Recomendados

Mostrando entradas con la etiqueta VÍCTOR CASARTELLI. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta VÍCTOR CASARTELLI. Mostrar todas las entradas

martes, 7 de septiembre de 2010

VÍCTOR CASARTELLI - TODOS LOS CIELOS (POEMARIO, 1987) / Versión digital: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES.


TODOS LOS CIELOS
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
Edición digital: Alicante :
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2002
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Alcándara, 1987.





a Zulma,más que esposa
a mis hijos,que todo lo merecen

CIELO ABIERTO

ALBOR CERCANO
(Alfonso Loma, 16 de marzo de 1986)

La flecha de la aurora, silenciosa
cruza la madrugada. Avanza con un blanco resplandor,
revelando el perfil de las panzudas nubes
que, derrotadas, se alejan con la noche declinante.
Abajo, entre los árboles umbrosos,
como signo inefable de alegría,
un creciente trinar estremece la fronda:
el alba está llegando; rompe el día
con su lezna de luz punzando las tinieblas.

Entre las sombras últimas que al oeste agonizan,
los desamparados lobos aúllan
hacia una luna exangüe.

PRODIGIO EN UN PREDIO APENAS CIUDADANO

Bajo el cielo diáfano de enero,
palor a la deriva de la brisa
lozana todavía, su venero
de luz fecunda suelta la mañana.
Y retozando repta, mas sin prisa,
entre el celeste azul que el aire ondula.
Y cuanto más el éxtasis se afana,
un rincón -cuyo encanto se acumula
con la sombra minúscula del patio-
muestra una enredadera de campánula
desde el verde tenaz que fuerza el césped.

¿Un prodigio sin fin... o fin de fábula?:

un raudo colibrí aquí es el huésped
del rosado panal de campanillas.
Y bate así sus alas rapidísimas
al contacto del cáliz de una flor:
clava el pico -¡divina maravilla!-
y liba la sustancia ya dulcísima
alejándose luego entre el claror.

Absoluta belleza: se condensan
la mañana, la flor y el picaflor.
.

BAJO OTRO CIELO
(Buenos Aires, 1967-1975)

Retomo: seca noria que no mueve.
JORGE GUILLÉN


EXILIO

Los que viajan siempre
fijan la brújula y el viento;
desdeñan las estrellas del trayecto
y el dosel de luna que paren los crepúsculos.
En las ciudades que pernoctan
no se detienen a conversar con los recuerdos
ni advierten las palomas
que estremecen los tejados:
de toda memoria se desprenden
y hienden los caminos
sin ninguna emoción que los agite.

En cambio tú,
rodando hacia el acaso
que te ciñe el corazón como a un ahorcado el nudo,
insomne y solitario
deambulas por calles extranjeras:
la piedad, andrajosa
como un mendigo, cojea a tu costado.

Pero aunque la ignominia te ultraje todavía
y te oprima la garganta, pese a las fronteras
sigues ligado a tu tierra,
tuya siempre por el dolor de tu ausencia,
tierra a la que tus venas se aferran
tenaces
. -como náufragos.

PARA EL DESTIERRO
a Carlos e Iván Decker

Es un sol distinto el que besa las tierras
que recorreréis en este peregrinaje.
Atrás quedaron, apagadas, las voces amigas
con quienes horadasteis desde siempre
el vientre del silencio
para engendrar alguna vez la nueva certidumbre
que parirá su luz y su alegría
en los boquerones sedientos de Catavi,
en los nevados picos de los Andes,
entre el aliento vegetal del Beni,
en las hondas ansiedades de los pozos
de Santa Cruz y de Camiri
y en el socavado platerío de Potosí.

Más allá los océanos recogerán vuestro
y devolverán a los chacales
un oleaje de colibríes degollados
que ascenderá hasta las ruinas
en un aleteo último de sed y

Pero la novia dilecta del hombre,
la Esperanza,
acunará vuestros sueños en noches de fusiles y palabras
y una lluvia venida del frente
os despertará una mañana luminosa
para llorar con ella el alborozo de contemplar
cómo germinan las semillas libertarias
en la afligida azotea de América.
1971
.
ESPEJO DEL CIELO

RÍO A CONTRALUZ

Entre el fauno canoeroy la ninfa lavandera.
J. A. RAUSKIN

La canoa en el río es lo que ella desea,
púdica cuna fluvial para mecer sus sueños.
El río se lleva su núbil latido. Su voz
y su aliento por altos barrancos descienden
y, desde un severo pontón que emerge a flor de agua
-madero ennegrecido, retén de camalotes-,
un bruno nadador, luciendo su oro en un diente,
con rápido ademán de pez flechado los recoge;
ya es ella prisionera de un pecho rumoroso;
es cautiva del río y de sus largos dedos.

Y de este modo sueña que ha perdido el miedo
de bogar en la corriente... o contra ella.
Y al río se entrega, a su raudo abrazo,
a sus múltiples manos abiertas en la tierra.
Ha perdido el temor. Y es el ágora del río
-losa de limo abajo, arriba bancos de arena-
quien un sitio cede a su habitante dilecto:
él y el sol en un bote se mecen, poseyéndola.

EL BARCO ABANDONADO
Inclinado a babor, fauces de moho
acechando la inercia de tu quilla.
La oscura soledad de tus bodegas
es féretro de sueños degollados,
del último dolor de los marinos
que huyeron sin cerrar las escotillas.

El silencio es atroz en tu cubierta,
sin el canto de amor del calafate.
Mas el lento crujir de tus cuadernas
es llanto y es asombro de un fantasma:
ha muerto el capitán. ¿Quién te acompaña?

Te acompaña la Rosa de los Vientos
en los tristes vaivenes de la muerte:
de todos los cuadrantes te transporta
el lejano piar de las gaviotas
y un furor amainado de tormentas
simulando banderas en tu mástil.

Las novias, sumergidas en los puertos,
aguardarán en vano tu llegada;
has dejado, dispersos en los muelles,
corazones radiantes en naufragio
y rincones vacíos en las fondas,
y guitarras llorosas, apagadas
junto al ciego final de tus faroles.

Tu severa armazón: beso de luna
y de peces fundiéndose en el limo.
.
CIELO ÍNTIMO

VANO DOLOR

in memoriam Víctor Ramón Bracho

Para mis ojos obstinados,
incrédulos ojos que vanamente buscan
tu figura absorta silbando en las ventanas
o, silenciosa y lenta,
descifrando el pentagrama de las aceras vacías,
todo es miserable.
Son míseras
estas arduas veredas que torturan los raudales
cuando llueve, como hoy,
en este cementerio sencillamente proletario.
Y también lo son
aquellas manos que, con anónima impiedad,
sellaron con tanta inútil argamasa
esta bóveda soez,
este ficticio columbario de silencios sin palomas,
esta espúrea cripta
que guarda, esconde, ciñe las oscuras tablas erigidas
donde definitivamente te deshaces,
donde ya eres creciente polvo encajonado
y no nutriente de algún árbol
como aquellos que ayer amaste tanto.

Pero qué importa si no te han devuelto a la tierra.
No yaces bajo ella. No sonarán entonces,
en la abatida caja de tu pecho puro,
la indecisa pisada del hombre transitorio
ni los pasos que, sin brújula,
para siempre en el Sur extraviaste.

Y qué importa al final toda esta pena,
si de la tierra misma es el ladrillo,
la cal, la arena, el clavo y la madera
que yerguen el brevísimo recinto
donde hoy ya te disuelves,
tú,
que también fuiste
animado terrón con forma humana.

MEMORIAS DE UN SUEÑO
a José-Luis Appleyard

Testigos que fuimos del parto del alba,
flamearon luces de asombro en tus pupilas.
Bebimos la última copa de sake
y salimos a deambular calle abajo
con el silencio quebrado por el piar de los gorriones
(la brisa desperezaba los naranjos
y tachonaba de azahares las aceras vacías).
Felices todavía llegamos a la casa:
abrumado por la fiebre sideral de sus próximos poemas,
cierto poeta luchaba
con la roca de Sísifo como estandarte cruel de la cruzada.

Hablamos de Góngora toda la mañana
(él nos ignoraba, adusto en su retrato)
y no pudiste decirle a la hermana Marica, mañana, que es fiesta,
porque la tos de nuevo te taladró de espasmos.
No logramos comer al mediodía.
A la mesa solitaria acudieron presurosas
las ninfas de todo el vecindario
para mirar sin comprender tu vieja campanilla,
muda sobre el mantel almidonado.
Salimos entonces a caminar bajo la lluvia;
yo detrás de mi padre
y tú, niño, en brazos de tu madre muerta.

Me señalabas los raudales que pulían las piedras de Rodó;
y en barquitos de papel llegamos, al fin del día,
a las arenas de Varadero:
entre cadavéricos buques, entre quillas derruidas,
Manolo Prieto filmaba el sueño compartido de un barco abandonado.

Reímos toda la noche (Cristo con nosotros a la vera del agua)
y entre huesos de peces muertos vimos, en la ribera opuesta,
nuestra propia osamenta profanada por los cuervos.

Al nuevo día descendimos por el soleado río,
con nuestros ojos rotos de imaginar péndulos
en el vaivén de los camalotes.
De pronto nos cruzamos con la nave de Caronte,
quien, ciego, nos acechaba desde el puente de su nave:
crujieron las cuadernas de nuestro viejo buque
y tu barba oscureció a la sombra de los mástiles quebrados.
Sofocados de llanto, desde popa corrimos,
sobre amarillentos libros que alfombraban la cubierta,
hasta el mascarón de proa que Laterza Parodi tallaba,
ya inconmovible,
con sus manos aromadas de caña y de limones.

Dormido el sol, arribamos al puerto deseado:
te vi partir por sus callejas,
del haz de tus poemas
tomado de la mano.
.
CIELO OSCURO

ECLESIASTÉS 4: 1, 2, 3


It is a privilege to be dead.
ALLEN TATE

Cuando, vencido, combes la cerviz
y gimiendo al final te desmorones
como un títere que cuelga de una mano derrotada,
crecerá en tu contorno el rechinar
de los fieros colmillos de los lobos;
y los cuervos, graznando,
descenderán en busca de la carroña en ciernes:
la piedad será entonces un alba mendicante
detrás de la soberbia de la noche.

Tu rostro en tierra alentará la sed,
pero el duro frontón de la mordaza
no dejará que bebas
ni siquiera la sal de tu infortunio.
Y desde allí, un palmo más abajo,
verás al fin los lindes del paraíso
en el sueño apacible de los muertos
quienes, distantes ya de la tragedia,
podrán decirte acaso
el secreto del tránsito al sosiego.

O la feliz certeza que guarda un vientre núbil:
de nuevo ser, bajo este cielo impío,
un niño inengendrado.

SOLITARIO GUIJARRO DE NUEVO
(Silverio)

Como un cuento casi, casi como una leyenda
que emerge y se oculta
y se aferra con denuedo a tu memoria,
refieres que una poción
(dulcísima fluidez de muerte, río letal
para la avidez de los labios mordidos,
beso postrero entre vida y cansancio)
ahogó los sueños de tu madre rendida.
Hoy su pecho opreso bajo tierra
nuevamente nutre las génesis. Y tú,
solitario guijarro de nuevo,
miembro desprendido de una montaña muerta,
suelto al viento ruedas, giras,
das tumbos, saltas, te estrellas
y caes, al fin,
en hondonadas de misericordia. Y allí
(a pecho abierto, en comunión secreta)
algún canto olvidado, ya canto rodado,
gime y contigo llora.
Y tan pronto recobras el brillo de tus ojos
te despeñas
hasta un cielo diáfano.
paraíso tangible que aún purifica tu frente,
tu corazón. Y más:
que al duro gris de tus castas pupilas
mansamente ennoblece.

Acaso niño tú de infancia quieta,
no emergida:
. ¿Quién remonta pandorgas
cuando a solas digieres tu candor violado?
Dime qué llanto guardas cuando suplicas.
Dime qué extinto corro de niños imploras
cuando hiendes, cansado,
la oscurecida luz de la aurora.

Tu vida es ya un puño
que no pudo atrapar la alegría.
Ahora ella cruza ante ti,
inasible
. -como una sombra.
.
Enlace al ÍNDICE del poemario Todos los cielos en la GALERÍA DE LETRAS del PORTALGUARANI.COM

** Cielo abierto: Albor cercano / Prodigio en un predio apenas ciudadano / Ensueño en un patio de Ysaty / Otro ensueño en Ysaty / Luna / Poesía / Al pie de la letra / Te vi venir
** Bajo otro cielo: Exilio / Para el destierro / Zulmamor / Carta a mi madre / Bajo otro cielo

** Espejo del cielo: Río a contraluz / Itapytãpunta / El barco abandonado / Asunción 1960 / Niño de la siesta / Cierto invierno de antaño / Arroyo de la infancia / Lluvia / Verona a orillas del mar / La sed / Ulises
** Cielo íntimo: Vano dolor / Memorias de un sueño / Mi hijo / Cielo impío / Admoniciones de la sangre / Prodigio de la forma / Despedida
** Cielo oscuro: Eclesiastés 4: 1, 2, 3 / Solitario guijarro de nuevo / Invocación / Ahora el infortunio / En el hospital / Otra versión de un poema de Robert Frost / Entre el perro y el niño, un cordel / Navidad / A una muchacha violada / Consumación / En el cementerio húngaro de Lambaré / Panteón familiar / En el vertedero / Muerte de un niño / Última instancia / Certeza
.
Visite la GALERÍA DE LETRAS
del PORTALGUARANI.COM
Amplio resumen de autores y obras
de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.
.
Enlace al
CATÁLOGO POR AUTORES
del portal LITERATURA PARAGUAYA
de la BIBLIOTECA VIRTAL MIGUEL DE CERVANTES

domingo, 25 de julio de 2010

SANTIAGO DIMAS ARANDA - VIDA, FICCIÓN Y CANTOS / BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES (LIBRO DIGITAL 100%)


VIDA, FICCIÓN Y CANTOS
Cuentos
SANTIAGO DIMAS ARANDA
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
Editorial Manuel Ortiz Guerrero,
Asunción-Paraguay 1996
(182 páginas)
© Patronato de Leprosos del Paraguay
Dibujos del autor
Edición digital: Alicante :

En las personas de las profesoras:

Doña Florencia Rojas,
mi abnegada madre,

Doña María Serrán,
mi mejor maestra,

y Doña Alcida Soto Monges,
mi valiente compañera
en la lucha y la esperanza.

Sea este homenaje
a todas las educadoras
de mi patria.

S. D. A.
.
PRÓLOGO
Es innegable que gran parte de la narrativa paraguaya -la de ayer y la de hoy- está estrechamente ligada al devenir de los sucesos que ha protagonizado -y sigue protagonizando- el hombre paraguayo a través de sus propios códigos culturales, sucesos que, cuando se desarrollan desde el punto penumbroso, que subyace en toda condición humana, llegan a modificar con trazos trágicos los perfiles de la sociedad y, por ende, de su misma historia que, al fin de cuentas, hace a la propia historia del país. Es así como muchas veces algunos de nuestros narradores rozan inevitablemente la historia al ficcionar la vida de sus protagonistas principales, y otras tantas cuando recrean, ficción de por medio, las historias o los hechos de anónimas personas que, indubitablemente, también son partícipes del tramado del todo de la historia. Muchas opiniones ya se vertieron -y de seguro que seguirán vertiéndose- con respecto a esta ligazón y a las dudas que genera en cuanto a la validez o no de su tratamiento conceptual como aliento literario. Mas, a nuestro juicio, la obra de todo escritor tiene siempre el halo del momento histórico y del ámbito geográfico que circunda su vida cronológica. Este juicio bien lo avala Guillermo de Torre en su Problemática de la Literatura cuando transcribe esta afirmación del pensador P. L. Landsberg: «La historicidad es esencial a la condición del hombre», para exponer después su concepto personal: «De ahí que el carácter histórico de nuestra existencia exija el compromiso como requisito de la humanización». Este compromiso sería el hecho de asumir de modo concreto la responsabilidad de una obra encarada hacia la formación del ser humano, en el convencimiento de que dicho compromiso realiza la historicidad humana. Y aquí debemos recordar y entender que este concepto de compromiso, que logró su acepción más concreta e influyente en Jean Paul Sartre, tiene sus raíces remotas, coetáneas ya de la consigna adversa «el arte por el arte», tan del siglo XIX, tan perimida, que al «provenir de una burguesía afianzada en el poder político y económico, convencida de la legitimidad histórica de sus intereses y privilegios», al decir de Adolfo Colombres en Sobre la Cultura y el Arte Popular, hace que los textos se conviertan en meros objetos de la literatura al dejar de ser instrumentos de la comunicación, que es su finalidad esencial.
Con todo, y acaso obviando premeditamente estas disquisiciones y su carga retórica, Santiago Dimas Aranda escribe incansablemente con la premisa fundamental de comunicarse -y de comunicar-, con esa pungencia creadora que le confiere su condición de escritor comprometido con su tiempo y su vasta experiencia de vida, tramos de ésta tiznados de un doloroso exilio que lo mantuvo mucho tiempo lejos de nuestro suelo. Pero es justo reconocer que ese alejamiento fue sólo físico, pues su corazón siguió siempre aquí, con la latencia de todos los fenómenos sociales y políticos que le tocó vivir en aquellos lapsos trágicos de nuestra historia. Es por eso cómo es gratificante comprobar que el lenguaje que impone en el tratamiento de los textos de este conjunto de cuentos y poemas que él titula VIDA, FICCIÓN Y CANTOS corre, a través de la palabra transparente, sencilla, llana, por el hilo conductor de la verdadera comunicación, aquella que habrá de transmitir a una gran cantidad de lectores, en su lenguaje específico, las historias que narra con evidente finalidad de transferencia cognoscitiva y también moralizante. Pero no por ello nosotros, los lectores, hemos de suponer que esa sencillez del lenguaje utilizado por Santiago Dimas Aranda puede disminuir la densidad de los relatos. Muy por el contrario, los hechos y los personajes que ficciona nos llevan a recorrer, muchas veces alelados y otras tantas estremecidos, los pasajes lóbregos y trágicos de una realidad social, política y económica que sigue intacta en la jungla de nuestra historia. Con todo, y acaso desde el profundo humanismo que es la impronta de la propia vida de su autor, estos textos conllevan siempre el sello de la solidaridad y de la justicia, siendo esta última impuesta más por el peso de la propia conciencia del hombre que por la letra de las leyes.
Es evidente entonces que con estos relatos y poemas el autor nos confirma su irrenunciable connubio con la literatura de compromiso, que él la asume con la responsabilidad de su propia vivencia y de su particular cuan honesta concepción de que la creación literaria es siempre emisora de un mensaje, dirigida a aquellos multitudinarios receptores que se nutren todavía de la imaginación popular, esa que desacraliza la creencia de que la pequeña burguesía intelectual, elitista por antonomasia, es la única depositaria de una ética y de una estética con poder de comunicar y revolucionar. Quizás por eso aquí bien vale citar aquella vieja afirmación de César Vallejo: «No hay más que una revolución: la proletaria, y que a esta revolución la harán los obreros con la acción y no los intelectuales con su crisis de conciencia».
Lejos de una literatura intelectual, esta que nos ofrece Santiago Dimas Aranda está más cerca de una literatura realista y, cuando cruda, descarnada y despojada de oropeles retóricos como es, nos invita a compartir las opciones de vida de quien tan sinceramente, con pudoroso silencio, las escribe.
VÍCTOR CASARTELLI
PRIMERA PARTE: VIDA Y FICCIÓN
LOS DESTERRADOS

** -¡Por Dios Santo, Hermelinda! ¡No hay lugar en la tierra para nosotros! -dijo Loreto Paiva con una herida en la voz, en tanto se desplomaba en el catre que yacía debajo de un yuquerí-. ¿Adónde iremos ahora? ¡¿Adónde?!
** Su morada estaba allí, casi en el agua; una suerte de rancho armado con arbustos, lonas y cartones, cuya única abertura daba al río.
** Mordido el pecho de amargura, llegaba de la ciudad. Aún en la frágil sombra del arbolejo, su rostro ardía. El sol, que estallaba sobre las ondas del río sumamente crecido, lo venía encandilando desde que entró en el bañado, impidiéndole sortear los aguachares del camino.
** Era mediodía. Loreto llegó empapado. La mujer, en cuclillas, apantallaba un fuego agónico. Se tapó los oídos. La vehemencia progresivamente amarga de su hombre la atormentaba, tanto que llegaba a pensar que algo grave pudiera tener en la cabeza. Por fin, despacio, se levantó y caminó hasta cerca de él. Lo miraba insegura. Sus labios cuarteados y sus ojos muy irritados por el humo de la leña de yuyos no se movían.
** Loreto tendió la mirada turbia alrededor del rancho buscando a los hijos. Recién entonces la mujer habló:
** -Se fueron a cuidar autos -dijo-. Si consiguen plata van a traer galleta.
** Un cansancio no sólo físico dominaba a Loreto. En su ausencia, durante la mañana, el agua había avanzado casi tres metros. Fatalmente, en un par de días más, el rancho estaría inundado, motivo harto suficiente para sentir postrado el ánimo. De pronto, de tanto abatimiento, quedó sumido en un fatigoso sueño. A Hermelinda le seguía zumbando en el oído su lastimera pregunta: ¡¿Adónde!?
** Provenientes de múltiples lugares -caso curioso-, habían ido finalmente a parar en ese lodazal. Tanto Hermelinda como Loreto iniciaron su andar peregrino siendo aún adolescentes, cuando sus respectivas familias, empujadas por extremas necesidades, emigraron a la Argentina. Allá tuvieron trabajo y un discreto pasar. Años después, los jóvenes se juntaron. Se hicieron de una vivienda y pronto tuvieron dos niños. Les iba bien. Pero llegó un mal día en que, espantados por la violencia desatada en aquel país, malvendieron sus pertenencias y nuevamente cruzaron la frontera.
** De vuelta a la tierra natal, no buscaron alojarse en los pueblos. Campesinos al fin, prefirieron regresar al agro. Y en ese afán, buscando un espacio para afincarse, llegaron hasta un lejano paraje, en pleno monte, donde se sumaron a otros establecidos con anterioridad. Éstos les dijeron que la tierra era fiscal, que podían levantar un rancho y empezar el desmonte. E incluso les ayudaron a hacerlo. Y ellos, que nunca conocieran un gesto solidario, no sabían si soñaban o vivían despiertos.
** Poco después, dada la casual presencia de un hombre que llegó pidiendo posada y decía ser gestor agrario, los Paiva y sus vecinos encargaron los trámites pertinentes a fin de asegurarse la estabilidad en esas tierras. El hombre les advirtió que la cosa no sería tan simple ni tampoco gratuita, lo cual era previsible. Todos estuvieron de acuerdo con el precio. Y los Paiva, que por suerte contaban todavía con parte del dinero obtenido de sus ventas en la Argentina, también lo aceptaron. El gestor se llevó consigo los datos de las personas y de los predios ocupados, y prometió novedades para dentro de seis meses.
** Mientras tanto, todos continuaron trabajando de sol a sol, sin tregua, transformando la breña salvaje en promisorios plantíos. Los Paiva, al igual de los demás, derrochaban optimismo. A cada esfuerzo, la gleba oscura les retribuía con tiernas mieses. Y la esperanza les sonreía como un niño que empieza a caminar.
** Apenas vencido el plazo, el gestor reapareció. Traía un bolso con varios rollitos de papel mecanografiado. Los textos tenían por título «Certificado de derechera». Al pie había una intrincada firma y un sello morado.
-Es una venia de usufructo de acuerdo a las leyes agrarias -dijo el hombre a modo de explicación.
** Y bien, cada cual le dio su paga, y se fue. Para los Paiva y demás beneficiarios, aquel «Certificado» era motivo de gran alegría. Representaba seguridad, tranquilidad y un estímulo para entregarse al trabajo por entero. Loreto Paiva, aunque corto de fondos, quedó contento. Esperaba resarcirse de lo gastado con la primera cosecha, la cual estaba casi lista. Y, efectivamente, fue ésa una buena cosecha. Les dejó alimentos, ropas y algún dinero en efectivo, parte del cual, Loreto se apresuró a depositarla en la caja fuerte de una financiera de su confianza que operaba en el pueblo más cercano, donde, seguramente, algún beneficio había de rendirle. Todo le hacía suponer que ese dinero iría creciendo año tras año.
** El invierno encontró a los Paiva reunidos en un cálido rancho con olor a nuevo, con mazorcas que llenaban los tendales y un fuego crepitante en la cocina donde la buena comida no faltaba.
Era el primer invierno que pasaban allí. Terminada la cosecha, la tierra descansaba en espera de la nueva semilla y del nuevo esfuerzo. Sólo hacía falta una lluvia para empezar la arada. Lastimosamente, desde el pasado otoño no llovía. Durante la cosecha, el tiempo seco resultaba una bendición. Pero luego, al prolongarse con exceso, la sequía se tornó preocupante.
** Dos meses más transcurrieron y, al extremo de la angustia, en lugar de la ansiada lluvia -¡cosa de no creer!-, algo consternante y desolador llegó a los ranchos: un escrito de una tal [20] «Silvícola Marangatú» que mandaba desalojar y alambrar toda la comarca.
** Desmoralizados, aunque con alguna esperanza todavía, los colonos -porque aquella era ya una hermosa colonia- presentaron sus reclamos presurosos a las instituciones correspondientes, pero ninguno prosperó. «Ustedes ocuparon propiedad privada -se les dijo-; el delito que cometieron no les da derecho a nada; al contrario, si insisten, pueden ser castigados por la ley». Ningún testimonio fue válido, ningún «Certificado de Derechera» ni nada. Para ellos no existía derecho ni razón. Sólo la «Silvícola Marangatú» los tenía. Y ante la resistencia que, ciegos de indignación, iniciaron en defensa de las que aún creían sus legítimas posesiones, llegó gente armada y uniformada, y la violencia cobró ribetes descomunales. En conclusión, todas las cabañas fueron reducidas a ceniza, y sus moradores, sin importar edad ni sexo, muertos o encarcelados.
** Los Paiva, desde entonces incomunicados y sin ningún proceso, se pasaron restando años, meses y días a la existencia. Y llegado finalmente el día cero, secos los ojos, sin horizontes la vida, de pronto se encontraron arrojados en una calle de hostiles piedras. Estaban, pues, en libertad, pese a las muy difundidas acusaciones de bandoleros y terroristas esgrimidas en contra de ellos. Eran libres de irse, mas no sabían adónde. Nada veían delante, nada atrás, que pudiera sostenerlos o guiarlos. Padres e hijos estaban enteramente anonadados. Para ellos, también la vida había quedado detenida durante la noche interminable del presidio.
** Y en ese desértico momento -en que estar libres era peor que encerrados porque ni la esperanza estaba salva-, Loreto, sin embargo, como despertando de la horrible pesadilla, se acordó de repente de la financiera aquella depositaria de su ahorro familiar. Y pudo recordar entonces, como consecuencia, del recibo que le habían dado y que tenía escondido en algún pliegue de la ropa -harapo en cuatro años de prisión- que aún llevaba puesta.
** Dejó a la mujer y a los hijos refugiados en una vieja recova, y él tomó la ruta. Caminó días y noches sin un bocado, sólo bebiendo el agua de los arroyos, hasta llegar al pueblo donde creía tener su dinero.
** Y, menos mal, lo tenía. Lo recuperó tal cual era. En cuatro años no había crecido un céntimo. Pero él se calló. Tenía su dinero y dio por ello gracias a Dios. Al recibirlo, su primer pensamiento fue el de comprarse un terrenito, hacer propio un espacio donde alojarse con su familia.
** Volvió a la ciudad en ómnibus, y ni bien allá, echose a recorrer las calles, visitando las numerosas empresas dedicadas al lucro inmobiliario. Pronto debió convencerse de la enorme devaluación de su dinero, tanto que apenas le alcanzaba para cubrir un par de cuotas del más modesto lote. No solamente su capital no había crecido sino, al contrario, se achicó. Pero Loreto, apasionado por poseer un rincón donde afirmarse para comenzar de nuevo, resolvió cerrar trato con una de las empresas. Pagaría sólo una cuota de entrada y el saldo en sesenta mensualidades, ya con el fruto de su trabajo, desde luego, porque algún trabajo tenía que haber para él en la ciudad. Lo daba por seguro. Después de tanta yeta, no era posible que allí no le fuera mejor.
** Así las cosas, los Paiva caminaron hasta un lejano predio, hacia las afueras de un poblado nuevo llamado Villa Presidente. Allá juntaron pajas, trozos de madera y otros materiales, con todo lo cual más una sin par perseverancia, formaron un cobijo. Después, mientras Loreto emprendía la búsqueda de algún trabajo, la mujer y los niños se ocupaban de remover la tierra con improvisados instrumentos de madera que obtenían de los cercos vecinos, preparando almácigos y plantando cuantos naranjitos y arbolillos útiles podían encontrar en los alrededores. Así, nuevamente, recomenzaban el futuro.
** Luego pasaron días, semanas, y pasó el mes. Contrariamente al vaticinio de Loreto, la ciudad no ofrecía ocupación valedera para un labriego como él, menos aún teniendo un antecedente como el suyo de peligroso bandolero y terrorista según las informaciones difundidas en su contra, aunque hubiesen quienes pensaran que aquella acusación no era más que un justificativo para mantenerlo preso. Apenas pequeñas changas conseguía, si bien ninguna desechable, por supuesto, dada la situación que atravesaban. Sobrevivir era lo principal, naturalmente. Y eso, por suerte, Loreto lo podía lograr. Pero el tiempo huía entre tanto y el pago de las cuotas del terreno se veía postergado sin remedio. Ganar un salario que al menos las pudiera solventar, de penosa esperanza pasaba a ser un verdadero sueño.
** Al tercer atraso, la inmobiliaria envió un aviso; al sexto mes, el desalojo, procedimiento legal y usual, desde luego; rutina de la libre empresa.
** A partir de entonces, durante todo un año, los Paiva rodaron de ajeno en ajeno, hasta que, desplazados de todos esos sitios, entraron a pensar en un recurso extremo. Ocuparían algún espacio que nadie pudiera reclamarles; algún pantano o algo parecido. Y al momento concibieron la idea de meterse en los bañados del río, áreas inhóspitas, declaradas insalubres. Ocuparían un redondel cualquiera, mínimamente habitable, aún compartiéndolo con las ratas y culebras.
** Así llegaron a esa orilla, como última opción, segregados por una sociedad sin alma. El río -menos mal- se veía acogedor, mansamente acostado en su lecho natural, abierto y tibio, tal el regazo líquido de la pródiga Natura, tan benévolo y hasta capaz de ayudar. Sin pensar más, armaron el ranchito a unos treinta metros del agua, sobre un banco de arena casi firme, si bien rodeado de algunos aguachares con camaloes y arbolillos de yuquerí. Ahora, con que Loreto pudiera seguir teniendo alguna que otra changa en la ciudad, la vida continuaba para ellos, y tal vez con menos sobresaltos. Por de pronto, ya la pesadilla de las cuotas impagas la podían olvidar. En cierto modo, la inmobiliaria los liberó de todo, incluso del sueño del terreno propio. En adelante quizá pudieran dormir tranquilos. Nadie había de reclamarles ese lugar pestífero, salvo las sabandijas.
** Pero algo quedaba del cual ni allí podrían estar libres: la miseria. En efecto, por causas que escapaban al conocimiento de los Paiva, la desocupación y la carestía se agudizaban. Al poco tiempo, Loreto no conseguía ni la mínima changa. Invertía días interminables en caminata estéril. Para colmo, desde que se instalaran junto al río, fuertes vientos del norte predominaron arrebatándoles el último recurso: la pesca.
** Una mañana, al cabo de varias noches sin un sueño, Hermelinda se levantó ni bien se marchara su hombre y despertó a sus hijos diciéndoles:
** -Yo también me voy a buscar trabajo. Si Loreto llega primero, díganle nomás que vuelvo enseguida. Ustedes vayan a tirar la liñada por si acaso pica algo. Si consigo plata, he de traer galleta -y salió.
** Esa noche, la pareja riñó, hasta que al fin ella se impuso. Iría a trabajar de mucama en una casa de citas.
** -Es en el centro mismo -dijo-. Un trabajo como cualquier otro. Además, la plata vale lo mismo venga de donde venga. Total, ¿a quién le importa? Pedir limosna es peor. Y peor morirse de hambre. No podemos seguir así, Loreto...
** A pesar de la contrariedad del hombre, comenzó desde el día siguiente. De entrada debió pedir un adelanto para los pasajes. Al terminar la semana pidió otro, esta vez para costear la buena presencia que le exigía la casa. Así concluyó el primer mes con lo justo para los pasajes del próximo. Pero continuó. Necesitaba la comida que recibía, mitad de la cual guardaba para llevarla a su gente. Al tercer mes, ya persuadida de que aquello no valía la pena, se dispuso a dejar. Fue cuando la patrona de pronto la llamó.
** -Quise darte la oportunidad de ganar plata -le dijo-. Yo, mucama casi no necesito. Más me importa tu trabajo en la cama. Pero vos no mostrás interés. No sos muy fea, pero ya veo que no servís para esto. En dos meses agarraste apenas cinco tipos. Y eso que te doy doscientos guaraníes extra por cada uno. Pero ni así. No servís para este trabajo.
** Fue su último día de mucama. Por suerte, los chicos se habían iniciado en el oficio de cuidar autos. A medida que la escasez empeoraba en los sectores marginados, en ciertos otros se multiplicaban los coches de lujo. Los noveles cuidadores, que rondaban los quince años aunque aparentasen diez, obtenían, con un poco de paciencia y otro de picardía, algunas monedas de propina. A la noche, padres e hijos se reunían en el río. Hablaban poco, sólo monosílabos, lidiando con los jejenes y los hilos de pescar. En la orilla hervía una lata. Dentro iban a parar los mandíes y algunos carimbataes. Ciertamente, era de imaginar cómo pasarían sin ese río.
** Pero, en los primeros días de febrero, Loreto tuvo una corazonada. Ni bien se enteró de la muerte accidental de un peón albañil en una obra importante, allá se presentó. La construcción «caminaba» pese a la crisis porque el propietario era capo del gobierno. La obra debía ser entregada a plazo fijo, y la falta del peón causaba demora. No había tiempo para elegir. Loreto llegó a punto. Ni el nombre le preguntaron.
** Esa semana cobró tres días de trabajo, suficiente para que la vida de los Paiva comenzara a mejorar. Ahora podían comer todos los días. Hermelinda pudo usar carbón en lugar de la leña de yuyos. Tres semanas después hasta los chicos pudieron inscribirse en una escuelita orillera y se compraron lápices y cuadernos. Pero la cuarta semana fue de lluvias interminables. Llegó marzo y los chicos no pudieron asistir a clases.
** Por desventura, esas lluvias marcaban el comienzo de una nueva y muy apresurada mala época. Sucedió, en efecto, que no solamente anegaron la escuela sino, como verídica fatalidad, provocaron la paralización en el trabajo de Loreto, siendo él uno de los primeros cesantes.
** Para colmo de males, a mediados de marzo arrancó la creciente. El agua empezó a roer centímetro a centímetro los bancos arenosos. Loreto, que apenas podía dormir de preocupación, madrugaba día tras día para continuar la búsqueda de trabajo. Encendía el fuego y, en tanto calentaba la calderilla de lata, escudriñaba el río. Luego de beber su «cocido», clavaba una estaca en la orilla y se iba. A su vuelta, invariablemente, la marca estaba sumergida. Aquél ya no era el manso río acostado en su lecho natural. Crecía sin pausa, amenazando el rancho con un cerco siniestro. No cabían dudas; el redondel que habitaban estaba condenado. Nuevamente, además de golpear puertas pidiendo trabajo, tenía que buscar un espacio sin dueño, algún hueco cualquiera acorde con su extrema indigencia. Y esta búsqueda no admitía demora. Era cruelmente perentoria.
** Fue en medio de ese trajín desesperado que se enteró de la existencia de cierto organismo benéfico que ayudaba a los damnificados por la creciente alojándolos en lugares de emergencia. Casi podía decir que se le abría el cielo. De inmediato, dejando de lado su otro afán, corrió a buscar esa ayuda. Se presentó. Pero, al exhibir su documento de identidad -malhadado requisito-, la persona que lo atendía lo sometió a un minucioso interrogatorio, constatando sin lugar a dudas de quien se trataba. Y con falso comedimiento, te dijo:
** -Lastimosamente, señor Loreto Paiva, no hay lugar disponible.
** Inútiles fueron las súplicas. Ese nombre causaba pavor. La acusación hecha pública por todos los medios de difusión, al no haberse rectificado, seguía vigente. Era un brutal estigma que lo excluía de todo.
** Fue, pues, luego de aquella última estéril gestión, que regresaba a la morada del bañado enfermo de amargura, lamentando a viva voz la maldita suerte que compartía con su familia. Sin ganas de seguir buscando, ni seguir viviendo quizá, llegó con su plañidera protesta, tumbándose sobre el catre tendido bajo el yuquerí, donde al final quedó dormido.
** Hermelinda, de nuevo apantallando el fuego, no apartaba de él sus ojos desorbitados. La había asustado la voz sumamente afectada de Loreto, cuya salud mental, al cabo de tanto sufrimiento, creía trastornada.
** Dormido su hombre y presa ella de tanta desolación que la invadía, se puso a mirar el impresionante río, comenzando por divisar a lo lejos un gran manchón de camalotes que la corriente traía. A medida que aquello avanzaba, le llamó la atención su desplazamiento diferente al de los demás manchones que lo acompañaban aguas abajo. Continuó observando el bulto y, de repente, para su mayor extrañeza, vio que dejaba la correntada describiendo una lenta curva hacia la orilla, donde al rato quedó varado en el barro, a muy corta distancia del rancho.
** Realmente, era cosa de extrañarse, tanto por su comportamiento en el agua como por cierto ruido, no de camalotes, que habría producido al vararse. Hermelinda, viéndolo tan cerca de ella, comenzó a sentir miedo. Corrió hasta el catre, se inclinó sobre Loreto y, nerviosa, le gritó al oído:
** -¡Che papá, levantate; hay algo muy raro que trajo el río!
** Loreto se sobresaltó, truncándosele al despertar un fabuloso sueño, producto de su ansiedad sobrecargada. Soñaba, pues, con una muy original especie de Arca de Noé, algo como un providencial refugio surto en la orilla delante de su rancho. En eso estaba cuando el grito lo despabiló. Giró la vista soñolienta hacia el lugar, relacionando confusamente lo anunciado por Hermelinda con la imagen del sueño. Y allí, en la misma orilla, en lugar del arca salvadora, sólo un promontorio de camalotes veía. Pero, al mirarlo con fijeza, la forma y el volumen del bulto lo indujeron a sospechar que algo oculto había debajo.
** Saltó del catre. Llegó al agua en tres zancadas. Luchó desaforadamente, a tirones, contra el cúmulo verde, hasta deshacerlo. Y debajo -¡oh, sorpresa!-, había un hermoso bote. Desamarrado por la creciente de algún lejano atracadero, venía a la deriva camuflándose muy pintorescamente con la carga de camalotes, hasta que, ya en la proximidad del lugar de estos hechos, atropelló el extremo de un largo espinel abandonado, erizado de anzuelos y tendido a merced de la corriente, el cual, enganchando uno de sus garfios a la madera del bote, lo obligó a describir la curiosa curva que lo llevó a la costa.
** Loreto llamó a voces a su mujer. Entre ambos lo desengancharon y, tirando a más no poder, consiguieron desvararlo y amarrarlo en sitio seguro. Luego, tras vueltas y vueltas en torno al bote, ninguna marca particular pudieron encontrar, ni nombre, ni tan sólo un número. Dentro, entre vegetales y barro, había dos remos y una red. Mientras lo examinaban y lo acariciaban como si aquello fuera un ser viviente, ambos se hacían la misma muda pregunta: «¿De quién sería?». Mas, al no hallar en él señal alguna que lo hiciera identificable, una respuesta les pareció la más lógica: «De nadie».
** Sobrevino entonces, como por magia, la idea surgida del sueño de Loreto: la de una vivienda flotante, un refugio providencial. Transfigurado por la emoción, se lo dijo a Hermelinda, y ésta, mirándolo desorbitada, no sabía si reír o llorar, porque al verlo tan alterado como lo veía, más que nunca entraba a dudar de la salud mental de su hombre. Además, la ocurrencia de vivir en un bote -aunque no les quedase alternativa- le resultaba propiamente cosa de locos. Sin embargo, aunque no fuese de su agrado, Hermelinda debía reconocer que el insoluble problema de los Paiva hallaba así solución.
** Cuando los hijos llegaron de la ciudad, trayendo, como se esperaba, un atadito de galletas para todos, contemplaron atónitos la inesperada novedad flotante, la cual, por supuesto, les encantó. Y sin detenerse a preguntar siquiera de dónde había salido eso, alegremente se unieron al insólito trabajo de instalar el rancho a bordo.
** Loreto hizo del bote no sólo su casa sino, muy principalmente, su elemento de trabajo. Así, de tan singular manera, el labriego desarraigado y arruinado por culpas que no eran suyas, de changador ocasional pasó a ser pescador.
** Desde entonces, con el bote-vivienda, la red hallada a bordo y el viejo espinel recuperado del río, la familia se defendió del hambre. Las veces que la pesca abundaba, Loreto subía con su producto a la ciudad, lo vendía y compraba galletas, azúcar, yerba, sal, y hasta bebía un trago. Mientras él negociaba en tierra firme, los muchachos quedaban con la madre en previsión de que algún importuno pudiera confundir el bote con uno suyo y llevárselo. Para mayor salvaguarda, Loreto le había pintado unos ribetes verdes y rojos, y escrito con grandes letras a cada lado de la proa: «HERMELINDA». Felizmente, nunca hubo quien lo reclamara.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
** Loreto Paiva. Así se llamaba el prematuro anciano que solía venderme pescado fresco, y una vez me reveló que él y Hermelinda, su mujer, vivían en un bote. Sus dos hijos los habían dejado para incorporarse al «servicio de la patria». Quedaron ellos navegando y hablando solos.
** Un día llegó con las manos vacías y, muy desconsolado, me dijo:
** -Señor, ya nadie me quiere comprar pescado. Todos dicen que el río está contaminado con mercurio, porque así comentan los diarios. Dicen que los buscadores de oro del Mato Grosso tienen la culpa. Y si eso es cierto, señor, no solamente se van a morir los animalitos; también vamos a morir Hermelinda y yo... Imagínese, señor; ni en la tierra ni en el agua podemos vivir... ¿Adónde iremos entonces, señor? ¡¿Adónde?!
** Su pregunta desesperada quedó como suspendida en el aire. Aún me parece oírla. Su vehemencia trasuntaba toda una vida de angustia. Tal vez tenía razón Hermelinda. Tal vez la salud mental de Loreto estaba quebrantada. Y no era para menos.
** Hace unos días, según comentaban los diarios, apareció a la deriva un bote con un rancho a bordo. No se mencionaba ocupantes. Era como si nunca existiesen.
**/**
.
Prólogo
Primera parte - VIDA Y FICCIÓN
  • Los desterrados // Perdonar es divino // Pantalón de hombre // La maldición de Juandé González // Hijos y entenados en plena guerra // Julián Centella // Pena perpetua // Un golpe del destino // El bastón torcionado p; // Una noche en el exilio // Ña Lujarda Aguirre, maestra de Paso Pé
Segunda parte - CANTOS. VISIÓN RETROSPECTIVA.
* Página breve // Un amor que destruí cuando niño // Mensaje // El reloj del nosocomio // Juventud // El rosal // Aún soy yo // A un atardecer que fue // Recuerdo en gris menor // ¡Siempre! // A Zoilo, herrero, ciego y contador de cuentos // Cardos santos // Motivo gris // Eran pupilas verdes // Desde el fondo // Kanendiyú-Cué // A un joven poeta // Lo que vive no murió // Misión cumplida // Mi casa verde // Pies en tierra // A Santiago Leguizamón // Indio viejo // ¡Aleluya, Maestro! // Maldad, basura humana // Una ley para la vida // ¡Hijos no son para matarlos!.

APÉNDICE
* De Gerardo Pignatiello: El ocaso del justo / Morir de día.
* De Mariano Pignatiello: Huida / Su libertad.
* Razones por las cuales incluyo estos poemas en el post scriptum de este libro.

martes, 1 de junio de 2010

VÍCTOR CASARTELLI - CERTIDUMBRE y DESPUÉS DE LA LLUVIA (Poesías) / Fuente: TRILCE - UNA REVISTA DE POESÍA - TERCERA ÉPOCA N° 25 /ABRIL 2009.

CERTIDUMBRE y
DESPUÉS DE LA LLUVIA
Poesía de VÍCTOR CASARTELLI
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
.
CERTIDUMBRE
Detrás de la penumbra, del otro lado de la noche
el sol está brillando.
La oscuridad es simple trasgresión
de la mirada. Porque sólo vemos
lo que dicta el corazón:
la belleza en un rostro lacerado,
la ruindad en un rostro maquillado.
Todo no es más que el equilibrio
o el desequilibrio
entre el corazón y la mirada:
si aquende tal vez vemos la hermosura,
¿acaso su revés está allende de ella?
Sólo vemos
lo que dicta el corazón.
O no vemos.

DESPUÉS DE LA LLUVIA
Descalzo, el niño va brincando
sobre los diminutos cañones abiertos a los raudales
en el suelo rocoso.
El copioso aguacero ha cesado y el silencio
se apodera del aire humedecido
en la mañana.

Las aguas descienden presurosas por esas hendiduras
que siglos de lluvias trazaron
en esta ladera suburbana:
desde la cumbre de la colina
hasta el bronco torrente final calle abajo,
pronto sube el monocorde glu-glu
del agónico curso del agua encajonada.
Pero nada,
nadie perturba el descanso dominical,
la paz de los mayores en el vecindario.
Sólo la imaginación del niño despierta,
y de tan súbito gozo ya disfruta y de la espuma
bajo sus plantas desnudas.

En el solitario juego del salto
sobre las grandes cataratas de los sueños
él no advierte el plúmbeo dosel de las nubes
ni se percata de los goterones que de nuevo amenazan diluviar.

En tal trance de encantamiento,
el cosquilleo inefable pulsa su corazón,
ya encandila su mirada:

….. en su pecho tu signo inexorable
-su congénito sol, su lucecita intacta-
todo lo ilumina,
alegría.

.
Fuente:
CREACIÓN Y REFLEXIÓN
TERCERA ÉPOCA N° 25 /ABRIL 2009
Director : OMAR LARA
Organizado por JACOBO RAUSKIN,
Portada: ENRIQUE CAREAGA,
Asunción – Paraguay 2009
.
Visite la
GALERÍA DE LETRAS
Amplio resumen de autores y obras
de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.

martes, 18 de mayo de 2010

VÍCTOR CASARTELLI - BAJO OTRO CIELO y CERTEZA / Fuente: POESÍA PARAGUAYA DE AYER Y HOY - TOMO I. Autora: TERESA MÉNDEZ-FAITH.


BAJO OTRO CIELO
y CERTEZA
Poesías de: VÍCTOR CASARTELLI
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

.
BAJO OTRO CIELO
I

No son falsos los días
ni apócrifas las noches
para mentir un sol
o fingir una luna:

pero no es éste el sol de mis veranos
ni la luna siguiente como aquella
que ilumina las copas de los mangos.

II
Es falso el paraíso
que me ofrecen las luces
vanas -si no banales- d
e estas calles extrañas:

bajo un tajo procaz el muslo ajado
precede a una impúdica sonrisa
que escupe una mentira almibarada.

III
Sin brújula, transido,
extravío mis pasos
en el espúreo andén
de un fragor subterráneo:

miente un perfume el tufo indefinido
que la ola humana exhala en esta bóveda.
¿Dónde el límpido aroma de azahares?

IV
No. No miente
la abollada barra de este decrépito bar:
si es julio -y éste es el Sur-,
el invierno afuera
exige el gabán gastado;
muy adentro el calor fingido
de la no ficticia
caña quemada,
piadosamente quema
el frío de la nostalgia.

V
Impunemente,
este sonido extraño,
con voluntad de duros inmigrantes,
aturde los oídos
y asedia al casto pentagrama de la selva.
Pero siempre resisten los vocablos
en el agreste escudo de su canto.
Y si en cierta pesadilla
de algún retorno ya imposible
el asalto final se precipita,
queda la opción suicida del olvido
en el despeñadero
de las copas de vino.

VI
Las mansas palomas de esta plaza
ya no fingen en mis retinas
una remota bandada de torcazas.
Tampoco mienten los plátanos desnudos
algún espectro ardido de lapachos.

Toca a su fin
esta ardua sucesión de ficciones:
como leño ardiendo,
crepita en mi bolsillo
el boleto de regreso.

CERTEZA
.
Ignorar es vivir. Saber, morirlo
Vicente Alexandre

.
Saber, sé. Sé que este otoño
que levanta su torre de agónica soberbia
sobre las foscas ruinas del verano
sucumbirá mañana en la catástrofe
del invierno irrevocable. Así, tan sólo un soplo antes,
ardió la primavera en la hoguera del estío.

En vano el hombre intenta detener
ayeres que continuos le suceden. Desde el soplo de luz
que le alienta a emerger de la tiniebla
de donde viene, en ese mismo viento
ondeando como un gallardete, llega.
Pero apenas una hora
y, avanzando en el círculo perfecto en que gravita,
pasa hollando su sombra que entonces ya declina
y sigue raudo hacia el despeñadero
para hundirse en la misma oscuridad
de la inmortal materia de donde procediera.

Sólo su amor perdura.
Y la misericordia,
que alguna vez acaso una lápida cincele
en la esquiva piedad de la memoria.
.
(De: Todos los cielos, 1987)
.
TOMO I
Autora: TERESA MÉNDEZ-FAITH
Intercontinental Editora, 1995
Ilustraciones:
Enrique Collar
Asunción-Paraguay, 362 páginas
.
Visite la GALERÍA DE LETRAS
del PORTALGUARANI.COM
Amplio resumen de autores y obras
de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.

sábado, 3 de abril de 2010

MABEL PEDROZO CIBILIS - DEBAJO DE LA CAMA - Prólogo: VÍCTOR CASARTELLI / Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES.


DEBAJO DE LA CAMA
Autora: MABEL PEDROZO CIBILIS
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
Edición digital:
Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2000
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Intercontinental, 2000

Prólogo
* Es sabido que es el cuento, en el arduo ejercicio de la narrativa, la disciplina que supone un esfuerzo mayor de concentración para su creación, pues conlleva la obligación de resumir sus tres ejes -introito, nudo y colofón- en una extensión que, a lo más, puede concederle dos marbetes que no obstan para su ubicación en el género: cuento corto o cuento largo.
* En el caso de estos cuentos de Mabel Pedrozo, reunidos bajo el título Debajo de la cama, puede el lector sorprenderse con resoluciones narrativas muy, pero muy cortas, como el caso de Casa materna (o de El peñasco y la enredadera), en el que la autora logra una síntesis tal que la escritura no es otra cosa que un poema (sí, poema) en prosa, acaso por la sumisión a la poesía que ella aceptara -y que tal vez acepta todavía- desde los primeros tiempos en que accediera al arte de escribir. O, por otro lado, demorarse en la lectura de las trece narraciones restantes para hallar, al final, los elementos que conforman su respiración axial: la cotidianidad de una sociedad mórbida, impiadosa y desbarrancada en la que sus integrantes nacen, viven y mueren como víctimas y verdugos entre sí y situaciones que transitan por el hilo conductor de algunas creencias populares que continúan vivas en esa misma sociedad.
* Con todo, hasta el lector menos avezado podrá colegir que la fuerza de estos textos no descansa solamente en el aliento citado, pues está claro que están sustentados, además, por el arte de contar de la autora, así como por su inagotable capacidad de fabulación que nos conduce a territorios oníricos no exentos de estremecedoras descripciones, aquellas que, al final de su lectura, crean sensaciones de espanto y alucinación.
* Y son estos estadios del espíritu los que nos señalan los perfiles kafkianos de los cuentos de Mabel, tal el que le da título al libro, narración cuyo singular tramado nos retrotrae a aquellos pasajes terribles de "La metamorfosis", de Franz Kafka. Sin embargo, el pico mayor del espanto que sabe generar con sus narraciones esta joven autora está en Dejale lavar a mamá, cuento que convulsiona al lector hasta el susto que deviene en náusea y que está muy emparentado -aunque, ciertamente, Mabel Pedrozo no lo sabe- con el relato "La boa", del gran poeta y narrador español Carlos Murciano.
* En este último tramo finisecular, reconforta la aparición de un renovado género -como el de Mabel Pedrozo- que podrá, sin lugar a dudas, alimentar la ya crecida corriente de la narrativa paraguaya que está cobrando un corpus cualitativo y cuantitativo merced, precisamente, a las mujeres que escriben. Por tanto, debemos insistir en la necesidad de que esta autora asuma su innegable condición de escritora y que, en tal carácter, dedique sus afanes para la consecución de su ubicación exacta en ese corpus. Con ello, su pródiga capacidad de crear se nutrirá con el proceso de maduración que conlleva todo ejercicio sostenido y ha de contribuir a la consolidación de su calidad de narradora, en particular, y en general a la apertura de un nuevo cauce en el crecido río de la literatura paraguaya. - Víctor Casartelli
.
LOS LUCIOS

* Lucio Grondola dejó la casa el 17 de julio para irse a vivir con la mujer que esperaba un hijo suyo. El otro, el hijo que ya tenía, preguntó por él dos días después, cuando abrió el placard y encontró las perchas vacías. Mamá, dónde está papá. Se fue. Dónde. No sé. Cuándo va avenir. Ya te dije que no sé.
* También se llamaba Lucio, como él. Tenía sus ojos, su pelo desteñido, su andar vacilante. Era un niño de 8 años silencioso, apegado únicamente al aparato de televisión que le instalaron en su dormitorio cuando cumplió cinco años. No volvió a preguntar por su padre hasta que escuchó su voz en el teléfono. Voy a pasar a buscarte. Bueno. Vamos a irnos al parque. Bueno. ¿Y mamá? No está. Y después ella preguntando: Qué quería. Llevarme el sábado al parque. Y qué le dijiste. Que bueno. ¿Te preguntó por mí? Sí. Qué le dijiste. Que no estabas.
* Lucio Hijo extrañaba a su padre pero no lo decía. Ni siquiera cuando él le preguntó (el primer sábado que salieron juntos) habló de eso. Se quedó callado, viendo con esos ojos que eran idénticos, al hombre que amaba. Estaban en la camioneta, frente a un semáforo. Lucio Padre le pasó la mano por el hombro y él se retiró con un gesto de desagrado. No me tengas rabia, hijo, yo nunca voy a dejar de ser tu papá. ¿Me escuchás? Sí. ¿Querés decirme algo? No. ¿No? No.
* Fueron salidas de dos a seis de la tarde, un helado, una película, un shopping, el hastío pero también la alegría del niño cuando veía a Lucio Padre desde la ventana, llamándolo con la bocina para no tener que entrar a la casa y encontrarse con los ojos amargos de su ex mujer. Y luego ella, a la noche, interrogándolo como si no le importase, como si le hablase de eso como podía hacerlo de cualquier otra cosa, esforzándose por apretar las lágrimas hasta que alguna se le escapaba y le mojaba el rímel de las pestañas. ¿Pero qué más te dijo, habló de mí, de la casa, te dijo si iba a venir a dejar la mensualidad? Y él, vencido por el sueño y el aburrimiento, queriendo irse de una vez a la cama para dejarla llorar en paz.
* La vida cambió para todos en el verano, cuando nació el otro hijo, el que se llevó a papá de la casa. No hubo paseo ese sábado. Una llamada telefónica sirvió para pedir disculpas, para escuchar la voz emocionada de papá contándole que nació su hermanito, que también se llamaría Lucio, como ellos. Quedaron para el sábado próximo, pero nunca volvió a ser como antes.
* Se arregló que Lucio Hijo visite la casa nueva de papá porque de todas formas ya era tarde para esperar una reconciliación. Además, la sicóloga de la escuela lo recomendaba para que el niño acepte su nueva situación familiar. Mamá le dio un beso en la puerta como si lo fuese a perder, aquella tarde de enero.
* Fue la primera vez que Lucio Hijo vio a Teresa, la mujer de papá que no era su mamá. No la podía querer, eso lo sabía, aunque de no ser tan fiel a mamá a lo mejor le hubiese gustado su pelo almendrado que le caía en ondas sobre los hombros. A la orilla de una cuna cubierta de tules, papá sonreía mostrándole el bulto colorado que dormía. Es tu hermano, hijo. Bueno. Crees que se parece a mí. No sé. Pero acercate, vení que no te va a morder. Bueno. ¿Y, se parece a papá? No sé.
* A veces papá reincidía en los sábados sólo de ellos, en las caminatas silenciosas por el parque y los palitos de helados de chirimoya. Eran los momentos más felices en la vida de Lucio Hijo. Sentía la mano enorme de papá sosteniéndole, no porque hiciese falta, sino porque era una manera de estar lo más cerca posible. Cómo te va en la escuela. Bien. Y las calificaciones. Bien. Querés irte ya a casa. No, quiero otro helado. Y papá sabía que aunque le doliese el estómago seguiría pidiendo helados para quedarse un poquito más a su lado, ellos dos, solos, en el parque.
* La ausencia de papá se sintió aún más en la casa cuando mamá comenzó a olvidarlo. El niño lo notó antes de que le cuente nada, antes de que ella le diga que también tenía derecho, que su vida no era vida y que ya era hora de que Dios se acuerde de ella. Un día dejó de preguntarle qué le dijo papá, cómo iba vestido, si seguía mascando chicles de anís y arrastrando los pies cuando caminaba.
* Luego vino la confesión. Mamá está saliendo con una persona muy especial. Él va a venir a conocerte, a conversar contigo, a que le muestres tus juegos de combate. Vas a ser bueno con él, porque mamá quiere que sean amigos. Y después él, su olor a cigarrillo ensuciando la sala, sus manos de extraño tocando la rodilla de mamá, el ruido de besos cuando el niño se hundía en la cama para no escuchar lo que siempre terminaba escuchando.
* Pasaron cuatro años para que Lucio Papá se preocupe en serio. Al principio pensó que el tiempo lo arreglaría todo, y así fue con algunas cosas, pero no con aquélla. Claro que entendía que a Lucio Hijo no le agrade el novio de mamá o Teresa, pero ¿por qué rechazaba a su hermano? El pequeño lo adoraba. Los sábados lo esperaba sentado en su sillita de plástico y cuando lo veía llegar con papá él abría los brazos pidiendo upa. Siempre era papá el que lo alzaba, de lástima, para no dejarlo de balde, para que Teresa no comience a protestar.
* ¿Acaso podía obligarlo a querer al pequeño? Intentó hablarle pero cuando comenzaba no sabía qué decirle. A sus 12 años Lucio Hijo ya había sufrido mucho en la vida (por culpa de él, en buena medida) de manera que costaba imaginar hasta dónde valía la pena amargarle las pocas horas que pasaban juntos reprochándole su conducta. Por eso se le ocurrió una manera de acercar a sus hijos sin decir una palabra.
* Era un luminoso sábado de setiembre cuando papá llevó a Lucio Hijo a una ferretería. Compraron un rociador de insecticida, un frasco de veneno para hormigas, abono natural, una azadita para el pequeño, sobrecitos de semillas y dos rastrillos. Papá quería un jardín cultivado por los tres Lucios. Dijo que sería el más hermoso de todos, y esa misma tarde se pusieron en campaña.
* Lucio Hijo aprendió a mezclar y a cargar el insecticida en el depósito de metal. Papá le pidió que rocíe los linderos del jardín mientras él y el pequeño descargaban las semillas en un recipiente. También ayudó Teresa, que después trajo jugo de naranja en vasitos de plástico y se sentó en el regazo de papá haciéndole cosquillas con la lengua mientras él no dejaba de mirar a Lucio Hijo como si se sintiese culpable.
* A las cinco llamó mamá. Dice que internaron a tu abuela y que te quedes a dormir; dice que quiere hablar contigo. Papá le pasó el tubo. Mi amor, es sólo esta noche. Está bien. ¿No estás enojado con mamá? No. ¿Te vas a portar bien? Sí. Papá tiene el teléfono del hospital por si algo pasa. Bueno. Que duermas bien, tesoro. Bueno.
* A Teresa no le cayó bien la noticia, pero se calló porque papá le miró con esa cara de que no le perdonaría si decía algo en presencia de su hijo. Por eso se fueron a discutir en la pieza, tan tontos los dos, olvidando que Lucio Hijo estaba del otro lado de la ventana, matando las hormigas con el rociado de insecticida.
* Por qué tenemos que cuidarlo nosotros; no es nuestro problema. No es tu problema, Teresa, pero el mío sí si te acordás que estamos hablando de mi hijo. «Tu» hijo, como si sólo tuvieses uno. ¿Viste cómo sos, cómo torcés las cosas para hacerme sentir mal? Yo sé que tengo dos hijos, pero en este caso estoy hablando de uno de ellos, no de los dos.
* Perdoname Lucio, pero no me trago ese cuento de la abuela enferma, y si te digo la verdad creo que tu ex hace eso para amargarme la vida, porque nunca me perdonó que te saque de su lado. No comiences, Teresa; ¿sabés qué cansado estoy de esa cantinela?
* Lucio Hijo se puso en puntas de pie para ver dentro de la pasta claroscura del dormitorio. Ya habían dejado de discutir. Teresa se levantó la solera para sentir la boca húmeda de Lucio Padre en el pecho, para arrastrarlo encima de ella aunque él miraba hacia la puerta, aunque demoraba los cierres y los botones porque no es el momento Teresa, pero ella insistiendo, pero si nadie nos ve, pero si están jugando en el patio, pero si te deseo ahora.
* En el bulto gimiente papá ya no era papá, era una cosa volteándose dentro de las piernas de Teresa, perdido en un mundo de sábanas, de uñas arañando la espalda, un mundo que no tenía nada que ver con los otros dos Lucios que estarían en el jardín tratando de quererse porque no tenían más remedio.
* Papá los encontró como los dejó, al pequeño haciendo agujeros con la azada y a Lucio Hijo rociando el lindero que faltaba. Papá olía a camisa limpia y a champú. ¿Querés acompañarme, hijo? No. ¿Seguro? Sí. Bueno, después que termines con eso entrá a bañarte y esperame, que voy a traer las hamburguesas para ponerlas en la parrilla. El chico lo veía a su lado aunque jamás apartó los ojos del caño azul por donde el veneno salía en chorros cristalinos. Lucio Padre subió a la camioneta y se fue.
* Detrás suyo, Teresa apareció por la puerta de la cocina. Traía en la mano una caja de fósforos que dejó sobre la mesita, al lado de los vasos de plástico, cuando vio a su hijo embadurnándose con la tierra. Le dijo algo, regañándole, le sacó las ropas y con la manguerilla de regar plantas le tiró un chorro de agua. Le ordenó que no se mueva de allí mientras traía un jabón y volvió a desaparecer por la puerta de la cocina.
* Lucio Hijo acomodó en su espalda el reservorio del insecticida, ajustó la cinta que iba unida al rociador y caminó, sin apartar el dedo pulgar del disparador. Pisó dos o tres montoncitos de tierra, obra de los juegos del pequeño, sin detenerse.
* La tarde comenzaba a mancharse de colores pasteles. El niño lo vio frente a él y levantó los brazos. No sintió la diferencia, excepto el olor agrio, entre el agua de la manguerilla que le derramó mamá y el líquido con que su hermano de padre le humedeció la cintura, el sexo, las piernas. El niño todavía tenía los brazos en alto, pidiendo que lo levanten, cuando Lucio Hijo fue hasta la mesita, buscó los fósforos y volvió. Acercó la cerilla prendida a la piel del pequeño y casi vio los ojos de Lucio Padre en él, antes de que el fuego tome contacto con el insecticida impregnado en su piel.
* Después pasaron muchas cosas. Teresa gritando. Un vecino corriendo hacia la casa. Alguien hablando de pedir una ambulancia. Lucio Hijo se escondió en el zaguán con la vista pegada a la calle. Pronto vendría papá. Pronto sabría si después de todo se quedaría a dormir en esa casa, o si tal vez le dejarían llamar a mamá para pedirle que lo venga a buscar.
.
DEBAJO DE LA CAMA

* -Son las ocho y treinta y mientras la mañana se pone caliente en la ciento dos punto cinco del dial, nosotros les preguntamos: ¿Están ahí? -un sonido de tambores quiebra la voz-. Vamos, con más entusiasmo: ¿Están ahí...?
* -...
* -¿Saben lo que les tenemos preparado?
* -...
* -Díganlo, díganlo con nosotros...
* -Amor...
* -¡Amor pirata! El temón de la semana. Trepó al número uno después de bajar desde el décimo lugar. Ahí va, porque ustedes se lo merecen...
* Las puntillas blancas de la cortina se inflan sobre el radiorreceptor que recupera su volumen cuando la tela vuelve a su sitio. La luz de la mañana es un foco encendido en la ventana.
* Al lado del aparato que chilla con las notas agudas de la melodía, un almanaque triangular marcado en el 28 de marzo tambalea con la nueva embestida de la cortina. Esta vez el ventarrón no viene solo. Impulsada por la brisa, una mariposa blanca se mete en el aposento. Sus alas transparentes marcan círculos pequeños que descienden en espiral hasta el piso cubierto con una alfombra de color marrón.
* Una cama de dos plazas cubierta con una colcha a cuadros, un ropero de dos puertas, una silla, una cocinita y la mesa donde una voz de hombre todavía canta su «Amor Pirata» desde el receptor, componen el mobiliario. Hay zapatos de mujer amontonados en un rincón. Perfume, también de mujer, descompuesto en el aire.
* Un sonido tosco interrumpe la quietud. La mariposa, atrapada por la mano que se ahueca para no lastimarla, es arrastrada bajo la colcha. Los bordes terminados en punto cruz ondulan hasta que recuperan su inmovilidad.
* -¿Les gustó? Claro que sí. Ustedes lo eligieron. Ahora vamos al número dos de la preferencia...
* En declinaciones esmeradas, los tonos de la luz se turnan en el cuarto. El dorado de la siesta palidece en un amarillo que se consume hasta que un rubor al principio tímido y más tarde encarnado, precede a la noche que se cierra cuando el último colectivo llega al barrio. Detrás del rechinar de las llantas sobre el empedrado, una cohorte de grillos resucita en los rincones.
* -Dublín: Una bomba estalló en un edificio de departamentos causando la muerte a 31 personas. La comunidad internacional fue conmovida por la noticia a las 18:30 de hoy...
* Un «clap» enmudece el aparato. La lámpara de flecos rojos de la mesita de luz se enciende, y una claridad triste mancha el aire. Son las diez de la noche. Rosa jamás se demora.
* Sus zapatos de tacones caminan hasta la cocina. Hay un hombre con ella. Alguien que tiene prisa. Alguien que no le deja preparar el café. Sólo la desviste y la somete encima de la colcha de bordes de hilo. Cuando se va, Rosa se saca los zapatos y calienta el agua.
* El aroma dulzón del café con leche anticipa la madrugada. Las aspas de un puñado de estrellas se agitan en la porción de cielo que cabe en la ventana.
* Rosa abre unos tarros, mezcla su contenido en una jarra de aluminio y se acerca a la cama. Un temblor levísimo trastorna sus labios lastimados. Dobla las rodillas maldiciendo con la estrechez de la falda. Sabe dónde buscar. Palpa con los dedos debajo de la colcha y trae hacia ella la bandeja de metal donde cuatro biberones vacíos resbalan sobre el resto de un líquido espeso y azucarado.
* (Fue el mismo día que a Rosa se le cayó una hebilla en el piso. Se agachó furiosa, como solía ponerse a veces. Su pelo se deshizo sobre la alfombra. El sol, que en ese momento se afirmaba en la ventana, coló sus tintes almendrados sobre la cabellera. Destellos charolados atravesaron el aire.
* Ella tuvo que irse, el sonido de sus pasos marchitándose en la puerta, y aún así dolían los ojos insolados. El niño colocó los codos sobre el borde, se empujó con ellos y, hechizado, cruzó los bordes puntiagudos de la colcha. Así conoció la luz.
* Se tendió, con la placidez de quien se expone a la vida o a lo que de ella resulte, sobre la alfombra, y dejó que aquella abundancia dorada lo atraviese con sus puntas de oro.)
* Rosa Aguirre llegó un domingo de julio. Un taxi la dejó en la avenida. Recorrió la callecita desierta hasta la casa que una vez dejó. Tenía 15 años cuando se fue. Su abuela murió sin despedirse de ella. Le dejó la casita. Le dejó los muebles.
* Rosa traía una bolsa de ropas y una caja. Esa misma noche comenzó a cavar. Encontró una pala detrás de la puerta. Apartó la cama, arrancó las baldosas podridas con sus manos y hundió la cuchilla en el suelo. Calculó medio metro de profundidad y un metro cuadrado de ancho.
* Amanecía cuando terminó de acarrear la tierra sobrante hasta el patio trasero. A medida que llenaba el saco de arpillera, lo arrastraba bajo la llovizna que no cedió hasta el mediodía. El frío amorataba sus manos.
* Dolorida y cubierta de barro retiró el resto de polvo con una escoba, forró el agujero con plástico y usó la vieja frazada desfelpada de la difunta para entibiar el hoyo. Recién entonces se acercó a la caja de cartón.
* Envuelto en unos trapos, un niño recién parido dormía. Temerosa de recibir castigos terribles si atentaba contra su vida, lo tuvo fuera de su voluntad. Nada le dolió tanto como traerlo al mundo. Cuando miraba al niño recordaba ese dolor.
* Rosa jamás escuchó su voz. No lloraba. No emitía más sonido que el de sus manos buscando los tarros de leche que ella le acercaba todas las noches. Ni siquiera el vuelo de su respiración en las madrugadas, cuando insomne lo espiaba en la oscuridad. Ese silencio hizo posible la vida entre ellos.
* (Conocía la noche en su vastedad. Desde las primeras penumbras hasta las sombras finales. Podía olerla apenas se apagaba la ventana, podía sentirla rodeando la casa, podía verla arrojándose al cuarto con su cara estrellada y su ruido de bichos desconocidos.
* El niño se movía sin que ella lo sepa. Rodaba encima de su cuerpo en busca del círculo azafranado que la luna delineaba sobre la alfombra. Pero no se metía dentro. Se quedaba con la boca pegada al contorno pálido hasta que la última partícula de luz abandonaba el cuarto. Entonces le quedaban las estrellas.
* Las agrupaba maravillándose de las figuras que formaban con sólo mover un milímetro su punto de mira. Se torcía a un lado, se arrojaba boca arriba, probaba a balancear la cabeza y entonces formaba una línea encendida bajo sus ojos finalmente ganados por el sueño.)
* ¿Desde cuándo le tuvo miedo?
* Al principio pensó que no era nada. Simplemente no le gustaban sus ojos. No le gustaba tocarlo. Los sábados al mediodía metía la latona de plástico en el dormitorio, entibiaba agua, empujaba la cama y se quedaba paralizada de su propio asco cuando metía los brazos en el hoyo para cargarlo.
* Muchas veces se deshizo en llantos al sentir aquella cosa viva en sus manos.
* ¿Por qué jamás lo dejó?
* Se cansó de hacerlo. Y si todas las veces volvió no fue por él sino porque no tenía adónde ir. Cuando salía temprano del trabajo iba a una plaza, buscaba un banco y se sentaba horas por el solo gusto de mirar a la gente que pasaba a su lado. Se imaginaba sus nombres, el sonido de sus ropas cayendo ante el apremio del amor. Quería sentir ese escote de seda en su espalda, esos pies acariciados por una vida tibia. Tenía tantas ganas de ser otras mujeres.
* Pero estaba hablando acerca del miedo, ¿no? Bueno, llevaban dos inviernos en aquel lugar cuando ocurrió. Rosa no se percató de nada hasta que buscó su bolso de hacer compras. Solía dejarlo debajo de la mesa. Estuvo media hora revolviendo el cuarto y nada. Aquella noche, cuando regresó, lo encontró cerca de la puerta.
* El incidente hubiese sido olvidado de no haber perdido sus aretes dos días después. Sabiendo que los había buscado por toda la casa, cuando volvió del trabajo los encontró sobre su almohada. Su espanto no le impidió darse cuenta de que fue el niño quien los puso allí.
* ¿Por qué lo hacía? Sabía que ella le temía, que los únicos momentos de felicidad que tuvo desde que él nació eran cuando lograba olvidar que existía. ¿Por qué no la dejaba en paz?
* Sin embargo, pensaba, no podía ser él. A excepción de las manos, no se movía. Sus piernas sufrieron un proceso de atrofia desde su cuarto mes de vida. Tenía las rodillas deformes y por debajo de ellas, todo estaba muerto. Rosa pensó que podía deberse a alguna enfermedad causada por la falta de vacunas, así que lo dejó a la buena de Dios. Pero, además del aspecto asqueroso de sus extremidades, el niño gozó siempre de buena salud.
* La radio llegó en la primavera. Rosa la ganó en una rifa. Como el barrio comenzó a poblarse (aunque los terrenos contiguos a la casa seguían vacíos) dejaba el artefacto encendido por si acaso sucedía algo con el niño. Ya no estaba en condiciones de arriesgarse.
* No pensó, claro, en la posibilidad de que alguien entre a la casa. ¿Qué podían buscar en ella? Antecedida de un jardincito donde crecían las malezas y abundaban los nidos de avispas, la construcción era tan vieja que las paredes descascaradas le daban el aspecto sombrío que en realidad tenía por dentro.
* Una salita fría y el único dormitorio eran todo lo que había allí. Afuera, un pequeño lavadero al aire libre y un bañito, además de latas y botellas que servían de guarida a las alimañas.
* Salvador Castillo lo imaginó, pero de todas formas ya tenía decidido entrar a la casa de Rosa. Era un ladronzuelo sin demasiadas pretensiones en la vida, que muchas veces actuó con el único fin de satisfacer su curiosidad. (Quería saber cómo vivía la gente que no era él.) En este caso eligió una mañana igual a las que le precedieron, empujó la ventanita que para su sorpresa estaba abierta y casi tumbó todo cuando sus pies chocaron con la mesa.
* Una vez adentro, sus zapatos deportivos recorrieron la estancia con cautela. Un escalofrío lo paralizó. Acostumbrado a meterse en las casas y a llevarse lo que podía, por primera vez se sintió afectado por algo que no entendía.
* Miró en torno suyo.
* Por encima de la radio que no dejaba de chillar, el silencio lo sofocó.
* Su mirada capturó el único movimiento que en una décima de segundo cruzó el aire. ¿Qué fue?
* Un perro no. Lo hubiese atacado. Animado por la curiosidad el hombre grueso de hombros, grandes manos peludas, rostro cuadrado y una dentadura postiza que le agrandaba un poco la boca, decidió saber de qué se trataba. Empujó la cama y, arrinconado por su propio gemido, se desplomó contra el ropero. Un hervidero de mariposas blancas le explotó en la cara. Envuelto en una frazada gastada por las polillas, algo que resultó ser un niño extraño incluso para él, acostumbrado a las infrecuencias de la vida, lo miraba con los ojos muy abiertos.
* (Se quedaba a veces de tal modo precipitado en sí mismo, que las horas zumbaban en círculos incapaces de incorporarlo.
* El recuerdo de su rostro lo perseguía.
* Ocurrió el mismo día que conoció la lluvia.
* Alterado por el rumor sibilante de la garúa sobre las planchas de ladrillo del techo, gateó buscando a su alrededor el origen del ruido. Miró enfrente. Esquirlas traslúcidas cruzaban la ventana.
* En aquel momento, la luz de un relámpago detonó en la habitación. Cegado de horror, buscó la pared. No vio el espejo. No lo conocía, en realidad. La última contracción lo lanzó contra la hoja plateada. Como un animal herido, un trueno rugió en el aire.
* Desprotegido en aquel espacio donde no había de dónde asirse, cuando se incorporó lo hizo sobre su propia imagen que el espejo le devolvió en proporciones engrandecidas. Era él.
* Lo supo cuando descubrió sus ojos.
* Si hubiese podido imaginarlos antes de ese momento, habrían sido así. Vivos y encerrados en su propio espanto. Esa visión lo tumbó boca abajo, los brazos arrastrando el cuerpo desmayado. Buscó el hueco de la cama. Lo último que sintió fue el ardor de sus muslos quemados en la fricción. Desde aquel día soñó con su rostro. Le temía, por encima de saber que se trataba de él.)
* Salvador Castillo volvió. Entró por el mismo lugar, ahora preparado para no salir corriendo como la primera vez. No lo vio el tiempo necesario para recordar con precisión su rostro, pero en las semanas en que no pensó en otra cosa dedujo que se trataba de una especie de engendro. ¿Qué más, si no? Tenía el torso cadavérico, las piernas hinchadas y la piel de una palidez verdosa. ¿Cuántos años? Cuatro, o cinco. Notó erupciones purulentas en sus brazos y pies, magulladuras en los brazos, costras rosadas en la cabeza pelada y ese tufo a orín que aún en el recuerdo lo mareaba.
* Tratándose de un hombre tranquilo y solitario, alguien que no se metía en la vida de nadie (más que nada porque ninguna le interesaba), Salvador no entendía por qué no lograba olvidar el asunto. Pero era así.
* Después que descubrió que Rosa Aguirre tenía un niño guardado bajo su cama, pasó cuatro días observando sus movimientos.
* Averiguó que trabajaba en el mercado del centro atendiendo un comedor de donde solía volver a la casa acompañada de algún cliente zalamero.
* Se acostaba con ellos por dinero, pero jamás ninguno presumió de haber amanecido a su lado.
* La única ventana de la vivienda se encendía con su llegada -a las diez de la noche- y así permanecía hasta la madrugada. Salvador sabía que se iba a las cinco de la mañana, por lo que cuando decidió volver a meterse a la casa, supo cuándo hacerlo.
* Con la tranquilidad de saber dónde estaba cada cosa, esta vez no hubo tropiezos ni amagues peligrosos.
* Salvador no quería espantar a la criatura.
* Sus sentimientos eran tan incomprensibles para él que evitó considerarlos en el momento en que se acercaba a la cama. No la empujó, como pensó hacerlo en un principio. Se echó en el piso, y habló.
* (Fue en el último verano. El calor aumentó a mitad de mes -era enero- y la atmósfera se llenó de vapores malsanos. Rosa entornó la ventana. También retiró la colcha de la cama de manera que el aire pudiese llegarle sin dificultades, pero nada se comparaba a tener los vidrios abiertos y la cortina corrida.
* Echado en cruz, el pie derecho enganchado a una de las patas de la cama, sonidos hermosos llenaron su alma. El niño no conocía a los pájaros, lo que no le impedía disfrutar de sus ruidos. Aquella mañana, una sombra se agitó en la ventana. La negrura creció conforme sucedían los minutos, hasta que algo entró a la habitación batiendo sus alas con furia.
* Guarecido en donde sabía, nada podía pasarle, sacó la cabeza fuera del ruedo de la colcha con la intención de dar marcha atrás apenas supiese de qué se trataba. Su mirada dio con lo que cambió su vida para siempre: una mariposa. Montado en nervaduras que sólo la luz permitía notar, sus alas tiritaban en oleajes vaporosos. Una línea negra separaba las membranas nevadas; ojos impalpables vigilaban desde su espacio diminuto.
* Con los pulmones hinchados de aire que la respiración amenazaba disparar en cualquier momento, avanzó hacia ella. Llegó, incluso, pero sus manos groseras desmembraron el hálito de vida que tanto le maravilló.
* Con la segunda no pasó igual. Aprendió a hinchar la mano de manera que no pudiese tocarla por ningún lado, pero con la firmeza necesaria para hacerla cruzar con él el travesaño de la cama.
* Recordó el episodio la tarde que escuchó los pasos de Salvador Castillo en la pieza. Acababa el invierno. Amaneció dolorido y afiebrado por un resfrío al que Rosa no le dio importancia, aunque lo sintió inquietarse en la madrugada. Tenía las mejillas abrasadas y el pecho agitado por un chillido desagradable.
* Siguió el recorrido de sus botas hasta el instante en que la cama se movió y el hombre de osamenta desproporcionada fijó sus ojos de intruso en los suyos. Todo duró tan poco que cuando la cama volvió a su lugar y la penumbra retomó su cuadratura, lo que acabó de ocurrir pareció ser obra de un desvarío. Otro, de los muchos que tuvo hasta que la fiebre desapareció.)
* No resultaba fácil decir algo. ¿Él lo escuchaba? No se movía. Le preguntó su nombre. Debía tener alguno. Todo el mundo lo tiene. Le preguntó si sabía hablar. Si sabía que él no le haría daño. No tenía motivos, y él nunca hacía nada sin uno.
* ¿Cómo lograba retener las mariposas bajo la cama? De chico, él las mataba porque no sabía qué hacer con ellas, aunque tampoco podía permanecer indiferente. Su padre le quemaba las manos para que no lo hiciera. Logró su odio, pero no su arrepentimiento.
* Él no quería a nadie, por otra parte. Ni siquiera a las mujeres. Una lo metió a la cárcel. Si sobrevivió en medio de la inmundicia fue para maldecir ese amor.
* Alternando su monólogo con silencios cada vez más frecuentes, Salvador Castillo se puso tan triste con sus palabras que se fue sin decir nada más, pero ya sabiendo que iba a volver.
* Por miedo a ser notado, resolvió alternar sus visitas. Nada tocaba, nada sacaba ni llevaba cosa alguna que pudiese delatarlo. Como la primera vez, se tiraba al lado de la cama y hablaba. Muchas veces con la sensación de que nadie lo escuchaba. Otras, advirtiendo el vuelo de una mano, un parpadeo, el desperezamiento del cuerpo amoldado a la noche fraguada.
* Una mañana le trajo un frasco. Lo empujó debajo de la cama. Le dijo que lo cubra con algo. Le dijo que no vendría por unos días. Se fue. Detrás de él, las llamaradas del mediodía se agrandaron.
* Salvador Castillo apartó los hilos multicolores de la cortina. Una penumbra agradable lo rescató de la calle. Buscó una mesa libre. Casi todas lo estaban. Se ubicó al lado de una ventana desde donde se veía el tránsito congestionado del mercado. Más allá, la plaza donde Rosa solía soñar con vidas ajenas.
* Era un lugar de mala muerte que olía a cebo de vela. Detrás del mostrador, una mujer obesa lo saludó con un mohín que delató sus dientes descompuestos. En una pequeña fiambrera cubierta con tela metálica, se apilaban empanadas deslucidas cuyos precios figuraban en cartelitos escritos con pinceles.
* Rosa Aguirre acudió al llamado de la mujer. Se sacudió la falda diminuta y se acercó bamboleando sus caderas hasta encontrar la mirada de Salvador. Anunció con voz desganada que el asado a la olla venía con guarniciones de papas y un vaso de cerveza.
* Veinte años. Pómulos duros. Ojos achinados; pelo castaño. Delgada. Marcas de acné en el rostro. Salvador conoció mujeres de peor aspecto. No dudó un instante cuando se puso de pie, y propuso: «Quiero compañía».
* Rosa Aguirre volvió la vista hacia la mujer que observaba la escena. Dudó un instante. «No será aquí que la vaya a encontrar», le dijo y desapareció por el mismo lugar de donde había salido. Tenía voz de no haber pasado buena noche.
* Rosa lo vio llegar todos los mediodías que transcurrieron desde esa primera vez, hasta que decidió hablar con él. Sentado en la misma mesa, la boca chapuceando en los caldos baratos que le servían, no dejó de venir ni siquiera en el feriado que cayó ese 16 de agosto en que ella lo enfrentó.
* -¿Qué quiere de mí? -preguntó con los brazos cruzados de tal forma que la redondez de sus senos le marcaron la remera provocativamente.
* -Usted me gusta -respondió él sin levantar la vista de la cuchara que en ese momento se llevaba a la boca.
* -¿Por qué no se va a molestarle a otra?
* Pese a lo que dijo, la voz de Rosa se había suavizado.
* -Me gusta usted.
* Acordaron que él la esperaría a las nueve y media en la puerta del copetín. Él estuvo allí cuando ella salió. Sin dirigirse la palabra más que para el saludo, se sumaron a la multitud sombreada por la noche que buscaba con los brazos en alto el número de colectivo que los llevaría a casa.
* Nunca había sido así. Hombres como él se acostaban con una mujer como podían hacerlo con cualquiera. Él la quería a ella, sin conocerla. ¿Por qué? ¿Y si era uno de esos dementes que asesinan prostitutas? Parecía inofensivo, sin embargo, la vista perdida en las esquinas que corrían por la ventanilla.
* -Es aquí -dijo Rosa dirigiéndose a la puerta de salida. Salvador ya sabía. Le dio paso y luego la siguió.
* (Escrutó el recipiente cubierto con un paño adherido a la boca del envase con una vuelta de alambre fino. Bichos. Un poco diferentes a los que vagaban a su alrededor. Cuando Rosa llegó, escondió el frasco y no volvió a verlo hasta después que la luz se apagó.
* La lluvia de la tarde lo tenía hundido en una especie de modorra que le estuvo causando sueños interrumpidos y molestos. No se podía perdonar desperdiciar de esa manera la noche, pero sus miembros se aletargaban a medida que pasaban las horas.
* Volvió a dormirse, y si esta vez despertó fue por causa de la luz entrecortada que desde alguna parte agujereaba la pulcritud de las sombras.
* Se levantó sobre los codos y casi estaba sentado cuando cuatro linternas de esmeralda le dieron a la cara.
* Columpiadas en el reducido espacio del frasco, costó identificar en aquella nube fluorescente a los gusarapos que le diera Salvador Castillo. Eran luciérnagas.
* Derrotado por el sueño, sin apartar la vista del recipiente chispeante, cayó en una especie de ensoñación donde las imágenes se le dispararon con tal agilidad que, para verlas, tuvo que andar un buen rato detrás de ellas. Cuando por fin se durmió, soñó con las luciérnagas.)
* Rosa abrió la puerta. «Hay goteras en el techo», explicó al sentir el tufo húmedo del cuarto encerrado. Aquella tarde había llovido. Buscó con la mano el botón de la luz. En la estancia, sombría y desamoblada, el ruido del radiorreceptor del cuarto contiguo lastimaba los oídos. Salvador Castillo esperó donde ella le indicó. La vio desaparecer, luego de aceptar la taza de café que le trajo. «¿Por qué tiene la cocina en el dormitorio?», le preguntó. No tenía el valor de tutearle.
* -Porque así me gusta -fue la respuesta que ella le dio, la mitad del cuerpo tragada por la puerta entornada.
* No le importaba esperar por ella. La sintió caminar descalza, revolver algo que imaginó era la leche destinada al niño. Lo quería hacer dormir antes de meterlo a él a la pieza.
* Dieron las once cuando la puerta se abrió. Rosa seguía descalza y caminaba con tanta gracia que Salvador sintió un peso en la barriga que solía tener antes, cuando todavía podía amar.
* También se mudó de ropa. Ahora llevaba una solerita con tiras flojas que le dejaban al descubierto los hombros huesudos. Parecía avergonzada. «Vení», le dijo.
* Salvador Castillo metió la mano en el bolsillo de la campera antes de entrar al dormitorio.
* Su imagen rebotó desde la hoja del espejo.
* Tanto sabía de aquel lugar que le daba miedo moverse con la soltura que podía. Rosa sonrió con malicia cuando vio que observaba la cama.
* -¿Cuánto dinero tenés? -preguntó.
* -Cuanto quiera -dijo.
* Las puntas de la colcha se movían sin que Rosa se percate. Salvador Castillo no se sacó la ropa. Se destrabó los zapatos, pero se dejó las medias y así se acomodó al lado de la mujer. Carajo, se reprochó. Había apagado la luz sin pedir permiso. Menos mal, Rosa no interpretó aquel gesto como propio de alguien que conocía su casa.
* -¿No querés hacer nada? -preguntó la mujer sintiendo el cuerpo inmóvil de Salvador pegado al suyo.
* -Sólo quiero dormir con usted -susurró él, consciente de que sus palabras eran oídas en las profundidades del cuarto.
* Rosa amagó decir algo, pero probablemente no se le ocurrió qué. Cerró los ojos y se quedó dormida, el cuerpo de Salvador flanqueando sus costillas.
* El hermetismo de la noche cerraba su círculo conforme las estrellas se afirmaban en la ventana. Salvador estiró el brazo derecho. Buscó detrás de la lámpara. Sus dedos arrastraron la botellita que Rosa no le vio sacar del bolsillo de la campera.
* Levantó la tapa con cuidado. Sabía que cualquier desacierto lo delataría. Retiró la cubierta y metió el dedo índice en el líquido espeso.
* Descolgó el brazo sobre el travesaño de la cama. El dedo goteó su líquido viscoso. Pasaron dos, tres minutos. Salvador escuchó al niño.
* Ya vio el dedo. Ya olió el aire azucarado y se acercó, los miembros contraídos en el gateo sigiloso. Dudó. Se colocó debajo del dedo. La lengua caliente probó la poción que goteaba desde la uña desaseada.
* Algo dentro suyo se estremeció.
* Abrió la boca y chupó el jarabe mientras en la ventana las estrellas comenzaban a velarse. Salvador recordó las palabras de Rosa. «Volverá a llover», le dijo. Era verdad. El cielo volvía a empañarse.
* El dedo le cosquilleaba. Lo retiró por un momento para cubrir con la frazada a Rosa que, a su lado, comenzó a temblar. Metió de nuevo el dedo en el jarabe.
* La boca lo esperaba.
* En la etiqueta del recipiente se leía «Miel de abeja» en letras de imprenta. La lluvia se desató. En el cuarto, una sensación de ingenua felicidad recibió a la madrugada. (Marzo de 1997)

Enlace al ÍNDICE de la versión digital de Debajo de la cama en la BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES
  • Prólogo / Los Lucios / Debajo de la cama / El peñasco y la enredadera / Carrayán / Los perros / El gordo / Casa materna / Tobogán / El café de las seis / Es lo mismo / El rostro de quién / Puta vida, carajo / Dejale lavar a mamá / Espejo (Historia de un vampiro) / Tambor.