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viernes, 26 de noviembre de 2010

AUGUSTO ROA BASTOS - CUENTOS COMPLETOS – TOMO III - Prólogo JOSÉ PÉREZ REYES (Texto del cuento: EL BALDÍO y LA FECHA Y LA MANZANA) / Editorial El País, Editorial Servilibro, 2007




CUENTOS COMPLETOS – TOMO III
Cuentos de
Prólogo JOSÉ PÉREZ REYES
Edición Homenaje a los 90 años de su nacimiento el 13 de junio de 1917
© Fundación Augusto Roa Bastos
Diario Última Hora
Editorial El País,
Ilustración de tapa: OLGA BLINDER
Editorial Servilibro,
Asunción - Paraguay 2007 (157 páginas) 


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ÍNDICE DE CUENTOS:
EL BALDIO / CONTAR UN CUENTO / ENCUENTRO CON EL TRAIDOR / LA REBELIÓN / EL ASERRADERO / BORRADOR DE UN INFORME / LA TIJERA / HERMANOS / LA FLECHA Y LA MANZANA / EL Y EL OTRO / KURUPÍ / EL PAJARO MOSCA


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PRÓLOGO
El cuento breve es comparable a una joya de orfebre, nos dijo Roa Bastos en un encuentro de taller literario con estudiantes; estos cuentos avalan esa comparación y el esplendor es mayor aún para nosotros porque están escritos en el castellano paraguayo, ese idioma mestizo, que supo utilizar con gran maestría.
En el corazón de todo cuento sístole y diástole deben combinarse con precisión para dar vida a la narración y lograr que el latido de las páginas siga vigente más allá de la primera lectura y del tiempo. Roa Bastos lo consigue con la destreza de un miniaturista al pintarnos en pocas páginas todo un auténtico retrato de personajes y de hechos. Hay algo de histórico y mucho de ficción. Allí radica una de sus proezas. La anécdota real no precisa ser transcripta, es básicamente un cimiento para la invención que, paradójicamente, la convierte en más veraz.
La contradicción, propia de la naturaleza humana, permite que en el modo de narrar el hecho real en sí ya se cuente con una historia distinta. Hay elementos variables en su prosa y por ende, interpretados de diverso modo al punto que constituyen ramificaciones de los propios hechos. Algunos cuentos son terribles y despiadados, con fuerte tinte social y otros parecen remitir a sucesos aparentemente sencillos pero que se ven realzados con mayores interpretaciones a través de su prosa tenaz e inteligente.
Los cuentos incluidos en este volumen fueron escritos entre 1955 y 1962, animados por una impostergable voz
EL BALDÍO es un cuento circular, conciso como una vida, contundente como la muerte, perfectamente trazado desde un oscuro inicio. A mayor condensación, mejor expresión.
En CONTAR UN CUENTO muchas reflexiones son aportadas por un obeso concertista de piano cuyas palabras y silencios componen una especie de sinfonía verbal que va in crescendo para asombro de todos los oyentes de los cuentos que en su voz se entremezclaban pero nunca se repetían.
Intercalando épocas y voces distintas, ENCUENTRO CON EL TRAIDOR nos revela en una calle extranjera una causa vieja más no perimida. Un azaroso encuentro hace emerger el destino mostrando la otra cara de los hechos.
Un pasado nada lejano se agita en LA REBELIÓN cuando en convulsivos períodos de cuartelazos, en el turno nocturno de la Telefónica, husmean entre códigos cifrados dos estudiantes de derecho, Muleque y Miguel. Éste garrapateará, desde una celda atestada, la historia de lo ocurrido cuando una multitud de mujeres se reúne en la Plaza de Armas de Asunción. Son ellas quienes, en esa tierra de nadie, hacen un impredecible llamado en un momento de gran tensión.
En EL ASERRADERO, el autor describe la explotación, la miseria y alude: "No hay memoria para el daño, como no hay cosa buena que pase, pues la gente no se acuerda de nada." Un reflejo de cicatrices que admiten el perturbador retorno de un hombre que llega como si fuese un remolino trágico.
Enmarcado en las festividades religiosas de Caacupé, BORRADOR DE UN INFORME incluye peregrinos, indigentes, vendedores y agitadores irónicamente reunidos, como en una romería, en el informe a las autoridades. Un cuento sarcástico que viborea en crudas ondulaciones.
Los múltiples recursos de su escritura quedan patentados en el choque brutal de HERMANOS y en la interesante visión de ÉL Y EL OTRO.
El cuento más extenso de este tomo, KURUPÍ es un sobresaliente ejemplo del cauce trazado a las palabras apareadas en un lenguaje mestizo bajo el enérgico pulso de un hábil narrador.
EL PÁJARO MOSCA, perseguido por Alba en los intersticios de la narración, es un cuento sorprendente. En sus páginas aparecen nombres verdaderos y ficticios de nuestra historia y literatura. En los párrafos de un manuscrito del profesor Ozuna, padre de Alba, poseedor de un ejemplar del Quijote "con anotaciones de puño y letra del propio Cervantes"; se insertan claves que al ser cotejadas con los hechos revelan algo sin perder el velo del asombro.
Estos cuentos como si fueran heraldos nos anticipan el mensaje porque todos ellos llevan en sí los elementos del desarrollo temático y semántico de su personalísimo estilo.
Los cuentos de Roa Bastos son la punta del ovillo y el hilo conductor de su gran obra narrativa. En ellos está trazado el camino a seguir en sus novelas, aunque ingeniosamente los cuentos toman atajos para llegar con mayor rapidez a destino, amojonando el lugar para dar a conocer el horizonte que otros personajes, sumando otras historias sobre sus hombros, recorrerán con más tiempo y más tinta.
Por JOSÉ PÉREZ REYES, ESCRITOR




EL BALDÍO  (CUENTO)

No tenían cara, chorreados, comidos por la oscuridad. Nada más que sus dos siluetas vagamente humanas, los cuerpos reabsorbidos en sus sombras. Iguales y sin embargo tan distintos. Inerte el uno, viajando a ras del suelo con la pasividad de la inocencia o de la indiferencia más absoluta. Encorvado el otro, jadeante, por el esfuerzo de arrastrarlo entre la maleza y los desperdicios. Se detenía a ratos a tomar aliento. Luego recomenzaba doblando aún más el espinazo sobre su carga. El olor del agua estancada del Riachuelo debía estar en todas partes, ahora más con la fetidez dulzarrona del baldío hediendo a herrumbre, a excrementos de animales, ese olor pastoso por la amenaza del mal tiempo que el hombre manoteaba de tanto en tanto para despegárselo de la cara. Varillitas de vidrio o de metal entrechocaban entre los yuyos, aunque de seguro ninguno de los dos oiría ese cantito isócrono, fantasmal. Tampoco el apagado rumor de la ciudad que allí parecía trepidar bajo tierra. Y el que arrastraba, sólo tal vez ese ruido blando y sordo del cuerpo al rebotar sobre el terreno, el siseo de restos de papeles o el opaco golpe de los zapatos contra las latas y cascotes. A veces el hombro del otro se enganchaba en las matas duras o en alguna piedra. Lo destrababa entonces a tirones mascullando alguna curiosa interjección o haciendo a cada forcejeo el ha... neumático de los estibadores al reventar la carga rebelde al hombreo. Era evidente que le resultaba cada vez más pesado. No sólo por esa resistencia pasiva que se le empacaba de vez en cuando en los obstáculos. Acaso también por el propio miedo, la repugnancia o el apuro que le iría comiendo las fuerzas, empujándolo a terminar cuanto antes. Al principio lo arrastró de los brazos. De no estar la noche tan cerrada se hubiera podido ver los dos pares de manos entrelazadas, negativo de un salvamento al revés. Cuando el cuerpo volvió a engancharse, agarró las dos piernas y empezó a remolcarlo dándole la espalda, muy inclinado hacia delante, estribando frente a los hoyos. La cabeza del otro fue dando tumbos alegres, al parecer encantada del cambio. Los faros de un auto en una curva desparramaron de pronto una claridad amarilla que llegó en oleadas sobre los montículos de basura, sobre los yuyos, sobre los desniveles del terreno. El que estiraba se tendió junto al otro. Por un instante, bajo esa pálida pincelada, tuvieron algo de cara, lívida, asustada la una, llena de tierra la otra, mirando hacer impasible. La oscuridad volvió a tragarlas enseguida. Se levantó y siguió halándolo otro poco, pero ya habían llegado a un sitio donde la maleza era más alta. Lo acomodó como pudo, lo arropó con basura, ramas secas, cascotes. Parecía de improviso querer protegerlo de ese olor que llenaba el baldío o de la lluvia que no tardaría en caer. Se detuvo, se pasó el brazo por la frente regada de sudor, escarró y escupió con rabia. Entonces escuchó ese vagido que lo sobresaltó. Subía débil y sofocado del yuyal, como si el otro hubiera comenzado a quejarse con lloro de recién nacido bajo su túmulo de basura.
Iba a huir, pero se detuvo encandilado por el fogonazo de fotografía de un relámpago que arrancó también de la oscuridad el bloque metálico del puente, mostrándole lo poco que había andado. Ladeó la cabeza, vencido. Se arrodilló y acercó husmeando casi ese vagido tenue, estrangulado, insistente. Cerca del montón había un bulto blanquecino. El hombre quedó un largo rato sin saber que hacer. Se levantó para irse, dio unos pasos tambaleando, pero no pudo avanzar. Ahora el vagido tironeaba de él. Regresó poco a poco, a tientas, jadeante. Volvió a arrodillarse titubeando todavía. Después tendió la mano. El papel del envoltorio crujió. Entre las hojas del diario se debatía una formita humana. El hombre la tomó en sus brazos. Su gesto fue torpe y desmemoriado, el gesto de alguien que no sabe lo que hace; pero que de todos modos no puede dejar de hacerlo. Se incorporó lentamente, como asqueado de una repentina ternura semejante al más extremo desamparo y quitándose el saco arropó con él a la criatura húmeda y lloriqueante
Cada vez más rápido, corriendo casi se alejó del yuyal con el vagido y desapareció en la oscuridad.

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LA FLECHA Y LA MANZANA  (CUENTO)

Faltaba aún un buen rato para la cena. Sobre la mesa del living, los tres chicos simulaban concluir sus deberes. Es decir, los tres no; sólo la niña de trenzas rubias y cara pe cosa se afanaba de veras con sus lápices de colores sobre un cuaderno copiando algo de un libro. Los otros dos no hacían más que molestarla; o al menos lo intentaban, sin éxito. Concentrada en su trabajo, la pequeña dibujante los ignoraba por completo. Parecía sorda a sus ruidos, inmune a sus burlas, insensible a los pérfidos puntapiés bajo la mesa, a las insidiosas maquinaciones. Estaba lejos de allí, rodeada tal vez de altos árboles silenciosos o en alguna almena inaccesible sobre ese precipicio que le hacía palpitar de vértigo la nariz y morder el labio inferior dándole un aire absorto.
El niño de la lámina estaba ya en el papel, iba surgiendo de los trazos, pero era un niño nuevo, distinto, a medida que ella iba ocupando su lugar en 'la lámina, cada vez más quieta y absorta, moviéndose sólo en ese último vestigio animado de la mano que hacía de puente entre la lámina y el cuaderno, entre el niño vivo y la niña muerta y renacida. Los aeroplanos de papel se estrellaban contra las afiladas puntas de los lápices sin lograr interrumpir su vaivén, sin poder evitar la transpiración.
Un alfiler rodó sobre el oscuro barniz de la mesa. Los dos hermanos se pusieron a soplar de un lado y de otro, en sentido contrario, levantando una nube de carbonilla de colores. El alfiler iba y venía en el viento de los tenaces carrillos, hinchados bajo la luz de la araña. La aguja mareada, enloquecida, iba marcando distintos puntos de la lámina, sin decidirse por ninguno, pero el polvillo coloreado se estaba posando en los bordes y comenzaba a invadir el dibujo animándolo con una improvisada nevisca, y formando sobre la cabeza del niño algo como la sombra tornasolada de un objeto redondo. La niña continuaba impávida; parecía contar incluso con la imprevista ayuda de esa agresión, o tal vez en ese momento su exaltación no podía hacerse cargo de ella, o quizá, con una astucia y paciencia que tomaban la forma del candor o de la impasibilidad, esperaba secretamente el instante del desquite.
Los otros dejaron de soplar. El alfiler osciló una o dos veces más y quedó quieto. Un abucheo bajito, pero bastante procaz, reemplazó al vendaval. Entonces la niña sopló a su vez con fuerza, un soplo corto y fulmíneo que arrancó el alfiler de la mesa y lo incrustó en el pómulo de uno de los chicos, donde quedó oscilando con la cabeza para abajo, mientras el herido gritaba de susto, no de dolor.
Desde un sofá el visitante observaba ensimismado ese mínimo episodio de la eterna lucha entre el bien y el mal, que hace una víctima de cada triunfador. Una mano se apoyaba con cierta rigidez en el bastón de bambú; con la otra comenzó a rascarse lenta, suavemente, la nuca atezada que conservaba su juventud bajo los cabellos canosos. Se rascó con un dedo. Otra ligera nevisca cayó sobre los bordes del cuello de la gabardina muy entallado, parecido a una guerrera.
Pasó la madre. Los gritos no cesaron con suficiente rapidez, esos gritos que traían el clamor de un campo de batalla entre el olor de un guiso casero, ruiditos de lápices y las tapas de un libro al cerrarse sobre precipicios, almenas, guerreros y caballos. Los ojos grises, moteados de oro, de la niña miraban seguros delante de sí en una especie de sueño realizado y las aletas de la nariz habían cesado de latir.
-¡A ver chicos, por favor! ¡Pórtense bien! ¡No respetan ni a las visitas!
-Déjelos, señora -abogó el visitante con una sonrisa de lenidad, como si él también buscara disculparse de algo que no tenía relación con los chicos y sólo le concernía a él mismo.
-¡Son insoportables! -sentenció la madre.
Los tres chicos eran de nuevo tres chicos, hasta en el empeño de ese dedo, de esa uña que buscaba deshollinar una nariz con riesgo de arañar un cartílago. 
-Los chicos me gustan -dijo el visitante haciendo girar la caña barnizada entre los dedos y mirándola fijamente.
-No diría lo mismo si los tuviera a su lado más de un día. ¡Me tienen loca con sus diabluras! Esa chiquilla sobre todo, ahí donde la ve es una verdadera piel de Judas. Imagínese que ayer metió el canario en la heladera.
-Hacía mucho calor mamá... -la uña abandonó la diminuta fosa-. El canario se moría en la jaula. Abría la boca, pero no podía cantar. Además, allí el gato no lo podía alcanzar.
-¿Ve? -el rictus de la boca dio a la cara una expresión de ansiedad y desgano que ahora ya tampoco incluía a los chicos; surgía de ella, de ese vacío de años y de noches que le había crecido bajo la piel y que tal vez ya nada podía calmar, aunque ella se resistiera todavía a admitirlo. Se pasó las manos por las ampulosas caderas, por la cintura delgada, que la maternidad y la cuarentena habían acabado por desafinar. -Usted ve... -dijo-, ¡No tienen remedio! Y luego, otra vez es en dueña de casa-: José Félix está tardando. Esa bendita fábrica lo tiene esclavizado todo el día. Me dijo por teléfono que iba a llegar de un momento a otro. Pero usted sabe cómo es él.
-¡Uf!, si lo conoceré... -rió el visitante; podía evidentemente juzgar al padre con la misma condescendencia que un momento antes había usado para medir a los hijos. "Astillas del mismo palo", tal vez pensaron esos ojos, uno de los cuales parecía más apagado que el otro, como si se hubiesen cansado desigualmente de ver el absurdo espectáculo de vivir.
-Pepe me contó cómo se encontraron ayer, después de tanto tiempo.
-Casi treinta años. ¡Toda una vida! O media vida, si se quiere, ya que la nuestra está irremediablemente partida por la mitad. Y luego este encuentro casual, casualísimo.
-Es que Buenos Aires es una ciudad increíble. Vivir como quien dice a la vuelta de la esquina, y no saber nada el uno del otro. Es ya el colmo, ¿no le parece?
-Es que yo en realidad salgo poco señora, por lo que ando bastante desconectado de mis connacionales. Hemos llegado a ser muchos aquí, una población casi dos veces mayor que la propia Asunción. No podemos frecuentarnos demasiado.
-Pero usted y Pepe fueron compañeros de armas, ¿no es así? -De la misma promoción.
-Pepe no solía hablar mucho de usted... -una súbita pausa y el gesto de friccionarse el cuello obviaron el peligro de una indiscreción-. Y ahora está muy contento de haberlo reencontrado. También hay que decir que ustedes los paraguayos son un poco raros, ¿verdad? Nunca se puede conocerlos del todo.
El visitante rió entre los reflejos ambarinos del bastón que hacía oscilar delante de los ojos; el más vivo no parpadeaba, como si estuviera en constante alerta.
-Con nosotros vive ahora otro compatriota de ustedes, también desterrado. Un muchacho periodista, muy inteligente y despierto -la actitud de ansiedad y contención produjo otra pausa.
 -Sí. Ibáñez me habló de él. El destierro es la ocupación casi exclusiva de los paraguayos. A algunos les resulta muy productiva-ironizó el visitante; el chillido sordo y sostenido de una boca aplastada contra la mesa lo interrumpió.
-¡Alicia!... ¡Voy a acabar encerrándote en el baño! Y ustedes dos, al patio, ¡vamos!
Salieron como encapuchados.
-Usted ve. No dejan paz un solo momento.
-Y luego cambiando de voz-: Le traeré un copetín mientras tanto.
-Mejor lo espero a Ibáñez.
El tufo de alguna comida que se estaba quemando invadió el living.
-Si usted me permite un momento...
-¡Por favor, señora! Atienda no más.
La dueña de casa acudió hacia la chamusquina; se le oyó refunfuñar a la cocinera entre un golpear de cacharros sacados a escape del horno y luego chirriando el agua en la pileta.
El visitante se levantó y se aproximó a la mesa; puso una mano sobre la cabeza de la niña, que no dejó de dibujar.
-Así que te llamas Alicia.
-Sí. Pero es un nombre que a mí no me gusta. -¿Y qué nombre te hubiera gustado?
-No sé. Cualquier otro. Me gustaría tener muchos nombres, uno para cada día. Tengo varios, pero no me alcanzan. Los chicos me llaman Pimpi, de Pimpinela Escarlata. Papá, cuando está enojado, me llama añá, que en guaraní quiere decir diablo. En el colegio me llaman La Rueda. Pero el que más me gusta es Luba.
-¿Luba? -El visitante retiró la mano-. Y ese nombre, ¿qué significa?
-Es una palabra mágica. Me la enseñó una gitana. Pero nadie me llama así. Sólo yo, cuando hablo a solas conmigo... -se quedó un instante mirando al hombre con los ojos forzadamente bizcos; parecía decapitada al borde de la mesa.
El visitante sonreía.
-Y ese ojo que tiene es de vidrio, ¿no? -Sí. ¿En qué lo has notado?
-En que uno es un ojo y el otro una ventana sin nadie. -Pero ya la niña estaba de nuevo absorta en su trabajo, copiando otra lámina. Tal vez era la misma, pero ahora cambiada. Además del niño, con la sombra de un objeto redondo sobre la cabeza, surgía ahora la figura de un hombre en un ángulo del cuaderno, con el esbozo de un arco en las manos.
El visitante se inclinó, y a través de la rampa abierta de pronto por la mano de la niña se precipitó lejos de allí, hacia un parque, en la madrugada, con árboles oscuros y esfumados por la llovizna, hacia dos hombres que se batían haciendo entrechocar y resplandecer los sables que no habían cesado de batirse y que ahora, a lo largo de los años, ya no sabían qué hacer de la antigua furia tan envejecida y aquiescente como ellos. Por la ventana ve a los chicos que disparan sus flechas sobre un pájaro disecado puesto como blanco sobre el césped. Contempla las sombras moviéndose contra la blanca pared. Con un leve chasquido, que no se escucha pero que se ve en la vibración del chasquido, las flechas se clavan en abanico sobre el pájaro ecuatorial que va emergiendo de las reverberaciones. A cada chasquido gira un poco, da un saltito sobre el césped, pesado para volar por esa cola de flechas que va emplumando bajo el sol. Y otra vez, los hombres, a lo lejos. Uno de ellos se lleva la mano a la cara ensangrentada, al ojo vaciado por la punta de sable del adversario, al ojo que cuelga del nervio en la repentina oscuridad.
Sonó el timbre, pero en seguida la puerta se abrió y entró el dueño de casa buscando con los ojos a su alrededor, buscando afianzarse en una atmósfera de las que evidentemente había perdido el dominio hacía mucho tiempo, pero que aún le daba la ilusión de dominio. El otro tardó un poco en reponerse y acudió a su encuentro. La niña miraba en dirección al padre, enfurruñada sobre el dibujo que la mano del visitante había estrujado como una garra. Luego atravesó con la punta del lápiz al arrugado niño de la manzana. Esa manzana que un rato después la pequeña Luba ofrecerá a los hermanos que estará flechando el limonero del patio sin errar una sola vez las frutitas amarillas, y les dirá con el candor de siempre y la nariz palpitante:
-A que no son capaces de darle a ésta a veinte pasos.
-Bah, ¿qué problema? Es más grande que un limón.
-Y a ésos los estamos clavando desde más lejos -añadirá el más chico.
-Pero yo digo sobre la cabeza de uno de ustedes dirá ella mirando a lo lejos delante de sí.
-Por qué no -dirá el mayor tomándole la manzana y pasándola al otro-. Primero vos, después yo.
El más chico se plantará en medio del patio con una manzana sobre la coronilla. El otro apuntará sin apuro y amagará varias veces el tiro, como si quisiera hacer  rabiar a la hermana. En los ojos de Luba se ve que la flecha sale silbando y se incrusta no en la manzana sino en un alarido, se ve la sombra del más chico retorciéndose contra la cegadora blancura de la tapia. Pero ella no tiene apuro, mirará sin pestañear el punto rojo que oscilará sobre la cabeza del más chico, parado bajo el sol, esperando.

 

ENLACE RECOMENDADO:
CUENTOS COMPLETOS – TOMO IV
Autor: AUGUSTO ROA BASTOS
Edición Homenaje 90 años de su nacimiento:
13 de junio de 1917
Fundación AUGUSTO ROA BASTOS
Edición Especial para Editorial El País,
Prólogo María del Carmen Pompa Quiroz
Ilustración de tapa: CÁNDIDO LÓPEZ
Diario ÚLTIMA HORA,
Asunción-Paraguay
Año 2007 (pp. 150)


lunes, 1 de noviembre de 2010

JUAN ANDRÉS CARDOZO - DE PIE FRENTE AL DOLOR (POEMARIO) - Presentación: FRANCISCO PÉREZ-MARICEVICH / Colección EL UMBRAL Nº 1, 1966



DE PIE FRENTE AL DOLOR
Poemario de
JUAN ANDRÉS CARDOZO
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
Colección EL UMBRAL
Nº. 1
Queda hecho el depósito que marca la ley 94
Ilustró OLGA BLINDER
asedio literatura y arte
Acabóse de imprimir en los Talleres Gráficos ASUNCIÓN,
el 23 de Agosto de 1966.
Asunción – Paraguay (49 páginas)


Sea cual fuere la idea que nos hagamos de la poesía en el tiempo presente, no podemos desligarnos del hecho de que ella es hoy menos un canto que una provocación. Y es así cómo, por sobre su ancilar condición de arte, lo que la poesía se ha propuesto -a partir del simbolismo- es descubrirnos al hombre esencial, ese huésped secreto y silencioso que habita en cada tino de los seres humanos, y que es aquel que no muere cuando morimos. Detrás de la multiplicidad ocasional y transeúnte de nuestros rostros interiores -el hombre es siempre él y su multitud- el secreto huésped (que es, en realidad, el verdadero dueño de la morada) espera sicut erat in principio el develamiento, súbito como el rayo, para manifestarse desde nosotros con la transparente "libertad de los hijos de Dios".
Y es ésta la provocación de la poesía al hombre cotidiano: tina provocación para la unidad del ser. No para que el hombre trascienda en algo -que es eso más bien un alienarse, el enajenamiento que es nuestro mal-, sino para que alcance su propia, intransferible inmanencia personal con la existencia. Que luego viene el irradiar.
Por debajo de la uniformidad ecuménica vivimos una época de dispersión, en la era del hombre disperso en la que éste es apenas máscara de sí mismo o noria acongojada. No es verdad, no, que el hombre sea hoy lo que se llama una persona. Es otra cosa. Preso en la maraña de los artículos de las constituciones, las inflaciones monetarias, las campañas electorales, los impuestos y los estampidos de los "Atlas", ¿qué puede hacer el triste prójimo más que ensoberbecerse o, sencillamente, olvidarse y dormir en sus adentros, huyendo de sí mismo como huye el ciervo acosado del ojo cazador? Y, sin embargo, es necesario rehacer al hombre: realizarlo, despojándolo de sus adyacencias infecundas. Tarea que se hace de dos maneras: o por lo angélico (con la poesía) o por lo demoníaco (con la política totalitaria). Y estos son los dos caminos de la libertad del hombre, idénticos, a su vez, a los de su verdad: o la palabra o la cárcel, que en ambas la libertad se revela humanada.
Juan Andrés Cardozo es una joven vocación que comienza con estos poemas a abrir los ojos a esta problemática del hombre en nuestro tiempo. Pero sus poemas no deben ser apreciados propiamente aún en cuanto realizaciones estéticas, sino en cuanto ellos revelan una actitud. Una actitud de enfrentamiento con la realidad desde sí mismo. Su libro indica un punto de partida: no es aún una meta. Y en él parece cumplirse -como en toda joven vocación poética-, por refracción, el sentido esencial de la poesía: el de preparar el camino de la liberación en la verdad. Pero si en cuanto expresiones estéticas sus poemas presentan todavía las inevitables vacilaciones del ojo que se encuentra de súbito en medio de las tinieblas, ¿qué le vamos a hacer, qué va a hacer él propiamente, si los hombres apenas somos escolares de la eternidad que nos ejercitamos con temporalidades angustiosas?


Y, desgraciadamente,
el dolor crece en el mundo a cada rato . . .
CESAR VALLEJO

LA PUERTA DEL SILENCIO
Hay palabras que deben enterrarse,
para siempre,
en un mundo de silencio,
pero desde el fondo del abismo,
nace en austral potencia
un grito de rebelión.

La angustia es una sabana inmensa;
es un fango que traga.
Su red traicionera
nos atrapa.

Soy habitante de su cárcel.

Y entonces
viene la palabra prohibida,
enferma,
pero llega.

Sin embargo,
mientras existan escombros
de un dolor humano;
mientras sauces lloren
la presencia del viento,
mis manos
golpearán
la puerta del silencio.

POEMA
Tengo aplastado el corazón
un dolor gigante se apoya sobre él
y siento que mi vida
es una llaga
abriéndose a la caída vertical
de mi palabra
-vaso derramándose en la arena-.

Trato de aplacar la tristeza que se viene
de mi celda primitiva
donde me arrojó la tarde
en que la flor era una hostia enaltecida
y la esperanza un árbol
anhelando llegue otoño.

EL OTRO
Un animal vive conmigo
desde hace tiempo.

Me acompaña siempre
como mis prendas de vestir.

Un día canséme de él,
y quise asesinarlo.
Lo apuñalé
una
y otras veces
mas no murió.

Siguió andando a mi lado.
No pude desasirme de él.

Cuando mis esfuerzos
por agostar su vida
resultaron estériles,
traté de educarlo.

Todos los días
nos sentábamos juntos:
le envenenaba con libros;
caminábamos por las calles
habitadas de lobos.
Pensábamos.

A veces,
una nube de tristeza
nos envolvía.
Cuando sentía hambre
devoraba mi carne.

Cuando se enamoraba
mordía mi corazón
con cristales rotos.

Así, de vereda en vereda,
asidos eternamente,
nos vamos desangrando.

EL AMO NEGRO
Existe una marea impetuosa
que me empuja
hacia lugares donde mi alma
tórnase una caja vacía.

Temeroso
voy transitando
con mis maltratados huesos.

Voy al encuentro
de cosas conocidas,
íntimos,
pero que va enmoheciendo,
como la humedad a los zapatos desusados,
mi afiebrado rostro.

Cuando mis pasos
vuelven,
liberados;
cuando mi sangre
trajina militarmente,
una promesa se hace eco:

Ahorcaré al viento que me empuja,
que dirige mis ansias.

Pasan las horas,
los días van huyendo del calendario,
y surge nuevamente
una cabeza negra, inmensa.

Empieza la lucha.
Nos derribamos retorciéndonos el cuello,
pero quedo vencido.

No hay hombres que puedan con él.

Sólo la muerte.

Por eso
cuando llega
también se muere de tristeza.

LIBERTAD
Dinamita que debieras volar murallas;
enigma siempre royendo carne;
por tí
la sombra es hogar.

El cielo,
techo abierto a la mirada
donde vuelan alas pensativas;
ideales cubiertos de tierra;
hombres envueltos de palabras,
huérfanos,
en la lucha contra la muerte,
de tu nombre.

El barro
en incesantes llamas desatadas
quema tu vida libertad!

No eres más que cenizas
recorriendo las almas.

¡Lágrimas humedeciendo el mundo!

¡Cuántas vidas apuñalaste!

Sin embargo,
tú a nadie dejaste sin vida.
Ellos te dejaron sin sangre.
¿Quienes?
                  Los eternos . . .

(Pero aún la oscuridad
está herida de luz
y hay corazones apuntando,
como bayonetas,
hacia el vórtice.)

CON LAS MANOS ABIERTAS
Con las manos abiertas
nos vamos,
todos,
hacia el vientre de la tierra.

Con las manos abiertas
nos vamos,
todos,
despidiendo a los que un día
apretábamos contra el corazón.

No obstante,
con las manos cerradas
venimos
rompiendo paredes de carnes
y abrazando el mundo.

Con los brazos al viento,
con el grito flotante,
comenzamos en la arena de llantos:

Sudores de yodo bañando nuestras frentes.
Las voces cosiendo las edades.
Y la sangre pintando las aceras.

¡Oh querer imposible
éste de retener
tantos sacrificios
arrastrados por raudales del destino!

El dolor
ventanas abiertas en los ojos
erguido vive
cubriendonos como la noche.

Así, en marejada sin fin,
nos vamos
asustados,
terriblemente asustados,
con las manos vacías.

ESPERANZA
Fuego
que ilumina mi túnel herido,
desbrozando
malezas olvidados al tiempo.

De pié
con el grito en el aire,
deshojar quiero
las hojas mustias
que cuelgan todavía
del árbol calcinado de mi pueblo
de quebracho y maizales.

Flomígero poncho
arropando mi flaqueza.
En tí nace una patria
de palmeras
que resisten la soberbia del sol!

Como una oración anciana
me acompañas
para quebrar,
cuando despliego mi bandera entristecida,
el cerco del silencio.

¡Hachero
que adormece los bosques
para levantar los vigas del amor!

De la entraña de mi madre arcilla
te llevo en la mirada
confiado de que tu hoguera
derrotará
al hierro que oprime
el temblor de los sueños.

DE PIE FRENTE AL DOLOR
Yerto sobre e! rocío del dolor
extiendo la voz que emerge
de la tumba donde le acostó el silencio.

Ya no es hora de conformarse
con la campana que murió en la plaza.

Ni con los caminos amarillos y delgados
donde las pisadas dejaron su beso viajero!

¡Mi corazón es una estrella apagada
que quiere arrancar fuego al sol!

Quiero mojar la arena de la siesta
que abre surcos en las plantas
de los hombres cautivos de la tierra.

¡Quiero limar los cerros de sus manos
y arrancar de sus ojos la resignación!

Si las paredes acribilladas de pobreza
pudieran acercar su voz a los oídos sordos,
a las miradas de puñales indiferentes,
y lanzar al viento su queja amarga:

¡Cuántos días el pan ha estado ausente!

¡Cuántos cuerpos, en edades desiguales,
enlazó el invierno
y el pecado fue un bocado de la noche!
Ya basta . . !

No quiero seguir tocando la cuerda,
el hilo de sangre que teje la sombra
del universo; de Latinoamérica.

Sólo de pie frente al dolor
quiero levantar un muro de esperanza,
un muro de hierro que detenga
la tristeza que viene arrollando
-roca desprendida de los Andes-
la alegría que ha nacido a deshora.

Y creer que el viento de la noche
se ha llevado
el miedo que dormía en la llanura.

DE PIE FRENTE AL DOLOR de JUAN ANDRÉS CARDOZO, título primero de la Colección "EL UMBRAL", consta de 52 páginas y quinientos ejemplares, impresos en papel obra 1 de 100 grms.



 
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jueves, 14 de octubre de 2010

HÉRIB CAMPOS CERVERA - HOMBRE SECRETO (POEMARIO, 1966) / Retrato del autor: OLGA BLINDER / Ediciones DIALOGO, Cuadernos del Colibrí Nº 7.


HOMBRE SECRETO
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del

www.portalguarani.com )
Cuadernos del Colibrí Nº 7
Ediciones DIALOGO,
Director: MIGUEL ÁNGEL FERNÁNDEZ
Dibujo de tapa ARNOLD BELKIN
Retrato del autor: OLGA BLINDER ;
Asunción – Paraguay
Mayo de 1966 (19 páginas)


ADVERTENCIA
HÉRIB CAMPOS CERVERA (1908-1953) publicó en vida un sólo volumen de poemas, CENIZA REDIMIDA (Buenos Aires, 1950), en el cual reunió lo más perdurable de su labor poética. No se conocen sino tres poemas posteriores a ese libro, todos ellos aparecidos póstumamente en revistas. TU NOMBRE SOBRE EL MURO y PALABRAS DEL HOMBRE SECRETO se publicaron en Alcor en 1955 y 1963, respectivamente. Así... fue recogido por Diálogo en 1960. Se ha considerado oportuno reunirlos en este breve cuaderno junto con un poema anterior a los mencionados, RESPONSO, tomada del Índice De La Poesía Paraguaya, de SINFORIANO BUZÓ GÓMEZ, como un homenaje al poeta en el decimotercer aniversario de su desaparición.



Retrato del autor: OLGA BLINDER


RESPONSO
En memoria de Juan de Dios Talavera
-un "mensú" que conocí en vida y muerte-,
escribo en el agua del río inmenso, este Responso.

I
Lo custodian cien círculos transparentes y un pájaro.
Y una desesperada soledad de domingo.
Baja por la corriente, viajero de su muerte,
llevando sus dos párpados con su noche y su frío.

Cuatro labios helados llamaron al desvelo
y la sangre se fue por su camino:
dos violetas nocturnas y un clavel sin memoria
le ajustaron la máscara sobre el rostro dormido.

Manos de obscura ciencia y oficio mercenario
le buscaron un túmulo de muros imprecisos,
y hoy navega sin brújula, sin puerto y sin sosiego,
-viajero de su muerte-, por el río.

II
Manos de jazmín antiguo;
brazos de intensa madera.
Sombra nocturna del pelo
bajo la luna bermeja.
Presencia helada de un hierro
que torvamente navega,
cruzando sobre el silencio
de una guitarra sin cuerdas.

Ay, ¡muchacho navegante!
¡Ay, ¡Juan de Dios Talavera!
¡Cómo te nombro y te sueño
frente al alba sin estrellas!
¿Por qué me vienes bajando
llenos los ojos de niebla?
¿Dónde están tu faz de cobre
y esa garganta morena
que moría en las bordonas
cuando cantabas tu queja?

¡Cómo te llevo conmigo,
Juan de Dios de mi tristeza!
¡Cómo arañan mis recuerdos
tus dos manos de azucenas!

III
Todo aquello que puede nombrar a un ser venido
por un claro sendero de música y claveles,
vivía en este dulce paraguayo que baja
solo y vestido de temprana muerte.

Vivió un juego celeste de magia inaccesible:
bajo las catedrales del oro y de la fiebre,
lo cuidaba una imagen sin fatiga y sin párpados,
velando siempre...

Todas las muertes juntas custodiaban su vida:
la bota de cien leguas de la lluvia perenne;
el universo azul de las orquídeas
y el aire poderoso de los infiernos verdes.

(Todo vivía allí, pero ay, amigos,
el tiempo de vivir estaba ausente.)

IV
Hierros de voces opacas
le salieron al encuentro:
una guitarra invisible
puso su nombre en el viento.

Embrujos de pelo obscuro
se encendieron a lo lejos
y un llamado de jazmines
le amortajó los recuerdos.

Bajo la luz de la frente,
solloza un largo silencio.
Ay!, en el medio del río
ya el corazón está quieto.

Frente a la tarde impasible
corre el agua, va corriendo:
Juan de Dios, sigue que sigue,
solo, sin voz y sin puerto.

PALABRAS DEL HOMBRE SECRETO
Hay un grito de muros hostiles y sin término;
hay un lamento ciego de músicas perdidas;
hay un cansado abismo de ventanas abiertas
hacia un cielo de pájaros;
hay un reloj sonámbulo
que desteje sin pausa sus horas amarillas,
llamando a penitencia y confesión.

Todo cae a lo largo de la sangre y el duelo:
mueren las mariposas y los gritos se van.

Y yo, de pie y mirando la maòana de abril!
Mirando cómo crece la construcción del tiempo:
sintiendo que a empujones
me voy hacia el cariño de la sal marinera,
donde en los doce tímpanos del caracol celeste
gotean eternamente los caldos de la sed!

¡Dios mío! -Si no quiero otra cosa
que aquello que ya tuve y he dejado,
esas cuatro paredes desnudas y absolutas;
esa manera inmensa de estar solo, royendo
la madera de mi propio silencio
o labrando los clavos de mi cruz.

¡Ay, Dios mío!

Estoy caído en álgidos agujeros de brumas.
Estoy como un ladrón que se roba a sí mismo;
sin lágrimas; sin nada que signifique nada;
muriendo de la muerte que no tengo;
desenterrando larvas, maderas y palabras
y papeles vencidos;
cayendo de la altura de mi nombre,
como, una destrozada bandera que no tiene soldados;
muerto de estar viviendo de día y en otoño,
esta desmemoriada cosecha de naufragios.

Y sé que al fin de cuentas se me trasluce el pecho,
hasta verse el jadeo de los huesos, mordidos
por los agrios metales de frías herramientas.
Sé que toda la arena que levanta mi mano
se vuelve, de puntillas, irremisiblemente,
a las bodegas últimas
donde yacen los vinos inservibles
y se engendran las heces del vinagre final.

¡Cuánto mejor sería no haber llegado a tanto!
No haber subido nunca por el aire de Abril,
o haber adivinado que este llevar los ojos
como una piedra helada fuera lo irremediable
para un hombre tan triste como yo!

Dios mío: si creyeras que blasfemo,
ponme una mano tuya sobre un hombro
y déjame que caiga de este amor sin sosiego,
hacia el aire de pájaros y la pared desnuda
de mi desamparada soledad!
(1951)

TU NOMBRE SOBRE EL MURO
Para el nombre y el hombre
Paul Eluard,. Para el hombre
infinito que vivió en él.
Para la vida sin término
que vive en su nombre.

I
¿Cómo hacer para verte
acostado en la tierra, desde hoy y para siempre?
¿Desde qué primavera de flores infinitas
nos estarás mirando con tus ojos de luz
y tu pecho
de capital altura?
Ayer nomás estaba moviéndose entre vértigos
de lutos y vejámenes, todo el aire de Francia;
estaba todo lleno de ángeles transparentes,
todo lleno de Pablos luchadores.
Estaba allí el de España, vestido de rocío,
con su pólvora amarga, con sus limones verdes;
con sus rostros divididos
y sus metales hondamente fundidos en la arcilla.
Estaba allí el de América, nuestro Pablo más alto,
todo crucificado de mineral y Chile;
y estabas tú, Paul Eluard,
el hombre total, francés del universo,
el más Pablo de todos.
Y hablabas y cada uno de tus pequeños pájaros
cruzaba el horizonte y encendía una estrella
y la noche del hombre se arrodillaba y moría,
frente al fuego magnético de tu luz boreal.

II
Estaban floreciendo los naranjos de España,
flores de antigua sangre;
y tú, desde la dulce medida de tu pecho,
te arrancaste un duro fusil de miliciano;
un fusil infinito de balas infinitas,
que mataba a la muerte.
Y otro día, cuando los verdes prados
granaban en furiosas cosechas de ensangrentados cereales;
cuando el gas y las bombas y el humo y el uranio
quemaban todo el pólen y las hojas y el tallo
de la definitiva madera de los hijos de Dios, t
ú, Paul Eluard,
con tu mirada-Eluard y con tu voz-Eluard,
te asomaste al estrago.
Y cuando los ángeles de la venganza
te pidieron tu cuota;
cuando te reclamaron los ojos y las frentes
y las gargantas mudas,
y las pobres garras calcinadas,
y las ametralladoras y los gritos
de los ajusticiados por tu mano,
tú señalaste el muro; mil muros:
todos los muros de París y de Francia
y del mundo.
Y allí estaba tu firma: ese día te llamabas:
"Eluard-la liberté".

III
Ayer, una criatura, hija clara del alba,
te buscaba, Paul Eluard:
te buscaba, para hablarte de amor.
Era un día de flor perenne, de perfumes ciegos,
en que nadie debería morir.
Te golpeaba la puerta, sacudiendo los arcos de tu jardinería;
probada con ingenuas ganzúas tus firmes cerraduras
y escudriñaba las rendijas de tus paredes,
buscándote, preguntando por ti.
Alguien le había pasado
una pequeña esquela con un mensaje tuyo,
escrito con minúsculas azules y con pulso de fiebre:
"si buscas al Amor, buscas a Paul Eluard". . .

IV
Recuerdo, hace unos años, cuando desde mi patria,
mi Paraguay de sueños, azúcar y agonía,
veíamos volverse tinieblas la mañana...
Recuerdo cuando el aire oreaba la sangre
recién desparramada sobre la tierra ardida,
de Oradour y de Lídice...
Recuerdo lo que estabas haciendo,
porque cuando llevábamos la cabeza a la almohada,
llegaban a nosotros los confundidos ecos
de las crepitaciones de leños y esqueletos
estallando entre el fuego...
Pero en la noche ciega,
alguien que no dormía levantaba su lámpara,
y la luz cariñosa del aceite prohibido
alumbraba las palabras inmensas:
"Allons, enfants de la Patrie,
le jour de gloire est arrivé". ..
Ese pastor nocturno de la libertad,
era la dignidad del hombre y se llamaba:
Paul Eluard.
(1953)

ASI...
Dejo aquí, en tus umbrales,
mi corazón inaugurado; mi voz incompatible;
mi máscara y mi grito y mi desvelo;
todos los carozos desnudos, roídos de intemperie;
todo lo que decae como un pétalo seco
en los vencidos días de otoño.

Hoy quiero verlo todo desde dentro;
todo el hilván y el esqueleto de sostén;
toda la utilería;
los telones y relieves prolijos del sueño.
Hoy recorro los acontecimientos
como quien navegara a lo largo de la miga cariñosa
de un pan
y saliera, de golpe, a flor de costra,
en llegando a la ciega corteza
apoyado en carbones de próximos diamantes.
Así, ejecutado y prolijo,
con la corbata puesta y los zapatos en su sitio:
como un muerto que espera el turno de su leño.

Así.
Porque es hora ya de irse preguntando:
¿A qué tanto jadeo y tanto andar a pie,
con la corbata puesta al revés,
y el corazón al aire, allí,
justo sobre las coyunturas desangradas
y los dedos haciéndole señas al Dios de nadie?
¿A qué los ojos cayéndose de tanto ver osamentas
y los párpados, ardiendo
sobre el aire podrido de un tiempo miserable?

Bueno: dejo aquí, en tus umbrales,
mi corazón de arena; mi voz toda deshecha
y mi máscara rota y mi mano sin horóscopos,
sin huellas saturnales de lunas muertas;
todo aquello que amé;
todo aquello que pudo ser un canto y es solamente
desprendido terrón de cementerio.

Tómalos todavía: colócalos
en un hondo nivel de marineros descansos;
ponles un grano de sal sobre las órbitas;
ponles una flor marchita en los ojales...
Llámalos a esa muerte que tú no desconoces
y entrégalos a la dulce vocación de los pájaros
que emigran hacia el Sur...
Y no los nombres nunca, si no es para amarlos
en recuerdo, en piedad, en dulzura de tarde quieta
-como quien acunara la cabeza de un infante sin madre-.
Así.
(1953)

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