia, el patriotismo, el arte. Desarrolló formas solapadas o temerarias de resistencia. Adquirió, por la vía de la selección natural de la especies, un grueso caparazón de crustáceo o caimán que le volvió invulnerable a las súplicas, a los denuestos y a los anatemas. Así emergió, fuerte y maligna, de todos los intentos por sepultarla. Hoy se halla fuertemente enraizada en todas las naciones, habla todas las lenguas y convive con todas las razas. Se halla tan poderosamente arraigada que muchos creen que forma parte de la naturaleza humana. Ya nadie se acuerda de que, en un principio, hubo solo un juego.
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viernes, 8 de enero de 2010

LA CASA BLANCA de HELIO VERA / Capítulo 1 - Fuente: www.heliovera.com (Biblioteca virtual de obras del autor)

LA CASA BLANCA
de
HELIO VERA
(Enlace a datos biográficos y obras)
La editorial ALFAGUARA,
sello del Grupo Santillana,
Ilustración: Adriana Villagra
Asunción-Paraguay 2009
CAPÍTULO 1
Asunción, 13 de agosto de 1947, 9 de la noche.
* Ahora te irás, Paulette, y quién sabe cuándo volverás a disfrutar de la amigable tibieza de la Casa Blanca, la solidez de los gruesos muros encalados, la confiable dureza de las rejas de hierro forjado que protegen las altas ventanas y la cercanía de las columnas centenarias que sostienen los balcones y definen el perímetro de la galería. Por ahora, y no sabemos por cuánto tiempo, debes alejarte de este escenario que se desploma sobre tu pobre cabeza; alejarte para ponerte a salvo de acechanzas cuya gravedad no alcanzas a medir pero que presientes demasiado cercanas. Debes irte, y no podrás volver hasta que las cosas se aclaren, si es que se aclaran algún día.
* Llueve. Cada ráfaga del viento Sur es filosa como un cuchillo, y sus muchas lenguas de frío se deslizan dentro de las habitaciones, cerradas con trancas y cerrojos, a través de todos los intersticios. El viento trae el eco de lejanos estampidos, el estallido de las granadas de los morteros, el ronquido acompasado de las armas automáticas. Es el rumor de la guerra civil, esa enorme máquina de triturar vidas que se mueve en un lugar indeterminado, a pocos kilómetros de aquí; en Fernando de la Mora, en Viñas Cué, en Cuatro Mojones, en calle Última, en quinta Gorostiaga. El aire acerca los disparos y las explosiones, pero no alcanza a traer las voces de mando, los gritos de furor de los combatientes y los quejidos de los moribundos; los sonidos concretos de la rabia y de la muerte. Solo los oyen quienes están luchando en la oscuridad, más para conservar sus vidas que para imponer ideas políticas o programas de gobierno cuyo contenido desconocen, pero que tal vez suponen dotados de inefable majestad, de la solución definitiva de todos los problemas de la patria.
* Hace una hora, la usina del barrio Sajonia interrumpió la distribución de energía eléctrica y la llovizna volvió más oscura la noche. Con la oscuridad llegó el miedo. Ahora todas las cosas parecen flotar dentro de una vasta nube plomiza que los relámpagos sacuden con insistencia. No solo la Casa Blanca, es toda Asunción la que navega entera en las tinieblas, despojada de sus luces, una enorme luciérnaga ciega que zigzaguea en el aire tratando de recuperar su rumbo. Las calles están vacías, sin gente, sin vehículos, sin los sonidos efímeros y cambiantes de la agitación urbana. Asunción calla. Calla y escucha. Algo está ocurriendo afuera, bajo la llovizna silenciosa que centellea con los latigazos incesantes de los relámpagos. No sabes dónde, pero intuyes que es algo inmenso, algo cuyas dimensiones no puedes ponderar, pero que imaginas vagamente: un país nuevo está naciendo, estremecido por los dolorosos espasmos del parto. Lo presientes, lo hueles en el aire. Hechos tan descollantes no pueden ocurrir impunemente, sin dejar a su paso una sucesión de huellas desmesuradas, impresas en el suelo tan profundamente que no podría borrarlas la acumulación, durante años, del polvo y el agua. Nada podrá ser como antes, y gruesas cicatrices marcarán las vidas de todos. Sobre todo la tuya, Paulette, alma y centro vital de la Casa Blanca. Para siempre. No lo sabes muy bien, pero te lo dice esa larga intuición que muchas veces se parece a la clarividencia. Hasta Allegra, tu querida perra dálmata, dueña de una lustrosa alcurnia que se prolonga a lo largo de varias generaciones, presiente la partida y estrecha su cuerpo moteado contra tus piernas para confirmar que todavía estás aquí, para infundirte el calor de su piel temblorosa, para decirte que no debes dejarla en esta noche de presagios y temores.
* Además, otras voces te lo advirtieron claramente, y sabes que no se puede pasar por alto esa clase de avisos que suelen anticipar, sobre todo en tiempos como estos, la llegada puntual de la desgracia. ¿Será esta tu hora, el señalado tiempo de tu cenit, el recodo que te lleva hacia un destino que solo conocerás cuando se revelen sus ocultos designios? ¿Habrá llegado el “tiempo cumplido” del que habla el poeta popular Emiliano R. Fernández en uno de sus poemas, letra de una canción que se entona en cada rincón de la patria? Estás advertida. Ya lo sabes. ¿Qué más necesitas? Para los derrotados no habrá perdón ni misericordia; solo el afligido responso que se dedica a la memoria de los muertos o la maldición vociferada contra los que merecen estar sepultados pero que siguen caminando por el mundo, impávidos y soberbios, indiferentes a temores y prevenciones. Las vidas de todos quedarán marcadas con la huella violácea de las heridas. De algún modo lo comprendes. Tu vida también, Paulette, recibirá la marca indeleble del sufrimiento. Huye. Y no vuelvas hasta que se apacigüe el odio de las facciones, ahora avivado por la violencia de los últimos combates. Todo dependerá de lo que ocurra en los próximos días, quizá en las próximas horas, cuando sepas quién es el vencedor de esta guerra civil que comenzó en marzo y ahora se aproxima a su fragorosa culminación. Pero todavía falta el acto final, el último acto de este drama colectivo, el momento decisivo en que uno de los platos de la balanza se incline bruscamente, cargado con los metales candentes de la victoria.
* Solo entonces quedarán claramente definidas las fronteras entre vencedores y vencidos, y las aguas embravecidas pedirán volver a su curso. Sí, los paraguayos serán divididos en vencedores y vencidos. No podrá ser de otra manera. No hay en este conflicto lugar para los fríos, los indiferentes, los que alardean desinterés o simulan prescindencia; ni siquiera para los tibios, que presumen ser capaces de apaciguar las emociones, de reprimir los desbordes. Desde marzo, cuando comenzó la contienda, ya no hubo neutrales ni espectadores: solo amigos y enemigos. Asunción, noche del 13 de agosto. Muere la guerra civil en los alrededores de Asunción, en los zanjones indecisos de Zavala Cué y en los polvorientos matorrales de Cuatro Mojones. La revolución se desangra en combates inciertos que debilitan sus fuerzas y mellan sus dientes. Ha desaparecido el jubiloso triunfalismo de la primera semana de agosto, y a la euforia inicial suceden la incertidumbre, la perplejidad, la exasperación. El frente es una línea zigzagueante que esta misma noche cambiará de dueño varias veces, un territorio impreciso donde yacen, confundidos en un abrazo definitivo, los caídos de ambos bandos, gubernistas y revolucionarios, desde ahora ajenos a los motivos de esta contienda. En la tierra de nadie quedan los muertos y los heridos graves incapaces de arrastrarse hasta sitios protegidos. Algunos yacen con los vientres abiertos por las ráfagas hirvientes de las automáticas; otros, con los cuerpos destrozados por las esquirlas de las granadas. No faltan quienes, de bruces sobre charcos de sangre resbaladiza, sienten que la vida se les va con cada latido, a través del minúsculo orificio abierto por el roce casual de un proyectil en una de las arterias principales.
* En Viñas Cué, sobre el río Paraguay, en las puertas de la División de Caballería, una densa barrera de fuego cierra el paso a las unidades de choque del coronel Antonio Granada. Abrumado por la impotencia, allí ruge el capitán Bartolomé Araújo, comandante del RI 1 “2 de Mayo”, el hombre que puso en marcha esta revolución el 8 de marzo, en Concepción. Pero ahora se le está acabando la suerte. Araújo no puede tomar la Caballería pese al empeño desesperado de sus hombres. Una y otra vez sus embestidas son rechazadas, y sus filas se van raleando peligrosamente. El repentino fortalecimiento de la defensa en este sector es, en gran parte, obra del valeroso mayor Esteban López Martínez, traído en avión desde el frente Norte. En las fuerzas leales faltaban jefes con experiencia de guerra capaces de resolver problemas como estos. ¿Quién mejor que él, que durante la guerra del Chaco, librada hace poco más de diez años, había comandado uno de los escuadrones del C1 “Valois Rivarola”, una de las unidades de elite del Ejército paraguayo, encargada de las misiones más difíciles, de los asaltos insolentes, de las rupturas de los frentes más duros? Como entonces, Martínez estuvo a la altura de las expectativas. Le bastó un inesperado contraataque con personal improvisado –cocineros, enfermeros, lo que fuera– para restablecer la serenidad de los leales en el sector de Campo Grande, quebrantada tras los combates de los últimos días. Y conste que la caballería es la mejor fuerza del gobierno, el pilar del Orden y la Legalidad. Por algo el teniente coronel Enrique Giménez se había opuesto a enviarla al frente y solo aceptó desprenderse de un regimiento: el C2 “Coronel Toledo”. Retuvo el resto como garantía de la seguridad de la capital. Y ahora su división es el instrumento que permite equilibrar las cosas y frenar el impulso ofensivo del enemigo para dar tiempo a que el grueso de las fuerzas del gobierno llegue desde el norte.
* Y no solo ahí. La revolución también está detenida en el extremo izquierdo del frente, a varios kilómetros de Campo Grande, contra las improvisadas defensas gubernistas de calle Última, donde el coronel Rafael Franco acaba de intentar un golpe de mano, que se desinfló en el último minuto ante defensas más potentes que las esperadas. Nadie sabe cuántos muertos se amontonan en la tierra de nadie. Pero una cosa es cierta: el ímpetu rebelde, que hasta hace pocos días parecía incontenible, ha sido aplacado, y ahora comienza a darse vuelta la tortilla. De pronto, en todos los sectores comienzan a multiplicarse las armas automáticas y lo que parecía un ejército con poca capacidad de defensa arroja alegremente, con la generosidad del despilfarro, una inesperada lluvia de fuego sobre los atacantes, que apenas pueden moverse en sus sitios. Franco reunió a su estado mayor en Fernando de la Mora y, después de una tensa apreciación de lo que ocurría, ordenó un nuevo asalto a la caballería. Dos de sus mejores jefes, los capitanes Parra y Riquelme, dudaron. Entonces, encargó la misión al RI 3 “Corrales”, cuyo mando acababa de entregar al capitán Américo Villagra. Este también vaciló: el ataque frontal le parecía irrealizable. Protestó: –Nadie podrá cruzar vivo esa barrera de fuego. Y tenía razón. Pero Franco no quería escuchar razones. La discusión subió de tono rápidamente y alcanzó momentos de gran nerviosismo. La tensión llegó a un punto crítico cuando Franco insultó a Villagra y lo trató de inútil.
* ¿Tiene miedo, Villagra?. ¿Le tiemblan las piernas? ¿Le faltan huevos? No iba a ser Villagra quien tolerase el agravio. Replicó con palabras todavía más gruesas, apoyando la mano en la cartuchera, de donde asomaba la Browning 9 milímetros. ?Mi coronel, huevos me sobran, y tengo para regalar.
* Otros oficiales debieron intervenir para apaciguarlo. Delgado y correoso, más pequeño que alto, los ojos verdes brillaban sobre la piel cetrina. Tenía la risa medida y la furia fácil. Aunque la disputa terminó ahí, nada impidió que Villagra fuese separado del comando. Discutieron en guaraní, el idioma que usan estos hombres descontrolados para insultarse, el lenguaje de las pasiones y de los sentimientos, de las canciones populares y de los insultos más violentos. En el Paraguay, el español es lengua reservada para otras cosas: es el idioma de la razón, del discurso lógico, de los negocios legales, de la argumentación paciente, de los buenos modales. Es la lengua de los petimetres, de las matronas opulentas, de los diplomáticos de carrera. Pero los insultos que preceden al enfrentamiento deben ser dichos en guaraní para que tengan la fuerza de la convicción. Te lo advirtieron claramente, una y otra vez, en todos los tonos posibles, desde el susurro deslizado furtivamente en el oído hasta la gritada descripción de incontables calamidades. Debes irte. Hasta que todo se aclare, debes alejarte, huir, encontrar algún lugar, una madriguera que te resguarde de las incertidumbres y las amenazas que percibes a través de los poros. No hiciste mucho caso. Pero esta mañana, hacia las nueve, las cosas cambiaron bruscamente. El timbre del teléfono te arrancó de la cama después de una larga noche en la que debiste atender, mediante la fingida pasión de tus pupilas, las urgencias de varios jefes del partido gubernista, quienes aprovecharon las horas muertas después de una reunión política en la que se estudiaron las medidas para garantizar la seguridad de la capital, blanco de la ofensiva rebelde.
* El timbre sonó varias veces hasta que alguien se dignó a levantarse para responder y te llamó con un grito que pugnaba por contener una tempestad de bostezos. La voz en el teléfono no dio detalles, pero anunció el temido allanamiento policial. Su voz era irreconocible: todo indicaba que la volvía afónica y lejana un papel celofán doblado sobre un peine. Antes de que pudieses preguntar nada, cortó. El desconocido no entró en detalles: era sabido que en la telefónica trabajaba un grupo de insomnes escuchas de la policía, hombres de confianza del partido que no perdían ninguna conversación, especialmente atentos a las que entablaba la gente incluida en la lista negra. Una palabra de más podía deparar incontables tribulaciones. Después, hacia el mediodía, llegó el segundo mensaje, todavía más explícito. Desde la vereda, alguien arrojó una piedra envuelta en un papel y el golpe retumbó como un disparo en la puerta principal. Después, te lo dijo Vicenta, se oyó que alguien corría. Te asomaste a la ventana y no viste nada. El viento, fatigado por la lluvia, te trajo el ronquido del motor de un automóvil que se alejaba. El negro Biggi resolvió salir. Con temor, con lentitud, abrió cautelosamente una de las hojas y recogió el mensaje. Biggi, el siempre alerta Biggi, te lo trajo enseguida. No daba lugar a dudas: “Mañana van a allanar la Casa Blanca. Huye, si todavía puedes. Estás marcada”. Firmado: Chacal. Eran letras de imprenta escritas con lápiz, con extremo cuidado, para darles el aspecto simétrico de las formas congeladas e inamovibles de la tipografía, suficientemente impersonales como para esconder los rasgos propios de la personalidad de su autor. Un truco para desorientar posibles peritajes, para que los ojos del experto no adivinen esa anónima identidad en las patas de una consonante o en las redondeces voluptuosas de una vocal. La policía no podría escurrirse a través del hueco de una “A”, bajo las patas de una “R” o en las esquinas siniestras de una “Z”, para descubrir el rostro de quien las había escrito en ese papel sin membrete. No había nombre ni apellido, pero no los necesitabas para identificar al remitente.
* Solo él, en homenaje a la antigua amistad, podía enviarte una esquela como esa. ¿Quién sino él? Chacal. Así lo habían bautizado las pupilas por su voracidad, por su inagotable apetito de carne humana. Entre los habitués de la Casa Blanca pocos lo conocían como tal, por su nombre de guerra, y solo lo pronunciaban cuando se hallaban bajo la protección de madame. Decir Chacal era como estampar un sello indeleble, una contraseña secreta. ¿Cómo no saberlo? Chacal era un amigo de los viejos tiempos, cliente discreto y generoso. Muchas veces había dejado la Casa Blanca con la luz crepuscular de la madrugada, tambaleante después de horas de juerga y alcohol, caminando sobre un sendero que se le escapaba de los pies, pero resuelto a volver a la fatigosa tiranía doméstica, a una casa donde una mujer desbordada e irascible, la cabeza oprimida por un bosque de ruleros, lo recibiría con un huracán de improperios y recriminaciones. Él ni siquiera escuchaba los adjetivos ni las preguntas vociferadas, ni habría podido responder con sinceridad porque probablemente las respuestas habían quedado oscurecidas por las brumas de la borrachera. En esos casos, no le quedaba otro camino que dirigirse directamente hacia la cama para arrojarse sobre la colcha recién puesta y, sin quitarse los zapatos, abandonarse a un sueño profundo, rubricado por ronquidos estruendosos. Después, seguro, se dejaría llevar por la calma celestial de la navegación en un velero surcando un mar salpicado de peces voladores y delfines ondulantes, un mar sobre el cual flotaba el canto voluptuoso de las sirenas, invitándolo a repasar un catálogo de perversiones. Había sido un cliente pobre pero tenaz, al que no le importaba gastar sus pocos billetes a cambio de una hora de apresurado apareamiento. No era exigente ni discutía las tarifas. Tampoco desplegaba excentricidades o aberraciones a las que otros –tantos– eran demasiado afectos. El acto lo era todo. Solo una sucesión de movimientos que lo conducía al incontrolable extravío de los sentidos, hasta llegar al espasmo que confirma el triunfal regocijo de la vida. Además, no tenía predilecciones, y lo mismo le daba una exigua morena de piernas cortas, ojos achinados sobre la prominencia de los pómulos y senos pesados como melones, que una rubia flaca, elevada como una torre, que lo mirara desde arriba con la curiosidad de un halcón y que se dejara poseer con la misma indiferente serenidad con la que una montaña acepta el escalamiento de un alpinista. Alguna que otra vez le concediste el privilegio de un pequeño crédito para apostar un par de fichas en la mesa de ruleta o, aún mejor, adquirir el derecho de contratar a una compañera. Eran concesiones que te permitías con pocos amigos, porque al fin de cuentas eso era un negocio y no una fundación filantrópica, como bien te lo había explicado tu asesor, el abogado Cantalicio Abigail Berenguer, a quien le gustaba repetir que su entera concepción filosófica de la teleología del derecho reposaba sobre una frase que, según él, ya había sido enunciada en la antigua Roma por algún severo pretor enfundado en la toga ceremonial: “Plata en mano, culo en tierra”. El aforismo, que seguramente había nacido en los doctos debates del foro imperial, había cruzado intacto el derrumbe del imperio para llegar al siglo xx, donde fue adoptado por el taimado Berenguer. La frase –sostenía– lo decía todo, y tenía tal sabiduría que debían haberla extraído del propio bronce de la Ley de las XII tablas, sobre el que se construyó todo el edificio de la ciencia jurídica.
* Después las cosas cambiaron para Chacal. La nueva situación política, que llevó a su partido a las cumbres del poder, ya en agosto de 1946 lo había puesto al frente de un importante departamento de la Dirección de Aduanas, institución pública de cuyas recaudaciones dependía la suerte del Estado. Allí adquirió el envidiado derecho de disponer de un auto con chofer y de los servicios de una secretaria de formas opulentas, una morena cimbreante cuya piel brillaba bajo un rotundo pelo rubio, producto de las maravillas del agua oxigenada. Símbolo final del poder, también le entregaron un enorme escritorio de trébol, con doble hilera de cajones. Posado sobre él, un redondo timbre de bronce, manual, con la forma de la caparazón de una tortuga, que estremecía el edificio cada vez que llamaba a uno de sus subordinados. Hasta ahora no te explicas lo que pasa. Es comprensible, porque tu mente funciona de una manera bastante simple: la vida es una corriente que pasa ante nosotros como el camalotal que el río mece sobre su inquieto lomo oscuro, y que en algún momento te arrastrará hacia el destino señalado. Tal vez ella refleje el turbio pacto de los planetas y las constelaciones, donde tu vida es una débil molécula que flota en el aire transparente. No podrás resistirte, y todo lo que hagas desde ese momento te acercará a la meta prevista desde el principio de los tiempos. No entiendes lo que está pasando. En algún momento pensaste que te eligieron como víctima de una intriga ideada por alguna artera enemiga, una competidora desleal, una mujer celosa, un amante despechado. Tal vez allí esté la clave de esta persecución repentina, que carece de un motivo comprensible. Pero ahora no es tiempo de averiguaciones ni de razonamientos, sino de tomar decisiones que te resguarden de las amenazas del exterior.
* Lo más seguro que es que algo tenga que ver tu relación con el capitán Saturno Almeyda, uno de los oficiales sublevados en el Norte contra el gobierno del general Higinio Morínigo. ¿Te estarán cobrando el precio de ese amor, si es que así puedes llamar a lo que fue más bien un rito silencioso y feroz que se cumplía esporádicamente, cada vez que el hombre te visitaba en la Casa Blanca? ¿Amor? Pero si no lo ves desde hace meses, y eso cualquiera debería saberlo, y mucho más la policía, que tiene informantes en todos los burdeles. Además, sería exagerado que te relacionaran con él, ya que en todo este tiempo desde la sublevación de marzo ni siquiera recibiste un mensaje, una señal, una palabra suya que revelase su interés. ¿Dónde estará Saturno? Quizá aproximándose a la capital con alguna de las columnas revolucionarias, las botas cubiertas de barro, la cara borroneada por una barba de varios días, los párpados ennegrecidos por los reiterados insomnios. Solo a veces te atreves a temer ­–­­Dios no permita que perezca tanto hombre– que ya no es otra cosa que un guiñapo inmóvil, de los tantos que el huracán va dejando a su paso, en su desordenado rumbo hacia el cenit. ¿Estará Almeyda entre los muertos, el uniforme empapado por la lluvia que cae, a veces tenue y punzante, a veces arrebatada y violenta, revolcado en sus propios fluidos vitales, sangre, heces, orín, confundidos en una melaza nauseabunda? Nadie puede decirlo. La lista de bajas en los combates alrededor de Asunción se alarga minuto a minuto, como si la guerra quisiese apurar toda la sangre posible en estas horas en que el miedo y la esperanza, el odio y la angustia mezclan desordenadamente sus oscuras esencias para extraviar la razón de todo un pueblo.