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viernes, 20 de agosto de 2010

HORACIO SOSA TENAILLON - EL CAUTIVO (CUENTO) / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - VEINTITRES CUENTOS DE TALLER (1988).


EL CAUTIVO
Glosa de
HORACIO SOSA TENAILLON
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
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EL CAUTIVO
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"Yo querría saber qué sintió
en aquel instante de vértigo..."
BORGES
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En la inmensidad del desierto pampeano, refulgente bajo el sol del mediodía, el indio hacía su camino. Iba a horcajadas sobre un penco flaco, la mirada perdida en el suelo, doblado bajo el peso de la tristeza ancestral del que nació para sufrir, pero... No iba a ninguna parte y él lo sabía. ¿Qué daba, entonces, adónde su cabalgadura lo llevara? ¿Qué daba llegar más tarde o más temprano? ¿Qué daba arribar o no hacerlo? El animal andaba y seguía andando, mordiscando alguna que otra hierba tomada al pasar de entre las matas hirsutas del camino, campo infinito donde todo era raso, campo inacabable donde todo era yermo. Igual daba torcer que seguir derecho; igual mirar o no hacerlo; igual soñar, pensar, morir... Recuerdos no tenía, explicaciones no buscaba y ya ni siquiera ansias le quedaban. No obstante, recordó que siempre quiso saber qué había en el confín de la planicie en que, como en un éxtasis o en una promesa, masas de nubes blancas se levantaban en un cielo infinito... Pero ya ni eso le importaba, ya ni eso quería. Sin embargo, de pronto, algo cambió; algo casi imperceptible: una pequeña lumbre apareció en lo más recóndito de unos ojos de color celeste, porque ese indio tenía crenchas de fuego y ojos color de cielo de verano; le brillaron, repentinamente, como si su espíritu renaciera de la muerte; apenas un relámpago que no alcanzó a alterar la impasibilidad de ese rostro trabajado por el desierto y la vida bárbara, pero que iluminó su secreto; un secreto que colmaba su alma de felicidad; un deseo llevado en su ser desde siempre y que súbitamente se hizo realidad. El mismo había estado tan en el fondo, que no lo recordó sino cuando se detuvo frente a aquella puerta; que ahora no podía decir por qué se detuvo y que, quizá, sólo lo hiciera porque los otros se detuvieron. ¡La puerta, el recuerdo repentino, el grito, el correr hacia el fondo para introducir el brazo donde él sabía que había dejado aquel cuchillito de mango de asta, escondido alguna vez allá en el tiempo..! El cuchillito. ¡Cuánto lo anheló! ¡Cuánto lo recordó! ¡Cuánto lo soñó!, aunque después lo olvidara hasta el momento de ver esa puerta. ¡Verla y recordarlo fue todo uno! ¡Y la alegría, la alegría del hallazgo, porque nunca hubiera supuesto que de nuevo lo tendría consigo..! Bien que algo hubo que no alcanzó a comprender: la alegría de aquellos ancianos al verlo correr, gritar, traer... Ni la de aquellos soldados a quienes acompañó voluntariamente porque, si bien se lo pidieron con ademanes, esos ademanes trasuntaban paz y bondad como si se lo pidieran a uno amado por ellos. Ni comprendió, tampoco, por qué todos se esforzaban en envolverlo con sus brazos, por qué juntaban sus rostros al suyo... No, eso no lo comprendió, ni siquiera hoy que ya había una luna entre aquella gente y él, una luna de andar y andar... Sólo que ahora era diferente: llevaba el cuchillito sobre su piel, bien sujeto con el ceñidor, sintiéndose nuevamente el amo del desierto yendo hacia donde nacen las nubes que penetran en el cielo...
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HORACIO C. SOSA TENAILLON
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TALLER CUENTO BREVE
Dirección:
Talleres Gráficos
EDICIONES Y ARTE S.R.L.,
Asunción-Paraguay
1988 (136 páginas).
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HORACIO SOSA TENAILLON - JUDIT (CUENTO) / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - VEINTITRES CUENTOS DE TALLER (1988).

JUDIT
Cuento de
HORACIO SOSA TENAILLON
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
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JUDIT
Al cruzar el viaducto tuvo conciencia de que la línea de luces de la avenida corría a su encuentro, desgranándose en faros individuales que se perdían por encima de su cabeza a medida que avanzaba. Por el reloj del tablero supo que era la una y media y pensó que no era tan tarde como para que no hubiera transeúntes en las calles. Ni por un instante intuyó que corría demasiado. Trató de distinguir edificios, pero la niebla y la oscuridad no se lo permitieron; no le permitieron ver sino sombras laterales que huían vertiginosas.

Se desplazaba a gran velocidad, sobre su izquierda, junto a los canteros centrales transformados en líneas borrosas envueltas en un acompasado rumor de vientos que el coche iba dejando atrás en su rápida marcha. Se arrellanó y se dejó ganar por la sensación de soberbia y poder, encendió la radio y cuando se disponía a gozar del placer de conducir, la perturbó una inquietud, como envuelta en una ráfaga de temor y percibió la sensación de que el vehículo se desestabilizaba, que la parte trasera se elevaba y que el bólido giraba incontrolable hacia adelante. Después... sólo el estrépido ensordecedor.

Creyó despertar en un mundo tenue del que le venían, entrecortados, un suave murmullo como de voces lejanas, la hilera de fuegos que circundaba la ciudad sitiada, la desesperación producida por la sed y el rodar de una cabeza ensangrentada que caía de los almohadones... "¿Quién enturbia los mágicos cristales de mi sueño y por qué, Señor, esta nación cruel y presurosa trae a mi pueblo iniquidad y violencia?"

Quiso pensar, recordar algo, pero su aturdida mente sólo le devolvía, una y otra vez, el chirriar de los neumáticos sobre el pavimento, el chocar del carro de guerra, la soldadesca ruin que sonreía, los fuegos enemigos que pasaban y pasaban sobre su cabeza y la sed desesperante que la devoraba. "¡Habían cortado el acueducto! ¡Ahora sólo era cuestión de tiempo!" Alguien dijo que si en cinco días no recibían ayuda, abrirían las puertas de la ciudad. Quiso gritar, rebelarse, pero, sin saber por qué, se sintió distante y paralizada por la impotencia. No obstante, y llevada por una repentina esperanza, decidió hacer un último esfuerzo para sobreponerse, y ahora era el olor indefinible de la guerra, y de los heridos, lo que la envolvía con su emanación de muertos. Sintió que la tironeaban de la cabeza, que su cuello quedaba tenso, y que la desesperación la inmovilizaba al presentir la inminencia del filo de la espada que le abriría la yugular haciéndola sangrar a borbotones y rodar su cabeza hacia el vacío.

-Fractura cervical; se salvó apenas. ¿Cómo se siente?

Comenzó a abrir los ojos pero los cerró casi de inmediato, encandilada... Pidió agua porque la sed la enloquecía y entrevió un mundo blanco y muelle que no alcanzó a entender pero, la sonrisa cómplice que intercambiaban los guardias cuando la vieron salir de la tienda del jefe, el calor del desierto que le abrasaba la garganta y esa enorme distancia hasta las puertas de la ciudad que parecía inalcanzable... "¡El enemigo había invadido las tierras de Judá, sitiado la ciudad de Bethulia y dejado a su pueblo sin agua!" Y ante la pusilanimidad de los líderes a cargo de la defensa, ella les gritó que no se acobardaran, que el enemigo era sólo un hombre, que no había hombre indoblegable, que aún ella podía vencerlo... "¿Por qué el impío asedia al justo y la ley no sale según la verdad?"

-Es el efecto de la anestesia y del shock, pero en unas horas estará más tranquila.

Trató de despertarse pero, era curioso; seguía en el sueño; los fuegos continuaban volando por encima de su cabeza, el estrépito de los aceros se repetía constantemente en su cerebro y ahora era como si esos fuegos se hubieran transformado en la luz que se filtraba por los vanos de la bóveda de una misteriosa capilla en la que ella oraba. Y, al tiempo que comprendía que había llegado la hora, no pudo evitar que la sacudiera un estremecimiento mientras musitaba una última y fervorosa plegaria al Señor y se cambiaba el hábito de cilicio por una túnica enjoyada en la que no pensaba desde su viudez.

El silencio pareció agobiar las líneas enemigas cuando la vieron abandonar la plaza sitiada, ricamente ataviada y seguida de una criada portando un zurrón con provisiones de boca. "Solamente requiero de vuestra benevolencia permiso para orar en el valle diariamente". Pero al cuarto día, ante la pasión despertada en el general enemigo, no pudo sino aceptar la invitación a acompañarlo a su tienda a almorzar con él.

Se sentaron en almohadones y ella probó sólo los bocados que había llevado; pero cuando el alcohol venció al soldado, ¡su alma se estremeció! El momento había llegado. ¿Tendría fuerzas para matarlo dormido? ¿Tendría perdón destruir una vida? ¿Tendría paz para seguir viviendo?

El aire caldeado del desierto la volvió a la realidad y el terror pareció agarrotarle la garganta, pero siguió su camino tratando de ignorar la humillación de la sonrisa de aquellos hombres. Caminó lentamente, manteniendo su aire de princesa desdeñosa, seguida de la criada llevando el zurrón y pensando en que nunca llegaría... Pero ahora que los vítores de su gente atronaban el espacio, mientras colgaban la cabeza en lo alto de la muralla donde los asirios pudiesen verla, cayó en la cuenta de que no despertaría, que no despertaría más, que estaba despierta, totalmente despierta porque en el sueño oyó el acento de una palabra divina que lo afirmaba; que había salvado a su pueblo de las hordas venidas del oriente y que el incomprensible sueño había sido sólo eso: un sueño inexplicable, frenético y absurdo; un sueño en el que corría en un vehículo de guerra por las vías de una ciudad desconocida, envuelta en el tronar de lejanas tempestades, iluminada por cientos de antorchas que pendían del cielo, para despertar finalmente en un universo blanco donde se respiraba dolor y sangre. No, esa no era la verdad; no podía serla; sólo había sido un sueño.

Judit vivió ciento cinco años.
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HORACIO C. SOSA TENAILLON
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TALLER CUENTO BREVE
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sábado, 14 de agosto de 2010

HORACIO C. SOSA TENAILLON - LOS TIMBRAZOS / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - QUERIENDO CONTAR CUENTOS (1985).


LOS TIMBRAZOS
Cuento de
HORACIO C. SOSA TENAILLON
(ENLACE A DATOS BIOGRÁFICOS Y OBRAS
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LOS TIMBRAZOS
Yo trabajaba en aquella casa desde hacía algunas semanas cuando, un día cualquiera, a eso de las tres de la tarde, intempestivamente, sonó el timbre de la calle. Me asusté. Lo reconozco. Soy miedosa.

La señora había salido y, por lo tanto, era yo sola y mi alma la que estaba ahí. Yo estaba segura de que ella no esperaba a nadie porque, de lo contrario, me lo hubiera dicho. Y, por mi parte, nunca recibo visitantes.

Quizá fuesen las compras ordenadas por la mañana -fue lo primero que pensé- pero no porque ya las habíamos recibido todas. ¿Y los chicos de la escuela? Tampoco, porque sus llamadas, entre la una y la una y media de la tarde, son más largas; oprimen el botón de forma sostenida, pulsándolo rápidamente una y otra vez, al final, antes de salir corriendo. Quisiera saber por qué las madres no enseñan educación a sus hijos, o las maestras; nadie enseña educación a los chicos de hoy y por eso el mundo está como está. ¿El recolector de basuras? ¿Por qué habría de serlo?, si hacía horas que, convenientemente embolsada, yo misma la había sacado y puesto en la vereda, en la canasta metálica de los residuos, lejos del alcance de los perros. Incluso la había salpicado con kerosén para evitar que si, por ahí, a algún perro de esos grandes se le ocurriera fisgonear en procura de restos de comida -que siempre hay-, rompiera la bolsa y desparramara su contenido; que todos sabemos lo que significa: traer la escoba.. la palita y una nueva bolsa (con lo caras que están éstas; caras y cada vez más pequeñas), reamontonar los residuos, embolsarlos de nuevo, reatar la bolsa y volverla a la canasta; a lo que cabe agregar la necesidad de lavar de nuevo todo ese sector de la vereda. Y fue entonces cuando, sumida en tales reflexiones, contra todo lo que era dable esperar, volvió a sonar el timbrazo. Es decir, tuve la impresión de que volvió a sonar porque, en ese momento, ya de nada estaba segura. Pero, ¿será posible? -me dije-, no puede ser, no pudo haber sonado. Y, partiendo de esta afirmación, que para mí era convicción porque era lo único que yo quería y podía aceptar en aquel momento, nada hice por acercarme a la cancel. No lo hice no porque rehuyera el cumplimiento de mis obligaciones domésticas, ni porque fuese una haragana. No. Sencillamente me quedé esperando ver cómo se desarrollaban los acontecimientos; para ver qué pasaba; para ver si estaba en lo cierto; para ver si se repetía por tercera vez aquel llamado.

Entretanto, de dos cosas estaba completamente segura: primera, el timbre no pudo haber sonado y, segunda, jamás me iban a tomar desprevenida. Sólo Dios sabría el significado de aquellos llamados y no era el caso de que yo corriera el innecesario riesgo de abrir la puerta. No. En tales circunstancias, ¡nunca!

Estaba tan segura de que esos llamados no eran sino parte de una artimaña, cuyo objetivo final era que yo cayera en la trampa, que decidí quedarme expectante. No ceder a lo que a primera vista parecía lógico, sino esperar. Pero al sonar por tercera vez ya no me cupo duda alguna porque lo escuché nítidamente. Es decir, escuché claramente el repiqueteo del timbre y, mientras sonaba, estuve segura de que nuevamente era aquel maldito llamado pero, al cesar, mi seguridad se tambaleó. ¿Por qué? Porque se presentaron nuevas circunstancias. En primer lugar me pareció que esta última vez lo hacían sonar con mucha insistencia, como quien pierde la paciencia, como quien está fuera de sí, como quien está encolerizado. Y, además, porque escuché voces llamándome, "María, María, ¡abra la puerta!". Y lo más serio, golpes dados con violencia, una y otra vez. Parecía que fueran a echar la puerta. Eran golpes claros, timbrazos vibrantes y gritos destemplados como reforzándose unos a otros. Por eso titubeé, es cierto; pero seguí inmóvil sin decidir nada a pesar de que mi conciencia me decía a gritos que atendiera el llamado. Y eso es otra cosa que también la tuve bien en claro en todo momento: mi conciencia me imponía responder al llamado y abrir la puerta. Pero algo, por otra parte, me decía que no lo hiciera. Y esto último fue lo que me impulsó a luchar contra mi sentido del deber, con la seguridad de que a esa hora el timbre no tenía por qué llamar. Y vencí. Me planté y tampoco atendí entonces. Pero ... Eso sí, debo reconocer que la decisión tomada estaba violentamente contrapuesta a mi cabal noción del fiel cumplimiento de mis obligaciones. ¿Ve usted cuando misteriosas líneas de fuerza parecen tenderse súbitamente entre algo que una debe hacer y otro algo -inexplicable- que parece ahogarnos desde nuestro interior para que no lo hagamos? ¿Lo ve usted? Pués ese era mi caso. Una lucha frenética entre dos fuerzas en medio de las que finalmente, fui hacia la puerta. Pero no vaya a creer que fui hacia ella para abrirla y sanseacabó. ¡No! ¡De ninguna manera! Tomé mis precauciones. Me quité las sandalias y, furtivamente, me dirigí hacia uno de los lados de la pared junto a la puerta, tratando de no producir el más mínimo ruido que pudiese delatar mi presencia o mis intenciones. Lo hice de forma tal que nadie pudo haberse percatado de ello y, al llegar, poniéndome de espaldas, extendí los brazos en cruz y así, pegada a la pared, en esa posición que le digo, mediante pasitos laterales ejecutados dentro de la mayor discreción posible, me fui acercando, lenta e inexorablemente, hasta tocar con la mano izquierda el marco, el marco de la puerta. ¡Exito! Y, entonces, ¡la gran decisión!: con un brusco movimiento giré sobre mí misma para ponerme de cara a la pared y, levantando suavemente la mano derecha, toqué la chapita metálica que cubría la mirilla y la hice girar silenciosamente. Sólo lo hice para ver qué sucedía, porque no miré a través de ella. ¡Ah, noo! ¡Imagínese si yo iba a hacer eso! No podía ser tan ingenua porque en aquel momento ya tenía la completa seguridad de que alguien, estaba del otro lado de la puerta llamando. Que fue mi temor desde el primer momento, plenamente confirmado. Entonces... ¡Ahora o nunca. . ! -me dije- y salí disparando por el living hacia la escalera que conduce al primer piso; ascendí por ella a saltos y entré, rápidamente, en el primero de los dormitorios, cerré la puerta y la, aseguré con el pestillo. Y me tumbé en la cama. Ahí, por lo menos, aunque los golpes y los timbrazos los seguía escuchando muy amortiguados, ya no oía más voces. ¡Qué alivio!
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HORACIO C. SOSA TENAILLON
TALLER CUENTO BREVE
Dirección:
Imprenta-Editorial
Casa América,
Asunción-Paraguay1985 (172 páginas).
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HORACIO C. SOSA TENAILLON - EL FUSIL AMETRALLADOR / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - QUERIENDO CONTAR CUENTOS (1985).


EL FUSIL AMETRALLADOR
Cuento de
HORACIO C. SOSA TENAILLON
(ENLACE A DATOS BIOGRÁFICOS Y OBRAS
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WWW.PORTALGUARANI.COM )

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EL FUSIL AMETRALLADOR
No sé si fue la calma con que hablaba, o cierta autoridad que parecía emanar de su persona; quizá, también, el hecho de que no lo conociéramos, y que hasta ese momento sólo se hubiera limitado a escuchar los comentarios del grupo. No lo sé. Lo cierto es que, cuando comenzó a hablar, quedamos como cohibidos, pendientes de sus palabras en las que creímos notar cierta reserva.

-Fui soldado de la quinta división -dijo suavemente-, y no sólo fui testigo de todo aquello sino que conocí a esos hombres aunque, realmente, no podría decir que entendiera lo ocurrido.

El tema se centraba en las extrañas circunstancias que rodearon dos muertes, el primer día del ataque boliviano, en la segunda batalla de Nanawa. Un tirador de fusil ametrallador había muerto a consecuencia de disparos recibidos en el pecho, al igual que un camarada suyo, fusilero, que estaba a su lado, y al que lo uniera una gran amistad. Las heridas eran extrañamente iguales, en los mismos lugares del tórax y con las mismas manchas de sangre. A primera vista, unas y otras eran un calco exacto de las producidas por el arma de Villasanti.

Se conocieron en el regimiento en que servían y a pesar de poseer personalidades muy distintas, pronto se sintieron entrañablemente amigos. Se los veía siempre juntos en las marchas, en las trincheras, y en las guardias nocturnas de los puestos de escucha durante la prolongada guerra de posiciones. Miguel Ángel González Thompson que los sabía valientes y disciplinados, los utilizaba a menudo en misiones delicadas en algunos de los patrullajes.

Morel, sordo y, tal vez, por el propio aislamiento impuesto por ese defecto, era ensimismado y muy dado a frases sentenciosas que no pasaban desapercibidas y que le valieron el mote de "filósofo". "La guerra también tiene sus reglas y el sentido de humanidad no es ajeno a ellas". Y, sobre todo, se lo decía a Villasanti que, dotado de una puntería excepcional, parecía un ángel de la muerte gozando el hecho de segar vidas. Cuando los ataques bolivianos, desnudaba su alma a gritos: "¡atajate ésta, boli!; ¡vas camino al infierno, boli!; ¡ahí tenés lo tuyo, bolí! ", como si él mismo no hubiera de morir. Y, terminado el combate, a veces por el mismo agotamiento, quedaba tumbado sin otra alternativa que resignarse a los reproches de Morel. "Nosotros somos soldados, pero vos parecés una bestia desalmada. ¿No te das cuenta que, al actuar de esa manera, te estás dañando a vos mismo?". Y, el otro, ni palabra, viviendo un sueño porque tenía uno: quería ser tirador de fusil ametrallador; que, en realidad, no se lo daban porque no había. "Mi teniente, ¿por qué no me da ese fusil? Con esa arma... ¡Barrería ejércitos..!

Un día, volviendo de un patrullase, trajo un trofeo: ¡un cajón de los mecanismos de disparos del fusil de sus sueños! Alguien lo habría desechado y. . . ¡Lo encontró Villa! Desde entonces se lo vió, noche y día, tallando un trozo de madera que, al poco tiempo, empezó a cobrar forma: una culata del fusil que tanto anhelaba, en la que encastró el cajón.. .

Los demás soldados lo miraban en silencio y a la distancia. Evidentemente, Villa había logrado su sueño. Y, terminado el ajuste, el tubo, el bípode y las piezas faltantes para reconstruir el "Brno" parecieron venirle de la nada, hurtándoselas o pidiéndoselas a los armeros.

Cuando llegó el momento de la prueba, bajo la mirada absorta de los hombres del pelotón, cargó el arma con estudiada lentitud, la levantó y la sopesó una o dos veces y, apuntándola a un árbol hizo los disparos. Algunas risitas contenidas signaron el acto porque el fusil sólo disparó dos tiros. Tranquilo, con absoluto dominio de la escena, bajó el arma., la examinó, pareció hacerle algunos ajustes, repuso los proyectiles y lo disparó de nuevo. ¡Pum, pum! Nuevamente, sólo dos disparos. El supuesto fusil ametrallador no disparaba ráfagas continuas sino solamente dos tiros. Habría tenido algún problema con el fiador que detiene el movimiento del "block" de cierre. Las muestras de hilaridad disimuladas se repitieron pero él... Ausente. "Ya está -se dijo con profunda satisfacción.-; ya tengo lo que quería". E, ignorando sus espectadores, se marchó silbando bajito.

En poco tiempo se hizo célebre. Nadie hablaba sino del "pum pum" de Villa y de "la firma de Villa". Los cadáveres de quienes habían sido sus blancos, presentaban dos horrendos orificios en el pecho. Y, absolutamente siempre, exactamente, los dos en los mismos lugares. Es decir, las heridas, como copiados, eran increíblemente iguales. "La firma de Villa", comentaban al enterrar sus víctimas. Y, nuestro amigo, envuelto en la tétrica atmósfera de su sola presencia -de la que no perecía consciente-, vivía en el mejor de los mundos. "Alguien te pedirá cuentas. ¡Tenés que cambiar!" "¡Callate cura de yuyales!" era, cuando contestaba, la más ligera de las respuestas. Pero... La amistad, incólume.

Y llegó el día, en el intenso frío de aquel julio que comenzaba. El pelotón de González Thompson cubría un sector de Punta Mojoli y allá estaban Morel y Villasanti, juntos, como siempre. Alrededor del mediodía, al diluirse en el fracaso el tercer asalto boliviano, los encontraron. Villa, muerto y su arma abandonada en el parapeto. El tirador para el que la guerra había terminado, estaba tendido de espaldas en el fondo de la trinchera con dos grandes agujeros en el pecho. "¡Santa Bárbara bendita! ¡Su firma!" -exclamó un soldado, santigüándose. La apariencia de las heridas era como si él mismo hubiera sido blanco de sus propios disparos. Morel, herido de muerte, a su lado, con heridas exactamente iguales a las de Villa, alcanzó a decir: "Lo vinieron a buscar, por su ruindad..."
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HORACIO C. SOSA TENAILLON
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Casa América,
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sábado, 7 de agosto de 2010

HORACIO C. SOSA TENAILLON - LA RESURRECCIÓN / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - 19 TRABAJOS (1984).


LA RESURRECCIÓN
Cuento de
HORACIO C. SOSA TENAILLON
(Enlace a datos biográficos y obras
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LA RESURRECCIÓN
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"15. Entonces se incorporó el que había muerto y"
"comenzó a hablar. Y lo dio a su madre".
"El Santo Evangelio según San Lucas, Cap. 7."


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¿Qué habrá sido realmente lo que ocurrió aquel día? ¿Cuáles habrán sido los hechos que se desarrollaron en el reducido ambiente limitado por las cuatro paredes del quirófano? ¡Cuánto daría por saberlo! ¡Porque lo que se está comentando, no lo creo! ¡Y no sólo no lo creo sino que me pregunto cómo es posible que la gente tenga tanta capacidad para urdir algo tan rotundamente fantástico como eso de que el paciente murió para resucitar veinte minutos después de que su corazón dejara de latir! ¡Sin daño cerebral alguno! Que la operación de columna a que fuera sometido tuviera sus tropiezos, aceptémoslo. Que el cirujano no se percatara de la incisión abierta en aquella arteria, eso también es posible. Que el error fue del instrumentista, y algunas otras cosas más, también sí, todo sí. Todo lo comprendo y lo puedo aceptar -en cierta medida- porque el error humano es siempre una probabilidad latente y más tratándose -como se trataba- de una intervención quirúrgica tan delicada. ¡Pero que el espíritu del paciente haya abandonado su cuerpo -su propio cuerpo-, presenciado todo cuanto allí ocurrió y lo comentara después de su "resurrección", bueno. . . Eso supera lo que razonablemente estoy en condiciones de aceptar!

- ¡Sin darme cuenta de nada, súbitamente, no sé cómo, noté que yo estaba allí, Julia Concepción... ! ¡Lo noté, me dí perfectamente cuenta de ello! ¡Yo estaba en la sala de operaciones, en toda la sala! ¡Sin poder precisarlo me sentí como flotando por todas partes, por ninguna parte! ¡Sin asombro! ¡Sin interrogantes! ¡Con todas las respuestas! ¡Sin poder comunicarme con nadie, ni con los médicos ni con persona alguna! ¡Y sin desearlo, tampoco! ¡Me sentí parte del esfuerzo, de los afanes, de los anhelos, de la mente de toda esa gente que, desesperadamente, trataba de salvar mi vida, la vida de mi cuerpo, mi vida que ya no lo era aunque yo siguiera estando ahí -como lo estaba!

Para mí, ese cuento del muerto resucitado no es sino eso: un cuento. ¡Sólo y nada más que un cuento! Por más que por ahí hayan surgido algunos sabihondos que están hablando de subconsciente, de represión de no sé qué de borrar recuerdos. Todas explicaciones demasiado inverosímiles para mi pobre sentido común. O, quizá, mi ignorancia no me permite comprender un hecho científico. No lo sé. Pero lo que sí sé es que esos son los comentarios echados a rodar y que esa es la comidilla de todos los ambientes y el tema de conversación obligado. Porque aquí no se está hablando de otra cosa que no sea de esa bendita resurrección. ¡Sí, resurrección! ¡Así como suena!

- ¡Yo, mi alma, mi espíritu, no sé, Julia Concepción, yo estaba en todo! ¡Yo era todo! ¡Me sentía todo! ¡Por todas partes, al mismo tiempo! ¡Gozaba de paz, calma, comprensión, placidez y perdón inenarrables! ¡Todo se me antojaba tenue dulce, perdurable, perdonable, infinito, eterno! ¡Me sentía libre, libre de la opresión de mi cuerpo físico!

¿Y sábe Ud. quién es el protagonista, quién es el centro de esta increíble historia? ¡José Gabriel, marido de Julia Concepción! Llamémosles así para no dar nombres. Dicen que él empezó a sufrir de depresiones constantes; que caía en oscuros desánimos y que no atinaba a otra cosa que no fuera encerrarse para no ver ni hablar con nadie. Y que, a partir de ahí, su vida comenzó a ir barranca abajo. Y que de los estados depresivos pasó al de dolores constantes -un día aquí, otro día allá-que lo fueron conduciendo al hábito de analgésicos, tranquilizantes y somníferos ingeridos sin control alguno, que fue lo que colmó el vaso de su fortaleza física y de su capacidad anímica. Hasta que los dolores se le localizaron en la zona lumbar de la espina dorsal, que fue lo que finalmente lo llevó a la mesa de operaciones.

- ¡Sin mirar, yo lo veía todo! ¡Sin escuchar, yo percibía todo cuanto sucedía a mi alrededor! ¡Yo penetraba en la mente de esa gente, en lo más recóndito del pensamiento de todos y de cada uno de ellos, al mismo tiempo! ¡A mi alrededor y fuera de mi alrededor! ¡Pero carecía de sentimientos, Julia Concepción! ¡Veía a esos médicos trabajar denodadamente para revivirme, para volver a la vida el cadáver que había sido mi cuerpo! ¡Pero que ya no era yo! ¡Y ni siquiera me inquietaba! ¡Mis emociones me habían abandonado! ¡Yo ya no era de este mundo!

Para mí, ellos -el matrimonio- no son sino unos artífices del engaño y sólo Dios sabrá qué finalidad persiguen. ¡Hernia discal, oprimiendo un nervio, sin otra alternativa que la operación quirúrgica! ¡Pero qué imaginación! ¿Ud. se da cuenta de que pensaron en todo?

-El llanto desconsolado de la hematóloga, inclinada junto a mí, junto a mi cabeza, no me hería, no me dolía, no me alcanzaba! ¡Yo sólo era alguien, o algo, que estaba allí mirando, viendo! ¡Era algo así como mi propio testigo, porque me podía ver a mí mismo! ¡Porque ese cuerpo inmóvil, colocado sobre la; mesa de operaciones -que más que eso era una suerte de caballete sobre el que estaba doblado un cuerpo humano, boca abajo, con los brazos y las piernas colgantes a cada lado- sin vida, era el mío! ¡O, mejor, había sido el mío pero, sin saber por qué ya no lo era!
"¡No te mueras, padrecito, no te mueras!"
¡Hasta me parece ver todavía su cofia blanca junto a la cabeza de ese cuerpo exánime que ya nada significaba para mí!
"¡No hay nada que hacer! ¡Ya está muerto!
¡Dénle más sangre, dénle más sangre!"

Dicen que el médico salió de la sala de operaciones con toda tranquilidad, para pedir que buscaran donantes. Pero yo me pregunto, ¿qué tranquilidad podría tener, sabiendo que sería imposible mantener en secreto que él, el cirujano, inadvertidamente, perforó la arteria femoral con el borde filoso de la pinza? ¡Sí! ¡Con la pinza utilizada para extraer los trocitos del cartílago extirpado! ¡Por supuesto que la sangre drenó hacia cualquier parte de la cavidad abdominal! ¡Galeno! ¡Ja! ¡Pero qué galeno ni qué galeno! ¡Para mí ese mediquillo no pasaba de aprendiz de carnicero! ¡Con el respeto debido a los carniceros! ¡Le resultó fácil lavarse las manos y decir que fue un error del instrumentista! La hematóloga fue quien dio la voz de alarma, al ocurrírsele tomarle el pulso en el tobillo del paciente.

- ¡Y esos sueños, esas alucinaciones, esas pesadillas! ¡El ver los rostros de toda esa gente conocida, fallecida hace tiempo, a quienes yo ya había olvidado! ¡Y esos horrores, crímenes, atrocidades como nunca hubiese supuesto que existían! ¡Y todo sin límites! ¡No sé dónde! ¡Sólo sé que se sucedían y sucedían delante de mí! ¡Y la expresión de dolor y de desesperanza pintada en las caras de esa gente que los sufría! ¡Parecían padecer, expiar, por alguna razón, por siempre! ¡Pero lo que ahora me llama la atención es que no ví en ellas arrepentimiento, remordimiento, compunción, ni sentimiento de projimidad o de misericordia! ¡En nadie! ¡Allí sólo cabía el sufrir! ¡No sé porqué! ¡No sé dónde! ¡Sin nunca acabar!

Pero el verdadero héroe de toda esta historia es Alejo: amigo entrañable de José Luis, fue el primero de los donantes en tenderse en el diván para que le ex-trajeran sangre.

- ¡También lo ví a Alejo, arrasados sus ojos en lágrimas, cuando le extraían la sangre! ¡La sangre que sería para mí! ¡Y mientras se la extraían, viví su aflicción, su profunda congoja, su desesperanza de creer tardío e inútil todo esfuerzo para salvarme! ¡Leí sus más íntimos pensamientos y ví como el dolor estrujaba su corazón al creerme irremisiblemente perdido! ¡Lo ví sufrir la posibilidad de un daño irreparable en ese cuerpo mío que, quizá, en esas condiciones pudiera seguir viviendo! ¡Lo ví suplicar al cielo, en su interior, con la secreta e inexplicable esperanza de algo que él, Alejo, sabía que nunca jamás podría ser! ¡Y todo mientras le extraían la sangre! ¡Ahora puedo decirte que esa silente y dolorosa aflicción, esa congoja recatada a los ojos de la gente, ese dolor en la inmensidad de su noble espíritu, sufriendo la posibilidad de mi muerte -lo presiento, lo sé- de alguna manera hizo que yo volviera a la vida! ¡Pero tengo miedo, Julia Concepción, tengo miedo. . !

Creo que otros detalles no vienen al caso, pero preste atención porque aquí comienza, realmente, lo increíble: en aquel momento en que la hematóloga diera la voz de alarma, el cirujano y los que participaban de la intervención se dieron cuenta de que el paciente tuvo que haber estado con el corazón detenido, por lo menos, durante diez largos minutos -y esto teniendo en cuenta solamente el tiempo que demandó la sutura final de la incisión- a los que hay que agregar un mínimo de diez minutos más que fue lo que demoraron en conseguir la sangre de Alejo para la primera transfusión. De modo que, señor mío, aquí le presento al muerto o, mejor, al que estuvo muerto durante veinte minutos y que, después, resucitó, como si tal cosa, para contar, con lujo de detalles, su experiencia de finado.

-¡De repente me sentí inundado, penetrado, fortalecido, por una misteriosa compulsión! ¡Me sentí compelido a esforzarme, a tratar con todas mis fuer zas de volver! ¿Volver de dónde? ¿Volver adónde? ¿Volver para qué? ¿Volver cuándo? ¿Volver por qué? ¡Era una fuerza arrolladora, incontrolable, infinita, que me impulsaba a luchar! ¡Y luché! ¡Luché denodadamente, como jamás me hubiera creído capaz de hacerlo! ¡Para vivir, para volver a la vida! ¡Y ahí, en ese momento, sentí el dolor! ¡Un dolor intensísimo, superior a mis fuerzas, como si me arrancaran la pierna derecha! ¡Sentí de nuevo mi cuerpo y me sentí morir! ¡Deseé morir para que terminara aquel dolor! ¡Para que todo terminara, Julia Concepción! ¡Pero sólo ahora me doy cuenta que fue entonces, de esa manera, con ese dolor, que volví a la vida! ¡A esta vida! ¡A tu lado! ¡Ese fue el dolor de reingresara la vida, de nacer nuevamente!
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Dirección: HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ
Asunción – Paraguay 1984 (139 páginas).
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viernes, 6 de agosto de 2010

HORACIO C. SOSA TENAILLON - LA PRINCESA MIMI / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - 19 TRABAJOS (1984).


LA PRINCESA MIMI
Cuento de
HORACIO C. SOSA TENAILLON
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
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LA PRINCESA MIMI
Montado en mi caballo blanco, mi bicicleta, cabalgo hacia el reino de la princesa Mimí, que está en lo alto del cerro, cerca de las nubes, próxima, muy próxima al inmenso cielo. ¡Hico, caballico! ¡Vamos al castillo de la rubiecita inalcanzable! ¡La que suele estar al sol, detrás de los barrotes del balcón blanco de su casa grande! ¡Vamos, bicicleta, llévame a mis sueños, llévame a ella!

Y este caballo mío, que con sus dos ruedas corre-que-te-corre, raudo y silencioso, hace que yo pueda verla, desde lejos, para vislumbrar -apenas- sus crenchas rubias, en lo alto del balcón inaccesible.

¿Por qué nunca bajará, aunque sólo fuera para curiosear nuestros juegos y vocinglería? ¿No estará cautiva de algún ogro? ¿No la habrán castigado por cortar flores sin permiso, o por bañar con jabón alguna muñeca nueva de felpa?

¡Arre, caballo, arre! ¡Sin que nadie nuestra presencia note! ¡Sin que nadie nuestra intención penetre! ¡Sin que nadie se percate de que yo, el príncipe, voy a liberar a la princesa!

Los cascos de mi caballo, más que galopar, vuelan, y no se escucha rudo alguno porque no ceso el pedaleo para que ni siquiera el rechino del piñón dela te nuestra presencia. ¡Vamos, caballo! ¡Al castillo! ¡A la princesa!

Si mi hermana Rosaura supiera lo que pienso, se lo contaría a mamá y por su cuenta agregaría que yo la quiero a la nena del balcón y que eso es pecado. En cuanto a mis hermanos, no quiero ni pensarlo. Ya escucho las pullas: " ¡Tiene nooviá, tiene nooviá!".

El viento me enfría las orejas y la nariz, tanto que ya casi no las siento. Pero, aún así, sigo a toda velocidad, levantándome del asiento para poner todo el peso de mi cuerpo en los pedales. ¡Mi caballo vuela con el viento, yendo hacia las nubes, yendo a liberar a la princesa!

¡Y ya llegamos! ¡Ahí está la casa! ¡Y allá está la fiera que la tiene sometida! Bueno. . .es Georgina, la cocinera, gorda y fea, enfundada en su blanco delantal de siempre. ¡Alto, caballo! ¡El cancerbero está ahí, en el jardín, recogiendo ramas de palma y de ilusión, culantrillos y flores de todas clases! ¡Y cuántas margaritas! ¿Para qué las querrá? ¡Y tantas! ¿Por qué llorará? ¡Cuántas lágrimas resbalan en trazas brillantes por su negra cara regordeta! ¡Qué simpática! ¡La habrán mandado a recoger flores como castigo por haber hecho mal la comida!

Pero, ¿por qué detuve la marcha? ¡Vamos, caballo, adelante para que no nos vean! ¿Por qué será que me produce alegría y tristeza el solo pensar en Mimí? ¿Por qué me desborda este inmenso deseo de verla? ¡Me pasaría la vida a su lado, sólo por mirarla! ¡Y qué malos! ¿Por qué tenerla encerrada, siempre solita, allá arriba? ¿Por qué no dejarla bajar, a jugar con nosotros? Hoy no está en el balcón, pero suele estar. Yo jugaría con ella y ¡hasta le prestaría mi bicicleta!

¡Vamos! ¡A la iglesia, caballito!, para llegar antes que el oficio termine y noten mi ausencia. ¡Ay, Dios mío, parece que llegamos tarde! ¡La gente ya sale de misa, y allá están mis hermanos! ¡Ya me vieron! ¡Ya vienen hacia mí! ¡Vienen gritando todos! ¡Parece que dijeran Mimí! ¡Sí, dicen Mimí! ¿Habrá Rosaura adivinado mis pensamientos? ¡Porque a ella, al igual que a mamá, los pajaritos le cuentan todo lo que queremos esconder!

¡Rodrigo, Rodrigo! ¡Se murió Mimí! ¡La chica del balcón! ¡La que nunca salía a jugar! ¡Desde ahora habrá una vocecita más en el cielo. . .! Pero, ¿por qué lloras, Rodrigo?

¡Rodrigo lloorá! ¡Rodrigo lloorá!
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Dirección: HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ
Asunción – Paraguay 1984 (139 páginas).
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